Georg Christoph Lichtenberg

Carácter de una persona que yo conozco.
Su cuerpo está hecho de tal manera que hasta un mal pintor lo dibujaría mejor a oscuras y, si estuviera en su poder transformarlo, le daría menos relieve a ciertas partes. Este hombre estuvo siempre más o menos satisfecho de su salud; aunque ésta no sea excelente, él posee el don de aprovechar muy bien los días de buena salud. Su imaginación, su más fiel compañera, no lo abandona nunca: permanece detrás de la ventana, con la cabeza apoyada sobre ambas manos y, mientras el transeúnte no ve otra cosa que un tortícolis melancólico, él se confiesa en silencio que al menos ha divagado con gusto. Tiene pocos amigos; a decir verdad, su corazón nunca está abierto a un solo amigo presente sino a muchos ausentes. Su condescendencia hace que muchas personas lo crean su amigo; él los ayuda por ambición y por amor al prójimo, pero no lo hace en absoluto por las mismas razones por las que ayuda a sus verdaderos amigos. Sólo amó una o dos veces. El primer amor no fue desdichado, pero el segundo fue feliz; conquistó un corazón honesto simplemente por su vivacidad y su ligereza, lo que le hace olvidar a veces ambas cosas, pero honrará sin cesar a la vivacidad y la ligereza como a las dos facultades de su alma que le han procurado las horas más alegres de su vida, y, si aún pudiera elegir para sí una vida y un alma, no sé si elegiría otras, suponiendo que pudiera obtener las suyas otra vez. Ya de niño pensaba muy libremente acerca de la religión; nunca buscó la libertad de pensamiento como si fuera un honor, pero tampoco considera sensato creer en todo sin excepción. Puede orar con fervor y jamás pudo leer el salmo 90º sin un sentimiento indecible y sublime. Al abrigo del Altísimo significa para él mucho más que Canta, alma inmortal. No sabe qué odia más, si a los oficiales jóvenes o a los sacerdotes jóvenes: no podría vivir durante mucho tiempo con los unos ni con los otros. Espera no tener más de tres platos en el almuerzo, dos a la noche con un poco de vino, y menos que papas, manzanas, pan e igualmente un poco de vino todos los días,; en esos dos casos sería desdichado, y enfermó cada vez que fue obligado a mantenerse fuera de esos límites durante algunos días. Leer y escribir le es tan indispensable como beber y comer. Espera que nunca le falten libros. Piensa con mucha frecuencia en la muerte y nunca con repulsión; anhela poder pensar acerca de todo con la misma desenvoltura y espera que su creador le pedirá algún día con dulzura que le devuelva la vida de la que no fue un propietario muy ahorrativo, es cierto, pero sin embargo tampoco perverso.

Realmente no sé por qué ese hombre sigue viviendo. No puede llevar a un gran grado de perfección ninguna de las facultades que posee; si lo hiciera, todas terminarían en el patíbulo.

El exceso de lectura produce una consecuencia dañina: gasta el sentido de las palabras; los pensamientos empiezan a expresarse por medio del más-o-menos. La expresión le queda a la idea como una prenda holgada.

Los santos esculpidos han ejercido mucha más influencia en el mundo que los santos vivos.

Nada contribuye más a la paz del alma que no tener ninguna opinión.

Me cuesta creer que se llegue a demostrar un día que somos obra de un ser supremo y no, como parece, de un ser muy imperfecto que nos ha fabricado a modo de pasatiempo.

En la mayoría de los hombres, la falta de fe en una cosa está fundada en la fe ciega en otra.

Apenas si tenemos derecho a hablar de filósofos. Difícilmente encontraríamos una docena de Europa; los demás son maestros de escuela, doctores y profesores de filosofía. Los antiguos son seguramente superiores a nosotros: 1º, porque no imitaban continuamente; 2º, porque no tenían la idea de sistema; 3º, porque aprendían más las cosas que las palabras; 4º, porque eran más libres; 5º, porque no escribían tanto como nosotros para ganarse la vida; 6º, porque veían más la naturaleza. No veo por qué aquel que, en la actualidad, observara estas mismas reglas, no igualaría a los antiguos, ni por qué y de qué forma se agotaría la naturaleza.

Podemos preguntarnos si cuando torturamos a un asesino no caemos precisamente en el error de los niños que le pegan a la silla con la que se han golpeado.

Crees que yo corro tras lo extraño porque no conozco lo bello, pero no, es porque tú no conoces lo bello que yo busco lo extraño.

Ese hombre era tan inteligente que ya casi no servía para nada.

Estoy convencido de que uno no sólo se ama en los demás, sino que se odia en ellos.

(De El humor de Lichtenberg, prefacio de André Breton, dibujos de Brascó, versión de Silvia Kot, Editorial Brújula, Buenos Aires, 1968)

Georg Christoph Lichtenberg nació el 1 de julio de 1742 en Ober-Ramstadt, Alemania y murió el 24 de febrero de 1799 en Gotinga. Fue científico y escritor.

Obras: Briefe aus England (1776–78), Über Physiognomik, wider die Physiognomen (1778), Göttingisches Magazin der Wissenschaften und Litteratur (1780–85), Über die Pronunciation der Schöpse des alten Griechenlandes (1782), Ausführliche Erklärung der Hogarthischen Kupferstiche (1794–1799).

Obras completas en alemán: Schriften und Briefe (1968–72, 4 volúmenes, ed. por Wolfgang Promies).