Andrés Hax / Vidas Breves: Philip K. Dick

(Publicado en Revista Ñ, 10.1.2013)

Autor de clásicos de la ciencia ficción como “Ubik” o “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” que se adaptó al cine como “Blade Runner”, se convirtió en un fetiche de Hollywood. En 1974 tuvo una visión mística del hombre y el universo y lo volcó en un diario privado que sumó 8.000 páginas. Assange, Bush, o Cheney, parecen personajes suyos.

Philip K. Dick (1928-1982) es uno de los escritores de ciencia ficción más importantes del Siglo XX. Pero es mucho más que eso. Para alguien que no lo haya leído (y que huya de la ciencia ficción por prejuicios sobre el género), buscaremos un hermano espiritual de Dick en la Literatura con mayúscula. Entonces, Philip K. Dick es algo así como el Franz Kafka de los Estados Unidos. Dick, como Kafka, anticipó tendencias totalitarias de su país. Pero además percibió un espíritu secreto de su era. En ambos casos su obra fue reconocida después de muertos. Es que tanto uno como el otro, escribían sobre la profunda realidad de su tiempo, sobre aquello que estaba en período de incubación. Como los animales, que saben del terremoto antes que ocurra, Dick, como Kafka, anticipó lo que venía y lo contó en libros alegóricos, que parecían fantasías paranoicas hasta que se volvieron proféticos. Por esto, y por media docena de otros motivos, Dick es un autor canónico. Al leerlo, nuestra forma de ver nuestro mundo actual cambia. Hasta podríamos decir que sin leer a Philip K. Dick no se puede comprender bien el mundo en cual vivimos.

Philip K. Dick fue un autor prolífico. Publicó más de 40 novelas y más de 120 cuentos. Además, dejó una obra secreta: sus diarios personales autodenominados Exégesis, que abarcan más de 8.000 páginas, (una selección en un volumen, de casi mil páginas fue publicada en 2011 con prólogo de Jonathan Lethem.) Al principio de su carrera Dick pretendía ser en un escritor de literatura convencional y sus primeras novelas de aprendizaje fueron realistas. Aunque terminó siendo un escritor muy exitoso, ganando premios, lectores fanáticos, el respeto de sus pares y también dinero, siempre luchó contra la ciencia ficción como género. Cuando empezó a escribir, y aun en la fecha de su muerte, en 1982 con 53 años, la ciencia ficción era un gueto despreciado por la academia y la sociedad convencional. Hoy la situación ha cambiado, a tal punto que Dick ha sido publicado por The Library of America, el sello editorial que define el canon de las letras estadounidenses, y la revista Time nombro su novela Ubik (1969) como una de las cien mejores novelas escritas en inglés desde 1923.

El mundo de Dick es de cyborgs, de corporaciones omnipotentes y monopólicas que manejan tecnologías como el control de la memoria; es el mundo de la adicción, de la alucinación, de gobiernos autoritarios; de paisajes pos-apocalípticos y mundos distópicos; es el mundo de la paranoia, de las visiones místicas. Mundos paralelos. Pero dentro de todos estos escenarios y situaciones clásicas de la ciencia ficción la literatura de Dick se basa en las preguntas que son las mismas que están en el centro de la filosofía y la religión: ¿Qué es el ser humano? ¿Qué es la realidad? ¿Cuál es la naturaleza del Universo?

Para el escritor Jonathan Lethem, la ciencia ficción de Dick está un nivel por encima de sus contemporáneos: “Ellos estaban escribiendo sencillas fábulas, por más que no quieran admitirlo. Pero Dick se ocupó de manera distintiva y directa de la resaca de terror y lo irracional en la sociedad contemperaría tecnológica. Este fue el motivo por el cual la ciencia ficción empezó a ser importante. Porque se enfrentaba con el hecho de que estamos viviendo en una era tecnocrática en la cual las artes tradicionales, literarias y demás, no tenían mucho que decir sobre esto, no encontraban un vocabulario para reconocer la velocidad de cambio en la vida cotidiana.”

Por más que no hayan leído una página de la obra de Philip K. Dick es muy probable que conozcan su mundo, y no solo porque poco a poco el mundo que habitamos se parece más al de sus libros. Es que, póstumamente, Dick se ha convertido en uno de los autores predilectos de Hollywood. Blade RunnerMinority ReportA Scanner Darkly,Total RecallScreamersPaycheckEternal Sunshine of the Spotless Mind [Nota: el autor del artículo cometió un error. Esta película NO está basada en una historia de Dick] y The Adjustment Bureau son algunas de las películas adaptadas de obras de Dick, quien solo pudo ver la Blade Runner de Ridley Scott.

La vida de Dick fue caótica, intensa y triste. Su padre abandonó a la familia cuando era chico. Vivió toda su vida en diferentes ciudades de California. Fue adicto a las anfetaminas; lo ayudaban en su frenético ritmo de escritura pero le dejaron secuelas que, al fin, resultaron mortales. Tuvo cinco esposas y tres hijos, a ninguno de los cuales trató bien. No participó en su crianza ni los ayudó económicamente. Hasta llegó a golpear a una de sus esposas. Era profundamente paranoico y con motivos. En un evento nunca explicado su casa fue robada, y destruida, pero solamente fueron extraídos sus papeles personales. Vivía de escribir pero siempre le faltaba dinero. Sentía que como escritor nunca había sido valorado como se merecía.

Dentro de toda esta cotidianeidad hay dos eventos fundamentales en la vida de Philip K. Dick alrededor de los cuales él mismo, obsesivamente y torturadamente, configuró su psique. El primer evento fue la muerte de su hermana melliza, en los primeros meses de su vida, o sea en enero de 1929 (Dick nació en Chicago, el 16 de diciembre de 1928). El segundo evento fue un delirio místico —o psicótico— en los meses de febrero y marzo de 1974, cuando tenía 46 años.

Su hermana, Jane Charlotte Dick, murió por negligencia. La madre primeriza era inmadura, y aparte de la escasa compañía de su marido, estaba completamente sola. Pero no era cruel o indiferente. Abrumada por la incipiente crianza de sus hijos, llamó a sumadre por ayuda, pero ya era muy tarde. En un accidente, quemó a su hija Jane con una botella de agua caliente con cual intentaba calentar la cuna. Los médicos llevaron a los mellizos al hospital. La niña murió en camino y el niño se salvó después de estar varios días cerca de la muerte. Ambos estaban desnutridos.

Años después, en el Exégesis, Dick escribió: “Es el Jane dentro de mi —el ánima o el principio femenino— que es el lado lacrimoso de mi ser, que está enfermo y que ahora busca ser hospitalizado. Es Jane dentro de mí que se está intentando morir. O, en realidad, es la Jane que realmente murió, que repite sus pasos en mi anima una y otra vez, ese viaje mortal que se dio por la negligencia. Es la Jane-dentro-de-mi que ahora esta asustada y deprimida. Pero si la Jane dentro de mi se muere ahora me llevará a mí (el mellizo masculino) con ella, con lo cual no tengo que sucumbir. Jane tendrá que seguir viviendo en su existencia vestigal a mi lado aunque esté al otro lado…”

Para el biógrafo Lawrence Suten la muerte de Jane es el evento central en la vida psíquica de Dick: “El tormento se extendió a través de su vida entera, manifestándose en las relaciones difíciles que tuvo con las mujeres y con su fascinación por resolver los dilemas dualistas” como el de humano/androide, por ejemplo, que es central a su obra.

El otro evento central en la vida de Dick fue una serie de visiones que duró dos meses enteros, en 1974. En ese momento vivía en Orange County en California. Volvía del dentista donde había sido tratado por un dolor de muela. De vuelta en su casa le abrió la puerta a alguien que le vino a traer su medicación de una farmacia. Era una mujer joven con un colgante de un pez dibujado. Dick le preguntó qué significaba. La chica le dijo que era el símbolo de las primeras sectas cristianas, las perseguidas por el Imperio Romano. En ese momento Dick tuvo una revelación. Tuvo un momento de conocimiento total en la cual vio la historia humana entera. Se dio cuenta que la historia no es lineal, sino circular. Que el Imperio Romano aun existía, que esta realidad en la cual vivimos era de hecho una especie de prisión. La visión persistió por dos meses mutándose, multiplicándose, profundizándose.

Desde entonces hasta su muerte Dick se ocupó de interrogarse a si mismo sobre el significado de este evento, tratando de discernir si era una visión mística, un sueño, un flashback de droga, un brote psicótico o esquizofrénico, o una combinación de todas estas cosas. El episodio, que el denominaba “2-3-74” no solo le brindó una visión de la “realidad” sino también una mirada sobre el significado de su obra y el sentido de su vida.

Nos cuenta Lethem en la introducción a una selección del Exégesis : “Dick comenzó a ver todos sus escritos anteriores —especialmente sus novelas de ciencia ficción de los 60— como un intricado e inconciente precursor a sus percepciones visionarias… [En el Exégisis] Dick escribió sobre la ternura, sufrimiento y naturaleza del universo; sobre la esencia de la tragedia; sobre alienígenas de tres ojos; robots hechos de ADN; cultos cristianos antiguos y reprimidos cuyas creencias esenciales predecían la teoría Marxista; viajes en el tiempo; radios que siguen tocando después de ser desenchufadas; y la naturaleza verdadera del universo como le fue revelado en el Libro tibetano de la muerteEl origen de la conciencia y la mente bicameral de Julian Jaynes, y la película Tres mujeres de Robert Altman” entre muchas, muchas otras cosas.

Para algunos lectores la obra más importante de Kafka son sus diarios. Tal vez el Exegesisde Philip K. Dick tenga el mismo destino. Si hay una critica que se le puede hacer a las obras de Dick es que sus ideas y sus mundos son mucho más fascinantes que su prosa en si. Tal vez no sea incorrecto decir que Dick no es muy buen escritor. Pero esa evaluación  excede los límites de esta Vida Breve. En todo caso, Dick mismo ha respondido a esta duda. Escribió, justamente en sus diarios íntimos:

“Soy un filósofo que ficcionaliza, no un novelista; mi habilidad de escribir cuentos y novelas es utilizada con el fin de dar forma a mis percepciones. El centro de mi escritura no es el arte sino la verdad. Por lo tanto lo que yo cuento es la verdad, y sin embargo no hay nada que pueda hacer para aliviarla ni por hechos o explicaciones. De todas maneras esto suele darle ayuda a un tipo de persona sensible y atormentada por el cual hablo. Creo que entiendo el ingrediente en común en ellos a quienes mi escritura les ayuda: ellos no pueden atenuar sus propias sospechas sobre la irracional y misteriosa naturaleza de la realidad. Y para ellos el corpus de mi escritura es un largo argumento acerca de esta inexplicable realidad. Es una integración y presentación y análisis y respuesta y historia personal.”

Philip K. Dick hizo algo aparentemente imposible. Escribió sobre el espíritu de nuestrostiempos. Se murió antes de Internet, antes de la Guerra contra el Terrorismo y la Guerra Contra las Drogas. No llegó a ver la realidad virtual o la farmapsicologia. Pero escribió sobre todas estas cosas y más. Julian Assange es un personaje de Philip K. Dick. También lo son Dick Cheney y George Bush. CNN, Fox, y la televisión reality. Todos son parte del mundo Dick.

Podríamos seguir y seguir…

Fuentes /Más Información

Divine Invasions: A Life of Philip K. Dick. Lawrence Sutin

The Exegesis of Philip K. Dick

The Library of America Interviews Jonathan Lethem about Philip K. Dick

Blows Against the Empire. The return of Philip K. Dick. Adam Gopnik (The New Yorker. 20 de agosto, 2007)

The Second Coming of Philip K. Dick. The inside-out story of how a hyper-paranoid, pulp-fiction hack conquered the movie world 20 years after his death. By Frank Rose (WIRED.

Philip K Dick Interview in France 1977 (video)

Philip K. Dick – IMDb

Philip K. Dick / The preserving machine (1953) La máquina preservadora

Y pensó también que de estas importantes cosas bellas, la que más rápidamente se olvidaría sería la música.
Ciertamente que la música es lo más perecedero, frágil y delicado; y puede ser rápidamente destruida.
Labyrinth se preocupaba mucho. Amaba la música y no podía acostumbrarse a que un día no existieran Brahms ni Mozart, que no se pudiera disfrutar de la música de cámara, suave y refinada, que hace pensar en las pelucas, en los arcos frotados con resma, en las velas que se derretían en la semioscuridad.
El mundo sería seco y lamentable sin la música. Árido e inaguantable. De esta forma comenzó a concebir la idea de la Máquina Preservadora.
Una noche, sentado cómodamente en su butaca escuchando el suave sonido de su tocadiscos, se le presentó una extraña visión. Vio, con los ojos de la mente, la última copia de un trío de Schubert, estropeada y casi ilegible, abandonada en un lugar oscuro, probablemente un museo.
Un bombardero sobrevolaba. Las bombas caían, convirtiendo al edificio en ruinas, derrumbando las paredes, que se desmoronaban, dejando sólo escombros. En el desastre, la última copia desaparecía perdida entre las ruinas, para pudrirse y desaparecer.
Y luego, siempre en la imaginación de Doc Labyrinth, observó cómo la partitura surgía de entre las ruinas como lo haría un animal enterrado, con garras y dientes aguzados, con furiosa energía.
-¡Ah, si la música pudiera tener esa facultad, el instinto de supervivencia de ciertos insectos y otros animales! ¡Cómo cambiarían las cosas si la música se pudiera transformar en seres vivos, animales con garras y dientes! Entonces podría sobrevivir.
Si sólo se pudiera inventar una Máquina, una Máquina que procesara las partituras musicales, convirtiéndolas en cosas vivas.
Pero Doc Labyrinth no era mecánico. Logró unos pocos bosquejos aproximativos que envió a varios laboratorios de investigación. La mayoría estaban demasiado atareados con los contratos para el ejército, por supuesto. Pero al fin logró algo de lo que deseaba. Una pequeña universidad del Medio Oeste quedó encantada con sus planes e inmediatamente comenzaron a trabajar en la construcción de la Máquina.

Las semanas pasaron. Al fin Labyrinth recibió una postal de la universidad. La Máquina estaba saliendo bien. La habían probado haciendo procesar dos canciones populares. ¿Cuáles fueron los resultados? Surgieron dos pequeños animales, del tamaño de ratones, que corrieron por el laboratorio hasta que el gato se los comió. Pero la Máquina había trabajado a la perfección.
Se la enviaron poco después, cuidadosamente embalada en un armazón de madera, sujeta con alambres y con un seguro que cubría todos los riesgos.
Estaba muy nervioso cuando comenzó a trabajar, quitándole las tablillas. Muchas ideas debieron de haber pasado por su mente cuando ajustó los controles y se preparó para la primera transformación. Había seleccionado una partitura maravillosa para comenzar, la del Quinteto en sol menor, de Mozart.
Durante un rato estuvo hojeándola, absorto en sus pensamientos. Luego se dirigió a la Máquina y la echó dentro.
Pasó el tiempo. Labyrinth se mantuvo parado muy cerca, esperando nervioso y aprensivo, sin saber qué seria lo que hallaría al abrir el compartimiento. Estaba realizando una gran labor, según su idea, al preservar la música de los grandes compositores para la eternidad. ¿Cómo sería gratificado? ¿Qué hallaría? ¿Qué forma adoptaría esto antes de que todo hubiera pasado?
Muchas preguntas no tenían aún respuesta. Mientras meditaba, la luz roja de la Máquina centelleaba. El proceso había concluido, la transformación se había efectuado. Abrió la portezuela.
-¡Dios mío! -fue su exclamación- Esto es verdaderamente extraño!
De la máquina salió un pájaro, no un animal. El pájaro mozart era pequeño, bello y esbelto, con el magnífico plumaje de un pavo real. Voló un poco alrededor del cuarto y se volvió hacia él, curiosamente amistoso. Temblando, Labyrinth se inclinó, extendiendo la mano. El pájaro mozart se acercó. Entonces, súbitamente, remontó el vuelo.
-Sorprendente -murmuró. Llamó dulcemente al pájaro, esperando pacientemente hasta que revoloteó hasta él. Labyrinth lo acarició durante un largo rato.
¿Cómo sería el resto? No podía adivinarlo. Cuidadosamente levantó al pájaro mozart y lo colocó en una caja.
Al día siguiente se sorprendió aún más al ver salir al escarabajo beethoven, serio y digno. Era el escarabajo que había visto trepar por la manta, concienzudo y reservado, ocupado en sus cosas.
Después vino el animal schubert. Era un animalito tontuelo y adolescente, que iba de uno a otro lado, manso y juguetón.
Labyrinth interrumpió su trabajo para dedicarse a pensar.
¿Cuáles eran los factores de la supervivencia? ¿Eran las plumas mejores que las garras y los dientes? Labyrinth estaba sumamente asombrado. Había esperado obtener un ejército de criaturas recias y peleadoras, equipadas con garras y duros carapachos, listas a morder y patear. ¿Las cosas le estaban saliendo bien? Y, sin embargo, ¿quién podía decir que era lo mejor para la supervivencia? Los dinosaurios habían sido poderosos, pero ninguno estaba vivo.
De todas formas, la Máquina se había construido. Era demasiado tarde para plantearse otros problemas.
Labyrinth prosiguió dándole a la Máquina la música de muchos compositores, uno tras otro, hasta que los bosques que se hallaban cerca de su casa se llenaron de criaturas que se arrastraban y balaban, gritando y haciendo todo tipo de ruidos.
Muchas rarezas fueron saliendo, criaturas todas que lo asombraron y llenaron de estupefacción. El insecto brahms tenía muchas patas que salían en todas direcciones; era un miriápodo grande y de forma aplanada. Bajo y achatado, estaba cubierto de una pelambre uniforme. Al insecto brahms le gustaba andar solo, y prontamente se alejó de su vista, preocupándose por eludir al animal Wagner, que había salido unos instantes antes.
Este era grande, y tenía muchos colores profundos. Parecía tener un humor de mil diablos, y Labyrinth se atemorizó un poco, tal como les sucedió a los insectos bach. Estos eran animalitos redondos, una gran cantidad de ellos, que se obtuvieron al procesar los cuarenta y ocho preludios y fugas. También estaba el pájaro stravinsky, compuesto por curiosos fragmentos, y muchos otros.
Los dejó sueltos, para que se acercaran a los bosques, y allí se fueron. saltando, brincando y rodando. Pero un extraño presentimiento de fracaso le atenazaba. Cada una de estas extrañas criaturas le maravillaba más y más. Parecía no tener ningún control sobre los resultados. Todo esto estaba fuera de su dominio, sujeto a alguna extraña e invisible ley que se había enseñoreado sutilmente de la situación, y esto le preocupaba sobremanera. Las criaturas mutaban a raíz de la acción de una extraña fuerza impersonal, fuerza que Labyrinth no podía ver ni comprender. Y que le daba mucho miedo.

Labyrinth dejó de hablar. Esperé un rato, pero no parecía tener deseos de continuar. Me volví a mirarlo. Me estaba contemplando en una forma extraña y melancólica.
-Realmente no sé mucho más. No he vuelto a ir allí desde hace mucho tiempo. Tengo miedo de ver lo que sucede en el bosque. Sé que está pasando algo, pero…
-¿Por qué no vamos juntos a ver qué pasa?
Sonrió aliviado.
-¿Realmente piensas así? Imaginé que tal vez lo sugerirías, puesto que todo me está comenzando a resultar demasiado duro de afrontar -echó a un lado la manta, sacudiéndose-. Vamos, entonces.
Bordeamos la casa, y seguimos un estrecho sendero que nos llevó hacia el bosque. Tenía un aspecto salvaje y caótico, con malezas demasiado crecidas y una vegetación que no había recibido cuidados en largo tiempo.
Labyrinth fue hacia adelante, apartando las ramas, saltando y retorciéndose para abrirse camino.
-¡Qué lugar! -comenté.
Seguimos andando durante un rato bastante largo. El bosque estaba oscuro y húmedo; ahora era casi la hora del crepúsculo y sobre nosotros caía una fina niebla que se desprendía de las hojas situadas sobre nuestras cabezas.
-Nadie viene aquí -El doctor se quedó súbitamente de pie, mirando a su alrededor-. Tal vez sea mejor que vayamos a buscar mi escopeta. No quiero que suceda nada irreparable.
-Pareces estar muy seguro de que las cosas han escapado a tu control -me llegué hasta donde estaba y nos quedamos parados hombro con hombro-. Tal vez las cosas no estén tan mal como piensas.
Labyrinth miró alrededor. Movió la hojarasca con su pie.
-Están cerca de nosotros, por todos lados. Observándonos. ¿No lo sientes?
Asentí, en forma casi casual.
-¿Qué es esto?
Levanté un extraño montículo, del cual se desprendían restos de hongos. Lo dejé caer y lo aparté con el pie. Quedó en el suelo, un montoncito informe y difícil de distinguir, casi enterrado en la tierra blanda.
-Pero, ¿qué es? -pregunté nuevamente. Labyrinth se quedó mirándolo, con una expresión tensa en el rostro.
Comenzó a golpearlo suavemente con el pie. Me sentí súbitamente incómodo.
-¿Qué es, por amor de Dios? -dije-. ¿Sabes tú?
Labyrinth volvió lentamente los ojos hacia mí.
-Es el animal schubert -murmuró-. O mejor dicho, lo fue. Ya no queda mucho de él.
El animalito, que una vez había saltado y brincado como un cachorrillo, tontuelo y juguetón, yacía en el suelo. Me incliné y aparté unas ramas y hojas que se adherían a él.
No cabía duda de que estaba muerto. La boca estaba abierta, y el cuerpo había sido totalmente desgarrado. Las hormigas y las sabandijas lo habían atacado sañudamente. Comenzaba a oler mal.
-Pero ¿qué pasó? -dijo Labyrinth. Movió tristemente la cabeza-. ¿Quién pudo hacerlo?
Durante un momento quedamos en silencio. Luego vimos moverse un arbusto y pudimos distinguir una forma. Debía de haber estado allí todo este tiempo, observándonos.
La criatura era inmensa, delgada y muy larga, con ojos intensos y brillantes. Me pareció bastante semejante al coyote, pero mucho más pesado. Su pelambre era manchada y espesa. El hocico se mantenía húmedo y anhelante mientras nos miraba en silencio, estudiándonos como si le sorprendiera enormemente que nos halláramos allí.
-El animal wagner -dijo Labyrinth-. Pero está muy cambiado. Casi no lo reconozco.
La criatura olfateó el aire. Súbitamente volvió hacia las sombras y un momento después se había ido.
Nos quedamos absortos durante un rato, sin decir nada.
Finalmente Labyrinth se estremeció.
-Así que esto es lo que sucedió -dijo-. Casi no puedo creerlo. Pero… ¿por qué, por qué?
-Adaptación -le dije-. Cuando echas de tu casa a un perro o a un gato doméstico, se vuelve salvaje.
-Sí -contestó-. Un perro vuelve a ser lobo. Para mantenerse vivo. La ley de la jungla. Debí haberlo supuesto. Sucede siempre.
Miró hacia abajo, hacia el lamentable cadáver en el suelo. Luego alrededor, hacia los silenciosos matorrales. Adaptación. O tal vez algo peor. Una idea se estaba formando en mi mente, pero nada dije.
-Me gustaría ver más. Echar una ojeada a los otros. Busquemos.
Estuvo de acuerdo. Comenzamos a investigar la posible existencia de animales a nuestros alrededor, apartando ramas y hojas.
Hallé y empuñé una rama, pero Labyrinth se puso de rodillas, palpando y observando el suelo desde bien cerca.
-Aun los niños se transforman en animales -le comenté-. ¿Recuerdas los casos de los niños lobos de la India? Nadie podía creer que alguna vez fueron normales.
Labyrinth asintió calladamente. Se sentía muy triste, y no era difícil darse cuenta de por qué.
Se había equivocado, su idea original había sido errada, y ahora se hallaba frente a las consecuencias de su error. La música podía transformarse en animales vivos, pero había olvidado la lección del Paraíso Terrenal.
Una vez que algo tomaba vida comenzaba a tener una existencia independiente, dejando de ser una propiedad de su creador y moldeándose y dirigiéndose tal como lo desea.
Dios, observando el desarrollo del hombre, debe de haber sentido la misma tristeza, y la misma humillación, tal como Labyrinth, ver que sus criaturas se modificaban y cambiaban para enfrentarse a las necesidades de sobrevivir.
El hecho de que sus animales musicales podrían defenderse ya no quería decir nada para él, puesto que la razón por la cual las había creado, impedir que las cosas bellas se brutalizaran, estaba sucediendo ahora en ellas mismas.
Labyrinth me miró, con ojos llenos de tristeza. Había asegurado su supervivencia, pero al hacerlo había destrozado el significado o los valores de tal acción. Traté de sonreírle para alentarlo, pero retiró la mirada.
-No te preocupes demasiado -le dije-. No fue un cambio demasiado grande el que experimentó el animal Wagner. Siempre fue un poco así, brusco y temperamental, ¿verdad? ¿No sentía cierta atracción por la violencia?
Me interrumpí bruscamente. Labyrinth había dado un salto, retirando apresuradamente su mano del suelo. Se apretó la muñeca, gimiendo de dolor.
-¿Qué te pasa? -me apresuré a preguntarle mientras me acercaba. Temblando, me mostró su mano pequeña-. Pero ¿qué te sucede?
Le tomé la mano. Por el dorso se extendían unas marcas rojas, como tajos, que se hinchaban bajo mis ojos. Había sido mordido o aguijoneado por un animal. Miré hacia abajo, pateando el césped.
Algo se movió. Vi correr hacia los arbustos a un animalito redondo y dorado, cubierto de espinas.
-Atrápalo -dijo mi amigo. ¡Pronto!
Lo perseguí, con mi pañuelo en ristre, tratando de eludir las espinas. La esfera rodaba frenética, procurando esquivar mi maniobra, pero finalmente lo atrapé con el pañuelo.
Labyrinth se quedó mirando la forma en que se retorcía atrapado. Me puse de pie.
-Casi no puedo creerlo. Va a ser mejor que regresemos a casa.
-¿Qué es? -le pregunté.
-Uno de los insectos bach. Pero está tan cambiado que casi no puedo reconocerlo…
Nos dirigimos otra vez hacia la casa, retomando nuestro camino por el sendero, a tientas en la oscuridad. Yo abría el paso, echando a un lado las ramas. Labyrinth me seguía, silencioso y triste, frotándose la mano dolorida.
Entramos al patio y subimos la escalera del fondo hacia el porche. Labyrinth abrió la puerta y pasamos a la cocina. Encendió la luz y se dirigió hacia el fregadero, para lavarse la mano.
Tomé una jarra vacía del aparador, y dejé caer dentro al insecto bach. La esfera dorada rodaba de uno a otro lado cuando le ajusté la tapa. Me senté a la mesa. Ninguno de los dos decía palabra alguna, mientras Labyrinth seguía en el fregadero, dejando correr agua sobre su mano herida…
Yo, mientras tanto, seguía mirando a la esfera dorada, en sus infructuosos intentos por escapar.
-Y bien -dije finalmente.
-No hay la menor duda -Labyrinth se acercó y se sentó a mi lado-. Ha sufrido una metamorfosis. Antes no tenía espinas ponzoñosas, ¿sabes? Menos mal que tuve cuidado cuando me decidí a desempeñar el papel de Noé.
-¿Qué quieres decir?
-Tuve buen cuidado de que fueran híbridos… No se podrán reproducir. No habrá una segunda generación. Cuando estos ejemplares mueran, todo se habrá acabado.
-Debo decirte que me alegro que hayas tenido eso en cuenta.
-Me pregunto -murmuró Labyrinth- cómo sonará ahora, tal cual está.
-¿Cómo dices?
-La esfera. El insecto bach. Esa es la verdadera prueba, ¿no es así? Puedo volverlo a meter en la Máquina. Así veremos. ¿Quieres averiguar qué sucederá?
-Lo que tú digas -le contesté-. Después de todo, es tu experimento. Pero no te ilusiones demasiado.
Levantó la jarra cuidadosamente y nos dirigimos escaleras abajo, en dirección al sótano. Divisé una inmensa columna de metal opaco, que se levantaba en una esquina, cerca del lavadero. Una extraña sensación me recorrió. Era la Máquina Preservadora.
-Así que ésta es -dije.
-Sí, ésta es -Labyrinth manipuló los controles y estuvo ocupado con ellos durante un largo rato. Luego, tomando la jarra, la dio la vuelta y, abriendo la tapa, dejó caer al insecto dentro de la Máquina. Labyrinth cerró la portezuela.
-Ahora veremos -dijo. Accionó los controles y la Máquina comenzó a andar. Labyrinth se cruzó de brazos, y nos dispusimos a esperar. Fuera se hizo de noche cerrada, sin una pizca de luz. Finalmente se encendió un indicador de color rojo que se hallaba en el tablero de la Máquina.
Mi amigo giró la llave hacia la posición de desconexión, y nos quedamos en silencio. Ninguno de los dos deseábamos abrir la Máquina.
-Bien -dije finalmente-. ¿Quién va a abrir y a mirar?
Labyrinth se estremeció. Metió la mano en una ranura y sus dedos extrajeron un papel con notas.
-Este es el resultado. Podemos ir arriba y tocarlo.
Nos dirigimos al cuarto de música. Labyrinth se sentó frente al piano de cola y yo le pasé la hoja. La abrió y la estudió durante un minuto, con una cara inexpresiva. Luego comenzó a tocar.
Escuché la música. Era espantosa. Nunca había oído nada igual. Era distorsionada y diabólica, sin ningún sentido o significado, excepto, tal vez, una rara familiaridad que jamás debió haber estado presente en algo así.
Sólo con gran esfuerzo era posible imaginar que alguna vez había sido una fuga de Bach, parte de una serie de composiciones magníficamente ordenadas y respetables.
-Esto es lo decisivo -dijo Labyrinth. Se puso de pie, tomo la hoja de música y la rompió en mil pedazos.
Cuando nos dirigíamos hacia el lugar donde había dejado mi automóvil, le dije:
-Tal vez la lucha por la supervivencia sea una fuerza mayor que cualquier ética humana. Hace que nuestras preciosas reglas morales y nuestros modales parezcan algo fuera de lugar.
Labyrinth estuvo de acuerdo.
-Tal vez nada pueda hacerse para salvar tales costumbres y tales reglas morales.
-Sólo el tiempo puede ser capaz de responder a esa pregunta -le contesté-. Tal vez este método falló, pero otros pueden tener éxito. Es posible que algo que no podemos predecir o prever en estos momentos pueda surgir algún día.
Le di las buenas noches y subí a mi automóvil. Estaba completamente oscuro; la noche había descendido sobre nosotros.
Encendí los faros y comencé a recorrer la carretera conduciendo en plena oscuridad. No había otros vehículos a la vista. Estaba solo y sentía mucho frío. En una curva disminuí la marcha, para cambiar de velocidad.
Algo se movió cerca de la base de un sicomoro enorme, en plena oscuridad. Traté de determinar qué era.
En la parte inferior de un árbol, un escarabajo muy grande estaba construyendo algo, poniendo un poco de barro cada vez, para dar forma a una extraña estructura. Me quedé observando al animal durante un largo rato, asombrado y curioso, hasta que finalmente notó mi presencia y dejó de trabajar. Se dio la vuelta rápidamente, entró en su pequeño edificio, haciendo sonar la puerta al cerrarla firmemente tras él.
Me alejé rápidamente.

(De la colección de cuentos La máquina preservadora, 1969. Incluye los cuentos La máquina preservadora, Juego de guerra, Si no existiera Benny Cemoli, Roog, Veterano de guerra, Cargo de suplente máximo, Aquí yace el wub, Podemos recordarlo todo por usted)

* * *

Philip K. Dick (Philip Kindred Dick) nació el 16 de diciembre de 1928 en Chicago, Illinois, EEUU y falleció el 2 de marzo de 1982 en Santa Ana, California, EEUU. Es uno de los mejores escritores de ciencia ficción.

Obras:
Novelas:
1950 Gather Yourselves Together
1952 Voices from the Street
1953 Vulcan’s Hammer
1953 Dr. Futurity
1953 The Cosmic Puppets (Muñecos cósmicos)
1954 Solar Lottery (Lotería solar)
1954 Mary and the Giant
1954 The World Jones Made
1955 Eye in the Sky (Un ojo en el cielo)
1955 The Man Who Japed (Planetas morales)
1956 A Time for George Stavros (manuscrito perdido)
1956 Pilgrim on the Hill (manuscrito perdido)
1956 The Broken Bubble
1957 Puttering About in a Small Land
1958 Nicholas and the Higs (manuscrito perdido)
1958 Time Out of Joint (Tiempo desarticulado)
1958 In Milton Lumky Territory
1959 Confessions of a Crap Artist (Confesiones de un artista de mierda)
1960 The Man Whose Teeth Were All Exactly Alike
1960 Humpty Dumpty in Oakland
1961 The Man in the High Castle (El hombre en el castillo)
1962 We Can Build You (Podemos construirte)
1962 Martian Time-Slip (Tiempo de Marte)
1963 Dr. Bloodmoney, or How We Got Along After the Bomb (El Doctor Bloodmoney)
1963 The Game-Players of Titan (Los jugadores de Titán)
1963 The Simulacra (Los simulacros)
1963 The Crack in Space
1963 Now Wait for Last Year
1964 Clans of the Alphane Moon (Los clanes de la luna Alfana)
1964 The Three Stigmata of Palmer Eldritch (Los tres estigmas de Palmer Eldritch)
1964 The Zap Gun (La pistola de rayos)
1964 The Penultimate Truth (La penúltima verdad)
1964 Deus Irae (con Roger Zelazny)
1964 The Unteleported Man
1965 The Ganymede Takeover (con Ray Nelson)
1965 Counter-Clock World (El mundo contrarreloj)
1966 Do Androids Dream of Electric Sheep? (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?)
1966 Nick and the Glimmung (para niños)
1966 Ubik
1968 Galactic Pot-Healer (Gestarescala)
1968 A Maze of Death (Laberinto de muerte)
1969 Our Friends from Frolix 8 (Nuestros amigos de Frolis 8)
1970 Flow My Tears, The Policeman Said (Fluyen mis lágrimas, dijo el policía)
1973 A Scanner Darkly (Una mirada a la oscuridad)
1976 Radio Free Albemuth (Radio libre Albemuth)
1978 VALIS (SIVAINVI)
1980 The Divine Invasion (La invasión divina)
1981 The Transmigration of Timothy Archer (la transmigración de Timothy Archer)
1982 The Owl in Daylight

Cuentos:
1952
“Beyond Lies the Wub” (Aquí yace el wub)
“The Gun”
“The Little Movement”
“The Skull”
“The Variable Man”

1953
“The Builder”
“Colony”
“The Commuter”
“The Cookie Lady”
“The Cosmic Poachers”
“The Defenders”
“Expendable”
“The Eyes Have It”
“The Great C” (adapted into the novel Deus Irae)
“The Hanging Stranger”
“The Impossible Planet”
“Impostor”
“The Indefatigable Frog”
“The Infinites”
“The King of the Elves”
“Martians Come in Clouds”
“Mr. Spaceship”
“Out in the Garden”
“Paycheck”
“Piper in the Woods”
“Planet for Transients”
“The Preserving Machine”
“Project: Earth”
“Roog”
“Second Variety”
“Some Kinds of Life”
“Tony and the Beetles”
“The Trouble with Bubbles”
“The World She Wanted”

1954
“Adjustment Team”
“Beyond the Door”
“Breakfast at Twilight”
“The Crawlers”
“The Crystal Crypt”
“Exhibit Piece”
“The Father-thing”
“The Golden Man”
“James P. Crow”
“Jon’s World”
“The Last of the Masters” (aka “Protection Agency”)
“Meddler”
“Of Withered Apples”
“A Present for Pat”
“Prize Ship”
“Progeny”
“Prominent Author”
“Sales Pitch”
“Shell Game”
“The Short Happy Life of the Brown Oxford”
“Small Town”
“Souvenir”
“Strange Eden”
“Survey Team”
“Time Pawn”
“The Turning Wheel”
“Upon the Dull Earth”
“A World of Talent”

1955
“Autofac”
“Captive Market”
“The Chromium Fence”
“Foster, You’re Dead!”
“The Hood Maker”
“Human Is”
“The Mold of Yancy”
“Nanny”
“Psi-man Heal My Child!”
“Service Call”
“A Surface Raid”
“Vulcan’s Hammer”
“War Veteran”

1956
“A Glass of Darkness”
“The Minority Report”
“Pay for the Printer”
“To Serve the Master”

1957
“Misadjustment”
“The Unreconstructed M”

1958
“Null-O”

1959
“Explorers We”
“Fair Game”
“Recall Mechanism”
“War Game”

1963
“All We Marsmen”
“The Days of Perky Pat”
“If There Were No Benny Cemoli”
“Stand-by”
“What’ll We Do With Ragland Park?”

1964
“Cantata 140″
“A Game of Unchance”
“The Little Black Box”
“Novelty Act”
“Oh, to be a Blobel!”
“Orpheus with Clay Feet”
“Precious Artifact”
“The Unteleported Man”
“The War with the Fnools”
“Waterspider”
“What the Dead Men Say”

1965
“Project Plowshare”
“Retreat Syndrome”

1966
“Holy Quarrel”
“We Can Remember It for You Wholesale”
“Your Appointment Will Be Yesterday”

1967
“Faith of Our Fathers”
“Return Match”

1968
“Not By Its Cover”
“The Story to End All Stories for Harlan Ellison’s Anthology ”Dangerous Visions””

1969
“A. Lincoln, Simulacrum”
“The Electric Ant”

1972
“Cadbury, the Beaver Who Lacked”

1974
“The Different Stages of Love”
“The Pre-persons”
“A Little Something For Us Tempunauts”

1979
“The Exit Door Leads In”

1980
“I Hope I Shall Arrive Soon” (Originally titled “Frozen Journey”.)
“Rautavaara’s Case”
“Chains of Air, Web of Aether”

1981
“The Alien Mind”

1984
“Strange Memories Of Death”

1987
“The Day Mr. Computer Fell Out of Its Tree”
“The Eye of The Sibyl”
“Fawn, Look Back”
“Stability”

1988
“Goodbye, Vincent”

2010
“Menace React” (fragmento)

The Adjustment Bureau (Los agentes del destino)

The Adjustment Bureau (traducible como La agencia de ajuste) (2011) es una película estadounidense dirigida por George Nolfi y basada en el cuento “Adjustment Team” del gran maestro de la ciencia ficción Philip K. Dick. Actúan Matt Damon (David Norris) y Emily Blunt (Elise Sellas).

David Norris es un candidato a senador que competirá en las elecciones a celebrarse en los próximos días. Está cerrando su campaña y los sondeos previos lo dan como seguro ganador. Pero en medio de las actividades preelectorales se encuentra en un baño de hombres con Elise Sellas, una bailarina de danza contemporánea. Ese encuentro ¿habrá sido azaroso o no tan casual? Porque a David le ha gustado Elise, alguien que ha aparecido sorpresivamente en su vida, la que se dirige hacia el éxito político que tanto ambiciona.
Sin embargo las personas de la misteriosa Agencia de Ajuste del título original se presentan ante David, diciéndole que no será posible que siga viendo a Elisa. Que su destino ya está decidido y que la relación que intenta continuar entre ambos será una catástrofe para cada uno.
Sus destinos ¿estarán en sus manos?

La película no profundiza en esta cuestión filosófica, sino que la historia se desarrolla por la via de la acción con unos pocos elementos fantásticos. Sin demasiadas pretensiones, cumple bien con su función de entretener con algo de contenido.

No he leído el cuento que sirve de base para este film. Quizás para encontrar los planteos metafísicos y religiosos que inquietaban a Dick, habría que remitirse a otras de sus obras, como por ejemplo al cuento “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (que dio pie a la película Blade Runner), a la novela El hombre en el castillo, o a la original SIVAINVI (Sistema de Vasta Inteligencia Viva).

Philip K. Dick. Aquí yace el wub

Faltaba poco para terminar de cargar. El Optus, de pie, con los brazos cruzados, fruncía el ceño. El capitán Franco bajó despacio por la pasarela y sonrió.
—¿Qué ocurre? —le preguntó—. Te pagan por esto.
El Optus no dijo nada. Recogió sus túnicas y dio media vuelta. El capitán pisó el borde de la túnica.
—Espera un momento, no te vayas; aún no he terminado.
—¿De veras? —El Optus se giró con dignidad—. Vuelvo a la aldea. —Contempló los animales y los pájaros que eran conducidos hacia la nave—. He de organizar nuevas cacerías.
Franco encendió un cigarrillo.
—¿Por qué no? A vosotros os basta con salir a campo abierto y seguir pistas. Pero cuando estemos a mitad de camino entre Marte y la Tierra…
El Optus se marchó sin contestar. Franco se reunió con el primer piloto al pie de la pasarela.
—¿Cómo va todo? —Consultó el reloj—. Hemos hecho un buen negocio.
El piloto le miró con cara de pocos amigos.
—¿Cómo explica eso?
—¿Qué le pasa? Los necesitamos más que ellos.
—Nos veremos después, capitán.
El piloto subió por la pasarela, y se abrió paso entre las aves zancudas marcianas. Franco le vio desaparecer en el interior de la nave. Iba a seguirle los pasos hacia la portilla cuando lo vio.
—¡Dios mío!
Se quedó mirando con las manos en las caderas. Peterson venía por el sendero, con la cara congestionada, arrastrándolo con una cuerda.
—Lo siento, capitán —dijo, manteniendo la cuerda tensa.
Franco avanzó hacia él.
—¿Qué es eso?
El wub desplomó su enorme cuerpo lentamente. Se sentó con los ojos entornados. Algunas moscas zumbaban sobre su flanco y las espantó con la cola.
Se hizo el silencio.
—Es un wub —explicó Peterson—. Se lo compré a un nativo por cincuenta centavos. Dijo que era un animal muy raro. Muy respetado.
—¿Esto? —Franco aguijoneó el inmenso flanco del wub—. ¡Si es un cerdo! ¡Un inmundo cerdo grande!
—Sí, señor, es un cerdo. Los nativos lo llaman wub.
—Un gran cerdo. Debe de pesar unos doscientos kilos.
Franco agarró un mechón del hirsuto pelo. El wub jadeó. Abrió sus ojos pequeños y húmedos, y su gran boca tembló.
Una lágrima se deslizó por la mejilla del animal y cayó al suelo.
—Tal vez sea comestible —dijo Peterson, nervioso.
—Pronta lo averiguaremos —respondió Franco.
El wub sobrevivió al despegue, profundamente dormido en el casco de la nave. Cuando ya estaban en el espacio y todo funcionaba con normalidad, el capitán Franco ordenó a sus hombres que subieran al wub para dilucidar qué clase de animal era.
El wub gruñó y resopló mientras ascendía a duras penas por el pasaje.
—Vamos —masculló Jones tirando de la cuerda.
El wub se retorcía y rozaba su piel contra las lisas paredes cromadas. Desembocó en la antecámara y cayó pesadamente al suelo. Los hombres se levantaron de un salto.
—¡Santo cielo! —exclamó French—. ¿Qué es eso?
—Peterson dice que es un wub —respondió Jones—. Es suyo.
Le dio una patada al wub, y el animal, jadeante, se puso en pie con grandes dificultades.
—¿Y ahora qué le pasa? —dijo French acercándose—. ¿Se va a poner enfermo?
Todos lo contemplaban. El wub puso los ojos en blanco y luego miró a los hombres que le rodeaban.
—Quizá tenga sed —aventuró Peterson.
Fue a buscar agua. French meneó la cabeza.
—Ya entiendo por qué tuvimos tantas dificultades para despegar. Me vi obligado a revisar todos mis cálculos de lastre.
Peterson volvió con el agua. El wub, agradecido, la lamió a grandes lengüetazos y salpicó a la tripulación.
El capitán Franco apareció en la puerta.
—Echémosle un vistazo. —Avanzó con mirada escrutadora—. ¿Lo compraste por cincuenta centavos?
—Sí, señor —dijo Peterson—. Come de todo. Le di cereales y le gustaron, y después patatas, forraje y las sobras de nuestra comida, y leche. Creo que le gusta comer. Una vez ha llenado el estómago, se echa a dormir.
—Entiendo. Bien, me gustaría saber cuál es su sabor. Creo que no conviene alimentarlo tanto, ya está bastante gordo. ¿Dónde está el cocinero? Que se presente al instante. Quiero averiguar…
El wub dejó de beber y miró al capitán.
—Le sugiero, capitán, que hablemos de otros asuntos —dijo el wub.
Un pesado silencio se abatió sobre la habitación.
—¿Quién dijo eso? —preguntó el capitán Franco.
—El wub, señor —dijo Peterson—. Habla.
Todos miraron al wub.
—¿Qué dijo? ¿Qué dijo?
—Sugirió que habláramos de otras cosas.
Franco se acercó al wub. Dio vueltas a su alrededor y lo examinó desde todos los ángulos. Luego volvió a reunirse con sus hombres.
—Tal vez haya un nativo en su interior —reflexionó en voz alta—. Tal vez deberíamos abrirlo y confirmarlo.
—¡Dios mío! —exclamó el wub—. ¿Sólo saben pensar en matar y trinchar?
—¡Salga de ahí! ¡Quienquiera que sea, salga! —gritó Franco con los puños apretados.
No se produjo el menor movimiento. Los hombres miraban al wub, pálidos y procurando mantenerse muy juntos. El wub agitó la cola y eructó.
—Perdón —se disculpó.
—Creo que no hay nadie dentro —susurró Jones.
Los hombres se miraron entre sí.
El cocinero entró.
—¿Me mandó llamar, capitán? ¿Qué es esto?
—Es un wub —dijo Franco—. Nos lo comeremos. ¿Por qué no lo mide y trata de…?
—Antes que nada, deberíamos hablar —interrumpió el wub—. Con su permiso, me gustaría discutir este asunto. Veo que no nos ponemos de acuerdo en algunos puntos fundamentales.
El capitán tardó un rato en contestar. El wub esperó pacientemente y aprovechó para secarse el agua de las mandíbulas.
—Vamos a mi despacho —dijo el capitán por fin.
Se giró y salió de la habitación. El wub se levantó y fue tras él. Los hombres lo siguieron con la mirada y oyeron como subía la escalera.
—Me gustaría saber cómo terminará todo esto —dijo el cocinero—. Bien, vuelvo a la cocina. Informadme de cualquier novedad.
—Claro —dijo Jones—. Claro.
El wub se dejó caer en un rincón con un suspiro.
—Le ruego me disculpe, pero me encantan todas las formas de descansar. Cuando se es tan grande como yo…
El capitán asintió con un gesto de impaciencia. Tomó asiento ante su escritorio y entrelazó las manos.
—Bien, empecemos de una vez. Es usted un wub, si no me equivoco.
—Creo que sí. Quiero decir que así es como nos llaman los nativos, aunque tenemos nuestra propia denominación.
—Habla nuestro idioma. ¿Estuvo en contacto con terrícolas anteriormente?
—No.
—Entonces. ¿cómo lo hace?
—¿Hablar su idioma? ¿Estoy hablando en su idioma? No soy consciente de hablar ninguna lengua en particular. Examiné su mente…
—¿Mi mente?
—Estudié los contenidos, en especial el depósito semántico, como yo lo llamo…
—Entiendo. Telepatía, claro.
—Somos una raza muy antigua. Muy antigua y voluminosa. Nos cuesta mucho desplazarnos. Como comprenderá, algo tan lento y pesado está a merced de formas más ágiles de vida. Consideramos que sería inútil basar nuestra supervivencia en la fuerza física. Demasiado pesados para correr, demasiado blandos para combatir, demasiado pacífico para cazar por diversión…
—¿Y de qué viven?
—Plantas, vegetales, comemos casi de todo. Somos tolerantes, liberales y eclécticos. Vivimos y dejamos vivir. Por eso hemos durado tanto. Y por eso me opuse con tanta vehemencia a ser introducido en una olla. Vi la imagen en su mente: la mayor parte de mi cuerpo en el congelador, otra en la olla, un pedacito para el gato…
—¿Así que lee la mente? —interrumpió el capitán—. Muy interesante. ¿Qué más? Quiero decir, ¿posee alguna otra capacidad semejante?
—Nada importante —respondió el wub distraído, paseando la mirada por la habitación—. Un bonito despacho, capitán, muy limpio. Respeto las formas de vida que aman la pulcritud. Algunas aves marcianas son muy aseadas: sacan los desperdicios del nido y luego barren.
—Fascinante, pero volviendo a lo que hablábamos…
—Desde luego. Usted habló de cocinarme. Según he oído, el sabor es agradable. Un poco grasos, pero tiernos. Pero ¿cómo lograremos establecer una relación perdurable entre su pueblo y el mío si persiste en actitudes tan bárbaras? ¿Comerme? Deberíamos discutir otras cuestiones: filosofía, arte…
—¡Filosofía! —exclamó el capitán poniéndose en pie—. Quizá le interese saber que el próximo mes apenas tendremos nada para comer, algunas provisiones se han echado a perder…
—Lo sé —asintió con la cabeza el wub—. Pero ¿no estaría más de acuerdo con sus principios democráticos que lo sorteáramos? Después de todo, la democracia consiste en proteger a las minorías de tales abusos. Si cada uno tiene derecho a votar…
El capitán caminó hacia la puerta.
—Está loco —rezongó.
Abrió la puerta. Abrió la boca.
Se quedó petrificado, con la boca abierta, la mirada perdida, los dedos aún sujetos al tirador.
El wub le miró. Luego salió de la habitación y pasó por delante del capitán. Se alejó por el corredor, absorto en sus pensamientos.
La habitación estaba en silencio.
—Como verá —dijo el wub— tenemos mitos comunes. Sus mentes albergan muchos símbolos mitológicos familiares: Ishtar, Ulises…
Peterson estaba sentado sin decir nada, con la vista fija en el suelo. Se removió en su silla.
—Siga —dijo—. Siga por favor.
—Su Ulises es una figura común a casi todas las razas autoconscientes. Desde mi punto de vista, Ulises vaga como un individuo consciente de sí como tal. Es la idea de la separación, la separación de la familia o del país. El proceso de individuación.
—Pero Ulises acaba por volver a casa. —Peterson miró por el ojo de buey las estrellas, las incontables estrellas que brillaban con intensidad en el universo vacío—. Al final, vuelve a casa.
—Como lo hacen todas las criaturas. El momento de la separación es un período transitorio, un breve viaje del alma. Tiene un principio y un fin. El viajero errante regresa a su país y a su raza…
La puerta se abrió. El wub se calló y volvió su gran cabeza.
El capitán Franco entró en la habitación seguido de sus hombres. Titubearon en el umbral.
—¿Te encuentras bien? —preguntó French.
—¿Te refieres a mí? —replicó Peterson, sorprendido—. ¿Por qué?
—Ven aquí —ordenó el capitán Franco empuñando una pistola—. Levántate y acércate.
Hubo un silencio.
—Adelante —dijo el wub—. No importa.
Peterson se puso en pie.
—¿Para qué?
—Es una orden.
Peterson se dirigió hacia la puerta. French le cogió del brazo.
—¿Qué pasa? —Peterson se soltó con un movimiento brusco—. ¿Qué os pasa a todos?
El capitán Franco avanzó hacia el wub. El wub le miró desde el rincón en donde estaba echado junto a la pared.
—Es interesante que siga obsesionado con la idea de comerme. Me pregunto la razón.
—Levántese —ordenó Franco.
—Si insiste… —El wub se levantó con un gruñido—. Tenga paciencia. Me cuesta mucho.
Logró ponerse en pie, jadeando y con la lengua fuera.
—Mátelo ya —dijo French.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Peterson.
Jones se giró hacia él con los ojos llenos de miedo.
—Tú no le viste… como una estatua con la boca abierta. Aún seguiría allí si no hubiéramos bajado.
—¿Quién? ¿El capitán? —preguntó Peterson— Pero si ya está bien.
Todos miraban al wub, parado en mitad de la habitación. Respiraba entrecortadamente.
—Vamos —dijo Franco—. Apártense.
Los hombres se apelotonaron en la puerta.
—Tiene miedo. ¿verdad? —habló el wub— ¿Qué le he hecho?. Me repugna la idea de lastimar a alguien. Sólo he intentado protegerme. ¿Esperaba que me precipitara alegremente hacia mi muerte? Soy un ser tan sensible como ustedes. Tenía curiosidad por ver su nave, por saber algo más sobre sus costumbres. Le sugerí al nativo…
La pistola osciló.
—¿Ven? —dijo Franco—. Ya me lo pensaba.
El wub se tiró al suelo, tembloroso. Estiró las patas y enrolló la cola.
—Hace mucho calor —dijo—. Debemos estar cerca de los motores. Energía atómica. Desde un punto de vista técnico han logrado cosas maravillosas, pero sus científicos no están preparados para resolver problemas morales, éticos…
Franco se volvió hacia los tripulantes, apiñados a su espalda, silenciosos y con los ojos abiertos de par en par.
—Yo lo haré. Pueden mirar, si quieren.
—Trate de darle en el cerebro —aprobó French—. No es comestible. No tire al pecho. Si la caja torácica revienta, tendremos que ir sacando los huesos.
—Escuchad —dijo Peterson lamiéndose los labios—. ¿Qué ha hecho? ¿Ha causado algún mal? Os estoy haciendo una pregunta. Y, además, es mío. No tenéis derecho a matarlo. No es vuestro.
Franco levantó la pistola.
—Yo me voy —dijo Jones, pálido y descompuesto—. No quiero verlo.
—Yo también —le imitó French.
Ambos salieron tropezando y murmurando. Peterson permaneció junto a la puerta.
—Me hablaba de los mitos —musitó—. Es incapaz de hacerle daño a nadie.
Se marchó.
Franco se acercó al wub. Éste levantó los ojos y tragó saliva.
—Qué locura —dijo—. Lamento que desee hacerlo. Recuerdo una parábola de su Salvador…
Se interrumpió y fijó la vista en la pistola.
—¿Será capaz de mirarme a los ojos cuando lo haga? ¿Será capaz?
—Desde luego. Allá en la granja teníamos cerdos, apestosos jabalíes. Claro que seré capaz.
Sin apartar la mirada de los ojos húmedos y brillantes del wub, apretó el gatillo.

El sabor era excelente.
Estaban sentados con semblante de tristeza alrededor de la mesa; algunos apenas comían. El único que parecía disfrutar del plato era el capitán Franco.
—¿Más? —preguntó—. ¿Más? ¿Un poco más de vino?
—Yo no —respondió French—. Vuelvo a la sala de control.
—Yo tampoco. —Jones se puso en pie y empujó la silla hacia atrás—. Nos veremos más tarde.
El capitán les vio marcharse. Algunos de los que quedaban también se excusaron.
—¿Qué les ocurre a todos? —preguntó el capitán a Peterson.
Éste permanecía sentado con la vista fija en el plato, en las patatas, en los guisantes y en el trozo de carne humeante y tierna.
Abrió la boca, pero no emitió ningún sonido.
El capitán apoyó la mano en el hombro de Peterson.
—Ahora es tan sólo materia orgánica. La esencia vital ha desaparecido. —Mojó un trozo de pan en la salsa—. Me gusta comer. Es uno de los grandes placeres de la vida. Comer, descansar, meditar, discutir de algunas cosas.
Peterson asintió con un gesto. Otros dos hombres se levantaron y se marcharon. El capitán bebió agua y suspiró.
—Bien, he de admitir que es una comida muy agradable. Todo lo que me habían dicho acerca del… sabor del wub era cierto. Exquisito. Aunque me advirtieron, hace tiempo, que no lo hiciera nunca.
Se secó los labios con la servilleta y se recostó en la silla. Peterson miraba la mesa con expresión de tristeza.
El capitán le observó atentamente. Luego se inclinó hacia adelante.
—Vamos, vamos, anímese. Hablemos de cualquier cosa.
Sonrió.
—Como decía antes de que me interrumpieran, el papel de Ulises en los mitos…
Peterson se levantó de un salto con los ojos bien abiertos.
—Como iba diciendo, Ulises, desde mi punto de vista…

Philip K. Dick nació en Chicago, EEUU, el 16 de diciembre de 1928 y falleció el 2 de marzo de 1982, y es uno de los escritores fundamentales de la (mal) llamada ciencia-ficción.