Martín Caparrós / Bingo! (Cien panfletos sobre todo y nada)

“Era un desafío: si cifras y cifras nos gobiernan, por qué no tratar de contarlas. Y un paseo: cómo armar alrededor de los números, que arman el mundo, un viaje por ese mundo numerado. Además imaginé que la consigna de escribir sobre nada -redacción tema el 54- me obligaría a escribir sobre lo que realmente me importaba -fuera lo que fuese. Me obligaría a descubrir qué era lo que me importaba.”

Bingo! (2003) es las observaciones, pensamientos, ideas, a propósito de los números desde el 00 al 99. Dos dígitos cuya sola mención (el 13, el 59, el 69, el 73, días, años) en muchos casos inmediatamente asociamos con sucesos históricos, supersticiones, sexo y quién sabe qué historias.

Originalmente publicados semanalmente en las revistas Veintidós y Veintitrés, exponen el pensamiento crítico de Caparrós sobre la actualidad, la política, la Argentina, el mundo, a partir de un par de simples dígitos. De allí que los haya subtitulado Cien panfletos sobre todo y nada; la inaprensible realidad que vista a través de la lupa de Caparrós siempre adquiere nuevas y sorprendentes formas. Excelente.

(Una curiosidad: en la tapa de la edición original de Bingo! en el Grupo Editorial Norma se lee Cien panfletos contra la realidad, a diferencia del interior, Cien panfletos sobre todo y nada )

* * *

Martín Caparrós nació en Buenos Aires el 29 de mayo de 1957.

Novelas: Ansay o los infortunios de la gloria (1984), No velas a tus muertos (1986), El tercer cuerpo (1990), La noche anterior (1990), La Historia (1999), Un día en la vida de Dios (2001), Valfierno (2004), A quien corresponda (2008), Los Living (2011).

Ensayos y crónicas: Larga distancia (crónicas, 1992), ¡Dios mío! (Un viaje por la India en busca de Sai Baba) (crónicas, 1994), La patria capicúa (ensayo, 1995), La voluntad (Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978) (con Eduardo Anguita, 3 tomos, 2007-2008), La guerra moderna (Crónicas de larga distancia) (1999), Extinción (Últimas imágenes del trabajo en la Argentina) (con fotos de Dani Yako, 2001), Bingo! (Cien panfletos sobre todo y nada) (ensayos, 2003), Qué país (Informe urgente sobre la Argentina que viene) (ensayo, 2002), Boquita (2005), Amor y anarquía (La vida urgente de Soledad Rosas) (historia novelada de la vida de la joven anarquista que se suicidó en Italia en 1998, 2003), El interior (crónicas de viajes por las provincias argentinas, 2006), Una luna (diario, 2009), Contra el cambio (crónica, 2010), Argentinismos (ensayos, 2011).

Ediciones críticas: Voltaire, El ingenuo; Voltaire, Filosofía de la historia; Mariano Moreno, Plan revolucionario de operaciones.

Traducciones: William Shakespeare, Romeo y Julieta

Víctor Pombinho / Caparrós: “Mientras haya gente que sufra hambre, cualquier esfuerzo por Malvinas es obsceno”

(Publicado en La Nación, 17.2.2012)

El escritor reflexiona sobre la muerte, tema que sobrevuela su última novela, la premiada “Los Living”; desde su obra, la charla atraviesa la política nacional y el otro tema ineludible: Malvinas; sus palabras, incómodas y punzantes, desbaratan cualquier discurso armado desde el poder

Martín Caparrós ganó a fines del año pasado el prestigioso premio Herralde por Los Living, una novela en la que Nito, un muchacho que nace el día de la muerte de Juan Domingo Perón, se transforma en abanderado de una movida que revoluciona a todas las tradiciones funerarias conocidas hasta el momento, colocando a los cadáveres embalsamados sentados a la mesa familiar, como si no hubiesen fallecido.

Hay una cuestión no menor de acuerdo al tema del libro y es que los cadáveres de Perón y Evita están embalsamados. 
Se podría quizás pensar en esos términos, pero no está en el libro. Entonces el movimiento Living pasa por democratizar algo que unos pocos ya tienen. Porque efectivamente siempre se embalsamaron líderes, jefes, desde los faraones egipcios hasta Perón y Evita pero pasando por Lenin y Mao. Esto me hace pensar en mi novela La Historia, en la cual el argumento central es una especie de revuelta en una sociedad imaginaria para conseguir que todos tengan derecho a la vida después de la muerte. En ese sentido se puede pensar que esto es algo por el estilo.

En general se embalsama a los grandes líderes de masas. 
Sí, pero también a gatos y perros. Hay una tradición cristiana al respecto, no había mayor signo de que alguien era extraordinaria que el hecho de que su cuerpo no se corrompiera. En general los cuerpos incorruptos son de personas que después pasan a ser santos. Es curioso que en algún momento la técnica haga con personas extraordinarias lo que durante un par de milenios había hecho con personas extraordinarias, lo sobrenatural. Me parece que no es particularmente peronista o argentino en la medida en que estábamos citando otros ejemplos. Estos líderes en general de largo aliento (aunque hay que decir que el general Perón fue electo democráticamente en cada ocasión) parece que tenían cierta tendencia a no soportar la idea de que iban a desaparecer alguna vez, como le pasa a la mayoría de los argentinos en Los Living.

Los grandes mausoleos, como el que le están construyendo a Néstor Kirchner, también van por ese lado, ¿no? 
Sí, una forma levemente más inteligente, en la medida en que es un grado más de abstracción. Ya no se trata de mantener el cuerpo en sí, sino de una construcción que rodea el cuerpo, como son el mausoleo, o las pirámides. Y después hay otro grado más de abstracción que es esto de llenar el país con su nombre. Son como grados de separación del cuerpo. Cuanto más separación hay entre el cuerpo y la forma de recordar a aquél que ocupó ese cuerpo, mayor intervención de la cultura.

¿Estamos asistiendo a la construcción de un mito en tiempo real, a toda velocidad de la figura de Kirchner? 
Sí. La idea de un mito instantáneo es una contradicción intrínseca. Porque se supone que un mito es algo que se construye lentamente y a mediano plazo. Y también en un punto hay una contradicción entre la idea de construcción de un mito y la idea de que ese mito se construya desde el poder. En general los mitos se van formando mucho más de abajo hacia arriba que de arriba hacia abajo, como es el caso del supuesto mito kirchnerista, que está tan sustentado por el poder que no va a sobrevivir al momento en que ese poder desaparezca, por más que intenten convencernos de que eso no va a suceder nunca. Pero es probable que dentro de 100 o 200 años deje de haber kirchnerismo en la Argentina.

Quienes detentan el poder parece que tienden a pensar que no van decaer nunca, pese a todos los ejemplos de la Historia. 
Creo que en última instancia saben que no van a durar para siempre, pero hacen lo posible para durar físicamente. Y eso es lo pobre de estos proyectos. Es un poco aterrador cuando un proyecto plantea unas ideas que puedan durar a lo largo de décadas, que piensa una construcción que va a durar décadas. Pero a mí me resulta mucho más respetable. Pero en la política contemporánea, no solo argentina, como no hay programas ni ideas de sociedad, entonces esa voluntad de duración queda limitada a la duración personal. Cuando hay una idea de sociedad, no importa que lo haga Fulano, y que después lo suceda Mengano y que después venga Perengano. Porque todos ellos están unidos por el hecho de compartir esa idea. En cambio acá, como no hay ideas, sino solo la voluntad de poder y acumulación, en lo único que son capaces de pensar es en su supervivencia personal y eso me parece levemente patético.

Martín Caparrós en una entrevista con lanacion.com. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro

CARTA ABIERTA

Lo curioso es que el kirchnerismo se supone que tiene toda una carga ideológica atrás e incluso tiene a los intelectuales de su lado. 
¿Quiénes son los grandes intelectuales?

¿Los de Carta Abierta? 
Ninguno de ellos estaba canonizado como un gran intelectual hasta que llegó el kirchnerismo. En todo caso es un beneficio mutuo, porque salvo Horacio González, a quien respeto mucho, ninguno tenía una presencia pública como intelectuales hasta que se adscribieron al kirchnerismo. Entonces tampoco es que hay manadas de intelectuales… hay más bien manadas de gente del espectáculo, que eso es otra cosa.

Pareciera que se generó una división muy fuerte en la sociedad por algo que no es tan tremendo. El kirchnerismo no es una revolución socialista. 
No, ni muchísimo menos. Es algo que yo suelo decir al respecto. A mí no me parece condenable el enfrentamiento por sí mismo. Hay ciertas situaciones en que el enfrentamiento es necesario. Cuando hay algo que lo vale, si no hay más remedio habrá que enfrentarse. Si en 1816 estos señores que estaban en una casita en Tucumán hubieran dicho “che, no nos enfrentemos, sigamos bien”, se supone que no existiría nuestro país y se supone que nos importa que exista. Lo curioso de estos últimos años es que hay enfrentamientos totalmente desproporcionados al nivel de cambios en las estructuras sociales que se han producido, que son prácticamente nulos. La sociedad argentina, en general, en cuanto a su estructura económica y social no es muy distinta a lo que era en el año 1995. Lógicamente es muy distinta a lo que era en 2002, porque era la peor crisis de su historia, pero en sus grandes datos macroeconómicos es similar. El gran mérito del kirchnerismo es haber sabido adaptar las estructuras políticas del peronismo al remezón 2001 por un lado y al aumento de los precios de los commodities en el mercado de Chicago. ¡Depender de los chinos ya es un destino cruel, pero depender de lo que quieran comer los chanchos chinos es humillante! El día que descubran que las margaritas son más ricas que la soja estamos al horno.

¿Te resulta difícil en este momento no adherirte a uno de los bandos? 
Sí, es difícil, a veces es hinchapelotas, porque además, se han establecido como dos sectores en pugna, el Gobierno y cierta oposición formada por los grandes diarios como el tuyo, como Clarín, como ciertos sectores de la economía más poderos (otros están con el Gobierno) y a esos dos bandos les interesa postular que son los únicos que hay. Ninguno de los dos quiere que haya nada por afuera, eso es una trampa. A veces trata de reclutarme gente con la que no quiero estar. Hay que tener mucho cuidado con un mecanismo que puede ser muy tentador que es el clásico “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. Con ese mecanismo, en la Segunda Guerra, si uno era argentino y estaba preocupado por cómo Inglaterra se estaba llevando todo de la Argentina, debió haber sido nazi. Yo trato de sustraerme a eso y de postular que hay otros espacios que estar simplemente en la pelea entre el Gobierno y la Corpo.

Pero te debe pasar que te dicen “bueno Caparrós, pero al final de qué lado está, nosotros estamos a favor de los Derechos Humanos, entonces defínase, en última instancia…” 
Lo que pasa es que esas discusiones están mandadas a hacer para Twitter, para argumentos de 140 caracteres, de puro slogan. En cuanto alguien se sienta a discutir con un poco más de espacio, ahí aparecen otros argumentos y esos slogans quedan pasados. Si yo tengo más que 140 caracteres, te voy a explicar que a mí me parece muy bien que estén haciendo juicios a los militares porque efectivamente se lo merecen, pero que me preocupa mucho que en los últimos años haya una cantidad de muertos por represión de protestas sociales y por gatillo fácil de todas las policías que mantienen un nivel de violencia intolerable para un gobierno que se dice defensor de los derechos humanos. Entonces decidan, si quieren defender esos derechos, que los defiendan en tiempo presente y no sólo en esa acérrima voluntad de arreglar todo lo que ha pasado hace 40 años sin arreglar lo que pasa todos los días.

EL USO DE MALVINAS

Ahora vuelve el tema Malvinas, la Historia parecería que es pendular, que los dos gobiernos distraen ciertas cuestiones utilizando el tema. 
Hoy justamente escribí un post en mi blog de El País sobre eso . Sobre el tema del uso de las Malvinas por un lado y lo que me parece que es la endeblez de los argumentos argentinos al respecto. Por supuesto que los argumentos británicos me parecen tanto o más endebles que los argentinos, pero a mí me interesan los argentinos. Por un lado, el argumento que parece más serio es el geográfico, porque se supone que las Malvinas están en la plataforma continental argentina, pero bueno también si uno lo mira bien, Inglaterra está en la plataforma continental francesa, y no creo que reclamen ese territorio. Que la línea de argumentación histórica es muy discutible, porque efectivamente estas islas fueron españolas porque el papa Alejandro Borgia se las dio a Fernando el Católico en 1494.

La única ocupación efectiva argentina fue cuando un gobernador de Buenos Aires, el general Lavalle, que además no es el hombre más reivindicado por el dorreguismo contemporáneo, mandó a un alemán a establecer una explotación de ganado y focas en 1829 y estuvo hasta 1831. En ese año lo rajaron y nunca más hubo argentinos ocupando eso. Entonces yo en algún momento decía que tendrían que autodeterminarse los que viven ahí y decidir qué quieren hacer. Entonces dicen “no, porque no son pueblos originarios”… ¿y nosotros sí? Nosotros vinimos en barco mucho después de que llegaran en barco algunos de los ancestros de los que viven en esas islas. Y es más, esos territorios están dentro de la plataforma continental argentina porque los ejércitos argentinos ocuparon a partir de 1830 y tantos esa zona y terminaron de conquistarla con la Campaña del Desierto de Roca. Y así sucesivamente.

Cualquier legitimidad basada en la ocupación de un territorio es muy difícil de sostener porque no hay territorio que no haya sido ocupado y reocupado otra vez. Pero sobre todo, más allá de todo eso. Para que el gobierno argentino tuviera legitimidad para reclamar tan vehementemente las Malvinas, tendría que hacerse cargo de ese territorio tan inmensamente poco reclamado que es la República Argentina. Mientras haya gente que se caga de hambre acá a 5 kilómetros, cualquier esfuerzo y cualquier dinero gastado en las Malvinas es obsceno. Mientras haya petroleras y mineras que se llevan los recursos pagando 2 con 20 también. Entonces me parece que es muy insostenible ese reclamo.

LA MUERTE

¿Escribir tanto sobre la muerte, no te hizo pensar en tu propia muerte y no te generó depresión?
Sí, fue duro de escribir. Yo en general disfruto mucho de escribir. No tengo ninguna cercanía con esa gente que dice que le cuesta y que sufre escribiendo. Más bien lo contrario, me da mucho placer escribir y por eso lo hago. Pero describiendo estas muertes, teniendo que escribir esos textos de Nito, cuando empieza a convertirse en un enunciador de muertes… fueron unos días duros. Además tuve que investigar para escribir sobre cómo se muere uno y no fue agradable, pero me parecía que tenía que escribir eso. Fueron días difíciles, realmente (largo silencio).

Como dice en la novela, hay dos grandes polos, hacerse el tonto, o reflexionar sobre la muerte y bancársela. 
No podés creerte inmortal porque serías un necio, porque hay bastantes pruebas de que no lo sos. Y no podés vivir pensando en la muerte porque sería de una melancolía arrasadora. Entonces la única conclusión de esto es que no podés.

Martín Caparrós / Minas, el cielo abierto

(En Pamplinas, blog de Martín Caparrós, 20.1.2012)

Es curioso que en un conflicto como este se inmiscuyan esas cosas: minas, el cielo abierto. Pero es cierto que, más allá o más acá de ecos confusos, la pelea por la mina a cielo abierto de Famatina es un caldito, un concentrado de Argentina: está casi todo. Está, para empezar, el reacomodamiento de un país que vive cada vez más de la extracción de su materia prima. Está la globalización neoliberal que favorece que grandes empresas extranjeras se lleven esas materias primas. Y está la forma en que nuevas técnicas cambiaron esas formas de extracción, cambiando relaciones sociales y económicas, maneras de vivir. También está la defensa del medio ambiente, gran caballito actual, y sus variados usos e interpretaciones. Está, por supuesto, el infaltable político que prometió una cosa e hizo lo contrario y está, por lo tanto, el funcionamiento de esto que llamamos democracia. Está la actuación de un gobierno que perora contra ciertas “corporaciones” y favorece a la mayoría. Y están sus partidarios que abrazan las causas más nobles siempre y cuando sus jefes los dejen.

Y tantas otras cosas están en la pelea entre los habitantes de Famatina, un pueblo del noroeste árido, montañoso argentino –mayoría de agricultores de nueces y frutales–, contra la empresa minera canadiense Osisko Mining Corporation, que firmó con el gobernador de la provincia, Luis Beder Herrera, un convenio parallevarse oro en grandes cantidades.

Extracción, decíamos: entre los diez rubros que encabezan las exportaciones argentinas, sólo uno es industrial: el resto es materia prima cruda o muy levemente procesada. Granos y yuyos, por supuesto; gas, petróleo, minerales. La minería, que parecía pasado, volvió con fuerza. Hay lugares, como esas sierras riojanas, donde se explotaron vetas de oro desde el siglo XIX –y se habían agotado. Pero las nuevas técnicas permiten explotar –brutalmente– filones que no habrían sido rentables sin ellas. Es, como la soja, un modo de sacar todo lo posible lo más rápido posible. Sólo que en la minería todo es más tosco, más visible: ganancias extranjeras, poquísima mano de obra, destrucción más violenta.

Las nuevas técnicas consisten en volar sierras enteras y pasar sus restos por agua, cianuro y otros químicos para separar los metales –más o menos– preciosos de la basura pura. Para eso se necesita mucho dinero –el suficiente para comprar insumos y políticos– y mucho desprecio por el futuro –el suficiente como para cargarse un territorio–: son dos condiciones que, en la Argentina, muchos reúnen. También, con creces, ciertas corporaciones extranjeras: lo son todas las grandes mineras que aparecieron en las dos últimas décadas; no lo son los gobernantes que las trajeron.

Todo empezó, faltaba más, con una ley del peronismo menemista: la 24.196 exceptúa a las mineras de la mayoría de los impuestos, les permite llevarse el mineral sin el menor control –el Estado sólo recibe la información que la propia empresa se digna darle–, y les cobra de regalías un tres (3) por ciento de lo que las empresas dicen que se llevan. La ley fue convalidada por el peronismo kirchnerista: su creador lo dijo cuando presentó su Plan Minero, 2004: “El sector minero argentino es uno de los pocos que durante la década del ’90, con cambios importantes en la legislación, empezó a tener un principio y un punto de inflexión que le permitió avizorar un destino estratégico diferente”, dijo entonces Néstor Kirchner –y confirmó los mecanismos, las prebendas.

Es pura extracción tipo colonia: señores que arman grandes enclaves donde los locales no pueden entrar, sacan todo lo que pueden, se lo llevan, lo cobran afuera y no dejan casi nada –salvo unos pocos puestos de trabajo transitorios y un desastre en el espacio y en la sociedad: una forma de corrupción generalizada.

Que, por supuesto, llega a los más altos. El ahora gobernador kirchnerista de La Rioja, Luis Beder Herrera, se pasó años haciendo campaña contra esta forma de la minería: que era un robo, que las empresas conseguían sus minas a base de sobornos y corrupciones, que iba a prohibir la explotación minera a cielo abierto en la provincia, dijo, por ejemplo, en este video de marzo de 2007, cuando era vicegobernador y el pueblo de Famatina ya se oponía a la apertura de la mina de oro:

–El pueblo los va a parar. Yo voy a hacer la ley –bueno, la Cámara de Diputados la va a hacer– para pararlos, y el pueblo de Famatina y Chilecito la va a defender…

Y consiguió esa ley y la Barrick Gold tuvo que retirarse y un año después, ya como gobernador, la hizo anular, y ahora firmó el convenio con la Osisko. Que también corrompe a muchos más. Es lo que el diputado y cineasta Pino Solanas, uno de los pocos políticos porteños que fueron a apoyar los reclamos, llama la “contaminación social y cultural”: una empresa comprando la voluntad o la tolerancia de autoridades varias y ciertos pobladores, personas convenciéndose de que, en última instancia, si hay que entregar o destruir todo para sacar unos pesos, quizá valga la pena.

–Salvando distancias, es el mismo mecanismo que produce el narcotráfico, que hace que mucha gente acepte ciertas prácticas podridas porque traen plata. En este caso ni siquiera está claro que vaya a traerla pero algunos se ilusionan, se dejan tentar. Y eso termina por corromper las sociedades donde actúa.

Dice Solanas; sabe, también, que muchos se resisten. Ahora, los habitantes de Famatina llevan casi veinte días en la plaza, en la calle, en la ruta que va al cerro, tratando de impedir que la mina empiece a funcionar. Dicen que lo que más les preocupa es la amenaza inmediata a su forma de vida: no quieren que les arruinen el suelo y el agua, que acaben con sus vidas tal como las conocen. Algunos, además, insisten en el saqueo económico, el expolio.

Que funciona con sus propias reglas. Hace unos meses un directivo de la minera canadiense estaba en la hostería del pueblo; alguien lo vio y avisó; las campanas de la iglesia lo comunicaron a todos los demás, que se acercaron a rodear el edificio. El directivo huyó despavorido; se dejó, en su huída, una carpeta. Adentro había una guía de operaciones que incluía formas de eludir ciertas restricciones financieras y maneras de autorizar y asentar los gastos por coimas. Y había también una lista de los pobladores más activos en la pelea contra la mina, con datos personales muy precisos, grados de “peligrosidad”, intenciones de comprarlos, orrores de hortografía. Ni la justicia provincial ni la federal abrieron ninguna investigación sobre una lista negra que recordaba los tiempos más negros: hablemos de derechos humanos.

Mientras tanto, los ciudadanos siguen en la ruta y el gobernador kirchnerista insiste en que la mina va a funcionar “sí o sí”, pase lo que pase –y el gobierno nacional no habla del tema. Sus periodistas, intelectuales, funcionarios y otros defensores habituales lo evitan; sus medios no lo tratan –o lo tratan tan poquito que es como si no. Hace días que circula una solicitada de apoyo a los habitantes de Famatina, muy firmada; uno de sus promotores se quejó de que el diario oficialista Página/12 les pidió 15.000 pesos para publicarla –y no la pudieron publicar todavía. Los grandes medios opositores, mientras tanto, se debaten entre su interés en difundir un tema urticante para el gobierno y sus intereses económicos, más cercanos a la gran minería.

Así, el tema circula poco: un pueblo levantado contra una empresa extranjera que pretende arruinarle la vida podría ser una historia caliente, pero nadie parece cómodo con ella. El gobernador espera que los famatinos se cansen de oponerse –y es cierto que no pueden quedarse en la ruta para siempre. Hace casi diez años, en el pueblo patagónico de Esquel, otra minera quiso llevar su cianuro para llevarse el oro, y los ciudadanos que se oponían organizaron un plebiscito sobre el tema. A principios de 2003 mucha gente creía que estaba construyendo una democracia más auténtica, donde las decisiones no quedaran en manos de representantes en los que no podían confiar.

Aquella vez la gran mayoría –el 81 por ciento– votó que no quería la mina y el gobierno provincial de Chubut no tuvo más remedio que aceptar la voluntad de aquellas urnas. Yo, entonces, fui a verlos: me interesaba esa forma de democracia –un poco más– directa, y pensé que Esquel podía ser una avanzada de otro modo de intervención política. Me equivocaba, como casi siempre, pero quizás ahora los ciudadanos de Famatina podrían retomar esa experiencia y, otra vez, usar los votos para imponer sus voluntades.

Agustín J. Valle / Martín Caparrós: “No quiero que ningún lector se cruce en mi camino”

(Publicado en Perfil, 7.1.2012)

Flamante ganador del Premio Herralde de Novela con Los Living, Martín Caparrós consolida su lugar en el circuito literario hispano parlante. De sus apuestas artísticas y su incomodidad política habla en esta entrevista.

—¿Tuviste siempre pulsión política?
—Casi siempre. Hubo algún breve lapso en el que fue menor, a fines de los 80, donde en realidad lo que me pasaba era un rechazo a las formas que había de hacer política.

—Y la vocación artística, ¿estuvo siempre con vos?
—Sí, siempre lo decisivo que hice en mi ida fue escribir ficción. A mí me sorprende a veces ser definido básicamente como un periodista o incluso un cronista cuando lo central en mi vida siempre fue escribir novelas, y lo demás fueron siempre cosas que también hago; siempre me vi a mí mismo como alguien que escribe o intenta escribir. Para mí, por ejemplo, yo soy uno que escribió La voluntad mientras trataba de escribir una novela que me costaba mucho.

—¿Qué modelos de relación reconocés entre la dimensión política y la vocación artística?
—No creo que sean cosas que se pasen por el costado, en el sentido de que no creo que se puedan compartimentar. El tipo de narrativa que uno hace o intenta hacer, narrativa tanto de ficción como de no ficción, también es un gesto político; también cultural, sociológico, estético, espiritual, etc.; no digo que sea algo esencialmente político, sino que tiene una carga política. Tratar de pensar por ejemplo cómo se hace para escribir para los nuevos medios de lectura, cómo se hace literatura que tenga en cuenta el hecho de que cada vez menos vamos a leer en forma sucesiva y lineal en un papel, cómo se escribe contemplando eso, que acarrea cambios fuertes en las maneras en que vemos el mundo, eso también es político, y no me refiero a una forma literaria que sea seguidista de los medios tecnológicos, puede haber muchas distintas posturas.

—Las escrituras desesperadas por calcar los modos técnicos de escritura de la última hora, como por ejemplo novelas todas escritas como chat, bien podría decirse que son conservadoras, porque se quedan completamente en lo que hay…
—A mí lo que me interesa ver es cómo se puede escribir para una literatura en pantalla. No para el Kindle, que en definitiva es la forma actual del libro, sino para el paso siguiente, para leer en una tableta o computadora o el soporte que sea, pero sin la forma sucesiva y lineal, que es la base de nuestra idea del relato, que ocurre en una línea de tiempo y avanza en forma más o menos sostenida. Por supuesto que siempre hubo intentos de romper eso con los medios disponibles; Rayuela, por ejemplo. La historia, que escribí hace unos años, también tenía un intento de romper con la linealidad. Ahora, pensando en la pantalla, también se abre la posibilidad de incluir otros recursos a la palabra escrita, en un relato. Estoy trabajando en eso, escribiendo con una serie de ramificaciones muy raras para un relato, donde cada hipervínculo te lleva a otro hipervínculo y te da posibilidades infinitas. La ruptura de esa forma lineal del tiempo es un dato central de lo que constituye a este siglo. Ya soy grande para dedicarme a estas cosas, pero me dan ganas.

—¿Y a qué zonas de lo que hay hoy en materia literaria estás más atento, de dónde esperás que surjan cosas nutritivas y renovadoras?
—Yo no leo tantas novedades, porque me parece que no tengo por qué leer al ritmo de lo que los editores pretenden; hay muchos libros y no necesariamente los mejores fueron publicados el mes pasado. Pero algunos leo; estuve leyendo algunos escritores jóvenes latinoamericanos. Ayer terminé Norte, de Edmundo Paz Soldán, una novela de chicanos que cruzan la frontera; el venía de escribir sobre adolescentes norteamericanos de suburbios. Es un tipo boliviano que vivió en la Argentina y en California, y ahora en la costa Este de Estados Unidos. Me parece un signo fuerte de los tiempos que un escritor ya no escriba obsesivamente sobre lo que supuestamente es su aldea, para pintar el mundo, sino que se sienta atravesado por ese mundo en el que varía mucho de posición, como le pasa a cada vez más gente en el mundo globalizado. También estuve leyendo un par de naufraguitos, esta generación de jóvenes latinoamericanos que escriben sobre el naufragio de sus padres en los 60 y 70, muy intensamente. El cuerpo en que nací, de Guadalupe Netel, es un libro del carajo; el de Alejandro Zambra, Formas de volver a casa, es magnífico. Es notable, creo que a ninguno de sus padres, en los 60 o 70, se les hubiera ocurrido escribir sobre sus padres en los 30 o 40. Es interesante, aunque me parece que como generación, sería más interesante perder sueños propios y no ajenos. Escriben sobre el mundo que sus padres soñaron para ellos; escriben en contra, por supuesto, pero escribir en contra es un tributo casi más fuerte que escribir a favor. Cuando con Daniel Guebel y Alan Pauls armamos el grupo Shangai, en los 80, decíamos que los escritores de los 60 y 70 se enojaban con nosotros porque nosotros no peleábamos con ellos.

—¿Vos no encontrabas sentido ni en pelearte con tus mayores ni ahora con los jóvenes?
—En general me parece que estamos escribiendo un poco pobremente. Acabo de estar en Princeton, me invitaron a dar una charla sobre literatura latinoamericana, y yo un poco lo que decía era que me daba un poco de tristeza ver cómo habíamos abandonado cierta ambición, quizá desmedida, de hacer arte, y aceptamos convertirnos en artesanos. Trabajamos con formas totalmente consolidadas, cristalizadas, y abandonamos, después del desastre de las tentativas de las vanguardias que culminó en los 70, la pretensión de cambiar la forma en que se escribe, y aceptamos que hay una herramienta que permite hacer una artesanía, que a veces sale mejor, a veces peor, pero esa pretensión, que quizá sea una estupidez, pero yo todavía respeto, está muy poco presente en nuestros países en las últimas décadas. Por eso me interesa ver qué pasa con la escritura atenta a estas nuevas formas que, paradójicamente, habiendo sido parte de los proyectos de renovaciones culturales y estéticas, vuelve no por una decisión cultural sino por la presión de nuevas técnicas. Una forma curiosamente materialista de suceder las cosas…

—Salvo que pensemos que la técnica también responde a las exigencias de la evolución de las formas de la inteligencia social. 
—Sin duda, pero me parece que no estaba pensada para producir este tipo de posibles efectos literarios. Siempre se piensan nuevas técnicas para hacer mejor las cosas que se están haciendo, o con mayor eficacia o menos esfuerzo. Y resulta que esas nuevas formas producen como efecto que se hagan cosas distintas a las proyectadas.

—Volviendo a tus proyectos, ¿cómo nació el de “Los Living”? Entre el comienzo y el final de la trama no hay una relación de obviedad, ¿qué era lo que querías hacer?
—Hay una frase del Apocalipsis de San Juan, hablando de sí mismo como libro, que dice algo así como que era un libro dulce en la boca aunque se iba haciendo amargo a medida que lo tragabas; algo por el estilo, debería buscar la cita exacta, pero me parece que mejor no, que la cita sea lo que yo recuerdo de ella. En este caso pensé en intentarlo, a ver qué pasaba con un libro que empezara con una forma así como jacarandosa, con humor y cierta levedad picaresca, y se fuera poniendo cada vez más sufrida. Eso fue lo que intenté, pero bueno, uno intenta y después sale lo que sale. Quise hacer un recorrido inesperado; era una premisa muy abstracta. Quería también trabajar un poco la idea de la picaresca contemporánea, con un personaje que va buscándose la vida y choca con escollos menores que lo van conformando.

—En un momento de la novela, una personaje secundario le dice al protagonista, cuyo padre murió cuando era muy chico, que tal vez era hijo de un desaparecido. Al mismo tiempo, es difícil no leerla como una novela sobre “la argentinidad”; empieza diciendo que el protagonista nace el día que muere Perón. Y después el tema de que se hace con los muertos ocupa el centro de la trama. ¿En qué medida a vos se te jugaba, al proyectar y escribir la novela, la manera en que en Argentina están tratados los muertos, por así decir, públicos? 
—Yo no intento ninguna alegoría. Si alguien quiere hacer una lectura alegórica está en todo su derecho, como de cualquier otra clase. La mayoría de las lecturas que he recibido de la novela ven una alegoría sobre los desaparecidos. Yo no quise dejar claro cuestiones sobre los desaparecidos en Argentina; si quisiera hacer eso haría un ensayo. Esta es una novela, una de cuyas características, a diferencia del ensayo, es que admite diferentes lecturas, y no afirma nada.

—El ensayo también, y por eso se llama ensayo…
—No estoy seguro, el ensayo trata de afirmar ciertas cosas. Que después le salga o no le salga es otra cuestión. Pero la idea de base es que vos tenés algo decidido que afirmar y por eso escribís, ¿no?

—El ensayo permite hacer la experiencia de una pregunta y una incertidumbre, sin la taxatividad que tendría la literatura más científica; de hecho históricamente nace como género después de que los europeos se dan cuenta de que el mundo tenía otra forma y otro continente… Es el lugar de la duda, la duda puesta a investigar.
—Me parece que cuando uno afirma determinada duda ya esta afirmando bastante. Es una discusión larga… Lo que quiero decir es que no intenté una alegoría. El tema del padre desaparecido aparece en un momento de la novela, que efectivamente es una novela inscripta en la Argentina de los últimos cuarenta años, como aparece el tema de las Malvinas, mucho más fuertemente, y nadie dice que sea una novela sobre las Malvinas. Y después, cuando aparece el tema de qué hacer con los muertos, me parece que reducir ese problema al tema de los desaparecidos es en todo caso una muestra de la estrechez en la que ha caído el debate argentino contemporáneo. El tema de qué hacer con los muertos es constitutivo de todas las sociedades desde que empezó a haber sociedades; incluso, es lo que hace que existan esas sociedades, enterrar en común, pensar en común, qué se hace, qué pasó. La cuestión de los desaparecidos, con haber sido muy grave, es uno de los innumerables momentos que tuvo esa cuestión a lo largo de la historia. Y en esta novela, la cuestión está planteada de una forma mucho más amplia que ese momento. No son los únicos muertos, los secuestrados y asesinados por la dictadura.

—¿Y por qué te parece, como lector de la novela que también sos, que aparece esa hipótesis de que el pibe era hijo de un desaparecido, cuando el padre simplemente había muerto? 
—No lo sé. Quizá sea justamente una expresión de lo que te decía recién, como para una chica como el personaje de Titina, la primera posibilidad que se le ocurre cuando escucha que Nito no tiene padre es que sea uno de ese grupo tan señalado. Demasiadas cosas se reducen a ese momento fundacional, al punto de que muchas veces nos resulta difícil pensar en todo lo demás, en todos los demás muertos. Pero te doy mi palabra, por lo que valga, que no lo escribí pensando en eso, como una puesta en escena de esto; se me ocurre ahora.

—¿Para vos es tu novela más premiable?
—¿Qué quiere decir novela más premiable?

—Que tal vez podés pensar que otra es más lograda y pasó desapercibida…
—Es una forma muy sutil de la crítica, ¿tan mala te pareció? Estaba ahí esa novela y por alguna razón no había otra mejor; un premio quiere decir que en una cantidad más o menos respetable de novelas hubo cinco personas que pensaron que esta era la que más les gustaba. Y eso en este caso, que es un premio decente, hay muchos otros que son maniobras de marketing. A mí, este premio me gusta porque creo en la independencia del jurado, en su honestidad. De todos los premios en castellano es el que está más cerca de las palabras y lejos de la plata.

—Distinguís a este premio de otros por su honestidad; vos también habías ganado el Planeta…
—Sí, éste me gusta por eso.

—¿Te invitaron a participar, acá? Porque es algo que también se hace, ¿no?
—Sí, sí, pero no. No me habían invitado.

—¿Ya habías mandado antes?
—Sólo hablaré en presencia de mi abogado… Sí, había mandado. Lo cual demuestra que el premio me importaba y que el jurado elige por gusto.

—¿La escribiste ya pensando en mandarla al premio? ¿Pensabas en un plafón de legibilidad global, no tan localizado?
—No, de ninguna manera.

—Porque todas las primeras páginas tienen muchas referencias a “mi país”, “en la Argentina pasa esto o lo otro”…
—No me acuerdo, pero es curioso, porque uno podría pensar que eso más que explicarle las cosas a un lector extranjero, un lector extranjero podría pensar: “Y a mí qué me importa”. Pero no es ni lo uno ni lo otro. No pienso en quién puede leer lo que escribo mientras escribo. Creo que escribo lo que quiero y escribo lo que puedo, y no quiero que ningún lector se cruce en mi camino, los quiero lejos de mi escritorio.

—Pero eso no quita que una vez habida la novela, se puede reconocer qué tipo de lectores son acaso los más afines.
—Sí, pero nunca pienso mucho en eso.

XXIX Premio Herralde de Novela: Los Living, de Martín Caparrós

(Publicado en Perfil, 13.11.2011)

Una farsa trágica

El escritor argentino Martín Caparrós (1957) obtuvo el XXIX Premio Herralde de Novela, que concede la editorial Anagrama, con una obra sobre la relación de los hombres con la muerte titulada “Los Living”, que saldrá a la venta en la Argentina en pocas semanas.

AFP

Martín Caparrós lo hizo de nuevo. En 2004, obtuvo el Premio Planeta con su novela Valfierno, y ahora acaba de hacerse con la XXIX edición del Premio Herralde de Novela, que concede la editorial Anagrama, con una obra sobre la relación de los hombres con la muerte titulada Los Living. la novela narra las vicisitudes de un hombre cuya infancia queda marcada por la muerte de su padre y de su abuelo y se convierte en un adulto fascinado por el tránsito entre la vida y el más allá. “Tengo que reconocer que la muerte está presente en toda mi obra”, dijo Caparrós en rueda de prensa, a poco de conocer la noticia. Caparrós explicó que la novela, que saldrá a la venta en pocas semanas, es “una farsa trágica” que empieza con un tono de “picaresca contemporánea con toques de humor y poco a poco se va volviendo más densa y amarga”. “Me gustaría que el lector se quedara con una sensación semejante a aquellos manjares que son dulces al entrar en la boca y amargos al acabar de tragarlos”, añadió.

El protagonista se llama Nito y nace en Buenos aires el día que muere Perón, el 1º de julio de 1974. El relato transcurre a lo largo de unos años “raros en la historia de Argentina, en los que suceden cosas como la Guerra de las Malvinas”, pero “en ningún caso se trata de una novela histórica”, subrayó el autor. Durante su adolescencia, el protagonista sufre la pérdida de dos de sus seres más queridos y un sacerdote decide utilizar al joven como “arma para extender el miedo a la muerte entre la gente y conseguir más adeptos”. De esta manera,  se convierte en “un propagandista de la muerte”, acosado por preguntas como: “¿Cuál es nuestra relación con los muertos? , ¿se puede mantener contacto con ellos? o ¿siguen entre nosotros?”. Esta obsesión lo lleva a buscar fórmulas para hacer entender a la sociedad que no es fácil deshacerse de los muertos, y finalmente, opta por embalsamarlos y dejarlos entre los vivos. Así, por ejemplo, la abuela de una familia puede seguir sentada en el sillón donde tenía por costumbre hacerlo, aunque inmóvil. De ahí el título de Los Living, en referencia al salón de la casa donde los muertos siguen presentes. Caparrós reconoce que se trata de “una novela fuertemente argentina” porque “empieza de una manera y acaba de otra totalmente distinta”.

Caparrós se presentó al Premio Herralde de Novela, que está dotado con 18 mil euros (unos 24.700 dólares), con el seudónimo de Alberto de Santos.

Ariel Mlynarzewicz, pinturas

Hay una realidad que es mi familia, pero también es mi tema. Es una reflexión pictórica que, a esta altura, es abstracta. Parece un trabalenguas, pero no podría pintar otra cosa que no fuera lo que tengo cerca, mi entorno, aunque ya, por estar ahí en la tela, pasa a ser otra cosa.

En mi caso, me interesan más Rembrandt, Poussin, Leonardo que las últimas bienales. La posmodernidad puso de relieve todo nuestro complejo de inferioridad: más preocupados por parecer modernos, por estar a tono con las tendencias. Eso es muy nocivo para otro tipo de búsquedas artísticas.

Mi relación con Carlos Alonso es muy intensa y me reconozco su discípulo. Lo bueno es que él opina lo mismo.

Porque no es tener una buena idea y nada más. El arte no evoluciona e ideas hubo siempre, lo que cambia son las percepciones.

Fui afiliado al PC y me echaron. Pero la militancia va por otro lado: no pinto cartoneros. Estoy de su lado, estoy con ellos pero no los pinto porque me parece una forma de usarlos. También asumo que no soy ni un cartonero, ni un excluido y no quiero pasar por lo que no soy.

Siempre trabajé con los pequeños intersticios de lo cotidiano.

Pintar es tratar de describir las cosas que suceden y que dejamos pasar de largo, intentar descifrar lo que ocurre.

El conocimiento más difícil es el interno. Es el viaje más complicado y al que hay que dedicarle más tiempo.

(Textos extraídos de no-hay-papel.blogspot.com)

Ariel Mlynarzewicz nació en Buenos Aires en 1964. Nueve de sus obras ilustran el libro La Historia, de Martín Caparrós, publicado en 1999.

Jorge Fernández Díaz. Un descarriado en la mira telescópica

(Publicado en La Nación, 30.7.2011)

“Gente con la que tantas veces estuve de acuerdo ahora me odia; cuando quiere ser amable, me trata sólo de traidor -confiesa Martín Caparrós-. Gente que respeto ve en este gobierno cualidades que no consigo percibir ni un poquito. Me siento colgado del pincel. Estoy perplejo, molesto, inquieto, irritado: me persigue la sensación de que algo está muy mal en la Argentina y de que mucha gente muy respetable se resiste a verlo.”

Estas frases surgen del prólogo de un libro (Argentinismos), donde el narrador cuenta la verdad: durante una placentera cena de junio de 2008, Caparrós quiso discutir de política con un viejísimo amigo y muy pronto la conversación se desbarrancó. “Nos dijimos cosas feas; no volvimos a vernos.” Le sucedió otra cosa más, que el autor no cuenta: cuando osó deslizar críticas al sacrosanto proyecto kirchnerista, la televisión oficialista, que se caracteriza por cierta “imbecilidad estructural”, como calificó el propio Ricardo Forster, convirtió a Caparrós en un enemigo del Estado: lo persiguió con montajes taimados y mentirosos; lo humilló a través de panelistas aviesos; lo acusó de ceguera y de egolatría, y le recriminó una y otra vez que no accediera a la evidencia de un fenómeno revolucionario que otro escritor en las antípodas (Jorge Asís) calificó sardónicamente de “revolución oral”. El comisariato político del progresismo evitista lo había puesto a Martín Caparrós, el descarriado, en la mira telescópica. No podía soportar que un referente de la izquierda intelectual, uno de los mejores cronistas narrativos de América latina, egresado de la Sorbona, maestro de la Fundación Nuevo Periodismo de García Márquez y estudioso del setentismo, fuera reacio al nuevo pensamiento único.

Acaso al calor de esos escarnios y miserias, y de la perplejidad frente a un gobierno que en el discurso decía una cosa y en la realidad hacía otra, se cocinó este ensayo inesperado e incómodo, que indignará en el Jockey Club y también en la Biblioteca Nacional. Es que no se trata de un texto convencional; está lleno de discusiones de fondo verdaderamente inquietantes. Mientras lo leía y me revolvía en mi asiento, recordaba aquella máxima de Ionesco: “Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura”.

Para empezar, el autor ataca el culto mismo a la democracia. No cree naturalmente en dictaduras de ninguna especie, pero le achaca al sistema democrático la desigualdad, el fracaso y el hambre; también, la falsa idea implícita de que “no hay otra opción que el capitalismo con delegación política”, algo que pinta como una “resignación triste y ahistórica”.

No puedo estar menos de acuerdo. Admito que con la democracia no se come ni se educa ni se cura, y que las mayorías pueden equivocarse mucho (Alemania e Italia, y también la Argentina pueden dar cuenta de ello), pero pretender que el sistema de votación y representación se haga cargo de cambiar el mundo es tan injusto como pedírselo a los diarios, a los obreros, a las empresas o al Estado. La democracia es un medio y no un fin; un mecanismo que ha demostrado funcionar en muchos lugares del planeta y que, en manos de inútiles, autócratas y corruptos, ha permitido también aberraciones y dolorosas derrotas sociales.

A continuación, Caparrós también se permite ser políticamente incorrecto: sospecha que el kirchnerismo reconstruyó el Estado sólo para acumular poder. “Yo creo que el Estado es uno de los inventos más nefastos del hombre: máquinas potentes para hacer las peores porquerías. Y sería feliz si no hubiera Estado.” Luego aclara irónicamente, y no tanto, que el Estado es necesario en estas circunstancias “para regular aunque sea un poquito el enfrentamiento tan desigual entre las clases, para conseguir que los que pierden tengan algún premio consuelo, un médico tras cuatro horas de cola, una escuela con mate cocido, un bolsón de comida, una frazada… Que la recreación del Estado pueda ser una tarea progresista sólo da cuenta de lo mal que estamos”.

Desde esa posición, arremete contra la ley del matrimonio igualitario: “Yo me sentía cercano a la pelea de gays y lesbianas porque estaban fuera del sistema Estado-Iglesia. Tenían dos opciones: romper con ese sistema e inventar formas nuevas, o pedirle al sistema que los aceptara”. Le apena que hayan elegido esa última senda conservadora.

Es extremadamente gracioso cuando habla de peronismo. “Si yo creyera que un dios es responsable de este mundo de mierda, lo negaría por todos los medios: trataría de evitar que lo hicieran responsable a dios de este desastre. Por eso, si yo fuera fiel ferviente peronista, me dedicaría más que nada a negar su existencia, disimularla, minimizarla todo lo posible. El peronismo ha gobernado treinta de los últimos cuarenta años? Si el peronismo existiera, sería como dios: el responsable de este país-desastre.”

Para Caparrós, el peronismo no existe por la cantidad increíble de ropajes ideológicos que fue adoptando. Le parece insólito que saquen pecho los peronistas como si fueran inocentes de esas patéticas volteretas y de la catástrofe nacional.

Se queja, a su vez, de que el revival setentista de los Kirchner malversó los verdaderos sueños de aquella generación diezmada. Caparrós formó parte de los jóvenes que querían instalar el socialismo extremo en la Argentina, y se queja de que el setentismo haya quedado vinculado únicamente al uso de la violencia. Mi discrepancia con los setentistas va más allá del uso del asesinato político como praxis y se instala en la torpe, delirante y peligrosa manera de hacer política que esa generación presuntamente brillante demostró a la hora de la verdad. La apropiación de la “heroicidad” setentista por parte del Gobierno creó, según Caparrós, “una confusión fundamental: que ahora los montoneros mandan, que este gobierno es la concreción de las voluntades de aquellos hombres y mujeres. Es sorprendente -agrega-: cualquier comparación veloz de las ideas políticas de unos y otros muestra la diferencia abismal entre esos militantes que querían un mundo sin ricos y estos ricos empresarios que no paran de hacer plata”.

Por las dudas, por los tiempos que corren, el narrador de Argentinismos se define: “Fui de esos que tuvimos que dejar la Argentina mientras el matrimonio Kirchner hacía buenos negocios; de esos que criticábamos al peronismo de Menem mientras el matrimonio Kirchner y su gobierno peronista hacían buenos negocios; de esos que trabajábamos para recuperar la historia reciente mientras el matrimonio Kirchner prohibía en su capital marchas de las Madres”.

Desde la izquierda, critica la ley de medios, el desendeudamiento y otras martingalas kirchneristas. Y también, a La Cámpora, que “no organiza barrios ni dirige centrales estudiantiles ni arma corrientes sindicales ni consigue puestos electivos en consejo y diputaciones. Que el retorno de la militancia -reflexiona- esté fogoneado desde el poder, y que se instale tan fuertemente en él es un signo de estos tiempos”. Y recuerda que estos militantes neosetentistas no se mueven en la austeridad, sino en el lujo.

Pero sería injusto aseverar que Caparrós hace girar su lúcido ensayo únicamente en torno del fenómeno coyuntural del kirchnerismo. Parte de esta mecánica de división y de dogmas inconmovibles que están de moda para navegar otras aguas y para poner todo en duda. Se jacta incluso de dudar. Contrapone al riesgoso verbo “creer” el luminoso verbo “dudar”, y hunde su cuchillo en todos los territorios, da vuelta todas nuestras creencias, y nos hiere con su filo, puesto que nos pone a pensar el futuro. Es inusualmente arriesgado lo que hace y propone. El filósofo Francis Bacon decía: “Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”. Podemos elegir en qué casillero vamos a refugiarnos.

* * *

Martín Caparrós nació el 29 de Mayo de 1957 en Buenos Aires, Argentina. Es escritor, ensayista, novelista, Licenciado en Historia (en Francia), periodista y viajero, no sé si en ese orden. A mi criterio es uno de los pensadores argentinos más inteligentes de los últimos cincuenta años. Dirigió los mensuarios El PorteñoBabelPágina/30 y Cuisine & Vins.

Novelas: Una luna (2009), A quien corresponda  (2008),  Valfierno (2006, Premio Planeta), Un día en la vida de Dios (2001), La Historia (1999), La noche anterior  (1990), El tercer cuerpo (1990), No velas a tus muertos (1986) y Ansay o los infortunios de la gloria (1984).

Crónicas y ensayosArgentinismos (2011), Contra el cambio (2010), El interior  (2006), La guerra moderna. Nuevas crónicas de larga distancia (1999), Dios mío  (1994) y Larga distancia (1992).

Recopilación de artículosLa patria capicúa (1995), Qué país (Informe urgente sobre la Argentina que viene) (2002),  Bingo!  (2003), Amor y anarquía (La vida urgente de Soledad Rosa) (2003), Boquita (Un viaje por la pasión boquense).

Ediciones críticas de las obras de Voltaire El ingenuo y Filosofía de la historia, y del Plan revolucionario de operaciones de Mariano Moreno.

Más obrasLa voluntad (Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978) (en coautoría con Eduardo Anguita, 1997-1998), una traducción de Romeo y Julieta de William Shakespeare y los textos de Extinción (Últimas imágenes del trabajo en la Argentina) (2001) con fotos de Dani Yako.

Martín Caparrós. Razones para presentarse o no presentarse a la reelección

(Publicado en Newsweek, 19.5.2011)

Parece mentira –¿parece mentira?– pero hace semanas que la discusión política argentina consiste en escrutar y suputar las decisiones más íntimas de una señora. Todos tienen, últimamente, opiniones sobre el asunto y yo, tan pobre como todos, también tengo:

Yo creo que la doctora Cristina Elisabet Fernández viuda de Kirchner se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque, como dice un viejo amigo, “¿alguna vez viste a un peronista que abandone el poder?”. Y más si esa peronista cofundó un partido tan franco como para bautizarse Frente para la Victoria –donde la idea de victoria es autosuficiente, no precisa más datos. Y más si esa peronista lleva veintitantos años viviendo en una nube de poder y sabe que no sabría cómo hacer –que ya no recuerda cómo se hace– para vivir abajo.

Y creo que la doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque es una mujer inteligente y sabe que tiene una cantidad de cosas atadas con alambre y el alambre no dura tanto tiempo. Sabe que el modelo de crecimiento que empezó en 2002 ya no funciona y que la inflación no para y que entonces el proceso de empobrecimiento y los reclamos –de ocupados y desocupados– no van a parar, y que es cuestión de tiempo hasta que todo estalle, como bien le dijo el otro día el comandante guerrillero Omar Viviani. Sabe que sus relaciones con distintos sectores –sindicales, sociales– con los que ahora la une la prosperidad se irían lentamente al carajo. Sabe que la puja redistributiva de la que tanto habla es puja y es redistributiva, pelea de los más pobres por quedarse con un poquito más de la riqueza nacional, no sólo por salvar sus sueldos de la inflación. Y también sabe que su gran truco para aminorar los efectos de esa inflación sobre las clases medias y altas y mantenerlas refunfuñonas pero consumidoras –ergo contentas– consiste en esos subsidios tremebundos que entrega a los monopolios del transporte y la energía; son 48.000 millones al año, de los cuales por lo menos 16.000 –dos veces la Asignación Universal– están dedicados a mejorar las condiciones de vida de los menos necesitados, de los que podrían pagar esos servicios a su precio. Y sabe que esos subsidios no se pueden mantener así pero que el día en que los corten el que los corte se va a querer cortar algo más: lo que tenga según sexo y color, lo que le quede.

Y creo que la doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque nunca en la historia reciente de esta gran nación argentina hubo unas elecciones tan fáciles, tan carentes de ninguna oposición coherente o articulada o siquiera realmente existente, y que es muy difícil para un político desaprovechar semejante oportunidad porque la política, como la naturaleza, tiene horror del vacío y siempre intenta llenarlo con sus cositas, sus cagaditas de paloma.

Y creo que la doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque tiene una aguda conciencia de la historia y los manuales de historia y sabe que, si pudiera retirarse ahora, sus gobiernos –propio y ganancial– quedarían relatados como un período de recuperación y cierto bienestar y moño y pompón rojo y que, en cambio, si sigue, tendría que enfrentar el derrumbe de su famoso modelo –por causa de su famoso modelo y sus problemas ya citados– y su capítulo terminaría muy feo.

Y creo que la doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque tiene una aguda conciencia de la historia y los manuales de historia y sabe que, si se bajara, su supuesto proyecto quedaría colgado de la brocha y su grupo de seguidores se disolvería en unos días y su nombre de casada desaparecería de la discusión política argentina en unos meses, porque un grupo puede sobrevivir a una derrota pero no a una fuga –y es probable que esa idea le moleste. Esto sin contar la parva de inútiles cercanos que saben que su única posibilidad de supervivencia en el coche oficial es que la doctora vuelva a presentarse y que, estando por definición cerca de ella, le taladran las neuronas con explicaciones de por qué debe hacerlo –sin decirle nunca por qué necesitan que lo haga aunque ella, que no es tonta, lo sabe, lo considera y, por eso, minimiza sus argumentos sin piedad y entonces piensa que quizá no debiera presentarse pero.

Y creo que la doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque es una mujer inteligente y sabe que el discurso épico que la sostiene no se puede sostener mucho tiempo tan falto de hechos épicos y, como se ve que no le interesa producir ninguno, más temprano que tarde va a tener que renunciar a ese discurso –y no tiene otro. O, dicho en japonés: que el curro de la década de los setentas no puede servir durante décadas y décadas.

Y creo que la doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque ¿qué podría hacer una mujer de sesenta años que tuvo todo el poder si deja de tener ese poder: dedicarse a criar los nietos que no tiene? ¿Desesperarse viendo desde afuera lo que podría estar haciendo desde muy adentro? ¿Aprender a bordar punto cruz? ¿Escribir unas memorias maquilladas con la esperanza de que la devuelvan al centro de atención? ¿Coleccionar teteras? ¿Maldecir cada mañana el momento en que lo tenía todo y decidió dejarlo?

Y creo que la doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque de verdad debe estar cansada y harta de pelearse con una manga de oportunistas mediocres que se dicen sus amigos y desalentada de ver lo complicado que es hacer nada serio en medio de tanta pequeñez y deprimida de pensar que está haciendo lo mejor que podría hacer en su vida y sin embargo no lo disfruta nada y encima sus hijos le piden que se quede en casa y aprenda punto cruz.

Pero creo que la doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque no veo cómo haría para no presentarse. Es decir: qué historia podría contarse para volverse a casa. No el discurso público barato de renuncio a los honores pero no a mi puesto de lucha o la escalada de pequeños anuncios médicos que lleven al anuncio final de que su cuerpo enfermo no resiste más o la explicación psicologista de culebrón porteño. No, lo que no consigo ver es cómo se explicaría a sí misma y, más que nada, al fantasma de su marido muerto en la dizque trinchera de la lucha –el glorioso Nestornauta, el desaparecido 30.001, la escuelita de Misiones la terminal de buses de Jujuy la comisaría de Resistencia, Él– que ella es una cobarde pusilánime traidora que prefiere abandonar la pelea por la que Él sí dejó todo, abandonarlo a Él, al recuerdo de Él, a todo lo que armaron durante toda su vida sólo porque está un poco cansada o desalentada o deprimida o despistada. Yo creo que va a seguir porque no sabría cómo justificar su retirada.

Y creo, más que nada, que es triste que estemos discutiendo estas pavadas: tristísimo que tantas cosas en este país dependan de lo que decida una noche esta doctora, de cómo haga jugar éstos y otros elementos que sin duda ignoramos. Creo que la importancia de ese gesto individual, menor, es la medida de nuestra realidad actual. O, dicho de otra manera: que si la política argentina pende de la decisión de una señora, cualesquiera sean esa señora y esa decisión, estamos al horno y acaban de prenderlo.

Martín Caparrós nació el 29 de Mayo de 1957 en Buenos Aires, Argentina. Es escritor, ensayista, novelista, Licenciado en Historia (en Francia), periodista y viajero, no sé si en ese orden. A mi criterio es uno de los pensadores argentinos más inteligentes de los últimos cincuenta años. Dirigió los mensuarios El PorteñoBabelPágina/30Cuisine & Vins.

NovelasUna luna (2009), A quien corresponda (2008), Valfierno (2006, Premio Planeta), Un día en la vida de Dios (2001), La Historia (1999), La noche anterior (1990),El tercer cuerpo (1990), No velas a tus muertos (1986) y Ansay o los infortunios de la gloria (1984).

CrónicasContra el cambio (2010), El interior (2006), La guerra moderna. Nuevas crónicas de larga distancia (1999), Dios mío (1994) y Larga distancia (1992).

Recopilación de artículosLa patria capicúa (1995), Qué país (Informe urgente sobre la Argentina que viene) (2002), Bingo! (2003), Amor y anarquía (La vida urgente de Soledad Rosa) (2003), Boquita (Un viaje por la pasión boquense).

Ediciones críticas de las obras de Voltaire El ingenuoFilosofía de la historia, y del Plan revolucionario de operaciones de Mariano Moreno.

Más obrasLa voluntad (Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978) (en coautoría con Eduardo Anguita, 1997-1998), una traducción de Romeo y Julieta de William Shakespeare y los textos de Extinción (Últimas imágenes del trabajo en la Argentina) (2001) con fotos de Dani Yako.

Martín Caparrós. Lama y la Madre. Más buenos que Lassie

Los monjes llegaron cantando, vestidos de naranja: los presagios anunciaban que quizás en ese pueblito vivía la reencarnación divina del decimotercer Dalai Lama, que acababa de morirse. Iban esperanzados: mientras lo velaban, el cadáver del Lama había movido la cabeza para señalar en dirección al este. El pueblito, Takster, quedaba vagamente de ese lado.
Los monjes no decían qué estaban buscando, y tenían preparada una trampita: el jefe iba vestido de sirviente, y un sirviente de jefe. En la puerta de la casa de adobe y piedras, el dueño, un campesino, los saludó según las apariencias. Pero Tenzin Gyatso, su hijo de 2 años, no se dejó engañar y saludó primero al jefe travestido. Decididamente, ese chico era el Lama reencarnado. Al rato, los monjes revelaron su verdadero propósito y hubo fiesta de tambores en el pueblo: en el Tíbet nadie cree que los Reyes Magos sean los padres.
En 1940, cuando cumplió 5 años, el niño Gyatso fue instalado en el Trono del León como Reencarnación de Buda, 14º Dalai Lama, Dios y Rey del Tíbet. La ceremonia fue bonita y cansadora. A veces, el niño G. se aburría en las mil habitaciones de su palacio de Lhasa: solo podía jugar con su hermano y sus mecanos y se pasaba las horas espiando con un telescopio a la gente que caminaba allá afuera. Sabía que cualquiera de sus deseos sería una orden, pero en general no se le ocurría nada, y encima tenía mucho que estudiar. A veces, ser dios puede hacerse un poco largo. Sus súbditos lo llamaban La Presencia –Kundun- o la Gema que Concede Todos los Deseos -Yeshe Norbu- o, más familiarmente, Dalai Lama, que significa Océano de Sabiduría. En Tíbet nunca nadie había visto un océano.

Tenzin Gyatso tenía 15 años cuando los chinos invadieron el Tíbet. Un par de años después, el joven Lama viajó a Pekín para negociar con Mao Tse Tung: era lo que le habían ordenado los espíritus a través de su Oráculo Personal. Pero en marzo de 1959 los tibetanos se hartaron de tanto chino y se lanzaron a la guerrilla y la revuelta; mientras los masacraban, el Lama volvió a consultar a su Oráculo: a través de él, Nechung, su espíritu protector, le diría qué tenía que hacer.
El problema fue que el Oráculo se había vendido a la CIA -según contó, hace unos meses, un artículo de la revista George. La CIA estaba fomentando la rebelión; cuando supieron que los chinos pensaban secuestrar al Lama o bombardear su palacio, decidieron que lo mejor era alejarlo del lugar. Entonces le prepararon un plan de fuga e instruyeron a Lobsang Jime, el monje que hacía de Oráculo, para que se lo dijera a su rey en nombre de Nechung:
-¡Vete, vete!
Gritó Jime, en trance oracular, y le pasó una hoja con el plan americano. El Lama se escapó a caballo acompañado por un agente de la CIA; desde Washington, el presidente Eisenhower supervisaba toda la operación por radio. Tras dos semanas, el Dios ex-Rey cruzó la frontera de la India. Mientras tanto los chinos bombardearon su palacio y aplastaron a los rebeldes. “El Dalai Lama -terminaba George- se había salvado, pero el Tibet se había perdido”.
Desde entonces, el Lama vive en Darhamsala, en el Himalaya indio, con su corte de monjes, adivinadores, curanderos, astrólogos y el encargado de hacer llover. Y, durante muchos años, siguió recibiendo dineros de la CIA: en documentos desclasificados hace poco constan los 180.000 dólares anuales asignados al Lama durante los sesentas. Eran una parte del millón y medio por año que la CIA les pasaba a los exiliados tibetanos en sus esfuerzos para debilitar al gobierno comunista chino. Además, la CIA daba apoyo a las guerrillas tibetanas con base en Nepal, las entrenaba en Colorado y pagaba cursos e infraestructura para los exiliados. Todo lo cual duró hasta que, a principios de los setentas, Nixon y Kissinger descubrieron que podían aliarse con China contra la Unión Soviética, y dejaron de pagar. Debe haber sido triste para los exiliados. De hecho, después el Lama se quejó de que solo lo usaban para desestabilizar gobiernos comunistas. Ahora su gente sigue recibiendo plata americana pero les llega a través del Congreso: cada año, los seguidores del Dios-Rey en la India reciben un par de millones para que sigan luchando por la democracia en el Tíbet.

Todos –los países, los grupos de amigos, los equipos de voleibol, los grupos de tareas- necesitan tener un bueno: un modelo, un ser impoluto, alguien que les muestre que no todo está perdido todavía. Hay buenos de muchas clases: puede ser un cura compasivo, un salvador de ballenas, un anciano ex-cualquier cosa, un perro, un médico abnegado: en algo hay que creer. En la Argentina, ahora, no tenemos, y por eso se inventaron a Sábato, que no es bueno pero no para de llorar por los males del universo y sus alrededores.
El bueno es indispensable, una condición de la existencia. Y el mundo se las arregla para ir buscando buenos, entronizarlos, exprimirlos todo lo posible. El año pasado se murió la Buena Universal, la señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Teresa de Calcuta. Todavía me acuerdo la cara de espanto que puso en esos días Lalo Mir, en su programa de televisión, cuando le dije que me sorprendía que todos lloráramos tanto por la muerte de Diana y Teresa, representantes de las dos organizaciones más retrógadas y autoritarias que quedan, la monarquía y la Iglesia católica. Mir no es un niño de pecho y dijo bueno, Diana puede ser, pero la madre Teresa…

Algo me había molestado desde el principio. Yo llegué al moritorio de la madre Teresa de Calcutta, en Calcutta, sin mayores prejuicios, dispuesto a ver cómo era esto, pero algo me molestó. Primero, supongo, fue un cartel que decía “Hoy me voy al cielo” y, al lado, en un pizarrón, las cifras del día: “Pacientes: hombres: 49, mujeres: 41. Ingresados: 4. Muertos: 2”. En el pizarrón no existía el rubro “egresos”. En el moritorio de la madre Teresa, su primer emprendimiento, la base de todo su desarrollo posterior, no hay lugar para curaciones.
La sala de los hombres tiene 15 metros de largo por 10 de ancho. Las paredes están pintadas de blanco y hay carteles con rezos, vírgenes en estantes, crucifijos y una foto de la madre Teresa con el papa Wojtyla. “Hagamos que la iglesia esté presente en el mundo de hoy”, dice la leyenda.
En la sala hay dos tarimas de material con mosaicos baratos, que ocupan los dos lados largos: sobre cada tarima, 15 catres, en el suelo, entre ambas, otros 20. Los catres tiene colchonetas celestes, de plástico celeste, y una almohada de tela azul oscuro; no tienen sábanas. Sobre cada catre, un cuerpo flaco espera que le llegue la muerte.
El moritorio de la madre Teresa está al lado del templo de Khali y sirve para morirse un poco más tranquilo. La madre Teresa lo fundó en 1951, cuando un comerciante musulmán le vendió la mansión por muy poco dinero porque la admiraba y dijo que tenía que devolverle a Dios un poco de lo que Dios le había dado. Desde entonces, los voluntarios recogen en la calle moribundos y los traen a los catres celestes, los limpian y los disponen para una muerte arregladita.
-Los de las tarimas están un poco mejor y puede que alguno se salve.
Me dice Mike, un inglés de 30 con una colita, tipo bastante freakie, que se empeña en hablarme en mal francés.
-Los de abajo son los que no van a durar; cuanto más cerca de la puerta, peor están.
En la sala se oyen lamentos pero tampoco tantos. Un chico –quizás sea un chico, quizás tenga 13 o 35- casi sin carne sobre los huesos y una bruta herida en la cabeza grita Babu, Babu. Richard, grande como dos roperos, rubio, media americana, maneras de cura párroco en Milwaukee, comprensivo pero severo, le da unos golpecitos en la espalda. después le lleva un vaso de lata con agua a un viejo que está al lado de la puerta. El viejo está inmóvil y la cabeza le cuelga por detrás del catre. Richard se la acomoda y el viejo repta con esfuerzo para que le cuelgue otra vez.
-Este está muy mal. Entró ayer y lo llevamos al hospital pero no lo aceptaron.
-¿Por qué?
-Dinero.
-¿Los hospitales no son públicos?
-En los hospitales públicos te dan cama para dentro de cuatro meses. No sirve para nada. Nosotros tenemos una cuota de camas en un hospital privado cristiano, pero ahora las tenemos todas ocupadas, así que cuando fuimos nos dijeron que no. Acá no estamos en América; acá hay gente que se muere porque no hay cómo atenderla.
Richard me cuenta sobre uno que entró hace un mes con una fractura en la pierna: no lo pudieron atender y se murió de la infección. Y está dispuesto a seguir con más casos. Parece que acá no es tan raro que alguien se muera antes de los últimos esfuerzos.
-No podemos curarlos. No somos médicos. Tenemos un médico que viene dos veces por semana, pero tampoco tenemos equipos ni ciertos remedios. Lo que hacemos es confortarlos, cuidarlos, darles afecto, ofrecerles que se mueran dignamente.
Hay algo que me suena raro en todo esto. Richard le acaricia la cabeza al que insiste en colgarla; más allá, Mike le sostiene la mano a uno con un vendaje que le atraviesa el pecho. Los acompañan: no pueden hablarse, o quizás no ganarían nada con hablarse. Richard va a buscar una sábana para tapar al viejo de cabeza colgante. Hace sólo 35 grados y el viejo tiene frío. En Chicago, Richard estudia medicina, pero ahora dice que no sabe si va a poder volver a soportar aquello. Y dice que tampoco podría soportar esto todo el tiempo, pero que no soportaría ser doctor y no atender a estos tipos. A veces llega un punto en que soportar es muy difícil. Richard es un Clark Kent buenazo con mentón imponente y es muy católico, familia de irlandeses, y dice que dios le va a decir qué hacer.
-O sea que no hay ninguna posibilidad de que lo atienda un médico.
-No.
-¿Y entonces?
-Y entonces se va a morir hoy o mañana.
Richard lo dice como quien dice: llueve. O incluso: quizás llueva. Debe ser difícil pronunciarlo así.

La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcutta, consiguió en las últimas décadas una fama y un apoyo internacional extraordinarios. Le llovieron medallas, donaciones, premios, subvenciones, todo tipo de dinero para que ayudara a los pobres del mundo. La señorita Bojaxhiu nunca hizo públicas las cuentas de su orden pero se sabe, porque ella se jactó de eso muchas veces, que fundó, con ese dinero, alrededor de quinientos conventos en cien países. Pero no fundó una clínica en Calcutta.
Hay un par de ideas fuertes detrás de todo eso. La idea de que la vida es un camino hacia otra, mejor, más cerca del Señor: si no fuera así, a nadie se le ocurriría dedicarse a que esa gente muriera mejor y, quizás, pensarían en mejorar sus vidas. Y la idea de que el sufrimiento de los pobres es un don de Dios: “Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo –dijo la madre Teresa-. El mundo gana con su sufrimiento”.
Por eso, quizás, la religiosa les pedía a los afectados por el famoso desastre ecológico de la fábrica de Union Carbide, en el Bhopal indio, que “olvidaran y perdonaran” en vez de reclamar indemnizaciones. Por eso, quizás, la religiosa fue a Haití en 1981 para recibir la Legión de Honor de manos de Jean-Claude Duvalier –que le donó bastante plata- y explicar que Baby Doc “amaba a los pobres y era adorado por ellos”. Por eso, quizás, la religiosa fue a Tirana a poner una corona de flores en el monumento de Enver Hoxha, el líder stalinista del país más represivo y pobre de Europa.
Pero quizás no fue por eso que salió a defender a Charles Keating. Keating era un buen amigo de los Reagan –que recibió a la religiosa más de una vez- y uno de los mayores estafadores de la historia financiera norteamericana: el fulano que se robó, por medio de una serie de maniobras bancarias, 252 millones de dólares de pequeños ahorristas. Keating le había donado a la religiosa 1.250.000 dólares y le solía prestar su avión privado. Cuando lo juzgaron, la religiosa mandó una carta pidiendo la clemencia del tribunal para “un hombre que ha hecho mucho por los pobres”. Fue estremecedor. Pero cuando el fiscal le pidió que devolviera la plata que Keating le había dado –robada a los pequeños ahorristas- la religiosa no se dignó contestar.

La religiosa nunca se privó de dar sus opiniones. En Irlanda, por ejemplo, en 1995, un referéndum sobre el divorcio encendía pasiones. Irlanda era el último país de Europa en prohibir el divorcio, y los márgenes se anunciaban estrechos. Entonces la religiosa –que no tenía nada que ver con Irlanda- participó de la campaña pidiendo el voto en contra. Los divorcistas ganaron con el 50,3 por ciento. Pocos meses después, su nueva amiga, lady Diana Spencer, se divorció, y una periodista le preguntó qué opinaba. La religiosa no tenía problemas: “Está bien que ese matrimonio se haya terminado, porque nadie era realmente feliz”, dijo.
La religiosa sabía aprovechar el halo de santidad que había podido conseguir: los santos pueden decir lo que quieran, donde y cuando quieran. Todo está justificado por el halo. Y ella usaba esa bula para llevar adelante su campaña mayor: la lucha contra el aborto y la contracepción. Ya lo dijo en Estocolmo, 1979, mientras recibía el premio Nobel de la Paz: “El aborto es la principal amenaza para la paz mundial” y después, para no dejar dudas: “La contracepción y el aborto son moralmente equivalentes”.
En septiembre de 1996, el Congreso norteamericano le dio el título de ciudadana honoraria. Era la quinta persona en la historia que lo conseguía. Dos años antes había organizado, en ese mismo recinto, una “plegaria nacional” ante Clinton, Gore y compañía. Ese día, su discurso fue belicoso: “Los pobres pueden no tener nada para comer, pueden no tener una casa donde vivir, pero igual pueden ser grandes personas cuando son espiritualmente ricos. Y el aborto, que sigue muchas veces a la contracepción, lleva a la gente a ser espiritualmente pobre, y esa es la peor pobreza, la más difícil de vencer”, decía la religiosa, y cientos de congresistas, muchos de los cuales no estaban en contra de la contracepción y el aborto, la aplaudían embelesados.
“Yo creo que el mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto, porque es una guerra contra el niño, un asesinato del niño inocente. Y si aceptamos que una madre puede asesinar a su propio hijo, ¿cómo podremos decirle a otras gentes que no se maten entre ellos? Nosotros no podemos resolver todos los problemas del mundo, pero no le traigamos el peor problema de todos, que es destruir el amor. Y eso es lo que pasa cuando le decimos a la gente que practique la contracepción y el aborto.”
Las jerarquías católicas lo dicen siempre, pero dicho por ella es mucho más eficaz. Aquella tarde, el cardenal James Hickley, arzobispo de Washington, lo explicó clarito: “Su grito de amor y su defensa de la vida nonata no son frases vacías, porque ella sirve a los que sufren, a los hambrientos y los sedientos…”. Para eso, entre otras cosas, servía la religiosa.

La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcutta, era una militante muy eficaz de una causa muy antigua: la de la ortodoxia católica. En estos años, siempre estuvo al lado del papa Juan Pablo contra la “teología de la liberación” y cualquier otra desviación de la norma romana. Instituida como el representante sobre la tierra del viejo mito de la bondad absoluta, todas sus acciones y sus palabras eran perfectas, dignas de ser seguidas. Aunque nunca dijeran nada nuevo. La madre Teresa era, si acaso, una versión mediática y actual del viejo modelo de la dama de caridad: aquella que se dedica a moderar los males causados por un orden que nunca cuestiona o que, en realidad, refuerza.
Y ahora se murió, y todos la celebramos. Siempre recuerdo otra frase de Bertolt Brecht, que ponía en escena a su Galileo Galilei discutiendo con un amigo:
-Desdichados los pueblos que no tienen héroes.
-Desdichados los pueblos que necesitan héroes.
Supongo que este mundo todavía necesita héroes. Pero, de vez en cuando, sería bueno escucharlos, a ver quiénes son, qué dicen cuando hablan.

El Dalai Lama sintetiza en una sola persona las dos organizaciones más retrógradas: él es dios y rey –depuesto- al mismo tiempo. Como también es un señor muy educado, a veces le da un poco de vergüenza y dice que no es para tanto, pero sus súbditos lo reverencian como tal, y nadie lo eligió: su único título de legitimación viene de aquellos monjes que decidieron que él era la reencarnación de un cadáver que les había hecho señas. A veces me sorprende cómo los grandes líderes del mundo -y los intelectuales y los periodistas y tantos otros-, que se bañan en democracia todas las mañanas, hablan con semejante respeto y entusiasmo de un dios-rey. En principio parece ser otro efecto de uno de los mitos más difundidos de estos años: el de la Sabiduría del Oriente Milenario.
Tantos occidentales creen en esa Sabiduría Milenaria: especialmente la hindú. Y es extraño: el hecho de que sólo los Gandhis (Mahatma, gran líder nacional; Indira, primer ministro; Rajiv, primer ministro) sean asesinados cuando están en la cima no hace de la India un país especialmente no violento. Ni el hecho de que no más de la mitad de la población sea analfabeta lo hace especialmente educado. Ni el hecho de que cuatro de cada cinco indios pasen hambre lo hace especialmente espiritual. Pero muchos occidentales siguen considerando sabiduría lo mismo que en sus países llamarían superstición, y ahora el Dalai Lama -dios y rey de un pueblo de montañeses supersticiosos- es su máximo exponente. Premio Nobel, gran conferencista, amigo de todos los poderosos bienpensantes, consejero del mundo, Bueno Universal de nuestros días. Un dios verdadero.

Hace poco, cuando pasó por Manhattan, quise ir a escucharlo, pero su agente de prensa me dijo que no, que su aparición sería solo una “photo opportunity”: la oportunidad para sacarle fotos.
-De todas formas, no se preocupe -me consoló-. Su Alteza Sagrada viene mucho a Estados Unidos, le gusta mucho venir por acá.
Y cada vez que viene es un alboroto. El Dalai Lama llena estadios de quince mil personas con sus charlas espirituales, los Clinton lo reciben en la Casa Blanca, Hollywood lo reconoce como su héroe favorito.
-Es tan espiritual, tan puro -me dijo un fotógrafo que sí estuvo-. Es como si tuviera un aura alrededor. Se le ve que es un santo.
Tenzin Gyatso es, ahora, el paradigma de la tolerancia, el pacifismo, la democracia. Ha alcanzado, como dice Christopher Hitchens, el “mayor éxito de las relaciones públicas modernas: que la gente no juzgue quién es una persona por sus actos y palabras, sino a sus actos y palabras por quién es esa persona”.

Así, el maestro de la tolerancia pudo condenar -por ejemplo toda una serie de maneras sexuales: “Incluso con la propia mujer, usar la boca o el otro agujero es mala conducta sexual. El sexo entre hombres o entre mujeres es mala conducta sexual. Y usar la propia mano es mala conducta sexual”, escribió en su libro “Más allá del dogma”. Aunque, tolerante, aclaró que “tener relaciones sexuales con una prostituta pagada por uno mismo, y no por una tercera persona, no es una conducta inapropiada”.
Así, el maestro del pacifismo pudo decir, hace unos meses, cuando los indios detonaron bombas atómicas, que no estaba tan mal: “India no debería aceptar la presión de las naciones desarrolladas que quieren que se deshaga de sus armas nucleares”, dijo. “La India ya no es un país subdesarrollado y debería tener el mismo acceso a las armas nucleares que los países desarrollados”.
Así, el maestro de la democracia pudo prohibir una de las sectas de su religión. Dorje Shugden es uno de los dioses menores que, durante siglos, fueron adorados por los Lamas y sus seguidores. Pero el Dalai empezó, hace unos años, una campaña contra los seguidores de Shugden so pretexto de que eran “fundamentalistas que coartaban la libertad religiosa”. Después los trató de “peligrosa secta de seguidores del demonio”, sedientos de oro y sangre, responsables por todos los males que se abaten sobre el Tïbet. Obviamente, los Shugden lo niegan: dicen que el Lama está celoso de su desarrollo en Occidente, y lo tratan de “dictador supersticioso que se basa en oráculos y adivinaciones”, que vive “en una corte medieval llena de intrigas, favoritos y hechiceros que tratan de manipularlo”. Ni tanto, seguramente, ni tan poco. Pero aparecen episodios de violencia: en Nueva Delhi, seguidores del Lama atacaron a un monje Shugden. Y, en febrero del año pasado, tres monjes de la corte de Darhamsala fueron apuñalados en sus habitaciones. El Lama acusó a los Shugden; ellos dicen que son disputas por el poder en la corte exiliada.
-Los escritos del Dalai Lama confirman que toma sus decisiones a través de los presagios de los oráculos, la interpretación de sueños y otras formas de adivinación. Considerando que sus actividades políticas, internas y externas, se basan en estos métodos, no debe sorprendernos que en todos estos años de exilio solo haya conseguido convertirse en un ídolo de las estrellas de Hollywood. Además, su espíritu protector, Nechung, es conocido por sus errores. El 13º Dalai Lama murió porque Nechung le dio un veneno por error.
Dijo un monje Shugden en una entrevista reciente.

En las películas, es cierto, le va muy bien. Kundun, de Scorsese, y Siete años en el Tíbet, de Annaud, fueron muestras de este amor hollywoodiano por el Lama. Pero su política tibetana es otro asunto, cada vez más discutido por sus compatriotas. Muchos se quejan de que claudicó ante los chinos, que ya no pide la independencia sino la autodeterminación, que su “parlamento” en Darhamsala no tiene nada de democrático, que se pasa los días de gira por el mundo en lugar de ocuparse de su país, que su discurso no-violento es una concesión al enemigo.
-Entre la confrontación militar y no hacer nada hay una cantidad de opciones para dificultarles la vida a los chinos. Agitación, boicot, huelgas de hambre. Pero el Lama está preso de su propio personaje.
Escribió hace poco un tibetano crítico. Quizás por eso, últimamente, el premio Nobel de la Paz endureció el discurso:
-Si hubiera un solo lama vivo, una persona cuya muerte impidiera que el Tíbet mantuviese su estilo de vida budista, se podría, para protegerlo, justificar la eliminación de diez enemigos.
Dijo el Lama en una entrevista reciente, y después habló mucho de que en realidad lo único que le importa es la verdad: “no el dinero, no el poder, no la técnica: la verdad”. Ngari Ripoche, su hermano mentor y colaborador de muchos años, está preocupado.
-Temo por el futuro de nuestra comunidad. Muchos de nuestros lamas están corrompidos, nuestros jóvenes no tienen trabajo y toman drogas, nuestro parlamento no responde ante nadie. Tengo miedo.
Son problemas internos: los tiene cualquier político, y el dios-rey verá cómo arreglarlos. Mientras tanto, para el resto del mundo sigue siendo un maestro de la paz, la tolerancia, la religiosidad, la democracia, la reencarnación, la sabiduría. Sigue siendo el más bueno de los Grandes Buenos, y el mundo lo reverencia y prefiere no enterarse. Sería molesto: parece que no sabemos bien cómo vivir sin esa gente.

(1998)

(De La guerra moderna. Nuevas crónicas de larga distancia, 1999)

Martín Caparrós nació el 29 de Mayo de 1957 en Buenos Aires, Argentina. Es escritor, ensayista, novelista, Licenciado en Historia (en Francia), periodista y viajero, no sé si en ese orden. A mi criterio es uno de los pensadores argentinos más inteligentes de los últimos cincuenta años. Dirigió los mensuarios El Porteño, Babel, Página/30 y Cuisine & Vins.

Novelas: Una luna (2009), A quien corresponda (2008), Valfierno (2006, Premio Planeta), Un día en la vida de Dios (2001), La Historia (1999), La noche anterior (1990), El tercer cuerpo (1990), No velas a tus muertos (1986) y Ansay o los infortunios de la gloria (1984).

Crónicas: Contra el cambio (2010), El interior (2006), La guerra moderna. Nuevas crónicas de larga distancia (1999), Dios mío (1994) y Larga distancia (1992).

Recopilación de artículos: La patria capicúa (1995), Qué país (Informe urgente sobre la Argentina que viene) (2002), Bingo! (2003), Amor y anarquía (La vida urgente de Soledad Rosa) (2003), Boquita (Un viaje por la pasión boquense).

Ediciones críticas de las obras de Voltaire El ingenuo y Filosofía de la historia, y del Plan revolucionario de operaciones de Mariano Moreno.

Más obras: La voluntad (Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978) (en coautoría con Eduardo Anguita, 1997-1998), una traducción de Romeo y Julieta de William Shakespeare y los textos de Extinción (Últimas imágenes del trabajo en la Argentina) (2001) con fotos de Dani Yako.

Martín Caparrós. La noche anterior

“Pero la escritura es -como bogar- una búsqueda de la repetición que remeda lo eterno. Aquello que sucedió -o nunca sucedió- pierde su condición de fugitivo en un acto que presupone su futura, sistemática repetición: la escritura es el rito iniciático de un ciclo en el que una acción, una imagen, unas palabras, son condenadas a ineludiblemente renacer en cada lectura, en cada exégesis” (Carlos, París, 1980).

* * *

“Porque cuando escribió aquella obviedad en la que pretendía que el suicidio es la forma más alta de la masturbación, es evidente que sólo estaba dando forma literaria a la expresión de dos tentaciones que tuvo demasiado cuidado en evitar, siempre” (del Cuaderno de viaje).

* * *

“La ficción como posibilidad de eludir -o combatir, según y cómo- el imperio de la verdad, la Verdad hecha imperio. Ya desde antes de Scherezade las ficciones son un medio para postergar la sentencia de muerte, verdad en acto. Pero, además, ¿qué mayor ficción que una despedida, el momento de imaginar lo que será la ausencia y de vivir lo imaginado, de entregarse a la tristeza de una lejanía sólo fantástica aún, sólo ficticia? ¿Qué mayor ficción sobre la distancia o el destierro o la muerte? ¿Y la ficción de la ficción, el relato de una despedida?” (Carlos, París, 1983).

* * *

“Todo escrito es el culto de una ausencia. Si algo se escribe es porque ya no está, o nunca estuvo, o está por estar, quizás, en una espada. Puede estar en potencia, pero su impotencia para estar en acto produce el acto de escribir” (Carlos, París, 1984).

* * *

“Los rabinos del tiempo de Jesús contaron las letras de los libros de la Torah en el orden del canon: descubrieron que la palabra que está en el justo medio es buscar” (del Cuaderno de viaje).

(De La noche anterior, 1990)

Martín Caparrós. Dinamarca Iguana

Charlo con amigos y me parece que a casi todos les pesa pensar en votar. A mí sin duda me pesa pensar en votar a estos muchachos.

Las elecciones nos rompen las pelotas. La campaña electoral ya está en el aire; charlo con amigos, pregunto, escucho, y me parece que a casi todos les pesa pensar en votar. A mí sin duda me pesa pensar en votar a estos muchachos. Las elecciones nos rompen las pelotas y al fondo se oye todo el tiempo lo mismo. Que tal se peleó con cual y se arregló con Pepe, por lo cual Sorasha no se va a aliar con Carlos Pedro. Que el gobierno truchó el mecanismo adelantando la fecha para no perder tantos votos, presentando candidatos que no se candidatean pero la justicia convalida, amenazando con el abismo si no lo votamos de a uno en fondo, ocultando que aunque lo votemos la crisis económica postelectoral –cuando ya no puedan seguir tapando el sol con la mano– va a ser tremebunda pero entonces a llorar a la iglesia. Que el pobre Scioli tuvo que presentarse aunque no quería, porque es un hombre débil y no puede decir que no. Que el PRO y sus aliados más o menos peronistas se pelean y que no consiguen decir qué los une, salvo la papa en la boca. Que el señor de Narváez no para de venderse en cuanto spot partido espectáculo programa hay en el mundo y sus alrededores. Que la señorita Michetti prometió que iba a trabajar cuatro años de vicejefa y ya renunció y que de todas formas tampoco trabajaba tanto cuando trabajaba. Que los gobernadores peronistas –y su rey ubú lomense– ya están sacándose los ojos y todo lo demás para ver quién se queda con el paquete en 2011. Que el gran mudo argentino sigue pensando que si se calla un par de años más y no ve nada mientras, si se hace bien el tonto, capaz que sube al podio. Que las encuestas dicen que Kirchner “mide” un poco menos que fulano y algo más que mengana pero casi como perengano y que zutana no tiene chances a menos que garcía: nombres, nombres, anécdotas, pelotudeces que hemos escuchado cientos de veces y que sólo pueden, en el mejor de los casos, repetirse. Ni una idea, ni un debate, ni un programa y, para disimular su ausencia, el espectáculo repetido de la politiquería patria actual y sus dos grandes grupos: los que dicen que hacen lo que no hacen, los que no dicen que hacen lo que hacen; los oradores progres que aumentan la pobreza, los gerentes conservas que hablan de solidaridad. Los que tienen algún poder –posición, plata– lo usan para seguir teniéndolo: el uso más primario y más inútil, el que hace que la política se haya convertido en mala palabra. No sé si alguien quiere convencernos de que votar y no votar da lo mismo, de que votar a equis o menos equis da lo mismo, de que todo es un show gratuito y aburrido –no lo creo, porque no son tan maquiavélicos, tan inteligentes– pero, si quisieran, no lo podrían hacer mejor.

Las elecciones nos molestan porque son una puesta en escena cruel, descarnada, de nuestra mediocridad, nuestras incapacidades: si tenemos estas opciones –si las opciones que tenemos son éstas– la culpa es toda nuestra, somos nosotros los que no supimos conseguir otra cosa, preparar otra cosa, organizar otra cosa, merecernos otra. Aunque quizás –además– este sistema electoral sirva para que las opciones que lo hegemonizan nunca sean opciones.

“Por algo las llaman urnas”, dijo, hace mucho tiempo, el anarquista español Buenaventura Durruti. Y también me acuerdo de otro chiste: es un poco pavo pero por suerte ya lo conté hace quince años. Eso es lo que más me impresiona: que quince años después pueda contarlo de nuevo, en circunstancias parecidas, tan pocas diferencias; en algún punto usted y yo, mi querido, hemos perdido el tiempo. “El chiste consiste en pedirle al otro –a usted– que piense un número del 1 al 10, lo multiplique por 9, sume los dos términos del producto y le reste 5 al resultado. Que calcule a qué letra del alfabeto corresponde ese número –sin contar la che ni la elle– y que piense, con esa letra, el nombre de un país. Que no lo diga y que busque, con la segunda letra del país, un animal. Hágalo, si se encuentra cenicero de moto.
–Espere, espere un momentito, no me atosigueis.
–No, tómese todo el tiempo que se le dé la gana. Total, a quién le importa.

Si lo hizo, si se prestó a manipulación tan baladí, le apuesto a que acaba de decir, como todos, Dinamarca Iguana. El truco empieza fácil: la cuenta siempre le va a dar cuatro –fijese, intente variantes– o sea: D. Después el mecanismo se pone más turrito: funciona porque nadie supone que debería ser especialmente original –cree que los nombres pedidos son funcionales, que sirven para un paso siguiente. Y las otras opciones de países con D –Djibuti, Dominica, Disneylandia– son rebuscadas. Habría que pensar un momento y, sobre todo: habría que creer que pensar vale la pena. Es más fácil aceptar que las opciones son limitadas y simular que uno elige. Entonces dice Dinamarca y después, con la I, le sale Iguana. Y termina mostrando lo fácil que es dejarse manejar.”

Aquí estamos de vuelta: a fines de junio nos van a pedir que elijamos un número, lo multipliquemos por 9, sumemos los dos términos del producto, le restemos 5. Y nosotros, como somos alumnos aplicados, vamos a decir, a coro, Dinamarca Iguana. O quizás nos pongamos rebeldes, guachos tiernos, y gritemos Iguana Dinamarca. Algunos se van a reír mucho: sería bueno tener claro quiénes son.

 

(Publicado en el diario Crítica de la Argentina, 22.5.2009)

 

Martín Caparrós nació el 29 de Mayo de 1957 en Buenos Aires, Argentina. Es escritor, ensayista, novelista, Licenciado en Historia (en Francia), periodista y viajero, no sé si en ese orden. A mi criterio es uno de los pensadores argentinos más inteligentes de los últimos cincuenta años. Dirigió los mensuarios El Porteño, Babel, Página/30 y Cuisine & Vins. Es autor de las novelas Una luna (2009), A quien corresponda (2008), Valfierno (2006, Premio Planeta), Un día en la vida de Dios (2001), La Historia (1999), La noche anterior (1990), El tercer cuerpo (1990), No velas a tus muertos (1986) y Ansay o los infortunios de la gloria (1984), de las crónicas de viajes El interior (2006), La guerra moderna (1999), Dios mío (1994) y Larga distancia (1992), la recopilación de artículos La patria capicúa (1995), Qué país (Informe urgente sobre la Argentina que viene) (2002), Bingo! (2003), Amor y anarquía (La vida urgente de Soledad Rosa) (2003), Boquita (Un viaje por la pasión boquense), las ediciones críticas de las obras  de Voltaire El ingenuo y Filosofía de la historia, y del Plan revolucionario de operaciones de Mariano Moreno, de La voluntad (Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978) (1997-1998), una traducción de Romeo y Julieta de William Shakespeare y los textos de Extinción (Últimas imágenes del trabajo en la Argentina) (2001) con fotos de Dani Yako.