La Justicia bastarda (fragmentos del libro “Ausencia perpetua” de Diana Cohen Agrest)

Publicado en Perfil, 12.5.2013, perfil.com

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Ausencia perpetua es una reflexión elaborada por la autora desde la pérdida más irreparable, la de un hijo -Ezequiel, asesinado en un robo- sobre el llamado “garantoabolicionismo”, cuyo discurso, denuncia, oculta la ausencia de castigo a los delitos más graves. Una interpelación a promesas redentoras de un poder que, con controvertidos instrumentos jurídicos, profundiza una mísera realidad de pobreza y marginalidad.

A contramano de los objetivos esenciales a una sociedad bien organizada, en la Argentina que nos duele los mecanismos punitivos fueron progresivamente desarticulados. ¿Cuál es la estrategia falaz y fallida de la que se sirve el garantoabolicionismo? Por empezar, una vez que las garantías constitucionales son declamadas como si hubiesen sido acuñadas por este ideario (mientras que, como se sabe y se dijo, en verdad rigen en todo genuino Estado de derecho), su sentido primario sufre un desplazamiento discursivo cuando parte de la premisa de que la ejecución de las penas “resulta incompatible con la ideología de los derechos humanos” (Zaffaroni).
Reteniendo en el tiempo el modelo del Estado punitivo del régimen dictatorial, el ideario garantoabolicionista invoca los derechos humanos como un paraguas crítico con el que enfrentar todo presunto abuso de poder –injustificado en un Estado de derecho– que se atreva a violar las garantías constitucionales. Y dado que ese modelo punitivo persiste abusivamente en los espacios intramuros, en el afán de proteger los derechos de los “prisionizados” se procura eliminar la ejecución de la pena en lugar de procurar el mejoramiento del sistema carcelario.
La propuesta local no hace sino plasmar en la realidad el modelo teórico abolicionista promovido, entre otros, por el criminólogo y sociólogo noruego Nils Christie, quien en 1977 publicó un artículo pionero en la deslegitimación de la pena, “Los conflictos como pertenencia”, en cuyas páginas sostuvo que “nuestra compleja sociedad industrializada no es una sociedad con demasiados conflictos internos, sino una con muy pocos” . Mientras que Christie concluye que en la Noruega de casi cuatro décadas atrás “ hay demasiadas normas para pocos delitos”, decía entonces, en la Argentina de hoy –escenario donde se ha puesto en práctica su teoría de laboratorio– hay demasiadas normas para demasiados delitos. Pero esta ecuación directamente proporcional poco importa, porque dichas normas son sistemáticamente burladas mediante el recurso de las chicanas procesales funcionales al delincuente. Por añadidura, como ya señalaba Carlos Nino, “este criterio cuantitativo no sirve por la sencilla razón de que hay sociedades satisfactoriamente ordenadas en las que están regulados muchos menos comportamientos que en otras, rígidamente reglamentaristas, sin que por ello las primeras sean más anónimas que las segundas (generalmente ocurre lo contrario)” .
Christie fue precedido en la década del 60 del siglo pasado por los abordajes terapéuticos de los delincuentes emprendidos por la criminóloga Barbara Wootton y por el psiquiatra Karl Menninger, quien denunciaba una presunta debilidad conceptual de la noción de justicia. Menninger creía que “la palabra justicia es una palabra subjetiva y emocional” que no sirve para nada, y menos aún para determinar conductas reales, pues “su concepto es tan bajo, tan distorsionado en sus aplicaciones, tan hipócrita y normalmente tan irrelevante para la solución del problema del crimen, que resulta en su exacto opuesto – la injusticia, la injusticia para todos–” . Pese a que esta denuncia, como señalamos, atraviesa la historia de Occidente y remonta incluso al Trasímaco expuesto por Platón, Menninger parece no darse cuenta de la índole de su inferencia, porque si somos capaces de reconocer lo injusto, dicho reconocimiento es posible en comparación con cierto parámetro de justicia. Por añadidura, si tal como Menninger declara, la noción de justicia es inútil para guiarnos en nuestras decisiones morales y su consecuencia es la injusticia, entonces somos capaces de reconocer la injusticia en el sentido al que alude, pues podemos reconocer un castigo inmerecido. Pero si podemos reconocer cuándo un individuo recibe un castigo inmerecido, ¿no deberíamos también ser capaces de reconocer cuándo sí lo merece? Es claro que Menninger reconoce la injusticia, aun cuando, a su juicio, la justicia sea un concepto inútil.
El filósofo Michel Foucault es otro de los precursores del abolicionismo, en cuanto afirmó que el poder no está garantizado por el discurso formulado en las leyes, sino por el poder disciplinario que se expresa en todas las técnicas de control y en el enderezamiento de las conductas. En su obra Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, publicada en 1975, describe este poder disciplinario como el reproductor de locos y delincuentes neutralizados mediante su confinamiento en instituciones de encierro. Sobre esta postura se basan los abolicionistas al proponer medios alternativos al castigo, tales como los abordajes psicoterapéuticos o rehabilitadores orientados a la socialización. Pero con esos fines salvíficos, olvidan que no se trata de eliminar las cárceles sino de mejorar las condiciones de vida de los reos, quienes responden con su condena por crímenes a veces gravísimos. Además, y éste no es un señalamiento para nada menor, si bien Foucault emprendió una deslumbrante arqueología de los saberes disciplinarios, su programa fue pensado y desarrollado en un plano teórico, y sus textos no pretendían ser una guía para la implementación de nuevas prácticas sino interpretaciones genealógicas de las configuraciones institucionales inauguradas en la modernidad.
En el movimiento abolicionista, por naturaleza heterogéneo, pueden distinguirse tres propuestas: en primer lugar, el abolicionismo institucional –cuyo principal representante es Thomas Mathiesen–, que se orienta a la eliminación de la institución carcelaria, evitando las medidas alternativas a la prisión cuando éstas podrían transformarse en instituciones semejantes a las carcelarias. En segundo lugar, la propuesta del derecho penal mínimo, representado, entre otros, por el jurista italiano contemporáneo Luigi Ferrajoli, quien defiende la restricción de la criminalización a su mínima expresión. Y por último, el abolicionismo penal radical, liderado por el holandés Louk Hulsman, quien propone la supresión total del sistema. Hulsman confiesa que su teoría surge de un episodio traumático que sufrió en 1944, cuando los alemanes ocuparon Holanda y fue arrestado. Por su experiencia carcelaria durante el Holocausto, aspira a abolir la prisión. Pero parece olvidar que el confinamiento sufrido en calidad de víctima inocente no tiene analogía con el sistema penal impuesto al delincuente en calidad de ofensor. Y si retomamos el núcleo vivencial e histórico de Hulsman, la Holanda totalitaria ocupada por los nazis no es asimilable al Estado de derecho del que gozamos hoy. Un dato para nada menor es que el desarrollo del abolicionismo tuvo lugar en particular en países escandinavos y en Holanda, lo que llevó a críticas al movimiento en tanto, se afirma, surge en sociedades idílicas, de pocos habitantes con mucho bienestar y cultura, muy distantes de las condiciones que se dan en Latinoamérica. Sólo descontextualizando el núcleo conceptual de una teoría extrapolada de países que nada tienen que ver con la idiosincrasia local es posible sostener que “el derecho penal mínimo es una propuesta que debe ser apoyada por todos los que deslegitiman el sistema penal, pero no como meta insuperable, sino como paso o tránsito hacia el abolicionismo, por lejano que hoy parezca (Zaffaroni)”.
Pero además, cuando debe ofrecernos las instancias de solución a la criminalidad, el abolicionismo propone medidas ineficaces o sólo aplicables a los actores de faltas menores, a los que el sistema penal vigente no suele imponer, en la gran mayoría de los sistemas democráticos, pena alguna. Sólo en este contexto delictivo de menor gravedad se entiende que el modelo abolicionista intente eliminar la noción de delito para pasar a considerarlo como un “conflicto” o una “situación problemática”. Sin embargo, la acuñación local del garantoabolicionismo aplica dichas medidas a delitos dolosos de sangre. Y desde la terminología misma, si se trata de resolver un “conflicto” de esa envergadura, la búsqueda de una presunta solución no se corresponde con la gravedad de los hechos. De allí a la impunidad legitimada desde el Estado, apenas media un paso.
El garantoabolicionismo acusa al modelo punitivo de no ser un modelo de solución de conflictos sino de decisión vertical del poder mientras que el reparador es horizontal. En su crítica a los sistemas penales punitivos, los abolicionistas se valen de la noción de “confiscación del conflicto”, acuñada por Foucault, aludiendo con dicha expresión a que toda vez que se califica una conducta de criminal, la ley “se apropia” del “conflicto” de los directamente afectados por el crimen. Y en lugar de ayudar a resolver su “conflicto”, la ley traslada el “problema” (otro eufemismo más) al contexto profesionalizado del sistema de justicia penal, en cuyo marco ni la víctima ni el victimario poseen un rol activo: la respuesta social al crimen, alegan, no debería ser el castigo sino un proceso de mediación o reparación conciliada entre las “partes”, devolviéndoles el manejo de su propio “conflicto”. Ofreciendo la oportunidad de reapropiarse del conflicto que les fue “sustraído” a las partes por el Estado, “para los abolicionistas, el delito debe dejar de ser tal, para pasar a ser una ‘situación problemática’, en la cual la víctima pueda tener otro rol y el mediador se parezca sólo ligeramente a las funciones del juez actual” (Elbert). Así pues, con la destitución del sistema penal, las formas participativas precontractuales deben recuperar su estado protagónico a través de una Justicia restaurativa que resuelva los conflictos en instancias o mecanismos informales, mientras el aparato de control social que es la Justicia debe desaparecer, orientando sus actividades hacia la dirección reparadora del derecho civil.
Es obvio que una teoría semejante puede funcionar en disputas contravencionales, pero no más. Porque una cosa es mediar cuando existe un conflicto vecinal por ruidos molestos y otra cuando involucra un homicidio, escenario en el que ya no se dirime un conflicto privado entre individuos. Me contaron en Colombia que un buen día la empleada doméstica de quien me narró esta historia recibió un llamado desde la cárcel. Del otro lado de la línea se escuchó la voz de un miembro de las FARC que había asesinado al hermano de la mujer diez años atrás, y le pedía que asistiera a una audiencia de reconciliación con el fin de que el condenado pudiera gozar del beneficio de acortamiento de la pena. La mujer, tal vez por ignorancia o por temor a las represalias, asistió a la audiencia: allí tuvo que escuchar los vejámenes y torturas a los que había sido sometido su hermano antes de morir; entre otras aberraciones, que le arrancaron los ojos mientras estaba vivo.
La Justicia restaurativa o restitutiva procura la reparación concreta del daño consumado a través de una relación transaccional entre el ofensor y la víctima. Pese a la encendida defensa de la misma, esta propuesta que aspira a una restauración de cierto estado original (como si el delito no se hubiese cometido), a la eliminación del acontecimiento, es un ideal utópico que desconoce el elemental impulso que, desde el inicio de los tiempos y en todas las sociedades humanas, exigió la imposición de Justicia (…)
Otra objeción de los abolicionistas –defendida en el marco de cierto relativismo moral– critica la noción de crimen porque presupone una “imposición” de valores a quienes los comparten. Pero desde el momento en que los abolicionistas insisten en cómo el Estado debería responder a los conflictos –imponiendo una serie alternativa de valores (que podrían a su vez ser objeto de críticas semejantes a las que los abolicionistas dirigen al sistema penal)–, el abolicionismo parecería autorrefutarse: cometen la falacia de “imponer” sus propios valores al igual que aquellos que critican con tanto ahínco.
(…) Generaciones atrás, sociólogos, criminólogos y penalistas criticaron los efectos intimidatorios y despersonalizantes de las penas de privación de la libertad, calificando la pena de prisión de inhumana. Se cuestionó incluso la existencia misma del sistema penal (abolicionismo institucional) o, cuando menos, se abogó por un derecho penal mínimo, cuyo objetivo era limitar el poder punitivo del Estado. En su origen, el garantismo se presentó como una alternativa al abolicionismo penal que, según mencionábamos, sostiene que el castigo legal es injustificable y debería ser eliminado.
Con una visión sesgada de los derechos humanos, hoy el mal llamado “garantismo” parte de la victimización del delincuente atribuida a una condición social estructural afectada por la desigualdad, la marginación, la pobreza y la falta de educación resultantes de un sistema sociopolítico inequitativo. Invocando estas condiciones estructurales, las políticas penales –bajo el paraguas de los derechos humanos, y amparadas en el ideal irrealizable de la rehabilitación y reinserción de los criminales– han minimizado el modelo punitivo y se han orientado hacia una meta tan irreprochable como sólo es imaginable en un mundo utópico. ¿Cuál fue el costo de ese ideal? ¿Cuáles fueron sus consecuencias en el mundo real? En respuesta a la sociedad que reclama justicia y a las innumerables víctimas inocentes que ofrendaron su vida, se afianza progresivamente la disfuncionalidad judicial del Estado –resultante en parte por su afán de lucro, su complicidad con otras agencias públicas y sus intereses corporativos– produciendo una realidad que golpea, con sus efectos devastadores, la vida cotidiana de los ciudadanos.
Partiendo de la premisa de que los delitos son el producto del sistema penal, con ellas se nos ha sumido en un círculo perverso de marginalidad-delito-ausencia de debida sanción-marginalidad. Se trata entonces de eliminar ese círculo vicioso. Y en lugar de avalar la liberación y la consecuente reincidencia de los delincuentes mediante el recurso de medidas alternativas y sanciones sustitutivas –como son la libertad condicional, las excarcelaciones, las pulseras electrónicas o la condonación de penas por buena conducta o pagos de fianzas– se debe contar con la presencia de un Estado que imponga la ley con equidad. Este ideario desconoce que con el delito se lesionó a la comunidad política –el Estado o los ciudadanos–. Es más, los delitos lesionan a la humanidad en su conjunto: “Quien mata a un solo ser humano es como si matara a toda la humanidad”, dice el Talmud. Si llega un herido de bala a una sala de guardia de un hospital, el profesional debe hacer la denuncia ante la autoridad. Y esa obligación profesional se explica porque el crimen se ha perpetrado contra toda la comunidad: no sólo porque nos identificamos con la víctima como ciudadanos y prójimos, sino porque el victimario lesionó los valores que regulan la vida en sociedad. (…).
Ezequiel fue una pieza sacrificial, asesinado por un delincuente reincidente que lo mató a mansalva. Pero Ezequiel fue una víctima inocente más entre tantas otras anónimas o sin voz. En defensa de la sociedad, esta suerte de experimento social debe ser revisado, pues se funda en un novedoso ideario tan loable como, según la historia reciente nos muestra, irrealizable.

Luego de que la Cámara Federal de Casación Penal ordenase la reducción de la pena para el confeso asesino del estudiante de cine Ezequiel Agrest, en el 2011, la madre de la víctima, la filósofa Diana Cohen Agrest, estuvo en el programa y cuestionó la decisión de la Justicia. tn.com.ar

Luis Diego Fernández / Lysander Spooner. Anarquía americana

(Publicado en Perfil, 17.3.2013, perfil.com)

Piedra basal del anarquismo filosófico, la obra de Spooner compromete la existencia con su más alto cometido: vivir en pie de lucha contra el Estado

Spooner

La tradición anarquista es vasta, nutrida, compleja y sabia, así como exigua en el número de adscriptos a la causa. Es la historia de una pulsión, de un sentimiento y una razón (que no se combaten), a fin de cuentas, un temperamento que no quiere ni amo ni dios: un conflicto con la autoridad está en su gestación. Un linaje que desconoce del maestro, del vigía, de aquel que se apropia del lugar de decisión. Es, también, la historia de almas bellas que trasuntan cierta cuestión salvífica y hasta santa. Nada más lejos del anarquista que el cliché del violento “pone bombas”. Si bien existe esa ala dura y crítica acérrima, es una violencia transfigurada en vitalidad, pero allí está, encallada en sus ladridos de perro. Sin embargo, es a la inversa, es el ladrido bello y doloroso del puro, el amoroso, el libidinal, el que decide sobre su vida y su cuerpo. El anarquista es el que celebra la existencia, por ello no hace del racionalismo un culto inoxidable y normativo (aunque veamos sí un elogio de la razón, incluso de cierto rigor científico en muchos de sus postulados del siglo XIX); hay en ese enclave, en todo caso, una relación dialógica donde el cuerpo, el placer, la amistad y la emoción tienen un territorio propicio y cultivado, una zona que aspira a la bondad de la cercanía y no a la mácula de la abstracción de la norma que restringe el deseo. Es la zona agreste y furtiva, también tormentosa, allí donde el cuidado de sí, el naturismo, el vegetarianismo, el hedonismo, el nudismo, el amor libre y el ejercicio físico son elementos constantes y necesarios para empoderar la disciplina personal que nos libra de la dependencia burguesa y la doble moral hipócrita; pero, a la vez, nos abre al goce del momento, a la deliberación por cuenta propia, a través de la autogestión, el grupo de afinidad, el amor de camaradería y el mutualismo.

Lao Tsé, Epicuro y Zenón, el estoico, pueden ser pensados como el germen del pensamiento anarquista en la Antigüedad. Los filósofos cínicos, como Diógenes de Sínope, Hiparquia o Crates, también. Pero es más tarde, en el siglo XVI, con la figura referencial de Etienne de la Boétie, amigo de Michel de Montaigne, a través de ese opus de juventud titulado Discurso sobre la servidumbre voluntaria, que se hace carne una pregunta impropia y hasta difícil de formular: ¿por qué obedecemos? ¿Por qué somos siervos voluntarios? Respuesta de compleja expresión, en la Ilustración la figura de William Godwin será capital para comprender esta filiación que se expandirá por izquierda y por derecha. Por izquierda (críticos de la propiedad privada) serán los Proudhon, Fourier, Owen, Bakunin, Malatesta, Emma Goldman y Kropotkin quienes mejor encarnen la tradición del anarcocomunismo o anarcosindicalismo. Por derecha, será la tradición del anarcoindividualismo (no críticos de la propiedad privada) en la que surgirán nombres como Stirner, Nietzsche, Thoreau, Tucker, Emile Armand y el propio Lysander Spooner, al que haremos referencia. Estas dos grandes líneas del anarquismo (la comunista y la individualista) serán ricas, especialmente el tronco del anarquismo individualista que oficiará de viga maestra, a su vez, con ramificaciones no menos potentes, como el anarcocapitalismo (Rothbard, Friedman, Konkin o Karl Hess) y el anarquismo feminista (Voltairine de Cleyre y Wendy McEllroy, entre otras).

Posteriormente, a mediados del siglo XX, a caballo de la contracultura, los beatniks, el hippismo, mayo del ’68, el rock y la estetización de la forma de vida, aparecerán esquirlas libertarias, a raíz de la fibra anarquizante de la denominada “nueva izquierda” de Foucault, Deleuze, Guattari, Schérer, Vaneigem (leyendo a Nietzsche desde la igualdad). A comienzos del siglo XXI, la presencia de Michel Onfray da cuenta de una lógica, una actitud y un modo de acción libertaria en el presente, con la forma de microrresistencias a la derecha y la izquierda simultáneas; algo que algunos darán en llamar posanarquismo, o también neolibertarismo, ya que el Estado no será el mal absoluto y el voto se podrá ejercer con búsquedas coyunturales y pragmáticas.

El tronco del anarquismo individualista, como dijimos, es fuerte. Crítico de la servidumbre voluntaria, también puede verse como un núcleo o germen que impactó colateralmente en el liberalismo. Anarquismo y liberalismo se tocan en el anarquismo individualista. Al no poner en cuestión la propiedad privada, es el comienzo o, en todo caso, nos permite ver las incrustaciones libertarias en lo liberal. Una figura heterodoxa y singular como el economista Murray N. Rothbard plantea su libertarianismo (anarcocapitalismo) contra cuatro focos: el imperio, el impuesto, el monopolio y el militarismo. El credo del libertarianismo, apoyado en el principio de no agresión, será central en las libertades civiles y, sobre todo, en los llamados “crímenes sin víctimas”, es decir, la propiedad sobre el cuerpo de uno mismo: pornografía, perversiones, prostitución, drogas, etc. Es el derecho absoluto sobre el cuerpo propio, sobre los recursos naturales y la posibilidad del intercambio libre de bienes y servicios. En definitiva, libertad personal y de empresa. En ese sentido, es que vuelve a surgir en el horizonte una figura como la de Lysander Spooner; pensador que resulta capital para comprender cómo el anarquismo individualista permitió el enriquecimiento conceptual del liberalismo desde estas gemas anarquistas, y arribar a expresiones como el liberalismo libertario.

Lysander Spooner (1808-1887) fue un abogado, teórico legal, abolicionista, anarcoindividualista, empresario, y uno de los filósofos políticos estadounidenses más olvidados de la historia. Su historia es digna de una novela: ejerció el derecho sin contar con un permiso estatal, al considerarlo, por su propia cuenta, una traba libre al contrato entre personas. En 1840 desafió al gobierno de los Estados Unidos abriendo su propia empresa de correo para competir contra el monopolio estatal, la cual fue expulsada del mercado por leyes proteccionistas. En 1845 publicó un ensayo condenando la esclavitud y, posteriormente, otro texto defendiendo el derecho de los esclavos a la fuga. En 1867 se editó parcialmente Sin traición, que hoy es posible leer en español gracias a la editorial libertaria Innisfree. Sin traición fue un texto proyectado por Spooner articulado en seis ensayos, de los cuales sólo vieron la luz el número uno y el seis. La obra de Spooner tiene impacto por un hecho altamente significativo: demostrar que no hay traición alguna al actuar contra una entidad –el gobierno, el Estado– a la que no se le debe lealtad. La crítica de Spooner apunta a algo mayor: la denuncia de la Constitución misma de los Estados Unidos, descalificando su posibilidad de obligar a las personas sin su consentimiento. El pensador anarquista creía que un gobierno sólo podría ser legítimo si se basaba en la voluntad total de los individuos que celebran un contrato entre ellos. La crítica, en el fondo, iba hacia el esquema contractualista del Estado, algo que toda la tradición anarquista vociferó como mentira: la representatividad política como falacia.

Spooner es un pensador que emula a Nietzsche en su uso del martillo filosófico, célebre es su comparación del gobierno con un bandolero: “La realidad es que el gobierno, como un bandolero, le dice a un hombre: tu dinero o tu vida. Y muchos, si no la mayoría de los impuestos, son pagados bajo la compulsión de amenaza. El bandolero toma únicamente sobre sí la responsabilidad, el peligro y el crimen de su propio actuar”. Las lecturas de Spooner comenzaron a influir con mayor claridad en la década del 60, y en estos años se reivindica su figura afiliándolo al anarquismo de libre mercado, aunque nunca se expresó explícitamente en este sentido. Lo que sí resulta a todas luces evidente es la demoledora crítica al Leviatán de Thomas Hobbes desde un voluntarismo extremo. En ese sentido, la visión spooneriana quizá peque de cierta ingenuidad o radicalismo inviable en el presente, pero aporta argumentos más que sostenibles en relación con la actitud micropolítica del anarquismo individualista, que parece renovarse.

Repasar algunas citas de Spooner es una magnífica forma de dar cuenta de las raíces de la tradición del anarquismo individualista de las que hablamos, por ejemplo: “La cuestión de la traición es distinta de la esclavitud; y es la misma que hubiera sido, si Estados libres, en lugar de Estados esclavos, se hubieran separado”; más adelante: “¿Qué implica, entonces, que un gobierno se base en el consentimiento? Si se dice que el consentimiento de la parte más fuerte es una nación, es todo lo que se necesita para justificar el establecimiento de un gobierno que ha de tener autoridad sobre la parte más débil, se puede responder que los gobiernos más despóticos se han basado en ese mismo principio, a saber: el consentimiento de la parte más fuerte”. El rasgo del individualismo filosofal de Spooner se advierte en este fragmento: “Fue, entonces, como individuos, y sólo como individuos, cada uno actuando por sí mismo solamente, que declararon su consentimiento –es decir, su consentimiento individual, ya que cada uno podría consentir solamente por sí mismo”. Y más adelante: “La palabra lealtad deriva de las palabras latinas ad y ligo, que significa ligar a. Así, un hombre bajo lealtad a un gobierno es un hombre ligado a él; u obligado a darle apoyo y fidelidad. Y los gobiernos, fundados de otra manera que no sea el consentimiento, sostienen que toda persona nacida en sus territorios les debe lealtad; es decir, está obligada a darles apoyo, fidelidad y obediencia; y es traidora si los resiste. La Constitución ciertamente supone que el crimen de traición puede ser cometido solamente por el hombre, como individuo”.

El radicalismo del filósofo estadounidense suele darse cita en su visión del Estado como ladrón, así lo postula: “El bandolero toma únicamente sobre sí la responsabilidad, el peligro y el crimen de su propio actuar. El no pretende tener ningún derecho legítimo sobre tu dinero, no finge tener la intención de usarlo para el beneficio de su víctima”. En algún aspecto, la aspiración ácrata de filósofos como Spooner, hoy rescatados, revela la tentativa o la vuelta de ciertos discursos libertarios otrora olvidados. No es un signo menor sino, por el contrario, abre la esperanza de que relecturas permitan expandir esos caminos hacia esferas de mayor eficacia. Cuando el mundo parece cuestionar la propia estructura de los gobiernos representativos y republicanos, no es casual que la tradición libertaria, y en especial del anarcoindividualismo, tome vigor nuevamente. El orden voluntario que propugna Lysander Spooner seguramente sea imposible en un plano macro; efectivamente, como todo anarquista sabe que se trata de una batalla ética, cultural y pedagógica, antes que política, y la historia demuestra las minorías santas y benévolas. Por ello mismo nos otorga herramientas contra la dominación, al decir de Michel Foucault. Pinzas que entrelazan dimensiones aún a ser revisitadas con alegría.

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Estaciones anarquistas

Lao Tsé, Epicuro, Zenón y los filósofos cínicos como Diógenes y Crates pueden ser pensados como el germen del pensamiento anarquista en la Antigüedad de Oriente y Occidente.

La figura de Etienne de la Boétie, amigo de Michel de Montaigne, en el siglo XVI publica su obra Discurso sobre la servidumbre voluntaria: dispara la pulsión y la idea del no ser gobernado.

William Godwin, a comienzos del siglo XIX, será clave para comprender el anarquismo que se expandirá como reguero de pólvora tanto por izquierda como por derecha.

La tradición del anarcoindividualismo propiamente dicho (no críticos de la propiedad privada) tendrá sus grandes exponentes durante el siglo XIX: Max Stirner, Friedrich Nietzsche, Henry David Thoreau, Benjamin Tucker, Emile Armand y Lysander Spooner.

El anarquismo individualista oficiará de viga maestra, en el siglo XX, de movimientos como el anarcocapitalismo, con pensadores centrales como Murray Rothbard, David Friedman, Samuel Konkin o Karl Hess.

A caballo de la contracultura, mayo del ’68 y el rock, aparecerán esquierlas libertarias de la denominada “nueva izquierda” con los llamados filósofos del deseo que leen a Nietzsche desde el igualitarismo: Michel Foucault, Gilles Deleuze, Félix Guattari, René Schérer o Raoul Vaneigem.

Michel Onfray, a fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, plantea una actitud y un modo de acción libertaria en el presente, que llama posanarquismo, con microrresistencias a la derecha y la izquierdas simultáneas.

Luciana Vázquez / Abraham: “Éste es un gobierno de estafas ideológicas”

(Publicado en La Nación, 13.3.2013, lanacion.com.ar)

En una entrevista con LA NACION, el filósofo sostiene que se estimula una cultura que “tiene algo de fraude”; analiza la educación, con definiciones agudas

Le molesta, y mucho, el lugar común que propone a la educación como un mecanismo de ascenso social. “La gente que dice que el pobre supera su condición económica con educación en general es gente rica”, sentencia el filósofo Tomás Abraham. No se deja tentar ni un segundo por el juvenilismo militante que corta calles y toma escuelas: “Que haya política es muy importante, pero la política no es sacar un banco a la calle”, precisa. Reivindica sin vueltas la educación como estudio, y el estudio como un trabajo tan duro como inspirador.

Abraham ataca de nuevo con la filosofía que practica como nadie: la que no necesita de la cita de autoridad ni de las reflexiones celestiales para llegar hasta la médula de una realidad bien local. Como suele hacer, sin pelos en la lengua, desanda lo que denomina “estafas ideológicas” orquestadas del poder. Pero también deschava con la misma verba salvaje las coartadas que se monta la sociedad argentina. Esta vez, la interpelación alcanza a la educación, a los docentes, los alumnos y sus padres.

-Usted viene insistiendo con que en la Argentina se da una estafa educativa.

-Éste es un gobierno de estafas ideológicas, se dice una cosa y se piensa otra. Por supuesto, la estafa necesita una serie de redes de la sociedad civil para que tenga consenso.

-¿Y en qué sentido es una estafa educativa?

-Porque al Gobierno no le importa nada la educación, sólo le importa el poder. Se estimula una cultura que tiene algo de fraude. Inauguran el Polo Científico o crean un ministerio o Tecnópolis pero lo que les importa realmente es el flash. No hay una vocación profunda de hablar de la educación o mejor dicho, del estudio. Yo hablo del estudio, no de la educación.

-¿Por qué hace esa distinción?

-Puede haber otras cosas que tengan que ver con educación. A mí lo que me interesa es el estudiar, que es investigar y aprender. La educación gira alrededor de eso. A eso no se le da importancia. Se habla de ocupar colegios, de vueltas olímpicas, de que los chicos tienen derechos, de los padres que defienden a los hijos, se habla de los pobres, de los que no pueden, de incluir. Toda verborragia que nada tiene que ver con el estudiar.

-¿Qué tendría que ver con el estudiar?

-Aprender, conocer el mundo en el que vivís. Un hombre es un ser vivo de adquisición primero para sobrevivir, después para controlar las pulsiones y ser funcional a un universo que te exige reglas. Y después está el aprender para crear y, para eso, tenés que conocer, aprender biología, matemática, lengua que tienen que ver con el mundo.

-Hay todo un discurso sobre la educación que pone el eje en la contención antes que en los conocimientos. ¿Qué le parece a usted esa vertiente?

-Ese psicologismo analfabetiza. Por supuesto que hoy en día el maestro es capaz de comprender a un chico distraído y su única opción no es castigarlo. Y eso está bien. Pero otra cosa es esta especie de masturbación emotiva en donde el maestro disculpa la falta de preparación del alumno, su falta de interés en aprender, en conocer mundo. Que haya gabinete psicológico, pero el núcleo de la escuela es otro.

-En cierta forma hay un olvido de ese núcleo.

-Una escuela no es la casa. Tampoco es una plaza ni una pista de skate. Una escuela es el lugar del estudio, es decir donde maestros y alumnos conocen el mundo. No pienso tanto en la primaria que todavía tiene algo de matricial y materno. Hablo de esa otra etapa, cuando el ser humano ya está con potencialidad de pensar por sí mismo. El adolescente responde con su opinión. Es rebelde, es reactivo. Tiene energías de conquista. A veces esa energía se malgasta.

-¿Malgastarla es tomar escuelas, por ejemplo?

-Malgastarla es que tomar una escuela sea lo más importante del año. Si querés, tomá la escuela: a lo mejor te tocó un rector de cuarta. Pero lo más importante del año no es tomar la escuela.

-¿Qué sería lo más importante del año?

-Esa clase del profesor de biología que le dio vuelta la cabeza. Eso es, el profesor y las clases que despiertan vocaciones.

-Pero lo que ofrece la escuela a veces no es muy tentador…

-Todo eso es responsabilidad de maestros, padres y alumnos. El profesor no te lo ofrece. Pero cuando te lo ofrece, te importa muy poco. Por eso es estafa completa. En esa estafa viven todos bien. La educación pasa a ser en realidad una solución para que todos los mediocres sean felices: los profesores hacen paro los jueves hasta el martes porque hay un fin de semana largo pago, por supuesto, y son felices. (Alberto) Sileoni es feliz porque saca un libro con frases de Cristina. Los alumnos son felices porque no tienen nada que hacer y disfrutan del no laburar. Pero eso además es una estafa porque la idea de trabajo no gusta. Y estudiar es trabajar y si tu trabajo es aprender, trabajar es lindo. No puede ser que no te guste ninguna materia y la culpa la tenga el sistema educativo o los profesores. Es toda una mentira que les permite a todos ser felices. Porque está claro que vas a una secundaria y no hay una huelga de hambre de los estudiantes reclamando porque no aprenden nada.

-Es cierto, no recuerdo tomas de colegios porque no se aprende.

-También es cierto que los apasionados por aprender siempre fueron minoría. Pero acá hay un estándar que se organiza de arriba para abajo, por eso es una estafa. Y después hay una especie de complicidad de la que todos sacan un beneficio, entonces pobrecitos los pobres que no están incluidos, pobrecito el maestro rural.

-La caridad educativa. ¿Qué piensa de los cuestionamientos en torno a la meritocracia, que ya no se ve como máquina infalible de un ascenso social justo?

-Claro, porque se parte de niveles distintos. A la palabra “mérito” le ponés “cracia” y arruinaste el mérito. La sociedad tiene que estimular. No puede dejar sola a la gente y que no importe si hace las cosas bien o mal. Pero no se trata de decir miren, acá está Periquito, sacó un diez y ustedes son unos burros. Estimular no es humillar. Es todo lo contrario, abrirle el camino al que se interesa y reconocerlo.

-¿Qué tipo de reconocimiento sería?

-Le pongo un diez.

-¿El diez es para el que resolvió toda la prueba de matemática o para el chico que empezó sin saber nada pero finalmente pudo resolver tres ejercicios porque su crecimiento de conocimiento fue enorme?

-La profesión del profesor, cuando tiene un aula, es una relación clínica, singular. Cada chico es un mundo aparte. No hay una matriz ni un método. Los que buscan métodos son los pedagogos. Al que resolvió todo le ponés diez. Y al pibe que tenía dificultades y de cinco resuelve tres, también y lo felicitás delante de todos. El origen de cada pibe siempre va a ser diferente. Pero ya sabemos, un pibe de la villa no tiene un problema educativo.

-Tiene problemas muchos más serios.

-Tiene problemas vitales. Es un abandonado. Tiene un problema de vacunas, de alimentos, de un padre que no está, de una madre que vuelve a las doce de la noche. El problema educativo es de la clase media. Ahí están los brutos; no están en las villas. Lo que pasa es que los pedagogos, de la clase media, hablan de la villa para no hablar del embrutecimiento de la clase media.

-¿Pero educarse garantiza al menos a un chico marginado un mejor futuro que el presente del que parte?

-La educación es fundamental, pero no es garantía de nada. La gente que dice que el pobre supera su condición económica con educación, en general es gente rica. Ahora bien, indudablemente aprender cosas te permite pensar y elegir, pero no por eso vas a ser rico. No hay cosa más emotiva que un pibe pobre que va a un colegio y que es estudioso y la mamá trabaja horas extras para que el chico estudie. ¿Hay algo más emotivo que eso? Eso a mí me saca lágrimas. Sarmiento era eso, un pibe pobre de San Juan que sueña con Washington. en San Juan, una toldería con un cura y un milico y ahí aparece este Dominguito con que quiero estudiar, quiero aprender. A gente así hay que darle y exigirle, no compadecerla. Eso de poner la educación como ascenso social me molesta mucho. Yo veo la educación como un explorador que descubre mundos. El aprender tiene un premio en sí mismo.

-Después, quizás, acarrea otros efectos pero en principio, vale por sí misma.

-Siempre hay añadidura. Como si hubiera que explicarle a alguien que hacer el amor te va a relajar, te va a hacer más productivo. No. Hacer el amor es lindo en sí. Aprender es como hacer el amor: es lindo por sí mismo.

-¿Qué tiene que tener ese ambiente de aprendizaje?

-El aprendizaje también es un ritual: no podés estar con el celular. Tiene que haber alegría, el profesor tiene que tener entusiasmo por lo que hace. Ningún ministro de Educación le va a dar el entusiasmo. El aprender también necesita trabajo, es decir, esfuerzo. El trabajo da pena. Es un cierto dolor. Posterga la satisfacción. ¿Pero no es la vida eso?

-¿El aprender debería también aislarse de los “ruidos” de la militancia?

-Yo no lo veo así. La militancia está muy bien. La universidad, por ejemplo, tiene que ser porosa a todo. No veo ninguna incompatibilidad entre el ruido y la concentración. Que haya política es muy importante, pero la política no es sacar un banco a la calle.

-Pero se confunden mucho.

-Yo tuve seis meses de estudiante en la UBA pero con militancia. La militancia es buena: te hacía estudiar. Es cierto que cuando hay organizaciones anárquicas, es muy difícil que haya ambiente de estudio. Pero pasa porque lo que les interesa no es el estudio sino melonear a la gente. Pero ese problema no se soluciona sin política y suprimiendo la militancia. Se soluciona teniendo a Gastón Burucúa como profesor, a Beatriz Sarlo, a David Viña, es decir, que los estudiantes hagan política pero que tengan a los mejores profesores. Los buenos profesores te concentran. No necesitás el silencio de la apoliticidad.

-Un director de escuela privada me comentaba que cuando los alumnos reclaman, deben presentar cuatro propuestas de solución.

-Esto exige que los alumnos se sientan representados por la institución y que acepten un acuerdo básico acerca del modo en que funciona. Esto se da en las instituciones privadas pero no en las del Estado, donde no hay identificación ni con las autoridades ni con el mero hecho de estar allí. Ahí se disputa el poder y no el funcionamiento. Por eso parece absurdo en esas condiciones proponer soluciones de mejoría, es reforzar el statu quo que se combate.

-Pero así seguimos atrapados en la identificación entre compromiso militante y toma del colegio.

-Pero eso pasa porque nadie quiere estudiar. Si vos tomás un colegio, no estudiás. No hay nadie que diga no lo tomemos porque me pierdo la clase el profesor de biología. Ocupás un colegio para que haya una situación irresoluble que obliga a prestarte atención porque se supone que nunca nadie te prestó atención. Mentira. Porque empiezan por el extremo: no es que pidieron diez audiencias y no te las dieron. Ocupan colegios para conseguir la primera. También puede ser, para ser bueno, que de arriba para abajo no les expliquen los cambios o se los expliquen muy mal. Pero lo de la toma del colegio tiene mucho placer, mucha adrenalina. Salís en tele. Te llaman de las radios. Vas ahí y sos un personaje como la chilena (Camila Vallejo). Es el modelo. De repente aparece tu familia. Aparece el padre en contra del rector y lo vio el hermano, el empleado, el jefe, y le dicen “che, te vi ayer en tele, estuviste muy bien, estuviste bárbaro.” La adrenalina tendría que estar puesta en el estudio. En cambio, esa adrenalina donde se unen maestros, alumnos y padres es la adrenalina de salir por tele.

-¿Cómo ve los sistemas de medición y evaluación de resultados educativos?

-No me parece ni bien ni mal. Son ideas burocráticas. Lo mío es la mística. Estos sistemas son nuevos sistemas policiales: la gente se cuida y hace bien porque la vigilan. Ojo del amo engorda el ganado. No digo que esté mal, no digo que el amo no tenga que estar y que el ganado tenga que estar solo. Si sistemas como esos ayudan a que la gente no se tire a chanta, háganlo, pero para mí el tema pasa por otro lado. Pasa por las ganas de estudiar. Como no soy Jean Jacques Rousseau y no creo que esas ganas van a salir espontáneamente, creo que se necesitan políticas, pero la política tiene que juntarse con la mística. Que los discursos hablen de lo lindo que es aprender, del afán del estudio, de cómo un Premio Nobel de Física se hizo a sí mismo.

-Usted la pasó mal en la primaria con su tartamudez y en secundaria, por la disciplina férrea del ILSE.

-Sí, a veces sí.

-Pero sigue creyendo en la escuela.

-No creo en la escuela. Es como creer en el semáforo: el semáforo tiene que estar sino los coches chocan.

-Digámoslo así: cree que la escuela es una institución necesaria.

-Por ahora, para aprender la gente se reúne en lugares públicos llamados escuela. Es un lugar de aprendizaje y puede ser un lugar vital y abierto.

-¿Eso implica eliminar los pupitres, el profesor y transformar ese escenario de autoridad?

-No. Yo no soy hippie. El maestro es alguien que se respeta. Sabe algunas cosa que yo no sé, biología por ejemplo. A lo mejor yo sé más de fútbol. Pero no voy a respetarlo porque sabe más sino porque es el maestro. En cambio, él no me tiene que respetar a mí. El está para ayudarme. Me tiene que querer aunque no como me quiere mi papá. Yo al maestro le tengo que importar. Pero no me tiene que respetar.

-Desde este presente tan “contenedor”, nociones como esa pueden interpretarse como autoritarias.

-Si vos le importás a alguien, el otro no es un déspota. El déspota está para perjudicarte. Lo único que le importa al déspota es él mismo. Yo hablo de lo contrario: al maestro le importás vos. Yo estoy hablando de amor.

Bertrand Russell / Diez mandamientos

(De recuerdosdepandora.com)

1. No estés absolutamente seguro de nada.

2. No creas conveniente actuar ocultando pruebas, pues las pruebas terminan por salir a la luz.

3. Nunca intentes oponerte al raciocino, pues seguramente lo conseguirás.

4. Cuando encuentres oposición, aunque provenga de tu esposo o de tus hijos, trata de superarla por medio de la razón y no de la autoridad, pues una victoria que dependa de la autoridad es irreal e ilusoria.

5. No respetes la autoridad de los demás, pues siempre se encuentran autoridades enfrentadas.

6. No utilices la fuerza para suprimir las ideas que crees perniciosas, pues si lo haces, ellas te suprimirán a ti.

7. No temas ser extravagante en tus ideas, pues todas la ideas ahora aceptadas fueron en su día extravagantes.

8. Disfruta más con la discrepancia inteligente que con la conformidad pasiva, pues si valoras la inteligencia como debieras, aquélla significa un acuerdo más profundo que ésta.

9. Muéstrate escrupuloso en la verdad, aunque la verdad sea incómoda, pues más incómoda es cuando tratas de ocultarla.

10. No sientas envidia de la felicidad de los que viven en el paraíso de los necios, pues sólo un necio pensará que eso es la felicidad.

* * *

Bertrand Russell nació el 18 de mayo de 1872 en Trellech, Monmouthshire, Reino Unido y falleció el 2 de febrero de 1970 en Penrhyndeudraeth, Gales, Reino Unido.

Obras seleccionadas:

1896. German Social Democracy
1897. An Essay on the Foundations of Geometry
1900. A Critical Exposition of the Philosophy of Leibniz
1903. The Principles of Mathematics
1905. On Denoting, Mind, vol. 14
1910. Philosophical Essays
1910–1913. Principia Mathematica (con Alfred North Whitehead). 3 vols
1912. The Problems of Philosophy
1914. Our Knowledge of the External World as a Field for Scientific Method in Philosophy
1916. Principles of Social Reconstruction
1916. Why Men Fight
1916. Justice in War-time
1917. Political Ideals
1918. Mysticism and Logic and Other Essays
1918. Proposed Roads to Freedom: Socialism, Anarchism, and Syndicalism
1919. Introduction to Mathematical Philosophy
1920. The Practice and Theory of Bolshevism
1921. The Analysis of Mind
1922. The Problem of China
1923. The Prospects of Industrial Civilization (en colaboración con Dora Russell)
1923. The ABC of Atoms
1924. Icarus; or, The Future of Science
1925. The ABC of Relativity
1925. What I Believe
1926. On Education, Especially in Early Childhood
1927. The Analysis of Matter
1927. An Outline of Philosophy
1927. Why I Am Not a Christian
1927. Selected Papers of Bertrand Russell
1928. Sceptical Essays
1929. Marriage and Morals
1930. The Conquest of Happiness
1931. The Scientific Outlook
1932. Education and the Social Order
1934. Freedom and Organization, 1814–1914
1935. In Praise of Idleness
1935. Religion and Science
1936. Which Way to Peace?
1937. The Amberley Papers: The Letters and Diaries of Lord and Lady Amberley (con Patricia Russell, 2 vols.)
1938. Power: A New Social Analysis
1940. An Inquiry into Meaning and Truth
1945. A History of Western Philosophy and Its Connection with Political and Social Circumstances from the Earliest Times to the Present Day
1948. Human Knowledge: Its Scope and Limits
1949. Authority and the Individual
1950. Unpopular Essays
1951. New Hopes for a Changing World
1952. The Impact of Science on Society
1953. Satan in the Suburbs and Other Stories
1954. Human Society in Ethics and Politics
1954. Nightmares of Eminent Persons and Other Stories
1956. Portraits from Memory and Other Essays
1956. Logic and Knowledge: Essays 1901–1950, (editado por Robert C. Marsh)
1957. Why I Am Not A Christian and Other Essays on Religion and Related Subjects, (editado por Paul Edwards)
1958. Understanding History and Other Essays
1959. Common Sense and Nuclear Warfare
1959. My Philosophical Development
1959. Wisdom of the West, (editado por Paul Foulkes)
1960. Bertrand Russell Speaks His Mind
1961. The Basic Writings of Bertrand Russell, (editado por R.E. Egner y L.E. Denonn)
1961. Fact and Fiction
1961. Has Man a Future?
1963. Essays in Skepticism
1963. Unarmed Victory
1965. Legitimacy Versus Industrialism, 1814-1848 (publicado primero como las Partes I y II de Freedom and Organization, 1814–1914, 1934).
1965. On the Philosophy of Science, (editado por Charles A. Fritz, Jr.)
1966. The A B C of relativity
1967. Russell’s Peace Appeals, (editado por Tsutomu Makino y Kazuteru Hitaka)
1967. War Crimes in Vietnam
1951–1969. The Autobiography of Bertrand Russell, 3 vols., Vol 2 1956
1969. Dear Bertrand Russell… A Selection of his Correspondence with the General Public 1950–1968, (editado por Barry Feinberg y Ronald Kasrils)

Diego Rojas / Machismo kirchnerista y feminismo falopa

(Publicado en Infobae, 1.3.2013, opinion.infobae.com)

“¡Callate, atorranta!”. Las palabras atravesaron la sala de la comisión donde los diputados trataban el pase a sesiones del debate acerca del Memorándum con Irán propuesto por el oficialismo. Las había pronunciado Andrés “El Cuervo” Larroque, dirigente de La Cámpora e integrante de la bancada del Frente para la Victoria, e iban dirigidas a Laura Alonso, diputada del derechista PRO, que reclamaba por el tiempo adicional que se le otorgaba en su exposición a su par jefe de la bancada oficialista. En el argot local, una de las acepciones de “atorranta” se refiere a la “mujer de mala vida”. Indica una valoración negativa sobre su actividad sexual, o señala que cobra por ella. Es más, un diccionario del lunfardo define: “Prostituta, mujer de vida airada”. Es uno de los términos de la misoginia.

Podría haber sido un exabrupto. Un accidente en el fragor álgido de las discusiones, un error solucionable con una disculpa.

Pero esa disculpa no llegó.

Y más que un exabrupto, se trató de una recurrencia, ya que el kirchnerismo no es esquivo al machismo, una forma dominante en esta sociedad, sino que se alimenta de él -pese a estar liderado por una mujer-.

Lo ha demostrado con anterioridad en el recinto parlamentario. El “¡Callate, atorranta” no inaugura una serie, sino que la complementa. Durante la inauguración de las sesiones parlamentarias de 2011, las tribunas de La Cámpora, la agrupación juvenil liderada por Máximo Kirchner y sobre la que se sostiene el cristinismo más explícito, interrumpieron el juramento de la diputada del FAP Victoria Donda al grito de “¡Trola, trola!” debido a la vestimenta que la parlamentaria gusta usar. En esa oportunidad, no hubo tampoco disculpas por el “exabrupto” -en esa oportunidad colectivo- sino que, con pusilanimidad, la agrupación hiperK esgrimió que había cantado: “¡Rodra, Rodra!”, en referencia a un antiguo novio de Donda. Una cobardía.

Lo demuestran sus escribas. Frente a la expresión “yegua”, popular entre los sectores más influidos por la decadente oposición derechista al gobierno, surge un reverso de esa misma moneda. Por caso, la ex periodista Sandra Russo, en el prólogo a su libro Presidenta, historia de una vida -una elegía de Cristina Fernández disfrazada de biografía- escribe: “Las mujeres somos muy envidiosas de otras mujeres que percibimos o suponemos mejores que nosotras. Es feo, pero es así. Todavía somos, en algunos repliegues de nosotras mismas, remotas chimpancés anhelantes de que el macho dominante se detenga en nuestro celo. Y cuando hay otra que exhibe atributos que son fuegos artificiales al lado de nuestras llamas de fosforitos -esa es la pasta de la envidia, que alguna pueda lo que otra no, y la sensación de ser portadoras de una pobre llama de fosforito-, hay envidia”. Textual. Sandra Russo supo, en algún momento perdido en el laberinto de los tiempos, dirigir un suplemento femenino de características progresistas en el diario Página/12. Se ve que mucho no le sirvió. Un caso similar se manifestó cuando José Pablo Feinmann argumentó sobre las razones de esa remanida envidia atribuyéndola a la mediocridad de quienes la manifestaban contra una Cristina Fernández comparable a Charlize Theron (sic) o Marilyn Monroe (sic). Estrambótico.

Al mismo tiempo la progresía local, que suele acompañar de manera cabizbaja los dictados del gobierno en nombre de supuestas banderas imposibles de comprobar, desarrolla ciertas teorías de la mujer que bien podrían definirse como “feminismo falopa”. Hace pocos días en el suplemento Radar de Página/12 la periodista Mariana Carabajal proponía el debate sobre los alcances del arte y el machismo y disparaba contra la producción artística del cantante argentino Zambayonni, los estadounidenses Guns and Roses y hasta el tanguero Edmundo Rivero. El kirchnerista director del Inadi Pedro Mouratian declaraba en esa nota que “el arte es una forma de expresión y, como tal, está sujeta a límites”, en una expresión que rememora los peores postulados stalinistas y que ignora los debates teóricos sobre arte y política de los últimos treinta años, por lo menos. Por otro lado, esa posición es exponente de las rémoras de la tendencia conocida como “giro lingüístico” que postulaba la preminencia del discurso sobre la realidad y planteaba como campo de acción de la política la confrontación de “narraciones”. Su grado más extremo se puede observar cotidianamente en el esfuerzo por imaginar la solución de las diferencias de género mediante la obligatoriedad de la mención del masculino y el femenino -cuando una de las virtudes de la lengua es, en función de su elegancia, la puesta en funcionamiento de su economía- o el dislate que implica que, en las partículas finales de los sustantivos, las vocales sean sustituidas por el “@” o por una “x”, que daría cuenta de que se ha alcanzado la igualdad textual a través de una operación verdaderamente horrible.

Feminismo falopa.

Sin embargo, la desigualdad de género es parte de la nueva Argentina kirchnerista no de manera textual, sino de modo concreto, realista. Se exhibe en la situación de las hermanas Ailén y Marina Jara, presas desde 2011 por haber intentado defenderse de una violación esgrimiendo un cuchillo cuando su violador permanece en libertad, o en el auge del femicidio mediante el fuego (y no hay que olvidar que Eduardo Vázquez, el baterista de Callejeros preso por asesinar mediante quemaduras a su mujer Wanda Taddei gozaba de salidas mediante el tristemente célebre Vatayón Militante) y principalmente en los centenares de mujeres que año a año mueren por abortos mal realizados o por las consecuencias que esas malas prácticas médicas o artesanales ocasionan. La gran mayoría de esas mujeres muertas pertenece a los sectores populares que no pueden pagarse los abortos que se realizan cotidianamente en clínicas privadas de todo el país. Frente a esto, la presidenta Cristina Fernández, kirchnerista, ha declarado reiteradamente estar en contra de la legalización del aborto debido a razones de conciencia. Razones que, en la práctica -no textualmente- se cobran vidas. Es bueno recordarlo cuando empieza marzo, mes que incluye entre sus jornadas el día de lucha internacional por los derechos de la mujer.

* * *

Diego Rojas es periodista. Escribió Quién mató a Mariano Ferreyra.

Andrés Hax / Vidas Breves: Philip K. Dick

(Publicado en Revista Ñ, 10.1.2013)

Autor de clásicos de la ciencia ficción como “Ubik” o “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” que se adaptó al cine como “Blade Runner”, se convirtió en un fetiche de Hollywood. En 1974 tuvo una visión mística del hombre y el universo y lo volcó en un diario privado que sumó 8.000 páginas. Assange, Bush, o Cheney, parecen personajes suyos.

Philip K. Dick (1928-1982) es uno de los escritores de ciencia ficción más importantes del Siglo XX. Pero es mucho más que eso. Para alguien que no lo haya leído (y que huya de la ciencia ficción por prejuicios sobre el género), buscaremos un hermano espiritual de Dick en la Literatura con mayúscula. Entonces, Philip K. Dick es algo así como el Franz Kafka de los Estados Unidos. Dick, como Kafka, anticipó tendencias totalitarias de su país. Pero además percibió un espíritu secreto de su era. En ambos casos su obra fue reconocida después de muertos. Es que tanto uno como el otro, escribían sobre la profunda realidad de su tiempo, sobre aquello que estaba en período de incubación. Como los animales, que saben del terremoto antes que ocurra, Dick, como Kafka, anticipó lo que venía y lo contó en libros alegóricos, que parecían fantasías paranoicas hasta que se volvieron proféticos. Por esto, y por media docena de otros motivos, Dick es un autor canónico. Al leerlo, nuestra forma de ver nuestro mundo actual cambia. Hasta podríamos decir que sin leer a Philip K. Dick no se puede comprender bien el mundo en cual vivimos.

Philip K. Dick fue un autor prolífico. Publicó más de 40 novelas y más de 120 cuentos. Además, dejó una obra secreta: sus diarios personales autodenominados Exégesis, que abarcan más de 8.000 páginas, (una selección en un volumen, de casi mil páginas fue publicada en 2011 con prólogo de Jonathan Lethem.) Al principio de su carrera Dick pretendía ser en un escritor de literatura convencional y sus primeras novelas de aprendizaje fueron realistas. Aunque terminó siendo un escritor muy exitoso, ganando premios, lectores fanáticos, el respeto de sus pares y también dinero, siempre luchó contra la ciencia ficción como género. Cuando empezó a escribir, y aun en la fecha de su muerte, en 1982 con 53 años, la ciencia ficción era un gueto despreciado por la academia y la sociedad convencional. Hoy la situación ha cambiado, a tal punto que Dick ha sido publicado por The Library of America, el sello editorial que define el canon de las letras estadounidenses, y la revista Time nombro su novela Ubik (1969) como una de las cien mejores novelas escritas en inglés desde 1923.

El mundo de Dick es de cyborgs, de corporaciones omnipotentes y monopólicas que manejan tecnologías como el control de la memoria; es el mundo de la adicción, de la alucinación, de gobiernos autoritarios; de paisajes pos-apocalípticos y mundos distópicos; es el mundo de la paranoia, de las visiones místicas. Mundos paralelos. Pero dentro de todos estos escenarios y situaciones clásicas de la ciencia ficción la literatura de Dick se basa en las preguntas que son las mismas que están en el centro de la filosofía y la religión: ¿Qué es el ser humano? ¿Qué es la realidad? ¿Cuál es la naturaleza del Universo?

Para el escritor Jonathan Lethem, la ciencia ficción de Dick está un nivel por encima de sus contemporáneos: “Ellos estaban escribiendo sencillas fábulas, por más que no quieran admitirlo. Pero Dick se ocupó de manera distintiva y directa de la resaca de terror y lo irracional en la sociedad contemperaría tecnológica. Este fue el motivo por el cual la ciencia ficción empezó a ser importante. Porque se enfrentaba con el hecho de que estamos viviendo en una era tecnocrática en la cual las artes tradicionales, literarias y demás, no tenían mucho que decir sobre esto, no encontraban un vocabulario para reconocer la velocidad de cambio en la vida cotidiana.”

Por más que no hayan leído una página de la obra de Philip K. Dick es muy probable que conozcan su mundo, y no solo porque poco a poco el mundo que habitamos se parece más al de sus libros. Es que, póstumamente, Dick se ha convertido en uno de los autores predilectos de Hollywood. Blade RunnerMinority ReportA Scanner Darkly,Total RecallScreamersPaycheckEternal Sunshine of the Spotless Mind [Nota: el autor del artículo cometió un error. Esta película NO está basada en una historia de Dick] y The Adjustment Bureau son algunas de las películas adaptadas de obras de Dick, quien solo pudo ver la Blade Runner de Ridley Scott.

La vida de Dick fue caótica, intensa y triste. Su padre abandonó a la familia cuando era chico. Vivió toda su vida en diferentes ciudades de California. Fue adicto a las anfetaminas; lo ayudaban en su frenético ritmo de escritura pero le dejaron secuelas que, al fin, resultaron mortales. Tuvo cinco esposas y tres hijos, a ninguno de los cuales trató bien. No participó en su crianza ni los ayudó económicamente. Hasta llegó a golpear a una de sus esposas. Era profundamente paranoico y con motivos. En un evento nunca explicado su casa fue robada, y destruida, pero solamente fueron extraídos sus papeles personales. Vivía de escribir pero siempre le faltaba dinero. Sentía que como escritor nunca había sido valorado como se merecía.

Dentro de toda esta cotidianeidad hay dos eventos fundamentales en la vida de Philip K. Dick alrededor de los cuales él mismo, obsesivamente y torturadamente, configuró su psique. El primer evento fue la muerte de su hermana melliza, en los primeros meses de su vida, o sea en enero de 1929 (Dick nació en Chicago, el 16 de diciembre de 1928). El segundo evento fue un delirio místico —o psicótico— en los meses de febrero y marzo de 1974, cuando tenía 46 años.

Su hermana, Jane Charlotte Dick, murió por negligencia. La madre primeriza era inmadura, y aparte de la escasa compañía de su marido, estaba completamente sola. Pero no era cruel o indiferente. Abrumada por la incipiente crianza de sus hijos, llamó a sumadre por ayuda, pero ya era muy tarde. En un accidente, quemó a su hija Jane con una botella de agua caliente con cual intentaba calentar la cuna. Los médicos llevaron a los mellizos al hospital. La niña murió en camino y el niño se salvó después de estar varios días cerca de la muerte. Ambos estaban desnutridos.

Años después, en el Exégesis, Dick escribió: “Es el Jane dentro de mi —el ánima o el principio femenino— que es el lado lacrimoso de mi ser, que está enfermo y que ahora busca ser hospitalizado. Es Jane dentro de mí que se está intentando morir. O, en realidad, es la Jane que realmente murió, que repite sus pasos en mi anima una y otra vez, ese viaje mortal que se dio por la negligencia. Es la Jane-dentro-de-mi que ahora esta asustada y deprimida. Pero si la Jane dentro de mi se muere ahora me llevará a mí (el mellizo masculino) con ella, con lo cual no tengo que sucumbir. Jane tendrá que seguir viviendo en su existencia vestigal a mi lado aunque esté al otro lado…”

Para el biógrafo Lawrence Suten la muerte de Jane es el evento central en la vida psíquica de Dick: “El tormento se extendió a través de su vida entera, manifestándose en las relaciones difíciles que tuvo con las mujeres y con su fascinación por resolver los dilemas dualistas” como el de humano/androide, por ejemplo, que es central a su obra.

El otro evento central en la vida de Dick fue una serie de visiones que duró dos meses enteros, en 1974. En ese momento vivía en Orange County en California. Volvía del dentista donde había sido tratado por un dolor de muela. De vuelta en su casa le abrió la puerta a alguien que le vino a traer su medicación de una farmacia. Era una mujer joven con un colgante de un pez dibujado. Dick le preguntó qué significaba. La chica le dijo que era el símbolo de las primeras sectas cristianas, las perseguidas por el Imperio Romano. En ese momento Dick tuvo una revelación. Tuvo un momento de conocimiento total en la cual vio la historia humana entera. Se dio cuenta que la historia no es lineal, sino circular. Que el Imperio Romano aun existía, que esta realidad en la cual vivimos era de hecho una especie de prisión. La visión persistió por dos meses mutándose, multiplicándose, profundizándose.

Desde entonces hasta su muerte Dick se ocupó de interrogarse a si mismo sobre el significado de este evento, tratando de discernir si era una visión mística, un sueño, un flashback de droga, un brote psicótico o esquizofrénico, o una combinación de todas estas cosas. El episodio, que el denominaba “2-3-74” no solo le brindó una visión de la “realidad” sino también una mirada sobre el significado de su obra y el sentido de su vida.

Nos cuenta Lethem en la introducción a una selección del Exégesis : “Dick comenzó a ver todos sus escritos anteriores —especialmente sus novelas de ciencia ficción de los 60— como un intricado e inconciente precursor a sus percepciones visionarias… [En el Exégisis] Dick escribió sobre la ternura, sufrimiento y naturaleza del universo; sobre la esencia de la tragedia; sobre alienígenas de tres ojos; robots hechos de ADN; cultos cristianos antiguos y reprimidos cuyas creencias esenciales predecían la teoría Marxista; viajes en el tiempo; radios que siguen tocando después de ser desenchufadas; y la naturaleza verdadera del universo como le fue revelado en el Libro tibetano de la muerteEl origen de la conciencia y la mente bicameral de Julian Jaynes, y la película Tres mujeres de Robert Altman” entre muchas, muchas otras cosas.

Para algunos lectores la obra más importante de Kafka son sus diarios. Tal vez el Exegesisde Philip K. Dick tenga el mismo destino. Si hay una critica que se le puede hacer a las obras de Dick es que sus ideas y sus mundos son mucho más fascinantes que su prosa en si. Tal vez no sea incorrecto decir que Dick no es muy buen escritor. Pero esa evaluación  excede los límites de esta Vida Breve. En todo caso, Dick mismo ha respondido a esta duda. Escribió, justamente en sus diarios íntimos:

“Soy un filósofo que ficcionaliza, no un novelista; mi habilidad de escribir cuentos y novelas es utilizada con el fin de dar forma a mis percepciones. El centro de mi escritura no es el arte sino la verdad. Por lo tanto lo que yo cuento es la verdad, y sin embargo no hay nada que pueda hacer para aliviarla ni por hechos o explicaciones. De todas maneras esto suele darle ayuda a un tipo de persona sensible y atormentada por el cual hablo. Creo que entiendo el ingrediente en común en ellos a quienes mi escritura les ayuda: ellos no pueden atenuar sus propias sospechas sobre la irracional y misteriosa naturaleza de la realidad. Y para ellos el corpus de mi escritura es un largo argumento acerca de esta inexplicable realidad. Es una integración y presentación y análisis y respuesta y historia personal.”

Philip K. Dick hizo algo aparentemente imposible. Escribió sobre el espíritu de nuestrostiempos. Se murió antes de Internet, antes de la Guerra contra el Terrorismo y la Guerra Contra las Drogas. No llegó a ver la realidad virtual o la farmapsicologia. Pero escribió sobre todas estas cosas y más. Julian Assange es un personaje de Philip K. Dick. También lo son Dick Cheney y George Bush. CNN, Fox, y la televisión reality. Todos son parte del mundo Dick.

Podríamos seguir y seguir…

Fuentes /Más Información

Divine Invasions: A Life of Philip K. Dick. Lawrence Sutin

The Exegesis of Philip K. Dick

The Library of America Interviews Jonathan Lethem about Philip K. Dick

Blows Against the Empire. The return of Philip K. Dick. Adam Gopnik (The New Yorker. 20 de agosto, 2007)

The Second Coming of Philip K. Dick. The inside-out story of how a hyper-paranoid, pulp-fiction hack conquered the movie world 20 years after his death. By Frank Rose (WIRED.

Philip K Dick Interview in France 1977 (video)

Philip K. Dick – IMDb

Diana Cohen Agrest / Tragedia de Once: la trama de impunidad y desidia de una Argentina que duele

(Publicado en La Nación, 23.12.2012)

Un caluroso 22 de febrero de 2012, apenas después de las 8.32 de la mañana, las sirenas conmovieron súbitamente a una ciudad que reiniciaba su trajín tras el paréntesis de un Carnaval tan forzado como extemporáneo. Inexplicablemente, un tren que se aproximaba a la plataforma de la estación de Once no había logrado detener su marcha y terminó por colisionar con los sistemas de paragolpes de contención de la estación. La formación transportaba en plena hora pico a más de 1200 pasajeros a bordo y, con el correr de las horas, se supo que fallecieron 51 de ellos y cuando menos 703 resultaron heridos.

Más que un infortunio casual, la tragedia fue un eslabón más de una cadena de acontecimientos mortales que parece condenarnos a cierta extraña pero manifiesta compulsión a la repetición: si nos volvemos hacia los últimos tiempos, en un atroz carrousel, se nos aparecen la catástrofe ferroviaria de Flores, la tragedia vial del colegio Ecos, los incendios de las discotecas Beara, Cromagnon y Kheivys, las desgracias aéreas de Austral, de Sol y de LAPA, los atentados a la AMIA y unos años antes, a la embajada de Israel. Apenas un puñado de tragedias evitables, rescatadas entre tantas otras que o bien fueron olvidadas o bien persistieron anónimas, porque acontecieron en la Argentina profunda ante la cual se minimiza y hasta se invisibiliza el dolor.

Aun cuando hay quienes prefieren atribuirlas al azar o a la fatalidad, lo cierto es que el azar y la fatalidad son dos modalidades de la negación: lo que llamamos “azar” no es sino la ignorancia de las causas que produjeron un hecho. Y la fatalidad exorciza mágicamente de cualquier responsabilidad. Pero lo cierto es que el retorno de lo trágico irrumpe en otras formas de violencias cotidianas. Todas ellas se inscriben en una matriz letal en la que convergen intereses, obligaciones, derechos y bienes simbólicos inalienables. Y en esa compulsión a la repetición, la tragedia de Once condensa e ilustra dolorosamente la trama de la Argentina que nos duele. Porque en ella se anudan, una vez más, las cuerdas entre las que anidan la complicidad de los funcionarios con los intereses empresariales que se extienden rastreramente, como hiedras venenosas, al cobijo de la impunidad.

¿Quiénes son los actores de estos dramas inconclusos? En esa trama, el Estado, los empresarios y los funcionarios inescrupulosos se enfrentan a las víctimas y a una sociedad que, mancomunada en el dolor por las pérdidas, debería reconocerse como parte de los enlutados. Entre unos y otras, un abismo que se ahonda brutalmente, cada día más.

Durante la última década se proclamó un modelo basado en el diseño de las tan proclamadas políticas de inclusión destinadas a fortalecer los mecanismos de protección de los segmentos socialmente desfavorecidos. Pero esos dispositivos se sostuvieron en un paradigma de gestión basado en la concesión de subsidios operativos que, en el caso del sistema ferroviario, crecieron un 300 por ciento durante los últimos seis años sin que se exigieran las inversiones privadas en su mantenimiento y sin que se sancionara la degradación progresiva de la calidad de la prestación del servicio al usuario. Ya un informe de la Auditoría General de la Nación (AGN) de 2008 ponía en evidencia que no sólo no se había ejecutado el mantenimiento de los trenes desde 2004 sino que se habían descuidado los mecanismos de control que, de haberse realizado, probablemente habrían eliminado de cuajo un nuevo eslabón en esa cadena de repeticiones.

La falta de pulso político resultó cuando menos extraña en un relato presumiblemente inclusivo pero a todas luces selectivo: mientras que en tragedias acaecidas en otras latitudes, tanto los alcaldes como los presidentes y hasta los príncipes y los reyes ponen sus coronados cuerpos reales, en cambio, en nuestra tragedia vernácula, las horas y los días que siguieron fueron marcados por una intolerable ausencia de quienes deberían haber estado allí. Si alguno de los máximos funcionarios nacionales, provinciales o municipales hubiese asistido, nos habría concedido una demostración de ejemplaridad cívica. Considerado incluso desde el más frío y calculador pragmatismo, el sólo acto de presencia le habría aportado un enorme rédito político porque habría contribuido a la pacificación de una sociedad desencajada…Pero en la Argentina que nos duele, sin distinciones partidocráticas, literalmente nuestros representantes no nos representaron. Y con ese ninguneo hacia los trabajadores -carne de cañón usuaria de los trenes-, con ese desvergonzado gesto por omisión -infinitamente más elocuente que los discursos vacíos sobre la inclusión-, nuestros dirigentes habrían sido condenados al ostracismo en sociedades menos tolerantes.

BORRAR EL HORROR

Tras ese mutis por el foro, y con los hierros y los cuerpos todavía incandescentes, coreutas desafinados sellaron la escena: el jefe de Gabinete, con torpeza incontinente, sentenció: “Las vidas que se perdieron, se perdieron”, palabras sólo pronunciables por un aprendiz de político para quien esas muertes son apenas una cifra y, como tal, desencarnadas de la realidad de una pérdida cuyo dolor ni siquiera es capaz de simular. Y el secretario de Transporte de entonces -hoy procesado-, no se quedó atrás cuando, en un flaco consuelo contrafáctico espetó que “si esto hubiera ocurrido ayer, que era un día feriado”, las consecuencias habrían sido menores. Como si el error fuera atribuible a un infausto destino que, indiferente a la desidia organizada, seleccionaría los días nefastos a su arbitrio. El Estado no le fue en zaga: no dándose por aludido, y rápido de reflejos para una jugada maestra fallida, se presentó como querellante ante la Justicia. E invirtiendo el orden entre el victimario y la víctima, desconoció la negligencia en la que había incurrido y pretendió incautar el lugar de los lesionados por su accionar.

El contrapunto de semejante cinismo cívico son el ramillete de enlutados que simbolizan la posibilidad de aprender a transitar desde el sufrimiento hacia una acción colectiva reivindicatoria de la verdad y la justicia. Tras exigir al gobierno nacional que se pronunciase “alguna vez” sobre la tragedia, e impugnando una política selectiva de la memoria, lanzaron la campaña “500.000 caras por justicia”, invitando a medio millón de personas a retratarse con un cartel que reclamaba el esclarecimiento del hecho, en un intento de rescatar del olvido esos rostros que el Estado ignoró con su ominoso silencio.

Celebrados los procesamientos de algunos de los responsables de la tragedia, los ex secretarios de Transporte Jaime y Schiavi, y de los Cirigliano, dueños de TBA, la sociedad se queda con una instantánea: porque una vez pacificada con esta inyección anestésica de alto impacto mediático, la historia reciente nos ha enseñado que el procesamiento es apenas una medida paliativa transitoria que procura poner paños fríos sobre una herida en carne viva que terminará supurando una vez que las recusaciones, los laberintos tribunalicios, las dilaciones y otras creativas chicanas procesales logren borrar lo acontecido.

Las tragedias, nuestra historia lo muestra, son gestadas en el vientre de la impunidad: la de Flores, no resuelta. La causa del Colegio Ecos, prescribió. Los responsables de Beara, sobreseidos. Cromagnon, todavía en juicio. Kheyvis, prescribió. Austral, prescribió. Sol, paralizada. LAPA, momentáneamente se revocó el sobreseimiento de los empresarios. El atentado a la AMIA, negociado por el gobierno con los acusados de haberlo perpetrado. El atentado a la embajada, estancada. Ciudadanos incrédulos de este reino de la impunidad, sumidos en la desesperanza, probablemente nos asomamos con la tragedia de Once a otro crimen más, entre tantos otros, sin culpables. Porque al fin de cuentas, ¿por qué esperar del mañana la Justicia que es burlada hoy?

Abandonando esos reclamos reivindicatorios a su suerte, con nuestro silencio no hacemos sino prestarnos al juego perverso de una justicia que manipula a una sociedad espasmódica, que reacciona cuando es sacudida por el horror. Pero a sabiendas de que es auxiliada por la velocidad de los acontecimientos, la justicia impunitiva parece esperar que una nueva tragedia ensombrezca la anterior, y que la injusticia del diario de hoy obture las injusticias del de ayer.

Pero es obsceno callar ante lo que no puede ni debe ser callado. Una vez que las víctimas han sido silenciadas, ¿acaso sus sobrevivientes y la sociedad toda -vulnerada y vulnerable- no debe ser la continuadora de la reivindicación consagrada a la memoria de las víctimas de todas nuestras tragedias? ¿Acaso la dignidad de los reclamos no es el punto de convergencia de una sociedad que debe comenzar a reconocerse en sus propias fuerzas, en su potencia de sumar voluntades para hacer de una única voluntad, un instrumento poderoso en la persecución comprometida del interés general que debe prevalecer sobre los intereses corporativos? ¿Acaso no se trata de construir una renovada identidad que se sepa capaz de ejercer una fuerza coactiva en defensa, ni más ni menos, del bien común?

La rápida suspensión de las celebraciones del Carnaval y su reconversión en dos días de duelo expresaron los dos rostros de una realidad demencial, el anverso multicolor tributario del “pizza con champagne” en versión populista -los festejos del Bicentenario, el Fútbol para Todos, Tecnópolis y los megarrecitales- y el reverso ensombrecido de un país que pretende celebrar allí donde hay un campo minado por el escepticismo del dolor irreparable.

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Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Tomás Abraham / La importancia de ser lector

(Publicado en Perfil, 23.9.2012, perfil.com)

En este texto leído en la reciente Feria del Libro de Corrientes, donde fue nombrado ciudadano ilustre, el filósofo analiza el “humanismo de las letras”. Lamenta que hoy exista una “lectura militante”, que combina soberbia con estupidez, y advierte que una democracia plena sólo es posible con una población con ganas de estudiar y de leer.

Pertenezco a una generación para la que la lectura era un símbolo de prestigio cultural y de respeto individual. Recordemos que el presidente Arturo Frondizi se jactaba de leer un libro día por medio, y que sus hermanos tenían la talla intelectual de Silvio Frondizi y del académico Risieri Frondizi.

Quien leía transmitía sin duda un tipo de autoridad basada en alguna leyenda indescifrable, parecía el guardián de un arcano secreto que imponía silencio a su alrededor y lograba el reconocimiento de haber ascendido a un sitio envidiable por lo codiciado.

Se decía que una persona era leída –un modo pasivo de definir a quien se presentaba como depositario de un recurso importante– y cuando se elogiaba a un joven se comentaba que leía. Tener un libro en la mano, más aún cuando esa mano era la de una persona joven, no dejaba de ser una señal de un ser especial. Hasta tal punto que en épocas de dictadura, como por ejemplo aquella tan preocupada por los efectos perniciosos que la cultura podía tener en la sociedad como fue la del general Onganía, leer, tener barba y estudiar Filosofía eran certificados de peligrosidad y de sospecha permanente.

Por supuesto que no todo el mundo pretendía entrar a una librería o a una biblioteca cuando la vida o el ocio así se lo permitían, no era un horizonte de atracción masiva, pero sí una meta y una ambición elitista y selectiva que ponderaba algunas virtudes, se hacía eco de determinadas necesidades y soñaba con supuestas glorias.

La virtud consistía en tener acceso al conocimiento, y el conocimiento era un valor destacable. Quien más sabía más podía y más era. Saber, poder y ser. Por otra parte, la necesidad se fundamentaba en la constatación de que las autoridades legítimas nos mentían y que trataban de domesticarnos. Los padres, los pastores religiosos, los profesores, los militares, los abogados, los médicos, la policía, los representantes de la investidura que componía el entramado reticular de los discursos del poder, engañaban, y la salida liberadora consistía en la apropiación del saber para desmitificar esas palabras astutas, en apariencia terminantes, que nos dejaban, a nosotros, a aquellos jóvenes, sin palabras.

Por último, la gloria soñada era inocente, ingenua, aunque pudo con el paso del tiempo convertirse en un elemento delicado por su grado de inflamabilidad, porque de ser un faro que guía a una humanidad de naúfragos de acuerdo a la idea de genio que legó el romanticismo, el hombre de las letras se hace depositario de una verdad por la que exige entregar la vida, no sólo la suya sino la de todos, adeptos y disidentes.

Cuando hablamos de modernidad y cuando pronunciamos la palabra ilustración no hacemos más que referirnos a este compuesto de ideales que luchó por hacerse un lugar en un cosmos ordenado en base a una jerarquía trascendente, invisible, y sólo ella verdadera, representada por castas que aunaban el símbolo mítico-religioso y el poder militar. Este orden indestructible por dos milenios, desde la cultura antigua hasta las habilidades de la escolástica medieval, se fisurará en tres pedazos que provocan la gran dispersión que sella el final de los tiempos eternos de aquel Dios.

Cristóbal Colón y los grandes navegantes, Lutero y las sectas puritanas, Galileo Galilei con el ingreso del nuevo ojo mecánico que acerca a los sentidos lo que antes era sólo imaginable, producen esa grieta llamada modernidad cuyas sucesivas transformaciones no dejarán por eso de evocar ese primer gesto que modifica de raíz la concepción del tiempo y del espacio que se tenía de lo que se conocía por civilización.

El mundo ensanchado y vuelto sobre sí, el Cristo dividido y la Luna auscultada hacen mella en el Uno de la Verdad, y la multiplicidad infinita no tendrá otro cancerbero que la aventura del conocimiento.

Conocemos la leyenda del Fausto, que desde Christopher Marlowe a Goethe nos habla de la insaciabilidad de quien aspira al saber y de quien no quiere morir, ambos conjugados en el amor absoluto por la mujer ideal.

Fue fundacional de una civilización el mito de Prometeo, que cuenta la historia de la humanidad como resultado del acto de un traidor a la causa divina que roba el fuego y se lo da a esa especie de seres inferiores llamados hombres para que cuezan el barro, cocinen la carne animal y templen el metal.

Estos dos personajes de la literatura de todos los tiempos nos dicen que quien aspira al conocimiento es un transgresor. Los mitos mesopotámicos lo ilustran. Quien quiere saber peca de soberbia, se iguala a los dioses y sucumbe por su desmesura. La tragedia griega lo narra en Edipo como en Antígona.

Para saber es necesario tener coraje, no es un gesto gratuito ni una iniciativa ligera de tomar. Sócrates pertenecía a un mundo –el primero en la historia de la humanidad– en el que los hombres de una sociedad que se autodefinía como “política” se arrogan el derecho de darse a sí mismos sus propias leyes. Fue la primera separación entre el cielo y la tierra, entre el eje vertical de los sistemas palatinos y la circularidad de la palabra pública ejercida en las asambleas.

Emmanuel Kant, en su texto ¿Qué es la Ilustración?, anuncia a fines del siglo XVIII, hace poco más de doscientos años, que ha llegado la época en que la humanidad debe tener el coraje de saber, y que para tenerlo es necesario que se despoje de las tutelas en las que depositaba esa tarea.

El filósofo alemán afirma que la madurez es una actitud que se consigue por un gesto liberador de la custodia de los que se dicen autorizados por el saber: médicos, pastores, hasta llegar a mencionar los libros como almohadones para el reposo de quien pide que otros piensen por él. Pero no se trata de despreciar el conocimiento sino de usarlo luego de un trabajo personal, de un desafío a las certezas inducidas y a las verdades sagradas que imponen la obediencia debida y la lealtad a los mandamaces encumbrados en el poder.

La gramática cuestionada. ¿Se acuerdan de la palabra “autodidacta”? Educarse a sí mismo. Este propósito no implica desprecio alguno hacia los maestros –todo lo contrario– sino el hecho de que el estudio es un trabajo personal ineludible bajo la conducción sutil de un maestro.

Lo que el docente transmite no es tanto un cúmulo de conocimientos clasificados y una nomenclatura de sostén para expresarse con propiedad, sino su modo de aprender, que incluye sus equivocaciones. La enseñanza es el puente que se construye entre aprendices y estudiosos de generaciones sucesivas, en el que se instruye a aceptar el error de quien ensaya y experimenta incansablemente.

Hoy se dice que la era de la gramática ha fenecido. Se sostiene que los modos de acceso al conocimiento ya no necesitan del lenguaje verbal ni de sus expresiones escritas. Nos anuncian un cambio civilizatorio. Bienvenido sea, si tal presagio tiene contenido. El temor al cambio y la conservación de lo adquirido no siempre resguardan valores imperecederos. Todas las culturas tienen fecha de vencimiento.

Uno de los más interesantes filósofos de hoy, Peter Sloterdijk, dice que el humanismo de las letras ya no es el ideal comunicacional de nuestros días. Nos pide que dejemos de lamentarnos por esa pérdida. Escribir o leer no son actos naturales. No por eso llama al analfabetismo sino a una nueva concepción del saber con sus novedosas herramientas.

Lo que el filósofo alemán parece evocar es una nueva revolución galileana como aquella que descabezó las artes liberales de su trono humanista mediante la sustitución de la retórica, la gramática y la lógica de su sitial escolástico por la nueva verdad de la ciencia físico-matemática inscripta en las leyes naturales.

La novedad del día ya no reside en la conformación de un mundo estructurado según el paradigma clásico del siglo XVII, la mathesis universalis, es decir una clasificación del orden de los seres desde lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande de acuerdo a sus diferencias y semejanzas, esa idea de que el todo podía ser visible y calculable para la mente humana con el fin de la transformación de la naturaleza para la felicidad en esta tierra, sino en la revolución de las ciencias biológicas, que ya no hablan del mundo sino de la vida.

Para Sloterdijk hay un nuevo lenguaje que se inaugura a contracorriente del humanismo de las letras y de las artes y que dará cuenta de lo que llama Parque Humano.

De todos modos, no nos hagamos tantas ilusiones o, mejor dicho, podemos hacérnoslas por algún tiempo más. Mientras la ética, la política, la economía, no sean calculables y los intentos por elevar su perfil epistemológico para hacerlas disciplinas “duras” padezcan un fracaso tras otro –sabemos lo que valen las predicciones y los predicadores en nuestro mundo en crisis–, el discurso verbal o escrito de acuerdo a la arcaica sintaxis seguirán siendo vigentes, y los “relatos”, necesarios, al menos para engañar a la gente.

Recordemos que para los fundadores de la filosofía, como Platón, la escritura desnaturalizaba el conocimiento. Poner a disposición de cualquiera un saber delicado, conocimientos que requieren de parte del receptor virtudes comprobadas, se vuelve una apuesta arriesgada si el texto circula en el espacio público en manos anónimas para fines desconocidos.

Platón era muy cauto en cuestiones de democracia. Pero una vez que el mundo de la antigüedad se abre y deja de ser aquella polis griega en donde los asuntos políticos se dirimían de un modo directo en el ágora y en las asambleas, una vez que la figura del sabio pierde lo que Nietzsche llamaba su majestad sacerdotal que hacía de la Voz la emisión oracular de una verdad sólo mostrada de sesgo por el temor que producía, una vez que la ciudad griega se hace metrópolis y los espacios de confluencia se diagraman de acuerdo a dimensiones imperiales, puntos alejados, sin contacto directo, entonces el texto se hace epístola, carta para aproximar a los lejanos, preceptivas para acercar a maestros y discípulos. El escrito es un envío de amistad, una señal de aproximación, un llamado a la escucha que se hace lectura.

Leer, entonces, es recibir un mensaje de un amigo. Esta concepción del texto es una remisión muy antigua sobre el escenario en el que nace la filosofía, palabra que en su composición reúne el saber con la amistad, el amor con el maestro.

Leer no es lo mismo que estudiar. 
Pero no se trata sólo de una forma de la afección. Un texto no es un abrazo. Tampoco es una forma de estar conectado. Un texto se compone. Es lo primero que me enseñaron en la facultad, cuando ingresé creyendo que un libro era una caja que al abrirla contenía un mensaje como si fuera una mariposa que se libera con la lectura.

Leer no es lo mismo que estudiar. Estudiar es leer de otro modo. Tiene etapas. Se estudia –me refiero al campo de las humanidades, aquel en el que el alfabeto aún tiene sus prerrogativas, al menos hasta que la ingeniería genética, la farmacología y la biología avanzada no se apliquen al comportamiento y constituyan la primera ciencia social digna de ese nombre– con un lápiz, se escribe el texto que leemos, anotamos en los márgenes, subrayamos, destacamos las principales líneas de fuerza y las apartamos en hojas o fichas de lectura, organizamos los temas, prestamos atención a las fuentes bibliográficas del autor y a quienes señala como sus maestros, ponemos en una balanza sus preferencias como sus rechazos, sus remisiones a determinadas tradiciones, en qué y en quién se legitima, contra quién piensa y escribe.

En una palabra: conversamos con el autor. La palabra conversación es parte de la historia que relata las vicisitudes del arte interpretativo, que se conoce como hermenéutica, lo que no significa deponer arma alguna ni una permisibilidad blanda, ni la tolerancia como aceptación de la alteridad o del diferente.

Este modo de interacción necesita de la libertad del lector que, una vez respetada la distancia que todo texto impone para poder leerlo, distancia que mitiga el apuro por volcar sobre él nuestras ansiedades, no usarlo de espejo de nuestros deseos, evitar reducirlo para conformar nuestras certezas, por no decir nuestros prejuicios, una vez hecho el trabajo de lectura, discutimos el texto, nos involucramos en él, vemos despertar en nuestra mente imágenes de pensamiento que nos descubren mundos nuevos, hacemos de la lectura y de nuestro vínculo con el autor un desafío, un hilo cinchado por tensores.

Palabras conocidas de la tradición como debate, disputa, polémica, controversia, diálogo, son manifestaciones variadas del ejercicio de la lectura.

Por eso la lectura requiere humildad, lo que no quiere decir modestia ni falta de atrevimiento, sino perseverancia, constancia, el día a día del trabajo que se mejora a sí mismo por su dedicación activa.

Leer es una tecnología muy antigua, poco tiene que ver con lo que se dice y festeja con las nuevas tecnologías. Hay quienes tienen una concepción algo frívola de las nuevas tecnologías. Creen que lo principal es estar conectados, como si fuéramos aparatos domésticos que funcionan a corriente continua. La lectura es una labor solitaria. Se practica en el silencio. Requiere concentración. Estamos solos pero en nada aislados. Nos habla otro. Muchas veces nos habla un grande, un hombre superior, pero no en el sentido de que es un santo, ni un héroe, ni un hombre de algún poder, sino un ser de extrema sensibilidad que nos permite despegar nuestras propias ideas, construirlas, percibir el mundo con otros ojos.

Leer es una actividad antihipnótica sin conectividad. No se necesita del libro para llevarla a cabo, las pantallas también lo hacen, pero el libro nos ofrece la sensualidad del tacto, la rugosidad de la materia, el sabor terrestre de la manualidad, y la compañía mágica de un silencio sólido que no calla.

El tiempo de la lectura es un tiempo lento. La lectura en diagonal es para constipados que sólo quieren descargar cuanto antes su necia voluntad de creer que hay un final, o para incontinentes que no logran disfrutar la pausa que impone el placer del texto. No se hojea ni se solapean las páginas, salvo que se usen los libros para tareas de promoción personal y prestigios de sobremesa. Por eso hay que desconfiar de la mediocridad oculta en todo tipo de facilismos que nos hablan de la importancia de la creatividad, de la belleza de la espontaneidad, de la autenticidad del sentimiento, de las intensidades emotivas y de otras formas de la pereza. Pensar es un trabajo, y es tan necesario como respirar y para no ser un muerto viviente, como parece desearlo nuestro ministro de Educación nacional.

Cuando un responsable de la educación quiere ser partícipe del jolgorio de ocupaciones de colegios y del reclamo de derechos que identifica con supuestos compromisos sociales, lo que en verdad programa es una juventud entregada e ignorante.

Estudiar es un trabajo, quizás uno de los más maravillosos que se hayan inventado. Tiene que ver con uno de los rasgos que hacen de la especie humana un fenómeno vital interesante: la curiosidad.

Estudiar es una responsabilidad, porque insume recursos de alto costo social que se pagan con el esfuerzo colectivo. El estudiante hace uso de los mismos de un modo gratuito en la escuela pública. Por lo tanto, su deber es principal respecto de un derecho que ya ejerce.

Estudiar es un placer. Hoy en día la tecnología le abre a la adolescencia el universo del conocimiento de un modo tal que puede multiplicar sus energías en el aprendizaje de los misterios de la vida y de las complejidades del mundo como mi generación jamás pudo haberlo sospechado.

Imaginemos clases de Historia, Geografía, Biología o Física con el arsenal digital y la enciclopedia audiovisual que ofrece la web. Sin embargo, mientras el ministro de Educación hace demagogia impune, la deserción escolar en la escuela media llega en nuestro país al cuarenta por ciento. Es una garantía para la pobreza, el atraso y el abandono de futuras generaciones.

Debemos reinstalar la idea de que estudiar es un oficio. El sociólogo norteamericano Richard Sennett ha dedicado sus últimos libros para comprender la idea que subyace en la labor artesanal. La antigua idea de “oficio” por la cual hacer las cosas bien nos hace bien, nos permite respetarnos a nosotros mismos. La idea de oficio bien hecho vinculada a la de respeto por uno mismo es la nueva y vieja pedagogía.

Leer sin anteojeras. Decir sin fronteras no quiere decir sin idiomas, sin estilos, sin tradiciones, sino sin anteojeras. Hoy la palabra militancia es la justificación de una actitud fanática, y de una combinación letal para la inteligencia: soberbia con estupidez.

La ideología –si se quiere conservar esa idea de ser depositario de un sistema de representaciones al que se adhiere– se basa en convicciones mínimas que por lo general no se difunden por altavoz. Tiene que ver con los valores y se muestra en los actos.

Se ha difundido la idea de que todo el mundo aplica su ideología a lo que fuere, que todo es política, que la información y el periodismo son formas de la propaganda, que es lícito mentir si sirve a la causa, que todo vale por el modelo, y una estética de saldo en la adopción de la lamentable pose sobradora que siempre nos ha caracterizado, hoy nuevamente de moda, ante el aplauso de grupos cortesanos.

Se nos educa en el fascismo, que no es un régimen político, sino una cultura política.

Querer colaborar con la transformación del país para que no haya bolsones de miseria y un infradesarrollo humano en salud, educación y vivienda, lograr la plena expansión de las fuerzas productivas mediante la creación de tecnología que permita al país competir en el mercado mundial y ofrecer fuentes de trabajo bien remuneradas, hacerlo sin provocar conflictos internos paralizantes, guerras internas sangrantes, ciclos de avance y retroceso que desgastan a las generaciones y desaniman a las mayorías, construir un país en el que la distribución del poder por vías institucionales no permita que aspirantes a la tiranía se eternicen en el Ejecutivo con manejo de dineros e intimidación propios de sistemas policiales, hacer todo eso requiere de una población con ganas de estudiar, de trabajar, de formarse, de leer.

No hemos construido un sistema político en veintiocho años de democracia, es nuestra principal falencia, es lo que permite nuevas aventuras populistas y mecanismos que desde el Estado coartan libertades. El populismo se define por la acumulación de riquezas para quienes manejan el Estado, la impunidad para estos manejos por la corrupción del Poder Judicial, la compra de voluntades o la extorsión de las personas, y una masa de pobres asistidos y trabajadores precarizados, que sólo tienen por horizonte la perpetuación del asistencialismo que aseguran de un modo plebiscitario el poder de los jerarcas.

Sin embargo, construir una democracia política no es tarea sencilla en un país en el que el poder concentrado de la riqueza ejerce su peso político en la toma de decisiones gubernamentales.

El argumento a favor del populismo sostiene que en un país que tiene poderes corporativos fuertes y un Estado débil, un gobierno para sobrevivir no puede hacer otra cosa que acumular riquezas, lo que llamamos caja, y asociarse con sectores del capitalismo vernáculo.

Cuando esta necesidad no pudo colmarse, los gobiernos cayeron o fueron expulsados, cuando el abastecimiento en divisas fue una realidad, como en la década del 90 con lo obtenido por las privatizaciones y las remesas de la deuda externa, o en la actualidad, con el superávit comercial por la explosión de los precios de las materias primas, los gobiernos ejercen hegemonía política.

Por un lado, entonces, riesgo de ingobernabilidad; por el otro, opresión despótica. Este es uno de nuestros dilemas más urgentes que nos compelen a pensar una salida emancipadora y constructiva.

Y de pensar se trata para que la acción no se sostenga en sueños de salvación con las correspondientes pesadillas. Pensar es multiplicar, buscar obstáculos, no huir de los dilemas, tener el coraje de decidir. Cuando así se lo hace, cuando se piensa con libertad, las fronteras, las aduanas, los inspectores, todo eso se evapora, como sucede con todo lo que se disuelve en el aire cuando un libro nos conquista.

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Tomás Abraham es un filósofo y escritor argentino nacido en Timisoara, Rumania, en 1947.

ObrasPensadores bajos (1987), Los senderos de Foucault (1989), Foucault y la ética (1989), La guerra del amor (1992), Historias de la Argentina deseada (1994), Batallas éticas (1995), El último oficio de Nietzsche (1996), La aldea local (1997), Vidas filosóficas (1999), La empresa de vivir (2000), Pensamiento rápido (2001), Tensiones filosóficas (2001), Pensadores bajos (2002), El último Foucault (2003), Fricciones (2004), La máquina Deleuze (2006), El presente absoluto (2007), Historia de una biblioteca (2010), Rorty, el amigo americano (2010), La lechuza y el caracol. Contrarrelato político (2012) y Platón en el callejón (2012).

tomasabraham.com.ar

Diana Cohen Agrest (2010) Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana)

Es el libro más reciente de Diana Cohen Agrest, donde se ocupa de trece cuestiones de nuestra vida de todos los días. Temas que en distinta medida se hacen presentes explícita o implícitamente para condicionar, influir en nuestra existencia.

Esas cosas tales como el manejo del tiempo (y la expectativa por optimizarlo), la felicidad (¿a qué llamamos felicidad?), el aburrimiento, la pereza (el ocio, la fiaca como recursos que van en contra del funcionamiento del mundo), el autoengaño (la mentira, la mala fe, el amor o su ilusión), la envidia (la sana o enferma envidia, los celos, el resentimiento, la indignación, la vergüenza, la admiración), el miedo (¿qué produce miedo?, el temor), el morbo (la seducción de lo repulsivo, la obscenidad, el asco), la vergüenza, el perdón (¿cuáles son las condiciones de posibilidad para que el perdón tenga lugar?), el envejecimiento, el morir y la inmortalidad.

Cohen Agrest se expresa con suma erudición y una magnífica claridad. La exposición de cada asunto es óptima y la bibliografía de cada capítulo prácticamente nos invita a ir más allá, provocando el deseo de más lecturas y aproximaciones.

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Del capítulo “Morir (La posibilidad de todas las posibilidades)”:

¿Cómo vivir entonces con la certeza de un acontecimiento marcado por su inevitabilidad esencial? Si no hay nada que se pueda hacer con el hecho de que me voy a morir, si la muerte es nuestro destino último, rebelarnos ante ella es como enfurecernos porque dos más dos son cuatro o porque la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a dos rectos. ¿Acaso nuestra ira puede incidir en algo en esas verdades matemáticas de que dos más dos son cuatro o que la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a dos rectos? tal vez, aceptar finalmente su inevitabilidad, su necesidad, reduzca en algo el dolor de la muerte.

Pero hay otra lectura posible. Es cierto que una vida vivida hasta la vejez es más valiosa que una vida truncada en la juventud. No obstante, tomar conciencia de que la vida es un bien precioso, tan frágil como efímero, puede servirnos de impulso para conferirle un sentido valioso. Decíamos que somos seres orientados al futuro, seres abiertos al futuro. ¿Cuál de los varios porvenires que están abiertos para mí probablemente me ofrezca una vida digna de ser vivida?

Esa respuesta, una vez más, es absolutamente personal e intransferible. Pero vale la pena buscarla, como se ha buscado, desde que el hombre es hombre, cierto consuelo frente a la irreversibilidad del morir.

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Del capítulo “La inmortalidad (Entre el anhelo de lo eterno y el alivio de lo efímero)”:

Si nos volvemos, por última vez, a las páginas devastadoras de La muerte de Iván Illich, advertimos que Tolstoi retrata allí el monólogo interior de quien, incapaz de aceptar su agonía, se transforma en un desertor de la dictadura de la lógica. Recorriendo los laberintos de su memoria, Iván recuerda el clásico silogismo aristotélico, repitiéndoselo a sí mismo en un estado de total incredulidad:

Todos los hombres son mortales.
Sócrates es hombre.
Por lo tanto, Sócrates es mortal.

-¿Qué tiene que ver eso conmigo? -clama Iván en un arranque de ira, resistiéndose a admitir la validez del razonamiento-. ¿Acaso ese silogismo no puede ocultar alguna especie de falla lógica? -se interroga una y otra vez-. Al fin y al cabo, que todos los hombres sean mortales poco o nada parece tener que ver conmigo, que sólo puedo vivenciarme como siendo.

Confrontándose con la lógica de la vida, el pensador existencialista Jean Améry reconoce que la lógica de la muerte se sostiene en un nihil, en una nada que es la negación de toda lógica que, por su naturaleza misma, se asienta en el ser. La lógica de la muerte, vacía de realidad, es pura negación, imposibilidad de pensamiento y de ser. De allí su imposibilidad de ser representada.

Pese a la irrepresentabilidad de la muerte, se intentó franquear la inexorabilidad de ese límite a través de una vía sustituta: la inmortalidad. kant proclamó que es imposible conocerla, y mucho menos proporcionar prueba alguna a favor de la inmortalidad. La lógica no alcanza a probarla. Y ni siquiera podemos afirmar su posibilidad. Pese a este límite radical, podemos afirmar con certidumbre moral que somos inmortales. Esa certeza hunde sus raíces en la moralidad: puesto que no podemos sustraernos a la fuerza del deber (ya que, aun transgrediéndolo o rehusándonos a obedecerlo, lo reconocemos como mandato), la ley moral exige su cumplimiento más perfecto que se consumaría plenamente en el ideal de la santidad. Ese ideal es un modelo de perfección moral al que los seres humanos deberían aspirar. Sin embargo, no puede ser alcanzado en el tiempo limitado de una vida humana. Por ser finitos, los seres humanos son incapaces de alcanzar ese ideal de santidad en las condiciones de este mundo. Dado que la perfección moral sólo puede ser lograda en un progreso al infinito, entonces dicho progreso sólo es posible “si suponemos una existencia y personalidad duradera”, esto es, concluye Kant, una alma inmortal. La inmortalidad sostenida en la posibilidad de la perfección es entonces un postulado necesario para la moralidad.

(…)

Tal vez la vida, per se, carezca de significación. Queremos continuar viviendo porque nos duelen deseos todavía no realizados, y esos deseos son una promesa venturosa que sólo el futuro nos puede conceder. Es entonces el ser humano, como ser deseante, quien le confiere al tiempo vital su sentido existencial. Y sin deseos, no contamos con ninguna razón valedera para ver en la muerte una desventura. Más aún cuando intuimos que, a modo de amenaza latente, nuestra vida podría prolongarse indefinidamente de manera insoportable.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Tomás Abraham / Veintinueve años, veinte verdades y otras tantas mentiras

(Publicado en Perfil, 4.11.2012, perfil.com)

A casi tres décadas de la recuperación de la democracia, el progresismo no peronista vive un momento de confusión. Un listado de las mentiras del relato K que desorientan a ese sector.

El progresismo argentino está desorientado con el kirchnerismo. Padece de una suerte de mala conciencia. Esta actitud es visible en el FAP. Vota casi todas las leyes que propone el Gobierno a la vez que sostiene que es opositor. Pero pocos saben en qué y por qué se opone. Por otra parte, sectores de la cultura y protagonistas mediáticos que se oponen a este gobierno aprueban con frecuencia varias medidas que el kirchnerismo adoptó desde que asumió el poder. Otros se acomodan a las vueltas de la vida, al cuidado de la imagen personal y a los vaivenes de la política, para decirnos que se sentían cerca del gobierno hasta tal fecha y luego por diversos motivos se alejaron. Cerca de Carlotto y lejos de Antonini Wilson, por ejemplo. Dejo de lado al peronismo tradicional que añora a Néstor y critica a Cristina por haber inventado La Cámpora y dejarlos de lado.

Para analizar el tema propongo hacer un listado de aquello que seduce al progresismo y le dificulta la tarea de su crítica. Me referiré a 19 medidas desde 2003 hasta la fecha que lo atraen y que son funcionales a sus modos de pensar la política: 1) anulación del indulto y juicio a los represores del Estado; 2) proclama de la lucha de los 70 como una épica de la juventud revolucionaria; 3) logro de la adhesión de las organizaciones de los derechos humanos; 4) renegociación de la deuda luego del default; 5) despenalización de la ley por calumnias e injurias; 6) baja de la desocupación e incentivación del mercado interno; 7) asignación universal por hijo; 8) estatización de las AFJP; 9) estatización de YPF; 10) estatización de Aerolíneas Argentinas; 11) reforma de la carta orgánica del Banco Central; 12) ley del matrimonio igualitario; 13) nombramiento de los nuevos miembros de la Corte Suprema; 14) aumento del presupuesto educativo;15) conversión de la Secretaría de Ciencia y Técnica en ministerio; 16) promulgación de la Ley de Medios; 17) voto optativo desde los 16 años; 18) apertura de las fronteras y facilitación de residencia para los inmigrantes de los países limítrofes; 19) solidaridad con los gobiernos de Bolivia, Venezuela (hecho más discutible) y Ecuador (menos ferviente).

Las mentiras. Falta una medida para completar veinte nuevas verdades, esta vez del kirchnerismo. Supongamos que luego de la aplicación de la Ley de Medios se inicia una campaña contra las multinacionales que monopolizan las exportaciones y se elabora una ley para crear la Junta Nacional de Granos que se haga cargo del comercio exterior y del manejo de precios y divisas. Es la medida número veinte. El progresismo antikirchnerista se vería otra vez seducido e incómodo. Con veinte realidades como las nombradas, al progresismo opositor, que se reclama de la tradición de la izquierda, le resulta intrincado explicarle a la sociedad qué es lo que no le gusta del poder vigente. Decir que es arbitrario, o que es autoritario, o hegemónico, más que una crítica política parece una queja de señoras y señores modositos y ofendidos.

Haré ahora otro listado paralelo al anterior, pero de 19 mentiras para que se adjunten a las verdades enunciadas con anterioridad. Luego veremos qué nos queda: 1) desconocimiento de la defensa de Menem del orden constitucional una vez que dividió a las Fuerzas Armadas y encarceló a Seineldín en enero de 1991. Fueron momentos en que intenta el último golpe de Estado con el apoyo de sectores que se reclamaban de la tradición nacional y popular para instalar una dictadura siniestra. Desconocimiento del Juicio a las Juntas durante el gobierno de Raúl Alfonsín en momentos en que las Fuerzas Armadas no sólo eran un factor político activo sino una fuerza con poder extorsionador y desestabilizador; 2) desconocimiento de la guerra de exterminio de la década del 70 que incluye las operaciones de la Triple A, secuestros y asesinatos por parte de las formaciones especiales, y entronización de una cultura política que desprecia la división republicana de poderes y que concibe que sólo con la lucha armada se llega al poder y se concreta la justicia social; 3) cooptación de parte del Gobierno de las agrupaciones de derechos humanos por definición contraestatales, hacerlas adherentes a toda su política, tengan o no que ver con su función específica, y además asociarlas a negocios poco claros de variada índole en nombre de la ayuda social; 4) desconocimiento de que el inicio de las negociaciones por la deuda comenzaron con la labor de Lavagna en el gobierno de Duhalde y que dejar afuera a grupos de acreedores y al Club de París impide que la Argentina tenga financiamiento externo y reciba dinero a tasas usurarias, como las recibió de Chávez; 5) la despenalización por calumnias e injurias ayuda y protege la investigación periodística, pero no impide las campañas de demonización de periodistas críticos que son difamados por los organismos de la prensa oficial y tratados de mercenarios al servicio de corporaciones cómplices con el Estado genocida. Protegidos y decapitados; 6) el estímulo del mercado interno mediante el consumo, el interés bancario negativo que ahuyenta el ahorro, los subsidios en servicios y transportes, dependen de la suerte que depara el mercado mundial en comprar nuestros alimentos y proveer de divisas al Banco Central. Si se agota o disminuye el superávit comercial y/o fiscal, nada queda, no hay desarrollo ni modernización, que dependen de una política de inversiones a largo plazo, obras en infraestructura, seguridad jurídica, reglas claras y créditos baratos; 7) desconocimiento de la lucha de Elisa Carrió y Fernando Solanas por promulgar la ley de asignación universal por hijo ante la indiferencia gubernamental; 8) desconocimiento de la burla a los adherentes a las AFJP cuando luego de la consulta que se les hizo se legisla en sentido contrario al resultado. Ocultamiento de la falta de control estatal sobre las comisiones cobradas que se denuncian cuando conviene y se hace la vista gorda cuando no conviene, más aún si compran bonos del Estado para financiar el déficit de caja del Gobierno. Distracción de la opinión pública cuando se acusa a las administradoras de los fondos de usar los aportes con fines especulativos, para luego de la estatización aprovechar las inversiones hechas con anterioridad y sentarse en los directorios de las grandes corporaciones como par societario; 9) desconocimiento del negocio con el grupo Eskenazi, que es invitado como representante ilustre de la burguesía nacional aunque ajeno al ramo para luego defenestrarlo por vaciar junto a Repsol la empresa petrolera; 10) uso extraño de la entidad bancaria de la que nunca se sabe qué reservas genuinas tiene, para qué las usa y por qué siempre le sobra tanto a la vez que le falta tanto. Se ufana de los depósitos en dólares a la vez que impide su circulación; 11) déficit ingente en la aerolínea nacional, baja productividad, conflictos permanentes, uso de la caja con fines políticos; 12) desconocimiento de que la promulgación de una ley que defiende los derechos de las minorías es el resultado ante todo de sus luchas durante años; 13) desconocimiento de resoluciones de la Corte como la reincorporación del procurador de Santa Cruz Eduardo Sosa; 14) desconocimiento de la baja calidad educativa en el país, de la deserción escolar, de la falta de actualización de los programas educativos; 15) la reincorporación de científicos que vuelven al país por las consecuencias de la crisis europea debería complementarse con una política de desarrollo y con una educación destinada a los jóvenes en disciplinas científicas. Nuestras facultades preferidas siguen siendo las de Derecho, con un auge en Ciencias de la Comunicación, y otras que tienen que ver con lo que el presidente Mujica del Uruguay llama “biri biri” (chamuyo); 16) la Ley de Medios se ha convertido en una cruzada contra una empresa beneficiada por el gobierno kirchnerista. Es el mismo caso que YPF, un beneficiario mediante un arreglo sospechoso se convierte en un denostado enemigo. El Gobierno muestra que en tanto ocupante de medios públicos los usa como canales de propaganda oficial y de censura por medio de exclusiones y listas negras de los no adherentes a su política; 17) el voto adolescente irrumpe en la opinión pública con el vértigo de otras medidas de gobierno en el momento en que se multiplican las críticas a la política educativa por la deserción de casi el 50% en la escuela secundaria. La respuesta es la fuga hacia delante con el fin de disimular el abandono de la juventud en el estudio y la formación profesional, por una supuesta inclusión en la contienda electoral que posibilita la intervención de organizaciones para formar al que llaman el “militante”; 18) la tradicional generosidad argentina en materia de inmigración no debería desconocer el denunciado trabajo esclavo en talleres de todo el país, la paga en negro en la construcción y otras ramas de la industria, y las condiciones de vida de los extranjeros, además de los canales diversos que aprovechan esta apertura para el narcotráfico; 19) el reconocimiento al gobierno boliviano por su política de reivindicación étnica y popular no debería mezclarse, por razones de ideología populista, con las nuevas oligarquías estatales y la persecución de disidentes que se llevan a cabo en países como Venezuela y Cuba.

Dejaré de lado la discusión entre los aspectos positivos para unos y los inconvenientes que acarrea para otros la no represión de los cortes de calle, la ocupación irrestricta de la vía pública por las manifestaciones callejeras, la diferente interpretación sobre el ejercicio de los derechos de cada uno y los límites y las facultades de la autoridad pública; tampoco profundizaremos sobre el funcionamiento de las organizaciones sociales. Por un lado se sostiene que esa permisividad es una conquista popular, como también lo es que la ayuda social deba pasar por entidades autónomas que se representan a sí mismas a través de sus líderes. El debate sobre el clientelismo o sobre el poder de intimidación que pueden tener esas organizaciones una vez que se ponga en cuestión su jerarquía, sus recursos provenientes del poder y la transparencia de su funcionamiento, forma parte de tantas otras cuestiones que son materia de opinión si esto fuera posible.

Conclusión. Las recién nombradas no son verdades ni son mentiras, son materia de un debate político que en nuestro país es imposible llevar a cabo. ¿Por qué? Porque para debatir son necesarios al menos dos interlocutores dispuestos tanto a convencer como a ser convencidos. Cuando la cultura política fomenta la demonización del adversario, su exclusión del espacio de la controversia por ser neoliberal, menemista, procesista, de la corpo, al servicio de la nueva derecha, o en historias recientes: subversivo, zurdo, comunista, nihilista, terrorista, hasta escéptico o indiferente frente a valores sacros, cuando esto sucede no se discute nada.

Aquellos que hablan de que la política es conflicto y no consenso no saben lo que dicen, porque conflicto y consenso son las dos caras de una misma moneda, es la efigie labrada de la democracia republicana. En lugar de un espacio de debate en el que se reconocen aspectos de una realidad política como otros que se critican, se traza un universo sagrado con sus héroes, sus mártires o víctimas, sus fábulas, sus enemigos, en una cultura que nace en la Inquisición por la que sólo importa exterminar a los herejes cismáticos, a los traidores a la patria, a los cipayos, y proteger a la santa veneración.

Este gobierno se presenta como redentor. No difiere de todos los conocidos que se presentaban con el nombre de revolución, reconstrucción, reorganización, refundación, es decir: antes la nada, ahora todo, antes el desastre total, ahora la victoria final.

Se cumplen 29 años del inicio de la democracia en la Argentina, y sabemos que el gobierno de Alfonsín puede ser adjudicatario de logros perdurables como la conformación del Mercosur, la paz con Chile, la convocatoria del grupo Cartagena para unir a los países deudores y negociar la deuda externa en un frente común, el divorcio conyugal o la patria potestad compartida, un plan nacional de alfabetización que bajó en un cuarenta por ciento el índice de analfabetismo, su lucha solitaria contra la Sociedad Rural, la Iglesia, la dirigencia sindical, la cúpula y la oficialidad del Ejército, etc., además del Juicio a las Juntas y la apertura de la universidad democrática. Tuvo muchos errores, y fracasos, pero también logros importantes. Incluyo el proyecto del traslado de la capital al sur del país, que no sólo no era una idea ridícula sino indispensable.

Carlos Menem, el denostado y tantas veces votado, que si se hubiera presentado en el ‘99 es posible que hubiera ganado otra vez como lo hizo en 2003, recuperó la moneda y el poder del Estado sobre la economía en momentos en que había una inflación de un par de miles por ciento anual y una pobreza que llegaba a casi a la mitad de la población. Para no hablar de las privatizaciones de empresas del Estado festejadas por todos los que hoy nos gobiernan. Por supuesto, los aspectos esta vez macabros de su gestión no son olvidables ni disculpables, pero el todo o nada de su período está hecho para comodidad de quienes prefieren esconder sus responsabilidades y enseñorearse en el trono como salvadores.

Hasta podríamos hablar de De la Rúa, que no fue más que una continuación de Menem atrapado como estaba por una deuda impagable y un déficit estructural sin posibilidad de financiamiento. Las coimas del Senado son monedas comparadas con la corrupción sistémica que nos es familiar y que recibe la tolerancia de fiscales a destajo para desenmascarar adversarios políticos en beneficio propio. Claro que el default era la solución a la vez que una catástrofe, y lo fue, como fue catastrófica la devaluación tan temida.

Pregunta sencilla: ¿qué habría pasado en la Argentina de proseguir los precios internacionales de las materias primas como en la década del 90? ¿Quién nos gobernaría hoy? ¿En qué condiciones? ¿Con qué libertades?

La festejada presencia de la política en la mesa de los argentinos no ha hecho más que comenzar a callarnos la boca. La separación entre amigos, los litigios familiares, el hartazgo de algunos, la bronca desmedida de otros, el insulto y la difamación, son la antesala de cuestiones peores para lo que aún se llama libertad de expresión. Hay gente que ya prefiere no hablar para que no se arme una batahola; otra no lo hace para no ser identificado con personajes o ideas que él también repudia pero que en un ambiente de denuncia, espionaje –en el que se privilegia quién se es y a quién se adhiere antes de qué se piensa y qué se hace– se encuentra marcado y debe replicar ad infinitum para desarticular infundios.

Se produce en la Argentina un clima que se ve en países en los que imperan gobiernos que exigen lealtad incondicional. Ningún empleado del Estado, en ninguna función, se atreve a criticar una política por temor a ser despedido o arrinconado. Por lo que el sistema de vigilancia se refuerza, y los cancerberos en función de comisarios del pueblo ajustan la supervisión y hacen sus listas.

Esto no es política, es prepolítica, es régimen administrativo y policial; la política comienza cuando todo esto termina.

* * *

Tomás Abraham es un filósofo y escritor argentino nacido en Timisoara, Rumania, en 1947.

ObrasPensadores bajos (1987), Los senderos de Foucault (1989), Foucault y la ética (1989), La guerra del amor (1992), Historias de la Argentina deseada (1994), Batallas éticas (1995), El último oficio de Nietzsche (1996), La aldea local (1997), Vidas filosóficas(1999), La empresa de vivir (2000), Pensamiento rápido (2001), Tensiones filosóficas (2001), Pensadores bajos (2002), El último Foucault (2003), Fricciones (2004), La máquina Deleuze (2006), El presente absoluto (2007), Historia de una biblioteca (2010), Rorty, el amigo americano (2010), La lechuza y el caracol. Contrarrelato político (2012) y Platón en el callejón (2012).

Diana Cohen Agrest / En el país del crimen sin castigo

(Publicado en La Nación, lanacion.com.ar, 31.10.2012)

En Crimen y castigo, el gran Dostoievski penetró en las profundidades más inabordables del alma humana, en ese territorio abismal en donde se incrusta el ancestral sentimiento de culpabilidad. En sus páginas, Raskolnikov comienza siendo un antihéroe que, tras matar a una vecina para hacerse de un dinero, logra sortear el castigo de la ley positiva, termina por encarnar una conciencia moral que se torna un flagelo personal que emerge de su lucha interior frente al mal cometido.

No se trata de una cuestión epocal, pues una de las prohibiciones sobre las que se construyó la civilización es el homicidio. Frente al impulso de destrucción, disponemos de apenas dos armas: la angustia de culpabilidad y el temor al castigo. Esas armas fueron neutralizadas en la Argentina que nos duele. Un Raskolnikov que se entrega voluntariamente a la justicia es poco creíble cuando el delincuente es tenido por una víctima condicionada por factores psicosociológicos que lo exoneran de la culpa, en un sistema penal que favorece la evanescencia de la angustia de culpabilidad y la exoneración de la pena por cumplir gracias a la cual puede continuar delinquiendo.

Pero lo que nos duele no es literatura. La deslegitimación del sistema penal es alentada por el ministro de la corte Eugenio Raúl Zaffaroni, cuyas ideas fueron acogidas acríticamente por sus discípulos, jueces, fiscales y docentes universitarios que no perciben los riesgos de llevar al terreno operativo postulados que si bien pueden ser la fuente de interesantes debates teóricos, no deberían ser puestos en práctica, tal como lo prueba el incremento del delito de los últimos años.

La doctrina vigente defiende un abolicionismo disfrazado de derecho penal mínimo, orientado a proteger a los perseguidos por un Estado-Leviatán, una especie de monstruo animado por una compulsión a castigar discrecionalmente a sus víctimas, seleccionadas entre los más vulnerables, entre los pobres y los marginales que sobreviven condicionados por fuerzas estructurales que los sobrepasan, tales como “la frustración escolar de la persona”, Zaffaroni dixit. En este escenario compasivo, no parece advertirse que tal como observa el investigador mexicano Alejandro Tomasini, “esos factores socioculturales son nociones extrajurídicas que señalan los condicionamientos de un sujeto y hasta las causas que pueden ser el caldo de cultivo del delito, pero no son las razones motivacionales que llevan a delinquir, que es el objeto de la juridicidad”.

Quienes “caen presos”, añade el magistrado, caen por “tontos” y “torpes”. Y en una sociedad injusta es injusto castigarlos cuando no se castigan los grandes negociados (ejercidos en complicidad con las autoridades políticas y, de más está decirlo, judiciales). Se impone entonces una lógica impunitiva “igualitaria” que en lugar de buscar sancionar a todo aquel que transgrede la norma, se lo exonera: como no se castiga al poderoso, tampoco debe castigarse al “tonto” y “torpe”.

Ya el jurista Carlos Nino señalaba veinte años atrás que la victimización desconoce la capacidad de elección del delincuente. Y al descalificarlo, hace de él “un objeto de manipulación con fines benéficos”, omitiéndose que los factores socioculturales invocados afectan de forma semejante tanto al delincuente como al que no lo es.

Este ideario niega, además, la eficacia preventiva del castigo y aduce que el endurecimiento de la pena “no sirve para nada” porque el delincuente no circula con el Código Penal en la mochila como si se tratara de una guía turística para consultar para saber de antemano cuál de los delitos es sancionado más gravosamente o cuál puede gozar de mayores beneficios de excarcelación. Pese a esta caricaturización del delincuente, es innegable que éste hace un balance del costo-beneficio, pues le inquieta la debilidad o fortaleza del sistema de investigación criminal que determina la aplicación de la norma o los medios que se emplean para hacerla efectiva. Si en lugar de confiar en chicanas procesales que le reducirán o hasta lo exonerarán de la sanción, el delincuente tuviera la certeza de que la pena fijada se cumplirá sin una sarta de “beneficios” tan legales como riesgosos para la sociedad, se acabaría el negocio en un sistema penal cimentado en la connivencia y la complicidad entre delincuentes y numerosos policías, abogados y jueces. Un negocio que empieza a facturar apenas es capturado: si la pena perpetua fuera perpetua (como lo es la pena de quienes lloran a las víctimas) o de ser menor, fuera de efectivo cumplimiento y no se negociara, se acabaría con gran parte de la corrupción del sistema.

Cuando es denunciada, la defensa corporativista obstaculiza todo intento de enjuiciar a magistrados cómplices, como Axel López (uno más entre otros ya exonerados como Sal Lari o Carlos Flores), a quien el Consejo de la Magistratura exculpó porque “no había hecho nada malo” cuando benefició con salidas transitorias a un violador que reincidió. Es el mismo juez que le concedió libertad condicional al cuádruple violador, devenido remisero, quien usó ese “beneficio” para matar a Tatiana Kolodziez. ”Beneficios” que, pese a ser optativos, son concedidos con prodigalidad asesina por jueces indirectamente asesinos.

Con su complicidad, el Estado insiste en su experimento social que se vale de este ideario como de un instrumento homicida tan legal como ilegítimo: un informe de la OEA concluye que encabezamos el ranking de robos en el continente. Y el Ministerio de Salud de la Nación denuncia que el segmento “muertes de causa externa de intención no determinada” encubre las tasas reales de muertes violentas. Con su silencio, el Estado es -por omisión- un ejecutor indirecto de los crímenes.

Hay dos vías no excluyentes para combatir el delito: una se construye a partir de políticas sociales autosustentables basadas en una escolarización de calidad, en la formación de los jóvenes en escuelas técnicas y de oficios, y en la creación de fuentes genuinas de trabajo. Pero como es lenta y aporta escaso rédito político a corto plazo, la oportunidad de implementarla se perdió en los últimos años con la ejecución de políticas asistencialistas que no contribuyeron a disminuir la delincuencia.

La segunda vía es la sanción penal, inaplicable mientras sólo se invoquen las garantías constitucionales a favor del reo y se alegue que aplicar las penas o tipificar conductas es un error inútil que en poco tiempo terminará por colapsar el sistema, pasándose por alto que si la cadena sancionatoria es vulnerable, no se deben imponer sanciones más laxas, sino hacer que sus eslabones se encarnen en una fuerza policial, un poder judicial y un servicio penitenciario más eficientes y menos corruptos.

Con el beneplácito de un Gobierno que se ufana de la defensa de las garantías que afectan de forma desigual a los “vatayones militantes” y barras bravas que a los que viven en el marco de la ley, los agentes públicos que nos representan -los poderes ejecutivo, legislativo y judicial- carecen de la voluntad política de penalizar el delito. Si el Gobierno fuera tan igualitario en el ámbito penal como se proclama en todas las demás áreas de su incumbencia, si le importara que una vida arrancada por la absurda violencia sea consentida y alentada por su complicidad y por su silencio garante de la impunidad, si los derechos humanos no fueran privativos de los que delinquen y si se tomara conciencia de que, cuando un inocente es asesinado, poco tienen que ver la izquierda o la derecha o las dictaduras o las democracias o el gobierno o la oposición; si en lugar de llorar sólo a los muertos de la dictadura se llorara también a los muertos silenciados por la democracia, que no le sirven al relato, si pudiera todo ese dolor hacerse carne en cada uno de los argentinos que aspiramos a una nación pacificada y previsible, habríamos dado el primer paso en un itinerario guiado por la cordura, por la verdad y por la justicia. Ese itinerario que, si aspiramos a sobrevivir como un Estado de Derecho, debemos comenzar a recorrer.

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Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Luisa Corradini / Jacques Rancière, el dinamitador de muros

(Publicado en adnculturalanacion.com.ar, 5.10.2012)

Formado en el marxismo, el filósofo francés, que pronto visitará el país, explica su idea de la emancipación en el campo de la política, del saber y de la estética, y hace una reflexión crítica sobre el populismo y la democracia en América Latina

Más que como filósofo, Jacques Rancière podría ser definido como dinamitador de muros. De esos muros que, desde Platón, separan a los hombres entre los que saben y los que ignoran, los que dirigen y los que obedecen, los que dan lecciones y los que escuchan. En pocas palabras, Jacques Rancière es un empecinado emancipador.

Hace casi cuatro décadas que ese hombre sereno y tímido, que nació en Argel en 1940, polémico pensador y dueño de una notable agudeza intelectual, se destaca en la escena filosófica contemporánea. Durante casi 40 años y a lo largo de más de 30 libros repite que -ya sea en el terreno político, estético o educativo- “los incapaces son capaces”. Y que sólo basta “desplazar la mirada” para descubrir sus capacidades y sus competencias. Todos los hombres pueden filosofar, pensar y dar nacimiento a otros mundos posibles. La política comienza incluso cuando “la igualdad de cualquiera se inscribe en la libertad del pueblo”, escribió en La Mésentente(1995).

Confrontado a la filosofía desde su juventud a través de la literatura, representante de la juventud marxista formada en el estructuralismo, el psicoanálisis y la antropología, Rancière se alejó de esa corriente después de Mayo del 68 para dedicarse a estudiar la historia del pensamiento obrero del siglo XIX. Desde que rompió con el marxismo científico -que practicó cuando era alumno de Louis Althusser en la célebre Ecole Normale Supérieure (ENS) de París-, se dedicó a borrar las tradicionales jerarquías de su disciplina. Al insistir en la igualdad intelectual de los ciudadanos ante el poder y el saber, su objetivo es dinamitar las bases del dogma del filósofo-rey o del intelectual que pretende practicar la verdad ante la sociedad en nombre de la ciencia todopoderosa.

Mientras espera el momento de viajar a Buenos Aires, donde dará un ciclo de conferencias en la Universidad Nacional de San Martín entre el 15 y el 20 de octubre y recibirá el título de Doctor Honoris Causa, Jacques Rancière recibió a adn cultura en su casa del distrito IX de París.

Profesor emérito de política y de estética en la Universidad de París VIII y en la European Graduate School, con sede en Suiza, el filósofo reconoce la importancia de su paso por la cátedra de Althusser. “En el althusserismo había una apertura, una integración de las invenciones realizadas en otros terrenos como la etnología, la historia o el psicoanálisis y, al mismo tiempo, una fe ciega en la necesidad de la ciencia para hacer avanzar la práctica e iluminar a la gente que -decíamos- vivía en la ilusión. Althusser había escrito un texto muy violento contra el movimiento estudiantil para explicar que esos jóvenes activistas no sabían nada de ciencia y nadaban en la ideología: sólo la ciencia divulgada por los maestros de la filosofía y los dirigentes comunistas podía armar las masas frente a la burguesía. Yo me había amoldado a ese discurso ventajoso que nos hacía aparecer como representantes de la verdad ante los estudiantes desorientados. Pero Mayo de 68 fue un brutal despertar: ese discurso científico de la pretendida liberación me pareció el del orden dominante”, relata.

En resumen -confiesa- para la visión marxista de la ideología, los dominados y los explotados están sometidos a la ignorancia por falta de conocimiento, por ignorancia de su situación dentro del sistema. Pero, al mismo tiempo, supone que su situación dentro del sistema produce necesariamente el desconocimiento de esa situación. Vale decir: son dominados porque son ignorantes y son ignorantes porque están dominados. “Esa visión progresista me pareció una repetición de la teoría platónica de la caverna: una forma de poner a cada uno en su lugar y entregar el poder a los que saben. Sin embargo, desde que comencé a trabajar en la historia del pensamiento obrero, se me hizo evidente que nunca fue necesario explicar a un trabajador lo que era la plusvalía o la explotación. Para ellos, el problema no era tomar conciencia de la explotación sino, por el contrario, poder ignorarla, poder deshacerse de la identidad que esa situación les otorgaba y ser capaces de pensarse viviendo en un mundo sin explotación”, explica. Eso es, para Rancière, lo que quiere decir la palabra emancipación.

Sensible a las desigualdades sociales, desde entonces denuncia la dominación, fustiga la usurpación del saber de los maestros ante los ignorantes (por ejemplo, en El maestro ignorante , sobre el cual adn cultura lo entrevistó en abril de 2008) y practica una crítica de la democracia, que es una fuerza activa originada no en el consenso sino en el disenso, es decir, en la redistribución de sitios e identidades que permitan a los desposeídos transformarse en habitantes de un espacio común. En ese proceso de emancipación, el filósofo sitúa la articulación entre política y estética. Desde entonces, su interés por el arte y la estética es inseparable de la política y de un zócalo marxista. Sin embargo, contra aquellos que ven en ella una denegación social o una instrumentación abusiva de las obras, la estética es para él un régimen de pensamiento liberador dentro del cual son cuestionadas las jerarquías establecidas: comprensión y sensibilidad, imagen y palabra, abstracción y representación, arte y vida.

-Dentro de su sistema de pensamiento, ¿qué es la política? ¿Qué la distingue de esa categoría provisoria que usted llama policía?

-La policía es la organización de la sociedad en un todo divisible en partes. Cada una de ellas corresponde a sitios, funciones, competencias y maneras de ser bien definidas. Es la concepción del gobierno como la gestión de ese equilibrio por parte de aquellos que están calificados para hacerlo. Podría tratarse de la antigua división de la sociedad en sacerdotes, guerreros y trabajadores, pero también de la encuesta moderna, que nos indica qué grupo social y qué segmento de edad comparten una opinión. En el mundo moderno, esta práctica asume la característica del consenso que, en vez del acuerdo entre individuos, es más bien una forma de fijar los límites de una posibilidad. Por el contrario, la política supone que los datos son siempre cuestionables, que la comunidad supera siempre toda clasificación de sectores e intereses sociales y que ningún grupo posee la calificación necesaria para gobernar. La política se identifica con la parte de los que no tienen parte. Esto no quiere decir con la parte de los excluidos, sino con la igual capacidad de todos.

-Usted afirma también que política y democracia están íntimamente ligadas?

-Toda una tradición identifica la política con la ciencia y el ejercicio del poder. Existe una infinidad de formas de poder: en la empresa, la escuela, la religión o la familia. Pero ese poder no es verdaderamente político pues hay una distribución estatutaria de las posiciones. En la democracia, el poder político se otorga naturalmente como un poder donde las posiciones no están predefinidas, como un poder ejercido en nombre de aquellos que no lo ejercen. Aristóteles decía que el ciudadano es aquel que participa en el hecho de dirigir y ser dirigido. No hay política cuando el poder pertenece a los descendientes de los supuestos fundadores de la nación o a los monarcas de derecho divino. La política para mí comienza con la democracia porque la democracia es el poder de aquellos que no tienen título particular para ejercer el poder. Es el reconocimiento del poder de cualquiera.

-¿Por eso usted ha dicho que “la democracia es un escándalo” ( El odio a la democracia , 2006)?

-El escándalo democrático ya aparecía en Platón. Para un ateniense bien nacido, era inadmisible la idea de que cualquiera tuviera capacidad para gobernar. Pero la democracia aparece también como un escándalo teórico a través de la figura del gobierno de la casualidad, de la ausencia de legitimidad del poder. Para quienes piensan así, la democracia es como un gigantesco burdel donde todo el mundo hace lo que quiere.

-¿Y por qué esa detestación de la democracia resurge justo ahora?

-El derrumbe soviético fue decisivo. Mientras se podía identificar al enemigo totalitario, era posible alimentar una visión consensual de la democracia como unidad de un sistema constitucional, de libre mercado y valores de libertad individual. Las oligarquías estatistas y financieras podían identificar su poder con la gestión de esa unidad. Tras el derrumbe del bloque soviético, surgió rápidamente la contradicción entre las exigencias de un poder oligárquico mundializado y la idea del poder de cualquiera. Pero, al mismo tiempo, muchos críticos marxistas se reciclaron en críticos de la democracia. Así, autores venidos del marxismo se transformaron en críticos del mercado, la sociedad de consumo y el espectáculo. Esos nuevos teóricos representan al individuo democrático como un consumista insaciable.

-En ese contexto, ¿cuál es la función de la filosofía?

-Estoy totalmente en contra de la idea de que el objetivo de la filosofía sería establecer los fundamentos del saber. Para mí, es mucho más una actividad de deconstrucción, de desclasificación. La filosofía debe cuestionar la pretensión del discurso de las ciencias humanas de delimitar su territorio y sus métodos, y de separar su discurso del de sus propios objetos. Las ciencias humanas y la filosofía están constituidas por descripciones, argumentaciones, imágenes que dependen de la lengua y el pensamiento de todos. Para mí, la palabra de los obreros, los pobres, los marginados siempre fue un sistema de pensamiento como cualquier otro.

-¿ Y cuál es el papel de los intelectuales?

-Desde Mayo del 68, los intelectuales se transformaron en “especialistas de los síntomas”. En médicos que hacen diagnósticos, que deploran y juegan al oráculo pero no curan. Se los interroga, se los cita, pero se les pide que no propongan ningún remedio. En Francia, en particular, sirven para decir que la sociedad está enferma. Y repetirlo hasta el cansancio mediante lugares comunes a través de los cuales las elites declaran la enfermedad de sus contemporáneos.

-Efectivamente, la palabra de moda es “crisis”. Todos los “diagnósticos” lo confirman. ¿Habría que entender por el contrario que no hay crisis?

-No me gusta el discurso sobre la crisis. No sólo se ha transformado en un concepto global (las democracias están en crisis, el arte está en crisis, etc.) sino que interpreta toda situación en forma clínica. Cuando se habla de “una crisis de los suburbios”, se designa “un grupo con problemas”, un objeto de temor y de estudio para una medicina intelectual y social. No hay crisis de la democracia sino déficit democrático, no es lo mismo. Es necesario salir de ese tipo de explicación y poner en valor las nuevas formas de convivencia que aparecen en esos terrenos.

-Frente a esa situación, ¿cuál es el rol del filósofo contemporáneo?

-El filósofo debería evitar hacer diagnósticos. La filosofía es una actividad que desplaza las competencias y las fronteras: que cuestiona el saber de los gobernantes, de los sociólogos, de los periodistas e intenta atravesar terrenos cercados. El filósofo no debería darse aires de experto. Porque esas supuestas “competencias” son una forma de rechazar a aquellos que serán calificados de “incompetentes”, cuando el filósofo busque justamente poner en evidencia la capacidad de pensar de cada uno. El objetivo de un filósofo es salir de esa vieja tradición intelectual que consiste en explicar a “aquellos que no comprenden”, en vez de valorizar las capacidades intelectuales que pertenecen a todos.

-Uno de los temas que desarrollará en su paso por Buenos Aires será la relación entre política, estética y arte. ¿Podemos hablar de esa relación?

-La estética no es una disciplina sino una forma de pensamiento del arte que nació en la Revolución Francesa y opera a su manera un cuestionamiento del orden jerárquico. Esto concierne antes que nada el objetivo de una obra: antes de 1789, la obra de arte estaba destinada a ilustrar la fe religiosa, a celebrar las hazañas de los monarcas o a decorar residencias aristocráticas. Hoy, esas obras están destinadas a cualquiera, a todos.

-En uno de sus últimos ensayos, El espectador emancipado , usted afirma que la idea de la capacidad crítica del arte, así como su capacidad de movilización, prácticamente ha desaparecido. ¿Cuál es la explicación?

-Hubo una época en que el arte vehiculizaba claramente un mensaje político y la crítica trataba de develar ese mensaje en las obras. Por ejemplo, era la época de Bertolt Brecht, cuyo teatro denunciaba explícitamente las contradicciones sociales y el poder del capital. O entre los años 1960 y 1970, cuando se desarrolló la denuncia de la sociedad del espectáculo, con Guy Debord. Entonces se creía que mostrando ciertas imágenes del poder -como una montaña de mercadería o starlettesexhibiéndose en las playas de Cannes- se haría nacer en el espectador una conciencia del sistema de dominación reinante y la aspiración de combatirlo. Es esa tradición del arte crítico la que está en vías de desaparición desde hace 25 o 30 años.

-En otras palabras, ya no basta mostrar lo que uno denuncia para hacer salir la gente a la calle?

-La verdad es que eso nunca bastó. En los siglos XVII y XVIII se creía que mostrando el vicio y la virtud en el teatro se incitaría a los hombres a evitar el mal y apegarse al bien. Sin embargo, desde el siglo XVIII Rousseau demostró que no era así: difícil imaginar que la gente se aleja del mal después de ver una representación. Poco a poco quedó demostrado que no había ningún efecto directo entre la intención del artista y la forma de recibir del espectador. La obra no moviliza a menos que uno esté ya convencido. De lo contrario, se tiene la impresión de estar ante una imagen de propaganda. La verdad es que, en la actualidad, las imágenes críticas están omnipresentes en la sociedad. Pero no revelan nada: todos son conscientes de que vivimos en una sociedad hiperconsumista.

-¿Entonces ha desaparecido la posibilidad de todo arte crítico?

-No, a condición de derrumbar los estereotipos y cambiar la distribución de roles. En una frase muy provocadora, Jean-Luc Godard afirmó que la epopeya estaba reservada a los israelíes y el documental, a los palestinos. Lo que quiso decir es que la ficción es un lujo, y que lo único que queda a los pobres es mostrar su realidad, su miseria. Algunos artistas lo consiguen. El portugués Pedro Costa, por ejemplo, filma a los inmigrantes y los drogadictos en los suburbios de Lisboa, permitiéndoles construir una palabra a la altura de sus destinos.

-Ya que hablamos de imagen, usted rechaza el discurso actual, según el cual el hombre contemporáneo está sumergido en un océano de imágenes, con frecuencia demasiado violentas y hasta intolerables?

-Cuando miro televisión, veo gente que habla y muy pocas imágenes de la realidad. Veo un desfile de expertos, gente que viene a decirnos qué hay que pensar de esas pocas imágenes que vemos. ¿Qué dicen esos expertos? “Hay demasiadas imágenes intolerables. Les vamos a mostrar unas pocas y, sobre todo, se las vamos a explicar. Porque la desgracia de las víctimas es que ellas no comprenden muy bien lo que les sucede. Y la desgracia de ustedes, telespectadores, es que tampoco comprenden. Por suerte, estamos nosotros.”

-Es verdad que, con frecuencia, la violencia de las imágenes lleva a los productores de televisión a pensar que más vale hablar que mostrar.

-En resumen: la ventaja de la palabra es que pone distancia con el hecho descarnado. Creo, por el contrario, que en materia de horror, la imagen y la palabra deberían estar en el mismo plano. Si uno quiere evocar el exterminio de los judíos europeos -se recurra a imágenes filmadas por los Sonderkommandos en Birkenau o a un relato de los guardias de ese campo de concentración- el resultado será el mismo: una representación del horror. La palabra no es más moral que la imagen. También “hace ver” a su manera.

-Ya se trate de América Latina o de Europa, cada vez con más frecuencia se utiliza la palabra populismo. Se usa para calificar la forma de gobernar de Hugo Chávez en Venezuela, la xenofobia antiislámica de Marine Le Pen, la denuncia de las elites durante la campaña presidencial francesa por parte de Jean-Luc Mélenchon? ¿Qué contiene el populismo que choca tanto a las democracias occidentales?

-Es raro, en efecto, el día en que alguien no denuncie algún riesgo de populismo en alguna parte del mundo. Pero no es nada fácil entender lo que se quiere designar a través de esa palabra. La noción de populismo evoca una imagen del pueblo elaborada a fines de siglo XIX por pensadores como Hippolyte Taine, Gustave Le Bon, aterrados por la Comuna de París y el crecimiento del movimiento obrero: una imagen de masas de ignorantes impresionados por los sonoros discursos de líderes carismáticos y conducidos a la violencia extrema por la circulación de rumores descontrolados y miedos contagiosos. Pero el concepto de populismo fue completamente reinventado durante los últimos 20 años.

-Desde la desaparición del comunismo?

-Desde que Occidente dejó de enfrentarse con el enemigo comunista, socialista, totalitario o como se lo quiera llamar. Cuando se planteó la cuestión de cómo sería la democracia a partir de entonces, nuestros gobiernos y todo el sistema mediático-político que gravita en torno se esforzaron en crear un concepto global en el cual incluir todas las formas de resistencia o de rechazo a la lógica de confiscación del pueblo por parte de las oligarquías. Se comenzó entonces a llamar populismo a cosas tan disímiles como la reivindicación de que el pueblo tenga la posibilidad de opinar o -como en el caso de Francia- que se oponga a la entrada de inmigrantes al país. El objetivo final es la estigmatización de toda reivindicación de poder por parte del pueblo.

-¿Pero no cree que en América Latina el populismo tiene una raíz más antigua y otras manifestaciones?

-Sí, en efecto. En América Latina hay una tradición de identificación reforzada entre el pueblo y su líder que define, en realidad, el populismo histórico. Se trata de una suerte de lazo directo, entre el pueblo y su jefe, que cortocircuita todas las formas de representación colectiva. En esos casos, el líder es la encarnación del pueblo. En el caso de Argentina es evidente que hay dos cosas que se mezclan: esa especie de encarnación tan cara al pueblo representada por Cristina Kirchner y políticas de Estado que se oponen a la lógica neoliberal.

-¿Hay que entender entonces que usted aprueba las manifestaciones populistas en América Latina?

-Por un lado, estoy resueltamente a favor de que se desmonte el concepto de populismo tal como funciona actualmente en nuestras sociedades. Pero eso no quiere decir, sin embargo, que validaría el entusiasmo que manifiestan muchos por los gobernantes sudamericanos. Cuando veo que Hugo Chávez quiere ser presidente por tercera vez, me digo que está lejos de ser un demócrata. Un demócrata es aquel que crea las condiciones para que alguien lo suceda cuanto antes. Para que no haya precisamente necesidad de un jefe, de una encarnación suprema de la nación.

CONFERENCIAS Y DEBATES CON RANCIÈRE

LA EMANCIPACIÓN INTELECTUAL HOY

  • Lunes 15 - Discurso de Jacques Rancière.
    Lugar y hora . Unsam (Campus Miguelete, 25 de Mayo y Francia, San Martín), a las 18.

EL PORVENIR DE LAS UNIVERSIDADES

  • Martes 16 - Coloquio con invitados de la universidad.
    Lugar y hora . Unsam, de 11 a 13.

LA DEMOCRACIA HOY

  • Martes 16 - Conferencia pública.
    Lugar y hora . Unsam, de 18 a 20.

LA SUBVERSIÓN ESTÉTICA

  • Miércoles 17 - Conferencia pública.
    Lugar y hora . Unsam, de 18 a 20.

EMANCIPACIÓN Y DEMOCRACIA EN EL ENTRECRUCE DE LA POLÍTICA Y LA ESTÉTICA

  • Jueves 18 - Coloquio con el Círculo de Estudios Jacques Rancière, de la Unsam.
    Lugar y hora . Unsam, de 11.30 a 13.30.

LA NOCHE DE LOS PROLETARIOS

  • Jueves 18- Conversación pública con la editorial Tinta Limón.
    Lugar y hora . Cazona de Flores (Morón 2453, Buenos Aires), a las 17.

EL TIEMPO DE LA POLÍTICA

  • Viernes 19 - Clase magistral.
    Lugar y hora . Teatro Municipal La Comedia (Mitre y Ctda. Ricardone, Rosario), de 17 a 19.

POLÍTICA DE LA FICCIÓN

  • Sábado 20 - Conferencia pública.
    Lugar y hora . Espacio Cultural Universitario (San Martín y Córdoba, Rosario), de 11 a 13.

Informes. unsam.edu.ar

DIXIT

  • “Estoy totalmente en contra de la idea de que el objetivo de la filosofía sería establecer los fundamentos de un saber. Para mí, es mucho más una actividad de deconstrucción, de desclasificación”
  • “Cuando veo que Hugo Chávez quiere ser presidente por tercera vez, me digo que está lejos de ser un demócrata”
  • “No me gusta el discurso sobre la crisis: interpreta toda situación en forma clínica”
  • “La ventaja de la palabra es que pone distancia con ?el hecho descarnado. En materia de horror, la ?imagen y la palabra deberían estar en el mismo plano”
  • “En América Latina hay ?una tradición de identificación reforzada entre el pueblo y su líder”
  • “Un demócrata es aquel ?que crea las condiciones para que alguien lo ?suceda cuanto antes”

EL ESPECTADOR EMANCIPADO
Jacques Rancière 
Manantial
Un análisis de la relación entre el espectador y el creador de la obra de arte, que pone en cuestión la supuesta pasividad del público receptor y rescata, en cambio, el poder de acción selectiva e interpretativa de su mirada

EL MAESTRO IGNORANTE
Jacques Rancière 
Libros del Zorzal
Basado en las ideas revolucionarias del pedagogo francés Joseph Jacotot, que en el siglo XIX afirmaba: “Quien enseña sin emancipar embrutece”, Rancière hace una crítica del sistema educativo moderno

Luis Diego Fernández / Herbert Spencer. El germen ácrata de Borges

(Publicado en Perfil, 2.9.2012)

Se publica en el país El hombre contra el Estado, del filósofo británico Herbert Spencer, un libro prácticamente inhallable en castellano, medular en la concepción anarquista de Jorge Luis Borges. Para el escritor argentino, el Estado opera como una suerte de entelequia que disciplina y obliga a mentir. Según su visión, el político es quien mejor viste el disfraz hipócrita.

Positivista cientifico. De formación autodidacta, Spencer está considerado como uno de los fieles promotores del darwinismo social en Inglaterra.

Quizá la palabra clave sea escepticismo. Cito: “Mis convicciones en materia política son harto conocidas; me he afiliado al Partido Conservador, lo cual es una forma de escepticismo, y nadie me ha tildado de comunista, de nacionalista, de antisemita, de partidario de Hormiga Negra o de Rosas. Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos. No he disimulado nunca mis opiniones, ni siquiera en los años arduos, pero no he permitido que interfieran en mi obra literaria”, escribe Jorge Luis Borges en el prólogo de El informe de Brodie (1970). Interrogar por el pensamiento político borgeano no es laberíntico ni una empresa condenada al dejo irónico, ni mucho menos requiere menospreciar o minimizar su peso en su obra ficcional o poética (donde hay notorias huellas de una auténtica filosofía política). La clave es lo escéptico que señala el propio Borges. Esa no creencia, hoy más que nunca, va a contrapelo. Tal vez Borges escribió en momentos donde muchos creían (de un lado o del otro) en políticas transformadoras y movimientistas; Borges, no. Pero la pregunta de Borges iba más allá de las decisiones políticas y, desde luego, de la mera práctica política coyuntural a la que consideraba un ejercicio de la mentira y la corrupción sistemática, así lo dice desde diferentes intervenciones públicas, por caso, en las conversaciones con Roberto Alifano tituladas El humor de Borges: “La profesión de los políticos es mentir. El caso de un rey es distinto; un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no; un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias”. Otra alusión, en sus diálogos con Ernesto Sabato (compilados por Orlando Barone): “No. En primer lugar (los políticos) no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad. Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga. En el caso de un discurso político, los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa”. Un diagnóstico claro, el de Borges: el político, en rigor, es un sometido, un esclavo, la interfaz de una mecánica de la hipocresía, la doble moral y el resentimiento (categoría nuclear en Martínez Estrada).

Según la lectura borgeana, el poder, y específicamente el Estado, opera como una suerte de entelequia y elefante normativo que disciplina y obliga, por obliteración u omisión, a mentir y a la cortesía fingida, al acto enmascarador y el disfraz deliberado. En este sentido, aquí se pone en evidencia la fibra anarquista borgeana. La cuestión de la “vida falsa” es algo prototípico de la protesta de todo discurso anarquista, sea éste por izquierda y comunitarista (Bakunin, Proudhon) o por derecha e individualista (Thoreau, Martínez Estrada, Onfray). La crítica política borgeana descansa en lo falaz, de allí la mirada pirrónica, la sonrisa que opera como demolición y desarma el entramado. La risa de Borges frente al poder estatal es la de Demócrito o el pedido imperativo de Diógenes a Alejandro Magno: “Córrete porque me tapas el sol”. Algo de esta pulsión libertaria encontrará Borges, de modo inevitable, en el texto del filósofo inglés Herbert Spencer que se reedita (vía la editorial libertaria Innisfree), cuyo título es El hombre contra el Estado –publicado en 1884.

Es usual reconocer la autodefinición borgeana como “anarquista spenceriano”. Lo cierto es que la lectura de ese texto fue un golpe y una dirección, pero su padre, Jorge Guillermo Borges, no sólo le transfirió la ceguera sino el anarquismo de Herbert Spencer. Para ser estrictos, la filosofía spenceriana esgrimida en El hombre contra el Estado parte de un precepto muy claro y sencillo: nadie debe ser forzado a cooperar con otros individuos bajo ninguna circunstancia; toda forma de cooperación debe ser voluntaria –sentando las bases del principio de no agresión. Toda intervención del Estado sobre el individuo común, a los ojos de Spencer, era considerada inmoral. La única coerción aceptada, en este sentido, reposaba en la obligación de hacer cumplir los contratos entre pares iguales. Formado por cuatro ensayos, El hombre contra el Estado se constituye en la piedra basal del liberalismo británico y el antecedente más potente del anarcocapitalismo norteamericano del siglo XX. Algunos críticos han visto en Spencer cierto darwinismo social al desmantelar toda pretensión de imponer la solidaridad “a punta de pistola”. Quizá la aniquilación más fuerte por parte de Spencer reposa en la victimización de todo colectivismo a fin de otorgar mayor grado de acción al individuo y el emprendimiento.

La genética ácrata hace que el propio Borges expanda su visión en materia política en las entrevistas con Vicente Zito Lema o en la célebre, televisada innumerables veces (1980), con Joaquín Soler Serrano, donde señala: “Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los Estados”. La definición merece ser explicitada, máxime en su coyuntura. El discurso libertario de Borges era pacifista (lejano, desde luego, de incendiarios como Errico Malatesta o Severino di Giovanni), allí puede entrar la figura de “anarquista de derecha” (¿habría otra expresión posible en 1980? ¿Y hoy?). En estos tiempos, es posible arriesgar que esa posición borgeana encuentre opciones en el discurso del liberalismo libertario del siglo XX, recreado a través de pensadores como Friedrich A. von Hayek, Ludwig von Mises o Robert Nozick, en el anarcocapitalismo de Murray Rothbard, o quizá mediante la expresión contracultural del posanarquismo de Michel Onfray (que no está en contra de la propiedad privada y aboga por espacios de microrresistencia).

Borges comprendía perfectamente la cuestión semántica sobre el anarquismo, vale decir, ausencia de arché (fundamento, en griego), y cuya búsqueda muy lejos está del desorden o el caos. En ese sentido, al emplear esa categoría política, el escritor expresaba su rechazo a la autoridad y a ser gobernado. Un anarquista, en los hechos, es alguien que se gobierna a sí mismo y que se niega a servir, así ya lo vemos en la raíz de El discurso sobre la servidumbre voluntaria, de Etienne de la Boétie, texto del siglo XVI, piedra inaugural del libertarismo. Un anarquista es alguien extremadamente responsable, sistemático y riguroso consigo mismo: la ausencia de patrón, dominador, amo y dios lo pone como un individuo solar, piedra angular del mundo, que se da su propia forma, un cristal que debe transmutar esas figuras dentro de sí. Y esto en Borges resulta una afirmación de evidencia palmaria. Lo cual no quita que su pensamiento haya pasado por ciertos clivajes en materia política: desde la composición de aquellos poemas que integrarían un libro nunca editado, titulado Los salmos rojos, donde se da cuenta de una época bolchevique, de un comunismo pacifista, leído en clave de hermandad universal, de cuño whitmaniano.

Sin embargo, este humanismo que inspiró a Borges desaparece hacia 1920, tal como dice una carta a Maurice Abramowicz, fechada el 12 de enero de 1920: “Soy de tu opinión en lo concerniente al bolcheviquismo. Es una sucia chusma de arribistas que arribarán y harán de la vida una vileza moral mediocre y monótona”. Del mismo modo, también se puede detectar un breve destello “yrigoyenista” en sus poemas de El cuaderno San Martín (1929), donde ejerce un fraseo más criollista (típico del caudillo radical) como puerta para luego partir hacia la dimensión universalista. Finalmente, se afirmará su posición anarquista, y su afiliación, ya citada, al Partido Conservador como gesto de desencanto de la política partidaria, democrática y representativa.

La pregunta por la política borgeana debería ser realizada, tal vez, y hoy más que nunca, por resultar a contracorriente y extemporánea; una cifra más que necesaria de volver a ser pensada con rigor y seriedad. A veces desechada con rapidez excesiva, lo cual revela cierta pereza intelectual para problematizar algo por fuera de la superficie. Esta cuestión implica, además, una pregunta a posteriori en relación con la noción de libre albedrío, para lo cual es más que destacable el artículo del economista Martín Krause –titulado “La filosofía política de Jorge Luis Borges”–, donde se analiza en detalle este tema. Borges, que era escéptico en materia política y agnóstico en términos religiosos, también era un maestro de la sospecha con respecto al libre albedrío. De todos modos, si bien dudaba, lo cierto es que aquello no implicaba caer en el determinismo. Su postura podría expresarse de la siguiente forma: el hombre no tiene entidad por fuera de las relaciones causa-efecto; está determinado, pero le resulta imposible conocer las causas de tal determinación. Este argumento es una constante en el universo ficcional borgeano, particularmente en cuentos como El sur o El jardín de senderos que se bifurcan. El destino cifrado, la determinación evidente, opaca siempre el causante de las acciones finales, de la muerte, de la valentía o la cobardía. El agnosticismo en esta materia le da coherencia a la tesis: quizá Dios sí exista, pero nunca lo sabremos.

El spencerismo de Borges (que también lo fue de Sarmiento, así lo testimonia el libro de su lecho de muerte en el Paraguay) se permite ver, de nuevo, en este diálogo con Osvaldo Ferrari: “Para mí, el Estado es el enemigo común ahora; yo querría –eso lo he dicho muchas veces– un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero quizá sea preciso esperar no sé si algunos decenios o algunos siglos –lo cual históricamente no es nada–, aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética y, además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir”. En la afirmación borgeana se ponen en juego dos valores anarquistas irrenunciables: conducta y conocimiento. Pocos movimientos menos antiintelectuales y prointelectuales que el libertario: política del libro, la biblioteca y el estudio que colocaba la ignorancia de los pueblos como un enemigo igual de rapaz que el Estado. Todo anarquismo señala lo mismo: no hay cambio posible sin erradicación de la ignorancia, verdadero factor causante de la dependencia. Este es el problema, entonces, que también señala Borges; por ende, la biblioteca como solución; la educación, la formación personal y sin fin. Materia siempre bien comprendida por todos los grandes pensadores libertarios argentinos, como Martínez Estrada o Juan José Sebreli, ejemplos descomunales del autodidactismo.

La filosofía política pone a Borges a contracorriente, y cumple el rol del aguafiestas, de quien señala el muerto en el placar y aviva a los dormidos de la inocencia perdida: un Estado engordado o bulímico y la inmensa mayoría que espera aun salvar sus ropas a partir de su teta. Pero el anarquismo borgeano revela algo más hondo y complejo que no todos vieron, o no quieren mostrar por ignorancia o conveniencia, así lo dice en Evaristo Carriego: “El argentino hallaría su símbolo en el gaucho y no en el militar, porque el valor cifrado en aquél por las tradiciones orales no está al servicio de una causa y es puro. El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano”. Este individualismo argentino que marca Borges, y va de suyo con el gaucho y el malevo como modelos de rebeldía, dice más bien algo del problema de la articulación de lo colectivo y del populismo que de la ciudadanía: la opción de la filosofía política borgeana tiene hilachas a ser repensadas e incrustadas con la contundencia de una marca con antecedentes. Si la política argentina del siglo XIX se escribió desde la figura del libro y los presidentes intelectuales, Lugones representó esa imposibilidad en el siglo XX al intentar revivir un sarmientismo imposible. Borges, y también Martínez Estrada, alcanzaron a ver que esa empresa estaba condenada al fracaso: “Alpargatas, sí; libros, no”. El intelectual se aleja de lo público y construye su fortaleza, su jardín epicúreo, su mito personal. En esta amalgama que se solidificó durante años, podemos detectar esquirlas del anarquismo borgeano como una forma de resistencia, que aparece con más virulencia en momentos en que el Estado adquiere dimensiones desaforadas y peligrosas. Espacio que hoy está vacante. Casillero del intelectual privado: aguijón que no por pequeño es débil, si no recordemos que El Aleph se encontraba en una casa de la calle Garay.

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Contra lo utópico: de Borges a Foucault

Las palabras y las cosas (1966), como señala Michel Foucault en la primera línea: “Nació de un texto de Borges”. Ese texto es El idioma analítico de John Wilkins (Otras Inquisiciones, 1960). Lo que Foucault vio en Borges fue su clasificación en la Enciclopedia china de un bestiario fabuloso, con categorías antinormativas tales como: animales embalsamados, animales dibujados por pincel de camello, etc. Lo que Foucault descubre ahí es el germen del concepto de “episteme” a partir de la pregunta: ¿qué es imposible pensar? y por lo tanto, ¿qué es posible pensar? Frente a la visión utópica, Foucault descubre en la heterotopía borgeana un espacio de categorías que inquietan, rompen los lugares comunes y la sintaxis esperable. En este aspecto, es completamente lógica esta filiación que Foucault encuentra en Borges: ninguno fue un pensador utópico, más bien su cara opuesta. Frente a la utopía (el no lugar político), lo que el filósofo francés encuentra en la heterotopía borgeana es el cruce y la resistencia a la norma, clave de su filosofía.

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Cosmopolitismo

Jorge Luis Borges publicó diez libros de ensayo (considerando en este género también su último texto editado titulado Atlas, en coautoría con María Kodama, de 1985), en los que, en gran medida, queda evidenciada su reflexión respecto de la lengua (español rioplatense), y el movimiento hacia la figura y rol del escritor argentino con la tradición occidental –viendo allí una decisión no sólo estética sino claramente política–, la consideración de la filosofía como un género literario más (su preferencia por los pensadores ingleses y alemanes, o Spinoza), y también sus expresiones, que constituyen su verdadera filosofía política libertaria. Es posible arriesgar que la estética y política de Borges permearon de cosmopolitismo lo local, rasgo porteño por antonomasia.

En El idioma de los argentinos (1928), el autor señala ya esta tensión entre el español del criollismo impostado y sainetero, y por otro lado el español castizo. En la operación borgeana, el argentino es una lengua que reclama toda la tradición occidental para sí desde la periferia, evadiendo un argentinismo ex profeso; cito: “La argentinidad debería ser mucho más que una supresión o que un espectáculo. Debería ser una vocación”.

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Luis Diego Fernández nació en Buenos Aires en 1976.

- Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires), especializado en filosofía contemporánea y estética. Ensayista.

- Ha dictado seminarios y conferencias en Universidades y en Instituciones: Posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, Universidad ESEADE, Centro Cultural de España en Buenos Aires, Colegio de Abogados de Necochea, Fundación Internacional Jorge Luis Borges, Escuela Argentina de Sommeliers, Centro de Estudios Contemporáneos y en el Campus Virtual de la Asociación de Pensamiento Penal, con el aval de la Universidad Nacional del Comahue. Desde hace 5 años dicta cursos privados en librerías y espacios culturales.

- Es autor del ensayo Furia & Clase (Paradoxia, 2009). Ideó, editó, prologó y coordinó la Antología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2012).

- Trabajó durante 10 años continuos en editoriales líderes de la industria editorial argentina e hispanoamericana (Yenny/El Ateneo, Gedisa y Random House Mondadori), de la cual tiene un amplio conocimiento.

- Colabora desde hace 8 años con los siguientes medios: Revista Ñ de Clarín, Diario Perfil, Revista El ojo mocho, Revista Brando, Revista Gata Flora, Revista Menú, Guía Cultural La Celeste (Uruguay), Revista virtual Cibertronic de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

- En 2010 fundó y dirige EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos y charlas.

- Es creador de la Cata de Ideas, un evento que tiene la finalidad de acercar la filosofía a un público mayor.

(De ar.linkedin.com/in/luisdiegofernandez)

Su blog es ldflounge.blogspot.com.ar

Diana Cohen Agrest / El escudo protector de la minoría de edad

(Publicado en La Nación, 2.10.2012)

En respuesta a una denuncia formulada ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, un tribunal de casación penal reconoció que, en el marco de la ley argentina vigente, el Estado habría violado un artículo de la Convención de los Derechos del Niño cuando impuso penas de prisión perpetua a quienes eran menores cuando cometieron los delitos por los que fueron juzgados: uno de ellos había sido condenado por dos homicidios; otro, por cinco, y el tercero, por dos.

Ese controvertido reconocimiento erosiona todavía más la armonía normativa, pues la inconstitucionalidad de la pena perpetua para los menores debería tener como contrapartida su cumplimiento efectivo por los adultos: en lugar de legislarse la reducción de la pena que habilita la salida anticipada a su cumplimiento total y que hace de la prisión un costo mínimo por pagar para continuar delinquiendo, la pena debería ser como en otros países donde no es un eufemismo y la perpetua es “perpetua”.

La denuncia ante la Corte revela entonces una incongruencia más de nuestro sistema jurídico. Pues se reclama la inconstitucionalidad de la sanción cuando, en la Argentina, la prisión perpetua no implica reclusión a perpetuidad. Se comete la falacia de invalidar una sentencia por la presunta existencia de la pena perpetua, que no es sino una ficción jurídica.

Se cedió a esa resolución desfavorable que impuso al Estado argentino rever la sentencia, con el fin de no exponerlo a la acusación de “irresponsabilidad institucional ante la comunidad mundial”. ¿Cuál fue su costo jurídico? Pese a que el fallo que penó con perpetua a los en ese entonces menores era cosa juzgada, se arguyó que el código procesal penal por el que se los había juzgado incumplía las normas internacionales. Se alegó que el tiempo transcurrido en prisión excedió largamente el tiempo máximo disponible a aplicar según las convenciones, se calificaron en grado de tentativa los delitos por los que fueron acusados y se disminuyó consecuentemente la pena.

Lo cierto es que, valiéndose de un beneficio optativo para rever un caso que era cosa juzgada, una vez más el Estado y la ley argentinos fueron fagocitados por los tratados internacionales hoy perversamente invocados. No sólo ellos. Porque ¿quién defiende los derechos lesionados de aquellos que hoy ni siquiera tienen voz para reclamar, porque fueron salvajemente asesinados por quienes son amparados por tratados internacionales con cuya firma la Argentina cedió sus derechos soberanos?

¿Acaso la Corte Interamericana de Derechos Humanos contempla las consecuencias irreversibles de los gravísimos delitos cometidos por los menores condenados? ¿Qué queda de la ley 26.061, de protección integral de los derechos de niños, niñas y adolescentes cuando las estadísticas prueban que la franja etaria más castigada por el delito son los adolescentes varones de entre 15 y 24 años? De los involucrados en homicidios (entre agresores y damnificados), sólo en la provincia de Buenos Aires se registraron en el primer semestre de 2012 ciento veintiséis jóvenes, y en 2011, otros trescientos veintinueve. ¿Acaso no son tan vulnerables, tan jóvenes y tan pobres las víctimas como los victimarios, en el mejor de los casos, instruidos y usados por adultos instigadores que se escudan en los beneficios legales de la minoría de edad y, en el peor, cuando la droga y las condiciones socioambientales son promovidas por un Estado ausente? De contarse con una voluntad política atenta a los derechos de las víctimas, ¿no debería implementarse una política penitenciaria juvenil compatible con el marco constitucional que ofrezca una respuesta a la situación de los menores de edad que cometen delitos, respetuosa de sus derechos y eficiente en términos de necesidades sociales?

Si la reducción de la edad penal se encuentra obturada por los compromisos internacionales, si la Convención sobre los Derechos del Niño debe ser interpretada de acuerdo con el principio de no regresividad que determina que, una vez que se fijan estándares de reconocimiento de derechos, no se puede retroceder, entonces la ciudadanía debe exigir una interpretación de los tratados internacionales que no lesione los mismos bienes que debería proteger, ni más ni menos que la vida de las víctimas inocentes.

El 8 de julio un joven estudiante secundario, Nicolás Castillo, se encaminaba hacia la estación ferroviaria de Moreno tras compartir la tarde con su papá en una casa del barrio. Pero en el camino sobrevino la tragedia: fue interceptado por un grupo de jóvenes que lo amenazaron con un arma blanca y, por hacerse de un teléfono y un par de zapatillas, lo tiraron al piso y lo apuñalaron dos veces en el pecho. Nicolás intentó reincorporarse y caminó unos metros, pero se desplomó. La Justicia dictó la prisión preventiva de un ex convicto de 28 años, acusado del crimen del joven. También tres adolescentes fueron detenidos, uno de 17 años alojado en un instituto de menores y otros dos, de 16 y 15, que permanecen a disposición del fuero penal de menores. En concordancia con un ideario falaz, lo más probable es que la impunidad institucionalizada los libere en poco tiempo.

En un programa radial, una de las juezas del tribunal de casación sostuvo que “se necesitan dos generaciones. políticas de Estado que nos van a dar una sociedad distinta”. Aun cuando compartiéramos románticamente ese ideal utópico, ¿acaso no se advierte que partiendo de una hipótesis sociológica se está sometiendo, como conejillos de Indias, a dos generaciones de argentinos sacrificados en aras de un ideal no verificado e inverificable, por lo demás difícilmente compartido por una sociedad donde todavía rige el principio de realidad?

En pos de una presunta rehabilitación -estadísticamente insignificante-, se ignora que con cada fallo que otorga la libertad a un reincidente, se firma en el mismo gesto la sentencia de muerte de un sinnúmero de inocentes. Y arrasando con los datos de la realidad, se toma por verdadera la presunción de la rehabilitación del delincuente que termina siendo una ficción jurídica. Pues al negarse a reconocer que un altísimo porcentaje vuelve a delinquir, se le confiere a la rehabilitación una realidad jurídica que, aunque violenta los hechos, es la base sobre la que se asienta la liberación anticipada de los homicidas, amparados en sus derechos y garantías. Los mismos derechos y garantías que los victimarios negaron a sus víctimas.

Porque lo que no es ficción, y no hay Convención de los Derechos del Niño ni Corte Interamericana de Derechos Humanos que los proteja, es la ausencia de Nicolás y de tantos otros muertos ignorados por la ley. Ni tampoco es una ficción el dolor de quienes, día a día, conviven con esa ausencia legislada e ignorada por la justicia impunitiva.

“Nos preguntamos qué hace nuestro hijo en un cementerio, un chico sano, con tantos sueños”, reflexiona el papá de Nicolás. “Yo ya tengo una parte de mi ser que no está”, murmura, sin consuelo, la mamá. ¿Cómo explicarles que los magistrados sentados detrás de un estrado, preocupados “por la irresponsabilidad institucional ante la comunidad mundial”, sólo saben del dolor de los victimarios, pero desconocen a quienes fueron silenciados por quienes ellos defienden? La máxima de que no se puede legislar desde el dolor, en la Argentina que nos duele, debería ser reescrita: no se puede legislar desde el dolor de las víctimas. Sólo desde el dolor de los victimarios.

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Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Diana Kordon / Mas sobre Carta Abierta: Sobre silencios y encubrimientos

(Publicado en Perfil, 15.9.2012)

El último documento de Carta Abierta se pronuncia por la reforma de la Constitución y su subtexto, casi manifiesto, se suma a la campaña para habilitar la re-reelección de Cristina Fernández de Kirchner.

Más allá de esta cuestión, me produjo profundo asombro el tratamiento con el que se abordan algunos problemas que, dolorosamente, han  atravesado la escena social en el último período. La tragedia de Once y las violaciones  actuales de derechos  humanos son consideradas como hechos lamentables, desdichados, accidentes o vulnerabilidades de derechos que, además de ocurrir en diferentes metrópolis  del mundo, desde la usina mediática tratarían  de  atribuir a  una supuesta Culpa Estatal.

Este planteo implica un punto de inflexión de sus autores: en otros  momentos hubieran considerado estos hechos como inaceptables y los hubieran denunciado como expresión  concentrada de una política oficial  enfrentada a las necesidades de las  grandes mayorías. Incluso se hubiera constituido en un obstáculo ético.

Las imágenes del 22 de febrero en Once se inscribieron en la memoria  colectiva como producto de un entramado de corrupción e impunidad, que había sido largamente denunciado por los trabajadores del ferrocarril Sarmiento y cuyos responsables fundamentales eran la empresa TBA, es decir el grupo Cirigliano, y el Gobierno  nacional.

Por otra parte, la aplicación de medidas de ajuste que se descargan sobre los sectores más desposeídos para paliar la crisis económica, ha profundizado los síntomas de malestar de diferentes actores sociales, que ocupan la escena  pública en demanda de sus derechos. El Gobierno responde  crecientemente con represión. En los dos últimos  años se produjo un salto cualitativo en la criminalización de la  protesta: 21 asesinados en conflictos  sociales, más de 4000 procesados, la  sanción de la ley antiterrorista, represión directa de múltiples expresiones de lucha, son marca de esta situación.

El traslado de más de 60 detenidos, incluidos niños, a Campo de Mayo, en un operativo en la Panamericana, dirigido personalmente por el subsecretario de Seguridad, tiene un valor simbólico insoslayable. ¿Acaso se puede ignorar el efecto sobre la subjetividad colectiva, y no sólo sobre los afectados directos, de la utilización como prisión colectiva, aunque fuera por unas pocas horas, del que fuera  uno de los grandes centros clandestinos de detención?

La combinación de silencio y enmascaramiento de las responsabilidades del Gobierno en estas situaciones por parte de los integrantes de Carta  Abierta, se explica por el papel de este nucleamiento en la construcción de mecanismos de control social. Sobre la base de una épica discursiva, se trata de inducir socialmente a que resulten lógicos y naturales un cuerpo de  ideas, un sistema de creencias, e incluso un modo de accionar, por parte del conjunto: estamos ante un momento refundacional de la Argentina, un momento instituyente que debe corresponderse con cambios constitucionales.

En sintonía con la narrativa oficial, Carta Abierta sostiene que este gobierno marca una nueva etapa igualitaria y esperanzadora. Instala la idea de “la  diferencia”, la hendija, la fisura, que el kirchnerismo habría abierto en una dirección progresiva acorde a las necesidades del país y de las mayorías  populares. Da por hechos cambios económicos-sociales profundos, sin  diferenciar anhelos de realidades. Y cada uno de los signos que indican que persiste la dependencia y la expoliación de las grandes corporaciones, que el grupo económico ligado al kirchnerismo crece agigantadamente, que la  brecha de la desigualdad se profundiza, serían tareas pendientes. Con un discurso ambiguo, desde el cual se  exime de demostrar la veracidad de sus afirmaciones, Carta Abierta atribuye al Gobierno un programa que no es el que éste plantea y que sería el que supone aún no concretado por los  obstáculos externos que se le oponen. Este posicionamiento tiende a generar un efecto ilusorio de expectativa, y a  construir consenso social favorable hacia la acción del oficialismo. Pero, por sobre todo, a reducir el despliegue de un proceso cuestionador y de prácticas sociales contestatarias por parte de los movimientos populares.

Los intelectuales agrupados por su afinidad con el Gobierno nacional, se dirigen a todos aquellos que, por historia o por perspectivas de futuro, se identifican con la necesidad de producir transformaciones en el sentido de lo democrático, lo nacional y lo popular.

Plantean un modelo binario, especular, con sólo dos posiciones posibles: por un lado el Gobierno y Cristina F. de K. en el liderazgo de un proceso transformador respecto del universo neoliberal, y por el otro la oposición  dirigida por la corporación  mediática: “ellos o nosotros”.

Con esa premisa, utilizada como  enunciado de verdad incuestionable, tanto los movimientos sociales como sectores de la oposición que nada tienen que ver con la derecha, quedan  ubicados en un lugar de subordinación  respecto de la agenda de “la corporación”. Serían arietes de esa derecha.

Esta maniobra de polarización produce un efecto de intimidación que funciona como una verdadera inducción al silencio, paralizante, por la  descolocación subjetiva que produce la posibilidad de que la crítica puede  identificarse con modelos de la derecha convencional.

Frente a esta inducción, sostener la  capacidad de pensar y accionar con autonomía se nos presenta como necesidad ineludible.

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Diana Kordon nació en Argentina y es Médica Psiquiatra. Es una de las investigadoras y pensadoras más importantes de nuestro país sobre los efectos psicológicos y sociales de la última dictadura militar, la represión y la desaparición de personas en Argentina. Desde 1982 sus obras son estudios fundamentales e indispensables.

Sur, dictadura y después (con Lucila Edelman y Darío Lagos)
Trabajando en y con grupos. Vínculo y herramienta (con Lucila Edelman)
Efectos psicosociales de la represión política (con Eduardo Pavlovsky y otros)
Comienzos de análisis / Comienzos de analista (con Estela Chab)
Efectos psicológicos de la represión política (con Lucila Edelman y otros, 1982)
Desaparecidos: Efectos psicológicos de la represión (1983)
Por-venires de la memoria. Efectos psicológicos multigeneracionales de la represión de la dictadura: hijos de desaparecidos (con Lucila Edelman, 2007)
La impunidad. Una perspectiva psicosocial y clínica (con Lucila Edelman, Darío Lagos y Daniel Kersner, 1995)
Paisajes del dolor, senderos de esperanza (con Lucila Edelman, 2002)
Efectos psicológicos y psicosociales de la represión política y la impunidad. De la dictadura a la actualidad (con Lucila Edelman, Darío Lagos y Daniel Kersner, 2005)
Efectos psicosociales de la represión política. Sus secuelas en Alemania, Argentina y Uruguay (con Sylvia Berman y Lucila Edelman, 1994)
Desarrollos sobre grupalidad. Una perspectiva psicoanalítica (con Lucila Edelman y otros)

Diana Cohen Agrest / El debate por el nuevo Código Civil: Reproducción asistida, el triunfo del lobby

(Publicado en La Nación, 14.9.2012)

Si una de las banderas de la reforma del Código Penal es que quedan apenas “escombros” de lo que alguna vez fue un cuerpo sistemático, podemos continuar con la metáfora: el anteproyecto de reforma del Código Civil y Comercial nace ya cascoteado, pues propone la aplicación de un doble y hasta de un triple rasero, incompatibles entre sí. No se trata aquí de dictaminar el valor o el disvalor intrínseco de las prácticas a legislar, sino de señalar algunas de las aristas éticas no contempladas. Y, en particular, de denunciar asimetrías irreconciliables aunque mancomunadas por una presunta ampliación del derecho de familia, impulsada por un oportunismo político avalado por los lobbies y las corporaciones cuyos intereses se juegan en las innovaciones propuestas.

1. Asimetría en la determinación del “comienzo de existencia de la persona humana”. Mientras en las fecundaciones naturales la existencia “se inicia con la concepción en el seno materno”, cuando se recurre a las técnicas de reproducción asistida la existencia se inicia, en cambio, con “la implantación del embrión en la mujer”. Estos dos criterios, aunque conceptualmente incompatibles, habilitan la coexistencia jurídica de la prohibición vigente de la interrupción del embarazo (salvo las excepciones de riesgo de vida materna o violación) y de las prácticas existentes de los centros reproductivos.

2.Asimetría sociocultural. Desconociendo el proclamado modelo de inclusión social y redistribución de la riqueza, se profundizan las desigualdades cuando no se contemplan mecanismos de protección de un colectivo vulnerable integrado por las donantes de óvulos y las mujeres gestantes, sujetas a formas indirectas de coerción que, por lo general, erosionan su autonomía. En la mayoría de los casos, la presión económica hace de la compensación una forma de mercantilización de la maternidad, oculta tras una retórica que publicita como donación altruista lo que no es sino un negocio para los centros de reproducción: mientras que la compensación por viáticos a la donante de óvulos es de entre 500 y 3000 pesos, en otros países, por ejemplo en los Estados Unidos, se paga entre cinco y diez mil dólares, y se han llegado a ofrecer hasta cien mil dólares por el mismo servicio.

Afectando la capacidad de consentir y con el objetivo de reclutar donantes, las propuestas suelen minimizar los riesgos del procedimiento a causa del retaceo de la información. Esa capacidad puede ponerse en duda, cuando dichas mujeres parecen subestimar la diseminación de hijos genéticos que nunca conocerán. Desde un punto de vista macrosocial, parece desconocerse que se seleccionarán aquellas mujeres con rasgos físicos semejantes a los de sus futuros padres sociales, promoviendo una política eugenésica indirecta al privilegiar el nacimiento de determinados fenotipos en desmedro de la diversidad genética.

3. Asimetría intrageneracional en el derecho a la verdad entre los nacidos naturales, los nacidos por técnicas reproductivas y los hijos adoptivos. Mientras que en los nacimientos naturales el criterio de determinación de la filiación es la “verdad biológica”, en los nacimientos por fecundación artificial se privilegia la “voluntad procreacional” fundada en el deseo de ser padres sociales, sacrificándose la verdad biológica en cuanto los nacidos estarán sujetos a la regla del anonimato de los donantes. Este doble criterio implica que mientras para los nacidos naturales “se admiten toda clase de pruebas, incluidas las genéticas”, para probar la filiación (Art. 579), los hijos nacidos mediante técnicas de reproducción humana asistida no podrán reclamar vínculo filial a quienes aportaron el material genético sin voluntad procreacional, y sólo podrán conocer la identidad del donante “por razones debidamente fundadas” y por vía judicial. Este requisito es incongruente con la confección de la historia clínica: mientras lo primero que el médico averigua son los antecedentes familiares del paciente, los hijos nacidos por técnicas reproductivas sólo tendrán acceso a la “información relativa a datos médicos del donante” exclusivamente cuando haya “riesgo para la salud” (Art. 564) -puede aparecer recién a los 20 o 30 años de vida- y en el centro de salud interviniente (que para ese entonces puede ya haber desaparecido). Esta asimetría se explica porque si se reconoce el vínculo de filiación con el padre genético (aun cuando no se reconozcan derechos sucesorios), la oferta de donantes será nula: abrir el registro de donantes de gametos pondría en peligro el abastecimiento de los bancos (una vez más, los derechos sojuzgados por las leyes del mercado). Por añadidura, el anonimato inaugura el riesgo de consanguinidad: en la Argentina, aun cuando cada clínica de reproducción asistida guarde el registro con la información de sus donantes, los mismos pueden ser donantes en otras clínicas.

En acuerdo con la Convención sobre los Derechos del Niño, el anteproyecto contempla “el respeto por el derecho a la identidad” de los niños adoptivos, quienes pueden “acceder cuando lo requieran al expediente judicial y administrativo en el que se tramitó la adopción”, y gozan de un explícito “derecho a conocer los orígenes” (Art. 595). Sin embargo, violando el principio de igualdad ante la ley, se omite mencionar el derecho a la identidad en la regulación de los nacidos de donantes.

También se omite mencionar el “interés superior del niño” cuando no se evalúan los efectos traumáticos en el niño engendrado de esperma obtenido post mórtem, práctica contemplada en el anteproyecto. Y no hay analogía válida: una muerte imprevisible durante el embarazo no es homologable a una voluntad procreacional que no tiene reparos en gestar un hijo deliberadamente huérfano y valiéndose de una intervención siniestra.

4. Asimetría histórica en el derecho a la verdad. Mientras que en el reconocimiento del derecho a la identidad y a conocer la filiación celebramos cada chico restituido a su familia de origen por las Abuelas de Plaza de Mayo, los niños nacidos de donantes, en cambio, no gozarán naturalmente del acceso a la información sobre sus orígenes. Y lejos de intentar banalizar la expresión, lo cierto es que serán hijos de desaparecidos, para peor, voluntariamente. Y legitimados por un Estado democrático. ¿En qué se funda dicha asimetría cuando la experiencia internacional muestra que, tal como lo viven los hijos adoptivos, los nacidos de donantes desean conocer su origen, que de otro modo persistirá inaccesible a la elaboración simbólica? El deseo de conocer de dónde venimos es tan legítimo como independiente del estatuto que la ley haya impuesto al derecho de conocer la filiación.

Una vez sentadas estas asimetrías, ¿qué queda de la tan proclamada “armonía jurídica” y de la organicidad lógica de la normativa, cuando el anteproyecto comete una flagrante disociación de la identidad genética, gestacional y social a costa de su coherencia? Pero semejante arbitrariedad conceptual, habilitada por un forzamiento pragmático, no parece ser la respuesta a una necesidad de acompañar las innovaciones biotecnológicas con la ley. En El futuro de la naturaleza humana, el filósofo alemán Jürgen Habermas aspira a asentar la legalidad jurídico-política en la ética. Observa entonces que la reflexión filosófica debe cuestionar el reino de los hechos consumados y retroactivamente aceptados por el derecho; debe denunciar el apuro de los operadores que no resisten las presiones de la economía de mercado implicadas en la competencia neoliberal globalizada y debe alertar sobre el abandono de una sociedad igualitaria y justa.

Estos imperativos retratan las falencias del anteproyecto, que tras el modelo de la inclusión enmascara aquí, como en tantas otras políticas, una matriz neoliberal que borra con una mano lo escrito con la otra, desarticulando los mecanismos que garantizarían un ejercicio igualitario de los derechos. Su pragmatismo remeda la máxima de Groucho Marx que, por trillada, ya es un síntoma: “Estos son mis principios. Si no te gustan (o no te convienen, podríamos añadir como condición ad hoc), tengo otros”.

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Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Tomás Abraham / El “eje del mal”: ese invento de Bush que utiliza Carta Abierta

(Publicado en Perfil, 9.9.2012)

El filósofo Tomás Abraham analiza “La diferencia”, la última de las cartas abiertas divulgadas por los intelectuales del grupo, los “narradores K”. No hablan de revolución, hablan de salvación. Emplean el vocabulario de una secta puritana, se disfrazan de Savonarolas y amenazan con que no permitirán el regreso de la derecha y el neoliberalismo. Advierten que el Enemigo está al acecho. Los conflictos sociales se interpretan en términos de peligro.

El problema de los argentinos ya no es económico ni político o cultural, es más profundo: es teológico. El Cónclave reunido en la Biblioteca Nacional nos ha entregado el resultado de sus deliberaciones. Esperamos que nuestro análisis permita desbrozar la maleza para conducirnos por el sendero que nos guíe hacia El, o Ella.

1. Economía

La política económica del Gobierno es materia de discusión. Hubo resultados positivos en términos de empleo y reactivación económica. La coyuntura no fue desfavorable. Pero desde hace ya más de medio siglo nuestro país no puede elaborar una estrategia de crecimiento industrial inserta en la dinámica del mercado mundial. Los ciclos dependen del precio de las materias primas, ayer la carne y el trigo, hoy la soja. Desde comienzos de la década del 60, el Estado nacional no ha tenido la capacidad de planificar un desarrollo económico y social sustentable. Las fases de crecimiento se interrumpen abruptamente, y las crisis tienen un efecto regresivo cuyo potencial destructivo genera mayor pobreza y más desigualdad que la previamente conocida.

Si se consideran los índices de medio siglo y se los compara con otros países vecinos y lejanos, la ubicación que tiene nuestro país en términos de desarrollo humano y crecimiento económico muestra una caída sin atenuantes y una sociedad en decadencia.

El último jefe de Estado que tuvo una idea funcional a la coyuntura del momento, es decir realista, para que el país produjera un salto cualitativo y creara bases sólidas para un futuro crecimiento, fue Arturo Frondizi. Su punto de partida fue el giro político de Perón en el fin de su segundo mandato, en el que señaló la necesidad de una modificación de la orientación económica cuando se vaciaron las arcas del Estado y el país padecía atraso tecnológico y dependencia energética. Frondizi extremó las consecuencias de aquel diagnóstico. Produjo así la última revolución industrial argentina. Fueron pocos años, no más de cuatro, en los que el país despegó en términos de energía, industria automotriz, maquinarias y una educación que, entre otros logros, creó la mejor universidad que se recuerda.

Luego de casi cuarenta tentativas de golpe de Estado, una coalición de todos los partidos políticos con su acostumbrada vocación suicidaria, el sindicalismo peronista que le declaró la guerra y que luego denunció el plan Conintes como resultado de una situación de violencia que no inició el presidente y cuyos antecedentes represivos se remontan al primer gobierno de Perón frente a la huelga ferroviaria de 1951 (Ileana Fayó, El plan Conintes y la conflictividad sociopolítica durante el gobierno de A. Frondizi, tesina de licenciatura, inédita), un nacionalismo que lo atacaba por cipayo, una izquierda que lo denunciaba por traición, una derecha que lo condenaba por comunista, el liberalismo conservador que denunciaba su industrialismo artificial, un fascismo que lo acusaba de integrar judíos en su gabinete y un progresismo que atacaba su programa educativo –que daba un lugar a la enseñanza privada y religiosa–, quienes lo increparon por invitar al Che, otros que lo hacían por dialogar con Kennedy, en suma, todo el espectro sectorial que sostenía ayer como hoy que el poder es un paquete que no se comparte y la sociedad una tábula rasa en la que cada ideólogo tiene el privilegio de gravar su modelo de país permitió que el resentimiento, la megalomanía y el espíritu de venganza agruparan a la unánime reacción argentina que con algarabía festejó su expulsión.

Desde ese momento el país ha estado a la deriva de las oportunidades que ocultan las carencias de ideas, pendiente de los nichos que ofrece el mercado mundial con el único objetivo de conseguir divisas y sostener a grupos políticos civiles y militares que nos gobernaron durante décadas. En años recientes, las privatizaciones y los préstamos de la banca internacional produjeron la euforia menemista; hoy, la demanda de productos primarios debido al ingreso de poblaciones inmensas como nuevos consumidores de alimentos facilita la fiesta kirchnerista. Pero en lo que se refiere a lo perdurable: nada.

Sin embargo, esta incapacidad de generar acumulación de capital, tecnología propia, servicios modernos, desarrollo social y educación avanzada no es culpa de este gobierno; es un núcleo duro incrustado en la historia reciente de nuestro país, resultado de la sedimentación de sucesivas crisis que no son reversibles con medidas, modelos, campañas o retóricas triunfalistas.

Por eso el problema social es grave, por eso la pobreza extrema de millones de habitantes no tiene solución, la educación está en retroceso, la marginación y la violencia son incontrolables, y la corrupción es casi un fenómeno natural aceptado con resignación. Ante este cuadro estructural, los opositores al Gobierno no hacen otra cosa que lo que etólogos recuerdan de la avestruz: meter la cabeza en el hoyo y criticar la política oficial con el culo emplumado al viento.

Ninguna fuerza política opositora tiene la receta, el remedio ni las espaldas políticas para concretar cambios de importancia que abran el escenario en nuevas direcciones. Denuncian males como la inseguridad y la inflación, y para nadie es un secreto que no pueden ir más allá de la queja populista para satisfacer la alarma ciudadana, que no hace más que reflejar el populismo vertical permanentemente en escena.

Acusan al Gobierno de falta de diálogo, y cuando se juntan un par de opositores en un acuerdo por alguna futura coalición terminan disputándose un lugar en la foto y autoproclamándose candidatos a la presidencia en una ridícula conyugalidad alterada por celos.

Por eso la Presidenta tiene cincuenta por ciento de arrastre y el que le sigue apenas 17.

2. Teología

El problema que se avecina en nuestro país no es económico, ni siquiera lo es el mero hecho de una reelección, sino la cultura política que se quiere implementar, la forma de concebir el poder, de rediseñar nuestra historia y de amenazar nuestras libertades.

Salió una nueva Carta Abierta. No hablan de revolución, hablan de salvación. Han bautizado su misiva reciente con el elegante nombre “La diferencia”. Lo que llama la atención es que proclamen la necesidad de dar la vida por una diferencia. Porque, si de diferencias se tratara, por lo general se llega a un acuerdo entre partes. Diferencia es un concepto matizado. Implica grados. En términos cualitativos, con una grilla diferencial se distinguen lo mejor y lo peor. Nunca el bien y el mal. Sin embargo, los redactores de Carta Abierta emplean el vocabulario de una secta puritana y se hacen eco del invento de G.W. Bush: el eje del mal. Se disfrazan de Savonarolas y amenazan con que no permitirán el regreso de la derecha ni del neoliberalismo. Marcan una gruesa línea roja desde que Nestornauta salvó al país en el 2003 y hoy, en momentos en que nos dicen que Cristina rema sola para salvar al pueblo de los piratas, nos comunican que la Presidenta puede contar con los peritos en narrativa setentista, keynesianismo casero y revisionismo histórico, en actividad o jubilados, que no la dejarán sola.

Advierten que el Enemigo está al acecho. Los conflictos sociales se interpretan en términos de peligro. La Gnosis maniquea denuncia a las nuevas formas satánicas y llama a conformar “un bloque de resistencia contra la barbarie”. El diablo existe. Por eso disertan de este modo: “Pero el pacto con el diablo, gran fábula literaria de todos los pueblos, y que diera tanto en Europa como en Latinoamérica obras literarias ejemplares desde Goethe hasta Guimaraes Rosa…”, etc. En plena caldera del diablo, los catedráticos no quieren mencionar a quien verdaderamente los inspira: Anastasio el Pollo.

Estos señores no tienen sentido del ridículo. Imagino a los viceministros de Economía y presidentes de petroleras que hoy tienen cuarenta años, encaramados como están en el poder en pleno ascenso generacional y en medio de la brega del mundo de los negocios, leyendo con una sonrisa a estos señores añosos y bien nutridos, escribiendo frases como ésta: “Personajes mediocres gobiernan potencias como sombríos espantajos que balbucean lenguas susurradas…”. Con un mínimo de sentimiento caritativo les regalarían palomitas de maíz para entretener pajaritos en las plazas.

Los redactores de Carta Abierta admiten con modestia que no todo funciona como es deseable. Al Modelo le falta alguna costura. Pero consideran que estas carencias se deben a “sucesos lamentables de la vida injusta”, que abundan en el mundo desde tiempos inmemoriales, generados por lo que llaman la “Culpa Estatal Universal”.

Ni los guionistas de El Código da Vinci han recurrido a estos secretos de magia negra para interpretar los dispositivos de poder.

Pero la risa es de corto alcance. Por otro lado, este asunto da miedo. No por estos señores tan ufanos en su poética emancipatoria y su fervor alquimista, sino por el país que quieren. El general Onganía nos decía que los miembros de la secta del anticristo no pasarían. El almirante Massera también apelaba a la historia y situaba la efigie de lo que llamaba “Hombre Sensorial” –aquel tótem hedonista responsable, según el jerarca, de la moral de la subversión– en el pensamiento de Marx, Freud y Einstein. En los 70, aquéllos que no congeniaban con la lucha armada eran acusados de estar presos de la subjetividad burguesa. En una u otra versión, las cruzadas morales argentinas entronizaron la supresión ética que llamaba a eliminar a una persona por lo que “era” y fomentaba la guerra civil en nombre de la verdad. Primero con palabras y luego con hechos.

Los miembros de Carta Abierta se presentan como los narradores K. Los escribas del relato oficial. Se reúnen en conciliábulo como cardenales en el Vaticano y cada tanto envían estos opi magni en los que advierten que siempre hay más. Del “nunca más” del 84 que proclamaba que el inicio de la democracia debía ser el fin de una era nefasta de muertes, robos y persecuciones, del “nunca menos” de la felicidad en términos de caja que, al tiempo que critica a la sociedad de consumo y del espectáculo, no hace más que sobrevivir gracias a ambos (Carta Abierta: “Porque debatimos el formato bajo el cual se forjan subjetividades a la orden de la sociedad del espectáculo… porque no creemos que el horizonte pueda ser definido por una idea de felicidad colectiva centrada en el consumo…”), ahora nos entregan este “siempre más”: más revancha, más amenazas, más espionaje, más poder, más enemigos, más peligro.

Pero el hecho de que el Mal con mayúscula no exista salvo en la mente fanática no quiere decir que no haya cosas malas ni que todo dé lo mismo. No todo vale. La moral no se satura en una tabla comparativa de acciones unas mejores que otras. Los filósofos, aun los escépticos, nominalistas, relativistas y empiristas, han tratado de darles un nombre a los actos que no tienen medida axiológica, que son absolutos. Un mal absoluto a falta de un bien absoluto. Sólo los pensadores medievales intentaron darle un nombre maximalista al Señor, un Perfectísimo, o Perfectísima si se da el caso. Es el invento de la lengua superlativa de Juan Escoto Erígena. Pero en los tiempos modernos Kant nos habló del Mal radical, Adorno del “después de Auschwitz”, y Foucault de lo que llamó “abominable”. Es abominable no sólo aquello que está mal, sino el horror. El umbral de la elección ética. Un límite moral frente al cual las palabras ya no cuentan.

Pero cuando el Mal o lo Abominable, en lugar de marcar aquello contra lo cual nuestra identidad y valoración más íntima de humanidad se rebela, cuando este NO se usa para marcar con la M de maldito a los adversarios políticos, cuando la discusión deja de ser abierta porque a uno de los contendientes se lo designa como “abominable”, le adosamos la palabra “genocida”, cómplices de genocidio, socios o agentes al servicio de quienes torturaron y mataron, traidor a la patria, destituyente, cómplice del imperialismo y del terrorismo de Estado, servidor de la Corpo y otras necedades, entonces barremos con todo tipo de posibilidad de convivencia y olvidamos la necesidad fundante de crear una comunidad que se reconozca como tal a pesar de sus “diferencias”.

No fue diferente la calificación del peronismo como nazifascismo con el que durante 17 años se consideró imposible negociar, o la doctrina setentista del poder total frente al enemigo de clase.

Los relatores kirchneristas exhuman legajos, fotos, frases de épocas siniestras cuando quieren degradar a un adversario político. Y ocultan, disimulan y son sumamente comprensivos con sus jefes y jefas para no verlos en situaciones incómodas ante la opinión pública. Es lo que se hace con las décadas del 70 y el 90. Por eso los juicios por crímenes de Estado han sido desnaturalizados, para servir a grupos de poder cuyo pasado heroico hubo que inventar, y la alarma por el neoliberalismo votado diez años y sostenido por nuestros actuales gobernantes no es más que una treta demagógica. Estamos en presencia de una cacería de brujas donde la denuncia coexiste con el esforzado y sostenido ocultamiento de ciertas escobas.

La mentira nacional se elabora así con el fin de expurgar a vastos sectores de la sociedad argentina de responsabilidades, ambigüedades y frivolidades, y para enarbolar la figura de la Víctima, bajo cuya sombra se esconden bien protegidos y subsidiados varios que dicen tener la Memoria de su lado.

* * *

Tomás Abraham es un filósofo y escritor argentino nacido en Timisoara, Rumania, en 1947.

ObrasPensadores bajos (1987), Los senderos de Foucault (1989), Foucault y la ética (1989), La guerra del amor (1992), Historias de la Argentina deseada (1994), Batallas éticas (1995), El último oficio de Nietzsche (1996), La aldea local (1997), Vidas filosóficas(1999), La empresa de vivir (2000), Pensamiento rápido (2001), Tensiones filosóficas (2001), Pensadores bajos (2002), El último Foucault (2003), Fricciones (2004), La máquina Deleuze (2006), El presente absoluto (2007), Historia de una biblioteca (2010), Rorty, el amigo americano (2010), La lechuza y el caracol. Contrarrelato político (2012) y Platón en el callejón (2012).

tomasabraham.com.ar

Alejandro Schang Viton / Algo sobre la nada

(Publicado en La Nación, 25.2.2012)

Desde artistas ignotos hasta filósofos célebres, pasando por artistas célebres y filósofos ignotos, el vacío tiene siempre un homenaje en puerta: libros en blanco, cuadros a oscuras, música silenciosa y otras cosas invisibles

En su recopilación de aforismos Nacional II, el catalán Perich sostiene: “Los humoristas políticos del país somos los únicos capaces de comprender el problema de crear de la nada”. Pero el concepto de la nada no sólo es cosa de políticos y humoristas. Mucho menos hoy, con el avance de la globalización y de sus promotores universales. La nada hoy no es todo, pero a veces es lo que hay, parecen decir algunos observadores de la realidad. Sin embargo, la idea intrigó al hombre desde que vio por primera vez que la luz del día se apagaba.

Enlazado con la necesidad de vacío y silencio, el concepto de la nada sirvió muchas veces de tema accesorio, y también de tema esencial para la física, la filosofía y la estética. En física, el significado de vacío es necesario para el libre movimiento de astros, estrellas, planetas, átomos, moléculas, electrones y neutrinos. En el mundo de los filósofos presocráticos fue útil para definir la entidad y el ser. Parménides fue uno de sus estudiosos y sus ideas fueron tamizadas a lo largo de los siglos para ser leídas y revisadas por corrientes más modernas, que llevaron al francés Jean Paul Sartre a revelar la intrincada relación entre la angustia del ser y la soledad de la nada.

Es curioso que la Enciclopedia Británica registre sólo Not -being (no ser) para agrupar las corrientes filosóficas que rechazan o defienden la idea de un vacío absoluto. Así, mencionan el budismo, el taoísmo y otras corrientes místicas.

En Festival mágico-matemático, Martin Gardner ataca de lleno el tema nada y enumera, entre las formas más mercenarias de retratarla, la obra completa de Ad Reinhardt, artista estadounidense nacido en Buffalo, Nueva York, en 1913. Reinhardt comenzó a pintar en 1951 lienzos completamente azules. Después rojos y finalmente negros. En 1965 vendía sus cuadros entre 2000 y 12.000 dólares. Aparentemente, el artista se subió a la tendencia creada por Robert Rauschenberg y otros pintores, que vendían lienzos completamente en blanco.

Entre los cultores de la nada, Gardner menciona con admiración al compositor John Cage, cuya pieza para piano titulada 4’33″ no es otra cosa que la reproducción fiel de un silencio total durante 4 minutos y 33 segundos. Cage, sin miedo al qué dirán y al qué oirán, explicó en una entrevista que “ese lapso silencioso, de 273 segundos, equivale al cero absoluto en temperatura ambiental. Es decir, 273 grados centígrados bajo cero, que fue lo que inspiró mi obra”. Más allá de las explicaciones, algunos críticos creyeron que ésta fue la mejor creación del músico. Otros le aconsejaron que siguiese insistiendo. Y la Enciclopedia Británica define a 4’33″ como “pieza muda para cualquier instrumento o combinación de instrumentos”.

UNA BLANCA PALIDEZ

Por su parte, el humorista irlandés Laurence Sterne, nacido en 1713, ya había marcado un sendero con su libro Tristam Shandy. Los capítulos 17 y 18 aparecían completamente en blanco. Un estilo similar adoptó el escritor estadounidense Elbert Hubbard (1856-1915) en su Ensayo sobre el silencio, cuya edición resultó un libro muy bien encuadernado con tapas forradas en gamuza color tabaco, bordeadas por filetes dorados. A mitad del siglo pasado apareció Lo que sé de las mujeres, de autor anónimo y conformado por 500 páginas en blanco, que pudo ser hojeado en contadas librerías de Londres. Y la tendencia siguió. En 1974, la editorial estadounidense Harmony House editó otro libro con sus páginas vírgenes y fue demandada por un autor europeo, celoso de sus derechos, que adujo que se había vulnerado su propiedad intelectual.

A principios de los años 80 se vieron en Barcelona, España, una veintena de libritos con páginas que lucían una blanca palidez. Los títulos: Maravillas de la cocina inglesa, Victorias norteamericanas en Vietnam, Delicias del sexo a los ochenta, Hacerse rico sin explotar al prójimo, Métodos para ganar a la quiniela, Convicciones democráticas de Franco y Poesías completas de Hitler. Pese a sus tapas coloridas, no constituyeron ningún éxito de ventas. Mientras tanto, aquí en Buenos Aires, en la librería Kenny, de Arenales y Suipacha, se exhibía La nada, un volumen de pequeñas páginas vacías, cuyo autor firmaba con sus iniciales y su apellido, Fernández Sasso.

UN CORTO MUY LARGO

Otro artista que coqueteó con la nada fue Andy Warhol. Allá por los años 60 filmó durante 6 horas y media, sin mover la cámara, a un hombre que dormía plácidamente. Sleep (Sueño), la película, pronto fue un ejemplo del cine de vanguardia. Luego filmó media hora de planos fijos de un grupo de mujeres bellísimas, trabajo al que bautizó Thirteen most beautiful women (Las trece mujeres más hermosas), y en 1964 filmó en un solo plano -inmóvil, obviamente- el Empire State Building de Nueva York durante ocho horas seguidas. Ese corto tan largo se conoció como Empire.

Mucho más acá en el tiempo y en la distancia, Reynols, la banda local experimental que tenía a Mario Socolinsky entre sus fans, editó en 1995 su disco Gordura vegetal hidrogenada, con temas como Aire enlatado, Relámpago de kiwi, Sangre de la nada y Todos los títulos del universo. Adentro de la caja: nada. Ni un CD, nada.

Por más invisible que parezca, la nada siempre está presente. Bueno, nada.

Omar Genovese / Literatura y suicidio

(Publicado en Perfil, 8.7.2012)

Muchos escritores hallaron en el suicidio, como expresión de un tormento interior, el cuño de su materia creativa. Y el alivio a sus angustias.

Para disuadir cualquier represalia judicial, el presente artículo no pretende difundir el suicidio como método, ni sugerir asistencia para concretarlo al que tiene tales intenciones. Aclarado esto, llegan preguntas y pensamientos (veremos que la pregunta y el pensar tampoco alcanzan): ¿no hay nada como la tristeza para comprender, casi como iluminación, el abismo humano? A Epicuro se le adjudica la frase “Todo el mundo se va de la vida como si acabara de nacer”, reduciendo la existencia a una secuencia tan imprecisa como invalorable.

El suicidio (1897), de Emile Durkheim, puede leerse como una novela taxonómica de la desesperación. Si bien es fundante de la sociología, están en ella dos límites evidentes: la insuficiencia del conocimiento científico y el juicio moral de época. Como ficción histórica, es precursora del agotamiento temático lógico, estructura de la desazón que perfecciona El proceso de Kafka, ya con la angustia como red y la condena como único camino. El mundo es esto, acéptenlo, pero a diferencia del de Praga, Durkheim pide que ayuden a la sociedad a conformar el ideal y disminuir las rebeldías.

En 1846, un joven Karl Marx –previo al materialismo histórico como método “científico”–, publicaba en Alemania un artículo en la revista político-cultural Espejo de la Sociedad, dirigida por Friedrich Engels y Moses Hess, titulado “Peuchet: sobre el suicidio”, en el que analiza a partir de las memorias de Jacques Peuchet (1758-1830) –personaje político de segunda línea, que fue artista, abogado, economista, estadístico y archivero de la Policía francesa durante la Restauración–, las condiciones materiales que llevan al suicidio a los parisinos. Como otro texto sociológico fundante, se ocupa de las inserciones materiales desde un aspecto que Durkheim ignora: la opresión que produce la industrialización, la pérdida identitaria de las masas agrupadas en grandes ciudades, la miseria misma como detritus de la acumulación del capital.

Aun así, resulta imposible encontrar las razones completas de un suicidio. Occidente ha tomado la locura como motivo que oculta la constante que la vida porta en sí misma. De hecho, al considerarlo como delito similar al homicidio, a los ritos contra los cuerpos de los suicidas –desde el desmembramiento del muerto, a la confiscación de sus bienes condenando al desamparo a los herederos–, el ridículo asiste como miedo social. Nicolás González Varela, en el prólogo al artículo de Marx, señala: “Fue el abate Desfontaines en el siglo XVIII el primero que empleó en Occidente el término suicidie (sui –sí mismo– y cidius –matar–)”. Anterior a ello, y para dar algún sentido al acto suicida, se utilizó el término melancolía a partir de Anatomía de la melancolía de Robert Burton, pero parece que el sufrimiento humano resulta inabarcable ampliándose en constantes innovaciones. El término viaja hasta Freud y también a la geometría sintética de Lacan, donde tampoco logra unificar un síntoma universal, una causa primera, ajustada a lo real. Tal vez Foucault, tras su visión orgánica de la sumisión social (del panóptico a la represión organizada en las instituciones mentales y carcelarias), acerca una noción complementaria a lo elusivo de aquel término. Con la Antropología Genética –y el mapeo geográfico del genoma humano– ciertas sospechas superan a todas las civilizaciones: la supervivencia evolutiva del homo sapiens fue una lucha contra similares, otros homínidos de la misma rama perdieron la batalla por el territorio, incluso convirtiéndose en alimento primario, en un probable canibalismo parental cercano. Además, el homo sapiens fue el único capaz de migrar de manera expansiva, de Africa hacia el mundo. Es notable, y ya Durkheim señala algunos aspectos históricos, que la mayoría de las religiones-Estado ponen un límite a la muerte, la ritualizan, con el único fin de mantener la coyuntura social. Ahora bien, aquella individuación genética que triunfa sobre sus símiles, también debió cesar, quedando el impulso agresivo prohibido o enfocado en otro fin: al eliminar esa imagen parecida, carnal, el humano triunfal debió organizar la posesión, dividir el trabajo, fundar lo social como sustento, con un paralelo en dos capacidades distintivas como el lenguaje y la representación del mismo. Lo simbólico aquí es fundamental, y tal vez sea una marca que expanda el campo de nuestra ignorancia. Convengamos que el escritor es un ser excepcional, que se realiza en el lenguaje como el filósofo, pero alejándose de él: su materia no es la verdad sino la creación de universos temporales fantásticos más allá de lo contemporáneo. De todas formas, Albert Camus, en El mito de Sísifo, unió más extremos: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

No recuerdo el origen de la cita, pero sí su densidad: “La muerte, como la lectura, es un acto íntimo”. A la clasificación, los escritores suicidas no registran ni una nota al pie. Son, a los efectos estadísticos, un número insoluble. Puede que fuera de toda clase, representan el agujero negro de la cultura, en su cuestión de rol y último recurso. En primer término, nadie puede leer el discurso íntimo del escritor en el momento de ejecutar su muerte, se lo lleva consigo regalando una zona de silencio hacia el futuro. La experiencia sin retorno, es la afirmación de la libertad en el plano absoluto que prefiguraba Hegel, pero también es llamado al biógrafo, la crítica, y también, a la historia de la literatura que se define en la acumulación de estilos y lecturas que hacen estilo y más lecturas. Arriesgo que los escritores suicidas nos llevan a evocar una experiencia inexplicable, de cuya motivación real estamos velados y de la que nos queda la constatación material del suceso. Ni siquiera la propuesta amable de un testimonio, como hiciera Henri Roorda en Mi suicidio (1925), y que una vez terminado desembocó en el acto mismo, puede dar una explicación plena. Otro ejemplo son los aforismos de Emile Cioran, que remiten más al epitafio del análisis, frustrando la plenitud de la certeza: “Cuando uno tiene la visión del suicidio, la conserva para siempre. Vivir con esa idea es una cosa muy interesante. Incluso diría que estimulante”. “Un libro es un suicidio aplazado”; “Mi misión es matar el tiempo, y la del tiempo es matarme en su turno a mí. Qué cómodo se encuentra uno entre asesinos”; “El deseo de morir era mi interés excluyente; a él le sacrifiqué todo, hasta la muerte”; máximas que plantean el abismo y contradicción del rol del hombre en el universo post-traumático de la modernidad, pero que tampoco alcanzan al escritor suicida: Cioran murió a los 84 años sufriendo una enfermedad, no por su propia mano. En apariencia, la cosa en sí de los escritores suicidas es entre ellos, como una secta post-mortem cuyo espacio ritual es la memoria de una biblioteca. Elías Canetti, Premio Nobel de Literatura 1981 (ver recuadro), también utilizó la forma aforística a favor de la vida, pero con mayor hermetismo y desesperanza que Cioran, ya en El libro de los muertos, en Apuntes o en El suplicio de las moscas. Lo que nos lleva a la feroz duda: ¿la muerte contamina desde su posición de divisor común a toda existencia? ¿Es una frontera insalvable para toda razón?

El escritor que comete suicidio lo hace en condiciones y maneras distintas (algunas similares), pero cada suceso reviste un carácter único, con la terrible advertencia de que algo más cesa. Hay un hermoso título de Henri Michaux, El infinito turbulento, que da un significado inquietante a la lista incompleta (incompleta por alguna omisión, porque el derrotero de la muerte por mano propia sigue vigente, agazapado) de escritores suicidas: Virginia Woolf, Sylvia Plath, Anne Sexton, Yukio Mishima, Emilio Salgari, Ernest Hemingway, Jerzy Kosinski, Hunter Thompson, David Foster Wallace, Cesare Pavese, Sándor Márai, Vladimir Maiakovski, Jack London, Georg Trakl, Paul Celan, John Kennedy Toole, Primo Levi, Heinrich von Kleist, Reinaldo Arenas, Walter Benjamin, Arthur Koestler, Stefan Zweig; lista que se amplía con los de nuestro territorio: Horacio Quiroga, Alfonsina Storni, Leopoldo Lugones, Raúl Barón Biza, Jorge Barón Biza, Alejandra Pizarnik, Marta Lynch, Carlos Correas, Gabriel Báñez… Es dudosa la inclusión de Ingeborg Bachmann (incendio accidental de su habitación en Roma), o por alcoholismo, como se supone en Edgard A. Poe, Malcom Lowry y Dylan Thomas. Entre el accidente y el descuido intencional, también se puede suponer que Rodolfo Walsh concurrió a la cita fatídica sabiendo que lo esperaban casi treinta hombres armados, y que nada podía hacer portando una pistola Walther PPK 22 que días antes le había regalado un amigo y con la que no estaba familiarizado. Ahora, ¿qué importancia tiene la enumeración? ¿No es acaso la frontera entre la nada y la tristeza? Si intentáramos una explicación, estaría en lo escrito, en las obras de cada uno, como la fina seda que escribió Pizarnik en su diario: “¿Por qué sufro y me martirizo con los espectros de mi fantasía?”. Y aun así, la pasión por el estilo, la génesis interna de lo que se relata, el discurrir obsesivo como pensamiento constante –que balbucea a pesar del sueño o en el vórtice del mismo–, ¿no es un amor simbólico por las palabras manifestado como repetición del ego rumiante? Al silenciar esa voz, los lectores quedan suspendidos en su fin: ni leyendo todas las páginas ocurrirá la magia de la vida.

Llegamos a la incógnita de qué es un escritor suicidado luego de la muerte, y recurro a Kafka (quien fracasó en intentar que su obra no lo sobreviva), al cuento que escribió en 1922, Un artista del hambre: en un circo, el artista se exhibe en la jaula como fenómeno, adelgazando cada vez más, diluyéndose en el acto mismo de su habilidad para soportar el hambre, hasta que desaparece. ¿Son nuestras bibliotecas jaulas cómplices de semejante acto?

El suicidio altruista según Emile Durkheim (de su obra El suicidio)

Barthohia, en su libro De camis contemptae mortis a Danis, relata que los guerreros daneses consideraban una vergüenza morir en su cama, de vejez o de enfermedad, y se suicidaban para escapar a esta ignominia. Del mismo modo, los godos creían que los que mueren de muerte natural están destinados a pudrirse eternamente en antros llenos de animales ponzoñosos. En los límites de las tierras de los visigodos, había una roca elevada, llamada la Roca de los Abuelos, desde cuya altura se precipitaban los viejos cuando estaban cansados de la vida. Se encuentra la misma costumbre en los tracios, los hérulos, etc. Silvio Itálica, dice de los celtas españoles: “Es una nación pródiga de su sangre y muy dada a apresurar la muerte. Luego que el celta ha franqueado los años de la fuerza floreciente, soporta con impaciencia el muro del tiempo y desdeña conocer la vejez; el término de su destino está en su mano”. Asignaban también una mansión de delicias a los que se daban la muerte y un espantoso subterráneo a los que morían de vejez o de decrepitud. El mismo uso se ha mantenido largo tiempo en la India. Tal vez esta complacencia por el suicidio no existía en los vedas, pero ciertamente era muy antigua. A propósito del suicidio del brahamam Calamis, dice Plutarco: “Se sacrificó a sí mismo como era uso en los sabios de su país”; y Quinto Curcio: “Existe entre ellos una casta de hombres salvajes y groseros, a los que dan el nombre de sabios. A sus ojos es una gloria prevenir el día de la muerte y se hacen quemar vivos en cuanto su avanzada edad o la enfermedad empieza a molestarles. La muerte, cuando se la espera, es, según ellos, el deshonor de la vida; así no rinden ningún honor a los cuerpos que ha destruido la vejez. El fuego se mancharía si no recibiera al hombre respirando aún”. Hechos parecidos se observan en Fidjir, en las Nuevas Hébridas, en Manga, etc. En Ceos, los hombres que habían llegado a cierta edad se reunían en un solemne festín, donde, coronada la cabeza de flores, bebían alegremente la cicuta.

El suicidio según Karl Marx (“Peuchte. Von Selbsmord”, en Karl Marx: Sobre el suicidio (El Viejo Topo, Barcelona, 2012. Estudio preliminar, traducción y notas de Nicolás González Varela)

Antes que nada, es un absurdo el pretender calificar a un acto que se consuma tan frecuentemente de antinatural; el suicidio no es, de modo alguno, antinatural, pues diariamente somos testigos de él. Lo que es contra la naturaleza no sucede. Por el contrario, está en la naturaleza de nuestra sociedad generar muchos suicidios; tanto que los tártaros jamás se suicidan. Las sociedades no tienen todas los mismos productos; y eso es lo que necesitamos tener en mente para trabajar en pos de la reforma de nuestra sociedad, para hacerla elevar en un escalón superior del género humano. En cuanto al tema del coraje, si se considera que éste existe en aquel que desafía a la muerte a pleno día en un campo de batalla, estando bajo el imperio de todas las excitaciones reunidas, nada prueba que el coraje falte cuando uno se entrega a la muerte misma en medio de las tinieblas. No es con el insulto a los muertos con lo que se enfrenta a una cuestión controversial. Cuando se observa la forma tan liviana con la que las instituciones, bajo cuyo dominio vive Europa, disponen de la sangre y vida de los pueblos, y, así como la forma en que la justicia civilizada se distribuye con un rico material de prisiones, de castigos y de instrumentos de suplicio para la sanción de sus designios inciertos; cuando se ve la cantidad increíble de clases abandonadas por todos lados en la miseria; y los parias sociales que son golpeados con un desprecio brutal y preventivo, tal vez para dispensarnos del esfuerzo de arrancarlos de su fango; cuando observamos todo esto, entonces comprendemos con qué derecho se podría exigir al individuo que preserve en sí mismo una existencia que nuestros hábitos, nuestros prejuicios, nuestras leyes y nuestras costumbres en general, pisotean. Se ha creído que podríamos ser capaces de detener los suicidios por medio de castigos abusivos y por una especie de infamia estigmatizada sobre la memoria del culpable. (…) ¿Qué significa, en efecto, una sociedad en la que se encuentra la más profunda soledad en el seno de millones de almas; en la cual puede ser poseído por el deseo indomable de matarse a sí mismo, sin que nadie pueda preverlo? Esta sociedad no es en realidad una sociedad; ella es, como dice Rousseau, un desierto poblado de animales salvajes.

La visión de Elías Canetti

Apuntes
● Busca a los suicidas que ha habido en su propia vida y los recupera. ¡Con qué gusto vuelven! ¡Cómo se asombran de la compañía en que se encuentran! Habla con cada uno de ellos, que se justifican ante él. Ninguno se comprende, ninguno volvería a hacerlo.
Todos juntos le dan las gracias, el coro de los suicidas.
● Entre escritor y escritor: pasarelas muy angostas. Peligro de muerte. Más vale un rodeo.
● ¿Valió realmente la pena inventar al hombre? ¿No había ninguna otra manera de arruinar la Tierra?
● No puedo despojarme de las palabras. Podría, si fuera necesario, tumbarme desnudo para morir. Sin las palabras no puedo hacerlo.

Libro de los muertos
● La cultura se fabrica con las vanidades de todos sus promotores. Es un peligroso filtro que nos distrae de la muerte. La manifestación más genuina de la cultura es una tumba egipcia, donde todo lo que hay es fútil: utensilios, ornamentos, alimentos, pinturas, esculturas, plegarias y sin embargo el muerto no está vivo.
● …Queremos conocer exactamente todo aquello por lo que los hombres han estado siempre dispuestos a morir.
● No he perdonado de verdad ningún suicidio. Aborrezco al floreciente abogado de la muerte.
● Si has de sucumbir, ¿con qué palabra en los labios?
● Es despreciable pensar en la propia muerte mientras otros sigan muriendo. Es lícito pensar en la muerte en general (no en la propia).
● Mucho más que la propia muerte pesa la del prójimo. Se es más culpable.

El suplicio de las moscas
● Sólo es soportable la erudición de quienes no rinden honores a la muerte.
● El suicidio seguirá estando al alcance del hombre, pero deberá convertirse en un acontecimiento siniestro y raro, en un único suicidio como antaño la guerra.
● La muerte no calla nada.
● El moribundo se lleva el mundo consigo. Pero, ¿adónde?
● ¿No sería más correcto que no quedase nada de una vida, absolutamente nada? ¿Que la muerte significase extinguirse de pronto en todos los que retengan alguna imagen de uno? ¿No sería más cortés frente a los que vendrán? Pues tal vez todo lo que queda de nosotros constituye una exigencia que los abruma. Quizá por eso no es libre el hombre, porque queda demasiado de los muertos en él, y ese mucho se resiste a extinguirse.

Tomás Abraham / Una sociedad en estado de prepánico

(Publicado en Perfil, 27.5.2012)

Se ha afirmado que la sociedad argentina ha vivido durante años bajo el terror del Proceso. Ha sido una verdad enunciada con altisonancia la que sostuvo que este estado de miedo colectivo trascendió los tiempos de la dictadura militar y fue heredado por la ciudadanía con posterioridad a su caída. Se decía que las opciones políticas elegidas durante el menemismo derivaban de aquel temor. La apatía y el voto tildado de conservador se explicaban por ese miedo metido en nuestras conciencias.

Hoy en día, aseguran los mismos analistas, la sociedad argentina ha perdido ese miedo gracias a la política de derechos humanos inaugurada por Néstor Kirchner. Se sostiene que los juicios por crímenes de lesa humanidad nos han liberado de aquel terror y podemos pensar con libertad.

De ahí que el interés por la política y el compromiso de la juventud derivarían de esta liberación de miedos inveterados al fin eliminados. Desde mi punto de vista, esta creencia es falsa. La sociedad argentina le tenía miedo a la violencia y no sólo al terrorismo de Estado. La situación política de nuestro país durante los años ‘70 era incontrolable. La salida militar fue un alivio para millones de argentinos que esperaban el fin de la escalada de muertes. Es una triste verdad, pero más triste era la realidad que distaba de ser maravillosa, como luego se la tildó con oportunismo y frivolidad.

La posibilidad de que las Fuerzas Armadas no tuvieran más recursos para llevar a cabo nuevos golpes de Estado se la debemos al ex presidente Carlos Menem, que al dividir al Ejército frustró el intento de apropiarse del poder que en nombre de la dignidad nacional y de la voluntad popular perpetró Mohamed Alí Seineldín en diciembre de 1990.

Hoy la sociedad argentina ya no tiene aquel miedo. Los tiene nuevos. Nuestra historia reciente es la de la democracia que se inicia en diciembre de 1983. Estos 28 años constituyen el nuevo fondo de la memoria colectiva.

Dos recuerdos amenazantes guían de un modo subliminal nuestra conducta personal, nuestras elecciones políticas y nuestra visión del futuro. Uno es el de la hiperinflación de los años 1988-90. El otro es el corralito de 2001. Hiperinflación y corralito son los dos peligros que todos los argentinos quieren evitar. Estos recuerdos tienen mucho más peso que la comodidad del mentado voto cuota. Se trata de supervivencia. Esos dos acontecimientos provocaron la miseria de millones de argentinos. Provenimos como sociedad de aquellas catástrofes, y no tenemos garantía de que jamás vuelvan a suceder.

Aquella debacle ocurrió durante gobiernos que se reclamaban de la democracia republicana y de la ética pública. Al identificar la crisis terminal con ese tipo de prédica política, la ciudadanía no sólo desconfía de representantes políticos de aquellas alianzas sino de una retórica que –por más pura que se autodefina– lleva a la ingobernabilidad y la impotencia ya conocidas.

El sistema de miedos ha cambiado, y un estado de prepánico –definido por el filósofo alemán Peter Sloterdijk como el que se vive entre dos catástrofes, una conocida y otra temida– entre corralitos e hiperinflaciones vividas y otras posibles es destilado por la mente colectiva sin heroicidades ni despreciadas cobardías. Es nuestra historia personal y colectiva y no la buena voluntad la que finalmente determina el cálculo que hace el ciudadano de sus posibilidades de vida futura.

El pueblo no siempre tiene razón, pero sabe dónde le aprieta el zapato.

Por supuesto que puede haber actos de gobierno que conciten adhesiones, como otros producen rechazos, pero la colectividad nacional en su mayoría tiene certezas sobre lo que no quiere. Y este no querer no apunta a lo que ya no puede ser posible. Un nuevo terrorismo de Estado no tiene cabida en nuestra imaginación ni en los datos que nos da la realidad, que en principio no es un espejismo. Pero, por el contrario, corralito e hiperinflación no han sido borrados de nuestra memoria porque los sentimos como virtualidades amenazantes. Sus signos no se han evaporado, y tienen que ver con el miedo a la licuación de los salarios, la confiscación de los ahorros, la pérdida de empleos y el cierre de comercios y fábricas.

Por ahora, esta nueva catástrofe que tememos no es inmediata ya que, en caso de ser así, la situación no sería de prepánico sino de pánico. Tampoco atribuimos a personajes del poder actual la eventualidad de que se desencadene una crisis similar a las mencionadas. Por la compulsa que puede hacerse de las preferencias de nuestra comunidad, no se tiene miedo de que este gobierno nos lleve a esa debacle; más bien lo que se teme, por ahora, es que la oposición sí lo haga.

Néstor Kirchner tuvo la lucidez de tomar medidas que despejaran este temor, llenando de dólares el Banco Central a la vez que deprimía su valor. Sobraba la divisa norteamericana  y los argentinos, obligados a gastar, se despreocuparon de su adquisición y atesoramiento. Pero apenas escasea, el temor renace y se retiran los depósitos en dólares de los bancos, por si acaso.

La inflación, las falsedades del Indec, la corrupción, la falta de diálogo no hacen mella en el electorado si tenemos la sensación de que los dos demonios mencionados parecen neutralizados como peligros tangibles; tampoco virtudes tan apreciadas por el oficialismo como los juicios a criminales de Estado, la nacionalización de YPF, los derechos de minorías o la asignación universal por hijo constituirían defensas a favor del Gobierno de hacer visible su incapacidad para evitar una nueva híper con su corralito a cuestas.

Estas limitaciones no hacen a nuestra sociedad peor que ninguna otra, ni más interesada ni más egoísta; sus miedos no son fantasmáticos sino que se basan en experiencias concretas. Pero es bueno tomar conciencia de nuestro estado psíquico para desear que en algún momento el ánimo cambie por una visión más positiva y pujante. De ser así, si llegáramos a pensar con menos miedo, no necesitaremos en el futuro tanta sobreactuación a cargo de los personajes que se alternan en el juego de trincheras de la política nacional.

La incesante búsqueda de nuevos enemigos también depende del stock de cartuchos disponibles. Cartuchos verdes.

Existe un sistema compensatorio que promueve una permanente agitación política y mediática que intenta ocultar viejas complicidades con esos dos hechos tan temidos, que se suman a las nuevas complicidades de más reciente creación.

Por mi parte, más temeroso aun que el término medio, tampoco descartaría futuros brotes de violencia por el modo en que anuncian dirimirse los espacios de poder.

Dicen que la Argentina está de fiesta, no hay contradicción con lo dicho anteriormente; sin caer en el lugar común del Titanic, se ha verificado que un estado de prepánico no impide soñar, cantar, o bailar.

* * *

Tomás Abraham es un filósofo y escritor argentino nacido en Timisoara, Rumania, en 1947.

ObrasPensadores bajos (1987), Los senderos de Foucault (1989), Foucault y la ética(1989), La guerra del amor (1992), Historias de la Argentina deseada (1994), Batallas éticas (1995), El último oficio de Nietzsche (1996), La aldea local (1997), Vidas filosóficas(1999), La empresa de vivir (2000), Pensamiento rápido (2001), Tensiones filosóficas(2001), Pensadores bajos (2002), El último Foucault (2003), Fricciones (2004), La máquina Deleuze (2006), El presente absoluto (2007), Historia de una biblioteca (2010), Rorty, el amigo americano (2010), La lechuza y el caracol. Contrarrelato político (2012) y Platón en el callejón (2012).

tomasabraham.com.ar

Diana Cohen Agrest / Mendigar justicia

(Publicado en La Nación, 10.5.2012)

¿Por qué el juez benefició al sospechoso del cuádruple crimen de Hudson con salidas transitorias “para afianzar los lazos familiares”, tras ser condenado a prisión “por robo y abuso de armas”?

¿Por qué el padre de Natalia Melmann -con su rostro infinitamente triste, marcado por el dolor- tuvo que recurrir a una huelga de hambre de cinco días frente a los tribunales porteños ante el riesgo de que los tres ex policías bonaerenses condenados por el crimen de su hija violada, torturada y estrangulada recuperaran la libertad antes del plazo de 25 años que les fue fijado como pena?

¿Por qué el imputado detenido en Mar del Plata por asesinar en septiembre pasado a Ariel Di Meglio para quitarle su moto y por el que le darían una condena irrisoria a 12 años de prisión logró fugarse dos veces de la sede de los tribunales?

¿Por qué, a cambio de una fianza que no es sino una coima legal, se dispuso la libertad del boxeador que mató a la joven embarazada Yamila González hasta que la condena a cuatro años de prisión quede firme o sea anulada? ¿Ese es el precio de dos vidas humanas? ¿Acaso el carecer de peligrosidad o el bajo riesgo de fuga alcanzan para eximirlo de cumplir la pena por los crímenes perpetrados? “Excarcelación transitoria”, declaman a modo de justificación exculpatoria. ¿No es sabido que las chicanas procesales son una antesala de quedar libre de culpa y cargo? “Inhabilitado para conducir”, promete un ministro a una ciudadanía desconcertada ante los ridículos requisitos que le fueron impuestos -fijar residencia en la provincia de Buenos Aires, presentarse semanalmente en la comisaría y pedir autorización para abandonar su domicilio o salir del país-, los cuales enmascaran que el púgil está en vías de ser exonerado de un delito probado.

Y si nuestra incredulidad alcanza a los delitos de “guante blanco” -tanto o más numerosos pero opacados y hasta invisibilizados por la eficacia que confiere el poder-, de ese muestrario atiborrado podemos preguntarnos: ¿por qué los máximos directivos de Sol Líneas Aéreas fueron beneficiados con la “falta de mérito” en la causa penal que se sigue por accidente del avión de esa compañía que cayó a tierra en 2011 y causó la muerte de 22 personas?

Los tentáculos de la impunidad, además, trascienden las fronteras. ¿Por qué el padre de Ariel Malvino, asesinado en Brasil en 2006, denunció que la causa está demorada por la traducción del castellano al portugués de cinco testimonios, una tarea que insume apenas un día, aun cuando tres jóvenes, hijos del poder correntino, fueron procesados pero nunca estuvieron recluidos ni fueron llevados a juicio, dejando la vía libre para que uno de ellos poco tiempo después matara con su auto a dos personas?

Este escenario atroz, con interrogantes sin respuestas admisibles, alcanza apenas a los casos más resonantes y no es sino un recorte arbitrario. Silenciosos o silenciados, persisten, sin voz, muchísimos otros que se pierden en el anonimato de la orfandad institucional: recordemos, sin bucear demasiado, al chico del delivery que llevaba un pedido de empanadas y fue interceptado por un delincuente que lo mató por una moto.

La impunidad institucionalizada obliga a los sobrevivientes a mendigar justicia, cuando es el sistema penal el que debería ejercerla. Sin remeras ni marchas ni huelgas de hambre reivindicatorias de lo que se debe en un Estado de Derecho. En estas luchas contra la naturalización de la impunidad, las víctimas colaterales son actores secundarios. Y el muerto se transforma en un obstáculo espectral que deambula, incomodando, entre el delincuente y los administradores de justicia que, en la búsqueda de la exoneración del victimario, sólo escuchan las voces del mejor postor o de una conciencia presuntamente humanitaria que destroza, en su mismo gesto, los despojos de familias enlutadas y, de más está decir, de la sociedad toda.

La administración de justicia criminal se imparte a través de una serie de eslabones: el Código Penal, el procedimiento judicial, la función del fiscal como representante de la sociedad, la fuerza policial, las instituciones penitenciarias, la condena, el sistema de prueba y la organización de los funcionarios a cargo de impartir justicia. Pero también se ocupa de la justificación de causas o circunstancias que eximen a los actos delictivos de su carácter antijurídico y, por lo tanto, exoneran a su autor de responsabilidad criminal.

Amparándose en un uso perverso de sus funciones, la cadena se suele cortar en algunos de sus eslabones: a veces porque los jueces y los fiscales -escudados en que la normativa en materia de excarcelaciones se tornó más laxa- carecen de la determinación exigida para hacer lo que de ellos se espera y lo que deberían hacer por justicia. Otras veces, porque la policía, en connivencia con alguna de las partes, se descuida en el cumplimiento de sus obligaciones. Otras, porque las pésimas condiciones de las instituciones penitenciarias son invocadas para eximir al reo del cumplimiento de la condena. Otras veces, porque los abogados defensores recurren a chicanas procesales tan legalmente intachables como moralmente execrables. Sean cuales fueren los eslabones neutralizados en la cadena de responsabilidades, la consecuencia de la no imposición de la pena al delincuente es la impunidad cuya sombra, amparada tras las garantías procesales, corroe el entramado social.

Esa impunidad, sin embargo, se ejerce en el marco de la Constitución Nacional. Porque a partir de la reforma de 1994 se ha incorporado la Convención Americana de Derechos Humanos (conocida también como Pacto de San José de Costa Rica), la cual estipula en su artículo 8: “Toda persona acusada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia en cuanto no se compruebe legalmente su culpabilidad”: el imputado tiene derecho a gozar de libertad hasta tanto recaiga sobre él una doble condena a prisión en la causa, lo que significa que, además de la condena dictada por el primer tribunal interviniente, se exige otra sentencia -revisora- en la misma causa que ratifique la primera. El altísimo grado de reincidencia en la criminalidad durante los últimos años es uno de los efectos propiciados por tales revisiones. Pues invocando garantías procesales quienes deberían impartir justicia se valen de herramientas viciadas para eximir del debido castigo a quien ha delinquido, poniendo en riesgo la seguridad de una ciudadanía indefensa.

Pese a su jerarquía constitucional, la licitud del procedimiento no implica su validación moral. Porque la ética es independiente de la ley, en el sentido de que la corrección o incorrección de un acto no puede establecerse por el mero hecho de que éste sea legal o ilegal. Pero las leyes deberían ser sometidas a una evaluación ética, la cual implica examinar tanto los principios que sustentan las normas como las consecuencias de las mismas.

¿Acaso una norma debe ser inexorablemente un destino? Animada por la fe del carbonero y en mi condición de simple ciudadana, todavía creo en una Justicia exigible por quienes somos testigos impotentes de una política judicial que puede ser operativa en otros contextos socioculturales, pero que, aquí y ahora, es funcional al delito deudor de la negligencia o de la corrupción de quienes deberían ser nuestros servidores. Es cierto que con la aprobación previa de los dos tercios de ambas cámaras el Poder Ejecutivo podría formalizar la denuncia del articulado correspondiente del Pacto de San José de Costa Rica. Incluso la Corte Suprema, valiéndose de sus funciones interpretativas, podría ir avanzando en la depuración del sistema de justicia.

Mientras esas alternativas resulten inviables, tanto política como jurídicamente, no todo está perdido. En homenaje a las voces que resuenan -pero por sobre todo a las incontables víctimas silenciadas por la impotencia de la pobreza y la vulnerabilidad-, asumamos el compromiso de la sanción social: grabemos en nuestra memoria los nombres y apellidos de los abogados, de los fiscales, de los jueces, de los legisladores que están construyendo este templo consagrado a la impunidad, cimentado en la corrupción intersticial y cuyos oficiantes son personajes o corporaciones que se sirven discrecionalmente de un uso perverso del poder.

Esta acción ciudadana podría ser el primer paso para instaurar el debate que nos debemos, orientado a la corrección de la legislación que abre las puertas a la impunidad, revisando doctrinas que, si bien pueden ser útiles para la discusión filosófica del derecho penal, resultan ostensiblemente no operativas, de lo que da sobrada cuenta la realidad cotidiana.

Aun cuando hoy parezca utópico, tal vez en un futuro contemos con el auxilio de la voluntad política necesaria para preservar la cadena de la administración de justicia en la cual, una vez roto alguno de sus eslabones, anida la serpiente de la injusticia. A fin de cuentas, el Gobierno aplicó una “máxima sanción” a una compañía telefónica por la interrupción del servicio. Y, nobleza obliga, hasta puso a nuestra disposición una línea gratuita 0800 para denunciar todo abuso en el precio de la yerba en el mercadito del barrio. Si contáramos con una ínfima expresión de esa misma voluntad política, ¿acaso no podríamos recobrar algo, siquiera algo, de la esperanza alguna vez perdida?

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Miguel de Unamuno / Sobre la necesidad de pensar

(Publicado en Nuevo Mundo, Madrid, 24 de diciembre, 1915)

El hombre estuvo aquel día inspiradísimo. Pocas veces habrían brotado de su boca de conversacionista frases más penetrantes, metáforas más nuevas y que, a la vez, pareciesen seculares –tan naturales eran-, paradojas más profundas, apóstrofes más apasionados. A ratos le temblaba la voz con un tembloteo que seguía el ritmo de las pulsaciones del corazón: otras veces le lloraba. Su pensamiento se desnudaba cínico y dolorido para estallar luego en una carcajada trágica.

Juan se le quedó mirando y al fin le dijo:

-¡Muy bien! No recuerdo haberle oído a usted mejor. Me ha hecho usted pasar una tarde inolvidable. Pero no crea usted que me ha convencido.

El hombre midió a Juan con la mirada y le contestó:

-Ni eso importa nada a mi propósito.

-¿Cómo que no? –replicó Juan.

-No, señor mío –añadió el hombre con una dulce firmeza-; no me importa nada el no haberle convencido a usted. Yo no hablaba para convencerle a usted.

-Entonces, ¿para qué?

-Yo hablaba tal vez para convencerme a mí mismo, pero en todo caso para ejercitarme en la conversación y para pensar. Porque yo, señor mío, necesito pensar en voz alta, necesito que mis palabras, pronunciadas en alta voz, exciten mi pensamiento.

-Podría usted hablar solo y en alta voz en su cuarto –exclamó Juan.

-No –replicó el hombre-, solamente los locos hablan así, a solas, sin tener quien los oiga. Y yo, aunque hable, en rigor, como los locos, a solas, necesito tener quien me oiga y espiar su mirada, y observar el efecto que en él produjo, y recibir sus interrupciones, y el acicate de sus réplicas. Necesito público, aunque sólo sea de una persona, y esta tarde usted ha sido el público de mi monólogo.

Lo que le pasaba al hombre les pasa a muchos, ya hablando, ya escribiendo. Pues hay gentes que sienten la necesidad de pensar, no de recibir el pensamiento ajeno, de formular con expresión y sentido propios los tópicos generales y corrientes del sentido común, y no pueden pensar sino hablando o escribiendo, en una ideación social. Son gentes `para las que el pensar y el pensar social y públicamente, no individual y privadamente, constituye una necesidad.

Dicen que Nietzsche decía que escribía para librarse de las ideas –o formas de expresión de ideas: fórmulas, frases, metáforas, paradojas…- que le persiguen a uno como pidiéndole que las dé vida. Y hay que echarlas fuera; si no, no se descansa. Si no expresara uno esas ideas, se le pudrirían dentro amargándole la conciencia. Idea que uno se guarda, idea que le corroe la mente.

Pero hay más y es que el que piensa de veras es el que expresa sus pensamientos. El que no sabe expresar una idea es que no la tiene. No es más que una pseudoidea, un fantasma, una nube de la que no cabe hacer estatua. Pensar es expresar; ¿y cómo puede mejor expresarse algo que transmitiéndolo a otros? De aquí que esa necesidad de librarse de las ideas, de echarlas fuera, de expresarlas, no es sino la necesidad de apoderarse de ellas, de adentrárselas, de aprenderlas uno mismo.

Otro tedesco, Schopenhauer, habló, tratando del amor sexual, genio de la especie, y enseño que es el futuro ser que pide vida, la voluntad del posible hijo por engendrarse, lo que empuja a los amantes a unirse. Doctrina bien clara y obvia. Y es del mismo modo el genio de la sociedad el que lo empuja a uno a pensar y para ella a expresar su pensamiento. Y de ahí brota la necesidad de pensar, tan necesidad como al necesidad de engendrar.

Hay quien no sienta esta última, quien es irremediablemente casto y continente; pero la abstención genésica, convertida en regla general, haría imposible la vida de la especie. Y lo mismo sucede con la necesidad de pensar. Hay gentes que no sienten la necesidad de pensar, que padecen de una terrible continencia mental –mejor sería llamarla impotencia- y a quienes les basta que piensen otros. Adoptan las ideas ajenas, sobre todo ideas expósitas, incluseras, hospicianas, y se adaptan a ellas. Su sentido común no necesita de más. Y suelen revolverse contra la libertad de pensamiento y hablan de la disciplina en el pensar. Pero la experiencia enseña que los que más suelen hablar de disciplina mental o de pensamiento suelen ser personas que no piensan. Porque el verdadero pensamiento tiene la disciplina en sí mismo.

“¿Para qué escribe usted esas cosas, si con ellas no convence usted a nadie?”, podría preguntársele a un escritor que lo sea por necesidad de pensar social y públicamente, es decir, de pensar y no por ganarse la vida con el estipendio que da el repetir pensamientos ajenos, más o menos incluseros, como le preguntaba Juan al hombre. Y el escritor podría contestar: “Es que necesito vivir; vivir, no como animal mamífero vertical que come, bebe, duerme, se reproduce y juega, sino como hombre que piensa, y yo no pienso, sino hablo o escribo para los demás –sean éstos pocos o muchos-, no vivo sino como pensante social, y como necesito vivir así, y para vivir necesito pensar y para pensar necesito escribir, pues… por eso escribo.”

Es frecuente querer distinguir en una misma persona que escribe al escritor del hombre, pero esto es casi imposible. Cuando se siente la necesidad de pensar escribiendo –de escribir pensando- el hombre que escribe es todo el hombre. Estorbarle que escriba es estorbarle que sea hombre.

Ahora… ¡hay tanta gente que no siente la necesidad de pensar! Y cuando a estos desgraciados se les quiere excitar a que piensen, se irritan. No sé a quien le he oído que si a un eunuco se le administra una droga afrodisíaca, no se consigue sino irritarle el organismo y acaso provocarle una violenta diarrea. Conozco diarreas mentales, de sentido común, que tienen un origen análogo.

(En Monodiálogos, antología de artículos publicados en varios medios entre 1915 y 1936, Espasa-Calpe, Madrid, 1972, Colección Austral Nº 1505)

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Miguel de Unamuno nació el 29 de septiembre de 1864 en Bilbao, España y falleció el 31 de diciembre de 1936 en Salamanca, España.

Diana Cohen Agrest / Crimen y (no) castigo: las teorías de la impunidad

(Publicado en Perfil, 7.4.2012)

Este lunes comenzará el juicio al sospechoso por la muerte de Ezequiel Agrest, asesinado sin piedad durante un robo, en julio del año pasado. Su madre, la filósofa Diana Cohen Agrest, reflexiona desde el dolor, y con implacable lucidez, sobre las ideas en las que se basa el derecho penal de nuestro país y señala la brecha entre la realidad de todos los días y el mundo ideal en que se basan nociones como el garantismo.

¿Cómo es que los delincuentes entran en la cárcel por una puerta y salen por la otra? Ese escenario ya naturalizado no resulta (meramente) ni de chicanas procesales ni de negociaciones ilícitas entre partes interesadas. La liberación de los presos se asocia íntimamente con una política penal que hunde sus raíces en fundamentos teóricos que merecen ser revisitados. ¿Cuál es la justificación del castigo legal que el Estado impone a los criminales? ¿El castigo penal se justifica? En la Argentina de hoy, son preguntas tan extemporáneas como paradójicamente urgentes, porque sus respuestas alumbran el papel de la ley penal, del Estado y de su relación con los ciudadanos. Toda vez que se alza la voz en contra de las posturas garantistas, si se aludiera a su sentido primario, se criticaría un ordenamiento jurídico encomiable, condicionado a la tutela y efectividad de los derechos fundamentales y al respeto de las garantías que aseguran a los ciudadanos un debido proceso judicial. Pero ese sentido sufrió un desplazamiento: hoy “garantismo” alude a un ideario que parte de la victimización del delincuente por su condición social, afectada por la desigualdad, marginación, pobreza y falta de educación que provoca el sistema. Invocando estas condiciones, las políticas penales han venido minimizando el modelo punitivo y se han orientado a la rehabilitación y reinserción del delincuente, meta irreprochable en un mundo ideal. ¿Pero con qué consecuencias en el mundo real?

El garantismo se presentó como una alternativa al abolicionismo penal, que sostiene que el castigo legal es injustificable y debería ser eliminado. Nils Christie fue uno de los pioneros de esta propuesta, precedida por los abordajes terapéuticos de delincuentes hechos por Wootton y Menninger.

El libro de Luigi Ferrajoli, Derecho y razón, de 1995, ofreció otra propuesta que, al proponer la abolición sólo de la pena de prisión y su sustitución por sanciones alternativas, sentó las bases del garantismo.

¿Abolir el sistema penal? El abolicionismo –propuesto casi cuatro décadas atrás– desconoce que los delitos lesionan a la sociedad, y no sólo a la víctima individual: “Quien mata a un solo ser humano es como si matara a toda la humanidad”, sentencia el Talmud.

El derecho privado (civil, comercial) trata de los ilícitos que pueden o no ser llevados a los tribunales: un damnificado puede recurrir o no a la ley para la salvaguarda de sus derechos. El derecho penal trata de los crímenes que son delitos, pues el acusado lesionó a la comunidad política –el Estado o los ciudadanos–. El crimen es un agravio público porque el ofensor debe responder a la totalidad de la comunidad a través de los tribunales penales. Si llega un herido de bala a una sala de guardia de un hospital, el profesional debe hacer la denuncia ante la autoridad. El crimen se ha perpetrado contra toda la comunidad no sólo porque nos identificamos con la víctima como ciudadanos y prójimos, sino porque el victimario lesionó los valores que regulan la vida en sociedad.

Para los abolicionistas hay medios alternativos al castigo, tales como los abordajes psicoterapéuticos o rehabilitadores orientados a la socialización. Pero con esos fines salvíficos olvidan que para quienes responden con su condena por crímenes gravísimos, no se trata de eliminar las cárceles sino de mejorar las condiciones de vida de los reos.

No satisfechos con la liberación de un violador o un homicida, van por más: sostienen que deberíamos eliminar el concepto de “crimen” del vocabulario social: no deberíamos pensar en términos de crímenes sino de “problemas” o “conflictos”. Si hablamos de crimen, hablamos de castigo. Como los abolicionistas aspiran a la eliminación del sistema penal, calificar un “problema” o un “conflicto” como un crimen exige una sentencia condenatoria pública por el daño cometido. Y no están dispuestos a ceder porque al crimen le debería seguir un castigo.

Los abolicionistas critican a los sistemas penales punitivos en que toda vez que se califica una conducta de criminal, la ley “se apropia” de los conflictos de los directamente afectados por el crimen, aquellos que padecen realmente esos problemas y conflictos. Y en lugar de ayudar a resolver sus conflictos, la ley los traslada al contexto profesionalizado del sistema de justicia penal, en cuyo marco ni la víctima ni el victimario tienen rol productivo alguno: la respuesta social al crimen, alegan, no debería ser el castigo sino un proceso de mediación o reparación entre la víctima y el victimario. Pero una cosa es mediar cuando existe un conflicto vecinal por medianeras y otra cuando se trata de un homicidio, escenario donde ya no se trata de un conflicto privado entre individuos. Otra objeción abolicionista –sostenida en una especie de relativismo moral– critica la noción de crimen porque presupone una “imposición” de valores a quienes no los comparten.

Pero desde el momento que los abolicionistas insisten en cómo el Estado debería responder a los conflictos –imponiendo otra serie alternativa de valores (que podrían a su vez ser objeto de críticas semejantes a las que los abolicionistas dirigen al sistema penal)–, el abolicionismo parecería autorrefutarse: cometerán la falacia de “imponer” sus propios valores al igual que aquello que critican con tanto ahínco.

Instrumentalismo y retribucionismo penal. El castigo existió desde que el hombre es hombre. Antes del abolicionismo y del garantismo, ya se justificaba la práctica punitiva en vista de razones prospectivas o retrospectivas, que dieron lugar a dos clases de teorías tradicionales del castigo: las prospectivas sirvieron de base al instrumentalismo y las retrospectivas al retribucionismo.

El instrumentalismo contempla los efectos de la pena en el futuro: la principal función del castigo es la de reducir los delitos. Se castiga no porque se ha delinquido sino para que no se vuelva a violar la ley. Si al castigar a los culpables se impide la reincidencia, o se disuade a delincuentes potenciales de cometer delitos análogos, el castigo produce consecuencias que compensan el daño sufrido por el culpable. Esta tesis fue refrendada por el jurista italiano Romagnosi, quien señaló que “si después del primer delito existiese certeza moral de que no sucedería ningún otro, la sociedad no tendría derecho alguno a castigarlo”. La pena es un instrumento para intimidar al potencial delincuente y evitar la reincidencia en la ejecución de otros ilícitos por el mismo autor.

Los dos principios de analogía y de proporcionalidad de la pena en relación con el delito son condiciones instrumentales derivadas del principio de utilidad social que se sigue del castigo: por su parte, la analogía entre la naturaleza de la pena y la del delito –como la que puede darse cuando, por ejemplo, alguien comete un homicidio y es privado de su libertad– procura que la pena ejemplificadora se grabe más en la memoria colectiva. La proporcionalidad de la pena en relación con el delito procura una correspondencia entre el delito que se ha cometido y la sanción que se aplica, proporcional al daño producido.

La pena no es más que un medio (un mal) sólo legítimo si se utiliza para un bien, ya sea un bien para el mismo criminal (objetivo de rehabilitación), o para la sociedad (disuasión y de neutralización). Las interpretaciones garantistas y abolicionistas recogen la noción de prevención, pero procuran evitar la reincidencia con la resocialización, la reeducación y la readaptación social. Entre las alternativas a la privación de libertad, un modelo rehabilitador propone la condena condicional. Otro, el proporcionalista, promueve que las medidas alternativas sean consideradas castigos, esto es, sanciones principales proporcionales a los delitos pero que eviten el confinamiento: desde trabajo comunitario hasta un encierro que no sea de tiempo completo (una especie de pena part–time).

Si en lugar de las razones prospectivas se atiende a consideraciones retrospectivas, centradas en el delito, adoptamos una postura retributiva que ve el castigo como una práctica exigida por Justicia: el culpable ha cometido voluntariamente un acto indebido y merece sufrir por el mal perpetrado, independientemente de si el sufrimiento tiene buenas o malas consecuencias. Así como el sufrimiento del inocente es un mal, el sufrimiento merecido del culpable es un acto de justicia.
Este principio fundado en la justicia retributiva se expresa en dos versiones: la igualitaria y la proporcional. La primera sostiene que el castigo debería ser igual al crimen cometido, y fue condensada desde tiempos inmemoriales en la ley del talión: “Ojo por ojo y diente por diente”. La versión basada en la proporcionalidad sostiene que cuanto más grave es el crimen cometido, más grave es el castigo a recibir, estrategia que, en su expresión más severa, descansa en la premisa de que aquel que amenaza la vida de los otros pierde su propio derecho a la vida.

¿Ideales humanitarios o escenario real? Generaciones atrás, sociólogos, criminólogos y penalistas criticaron los efectos intimidatorios y despersonalizantes de las penas de privación de libertad, calificando la pena de prisión de inhumana. Se cuestionó incluso la existencia misma del sistema penal o, cuando menos, se abogó por un derecho penal mínimo, cuyo objetivo era limitar el poder punitivo del Estado. Sin embargo, la crisis del sistema penal –las más de las veces en connivencia con otros estamentos y poderes– es una realidad que golpea, con sus efectos devastadores, la vida cotidiana de los ciudadanos.

Mi hijo, Ezequiel Agrest, fue una pieza sacrificial, asesinado por un delincuente reincidente que lo mató a mansalva. Pero Ezequiel fue una víctima inocente más, entre tantas otras anónimas o sin voz. Lo cierto es que ya nadie nos puede devolver a nuestros hijos. Pero espero que en defensa de la sociedad y a pesar de todas las teorizaciones que se puedan invocar, esta suerte de experimento social pueda ser revisado. Pues se funda en un ideario tan loable como, según la historia reciente parece mostrarlo, irrealizable.

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El juicio por el asesinato de Ezequiel Agrest

Este lunes, en el Juzgado Federal en lo Criminal y Correccional de calle Paraguay 1536 se inicia el juicio oral y público a Sebastián Miguel Pantano (25), acusado de haber asesinado a Ezequiel Agrest (26), la tarde del 8 de julio de 2011 en el barrio de Caballito. Estará presidido por los jueces Carlos A.N. Rengel Mirat; Luis O. Marquez y Carlos Mariano Chediek.

En diálogo con PERFIL el abogado de la familia Agrest, Daniel Borojovich, explica que Pantano, el único autor, “llega a juicio con la calificación que la Cámara confirmó: robo agravado por el uso de armas y el concurso real con violencia de arma de guerra y homicidio criminalizado”. Ezequiel fue baleado por Pantano cuando intentó defender a una amiga durante un robo a su casa. Esta chica y su hermano, que también estaba en el lugar, declararán como testigos, lo mismo que un perito encargado de relatar cómo se produjo el asalto porque “originalmente, no fue una pericia bien hecha. Según las versiones de Pantano, tuvo una pelea con Agrest, el arma se cayó y se disparó. La pelea sí existió pero Pantano le pega a Ezequiel un golpe en la cabeza, le quita fortaleza y de arriba le dispara”, describe Borojovich.  “Para estos casos, es decir el homicidio criminalizado, la única es la prisión perpetua (artículo 80 inciso 7) y vamos a bregar por esa pena para Pantano, quien cuenta con varios antecedentes penales, tanto él como otros miembros de su familia, a pesar de que tiene un padre policía y un hermano abogado. Además está preso por ésta y otras causas”, concluye el abogado.

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Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible o la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza (2003), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007) y ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008).

A treinta años de la guerra de Malvinas

Próximos a las tres décadas de la guerra de las Malvinas, una reflexión fecunda exige pensarla en toda su singularidad. Único episodio bélico en el que la Argentina se involucró desde el siglo XIX, fue disparado a partir de una invasión decidida por la dictadura militar más cruenta de nuestra historia y acompañado por una sociedad imbuida del espíritu de las “guerras justas”. En la aventura se conjugaron mezquinas motivaciones políticas de corto plazo con convicciones territorialistas profundamente arraigadas en los argentinos, que aprendieron en la experiencia que sus imágenes del mundo y de la propia Argentina poco tenían que ver con la realidad.

La guerra de Malvinas debe ser condenada sin cortapisas. Como argentinos, desaprobamos que el 2 de abril haya sido declarado “Día del veterano y los caídos en la guerra en Malvinas” como si esa efeméride conmemorativa pudiera ocultar que, feriado mediante, es la causa Malvinas la que se está reivindicando, como si fuera una causa justa pero “en manos bastardas”. La elección del 2 de abril es, en verdad, un ejemplo claro de la ambigüedad oficial que en relación a la guerra mantuvo la democracia y que se agravó en los últimos años. Por un lado, no se deja de execrar a la dictadura pero, por otro, se instituye la recordación de esa guerra como parte de una justicia que implica aceptarla en nuestra historia como episodio positivo a ser rescatado más allá de lo que pretendían sus ejecutores.

Precisamente el 2 de abril, día de la invasión a las islas, fue el momento culminante de aquella tragedia, ya que lo demás se dio por añadidura. Ese movimiento ilegal en arreglo al derecho internacional y criminalmente irresponsable en términos del valor de la vida humana no permite hablar, estrictamente, de una derrota. Esa invasión fue celebrada por la Argentina. El nacionalismo territorial cristalizado en Malvinas se aunó con el deseo de un país entero de concretar un logro después de tantos golpes y tantos sinsabores, para organizar una fiesta de la que poquísimos se sustrajeron.

De derecha e izquierda, muchos sostienen hoy que al haberse regado el suelo del archipiélago con sangre de argentinos el cultivo de la causa Malvinas se hace obligatorio. Es, otra vez, el empleo del conocido mecanismo del mandato. En este caso, se trata de otra perla del nacionalismo territorial: al sacralizar la tierra regada con sangre perdemos la libertad de elegir, nos debemos a ella y no a nuestros valores y a nuestras preferencias, ya que es la tierra la que está cargada de valores.

También se atribuye a los soldados y oficiales que allí murieron una condición heroica. No se trata de negar que muchos de ellos hayan tenido, en lo personal, comportamientos heroicos (muchos fueron ejemplarmente solidarios con sus compañeros), pero sí de resistirse a que su memoria sea objeto de manipulación cuando han sido básicamente víctimas: la heroicidad supone una gesta, el triunfo o la derrota en una pugna fundada en valores que se comparten y en virtud de los cuales se sostiene nuestra comunidad política y ese no es el caso de esta penosa aventura militar. Nosotros – y estamos seguros que como nosotros muchísimos argentinos – no compartimos ni los motivos ni los valores que le dieron su terrible sentido.

Los caídos deben ser recordados, pero no del modo en que el oficialismo nos propone. La memoria de las víctimas – quienes cayeron en las islas, en aguas del Atlántico Sur  y, debido al escandaloso menosprecio al que fueron sometidos, en la dolorosa posguerra en el continente – debe ser preservada porque evoca una serie de tragedias que todavía recorren la Argentina como fantasmas: las violaciones de los derechos humanos, el doloroso extravío colectivo al que nos llevó la causa Malvinas, los peligros de unas fuerzas armadas poseídas por un espíritu de cruzada y los desastres que son consecuencia de acompañar procesos de concentración del poder.

La visión alternativa que proponemos es una disputa en el interior de nuestra sociedad nacional y versa sobre los valores en la que debe ser fundada. Elegir la posición que adoptaremos en la cuestión Malvinas –como problema a solucionar respetando principios constitucionales y compromisos internacionales en materia de derechos humanos, o como causa irredenta y absoluta ante la cual sacrificarlos– es elegir el país que queremos, la Argentina del futuro. Una Argentina cerrada y ensimismada en el victimismo y sus propias razones o una Argentina abierta al mundo y capaz de articular sus intereses y aspiraciones con las de todos los seres humanos, comenzando por los vecinos. La dolorosa tragedia provocada en 1982 por una dictadura sin escrúpulos y exaltada aún hoy por un nacionalismo retrógrado convoca nuestra responsabilidad y la de todos los argentinos.

Emilio de Ípola, Pepe Eliaschev, Rafael Filippelli, Roberto Gargarella, Fernando Iglesias, Santiago Kovadloff, Jorge Lanata, Gustavo Noriega, Marcos Novaro, José Miguel Onaindia, Vicente Palermo, Eduardo Antín (Quintín), Luis Alberto Romero, Daniel Sabsay, Beatriz Sarlo, Juan José Sebreli, Graciela Fernández Meijide, Jorge E. Torlasco, Marcos Aguinis, Carlos D. Malamud, José Emilio Burucúa, Liliana De Riz, Pablo Avelluto, Susana Belmartino, Rogelio Alaniz, Cristina Piña, Sylvina Walger, Federico Monjeau, Marcela Ternavasio, Luis Príamo, Patricio Coll, Ricardo López Göttig, Hugo Caligaris, Raúl Mandrini, Rodrigo Moreno, Emilio Perina, Héctor Ciapuscio, Hugo Vezzetti, Juan Villegas, Anahí Ballent, Edgardo Dobry, Marylin Contardi, Osvaldo Guariglia, Raúl Beceyro, Emilio Gibaja, Jorge Goldenberg, Rubén Perina.

(Adhiero a los conceptos vertidos en este texto. Ricardo Sosa)

Albert Camus y el verdadero periodista libre

(Publicado en Perfil, 25.3.2012)

Albert Camus y el verdadero periodista libre

En 1939, las autoridades francesas de Argelia vetaron un texto escrito por Albert Camus para “Le Soir républicaine”, el periódico que dirigía en la colonia en la que había nacido. El artículo, un vehemente alegato en defensa de la libertad de prensa aun en tiempos de guerra como los que se vivían, permaneció inédito hasta hace unos días. Su vigencia es impresionante.

Es difícil evocar hoy la libertad de prensa sin ser tachado de extravagante, acusado de ser Mata Hari, de verse tratado como el sobrino de Stalin. Sin embargo, esta libertad es sólo una cara entre otras de la libertad en sentido estricto y se comprenderá nuestra obstinación en defenderla si se admite que no hay otra forma de ganar realmente la guerra.

Es verdad, toda libertad tiene sus límites. Aunque tendrán que ser libremente reconocidas. Acerca de los obstáculos que son aportados hoy a la libertad de pensamiento, hemos dicho por otra parte todo lo que pudimos decir y diremos todavía, y hasta la saciedad, todo lo que será posible decir. En particular, no nos sorprenderá jamás lo suficiente, una vez impuesto el principio de la censura, que la reproducción de los textos publicados en Francia y apuntados por los censores metropolitanos sea prohibida al Soir Républicain, por ejemplo. El hecho de que a propósito un periódico dependa del humor o de la capacidad de un hombre demuestra mejor que cualquier otra cosa el grado de inconsciencia al que hemos llegado.

Uno de los buenos preceptos de una filosofía digna de ese nombre es el de jamás caer en lamentaciones inútiles ante un estado de cosas que no puede ser evitado. La cuestión en Francia ya no es hoy saber cómo preservar la libertad de prensa. Es la de buscar cómo, ante la supresión de esas libertades, un periodista puede seguir siendo libre. El problema no concierne a la colectividad. Concierne al individuo.

Y justamente lo que nos agradaría definir aquí son las condiciones y los medios a través de los cuales, en el seno mismo de la guerra y de sus servidumbres, la libertad puede ser, no sólo preservada, sino también manifestada. Estos medios son cuatro: la lucidez, el rechazo, la ironía, la obstinación.

La lucidez supone la resistencia a las invitaciones al odio y al culto de la fatalidad. En el mundo de nuestra experiencia, todo puede ser evitado. La guerra misma, que es un fenómeno humano, puede ser en todo momento evitado o detenido por medios humanos. Es suficiente con conocer la historia de los últimos años de la política europea para estar seguros de que la guerra, cualquiera sea, tiene causas evidentes.

Esta visión clara de las cosas excluye el odio ciego y la desesperanza que deja hacer. Un periodista libre, en 1939, no se desespera y lucha por lo que cree verdadero como si su acción pudiera influir en el curso de los acontecimientos. No publica nada que pueda excitar el odio o provocar la desesperanza. Todo eso está en su poder.

Frente a la marea creciente de imbecilidad, es necesario igualmente oponer algunos rechazos. Todos los condicionamientos del mundo no harán que un espíritu limpio acepte ser deshonesto. Ahora bien, y aun conociendo poco del mecanismo de las informaciones, es fácil asegurarse la autenticidad de una noticia. Es a ello que el periodista libre debe dedicar toda su atención. Si no puede decir todo lo que piensa, puede no decir lo que no piensa o lo que cree falso. Es así que un diario libre se mide tanto por lo que dice como por lo que no dice. Esta libertad completamente negativa es, de lejos, la más importante de todas, si se la sabe mantener. Dado que prepara el advenimiento de la verdadera libertad. En consecuencia, un diario independiente ofrece el origen de sus informaciones, ayuda al público a evaluarlas, repudia el abarrotamiento de los cerebros, suprime las invectivas [discurso o escrito agresivo contra personas o cosas. Fuente: Diccionario de la lengua española, Espasa Calpe, 2005], mitiga mediante comentarios la uniformización de las informaciones, en breve, sirve a la verdad en la medida humana de sus fuerzas. Esta medida, tan relativa como puede serlo, le permite al menos rechazar lo que ninguna fuerza en el mundo podría hacerle aceptar: servir a la mentira.

Llegamos así a la ironía. Podemos decir en principio que un espírtitu que tiene el gusto y los medios de imponer la coacción es impermeable a la ironía. No vemos a Hitler, por tomar un ejemplo entre otros, utilizar la ironía socrática. Lo que implica entonces que la ironía se vuelve un arma sin precedentes contra los demasiado poderosos. Completa la negativa en el sentido que permite no sólo rechazar lo que es falso, sino decir frecuentemente lo que es la verdad. Un verdadero periodista libre, en 1939, no hace demasiada ilusión sobre la inteligencia de aquellos que lo oprimen. Es pesimista respecto del hombre. Una verdad enunciada con un tono dogmático es censurada nueve veces sobre diez. La misma verdad dicha agradablemente no lo es más que cinco veces sobre diez. Esta disposición describe de manera bastante exacta las posibilidades de la inteligencia humana. Esta explica además que los diarios franceses como Le Merle o Le Canard Enchaîné puedan publicar regularmente los artículos de tanto coraje que conocemos. Un periodista, en 1939, es por lo tanto forzosamente irónico, aunque a menudo sea a riesgo de su propio cuerpo. Pero la verdad y la libertad son amantes poco exigentes dado que tienen pocos amantes.

Esta actitud del espíritu brevemente definida, es evidente que no podría sostenerse eficazmente sin un mínimo de obstinación. Hay suficientes obstáculos a la libertad de expresión. No son los más severos los que pueden desalentar un espíritu. Las amenazas, las suspensiones, las persecuciones producen generalmente en Francia el efecto contrario a lo que se proponen. Debe convenirse que hay obstáculos desalentadores: la constancia en la tontería, la apatía organizada, la ininteligencia agresiva, y detengámonos aquí. Allí está el gran obstáculo a vencer. La obstinación es una virtud cardinal. Por una paradoja curiosa pero evidente, se pone al servicio de la objetividad y de la tolerancia.

Estas son un conjunto de reglas para preservar la libertad hasta el seno de la servidumbre. ¿Y después?, diríamos. ¿Después? No nos apuremos tanto. Si cada francés quisiera mantener en su esfera todo lo que cree verdadero y justo, si quisiera ayudar desde su condición débil a mantener la libertad, resistir el abandono y dar a conocer su voluntad, entonces y sólo entonces esta guerra estará ganada, en el sentido profundo del término.

Sí, es frecuentemente a riesgo de su cuerpo que el espíritu libre de este siglo hace sentir su ironía. ¿Qué puede encontrarse de agradable en este mundo incendiado? Pero la virtud del hombre consiste en mantenerse enfrente de lo que lo niega. Nadie quiere recomenzar dentro de veinticinco años la doble experiencia 1914 y 1939. Entonces hay que ensayar un método todo novedoso que es la justicia y la generosidad. Pero éstas sólo se expresan en los corazones libres y en los espíritus todavía clarividentes. Formar estos corazones y estos espíritus, despertarlos antes, es la verdadera tarea a la vez modesta y ambiciosa que le toca al hombre independiente. Hay que hacerlo sin pensar mas allá. La historia tendrá o no en cuenta esos esfuerzos. Pero habrán sido hechos.

A un mes de la tragedia de Once

Ocurrió el miércoles 22 de febrero de 2012 en la estación terminal de trenes de Once, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a 3300 metros en línea recta de la Casa de Gobierno .

51 muertos y 703 heridos.

Hace un mes.

Hoy no hay culpables, hoy no hay responsables.

Hoy no se hizo justicia. Otra vez no se hizo justicia.

Familiares y amigos piden justicia.

Millones de argentinos pedimos justicia.

OTRO NUNCA MÁS.

Carta de los docentes a la Presidente de la Nación

Sra Presidente de la Nación:

La “prudencia” indica que cuando uno desconoce un tema, lo mejor, es abstenerse de hacer comentarios.

Quien se arriesga a opinar sobre lo que no conoce corre el riesgo de ser visto como ignorante, malintencionado, temerario, mentiroso, poco serio. Esta es la imagen que usted, Sra. Presidente, ha dejado a miles de docentes y a otras muchas personas que, a diferencia suya, están al tanto de las verdaderas condiciones de trabajo de este gremio.

Su investidura le posibilita hacer uso de la cadena nacional, llegando con su discurso a los millones que conformamos la Nación que preside; pero no la habilita a decir mentiras y desacreditar a NADIE. Esto es lo que Usted hizo con los docentes en el discurso ante la Asamblea Legislativa, mientras recibía calurosos aplausos de quienes tuvieron la caradurez de aumentarse a sí­ mismos los sueldos en un 100%.

Ante semejante abuso de poder, derroche de mentiras, y falta de seriedad, no podemos ni debemos ser indiferentes.

Le proponemos transformar sus mentiras en verdades. Para lograr este objetivo se nos ocurren algunas acciones para poner en marcha; a saber:

Primera propuesta: A partir de ahora, los docentes trabajaremos “exactamente” 4 HORAS POR TURNO. (Esto demandaría que haya dos docentes por grado).

El primer docente realizaría las tareas que normalmente llevamos a cabo en esas 4 HORAS:

1) dar clases;
2) atender a las necesidades particulares de cada uno de los 20, 30 o más niños, que tenemos a cargo (consolar llantos, servir viandas, limpiar narices, contener situaciones de violencia, estar atentos a comportamientos que indican posibles abusos, o violencia doméstica, explicar las veces que sea necesario al que tiene dificultades para aprender, proporcionar actividades extras al que tiene más capacidad, etc.);
3) preparar y ensayar actos escolares;
4) realizar reuniones de padres;
5) atender a padres que solicitan entrevistas por problemas particulares, o que citamos nosotros para ponerlos al tanto de circunstancias que así lo requieren;
6) transmitir los problemas detectados al equipo de orientación (en caso de contar con uno);
7) controlar la documentación que debe estar en el legajo de cada alumno (documentos, partidas de nacimiento, vacunas, etc.);
8) confeccionar registros de asistencia;
9) hacer frente a las impredecibles y variadas situaciones que suceden diariamente en las escuelas.

El segundo docente debería ocuparse de las tareas que normalmente realizamos fuera de las anteriores 4 HORAS:

1) planificar las actividades;
2) elaborar proyectos;
3) corregir tareas (de 20, 30, 40, o hasta 90 alumnos diariamente, ya que hay docentes que tienen dos o tres grados a cargo en tareas);
4) asistir a las reuniones de personal que se realizan en contra-turno;
5) esperar a que lleguen los padres que se retrasan para retirar a los niños;
6) redactar informes;
7) preparar material didáctico;
8) Resumiendo: este segundo docente se ocuparía de cubrir todo aquello que es “humanamente imposible” hacer en 4 HORAS y que normalmente terminamos realizando en casa, en las horas que deberíamos dedicar a nuestro hogar y familia.

De este modo, nuestro sueldo se corresponde ­a más con sus proclamadas 4 HORAS de trabajo, ya que llega (a gatas y más de la mitad en negro) a los $3000 (tres mil pesos), con el 20% de aumento que usted menciona como “justa propuesta”. (Aparentemente, los docentes habitamos un país diferente al de los legisladores que la aplaudían).

La segunda propuesta para validar su mentira es mucho más sencilla y se refiere a sus supuestos TRES MESES DE VACACIONES:

Este año trabajaremos hasta el 30 de noviembre (y no hasta el 29 de diciembre como lo hicimos en el 2011), y retomaremos las clases el 1 de marzo del 2013 (en vez del 13 de febrero, en que reanudamos nuestra labor en este año).

Estará de más aclarar que un docente, sostén de familia, NO PUEDE VIVIR con un solo cargo; pero en vista de la total falta de perspectiva de la realidad que usted ha manifestado en su discurso, y la falta de información, además de errónea de la que hizo gala, le pasamos este dato: la “gran mayoría” de los maestros TRABAJAMOS EN DOS TURNOS.

Esto implica, en muchos casos, que salgamos corriendo de una escuela para llegar sin aliento a otra. ¿Comer, descansar, ir al baño? con suerte si las escuelas están cerca, si no, en el primer recreo (10 a 15 minutos, no más) si otro compañero nos cubre para cuidar a los chicos.

Para hacerlo más concreto:

Un maestro sale de su casa a las 07:30 hs. (si tiene la fortuna de que la escuela quede a 15 minutos de viaje, y va en auto; si no, tiene que salir antes por las dudas). Debe estar en la escuela 10 minutos antes de la entrada de los alumnos (20 minutos si está de turno).

“Supuestamente” se iría de la primera escuela a las 12:15 hs. (cosa que raramente sucede ya que entregamos a los niños en manos de sus padres, procedimiento necesario y difícil cuando hablamos de 200 o 300 alumnos o más). Con viento a favor nos podemos retirar entre las 12:20 y las 12:30 hs.

De este primer turno partimos cargados con el material para el segundo turno, y las hojas o cuadernos para corregir que acopiamos durante la mañana.

El auto propio es un lujo que muy pocos docentes se pueden dar.

Las opciones para cubrir el trayecto que nos separa de la siguiente escuela a la que debemos llegar “antes de” las 13:00 hs. son: colectivo, auto compartido, remis, taxi, o caminar, dependiendo de la distancia y el apuro.

13 hs. nuevamente al frente de la fila… ¡hay que volver a empezar!

Hasta las 17:15hs., entrega de los chicos a sus padres.

De regreso a casa (no antes de las 17:30 hs.) con la pila de corrección que se duplica o triplica durante la tarde, y representa, junto con la planificación de las tareas y la preparación de material, una o dos horas más de trabajo.

¿HIZO EL CÁLCULO SRA. PRESIDENTE? ¿LA AYUDAMOS?

ESTAMOS HABLANDO DE JORNADAS DE TRABAJO DE MAS DE 10 HORAS.

ESTAMOS HABLANDO DE LA RESPONSABILIDAD DE TENER A CARGO LA VIDA DE DECENAS DE NIÑOS.

ESTAMOS HABLANDO DE LA DIFÍCIL Y FUNDAMENTAL TAREA DE ENSEÑAR EN UN PAÍS DONDE LAS ESCUELAS PÚBLICAS SE HAN CONVERTIDO EN CENTROS ASISTENCIALISTAS Y DE NECESIDADES DE TODO TIPO.

ESTAMOS HABLANDO DE UNA TAREA QUE ES IMPOSIBLE REALIZAR SIN VOCACIÓN Y QUE USTED HA BASTARDEADO DESDE SU LUGAR DE PRESIDENTE DE LA NACIÓN.

NO HABLAMOS SOLO DE AUMENTOS DE SUELDO. SOMOS LOS PRIMEROS EN RECLAMAR POR LAS NECESIDADES REALES DE NUESTROS CHICOS: GABINETES PSICOPEDAGÓGICOS EN TODAS LAS ESCUELAS, MAESTROS DE APOYO, VIANDAS DECENTES, AULAS EQUIPADAS, EDIFICIOS QUE NO SE CAIGAN A PEDAZOS, Y TAMBIÉN HABLAMOS DE SUELDOS DIGNOS Y ACORDES A NUESTRA RESPONSABILIDAD Y FUNCIÓN.

¿20% DE AUMENTO PARA UN DOCENTE Y 100% PARA UN LEGISLADOR?… ¿DE QUÉ HABLA USTED, SRA. PRESIDENTE?

Docentes argentinos

Diana Cohen Agrest / Una negligencia asesina

(Publicado en La Nación, 24.2.2012)

“Si se puede evitar no es un accidente”, declamaba la campaña pública de concientización diseñada para la prevención vial. El horror podría haber sido evitado. Y si somos consecuentes con la advertencia oficial, entonces no fue un accidente. Pero si no fue un accidente, se debe buscar la causa de tanto dolor.

En ese horror inefable, y en un instantáneo reflejo condicionado autoprotector, se invocaron los factores humanos, llámense “impericia”, “imprudencia”, “negligencia”. En cualquier caso, la figura legal pretendió condensar el error de quien suele ser el eslabón más débil de la cadena de responsabilidades.

Pero invocar la responsabilidad individual -la que le habría cabido al conductor del tren- resultó a todas luces un acto de injusticia. Y más aún cuando se tuvo en cuenta un único fin: desconocer la serie de fallas estructurales de todo un sistema, diluyendo la responsabilidad empresarial ante los daños causados por una multiplicidad de factores difícilmente reductibles a un acto personal. Porque es sabido que la noción de responsabilidad individual se diluye en el contexto de las acciones colectivas o, en este caso, donde se juegan intereses empresariales: cumplir con los compromisos contractuales de inversión, renovar, controlar y mantener las unidades.

La historia no es reciente: se inició con la concesión de las empresas estatales al mejor postor seguida del desmantelamiento de los bienes públicos. Y aunque no se pueda hablar de una participación intencional en un delito, lo cierto es que personas con nombre y apellido fueron cómplices de un siniestro no querido pero previsible. En un escenario semejante, cuando la negligencia es el precio que se paga por la falta de inversión, no sólo se trata de una ausencia exacerbada de responsabilidad social. Es una negligencia asesina.

El mismo Estado que nació del compromiso de los representantes de velar por la vida y la seguridad de sus conciudadanos quitó su manto protector de quienes, por la mala suerte del destino, se encontraban en el otro extremo de la cadena, el que debía ser cobijado bajo las alas de un Estado protector.

Por ese abandono, el Carnaval fue enlutado. La realidad nos muestra lejos de una celebración, en una tierra arrasada por los espejismos de colores que cubre a sus muertos, a sabiendas de que las noticias del día siguiente los enterrarán por segunda vez, y esta vez definitivamente. Indiferentes a las estadísticas, y a los reproches recíprocos, el dolor sobrevive, en la intimidad de los hogares, por cada una de esas pérdidas: el lugar vacío de una mesa familiar. Una mochila arrumbada, sin dueño, entre los hierros.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible o la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza (2003), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007) y  ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008).

Luis Diego Fernández / Filosofía solar (Ocio, retiro y pensamiento)

(Publicado en Perfil, 5.2.2012)

Decía Marco Aurelio: “Concédete un retiro y recupérate”. La filosofía supo cavilar desde sus orígenes acerca de estos tiempos de calendario estival. Hay que vivir las vacaciones regidos por la moderación y el equilibrio en la sana distribución de los placeres. Y recuperarse.

No es muy atrevido, sino timorato, comenzar por etimologías, pero la filosofía las tiene como fontana o escaleta amiga, que alimenta, narra y ordena –valga esa dirección–su timón de ideas arremolinadas; ahora sí: la palabra vacaciones deriva de vacans, participio del verbo vacare en latín, esto es, estar libre, desocupado, vacante (igual que un puesto de trabajo). Se supone, y la suposición siempre permite observar una veracidad dudosa, que en ese tiempo “vacante” los individuos dispongan de sus horas con tanta libertad como autarquía. Claramente, ese estado ausente es condición de posibilidad de algo impensado o quizá pensado hacia otros lugares impropios. La filosofía no de modo mastodóntico –ni mucho menos académico– pensó estos tiempos de calendario estival o bien de ocio, de retiro, como solía llamárseles en el helenismo. Una buena forma de cavilar al inicio es de la mano de Epícteto, filósofo y esclavo liberto romano del siglo I –y pater estoico del emperador Marco Aurelio– que afirmaba: “Nada en exceso”. Esta sentencia tímida, lacónica y contundente revela la actitud ante el vivir de las vacaciones regido por la moderación y el equilibrio en la sana distribución de los placeres. El conocerse a uno mismo del que hablaban los griegos (gnothi seauton) siempre estuvo vinculado con la inquietud de sí (epimeleia heautou) en el tiempo de ocio y el retiro. Ambas nociones instaban a los hombres griegos libres a ocuparse de ellos mismos mediante acciones concretas, a través de ejercicios espirituales y físicos.

La inquietud de sí griega es objeto de reflexión de Michel Foucault en el curso del College de France de 1981-1982 y en los tomos finales de su Historia de la sexualidad (1984). El filósofo francés lo ve con nitidez: para los griegos era una condición indispensable ocuparse de uno mismo en el tiempo vacante con la intención de poder gobernar o ejercer algún tipo de poder sobre los demás. Estos ejercicios terapéuticos apuntaban a saciarse con uno sin esperar mucho de la vida. El cultivo de sí se torna una forma determinada de vivir relacionada con el ocio (otium). Séneca señala a Lucilio que el retiro se debía buscar interiormente y no por la mera movilidad hacia espacios que se suponen más pacíficos –costas, playas, montes, montañas, lagos o ríos: “¿De qué aprovecha buscar un retiro? ¡Cómo si más allá de los mares no nos acosaran los motivos de preocupación! ¿Qué descanso hay en la vida tan protegido y sublimado al que no atemorice con frecuencia el dolor? En cualquier rincón que te retires los males humanos te asaltarán a gritos”–. Esa exhortación severa del filósofo hispano –de Córdoba– convoca, entonces, a la utilidad del pensamiento en este período de remanso. Del mismo modo, para el emperador-filósofo Marco Aurelio los retiros playeros o montañeses no son sino una búsqueda de orden interior. De allí que califique de vulgares a quienes van tras el mero escape exterior cuando, en rigor, pueden hacerlo en el momento que lo deseen vía su meditación. En ese sentido, el emperador destaca la primacía del retiro interno en detrimento de la mera movilidad externa: nos quita la idea de que toda vacación es de por sí un viaje. Esa búsqueda o sentido del “retirarse” se dirige en procura de la tranquilidad del alma: relax, diríamos hoy. Lo que en un comienzo era una huida de los males o el estrés de las ocupaciones –precisamente, la negación del ocio: negotium–, debe tornarse una enseñanza para aprender a vivir en la tolerancia de los errores no buscados de nuestras familias, compañeros, amigos o parejas. Es claro: para el estoicismo romano –Epícteto, Séneca, Marco Aurelio– las vacaciones o el retiro tendrían una finalidad práctica, más allá del mero descanso improductivo o larvario. Las vacaciones funcionarían como un ensayo de “quince días” sobre un existir distinguido o estilizado: una posibilidad de viraje de una forma de vivir a otra.

Así como la Antigüedad piensa –expresión algo forzada, la época integral movilizada– el retiro vacacional como forma de ocio cultivado, etapa o posibilidad de reflexión interior y transformación del sí, la Modernidad lo ve más como una expresión de balances, recuperos o incluso de tiempo disponible para una mutación del self. Tres ejemplos: Montaigne, Schopenhauer y Nietzsche. El ensayismo montaigneano deja en claro que el siglo XVI pone una piedra fundacional en relación con el retiro desde otro ángulo: el yo. Renacentista, el pensador de Bourdeaux coloca su foco reconcentrado –cual vino de la región– en el sosiego personal: “Cuando últimamente me retiré a mi casa, resuelto, mientras pudiera, a no ocuparme más que en pasar en reposo y apartado lo poco que me quedará de vida, parecióme que no podía hacer a mi espíritu mayor favor que dejarlo divertirse, sólo en plena ociosidad, sosegándose y deteniéndose en sí mismo”. El tiempo de ocio, para el pensamiento moderno, es una predisposición hacia “otro lado”, o bien nos empuja hacia algo más que implica cierta voluntad.

Arthur Schopenhauer es una fija si hablamos de voluntad; los silogismos de la amargura del misántropo germano dejan claro que la fortaleza no será ya la mera inteligencia ociosa sino cierta aptitud para poder disfrutar del espacio vacante: “El simple ocio, es decir la inteligencia desocupada al servicio de la voluntad, no basta; para eso es preciso un excedente de fuerza positiva que nos haga aptos”. Aptitud y actitud, en este caso, van de la mano con cierta reticencia y forzamiento. Es Friedrich Nietzsche, como se torna habitual en materias epidérmicas y fisiológicas, quien pone las cosas en su lugar. ¿Qué cosas? Las ínfimas, las no pensadas ni pesadas, las no rasgadas por ese panzer que es el racionalismo metafísico alemán –Wolff, Leibniz, pero también Kant, Hegel–, tan indigesto como su gastronomía, del que despotrica cual Condottiere al mando de su infame ejército. En Ecce Homo: “Estas cosas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo– son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado importante”. Lo medular del pensamiento nietzscheano requiere pensar el espacio del retiro, el ocio y sus derivados –cocina, bebidas, tiempo libre, etc.– como una “toma de posición” filosófica: inversión de la metafísica, platonismo, nihilismo. Esto será lo importante, y ya. Lo involuntario es que el espacio vacacional no consiste, lejos de ello está, en anular o limpiar nuestras ideas, sino en generarlas. Una nietzscheana muscular: en la lírica de la canción Holiday, Madonna esboza algo de esta petición: “Took some time to celebrate/ Just one day out of life/ It would be, it would be so nice”. Un día “fuera de la vida”, expresión expulsora que nos quiere arrancar de lo estacional (estival) para llevarnos de modo temerario a lo “nuevo”. Efectivamente, las vacaciones son territorio de lo “novedoso”, como señalaba allá por 1983. No tanta celebración aunque la existe, sino reconversión o reinvención. Las vacaciones en la Modernidad, nuestros tiempos hoy, parecen verse como “energía” o “cargar pilas”, formas tangenciales de un upgrade.

Se puede traer al recorrido ensayado dos miradas locales: la primera, naturalmente, de Domingo Faustino Sarmiento, quien descubrió el Delta del Tigre cuando era director general de escuelas, lo llamó la “Venecia de América” y construyó su casa La Prócida –hoy museo– sobre el río que lleva su nombre. El pensamiento sarmientino inventa, literalmente, la idea de “vacaciones” en las pampas: un receso de la actividad política. Moderno, bon vivant, libertino y dandi, Sarmiento hizo caso omiso de sus tiempos vacacionales con tanta vehemencia como estética. El siglo XX trae una reflexión fuerte en clave freudomarxista a través del concepto de “ocio represivo” desarrollado por Juan José Sebreli a fines de los años 60 en su libro Mar del Plata, el ocio represivo. Derivado de la teoría de la “desublimación represiva” de Herbert Marcuse, la supuesta “liberación sexual” no es más que la sexualidad restringida al sexo genital. Así marca el razonamiento sebreliano en el capítulo XIII titulado “El mito de las vacaciones”: “La imperiosa necesidad de las vacaciones en las clases medias asalariadas y en la clase obrera de las sociedades industriales responde a una auténtica necesidad de liberación, lo cual no quiere decir de ningún modo que esas vacaciones sean en realidad una auténtica liberación”. Quizá las vacaciones en el mundo contemporáneo son tan fáciles de perder como de asignar, porque se ha borrado ese muro tan notorio entre tiempo laboral y tiempo de descanso. Todo simula y parece ser ambos de modo simultáneo, tecnología mediante. El trabajo, dijo Marx, es la “esencia” del hombre, algo que Foucault desmarcó con tino: si éste es la “esencia” es porque estamos obligados a trabajar y a descansar –las vacaciones–. No hay esencialismos sino construcciones de matrices y de conductas: necesidades contingentes y de poder. Tal vez valga la pena traer la idea que el filósofo italiano Giorgio Agamben ha pensado en torno a “potencia de no”, esto es, la posibilidad latente siempre de “no actualizar” lo que podríamos hacer, pero no. Las vacaciones pueden verse como una potencia que se actualiza en su negación: improductivo.

Josef Pieper, en El ocio y la vida intelectual (1962), señala que la proletarización implica, per se, un régimen temporal de trabajo y su consecuencia de ocio. Por lo tanto, tal división obliga a pensar, paradojalmente, el tiempo de ocupación. No es tan valedera esta escisión, este binarismo de tiempos. Bien decía Aristóteles: “El problema principal es saber con qué clase de actuación hay que llenar el ocio”. El decir “felices vacaciones” opaca lo que la seguidilla del discurrir deja ver con cierto pudor violento –no tan feliz–: en tiempos de retiro se piensa, se reconvierte y se toman decisiones, algunas de ellas vitales. Ese vitalismo estival, por caso, nos lleva a lo que los antiguos –el ocio cultivado, la inquietud de sí– y los modernos –el yo analizado, reinventado– mantuvieron con brío y temperancia. Lo contemporáneo, de siempre dificultoso asir –nos pide anacronismo y lejanía para verlo con intensidad, cita Nietzsche–, revela la desaparición de ambas épocas, o mejor, su combinación en una desnudez de nuestra animalidad vuelta a la palestra. El búho de Minerva, decía Hegel, levanta el vuelo al crepúsculo. Pero tal vez ese final sea “puras mentiras”, o un límite que se mueve y se pierde, cual rizoma desplegado, tal como la filósofa Avital Ronell –nietzscheana y femme fatale neoyorquina– marca en su brillante ensayo Stupidity (2003) –suerte de tratado de los límites de la razón: la falla o la ignorancia cuyas apologías y banderas se levantan en las vacaciones de modo deliberado quizá no sea ausencia de pensamiento sino, por el contrario, posibilidad de pensar lo que se pretende pura estupidez o mero idiotismo, sin finalidad de cultivo o escultura de sí–. Dispersión, diversión y superficie iluminada por el sol.

En agosto de 1953, Michel Foucault se va de vacaciones a Italia. Maurice Pinguet, amigo del filósofo, lo recuerda al sol, en la playa de Civitavecchia, zambullido en las páginas de Nietzsche. En efecto, Foucault leyó a Nietzsche durante sus vacaciones y su eclosión fue definitoria para virar su rumbo filosófico. El sol y las playas mediterráneas también bañan a Albert Camus, en su Argelia natal, pobre y proba. El amor existencial –no existencialista de Sartre, un burgués al fin– lo hizo constituir esa estancia como una suerte de vacación definitoria. Ergo: las vacaciones deliberadas o natales son marcas que producen giros radicales en nuestras vidas. Las vacaciones y el sol, la erótica que Michel Onfray dio en llamar “solar”, esto es, delicada, libertina, elegante y gentil, no contractual, versus el erotismo nocturno sádico. Lo solar es lo vacacional, el plexo del cuerpo libre y celebratorio. La supuesta “estupidez” de las vacaciones nos pone frente a lo que acontecerá de modo precoz, y vemos, no es tal, es, puede serlo, suma sabiduría y reinvención existencial. La filosofía siempre llega tarde, piensa desfasada, al final del calendario –o el principio–: como las vacaciones.

Citas citables

El problema principal es saber con qué clase de actuación hay que llenar el ocio. (Aristóteles, Política, Siglo IV a.C.)

¿De qué aprovecha buscar un retiro? ¡Cómo si más allá de los mares no nos acosaran los motivos de preocupación! ¿Qué descanso hay en la vida tan protegido y sublimado al que no atemorice con frecuencia el dolor? En cualquier rincón que te retires, los males humanos te asaltarán a gritos. (Séneca, Epístola 82 a Lucilio. Siglo I)

Se buscan retiros en el campo, en la costa y en el monte. Tú también sueles anhelar tales retiros. Pero todo eso es de lo más vulgar, porque puedes, en el momento que te apetezca, retirarte en ti mismo. En ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma; sobre todo aquel que posee en su interior tales bienes, que si se inclina hacia ellos, de inmediato consigue una tranquilidad total. Y denomino tranquilidad única y exclusivamente al buen orden. Concédete, pues, sin pausa, este retiro y recupérate. (Marco Aurelio, Meditaciones, Siglo I)

Cuando últimamente me retiré a mi casa, resuelto, mientras pudiera, a no ocuparme más que en pasar en reposo y apartado lo poco que me quedará de vida, parecióme que no podía hacer a mi espíritu mayor favor que dejarlo divertirse, sólo en plena ociosidad, sosegándose y deteniéndose en sí mismo. (Michel de Montaigne, Ensayos, 1589)

El simple ocio, es decir la inteligencia desocupada al servicio de la voluntad, no basta; para eso es preciso un excedente de fuerza positiva que nos haga aptos. (Arthur Schopenhauer, Arte del buen vivir, 1851)

Estas cosas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo– son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado importante. (Friedrich Nietzsche, Ecce Homo, 1888)

Si ser proletario no significa otra cosa en el fondo sino la vinculación al proceso laboral, el punto capital de su superación, es decir, de una verdadera “desproletarización”, consistiría en que al hombre que trabaja se le depare un ámbito de actuación que tenga sentido y que no sea “trabajo”; con otras palabras: que se le dé acceso al verdadero ocio. (Josef Pieper, El ocio y la vida intelectual, 1962)