Ignacio F. Bracht / Un revisionismo de fantasía

(Publicado en La Nación, 20.12.2011)

La reelecta presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, ha creado por decreto el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, con la presidencia del escritor Mario O’Donnell. En este ampuloso título, el kirchnerismo, con su habitual voluntad refundadora de todo lo posible -y también de lo imposible-, encierra la pretensión de hacer nacer el revisionismo histórico, sobre todo ante los jóvenes, siendo que éste, como corriente historiográfica, tiene ya un largo y meritorio camino recorrido.

Podemos sostener que el revisionismo histórico nace de la pluma de Adolfo Saldías, que plasma en su obra Historia de la Confederación Argentina, en la que con documentos en la mano y entrevistando a los propios protagonistas inicia una revalorización de la acción de gobierno de Juan Manuel de Rosas, que, desde 1829 hasta 1853, año de su derrota en los pagos de Caseros, fue el actor político fundamental en una suerte de dictadura, erigiéndose como un Leviatán criollo, al decir del politólogo Vicente Massot. A esta obra, diríamos, fundacional, se sumaron otras como la de Ernesto Quesada, La época de Rosas, publicada en 1926.

Recién en la década del 30 surgen en distintas provincias instituciones que buscan mirar el pasado revisando lo dicho y escrito hasta el presente con una mirada crítica hacia el relato oficial o liberal, como se calificó a la escuela historiográfica que nació y se desarrolló siguiendo los postulados y la genial creación de Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López.

Así, en 1934 surgirá en Santa Fe el Instituto de Estudios Federalistas, que profundizará en los análisis sobre el federalismo y el accionar de los caudillos Estanislao López, José Gervasio de Artigas y Juan Manuel de Rosas. Pero será en 1938 cuando nace el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, que continúa hasta el presente como institución académica nacional. El mismo agrupará a escritores, pensadores, literatos e historiadores de renombre que cristalizarán la escuela revisionista.

Entre ellos encontramos a personajes de distintos orígenes políticos, como el historiador José María Rosa, de familia conservadora, militante juvenil de la Democracia Progresista de Lisandro De la Torre, que a partir de 1955, luego de su paso por el nacionalismo, adhirió al movimiento creado por Juan D. Perón en 1945. Entre sus múltiples obras podemos mencionar sus diez tomos de la Historia Argentina, su investigación sobre el pasado hispano en su libro Del Municipio Indiano a la Provincia Argentina, y La caída de Rosas, escrito de profundo rigor sobre los móviles, situaciones y acciones que llevaron a la caída del régimen rosista. Los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta, que en algún momento de sus vidas adhirieron a la Unión Cívica Radical, también formaron parte del Instituto, investigando y dando a luz, el último de los mencionados, una obra fundamental y definitiva sobre los años de Rosas: Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, editada en ocho voluminosos tomos. También formaron parte Vicente Sierra, autor de una Historia Argentina en diez tomos; Ernesto Palacio, Ricardo Font Ezcurra, el padre Leonardo Castellani, Carlos Ibarguren, demócrata progresista en su juventud, autor de una clásica biografía sobre el Restaurador; su hijo Federico; Manuel Gálvez, Héctor Sáenz Quesada, el oriental Luis Alberto de Herrera, Dardo Corvalán y muchos otros historiadores y escritores que produjeron obras de gran valía en cuanto a la investigación historiográfica sobre el período de la Confederación Argentina y sus principales actores.

Es decir que el revisionismo, como escuela historiográfica, dio la batalla por equilibrar el conocimiento de los hechos y de sus actores frente a las otras corrientes de pensamiento herederas de los que habían sido en vida los opositores al gobierno rosista. La historia de una nación es una síntesis, forjada por procesos y hombres con pasiones, ideas, amores y odios, que en períodos de guerra civil se enfrentan casi hasta el exterminio.

Con el paso del tiempo, la síntesis histórica es una sumatoria de corrientes de pensamiento, ya sean liberal, revisionista o cualquier otra. Así, debemos resaltar los aportes hechos por historiadores que no provienen del revisionismo como Tulio Halperín Donghi, Félix Luna, José Luis Romero, Armando Alonso Piñeyro, Enrique de Gandía, Ricardo Levene y Ezequiel Gallo, por citar tan sólo algunos de los más relevantes.

La repatriación de los restos mortales de Rosas en 1989 con el lema “Por la Unión Nacional”, como un hecho de reparación y justicia histórica, no implicó, sin embargo, demoler la memoria de sus también ilustres oponentes; como así también la revalorización de la gesta de la Vuelta de Obligado, combate contra la intervención anglo-francesa en 1845, que fuera reivindicada en su momento por el propio Libertador José de San Martín.

Ahora bien, crear por decreto y fundamentar con esquemas maniqueos que apuntan más a un programa y proyecto político presente, basado en un relato parcial que desvirtúa a la propia ciencia e investigación histórica, autoerigiéndose en refundadores de la historia, y hacerlo en nombre del revisionismo, resulta cuanto menos una falta de respeto a la memoria de aquellos investigadores de nuestro pasado que poseyeron una formación clásica, de sólida cultura, y que se debatieron desde el llano y no desde burocracias y despachos oficiales.

Este revisionismo de fantasía no tiene que considerarse heredero de aquel revisionismo que, envuelto -por qué no decirlo- en las pasiones del debate, realizó aportes relevantes al conocimiento de nuestra historia.

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El autor es Licenciado en Historia y Consultor.

El relato reemplaza a la historia

(Editorial publicado en diario La Nación, 1.12.2011)

Al periodismo militante de los medios oficiales y a la matemática militante del Indec se suma la militancia historiográfica

la nómina de institutos nacionales destinados a estudiar a figuras del pasado argentino, entre otras las de José de San Martín, Manuel Belgrano, Guillermo Brown y Juan Manuel de Rosas, se sumará, por decreto presidencial del 21 del mes pasado, el grandilocuentemente denominado Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Su objeto, según los considerandos que suscribe la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, será “investigar y difundir la vida y la obra de personalidades y circunstancias destacadas de nuestra historia que no han recibido el reconocimiento adecuado”; de los que “defendieron el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios, y que, en pro de sus intereses, han pretendido oscurecerlos y relegarlos de la memoria colectiva del pueblo argentino”.

Luego se menciona a esos personajes, entre los que figura en primer término San Martín, quien no habría “recibido el reconocimiento adecuado” pese a que hasta el último de los argentinos lo reconoce con justicia como el Libertador de su pueblo y de América del Sur, además de Güemes, Artigas, Estanislao López, “Chacho” Peñaloza, Felipe Varela, Facundo Quiroga, Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen y Juan y Eva Perón. Ya en la enumeración los aspirantes a revisar la historia comienzan con un error, incluyendo al argentino Manuel Ugarte en el artículo destinado a los latinoamericanos nacidos fuera del país.

Lo cierto es que tanto el patrono del instituto como el resto de esos personajes, y muchísimos otros que no se señalan, han merecido serios estudios de notables cultores de un revisionismo al cual se invoca como movimiento en pleno vigor, cuando ya forma parte -al menos en el modo en que está descripto en el decreto- de una etapa lejanamente superada en la historia de la historiografía. También han sido abordados por otros investigadores rigurosos, que en vez de adherir a la visión parcializada y panfletista que se quiere imponer por decreto han profundizado con indudable profesionalismo acerca del papel de aquellos hombres y mujeres a lo largo de los procesos en que intervinieron.

A ningún historiador serio se le ocurriría hoy repartir condenas como las que constantemente se leen por parte de ciertos diletantes con falsa patente de investigadores sobre determinados argentinos que dieron lo mejor de sí por el bien de su patria, como Mitre, Sarmiento, Roca y otros tantos demonizados por la actual visión oficial.

Cualquier persona seria, fuera cual fuese su formación cultural, sabe o intuye que los personajes del ayer remoto o más reciente deben ser estudiados en su propio contexto, en vez de ser utilizados para sostener una actitud agresiva y maniquea, que es más grave cuando se instrumenta desde el Estado.

La propia iniciativa de crear un instituto historiográfico dedicado al culto de tales o cuales héroes es una exhibición de primitivismo intelectual. Desde hace ya muchas décadas existe un consenso acerca de que el saber histórico pretende la explicación de procesos colectivos en sus distintas dimensiones y no el culto a figuras supuestamente excepcionales que determinaron con su clarividencia el curso de la vida de sus contemporáneos.

No debería sorprender, sin embargo, el extravío. Quienes decretaron la existencia de esta nueva entidad miran el pasado con la misma lente con la que examinan el presente: la de la exaltación casi infantil de figuras prodigiosas gracias a las cuales se desenvuelve la existencia nacional.

El presente contamina también el pasado en el apasionamiento sectario. La Presidenta, cuyo elevado cargo debería constituirla en prenda de unión para los argentinos, se empeña en remover despojos del pasado en pos de amoldar lo que fue a las conveniencias dialécticas del presente. Al periodismo militante de los medios oficiales y paraoficiales y a la matemática militante del Indec se les debe agregar ahora la historiografía militante. No son más inofensivos que una medicina o una ingeniería militantes. La deformación del pasado ha estado en la base de muchas tragedias humanas, sobre todo las que se desencadenaron por las miserias del nacionalismo, tan familiares a la visión revisionista.

Llama la atención que se promueva un nuevo organismo en lugar de recurrirse al Conicet, donde trabajan historiadores de verdad, o a la Academia Nacional de la Historia, que según sus estatutos debe asesorar a los poderes públicos. La explicación tal vez resida en que lo que se busca desde el Poder Ejecutivo Nacional es falsear los hechos del pasado para servir al discurso oficial. Todo indica que se pretende generar, mediante un producto “enlatado”, una historia sesgada y falsa que a la postre no servirá ni al propio gobierno, pues la ciudadanía sabe, en definitiva, cuándo se la quiere engañar.

Julio Petrarca / La radio que Goebbels fabricó para que todos los alemanes escucharan a Hitler

(Publicado en diario Perfil, 16.7.2011)

Cómo afirmo el régimen nazi su aparato de propaganda

La radio que Goebbels fabricó para que todos los alemanes escucharan a Hitler

En 1933, cuando llevaba seis meses en el poder, llegar a todos los hogares alemanes era la obsesión –y el desafío– del ministro de Propaganda del Tercer Reich. Y la encontró: a través de la radio, el medio de comunicación más penetrante de la época. Hizo producir receptores baratos y subsidiados, y los bautizó VE301, por “Volks Empfänger” (radio del pueblo) y la fecha de asunción de Adolf Hitler. Pero además, puso todo el aparato de propaganda a funcionar: los afiches publicitarios mostraban a las masas “pegadas” al aparato. A la radio le siguieron autos, televisores y casas.

Omnipresente. La entrega de receptores, el 29 de octubre de 1938, día del cumpleaños de Goebbels.

A mediados de 1933, el cómo llegar a todos los alemanes con el mensaje del flamante gobierno nazi era un desafío mayor para Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda de Adolf Hitler, que llevaba menos de seis meses en el poder. Casi inexistente la televisión, inimaginable Internet, era la radio el vehículo necesario para capturar audiencias masivas. Goebbels convocó entonces a Otto Griessing, un ingeniero a cargo de la empresa Seibt y le exigió: “En agosto, durante la Internationale Funkausstellung Berlin (Feria Internacional de la Radio de Berlín) presentaremos la Volksempfänger (Radio del Pueblo). Serán receptores económicos, más baratos que los actuales, para que todos los alemanes tengan uno”.

Griessing apenas sugirió las dificultades para lograrlo en tan poco tiempo. Goebbels sólo necesitó una fría mirada para frenarlo en seco: “Otra cosa, Herr Griessing. Al nombre se le agregará una sigla: VE (por Volks Empfänger) 301”. El 30 de enero (30/1) de ese año, Adolf Hitler había asumido el máximo cargo del gobierno, canciller del Reich.

El 18 de agosto de 1933 (en un mes se cumplirán 78 años), la Radio del Pueblo, Radio Nazi, Radio del Tercer Reich o Radio Para Todos los Alemanes era la estrella de la Feria. En los seis años siguientes, se venderían siete millones de aparatos, el 40% de la producción total del país. Entre 1939 y 1945, durante la Segunda Guerra Mundial, fueron entregados otros 1.800.000, entre el modelo VE301 y el novedoso DKE, bastante más barato. Ambos tenían en su frente un águila y una svástica.

Consumo y propaganda. La VE301 fue lanzada a 76 Reichsmarks (RM) un precio más accesible que el de sus competidoras en un mercado con creciente intervención del Estado y ascendente compromiso de las grandes empresas con el régimen. En 1933, un trabajador alemán ganaba entre 120 y 150 Reichsmarks por mes. Un pan costaba 0,30, un litro de leche 0,20 y un kilo de papas 0,07. Cada dólar de la época cotizaba 3,50 RM. Que un aparato de radio demandara la mitad del sueldo no parecía muy atractivo para los consumidores, por lo que desde los despachos del Ministerio de Propaganda salió la orden de subsidiar parcialmente las ventas. Cinco años más tarde, llegaría una versión más barata, la DKE38, que costaría 35 RM y sería bautizada por la gente, de modo sugestivo, “El hocico de Goebbels”. El 29 de octubre de 1938, cientos de receptores DKE serían distribuidos como homenaje al 41º cumpleaños del ministro de Propaganda.

Goebbels había hecho suyas las palabras de Erich Scholz, el ministro del Interior del gobierno previo al nazi: “La radio alemana sirve al pueblo alemán, así que todo lo que degrada al pueblo alemán debe ser excluido de ella”. Y fue bastante más allá: la Volksempfänger y su hermana pobre presentaban muchas limitaciones para escuchar otras emisoras que las manejadas por el régimen (todas las del país, en verdad), y sólo por la noche o con antenas especiales era posible sintonizar radios de otros puntos de Europa. En el dial sólo estaban indicadas las emisoras locales, y a partir de las primeras acciones bélicas en 1938 se prohibió escuchar toda emisión de fronteras afuera. “Piense en esto –decía un papel pegado a los receptores al momento de su venta–: escuchar emisoras extranjeras es un crimen contra la seguridad nacional y contra nuestro pueblo. Es una orden del Führer, y su no cumplimiento será castigado con prisión y trabajos forzados”. En los territorios ocupados durante la guerra, el simple hecho de escuchar radio –cualquiera– podía ser penado con la muerte.

Goebbels tenía claro que la radio era el medio más apto para llevar el mensaje unívoco del gobierno nazi. También lo era el cine, pero producirlo resultaba más caro y demoraba más tiempo. La inmediatez para llevar la palabra de Hitler –todos sus discursos eran transmitidos por radio en cadena– a los hogares alemanes potenciaba la intensidad de la palabra. El alto precio de los receptores limitaba el acceso y se habían creado por ello numerosos clubes de radioescuchas que se reunían ante un mismo aparato, pero la gente quería uno en su casa y el régimen se lo proveería. Desde 1938, el gobierno intensificó la agresiva campaña de ventas y ordenó a fabricantes de otras marcas, como Siemens y Telefunken, dar prioridad a la producción de la VE301 y la DKE.

Contenido y continente. Resuelto el tema del medio, Goebbels metió mano directamente en el mensaje. La programación se fue reestructurando para que nadie hablara de nada que contradijera la palabra oficial y para que cada nota musical, cada sonido, fueran consecuentes con las ideas y la praxis del partido nazi. Se transmitían no sólo los discursos del Führer sino también los de los máximos líderes del partido y del gobierno. Había charlas sobre nacionalsocialismo destinadas al público en general y otras para segmentos específicos, como las amas de casa y los obreros. Paulatinamente primero y de manera acelerada más tarde, la música clásica y popular alemanas fueron desplazando –hasta hacerla desaparecer– a las de otras latitudes. El jazz fue eliminado por “negroide y decadente” y los compositores de origen judío quedaron fuera de toda difusión. Para reforzar la idea de llevar un receptor de radio a cada hogar, el aparato de propaganda nazi dedicó importante presupuesto a publicitar masivamente –en medios gráficos, en el cine y en la vía pública– la Radio del Pueblo. Un anuncio reproducido en diarios, revistas y afiches mostraba una VE301 en medio de una multitud, con la leyenda “Toda Alemania escucha al Führer con la Volksempfänger”.

El medio fue también esencial fuera del territorio alemán. Ejemplo de ello fue su empleo para ganar voluntades en Saar, un territorio que quedó bajo jurisdicción francesa al concluir la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y en el que se celebraría un referéndum en 1935 para que sus habitantes decidieran si querían seguir como franceses, volver a ser alemanes u optar por la independencia. Desde fines de 1934, el aparato de Goebbels saturó Saar con más de mil programas radiales, y en tres meses logró que el territorio volviera a Alemania. Años más tarde, la misma estrategia se aplicaría en Checoslovaquia, en Polonia y en Austria, aunque con un aditamento: además de propaganda positiva de seducción, se difundirían textos amenazantes.

Todo termina al fin. La población alemana no tenía acceso a otra voz que no fuera la oficial, y esto se hizo más patente durante la guerra. Tanto, que la audiencia se hartó de la uniformidad –y de las proclamas e informes triunfalistas– y comenzó a dejar de escuchar radio. Goebbels ordenó entonces que al menos el 70% de la programación estuviera dedicada a la música ligera. En abril de 1945, cuando los aliados rodeaban Berlín y Hitler se refugiaba en su búnker subterráneo, Radio Berlín, emitiendo desde las ruinas, informaba que Alemania estaba a punto de ganar la batalla de la capital. El 20 de abril, día del cumpleaños 56 del Führer, el propio Goebbels proclamaba a la audiencia que el curso de la guerra estaba girando a favor de los nazis. Diez días después, Hitler y la mujer con la que se había casado horas antes, se suicidaban.

A las nueve y media de la noche del 1º de mayo, los alemanes se enteraron por Radio Hamburgo que todo terminaba, con el mismo tono marcial y la misma línea mentirosa que le había impuesto Goebbels: tras interrumpir la programación para dar “una grave e importante noticia”, se escucharon fragmentos de ópera de Wagner y algunos acordes de la Séptima sinfonía de Bruckner, para dar lugar a una voz sonora: “Nuestro Führer, Adolf Hitler, luchando hasta el último aliento contra el bolchevismo, cayó por Alemania esta tarde (había sido la tarde anterior), en su cuartel general de la Cancillería del Reich”.

Era el final del régimen nazi y también de la Volksempfänger, que dejó de producirse de inmediato, aunque tantos eran los aparatos en actividad que le dieron a un ingeniero eléctrico sin dinero llamado Max Grundig la oportunidad de poner en marcha un emprendimiento propio: arreglar y vender los receptores creados para todos los alemanes. Se hizo rico y más tarde, con marca propia, famoso.

Un decálogo con yapa

Once ítems resumen el sistema propagandístico que Joseph Goebbels aplicó desde bastante antes de su gestión al frente del Ministerio de Propaganda del Tercer Reich y hasta el fin de la guerra. El más conocido es aquel que sintetiza la frase “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.

1. Principio de simplificación del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.

2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.

3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan.”

4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.

5. Principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión, escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.”

6. Principio de orquestación. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas.” De aquí viene también la famosa frase: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.

7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público estará ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.

8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.

9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.

10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.

11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que piensa “como todo el mundo”, creando una falsa impresión de unanimidad.