Roberto Fontanarrosa. Uno nunca sabe

Lo primero que le preguntó Mario apenas el Mochila se sentó, fue “¿La conoces a esa mina?”.
– ¿Cuál?
– La que saludastes recién.
Mochila giró apenas la cabeza hacia atrás.
– ¿La flaca?
– Sí.
– Sí, la conozco. Es amiga de mi jermu.
– Me emputece esa mina –dijo Mario en voz baja.
– ¿Mi jermu?
– No, boludo. La Flaca, la que saludastes.
– Ah… ¡Mirá qué boludo que sos vos! A todo el mundo lo enloquece la Flaca. ¡Qué te parece!
– ¿Qué? –se alarmó Mario–. ¿Vos también estás jugado en ese palo? ¿Te anotás ahí también?
– No. Yo no. ¿No te digo que es amiga de mi jermu? Estudiaban juntas en la Cultural. Tendría que ser muy loco para tirarme en esa. Pero… te digo…
– Que ganas no te faltan.
– Ganas no me faltan….
Se quedaron en silencio. Mochila controlando las otras mesas, viendo quién había. Mario tocándose cuidadosamente los dientes de adelante con la uña del dedo pulgar de la mano derecha.
– Me tiene loco esa mina –repitió, como para sí mismo. Como si el tema fuese demasiado íntimo como para compartirlo y debatirlo en una mesa de cafe. Y asustado, quizá, por haber ido tan lejos.
– Está buena la Flaca –dijo Mochila, que la tenía sentada a sus espaldas–. Y es una mina piola te cuento… Piola, inteligente. Anda suelta, además…
– Medio histérica debe ser…
– Sí. Eso sí… Lógico… –Mochila seguía sin meterse demasiado en la conversación, en tanto pasaba lista a los presentes– ¡Bah! –se animó de pronto, ya terminado el control–. Como todas.
– Esa jeta que tiene… –medio por sobre el hombro de Mochila, Mario la espiaba–. Los ojos…
– Y encarala, boludo… ¿qué esperas? –lo animó Mochila, cruzándose de piernas, acomodándose en la silla para quedar de espaldas a la calle Santa Fe, mirando al mostrador. Mario hizo un gesto vago con la cabeza, negativo.
– Está sola, boludo –apretó Mochila–. Andá… Si te quedas esperando, por ahí aparece algun vago, o alguna amiga, y se sienta con ella y cagaste.
Mario se encogió de hombros, mirando ahora hacia afuera, como desentendiéndose del problema.
– ¿No lo viste al Sobo? -preguntó, cambiando de tema. Mochila negó con la cabeza–. Este boludo… –musitó Mario–. Le tengo que pedir un certificado y justo hoy no aparece.
– Oíme –Mochila se incorporó, clavándole la vista–. Andá y sentate con ella, no seas otario… No te va a patear…
– No la conozco –frunció la nariz, Mario.
– ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Cómo que no la conocés? Te conoce de acá, pelotudo. Si acá nos junamos todos. No le sabrás el nombre pero la…
– ¿Cómo se llama?
Mochila frunció el ceño.
– Ehhh… –pensó–. Marina, Marta, María… No sé, no sé… Siempre la conocí por la Flaca.
– Marta, Marta se llama –dijo Mario, que ya se había informado.
– Escuchame Mario… –Mochila se inclinó sobre la mesa para darle privacidad a la propuesta–. Te la presento… Voy, me siento en la mesa de ella y te la presento…
Mario se tiró hacia atrás y agitó las manos y la cabeza, casi escandalizado.
– ¡No! No, dejá. Ya está. Ya pasó. Ya fué.
– No me cuesta nada, boludo.
– Dejá, Mochila, dejá. Está bien.
Mochila se encogió de hombros.
– Jodete –dijo. Y buscó a Moreyra con la vista–. ¡Negro! –gritó–. ¿Estás vos acá?
– Además… –Mario, pese a todo, no quería desprenderse totalmente del tema y sabía que el lapso de privacidad con el Mochila podía ser corto–. No da bola, Mochi. No da bola.
Mochila casi se enojó.
– ¿Y cómo sabes que no da bola si nunca la encaraste?
– Porque uno se da cuenta, Mochila. ¿Sabés cuanto hace que la vengo mirando a esa mina? ¿Sabés cuanto hace? Dos años. Debe hacer como dos años…
– ¿Y?
– ¡Nada! Nada de nada. Una mina si te quiere dar bola te manda alguna señal, eso es sabido. Te mira una vez, aunque sea. Te mantiene un poco la mirada. O te sonríe. Te tira un cable.
– No te engañes, no te engañes… Mirá que…
– Sí… “La vida te da sorpresas”.
– La vida te da sorpresas…
– Sí, pero acá es muy claro –se desalentó Mario–. ¿Viste que hay… cómo decirte… hay un lapso de duración en una mirada, en un cruce de miradas? Y después hay un plus, que es un milésimo… un milésimo de segundo… un ápice… un cícero… una infinitésima milésima de segundo en que se prolonga esa mirada más de lo normal… Es cuando una mina te mira y vos tenes un sensómetro, un sismógrafo, que registra que esa mirada ha durado esa milésima de segundo mas allá de lo necesario, y es lo que te está diciendo a las claras que esa no es una mirada común, que esa mirada está pidiendo otro cruce de comprobación, que te está diciendo algo… –Mochila afirmaba con la cabeza, algo fastidiado–. Bueno… –no se amilanó Mario–. Esa fracción supletoria de mirada debería tener un nombre. Porque es una medida patron… Es un exceso de intensidad… Debería haber algo como el “miradómetro”… Una unidad de vision, de calentura…
– Bueno, bueno… Cortala… Dejá de hablar pelotudeces… –rogó Mochila–. ¿Y qué pasa? ¿Con esta mina no se dió nunca?
– En la puta vida de Dios.
– Ni te miró…
– Ni me miró ni… –Mario había sacado un encendedor y golpeteaba con él sobre el nerolite buscando la descripción mas gráfica–. O me mira y no me ve. Esa es la cosa. Por ahí me mira, pero lo que hace es solamente dirigir su vista hacia mí. Pero la sensación que yo tengo es como que yo fuera transparente. Que mira a traves mío. Que mira lo que está detrás mío. Digamos, que la profundidad de campo de la cámara de ella está situada seis metros detrás mío… Esa es la sensación que tengo…
Mochila se rascó la cabeza.
– ¡Mirá que sos antiguo! –dijo.
– ¿Por qué? –se ofuscó Mario.
– Andar fijándote en eso de las miradas y esas cosas… Eso es del tiempo en que los pedos se tiraban con gomera.
– ¿Y qué querés que haga? ¿Que vaya y le toque el culo?
– No, boludo. No te digo eso…
– ¿Cómo carajo hacés vos?
– ¿Cómo hago? ¿Cómo hago yo? ¡Voy y me siento con ella! Eso hago. Mirá que difícil. Y le empiezo a hablar de cualquier cosa… No podés entrar en la histeria de las minas, querido… Que te miro, que no te miro, que la profundidad de campo y todas esas pelotudeces…
– Es que… –Mario apoyó el mentón sobre sus manos cruzadas y vaciló. Por momentos lo asaltaba la idea de que no era un tema para hacer publico–. ¿Sabes qué pasa?… ¿Vos te acordás de “El Eternauta”?
– Sí, me acuerdo… Lo que no me acuerdo es quién trabajaba…
– ¿Cómo?
– ¿Quién trabajaba?
– No, boludo. No era una película. Era una historieta.
– Ah, sí… “El Eternauta”. Algo me acuerdo…
– Esa que caía una nevada en Buenos Aires, una nevada radioactiva y morían todos…
– Algo. Algo me acuerdo –mintió el Mochila.
– Bueno, en “El Eternauta”, aparecían unos tipos de otro planeta, que se llamaban los “Manos”, que tenían…
– Mejicanos. “Manito”, se decían…
– No, gil. No seas hijo de puta.
– Ah, no. Esa era “Cisco Kid”.
– No te acordás de un sorete. Los Manos, que tenían una mano derecha llena de dedos…
– Como cualquiera –Mochila mostró su mano.
– No, muchos mas. Como hasta acá –Mario tiró una línea imaginaria desde la punta de sus propios dedos hasta el codo–. Bueno, esos tipos dirigián a varias especies de bichos extraterrestres que invadían la Tierra. Pero ellos, a su vez, estaban controlados por otra especie superior. Entonces. estos “Manos”, que eran igual que nosotros salvo por esos dedos, tenían insertada en el cuerpo una glándula, una glándula que le llamaban “Glándula del Terror” y que les habían insertado esos cosos que los dirigían a ellos. Y… ¿para qué les habían insertado esa glándula? Porque los Manos, igual que los humanos, al sentir temor segregaban una especie de adrenalina y ésta, a su vez, activaba la glándula. Y entonces la glándula dejaba escapar un veneno y el veneno los mataba en minutos, nomás. ¿Me entendés? Si ellos se intentaban rebelar contra la especie superior, sentían miedo y, ahí nomás, cagaban la fruta. Linda idea, ¿no? Porque, además, había otra cosa, fijate. Algunos de ellos habían intentado operarse para sacarse de allí esa glándula pero, al operarse, sentían miedo, y de nuevo la misma cosa, activaban la glándula, ésta largaba el veneno, etc., etc., etc… Era ingenioso, ¿no? Piola como idea. De… ¿cómo se llamaba?… Oesterheld.
Mochila se lo quedó mirando un instante, con expresión confundida.
– Y…. ¿Qué queres decir con todo esto? –preguntó–. ¿Ahora me vas a salir con que vos tenés una de esas glándulas? ¿Me vas a pedir guita para operarte?
– No. No. No –Mario pegó con la punta de su dedo índice sobre la mesa–. Yo tengo una glándula pero de la pelotudez. Ese es el asunto. Una glándula de la pelotudez. Cuando a mí una mina me gusta mucho, como ésta, Marta… me pongo pelotudo. El mismo hecho de que la mina me guste mucho, me paraliza. Me pone tan nervioso que me pongo hecho un pelotudo, no sé lo que digo, hago boludeces… La glándula segrega algo que me idiotiza. Después pienso en las cosas que he dicho, o en las que debería haberle dicho y me quiero morir. Las minas deben pensar que uno es un retardado total. Y es precisamente porque me gustan demasiado. Es increíble. Con las minas que no me gustan no me pasa nada. Ahí soy un duque, soy Dean Martin. Jodo, soy ocurrente, hasta puedo ser brillante. Al pedo. Porque a quien yo quiero gustar no es a los escrachos.
– Mario… Mario… –Mochila trató de ser comprensivo–. Yo sé que esto pasa… Pero te puede pasar al principio, la primera hora, la primera…
– Década.
– No seas pelotudo. Si vos…
– Si yo me quedo solo con esta mina te juro que no me sale una palabra. La glándula me…
– Anda a la concha de tu madre vos y la glándula…
Se quedaron en silencio. Mochila miraba sin ver hacia la caja registradora, pegaba repetidas veces con la suela del pie derecho sobre el piso, fastidiado.
– ¿Sabes qué le dijeron a Pelé cuando debutó en Suecia? –preguntó de pronto. Mario negó con la cabeza, algo desacomodado.
– “Andate al medio campo y tocala corta.” Eso le dijeron –agregó el Mochila. Mario entrecerró un poco los ojos, como buscando la metáfora–. O sea. Hasta que se te pasen los nervios, no tratés de deslumbrar, no tratés de ser brillante, no tratés de meter el pase de gol…
– Pero él era negro, Mochila…
– Es negro.
– ¡Es que ni siquiera pretendo ser brillante! Me bastaría con no ser tan imbécil…
– Tocá corto.
– Una teta le voy a tocar… –musitó Mario–. Además… además, Mochila, comprendeme –se irguió de pronto como para seguir hablando pero calló, prudente. El Pochi había entrado por la puerta de Santa Fe y Sarmiento, pero se quedó enganchado en la mesa de los fotógrafos. Mario retomó el tema–. Yo creo que las cosas se tienen que dar naturalmente. Vos vistes como es este boliche. Vos, por ejemplo, no conocés a alguien. Pero, de pronto, por ahí, mañana, estás sentado en la misma mesa con él. ¿Por qué? Porque te llama un amigo común. Porque viene a tu mesa a charlar con un amigo tuyo. Porque está en un grupo donde vos te acercás a preguntar algo. Es así… Entonces eso es mas natural, menos forzado. Yo me sentiría mucho más cómodo si se diera algo así con esta mina…
– Oíme Mario… Oíme… –Moreyra había pasado como una ráfaga, dejando un cortado sobrante, al tanteo, enfrente de Mochila–. Cuanto…
– Porque… ¿viste como es este boliche? –arremetió Mario–. Yo creo que el secreto de este boliche está en la proximidad de las mesas. Están muy juntas. Ahí radica el éxito de este boliche. Vos estás sentado en esta mesa y casi casi estás escuchando la charla de los de la mesa de atrás. Y se tocan las sillas, incluso –Mario se tiró hacia atrás sobre el respaldo y sonrió, ejemplificando–. Vos estás en una mesa y por ahí girás un poquito y ya te integras a la de al lado…
– Un conventillo.
– Un conventillo. Un día… –Mario se lanzó de golpe con el torso hacia adelante, confidente–. Un día yo estaba sentado en una mesa, y atrás, acá mismo, atrás, estaba la Flaca con unas amigas –bajó la voz–. Si yo me inclinaba para atrás la tocaba, con los hombros, o con la cabeza. La tocaba…
– Mario… –insistió Mochila con los ojos entrecerrados–. ¿Cuanto hace que decís que la venís marcando a esta mina?
– ¿A la flaca? Y… desde que la descubrí… Cuando era novia del barba… No sé. Un año… Un año y medio…
– Cuando era novia del barba… Vos te referís al Tito, al Tito Aramayo…. Bueno, te cuento, eso fue hace más de tres años, porque hace más de tres años que el Tito está en Porto Alegre. Casi cuatro años hace, por lo menos.
– Y… sí…
– Y en esos cuatro años.. –Mochila enarcó las cejas y cerró su mano derecha como si empuñara un cuchillo, señalando a Mario–. Escuchame bien, en esos cuatro años, esa situación que vos decís, que vos estás esperando, no se ha dado nunca. Nunca hubo un amigo sentado en la mesa con ella, ni ningún amigo te la trajo a la mesa con vos, ni se dió vuelta para pedirte fuego, ni estaba en un grupo donde vos podías haberte integrado… Nada…
– Nada… es verdad… Nada.
– ¿Y hasta cuando vas a esperar, Marito? –hirió de nuevo, Mochila–. Vas a ser un viejo choto y vas a venir acá con un bastón, con boina, con una cánula de suero puesta, para ver si alguna vez se da la puta casualidad de que te podés sentar con esa mina…
– Y… –se encogió de hombros, Mario.
– Oíme –Mochila giró la cabeza y pegó una rápida mirada hacia la mesa de la Flaca que, sola, estaba anotando cosas en una agenda–. Mirá, está sola. Al pedo. Voy, me siento con ella, hablo con ella y después te llamo…
Mario se secó la transpiración de la nariz, meneó la cabeza, pareció atacarlo la desesperación y estar a punto de ponerse a llorar.
– No, Mochila… No…
– Yo puedo hacerlo, pelotudo –se enojó el Mochila–. Te digo que soy amigo de ella. Lo he hecho un montón de veces. No va a quedar como algo forzado o…
– No, Mochila… Está llena de machos esa mina…
– ¿Cuando? ¡Ahora está sola, pelotudo!
– Ahora no. Pero… ¿Vos te creés que no la veo? La miro constantemente, te digo. Todos los días con un macho nuevo. Pendejos…
– Mejor para vos, mejor para vos. Si anda todos los días con un macho nuevo es que no anda con ninguno. Aparte, no te engañés, Mario. No te engañés. Yo conocía una mina que estaba buenísima. No podía ni caminar de buena que estaba. Lindísima, además. Y esta mina, me decía –hará un par de meses nomás, está casada ahora, tiene como cuatro hijos– me decía que cuando ella era joven, había fines de semana que se quedaba en casa como una boluda porque nadie la llamaba para salir. Los tipos la veían tan linda, tan rebuena estaba esa hija de puta, que todos pensaban lo mismo, eso que vos pensás también, que estaba llena de machos. Que la llamaban de todas partes del país para invitarla a salir, que Rainiero de Mónaco le ponía un télex para salir de joda. Entonces, no la llamaban. Y la pobre santa se quedaba como una boluda los sábados a la noche viendo televisión con una tía rechota que tenía…
– Este no es el caso… Este no es el caso… –negó Mario. Mochila volvió a darse vuelta, mirando sin discreción alguna hacia la mesa de la Flaca.
– Está sola, boludo. Está haciendo tiempo. Aprovechá ahora –volvió a su postura anterior restregándose la cara con una mano, casi con desesperación–. Decí que yo no puedo…Pero…
– Además… Además… –buscó las palabras Mario–. No se puede. Yo no puedo ir y encararla así a esta mina, en frío… Hay convenciones. Hay convenciones que se juegan entre un hombre y una mujer y que hay que respetar.
Mochila lo miraba con una expresión cada vez mas atormentada.
– Sí, claro –dijo Mario–. Vos sabés, y ella sabe, y vos sabés que ella sabe que vos sabés, que si vas y la invitás a una mina a tomar un café, en realidad lo que le estás proponiendo es ir a coger.
– No es tan así.
– Esa es la verdad. Esa es la realidad de las cosas. La verdad de la milanesa. Pero vos no podés ir, acercarte a la mesa y decirle “¿Vamos a coger?”. Porque aunque encierre el mismo significado, no es lo mismo. Para una mina no es lo mismo y tiene todo el derecho del mundo de mandarte a la reputísima madre que te parió, Mochila, es la verdad. Puede decirte “¿Usted por quién me ha tomado?” y hacerse la ofendida y tiene toda la razón. Hay que guardar ciertas normas de urbanidad. Vos dirás que es una hipocresía y todo eso, pero…
– Yo no digo que sea una hipocresía –expiró Mochila, agotado.
– … vos tenés que dejarle una puerta abierta a la mina. No podes encerrarla, no podes dejarla sin opciones. Fijate vos, cuando yo anduve con la Zulema… –se entusiasmó Mario–. Hay minas con las que vos tenés ya todo conversado, todo claro, y no hay más que hablar. Cuando le decís de salir, te tomás un tacho y te vas al mueble derecho viejo, porque sabés que la mina no se va a descolgar con “¿Pero… adonde vamos? ¿Adonde me llevas?”.
– “¿Qué son esas luces rojas?”
– “¿Qué son esas luces rojas?” ¡Nada de eso! Pero, por ejemplo, con Zulema, yo me las rebusqué para que me prestaran un departamento. Entonces fuimos a cenar, hablamos un rato y despues yo le pude decir “¿Querés venir a mi departamento a tomar algo?”, con lo que le estás dando a la mina la opción de ir al departamento y después, si no le gusta la mano, negarse. No sé… decir… “Se me hizo tarde” o… “Vos me interpretastes mal”…
– Oíme… Vos sos una antigualla… Si la mina acepta ir a tu departamento es porque le gusta la mano y ya sabe como viene la cosa… No son tan boludas, Mario… ¿O te crees que somos nosotros los que atracamos?
– De acuerdo, de acuerdo –se apuró Mario–. Pero vos le estás dando la opción con el departamento. Si vos le tenés que decir “¿Vamos a un mueble?” ¿Qué opción tiene la mina? Vos le estás diciendo “vamos a coger”, lisa y llanamente. No le das salida.
– Si vos le decís “Vamos al departamento” también le estás diciendo “Vamos a coger”, querido. ¿O con quién estás saliendo? ¿Con Heidi?
– Ya sé… Ya sé… –Mario se mordió los labios, transpirando–. Pero no es lo mismo. Es una cuestión de elegancia. Si vos invitás a una mina a un hotel, estás dando por sentado que vos no tenías ninguna duda de que a esa mina te la ibas a pirobar, que era fácil, que era una fija. Es una cuestión de… dignidad, digamos…
Mochila meneaba la cabeza, negando.
– Sos una antigualla –suspiró–. Un relicario…
– Es difícil de explicar –insistió Mario–. Es como si vos vas a un bodegón y el mozo ve que vos tenés tal pinta de pordiosero que viene y, sin preguntarte nada, te pone en la mesa un pingüino de vino tinto de la casa. ¿Qué te queda por hacer en ese momento? Levantarte e irte, querido. Ese mozo te está ofendiendo. Porque aunque vos seas un pordiosero y se vea a la legua que no te podes bancar ni por puta un vino más o menos pasable, el tipo tiene la obligación moral de alcanzarte la lista de vinos y preguntarte “¿El señor tiene alguna preferencia? ¿Desea algún vino gran reserva?”. Entonces ahí sí, vos podés devolverle la lista y decirle, tranquilo “No, muchas gracias. Tráigame un pingüino con tinto de la casa” porque la verdad es que no tenés ni un mango partido por la mitad para elegir otra cosa… ¡Porque es un problema de dignidad, mi viejo! ¡Te tienen que dar la oportunidad de elegir, ese es el asunto! Pueblos enteros han ido a la guerra por eso…
– ¿Porque vino el mozo y les sirvió un pingüino de…?
– No. Por dignidad.
– Oíme, Mario… –Mochila pareció animarse de repente–. Yo me levanto y voy a la mesa de la mina y le hablo.
La expresión de Mario fue de pánico. Advertía un atisbo de determinación inquebrantable en la voz del Mochila.
– No, Mochi, no jodas –se enojó.
– Voy, boludo. ¿No puedo ir, acaso? Todos los días hablo con ella…
– Vos tomás medio pingüino de tinto de la casa y te ponés a hacer boludeces, Mochila… Dejame de joder… No me gusta tanto despues de todo…
Mochila se puso de pie. Mario se tapó la cara con la mano. Luego la destapó y habló mirando hacia otro lado. Transpiraba.
– Dejáme de joder, Mochila. Sentate –rogó–. Yo no voy. Si vos me llamas yo no voy. Me voy a la mierda. Me voy al baño. Te juro que no voy…
– Oíme, boludo –se agachó un tanto, Mochila–. Hoy puede ser un dia histórico para vos. A veces las minas que menos bola parece que te dan son las que más te vienen marcando, al final de cuentas. No seas ingenuo. Las minas son muy histéricas, y ésta es de las más histéricas que conozco…
– Te juro que no voy, Mochila… Sentate, no seas boludo… No me hagas pasar un mal rato…
– Por lo menos te sacas la duda de encima, pelotudo. Si te da pelota, perfecto. Si no te da pelota, bueno, al menos te sacastes ese quilombo de la cabeza y ya no te andas preocupando si anda con un macho, o con cuatro, o con cinco mil…
– Dejáme vivir con la ilusión, Mochila… De veras… Sentate…
Mochila giró sobre sus talones y enfiló hacia la mesa de la Flaca. Mario, automáticamente, pivoteó sobre su silla primero hacia la calle Santa Fe y luego en sentido contrario, hacia el mostrador, como si estuviese sobre un sillón giratorio, fingiendo mirar hacia el teléfono público, los baños y las botellas expuestas sobre los estantes de vidrio. Se pasaba repetidamente las yemas de los dedos sobre las cejas.
Mochila se dejó caer, despreocupado, sobre la silla vacía enfrente de la Flaca y, al punto, ésta, sonriendo, cerró la agenda y comenzaron a charlar. No dejo pasar mucho tiempo, Mochila, y tras algunas preguntas livianas de rigor, encaró el tema con la practicidad de un ejecutivo joven.
– Che, Flaca… –casi anunció–. No mires ahora… ¿Vos lo conocés al muchacho que está sentado conmigo, el de lentes?
Ella dió una pitada larga a su cigarrillo, lanzó algo de humo por la nariz y dijo: “Sí, de acá. Del boliche”.
– Bueno. Está muerto por vos.
Marta miró al Mochila con expresión entre dura e inquisidora.
– ¿Ese pajero? –preguntó luego, casi airada. Mochila asimiló, apenas, el golpe.
– ¿Por qué, “pajero”?
– Hace como mil años que se la pasa mirándome y jamás se ha atrevido a decirme nada.
– Lo que pasa es que… ehh… Es muy tímido…
– ¡Por favor! –la Flaca sacudió la cabeza revoleando un mechón de pelo– ¡Es un pajero!
– No, Flaca –Mochila estaba casi acostado sobre la mesa, apoyando el brazo izquierdo desde la axila hasta el codo, buscando buenas razones con cautela de minero–. Es muy tímido… Te digo que es muy buen tipo… es un tipo interesante…
Marta extendió su mano derecha y la apoyó en el antebrazo de Mochila. Suavizó su tono y su mirada.
– Mirá, Mochila, te agradezco. Pero estoy cansada de la histeria de los tipos. Ya somos grandecitos. Ya no soy una pendeja…
– Pero lo parecés…
Marta estiró una sonrisa forzada.
– Te agradezco –repitió.
Mochila se quedó mirando un rato hacia la esquina de Sarmiento y Santa Fe. Como no encontró nuevos argumentos para su propuesta, se levantó cansinamente, saludó a la Flaca y se fue. Desandó cuatro pasos y volvió a su silla de la mesa compartida con Mario. Este, demudado, había pedido una medialuna de “La Nuria” y otro café, como para hacer algo.
– Ehhhh… –vaciló Mochila, mirando perdidamente hacia el baño.
– ¿Qué…? ¿Qué pasó? –tragó saliva Mario, intuyendo, quizá, lo peor.
– Dice que está esperando al novio…
Mario mordió un nuevo pedazo de medialuna. Meneó la cabeza.
– Te dije… –dijo.
– Qué cagada –musitó Mochila.
– ¿Viste? –Mario parecía aliviado.
– Pero, al menos, lo intentamos…
– Te dije… –Mario se acomodó los lentes, mirando hacia la calle, mientras apuraba el último bocado, limpiándose los dedos con una servilleta.
– Qué va a ser…
– ¿Será posible, este boludo del Sobo? –se quejó Mario–. Justo hoy que lo necesito y no aparece…

Roberto “El Negro” Fontanarrosa nació en Rosario, Argentina el 26 de noviembre de 1944 y falleció en esa ciudad el 19 de julio de 2007. Es uno de los más importantes cuentistas, novelistas y creadores de humor gráfico de Argentina.

Obras:
Novelas: Best Seller (las aventuras del mercenario sirio homónimo) (1981), El área 18 (1982), La gansada (1985).
Libros de cuentos: El mundo ha vivido equivocado (1982), No sé si he sido claro (1986), Nada del otro mundo (1987), El mayor de mis defectos (1990), Uno nunca sabe (1993), La mesa de los galanes (1995), Los trenes matan a los autos (1997), Una lección de vida (1998), Puro fútbol (2000), Te digo más… (2001), Usted no me lo va a creer (2003), El rey de la milonga (2005).
Historietas: Los clásicos según Fontanarrosa, Semblanzas deportivas, Sperman, Inodoro Pereyra, Boogie, el aceitoso.
Libros con recopilaciones de chistes: ¿Quién es Fontanarrosa?, Fontanarrisa, Fontanarrosa y los médicos, Fontanarrosa y la política, Fontanarrosa y la pareja, El sexo de Fontanarrosa, El segundo sexo de Fontanarrosa, Fontanarrosa contra la cultura, El fútbol es sagrado, Fontanarrosa de penal, Fontanarrosa es Mundial (donde se recopilan las crónicas periodísticas que realiza en ocasión del mundial de fútbol de 1994), Fontanarrosa continuará.

Roberto Fontanarrosa. Medieval Times

No, dejame explicarte. No porque me haya ido a los Estados Unidos quiere decir que ande derecho. Quiero aclarártelo bien porque vos bien sabés que yo nunca cagué a nadie. Ahora, si vos me das quince minutos te explico bien qué fue lo que me pasó porque te juro que si alguien te lo cuenta no se lo podés creer. Solamente a mí me pasan este tipo de cosas, será porque soy un pelotudo o porque soy de esa clase de tipos que no se la bancan ¿me entendés? Hay otra gente que se queda más en el molde y se aguanta lo que le tiren pero yo en ese aspecto, no sé si para bien o para mal, siempre fui medio retobado, ¿me explico? Pero lo que quiero es dejar la cosa bien clarita con vos como para que entiendas cómo viene la mano y que no estoy tratando, de ninguna manera, de pasarte. Es verdad que yo me fui a los Estados Unidos, es verdad. Yo te admito que habíamos quedado en vernos el 14 de febrero y yo me piré y no te avisé absolutamente nada. Pero no te avisé porque no tuve tiempo y vos sabés cómo es el Pancho. Dijo “vamos, vamos” y a mí me pareció interesante la mano y agarré viaje. En parte también para ver si se enderezaba la cosa y empezaba a verle las patas a la sota de una buena vez por todas. Porque yo fui a laburar a los Estados Unidos, Horacio, fui a poner la giba, no me fui de joda como es posible que te hayan batido por ahí. El Pancho y Rulo –porque el Rulo también fue– hace como cuatro años que hacen este tipo de viajes a Miami a comprar pilchas para las vaquerías y han hecho su buena diferencia. Y vos lo sabés bien, Horacio, a mí se me estaba cayendo el negocio, especialmente después del quilombo con la negra. Entonces agarré, junté los pocos pesos que tenía, y me fuí con Pancho y el Rulo, no solo para ver el asunto de los vaqueros –porque el mercado del jean ya está un poco emputecido– sino también lo de los muñecos de peluche, que allá están a un precio que es joda, verdadera joda, y son unos muñecos con una confección de la puta madre y que acá los fabricantes no pueden competir en precios ni que se caguen. Porque allá los yankis, vos viste como son estos hijos de puta, ahora han encontrado el yeite de hacer laburar a los amarillos. Vos agarrás las pilchas, los artefactos, los juguetes y son todos de Taiwán, Corea, Singapur, de todos esos lugares donde al obrero lo tienen bajo un régimen de explotación esclavista y lo hacen laburar día y noche por una taza de arroz. Porque los hacen laburar por una taza de arroz a esos tipos. Eso, cuando no hacen laburar a los que están en la cárcel, te juro, para mantenerlos ocupados, y no les pagan un carajo. ¡Los famosos Tigres del Pacífico! Se los han recogido bien recogidos a los tigres del Pacífico. Estos yankis si no te cagan militarmente te cagan con el comercio. La cuestión es que me interesaban también los ositos de peluche porque si la cosa sigue así con la vaquería yo no me hago mucho drama y largo a la mierda. A otra cosa. Pongo un salón de ventas, lo lleno de pelotudeces y a otra cosa mariposa. Traje de esos bichos de felpa, una belleza te juro ¿Qué edad tiene tu pibe? No, tu pibe ya está grande pero te digo que a los pendejos les vuelan el bocho esos muñecos. Hasta pescados de peluche te hacen los hijos de puta. Vos nunca te hubieras imaginado un pescado peludo pero los guachos lo hacen y no quedan nada mal, mirá lo que te digo. Me fuí Horacio, entonces ¿qué iba a hacer? Vos no sabés el quilombo que yo tenía aquí, pero me fuí. Bah, vos sí lo sabías. Así que no tenía otra. No tenía otra. Muy bien, llegamos a Miami y ahí empezamos a entrevistarnos con distintos tipos. Bien los tipos, bien. Cubanos casi todos. Una suerte, te digo, porque el Pancho y el Rulo no hablan un sorete de inglés. Que yo antes me preguntaba ¿cómo hacen estos monos para entenderse en una charla de negocios si no saben un joraca de inglés? Pero, bueno, allá son todos cubanos y la cosa se hace más fácil. Más fácil es un decir. Rápidos los cubanos. El más boludo se coge un avestruz al trote. No te creas que han hecho la guita por infelices. Me decían que el poderío actual de todo Miami es gracias a estos cubanos, cosa que yo no podía creer, gusanos de mierda, que se rajaron todos huyendo de la revolución y llegaron con el culo a cuatro manos hasta Miami, sin un puto mango. Porque yo pregunté si habían llegado con guita y me dijeron que no. Que Fidel no les dió tiempo ni para llevarse un calzoncillo, mirá lo que te digo. Y sin embargo los ñatos, los que habían sido multimillonarios en Cuba a los 20 años, veinte años después ya habían recuperado esa fortuna en Miami. Mirá vos los tipos. Unas luces los cubanos. Charlamos un poco con ellos a pesar del asco que me daban esos gusanos, y se nos quedó colgada una entrevista con un pesado de las pilcherías, un tal Ajubel, me acuerdo, para tres días después. Teníamos tres días al pedo entonces. Y va el Pancho, que tiene un petardo en el culo vos lo conocés: no hay Dios que lo haga quedar más de dos minutos en un mismo lugar y se le ocurre ir a Disneylandia. ¡A Disneylandia, fijate vos! Que no había ido nunca, que para qué mierda nos íbamos a quedar en Miami y todo eso, empezó a romper las pelotas. Y el Rulo se anotó. También con lo mismo. Yo no quería ir ni en pedo. Y te lo digo porque sin duda ya habrá habido alguno que te haya venido con el cuento de que yo me piré a Disneylandia en onda bacán y todo ese verso. Yo fuí porque aquellos dos se encajetaron con eso y si no yo me iba a tener que quedar como un pelotudo en Miami, solito mi alma, mirando los canales para latinos. ¡Yo me quería ir para Las Vegas, querido! De haber tenido guita y tiempo, yo me hubiera ido para Las Vegas ¡Qué te parece! Ninguna duda. Me dijeron que estaba en pedo, que Las Vegas estaba en la loma del orto, que el avión, que el tiempo, que las pelotas de Mahoma, en fin… Nos fuimos a Orlando. El Pancho alquiló un auto, porque le encanta manejar, y nos fuimos para Disneylandia. Te juro, no sé si no era mas lejos que Las Vegas. Es lejísimo eso. Yo escuchaba siempre hablar de Disneylandia, de Miami, de la península de Florida, y me creía que estaba ahí nomás. Como si vos cazás el auto acá en Rosario y te vas hasta Roldán, o a San Lorenzo, una cosa así. Santa Fe , por decirte mucho. Los otros dos boludos encantados. Que la ruta, que el coche, que la señalización, que las hamburguesas… Te la hago corta. Llegamos a Orlando, nos metimos en un hotel cerca de los parques (porque son como parques eso), y nos fuimos el primer día a Disneylandia… A las cuatro horas de caminar, te juro, yo ya tenía las pelotas por el suelo. Lo llegaba a encontrar a Mickey y lo cagaba a trompadas, te lo juro. Gente grande, jugando a esas cosas, haciendo colas para ver la Cueva de los Piratas. Pelotudos grandotes en pantaloncito corto, tomando helados. Arabes, iraníes, con una cara de turcos que asustaba, musulmanes, mi viejo, fundamentalistas que vos pensabas que estarían ahí para ponerle una bomba a la Mansión de los Fantasmas, comiendo pororó y esperando como corderos para meterse en esas lanchitas donde te ataca el tiburón. Una cosa de locos, demencial, te lo juro. Una cagada. Tenía razón el mejicano que manejaba la combi que nos llevó hasta Magic Kingdom, –ellos le llaman Magic Kingdom a Disneylandia– y te llevan desde el hotel en una combi. El mejicano, Luis se llamaba, un facho hijo de mil putas, nos decía, “Son retardados los yankis, retrasados mentales. Les gustan todas estas cosas, se enloquecen con estos juegos. Retardados mentales, señor” nos decía. Aunque él, te digo, yo no sé si se las quería tirar del reivindicador de Latinoamérica, del gran revolucionario, de Emiliano Zapata o qué. Por ahí como nos veía argentinos y sabía que nosotros siempre hemos pensado que a los mejicanos los yankis se los han vivido recogiendo –como cuando le chorrearon Texas– se las quería tirar de vengador de los pobres, de algo así. “Yo tuve como cuarenta de estos yankis a mi cargo, señor” nos decía , porque había laburado en una empresa de transportes. “Y los trataba mal, mal los trataba. No; son retardados. Imbéciles, drogadictos”. Pero bien que el hijo de puta no solo vivía en los Estados Unidos, sino que se había comprado una casa para cuando se jubilara –”el retiro” le decía él– y se la había comprado ahí , en la costa de Florida, nos contaba. Mejicano piojoso. Los otros le mataban el hambre y éste se la tiraba de revolucionario. Y en esa combi que viajamos a Disney fue con nosotros también una venezolana, que justo se sienta al lado mío. Te digo que la venezolana era un cuatro, a lo sumo un cinco. Del uno al diez era un cinco, digamos, siendo generosos. Te juro que acá esa mina no me tocaba el culo ni con un palo, pero allá, ¿viste? la soledad te lleva a hacerte un poco el pelotudo. La venezolana, Leonor creo que se llamaba, andaba sola y como nosotros, también le habían quedado un par de días sandwich por negocios. Justo vuelve en la misma combi con nosotros y ahí retomamos el chamuye. Y al día siguiente, a la mañana, la volvemos a encontrar para el desayuno. Una casualidad de aquellas, porque son unos hoteles de la gran puta que siempre están llenos de gente. Pero la encuentro. Pancho y el Rulo de nuevo para Magic Kingdom, mejor dicho para Epcot, que me decían que era más interesante, más para intelectuales, me cargaban. Yo los mandé a la concha de su madre, les dije que se fueran solos, que a mí no me agarraban más. Aparte tenía los pies que eran dos albóndigas de tanto patear el día anterior en Disneylandia. Me quedé en el telo pero arreglé con la venezolana de salir juntos a cenar esa noche. Te repito que la venzolana no me movía un pelo pero, en parte, también quería un poco refregársela por la jeta a los otros dos boludos que andaban babosos con “Regreso al Futuro”, “La Montaña Espacial” y me venían a hablar maravillas de la tecnología y del Primer Mundo. Que si eso es el Primer Mundo mejor que nos cortemos las bolas y se las tiremos a los chanchos. Un poco decirles, “Loco, ustedes sigan sacándose fotos con Minnie y el Perro Pluto que yo me voy de conga con una mina. En una de esas hasta me echo un fierro y que después me la vengan a contar de la Montaña Rusa” Porque vos sabés bien, Horacio –y en eso somos todos parecidos– que yo puedo decirte que la venezolana no me movía un pelo, pero que si la mina me daba bola –y me daba bola– a eso de las doce de la noche (porque allá es todo más temprano) con un par de cervezas de más yo soy capaz de voltearme a esa venezolana y si me quedo más de tres días hasta en una de esas me lo pincho al mejicano hijo de mil putas y todo, vos lo sabés. La encuentro a la venezolana a la noche y me dice, muy animada, que incluso ya me había preparado un programa. Que íbamos a ir a Medieval Times, que ya había reservado mesa, contratado el transporte y que ella me invitaba. Ahí me dí cuenta que me quería bajar la caña, pero me hice bien el boludo. Un duro, ¿viste? Tipo Clint Eastwood. Le pregunté, como te preguntarías vos, como se preguntaría cualquiera, qué era eso de Medieval Times. Me dijo que era un restaurante que, mientras vos morfás, hay un espectáculo medieval, de esos con caballeros, que hacen duelos con lanzas. ¿Te acordás Horacio de aquella película “Ivanhoe”, que hacían esas justas medievales, a caballo, con escudos y lanzas, que el que lo tiraba al otro a la mierda del caballo ganaba?. Bueno, de eso, me dice. “Cagamos” pensé. Yo que imaginaba, no te digo en un Mc Donald, pero una cosita modesta, algún boliche italiano que los hay, donde comer alguna pasta. Incluso una pizza, un vaso de vino. Yo hacía cuatro días que estaba en Miami y ya extrañaba la comida. Mirá que boludo. Parece mentira pero es así. Y esta mina me salía con eso. Comer mientras se ve un espectáculo de caballeros con armadura, que se cagan a espadazos. Te juro que estuve a punto de decirle que no, que no iba, que se metiera en el orto las invitaciones y las reservas. Pero estaba al pedo, tenía hambre y ya me había quedado desenganchado de los muchachos. Ellos no iban a llegar al hotel hasta tarde y además iban a venir destrozados, como yo volví el día anterior, después de caminar más de ocho horas como unos pelotudos por todo Epcot. Ir solo a comer no me convenía porque con un solo año de inglés en la Cultural –cuando yo tenía siete– no me alcanzaba ni para pedir la sal en un boliche. Y allí en Orlando no es como en Miami que todo el mundo la parla en castellano. Allá la cagaste, hermano. Algo de inglés tenés que manejar y esta venezolana me había dicho que ella lo hablaba perfectamente porque había trabajado en Maracaibo en una compañía petrolera de los yankis. Sabes que los yankis se han cogido bien recogidos a los venezolanos, entre otros muchos, con el verso de la privatización del petróleo y todo eso. Así que me fui con la mina. Por supuesto, de nuevo el chofer de la combie era el gordo Luis. Y otra vez con lo mismo. Ya no conmigo, sino con una pareja de españoles que iban con nosotros. “Retrasados mentales, señor, idiotas, ladrones también” y decía, refiriéndose a eso del Medieval Times: “Está bien, sí, muy bonito” con un tono ¿cómo te diría? despectivo, “Como para venir una sola vez, por supuesto. Usted lo ve una vez y ya está bien, señor”. Medio medio ya como tratándonos como infradotados por ir a ver ese espectáculo. Como diciendo: “¡Gente grande viniendo a ver estas pelotudeces!”. Te juro que me dió bronca, ya me hinchó las bolas el mejicano. Tanto, te juro, que me predispuso bien con el espectaculo. ¿Viste?. De contrera nomás. Yo soy así, por eso me pasan las cosas que me pasan. Dije: “Este mejicano esta hablando al pedo. No hay verga que le venga bien” Y entré contento al boliche, entré bien, de buen ánimo… ¡Para qué! Dios querido… ¡Para qué! Tenía razón el hombre. Primero te cuento que es un lugar inmenso, que quiere imitar a un castillo, por la parte de afuera. Entrás por arriba de un puente levadizo y te metés a una especie de sala de espera, enorme, muy grande. Adentro, para mí que quería una cena íntima, ya había como mil personas. Pero no te lo digo en un sentido figurado. Había como mil personas, no menos. Pero antes, antes de entrar –cuando te piden la reserva, las entradas y esas cosas– ahí una minita vestida de la Edad Media, te entrega un corona. Una corona berreta de esas de cartón que se usan para los cumpleaños de los pendejos, ¿viste? De algún color. Verde, o azul, o rojo. A nosotros nos tocó una a cuadritos blanca y negra. Y nos indicaron que nos las pusiéramos. Ahí yo ya agarré para la mierda. ¿Viste cuando uno empieza a sentir como una calentura que se sube desde el estómago hacia la cabeza? Una cosa así empecé a sentir yo. La venezolana se puso la corona lo más campante y me pidió que yo hiciera lo mismo. Y yo no le dí ni cinco de pelota. Hasta ese momento trataba de ser más o menos cordial, trataba de no darme máquina porque yo me conozco. Además, no quería dejarla para la mierda a esta pobre mina –que era buenita te cuento– porque ella me había invitado y hacía todo con la mejor buena voluntad. Lo que pasa es que los venezolanos son unos colonizados y yo no sé porqué, pero les caben todas esas payasadas que hacen los yankis. Pero te juro que eso era una reverenda payasada. Eso de que te reciban en un boliche y te den una coronita de cartón pintado para que te la pongas. Y no era la Cantina del Lolo, que uno va con globos a bailar la tarantela. No. Eso pretendía ser un lugar bacán, un boliche de primera. Agarré la corona y me la metí debajo del brazo, por no desentonar y tirarla ahí mismo al carajo. Después la máxima: antes de pasar a la sala te recibe un tipo vestido de rey ¡de rey, mi viejo! Con capa, corona dorada, barba, espada, y tenés que sacarte una foto con él. Bah, te ofrecen sacarte una foto con él, casi que te obligan, porque si no no pasás. Segunda payasada de la noche. No solo te tenés que poner una corona como un pelotudo sino que tenés que sacarte una foto con esa corona y con un tipo disfrazado de monarca, cosa de que quede un testimonio gráfico para las generaciones futuras y que después los muchachos del barrio se caguen de risa del pelotudo que viajó a Miami. Para colmo, yo no tuve reacción para mandarlo al monarca a la concha de su madre. Me quedé como un pelotudo al lado de él y me escracharon en la foto. Porque es todo tán rápido, chas, chas y a la lona. Y eso, el no haber podido reaccionar, me dió más bronca todavía. Por suerte, no salí con la coronita puesta –al menos defendí ese pedacito de mi honor– salí con la corona debajo del brazo, como corresponde a alguien que no le da pelota a esas cosas. Arriba la venezolana, después ya en el salón, me cargaba. Me decía que había salido muy lindo y que le podría llevar esa foto a mis chicos. Me quería sacar la información la minita, muy bicha, sobre si yo estaba casado y esas cosas, pero yo tenía tal moto encima que ni siquiera le prestaba atención a la mina.
En la sala de espera, Horacio, te juro, toda la gente, las casi mil personas, con la coronita puesta. A los yankis les decís que se pongan un sorete en la cabeza y se lo ponen. Tipos grandes, viejos, gordos pelados, viejas chotas de lo más elegantes, con la coronita puesta. Y entonces, vino lo máximo. Lo que ya me sacó definitivamente de mis casillas y me dió bien por el forro de las pelotas. La minita que nos había recibido en la puerta del castillo le habla a la venezolana y le indica una cosa, que después la venezolana me transmite. A nosotros nos había tocado la corona blanca y negra y entonces teníamos que hinchar por el caballero Blanco y Negro. ¡Pero mirá vos, si serán pelotudos estos yankis!. ¡Mirá si se cagarán en la libre determinación de los pueblos! ¡No solo te obligan a ponerte una coronita ridícula sino que, además, te indicaban para quien tenías que hinchar en la pelea a espadazos! ¡Es algo inconcebible! ¡Tenías coronita blanca y negra y tenías que alentar al caballero Blanco y Negro! Es como si acá vos, por ejemplo, vas a un cuadrangular de fútbol-sala y no sos hincha de ninguno de los cuatro equipos. Bueno, muy bien, a los cinco minutos de verlos jugar, si se te cantan las pelotas, ya podés elegir a alguno de los equipos. Porque te gusta cómo la pisan, porque juega un tipo que es amigo tuyo, por el color de la camiseta, porque van perdiendo y te resultan simpáticos o por lo que puta fuere, querido, por lo que puta fuere. Pero decidís vos, elegís vos, vos solito. Te juro que yo, a esa altura, ya tenía un veneno, pero un veneno, que no le daba ni cinco de bola a la venezolana que creo que se estaba dando cuenta de que esa noche no me cogía. Aunque te cuento que yo, hasta ese momento, tragaba y tragaba. No te digo que sonreía pero trataba de no agarrar para la mierda y empezar a putearlos a todos en voz alta. Para colmo aparece el payaso del rey ése, el barbudo, y anuncia que nos preparáramos para pasar al lugar del espectáculo. En inglés, por supuesto, pero la venezolana me iba traduciendo. Que primero iban a pasar los de corona verde, después los de corona roja, y así hasta pasar todos. Y yo pensaba “¿Pero qué es esto? ¿El colegio? ¿Porqué no nos hacen formar fila y agarrarnos de las manos también?” ¡Y los yankis lo más contentos! ¡Todos iban pasando de acuerdo al color de las coronitas, saltando, cagándose de risa! ¡Como corderos, mi viejo! ¡Después te vienen con la exaltación del individualismo y todos esos versos! ¡Con John Wayne saludando solo desde el horizonte o Bruce Willis haciendo la suya a pesar de que el jefe de policía le ordena lo contrario! ¡Te juro que Bruce Willis va a Medieval Times y se pone la coronita colorada y grita para el caballero Colorado como cualquiera de esos otros pelotudos! ¡Si así los han llevado a Vietnam, a Corea, a la Segunda Guerra, querido! ¡Como corderos! Les dicen te damos una gorra y una escopeta y ellos felices, dale que va… ¡Huy cómo estaba yo, mi viejo! Envenenado estaba, te juro, envenenado. Entramos –cuando nos toco el turno– al salón del show, del espectáculo y donde presumiblemente teníamos que morfar. Mirá, es una especie de tinglado, largo, rectangular, enorme –no sé cuanto tendrá de largo– como si te dijera una cuadra por cuarenta metros de ancho. A lo largo, a los dos costados, las tribunas para la gente, que está dividida por sectores. Acá los rojos, acá los verdes, acá los azules, cosa de que no se mezclen las parcialidades. Porque si llegan a hacer lo mismo en la Argentina, al primer vino que nos tomamos ya estamos todos cagándonos a trompadas. Y son como graderías, donde vos estás sentado en una tribuna y adelante tenés una especie de mostradorcito, también todo a lo largo, como un pupitre continuo te diría, adonde te podes apoyar y adonde además te ponen las cosas para comer. Y todo bastante apretadito, pegado al lado tuyo nomás tenes la otra persona, el ñato que sigue. En una de las cabeceras, alto, hay una especie de palco, que es donde va el tipo disfrazado de rey, el barbudo que, además, es el que dirige la batuta y no para de hablar en toda la noche. Y por la otra cabecera entran los caballeros. Entre tribuna y tribuna, por supuesto, el piso, la pista, no sé cómo decirle, para los caballos. Que tiene una especie de arena, como en los circos. Y las luces, las banderas, esas trompetas que anuncian cuando llega el rey, o la reina. O cuando salen los tipos que se van a cagar a lanzazos, todo eso. Yo me dije “Bueno Carlitos, pará la mano, relajate y disfrutá. Tratá de pasarla lo mejor posible y bajate de la moto.” Porque por ahí, en una de esas, hasta me garchaba a la venezolana y todo. Ya se habia puesto medio cariñosona ¿viste? y se aprovechaba que había que estar bastante apretaditos para franelearme un poco. Me daba en la boca unos pedazos de apio, de pepino, no sé qué mierda era lo que nos habían puesto en unos platitos, como entrada fría. Todo medio rústico –porque se come con la mano ahí– como en las películas, eso no te lo había contado. Una copa grisácea de plástico o no sé de qué carajo era, que pretendía ser de bronce. Un copón, como para el Principe Valiente. Aparte, un vaso de vidrio y el palito con los pepinos. Para mejor, en mi intento por aflojarme y ser feliz, cuando empiezan a servir –pasaba un flaco disfrazado de paje o cosa así– me llenan un vaso de sangría. ¡Sangría, loco! ¡Como en Sportivo Constitución! Yo no se si estará de moda o en la Corte del Rey Arturo se tomaría, lo cierto es que nos llenan los vasos con sangría. Y ahí le empecé a dar parejo a la sangría. Meta sangría. Cada vez que me pasaba por delante el paje ése, yo lo cazaba de esa especie de bombachudito que ellos usan y le pedía otro vaso. Al final ya medio me miraba fulero pero me daba, me daba. Porque si hay algo envidiable en esos tipos es esa buena onda con que trabajan. Al parecer siempre contentos, siempre cagándose de risa. Yo pensaba “Claro… ¡cómo no van a progresar estos quías con semejante contracción para el laburo y semejante estado de ánimo! No son como los japoneses que laburan porque son enfermos del bocho y si paran de laburar se agarran una depre terrible y se tiran debajo de un Tren Bala. A estos les gusta”. Hasta que la venezolana me lo aclaró. Los pibes laburan por la propina. Por eso tienen tan buena onda, o fingen tener tan buena onda. Y allá el patron te quiere rajar y te dice te tomas el piro y minga de preaviso de despido, o de indemnización o cualquiera de esas cosas. Te pegan una patada en medio del orto y anda a reclamarle una mensualidad al Seguro de Desempleo. Para colmo, te cuento, para colmo, al poco rato de dejar las sangrías pasa de nuevo el rubio, esta vez con cerveza, y me la sirve en una jarrita grande, también símil peltre o cosa así. Y ya mezclé la bebida, ya mezclé la bebida. Yo, que sé que me hace mal. Porque si yo largo con champú, puedo seguirla con champú toda la noche que vos ni lo notás. Pero si por ahí lo mezclo con algún whisky o algún gin-tonic, ahi viene la cagada, eso me ha pasado.
Y te cuento que estos ñatos no te servían sangría y además cerveza de generosos nomás. ¡Te lo sirven así porque no saben chupar, hermano! Ellos mezclan, mezclan cualquier cosa ¿O acaso no toman cerveza con tequila? ¡Toman cerveza con tequila! A mí me contaron que hacen así. Y creen que tomando vino son mas refinados. Vos viste que en las películas los que aparecen tomando vino son los intelectuales y resulta que tienen unos vinos de mierda que no se pueden probar. Se la pasan hablando de los vinos californianos y me decía Pancho que te tomás un vaso de vino y andás con cagadera como cuatro días con ese vino. La cosa es que te cuento que la cerveza y la sangría me cayeron para la mierda y no me relajaron un sorete. Para colmo de arranque los tipos largan con una sopa. De arranque ¿viste? ¡Una sopa, podés creer? Mirame a mí, muchacho grande, tomando una sopa en la Corte del Rey Arturo. Se la ofrecí a la venezolana que, te aseguro, chupaba y morfaba lo que le ponía adelante. Han sido países muy hambreados ¿viste? Y aunque se notaba que la venezolana andaba bien de guita también era claro que la gente de esas nacionalidades sojuzgadas cuando les dan de comer, aprovechan, no tiran nada, porque no saben si el día de mañana van a tener para lastrar. Aunque la venezolana ya estaba en otra. Habían entrado los caballeros, digamos, había empezado el espectáculo y la gente se habí¡a vuelto completamente loca. ¡Pero completamente loca, te juro Horacio! A los que les habían dicho que gritaran para el Caballero Verde, gritaban para el Caballero Verde. A los que les habían dicho que gritaran para el Caballero Rojo, gritaban para el Caballero Rojo. ¡Y todo así! ¡Como corderos, hermano! ¡Te llevaban como ciego estos imperialistas guachos! Y la venezolana estaba como desorbitada. Gritaba y aplaudía al Caballero Blanco y Negro que se había parado delante nuestro a saludar a su hinchada, porque cada uno se paraba delante de su hinchada para saludarla. Me acuerdo que yo le digo –yo estaba muy mal, te juro– le digo: “Pero vos sos una reventada hija de mil putas!”. Decí que la mina no me escuchó con el griterío y todo eso, no me escuchó. Pero entonces yo decidí gritar por el Amarillo. A la mierda. De contrera, nomás. Por el Amarillo. Parado en medio de la tribuna de los del Blanco y Negro, empecé a los gritos: “¡Vamos Amarillo, todavía! ¡Vamos Amarillo, carajo!”. Los que estaban alrededor mío medio que me miraban raro. Incluso los de las otras hinchadas. Si te digo que hasta detrás nuestro había un grupo de pendejas brasileñas de no más de catorce, quince años, que hacían un quilombo de novela, que me empezaron a abuchear. ¡Como a un traidor me abucheaban! ¡Si hasta el Amarillo se dió cuenta del despelote y miró para mi lado y yo lo saludé con un puño en alto! ¡Tenía una pinta de grone del Saladillo el pobre santo que más ganas me dieron de hinchar por él! Debía ser algún chicano, alguno de esos portoriqueños o algún mejicanito de ésos que se cuelan en los Estados Unidos escondidos adentro de un mionca o cruzando un río. Vendría de alguna hacienda de por ahí en Guadalajara y por eso sabría andar a caballo y el pobre cristo había ido a parar a esa payasada y tenía que seguir con el circo para ganarse un mango. Me imagino la vergüenza de escribir una carta a tu vieja diciendo “Conseguí laburo en los Estados Unidos” y mandar una foto donde estás vos disfrazado de dama antigua con esa lanza, el escudo, la espadita de juguete. Porque están empilchados perfectamente de época los desgraciados. Así como vos los ves en las películas ésas de los castillos. Y los caballos también, te aseguro. Te juro que cuando las brasucas ésas, las pendejas brasileñas me empezaron a abuchear, me paré, me dí vuelta y las mandé a la concha de su madre. Me hervía la sangre, te juro, y para colmo la mezcla de bebidas ya me había puesto muy alterado. Se ve que ahora están de moda esos viajes de pendejas de quince años, que en lugar de festejar el cumpleaños con una fiesta las mandan a Disneylandia. Y saltaban, gritaban, cantaban esas cosas de Xuxa, y estaban todas recalientes con el caballero Blanco y Negro que había venido a saludar a su parcialidad y que tenía una pinta de trolo el hijo de puta, vos no sabés la pinta de trolo que tenía ese muchacho. Pero claro, con esas pilchas, con el pelito largo, el caballo, todo eso, las pendejas estaban recalientes y chillaban como si lo vieran a Michael Jackson. Si a esas brasucas las mandan los viejos a los Estados Unidos a ver si algún negro se las recoge de una buena vez por todas y las desvirgan, para eso las mandan. Y yo me ponía más loco. Dejáme de joder, un pueblo creativo como el brasileño, con ése condimento africano, alentando a un vago nada más porque a la entrada les dijeron que tenían que alentarlo. ¿Pero porqué no se van a la reputa madre que los reparió? Por algo les va como les va, por algo son casi todos analfabetos esos guampudos, que no saben ni leer.
Decí que en eso trajeron pollo para comer y yo me puse a comer pollo. Pero la joda es que no te traían un pedazo de pollo, un cuarto de pollo, no era que el paje ése, el rubio de bombachudo, te preguntaba “¿La pata o la pechuga?” No. El rubio venía con una bandeja así de grande y le iba dejando un pollo a cada uno. Un pollito no muy grande, así sería, enterito, al horno y con una salsa de esas que ellos le ponen a todo, medio dulzona. Porque te aseguro que ellos se creen que comen muy bien y no saben comer un carajo. A todo le meten el ketchup y esas porquerías. La savora, la salsa de tomate. Y con la mano, mi viejo, como los reyes. Yo le entré a dar al pollo por dos razones. Primero, que estaba buenísimo, hay que reconocerlo; y segundo, que me dí cuenta que tenía que comer algo porque había venido chupando groso y con el estomago vacío. Y eso es mortal. Me había levantado una curda en cinco minutos porque no había comido nada hasta ese momento. Y esa es otra maniobra de estos yankis hijos de puta. Te ponen en pedo para quebrarte la voluntad. Uno, borracho, hace lo que el otro quiere. Y estos yankis lo aprendieron de los españoles, esos otros hijos de puta. ¿O no lo aprendieron de los españoles? ¿O los españoles no los cagaron a los indios con el alcohol? Los cagaron con el alcohol mi querido. ¿O acaso la península de Florida no estuvo llena de españoles? Y te garanto que, conmigo, lo consiguieron. Porque yo me comí el pollo, que estaba buenísimo, y también un par de costillitas de cerdo que tambien te traían, y una papa al horno, y no se me pasó la mamúa. Te aseguro que hay partes que no te cuento porque no me acuerdo un carajo. Es toda una nebulosa que no me acuerdo y eso fue uno de los argumentos –después te voy a completar bien el asunto– de donde se agarró la abogada, aunque eso es algo que te voy a ir ampliando al final. Lo que sí te juro es que quedé con grasa hasta las pelotas con ese fato de comer con la mano. Porque además, ya habían empezado las peleas eliminatorias entre los caballeros. Te explico: primero los tipos éstos hacen una especie de ejercitación de destreza, digamos. Sacan con la lanza una argolla parecida a la sortija, clavan unas lanzas mas cortitas en unos blancos de paja. En fin… te diría que esta es la parte más honesta de la cosa porque ahí no hay arreglo, ahí es simplemente una demostración de habilidad ecuestre. Pero en las peleas es un completo circo, un arreglo donde deben decir “Bueno, hoy ganás vos y mañana gana este otro”. Así de simple, como en “Titanes en el Ring”. Cosa de que no gane siempre el mismo y el tipo se sienta Gardel y ya pretenda el día de mañana irse a las olimpíadas de las Justas Medievales. O se les descuelgue a los tipos con que quiere más guita porque él es el Rey de la Milonga. La cosa es que habían empezado a eliminarse entre ellos y la gente deliraba. Hacían duelos de uno contra uno, de aquellos de Ivanhoe. Con las lanzas largas, uno a cada lado de una especie de valla bajita, se venían y se pegaban en los escudos. El que caía quedaba eliminado. ¡Y el mío venía prendido, che! Y yo que había seguido con la sangría, estaba cada vez más dado vuelta, te reconozco. Me limpiaba las manos con grasa en la espalda de la venezolana, por ejemplo. No por hijo de puta. De los nervios, nomás. ¿Viste cuando vos ves que estás perdiendo el control, que hay algo que te sube y te sube desde el estómago por la garganta y no lo podés contener? Para colmo las brasileñas me gritaban de todo porque el Blanco y Negro también venía clasificándose para la final. ¡Cómo estaría yo de acelerado, de desorbitado, fuera de mí mismo, que el Caballero Amarillo cuando ganó la penúltima pelea, primero saludó a su público y después se vino enfrente mío y me saludó con una inclinación de la lanza! Hasta el Rey, el pelotudo ese que no paraba de hablar, me miró desde su palco como cabrero. ¡Y para qué te cuento que la final fué entre el Caballero Amarillo y el Blanco y Negro! Ahí me volví loco. Me paré en mi asiento, me dí vuelta hacia las brasucas, saqué guita que tenía en el bolsillo y la estrellé contra el respaldo de nuestra fila. “¡Hay guita a mano del Amarillo!” grité “¡Hay guita a mano del Amarillo, la concha de su madre!”. Y arrugaron, las brasileñas arrugaron –vos bien sabés que los brasucas arrugan de visitantes– pero empezaron a cantar no sé qué cosa. Me miraban y me señalaban, se reían las pendejas, muy ladillas, saltaban en sus asientos. Empezó el duelo final y yo, te lo digo con una mano en el corazón, estaba más nervioso que con Central. Para colmo, tenía la intuición de que al Caballero Amarillo no le tocaba ganar esa noche, pero que se había agrandado fundamentalmente por el apoyo mío. Había encontrado un pelotudo que lo alentaba contra viento y marea, metido entre medio de la hinchada de los contrarios, pateándole el tablero a todos esos yankis mariconazos y había dicho “Yo a este tipo no puedo fallarle”. El morocho se había envalentonado, cansado de que lo basurearan los otros por ser hispanoparlante y había dicho “Esta noche gano yo y se van todos a la puta madre que los reparió” ¡Y se vienen, che, y el Amarillo lo sienta al otro de culo de un lanzazo! ¡A la mierda con el rubiecito trolo, el Blanco y Negro! No sé, no me acuerdo muy bien qué fue lo que hice. Me paré en el asiento, creo que le grité algo al rey y me agarraba de las bolas, le hice así con los dedos como que me los cogía a todos. Despues me dí vuelta hacia las brasileñas y también me agarraba los huevos y se los mostraba. Ni sé donde carajo había ido a parar la venezolana, por ejemplo. Creo que le pegué un empujón cuando el Blanco y Negro rodó por el piso y la tiré como cuatro escalones más abajo. Estaba loco, loco. Tan loco estaba puteándolas a las brasuquitas que no me dí cuenta de que el Blanco y Negro se había parado, había sacado su espada y se le venía al humo al Amarillo. ¡La pelea no había terminado! Me apiolé recién cuando ví que las brasuquitas ya no me puteaban sino que saltaban y alentaban de nuevo mirando la pista de las peleas. Y el Blanco y Negro lo cagó al Amarillo. Simularon pelearse a espadas y con esas bolas de pinchos –porque fue una simulación asquerosa– y el negro puto ese del mejicano se tiró al piso como quien se tira a la pileta, se dejó ganar el hijo de puta. La dignidad azteca en la que yo había confiado no le alcanzó para tanto. Habrá pensado, el piojoso, que era mejor asegurarse un plato de frijoles que ganar esa noche para darle el gusto a un argentino totalmente en pedo. Entonces el Caballero Blanco y Negro se vino hacia nosotros, hacia nuestro sector, caminando nomás, y saludó con la espada hacia su tribuna, especialmente hacia el grupito de brasileñas que chillaban histéricas. Ahí fue donde yo cacé el vaso, yo cacé el vaso de vidrio, el alto, el de la sangría Horacio, yo cacé el vaso y, mirá –el Caballero Blanco y Negro estaría como de acá a allá– y le zumbé con el vaso. Acá se lo puse, exactamente acá, en medio de la trucha, en el entrecejo. Cayó redondo el hijo de puta. No dijo ni “Ay”. Le salía sangre hasta de las orejas. Acá se la puse. Lo que vino después, bueno, vos te lo imaginarás. Vos sabés como son estos yankis con la cuestión de los juicios. Hay una industria del juicio allá. Vos venís a mi casa a comer una noche, te atragantás con una miga de pan y me metés un juicio, así nomás, derecho viejo. No sabés el tiempo que estuve detenido. Después pude salir por eso que te decía de la abogada que adujo “Descontrol psíquico bajo estado de emoción violenta”. Pero la cosa continúa, Horacio. A través de la Embajada. Si tengo que ponerme, son arriba de 27.000 dolares, hermano, no es moco de pavo, ¿me entendés? Por eso te digo que me aguantes un poco, yo no tengo ninguna intención de cagarte, eso de más está decirlo. Vos sabés bien cómo son los norteamericanos. Y esta es otra de las formas que los tipos tienen para sacarle la guita a los tercermundistas. Especialmente a todos aquellos que se oponen al sistema. Por eso te digo, aguantame un cacho hasta que salga la sentencia. Aguantame un cacho, Horacio, que yo creo que todo se va a solucionar.

Roberto Fontanarrosa. Una interesante observación sobre las narigonas

—¿Viste que todas las narigonas son tetonas? –preguntó el Pitufo cuando el Flaco Damián ya había encarado con el tema del tejido social.

—No me jodás –dudó Pedro.

—Fijate, fijate y vas a ver que tengo razón. Todas las narigonas son tetonas.

—Andá a cagar –se rió el Chelo, pegando con la palma de la mano sobre la mesa–. Che –alertó a los demás–, mirá con la pelotudez que sale éste. Que todas las narigonas son tetonas.

—Mi prima Antonia es narigona y es tetona –corroboró el Peruano que, sin embargo, era uno de los pocos que le había prestado atención al Flaco Damián.

Porque un poco antes el Flaco había sido presentado a la mesa por el Negro, y le habían dado una bola relativa, como era habitual, salvo Pedro, que le extendió la mano, y el Peruano que le dijo que se acercara una silla. El Flaco, ruliento, de lentes, algo narigón, de saco y corbata pero con jeans, se ubicó en un ángulo. Era viernes y en la mesa de “La Sede” estaban casi todos.

—¿Cuál es el tema? –preguntó el Negro tras la presentación, acomodándose y procurando integrarse.

—Chiquito pregunta si se puede mezclar el Viagra con el mate cocido.

Chiquito asintió con la cabeza.

—Me hace el efecto inverso –admitió.

—¿No es un poco temprano para Viagra? –trató el Flaco de meterse en la conversación.

—No, son las ocho –dijo Ricardo–, yo en un rato me tengo que poner en funcionamiento.

—No, digo si no es demasiado temprano, por la edad de todos.

—Vos tenés que conseguir cuerno de rinoceronte, Chiquito, para que se te pare –Pedro se restregó las manos.

—Dicen que es afrodisíaco, ¿no?

—Sí –apuntó el Chelo–. Te lo metés en el orto y te vuelve loco.

—No, pelotudo. Lo rallan y parece que el polvo es afrodisíaco; por eso los cazan tanto a los rinocerontes.

—Un polvo siempre es afrodisíaco.

—Lo rallan y lo usan para cubrir las milanesas como te las hace tu jermu –ejemplificó Ricardo mostrando la mano para arriba y para abajo–. Para que engordés, gordo.

—Le da resultado, te cuento –dijo Belmondo.

—Mierda, qué éxito tuvo ese plato.

—Lo vi el otro día en Discovery Channel, Chiquito –insistió Pedro–. Buscate a alguien que tenga un rinoceronte y…

—A éste ya no hay nada que le dé resultado. Está usando el Gimonte como bronceador.

—Otro que mira el Discovery Channel –rezongó Ricardo, señalando a Pedro–. ¿Por qué no mirás, mejor, la guerra entre las vedettes, boludo, que se dicen de todo en Mar del Plata? Se cagan a cachetazos, se tiran de los pelos…

—Eso es lo que mirás vos, pelotudo, que tenés una teta en el cerebro.

—Mirando siempre esas pelotudeces de los animalitos, los rinocerontes y todas esas chiquilinadas… No sé por qué no les dejan de romper las bolas a esos bichos, que los filman mientras están comiendo, están cagando, están cogiendo… Esas cosas mirás vos…

—Chupame la pija, nabo –dijo Pedro. El Negro lo chistó, riéndose. Con la cabeza le señaló la mesa de al lado, llena de señoras grandes.

—Más despacio, Pedro –se unió el Chelo.

—A ver si alguna me oye y se viene para la mesa –Pedro también se reía.

—Y te hace un pete.

—¿Cuánto le puedo cobrar una tirada de goma?

—Che… –pidió atención el Negro. Lo miraron. Hubo que esperar que Belmondo, en la otra punta, terminara de cuchichear con el Turco–. Che… –repitió el Negro, conseguido el silencio–… acá el Flaco quería comentarles algo. Por eso vino a la mesa.

—¿Sabés cuáles minas están siempre buenas? –Belmondo señaló al Pitufo–. Perdoname un momento, Flaco… Las que van cruzadas de brazos, así…

—Buenísimas –brincó el Pitufo–. Interesante observación.

Como si tuvieran frío, como si caminaran con frío.

—Pero no van así por el frío –aclaró Belmondo–. Van así para sostenerse las tetas. Las que caminan así son tetonas. Fijate y vas a ver…

—Che… che… –repitió el Negro–. ¿Podrá hablar este muchacho?

—Perdoná, Flaco –se echó hacia atrás Belmondo, dando por terminada su intervención–. Perdoná, quería hacer ese aporte nada más.

—La inseguridad. La inseguridad ha hecho también otra contribución notable –intervino el Colorado, que recién llegaba de una mesa vecina–. Las minas que se cruzan la correa de la cartera desde el hombro derecho, por ejemplo, a la cadera izquierda, para que no se la afanen, y la correa les pasa por acá, por entre las gomas, y eso les remarca bien el volumen. Las hace más…

—¿Podrá ser? ¿Podrá ser? –rogó el Negro–. Dale, Flaco. Largá.

—Bueno… –carraspeó el Flaco–… la cosa es así.

El Chelo tomó por el borde una de las mesas –eran dos juntas– interrumpiendo.

—Ricardo –pidió–, ¿la podés terminar con la Singer?

—Sí, terminala –dijo el Peru–. Se mueve todo.

—Este boludo se la pasa moviendo la pierna debajo de la mesa. Y como seguro está apoyado en una de las patas, tiembla todo –le explicó el Pitu al Flaco.

—Parece que estuviera cosiendo a máquina.

—Es el Parkinson, Pitu –dijo Belmondo.

—Tiemblan todos los pocillos, pelotudo –reprochó el Chelo–, parece una de esas películas donde se acerca Godzilla.

—¿Y cuando vos te acercás –contraatacó Ricardo– que ya desde enfrente, antes de cruzar, se sacuden los vidrios?

—Chupame un huevo.

—Este gordo me dice a mí…

—Seguí, Flaco. Y perdoná, pero… –intercedió el Turco.

El Flaco Damián sonrió, restándole importancia a la cosa.

—Yo estoy en un grupo de Estudios Sociales –arrancó– relacionado con Humanidades. Es un grupo independiente, de reflexión más que nada. Lo conduce Marcela Adorno. Y estamos estudiando todo este asunto de la ruptura del tejido social que se ha dado por la crisis económica, el quiebre de la comunicación a nivel medio…

—No de comunicación mediática…

—No. No. Lo nuestro es más modesto, o más inmediato. Nos interesa estudiar el fenómeno de la comunicación humana, urbana, a través de lo que ocurre en las oficinas, en los talleres, en las fábricas. Digamos que estamos estudiando la recomposición del diálogo, incluso entre grupos e individuos aparentemente de diferentes niveles…

—Como acá –señaló Ricardo.

—Eso. Como acá –aseveró, contento, el Flaco.

—Que yo no sé cómo les doy bola a estos fracasados.

—Como acá, como acá –procuró no perder la manija el Flaco–. Por eso vengo, porque, según me contaba el Negro, esta mesa es…

—O al peruca este –siguió Ricardo–. Indocumentado, que vino de Lima a matarse el hambre y ahora critica a San Martín…

—Te sale con que al dulce de leche lo inventaron los incas.

—Esta mesa –reafirmó el Flaco– es un buen ejemplo de individuos que provienen de diversos estratos, de diversas ocupaciones.

—Postiglione, por ejemplo –se irguió el Pitufo–, es pecho frío y, sin embargo…

—Lo respetamos como se respeta a las minorías silenciosas.

—Yo he nacido de una familia patricia de Salta, descendientes de Güemes –dijo Chiquito–. Y no me explico cómo me junto con estos canallones verduleros, peronistas, cabecitas negras. El aluvión zoológico.

—A eso iba, a eso iba… –el Flaco advirtió que perdía consenso–. Entonces, creo que sería muy piola un acercamiento, una intervención de ustedes en los talleres, por ejemplo, de Marcela Adorno…

—¿Está buena? –preguntó Belmondo.

—¿Cuál es Marcela Adorno? ¿La profesora?

—Profesora de Letras –dijo el Flaco.

—¿La narigona, esposa de David Verasio?

—Sí.

Fue entonces que el Pitufo salió con lo de que todas las narigonas son tetonas.

—Es una teoría científica –se exaltó el Pitufo–. Se ve que hay alguna ley física que lo marca así. Del mismo modo que en las costas marinas, a grandes elevaciones, grandes profundidades. Donde hay montañas sobre la playa la profundidad del mar es más grande.

—Porque cae así… –el Turco trazó una línea descendente con el filo de la mano– como acá, en la barranca de Granadero Baigorria.

—¡Mirá con lo que sale éste! –se paró el Pitufo–. Con la barranca de Granadero Baigorria.

—¿No está el remanso Valerio ahí, pelotudo?

—Yo le hablo de Río, de la Costa Azul, de los fiordos noruegos, de Cadaqués…

—Sabés cuántos se cagaron muriendo ahí…

—… y éste me sale con eso, con Granadero Baigorria. Es de cuarta.

—Puede ser que haya un orden anatómico –dudó Pedro–, ergonómico, que indica que la mujer con nariz grande es tetona.

—¡Y éste le cree! –se sacudió el Chelo–. ¡Qué boludo, se prende en cualquier barrabasada!

—¿En el hombre no se da?

—No. En ese caso son pijudos.

—Bueno… Se ve que no es tu caso. En tu barrio te decían el Ñato, ¿no?

—Yo me operé, nabo.

—¿Te hiciste la cirugía de nariz?

—No, me corté ocho centímetros de poronga. Los doné a los Estados Unidos para que estudiaran cómo es el macho argentino.

—Lo tienen en formol en la Nasa.

—Pero… –reflexionó el Turco– hay una cuestión de equilibrio, boludo. Una mujer de nariz grande y tetas grandes se cae de jeta.

—Se cae para adelante.

—Debe ser –se metió Belmondo– que la naturaleza, en su sabiduría, le da a la narigona mucha teta para que los machos no le miren el naso y ella no se avergüence.

—Ojo que aquí, el quía… –Ricardo se echó hacia atrás en su silla, para que no lo viera el Flaco, y deslizó los dedos sobre la nariz, hacia la punta, como estirándola– también tiene lo suyo, vayan respirando por turno porque…

—Yo conozco una mina que es narigona y no tiene nada de tetas.

—Se habrá operado.

—¿Qué? ¿Se agregó nariz?

—No. Se sacó tetas, pelotudo.

—¿Se hacen eso las minas?

—Yo conozco una que se sacó como dos kilos.

—Algunas, para no andar sacándose un poco de cada lado, se sacan una sola, entera.

—Como las amazonas.

—O se las cambian de lugar, la derecha pasa a la izquierda y la izquierda a la derecha.

—Como la rotación de las ruedas de los autos.

—Uy, boludo –se tocó la frente el Turco–, me hiciste acordar de que tengo que hacer eso…

—Algunas porque tienen un bebé y les chupa siempre del mismo wing…

—Acá, el Chelo tomó la teta hasta el año pasado.

—A las de adelante ya se les borró el dibujo. Las de atrás todavía aguantan.

—Flaco –de repente Ricardo volvió a Damián, que había optado por mirar fijamente su carpeta, mordiendo la birome–. ¿Y hay algún mango en ese asunto, en el del grupo de reflexión, por participar?

El Flaco se rió.

—¿Si hay que pagar, preguntás vos? –siguió la broma. Se lo notaba un tanto resignado.

—Un cachet digo, una moneda, alguna colaboración… Algo acá, para los muchachos…

—De veras que éste es un caso interesante –arremetió Damián, jugando su última carta–, porque según me cuenta el Negro, se trata de una mesa aluvional, donde ustedes se han ido juntando un poco al azar, de pedo, porque uno es amigo de un amigo, otro…

—Otro era el novio del Pitufo.

—¿Podés creer? –resopló el Peruano–. El novio de mi hija le regaló un perro.

—No digás.

—Cachorro. Pero después se ponen enormes esos bichos. Un labrador, para colmo.

—¿Y para qué querés un labrador? No tenés campo. Ni jardín tenés. Te hubiera traído un electricista.

—Y después el novio de tu hija se pira y te queda el perro rompiendo las bolas.

—Eso pasa siempre. A la mía una vez le regalaron un hamster. El noviecito duró una semana y el hamster tres años, bicho hijo de puta…

—A mí se me escapó el perro, ¿podés creer? –el Turco miraba al infinito.

—Y bueno… Si no le das de comer…

—Estás en pedo. ¿Sabés cómo comía? Mi pibe más chico está desconsolado…

—Che, Flaco, perdoná –elevó la voz Pedro–, terminá con este asunto, redondiemos la idea porque, como nuestro nivel de atención es reducido… ¿Cómo sería el asunto? ¿Hay que ir a algún lado? ¿Hay que…?

El Flaco Damián tomó aire, se pegó con la base de la birome en los dientes y se aprestó a intentar de nuevo.

—Y hasta el perrito compañero… –canturreó Ricardo, riéndose.

—… que por tu ausencia no comía… –se unió el Chelo, también a las carcajadas.

—… al verme solo el otro día, también se fue –terminaron los dos al unísono.

—Ojo, ojo, ojo –casi se puso de pie el Pitufo–, que ese tango replantea muy seriamente la verosimilitud de lo que se dice de que los perros son tan fieles, el mejor amigo del hombre y todo eso.

—Perro hijo de mil putas, apenas lo vio solo a ese muchacho se fue a la mierda…

—Ah sí, viejo –se enojó el Chelo– si vos no le das de comer o lo cuidás, cómo querés que se quede con vos.

—¡Porque es tu amigo, querido –saltó Ricardo–, y te debe lealtad!

—Lealtad, las pelotas –dijo Belmondo–. Seguro que ahí la que le daba de comer era la mina. Cuando se piró la mina el tipo ya se tiró al abandono y no le daba ni cinco de bola al perro ese.

—Porque ese tango es engañoso –agitó el dedo índice el Pitu–. Narra ese acontecimiento como al pasar, sin darle importancia, pero no es un dato menor que un perro argentino se raje de la casa porque el tipo se quedó solo.

—Era un dogo argentino que no reconoce al dueño.

—¡El perro –Ricardo golpeó con el puño contra la mesa– se tiene que quedar ahí con el dueño aunque el dueño sea un pelotudo al que lo cagó la mina, porque para eso es un perro de tango! ¡Si quiere comer bombones o canapés que labure en un bolero!

—Vos porque sos un negro esclavista que todavía creés en la servidumbre… ¡Hizo bien el perro en pirarse! ¡Mirá si lo va a tener que aguantar al amargo del dueño llorando por los rincones porque lo cagó la mina, que para amargo ya lo tenemos al pecho frío de Chiquito que no me deja mentir!

—Se tiene que quedar con el dueño –terció el Peruano– que le dio de comer durante años cuando estaba en la buena. Resulta que ahora que el tipo está en la mala el perro se raja.

Ricardo le dio la mano.

—Y te lo dice –señaló al Peruano– un hermano latinoamericano sojuzgado, que les ha besado las bolas a los españoles durante años y sabe lo que es obedecer y…

—Bien que a los faraones los enterraban con sus perros.

—Sí, pero hubo faraones que cuando se les murió el perro no se quisieron enterrar con él ni en pedo.

—Es el eterno tema del poder.

—Como Tutankamón, por ejemplo. Tutankamón, cuando le dijeron que se tenía que enterrar con su perro, los mandó a todos a la concha de su madre.

—Un chihuahua, para colmo.

—Claro, había chihuahuas en Egipto.

—Lógico, boludo. Aparecen en los dibujos que ellos hacían en las pirámides. De perfil aparecen. Lo que pasa es que aparecen chiquitos. Son chiquitos y aparecen más chiquitos todavía.

—Pensá que esos dibujos son reducidos.

—Son fotocopias. A esos dibujos arqueológicos, tan valiosos, no los van a poner en las paredes para que los turistas los escriban todos.

—“Pepe y María”.

—“Chelo y Norberto”. Eran egipcios pero no boludos. ¿Por qué pensás que Tutankamón duró hasta ahora embalsamado? Ni fecha de vencimiento tiene el cajón.

Ya afuera, en la esquina, el Negro la hizo corta, algo incómodo tal vez.

—Chau, Flaco… –saludó a su amigo, al que había acercado infructuosamente a la mesa–, después te hablo –y se fue para calle Urquiza.

El Flaco amagó irse hacia Corrientes pero volvió, dubitativo.

—¿Adónde vas, Flaco? –le preguntó Pedro, que salía, las llaves del auto en la mano.

Ya en el auto, el Flaco se quedó en silencio, tironeando algunos pelos de su barba rala, mientras Pedro maniobraba con el volante para salir por San Lorenzo hacia Mitre.

—Es un grupo… algo… –dijo el Flaco.

—Disperso –se rió Pedro–. Muy disperso. Difícil que se pueda mantener un tema de conversación por mucho tiempo.

—Sí… pero… A veces uno supone que… no sé… podrían tocar temas un poco más…

—Profundos –rió Pedro.

—Profundos. O al menos, serios. Será por esa imagen popular de los tipos que intentan arreglar el mundo en una mesa de café, la filosofía de café.

—¿Vos conocés algún tipo que haya arreglado el mundo desde una mesa de café?

—No.

—Porque lo de Hitler fue desde una cervecería…

—No sé –insistió el Flaco–, al menos intentar responder a los interrogantes del ser humano.

—La vida, la muerte –enumeró Pedro–, la razón del Ser, la eternidad…

—Sin llegar a eso. Pero…

—¿Sabés qué pasa, Flaco? –Pedro se puso serio–. Nosotros ya pasamos por eso…

—¿Cómo… ya pasaron? –lo miró el Flaco.

—Claro. Ya pasamos por eso. Son temas que tenemos superados. Aunque te parezca una boludez, cuando uno alcanza un nivel de charla como el que vos oíste hoy, por ejemplo, es porque ya se ha superado un montón de incógnitas, de problemas, de contradicciones, de dudas. Y puede acceder entonces a lo trivial, a lo doméstico, a lo inmediato. Ya con tranquilidad, sin culpas. Es cuando uno ya está de vuelta, o sin expresarlo tan taxativamente, cuando se ha alcanzado cierta armonía.

El Flaco miraba ahora hacia adelante, aferrado a su carpeta.

—Tenés que andar muy bien, pero muy bien del bocho –siguió Pedro–, para poder acceder, para poder darte el lujo de hablar de todas estas cosas.

—En la esquina. Dejame ahí nomás –señaló el Flaco.

—Y algo más –Pedro no quiso dejar las cosas así–. Algo fundamental que nos convenció de alejarnos de los temas medulares… –paró el auto–. Vos habrás leído los aportes de Platón, Aristóteles, Sócrates, Demóstenes, los grandes pensadores…

—Sí.

—Mirá el mundo de mierda que nos dejaron. Mirá el mundo de mierda que nos dejaron. Mirá de qué carajo sirvió todo eso que se les ocurrió.

El Flaco se quedó mirando hacia afuera a través del parabrisas, tomado de la manija interna de la puerta.

—Chau –dijo. Se bajó en Maipú y San Lorenzo y encaró hacia Santa Fe, tras alguna vacilación.

El auto de Pedro se alejó con un bocinazo. El Flaco saludó, como al descuido.