Archivo de la categoría: Atletismo
Marciano Durán / Esos locos que corren
Un excelente texto y animación acerca de lo que sentimos esa rara especie que somos las personas que nos gusta correr.
No somos Flash ni somos Forrest Gump.
Corremos.
21k
La lluvia de la noche anterior no auguraba un panorama muy diferente para la mañana de hoy domingo.
Pero a las 7:30 en punto, cuando se dio la señal de largada la llovizna que caía no importó.
Era lo que menos molestaba, o, en todo caso, un inconveniente más a superar, además de los 21 kilómetros que estaban por delante.
Casi cinco mil personas dimos comienzo a la New Balance Half Marathon 2013 que unió el barrio de Palermo, desde Av Sarmiento y Av Figueroa Alcorta con Vicente López.
El recorrido pasaría por la cancha de River Plate, el CENARD, el hipermercado Carrefour ya en Vicente López y bordeando el río hasta completar la ida hasta la calle Hipólito Yrigoyen para volver al punto de partida casi por los mismos lugares.
Era la primera vez que iba a intentar correr ininterrumpidamente 21 kilómetros, la mitad de la real maratón de 42.195 metros.
La distancia máxima que había hecho eran 16 kilómetros varias veces corriendo por mi cuenta. Pero cuatro días antes había probado hacer 19 kilómetros y había sido un esfuerzo importante.
Mis dos objetivos eran, en primer lugar, llegar, y si eso fuera posible, hacerlo en menos de dos horas. Si hoy corría a la misma velocidad que cuatro días atrás, no lo lograría por dos minutos.
Un calambre podía arruinar mi deseo de completar la carrera e incluso, si podía seguir aún con dolor, seguramente la lesión sería mucho peor y tendría que abandonar.
Debía seguir el consejo de todo corredor experto, que es el de comenzar muy lentamente y progresivamente alcanzar mi ritmo de carrera pensado para esta distancia.
Si quería llegar antes de dos horas, no debería correr cada kilómetro en menos de 5:45, así que fui controlándome. Todo estaba bien.
El tramo que pasaba frente al Río de la Plata fue el más monótono así que traté de concentrarme aún más en cómo corría, en cómo pisaba y faltaba aún el tramo de vuelta con el mismo paisaje. Lloviznaba, así que el río no se veía.
Cuando pasé el punto medio de la carrera miré mi reloj y lo único que llegué a leer fueron “58 minutos”. No estaba mal teniendo en cuenta que faltaban algo más de 10 kilómetros. Que es la distancia que habitualmente hago cuando salgo a correr. Ahora la estaba corriendo dos veces seguidas.
Pero se trataba de la segunda mitad de la competencia y el cansancio podía conspirar contra mi deseo de llegar antes del tiempo que quería hacer.
Pero había otro factor tan importante como el físico: la cuestión mental.
Una distancia como esta requiere una alta dosis de paciencia. En la segunda mitad, además del lógico cansancio, estaba el hartazgo por estar ahí y que falte tanto.
Algo especial que sucede en las carreras de calle es que los que van delante de uno sirven para no aflojar el paso y estimulan a seguir y a no perder ritmo. El problema es que uno puede entusiasmarse demasiado y agotarse pronto por correr más allá de sus posibilidades.
Lo cierto es que siempre habrá alguien que te superará y alguien a quien vos superarás. Como en la vida.
Llegué al puente que desemboca en el estadio de River Plate en Av Udaondo, maldiciendo por tener que subir la pendiente pero reconfortado cuando el descenso me permitió aflojar un poco las piernas y “salir” del esfuerzo continuo.
Después de la mitad de carrera no había vuelto a mirar el reloj. Estaba más obsesionado en poder llegar que de cumplir el tiempo que me había marcado. Ya no me importaba nada sino llegar como sea y cuando fuera.
La llegada al kilómetro 19 era una barrera mental ya que esa era la mayor distancia que había hecho alguna vez.
Ya en el kilómetro 20 me fijé qué tiempo llevaba y cuando vi que era de 1 hora y 52 minutos supe que lograría llegar antes de las dos horas si mi cuerpo seguía comportándose como hasta ese momento.
Fue el kilómetro más largo.
Y llegué.
Mi tiempo neto fue de 1h 58m 25s a un ritmo de 5m 38s el kilómetro.
En mi categoría de 50 a 54 años hombres llegué 179º de un total de 363 corredores.
Entre los hombres fui 1966º de un total de 3457 y en la clasificación general llegué 2279º de 4511 personas.
Lo hice. Soy medio maratonista.
Ezequiel Fernández Moores / A seguir corriendo
(Publicado en La Nación, 17.4.2013, canchallena.lanacion.com.ar)
Omar, un antiimperialista radical, y su hermano Waj, voluntariosos, pero torpes, matan por error a jihadistas en un campo de entrenamiento para terroristas en Paquistán. Se unen al revolucionario Barry, al rapero Hassan y a Faisal, un ingenuo que adiestra cuervos para transportar bombas. Son musulmanes británicos que quieren inmolarse matando infieles. Son los protagonistas centrales de Four lions (Cuatro leones), una sátira al fundamentalismo religioso, pero también a la brutalidad policial y a la manipulación de la prensa occidental, dirigida por el inglés Chris Morris y ganadora de varios premios en 2010. Waj atacará disfrazado de ostra; Barry, de tortuga ninja, y Hassan, de payaso. Omar propone hacer volar una mezquita para “radicalizar a los moderados”. Waj quiere hacer volar Internet. Omar, que atacará vestido del héroe infantil Honey Monster, impone finalmente su idea. El absurdo comando suicida decide atentar contra la maratón de Londres.
Los terroristas estilo Monty Python fracasan por torpes, pero el simple recuerdo del film, que la BBC se negó a financiar y cuyo estreno en 2010 provocó polémicas, inquieta aún más cinco días antes de que Londres celebre su maratón 2013 con 37.000 inscriptos y cuando todavía se cuentan las víctimas de las bombas que explotaron anteayer en la maratón de Boston. “¿Por qué aquí? ¿Por qué en la maratón?” John Thumacki, fotógrafo del Boston Globe durante treinta años, finalista del Pulitzer por su trabajo sobre la caída del muro de Berlín, cuenta que eso fue lo que más escuchó apenas explotaron las bombas. Segundos después de la primera explosión, Thumacki, que cubrió más de veinte maratones de Boston, ya estaba disparando su cámara y transmitiendo las imágenes por computadora desde la línea de llegada. La primera foto mostró a un corredor caído, rodeado de tres policías. Bill Iffrig fue ayudado a levantarse. Con la rodilla lastimada, y después de correr más de cuatro horas, Iffrig caminó los tres metros que le faltaban porque quiso completar los 42 kilómetros. Y luego caminó un kilómetro más hasta su hotel. Tiene 78 años. Otra foto que recorrió el mundo muestra a un hombre de 73 años empujando una silla de ruedas. Es Dick Hoyt, que lleva a su hijo Rick, de 51, que sufre parálisis cerebral. El “Team Hoyt”, como se lo llama, corre así la maratón de Boston desde hace 31 años. Recaudan dinero para obras benéficas. Y el padre fortalece el vínculo con su hijo.
Incómoda por recorrido y clima, y sin el dinero de la maratón de Nueva York, Boston corre tradicionalmente en el feriado del “Patriot’s Day”, un recuerdo de la guerra de independencia de Estados Unidos, primeras batallas contra tropas británicas el 19 de abril de 1775. El sentimiento patriótico en la maratón de Boston se hizo muy presente en la edición de 1951, en plena Guerra de Corea. Yun Bok Suh, campeón de la maratón de 1947, fue el primer coreano ganador de una prueba internacional desde la independencia de Japón. Sus compatriotas Kee Yong Ham, Gil Yoon Song y Yun Chil Choi sorprendieron al mundo atlético al ocupar los tres primeros puestos de la maratón de 1950. Al año siguiente, Walter Brown, mítico director de la prueba de Boston, prohibió la inscripción de corredores coreanos. “Mientras soldados de Estados Unidos combaten y mueren en Corea -dijo Brown-, todo coreano debería pelear por su país en lugar de correr maratones.” Más de medio siglo después, furiosos mensajes en diarios y radios se preguntan hoy si el atentado del lunes podría haber sido obra de la ahora odiada Corea del Norte.
“Son el demonio, matémoslos a todos”, tuiteó el lunes pasado Erik Rush, de Fox News. No hablaba de los norcoreanos, sino de los musulmanes. De modo sarcástico, aclaró luego. La misma cadena lanzó ayer los primeros rumores sobre supuestos sospechosos musulmanes. En la Web le recordaron los cientos de bombas que Estados Unidos lanzó históricamente y sigue arrojando aún hoy a poblaciones civiles. Muertos que no tienen la misma prensa que Boston. Y citaron antecedentes de lunáticos locales, como el unabomber que en 1995 mató a 168 personas en Oklahoma. Fue también un 19 de abril, como el Patriot’s Day. El viernes se cumplen 18 años. ¿Algún otro loco habrá querido recordarlo?, se preguntan especialistas. El mismo día del atentado en la maratón de Boston, recuerdan otros, se celebró el 66° aniversario del primer jugador negro que desafió leyes racistas y jugó en la liga profesional de béisbol (MLB). El “Jackie Robinson Day” fue fortalecido por el gobierno de Barack Obama. “Cuando algunos medios hablan del presidente como un comunista, un musulmán que no nació aquí, me pregunto si no están incitando instintos primarios y yendo demasiado lejos”, escribió un mensaje en The New York Times. El diario editorializó ayer contra el senador republicano Steve King, que, apenas después de que estallaron las bombas, apuntó al mundo musulmán y pidió parar la reforma legal de Obama sobre la inmigración. Milicias y grupos radicales antigobierno, denunció una organización de derechos civiles, crecieron en los últimos cuatro años de 149 a 1360.
¿Y el deporte? La inocencia, si todavía algo quedaba, se perdió definitivamente cuando un comando palestino asesinó a atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de 1972. Fue la “masacre de Munich”. Escenario de juego, alegría, esperanzas y emociones, el deporte ya había incorporado tensiones políticas y económicas, pero, hasta antes de Munich, la competencia se creía sagrada. Después de Munich, los Juegos Olímpicos, que fueron otra vez atacados en Atlanta 96 por un fanático local que había apuntado antes contra discotecas gays y clínicas que practicaban abortos, pasaron a celebrarse en fortalezas custodiadas desde barcos y aviones, con miles de soldados, comandos especiales, radares, misiles y millones de dólares invertidos en seguridad. La vidriera global del deporte tienta a todos. Políticos y comerciantes. Y también a terroristas o simples lunáticos. Se esperan igualmente unos 37.000 corredores este domingo en Londres. El deporte como señal poderosa de vuelta a la normalidad. Correrán por placer, pasión, adicción, moda o desafío. La maratón, larga y accidentada, es acaso la carrera que más se parece a la vida. Pero ninguna escena previó los muertos y mutilados de Boston. La gloriosa llegada, la línea que premia el esfuerzo, aliviadora y emotiva, se convirtió en escena de guerra.
En 1967, Katherine Switzer desafió reglamentos y corrió la maratón de Boston entre los hombres. Se inscribió como K. V. Switzer y corrió con pantalones largos. “¡Váyase inmediatamente de aquí!”, le gritó empujándola el oficial Jock Semple al advertir que era una mujer, a los pocos kilómetros de la largada. Otros competidores que corrían junto con Katherine reaccionaron empujando ellos a Semple para que la mujer pudiera seguir corriendo. Como todos, sin exclusiones. Y con los ojos abiertos. En noviembre pasado, Estados Unidos ya había sufrido con la última maratón de Nueva York, que debió ser cancelada por el huracán Sandy. Muchos corredores protestaron la decisión, corrieron simbólicamente por el Central Park y pasearon luego por la Quinta Avenida. Otros eligieron correr en la zona del desastre, ayudando a las víctimas de la tragedia. Acaso escucharon la voz de Switzer, la mujer que no quiso renunciar a correr. “Si estás perdiendo la fe en la naturaleza humana -dijo Switzer-, salí y mirá una maratón.”
Alfredo Ves Losada / Rodolfo Rossi, ultramaratonista amateur. Corrió 24 horas seguidas en una cinta y rozó el ‘Guinness’
(Publicado en Perfil, 17.12.2011)
En una carpa en Plaza de Mayo hizo 212 km hasta las 18 de ayer. Logró la marca argentina pero quedó a 46 km del récord mundial
“¿Esas son las horas que lleva corriendo?”, pregunta un turista mexicano que pasea por Plaza de Mayo en la tarde encapotada. “Sí”, le responden. El señor duda; se saca los anteojos de sol, mira una vez más el cronómetro que marca 23 horas y 30 minutos, e insiste: “¿Perdón, perdón; usted quiere decir que ese joven que está montado en esa cinta está corriendo ahí desde ayer a la tarde?”. “Sí, señor”, le dicen.
El hombre al que se refiere es Rodolfo Rossi, ultramaratonista argentino de 36 años, que el jueves a las 18 se subió a una cinta de correr y se bajó ayer, 24 horas después, luego de conseguir el nuevo récord argentino: 212 kilómetros de un tirón.
Rossi quería batir su propia marca de 173 km lograda el año pasado –que era hasta ayer el récord argentino–, y tratar de acercarse a los 258 del Guinness. Por eso dispuso una carpa en la Plaza de Mayo. Por eso, a las 18 del jueves apretó el botón de inicio de una de las dos cintas montadas de cara a la Casa Rosada, y no se detuvo hasta ayer por la tarde, luego de recorrer la distancia exacta que une Buenos Aires con Dolores. Perdió casi 4 kilos.
Rossi es administrador de empresas y corre en su tiempo libre. El año pasado intentó batir el Guinness y una descompostura lo obligó a bajarse. Supo que era difícil lograrlo pero lo importante era, en realidad, correr a buen ritmo un día entero, y aportar a una acción benéfica: por cada km, los esponsores harían alguna donación a la Fundación Desarrollo a través del Deporte.
Desde que puso fecha para el segundo intento, planificó un entrenamiento que incluyó sesiones de seis horas en un gimnasio, 100 kilómetros en la pista del Parque Sarmiento y maratones intermedias de cuatro y seis horas.
Para que su rutina no alterara la vida doméstica ni su matrimonio con Natalia, con quien tiene a Lucía y Nicolás, encontró una solución: running de madrugada. Luego de la cena, se acuesta dos horas, se despierta a las 2 de la madrugada y sale a trotar 3 horas, para volver a la cama y dormir un rato más antes de ir a la oficina.
“Lo más difícil es cuando llevás 14 o 15 horas, pero la emoción es enorme”, explicó Rossi mientras una médica le tomaba la presión después de su prueba. Lo que viene tampoco será fácil: en los próximos días se le caerán todas las uñas y empezarán a aparecer dolores. Pero el lunes vuelve al trabajo.
A los 100 años, terminó una maratón
Soy corredor amateur. Toda mi admiración por la motivación y voluntad de Fauja Singh.
(Publicado en perfil.com, 18.10.2011)
Fauja Singh, un británico de origen indio al que apodan “Tornado con turbante”, corrió 42 kilómetros en Toronto. Es el más viejo en hacerlo
Un británico de origen indio apodado “Tornado con turbante” se convirtió en la primera persona de más de 100 años en finalizar una maratón (42 kilómetros). Fauja Singh, un ciudadano británico nacido en la India en abril de 1911, corrió con su larga barba y turbante la maratón Scotiabank Toronto Waterfront en 8 horas, completando la carrera seis horas después que el ganador keniata Kenneth Mungara, que cruzó la meta en dos horas y nueve minutos.
Singh, que habla solamente punjabi, terminó en el lugar número 3.849, acompañado de un puñado de seguidores y de su entrenador, aunque sin duda merece un espacio en los anales del deporte. Fauja es el deportista más viejo en completar esta disciplina, una hazaña que todavía debe ser ratificada por el Libro Guinness de los Récords.
“Está rebosante de alegría, logró la meta de toda una vida”, declaró su entrenador e intérprete, Harmandar Singh.
El centenario maratonista, comenzó a correr hace 20 años, luego de la muerte de su mujer, y esta fue su octava maratón. Ahora, sueña con llevar el estandarte olímpico durante la inauguración de los Juegos de Londres-2012.
Fuente: AFP
Ezequiel Fernández Moores. Correr
(Publicado en el diario La Nación, 9.11.2010)
El dolor comenzó en el muslo derecho. Bajó a la rodilla derecha y pasó al aductor izquierdo. Cada parte del cuerpo comenzó a gritar. Recordó la frase de otro corredor: “Pain is inevitable. Suffering is optional” (El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional). Otros, también agotados, elegían seguir caminando. No él. En su tumba, avisó una vez, debía leerse: “Al menos, aguantó sin caminar hasta el final”. Su mente pasó a decir “corro, luego existo”. El corredor, autómata, pero ya con su respiración serena y los pulmones renovados, cruzó por fin la meta. Feliz y con el puño en alto, cerró su participación en la Ultramaratón de 100 kilómetros del lago Saroma. Once horas y cuarenta y dos minutos corriendo. El relato forma parte del libro De qué hablo cuando hablo de correr. Lo publicó este año el gran escritor japonés Haruki Murakami, que corre diez kilómetros diarios desde 1983. Desde entonces, todos los años corre también una maratón.
Murakami corrió en 2005 la maratón de Nueva York, cuya edición 2010 se celebró el domingo pasado. Tenía 56 años y llegó en el puesto 11.282, con un tiempo de 4 horas12m17s para los clásicos 42.195 km. La figura más cotizada de la maratón de este año fue la leyenda etíope Haile Gebrselassie. Se cuenta que le pagaron unos 400.000 dólares. Mary Wittenberg, presidenta de New York Road Runners, viajó en mayo a Etiopía. Del aeropuerto, ocho horas en auto hasta Lake Hawassa, donde Gebrselassie construyó su nuevo resort cinco estrellas. “Gebre” tiene estatuas en su país. Cuando volvió, tras ganar su segundo oro olímpico en los 10.000 metros de los Juegos de Sydney 2000, Addis Abeba celebró su mayor evento desde los funerales del emperador Haile Selassie en 1975. Un escuadrón de aviones Mig saludó el arribo. Todo el gabinete lo esperó en el aeropuerto. Un millón de etíopes salieron a las calles. El documental de su vida, Endurance (Resistencia), llevó 20.000 personas por noche, a lo largo de un mes, a un estadio de fútbol. Endurance recuerda que “Gebre” creció corriendo veinte kilómetros diarios para ir y volver de la escuela, en el pueblo cerca de Arsala, a 3000 metros de altura. Anotó 27 récords mundiales. Decepcionó a muchos cuando desistió de ir a Pekín 2008. “No quiero suicidarme”, argumentó al recordar que la combinación de calor, humedad y contaminación podían ser fatales para un asmático como él. Por fin aceptó correr este año la maratón de Nueva York. Abandonó en el kilómetro 25. Su rodilla dijo basta. Minutos después, con 37 años de edad, anunció su retiro. Muchos confían en que igualmente estará en los Juegos de Londres 2012.
“Fue un modelo para nosotros.” El elogio de Meb Keflezighi, que corre para Estados Unidos, pero nació en Eritrea, país que combatió largos años con Etiopía, no es extraño en el mundo de los corredores de fondo. “Aquí no podemos intimidar a nuestros rivales. Todos tenemos un largo camino y precisamos ayudarnos mutuamente”, dijo Keflezighi. El campeón de la maratón el domingo pasado en Nueva York, Gebre Gebremarian, también nació en Etiopía. La maratón es religión en ese país, uno de los más pobres de la tierra. Gebremarian creció escuchando las leyendas de Gebrselassie y de Abebe Bikila. En 2010, se cumplieron los 50 años de la hazaña de Bikila que ganó descalzo la maratón de los Juegos Olímpicos de Roma. Las maratones son patrocinadas hoy por las grandes marcas de zapatillas. Cuando un brasileño ganó hace unos años descalzo una maratón en su país, la TV lo enfocó de las rodillas para arriba. La imagen de Bikila cruzando victorioso el Arco de Constantinopla, el mismo lugar en el que veinticinco años antes Mussolini había arengado a sus tropas a conquistar su país, es una de las más bellas en la historia del olimpismo. Bikila, que volvió a ganar en Tokio 64, ya con zapatillas, perdió sus piernas en un accidente de automóvil, en 1969. Murió en 1973, a los 41 años. Su compatriota Siraj Gena lo homenajeó al ganar este año la Maratón de Roma. Corrió descalzo los 500 metros finales, en el Foro Imperial.
Otra figura de la maratón del último domingo, mucho menos famosa, fue Jon Mendes, un ex marine de 90 años que corrió (caminó) la prueba por duodécima vez. Es como el argentino Efraín Wachs, un tucumano radicado en Rosario que, a los 91 años, sigue compitiendo. El año pasado, se coronó campeón mundial de cross country en el Mundial de Veteranos de Finlandia, tras sortear ocho kilómetros de montaña. Para Efraín, “correr es vivir”. “Campeón de la vida”, lo distinguió hace unos meses la Cámara de Diputados de la Nación.
Cuando Wachs tenía diez años, la Argentina era una potencia en la maratón. Juan Carlos Zabala, “Zabalita”, “El Ñandú Criollo”, un huérfano que aprendió a correr en el reformatorio de Marcos Paz, ganó la maratón de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932. Su hazaña conmovió a Delfo Cabrera, que tenía 13 años y era recolector de maíz y ladrillero en el pueblo santafecino de Armstrong. Sus compañeros del cuerpo de bomberos de la Policía Federal hicieron una colecta para que pudiera viajar a los Juegos de Londres de 1948. Terminó primero. El mendocino Eusebio Guiñez llegó quinto y el bahiense Armando Sensini, noveno. Tres argentinos entre los diez primeros, dato único en nuestra historia olímpica.
Cabrera fue ascendido a cabo, Perón le regaló una casa en Sarandí y, con Evita, fueron padrinos de María Eva, su hija. La Revolución Libertadora de 1955 lo humilló haciéndolo trabajar como “pincha-papeles” en el Jardín Botánico. Algo similar le sucedió al checo Emil Zatopek. La “Locomotora Humana”, tricampeón olímpico en 5000, 10.000 m y maratón de los Juegos de Helsinki 52, adhirió en 1968 a la Revolución de Praga, que terminó siendo aplastada por los tanques soviéticos. A Zatopek lo desterraron primero a las minas de uranio de Jachymov y luego a recoger basura en las calles de Praga. La gente no se lo permitía. Zatopek corría al lado del camión en medio de aplausos. Lo cuenta Jean Echenoz en el libro biográfico Correr, que publicó este año.
Al tucumano Miguel Benancio Sánchez directamente lo mataron. Venía de correr su segunda San Silvestre por las calles de San Pablo, la maratón más importante de Sudamérica. Hacía trabajo social y era miembro de la Juventud Peronista. El 7 de enero de 1978 fue secuestrado por una patota militar en su casa del barrio de Villa España, en Berazategui. Se lo recuerda todos los años con “La carrera de Miguel”.
A Murakami, que ama correr escuchando a los Rolling Stones, no le asusta la soledad. Seguramente leyó o vio en el cine La soledad del corredor de fondo, sobre un joven que busca revancha con el atletismo de fondo, en medio de las frustraciones de la clase obrera británica. Dustin Hoffman hizo un recordado papel en Maratón de la muerte. Para quedar realmente agitado, como lo requería una escena, Hoffman corrió una hora y media por el Central Park. “¿No le parece que sería mucho mejor actuar esto?”, le preguntó Lawrence Olivier, que hacía de criminal nazi. Forrest Gump corrió sin fin desolado tras un rechazo amoroso. Hollywood ya fijará la mira en Edison Peña, el minero chileno que participó el domingo de la maratón de Nueva York. Atrapado 69 días con 32 compañeros setecientos metros bajo tierra, Peña, de 34 años, corrió mañana y tarde por las galerías. Hacía diez kilómetros diarios con pesadas botas de goma que tenían punta de acero. “Correr para mí es estar libre”, le dijo Peña a David Letterman. Murakami dice que no sabe por qué corre y que escribió su libro para reflexionar sobre ello. Más adelante, admite que comenzó a correr cuando decidió que sería escritor y que los cigarrillos y el sobrepeso no tenían por qué acompañar esa elección. Corre para seguir escribiendo. Y se decidió por la maratón porque escribe novelas. No quiere quedarse sin aire a los diez kilómetros. Y sin recursos, después del primer capítulo. “Correr es como la vida, con pendientes más suaves, otras más duras.” Murakami cuenta que, corriendo, aprendió a “conversar” con su cuerpo. No corre para vivir más. Corre, dice, para vivir mejor.


