Archivo | Allen Woody RSS for this section

Whatever Works (Que la cosa funcione)

Woody Allen (1935) ha dirigido más de cuarenta películas, y ha escrito más aún.  Desde hace treinta años por lo menos, rigurosamente, obsesivamente ha estrenado una por año, lo cual ha dado resultados desiguales, hasta cierto punto lógicos.

Que la cosa funcione, estrenada este mes en Argentina, es su película de 2009, a la que siguieron la anteriormente estrenada aquí, Conocerás al hombre de tus sueños (2010) y Midnight in Paris (2011), presentada en el reciente Festival de Cannes.

Que la cosa funcione es la historia de Boris Yellnikoff, un divorciado setentón cínico, pesimista e intelectual judío de Brooklyn. Autodefinido como genio candidato al premio Nobel en Mecánica Cuántica y sobreviviente de un intento de suicidio (del cual le ha quedado una renguera), tiene pocos amigos con quien comparte su humor y su visión escéptica del mundo de los seres humanos. Una noche al llegar a su departamento, encuentra a una joven, Melody, que está durmiendo en la calle cerca de la puerta de entrada. Y no muy convencido, la hace pasar para ofrecerle comida.

Este planteo le da pie a Allen para descargar todas sus reflexiones acerca de la vida en sus distintos aspectos, ya que el personaje tiene mucho de autorreferencial. A diferencia de otras de sus producciones donde incursionó en el drama y en cierta variante del policial, aquí vuelve a lo que le calza tan bien, como lo es la comedia, las observaciones sagaces y las réplicas más agudas aún. La historia está contada de muy buena manera, sin perder la comicidad ni la generación de ideas. Y como resultado, provoca que salgamos del cine con una sonrisa mitad irónica y mitad optimista: cada cual elegirá hacia dónde se inclinará la balanza, si fuera necesario.

Actúan Larry David (Boris Yellnikoff), Evan Rachel Wood (Melody), Adam Brooks (amigo de Boris), Lyle Kanouse (amigo de Boris), Michael McKean (amigo de Boris), Carolyn McCormick (Jessica), Conleth Hill (Brockman), John Gallagher Jr (Perry), Patricia Clarkson (Marietta).

Filmografía como director: ¿Qué pasa, Tiger Lily? (What’s Up, Tiger Lily?,1966), Robó, huyó y lo pescaron (Take the Money and Run, 1969), Men of Crisis: The Harvey Wallinger Story (1971), Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo (y nunca se atrevió a reguntar) (Everything You Always Wanted to Know About Sex* (*But Were Afraid to Ask), 1972), El dormilón (Sleeper, 1973), La última noche de Boris Grushenko (Love and Death, 1975), Annie Hall (1977), Interiores (Interiors, 1978), Manhattan (1979), Recuerdos (Stardust Memories, 1980), Comedia sexual de una noche de verano (A Midsummer Night’s Sex Comedy, 1982), Zelig (1983), Broadway Danny Rose (1984), La rosa púrpura de El Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985), Hannah y sus hermanas (Hannah and Her Sisters, 1986), Días de radio (Radio Days, 1987), Septiembre (September, 1987), La otra mujer (Another Woman, 1988), Historias de New York (New York Stories, 1989, una de las tres historias que conforman la película), Crímenes y pecados (Crimes and Misdemeanors, 1989), Alice (1990), Sombras y niebla (Shadows and Fog, 1992), Maridos y esposas (Husbands and Wives, 1992), Misterioso asesinato en Manhattan (Manhattan Murder Mystery, 1993), Disparos sobre Broadway (Bullets Over Broadway, 1994), No bebas el agua (Don’t Drink the Water, 1994), Poderosa Afrodita (Mighty Aphrodite, 1995), Todos dicen te quiero (Everyone Says I Love You, 1996), Los secretos de Harry (Deconstructing Harry, 1997), Celebrity (1998), Dulce y melancólico (Sweet and Lowdown, 1999), Ladrones de medio pelo (Small Time Crooks, 2000), La maldición del escorpión de jade (The Curse of the Jade Scorpion, 2001), Sounds from a Town I Love (2001), La mirada de los otros (Hollywood Ending, 2002), La vida y todo lo demás (Anything Else, 2003), Melinda y Melinda (Melinda and Melinda, 2004), Match Point (2005), Scoop (2006), El sueño de Casandra (Cassandra’s Dream, 2007), Vicky Cristina Barcelona (2008), Que la cosa funcione (Whatever Works, 2009), Conocerás al hombre de tus sueños (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2010), Medianoche en París (Midnight in Paris, 2011).

Woody Allen. Para acabar con las novelas policiales

[De Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, (Getting Even, 1971), traducción de Marcelo Covián, pero reemplacé algunos términos por otros más argentinos]

EL GRAN JEFE

Estaba sentado en mi oficina limpiando el cañón de mi 38 y preguntándome cuál sería mi próximo caso. Me gusta ser detective privado. Cierto, tiene sus inconvenientes, me han dejado más de una vez las encías hechas papilla, pero el dulce aroma de los billetes de banco tiene también sus ventajas. Nada que ver con las mujeres, que son una preocupación menor para mí y que coloco, en mi escala de valores, justo antes del acto de respirar. Por eso, cuando se abrió la puerta de mi oficina y entró una rubia de pelo largo llamada Heather Butkiss y me dijo que era modelo y que necesitaba mi ayuda, mis glándulas salivares se pusieron a segregar desaforadamente. Llevaba una minifalda y un jersey ajustado, y su cuerpo describió una serie de parábolas que habrían podido provocar un ataque cardíaco a un buey.

—¿Qué puedo hacer por ti, muñeca?

—Quiero que encuentre a una persona.

—¿Una persona perdida? ¿Has hablado con la policía?

—No exactamente, señor Lupowitz.

—Llámame Kaiser, muñeca. Pues bien, ¿de quién se trata?

—Dios.

—¿Dios?

—Así es, Dios. El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el Todopoderoso. Quiero que usted me lo encuentre.

Ha desfilado ya por mi oficina más de un buen bocado, pero, cuando una chica está tan buena como ésta, uno debe escucharla hasta el final.

—¿Por qué?

—Kaiser, eso es asunto mío. Usted ocúpese de encontrarlo.

—Lo siento, bombón. No has dado con el tipo adecuado…

—Pero, ¿por qué?

—… a no ser que me des toda la información —dije poniéndome de pie.

—Está bien, está bien —dijo ella y se mordió el labio inferior. Enderezó las costuras de sus medias, gesto hecho evidentemente para mí, pero, cuando trabajo, trabajo, y no era el momento de andarse con tonterías.

—No nos apartemos del tema, nena.

—Bueno, la verdad es… que en realidad no soy modelo.

—¿No?

—No. Tampoco me llamo Heather Butkiss. Soy Claire Rosensweig, y estudio en Vassar. Filosofía. Historia del pensamiento occidental y todo eso. Tengo que entregar un trabajo en enero. Sobre religión occidental. Todas las chicas de la clase entregarán estudios teóricos. Pero yo ¡quiero saber! El profesor Grebanier dijo que si alguien descubre la Verdad puede llegar a aprobar el curso. Y mi padre me prometió un Mercedes si apruebo con sobresaliente.

Abrí un paquete de Lucky, luego otro de chicle, y mastiqué el cigarrillo y fumé el chicle. La historia empezaba a interesarme. Una estudiante demasiado mimada. Inteligente y con un cuerpo por el que reto a cualquiera a haber visto otro mejor.

—Su Dios, ¿qué aspecto tiene?

—Nunca Lo he visto.

—Entonces, ¿cómo sabes que existe?

—Eso es lo que usted tiene que averiguar.

—¡Ah! ¿Con que no sabes qué aspecto tiene? ¿Ni dónde debo empezar a buscarlo?

—No, en realidad, no. Aunque sospecho que está en todas partes. En el aire, en cada flor, en usted y en mí… y en esta silla.

—Ya.

Así que la chica era panteísta. Tomé nota mental del detalle y dije que haría un esfuerzo por cien dólares al día, gastos aparte y una cena con ella. Sonrió y aceptó en el acto. Bajamos juntos en el ascensor. Afuera anochecía. Quizá Dios exista, o quizá no, pero en alguna parte de esta ciudad con seguridad había un montón de tipos que iban a tratar de impedirme averiguarlo.

Mi primera pista fue la del rabino Itzhak Wiseman, un clérigo local que me debía un favor por haberle averiguado quién le ponía cerdo en el sombrero. Me di cuenta en el acto de que algo no cerraba cuando le hice unas preguntas, porque se sorprendió mucho. Estaba asustado.

—Por supuesto que existe ya-sabe-quién, pero no puedo siquiera pronunciar Su nombre, de lo contrario me fulminaría en el acto. Entre nosotros, le diré que jamás he podido comprender por qué alguien se vuelve tan quisquilloso al pronunciar Su nombre.

—¿Le ha visto alguna vez?

—¿Yo? ¿Está bromeando? ¡Suerte tengo si alcanzo a ver a mis nietos!

—Entonces ¿cómo sabe que existe?

—¿Cómo lo sé? ¡Vaya pregunta! ¿Podría comprarme un traje como éste por catorce dólares si no hubiera nadie allá arriba? ¡Toque, toque esta tela de gabardina! ¿Cómo puede dudar?

—¿No tiene ninguna otra prueba?

—Oiga, ¿qué es para usted el Antiguo Testamento? ¿Un plato de garbanzos? ¿Cómo cree que Moisés pudo sacar a los israelitas de Egipto? ¿Con una sonrisa y un claqué americano? Créame, ¡no se abren las aguas del Mar Rojo con polvo de rascarse! Se necesita poder.

—Así pues, es un duro, ¿eh?

—Sí, un duro. Podría pensarse que con tantos éxitos estaría más amable, pero no.

—¿Cómo es que sabe usted tanto?

—Porque somos el Pueblo Elegido. Cuida más de nosotros que de todas Sus demás criaturas. Este es un tema que, por cierto, también me gustaría comentar con El.

—¿Cuánto Le pagan para ser los elegidos?

—No me lo pregunte.

Entonces, así iba la cosa. Los judíos estaban metidos con Dios hasta el cuello. El viejo negocio de la protección. Los cuidaba mientras pasaran por caja. Y por la manera en que hablaba el rabino Wiseman, El sacaba lo suyo. Me metí en un taxi y me fui al salón de billar Dany en la Décima Avenida. El gerente era un tipo pequeñito y sucio al que no podía tragar.

—¿Está Chicago Phil?

—¿Quién quiere saberlo?

Lo agarré por las solapas pellizcando a la vez un poco de piel.

—¿Qué pasa, basura?

—En la sala del fondo — dijo cambiando de actitud.

Chicago Phil. Falsificador, asaltante de bancos, hombre duro y ateo confeso.

—El tío nunca existió, Kaiser. Información de buena tinta. Es un engaño. No existe tal gran jefe. Es un sindicato internacional. Casi todo en manos de sicilianos. Pero no hay una cabeza visible. Salvo quizás, el Papa.

—Tengo que ver al Papa.

—Se puede arreglar —dijo guiñando un ojo.

—¿Te dice algo el nombre Claire Rosensweig?

—No.

—¿Y Heather Butkiss?

—¡Eh, espera un minuto! ¡Sí, claro, ya lo tengo! Esa rubia teñida que anda por ahí con los tipos de Radcliffe.

—¿Radcliffe? Me dijo Vassar.

—Pues te está mintiendo. Es maestra en Radcliffe. Estuvo liada con un filósofo durante un tiempo.

—¿Panteísta?

—No, empirista, que yo recuerde. Un tipo de poco fiar. Rechazaba completamente a Hegel y a cualquier metodología dialéctica.

—Conque uno de ésos, ¿eh?

—Sí. Primero fue baterista en un trío de jazz. Luego, se dedicó al Positivismo Lógico. Cuando el asunto le fue mal, inventó el Pragmatismo. Lo último que supe de él fue que había robado dinero para dictar un curso sobre Schopenhauer en Columbia. A los compañeros les gustaría ponerle la mano encima, o dar con sus libros de texto para poder revenderlos.

—Gracias, Phil.

—Hazme caso, Kaiser. No hay nadie por encima de nosotros. Sólo el vacío. No podría emitir todos esos talones falsos ni joder a la gente como lo hago si por un segundo tuviera conciencia de un Ser Supremo. El universo es estrictamente fenomenológico. No hay nada eterno. Nada tiene sentido.

—¿Quién ganó la quinta en Aqueduct?

—Santa Baby.

—Esto sí tiene sentido.

Tomé una cerveza en O’Rourke y traté de hilvanar todos los datos, pero no dio resultado. Sócrates era un suicida, o por lo menos eso decían. A Cristo lo mataron. Nietzsche murió loco. Si había realmente alguien responsable de todo eso, era lógico que quisiera que se guardara el secreto.

Y ¿por qué había mentido Claire Rosensweig acerca de Vassar? ¿Podía haber tenido razón Descartes? ¿Era el universo dualista?

¿O es que Kant dio en el clavo cuando postuló la existencia de Dios por razones morales?

Aquella noche cené con Claire. Diez minutos después de que ella pagara la cuenta estábamos en la cama y, hermano, te regalo todo el pensamiento occidental. Organizó para mí una demostración de gimnasia que se hubiera llevado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Tía Juana. Más tarde, descansó sobre la almohada a mi lado con sus largos cabellos rubios desparramados. Nuestros cuerpos, desnudos aún, estaban entrelazados. Yo fumaba y miraba el techo.

—Claire, ¿y si Kierkegaard tuviera razón?

—¿Qué quieres decir?

—Si realmente jamás se pudiera saber. Sólo tener fe,

—Esto es absurdo.

—No seas tan racionalista.

—Nadie es racionalista, Kaiser. —Encendió un cigarrillo—. Lo único que te pido es que no empieces con la ontología. No en este momento. No podría aguantar que fueras ontólogo conmigo, Kaiser.

Se había molestado. Me acerqué para besarla cuando sonó el teléfono. Ella contestó.

—Es para ti.

La voz al otro lado de la línea era la del sargento Reed, de Homicidios.

—¿Todavía a la caza de Dios?

—Sí.

—¿Un ser Todopoderoso? ¿El Creador? ¿El Principio Universal? ¿El Ser Supremo?

—Así es.

—Un tipo que se ajusta a la descripción acaba de aparecer en el depósito de cadáveres. Mejor que venga a echarle un vistazo.

Era El sin lugar a dudas y, por lo que quedaba de él, se trataba de un trabajo profesional.

—Ya estaba muerto cuando Lo trajeron.

—¿Dónde Lo encontraron?

—En un depósito de la calle Delancey.

—¿Alguna pista?

—Es el trabajo de un existencialista. Estamos seguros.

—¿Cómo lo sabéis?

—Todo hecho muy al azar. No parece que hayan seguido ningún sistema. Un impulso.

—¿Un crimen pasional?

—Eso es. Lo cual significa que eres sospechoso, Kaiser.

—¿Por qué yo?

—Todos los muchachos del departamento conocen tus ideas sobre Jaspers.

—Eso no me convierte en un asesino.

—Aún no, pero sí en un sospechoso.

Una vez en la calle, llené mis pulmones de aire puro y traté de poner orden en mis ideas. Tomé un taxi a Newark y caminé cien metros hasta el restaurante italiano Giordino. Allí, en una mesa del fondo, estaba Su Santidad. Era el Papa, seguro. Sentado con dos tipos que yo había visto media docena de veces en las comisaría en sesiones de identificación.

—Siéntate —dijo levantando los ojos de sus spaghetti. Me acercó el anillo. Sonreí mostrando todos los dientes, pero no se lo besé. Le molestó, y yo me alegré. Un punto para mí—. ¿Te gustarían unos spaghetti?

—No gracias, Santidad. Pero siga comiendo, que no se le enfríen.

—¿No quieres nada? ¿Ni siquiera una ensalada?

—Acabo de comer.

—Como quieras, pero mira que aquí sirven una estupenda salsa Roquefort con la ensalada. No como en el Vaticano, donde es imposible conseguir una comida decente.

—Iré al grano, Pontífice. Estoy buscando a Dios.

—Has llamado a la puerta adecuada.

—Entonces, ¿existe?

Mi pregunta les pareció divertida y se rieron. El hampón sentado a mi lado, dijo:

—¡Eso sí tiene gracia! ¡Un chico inteligente que quiere saber si El existe!

Moví la silla para estar más cómodo y coloqué mi pierna izquierda sobre el dedo gordo de su pie.

—¡Lo siento! —dije, pero el tipo estaba que bramaba.

El Papa tomó la palabra:

—Por supuesto que El existe, Lupowitz. Yo soy el único que se comunica con El. Sólo habla a través de mí.

—¿Por qué usted, amigo?

—Porque yo soy quien lleva el traje rojo.

—¿Este atuendo?

—¡No toques con esos dedos sucios! Me levanto cada mañana, me pongo este traje rojo y, de pronto, me convierto en un gran queso. Todo está en el traje. Imagínate si anduviera por ahí en pantalones estrechos y en camiseta, ¿qué sería de la cristiandad?

—¡El opio del pueblo! ¡Ya me lo temía! ¡Dios no existe!

—No lo sé. Pero ¿qué más da? Mientras haya dinero…

—¿No le preocupa que la tintorería no le devuelva a tiempo el traje rojo y vuelva a ser como todos nosotros?

—Utilizo un servicio especial de veinticuatro horas. Vale la pena gastarse un poco más y estar seguro.

—¿El nombre Claire Rosensweig le dice algo?

—Seguro. Está en el Departamento de Ciencias de Bryn Mawr.

—¿Ciencias, dice? Gracias.

—¿Por qué?

—Por la respuesta, Pontífice.

Me metí en un taxi y crucé volando el puente George Washington. En el camino, me detuve en mi oficina para hacer unas verificaciones rápidas. Durante el trayecto hacia el piso de Claire, aclaré el rompecabezas. Las piezas, por primera vez, encajaban a la perfección. Cuando llegué a su casa, ella llevaba su diáfana bata y parecía estar preocupada por algo.

—Dios ha muerto. La policía estuvo aquí. Te están buscando. Piensan que ha sido un existencialista.

—No, querida, fuiste tú.

—¿Qué? No hagas bromas, Kaiser.

—Tú fuiste quien lo hizo.

—¿Qué estás diciendo?

—Tú, angelito. Ni Heather Butkiss ni Claire Rosensweig, sino la doctora Ellen Shepherd.

—¿Cómo supiste mi nombre?

—Profesora de física en Bryn Mawr. La persona más joven que ha llegado a estar al frente de un departamento en esa universidad. Durante la fiesta de fin de curso, te liaste con un músico de jazz que se inyecta mucha filosofía. Está casado, pero eso no te detuvo. Un par de noches revoleándote con él en el heno y ya te pareció que era el gran amor. Pero no funcionó, porque alguien se interpuso entre los dos: ¡Dios! Ves, muñeca, él creía, o quería creer, pero tú, con esa hermosa cabecita científica, necesitabas la certeza absoluta.

—No, Kaiser, te lo juro.

—Entonces, simulas estudiar filosofía porque eso te da la posibilidad de eliminar ciertos obstáculos. Te deshaces de Sócrates con cierta facilidad, pero aparece Descartes y, entonces, te sirves de Spinoza para liquidar a Descartes y, cuando llega Kant, también tienes que eliminarlo.

—No sabes lo que dices.

—A Leibnitz lo hiciste picadillo, pero eso no fue suficiente porque sabías que, si alguien oía hablar a Pascal, estabas lista entonces, también a él tenías que sacártelo de encima, pero allí fue donde cometiste el error, porque confiaste en Martin Buber. Te falló la suerte. Creía en Dios y, por tanto, tenías que librarte del mismo Dios y, por si fuera poco, por tus propias manos.

—¡Kaiser, estás loco!

—No, nena. Te hiciste pasar por panteísta creyendo que eso te conduciría hasta El, si es que El existía, y existía. Te llevó a la fiesta Shelby y, cuando Jason no miraba, lo mataste.

—¿Quién diablos son Shelby y Jason?

—¿Qué importancia tiene? Ahora, de cualquier modo, la vida es absurda.

—Kaiser —dijo ella, presa de un repentino estremecimiento— ¿me entregarás?

—¿Cómo no, muñeca? Cuando el Ser Supremo recibe una paliza como ésta, alguien tiene que pagar los platos rotos.

—Oh, Kaiser, podemos escaparnos juntos, lejos de aquí. Sólo nosotros dos. Podríamos olvidar la filosofía. Establecernos en algún lugar y, tal vez, más tarde, dedicarnos a la semántica.

—Lo lamento, nena. No hay trato.

Ya estaba bañada en lágrimas cuando empezó a bajarse la bata por los hombros. Quedó de pronto desnuda ante mí como una Venus cuyo cuerpo parecía decirme: “Tómame, soy tuya”.. Una Venus cuya mano derecha me acariciaba el pelo mientras la izquierda empuñaba una 45 que apuntaba a mi espalda. Le descargué en el cuerpo mi 38 antes de que pudiera apretar el gatillo; dejó caer la pistola y se dobló con un gesto de total sorpresa.

—¿Cómo pudiste hacerlo, Kaiser?

Se debilitaba rápidamente, pero me las arreglé para contarle el resto de la historia.

—La manifestación del universo, como una idea compleja en sí misma, en oposición al hecho de ser interior o exterior a su propia Existencia, es inherente a la Nada conceptual en relación con cualquier forma abstracta existente, por existir, o habiendo existido en perpetuidad sin estar sujeto a las leyes de la física, o al análisis de ideas relacionadas con la antimateria, o la carencia de Ser objetivo o subjetivo, y todo lo demás.

Era un concepto sutil, pero espero que lo haya pescado antes de morir.

Woody Allen, seudónimo de Allen Stewart Konigsberg nació el 1 de diciembre de 1935 en Nueva York, EEUU.

Además de su obra como director de cine es autor de:

Obras de teatro:
Don’t Drink the Water: Una comedia en dos actos (1967), Play It Again, Sam (1969), God: Una comedia en un acto (1975), The Floating Light Bulb (1981), Three One-Act Plays: Riverside Drive / Old Saybrook / Central Park West (2003), Writer’s Block: Two One-Act Plays (2005, incluye Riverside Drive y Old Saybrook), A Second Hand Memory: Un drama en dos actos (2005). Las obras en un acto God y Death están ambas incluídas en Without Feathers.

Historias breves:
Getting Even (1971), “The Whore of Mensa” (1974), Without Feathers (1975), Side Effects (1980), Mere Anarchy (2007).

Antologías:
Complete Prose of Woody Allen (1992, colección de historias breves publicadas primero en Getting Even, Without Feathers y Side Effects), The Insanity Defense: The Complete Prose (2007)

Libro de bolsillo:
Lunatic’s Tale (1986, historia breve previamente incluida en Side Effects)

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 39 seguidores