Luis Diego Fernández / Lysander Spooner. Anarquía americana

(Publicado en Perfil, 17.3.2013, perfil.com)

Piedra basal del anarquismo filosófico, la obra de Spooner compromete la existencia con su más alto cometido: vivir en pie de lucha contra el Estado

Spooner

La tradición anarquista es vasta, nutrida, compleja y sabia, así como exigua en el número de adscriptos a la causa. Es la historia de una pulsión, de un sentimiento y una razón (que no se combaten), a fin de cuentas, un temperamento que no quiere ni amo ni dios: un conflicto con la autoridad está en su gestación. Un linaje que desconoce del maestro, del vigía, de aquel que se apropia del lugar de decisión. Es, también, la historia de almas bellas que trasuntan cierta cuestión salvífica y hasta santa. Nada más lejos del anarquista que el cliché del violento “pone bombas”. Si bien existe esa ala dura y crítica acérrima, es una violencia transfigurada en vitalidad, pero allí está, encallada en sus ladridos de perro. Sin embargo, es a la inversa, es el ladrido bello y doloroso del puro, el amoroso, el libidinal, el que decide sobre su vida y su cuerpo. El anarquista es el que celebra la existencia, por ello no hace del racionalismo un culto inoxidable y normativo (aunque veamos sí un elogio de la razón, incluso de cierto rigor científico en muchos de sus postulados del siglo XIX); hay en ese enclave, en todo caso, una relación dialógica donde el cuerpo, el placer, la amistad y la emoción tienen un territorio propicio y cultivado, una zona que aspira a la bondad de la cercanía y no a la mácula de la abstracción de la norma que restringe el deseo. Es la zona agreste y furtiva, también tormentosa, allí donde el cuidado de sí, el naturismo, el vegetarianismo, el hedonismo, el nudismo, el amor libre y el ejercicio físico son elementos constantes y necesarios para empoderar la disciplina personal que nos libra de la dependencia burguesa y la doble moral hipócrita; pero, a la vez, nos abre al goce del momento, a la deliberación por cuenta propia, a través de la autogestión, el grupo de afinidad, el amor de camaradería y el mutualismo.

Lao Tsé, Epicuro y Zenón, el estoico, pueden ser pensados como el germen del pensamiento anarquista en la Antigüedad. Los filósofos cínicos, como Diógenes de Sínope, Hiparquia o Crates, también. Pero es más tarde, en el siglo XVI, con la figura referencial de Etienne de la Boétie, amigo de Michel de Montaigne, a través de ese opus de juventud titulado Discurso sobre la servidumbre voluntaria, que se hace carne una pregunta impropia y hasta difícil de formular: ¿por qué obedecemos? ¿Por qué somos siervos voluntarios? Respuesta de compleja expresión, en la Ilustración la figura de William Godwin será capital para comprender esta filiación que se expandirá por izquierda y por derecha. Por izquierda (críticos de la propiedad privada) serán los Proudhon, Fourier, Owen, Bakunin, Malatesta, Emma Goldman y Kropotkin quienes mejor encarnen la tradición del anarcocomunismo o anarcosindicalismo. Por derecha, será la tradición del anarcoindividualismo (no críticos de la propiedad privada) en la que surgirán nombres como Stirner, Nietzsche, Thoreau, Tucker, Emile Armand y el propio Lysander Spooner, al que haremos referencia. Estas dos grandes líneas del anarquismo (la comunista y la individualista) serán ricas, especialmente el tronco del anarquismo individualista que oficiará de viga maestra, a su vez, con ramificaciones no menos potentes, como el anarcocapitalismo (Rothbard, Friedman, Konkin o Karl Hess) y el anarquismo feminista (Voltairine de Cleyre y Wendy McEllroy, entre otras).

Posteriormente, a mediados del siglo XX, a caballo de la contracultura, los beatniks, el hippismo, mayo del ’68, el rock y la estetización de la forma de vida, aparecerán esquirlas libertarias, a raíz de la fibra anarquizante de la denominada “nueva izquierda” de Foucault, Deleuze, Guattari, Schérer, Vaneigem (leyendo a Nietzsche desde la igualdad). A comienzos del siglo XXI, la presencia de Michel Onfray da cuenta de una lógica, una actitud y un modo de acción libertaria en el presente, con la forma de microrresistencias a la derecha y la izquierda simultáneas; algo que algunos darán en llamar posanarquismo, o también neolibertarismo, ya que el Estado no será el mal absoluto y el voto se podrá ejercer con búsquedas coyunturales y pragmáticas.

El tronco del anarquismo individualista, como dijimos, es fuerte. Crítico de la servidumbre voluntaria, también puede verse como un núcleo o germen que impactó colateralmente en el liberalismo. Anarquismo y liberalismo se tocan en el anarquismo individualista. Al no poner en cuestión la propiedad privada, es el comienzo o, en todo caso, nos permite ver las incrustaciones libertarias en lo liberal. Una figura heterodoxa y singular como el economista Murray N. Rothbard plantea su libertarianismo (anarcocapitalismo) contra cuatro focos: el imperio, el impuesto, el monopolio y el militarismo. El credo del libertarianismo, apoyado en el principio de no agresión, será central en las libertades civiles y, sobre todo, en los llamados “crímenes sin víctimas”, es decir, la propiedad sobre el cuerpo de uno mismo: pornografía, perversiones, prostitución, drogas, etc. Es el derecho absoluto sobre el cuerpo propio, sobre los recursos naturales y la posibilidad del intercambio libre de bienes y servicios. En definitiva, libertad personal y de empresa. En ese sentido, es que vuelve a surgir en el horizonte una figura como la de Lysander Spooner; pensador que resulta capital para comprender cómo el anarquismo individualista permitió el enriquecimiento conceptual del liberalismo desde estas gemas anarquistas, y arribar a expresiones como el liberalismo libertario.

Lysander Spooner (1808-1887) fue un abogado, teórico legal, abolicionista, anarcoindividualista, empresario, y uno de los filósofos políticos estadounidenses más olvidados de la historia. Su historia es digna de una novela: ejerció el derecho sin contar con un permiso estatal, al considerarlo, por su propia cuenta, una traba libre al contrato entre personas. En 1840 desafió al gobierno de los Estados Unidos abriendo su propia empresa de correo para competir contra el monopolio estatal, la cual fue expulsada del mercado por leyes proteccionistas. En 1845 publicó un ensayo condenando la esclavitud y, posteriormente, otro texto defendiendo el derecho de los esclavos a la fuga. En 1867 se editó parcialmente Sin traición, que hoy es posible leer en español gracias a la editorial libertaria Innisfree. Sin traición fue un texto proyectado por Spooner articulado en seis ensayos, de los cuales sólo vieron la luz el número uno y el seis. La obra de Spooner tiene impacto por un hecho altamente significativo: demostrar que no hay traición alguna al actuar contra una entidad –el gobierno, el Estado– a la que no se le debe lealtad. La crítica de Spooner apunta a algo mayor: la denuncia de la Constitución misma de los Estados Unidos, descalificando su posibilidad de obligar a las personas sin su consentimiento. El pensador anarquista creía que un gobierno sólo podría ser legítimo si se basaba en la voluntad total de los individuos que celebran un contrato entre ellos. La crítica, en el fondo, iba hacia el esquema contractualista del Estado, algo que toda la tradición anarquista vociferó como mentira: la representatividad política como falacia.

Spooner es un pensador que emula a Nietzsche en su uso del martillo filosófico, célebre es su comparación del gobierno con un bandolero: “La realidad es que el gobierno, como un bandolero, le dice a un hombre: tu dinero o tu vida. Y muchos, si no la mayoría de los impuestos, son pagados bajo la compulsión de amenaza. El bandolero toma únicamente sobre sí la responsabilidad, el peligro y el crimen de su propio actuar”. Las lecturas de Spooner comenzaron a influir con mayor claridad en la década del 60, y en estos años se reivindica su figura afiliándolo al anarquismo de libre mercado, aunque nunca se expresó explícitamente en este sentido. Lo que sí resulta a todas luces evidente es la demoledora crítica al Leviatán de Thomas Hobbes desde un voluntarismo extremo. En ese sentido, la visión spooneriana quizá peque de cierta ingenuidad o radicalismo inviable en el presente, pero aporta argumentos más que sostenibles en relación con la actitud micropolítica del anarquismo individualista, que parece renovarse.

Repasar algunas citas de Spooner es una magnífica forma de dar cuenta de las raíces de la tradición del anarquismo individualista de las que hablamos, por ejemplo: “La cuestión de la traición es distinta de la esclavitud; y es la misma que hubiera sido, si Estados libres, en lugar de Estados esclavos, se hubieran separado”; más adelante: “¿Qué implica, entonces, que un gobierno se base en el consentimiento? Si se dice que el consentimiento de la parte más fuerte es una nación, es todo lo que se necesita para justificar el establecimiento de un gobierno que ha de tener autoridad sobre la parte más débil, se puede responder que los gobiernos más despóticos se han basado en ese mismo principio, a saber: el consentimiento de la parte más fuerte”. El rasgo del individualismo filosofal de Spooner se advierte en este fragmento: “Fue, entonces, como individuos, y sólo como individuos, cada uno actuando por sí mismo solamente, que declararon su consentimiento –es decir, su consentimiento individual, ya que cada uno podría consentir solamente por sí mismo”. Y más adelante: “La palabra lealtad deriva de las palabras latinas ad y ligo, que significa ligar a. Así, un hombre bajo lealtad a un gobierno es un hombre ligado a él; u obligado a darle apoyo y fidelidad. Y los gobiernos, fundados de otra manera que no sea el consentimiento, sostienen que toda persona nacida en sus territorios les debe lealtad; es decir, está obligada a darles apoyo, fidelidad y obediencia; y es traidora si los resiste. La Constitución ciertamente supone que el crimen de traición puede ser cometido solamente por el hombre, como individuo”.

El radicalismo del filósofo estadounidense suele darse cita en su visión del Estado como ladrón, así lo postula: “El bandolero toma únicamente sobre sí la responsabilidad, el peligro y el crimen de su propio actuar. El no pretende tener ningún derecho legítimo sobre tu dinero, no finge tener la intención de usarlo para el beneficio de su víctima”. En algún aspecto, la aspiración ácrata de filósofos como Spooner, hoy rescatados, revela la tentativa o la vuelta de ciertos discursos libertarios otrora olvidados. No es un signo menor sino, por el contrario, abre la esperanza de que relecturas permitan expandir esos caminos hacia esferas de mayor eficacia. Cuando el mundo parece cuestionar la propia estructura de los gobiernos representativos y republicanos, no es casual que la tradición libertaria, y en especial del anarcoindividualismo, tome vigor nuevamente. El orden voluntario que propugna Lysander Spooner seguramente sea imposible en un plano macro; efectivamente, como todo anarquista sabe que se trata de una batalla ética, cultural y pedagógica, antes que política, y la historia demuestra las minorías santas y benévolas. Por ello mismo nos otorga herramientas contra la dominación, al decir de Michel Foucault. Pinzas que entrelazan dimensiones aún a ser revisitadas con alegría.

*

Estaciones anarquistas

Lao Tsé, Epicuro, Zenón y los filósofos cínicos como Diógenes y Crates pueden ser pensados como el germen del pensamiento anarquista en la Antigüedad de Oriente y Occidente.

La figura de Etienne de la Boétie, amigo de Michel de Montaigne, en el siglo XVI publica su obra Discurso sobre la servidumbre voluntaria: dispara la pulsión y la idea del no ser gobernado.

William Godwin, a comienzos del siglo XIX, será clave para comprender el anarquismo que se expandirá como reguero de pólvora tanto por izquierda como por derecha.

La tradición del anarcoindividualismo propiamente dicho (no críticos de la propiedad privada) tendrá sus grandes exponentes durante el siglo XIX: Max Stirner, Friedrich Nietzsche, Henry David Thoreau, Benjamin Tucker, Emile Armand y Lysander Spooner.

El anarquismo individualista oficiará de viga maestra, en el siglo XX, de movimientos como el anarcocapitalismo, con pensadores centrales como Murray Rothbard, David Friedman, Samuel Konkin o Karl Hess.

A caballo de la contracultura, mayo del ’68 y el rock, aparecerán esquierlas libertarias de la denominada “nueva izquierda” con los llamados filósofos del deseo que leen a Nietzsche desde el igualitarismo: Michel Foucault, Gilles Deleuze, Félix Guattari, René Schérer o Raoul Vaneigem.

Michel Onfray, a fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, plantea una actitud y un modo de acción libertaria en el presente, que llama posanarquismo, con microrresistencias a la derecha y la izquierdas simultáneas.

Luis Diego Fernández / El regreso libertino (La explotación genital en la maquinaria cultural)

(Publicado en Perfil, 15.7.2012, perfil.com)

El libertinismo de antaño, ahora devenido género pornográfico, alimenta la matriz de un fenómeno occidental inacabable.

Lecturas

Lecturas. De Filosofía en el tocador, del marqués de Sade, a Cincuenta sombras de Grey, de E.L. James, un abanico literario dedicado a las pasiones de la carne.

“He nacido para el libertinaje. Soy un animal anfibio; amo todo, me divierto con todo, quiero reunir todos los géneros, ¿no es una extravagancia querer conocer a este ser singular?” D.A.F., Marqués de Sade

Lo explícito no puede ser más mostrado hoy: paradoja impúdica. De allí la pregunta que deberíamos formularnos es: ¿dónde está lo verdaderamente explícito en materia sexual? Signos: a comienzos de este año la productora Pol-ka lanzó la serie Condicionados en el prime time de Canal 13, tomando como eje la historia de un director de cine pornográfico vernáculo y decadente, y su mundo heterodoxo en clave familiar y costumbrista. Otro paso más en este mapa de sentido es el auge editorial del libro Cincuenta sombras de Grey, de la escritora británica que firma bajo el seudónimo de E.L. James: éxito rotundo que incorpora en una trama “romántica” elementos de erotismo sadomasoquista inéditos para un best seller clásico, bien escrito y que no sale de las características prototípicas. En este sentido, algunos críticos han dado en llamar mummy porn a este tipo de literatura comercial con rastros pornográficos que practica James: algo así como ensamblar descripciones de sexo explícito en un marco de novela rosa tradicional.

Que la pornografía es mainstream desde hace tiempo no es novedad; las cifras hablan: una industria que se estima que mueve más de 13.000 millones de dólares al año. Un territorio colosal y sistematizado: desde estilos y estéticas diversas, más o menos hardcore, hasta un star system consolidado y marcado por estrellas singulares –desde Linda Lovelace y Traci Lords, a Jenna Jameson, Belladonna, Nina Hartley y la reciente Sasha Grey–, muchas de ellas con libros editados, en los cuales reflexionan casi como intelectuales específicas sobre su oficio y sus prácticas. Ahora bien, ¿qué podemos inferir de todo este arsenal significante? A veces el dato no aporta un indicador conclusivo y tajante, pero hay que ser ciego para no ver que la pornografía, y el discurso libertino implícito en torno a ella, ya forma parte de la cultura popular, hasta permitirnos llegar a articular una expresión tal como “porno para mamis” (cuando en verdad el porno se escondía de las mamis).

Porno viene de porné, en griego, la grafía de la prostituta: son historias de putas. La porné es la grafo de la puta que en la antigüedad griega y latina ha sido central y compañera de hombres notables: de Pericles a Epicuro (ambos vivían con meretrices), de las damas ligeras del travestido Arístipo de Cirene al poeta latino Horacio, que frecuentaba casas de placer. El grafo de la puta narraba esas historias de burdeles a los cuales asistían los políticos, guerreros e intelectuales de nota. La puta (hoy representada en la pornostar), en algún sentido ha devenido el emblema y el símbolo (en la última década) de la mujer libertaria y cultivada, que reivindicaba en los tiempos antiguos su territorio de autonomía por fuera de la familia: una forma de feminismo. Desde las Venus paleolíticas graficadas con falos prominentes hasta la exhibición de la cocina del cine pornográfico en series en horarios centrales de televisión y best sellers con elementos sádicos para mamás, parece que asistimos a una suerte de oleaje que coloca al linaje libertino, del cual la pornografía es depositaria, en un sitio insólito pero siempre perecedero. Si, como Michel Foucault bien señaló, la era victoriana, lejos del puritanismo, fue la eclosión del discurso libertino y de las sexualidades polimorfas y heréticas (por fuera de la mera cópula reproductiva heterosexual), hoy estos discursos darían cuenta de un regreso avant la lettre. Como sea, la historia de la filosofía libertina es extensa y apasionante, y su continuidad la vemos en la pornografía triunfante de estos tiempos, cuando las madres compran novelas sadomasoquistas y las actrices porno tienen pretensiones intelectuales.

El término “libertino” adviene de libertinus, palabra usada en latín para denominar al “esclavo liberado por su amo”, emancipado. Posteriormente, Juan Calvino la emplea (en 1545) para referirse a “herejes que piensan libremente y niegan el pecado”. A partir de allí se la usa en sentido peyorativo como impío, incrédulo, ateo, licencioso, desvergonzado o lujurioso. El modelo de libertino aparece en escena a partir de la figura literaria de Don Juan, de Tirso de Molina –luego reciclada múltiples veces en Byron, Molière y otros–. Aunque algunos remitan a Giacomo Casanova, lo propio es que éste iba de cacería y no hacía un elogio del sexo tarifado, como suele ser evidente en el libertinismo más orgulloso: la actitud de Casanova, en rigor, es la de un amante compulsivo, no la de un libertino como Sade. Más sexual y menos esteticista que el dandy, el libertino es un antecedente del playboy que creara Hugh Hefner en el siglo XX. Para el libertino la razón es el cuerpo, y todo aquello que vaya contra o normativice sus pulsiones, instintos y deseos es negado e inmoral.

A grandes rasgos, podemos denominar filosofía libertina al pensamiento que va desde la muerte de Michel de Montaigne en 1592 al deceso de Baruch Spinoza en 1677. Es una vertiente del pensamiento barroco que luego se extiende en los ultras de la Ilustración con el caso de Sade en el siglo XVIII. La filosofía libertina es de inspiración montaigneana, es decir, los Ensayos son el disparador de su desarrollo y fundan su visión de mundo. A riesgo de resultar forzados pero claros, podemos hablar de dos formas de libertinismo: el libertino erudito, es también llamado “librepensador” y “epicúreo”, como Pierre Gassendi, y, por otra parte, el libertino de costumbres, el disoluto en prácticas sexuales, como el Marqués de Sade. Sin embargo, la separación de ambos es menor ya que todos, en algún sentido, pertenecen a las dos categorías. El libertino erudito suele ser libertino sexual.

Tanto Cyrano de Bergerac, Julien Offray de la Mettrie, como D.A.F. Marqués de Sade marcan el lineamiento de este pensamiento: los tres racionalistas, de costumbres sexuales disolutas, moralmente inmanentes, aristócratas y en gran medida narcisistas. El mito donjuanesco está en ellos. Poco se sabe de Cyrano de Bergerac. Nació en 1619 en Toulouse y padeció una “enfermedad secreta”, que todo indica que fue sífilis. Las fuentes no marcan si fue homosexual o bisexual –lo segundo es más probable, como casi todo libertino–. En 1655 murió porque una viga se cayó en su cabeza, y nos legó un año antes sus Cartas satíricas y amorosas como expresión de su pluma. La mejor definición de Cyrano es libertario, siempre decía para despedir a sus amigos: “Pensad en vivir con libertad”.

La Mettrie fue una suerte de Sócrates en Hipócrates. Sufre un síncope cardíaco y a partir de allí toma el ideario de Epicuro y Montaigne como sus filosofías de cabecera. ¿Cuál es su ideal? La voluptuosidad construida bajo la razón. El arte de gozar obedece a la voluntad. Muere por indigestión de faisán y trufas a los 45 años. Sus grandes placeres eran las prostitutas, actrices de burlesque, la pintura, el teatro, la conversación, la galantería, el vino y la mesa. La filosofía de La Mettrie, expresada en el Discurso sobre la felicidad (1748), tiende a aceptar lo que la naturaleza nos ofrece sin remordimientos. La Mettrie desarrolla un auténtico hedonismo donde la voluptuosidad es asunto del corazón y el exceso es placer sin disfrute. Una moral de la felicidad individual, del instinto, que rechaza las convenciones sociales.

El Marqués de Sade estudió con los jesuitas. Su vida (1740-1814) no hay que verla como un espejo en el que inspiró sus obras lujuriosas y criminales. Si bien su existencia fue excesiva, no tuvo una relación directa con la apología de la destrucción a la que han llegado algunos de sus textos más extraordinarios. Sade era aristócrata y ateo, y fue despreciado por Napoleón, que ordenó su arresto por depravación, luego de calificar a Justine como un texto abominable. Quizá lo más importante de su aporte filosófico sea el concepto de “isolismo” y sus reflexiones dialogadas encarnadas en la figura del filósofo libertino y sodomita Dolmancé, protagonista de La filosofía en el tocador (1795), su texto más conceptual. Para Sade es claro: el hombre es corporalidad material pura, un fragmento incapaz de comunicarse con los demás. Una mónada solitaria. Por ello, existen dos tipos: los fuertes, amos, y los débiles, esclavos. Los primeros sojuzgan a los débiles. Lo interesante de Sade habrá sido introducir la reflexión sobre el sexo en la filosofía. El proyecto de Sade es de un egoísmo integral: el placer es la única ley a la que obedecer. Y siempre se debe elegir lo que el deseo reclama sin tener en cuenta las consecuencias en el otro. La libertad será la de someter a cualquiera bajo los deseos de uno. Contra el pacto social, Sade propone una sociedad libertina secreta –el Castillo de Silling en la Selva Negra, epicentro de Los 120 días de Sodoma–, donde el lema será: “probar todo para no estar a merced de nada”. Esta perfecta autonomía del libertino sadiano se acerca, aunque parezca extraño, a una suerte de neoestoicismo moderno. El hombre sadiano está solo y lo acepta; su energía sexual (libido) desbordante implica su singularidad. El libertinismo de Sade, en algún sentido, conlleva un arte de vivir, ya que si bien la lujuria no tiene límite, sí tiene orden. El código de Sade es la condición para el goce desenfrenado. Si bien en su vida tuvo excesos y transgresiones –prácticas homosexuales, fetichistas, etc.–, las pasiones de Sade fueron la escritura –su profusa y grafómana obra así lo prueba–, los paseos y las mujeres ligeras del teatro. Su influjo en el siglo XX es evidente en grandes mentes: desde Pierre Klossowski a Georges Bataille y Michel Foucault.

El libertino argentino, al igual que el libertino europeo, está atravesado por las mismas obsesiones: el alcohol, las mujeres ligeras (la prostituta de piringundines y tanguerías, pero también la vedette de revista o el travesti), el dandismo lumpen y cierto hedonismo neobarroco. Resulta indudable que existe un claro libertinismo en la vida de Domingo Faustino Sarmiento: su vida orgiástica, tal como testimonia en los registros de gastos de su viaje balzaciano, como diría David Viñas –allí leemos “orjía” (sí, con j)–. Pero también estas esquirlas pornográficas aparecen en las obras de Barón Biza, Lascano Tegui y, desde luego, en Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher y Copi. Todo ello trasunto en escrituras libidinales que rompen el corset del género: autores degenerados y transversales.

En alguna medida, las variaciones de la categoría libertina se resignifican y actualizan en el siglo XX en la literatura de Osvaldo Lamborghini, en particular en su obra final inacabada titulada Teatro proletario de Cámara (1982-1985): apogeo de imágenes pornográficas de revistas no exentas de cierto refinamiento en sus intervenciones. En Lamborghini no hay sexo sin violencia y abuso de poder. Son relaciones inescindibles. Siguiendo a Foucault en el Prefacio a la transgresión, podemos decir que la categoría de transgresión implica dos cuestiones: la sexual, la anomalía de los cuerpos, y, por otra parte, la discursiva, de la flexión de la lengua, la incorporación o contaminación de lo plebeyo, vulgar, soez, en el marco de la jerga filosófica o psicoanalítica. Transgredir, en este sentido, es profanar o pervertir, esto es: desactivar un viejo uso para generar nuevos. La transgresión es una categoría estética en Lamborghini. Esa matriz ya está en El Fiord: una revolución política y pornográfica: pornopolítica. Todos los personajes de Lamborghini son pedazos de carne (“carne social”) movidos por la única dirección posible: la pulsión. Por fuera de valores o instituciones, el decir mismo está desestabilizado por lo sexual.

Si lo transgresivo propio de todo discurso libertino hoy está corrido, tenemos que avanzar hacia otros territorios: eso ya lo muestran las producciones del cine pornográfico más extremas –donde se ve desde transexualidad hasta bondage–: la relación heterosexual tradicional mostrada de forma explícita ya no aporta nada a esa carga de lo explícito: cuando se corre la línea, sólo queda bajar y bajar, y el discurso del libertinismo que encalla en el género pornográfico avanza en esa política libertaria hacia variantes que destruyen todo tipo de “monosexualismo”. Quizá lo libertino siempre haya requerido esa instancia de corrimiento permanente hasta llegar a lo no dicho, hasta que, efectivamente, es mencionado y mostrado, y asimilado en el mercado dominante. Si lo aceptado es lo explícito, lo transgresor deberá bucear una vez más. Ya lo dijo Paul Valéry: “lo más profundo es la piel”. Las combinaciones revelan su potencia, y el pudor siempre reclama no ser reconocido.

*

Orgías de la  patria

Sarmiento fue un libertino sexual, un hombre del siglo XIX –además, un dandy, flaneur y bon vivant, como testimonia en sus viajes con profusos gastos en vestimenta y gastronomía–. A sus ya citadas orgías parisinas, hay que agregar su intención de “violar” a Mariquita Sánchez –de la que era muy buen amigo–. Sarmiento describe la erección que padeció al charlar y verla, y que tuvo que ocultar simulando mirar un cuadro. Su visión escéptica del matrimonio es lógica: “se apaga con la posesión”, le señala en una carta a un primo en 1843. Sin embargo, Sarmiento se casó con la chilena Benita Martínez y tuvo dos hijos. Pero su gran amor fue Aurelia Vélez Sarsfield.

En algún sentido, Palermo, como barrio libertino de principios del siglo XXI, modifica el principio sarmientino, y dice: “barbarie en la civilización”. No hay dicotomías ni exclusiones. Lo “bárbaro” del exceso, del instinto, se da en lo “civilizatorio” porteño y específicamente palermitano. Es interesante pensar entonces en la variación del territorio hedónico en la ciudad: la pata enófila/gastrónomica y del espectáculo; los bosques, delimitan la zona roja de travestis y del “negocio del deseo”.

*

Osvaldo Lamborghini: libertinaje y pornopolítica

En abril de 1985 escribe Osvaldo Lamborghini una carta desde Barcelona, donde residía, en la que señala lo siguiente: “me puse un tallercito para pintar todo el material porno que consumo. Es eclesial. Las caras bestcelestiales de las mujeres gozando, ardiendo en technicolor –mal impreso en España–, es decir, impreso por Goya: chorreando de la vulva sobre el peligro (pene) amarillo. Delicias expresionistas. Los artistas del género ya lo están despreciando”. Sobre esta obra inconclusa señaló Ricardo Strafacce: “Los textos del Teatro Proletario de Cámara reproducían, de otra manera, la receta (política y pornografía) de El Fiord. El resultado, sin embargo, distaba del brillo de aquel texto inaugural y la puesta en página de aquellas digresiones políticas precedidas, sucedidas o interrumpidas por el desparpajo multicolor de penes, vaginas, nalgas, pechos, bocas, manos e incluso pies en todas las combinaciones imaginables revelaba que la explicitación plástica del deseo (o del “sexo sin objeto y sin objetivo”) era demasiada compacta (las muchachas de las fotografías eran, en general, bellísimas; los hombres, apetitosos)”.

La literatura de Osvaldo Lamborghini puede ser grotesca, un género imposible, una subversión del lenguaje y una perversión textual. La identidad se reduce a puro cuerpo: mutante y fuera de género. Cuerpo transexual. Cuerpos anómalos, fuera de ley. De allí, entonces, la expresión pornopolítica. Lo libertino en clave local viene de esta impresión política.

* * *

Luis Diego Fernández nació en Buenos Aires en 1976.

- Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires), especializado en filosofía contemporánea y estética. Ensayista.

- Ha dictado seminarios y conferencias en Universidades y en Instituciones: Posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, Universidad ESEADE, Centro Cultural de España en Buenos Aires, Colegio de Abogados de Necochea, Fundación Internacional Jorge Luis Borges, Escuela Argentina de Sommeliers, Centro de Estudios Contemporáneos y en el Campus Virtual de la Asociación de Pensamiento Penal, con el aval de la Universidad Nacional del Comahue. Desde hace 5 años dicta cursos privados en librerías y espacios culturales.

- Es autor del ensayo Furia & Clase (Paradoxia, 2009). Ideó, editó, prologó y coordinó laAntología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2012).

- Trabajó durante 10 años continuos en editoriales líderes de la industria editorial argentina e hispanoamericana (Yenny/El Ateneo, Gedisa y Random House Mondadori), de la cual tiene un amplio conocimiento.

- Colabora desde hace 8 años con los siguientes medios: Revista Ñ de Clarín, Diario Perfil, Revista El ojo mocho, Revista Brando, Revista Gata Flora, Revista Menú, Guía Cultural La Celeste (Uruguay), Revista virtual Cibertronic de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

- En 2010 fundó y dirige EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos y charlas.

- Es creador de la Cata de Ideas, un evento que tiene la finalidad de acercar la filosofía a un público mayor.

(De ar.linkedin.com/in/luisdiegofernandez)

Su blog es ldflounge.blogspot.com.ar

Luis Diego Fernández / Poética libertaria. La experiencia inagotable

(Publicado en Perfil, 1.7.2012)

Los beatniks fueron el primer movimiento cultural surgido enteramente en los Estados Unidos. Una nueva reedición de La generación beat, de Bruce Cook, permite volver sobre la vida y la obra de estos filósofos del desenfado.

‘America, I’ve given you all and now I’m nothing’. 
Allen Ginsberg

Los llamados escritores beats no fueron, como se dice a veces con pretensión y rapidez, de modo impropio, los padres de los hippies; tal vez, en rigor, éstos fueron efectos colaterales de lo que allí se cocinó, y que ellos capitalizaron. Si los primeros eran urbanos, jazzeros, negros wannabe, alcohólicos, finos, lúmpenes, feroces y sexualmente voraces, los segundos se abrieron al suburbio y lo comunal que el beat nunca se permitió por su individualismo búdico y acerado: su pétrea consistencia, la supuesta violencia y carga explícita erótica que les asestaban y se adosaba a sus textos, como el inspirador y emocional poema Aullido. La historia de este germen tiene un arranque impávido: Jack Kerouac conoce a Allen Ginsberg y William Burroughs en 1944 en Nueva York, y esa fecha iniciática, como todo azar, marca ese reborde literario. En 1969 Kerouac muere en Florida, víctima del alcoholismo. Año del festival de Woodstock: la paradoja, siempre lógica, da cuenta de una muerte y un nacimiento simultáneo. Adiós a los beatniks, bienvenido el hippismo.

La generación beat (reeditado ahora por Ariel), primera crónica editada sobre el tema en 1971 por Bruce Cook, no es un libro menor, pero tampoco es un texto significativo en su aporte en el plano de las ideas. Otros grandes analistas de la estética y ética beatnik, como Fernanda Pivano o Emanuele Bevilacqua, son más agudos y conceptuales en este aspecto, sin olvidar la propia maestría del viejo ojo obsceno y libertario de Henry Miller, que atisbó como pocos ese devenir. Pero el libro de Cook no sólo tiene el mérito de haber pensado al calor reciente (sólo dos años después de la muerte de Kerouac, santo patrono) sino cierta capacidad para desplegar un improvisado (qué mejor) arsenal sociológico, filosófico y medular de lo que subyace en este sentido. Cook observa a los beatniks como quienes realmente conservaron y resignificaron el legado de la gran tradición literaria norteamericana. Como todo vanguardista, lo hicieron sin saberlo, sin programa, sin darse cuenta, al margen y reescribiendo el pasado con desenfado.

Para Cook resulta claro: los beatniks se oponían al canon literario de su época que los despreciaba, ninguneaba y tildaba de anti-intelectuales; acusación hilarante, tal vez pocos escritores más hiperintelectuales y sistemáticos que Kerouac o Ginsberg, ni mencionar a Burroughs (un caldero hard boiled). El asunto es brutal: los beats se oponían tanto al elitismo académico del denominado New Criticism de los principales campus como al populismo de la Partisan Review (políticamente, marxistas). Estando equidistantes de la academia sectaria y el marxismo populista (dentro de ciertos límites), los beatniks golpeaban (y eran golpeados): el beat del ritmo, la calle y el puñetazo. Filósofos del martillo, su rebeldía implicaba un evidente talento para sobrevivir que luego se tornó en un claro requisito de cierta sabiduría de la que hoy gozan los viejos aún vivos como Lawrence Ferlinghetti (creador de la librería y editorial icónica City Lights) o Gary Snyder (conferencista zen). Ridiculizados, copiados y descalificados, lo cierto es que, como marca Cook, los beatniks buscaron deliberadamente esa antipatía de los círculos del poder literario y universitario. El deseo por hablar con honestidad y franqueza (pero amables), a la vez que su mordacidad hacia el conformismo social, llevaba en sí una crítica inapelable a los valores suburbanos y corporativos del american way of life que les vendieron luego de salir victoriosos de una guerra,  y como potencia. Los beatniks eran, tal como señaló Norman Mailer (el único intelectual prestigioso en bancar su aventura en el momento), los “negros” de la literatura. Algo propiciado y requerido: ser negros, lo contracultural.

Si el grito beatnik sólo se hubiese establecido como un mero ladrido, poco estaría diciendo hoy día. Esa actitud de perro cínico se apoyaba en la tradición norteamericana de la protesta. Palabra poco analizada, lejos de ser pasiva, protesta es “hablar a favor”. Y los beatniks hablaron a favor del derecho a sentirse diferentes. Esa tradición de la protesta, del individuo contra la comunidad normalizadora se ajusta a un linaje (quizá, el linaje) de la literatura y la filosofía de los Estados Unidos. Resulta claro: Allen Ginsberg se pensó Walt Whitman (poeta, místico, homosexual y panteísta), Gary Snyder se imaginó Henry David Thoreau (anarquista, ecologista y zen), y el propio Jack Kerouac no quiso sino verse a sí mismo como una cruza de Mark Twain y Jack London: el camino y lo salvaje, lo viril desbocado como expresión del deseo. El padre del trascendentalismo norteamericano, el pensador Ralph Waldo Emerson, colocó bajo todos ellos un manto de sapiencia que no sólo conllevó a una serendipia (ese accidente fortuito) sino a un programa conspicuo. Podemos sumar otros referentes sólidos en el camino: el poeta William Carlos Williams y Herman Melville no se quedarían afuera.

Partir de la propia experiencia vital para escribir es el comienzo de todo lo beatnik. Escribir sólo desde la experiencia, nada de remisiones librescas ni saltos de puntos y comas o mera sustancia bibliográfica. Alguna vez Michel Foucault dijo que todos su libros venían de una experiencia (con radicalidad evidente), lo mismo podemos hacer brotar de textos como Aullido de Allen Ginsberg, En el camino de Jack Kerouac o El almuerzo desnudo de William Burroughs. Experiencia no sólo contada sino buscada. Después de todo, como le dice Kerouac a Cook, “éramos sólo un puñado de hombres buscando experiencias sexuales”. Simple y ausente de retórica, un beatnik buscaba experiencias de índole sexual, pero no sólo genital. Esa literatura libidinal impregna todo: la carretera, el alcohol, la marihuana, la benzedrina, las mujeres negras, los yonquis, las barbas, la meditación zen, los solos musicales, el orgasmo y la velocidad escrituraria.

No dejan de ser soprendente las descripciones de Bruce Cook de las metrópolis –Nueva York y San Francisco– como epicentros del deseo. Barrios como el East Village y North Beach, espacios conquistados como Venice Beach en Los Angeles y, a posteriori, enclaves como Haight Ashbury en San Francisco (barrio primero delincuencial y luego hippie). ¿Por qué San Francisco monopoliza? Quizá porque fue la única ciudad de los Estados Unidos no colonizada por el puritanismo del Oeste y lo caballero y mórbido del Sur (de Faulkner, por ejemplo). Frisco Bay fue un territorio emergido de la mano de buscadores oro, prostitutas, marinos desclasados por anormales (gays), tahúres, magos, tramposos y malandras. Ese espacio de libertad se constituyó como el sector más natural para asentar el viejo anarquismo pacificista que los beatniks propugnaban. Un hedonismo libertario radical que no era ni comunismo ni socialismo. Kerouac mismo era políticamente un conservador (franco-católico) que llegó a afirmar que votaría por Dwight D. Eisenhower. El beat no fue “apolítico” sino anarquista individualista (hoy llamaríamos libertario). Esa resistencia pasiva y sabia emanaba de una coolness que se mostraba como espacio de fuerza insólita e insolencia con sustancia. Fue el propio Norman Mailer con The White Negro (1957) quien testimonió lo que dio en llamar “hipster”: existencialistas urbanos, levemente sartreanos, filósofos bajos, del deseo y la calle, que tomaban como referentes a toxicómanos como Herbert Huncke, ícono y secuaz de Bill Burroughs en el Lower East Side, de profesión yonqui.

Habrá que decirlo: los beatniks fueron el primer movimiento literario (a duras penas lo fue) surgido enteramente en los Estados Unidos de América. Sus precuelas (el trascendentalismo del XIX, de Emerson y Thoreau) fueron deudores de alquimias europeas y asiáticas. Los beatniks encarnaron la voz de protesta desde el interior de la nación vencedora de la Segunda Guerra Mundial. Algo prototípico de los Estados Unidos: siempre las voces más duras y feroces emergen desde su riñón, no del exterior: desde Malcom X a Noam Chomsky, de Thoreau a Unabomber. Los críticos más furibundos de los valores de la pulcritud, puritanismo y trabajo, salen de las entrañas de esta máquina (algo que también vio con lucidez Jean Francois Revel). Esa voz de la disidencia, este clamor libertario, pareciera ser siempre un anticuerpo que el propio país emana como forma de extirpar o abrirse paso hacia otra fuga, no prevista. La evasión al control y la codificación del deseo que señala Gilles Deleuze en El Antiedipo.

La filosofía beatnik, podemos insinuar desde el testimonio de Bruce Cook, tenía una mirada enmarcada en la rebeldía pero anclada en la tradición de la protesta individual contra el elitismo, a la vez que el populismo literario le daba a la experiencia, el deseo y el cuerpo un punto inaugural, manifestaba un anarquismo pacificista, inducía a ir contra la moral productiva, y echaba raíces en reescribir la tradición más fuerte de los Estados Unidos. Pocos escritores más representativos de lo norteamericano que Kerouac, Ginsberg, Burroughs, Snyder, Corso, Cassady, Di Prima o su abuelo espiritual, Norman Mailer. Y no dejemos de lado esa novela anticipatoria como Go de John Clellon Holmes (1952). Todos escritores que colocan su principio en lo fisiológico del pensamiento y el trance físico: ni razón ni racionalidad, pero tampoco inconsciente. Esas fuentes son transparentes:  Nietzsche, el freudomarxismo –Reich y Marcuse–, y el budismo zen –su recepción en Estados Unidos a través de DT Suzuki y la Black Mountain College de Nueva York. Algo que luego continuaría en eventos como Mayo del ’68.

La filosofía que subyace en los beatniks, como algo lógico de su política del rebelde, consiste en decir no, en su espíritu de oposición a la “mecanización”, sea ésta marxista, capitalista o psicoanalítica. El beat rechaza el modo de vida estandarizado y propone un modelo alternativo que se basa en ampliar los límites de la percepción y en la crítica de la economía del ahorro y el ideal ascético. El beat valora más que nada la libertad individual, nada se coloca por encima de ella. El deseo de vivir en libertad, con velocidad y sin ser manipulado. El lirismo y la voluntad exagerada de creer en algo o en sí mismo, hacen del beat un enemigo del cinismo, la mentira y el resentimiento –el pop es cínico y el punk es resentido. Su violencia evidenciada a veces es producto de la fuerza vital, del golpe como celebración o el exceso en los placeres como forma de afirmación radical de la existencia. El latido de la búsqueda del beat, los lleva a cierta sabiduría fisiológica: zen. El budismo parte de la inmanencia, de los sentidos, del deseo, de la piel y la percepción. No hay culpa ni pecado, en todo caso hay dolor, que debemos extirpar siendo estrictamente precisos con el deseo necesario. La poética beatnik no es dadaísmo –no buscan destruir superestructuras–, ni expresionismo –no buscan criticar la inmoralidad política–, ni surrealismo –no pretenden destruir la supremacía del consciente por el inconsciente–, ni tampoco existencialismo –no pretenden ir contra la norma a favor de un imperativo categórico. Los beatniks tienen tres enemigos claros: Freud, Marx y Einstein. Van contra la normalización del inconsciente del psicoanálisis, contra la mecanización productiva y colectivista del marxismo y contra la bomba atómica einsteiniana. Será el cuerpo y no el intelecto el territorio desde el cual “hablan”, y “escriben”: la vida es la fuente de inspiración. La experiencia es todo. Vida es cuerpo: carne, sangre y semen. Los beatniks hacen un himno a la intensidad de la vida y el hedonismo: las experiencias sexuales diversas y la experimentalidad de la existencia; pero vida como realidad física. Jack Kerouac escribe con excitación, con prisa, como un orgasmo. La prosa beatnik –de Kerouac en particular– se sustenta en una realidad biológica. Es claro: la prosa beat va contra la representación racionalista, por ello el fluir.

Quizá, como ha señalado Ginsberg, los beatniks le dieron todo a Norteamérica y no recibieron nada a cambio. Tal vez no. Su semilla caló hondo. Si bien el principio filosofal de lo beat aparece, sus acólitos preservan y perseveran en mantener ciertos nombres en alto. Si los años 70 vieron emerger al hippismo como vida alternativa, los 80 trajeron la revolución conservadora, los pensadores neo-conservadores, el sida y el fin del sueño. El pop ocupó su espacio, el cinismo se estableció en el centro de la escena, y otras figuras, Warhol por caso, lograron sintetizar ese tiempo pero le dieron generosidad. Nada parecería más descabellado y, tal vez, necesario hoy que lo beat o su analogía pictórica encarnada en Jackson Pollock: el maestro del expresionismo abstracto, macho, mujeriego, amante de putas, semental, jazzero, alcohólico y pendenciero junto al gay afeminado, casi virginial, amante de divas de plástico y carteles de neón de Warhol. Sí: el pop fue la reversión de lo beatnik de cuajo: su canto de cisne. El pop, y el cinismo marketinero que le siguió, nos quitó (¿por siempre?) la pulsión libertaria y contracultural de los beatniks, los místicos zen de California y el jazz titánico de heroinómanos  –aunque Andy los cobijó en la Factory, incluso a sus herederos, como Lou Reed, hijo bastardo de Bill Burroughs. El desarrollo nos puede llevar hasta Patti Smith, lo ciberpunk y la forma que tomó hoy cierto ideario beat. Pero no hay que pensar ese territorio como lo más fiel (aunque Lady Gaga trafique con lucidez, sin que muchos se den cuenta, ideas idénticas). Para el beat todo venía del cuerpo como piedra angular. Una visión beat correcta consiste en volver a ese principio fisiológico, ni virtual ni hiperreal, sólo cuerpo, carne, orgasmo y libertad. Esa vuelta a la anomalía, ser fieles con lo infiel, para su mandato es un legado más noble, y existe y se ve, ya no con extremos buscados de modo desfasado (allí estaban rodeados y ahogados) como en los años 50 y 60, sino a través de cierta sabiduría epicúrea, serenidad celebrada, de un mantenerse al margen pero participar del ágora y reivindicar ese espacio de autarquía, desde un individualismo comunitario. El golpe sigue siendo tan intransigente como perceptible. El último Allen Ginsberg, antes de morir en 1997, fue eso: un viejo sabio, venerado, dulce, amable y respetado como la voz de América. Nada quedaba ya de su violencia espasmódica de joven. El, que se pensó Walt Whitman, lo fue. Justicia poética.

*

Del orgasmo al dripping

Los beatniks tienen tres grandes fuentes intelectuales de las cuales se embeben:  el llamado freudo-marxismo, con autores como Wilhelm Reich y Herbert Marcuse –que planteaba que la represión del instinto sexual funda toda neurosis, algo que exponen en sus libros La función del orgasmo y Eros y civilización, ambos citados copiosamente por Kerouac y Ginsberg–,  el jazz, en tanto lenguaje musical como libre fluir de la mente: improvisación espontánea y el tomar aliento entre cada frase, pero también el slang, dialecto negro y la jerga del gueto, y, por último, el anarquismo político, pero no como movimiento, sino como mero individualismo libertario, como expresión de la subjetividad personal.

Para los beatniks la vida comienza de modo hostil y extraña: el presente liberado de lo espacio-temporal y evidenciado en la escritura y el pensamiento beat tiene cuatro disparadores: 1) el orgasmo (sexo), 2) la meditación (el zen), 3) la improvisación pasional (el jazz), 4) los paraísos artificiales (alcohol y drogas). El beat busca producir una realidad en el instante de la liberación: el momento de la escritura adviene de allí. Es una escritura con fundamentos fisiológicos, con el orgasmo como motor. En algún sentido, símil a los dandis del siglo XIX: Baudelaire también hacía un culto de los paraísos artificiales –opio, hachís, vino–, y, al igual que Kerouac, tenía una amante negra, como Mardou Fox, presente en Los subterráneos. Resulta claro: la escritura automatizada de Keroauc o el cut-up de Burroughs es lo mismo que el dripping de Jackson Pollock en el expresionismo abstracto o los iconmensurables solos de saxo de John Coltrane o Charlie Parker.

*

Perdidos y golpeados

Hay que ubicar temporalmente lo que se llamó “generación beat” –que, en rigor, nunca existió como movimiento orgánico con un manifiesto, así como las vanguardias históricas de principios de siglo XX–: esto es, en la segunda posguerra (1945-1960). La década del 50 fue el momento dorado del ideario beat. A diferencia de la llamada Lost Generation –de los años 20, la primera posguerra–, con figuras como Francis Scott Fitzgerald, los beats se desmarcan radicalmente de su desidia e indolencia. Los perdidos estaban mucho más matrizados por la locura, el desamparo y el psicoanálisis. Los escritores de la primera posguerra no creían ni querían creer en nada; los beatniks tenían sólo avidez de creer y apostar.

Es posible dividir a los intelectuales beatniks en dos bandos: los beats calientes –de la East Coast, que escuchaban hot jazz– y los beats fríos –de la West Coast, que escuchaban cool jazz–, estos últimos a veces similares a los que se dieron en llamar new dadá: vestidos completamente de negro. Algunos que se podrían ubicar dentro de ellos como primos y filosóficamente en el mismo lugar son artistas como John Cage, Merce Cunningham o Robert Rauschenberg. Los beats californianos estaban atravesados más por esa atmósfera  lírica que luego terminó por impregnar a toda la sensibilidad del movimiento, pero no hay que olvidar que el humo, el metal y el polvo de Nueva York está en los orígenes de todo.

* * *

Luis Diego Fernández nació en Buenos Aires en 1976.

- Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires), especializado en filosofía contemporánea y estética. Ensayista.

- Ha dictado seminarios y conferencias en Universidades y en Instituciones: Posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, Universidad ESEADE, Centro Cultural de España en Buenos Aires, Colegio de Abogados de Necochea, Fundación Internacional Jorge Luis Borges, Escuela Argentina de Sommeliers, Centro de Estudios Contemporáneos y en el Campus Virtual de la Asociación de Pensamiento Penal, con el aval de la Universidad Nacional del Comahue. Desde hace 5 años dicta cursos privados en librerías y espacios culturales.

- Es autor del ensayo Furia & Clase (Paradoxia, 2009). Ideó, editó, prologó y coordinó laAntología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2012).

- Trabajó durante 10 años continuos en editoriales líderes de la industria editorial argentina e hispanoamericana (Yenny/El Ateneo, Gedisa y Random House Mondadori), de la cual tiene un amplio conocimiento.

- Colabora desde hace 8 años con los siguientes medios: Revista Ñ de Clarín, Diario Perfil, Revista El ojo mocho, Revista Brando, Revista Gata Flora, Revista Menú, Guía Cultural La Celeste (Uruguay), Revista virtual Cibertronic de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

- En 2010 fundó y dirige EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos y charlas.

- Es creador de la Cata de Ideas, un evento que tiene la finalidad de acercar la filosofía a un público mayor.

(De ar.linkedin.com/in/luisdiegofernandez)

Su blog es ldflounge.blogspot.com.ar

Luis Diego Fernández / Herbert Spencer. El germen ácrata de Borges

(Publicado en Perfil, 2.9.2012)

Se publica en el país El hombre contra el Estado, del filósofo británico Herbert Spencer, un libro prácticamente inhallable en castellano, medular en la concepción anarquista de Jorge Luis Borges. Para el escritor argentino, el Estado opera como una suerte de entelequia que disciplina y obliga a mentir. Según su visión, el político es quien mejor viste el disfraz hipócrita.

Positivista cientifico. De formación autodidacta, Spencer está considerado como uno de los fieles promotores del darwinismo social en Inglaterra.

Quizá la palabra clave sea escepticismo. Cito: “Mis convicciones en materia política son harto conocidas; me he afiliado al Partido Conservador, lo cual es una forma de escepticismo, y nadie me ha tildado de comunista, de nacionalista, de antisemita, de partidario de Hormiga Negra o de Rosas. Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos. No he disimulado nunca mis opiniones, ni siquiera en los años arduos, pero no he permitido que interfieran en mi obra literaria”, escribe Jorge Luis Borges en el prólogo de El informe de Brodie (1970). Interrogar por el pensamiento político borgeano no es laberíntico ni una empresa condenada al dejo irónico, ni mucho menos requiere menospreciar o minimizar su peso en su obra ficcional o poética (donde hay notorias huellas de una auténtica filosofía política). La clave es lo escéptico que señala el propio Borges. Esa no creencia, hoy más que nunca, va a contrapelo. Tal vez Borges escribió en momentos donde muchos creían (de un lado o del otro) en políticas transformadoras y movimientistas; Borges, no. Pero la pregunta de Borges iba más allá de las decisiones políticas y, desde luego, de la mera práctica política coyuntural a la que consideraba un ejercicio de la mentira y la corrupción sistemática, así lo dice desde diferentes intervenciones públicas, por caso, en las conversaciones con Roberto Alifano tituladas El humor de Borges: “La profesión de los políticos es mentir. El caso de un rey es distinto; un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no; un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias”. Otra alusión, en sus diálogos con Ernesto Sabato (compilados por Orlando Barone): “No. En primer lugar (los políticos) no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad. Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga. En el caso de un discurso político, los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa”. Un diagnóstico claro, el de Borges: el político, en rigor, es un sometido, un esclavo, la interfaz de una mecánica de la hipocresía, la doble moral y el resentimiento (categoría nuclear en Martínez Estrada).

Según la lectura borgeana, el poder, y específicamente el Estado, opera como una suerte de entelequia y elefante normativo que disciplina y obliga, por obliteración u omisión, a mentir y a la cortesía fingida, al acto enmascarador y el disfraz deliberado. En este sentido, aquí se pone en evidencia la fibra anarquista borgeana. La cuestión de la “vida falsa” es algo prototípico de la protesta de todo discurso anarquista, sea éste por izquierda y comunitarista (Bakunin, Proudhon) o por derecha e individualista (Thoreau, Martínez Estrada, Onfray). La crítica política borgeana descansa en lo falaz, de allí la mirada pirrónica, la sonrisa que opera como demolición y desarma el entramado. La risa de Borges frente al poder estatal es la de Demócrito o el pedido imperativo de Diógenes a Alejandro Magno: “Córrete porque me tapas el sol”. Algo de esta pulsión libertaria encontrará Borges, de modo inevitable, en el texto del filósofo inglés Herbert Spencer que se reedita (vía la editorial libertaria Innisfree), cuyo título es El hombre contra el Estado –publicado en 1884.

Es usual reconocer la autodefinición borgeana como “anarquista spenceriano”. Lo cierto es que la lectura de ese texto fue un golpe y una dirección, pero su padre, Jorge Guillermo Borges, no sólo le transfirió la ceguera sino el anarquismo de Herbert Spencer. Para ser estrictos, la filosofía spenceriana esgrimida en El hombre contra el Estado parte de un precepto muy claro y sencillo: nadie debe ser forzado a cooperar con otros individuos bajo ninguna circunstancia; toda forma de cooperación debe ser voluntaria –sentando las bases del principio de no agresión. Toda intervención del Estado sobre el individuo común, a los ojos de Spencer, era considerada inmoral. La única coerción aceptada, en este sentido, reposaba en la obligación de hacer cumplir los contratos entre pares iguales. Formado por cuatro ensayos, El hombre contra el Estado se constituye en la piedra basal del liberalismo británico y el antecedente más potente del anarcocapitalismo norteamericano del siglo XX. Algunos críticos han visto en Spencer cierto darwinismo social al desmantelar toda pretensión de imponer la solidaridad “a punta de pistola”. Quizá la aniquilación más fuerte por parte de Spencer reposa en la victimización de todo colectivismo a fin de otorgar mayor grado de acción al individuo y el emprendimiento.

La genética ácrata hace que el propio Borges expanda su visión en materia política en las entrevistas con Vicente Zito Lema o en la célebre, televisada innumerables veces (1980), con Joaquín Soler Serrano, donde señala: “Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los Estados”. La definición merece ser explicitada, máxime en su coyuntura. El discurso libertario de Borges era pacifista (lejano, desde luego, de incendiarios como Errico Malatesta o Severino di Giovanni), allí puede entrar la figura de “anarquista de derecha” (¿habría otra expresión posible en 1980? ¿Y hoy?). En estos tiempos, es posible arriesgar que esa posición borgeana encuentre opciones en el discurso del liberalismo libertario del siglo XX, recreado a través de pensadores como Friedrich A. von Hayek, Ludwig von Mises o Robert Nozick, en el anarcocapitalismo de Murray Rothbard, o quizá mediante la expresión contracultural del posanarquismo de Michel Onfray (que no está en contra de la propiedad privada y aboga por espacios de microrresistencia).

Borges comprendía perfectamente la cuestión semántica sobre el anarquismo, vale decir, ausencia de arché (fundamento, en griego), y cuya búsqueda muy lejos está del desorden o el caos. En ese sentido, al emplear esa categoría política, el escritor expresaba su rechazo a la autoridad y a ser gobernado. Un anarquista, en los hechos, es alguien que se gobierna a sí mismo y que se niega a servir, así ya lo vemos en la raíz de El discurso sobre la servidumbre voluntaria, de Etienne de la Boétie, texto del siglo XVI, piedra inaugural del libertarismo. Un anarquista es alguien extremadamente responsable, sistemático y riguroso consigo mismo: la ausencia de patrón, dominador, amo y dios lo pone como un individuo solar, piedra angular del mundo, que se da su propia forma, un cristal que debe transmutar esas figuras dentro de sí. Y esto en Borges resulta una afirmación de evidencia palmaria. Lo cual no quita que su pensamiento haya pasado por ciertos clivajes en materia política: desde la composición de aquellos poemas que integrarían un libro nunca editado, titulado Los salmos rojos, donde se da cuenta de una época bolchevique, de un comunismo pacifista, leído en clave de hermandad universal, de cuño whitmaniano.

Sin embargo, este humanismo que inspiró a Borges desaparece hacia 1920, tal como dice una carta a Maurice Abramowicz, fechada el 12 de enero de 1920: “Soy de tu opinión en lo concerniente al bolcheviquismo. Es una sucia chusma de arribistas que arribarán y harán de la vida una vileza moral mediocre y monótona”. Del mismo modo, también se puede detectar un breve destello “yrigoyenista” en sus poemas de El cuaderno San Martín (1929), donde ejerce un fraseo más criollista (típico del caudillo radical) como puerta para luego partir hacia la dimensión universalista. Finalmente, se afirmará su posición anarquista, y su afiliación, ya citada, al Partido Conservador como gesto de desencanto de la política partidaria, democrática y representativa.

La pregunta por la política borgeana debería ser realizada, tal vez, y hoy más que nunca, por resultar a contracorriente y extemporánea; una cifra más que necesaria de volver a ser pensada con rigor y seriedad. A veces desechada con rapidez excesiva, lo cual revela cierta pereza intelectual para problematizar algo por fuera de la superficie. Esta cuestión implica, además, una pregunta a posteriori en relación con la noción de libre albedrío, para lo cual es más que destacable el artículo del economista Martín Krause –titulado “La filosofía política de Jorge Luis Borges”–, donde se analiza en detalle este tema. Borges, que era escéptico en materia política y agnóstico en términos religiosos, también era un maestro de la sospecha con respecto al libre albedrío. De todos modos, si bien dudaba, lo cierto es que aquello no implicaba caer en el determinismo. Su postura podría expresarse de la siguiente forma: el hombre no tiene entidad por fuera de las relaciones causa-efecto; está determinado, pero le resulta imposible conocer las causas de tal determinación. Este argumento es una constante en el universo ficcional borgeano, particularmente en cuentos como El sur o El jardín de senderos que se bifurcan. El destino cifrado, la determinación evidente, opaca siempre el causante de las acciones finales, de la muerte, de la valentía o la cobardía. El agnosticismo en esta materia le da coherencia a la tesis: quizá Dios sí exista, pero nunca lo sabremos.

El spencerismo de Borges (que también lo fue de Sarmiento, así lo testimonia el libro de su lecho de muerte en el Paraguay) se permite ver, de nuevo, en este diálogo con Osvaldo Ferrari: “Para mí, el Estado es el enemigo común ahora; yo querría –eso lo he dicho muchas veces– un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero quizá sea preciso esperar no sé si algunos decenios o algunos siglos –lo cual históricamente no es nada–, aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética y, además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir”. En la afirmación borgeana se ponen en juego dos valores anarquistas irrenunciables: conducta y conocimiento. Pocos movimientos menos antiintelectuales y prointelectuales que el libertario: política del libro, la biblioteca y el estudio que colocaba la ignorancia de los pueblos como un enemigo igual de rapaz que el Estado. Todo anarquismo señala lo mismo: no hay cambio posible sin erradicación de la ignorancia, verdadero factor causante de la dependencia. Este es el problema, entonces, que también señala Borges; por ende, la biblioteca como solución; la educación, la formación personal y sin fin. Materia siempre bien comprendida por todos los grandes pensadores libertarios argentinos, como Martínez Estrada o Juan José Sebreli, ejemplos descomunales del autodidactismo.

La filosofía política pone a Borges a contracorriente, y cumple el rol del aguafiestas, de quien señala el muerto en el placar y aviva a los dormidos de la inocencia perdida: un Estado engordado o bulímico y la inmensa mayoría que espera aun salvar sus ropas a partir de su teta. Pero el anarquismo borgeano revela algo más hondo y complejo que no todos vieron, o no quieren mostrar por ignorancia o conveniencia, así lo dice en Evaristo Carriego: “El argentino hallaría su símbolo en el gaucho y no en el militar, porque el valor cifrado en aquél por las tradiciones orales no está al servicio de una causa y es puro. El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano”. Este individualismo argentino que marca Borges, y va de suyo con el gaucho y el malevo como modelos de rebeldía, dice más bien algo del problema de la articulación de lo colectivo y del populismo que de la ciudadanía: la opción de la filosofía política borgeana tiene hilachas a ser repensadas e incrustadas con la contundencia de una marca con antecedentes. Si la política argentina del siglo XIX se escribió desde la figura del libro y los presidentes intelectuales, Lugones representó esa imposibilidad en el siglo XX al intentar revivir un sarmientismo imposible. Borges, y también Martínez Estrada, alcanzaron a ver que esa empresa estaba condenada al fracaso: “Alpargatas, sí; libros, no”. El intelectual se aleja de lo público y construye su fortaleza, su jardín epicúreo, su mito personal. En esta amalgama que se solidificó durante años, podemos detectar esquirlas del anarquismo borgeano como una forma de resistencia, que aparece con más virulencia en momentos en que el Estado adquiere dimensiones desaforadas y peligrosas. Espacio que hoy está vacante. Casillero del intelectual privado: aguijón que no por pequeño es débil, si no recordemos que El Aleph se encontraba en una casa de la calle Garay.

*

Contra lo utópico: de Borges a Foucault

Las palabras y las cosas (1966), como señala Michel Foucault en la primera línea: “Nació de un texto de Borges”. Ese texto es El idioma analítico de John Wilkins (Otras Inquisiciones, 1960). Lo que Foucault vio en Borges fue su clasificación en la Enciclopedia china de un bestiario fabuloso, con categorías antinormativas tales como: animales embalsamados, animales dibujados por pincel de camello, etc. Lo que Foucault descubre ahí es el germen del concepto de “episteme” a partir de la pregunta: ¿qué es imposible pensar? y por lo tanto, ¿qué es posible pensar? Frente a la visión utópica, Foucault descubre en la heterotopía borgeana un espacio de categorías que inquietan, rompen los lugares comunes y la sintaxis esperable. En este aspecto, es completamente lógica esta filiación que Foucault encuentra en Borges: ninguno fue un pensador utópico, más bien su cara opuesta. Frente a la utopía (el no lugar político), lo que el filósofo francés encuentra en la heterotopía borgeana es el cruce y la resistencia a la norma, clave de su filosofía.

*

Cosmopolitismo

Jorge Luis Borges publicó diez libros de ensayo (considerando en este género también su último texto editado titulado Atlas, en coautoría con María Kodama, de 1985), en los que, en gran medida, queda evidenciada su reflexión respecto de la lengua (español rioplatense), y el movimiento hacia la figura y rol del escritor argentino con la tradición occidental –viendo allí una decisión no sólo estética sino claramente política–, la consideración de la filosofía como un género literario más (su preferencia por los pensadores ingleses y alemanes, o Spinoza), y también sus expresiones, que constituyen su verdadera filosofía política libertaria. Es posible arriesgar que la estética y política de Borges permearon de cosmopolitismo lo local, rasgo porteño por antonomasia.

En El idioma de los argentinos (1928), el autor señala ya esta tensión entre el español del criollismo impostado y sainetero, y por otro lado el español castizo. En la operación borgeana, el argentino es una lengua que reclama toda la tradición occidental para sí desde la periferia, evadiendo un argentinismo ex profeso; cito: “La argentinidad debería ser mucho más que una supresión o que un espectáculo. Debería ser una vocación”.

* * *

Luis Diego Fernández nació en Buenos Aires en 1976.

- Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires), especializado en filosofía contemporánea y estética. Ensayista.

- Ha dictado seminarios y conferencias en Universidades y en Instituciones: Posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, Universidad ESEADE, Centro Cultural de España en Buenos Aires, Colegio de Abogados de Necochea, Fundación Internacional Jorge Luis Borges, Escuela Argentina de Sommeliers, Centro de Estudios Contemporáneos y en el Campus Virtual de la Asociación de Pensamiento Penal, con el aval de la Universidad Nacional del Comahue. Desde hace 5 años dicta cursos privados en librerías y espacios culturales.

- Es autor del ensayo Furia & Clase (Paradoxia, 2009). Ideó, editó, prologó y coordinó la Antología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2012).

- Trabajó durante 10 años continuos en editoriales líderes de la industria editorial argentina e hispanoamericana (Yenny/El Ateneo, Gedisa y Random House Mondadori), de la cual tiene un amplio conocimiento.

- Colabora desde hace 8 años con los siguientes medios: Revista Ñ de Clarín, Diario Perfil, Revista El ojo mocho, Revista Brando, Revista Gata Flora, Revista Menú, Guía Cultural La Celeste (Uruguay), Revista virtual Cibertronic de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

- En 2010 fundó y dirige EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos y charlas.

- Es creador de la Cata de Ideas, un evento que tiene la finalidad de acercar la filosofía a un público mayor.

(De ar.linkedin.com/in/luisdiegofernandez)

Su blog es ldflounge.blogspot.com.ar

Luis Diego Fernández / Filosofía solar (Ocio, retiro y pensamiento)

(Publicado en Perfil, 5.2.2012)

Decía Marco Aurelio: “Concédete un retiro y recupérate”. La filosofía supo cavilar desde sus orígenes acerca de estos tiempos de calendario estival. Hay que vivir las vacaciones regidos por la moderación y el equilibrio en la sana distribución de los placeres. Y recuperarse.

No es muy atrevido, sino timorato, comenzar por etimologías, pero la filosofía las tiene como fontana o escaleta amiga, que alimenta, narra y ordena –valga esa dirección–su timón de ideas arremolinadas; ahora sí: la palabra vacaciones deriva de vacans, participio del verbo vacare en latín, esto es, estar libre, desocupado, vacante (igual que un puesto de trabajo). Se supone, y la suposición siempre permite observar una veracidad dudosa, que en ese tiempo “vacante” los individuos dispongan de sus horas con tanta libertad como autarquía. Claramente, ese estado ausente es condición de posibilidad de algo impensado o quizá pensado hacia otros lugares impropios. La filosofía no de modo mastodóntico –ni mucho menos académico– pensó estos tiempos de calendario estival o bien de ocio, de retiro, como solía llamárseles en el helenismo. Una buena forma de cavilar al inicio es de la mano de Epícteto, filósofo y esclavo liberto romano del siglo I –y pater estoico del emperador Marco Aurelio– que afirmaba: “Nada en exceso”. Esta sentencia tímida, lacónica y contundente revela la actitud ante el vivir de las vacaciones regido por la moderación y el equilibrio en la sana distribución de los placeres. El conocerse a uno mismo del que hablaban los griegos (gnothi seauton) siempre estuvo vinculado con la inquietud de sí (epimeleia heautou) en el tiempo de ocio y el retiro. Ambas nociones instaban a los hombres griegos libres a ocuparse de ellos mismos mediante acciones concretas, a través de ejercicios espirituales y físicos.

La inquietud de sí griega es objeto de reflexión de Michel Foucault en el curso del College de France de 1981-1982 y en los tomos finales de su Historia de la sexualidad (1984). El filósofo francés lo ve con nitidez: para los griegos era una condición indispensable ocuparse de uno mismo en el tiempo vacante con la intención de poder gobernar o ejercer algún tipo de poder sobre los demás. Estos ejercicios terapéuticos apuntaban a saciarse con uno sin esperar mucho de la vida. El cultivo de sí se torna una forma determinada de vivir relacionada con el ocio (otium). Séneca señala a Lucilio que el retiro se debía buscar interiormente y no por la mera movilidad hacia espacios que se suponen más pacíficos –costas, playas, montes, montañas, lagos o ríos: “¿De qué aprovecha buscar un retiro? ¡Cómo si más allá de los mares no nos acosaran los motivos de preocupación! ¿Qué descanso hay en la vida tan protegido y sublimado al que no atemorice con frecuencia el dolor? En cualquier rincón que te retires los males humanos te asaltarán a gritos”–. Esa exhortación severa del filósofo hispano –de Córdoba– convoca, entonces, a la utilidad del pensamiento en este período de remanso. Del mismo modo, para el emperador-filósofo Marco Aurelio los retiros playeros o montañeses no son sino una búsqueda de orden interior. De allí que califique de vulgares a quienes van tras el mero escape exterior cuando, en rigor, pueden hacerlo en el momento que lo deseen vía su meditación. En ese sentido, el emperador destaca la primacía del retiro interno en detrimento de la mera movilidad externa: nos quita la idea de que toda vacación es de por sí un viaje. Esa búsqueda o sentido del “retirarse” se dirige en procura de la tranquilidad del alma: relax, diríamos hoy. Lo que en un comienzo era una huida de los males o el estrés de las ocupaciones –precisamente, la negación del ocio: negotium–, debe tornarse una enseñanza para aprender a vivir en la tolerancia de los errores no buscados de nuestras familias, compañeros, amigos o parejas. Es claro: para el estoicismo romano –Epícteto, Séneca, Marco Aurelio– las vacaciones o el retiro tendrían una finalidad práctica, más allá del mero descanso improductivo o larvario. Las vacaciones funcionarían como un ensayo de “quince días” sobre un existir distinguido o estilizado: una posibilidad de viraje de una forma de vivir a otra.

Así como la Antigüedad piensa –expresión algo forzada, la época integral movilizada– el retiro vacacional como forma de ocio cultivado, etapa o posibilidad de reflexión interior y transformación del sí, la Modernidad lo ve más como una expresión de balances, recuperos o incluso de tiempo disponible para una mutación del self. Tres ejemplos: Montaigne, Schopenhauer y Nietzsche. El ensayismo montaigneano deja en claro que el siglo XVI pone una piedra fundacional en relación con el retiro desde otro ángulo: el yo. Renacentista, el pensador de Bourdeaux coloca su foco reconcentrado –cual vino de la región– en el sosiego personal: “Cuando últimamente me retiré a mi casa, resuelto, mientras pudiera, a no ocuparme más que en pasar en reposo y apartado lo poco que me quedará de vida, parecióme que no podía hacer a mi espíritu mayor favor que dejarlo divertirse, sólo en plena ociosidad, sosegándose y deteniéndose en sí mismo”. El tiempo de ocio, para el pensamiento moderno, es una predisposición hacia “otro lado”, o bien nos empuja hacia algo más que implica cierta voluntad.

Arthur Schopenhauer es una fija si hablamos de voluntad; los silogismos de la amargura del misántropo germano dejan claro que la fortaleza no será ya la mera inteligencia ociosa sino cierta aptitud para poder disfrutar del espacio vacante: “El simple ocio, es decir la inteligencia desocupada al servicio de la voluntad, no basta; para eso es preciso un excedente de fuerza positiva que nos haga aptos”. Aptitud y actitud, en este caso, van de la mano con cierta reticencia y forzamiento. Es Friedrich Nietzsche, como se torna habitual en materias epidérmicas y fisiológicas, quien pone las cosas en su lugar. ¿Qué cosas? Las ínfimas, las no pensadas ni pesadas, las no rasgadas por ese panzer que es el racionalismo metafísico alemán –Wolff, Leibniz, pero también Kant, Hegel–, tan indigesto como su gastronomía, del que despotrica cual Condottiere al mando de su infame ejército. En Ecce Homo: “Estas cosas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo– son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado importante”. Lo medular del pensamiento nietzscheano requiere pensar el espacio del retiro, el ocio y sus derivados –cocina, bebidas, tiempo libre, etc.– como una “toma de posición” filosófica: inversión de la metafísica, platonismo, nihilismo. Esto será lo importante, y ya. Lo involuntario es que el espacio vacacional no consiste, lejos de ello está, en anular o limpiar nuestras ideas, sino en generarlas. Una nietzscheana muscular: en la lírica de la canción Holiday, Madonna esboza algo de esta petición: “Took some time to celebrate/ Just one day out of life/ It would be, it would be so nice”. Un día “fuera de la vida”, expresión expulsora que nos quiere arrancar de lo estacional (estival) para llevarnos de modo temerario a lo “nuevo”. Efectivamente, las vacaciones son territorio de lo “novedoso”, como señalaba allá por 1983. No tanta celebración aunque la existe, sino reconversión o reinvención. Las vacaciones en la Modernidad, nuestros tiempos hoy, parecen verse como “energía” o “cargar pilas”, formas tangenciales de un upgrade.

Se puede traer al recorrido ensayado dos miradas locales: la primera, naturalmente, de Domingo Faustino Sarmiento, quien descubrió el Delta del Tigre cuando era director general de escuelas, lo llamó la “Venecia de América” y construyó su casa La Prócida –hoy museo– sobre el río que lleva su nombre. El pensamiento sarmientino inventa, literalmente, la idea de “vacaciones” en las pampas: un receso de la actividad política. Moderno, bon vivant, libertino y dandi, Sarmiento hizo caso omiso de sus tiempos vacacionales con tanta vehemencia como estética. El siglo XX trae una reflexión fuerte en clave freudomarxista a través del concepto de “ocio represivo” desarrollado por Juan José Sebreli a fines de los años 60 en su libro Mar del Plata, el ocio represivo. Derivado de la teoría de la “desublimación represiva” de Herbert Marcuse, la supuesta “liberación sexual” no es más que la sexualidad restringida al sexo genital. Así marca el razonamiento sebreliano en el capítulo XIII titulado “El mito de las vacaciones”: “La imperiosa necesidad de las vacaciones en las clases medias asalariadas y en la clase obrera de las sociedades industriales responde a una auténtica necesidad de liberación, lo cual no quiere decir de ningún modo que esas vacaciones sean en realidad una auténtica liberación”. Quizá las vacaciones en el mundo contemporáneo son tan fáciles de perder como de asignar, porque se ha borrado ese muro tan notorio entre tiempo laboral y tiempo de descanso. Todo simula y parece ser ambos de modo simultáneo, tecnología mediante. El trabajo, dijo Marx, es la “esencia” del hombre, algo que Foucault desmarcó con tino: si éste es la “esencia” es porque estamos obligados a trabajar y a descansar –las vacaciones–. No hay esencialismos sino construcciones de matrices y de conductas: necesidades contingentes y de poder. Tal vez valga la pena traer la idea que el filósofo italiano Giorgio Agamben ha pensado en torno a “potencia de no”, esto es, la posibilidad latente siempre de “no actualizar” lo que podríamos hacer, pero no. Las vacaciones pueden verse como una potencia que se actualiza en su negación: improductivo.

Josef Pieper, en El ocio y la vida intelectual (1962), señala que la proletarización implica, per se, un régimen temporal de trabajo y su consecuencia de ocio. Por lo tanto, tal división obliga a pensar, paradojalmente, el tiempo de ocupación. No es tan valedera esta escisión, este binarismo de tiempos. Bien decía Aristóteles: “El problema principal es saber con qué clase de actuación hay que llenar el ocio”. El decir “felices vacaciones” opaca lo que la seguidilla del discurrir deja ver con cierto pudor violento –no tan feliz–: en tiempos de retiro se piensa, se reconvierte y se toman decisiones, algunas de ellas vitales. Ese vitalismo estival, por caso, nos lleva a lo que los antiguos –el ocio cultivado, la inquietud de sí– y los modernos –el yo analizado, reinventado– mantuvieron con brío y temperancia. Lo contemporáneo, de siempre dificultoso asir –nos pide anacronismo y lejanía para verlo con intensidad, cita Nietzsche–, revela la desaparición de ambas épocas, o mejor, su combinación en una desnudez de nuestra animalidad vuelta a la palestra. El búho de Minerva, decía Hegel, levanta el vuelo al crepúsculo. Pero tal vez ese final sea “puras mentiras”, o un límite que se mueve y se pierde, cual rizoma desplegado, tal como la filósofa Avital Ronell –nietzscheana y femme fatale neoyorquina– marca en su brillante ensayo Stupidity (2003) –suerte de tratado de los límites de la razón: la falla o la ignorancia cuyas apologías y banderas se levantan en las vacaciones de modo deliberado quizá no sea ausencia de pensamiento sino, por el contrario, posibilidad de pensar lo que se pretende pura estupidez o mero idiotismo, sin finalidad de cultivo o escultura de sí–. Dispersión, diversión y superficie iluminada por el sol.

En agosto de 1953, Michel Foucault se va de vacaciones a Italia. Maurice Pinguet, amigo del filósofo, lo recuerda al sol, en la playa de Civitavecchia, zambullido en las páginas de Nietzsche. En efecto, Foucault leyó a Nietzsche durante sus vacaciones y su eclosión fue definitoria para virar su rumbo filosófico. El sol y las playas mediterráneas también bañan a Albert Camus, en su Argelia natal, pobre y proba. El amor existencial –no existencialista de Sartre, un burgués al fin– lo hizo constituir esa estancia como una suerte de vacación definitoria. Ergo: las vacaciones deliberadas o natales son marcas que producen giros radicales en nuestras vidas. Las vacaciones y el sol, la erótica que Michel Onfray dio en llamar “solar”, esto es, delicada, libertina, elegante y gentil, no contractual, versus el erotismo nocturno sádico. Lo solar es lo vacacional, el plexo del cuerpo libre y celebratorio. La supuesta “estupidez” de las vacaciones nos pone frente a lo que acontecerá de modo precoz, y vemos, no es tal, es, puede serlo, suma sabiduría y reinvención existencial. La filosofía siempre llega tarde, piensa desfasada, al final del calendario –o el principio–: como las vacaciones.

Citas citables

El problema principal es saber con qué clase de actuación hay que llenar el ocio. (Aristóteles, Política, Siglo IV a.C.)

¿De qué aprovecha buscar un retiro? ¡Cómo si más allá de los mares no nos acosaran los motivos de preocupación! ¿Qué descanso hay en la vida tan protegido y sublimado al que no atemorice con frecuencia el dolor? En cualquier rincón que te retires, los males humanos te asaltarán a gritos. (Séneca, Epístola 82 a Lucilio. Siglo I)

Se buscan retiros en el campo, en la costa y en el monte. Tú también sueles anhelar tales retiros. Pero todo eso es de lo más vulgar, porque puedes, en el momento que te apetezca, retirarte en ti mismo. En ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma; sobre todo aquel que posee en su interior tales bienes, que si se inclina hacia ellos, de inmediato consigue una tranquilidad total. Y denomino tranquilidad única y exclusivamente al buen orden. Concédete, pues, sin pausa, este retiro y recupérate. (Marco Aurelio, Meditaciones, Siglo I)

Cuando últimamente me retiré a mi casa, resuelto, mientras pudiera, a no ocuparme más que en pasar en reposo y apartado lo poco que me quedará de vida, parecióme que no podía hacer a mi espíritu mayor favor que dejarlo divertirse, sólo en plena ociosidad, sosegándose y deteniéndose en sí mismo. (Michel de Montaigne, Ensayos, 1589)

El simple ocio, es decir la inteligencia desocupada al servicio de la voluntad, no basta; para eso es preciso un excedente de fuerza positiva que nos haga aptos. (Arthur Schopenhauer, Arte del buen vivir, 1851)

Estas cosas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo– son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado importante. (Friedrich Nietzsche, Ecce Homo, 1888)

Si ser proletario no significa otra cosa en el fondo sino la vinculación al proceso laboral, el punto capital de su superación, es decir, de una verdadera “desproletarización”, consistiría en que al hombre que trabaja se le depare un ámbito de actuación que tenga sentido y que no sea “trabajo”; con otras palabras: que se le dé acceso al verdadero ocio. (Josef Pieper, El ocio y la vida intelectual, 1962)

Luis Diego Fernández / Nirvana: anarquía y libertarismo. Los jóvenes viejos

(Nota publicada en Perfil, 16.10.2011)

Hace veinte años, poco después de que aparecieran los primeros libros de John Zerzan, Michel Onfray y Slavoj Zižek, se editaba “Nevermind”, el mejor disco de Nirvana, banda que encabezó la última revolución de la cultura rock. Kurt Cobain, su líder, conjugó el desencanto adolescente con la bilis de un anciano sabio, y con su música llevó un poco de la vieja y buena anarquía a un campo minado por el mercado.

El 24 de septiembre de 1991 –hace veinte años– se lanzó Nevermind, el segundo disco de Nirvana, la banda liderada por Kurt Cobain. Una de las tantas cosas que logró en su breve lapso en escena –menos de cinco años– fue la de llevar su música de corazón punk por fuera de los límites restrictivos de la escena grunge de Seattle, haciendo uso de una dinámica que producía canciones ruidosas y calmadas con un hálito pop y melodioso. En gran medida, Nevermind fue la obra responsable de dar a conocer el rock alternativo al gran público, desbancando al propio Michael Jackson del número uno en todos los charts. Nirvana, en varios sentidos, encarnó de modo consciente –pero sobre todo subyacente– un pensamiento y un estilo de vida deudor de ciertas filas de la contracultura norteamericana de larga data, y a la vez, representativo en lo grunge de ciertas filosofías contemporáneas.

Basta leer los diarios de Kurt Cobain para esgrimir y ver ciertas huellas filosofales que, como señala su biógrafo Charles R. Cross en el bellísimo Heavier than Heaven, permiten delimitar quién era este individuo que conjugaba el humor y el desencanto adolescente con la bilis de un anciano sabio. Esa belleza cruel y angélica del rostro de Cobain era expresión de la música de Nirvana y de la filosofía subterránea. “En mi espíritu soy gay, podría ser homosexual, pero Courtney Love me atrae más que cualquier otra persona en la tierra”, dijo. No lo era, pero tampoco hay territorio para la boutade: Cobain ponía de manifiesto ciertas capilaridades del pensamiento grunge –que son evidentes en su biografía: iba contra lo falocéntrico, lo machista y el estereotipo del rock. La portada del disco quizá sea el emblema más claro en ese sentido; un bebé en busca de un dólar: nacer ya implica negociar. No hay escape.

Depositario de cierta androginia en medio de un enclave agreste de leñadores en el noroeste norteamericano, en el estado de Washington, el espíritu green y ácrata del grunge revela un libertarismo evidente: hoy Krist Novoselic, bajista de la banda, es un líder político libertario, cuya intención es ser candidato a gobernador. En su libro On Grunge and Government, sostiene un ideario claramente libertarista, en pro de todas las libertades individuales y de la no intervención del Estado en la distribución musical y del material pornográfico.

Es interesante dar cuenta de la sincronía: al mismo tiempo que irrumpía Nirvana, comenzaban a editarse los primeros libros de filósofos como John Zerzan (Elements of Refusal, 1988), Michel Onfray (El vientre de los filósofos, 1989) o Slavoj Zižek (Sublime Object of Ideology, 1989). Todos pensadores que, con sus marcadas diferencias, abarcan cierto ideario anarquizante. Algunas ideas comunes y presentes en el grunge consisten en cierta reivindicación del primitivismo, el ambientalismo, el ocio y la no acción directa. Lo anarco de la llamada Generación X es posible de ser leído como una continuidad contracultural que deviene a principios del 2000 en lo que se llamó hipsters de los barrios bohemios de Nueva York y San Francisco, algo bien retratado por Mark Grief en ¿Qué fue lo hipster? (2011) y antes por James L. Brooks en BoBo’s en el paraíso (2000).

Nacidos durante la década del 70, los componentes de la llamada Generación X fueron efectos de una infancia marcada por el consumismo conservador de los años 80, la caída del Muro de Berlín y la llegada de Internet. Precisamente, el atributo de la apatía que suele asestársele al pensamiento y la visión de mundo que emerge de allí proviene de vislumbrar un futuro no muy amigable y de focalizar todo en el presente. A diferencia de la generación de los baby boomers que construyeron esa esperanza de cambio, la Generación X sólo pudo constituir su pensamiento contracultural afirmando su individualidad y resistiendo en el marco de cierta bohemia más o menos burguesa, que apela al ocio y la autogestión indie como formas de subversión de los valores productivos y rentables preconizados por el mercado. Nirvana, y particularmente Kurt Cobain, expresan esta indocilidad que, paradójicamente, termina siendo central y mainstream. Algo de esa marca que señala Charles Cross impregna la filosofía grunge: parecen ser viejos en cuerpos de adolescentes. Cultores del radicalismo libertario de filósofos como Henry David Thoreau y de músicos como Neil Young, prosiguen la estela de la llamada “América profunda”, whitmaniana.

El trágico fin de Kurt Cobain es una de las claves para comprender el signo de esta idea: la imposibilidad de negociar y aceptar su rol de estrella lo lleva al suicidio –dando cuenta de su personalidad atormentada producto de una infancia disfuncional y caótica. Quizá la filosofía grunge, hoy levemente vista en lo hipster pero ya más integrada en un circuito de consumo, sea estéticamente comprendida a partir de la expresión que cierta prensa usaba para definir la música de Nirvana: “Más dura que el cielo”. Sintomática y bella: no se puede doblar y debe romperse. El rock se fue en ese momento, con Kurt: un ser ético.