Nelson Castro / Chávez: trama secreta de su mal

(Publicado en Perfil, 10.3.2013)

El difunto líder venezolano ignoró las alertas. Hubo errores y decisiones políticas que aceleraron los tiempos. El factor Fidel.

Todo comenzó con un absceso perianal. Hugo Chávez venía sufriéndolo, junto con un dolor en la rodilla derecha, desde hacía meses. Pretendía ignorarlo, pero día a día lo perturbaba más. El aspecto sonriente y el histrionismo de siempre que exhibía en sus maratónicos Aló Presidente exigían calmantes cada vez más potentes. Su amigo Fidel Castro tuvo el presentimiento de que algo no andaba bien y comenzó a insistirle sobre la necesidad de que prestara mayor atención a su salud. Nada de ello ocurrió. Como todo hombre de poder –con mucho poder–, Chávez se creyó invulnerable.

Esto fue así hasta que apareció elabsceso. Ese diagnóstico lo sorprendió y lo incomodó. En general, las afecciones del periné –región que corresponde al piso de la pelvis, donde se hallan una serie de músculos, el ano y la uretra en el hombre, y en la mujer los mismos órganos más la vagina– producen en las personas un efecto psicológico muy negativo. El difunto presidente de Venezuela hizo el primer tratamiento de esta afección en su país. Como es inevitable en estos casos, el mandatario exigió máximo secreto, cosa que la historia muestra que es imposible. La noticia corrió como reguero de pólvora en Caracas y Chávez se alarmó. Eso lo llevó elegir a Cuba como el lugar para tratar su mal. Una equivocación fatal.

Allí llegó de urgencia en medio de la noche, el 10 de junio de 2011, con fuertes dolores que lo obligaron a acortar una gira por Brasil, Ecuador y Cuba que había iniciado cinco días antes. Ocurrió, entonces, un primer error garrafal. Los médicos cubanos detectaron una tumoración pelviana y creyeron que se trataba de un absceso: operaron por primera vez para resecar y removerlo. Algún médico hizo una evaluación más amplia del caso, y puesto a pensar en posibles diagnósticos diferenciales, ordenó un estudio citológico del material proveniente de la tumoración. Entonces aparecieron las células cancerosas, que llevaron a más estudios y a una segunda operación, en la que se extirpó el tejido malignizado. De esos estudios salió el diagnóstico de un cáncer cuyos tipo y grado evolutivo nunca se revelaron. Ya con el diagnóstico confirmado se decidió iniciar, el 16 de julio, quimioterapia. Se planificaron dos sesiones, pero dada la agresividad del tumor se las extendió a cuatro. De esas cuatro sesiones, sólo la tercera se hizo en Caracas; las otras fueron hechas en La Habana.

De la información recogida en La Habana, Caracas y los centros médicos a los que pertenecen los oncólogos de otros países que fueron consultados –del hospital Sirio Libanés de San Pablo, del equipo del doctor García Sabrido del hospital Gregorio Marañón de Madrid, de Boston y de Miami–, surge que la patología tumoral que padeció Chávez oscila entre dos diagnósticos: un rabdomiosarcoma del psoas-ilíaco o un leiomiosarcoma de vejiga. Ambos pueden dar como complicación un absceso pelviano. Un absceso es una colección de pus en un tejido del cuerpo humano. De los dos, el más mencionado es el primero.

El leiomiosarcoma es un tumor maligno que se origina en la musculatura que componen las paredes de la vejiga.

El psoas-ilíaco es un músculo compuesto por porciones: el psoas y el ilíaco. El psoas se inserta en la última vértebra dorsal y en las cinco lumbares; el ilíaco se inserta en la cresta ilíaca, en la espina ilíaca y en el sacro (es lo que se identifica como la cintura). Ambas ramas del músculo se unen para terminar en el fémur, más precisamente en el trocánter menor de ese hueso. La acción principal del músculo es permitir la flexión del tronco hacia adelante y la flexión de la cadera sobre el tronco.

El rabdomiosarcoma es un tumor maligno de los músculos estriados. El músculo estriado es el que está a cargo de los movimientos voluntarios. El rabdomiosarcoma es una neoplasia poco frecuente que afecta predominantemente a niños y adolescentes. En adultos es muy raro, y por ello lo ideal es que se lo trate en centros de alta especialización. Cuba no los tiene.

Para ilustrar sobre lo inusual de esta patología basten dos datos. En el Memorial Sloan-Kettering Center de Nueva York se diagnosticaron y trataron sólo 84 casos de rabdomiosarcoma en pacientes de más de 16 años de edad a lo largo de 17 años. Y en el M.D. Cancer Anderson Center de Houston, el número de enfermos que padecieron ese mal en un período de 28 años fue de 82. Tanto el Sloan como el Anderson son institutos médicos de referencia mundial en oncología.

Los centros médicos de avanzada en oncología exigen recursos económicos casi ilimitados dado lo oneroso del abordaje de esta disciplina. La investigación sobre las causas de las distintas formas del cáncer, su diagnóstico y su tratamiento exigen desarrollos tecnológicos cada vez más sofisticados y costosos. Fundamental en este caso –dada la rareza del tumor– es la participación de médicos con experiencia en el tema.

Ya en octubre de 2010, un médico que lo examinó le había advertido a Chávez sobre la necesidad de someterse a un minucioso examen de vejiga y de próstata, advertencia que ignoró.

Uno de los puntos que se conocerán en el futuro será la influencia que tuvo Fidel Castro en las decisiones, de consecuencia negativa para la evolución de la enfermedad. Es conocida la afición del líder cubano por la medicina, de la que es un ávido lector. El problema que representa Castro al opinar sobre asuntos tan delicados ilustra su propio caso. Cuando tuvo la proctorragia –pérdida de sangre por vía recto-anal– como consecuencia de su diverticulosis de colon (intestino grueso), debió ser operado de urgencia el 26 de julio de 2006. En la sala de cirugía del Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas (Cimeq), el cirujano le explicó que, debido a la infección de sus divertículos, se lo operaría en dos tiempos. Esto es: en un primer paso se le haría una colostomía –ano contra natura– transitoria, hasta que la infección estuviera curada y la vitalidad de los tejidos restablecida, condición sine qua non para asegurar una buena cicatrización; una vez logrado ese objetivo, se procedería a cerrar la colostomía, restableciendo así la continuidad del intestino grueso. Castro se negó a ello con una frase que hizo historia: “Yo seguiré cagando por donde caga todo el mundo”. Preso del temor, el cirujano se negó a desobedecer la orden del comandante y no hizo lo que la buena práctica médica indicaba. Las consecuencias negativas de este erróneo proceder no se hicieron esperar. En menos de 24 horas las suturas cedieron, hubo filtración del contenido intestinal al peritoneo y se declaró una peritonitis severa. Ello obligó a reoperar al paciente, a quien se le debió realizar una colectomía –extirpación de parte del colon–, como resultado de la cual quedó con un ano contra natura permanente.

En vano. El 18 de febrero de 2012 Chávez anunció que se le había detectado otra lesión cancerosa, por lo cual debía someterse a una nueva operación, que se llevó a cabo en La Habana diez días después. A su término, Elías Jaua, entonces vicepresidente, dijo que se le había extirpado la totalidad de la lesión pélvica, además de tejido circundante. Para los médicos que seguían el caso, ya era evidente que todo eso sería en vano.

El 4 de marzo Chávez comunicó que debía iniciar sesiones de radioterapia. El 12 de mayo apareció en su habitual Aló Presidente diciendo que había completado el tratamiento exitosamente. El 9 de julio, por igual medio, anunció que estaba curado. Sus médicos sabían que eso no era cierto.

El 27 de noviembre, tras haber sido reelecto, Chávez pidió autorización al Congreso para someterse a un tratamiento de oxigenación con cámara hiperbárica en Cuba, y el 6 de diciembre anunció que debía ser operado nuevamente. La intervención, debido a la presencia de metástasis en la columna, se practicó el 10 de ese mismo mes, y el posoperatorio se complicó con una infección respiratoria de la que el paciente nunca pudo recuperarse.

El primer problema que enfrentó Chávez, debido a los errores de procedimientos arriba indicados, fue un diagnóstico tardío y complicado. El segundo problema fue su tozudez, que lo llevó a cerrarse a la posibilidad de ponerse en manos de especialistas de primer nivel internacional en centros de indiscutible jerarquía. Sobre eso le insistieron Cristina Fernández de Kirchner, Fernando Lugo, Luiz Inácio “Lula” da Silva y su sucesora, Dilma Rousseff. Respecto de la presidenta de Brasil, hay que decir que el sábado 25 de febrero de 2012, hallándose en Caracas, le imploró para que aceptara su sugerencia de tratarse en el Hospital Sirio Libanés de San Pablo, un centro médico de gran reputación mundial en oncología. La misma Rousseff se trató allí exitosamente de su cáncer, un linfoma no Hodgkin.

La insistencia fue en vano. Chávez opuso a estos ofrecimientos condiciones que terminaron siendo obstáculos insalvables. Las condiciones tenían que ver con su obsesión por el secreto. Llegó a pedir tres pisos del hospital sólo para él, lo que fue rechazado. Tamaña obsesión por el secreto carecía de sentido, vista la necesidad de ampliar el número de consultas médicas a causa del inexorable avance de su enfermedad.

Previo a su tercera operación, de fines de febrero de 2012, en una ocasión se realizó un ateneo clínico –discusión de un caso entre varios médicos a fin de confirmar un diagnóstico y/o determinar el curso a seguir en el tratamiento de una enfermedad– vía teleconferencia, del cual participaron nueve expertos: tres cubanos pertenecientes al Cimeq; un venezolano del Hospital de Clínicas Caracas; tres brasileños del Hospital Sirio Libanés, y dos españoles: el doctor José Luis García Sabrido –cirujano que le salvó la vida a Fidel Castro– y un colaborador suyo en el hospital Gregorio Marañón de Madrid. Imposible pensar que, ante tantos ojos, pudiera imponerse un secreto como el que perseguía Chávez con obsesión, sobre todo porque esta mecánica de interconsulta se extendió a lo largo de su penosa enfermedad. Tampoco se entiende tanta obsesión cuando los tacos con las biopsias fueron enviados para su estudio histopatológico a un hospital en Boston, el Tufts Medical Center, y a otro en Miami, el Baptist Hospital.

La trama por escribirse de este caso, que hará historia en los anales de las enfermedades padecidas por los presidentes, es abundante en idas y venidas, en decisiones médicas controvertidas sujetas a los vaivenes de la política.

La sentencia de muerte de Chávez estaba escrita el mismo día en que se le diagnosticó el cáncer; el absceso pelviano era una señal de que, evolutivamente, el tumor ya había dejado atrás su estado primario. Perdida la oportunidad de un diagnóstico precoz, la decisión del enfermo de priorizar su obsesión por el secreto y las razones políticas por sobre los criterios médicos lo dejó expuesto a la comisión de errores que complicaron el curso de su mal y aumentaron sus padecimientos.

Son las consecuencias de la enfermedad de poder que, muchas veces, mata.

Nelson Castro / Diagnóstico y error: Detrás de la cirugía

(Publicado en Perfil, 7.1.2012)

Previo a la operación, una citóloga planteó dudas sobre el carcinoma. Antes de salir de alta, la Presidenta conoció el resultado benigno.

La novedad fue impactante y la sorpresa, total: la Presidenta no padece cáncer. En lo personal, la noticia es muy buena para el presente y el futuro de la doctora Cristina Fernández de Kirchner. Lo mismo debe decirse desde el punto de vista de lo institucional: para cualquier país –y para la Argentina con su historia mucho más– es muy importante que un presidente complete su mandato. En cambio, en lo que concierne al tema médico en sí, deja abierto un interrogante: ¿qué pasó?

A continuación, pues, la reconstrucción de los hechos de todo este episodio que habrá de hacer historia.

Clínicamente, a la Presidenta se le había detectado un nódulo en el lóbulo derecho de su tiroides. A partir de ese hallazgo –y como lo indica la rutina–  se decidió hacer una serie de  estudios complementarios, para lo cual la doctora Fernández de Kirchner concurrió a Diagnóstico Maipú el jueves 22 de diciembre del año pasado. El nódulo en cuestión, ubicado en el lóbulo derecho, fue confirmado por la ecografía que se le practicó a la cual siguió, entonces, una punción biopsia con aguja fina con el objetivo de obtener tejido para el correspondiente análisis histoanatomopatológico. El patólogo a cargo del examen fue el doctor Julio Sanmartino. Para él no hubo dudas: el diagnóstico era el de carcinoma papilar de tiroides. Como ocurre siempre en estos casos, en los que el  paciente es el jefe de Estado, esa muestra de tejido tiroideo fue sometida al examen de un segundo especialista, tarea que le correspondió a la doctora Lilian Ballsells.

Con este diagnóstico en mano, se le comunicó la novedad tanto al doctor Luis Buonomo, jefe de la Unidad Médica Presidencial, como a su segundo, el doctor Marcelo Ballesteros. Ellos, en conjunto con el doctor Pedro Saco, le comunicaron la mala nueva a la Presidenta a quien, además, le indicaron la necesidad de llevar a cabo una intervención quirúrgica a fin de extirparle la glándula tiroides. Obtenido el consentimiento de la paciente, se le indicó una tomografía computada destinada a descartar o confirmar la presencia de metástasis. El resultado del estudio fue negativo. Con todos estos resultados el próximo paso fue fijar lugar y fecha para la cirugía. Se estableció entonces que la operación se realizaría el día 4 de enero en el Hospital Escuela de la Universidad Austral y que estaría a cargo del doctor Pedro Saco y su equipo. El siguiente paso fue comunicar la novedad a la opinión pública, cosa que ocurrió en la noche de ese mismo martes 27 de diciembre. En el parte médico leído por el secretario de Medios, Alfredo Scoccimarro, se hablaba de “carcinoma papilar”  sin extensión a los ganglios linfáticos adyacentes a la glándula y de la ausencia de metástasis. Es decir que de acuerdo con los parámetros de la clasificación TNM (Tamaño, Nódulos, Metástasis) el pronóstico para la paciente era muy bueno.

Ya con la operación programada –y como es de práctica–, desde el servicio de Patología del hospital Austral se dispuso que uno de sus médicos examinara la muestra de tejido, obtenido a través de la biopsia, sobre la que se realizó el diagnóstico de la afección presidencial.  Esa tarea estuvo  a cargo de una médica especializada en citología quien, tras analizar la muestra, tuvo una primera objeción en cuanto al diagnóstico. Concretamente la citóloga expresó –palabras más, palabras menos– que se estaba en presencia de una neoplasia pero que ella no hubiera sido tan contundente en decir que esa neoplasia era un carcinoma papilar.

En este punto es imprescindible dar la siguiente explicación a los fines de darle comprensibilidad al relato.  Neoplasia es una palabra de origen griego que significa “nuevo crecimiento”.

En medicina, el término “neoplasia” se utiliza para identificar y definir un crecimiento descontrolado y anómalo del número de células en un determinado tejido u órgano, lo cual es el resultado de un proceso de multiplicación celular anormal.

Una de las consecuencias de la neoplasia es la formación de un tumor. No siempre las neoplasias forman tumores. Un ejemplo de esto último son las leucemias.

Las neoplasias, a su vez, pueden ser benignas o malignas. El término “carcinoma” se aplica para definir un tipo de neoplasias malignas. El vocablo “adenoma”, en cambio, se usa para identificar neoplasias de tipo benigno.

Los tumores malignos de la tiroides y sus frecuencias son los siguientes:

◆ Carcinoma papilar  80%.
◆ Carcinoma folicular  15%
◆ Carcinoma de Hurtle y otras variables  5%

De los tumores benignos de tiroides, el más común es el adenoma folicular.

Los expertos señalan que el diagnóstico del carcinoma papilar de tiroides a través de la punción biopsia tiene un porcentaje de duda que sólo puede ser resuelto con el análisis más detallado y extenso de la glándula. Y, en un análisis más fino, hay trabajos que indican que muchas veces es difícil diferenciar un carcinoma papilar de una variante de adenoma folicular.  De ahí que, ante la presencia de un tumor de este tipo, en los informes diagnósticos basados en punciones biopsia se suele hablar de neoplasia papilar, dejando la confirmación de su carácter maligno (carcinoma) o benigno (adenoma) al análisis que se hace en el mismo acto quirúrgico o en el que se completa después de la operación.  Es importante decir que en cualquier caso el tratamiento es el mismo: la extirpación de la glándula tiroides. Con respecto a ello hay criterios variables: en algunos centros de los Estados Unidos lo que se hace es la hemitiroidectomía, que es la extirpación de lóbulo correspondiente al tumor cuando es uno solo de los lóbulos tiroideos el afectado. En la Argentina, en cambio, en muchos centros de primer nivel se prefiere realizar la tiroidectomía, es decir, la remoción total de la glándula.

Un trabajo científico de los doctores José Cameselle Tejeiro, del Hospital Clínico de la Universidad de Santiago de Compostela, y Manuel Sobrinho-Simoes, de la Facultad de Medicina y del Instituto de Patología Molecular e Inmunología de la Universidad de Oporto, titulado “Carcinoma papilar de la glándula tiroides: problemas en el diagnóstico y controversias” señala que hay una tendencia a sobrediagnosticar un carcinoma papilar.

En el acto quirúrgico que se desarrolló en el quirófano central del Hospital de la Universidad Austral había, pues, un médico patólogo. En el estudio por técnica de congelación de la muestra de tejido tiroideo que se hizo se produjo el hallazgo que generó sorpresa y dudas: el diagnóstico de carcinoma papilar no era claro y lo que se encontró, en cambio, era compatible con un adenoma folicular de la tiroides. Esto no cambió la dimensión del acto quirúrgico, y ante la duda producida por el hallazgo intraoperatorio, se decidió esperar el resultado del estudio histoanatomopatológico completo de la pieza quirúrgica. Ese resultado estuvo listo unas pocas horas antes del alta presidencial y confirmó el nuevo diagnóstico: no se trataba de un carcinoma papilar sino de un adenoma folicular (tal vez lo que técnicamente corresponda a un adenoma folicular con hiperplasia papilar o variante papilar del adenoma folicular).

Lo importante de todo esto para la Presidenta es que no tiene un cáncer. Quedarán para el análisis varios un interrogantes: ¿Qué pasó que un patológo experto y competente cometió un error de esta dimensión? ¿Ante el nivel de dudas que puede generar un diagnóstico de este tipo, nadie pensó en una revisión más completa de un caso que no ameritaba una urgencia extrema? ¿Estuvo informada la Unidad Médica Presidencial de los avatares de este episodio aquí descriptos?

Producción periodística: Guido Baistrocchi