Archivo | Abraham Tomas RSS for this section

Tomás Abraham / Una sociedad en estado de prepánico

(Publicado en Perfil, 27.5.2012)

Se ha afirmado que la sociedad argentina ha vivido durante años bajo el terror del Proceso. Ha sido una verdad enunciada con altisonancia la que sostuvo que este estado de miedo colectivo trascendió los tiempos de la dictadura militar y fue heredado por la ciudadanía con posterioridad a su caída. Se decía que las opciones políticas elegidas durante el menemismo derivaban de aquel temor. La apatía y el voto tildado de conservador se explicaban por ese miedo metido en nuestras conciencias.

Hoy en día, aseguran los mismos analistas, la sociedad argentina ha perdido ese miedo gracias a la política de derechos humanos inaugurada por Néstor Kirchner. Se sostiene que los juicios por crímenes de lesa humanidad nos han liberado de aquel terror y podemos pensar con libertad.

De ahí que el interés por la política y el compromiso de la juventud derivarían de esta liberación de miedos inveterados al fin eliminados. Desde mi punto de vista, esta creencia es falsa. La sociedad argentina le tenía miedo a la violencia y no sólo al terrorismo de Estado. La situación política de nuestro país durante los años ‘70 era incontrolable. La salida militar fue un alivio para millones de argentinos que esperaban el fin de la escalada de muertes. Es una triste verdad, pero más triste era la realidad que distaba de ser maravillosa, como luego se la tildó con oportunismo y frivolidad.

La posibilidad de que las Fuerzas Armadas no tuvieran más recursos para llevar a cabo nuevos golpes de Estado se la debemos al ex presidente Carlos Menem, que al dividir al Ejército frustró el intento de apropiarse del poder que en nombre de la dignidad nacional y de la voluntad popular perpetró Mohamed Alí Seineldín en diciembre de 1990.

Hoy la sociedad argentina ya no tiene aquel miedo. Los tiene nuevos. Nuestra historia reciente es la de la democracia que se inicia en diciembre de 1983. Estos 28 años constituyen el nuevo fondo de la memoria colectiva.

Dos recuerdos amenazantes guían de un modo subliminal nuestra conducta personal, nuestras elecciones políticas y nuestra visión del futuro. Uno es el de la hiperinflación de los años 1988-90. El otro es el corralito de 2001. Hiperinflación y corralito son los dos peligros que todos los argentinos quieren evitar. Estos recuerdos tienen mucho más peso que la comodidad del mentado voto cuota. Se trata de supervivencia. Esos dos acontecimientos provocaron la miseria de millones de argentinos. Provenimos como sociedad de aquellas catástrofes, y no tenemos garantía de que jamás vuelvan a suceder.

Aquella debacle ocurrió durante gobiernos que se reclamaban de la democracia republicana y de la ética pública. Al identificar la crisis terminal con ese tipo de prédica política, la ciudadanía no sólo desconfía de representantes políticos de aquellas alianzas sino de una retórica que –por más pura que se autodefina– lleva a la ingobernabilidad y la impotencia ya conocidas.

El sistema de miedos ha cambiado, y un estado de prepánico –definido por el filósofo alemán Peter Sloterdijk como el que se vive entre dos catástrofes, una conocida y otra temida– entre corralitos e hiperinflaciones vividas y otras posibles es destilado por la mente colectiva sin heroicidades ni despreciadas cobardías. Es nuestra historia personal y colectiva y no la buena voluntad la que finalmente determina el cálculo que hace el ciudadano de sus posibilidades de vida futura.

El pueblo no siempre tiene razón, pero sabe dónde le aprieta el zapato.

Por supuesto que puede haber actos de gobierno que conciten adhesiones, como otros producen rechazos, pero la colectividad nacional en su mayoría tiene certezas sobre lo que no quiere. Y este no querer no apunta a lo que ya no puede ser posible. Un nuevo terrorismo de Estado no tiene cabida en nuestra imaginación ni en los datos que nos da la realidad, que en principio no es un espejismo. Pero, por el contrario, corralito e hiperinflación no han sido borrados de nuestra memoria porque los sentimos como virtualidades amenazantes. Sus signos no se han evaporado, y tienen que ver con el miedo a la licuación de los salarios, la confiscación de los ahorros, la pérdida de empleos y el cierre de comercios y fábricas.

Por ahora, esta nueva catástrofe que tememos no es inmediata ya que, en caso de ser así, la situación no sería de prepánico sino de pánico. Tampoco atribuimos a personajes del poder actual la eventualidad de que se desencadene una crisis similar a las mencionadas. Por la compulsa que puede hacerse de las preferencias de nuestra comunidad, no se tiene miedo de que este gobierno nos lleve a esa debacle; más bien lo que se teme, por ahora, es que la oposición sí lo haga.

Néstor Kirchner tuvo la lucidez de tomar medidas que despejaran este temor, llenando de dólares el Banco Central a la vez que deprimía su valor. Sobraba la divisa norteamericana  y los argentinos, obligados a gastar, se despreocuparon de su adquisición y atesoramiento. Pero apenas escasea, el temor renace y se retiran los depósitos en dólares de los bancos, por si acaso.

La inflación, las falsedades del Indec, la corrupción, la falta de diálogo no hacen mella en el electorado si tenemos la sensación de que los dos demonios mencionados parecen neutralizados como peligros tangibles; tampoco virtudes tan apreciadas por el oficialismo como los juicios a criminales de Estado, la nacionalización de YPF, los derechos de minorías o la asignación universal por hijo constituirían defensas a favor del Gobierno de hacer visible su incapacidad para evitar una nueva híper con su corralito a cuestas.

Estas limitaciones no hacen a nuestra sociedad peor que ninguna otra, ni más interesada ni más egoísta; sus miedos no son fantasmáticos sino que se basan en experiencias concretas. Pero es bueno tomar conciencia de nuestro estado psíquico para desear que en algún momento el ánimo cambie por una visión más positiva y pujante. De ser así, si llegáramos a pensar con menos miedo, no necesitaremos en el futuro tanta sobreactuación a cargo de los personajes que se alternan en el juego de trincheras de la política nacional.

La incesante búsqueda de nuevos enemigos también depende del stock de cartuchos disponibles. Cartuchos verdes.

Existe un sistema compensatorio que promueve una permanente agitación política y mediática que intenta ocultar viejas complicidades con esos dos hechos tan temidos, que se suman a las nuevas complicidades de más reciente creación.

Por mi parte, más temeroso aun que el término medio, tampoco descartaría futuros brotes de violencia por el modo en que anuncian dirimirse los espacios de poder.

Dicen que la Argentina está de fiesta, no hay contradicción con lo dicho anteriormente; sin caer en el lugar común del Titanic, se ha verificado que un estado de prepánico no impide soñar, cantar, o bailar.

* * *

Tomás Abraham es un filósofo y escritor argentino nacido en Timisoara, Rumania, en 1947.

ObrasPensadores bajos (1987), Los senderos de Foucault (1989), Foucault y la ética(1989), La guerra del amor (1992), Historias de la Argentina deseada (1994), Batallas éticas (1995), El último oficio de Nietzsche (1996), La aldea local (1997), Vidas filosóficas(1999), La empresa de vivir (2000), Pensamiento rápido (2001), Tensiones filosóficas(2001), Pensadores bajos (2002), El último Foucault (2003), Fricciones (2004), La máquina Deleuze (2006), El presente absoluto (2007), Historia de una biblioteca (2010), Rorty, el amigo americano (2010), La lechuza y el caracol. Contrarrelato político (2012) y Platón en el callejón (2012).

tomasabraham.com.ar

Martín Caparrós, Jorge Lanata, Tomás Abraham / El país que se viene

(Programa Argentina para armar, conducido por María Laura Santillán, 22.8.2011, una semana después de las “elecciones” primarias.)

Tomas Abraham / Jorge Semprún. Pensar sin miedo

(Publicado en el diario Perfil, 28.8.2011)

Murió Jorge Semprún hace ya un par de meses. Debe existir algún malentendido por no haberme detenido en este hecho mayúsculo. Puedo adolecer de una falla por ser un lector distraído, poco atento, sesgado, a pesar de mi voluntad de querer abarcar todo lo que me interesa. También es posible que no le hayan dado la merecida relevancia en los espacios en los que una noticia como la mencionada debería haber sido resaltada. En todo caso, por el suplemento Babelia del diario madrileño El País, del sábado de la semana pasada, me entero de esta muerte por un artículo de Fernando Savater. La nota del filósofo español estaba dedicada a George Orwell, con una frase debajo del título, que dice: “en memoria de Jorge Semprún. Quisiera dedicar unas pocas reflexiones a la nota de Savater y a Jorge Semprún. Una vez leído el mínimo obituario al escritor franco-español y ex ministro de Cultura del gobierno de Felipe González, busqué en la Web la confirmación y los detalles de su fallecimiento. Y recordé lo que nunca voy a olvidar. En octubre de 1966, a mis diecinueve años me embarqué a París enfermo de una infantil rubiola y con un solo libro en la mano: El largo viaje, de Jorge Semprún. Era el libro que estaba leyendo en ese momento, y sólo décadas más tarde se me ocurrió asociar el título de la obra con mi propio viaje que iba a ser mucho más largo que lo previsto. Fue un largo viaje, el mío, por los años en los que residí como estudiante en la universidad francesa, y porque el libro de Semprún fue mi primera compañía en la nueva y desconocida ciudad. Lo leí en castellano, ya que mi conocimiento del francés era casi nulo, y lo dejaba en el cuarto del hotel sólo para ir a la hoy desaparecida librería española de la rue de Seine. El relato de Semprún describe lo que vivió en el campo de exterminio de Büchenwald al que los nazis lo llevaron por ser un comunista español. No hace mucho tiempo leí La escritura y la vida, otro libro de Semprún. Lo cotejaba con los escritos de Primo Levi, que con su Si esto es un hombre, ha escrito uno de los libros de mayor relevancia para comprender el lado oscuro de la modernidad, su faz mortuoria.

Muchos conocen la extraordinaria vida de Semprún. La apreciaron por sus libros, las películas filmadas por Costa Gavras basadas en sus guiones, por su militancia política y su gestión cultural. Pero ahora quisiera referirme al texto de Savater. Hace ya tiempo que leer a Savater nos hace sentir mejor acompañados. Sus palabras nos reconfortan, no en el desierto, sino en el campo minado en el que habitualmente nos movemos gracias al fanatismo político y cultural dominante. Uno de los mayores peligros que pueden acaecerle a un intelectual es que sus ideas políticas triunfen y se vean reflejadas en un poder gobernante. Se convierte con frecuencia en un propagandista, en un comisario cultural, bastante seguido, y, si arremete con entusiasmo, en un vigía que señala a los disidentes y los cerca cuando puede con la calumnia. Esta palabra “calumnia” es la que Savater cita a propósito de unas reflexiones de Orwell en la lucha del socialista inglés contra stalinistas y nazis. El peligro de ser oficialista no se reduce a convertirse en heraldo de un gobierno. Se puede ser apologista de las más diversas causas. También apologista de un poder opositor. Cita Savater al escritor inglés: Orwell eligió lo más difícil: no escribió para su clientela y contra los adversarios, sino contra las certidumbres indebidas de su propia clientela”. Esta idea fina como harina de trigo, tamizada por filtros de malla bien estrecha, es la que por mi parte resaltaba en este mismo espacio en una nota dedicada al ensayista angloamericano Tony Judt, cuando exponía su idea de “pensamiento tangencial”.  Hay que ser muy inglés, o un vasco elegante como Savater, para escribir “costumbres indebidas”. El escritor orgánico está demasiado ocupado en buscar enemigos y desenmascarar a saboteadores de toda estirpe como para llamar la atención de los desajustes de su “propia clientela” fuera del vestuario. Que las cosas queden adentro para que los de afuera no se aprovechen de falencias propias es una de las reglas de las sectas y de las burocracias de poderes totalitarios. Savater dice que para Orwell el principio básico de un escritor político es no mentir. Lo llama “el peligro de la insinceridad”. Luego habla de pensar sin miedo. Me detengo un momento en esta frase. Pensar con miedo es mentirse a sí mismo. La costumbre de mentirnos a nosotros mismos tiene como consecuencia que en un momento dado pegamos la vuelta y caemos del otro lado con el correspondiente extravío de la brújula. La mentira se convierte en una creencia. No nos damos cuenta de que lo hacemos. Acomodamos las cosas para que todo se ajuste y tenga sentido. Son los “después de todo…”, “nadie se salva de …”, “a mí no me van a usar de f…”, y puede llegar a suceder que la incomodidad que resulta de los últimos suspiros de la verdad aplastada nos impulsen a hacer de la falsedad un misticismo. Cuando más nos mentimos, más gritamos “nuestra” verdad. La palabra “costumbre” adquiere así significado. No se trata de hablar sin miedo. A veces no se habla. Se calla. El terror puede actuar de tres maneras respecto del uso de la palabra. Una es la de taparnos la boca. La otra es la que inmortalizó Roland Barthes al hablar de una de las características principales del fascismo: nos obliga a decir. Y la tercera es la de deformar lo que pensamos en un habla precavida, que pide permiso, que se disculpa con vacilaciones, que no quiere ofender, que utiliza vías indirectas por temor a confrontar con un adversario victorioso.

La última es la peor, porque es la que se activa cuando hay libertad de expresión en regímenes democráticos. En el sistema en la que la libertad de palabra se garantiza por ley, la presión sobre el disidente al régimen en el poder, se materializa por diversos modos: por el aislamiento, el ninguneo, la difamación, la calumnia, los ataques a su integridad moral, la extorsión. Dice Orwell, citado por Savater: “En un escritor de hoy puede ser mala señal no estar bajo sospecha por tendencias reaccionarias, así como hace veinte años era mala señal no estar bajo sospecha por simpatías comunistas”. Sabemos que en nuestro medio las palabras “nueva derecha” se usaban a destajo en quienes buscaban destituyentes para descalificar a quienes no se sometían a la ideología dominante.

Hoy que estamos en ciernes de vivir bajo un nuevo personal político que representa a grandes mayorías, las voces se suman para cuestionar a los que tienen una visión crítica sobre la política y la cultura oficial. ¿En nombre de quién y de qué autoridad otra que sí mismo, se arroga aquel que cuestiona la decisión de mayorías, y tiene la presunción de afirmar que el pueblo se equivoca? ¿Seremos todos brotes de Biolcati por sostener esta manifestación de tipo faraónico? La soberbia parece no tener límites en quienes pretenden diferenciarse del 115% (vecinos de Macri más pueblo de Cristina) de la ciudadanía. Y creo que los que se irritan ante esta posición elitista tienen razón, en especial, en lo concerniente a estas primarias. La gente votó con sentido común.

El kirchnerismo ganó, y con un margen considerable. Igual que el macrismo. La sensatez primó. El famoso pueblo tiene por lo general sentido común, y, además, aunque les duela a algunos afirmarlo, al contrario de lo que dicen los libros escolares y los demagogos, ni el pueblo ni la gente ni los vecinos ni la ciudadanía quieren saber de qué se trata. Por lo general, esa voluntad de saber es de unos pocos, de las minorías, de las que hablan Orwell y Savater; las que, por dudar de todo, buscan creer en algo y en alguien, y corren la barrera de lo que es conveniente, permitido y autorizado pensar.

Tomás Abraham. Hay cosas que no tienen retorno

(Publicado en la edición impresa de La Nación, 5.8.2011)

El país cambió radicalmente en estos últimos ocho años. Quienes están disconformes con la conducción actual deben estar preparados para saber que si se diera el caso de la asunción de otro gobierno, no hay retorno posible sobre cuestiones de peso en lo concerniente a la organización de la República.

El país ya no es de aquellos hombres de una supuesta buena voluntad que sueñan con el orden y el progreso. Ese orden ya no existe. El modelo sueco no existe. El modelo coreano tampoco. Ni el chileno. Ese sueño principesco de una sociedad integrada en la que sus agentes aceptan su lugar y se disponen a mejorar sus condiciones de existencia en marco de la ley, del respeto por la propiedad privada y del derecho del prójimo, no existe. El país de la igualdad y de la redistribución de la riqueza es un emblema vacío de campañas políticas a pura retórica. Ni hablar del contrato moral.

La Argentina no es un desierto a la espera de ser colonizado por pioneros del bienestar ciudadano según reglas de una civilización madura y equilibrada. La pobreza en la Argentina no es silenciosa ni resignada. Todos quieren más. Los que nada tienen quieren más, los que tienen todo también quieren más. Y los que están en el medio de ninguna manera quieren menos.

Todos los sistemas son inestables. Ninguno asegura una consistencia a prueba de crisis. Ni siquiera podemos apostar a la mentada destrucción creadora para consolarnos con una ley histórica progresiva. Sin corrupción seguirá habiendo pobreza, y hasta miseria.

Los de arriba creen que si se sentaran a conversar con mesura y generosidad, el clima de la República variará sustancialmente. Esta idea del diálogo y el consenso entre sectores y dirigentes en pos de la paz social rezuma un idealismo acrítico. La Argentina está levantada. Desde Jujuy hasta la avenida 9 de Julio. Pueblos originarios de Formosa, habitantes sin techo de la Puna, chacareros del Litoral, camioneros de todo el país, obreros de Sueños Compartidos, docentes de la escuela pública, una lista interminable que se moviliza todos los días, no lo dejará de hacer porque un par de dirigentes del radicalismo, del peronismo federal, del Pro, del Frente Amplio Progresista, o del sciolismo, se saquen sonrientes una foto.

Para muchos una situación como ésta resulta de una política que nos ha llevado al desastre. En realidad venimos de un desastre que se llamó 2001, y que fue el fruto de una política que muchos escandalizados de hoy aprobaban con entusiasmo. Acostumbrados que estamos de ser una comunidad ligera de culpas ya que siempre se las arrojamos a otros, tampoco podemos decir que la algarabía de la convertibilidad haya sido una insensatez urdida por mentes enfermas o codiciosas. Por el contrario, país de los alivios, el nuestro venía de otro desastre, uno más de una larga lista, que hizo explosión en el fatídico año 1989.

Se le echó la culpa de la década a Carlos Menem cuando se sabía que ya iba a abandonar el poder, y se votó a De la Rúa y Chacho Alvarez con la garantía de que no iban a modificar un ápice el sistema económico imperante.

Podemos hacer uso de la memoria histórica y distribuir postales argentinas por doquier. Se sabe que el pasado es una configuración voluntarista. No es que se pueda hacer con ella cualquier relato, pero como la realidad es un hojaldre que requiere un acercamiento por aproximaciones y ángulos de mira, la perspectiva es variable. Ningún monumento a la memoria hará del tiempo humano una efigie de mármol. Pero hablemos del futuro.

La Argentina tiene una tasa de inflación muy alta. No se sabe si puede ser controlada en el 25% de promedio actual. Las carnes y trigo suben y atacan los bolsillos del pueblo. El famoso “modelo” puso toda la carne el asador. No sólo la vacuna sino la de toda la economía.

Las unidades productivas ociosas colmaron su capacidad y llegaron a un límite. Se habla de crear un clima de confianza para las inversiones cuando las mismas superan el veinte por ciento del PBI. No es mucho, pero no es poco. Se habla de falta de seguridad jurídica para inversores a la vez que la UIA elogia el Gobierno. Se dice que nuestro país no es normal sin que se pueda recordar en qué momento lo fue. La evocación de 1910 ya es risueña.

La crisis social de 2001 fue la más grande que se conozca. La desocupación, el hambre que mataba niños, los gatos que se comían en Rosario, y la salida del trueque para una clase media destruida plantearon una situación de extrema necesidad. Ni hablar del default, de la deuda externa y de las multinacionales de servicios que pedían su seguro de cambio contra la devaluación.

Veo que seguimos en el pasado. Pero para pensar el futuro hay que tomar en cuenta que nuestro país, a pesar de una economía acelerada y con un consumo estimulado con una serie de incentivos de todo tipo, padece una situación social de una extrema fragilidad. Hay millones que viven con el mínimo. Los subsidios que pueden recortarse para algunos sectores deben mantenerse no por demagogia sino por supervivencia. Por supuesto que hay riesgos que de seguir con este ritmo de crecimiento e inflación, el día en que la máquina se pare por cualquier motivo, se puede llegar a escenas de extremo dolor y violencia.

Sin embargo, el enfriamiento paulatino de la economía con disminución del gasto público, incremento de las tasas de interés, tope para incrementos salariales que no tomen en cuenta los últimos aumentos del costo de vida y, como consecuencia, ajusten los bolsillos, requieren de un acuerdo político. No se lo logrará sin una política más equitativa que prósperos y pudientes rechazan de plano. Nadie que puede hacerlo quiere entregarle un centavo más al Estado. A pesar de la rebelión fiscal el gasto social no puede disminuir si se quiere evitar que se vacíen todos los supermercados sin pasar por la caja.

Hay demasiada gente que vive el borde de la subsistencia. No se podrá ignorar que hay decenas sino centenas de movimientos sociales que tienen su dirigencia, su liderazgo. Es fatuo pensar en una ciudadanía compuesta por individuos aislados en relación directa con el Estado. El clientelismo existe pero no se borra ni con prédicas ni maldiciendo a sus organizadores.

En materia de juicios a represores no hay vuelta atrás. En el futuro las organizaciones de derechos humanos deberán no sólo tener la protección del Estado para que continúen con su tarea de buscar hijos y nietos de familiares desaparecidos por los crímenes del terrorismo de Estado, sino que habrá que proteger a sus dirigentes de la cooptación perversa del actual gobierno. Hay que asegurarse de que tengan independencia del Estado y que lleven a cabo su misión secular de vigilancia contra-estatal para garantizar los derechos humanos del presente.

Será necesario reflexionar con profundidad sobre el tema de la seguridad. Decir que hay que atacar el narcotráfico es carecer de la más elemental seriedad. Se supone que ningún político con una mínima cordura pedirá estimular ni la venta de drogas, ni el tráfico de órganos, ni la trata de blancas. Sin embargo, la seguridad no es un problema en sí mismo. Es parte de una red política. No se puede enfrentar el crimen organizado si no es con grandes recursos, programas y herramientas económicas, sociales, culturales, además de fuerzas especiales que las combatan en la zona de fuego. Los países que encaran este problema instalan en los territorios ocupados por las mafias, clínicas, centros culturales, bancos, comisarías, asistentes sociales, planes de trabajo, ferias comunitarias, etc.

No se trata de mano dura ni de poses de moralina progresista. Tampoco se trata de repetir en un próximo futuro el sermón de la educación ni de mostrar grave preocupación por la juventud. La educación no debería ser un tema políticamente correcto. Ni es con las vivas al espíritu militante de una juventud de propaganda y sometida a un verticalismo de pacotilla, ni con un llamado al espíritu de seriedad de otros tiempos que se mejorará la educación no sólo de los jóvenes sino de sus maestros.

Pero habrá que hablar y mucho del estudio y de la necesidad de producir conocimientos para ser libres. Hablar menos de los alumnos y más de la práctica docente. Tender a la masividad del acceso a la educación y a la vez pautar normas de exigencia.

La militancia no es hacer pogo, twitear y salir a la calle, no es eso solamente. El militante de hoy debe mejorarse a sí mismo si quiere ser útil a los demás. Si quiere transformar el país debe conocerlo. Los eslóganes de gente retardataria que evoca su propia juventud ya ida no son de mucha utilidad.

El futuro no es igual al pasado. Ni los jóvenes de hoy son iguales a los de antes. Ni el mundo, mucho menos el mundo, es igual al de antes. Los que pregonan la juventud maravillosa de otros tiempos en los que parecía no haber más solución que agarrar un rifle y disparar, secuestrar y matar, no son sólo irresponsables sino estafadores ideológicos que viven de las rentas del sufrimiento de muchos caídos en los campos de batalla.

Ganar un futuro es costoso. Superar el presente se hace a pérdida. Es el parto de la historia. Hay muchos que lo quieren hacer con los beneficios que obtienen hoy, con los obtenidos ayer y los que desean obtener siempre.

* * *

Tomás Abraham es un filósofo y escritor argentino nacido en Timisoara, Rumania, en 1947.

ObrasPensadores bajos (1987), Los senderos de Foucault (1989), Foucault y la ética(1989), La guerra del amor (1992), Historias de la Argentina deseada (1994), Batallas éticas (1995), El último oficio de Nietzsche (1996), La aldea local (1997), Vidas filosóficas(1999), La empresa de vivir (2000), Pensamiento rápido (2001), Tensiones filosóficas(2001), Pensadores bajos (2002), El último Foucault (2003), Fricciones (2004), La máquina Deleuze (2006), El presente absoluto (2007), Historia de una biblioteca (2010).

Tomas Abraham. Por un periodismo no fascista

(Publicado en Perfil.com, 1.4.2011)

No es cuestión de hacerse los finos y disfrazarnos de epistemólogos. Dos mil quinientos años de filosofía no han podido lograr un consenso sobre qué es la objetividad. Lo que sucede con el periodismo en nuestro país no es parte de esta eterna discusión sobre neutralidad, subjetividad o imparcialidad. Se trata de fascismo. No hay que olvidarse de esta palabra. Hay un capitalismo fascista.

Cuando se elabora el relato fascista del poder, se junta dinero para hacer propaganda mediante un pelotón de mercenarios al servicio de los jerarcas. Frente a ellos no se persignan pegados a un paredón un coro de vírgenes desnudas. Los medios masivos de comunicación no son angelicales: tienen sexo. Constituyen un fenómeno político. Se lo llamaba cuarto o quinto poder. Pero, hace mucho tiempo, una casta de ciudadanos entre el Pireo y Atenas inventó la democracia. Reforzaron la idea en 1668, 1776, 1789 y la extremaron con pobres resultados en 1917.

La idea del inicio no ha variado. Las democracias existen para proteger a la ciudadanía de la arbitrariedad de los poderosos. Los que mandan son los que tienen armas y dinero. Con estos recursos pretenden hacerse dueños de las palabras. Si el mecanismo de defensa de las libertades depende de una burocracia política que distribuye armas y dinero para un bando que la favorece, se desencadena la guerra civil.

La erosión suicida no siempre es un fuego fatuo. Puede ser larvada, constituir un murmullo que se agita o se calma de acuerdo con cada ocasión, una provocación para beneficiarse con la furia descontrolada de un adversario enloquecido, una estrategia a mediano plazo para monopolizar la información.
Por eso es beneficioso que, frente al poder instalado en los gobiernos que manejan sin controles la hacienda pública, como sucede en nuestro país, existan polos empresariales poderosos propietarios de los medios. Es un equilibrio necesario ante los ilegalismos impunes que custodian la manipulación informativa desde el Estado. Mejor varios Leviatanes que uno solo. Mientras los gigantes se miran y miden, los pequeños se infiltran y logran hacer lo suyo.

Un Estado democrático es aquel que, frente a una realidad en la que el dinero manda, pone en funcionamiento la ley que hace porosa la estructura de poder de la sociedad. Fomenta la dispersión de las fuerzas de opinión y posibilita la multiplicación de las fuentes emisoras que dan cuenta de la realidad.

Hasta el momento, la Web es un medio extraestatal democratizador que ahorra trabajo político vertical, diagramación piramidal y gestión ecualizadora. El fascismo se define por la superposición entre información y propaganda. Se basa en el sofisma de que sólo hay propaganda. Que todo es poder. Que nada hay que no sea poder. De este modo el espacio de la información está marcado por una serie de bunkers ocupados por trincheristas que disparan sus avisos y consignas al éter publicitario. Se hacen llamar militantes u operadores. Son soldados de una causa. Frutos natos de la obediencia debida.

La sociedad se convierte en un auditorio ampliado que se divide en sectas a las órdenes de un gran hermano adorado y protector. Los periodistas adulan a su clientela, a sus ramones y rosas, y éstos los obsequian con sus ofrendas de amor.
Esto no es un invento del kirchnerismo y viene de lejos. Lo que hace este gobierno es participar de la fiesta mercenaria y ser uno de sus principales protagonistas. La concentración es un fenómeno mundial como lo es la fusión financiera de medios con otras ramas del mercado de bienes y servicios.

No es en este aspecto que reside la diferencia con otros países. Lo que marca el rasgo distintivo que caracteriza el comportamiento de una colectividad es el promedio educativo de una población y los valores que comparte. El periodismo es una de las ramas de los aparatos educacionales de una sociedad. Es un órgano de producción cultural.

Si la sociedad posee instituciones sólidas y variadas de producción de conocimientos y difusión de obras de valor del pasado y del presente, si la investigación de nuevos problemas y el impulso al desarrollo de fuerzas productivas que necesitan de la ciencia y de la tecnología promueven la diseminación de los espacios de creación, discusión y fundamentación de cada uno de los aportes cognitivos, entonces no hay gigante que se coma toda la realidad y la devuelva maquillada. La sociedad se vuelve exigente y no acepta cosas truchas. Es una cuestión de nivel educativo.
Al periodismo no fascista se lo descalifica como liberal. En nuestro país un liberal es un gorila o un oligarca. En otros lugares y otros tiempos, los liberales eran los disidentes que se jugaron la vida para que no hubiera más inquisidores. Así que no tenemos palabras afirmativas para el periodismo no fascista, aquel que aún considera que el análisis de la actualidad sigue siendo una tarea intelectual.
Toda tarea intelectual requiere como condición sine qua non multiplicar las fuentes de información. Es polifónica. Compara, puede tomar posición respecto de cada tema, pero lo hace al tiempo que ofrece un abanico explícito de alternativas que dispone en estado polémico. Si su ambición es mucha, hasta puede crear un espacio de pensamiento.

En un reciente documental, Public Speaking, de Martin Scorsese, sobre la escritora norteamericana Fran Leibovitz, ella decía que el mundo de la información estaba apagado. Sostiene que a nadie le interesan las noticias. Todos quieren opiniones. No hay más noticias, hechos, acontecimientos. La opinología que tantos desprecian se ha convertido en la máxima aspiración comunicacional. Se ha perdido el arte de la construcción de la noticia. La demagogia, la moralina y el culebrón no han dejado restos.

Al parecer, a nadie se le ocurre que el periodismo es una de las ramas de la historia y que el periodista contribuye a pensar la historia del presente.
Cuando una sociedad se constituye en un foro de propagandistas se embrutece. Se vuelve imbécil. Escupe afiches. No piensa más. Elige muñecos y los quema. Se regodea en su fanatismo. Acusa a quien sea de acuerdo a la receta que le entregan los mayordomos del Jefe o Jefa del Castillo. No tiene otro ideal que la servidumbre voluntaria.

Tomás Abraham es un filósofo y escritor argentino nacido en Timisoara, Rumania, en 1947.

Obras: Pensadores bajos (1987), Los senderos de Foucault (1989), Foucault y la ética (1989), La guerra del amor (1992), Historias de la Argentina deseada (1994), Batallas éticas (1995), El último oficio de Nietzsche (1996), La aldea local (1997), Vidas filosóficas (1999), La empresa de vivir (2000), Pensamiento rápido (2001), Tensiones filosóficas (2001), Pensadores bajos (2002), El último Foucault (2003), Fricciones (2004), La máquina Deleuze (2006), El presente absoluto (2007), Historia de una biblioteca (2010).

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 39 seguidores