Gonzalo Garcés / Crónica de un iniciado, revisitada (entrevista a Abelardo Castillo)

(Entrevista de Gonzalo Garcés a Abelardo Castillo a propósito de los veinte años de Crónica de un iniciado, publicada en el blog Pasajeros en trance, de Gonzalo Garcés y Agostina Dattilo, garcesgonzalo.blogspot.com.ar)

A Abelardo Castillo le tocó en suerte una de las experiencias más asombrosas de la literatura. Llevó consigo durante treinta años el borrador de una novela. El libro crecía con él y no acababa nunca y llevaba un título que llegó a ser legendario antes de publicarse: Crónica de un Iniciado. Hace ahora justo veinte años, el libro se publicó. Lo que no impidió que Castillo lo siguiera modificando con cada reedición. En estos días en que se han reeditado en un solo volumen los Cuentos completos de Castillo, descubrimos además que muchos de esos cuentos están ligados temáticamente a sus novelas: las completan. En realidad, apenas hemos empezado a entender la generosa fuente de ideas que representa la “experiencia Crónica de un Iniciado”, los caminos que abre para la literatura de pasado mañana.
La historia misma de su escritura es un hecho literario. Castillo la empezó en los sesenta como un cuento; al final de la década había terminado un borrador que no lo contentaba. Con el tiempo, estar escribiendo Crónica de un Iniciado se convirtió en una forma de vida. Para cuando la terminó, la novela había cambiado junto con su autor. Pero si el autor cambiaba de acuerdo con los azares de la vida, ¿quién era responsable por los cambios en el libro? ¿Tenía éste realmente un autor? Lo productivo de esta pregunta se entiende mejor si recordamos el argumento del libro. Esteban Espósito, joven y soberbio, llega a Córdoba. Ahí conoce al poeta Santiago, que se le parece como un doble avejentado. Conoce a Bastián, que lo odia. Conoce al doctor Cantilo, un tilingo que entiende sin embargo algunas cosas cruciales de la vida, y se acuesta con su mujer. Conoce, sobre todo, a Graciela. Se enamora y tiene que vivir ese amor en sólo tres dias, porque después debe regresar a Buenos Aires. Lo que en realidad ha venido a hacer Espósito a Córdoba es dejar de ser un joven. Y en ese trance le sale al cruce el Diablo. Entre otras cosas. Crónica de un Iniciado es la más reciente versión del pacto fáustico y la primera que se adapta a la doxa, la irreligiosidad, los conocimientos científicos de nuestra época. Ahora bien, a lo largo de las muchas páginas de la novela, quien escribe va cambiando y cambia también su visión de la historia que cuenta. Graciela no se ve igual al principio y al final del libro; la naturaleza del Mal cambia a medida que el autor, precisamente por escribir este libro, cambia. Crónica de un Iniciado es (entre otras cosas) una novela cuántica: como en el principio de incertidumbre, el acto de observar altera el objeto observado.
Con eso alcanzaría para que leer Crónica de un Iniciado sea algo urgente. Arriesgo una razón o dos más. Es una novela a la que el destino, por así decirlo, sacó de su territorio natural. Publicada en la época en la que fue concebida, en los sesenta, junto a Sobre héroes y tumbas, Rayuela o Cien años de soledad, la de Castillo habría sido leída como otro de esos monstruos que entonces se llamaban novela total. Publicada en los noventa, fue admirada quizá por lo que no era: un monumento a un tiempo más noble, un reproche contra la frivolidad ambiente. Ahora corre un fantasma por la literatura argentina, el fantasma de la realidad. La teatral Buenos Aires, en la ficción, viene siendo desplazada por el prosaico conurbano o la provincia. Al artificio de las grandes tramas a lo Cortázar o Piglia suceden las narraciones sin dirección, la crónica de pequeños sucesos, los esbozos autobiográficos. Esto es lo que hay, vendría a ser la consigna. Y bien, ahora venimos a descubrir que de eso, de la necesidad de blanquear lo que se es realmente, trata también Crónica. Sólo que con una voluntad de ir hasta el fondo que casi intimida. Castillo no hace las cosas a medias. La conversación que sigue debería dar una idea de esta historia extraña y de esta aun más extraña actualidad.

¿Es verdad que Crónica de un Iniciado empezó como un cuento?

Sí. En la época en que yo no había publicado todavía mis cuentos hice un viaje a Córdoba. Tengo anotada en mi diario la fecha de octubre, en un hotel; ahí escribí la primera página de Crónica, que siempre fue la misma. Era un cuento que se llamaba “Graciela”. Un muchacho de veintisiete años, casi un hombre, se enamora de una mujer. Todo tenía que ocurrir de manera muy acelerada; él tenía que vivir la historia del enamoramiento y la conquista, todo en un día. Pero yo no sabía por qué.
¿En qué momento Esteban Espósito se convirtió en el personaje que conocemos?
Bueno, Espósito se parece a mí. Pero hay una distancia muy grande respecto de las cosas que yo pìenso o hago. Cuando la novela tomó forma, el personaje inicial se dividió en tres: Santiago, Bastián y Esteban. Esos tres, mezclados y con una dosis de buena voluntad, se parecen bastante a Castillo.
¿Y el Diablo?
A medida que avanzaba sentí que eso no era un cuento. Que tenían que pasar más cosas. Entonces empezó a aparecer al tema de lo demoníaco. En realidad, todo lo que me ocurría iba a parar a esa novela. Recuerdo que iba caminando un dia por avenida Nueve de Julio y había una galería donde unos monos y patos muy raros y en algún sentido perversos bailaban al compás de la musica si vos ponias una moneda. Se me ocurrió la idea de alguien que va poniendo monedas en esas máquinas, hace una especie de gran concierto final, que es su propio requiem, y después se mata. Era un cuento casi escrito, pero entonces sentí que no, que era la muerte de Santiago. La novela empezó a ser un agujero negro que se tragaba todas mis ideas.
En la novela, el Diablo le plantea a Esteban con claridad el trueque que le ofrece: darse al mal y con eso hacer un libro…
Siempre pensé escribir algo sobre el pacto con el Diablo. Había leído todos los Faustos que se conocen: el de Spies, la versión de Saint Yves, el Fausto de Marlowe, el de Goethe, el de Thomas Mann. En el Fausto clásico, Fausto pacta con Mefistófeles por el conocimiento; en el de Goethe, por la juventud; y en el de Mann, el premio —o el castigo— es la obra de Adrian Leverkühn. Pero en un sentido de excelsitud que el diablo le promete. Mi pacto no es por la sabiduría, que siempre entendí como un problema menor de lo fáustico: es sólo retomar el viejo problema bíblico del árbol de la sabiduría. “Coméreis de este árbol, seréis como dioses.” Pero a partir de ese momento el alma está perdida. Eso ya está muy bien tratado en la Biblia. Pactar por la juventud no podía interesarme, porque yo era joven. Recuerdo que Sabato me decía: “Usted no va a poder escribir este libro.” En realidad, en algo acertó Sabato: tardé mucho tiempo en terminarlo .Pero el pacto no es por la conquista de una mujer ni es la juventud. Se pacta por una obra, pero no por lagrandeza de esa obra. El diablo le dice a Esteban, con toda claridad, que no le gritóNon serviam! a Dios para conchabarse de amanuense suyo; le garantiza que va a escribir el libro, pero que sea bueno o malo ya es cosa de él. Y además, le dice algo que yo sentí —pero lo sentí antes de la novela, como parte de estas ideas que me daban vueltas—: que es un pacto para nada. No hay castigo ni hay premio. Es como si ya estuviera sellado antes de la voluntad de ellos.
Sin embargo, se le pide algo a Esteban: que reconozca la existencia del Diablo.
Exacto. El pacto, en realidad, es nada más que la toma de conciencia. Se le pide a Estaban que tome conciencia de lo que es. De que debe dedicarse a la literatura, por decirlo así, y cambiar su vida por la literatura. En el fondo del pacto de Esteban está la famosa premisa de Nietzsche: llegar a ser lo que se es. Nietzsche no dice “llegar a ser algo superior.” No, hay algo que se es. Pero la condición esencial de esa trayectoria es reconocerlo. Da la impresión de que esto fuera una paradoja; pero no es tan fácil llegar a ser lo que uno es. Porque hay que aceptarlo con todas las contradicciones que ese llegar-a-ser tiene. Esteban debe aceptar que no va a poder amar, que no tiene casi sentimientos humanos normales y que todo lo que toca de alguna manera está en peligro. Es muy ambiguo el pacto, muy descorazonante. Se dice, palabra por palabra: “Es todo contra nada.”
Todos los Faustos anteriores incluyen algún tipo de más allá. El suyo es el primer Fausto de la tradición que es radicalmente ajeno a cualquier idea de trascendencia.
Lo dice el propio demonio en el libro: dejemos aparte la cuestión de Dios. Existe el Mal, de eso estamos seguros. Esteban estaría muy cómodo si existieran el Diablo y Dios; entonces bastaría con ser ateo para abolir al Diablo. No, no, no: el problema es mucho más serio. Exista Dios o no, el Mal existe. Ni siquiera hay castigo; incluso el Diablo de mi novela le reprocha a Thomas Mann el haber recaído en la vieja idea de las parrillas y los gritos y el frío helado. Lo perdona diciendo que era un clásico: no tenía más remedio que aceptar los cánones. Pero no hay parrillas: hay esto que tenemos acá y ahora. Y el infierno ya existe. Está dentro de Esteban; es Esteban. Es lo que los orientales llamarían el karma. Un karma que termina con la muerte, pero que mientras vivas se lleva, ¿no?, con bastante patetismo y dolor.
Los años que le esperan a Esteban, dice el Diablo, no son buenos; se refiere a sus años de alcoholismo. ¿En qué momento usted empieza a incluir el alcohol como una parte de la historia?
Yo ya bebía en el sesenta y uno o sesenta y dos sin darme cuenta. La vinculación con el alcoholismo, no quisiera exagerar mucho, pero creo que viene demoníaca en serio; porque cuando yo escribí Israfel, en 1959, no tomaba una gota de alcohol; por qué, entonces, elijo la historia de un alcohólico. En el primer cuento mío que sobrevive, El candelabro de plata, ese tipo, aunque lo disimule, es una especie de alcohólico. Pero yo no tomaba para nada. La entrada del alcohol en mi vida real fue antes de empezar la novela y la salida del alcohol fue después de terminarla.
En 1970 usted tenía una versión terminada de este libro. ¿Por qué no lo publicó?
Porque me parecía que faltaba algo siempre. Y lo que faltaba era mi edad, y poder agregar cierto tipo de cosas. Por ejemplo, para mí es esencial el diálogo entre Esteban y el doctor Cantilo. Espósito descubre, junto conmigo, que Cantilo sabe perfectamente que él se acuesta con su mujer. Su modo de contenerla era darle cierta libertad. Y lo único que quiere saber el pobre Cantilo es si los dibujos de su mujer son buenos .Lo obliga decir a Esteban que no le gustan, que son mediocres. Y Cantilo le dice que él ya lo sabía. Pero que no se lo diga. Porque Espósito es capaz hasta de decírselo a ella. Vale decir que Cantilo comprendía todo. Y Esteban siente que este tipo, en esa escena, en la oscuridad, ha crecido. Y piensa, absurdamente: Debe ser porque estamos haciendo pis en un árbol que es de él.
Usted habla de las canalladas que es capaz de hacer Esteban. Pero lo cierto es que en Crónica no se muestran mucho. Quizá el lector puede completar el cuadro al leer acerca de canalladas que aparecen en algunos de sus cuentos, como “Hernán”…
Sí, o “Noche para el negro Griffiths”, o “Crear una pequeña flor es trabajo de siglos”. Esteban los contiene a todos ellos. Yo realmente viví con este libro; en realidad, el libro se escribió a sí mismo. De hecho, se dice en las últimas páginas que ya no sabe quién es el autor. Empieza en primera persona, se va deslizando hacia una primera persona muy ambigua, y termina en tercera. ¿Quién escribe entonces? Es como si Crónica fuera un libro que escribí, literalmente, sobremí mismo. Encima de mí mismo, quiero decir: sobre mi cuerpo. La teoría que yo tengo sobre la correción, que no es mía, o por lo menos no sólo mía, porque la instala Valéry en la literatura, es que corregir un texto es una modificación espiritual de uno mismo.
¿Cómo se vive después de terminar un libro así?
Al principio, con bastante angustia. Al punto que yo sentí que no iba a poder escribir nunca más nada. Me había pasado recomendando a la gente joven que nunca terminara un libro sin tener otra cosa empezada, pero cuando terminé Crónica no tenía nada más. Además, yo siempre sentí que esto de la gran obra era una pavada; que uno escribe lo que puede y que, como decía Huxley, da tanto trabajo escribir un libro bueno como uno malo. Y sin embargo, yo sentía que nunca iba a poder escribir de nuevo algo como eso. Lo pude superar escribiendo un cuento policial, que es “La cuestón de la dama en el Max Lange”. Y después leí una frase de Sartre que me terminó de consolar. Le preguntaron si sentía que, a los setenta años, ya lo había dicho todo. Y Sartre contestó que sí, pero que cuando un escritor no tiene nada que decir es cuando puede volver a decirlo todo. Yo pensé: ésta es la verdad. Cuando empezamos a escribir, en realidad no tenemos nada que decir; escribir es casi una cosa que se siente en el cuerpo. Llega un momento en el que estás en la posición exacta en la que escribiste tu primer cuento o tu primer poema: no tenés nada que decir, pero tenés ganas de escribir. Si podés recuperar eso, tal vez te pase como a Thomas Mann, que escribió el Doktor Faustus a los setenta años, o como Tolstoi que escribe Resurrección alrededor de los setenta.
Uno siente que el aliento, la ambición, el talante de Crónica tienen un aire de familia con eso que en los sesenta se llamó la novela total. ¿En algún momento sintió que su novela estaba hecha para otra época?
No sé si lo sentí. Lo que sé es que mientras la escribía quería que no perteneciera a esa época.Tal vez eso perjudicó a la novela: tal vez decidiéndome a terminarla en los setenta habría tenido una difusión distinta. Pero yo siempre le tuve terror al Boom, porque me parecía algo superficial. Hoy pienso que muchas novelas escritas durante el Boom, y que fueron fundamentales, si se publicaran hoy no pasaría en absoluto lo que pasó. Eso me hace acordar algo que anoté en mi diario (lee): “Segunda edición de Crónica: la novela, al menos en términos argentinos, fue un éxito. Críticas, entrevistas, etcétera. ¿Tendré ánimos ahora para volver a escribir algo que me comprometa entero, quiero decir algo que sienta necesario para mí? No me importan el éxito ni el reconocimiento, pero esto ya lo sabía desde Israfel. Lo único que de veras me importa es sentir que estoy haciendo algo donde yo mismo me pongo en cuestión.”
En realidad, Crónica es una novela para hoy.
Es una novela milenarista. Lo que primaba era la idea del fin del mundo. En octubre del sesenta y dos estuvieron por entrar en guerra Estados Unidos y Rusia, lo cual era sencillamente el fin del mundo. Se vivía todo provisoriamente. No lo teniamos en cuenta ni eramos conscientes de eso; pero escribir, un libro, salir con una mujer, sacar una revista literaria, era tal vez la última cosa que uno iba a hacer. Había una alegría malsana. No era “Bailando por un sueño”; era “Bailando para nada”. Y en la novela yo quería poner esa sensación: todo va a ir a parar a la nada. A lo mejor no hoy, pero mañana, y da exactamene lo mismo. ¿Qué diferencia hay entre la semana que viene y diez millones de años? Sin embargo, hay algo en la novela que no se dice; son unas palabras que le dice el Diablo a Esteban al oído. Y Esteban entonces abre los ojos desmedidamente. Yo no sé bien qué le contó. Pero lo sospecho. Sospecho que le dijo: el arte tiene sentido. No me atreví a ponerlo, primero porque quería dejar que cada uno le pusiera su propio sentido, y después porque me parecía casi demasiado trivial. ¿Qué sentido tiene el arte en un mundo que va a desaparecer? Bueno, el sentido que le damos y nos damos a nosotros mismos. Empezamos siempre de nuevo, desde cero. Tal vez eso dice esta novela.
Nota: Este texto fue publicado el viernes 31 de agosto en la revista Ñ, con el título “Los pactos con el mal”. El texto necesitaba correcciones que no permitió la urgencia por cerrar la edición. Ésta es la versión corregida por mí y por Castillo.
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Gonzalo Garcés nació en Buenos Aires en 1974.

Obras: Novelas: Diciembre (1997), Los impacientes (2000), El futuro (2003) y El miedo (2012).

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Abelardo Castillo nació en San Pedro, provincia de Buenos Aires, Argentina el 27 de marzo de 1935.

Novelas: La casa de ceniza (1968), El que tiene sed (1985), Crónica de un iniciado (1991), El evangelio según Van Hutten (1999).

Libros de cuentos: Las otras puertas (1961), Cuentos crueles (1966), Las panteras y el templo (1976), El cruce del Aqueronte (1982), Las maquinarias de la noche (1992), El espejo que tiembla (2005).

Obras de teatro: El otro Judas (1961), Israfel (1964), Tres dramas (incluye El otro Judas, A partir de las 7 y Sobre las piedras de Jericó) (1968), Teatro completo (incluye El otro Judas, A partir de las 7, Israfel, Sobre las piedras de Jericó, El señor Brecht en el Salón Dorado, Salomé) (1995).

Ensayos: Discusión crítica a “La ‘crisis’ del marxismo”, Las palabras y los días, Ser escritor, Desconsideraciones.

Abelardo Castillo: los libros, las lecturas

En un reportaje de María Ester Gilio a Abelardo Castillo, citado en Wikipedia:

-¿Qué es la poesía para usted?

-No es un género, no es escribir versos, es una actitud frente al mundo. Cuando uno lee novelas como El gran Meaulnes, de Alain Fournier, está ante un objeto poético. El Adan Buenosayres, de Marechal, está atravesado en todo sentido por la poesía. Los cuadernos azules, de Adán, son la obra de un poeta que escribe en prosa.

-Pensemos un poco en Jorge Luis Borges.

-Yo no creo que Borges sea un gran poeta cuando escribe en verso, gran poeta en el sentido en que lo son Vallejo o Neruda. Siempre hay en su poesía algo de prosista, de hombre que sabe escribir verso, pero que no es poeta. Sin embargo, hay zonas de su prosa que son hondamente poéticas.

-¿Cuándo podemos decir “he aquí un poeta”?

-Yo diría que el poeta lo es por su manera de situarse ante el mundo.

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Abelardo Castillo nació en San Pedro, provincia de Buenos Aires, Argentina el 27 de marzo de 1935.

Novelas: La casa de ceniza (1968), El que tiene sed (1985), Crónica de un iniciado (1991), El evangelio según Van Hutten (1999).

Libros de cuentos: Las otras puertas (1961), Cuentos crueles (1966), Las panteras y el templo (1976), El cruce del Aqueronte (1982), Las maquinarias de la noche (1992), El espejo que tiembla (2005).

Obras de teatro: El otro Judas (1961), Israfel (1964), Tres dramas (incluye El otro Judas, A partir de las 7 y Sobre las piedras de Jericó) (1968), Teatro completo (incluye El otro Judas, A partir de las 7, Israfel, Sobre las piedras de Jericó, El señor Brecht en el Salón Dorado, Salomé) (1995).

Ensayos: Discusión crítica a “La ‘crisis’ del marxismo”, Las palabras y los días, Ser escritor, Desconsideraciones.

Abelardo Castillo. Vivir es fácil, el pez está saltando

Merde a Dieu!
RIMBAUD

Ha ido hacia la ventana y la ha abierto de par en par. Antes bostezó. Después ha hecho girar entre sus dedos el sobre, un expreso escrito a máquina en uno de cuyos ángulos se lee, en grandes letras azules, la palabra urgente. No abrió el sobre. Con indiferencia lo ha dejado sin abrir entre las cartulinas de dibujo y bocetos publicitarios que se amontonan sobre la mesa, una vasta y severa mesa española, maciza, de apariencia monacal. Vuelve a la ventana. Ha cruzado los brazos y no mira afuera. Ahora, furtivamente, echa una mirada de reojo hacia la pared del otro cuerpo del edificio. La pared es violeta. Gira la cabeza, observa la pared. Va achicando los párpados hasta cerrarlos. Rápidamente, abre un ojo. Luego se encoge de hombros y se pone a mirar una paloma que, un poco más abajo, da vueltas alrededor de otra en el alféizar de la ventana del sexto piso. Escupe. Ha escupido con naturalidad y se ha quedado a la expectativa: unos segundos después se alcanza a oír el lejano plic en el patio de la planta baja. Va hacia el tablero de dibujo, no alcanza a llegar: ha hecho una especie de paso de baile, y ahora, de perfil a un espejo, está inmóvil junto a la biblioteca. Mete la mano en el hueco de uno de los ladrillones blancos que soportan los estantes, deja un momento la mano ahí, como si dudara, y saca por fin un frasquito. “Aunque lo que me vendría mejor”, habla en voz alta, mientras con un dedo lucha por quitar el algodón que tapona el gollete del frasquito, “sería un buen Alka-Seltzer.” Dice que, además, le vendría bien no comerse las uñas. Ha sonreído. “Ni hablar en voz alta”, ha dicho y se miró en el espejo. “Ves, Van Gogh, ves alma de cántaro, en momentos como éste uno siente lo amarillo que va a ser vivir sin la dulce Úrsula Loyer, ángel de los bebés; o sin sus uñas.” Se ha acercado un poco más al espejo, después, bruscamente, hasta casi tocarlo con la cara. Tiene aún el dedo dentro del frasco, pero es como si hubiera olvidado qué estaba haciendo. Ha dicho que no es el mejor modo de empezar el día darse cuenta, de golpe, que una pared es violeta y que hace una semana se han cumplido treinta y tres años.
El teléfono sonó cuando iba hacia la cocina. Ya había conseguido sacar una cápsula del Frasquito y el timbre le cortó el silbido, pero no se detuvo. Cambió de rumbo y fue hacia un bargueño, un mueble colonial, con herrajes. Ha abierto uno de los cajones y busca algo. Bajo unos papeles hay una pistola Browning.9. Junto a ella, una tira de Alka-Seltzer. El teléfono sigue llamando. Un ser negro y pequeño grita en la nieve, murmura. Corta un sobrecito de Alka-Seltzer, lo abre con los dientes y se mete en la cocina. El teléfono sigue llamando. Pone a calentar café y echa una tableta de Alka-Seltzer en un vaso con agua. Cuando la tableta se ha disuelto, el teléfono deja de llamar. Se toma, juntos, la cápsula que sacó del frasquito y el contenido del vaso. Ha vuelto a la pieza. Va hacia el teléfono. Al pasar levanta del suelo un escalímetro, y en el mismo movimiento, con la otra mano, enciende el tocadiscos. Ahora pone con mucho cuidado una grabación: después de un silencio se escucha, cóncava, la voz de Ertha Kit. Summertime, canta la voz viniendo como por una calle larga, and the livin’is easy, fish are jumpin’… Después un coro. Después vuelve a sonar el teléfono: él ya tenía la mano sobre el tubo desde hacía unos segundos.
–Sí, hola –ha dicho. Su voz es tranquila, quizá impersonal–. No, Napoleón habla: acabo de volver de Santa Elena y vengo a salvar el país… Sí, está bien. Perdón. Pero quién puede hablar si no hablo yo –ha bajado el volumen del tocadiscos–. Café. Y tomando un Dexamil para estar lúcido, porque me he decidido a trabajar. También he recitado a William Blake y le escupí el gato a mi vecina de la planta baja… No, acá no sonó… Que-acá-no-sonó… Sí, yo te escucho, siempre te escucho, podría decir que vivo escuchándote –ha estado tratando de encender un cigarrillo; ahora deja el tubo a un lado y lo enciende–. Hola. Lo que pasa es que quería acomodarme el tubo entre el hombro y el pescuezo, operación que nunca me resulta. Yo no sé cómo hacen en las películas, realmente. ¿Notaste lo bien que sale todo en las películas…? No, no estoy contento. Como podrás suponer no estoy contento, no estoy nada, digamos. Soy así y me parece que vos tendrías que dormir un poco. Son las nueve de la mañana. Ya sé, ya sé –ha dicho y ha cerrado los ojos–. Ya sé. Pero igual, trata de descansar un poco. No se puede así –repentinamente grita–. ¡Vivir! Que así no se puede vivir. Vos, quiero decir –ha vuelto a hablar con naturalidad, con el tono impersonal del principio–. Que te vas a enfermar. Sí, te escucho. Ya sé. Eso es exactamente lo mismo que dijiste anoche, y yo te contesté que el amor no tiene nada que ver. Tiene que ver, sí, pero lo importante… La convivencia, eso. Soportarse. Y lo triste de esta melancólica historia es que ya no nos soportamos. Sí, querida, vos tampoco a mí. Y hasta sospecho que sobre todo vos no a mí. Pero no pienso volver a hablar de esto. Por si te interesa: estoy a punto de ponerme a trabajar. He tomado un Alka-Seltzer para desembotarme y un Dexamil Spansule de 15 miligramos para estar lúcido todo el día. Ne-ce-si-to trabajar –cerró los ojos y se llevó el cigarrillo a la boca, una mezcla de suspiro y pitada–. No soy frío, ni te engañé. Y te juro que siempre fuiste una muchacha maravillosa y tampoco me estoy riendo. Pero, insisto: son cosas distintas. ¡El café! –grita–. Espera un poco.
En la cocina, al sacar la cafetera del fuego se quema los dedos. Sacude la mano y se la pasa por el pelo. Sirve una gran taza de café, va hacia la pileta y le echa un chorrito de agua. Estaba revolviendo el azúcar cuando suena el timbre de la puerta. Levemente, se sobresalta. “Macanudo”, murmura, “ahora resulta que también soy nervioso.” Vuelve a sonar el timbre.
–Momento –dice en voz muy baja.
Sin apuro, termina de revolver el café. Deja la taza sobre el mármol de la cocina y va a abrir la puerta. Una alta señorita mayor, vestida con un traje sastre gris, está sonriendo en el pasillo. Tiene el pelo rubio y los ojos intensamente azules. Buenos días, hermano, le dice. Y señalando un enorme portafolio agrega que viene a traerle la palabra de Dios. Tiene un leve acento extranjero. El está mirando, como fascinado, sus redondos botincitos negros. La señorita sigue hablando:
–A usted seguramente le extrañará que a esta hora, y en estos tiempos, alguien venga a su casa a traerle la palabra de Dios. El sacude la cabeza.
–De ninguna manera –dice.
Después le cierra la puerta en la nariz. Va hacia el teléfono.
–Hola, íbamos por la parte en que no tengo sentimientos, por mi corazón de trapo. Y yo argumentaba que sos maravillosa, irrepetible seguramente, pero que la vida y esas cosas. También decíamos que ahora estás demasiado alterada, que tenes que dormir, que no se puede vivir así. ¿Por qué no lo dejamos para mañana? Vamos a hacer una cosa, vos tratas de serenarte, te acostás y mañana, suculenta como una panadería, te encontras conmigo en el Jardín Botánico bajo las araucarias. Y con sol. Hoy está nublado: nadie puede razonar claramente en un día nublado, mañana en cambio, con sol… Cierto, sí, es inconcebible que alguien se pueda poner a tomar café en un momento como éste. Cuando lo ha abandonado la única mujer que quiso en su vida. Porque debo recordarte que…
Bueno, pongamos que sí, que yo te obligué. Que en mi caída traté de hacerte a un lao… Te fijaste, entre paréntesis, de qué modo bárbaro se parece Confesión al diario de Kierkegaard, para salvarte sólo supe hacerme odiar, qué tal. Y a propósito del café: en cualquier momento voy a tener que ir a buscarlo, porque me lo olvidé en la cocina. Ponerse a tomar café, sí, en vez de escucharte a vos. Y no sólo en vez de escucharte a vos, no te podes dar una idea. Quiero decir que vino Dios, un Mensajero de Dios. Tenía los ojos imposiblemente azules y usaba botincitos. Tuve que mirarle los botincitos para no ahogarme de azul. Extrañas formas que asume la Salvación, mi madre.
Deja el auricular colgando del cable; del otro lado se oye la voz. Va a la cocina y vuelve con la taza de café. Toma el teléfono, arrima un sillón y se sienta. Antes ha echado una mirada furtiva al sobre que quedó sin abrir sobre la mesa. Súbitamente parece muy cansado.
–Vas a tener que repetirme todo de nuevo, porque no oí nada. Sí, que no va a haber mañana con sol: eso lo oí. O ni mañana ni sol, es lo mismo. Pero yo te prometo que va a haber… No entiendo –había cerrado los ojos; de golpe los abrió, echando violentamente la cabeza hacia atrás–. Ya sé. Matarte. Vas a matarte. ¿Acerté? Acerté. No va a haber mañana ni sol, porque ella, que sufre, ha comprendido que vivir ya no tiene sentido. Ustedes tienen… ¡Hablo en plural porque se me antoja! –lo ha gritado, acercando mucho la boca al tubo–. Tienen, todas, la cualidad extraordinaria de ser los únicos seres que sufren. Pero, sabes lo que te digo, lo que te aconsejo –se ha puesto de pie y habla nuevamente en voz muy baja; al levantarse, el café se derrama sobre su pantalón–, te voy a decir lo que te aconsejo: matate.
Y ha colgado.
Va hacia el baño, se moja la cara y el pelo, silbando se peina con las manos. Vuelve a la pieza y toma la carta. La deja y va a cambiarse el pantalón. Vuelve, toma la carta, abre cuidadosamente el sobre, lo abre con una minuciosidad casi delicada y comienza a leer. Su cara no cambia de expresión, sólo la vena de su frente parece ahora más pronunciada. Deja de leer. Va hasta el tablero de dibujo, despliega una cartulina y la sujeta con dos chinches: al soltarla, la cartulina se enrosca sobre sí misma. “Epa”, dice, y va a cambiar el disco. Se oye un fagot y se oyen unas cuerdas. Recomienza a leer la carta, paseándose. Está junto a la ventana abierta. Sin mirar, arroja el pucho del cigarrillo hacia la planta baja. Vuelve a la mesa. Pliega lentamente la carta, la pone otra vez dentro del sobre, mira hacia el teléfono y con gesto distraído (sólo la vena de su frente vive, y su boca, que se ha alargado curvándose hacia abajo) rompe en pequeños pedazos el sobre y coloca los pequeños pedazos en un cenicero, formando un montículo, una diminuta pira. Arrima el encendedor y se queda mirando la pequeña fogata.
Repentinamente va hacia el teléfono y marca un número.
–Y si te ibas a matar –dice después de un momento–, si te ibas o te vas a matar, ¿me querés explicar para qué me lo contaste? Yo te voy a decir para qué. Para ajusticiarme. Callate, Yo, culpable; vos te vengas de mí, ¿no? Ah, no, querida. No acepto. Me parece injusto cargar, yo solo, con tu muerte. Lo que hay que hacer, lo que tenes que hacer, es lo siguiente: llamar por teléfono a todos, a todos quiere decir a todos, a tus amigos y a tu viejo papá, callate, a tus compañeritas de la primaria y del Sagrado Corazón y a tus conocidos lejanos: a todos. No sólo a mí. Al señor que se cruzó con vos en la calle el día cinco o catorce de cualquier mes de cualquier año y te vio esa única vez en tu vida. Y al que ni siquiera te miró, especialmente a ése. A todos. Lo que hay que hacer es agarrar la Guía de la Capital, del país, del planeta entero, y llamar y llamar y llamar por teléfono a todos y decirles, mis queridos hermanos, cuando muere asesinado un hombre siempre es culpable toda la humanidad, pichón de frase. O suicidado, en tu caso. Y también a mí, sí, pero no a mí solo. Ya me crucificaron la otra vez, hace como dos mil años; yo no cargo más con los líos de ustedes, amor. O quién sabe. Quién sabe ni siquiera me llamaste para que te expíe… ¡con equis!, por ahí me llamaste para no matarte, para que te salvara. Lástima que se fue la inglesa que estuvo hoy, la de los ojos. Tenía los ojos del color justo, una cruza de ópalo y zafiro soñada por Kandinsky. La mirabas un rato y era como caer para arriba. Como zambullirse de cabeza en el cielo. Daban vértigo de azules. Yo la neutralicé por el lado de los zapatitos, redondos en la punta, que si no. Y debe ser, sí, seguro que me llamaste para eso. Y ahora yo tengo potestad de vida y muerte sobre la Adolescente Engañada, yo, el Gran Hijo de una Gran Perra, todo con mayúscula. Y sí, soy… ¡Callate! Soy justamente eso. Y acertaste. No tengo sentimientos, ni alma, y me divertí con vos a lo grande, nos divertimos, porque debo reconocer que en la cama vos eras también bastante mozartiana y con tu buena dosis de alegría de vivir. ¿O no? Si era el único lugar donde… Y a lo mejor está bien; a lo mejor eso es lo cierto. Lo digo en serio. Y no hables ni una sola palabra porque… Horroroso. El recuerdo que tendrás de mí será horroroso, parecemos Tania y Discépolo. Oíme, llama; haceme caso. Te fijas en la Guía y marcas un número, o ni te fijas. Llamas al azar y decís señor, a que no sabe quién le habla, le habla una muchacha de dieciocho años que va a matarse dentro de un rato, ¿no le parece inmundo no poder hacer nada por salvarme? Y le cortas. Le cortas. Le-cor-tás.
Ha vuelto a colgar el tubo. Prende un nuevo cigarrillo, va hasta el tablero de dibujo, desenrolla con brusquedad la cartulina y, en dos golpes, la clava secamente a la madera. Toma un tiralíneas y una regla milimetrada. Los deja. Echa una mirada al cenicero donde se ve la ceniza del sobre que ha quemado. Va hasta la ventana. Mira el teléfono.
Nieve, dice. Grita en la nieve.
Cuando suena otra vez el teléfono, sonríe. Hace un movimiento hacia el teléfono o hacia el tablero de dibujo y se detiene. Nieve, dice. Vuelve a mirar de reojo la pared color violeta. El teléfono sigue llamando.
Finalmente, deja caer el cigarrillo hacia la planta baja. Antes le ha dado una larga pitada; después, como si el cigarrillo lo arrastrara en su caída, se tira por la ventana.

Abelardo Castillo. Los ritos

Lo que abyectamente me hacía falta era sol, mosquitos, remar hasta quedar echado, olvidarme, por medio del embrutecimiento físico, de dos o tres ideas grandiosas que en los últimos tiempos venían acosándome: el suicidio, entre ellas. Empeñé, por lo tanto, la máquina de escribir, le dije a la señora Magdalena que necesitaba unos pesos, miré tu retrato, Virginia –tu retrato a lápiz hecho por mí una tarde de canteros andaluces y otoño, en el Rosedal–, murmuré entre dientes y no sin ternura que todas las mujeres son una manga de hijas de puta, y, considerando mejor el empeño de la máquina, vendí por lo que me dieron las figulinas japonesas y las terracotas, tus tortugas de caparazón de nuez y hasta el abominable bonzo de arcilla que me obligaste a comprarte en Montevideo, tiré a la basura lo invendible, desempeñé la Remington, tapié de libros como lápidas la repisa y me tomé un tren para San Pedro.
Tres horas más tarde, los naranjales dorados y el peculiar olor a podrido de la refinería que han hecho a la entrada del pueblo me hicieron olvidar los muñequitos. Venía pensando en ellos, en tu costumbre de ordenarlos a tu modo: un caballo de mar junto a la geisha; la tortuga de caparazón de nuez fingiéndole –jurándole, decías vos– amor eterno al samurai de la enorme maza; una miniatura de Balí, tallada a mano, dejándose cortejar por cualquier kokeshi de cincuenta pesos, todos en el más heterodoxo desorden, sin el menor respeto por las leyes de la perspectiva, las jerarquías, la unidad de estilo o la Lógica, pero amándose. Me acuerdo de la primera noche en que, al darme vuelta en la cama, no te encontré a mi lado. Estabas ahí, de pie junto a la biblioteca, cubierta a medias con una camisa mía y con un gesto de preocupación tan grande que solté la risa. Me miraste con seriedad y dijiste:
–Vos no sabes querer. ¿Nunca te lo dijeron?
–Mira, no. Y menos a esta hora, y menos una mocosa después de una primera noche de alto vuelo como ésta –respuesta que, en vez de cínica o inteligente, me salió más bien tirando a puerca. Pensé, con estupidez, que ibas a llorar.
Entonces te reíste.
–Yo te los arreglo –dijiste.
Y ésa fue la primera vez que ordenaste, a tu modo cachivachero, los muñequitos de la repisa. Después, durante tres años, cada vez que venías a mi departamento te ocupabas, a tu manera, de reordenarme el mundo.
Y esto lo recordaba no ya en el tren, sino, unos días más tarde, en la vieja casa de San Pedro, de espaldas en la cama y mirando el techo mientras trataba de averiguar, Virginia, por qué una muchacha como vos, es decir con tus ojos, con tus maneras de bachillerato nocturno, se tiene que meter en la vida de un sujeto como yo, en vez de casarse, como corresponde, con un buen empleado de Correos o un cuentacorrentista y parir unos cuantos hijos, y criarlos. Porque, a decir verdad, los sentimientos son una cuestión de perspectiva. Tumbado al sol en el Club Náutico de San Pedro, o mirando un techo que aún repite antiguas rajaduras de infancia, la única mujer que tiene sentido es la que se tuesta al sol con uno o nos enciende el cigarrillo, en la cama.
–En qué pensás –oí, al sol.
–En vos –dije.
–Originalísimo –oí.
Adela era inteligente. Y las mujeres inteligentes que se tuestan al sol con uno son la sal de la tierra. Nos conocíamos desde la adolescencia; leales amigos que cada dos o tres años no desdeñan dormir juntos, en vacaciones, y pueden jurar durante ese mes que, en realidad, el otro siempre ha sido el gran, el único amor de su vida.
–Cierto –dije–. No pensaba en vos, sino en María Fernanda, la mujer del bioquímico –y pensaba, Virginia, que lo peor de todo era haberse acostumbrado finalmente a verte llegar a mi departamento con un caracol recogido en cualquier plaza o una figulina de teja envuelta en un papel de seda, o a encontrarte sentada tranquilamente en el umbral de la puerta de calle y hasta en el cordón de la vereda, sin preocuparme a mí de dónde venías o adonde ibas cuando no estabas, porque lo fundamental era que no metieras ruido ni molestaras mucho; verte aparecer, simplemente, al rato de habernos separado o un mes después, trayendo una hoja de árbol que a vos te parecía la cúspide de lo bello, y que era una hoja de amaranto seco o de paraíso–. No hago más que pensar en eso desde que vine –le dije a Adela–, en que me gustaría saber cómo hizo el bioquímico, con esa cara, para casarse con una mujer como María Fernanda.
María Fernanda era la mujer de un bioquímico, el que, en efecto, tenía una más que regular cara de idiota. Ella era altísima, de manos góticas, le encantaban (supe esa noche) los intelectuales rebeldes, de izquierda, tenía un vago aspecto de orquídea o de planta carnívora, pero había en ella cierta claridad que me daba ánimos; y ahora estaba tomando sol justamente detrás de nosotros.
–Callate que te va a oír –dijo Adela–. Está tirada justamente detrás de nosotros.
–Ya lo sé –dije yo–. Si lo que quiero, justamente, es que me oiga.
Motivo por el cual esa misma noche, en el baile del Club Náutico, Adela bailaba con el marido bioquímico, y yo, en una mesa junto a los ventanales que dan al Paraná, me encontré contándole a María Fernanda, sin razón alguna y como en un arrebato de delirio, la historia de las figulinas de mi repisa. Antes, naturalmente, hablamos de la condición humana en general, de astrología, de música concreta y de una teoría que inventé allí mismo acerca de mi concepción de Lo Poético. Yo quería escribir libros asquerosos. Ya que el martillero público y la señora del escribano y el bioquímico, es decir el Burgués, son mi desocupado lector, había que enchastrarlos todos. Que al abrir la caja de Pandora, en vez de la Esperanza, les quede para lo último una cagada de vaca. Y María Fernanda me observaba con divertida curiosidad y, al ritmo de la música, yo me volvía más pantanesco y cloacal. Ella se reía y adoraba, en mí, a los intelectuales de izquierda. “Sobre todo”, dijo, “si somáticamente parecen de derecha.”
–Linda frase –dije yo–. El día menos pensado la perpetúo –me reí, con disgusto; ella había agregado:
–Y sobre todo si, como vos, no se diferencian en nada de nosotros. Dame whisky.
–¿Nosotros? ¿Qué ustedes?
–Los malos. –Me miraba, alegremente. Tenía ojos estriados, como ranuras, y un gesto que la hacía parecer diez años más joven. –Mira que sos farsante. Y petiso. ¿Sos comunista?
–Soy loco. Una especie de terrorista cristiano, de masón de izquierda. En realidad, soy un suicida revolucionario. Mi madre me abandonó a los ocho años y eso, ideológicamente, me quebró. A los diez, leí a Lenin, a Salgari, Gargantúa y Pantagruel y al conde Kropotkin. Tomé la Comunión. Pasaron los años y escuché la Sinfonía de los Juguetes: esa noche pensé matarme. A la mañana siguiente conocí a una muchacha; la única mujer que amé, antes de conocerte. Ella dejó de venir a mi departamento hace seis meses.
Jamás le pregunté dónde vivía, y ahora ya no voy a volver a encontrarla nunca. Seguramente se casó, e hizo bien; tenía el tipo físico justo para engordar con el tiempo y colgar pañales en la cocina: siempre me la imaginé con olor a caca de nene y a leche cuajada. Era, propiamente, la que describió Baudelaire cuando dijo aquello de que, para nosotros, sólo dos tipos de mujeres. O las adolescentes o las cocineras. Mi verdulerita unía, diabólicamente, ambos estilos. En mi vida le pude hacer pronunciar la palabra Weltamchauung, ni creo que la tuviera. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Suicida, eso es lo que soy; pero con conciencia histórica. Y no tan petiso. En cuanto a. ser o no un farsante, tate tate fólloncicos, dijo Quijano. Nunca te arriesgues a juzgar los procesos históricos a la luz de mi tristeza infinita, porque fuera de que estoy desesperado, y eso, en un poeta, justifica cualquier tipo de desviaciones, puede ocurrirte que el día de la revolución niegue haberme acostado nunca con vos, y farewell. Que te maten sin asco.
–Bueno –dijo María Fernanda–, salvo que en realidad nunca te acostaste conmigo, tu programa parece espantoso, ¿no?
–Las mujeres –dije– siempre reparan en lo accesorio –y pensé, Virginia, en vos: cubierta con mi camisa y oficiando el ritual de las figulinas, o reprochándome una noche que no hubiese notado, en todo el día, qué fecha era hoy o qué nuevo adefesio habías agregado a las parejas de la repisa; algún pollo anaranjado, de esos de peluche ceñido con anilina, alguna jirafa de vidrio–. Son naturalistas. Yo te invento, nada menos, una historia de amor revolucionaria; vos muriendo fusilada ante mis ojos glaciales, y el pueblo, en armas, cantando La Internacional. Y me salís con que todavía no nos hemos ido a la cama. –Y empezaba, lentamente, a divertirme.
–¿Todavía? Fijate que no sé si lo que me gusta en vos es tu caradurismo o que no seas ni la mitad de audaz de lo que te imaginas. Y pórtate bien que ahí vienen Adela y mi esposo.
Adela y el bioquímico llegaron a nuestra mesa. ¿Ya está?, me preguntó Adela al oído, al mismo tiempo que con misteriosa simultaneidad conseguía decir: “Tu marido baila divinamente”, encendía un cigarrillo y se miraba en su espejito de mano. Yo dije que no; recién iba por el whisky de la revolución social, dije. María Fernanda le comentó a Adela mi Poética. Ah sí, dijo Adela riendo: él tiene un sentido más bien fétido de la belleza. Yo admití que era verdad. Mi anhelo, en cierto modo, era escribir grandes libros de mierda. El bioquímico, algo asombrado por el giro que estaba tomando nuestra conversación, hizo el gesto astuto de quien todo lo entiende, vamos, en boca de la juventud, y con bioquímico buen humor, liberal farmacéutico diplomado seductor de Adela y amigo mío, me preguntó cómo era eso de que yo, siendo comunista, tomara whisky.
–La alienación –dije–. Cómo hago para verte a solas –agregué en voz baja, al oído de María Fernanda–. Aparte de que soy coherente, doctor. Me he prometido consumir cigarrillos importados y whisky escocés, hasta fumarme y tomarme todo el imperialismo –frase que en modo alguno era mía, pero que siempre da excelentes resultados con un bioquímico. Ellos rieron. Yo era simpático.
–Mañana –dijo María Fernanda.
–¿Bailamos? –dijo Adela.
–Permiso –dijo el bioquímico, poniéndose de pie con Adela y dirigiéndonos una rápida mirada de disculpa, algo delictiva, a su mujer y a mí. Yo, con estúpido gesto de intelectual marxista, o paralítico, que reconoce la superioridad física del ágil y mundano bioquímico que se nos lleva la mujer ante nuestros propios ojos, murmuré a María Fernanda:
–Tiene pelos, en las orejas.
–Qué –dijo María Fernanda.
–Que tu marido tiene orejas con pelos, ¿no te fijaste?
–¿Sí? –dijo ella con naturalidad.
Me agredió, tan imperturbable. No me gustan las mujeres más inteligentes que yo.
–Qué te pasa –dijo ella, al rato.
–Que todo esto es frívolo, e hipócrita. Que desde mi llegada a San Pedro estoy buscando una oportunidad de estar a solas con vos, de hablar. Y, cuando la tengo, la banalizo y la empequeñezco, y me hago el Casanova; el terrible. Oíme, María Fernanda.
–E inicié el gesto vehemente de rodear con mi mano la suya, que sostenía el vaso a la altura de su boca, y con rapidez cerré la mano y apoyé el puño sobre la mesa, tímido, o torturado, o como a ella le gustara más. –Oíme. Necesito realmente verte. Estar con vos, lejos de este ruido de miércoles, y sin Adela ni tu marido ni estos idiotas –levanté la voz e hice un ademán amplio que abarcaba todo el club, o todo el país, y noté, en sus ojos, que yo estaba bastante impresionante–, estos idiotas, que lo único que pueden imaginar de esto, de nosotros, es que quiero acostarme con vos.
María Fernanda me miraba, algo maravillada. Y ahora estaba de verdad hermosa y había adquirido, toda la mujer, esa cualidad de transparencia que consigné antes.
Repitió:
–Mañana, ya te lo dije.
–¿Cuándo me lo dijiste?
–Hace un momento, cuando me lo preguntaste. Qué te pasa, ahora.
–Nada –dije–. No me pasa nada. Me pasa que no soy “ustedes”, si te parece bien. Que yo no puedo atender, simultáneamente, mil cosas a la vez; al menos, cuando hay una que me importa.
Volvió a mirarme, a los ojos; con mucha seriedad ahora: tu gesto, Virginia, junto a la repisa.
–Decime, ¿estás seguro de no ser muy mal bicho?
–Me lo tengo merecido –dije con frialdad, mientras me ponía de pie–. Por imbécil.
Y ahí nomás di media vuelta, saliendo entre las parejas en dirección a la puerta. Era bastante arriesgado, lo admito. Pero el hecho es que cuando oí mi nombre, detrás, pronunciado por María Fernanda en un tono nada contenido, tampoco me detuve. Ella me alcanzó a tomar del brazo justo en el límite del salón. Nos miraban; a ella no pareció importarle. Sólo hizo un mecánico gesto de estar caminando naturalmente tomada de mi brazo. Me dijo:
–No entiendo nada. Pero no me hagas hacer, si no hace falta, cosas como ésta.
Salimos. La besé en la arboleda que da al camino. Volvimos a entrar antes de que terminara la pieza. Entonces fue cuando le conté, de algún modo, lo de los muñequitos. La historia, Virginia, contada entonces, era bellamente más triste. Y no estoy seguro de que, esencialmente, no fuese también más verdadera. Hasta yo me conmoví, haciéndote llegar sabe Dios de dónde con tus hipocampos disecados, que a lo mejor fue sólo uno, y tus cambalacheras figulinas de teja pintada, y tu disparate. De pronto te parecías bastante a María Fernanda, y no tuve más remedio que agregarte unos años, y también unos centímetros. El pelo coincidió solo. Y yo llegué de noche a mi departamento después de acciones repulsivas, de camas infames y cópulas con intelectuales corrompidas, borracho y semiloco de miedo a morirme sin haber vuelto a leer Sandokán y puteando a Dios y al género humano por puercos, y feos, y decepcionantes, pensando que todo lo que nace debiera ser inmortal, o no haber nacido, abjurando, como quien comete adulterio, de una inmortalidad que dura apenas lo que dura el mundo y ni un solo día más allá del juicio final o de la guerra atómica, llorando de risa por mí y por todos los cretinos hijos de perra que llaman belleza a lo que no es sino un estado, un minuto grotesco de un proceso de descomposición, haciéndome pis, en la figura del árbol de la puerta de mi casa, sobre la cabeza de todos los que escriben libros y pintan cuadros y componen sinfonías, y aman a una mujer, y suben las escaleras hacia su departamento dispuestos por una vez a acabar dignamente este asunto. Basta de papelerío. Al fuego con todo y uno por la ventana al medio del patio del vecino. Y sin embargo, no. Porque yo encendía la luz de mi pieza, Virginia, y ahora que lo escribo ya no sé si esto lo inventé o fue cierto, y te encontraba a vos; en cualquier parte. Sentada en cuclillas una noche, debajo de la mesa: recibiéndome sorpresivamente con un ladrido que por poco me hace saltar realmente por la ventana, o escribiéndome una carta, acostada boca abajo en la cama. Una de aquellas cartas que luego nunca se atrevía a mostrarme, por su letra infantil y sus electrizantes faltas de ortografía. Y yo, en la historia, me reía entonces. Y uno, mientras está vivo y ama y tiene ideas, es inmortal, qué joder. Y mientras corre a una muchacha por la pieza para quitarle una carta, y ladra, o muge, y le recita el monólogo de Hamlet envuelto en una sábana o cantan juntos la Marcha de San Lorenzo hasta que viene la señora Magdalena a preguntar si uno se ha vuelto loco, uno es Dios. No importa que esto no haya ocurrido nunca. Lo que importaba era contarlo; sentir, debajo de las palabras, que un día te hartaste de mis silencios, de mis libros, de mi máquina de escribir metida en las orejas y hasta metafóricamente en la vagina. Y así como vino, se fue. No dije lo que yo acababa de hacer con las terracotas de la repisa, ni cómo tiré a la basura las porquerías invendibles; dije que un día, antes de que te fueras, y no después, había terminado por hacerte una canallada. Innecesaria, imperdonable. “Porque sí, María Fernanda”, dije. “Porque hay dos tipos mal nacidos al estado puro; nadie sabe por qué.” Y María Fernanda dijo:
–Vos sos bueno, en el fondo.
–Te felicito –murmuró Adela, al llegar a nuestra mesa. María Fernanda, con la excusa de ir a arreglarse la pintura, se había puesto de pie. El bioquímico era feliz.
–¿Te fijaste? –le dije a Adela–. Él tiene pelos, en las orejas.
Y más tarde, habiéndome Adela enjabonado la espalda en la bañadera de casa, y yo a ella, estuvimos a punto de morir ahogados ahí mismo al evocar la capilaridad orejal del bioquímico. Y yo canté la Marcha de San Lorenzo, y recité desnudo el monólogo de Hamlet, y me enteré en la bañadera de que el bioquímico viajaba a Buenos Aires todas las semanas, y cerca del amanecer, antes de dormirme, le hice jurar a Adela que no me iba a olvidar nunca en su vida, y Adela, llorando, se abrazó a mí. Y así, abrazados, nos quedamos dormidos. A las cuatro o a las cinco de la tarde, cuando me desperté, ya nos amábamos menos y yo estaba algo sediento. Adela me preguntó si quería que ella me alcanzara en el coche hasta la casa de María Fernanda; yo acepté, no sin antes pedirle que me pelara una naranja. A partir de allí, y durante el mes que duró mi estada en San Pedro, los días, anecdóticamente hablando, no ofrecieron mayores alternativas. Que al principio me olvidé de las figulinas y me tosté, bien tostado, hasta no aguantar las sábanas, de ambas cosas podría dar testimonio, si hablara, la cama colonial de María Fernanda. Lo que pasó en ella, y en la cucheta del María Fernanda II –designación que aludía a la diminuta descendiente del bioquímico, de tres años, ojos idénticos a la madre–, y en un rancho de la isla, y en el mirador del Náutico Viejo, yo no soy quién para contarlo. Los minuciosos volúmenes que, a propósito de esta sagrada y ritual alegría de los cuerpos, llenan las bibliotecas del mundo; las originales acrobacias que nuestros novelistas obligan a realizar a sus héroes cuando sencillamente canta en la sangre la limpia y pura y mozartiana armonía de un hombre y una mujer latiendo desnudos al ritmo del corazón del universo; los barrenamientos de caballeriza que estos bárbaros consignan con el nombre de cópula me impiden a mí contaminar de literatura mi relación con María Fernanda. Eso era la vida misma, y la vida, en su tensión más alta, no tiene nada que ver con la palabra. Y en esto se parece a la muerte. Y ciertas mujeres, en la cama, sólo admiten el sagrado silencio o la metáfora. Y la única metáfora que ahora se me ocurre es que imaginarse a un elefante entrando en una exposición de cristales de Murano es una figura menos catastrófica que pensar al bioquímico echado, con ruidoso jadeo, sobre la cama colonial de María Fernanda. Me consuela pensar que, por patadas que dé el elefante a las vitrinas, comprenderá tanto el espíritu del cristal como el bioquímico gozará a María Fernanda, así lleve quince años embistiéndola por el bajo vientre. También llovió, esos días. Hubo una carrera de Ford T, pintarrajeados para el caso, en la carretera que va del club al balneario. La crecida del Paraná dejó a cincuenta familias de la isla sin casa, y la tormenta arrancó los embalses hasta Santa Fe. Yo oía las noticias acostado, generalmente. Y así me enteré de que los hidrómetros del observatorio llegaron a marcar seis metros de Paraná sobre el nivel normal. Casi me ahogué, con whisky, y de la alegría, cuando leí en el diario que los Mig soviéticos iban por fin a entrar en acción en Vietnam. La felicidad me duró poco, porque, una tarde, María Fernanda se puso lamentable y, en una especie de ataque de locura, amenazó con abandonar para siempre al bioquímico y a la hija y a venirse conmigo a Buenos Aires.
–Llévame con vos –dijo.
Ella me serviría café mientras yo redactaba grandes obras: comeríamos lo que hubiera.
Esa noche dormí con Adela. Cosa que por otra parte me veía obligado a hacer los fines de semana, pues el bioquímico regresaba de la Capital y había que tender la cama. E inventé un cóctel. Y fui a cazar patos salvajes al Tabaquero. Y volvió a salir el sol y volvió a llover, en cualquier orden. Y a veces hubo descuidos. Grietas peligrosísimas, Virginia, por las que repentinamente, en mitad de un tango o de un informativo sobre los varios miles de muertos del terremoto de Chile, país hermano, o a través de un gesto de Adela o de María Fernanda, o incluso en el mismo cénit de la telaraña cósmica de la Gran Fuga de Bach (justa y absurdamente e incomprensiblemente allí) aparecía un pie de muchacha, adolescente y descalzo, o una ramita con forma de bailarina por la que hace años debí treparme a un árbol en el Parque Lezama, y casi me desnuqué, o se oía un horripilante ladrido capaz de matarlo a uno. O de arrancarlo a carcajadas de la muerte. Motivo por el cual yo pedía permiso, en San Pedro, e iba, con regularidad asombrosa, a la letrina. Los diarios anunciaban que había llegado a nuestro planeta la luz de una estrella que se encendió hace un millón de años, o Adela me hacía señas de que tenía la bragueta desprendida. Eramos instantáneamente eternos en un eternamente momentáneo universo con estrellas detectadas, por el telescopio de mi bragueta, milenios después de haber estallado y, quizá, de haber muerto. Y hubo tardes nubladas. Y una de ellas, al pasar frente a la Biblioteca Rafael Obligado, rumbo al Club Náutico, corrí el serio peligro de una Caída prematura. Intoxicación que en esa etapa de mi convalecencia podía resultarme fatal: porque de pronto entré y me sorprendí a mí mismo, con el pantalón de baño colgado del cuello, tomando apuntes grandiosos del Fausto, de Goethe, tomándolos con ferocidad, pensando bajo las letras escritas algo así como yo te voy a dar, ¡oh Yegua!, ya vas a ver a los nietos de los hijos que te haga el cuentacorrentista robando con veneración mis libros de las bibliotecas y muriéndose de risa de esa vieja loca sin dientes que farfulla moviendo la cabeza que ella lo conoció a él, sí, cuando era desconocido y joven, y tan triste, guau, y los niños retorciéndose de risa cantando con pura crueldad de niños uh, uh, uh, qué vas a conocerlo abuelita guau, tan bruta y analfabeta como fuiste siempre, abuela farandulera, Carlota en Weimar. Menos mal que en eso oí una frenada y la bocina del coche de María Fernanda, y la vi a María Fernanda tal como era en el siglo XX y en un pequeño pueblo turístico de provincia, llamado en ese entonces San Pedro, y salí a la calle, y María Fernanda juntó sus dedos medievales agitándolos en el extremo de su transitorio y corruptible brazo, pigmentado ahora por el sol, y dijo qué hacías ahí metido, con este día. Yo noté que el cielo, repentinamente, se había limpiado. Nada, respondí: estaba a punto de perder el alma. Y subí al auto. Y bajé. Y nadé. Y remé. Y fui crucificado, muerto y sepultado en la pelvis de María Fernanda. Y descendí a los infiernos y resucité al tercer día, acostado a la diestra de no sé quién, porque Dios Padre no era, y Adela tampoco, ni podía ser María Fernanda pues estábamos en Semana Santa y el bioquímico, aunque respetó la abstinencia de la carne, pasó la Pascua en su casa. En fin: que a partir del momento en que Adela me peló una naranja, hasta la madrugada particularmente curativa, y de alta repulsión, que determinó mi regreso a Buenos Aires, sólo acontecieron, como ya lo he dicho, las alternativas no anecdóticas; las que hacen del mundo real un simultáneo y algo contradictorio pandemónium de terremotos en Chile, braguetas, funciones gastrointestinales, estrellas milenarias, la práctica del remo, metabolismos y metafísica; apelmazamiento difícilmente reinventable en estas páginas. Suponiendo que yo –aunque esté quizá demorando adrede esta historia, este otro rito oficiado fríamente a máquina, tomando mate de espaldas a la repisa bien tapiada de libros no tuyos, incompatibles con tus peluches y tus morondangas y tus ritos, libros anchos, sacrificiales, como lápidas–, suponiendo que yo tuviera ganas de reinventar el mundo real. Y menos si incluye a la hermosa gente. Tres mil millones de seres celebrando cada día, por turno o simultáneamente (puede darse el caso), idéntica ceremonia en inodoros, excusados, pequeñas escupideras, sencillos agujeros o pasto, son una buena imagen del culto que le rinde a su Creador esta cretina y flexible especie. Y bien. El 11 de abril, víspera de mi regreso, el horóscopo me aseguró que el tránsito de Venus por Aries estaba en su apogeo. Leí también que el pulpo del acuario de Berlín, con gran criterio, venía devorando hacía un tiempo sus propios tentáculos, con el objeto aparente de suicidarse. Ya llevaba comidos cuatro. Esa noche, en casa de María Fernanda, yo exalté la autofagia. Uno se volvía ibseniano, le expliqué; te imaginas, se transforma en uno mismo. Sin contar que lo único que no podes comerte es tu propia cabeza. Y ella, mordiéndome en diversas partes, llegó hasta mi nuca y allí murmuró que de eso se encargaba ella. Después me preguntó si no había leído una noticia muy linda referida a un congreso científico, en Washington, donde se discutió el comportamiento sexual de la cucaracha. Yo terminé de desvestirla.
–No seas ególatra –le dije–. Me haces acordar a esas chicas que te preguntan si no has visto tal película porque ellas se parecen a la actriz.
–Cállese, adulador –dijo ella–. Se lo habrá dicho a tantas.
Y así hablamos y jugamos y reímos y mordimos y cucaracheamos, hasta que yo sentí una especie de hachazo en el medio del pecho, o del alma, y me tapé la cara con las manos en la oscuridad y me encontré diciéndole que la quería.
Ella encendió la luz. Yo abrí los ojos.
–Lo que me emocionaría mucho –dijo ella, rígida–. Si no fuera que acabas de llamarme Virginia. Por segunda vez. Busqué un cigarrillo. Lo encendí.
–Bueno, no es la única mujer con la que me pasa. –No era el mejor camino; pero, de cualquier manera, ya no tenía arreglo. –Perdona, no fue eso lo que pensé decir.
El resto es previsible. Con idiotez, traté de abrazarla; ella se apartó. Yo me enfurecí, con ella y sobre todo conmigo, y me puse a fumar y a mirar el techo. De modo que por segunda vez; la primera, entonces, María Fernanda había estado bastante generosa. La miré de reojo. Ella, a mi lado, fumaba en silencio y miraba el techo. Lástima, claro, que siempre se las ingenian para que uno lo note. Y a los veinte minutos, aquel fumar y aquel callar y aquel rozarnos era tal porquería, y tan monótono, que lo mejor fue abrir las alcantarillas y tirarse de cabeza.
Incoherente, comencé:
–Por lo demás, si supieras –y María Fernanda, su voz apagada, me interrumpió:
–Ya lo sé –dijo.
Me senté violentamente en la cama.
–Si supieras lo que significó para mí, carajo, no adoptarías ese aire de Blanca Nieves ofendida.
Ella no levantó la voz, ni me miró.
–Ya lo sé. Uy, si lo sé. Ella era silvestre y acomodaba ritualmente tus figulinas, con gran sentido erótico. Caballito con geisha; kokeshi con Santa Bibiana de Bernini. Y ahora pregúntame si estoy celosa, así yo puedo contestarte que no seas idiota. Y tortuga macho con máscara javanesa. Me lo contaste diez veces, y hace veinte días que nos conocemos. Y la pequeña Virginia llegaba a tu departamento como Alicia al País de las Maravillas, y se quedaba, en camisa, palmeteando con manos regordetas con hoyuelos ante la vitrina donde…
–La repisa –dije secamente–. Se trataba de un pedazo de biblioteca. Seguí.
Yo estaba sentado en la cama. María Fernanda hablaba con voz controlada, tenue: un arroyo impersonal y transparente, fluyendo.
–O repisa, o jaula del canario, porque para la Sirenita, puesto que eran tuyas, esas cosas se le figuraban escaparates con arabescos de André-Charles Boule, propiedad del rey sol. Y luego de palmetear, o de llegar misteriosamente de nunca supimos qué sitio, o de esperarnos en el cordón de la vereda con sus excitables hipocampos y sus marfilinas, iba y ponía geisha con pollito, bambi con la Victoria de Samotracia original, hoja de árbol del Paraíso con palacio del generalife.
–Delfín –murmuré yo, y ella se interrumpió–. Que los muebles tallados por Boule, no fueron para el padre, sino para el hijo: para el Delfín. Y ahora, María Fernanda, sería muy lindo si nos calláramos.
Yo seguía sentado en la cama; ella, sin mirarme.
–Pero, por qué –dijo María Fernanda–. Si en el fondo nos encanta; si no hay nada tan ajeno a todo lo que odiamos, a nuestro falso orgullo, a nuestra frivolidad, como la muchacha silvestre de las figulinas. Que lo dio todo… podía darlo todo, sabes. Sin pedir nada a cambio. Que era capaz de vestirse sólo con nuestra camisa, y servirte café hasta que la mates. Y comer, realmente, lo que hubiera, imbécil. Y caballito con geisha y tortuga con peluche. Y vos, y yo. Y algún día iba a abrir una gran valija llena de piedras de colores de cuando era chica, y hojas otoñales, e iba a decirte: vine, viste. Y se iba a quedar.
–Callate –murmuré.
–Y vos, por fin, ibas a ser feliz. Y puro.
Le di un bofetón real, impremeditado. Con toda mi alma.
Le dije:
–Ya no tenes edad para jugar a estas cosas. Me dijo:
–Te agradecería infinitamente que te fueras de mi casa.
Fue bastante bueno, lo confieso. Vestirme, en esas circunstancias, resultó una de las operaciones más abyectas, ridículas e intolerables que me he visto obligado a realizar en mi vida.
A la mañana siguiente me fui de San Pedro.

Abelardo Castillo. Mínimas

· Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor ni con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.

· Un albañil puede habitar la casa que construye, decía mas o menos Sartre, un sastre usar el traje que ha hecho; un escritor no puede ser lector de su propio libro. Un libro es lo que los lectores ponen en él. Ningún escritor puede agregar un sentido nuevo a sus propias palabras. Si puede hacerlo, debería escribir el libro otra vez.

· El decálogo de Horacio Quiroga está muy bien, siempre y cuando seas cuentista. Pero, por favor, no tomes en serio eso de querer a tu arte como a tu novia. Quiroga lo escribió para enamorar a una alumna suya del secundario.

· Lo mejor que se ha dicho sobre el cuento es lo que Edgar Poe escribió en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne. No pienso facilitarte las cosas reproduciéndolo. Tendrás que encontrarlo solo. Un escritor es un buscador de tesoros. Los descubre o no. Esa es la única diferencia entre la biblioteca de un escritor y el mueble del mismo nombre de las personas llamadas cultas.

· Lo que dice Borges sobre los sinónimos es verdad: no existen. “Can” no es lo mismo que “perro” ni la palabra “ramera” tiene la dignidad de la palabra “puta”. Pero yo te recomiendo un buen diccionario de sinónimos. Uno quiere escribir: “habló en voz baja”. Como eso no le gusta lo reemplaza por “voz queda”, que es espantoso. Hojea el diccionario de sinónimos al azar y en cualquier parte encuentra la palabra “pálida”. Entonces escribe: “habló con voz pálida”, lo que está muy bien.

· Nunca adjetives en orden decreciente, nunca digas: “Era una montaña titánica, enorme, alta.” Si no te das cuenta por qué, nadie puede ayudarte. Si adjetivaste en la dirección correcta tampoco te creas un gran estilista. Tal vez buscabas el último adjetivo y te olvidaste de borrar los otros dos.

· Podrás corregir tus textos o no corregirlos. Tolstoi escribió siete veces Guerra y paz; Stendhal terminó Rojo y negro en cincuenta días. El único problema es cómo se las arregla uno para ser Tolstoi o Stendhal.

· Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

· No te preocupes demasiado por las erratas. En el Ulises de Joyce hay cerca de trescientas y los profesores les siguen encontrando sentido.

· Nunca escribas que alguien tomó algo con ambas manos. Basta con escribir las manos y a veces es suficiente una sola. La gente en general tiene cara, no rostro. No asciende las escaleras, sube por ellas. No penetra a las recámaras, entra en los dormitorios. Evitarás los ventanales y sobre todo los grandes ventanales. Dicho sea de paso, las ventanas no son de cristal: son de vidrio. Lo mismo los vasos. No digas que alguien empezó a cantar o a vestirse si no estás dispuesto a que termine de hacerlo. En los libros la gente empieza a reírse o a llorar en la página tres y da la impresión de seguir así hasta que se muere. Sé ahorrativo: si lo que viene al galope es un jinete, no hace falta el caballo. La inversa no se cumple. La palabra caballo viene misteriosamente sin jinete.

· Los novelistas y los editores creen que una novela es más importante que un cuento. No les creas. Sólo es más larga.

· Los cuentistas afirman que el cuento es el genero más difícil. Tampoco les creas. Sólo es más corto. El cuento es difícil únicamente para aquellos que nunca deberían intentarlo. Para Poe era facilísimo: para Cortazar, Chejov o Hemingway también.

· No te dejes impresionar porque hayan existido Dante, Cervantes o Shakespeare. Todo ocurre siempre por primera vez; también tu libro.

· Deberás pensar por lo menos una vez por día en esta frase de Nietzsche: “Un escritor debería ser considerado como un criminal que, solo en casos rarísimos, merece el perdón o la gracia; esto sería un remedio contra la invasión de los libros”.

· No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.

· Si la palabra mercado te hace pensar “persa”, quizá no seas muy original pero todavía estás a tiempo. Si la palabra mercado te hace pensar en la venta de tu libro, no insistas con la literatura.

· Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito.

· Tal vez seas envidioso, rencoroso, un poco estúpido, avaro, mal amigo. No te preocupes. Un buen libro siempre es mejor que la persona que lo escribe.

· En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable pero es así. No abandones la cama sin meditar en esto.

· Nunca tengas los libros que has escrito en tu biblioteca. El lugar de tu libro es la biblioteca de otro.

· Vas a morirte, nuestro planeta gira agónicamente alrededor de una estrella que ya cumplió la mitad de su vida, el universo entero está condenado a desaparecer. Si eso no te quita las ganas de ser escritor, ¿cuál es el problema?

· De tanto en tanto recordarás esta historia. Alguien le llevó un manuscrito a Anton Chejov y le preguntó: -¿Que hago, maestro? ¿Lo publico o lo tiro a la basura? -Publíquelo -dijo Chejov ; de tirarlo a la basura ya se van a encargar los lectores.

· Podrás escribir: “Volvió a verla tres días más tarde”, peso sólo a condición de saber perfectamente (aunque no lo digas) qué le pasó a tu personaje en esos tres días, y por qué fueron tres días y no una semana o un año.

· No es lo mismo ambigüedad que confusión. Una historia debe tener siempre un único final. Si quisiste sugerir dos o más desenlaces, esos desenlaces son un único final: se llama ambigüedad. Si nadie entiende ni medio se llama confusión.

· No describas sino lo esencial. La posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos.

· No confundas imaginar con combinar. La imaginación es una locura lúcida. La combinatoria sirve pare elegir corbatas.

· Gide decía que con buenas intenciones se escriben malos libros. La verdad completa es que con malas intenciones también se escriben malos libros. Lo que nadie sabe es cómo se escriben los buenos.

· No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.

· Los sueños ajenos son invariablemente aburridos. Nunca olvides que tus propios sueños, para el otro, son ajenos.

· No defiendas tu libro argumentando que los críticos son escritores frustrados. Lo verdaderamente peligroso de un crítico es que sea un crítico frustrado.

· Leer una gran novela o un gran cuento es tan hermoso como haberlos escrito. Si nunca lo sentiste, no escribas ficciones ni, por el amor de Dios, te dediques a la crítica literaria.

· Isadora Duncan decía: “Quiero bailar ese sillón”. Tal vez ella pudiera. Pero un novelista, un cuentista, un dramaturgo, no quieren bailar ni pintar ni hacer música con sus palabras. Quieren contar una historia.

· Montaigne decía que él empezaba a pensar cuando se sentaba a escribir; Edgar Poe, que mas vale no sentarse a escribir sin haber terminado pensar. En el fondo es igual. Se puede pensar con la cabeza o sobre un papel. Pero a pensar sobre el papel no lo llames “escribir”. Se llama “primer borrador”.

· No publiques todas las estupideces que escribas. Tu viuda se encargará de eso.

· Dijo Poe: “No es lo mismo la oscuridad de expresión que la expresión de la oscuridad.” Un escritor contemporáneo, tal vez distraído, dijo lo mismo con las mismas palabras. No importa. Lo que debe importarte es que es verdad.

· Lo que llamamos estilo sucede mas allá de la gramática. No es lo mismo decir “ahí está la ventana” que “la ventana esta ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda sintaxis es una concepción del mundo.

· En el origen del conocimiento y de la literatura está el acto de contar. La crítica de la razón pura nos cuenta lo que Kant pensaba de los límites de la razón; los versos de La Eneida, la epopeya del Lacio; el teorema de Pitágoras, el cuadrado de la hipotenusa. El hombre es el único animal que cuenta.

· Escribir como se quiere es destreza. Escribir lo que se debe, probidad. El más grande y el peor de los escritores se parecen en una sola cosa: únicamente escriben como y lo que pueden.

· Nunca pidas que te presten un buen libro. Los buenos libros se compran o se roban.

· Si un libro te gusto mucho, podrás regalarlo. Pero nunca lo prestes: vas a necesitar desesperadamente releerlo esa misma noche.

· Un hombre que dedique toda su vida a casi cualquier cosa puede llegar a ser una eminencia de algún tipo. Dedicarse toda la vida a escribir novelas solo garantiza dolor de espaldas.

· Hay cierta clase de grandes escritores a los que uno, después de leerlos, quisiera llamar por teléfono. Esto lo decía Salinger, y Salinger, justamente, es uno de esos escritores. Hay otra clase de grandes escritores a los que mejor no conocer: son la mayoría.

· Cortazar solía decir que empezaba sus cuentos sin saber adonde iba. No le creas. En sus mejores cuentos lo sabía perfectamente, aunque no supiera que lo sabía.

· Los grandes novelistas aconsejan ignorar el final de la historia, no tener nada claro qué hará el personaje en el próximo capítulo, no atarse a un plan previo. A ellos sí podrás creerles, pero con moderación. Digamos, hasta llegar a la página ciento cincuenta. Más allá de eso, saber tan poco de tu propio libro ya es mera imbecilidad.

· Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así; era así.

· No creas en las máximas de los escritores. Tampoco en estas. Lo que cautiva de una máxima es su brevedad: es decir, lo único que no tiene nada que ver con la verdad de una idea.

(De Ser escritor, 1997)

Abelardo Castillo. Literatura y felicidad

La literatura está cargada de fatalidad y de tristeza. ¿Por qué? La vida no es siempre fea. Lo que pasa es que, en el fondo, la literatura es un conjuro contra la infelici­dad y la desdicha. La gente quiere ser feliz. Pero la feli­cidad no hay que escribirla: hay que vivirla. O por lo menos intentar vivirla. En la literatura se pone el deseo, la nostalgia, la ausencia, lo que se ha perdido o no se quiere perder. Por eso es tan difícil escribir una buena historia feliz. La historia de amor más hermosa que se ha escrito es Romeo y Julieta. Pero es una catástrofe. Ella tiene catorce años y él dieciocho, y terminan suicidán­dose. Qué linda historia de amor. Uno confunde la felici­dad con las felicidades, con ciertos momentos transito­rios de dicha o alegría. La felicidad absoluta no existe, y uno escribe, justamente, porque la felicidad no existe. Existen pequeños instantes de felicidad, o alegrías fugaces, que, si se consigue perfeccionarlos en la memo­ria, pueden ayudar a vivir durante muchísimos años. La literatura también es un intento de eternizar esos momentos.

Abelardo Castillo

La imposibilidad espiritual de soportar la materialidad de la existencia es uno de los factores que deben tenerse en cuenta como fuente de locura en numerosos artistas y poetas.

La creación estética ya en sí misma es un amago de locura.

El arte, el arte y si me apuran ciertas formas superiores del pensamiento son el producto de una enfermedad del alma.

Vio la silueta de un olivo, vio la cara de una mujer desconocida en la ventanilla de un tren, vio la galería de un colegio. Y lo que vio significaba la única cosa que trataría de articular con palabras toda su vida. No tenemos más que el pasado. La vida no es ni será, siempre fue, y vamos caminando hacia la vejez y la muerte sobre los escombros del hombre que fuimos, del adolescente que fuimos, del niño que fuimos.

(De “Crónica de un iniciado”, 1991)