Allen Ginsberg / Transcripción de música de órgano

TRANSCRIPCIÓN DE MÚSICA DE ÓRGANO

La flor del frasco de cacahuetes que estaba antes en la cocina está
retorcida en busca de un lugar donde haya luz,
la puerta del armario se abrió, ya que lo utilicé antes, gentilmente
ha permanecido abierta esperándome a mí, su dueño.

Comencé a sentir mi miseria en el jergón sobre el suelo, escuchando
música, mi miseria, es por eso por lo que deseo
cantar.
La habitación se cerró sobre mí, yo esperaba la presencia del Creador,
vi las paredes y el techo pintados de gris, contenían mi
habitación, me contenían a mí
de la misma forma en que el cielo contenía mi jardín,
abrí la puerta
La parra virgen trepaba por el poste del porche, las hojas
en la noche seguían aún en el lugar en el que las había situado el
día, las cabezas de animal de las flores donde habían surgido
para pensar hacia el sol

¿Puedo acaso recuperar las palabras? ¿Acaso el pensamiento
o la transcripción nublarán la visión de mi avizor ojo
mental?

La bondadosa búsqueda de crecimiento, el gracioso deseo
de existir de las flores, mi casi éxtasis por vivir entre ellas.

El privilegio de ser testigo de mi existencia —también tú
debes buscar el sol…

Mis libros apilados ante mi para que los use
esperando en el espacio donde los situé, no han desaparecido,
el tiempo ha dejado atrás sus remanentes y cualidades para que
yo las utilice — mis palabras amontonadas, mis textos, mis manuscritos,
mis amores.
Tuve un instante de clarividencia, presencié el sentimiento
en el corazón de las cosas, salí caminando al jardín con los ojos
anegados en lágrimas.
Vi los rojos capullos a la luz de la noche, el sol se ha ido,
todos habían crecido, en un momento, y estaban esperando inmóviles
en el tiempo esperando a que el sol del día naciera y les otorgara…
Flores que como en un sueño en el ocaso yo regaba
fielmente sin saber cuánto las amaba.
Estoy tan solo en mi gloria — excepto que ellos están
también ahí fuera. Alcé la mirada — esos rojos capullos de arbusto
que me llaman y se asoman a la ventana esperando con ciego amor,
también sus hojas tienen esperanza y están vueltas hacia el cielo para
recibir — toda la creación está abierta para recibir — la propia y
plana tierra.

La música desciende, como lo hace el esbelto tallo
arqueado por el pesado capullo, porque tiene que hacerlo, para
permanecer viva, para continuar hasta la última gota de felicidad.
El mundo conoce el amor que anida en su pecho como en
la flor, el sufriente y solitario mundo.
El Padre es misericordioso.

El enchufe de la luz está toscamente fijado al techo,
después que la casa fuera construida, para recibir un enchufe que
encaja en él y que da ahora servicio a mi fonógrafo…

La puerta del armario está abierta para mí, donde la dejé,
desde que la dejé abierta ha permanecido graciosamente abierta.
La cocina carece de puerta, el hueco que tiene me
admitiría caso de que deseara penetrar en la cocina.
Recuerdo la primera vez que me llevaron a la cama, H.B.
graciosamente se apoderó de mi cereza *, me senté en los muelles de
Provincetown, a los 23 años, gozoso, elevado en mi esperanza con el
Padre, la entrada al útero estaba abierta para darme entrada si es
que así lo deseaba.
Existen enchufes sin utilizar por toda mi casa si es que
alguna vez los necesito.
La ventana de la cocina está abierta para dejar entrar el
aire…
El teléfono — triste es decirlo — reposa en el suelo — no
tengo dinero para que me den línea.
Quiero que la gente haga reverencias al verme y que diga
le ha sido otorgado el don de la poesía, ha sido testigo de la presencia
del Creador.
Y el creador me dio una dosis de su presencia para
gratificar mi deseo, para no defraudar así mi anhelo de él.

Berkeley, 1955

* Cherry: virginidad.

* * *

Irwin Allen Ginsberg nació el 3 de junio de 1926 en Newark, New Jersey, EEUU y falleció el 5 de abril de 1997 en New York City, New York, EEUU.

Richard Nathaniel Wright / Entre el mundo y yo

Y una mañana cuando estaba en el bosque me encontré de pronto ante la cosa,
Me la encontré en un claro verde guardado por álamos y robles escamosos.
Y los mugrientos detalles de la escena se elevaron, colocándose entre el mundo y yo.

Había un diseño de huesos blancos durmiendo olvidados sobre una almohada de cenizas.
Y el muñón carbonizado de un árbol apuntando en forma acusadora su lento dedo franco al cielo.
Había rotas extremidades de árboles, pequeñas venas de hojas quemadas y un rollo chamuscado de cáñamos grasientos:
Un zapato vacante, una corbata vacía, una camisa rasgada, un solitario sombrero y un par de pantalones llenos de sangre negra
Y sobre el pasto pisoteado había botones, fósforos muertos, puchos de cigarros y cugarrillos, cáscaras de maní, un seco frasco de gin y el lápiz labial de una prsotituta;
Trazos diseminados de alquitrán, un incansable adorno de plumas y el prolongado aroma de la gasolina.
Y a través del aire de la mañana el sol vertía una sorpresa amarilla en las cuencas de los ojos de un cráneo de piedra…
Y mientras yo estaba allí, una fría piedad congeló mi mente por la vida que había terminado.
El suelo agarró mis pies y mi corazón fue rodeado por heladas paredes de miedo.
El sol murió en el cielo; un viento de noche murmuró en el pasto y manoseó a las hojas en los árboles; el bosque se vació en gruñidos de jauría; la oscuridad gritó con voces sedientas y los testigos se levantaron y vivieron.
Los secos huesos se agitaron, sonaron, se elevaron fundiéndose con mis huesos.
Las grises cenizas formaron carne firme y negra, penetrando en mi carne.
El frasco de gin pasó de boca en boca; los cigarros y los cigarrillos se encendieron, la prostituta manchó de rojo sus labios,
Y mil rostros se arremolinaron a mi alrededor, clamando por el incendio de mi vida…

Y entonces me tuvieron, me desnudaron, batiendo mis dientes en la garganta hasta que tragué mi propia sangre.
Ahogaron mi voz en el tumulto de sus voces y mi cuerpo mojado y negro resbalaba y rodaba en sus manos mientras me ataban a un tronco.
Y mi piel se adhería al caliente alquitrán burbujeante, cayendo de mí sobre los blandos terrenos.
Y los plumones y las púas de las blancas plumas penetraron en mi carne cruda y yo gemí en mi agonía.
Entonces enfriaron piadosamente mi sangre, enfriada con un bautismo de gasolina
Y en una llamarada de rojo me elevé al cielo como el dolor se levanta como agua, mis extremidades hirviendo.
Jadeando, implorando, me agarré como un niño a los calientes costados de la muerte.
Ahora yo soy huesos secos y mi rostro un cráneo de piedra mirando al sol en sorpresa amarilla.

(Traducción de Marcelo Covián)

* * *

Richard Nathaniel Wright nació el 4 de septiembre de 1908 en Plantation, Roxie, Mississippi, EEUU y falleció el 28 de noviembre de 1960 en Paris, Francia.

Graciela Melgarejo / Cómo se hace un lector

(Publicado en La Nación, 28.3.2013, lanacion.com.ar)

Hace bastantes años, cuando la Feria del Libro porteña todavía estaba en el predio de Pueyrredón y Figueroa Alcorta, en una de esas noches desapacibles y frías de abril, se desarrollaba una de las últimas mesas redondas del encuentro, que trataba sobre la lectura. Los años no dejan ver, diría Borges, ni recordar tampoco, todos los nombres de los participantes, pero uno de ellos era la entrañable escritora Alicia Steimberg. Como podía esperarse, su ponencia fue deliciosamente irónica y realista. “Cuando yo era muy joven -contó-, ya era raro encontrar gente que leyera; en realidad, leer, y mucho, siempre fue cosa rara, de gente rara.”

Han pasado los años, pero las costumbres parecen no haber cambiado tanto, a pesar de que nunca se ha leído en la forma en que se lee hoy en el mundo entero. Los jóvenes, en particular, leen y leen mucho, porque están en contacto permanentemente con textos: textos visuales y textos lingüísticos, en soporte papel y, sobre todo, en pantallas que les exigen, además, interactuar, reescribir, participar, investigar.

Esta nota se pregunta si esos nuevos lectores, ahora que ya no se ven perseguidos por las famosas “lecturas obligatorias” impuestas por el manual o el profesor de turno en el secundario, y pueden elegir con total libertad, siguen leyendo. El mismo interrogante, hecho al azar, entre algunos conocidos, puede servir para empezar a ubicarse en un contexto que por fuerza será siempre incompleto y cambiante. Por ejemplo, Tomás (21 años), estudiante de abogacía, está leyendo ahora, y en inglés, 1984 , de George Orwell, tomado de la biblioteca de su padre. Alan (21) está preparando la tesina para terminar la carrera de comunicación, y tiene un libro empezado que comenzó a leer por placer y que quizás use para su trabajo final: La segunda revolución china , de Eugenio Bregolat, sobre las ideas con que Deng Xiaoping gobernó China en los años noventa. Ana Francisca (25) cursa veterinaria y comenzó a leer Conducción política de Juan Domingo Perón, por consejo de su padre, y alterna esa lectura con historietas (Maitena , Mafalda y Patoruzito), pero acota que en el trabajo, muchas compañeras de su edad leen novelas de Danielle Steel.

Están, por supuesto, de manera más sistematizada, los resultados de algunas encuestas hechas a partir del Plan de Promoción de la Lectura nacional. Así, la profesora Patricia Bailoff, que participa en el Plan Provincial de Lectura de La Pampa, en el equipo técnico y también como tallerista, cuenta parte de su experiencia: “Luego de recopilar datos de alumnos ya egresados y recibidos, y también escuchando la opinión de jóvenes docentes, pude observar que el gusto por la lectura permanece y que buscan por distintos medios interiorizarse de los libros actuales, cuáles son los más vendidos o cuáles pueden servirles de acuerdo con sus intereses. También van a bibliotecas o pierden horas en las librerías”. La tecnología aparece como una herramienta de ayuda, sobre todo: “Permite el encuentro con los libros y, si no es posible la compra, existe la posibilidad de bajar un PDF, aunque todavía se advierte el gusto por la versión en papel y no tanto la lectura en pantalla”.

Un párrafo aparte merecen, para la profesora Bailoff, aquellos otros a los que directamente no les interesa leer: “Aunque están en los primeros años de una carrera universitaria o de un profesorado, no tienen interés por la lectura. Generalmente leen algún texto ‘suelto’ de Coelho o Bucay, y no leen los diarios, ni siquiera los digitales. No están informados sobre la realidad cotidiana y al preguntarles por el uso de Internet para búsqueda de información o lectura de libros, señalan que no les interesa, pero sí destacan que utilizan mucho Facebook”.

De todas formas, de esas encuestas, se desprenden algunos títulos y temas para tener en cuenta. Mario Vargas Llosa, por distintas razones, aparece con más de un texto: Travesuras de la niña mala , La tía Julia y el escribidor ; entre otros, están Fogwill, Cuentos completos ; Juan José Saer, El entenado ; Siri Hustvedt, El verano sin hombres ; por supuesto, Alejandra Pizarnik, Poesía completa ; novelas de Claudia Piñeiro (en especial, Betibú , que figura en listas de best sellers ); Indias blancas , de Florencia Bonelli; Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina , o la trilogía policial de Stieg Larsson, Millennium . Como se ve, elecciones heterogéneas, en las que predominan, además, las hechas por lectoras, porque las mujeres están leyendo más, por lo menos en cantidad.

No a la domesticación

Es cierto que la sociedad puede ser impiadosa con los jóvenes, siempre exigiéndoles ser ese “futuro” inalcanzable, que sus propios padres no lograron conseguir. El filósofo e investigador Hugo E. Biagini ha dedicado su libro La contracultura juvenil. De la emancipación a los indignados (Capital intelectual, 2012) a tratar en parte el tema. Escribe Biagini en la introducción:

La estrecha afinidad entre utopismo y juventud presupone una serie de atributos que pueden ligarse con dicha etapa existencial. [...] En ese perfil relativamente singular aparecen matizadamente el inconformismo, la creatividad, el desprendimiento, la preferencia por la acción, el jugarse con osadía, la lealtad, etcétera. Las cualidades mencionadas han hecho que la juventud haya sido glorificada por concentrar todas las virtudes o por su monto de heroicidad y al mismo tiempo se la haya detractado por considerarla fuente de anarquía y perturbación social, con ribetes delictivos.

Es a esa juventud tan pronto endiosada como discriminada a la que la sociedad (sus padres, sus maestros; los adultos, en fin) le pedimos que lea, que lea incluso por lo que el resto no lee ni leerá. Por ello, es muy importante detenerse en este testimonio de una escritora que, como Verónica Sukaczer -también periodista y logogenista; entre otros libros, escribió Hay que ser animal (Segundo Premio Nacional de Literatura Infantil) y Lindo día para volar (mención especial del premio El Barco de Vapor)-, tiene contacto habitual con los jóvenes porque dirige talleres literarios: “Hace poco, tuve dos experiencias que me trastornaron bastante. Por un lado, un grupo de participantes en un taller literario, todos veinteañeros, se aburrieron soberanamente con Fahrenheit 451 , de Ray Bradbury. Y mi hijo adolescente casi se infarta al tener que leer un único cuento de Poe para una tarea escolar”. Un repaso personal de esos mismos textos arrojó la siguiente conclusión: “Me encontré con largas descripciones, diálogos a veces más literarios que reales, con modos de contar que, aunque a mí me siguen apasionando, entiendo que no resulten interesantes para nuestros nativos digitales. Y aquí entran muchos otros elementos que juegan en contra: el caudal cultural de los chicos de hoy en día es decididamente pobre, y por eso no comprenden muchas de las relaciones que el texto hace con momentos históricos o personajes o lo que fuera. También el lenguaje se ha empobrecido, los tiempos de lectura no son los mismos ni de la misma calidad, y las fuentes de distracción son variadas y están encendidas las veinticuatro horas del día”.

Las experiencias de la escritora Silvia Plager (su último libro publicado es Boleros que matan , y ahora Sudamericana reedita La rabina ) son tan variadas como los años que lleva dirigiendo su taller literario. “Empecé coordinando los talleres literarios de los años ochenta en el Centro Cultural San Martín, cuando lo dirigía Javier Torre, con gente de todas las edades. Hoy, personalmente, no elegiría tener en mi grupo a alguien de 20 años, porque hay que tener lecturas básicas, que no siempre han hecho, y porque mi taller es de narración, no de expresión”. También Plager coincide, como lo hará la mayoría de los entrevistados en esta nota, en que “hay que ser lector primero y después escritor. El que no venera el texto escrito no puede ser escritor”. También ella va a destacar que le llama la atención “esa ansiedad por leer el propio texto, antes que leer uno de un escritor consagrado”. De todas maneras, reconoce que cuando ella empezó a hacer taller con el escritor Roger Pla (“que tenía una cultura impresionante; si no habías leído nada de filosofía, te recomendaba qué leer”), en esa época también estaban las chicas que leían tanto Corín Tellado como Herman Hesse (El lobo estepario), porque eran las lecturas de ese momento. Finalmente, Silvia Plager rescata una “expresión escrita” que le parece importante: “Las largas parrafadas en Facebook de comentarios de libros, que se van armando entre los participantes, y que están muy bien escritas y tienen su valor”, y que comprende a gente de todas las edades.

Por esa razón, hay especialistas que creen que un lector, mejor aún, un “buen lector” (porque de eso se trata, en definitiva), puede hacerse como se hace un deportista, un músico, una persona que disfruta de los amigos y de los afectos, o del cine: con acceso frecuente, con disponibilidad del espacio apropiado, del estímulo. Y también de lo que se entienda por “buen, poco o mal lector”. Para Lola Rubio, especialista en literatura infantil y juvenil, bibliotecaria, que está actualmente al frente del Área de Obras para Niños y Adolescentes de la editorial Fondo de Cultura Económica, “hay tantos buenos lectores jóvenes como buenos lectores adultos; lectores frecuentes, habituales, en general muy estimulados por su entorno social, familiar, escolar. Lo interesante es pensar que también hay espacio para generar lectores si la lectura deja de estar tan domesticada, tan asociada a los valores, a lo correcto, a la aceptación de pautas. Para muchos jóvenes, leer es casi como mostrar otra forma de obediencia: algo que puede provocar rechazo en muchos de ellos. La lectura tiene que ser un espacio de rebeldía, ya sea por la temática, por el autor, por el momento elegido para leer. La domesticación juega en contra. Cuántas anécdotas conocemos de grandes lectores que leían a escondidas o leían textos no admitidos (incluso prohibidos), o lo hacían robando tiempo a otras tareas, e incluso enfrentándose a adultos que aseguraban que leer era una pérdida de tiempo. No tendríamos que equiparar el goce de la lectura con el cepillado diario de los dientes”.

Se pueden buscar, entonces, otras maneras de interesar a jóvenes (y adultos) en ese ámbito tan personal e inasible. En principio, ellos mismos se encargan de hacerlo. Por ejemplo, confiando en la recomendación de sus pares, que se da ahora a través de las redes sociales y que permite así convertir -o no- el libro en fenómeno. Como dice la periodista y editora de Norma, Hinde Pomeraniec, “ahí están lo que se llama fandoms , que son nuestros viejos clubes de admiradores. Pueden ser de libros, de series, de cómics”. Estos lectores, muchos de ellos a punto de terminar el secundario, “aman las fan pages y debaten, discuten y hasta les dan ideas a los guionistas o escritores para segundas, terceras o cuartas partes”.

Para Pomeraniec, los temas todavía siguen divididos “entre los lectores que buscan sólo fantasía, distopías y realidades paralelas, y aquellos que prefieren historias más reales, más cercanas, son ésos a los que de adultos les va a gustar leer biografías. Los primeros suelen ser lectores voraces, que consumen grandes tomos; los segundos son más vagos, y por lo tanto les produce tremenda felicidad llegar al final de un libro”.

La vida misma

Esa circulación de la lectura a través de las redes sociales es una de las características más importantes para rescatar hoy. Si bien Eduardo González, autor de novelas juveniles y policiales, está convencido de que los jóvenes lectores provienen de familias lectoras en las que se comparten charlas y opiniones sobre los libros que se publican o se leen, esos libros finalmente hoy forman parte de lo cotidiano, de la vida. “Están los lectores de blogs que se enteran de las opiniones con sus pares a través de la Web. El cine es otro medio de abordaje a la lectura, como así también algunas series, ya que muchos llegan a los libros después de verlas: Crepúsculo,  Los juegos del hambre, Juego de tronos “, películas que también comparten con los adultos, por lo que se da un interesante intercambio generacional, como cuando en la casa todo el mundo leyó la serie de Harry Potter. Para González, también es importante la temática de algunos títulos:

Llegan a ser best sellers aunque tocan temas como el abuso sexual infantil, el filicidio, el fratricidio o el vampirismo. Por eso, estoy convencido de que un joven sabe por qué elige un libro, por qué lo compra. Entiende perfectamente qué quiere leer a la hora de comprar un libro, porque la Web ha permitido la diversidad y esa situación para un joven inquieto es maravillosa.

La vida misma parece encargarse de darles a estos lectores actuales muchas más oportunidades que las que tuvieron sus mayores. También Eduardo González recuerda una anécdota muy interesante al respecto: “En el festival BAN [el de la Novela Negra de Buenos Aires], estábamos debatiendo sobre el policial juvenil, y dos profesores de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, comentaron que sus alumnos leían empleando soportes electrónicos y también papel; en especial buscaban libros usados, sobre todo, las primeras ediciones del Séptimo Círculo”.

Es evidente, entonces, que las nuevas tecnologías tienen su lado altamente positivo. Los que frecuentan Twitter, ese reino de la “escritura corta” por lo de los 140 caracteres, saben que son infinitas las posibilidades de recibir y dar recomendaciones sobre todo tipo de lecturas. Así, está por ejemplo, desde Venezuela, @QuéLeer -sus integrantes se autodefinen como “lectores caseros que buscamos experiencias literarias, para enriquecer nuestro intelecto y nuestras bibliotecas”  (www.queleer.com.ve)- un colectivo, como les gusta decir a los españoles de España, que hace, además, entrevistas a distintos autores, generalmente una vez por semana, cuyo pensamiento se va desgranando -nunca mejor usado el verbo- a lo largo de decenas de tuits; al final de la entrevista, se hace una pregunta sobre un libro en particular del escritor, y aquellos tuiteros que aciertan ganan un ejemplar de la obra mencionada. Una de sus últimas recomendaciones ha sido esta: “@QuéLeer esta Semana Santa: Novelas Ejemplares de Cervantes en #ebook. ¡Mirad qué portadas más originales! http://ow.ly/joziS”. De estos ejemplos, hay muchísimos en la Red.

Para Daniel Divinsky, creador de la ya mítica Ediciones de la Flor, no hay todavía datos fehacientes como para conformar estadísticas tan completas sobre el fenómeno de la lectura, tanto en soporte papel como en pantalla. Para él, estamos viviendo un poco el imperio de la cultura adolescente, porque la lectura en pantalla es predominante en un público cuya edad promedio son los 20 años. Por eso quizá también el auge de la novela gráfica; la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip) que realiza anualmente envíos colectivos a las bibliotecas de todo el país y que siempre consulta a los bibliotecarios para hacer sus encargos, compró mucha novela gráfica a Ediciones de la Flor -específicamente, Los dueños de la tierra , de David Viñas, con adaptación de Juan Carlos Kreimer e ilustraciones de Dante Ginevra-, “y eso es porque esa debe de haber sido la recomendación”, concluye Divinsky. Con respecto al humor gráfico, un plato fuerte de su editorial, también señala que ya son varios los autores que le comentan que, a raíz del número creciente de seguidores en las redes sociales, ese fenómeno levantó la demanda en la venta de sus libros.

Este otro fenómeno, la llamada “novela gráfica”, ha merecido un libro: el del historietista español Santiago García – La novela gráfica , Astiberri Ediciones, 2010-, en el que su autor opina que no se trata del equivalente a una novela literaria, ni es un género, un formato o una temática, sino más bien una intención, una decisión consciente de un autor “de hacer un tebeo adulto”, una decisión fundada sobre todo en la libertad que se ha conseguido en el transcurso de la historia y en la conciencia de autor, que en opinión de García es el punto clave del nuevo cómic. Independientemente de que estemos o no ante un nuevo género (aunque su denominación lo sea), el trasvasamiento de la novela gráfica al ámbito local puede llegar a dar resultados interesantes, y no es menor el hecho de que una institución como la Conabip haya decidido hacer una compra grande de una obra como la de Viñas que, en su época y aun ahora, por su valor literario e histórico, sigue siendo profundamente cuestionadora.

Otras voces, otros caminos

Todos los entrevistados están de acuerdo en señalar que un escritor debe ser (sí, obligatoriamente) un muy buen lector. ¿Se cumple este apotegma hoy? Una experiencia interesante es la que está haciendo Casa de Letras (CdL, www.casadeletras.com.ar), la asociación civil creada en 2006 y dedicada a “enseñar y desarrollar integralmente la lectura, la escritura, la narración oral, y los universos vinculados a ellas”. Su directora, Blanca Herrera, cuenta que los integrantes de CdL ahora han decidido crear la Escuela de Escritura Online, que comenzará sus cursos en abril próximo. “En realidad, esta idea surgió porque gente de otros lugares, Rosario o Neuquén, por ejemplo, no podían asistir a nuestros cursos presenciales; se trata de recrear en un aula virtual las condiciones de intercambio y comunicación entre docentes y alumnos propias de un aula presencial”. Lo que Herrera destaca es que, en la formación que ellos dan, el tema de la práctica de la escritura tiene la misma entidad que la de la lectura, aunque aquí se trate de una lectura “para escritores”: herramientas técnicas, artilugios, etcétera, importantes de reconocer cuando se está intentando escribir un texto literario.

Con respecto a las lecturas que pueden tener los que se acercan a cursar en CdL, dice Herrera que “el espectro es heterogéneo en cuanto a las edades; en su mayoría están entre los 25 y los 40 años, aunque hemos tenido asistentes de 70 años y más. Aquí se da también, como arrastre del secundario, el fenómeno de la pobre o mala comprensión de textos. E incluso entre los más jóvenes, que vienen porque quieren escribir, ocurre que no quieren leer, están enamorados de sus textos y no están interesados en leer los textos de otros, aunque se trate de Borges o de Nabokov”. Por eso, en las reuniones de claustros, se ha acordado con el equipo de profesores, todos escritores conocidos y que producen su propia literatura, trabajar primero con la lectura y análisis de textos literarios.

“Hay un ejemplo muy interesante -cuenta Blanca Herrera- y está relacionado con un texto clásico, por su belleza literaria y porque se da siempre en el secundario, «El hombrecito del azulejo» de Manuel Mujica Lainez. Cuando fuimos a una escuela para leerlo en voz alta -nosotros hacemos alianzas con distintas empresas, como parte de su responsabilidad social empresaria, para ir a contar historias a las escuelas y así crear un vínculo recreativo y afectivo con la literatura-, sólo entonces los chicos parecieron comprenderlo, tanto que después se lo contaban ellos al maestro.” Conclusión: CdL recupera el valor de la narración oral, para adultos también, en sus cursos de narradores orales, “a partir de los cuales, se han formado grandes lectores”.

Leer para ser feliz

Lola Rubio vuelve a definir muy bien este proceso vital tan particular que es elegir qué se quiere leer:

Comparto la idea de que hay un tiempo, un tiempo interno, que requiere de cierta suspensión mental, o de una inmersión total más propia de un mundo analógico que va a contramano de este mundo digital que transitamos, hiperapurado y que superpone estímulos. Me parece que sí tenemos dos lógicas en tensión. La lectura de ficción (o de alta demanda de concentración, lo mismo que si se trata de no-ficción) pide y proporciona aislamiento. De ahí todas las metáforas vinculadas a los mundos que conocemos mientras leemos, o de estar en otro mundo gracias a la lectura. Esta lectura rechaza otras distracciones. Cuando se está metido en una lectura, uno quisiera eliminar las llamadas, la conversación, todo.

Por eso, y como nos recuerda también el escritor Eduardo González, sigue teniendo inmensa vigencia lo que alguna vez escribió Jorge Luis Borges: “El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el imperativo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”.

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Graciela Melgarejo / @gramelgar es Editora General de N+ (Noticias Positivas, noticiaspositivas.org). Profesora en letras, especializada en lexicografía y crítica literaria. Desde 1979 trabaja en el diario La Nación de Buenos Aires, donde actualmente es editorialista; es también autora de la columna Línea Directa de los días lunes y colabora en la revista literaria ADNCultura.

Luis Diego Fernández / El regreso libertino (La explotación genital en la maquinaria cultural)

(Publicado en Perfil, 15.7.2012, perfil.com)

El libertinismo de antaño, ahora devenido género pornográfico, alimenta la matriz de un fenómeno occidental inacabable.

Lecturas

Lecturas. De Filosofía en el tocador, del marqués de Sade, a Cincuenta sombras de Grey, de E.L. James, un abanico literario dedicado a las pasiones de la carne.

“He nacido para el libertinaje. Soy un animal anfibio; amo todo, me divierto con todo, quiero reunir todos los géneros, ¿no es una extravagancia querer conocer a este ser singular?” D.A.F., Marqués de Sade

Lo explícito no puede ser más mostrado hoy: paradoja impúdica. De allí la pregunta que deberíamos formularnos es: ¿dónde está lo verdaderamente explícito en materia sexual? Signos: a comienzos de este año la productora Pol-ka lanzó la serie Condicionados en el prime time de Canal 13, tomando como eje la historia de un director de cine pornográfico vernáculo y decadente, y su mundo heterodoxo en clave familiar y costumbrista. Otro paso más en este mapa de sentido es el auge editorial del libro Cincuenta sombras de Grey, de la escritora británica que firma bajo el seudónimo de E.L. James: éxito rotundo que incorpora en una trama “romántica” elementos de erotismo sadomasoquista inéditos para un best seller clásico, bien escrito y que no sale de las características prototípicas. En este sentido, algunos críticos han dado en llamar mummy porn a este tipo de literatura comercial con rastros pornográficos que practica James: algo así como ensamblar descripciones de sexo explícito en un marco de novela rosa tradicional.

Que la pornografía es mainstream desde hace tiempo no es novedad; las cifras hablan: una industria que se estima que mueve más de 13.000 millones de dólares al año. Un territorio colosal y sistematizado: desde estilos y estéticas diversas, más o menos hardcore, hasta un star system consolidado y marcado por estrellas singulares –desde Linda Lovelace y Traci Lords, a Jenna Jameson, Belladonna, Nina Hartley y la reciente Sasha Grey–, muchas de ellas con libros editados, en los cuales reflexionan casi como intelectuales específicas sobre su oficio y sus prácticas. Ahora bien, ¿qué podemos inferir de todo este arsenal significante? A veces el dato no aporta un indicador conclusivo y tajante, pero hay que ser ciego para no ver que la pornografía, y el discurso libertino implícito en torno a ella, ya forma parte de la cultura popular, hasta permitirnos llegar a articular una expresión tal como “porno para mamis” (cuando en verdad el porno se escondía de las mamis).

Porno viene de porné, en griego, la grafía de la prostituta: son historias de putas. La porné es la grafo de la puta que en la antigüedad griega y latina ha sido central y compañera de hombres notables: de Pericles a Epicuro (ambos vivían con meretrices), de las damas ligeras del travestido Arístipo de Cirene al poeta latino Horacio, que frecuentaba casas de placer. El grafo de la puta narraba esas historias de burdeles a los cuales asistían los políticos, guerreros e intelectuales de nota. La puta (hoy representada en la pornostar), en algún sentido ha devenido el emblema y el símbolo (en la última década) de la mujer libertaria y cultivada, que reivindicaba en los tiempos antiguos su territorio de autonomía por fuera de la familia: una forma de feminismo. Desde las Venus paleolíticas graficadas con falos prominentes hasta la exhibición de la cocina del cine pornográfico en series en horarios centrales de televisión y best sellers con elementos sádicos para mamás, parece que asistimos a una suerte de oleaje que coloca al linaje libertino, del cual la pornografía es depositaria, en un sitio insólito pero siempre perecedero. Si, como Michel Foucault bien señaló, la era victoriana, lejos del puritanismo, fue la eclosión del discurso libertino y de las sexualidades polimorfas y heréticas (por fuera de la mera cópula reproductiva heterosexual), hoy estos discursos darían cuenta de un regreso avant la lettre. Como sea, la historia de la filosofía libertina es extensa y apasionante, y su continuidad la vemos en la pornografía triunfante de estos tiempos, cuando las madres compran novelas sadomasoquistas y las actrices porno tienen pretensiones intelectuales.

El término “libertino” adviene de libertinus, palabra usada en latín para denominar al “esclavo liberado por su amo”, emancipado. Posteriormente, Juan Calvino la emplea (en 1545) para referirse a “herejes que piensan libremente y niegan el pecado”. A partir de allí se la usa en sentido peyorativo como impío, incrédulo, ateo, licencioso, desvergonzado o lujurioso. El modelo de libertino aparece en escena a partir de la figura literaria de Don Juan, de Tirso de Molina –luego reciclada múltiples veces en Byron, Molière y otros–. Aunque algunos remitan a Giacomo Casanova, lo propio es que éste iba de cacería y no hacía un elogio del sexo tarifado, como suele ser evidente en el libertinismo más orgulloso: la actitud de Casanova, en rigor, es la de un amante compulsivo, no la de un libertino como Sade. Más sexual y menos esteticista que el dandy, el libertino es un antecedente del playboy que creara Hugh Hefner en el siglo XX. Para el libertino la razón es el cuerpo, y todo aquello que vaya contra o normativice sus pulsiones, instintos y deseos es negado e inmoral.

A grandes rasgos, podemos denominar filosofía libertina al pensamiento que va desde la muerte de Michel de Montaigne en 1592 al deceso de Baruch Spinoza en 1677. Es una vertiente del pensamiento barroco que luego se extiende en los ultras de la Ilustración con el caso de Sade en el siglo XVIII. La filosofía libertina es de inspiración montaigneana, es decir, los Ensayos son el disparador de su desarrollo y fundan su visión de mundo. A riesgo de resultar forzados pero claros, podemos hablar de dos formas de libertinismo: el libertino erudito, es también llamado “librepensador” y “epicúreo”, como Pierre Gassendi, y, por otra parte, el libertino de costumbres, el disoluto en prácticas sexuales, como el Marqués de Sade. Sin embargo, la separación de ambos es menor ya que todos, en algún sentido, pertenecen a las dos categorías. El libertino erudito suele ser libertino sexual.

Tanto Cyrano de Bergerac, Julien Offray de la Mettrie, como D.A.F. Marqués de Sade marcan el lineamiento de este pensamiento: los tres racionalistas, de costumbres sexuales disolutas, moralmente inmanentes, aristócratas y en gran medida narcisistas. El mito donjuanesco está en ellos. Poco se sabe de Cyrano de Bergerac. Nació en 1619 en Toulouse y padeció una “enfermedad secreta”, que todo indica que fue sífilis. Las fuentes no marcan si fue homosexual o bisexual –lo segundo es más probable, como casi todo libertino–. En 1655 murió porque una viga se cayó en su cabeza, y nos legó un año antes sus Cartas satíricas y amorosas como expresión de su pluma. La mejor definición de Cyrano es libertario, siempre decía para despedir a sus amigos: “Pensad en vivir con libertad”.

La Mettrie fue una suerte de Sócrates en Hipócrates. Sufre un síncope cardíaco y a partir de allí toma el ideario de Epicuro y Montaigne como sus filosofías de cabecera. ¿Cuál es su ideal? La voluptuosidad construida bajo la razón. El arte de gozar obedece a la voluntad. Muere por indigestión de faisán y trufas a los 45 años. Sus grandes placeres eran las prostitutas, actrices de burlesque, la pintura, el teatro, la conversación, la galantería, el vino y la mesa. La filosofía de La Mettrie, expresada en el Discurso sobre la felicidad (1748), tiende a aceptar lo que la naturaleza nos ofrece sin remordimientos. La Mettrie desarrolla un auténtico hedonismo donde la voluptuosidad es asunto del corazón y el exceso es placer sin disfrute. Una moral de la felicidad individual, del instinto, que rechaza las convenciones sociales.

El Marqués de Sade estudió con los jesuitas. Su vida (1740-1814) no hay que verla como un espejo en el que inspiró sus obras lujuriosas y criminales. Si bien su existencia fue excesiva, no tuvo una relación directa con la apología de la destrucción a la que han llegado algunos de sus textos más extraordinarios. Sade era aristócrata y ateo, y fue despreciado por Napoleón, que ordenó su arresto por depravación, luego de calificar a Justine como un texto abominable. Quizá lo más importante de su aporte filosófico sea el concepto de “isolismo” y sus reflexiones dialogadas encarnadas en la figura del filósofo libertino y sodomita Dolmancé, protagonista de La filosofía en el tocador (1795), su texto más conceptual. Para Sade es claro: el hombre es corporalidad material pura, un fragmento incapaz de comunicarse con los demás. Una mónada solitaria. Por ello, existen dos tipos: los fuertes, amos, y los débiles, esclavos. Los primeros sojuzgan a los débiles. Lo interesante de Sade habrá sido introducir la reflexión sobre el sexo en la filosofía. El proyecto de Sade es de un egoísmo integral: el placer es la única ley a la que obedecer. Y siempre se debe elegir lo que el deseo reclama sin tener en cuenta las consecuencias en el otro. La libertad será la de someter a cualquiera bajo los deseos de uno. Contra el pacto social, Sade propone una sociedad libertina secreta –el Castillo de Silling en la Selva Negra, epicentro de Los 120 días de Sodoma–, donde el lema será: “probar todo para no estar a merced de nada”. Esta perfecta autonomía del libertino sadiano se acerca, aunque parezca extraño, a una suerte de neoestoicismo moderno. El hombre sadiano está solo y lo acepta; su energía sexual (libido) desbordante implica su singularidad. El libertinismo de Sade, en algún sentido, conlleva un arte de vivir, ya que si bien la lujuria no tiene límite, sí tiene orden. El código de Sade es la condición para el goce desenfrenado. Si bien en su vida tuvo excesos y transgresiones –prácticas homosexuales, fetichistas, etc.–, las pasiones de Sade fueron la escritura –su profusa y grafómana obra así lo prueba–, los paseos y las mujeres ligeras del teatro. Su influjo en el siglo XX es evidente en grandes mentes: desde Pierre Klossowski a Georges Bataille y Michel Foucault.

El libertino argentino, al igual que el libertino europeo, está atravesado por las mismas obsesiones: el alcohol, las mujeres ligeras (la prostituta de piringundines y tanguerías, pero también la vedette de revista o el travesti), el dandismo lumpen y cierto hedonismo neobarroco. Resulta indudable que existe un claro libertinismo en la vida de Domingo Faustino Sarmiento: su vida orgiástica, tal como testimonia en los registros de gastos de su viaje balzaciano, como diría David Viñas –allí leemos “orjía” (sí, con j)–. Pero también estas esquirlas pornográficas aparecen en las obras de Barón Biza, Lascano Tegui y, desde luego, en Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher y Copi. Todo ello trasunto en escrituras libidinales que rompen el corset del género: autores degenerados y transversales.

En alguna medida, las variaciones de la categoría libertina se resignifican y actualizan en el siglo XX en la literatura de Osvaldo Lamborghini, en particular en su obra final inacabada titulada Teatro proletario de Cámara (1982-1985): apogeo de imágenes pornográficas de revistas no exentas de cierto refinamiento en sus intervenciones. En Lamborghini no hay sexo sin violencia y abuso de poder. Son relaciones inescindibles. Siguiendo a Foucault en el Prefacio a la transgresión, podemos decir que la categoría de transgresión implica dos cuestiones: la sexual, la anomalía de los cuerpos, y, por otra parte, la discursiva, de la flexión de la lengua, la incorporación o contaminación de lo plebeyo, vulgar, soez, en el marco de la jerga filosófica o psicoanalítica. Transgredir, en este sentido, es profanar o pervertir, esto es: desactivar un viejo uso para generar nuevos. La transgresión es una categoría estética en Lamborghini. Esa matriz ya está en El Fiord: una revolución política y pornográfica: pornopolítica. Todos los personajes de Lamborghini son pedazos de carne (“carne social”) movidos por la única dirección posible: la pulsión. Por fuera de valores o instituciones, el decir mismo está desestabilizado por lo sexual.

Si lo transgresivo propio de todo discurso libertino hoy está corrido, tenemos que avanzar hacia otros territorios: eso ya lo muestran las producciones del cine pornográfico más extremas –donde se ve desde transexualidad hasta bondage–: la relación heterosexual tradicional mostrada de forma explícita ya no aporta nada a esa carga de lo explícito: cuando se corre la línea, sólo queda bajar y bajar, y el discurso del libertinismo que encalla en el género pornográfico avanza en esa política libertaria hacia variantes que destruyen todo tipo de “monosexualismo”. Quizá lo libertino siempre haya requerido esa instancia de corrimiento permanente hasta llegar a lo no dicho, hasta que, efectivamente, es mencionado y mostrado, y asimilado en el mercado dominante. Si lo aceptado es lo explícito, lo transgresor deberá bucear una vez más. Ya lo dijo Paul Valéry: “lo más profundo es la piel”. Las combinaciones revelan su potencia, y el pudor siempre reclama no ser reconocido.

*

Orgías de la  patria

Sarmiento fue un libertino sexual, un hombre del siglo XIX –además, un dandy, flaneur y bon vivant, como testimonia en sus viajes con profusos gastos en vestimenta y gastronomía–. A sus ya citadas orgías parisinas, hay que agregar su intención de “violar” a Mariquita Sánchez –de la que era muy buen amigo–. Sarmiento describe la erección que padeció al charlar y verla, y que tuvo que ocultar simulando mirar un cuadro. Su visión escéptica del matrimonio es lógica: “se apaga con la posesión”, le señala en una carta a un primo en 1843. Sin embargo, Sarmiento se casó con la chilena Benita Martínez y tuvo dos hijos. Pero su gran amor fue Aurelia Vélez Sarsfield.

En algún sentido, Palermo, como barrio libertino de principios del siglo XXI, modifica el principio sarmientino, y dice: “barbarie en la civilización”. No hay dicotomías ni exclusiones. Lo “bárbaro” del exceso, del instinto, se da en lo “civilizatorio” porteño y específicamente palermitano. Es interesante pensar entonces en la variación del territorio hedónico en la ciudad: la pata enófila/gastrónomica y del espectáculo; los bosques, delimitan la zona roja de travestis y del “negocio del deseo”.

*

Osvaldo Lamborghini: libertinaje y pornopolítica

En abril de 1985 escribe Osvaldo Lamborghini una carta desde Barcelona, donde residía, en la que señala lo siguiente: “me puse un tallercito para pintar todo el material porno que consumo. Es eclesial. Las caras bestcelestiales de las mujeres gozando, ardiendo en technicolor –mal impreso en España–, es decir, impreso por Goya: chorreando de la vulva sobre el peligro (pene) amarillo. Delicias expresionistas. Los artistas del género ya lo están despreciando”. Sobre esta obra inconclusa señaló Ricardo Strafacce: “Los textos del Teatro Proletario de Cámara reproducían, de otra manera, la receta (política y pornografía) de El Fiord. El resultado, sin embargo, distaba del brillo de aquel texto inaugural y la puesta en página de aquellas digresiones políticas precedidas, sucedidas o interrumpidas por el desparpajo multicolor de penes, vaginas, nalgas, pechos, bocas, manos e incluso pies en todas las combinaciones imaginables revelaba que la explicitación plástica del deseo (o del “sexo sin objeto y sin objetivo”) era demasiada compacta (las muchachas de las fotografías eran, en general, bellísimas; los hombres, apetitosos)”.

La literatura de Osvaldo Lamborghini puede ser grotesca, un género imposible, una subversión del lenguaje y una perversión textual. La identidad se reduce a puro cuerpo: mutante y fuera de género. Cuerpo transexual. Cuerpos anómalos, fuera de ley. De allí, entonces, la expresión pornopolítica. Lo libertino en clave local viene de esta impresión política.

* * *

Luis Diego Fernández nació en Buenos Aires en 1976.

- Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires), especializado en filosofía contemporánea y estética. Ensayista.

- Ha dictado seminarios y conferencias en Universidades y en Instituciones: Posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, Universidad ESEADE, Centro Cultural de España en Buenos Aires, Colegio de Abogados de Necochea, Fundación Internacional Jorge Luis Borges, Escuela Argentina de Sommeliers, Centro de Estudios Contemporáneos y en el Campus Virtual de la Asociación de Pensamiento Penal, con el aval de la Universidad Nacional del Comahue. Desde hace 5 años dicta cursos privados en librerías y espacios culturales.

- Es autor del ensayo Furia & Clase (Paradoxia, 2009). Ideó, editó, prologó y coordinó laAntología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2012).

- Trabajó durante 10 años continuos en editoriales líderes de la industria editorial argentina e hispanoamericana (Yenny/El Ateneo, Gedisa y Random House Mondadori), de la cual tiene un amplio conocimiento.

- Colabora desde hace 8 años con los siguientes medios: Revista Ñ de Clarín, Diario Perfil, Revista El ojo mocho, Revista Brando, Revista Gata Flora, Revista Menú, Guía Cultural La Celeste (Uruguay), Revista virtual Cibertronic de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

- En 2010 fundó y dirige EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos y charlas.

- Es creador de la Cata de Ideas, un evento que tiene la finalidad de acercar la filosofía a un público mayor.

(De ar.linkedin.com/in/luisdiegofernandez)

Su blog es ldflounge.blogspot.com.ar

Roberto Juarroz, poeta y ensayista

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(Poesía Vertical XI, 1 Parte 2)

No tenemos un lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.

¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos los nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen?

¿Cómo hacer señas a quien muere,
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos imprevisto,
las proximidades se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como la lanzadera
de un telar descompuesto?

¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de ser mundo?

Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
la imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.

O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre el silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia
que sólo allí promulgan
la equivalencia última
del abandono y el encuentro

(para Jean Paul Neveu)

*

(Poesía Vertical XIV, 105)

De un abismo a otro abismo.
Así hemos vivido.
Y cuando nos tocaba el interludio
de una zona de aire,
donde es fácil respirar y sostenerse,
añorábamos sin querer el abismo,
que nos ha amamantado con la nada.

Desde el fondo del ser trepa un ensalmo
para pedir, cuando llegue la muerte,
que todo sea un abismo, no otro rumbo.
Tal vez en él nos crezcan alas.

Adentro de un abismo siempre hay otro.
Y si no hay diferencia habrá distancia.
Sólo nos falta hallar y ser tan sólo
la distancia de adentro del abismo.

*

(Poesía Vertical I, 9)

Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que solo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.

Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.

Tal vez sea por esto
que pensar en un hombre
se parece a salvarlo.

*

(Poesía Vertical III, 2)

El otro que lleva mi nombre
ha comenzado a desconocerme.
Se despierta donde yo me duermo,
me duplica la persuasión de estar ausente,
ocupa mi lugar como si el otro fuera yo,
me copia en las vidrieras que no amo,
me agudiza las cuencas desistidas,
descoloca los signos que nos unen
y visita sin mí las otras versiones de la noche.

Imitando su ejemplo,
ahora empiezo yo a desconocerme.
Tal vez no exista otra manera
de comenzar a conocernos.

*

(Poesía Vertical III, 20)

A veces comprendemos algo
entre la noche y la noche.
Nos vemos de pronto parados debajo de una torre
tan fina como el signo del adiós
y nos pesa sobre todo desconocer si lo que no sabemos
es adónde ir o adónde regresar.
Nos duele la forma más íntima del tiempo:
el secreto de no amar lo que amamos.

Una oscura prisa,
un contagio de ala
nos alumbra una ausencia desmedidamente nuestra.
Comprendemos entonces
que hay sitios sin luz, ni oscuridad, ni meditaciones,
espacios libres
donde podríamos no estar ausentes.

* * *

Roberto Juarroz nació en Coronel Dorrego, Provincia de Buenos Aires, Argentina el 5 de octubre de 1925 y falleció en Temperley, Provincia de Buenos Aires el 31 de marzo de 1995.

Obra: Seis poemas sueltos (1960) y Poesía vertical: son catorce volúmenes publicados entre 1958 y el último póstumamente en 1997.

www.robertojuarroz.com

Gonzalo Moure Trenor (2003) Los gigantes de la luna

Pablo vive con sus padres Ana y Camilo. Un día ellos deciden que cuando llegue el verano y, como siempre, vayan a la localidad costera de Veredas, le darán alojamiento temporal a un niño saharaui, proveniente de un campamento de refugiados. Esto es algo que otras familias españolas hacen.

Pablo es un chico habitualmente tímido pero que se relaciona con los demás. Aunque por momentos se refugia en sí mismo, ya sea leyendo o acudiendo a los mundos fantásticos de una infancia que está dejando atrás.

Pero el entusiasmo inicial dará paso a una sorpresa inusitada: el niño saharaui es una niña, Naísma.

Y será Naísma quien le hará saber cuál es la historia conocida por pocos y que existe en el desierto donde ella vive.

* * *

Una hermosa, conmovedora novela desde la perspectiva de un niño de once años y por varios motivos.

Por la manera sensible que tiene Gonzalo Moure de contarnos la historia.

Porque nos permite adentrarnos en la relación tan especial que se establece entre Naísma y Pablo y de qué forma se van brindando el uno al otro.

Porque conoce ese lenguaje verbal y emocional que tienen los niños para vincularse.

Porque la fantasía es un elemento natural e inherente al mundo de los dos niños y así está expresado en el texto, una narración que fluye con naturalidad y precisión.

* * *

Gonzalo Moure Trenor nació en Valencia, España en 1951.

Obras:

Geranium, Madrid, Alfaguara, 1991, Alianza Editorial, 2004 (Lista de honor del IBBY)
¡A la mierda la bicicleta! Madrid, Alfaguara, 1993. Premio Jaén. SM (Gran Angular, 2007)
El alimento de los dioses, Madrid, Bruño, 1994 (Lista de honor del IBBY)
Lili, Libertad, Madrid, SM, 1996. Premio El Barco de Vapor 1995
Nacho Chichones, Madrid, SM, 1997
Tomi en las nubes, Madrid, Tutor, 1998
Un loto en la nieve, Barcelona, Ediciones del Bronce, 1998
El beso del Sáhara, Madrid, Alfaguara, 1998, SM (Gran Angular) 2008
El bostezo del puma, Madrid, Alfaguara, 1999. Premio Jaén
Los caballos de mi tío, Madrid, Anaya, 1999
El oso que leía niños, Madrid, SM, 2000
El vencejo que quiso tocar el suelo, León, Everest, Pájaros de cuento, 2000
Yo, que maté de melancolía al pirata Francis Drake, Madrid, Senderos de la historia, Anaya, 2001. Alianza Editorial, 2005, Premio de la Crítica de Asturias
Maíto Panduro, Madrid, Edelvives, 2001, Premio Ala Delta, finalista Premio Nacional de Literatura.
Palabras de Caramelo, Madrid, Anaya, 2002
La rara amistad del tío Jonás, Album, una historia gráfica de Alicia Cañas con texto de G.M. Madrid, SM, El Barco de Vapor, 2002
Daños colaterales (El ojo vago y el general). Libro colectivo contra la guerra, en Lengua de Trapo).
El movimiento continuo. Salvat-Bruño, 2002, SM el Barco de Vapor, 2007
El síndrome de Mozart, Gran Angular, SM, 2003. Premio Gran Angular.
Los gigantes de la luna. Edelvives- Ala Delta, 2003
Ladrón de poesías (Con varios autores, dentro del libro Cuentos azules, SM, El Barco de Vapor, 2003)
Un libro vivo (Con varios autores, dentro del libro 100 sopas, Anaya, 2004)
La Zancada del Deyar (Viaje a la Tierra de los Hombres del Libro en el Sáhara Occidental), El Cobre ediciones, 2004
Fuga del horizonte (Institución Alnfons el Magnànim, Valencia, 2004) Disponible en red gratuitamente.
El mejor amigo del perro. Ilustraciones de Pablo Amargo. Los Piratas de SM, 2006
El Bosque de hoja caduca, Anaya-El Corte Inglés, III Premio de Literatura Infantil Ámbito Cultural. 2006
El Remoto Decimal, SM, Gran Angular, Los Libros de Gonzalo, 2007
La Noche del Risón Anaya (Leer y pensar) y Ed. Xerais, 2007
Soy un caballo, ilustraciones de Esperanza León, Kalandraka 2007
Tuva Edelvives, Alandar, 2007
Los chupadores de ojos. Textos literarios y contextos escolares (Graó, 2008) Autores: Carlos Lomas, Bernardo Atxaga, Gustavo Bombin, Agustín Fernández Paz, Guadalupe Jover, Luis Landero, Víctor Moreno, Gonzalo Moure, Berta Piñán, Juan Mata, Manuel Rivas
A Porta de Mayo, con Tina Blanco, Ediciois Xerais, 2008
Cama y Cuento, ilustraciones de Lucía Serrano, Madrid, Anaya 2010
El hombre que entraba por la ventana (Un fado vagabundo), ilustraciones de Gabriel Pacheco, SM, 2010
Esta, la vida, (Escrito a cuatro manos con Mónica Rodríguez), Edelvives, colección Alandar, 2012

www.gonzalomouretrenor.es

Las rubias, según Raymond Chandler

De El largo adiós (The Long Goodbye, 1953), capítulo 13:

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Kim Basinger, en “Los Angeles al desnudo” (L.A. Confidential, 1997).

Miré el reloj y comprobé que el poderoso editor llevaba veinte minutos de atraso. Decidí esperar media hora y después irme. Nunca conviene dejar que el cliente establezca las reglas. Si él trata a uno a empujones entonces supondrá que otra gente también puede hacerlo y no lo contratará a usted por eso. Y precisamente en aquel momento yo no tenía tanta necesidad de trabajo como para permitir que algún ricachón del lejano Este me usara como silla de montar, ni siquiera uno de esos directores importantes con oficinas revestidas de madera en el piso ochenta y cinco, una hilera de botones y teléfonos internos, y una secretaria del Instituto Hatie Carnegie para Oficinistas Especiales, con un par de ojos grandes, hermosos, prometedores. Es el tipo de explotador que le dirá que lo espere a las nueve en punto, y si a usted no se le ocurriera estar sentado y quietecito, con una sonrisa amable en la cara cuando él apareciera dos horas más tarde en un inmenso Gibson, sufrirá un paroxismo de ultrajada capacidad ejecutiva que requeriría una estada de cinco semanas en Acapulco antes de poder ocuparse nuevamente de sus asuntos.

El mozo pasó a mi lado y dirigió una mirada suave al débil whisky con agua de mi vaso. Sacudí la cabeza y el mozo siguió de largo. Fue entonces cuando entró en el bar un verdadero sueño en forma de mujer. Por un instante me pareció que todo sonido se había apagado en el bar, que los dos graciosos habían cesado de negociar y que el borracho sentado en el taburete había dejado de mascullar; fue como cuando el director de orquesta golpea con la batuta en el atril levanta los brazos y mantiene a todos en suspenso. Era delgada y bastante alta; llevaba un traje sastre de hilo blanco con un pañuelo de pintitas blancas y negras alrededor del cuello. El cabello era de color oro pálido como el de las princesas de los cuentos de hadas. El pequeño sombrero y el cabello dorado alrededor recordaban un pájaro en su nido. Los ojos eran de un color extraño, azul violáceo, y las pestañas largas y quizá demasiado claras. Se dirigió hacia la mesa de enfrente y empezó a sacarse los guantes blancos. El mozo se acercó en seguida y le apartó la mesa en tal forma y con tanta deferencia como ningún mozo del mundo me la hubiera apartado a mí de esa manera. La joven se sentó, aseguró los guantes con una cadenita de la cartera y agradeció al mozo con una sonrisa tan suave, tan exquisitamente pura, que el hombre casi quedó paralizado por la emoción. Ella le dijo algo en voz baja y el mozo, después de inclinarse hacia adelante, salió casi corriendo. He ahí un tipo que realmente tenía una misión en la vida.

Le clavé la vista y ella captó mi mirada. Levantó los ojos un centímetro y me pareció que había dejado de existir: casi perdí el aliento.

Hay rubias y rubias, y hoy es casi una palabra que se toma en broma. Todas las rubias tienen su no sé qué, excepto, tal vez, las metálicas, que son tan rubias como un zulú por debajo del color claro, y en cuanto al carácter. Tan suave y blanco como el empedrado de la acera. Existe la rubia pequeña y agradable, que gorjea como los pájaros, y la rubia alta y estatuaria, que lo envuelve a uno en una mirada azul de hielo. Existe la rubia que lo mira a uno de arriba abajo y tiene un perfume encantador y resplandece tenuemente y se cuelga del brazo y está siempre muy, muy cansada cuando usted la acompaña a su casa. Ella hace ese gesto de impotencia y tiene ese maldito dolor de cabeza y a usted le gustaría aporrearla, aunque esté contento de haber descubierto lo del dolor de cabeza antes de haber invertido en ella demasiado tiempo, dinero y esperanzas. Porque el dolor de cabeza siempre estará así, es un arma que nunca deja de usarse, y tan mortífera como la espada del asesino o el frasco de veneno de Lucrecia.

Existe la rubia dulce, dispuesta y aficionada a la bebida, y que no le importa lo que lleva puesto —siempre que sea visón —o adónde va— siempre que sea el “Starlight Roof” y haya mucho champaña seco—. Existe la rubia pequeña y altiva que es una verdadera compañera y quiere pagar ella su cuenta y está llena de luz de sol y de sentido común, que sabe judo y puede lanzar al aire, por arriba del hombro, al conductor de un camión, sin perderse más de una frase del editorial del Saturday Review. Existe la rubia pálida, pálida, con anemia de tipo incurable, pero no fatal. Es muy lánguida y muy sombría y habla suavemente como salida de no sé dónde, y usted no le puede poner un dedo encima, en primer lugar porque no tiene ganas, y en segundo lugar porque ella está leyendo La tierra perdida o Dante en el original o Kafka o Kierkegaard, o porque estudia dialecto provenzal. Adora la música, y cuando la Filarmónica de Nueva York está tocando Hindemith, ella puede decirle a usted cuál de los seis contrabajos entró un cuarto de tiempo más tarde. He oído decir que Toscanini también es capaz de ello. Eso quiere decir que son dos.

Y, por último, existe la muñeca maravillosa y encantadora que sobrevive a tres reyes del hampa y después se casa con un par de millonarios a un millón por cabeza y termina con una villa de color de rosa pálido en Cap d’Antibes, un coche Alfa Romeo completo, con chófer y acompañante, y una caballeriza de aristócratas enmohecidos a los que tratará con la atención distraída y afectuosa conque un anciano duque dice buenas noches a su criado.

Aquel sueño atravesado en mi camino no pertenecía a ninguna de esas categorías; ni siquiera era de este mundo. Era inclasificable: tan remota y clara como el agua de la montaña, tan evasiva como su color.

* * *

Raymond Thornton Chandler nació en Chicago, EEUU el 22 de julio de 1888 y falleció el 26 de marzo de 1959 en La Jolla, California, EEUU.

Novelas:

The Big Sleep (1939, El sueño eterno)
Farewell, My Lovely (1940, Adiós, muñeca)
The High Window (1942, La ventana siniestra)
The Lady in the Lake (1943, La dama del lago)
Five Murderers (1944)
Trouble Is My Business (1950)
The Little Sister (1949, La hermana pequeña)
The Simple Art of Murder (1950, El simple arte de matar)
The Long Goodbye (1953, El largo adiós)
Pick-Up On Noon Street (1953)
Playback (1958)
Poodle Springs (1959) [póstuma]
Killer in the Rain (1964, Asesino bajo la lluvia) [póstuma]

También escribió cuentos y guiones de cine.

Andrés Hax / Vidas Breves: Philip K. Dick

(Publicado en Revista Ñ, 10.1.2013)

Autor de clásicos de la ciencia ficción como “Ubik” o “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” que se adaptó al cine como “Blade Runner”, se convirtió en un fetiche de Hollywood. En 1974 tuvo una visión mística del hombre y el universo y lo volcó en un diario privado que sumó 8.000 páginas. Assange, Bush, o Cheney, parecen personajes suyos.

Philip K. Dick (1928-1982) es uno de los escritores de ciencia ficción más importantes del Siglo XX. Pero es mucho más que eso. Para alguien que no lo haya leído (y que huya de la ciencia ficción por prejuicios sobre el género), buscaremos un hermano espiritual de Dick en la Literatura con mayúscula. Entonces, Philip K. Dick es algo así como el Franz Kafka de los Estados Unidos. Dick, como Kafka, anticipó tendencias totalitarias de su país. Pero además percibió un espíritu secreto de su era. En ambos casos su obra fue reconocida después de muertos. Es que tanto uno como el otro, escribían sobre la profunda realidad de su tiempo, sobre aquello que estaba en período de incubación. Como los animales, que saben del terremoto antes que ocurra, Dick, como Kafka, anticipó lo que venía y lo contó en libros alegóricos, que parecían fantasías paranoicas hasta que se volvieron proféticos. Por esto, y por media docena de otros motivos, Dick es un autor canónico. Al leerlo, nuestra forma de ver nuestro mundo actual cambia. Hasta podríamos decir que sin leer a Philip K. Dick no se puede comprender bien el mundo en cual vivimos.

Philip K. Dick fue un autor prolífico. Publicó más de 40 novelas y más de 120 cuentos. Además, dejó una obra secreta: sus diarios personales autodenominados Exégesis, que abarcan más de 8.000 páginas, (una selección en un volumen, de casi mil páginas fue publicada en 2011 con prólogo de Jonathan Lethem.) Al principio de su carrera Dick pretendía ser en un escritor de literatura convencional y sus primeras novelas de aprendizaje fueron realistas. Aunque terminó siendo un escritor muy exitoso, ganando premios, lectores fanáticos, el respeto de sus pares y también dinero, siempre luchó contra la ciencia ficción como género. Cuando empezó a escribir, y aun en la fecha de su muerte, en 1982 con 53 años, la ciencia ficción era un gueto despreciado por la academia y la sociedad convencional. Hoy la situación ha cambiado, a tal punto que Dick ha sido publicado por The Library of America, el sello editorial que define el canon de las letras estadounidenses, y la revista Time nombro su novela Ubik (1969) como una de las cien mejores novelas escritas en inglés desde 1923.

El mundo de Dick es de cyborgs, de corporaciones omnipotentes y monopólicas que manejan tecnologías como el control de la memoria; es el mundo de la adicción, de la alucinación, de gobiernos autoritarios; de paisajes pos-apocalípticos y mundos distópicos; es el mundo de la paranoia, de las visiones místicas. Mundos paralelos. Pero dentro de todos estos escenarios y situaciones clásicas de la ciencia ficción la literatura de Dick se basa en las preguntas que son las mismas que están en el centro de la filosofía y la religión: ¿Qué es el ser humano? ¿Qué es la realidad? ¿Cuál es la naturaleza del Universo?

Para el escritor Jonathan Lethem, la ciencia ficción de Dick está un nivel por encima de sus contemporáneos: “Ellos estaban escribiendo sencillas fábulas, por más que no quieran admitirlo. Pero Dick se ocupó de manera distintiva y directa de la resaca de terror y lo irracional en la sociedad contemperaría tecnológica. Este fue el motivo por el cual la ciencia ficción empezó a ser importante. Porque se enfrentaba con el hecho de que estamos viviendo en una era tecnocrática en la cual las artes tradicionales, literarias y demás, no tenían mucho que decir sobre esto, no encontraban un vocabulario para reconocer la velocidad de cambio en la vida cotidiana.”

Por más que no hayan leído una página de la obra de Philip K. Dick es muy probable que conozcan su mundo, y no solo porque poco a poco el mundo que habitamos se parece más al de sus libros. Es que, póstumamente, Dick se ha convertido en uno de los autores predilectos de Hollywood. Blade RunnerMinority ReportA Scanner Darkly,Total RecallScreamersPaycheckEternal Sunshine of the Spotless Mind [Nota: el autor del artículo cometió un error. Esta película NO está basada en una historia de Dick] y The Adjustment Bureau son algunas de las películas adaptadas de obras de Dick, quien solo pudo ver la Blade Runner de Ridley Scott.

La vida de Dick fue caótica, intensa y triste. Su padre abandonó a la familia cuando era chico. Vivió toda su vida en diferentes ciudades de California. Fue adicto a las anfetaminas; lo ayudaban en su frenético ritmo de escritura pero le dejaron secuelas que, al fin, resultaron mortales. Tuvo cinco esposas y tres hijos, a ninguno de los cuales trató bien. No participó en su crianza ni los ayudó económicamente. Hasta llegó a golpear a una de sus esposas. Era profundamente paranoico y con motivos. En un evento nunca explicado su casa fue robada, y destruida, pero solamente fueron extraídos sus papeles personales. Vivía de escribir pero siempre le faltaba dinero. Sentía que como escritor nunca había sido valorado como se merecía.

Dentro de toda esta cotidianeidad hay dos eventos fundamentales en la vida de Philip K. Dick alrededor de los cuales él mismo, obsesivamente y torturadamente, configuró su psique. El primer evento fue la muerte de su hermana melliza, en los primeros meses de su vida, o sea en enero de 1929 (Dick nació en Chicago, el 16 de diciembre de 1928). El segundo evento fue un delirio místico —o psicótico— en los meses de febrero y marzo de 1974, cuando tenía 46 años.

Su hermana, Jane Charlotte Dick, murió por negligencia. La madre primeriza era inmadura, y aparte de la escasa compañía de su marido, estaba completamente sola. Pero no era cruel o indiferente. Abrumada por la incipiente crianza de sus hijos, llamó a sumadre por ayuda, pero ya era muy tarde. En un accidente, quemó a su hija Jane con una botella de agua caliente con cual intentaba calentar la cuna. Los médicos llevaron a los mellizos al hospital. La niña murió en camino y el niño se salvó después de estar varios días cerca de la muerte. Ambos estaban desnutridos.

Años después, en el Exégesis, Dick escribió: “Es el Jane dentro de mi —el ánima o el principio femenino— que es el lado lacrimoso de mi ser, que está enfermo y que ahora busca ser hospitalizado. Es Jane dentro de mí que se está intentando morir. O, en realidad, es la Jane que realmente murió, que repite sus pasos en mi anima una y otra vez, ese viaje mortal que se dio por la negligencia. Es la Jane-dentro-de-mi que ahora esta asustada y deprimida. Pero si la Jane dentro de mi se muere ahora me llevará a mí (el mellizo masculino) con ella, con lo cual no tengo que sucumbir. Jane tendrá que seguir viviendo en su existencia vestigal a mi lado aunque esté al otro lado…”

Para el biógrafo Lawrence Suten la muerte de Jane es el evento central en la vida psíquica de Dick: “El tormento se extendió a través de su vida entera, manifestándose en las relaciones difíciles que tuvo con las mujeres y con su fascinación por resolver los dilemas dualistas” como el de humano/androide, por ejemplo, que es central a su obra.

El otro evento central en la vida de Dick fue una serie de visiones que duró dos meses enteros, en 1974. En ese momento vivía en Orange County en California. Volvía del dentista donde había sido tratado por un dolor de muela. De vuelta en su casa le abrió la puerta a alguien que le vino a traer su medicación de una farmacia. Era una mujer joven con un colgante de un pez dibujado. Dick le preguntó qué significaba. La chica le dijo que era el símbolo de las primeras sectas cristianas, las perseguidas por el Imperio Romano. En ese momento Dick tuvo una revelación. Tuvo un momento de conocimiento total en la cual vio la historia humana entera. Se dio cuenta que la historia no es lineal, sino circular. Que el Imperio Romano aun existía, que esta realidad en la cual vivimos era de hecho una especie de prisión. La visión persistió por dos meses mutándose, multiplicándose, profundizándose.

Desde entonces hasta su muerte Dick se ocupó de interrogarse a si mismo sobre el significado de este evento, tratando de discernir si era una visión mística, un sueño, un flashback de droga, un brote psicótico o esquizofrénico, o una combinación de todas estas cosas. El episodio, que el denominaba “2-3-74” no solo le brindó una visión de la “realidad” sino también una mirada sobre el significado de su obra y el sentido de su vida.

Nos cuenta Lethem en la introducción a una selección del Exégesis : “Dick comenzó a ver todos sus escritos anteriores —especialmente sus novelas de ciencia ficción de los 60— como un intricado e inconciente precursor a sus percepciones visionarias… [En el Exégisis] Dick escribió sobre la ternura, sufrimiento y naturaleza del universo; sobre la esencia de la tragedia; sobre alienígenas de tres ojos; robots hechos de ADN; cultos cristianos antiguos y reprimidos cuyas creencias esenciales predecían la teoría Marxista; viajes en el tiempo; radios que siguen tocando después de ser desenchufadas; y la naturaleza verdadera del universo como le fue revelado en el Libro tibetano de la muerteEl origen de la conciencia y la mente bicameral de Julian Jaynes, y la película Tres mujeres de Robert Altman” entre muchas, muchas otras cosas.

Para algunos lectores la obra más importante de Kafka son sus diarios. Tal vez el Exegesisde Philip K. Dick tenga el mismo destino. Si hay una critica que se le puede hacer a las obras de Dick es que sus ideas y sus mundos son mucho más fascinantes que su prosa en si. Tal vez no sea incorrecto decir que Dick no es muy buen escritor. Pero esa evaluación  excede los límites de esta Vida Breve. En todo caso, Dick mismo ha respondido a esta duda. Escribió, justamente en sus diarios íntimos:

“Soy un filósofo que ficcionaliza, no un novelista; mi habilidad de escribir cuentos y novelas es utilizada con el fin de dar forma a mis percepciones. El centro de mi escritura no es el arte sino la verdad. Por lo tanto lo que yo cuento es la verdad, y sin embargo no hay nada que pueda hacer para aliviarla ni por hechos o explicaciones. De todas maneras esto suele darle ayuda a un tipo de persona sensible y atormentada por el cual hablo. Creo que entiendo el ingrediente en común en ellos a quienes mi escritura les ayuda: ellos no pueden atenuar sus propias sospechas sobre la irracional y misteriosa naturaleza de la realidad. Y para ellos el corpus de mi escritura es un largo argumento acerca de esta inexplicable realidad. Es una integración y presentación y análisis y respuesta y historia personal.”

Philip K. Dick hizo algo aparentemente imposible. Escribió sobre el espíritu de nuestrostiempos. Se murió antes de Internet, antes de la Guerra contra el Terrorismo y la Guerra Contra las Drogas. No llegó a ver la realidad virtual o la farmapsicologia. Pero escribió sobre todas estas cosas y más. Julian Assange es un personaje de Philip K. Dick. También lo son Dick Cheney y George Bush. CNN, Fox, y la televisión reality. Todos son parte del mundo Dick.

Podríamos seguir y seguir…

Fuentes /Más Información

Divine Invasions: A Life of Philip K. Dick. Lawrence Sutin

The Exegesis of Philip K. Dick

The Library of America Interviews Jonathan Lethem about Philip K. Dick

Blows Against the Empire. The return of Philip K. Dick. Adam Gopnik (The New Yorker. 20 de agosto, 2007)

The Second Coming of Philip K. Dick. The inside-out story of how a hyper-paranoid, pulp-fiction hack conquered the movie world 20 years after his death. By Frank Rose (WIRED.

Philip K Dick Interview in France 1977 (video)

Philip K. Dick – IMDb

Robert Desnos, poeta

COMO UNA MANO…

Como una mano que en el instante de la muerte
y del naufragio se levanta al modo de los rayos del sol poniente,
así surgen por todas partes tus miradas.
Quizá ya no haya tiempo, ya no haya tiempo para verme,
Pero la hoja que cae y la rueda que gira te dirán
que nada perdura en la tierra,
Salvo el amor,
Y de esto quiero convencerme.
Botes de salvamento de colores rojizos.
Tempestades en fuga,
Un vals anticuado que se lleva el tiempo y el viento por los
largos caminos del cielo.
Paisajes.
No quiero más abrazos que aquel al que aspiro,
Y muera el canto del gallo.
Como una mano que en el instante de la muerte
se crispa, así se oprime mi corazón.
Nunca he llorado desde que te conocí.
Quiero demasiado a mi amor para llorar.
Tú llorarás sobre mi tumba,
o yo sobre la tuya.
No será demasiado tarde.
Hasta mentiré. Diré que fuiste mi amante,
Y al final todo es tan absolutamente inútil,
A ti y a mí muy cerca nos espera la muerte.

A la mystérieuse ( Corps et Biens)

TANTO SOÑÉ CONTIGO

Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad.
¿Todavía hay tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo y besar
sobre esa boca el nacimiento de la voz que quiero?
Tanto soñé contigo que mis brazos habituados a cruzarse sobre
mi pecho cuando abrazan tu sombra, quizá ya no podrían
adaptarse al contorno de tu cuerpo.
Y frente a la existencia real de aquello que me obsesiona y
me gobierna desde hace días y años,
seguramente me transformaré en sombra.
Oh balances sentimentales.
Tanto soñé contigo que seguramente ya no podré despertar.
Duermo de pie, con mi cuerpo que se ofrece a todas las
apariencias de la vida y del amor y tú, la única que cuenta
ahora para mí, más difícil me resultará tocar tu frente
y tus labios que los primeros labios y la primera frente
que encuentre.
Tanto soñé contigo, tanto caminé, hablé, me tendí al lado de
tu fantasma que ya no me resta sino ser fantasma entre
los fantasmas, y cien veces más sombra que la sombra que
siempre pasea alegremente por el cuadrante solar de tu vida.

A la mystérieuse ( Corps et Biens )

ÚLTIMO POEMA

Tanto soñé contigo,
Caminé tanto, hablé tanto,
Tanto amé tu sombra,
Que ya nada me queda de ti.
Sólo me queda ser la sombra entre las sombras
ser cien veces más sombra que la sombra
ser la sombra que retornará y retornará siempre
en tu vida llena de sol.

Domaine Public

* * *

Robert Desnos nació en París el 4 de julio de 1900 y murió en el campo de concentración de Theresienstadt el 8 de junio de 1945.

Obras:
Rrose Sélavy (1922-1923)
Le pélican
Langage cuit (1923)
Deuil pour deuil (1924)
La Liberté ou l’Amour (1927)
Les Ténèbres (1927)
Corps et biens (1930)
Sans cou (1934)
Fortunes (1942)
État de veille (1943)
Le Vin est tiré (1943)
Contrée (1944)
Le Bain avec Andromède (1944)
Chantefables et chantefleurs (1970), publicación póstuma.
Destinée arbitraire (1975), publicación póstuma.
Nouvelles-Hébrides et autres textes (1978), publicación póstuma.

Dante Alighieri & Gustave Doré / Infierno

Dante Alighieri nació en Florencia alrededor del 29 de mayo de 1265 y falleció en Rávena el 14 de septiembre de 1321.

Paul Gustave Doré nació en Estrasburgo, Francia el 6 de enero de 1832 y falleció en París, Francia el 23 de enero de 1883.

Carlos Balmaceda / Don Quijote y el poder de la imagen

Lanzado en su aventura, el héroe de Cervantes comprueba que había confundido ficción con realidad. Hoy, nosotros, de pantalla en pantalla, corremos el riesgo de perder la capacidad de vivir experiencias

La marplatense, junto al mítico barrio La Perla y cerca de la playa donde Alfonsina Storni se suicidó una madrugada de octubre. En la esquina sudoeste de la plaza, de cara al mar, se levanta el monumento a Cervantes. La obra fue creada por Hidelberg Ferrino y se inauguró en 1975. La escultura muestra a Don Quijote de la Mancha cabalgando sobre Rocinante, con la lanza y el rostro apuntando al cielo, y detrás, sobre su asno, al escudero Sancho Panza. La obra soportó una polémica cuando corrió el venenoso rumor de que había sido creada a imagen y semejanza del monumento a Cervantes que hay en el barrio de Palacio, en Madrid. Como en los años 70 las imágenes circulaban con otro vértigo, hubo que aguardar varias semanas para comprobar las diferencias. Años después, y todavía picado por las viejas habladurías, Ferrino me contó que se había inspirado en la imagen más popular que existe de ambos personajes: ésa en que los dos cabalgan a paso lento y desgarbado por las llanuras de la Mancha en busca de aventuras. Esa imagen también operaba como una matrioska porque Ferrino recordaba que cuando cursaba el secundario, allá por los años 30, uno de sus profesores le había hablado tanto del Quijote que podía recordar la novela mediante imágenes tan vivas como las del cine.

Cuento una historia de imágenes que se multiplican en más imágenes. Como las que surgieron debido a los nuevos usos y sentidos urbanos que afectaron el monumento: a sus pies se fotografían los recién casados y las chicas vestidas de largo cuando van rumbo a sus fiestas de quinceañeras, y jamás falta la foto del novio desnudo, en plena despedida de soltero, montado en el asno y abrazado a Sancho. Además, ahí se congregan decenas deskaters que usan como rampa la plataforma inclinada y lisa del monumento. También posan los turistas, claro. Describo retratos y representaciones de una cultura que privilegia la imagen, en cuanto significante, sobre su significado. Donde vale más la forma que los contenidos.

Esta cualidad de la imagen merece más atención: releo Don Quijote de la Mancha según la edición del IV Centenario que hizo la Real Academia Española y me demoro en el prólogo de Mario Vargas Llosa porque dice: “Antes que nada, Don Quijote de la Mancha , la inmortal novela de Cervantes, es una imagen: la de un hidalgo cincuentón, embutido en una armadura anacrónica y tan esquelético como su caballo, que, acompañado por un campesino basto y gordinflón montado en un asno, que hace las veces de escudero, recorre las llanuras de la Mancha?”. Vargas Llosa pega en el clavo: ¿quién no conoce esa imagen? Millones de personas desde hace siglos la conocen. Aunque sin saber bien cómo nacieron y qué hicieron Don Quijote y Sancho. Hechizos de la ficción porque, en realidad, ¿cuántos leyeron la obra?

Es que la imagen tiene una vitalidad voraz. Todo lo traga y lo fagocita. Ya sea desde la televisión por aire o cable, o la Smart TV, el cine común o en 3D, la computadora hogareña y la portátil, los celulares como el iPhone, Blackberry o Galaxy, la tablet o los plasmas de los espacios públicos y comerciales. También nos embrujan las imágenes de la fotografía y el video digital de las cámaras y los celulares, y ni qué hablar de las que alimentan las redes sociales, los blogs y otros espacios de contacto virtual donde conviven con palabras, voces, música, sonidos. Hoy, como nunca, las imágenes parecen tener vida propia. Pero cuidado: es una vida forjada según los mandamientos que regulan la sociedad actual, en donde todos formamos parte de un gigantesco show mediático y virtual, y en donde el entretenimiento y la diversión son los licores que embriagan nuestros sentidos ávidos de consumo y distracción. Aunque quizás, como le ocurrió al doctor Fausto soñado por Cristopher Marlowe, el mundo de la imagen y la virtualidad reclame, a cambio del placer que nos ofrece, que le rindamos culto y le entreguemos nuestra propia alma.

Pero caer en la tentación tiene un costo elevado. El más grave es que la omnipresencia de la imagen opaca nuestra capacidad de vivir experiencias que puedan ser definidas como tales. Las experiencias, en cuanto saber y conocimiento proverbial, están cada vez más ausentes de nuestras vidas. Escapan lejos y ya no sabemos cómo alcanzarlas. Walter Benjamin anticipó esta carencia en Experiencia y pobreza , en 1933, y sus escritos influyeron, entre otros, en lo que Giorgio Agamben plantea sobre la misma cuestión. Pero me deslizo por otro camino para comprender lo que nos pasa cuando vivimos un día tras otro, a lo largo de semanas y años, atados a emociones superficiales que no se traducen en experiencias enriquecedoras. Es que la vida, sin experiencias, se transforma en un trance vacío y tedioso que suele desencadenar una profunda depresión.

Todos los días hay millones de personas que salen y regresan a sus casas sin que tengan algo importante para contar acerca de ellos mismos a la luz de un hecho vivido esa jornada. Nada pasó que sacudiera sus creencias y convicciones, que salpicara el significado que le otorgan a la vida, al amor, al dolor, a la felicidad. Sólo vivieron encuentros rutinarios, charlas ocasionales, enviaron y recibieron mensajes triviales por celular, Twitter o Facebook. La vida se vive en una pantalla, y si es táctil, se vive más aceleradamente. Pero la velocidad es enemiga de la intensidad y la profundidad. Y, claro está, no hablo de lo que viven quienes sufren una tragedia colectiva -un brutal choque de trenes, un incendio salvaje durante un recital de rock- ni los que padecen una desgracia personal. Hablo de los miles y miles de personas que viven aferrados a las emociones pasajeras y los placeres fugaces que producen las imágenes de un mundo cada vez más virtual -y cada vez más irreal- y que prefieren mirar sin preocupaciones hacia una dimensión idílica para no mirarse a sí mismos y a su propia realidad con ojo crítico. Hasta que de golpe y porrazo la vida se les cae encima como un cíclope y la realidad -esa realidad velada por las imágenes que operan como pantallas hipnóticas- les pega un cachetazo y los devuelve a la vida verdadera. Entonces las imágenes se borran, el show termina y el mundo real parece una isla desconocida.

Explico el modo en que funciona el poder de la imagen según Don Quijote.

Cuando comienza la novela nos enteramos de que a don Alonso Quijano se le dio por leer y leer libros de caballería, y así, “del poco dormir y del mucho leer, al pobre hidalgo se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio”. El hidalgo está loco de remate y no se le ocurre nada mejor que transformarse en un caballero andante para convertirse en Don Quijote de la Mancha. Se calza las armas, monta en Rocinante, abandona su pueblo y sale en busca de aventuras. Primero solo; luego, con Sancho Panza.

Las extravagantes peripecias duran cerca de ocho meses y Cervantes las contó en dos partes: la primera fue publicada en 1605 y la segunda, en 1615. Al final, cuando Don Quijote se muere, sucede algo extraordinario: recobra la razón y le dice a Sancho: “Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo”.

Esta frase está fundada en la experiencia vivida por Don Quijote y su escudero. Porque la novela trata del modo en que la ficción se inmiscuye en nuestras vidas y las cambia, y de la forma en que cada uno de nosotros, al intentar cumplir nuestros sueños y obsesiones, al enfrentarnos cara a cara con nuestros deseos más recónditos, logramos modificar el sentido de la fantasía y la irrealidad que también forman parte de nuestra existencia. El nudo de la novela está en el dramático choque que se produce cuando Don Quijote experimenta en carne propia la irrealidad de las imágenes que poblaban su cabeza. Pero esto es una metáfora: su locura estaba en creer que las mentiras de los cuentos de caballería eran la más pura verdad y que la ficción era la más pura realidad. Cuatrocientos años después, nada cambió: las mentiras son siempre mentiras, la ficción es la ficción y la verdad es que la única vida posible -hagamos lo que hagamos- es la que nos toca vivir en el mundo real.

* * *

Carlos Balmaceda nació en 1954 en Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina. Escritor, dramaturgo, profesor de Literatura y Licenciado en Sociología. Profesor de stand up en la Facultad de Medicina y en Studio Shenkin, centro cultural dependiente de AMIA.

Fue finalista del premio “Clarín” de novela, mención premio “Emilia” de teatro de humor, elegido por “Vagamente familiar” para el ciclo Teatro x la identidad, pieza teatral que se exhibió en Buenos Aires durante 2001 y en Londres durante 2011.

Autor de las novelas La verdad sobre el hijo del diabloManual del caníbal (2005), La plegaria del vidente (2011).

Proverbios latinos

A

En realidad las siguientes son alocuciones latinas

A calvo ad calvum: ‘de calvo a calvo’. Del primero al último. El emperador Calígula empleó esta expresión cuando, en una visita a la cárcel, ordenó que los prisioneros fueran colocados en fila, y resultó que tanto el primero como el último no tenían pelo.

Ab æterno: ‘por toda la eternidad’.

Ab imo pectore: ‘desde el fondo del pecho’. Con toda sinceridad, a pecho descubierto.

Ab initio: ‘desde el inicio’, desde tiempo inmemorial.

Ab irato: ‘por la ira’, movido por el enojo.

Ab origine: ‘desde el origen’, aborigen.

Ab ovo: ‘desde el huevo‘; desde el principio.

Ad absurdum: ‘al absurdo’ (demostrar algo hasta llegar al absurdo).

Ad astra: ‘hasta las estrellas’ (equivalente al máximo desafío de superación).

Ad hoc: ‘para esto’, hecho específicamente para un determinado fin.

Alea jacta est: ‘la suerte está echada’, atribuida a Julio César al cruzar el Rubicón.

Aquila non capit muscas: ‘El águila no caza moscas’, Quien es importante no se ocupa de pequeñas cosas.

Ars longa vita brevis: ‘El arte (la ciencia) es duradero pero la vida es breve’. Cita de Hipócrates

B

Beati pauperes spiritu: ‘bienaventurados los pobres de espíritu’ (texto bíblico).

Beati qui non viderum et crediderunt: ‘Bienaventurados los que no vieron y creyeron’. Texto Bíblico.

Beati possidentes: ‘felices los que poseen’. Locución ocupada por Bismarck.

Beatus ille qui procul negotiis: ‘dichoso aquel alejado de los negocios’. Primer verso del segundo epodo de Horacio.

Bellum omnium contra omnes: ‘guerra de todos contra todos’, referida al estado de naturaleza que precedió al pacto social. (Hobbes).

Bis dat qui cito dat: ‘quien da pronto da dos veces’. Quien hace un favor prontamente merece doble agradecimiento del favorecido.

Bis repetita placent: ‘las cosas repetidas gustan’.

Bona diagnosis, bona curatio: ‘un buen diagnóstico: una buena curación’ (para curarse es necesario saber de qué se está enfermo).

Bona fides contraria est fraudi et dolo: ‘la buena fe es contraria al fraude y al engaño’.

Bonum vinum laetificat cor hominis: ‘el buen vino alegra el corazón del hombre’.

Brevior saltare cum defurmibus mulieribus est vita: ‘la vida es corta para bailar con mujeres feas’.

C

Caesar caesaris, deus dei” ‘Al Cesar lo que es del Cesar, a Dios lo que es de Dios’.

Caelum non animum mutant qui trans mare currunt” ‘cambian de cielo, no de espíritu, los que huyen al otro lado del mar’.

Caesar, non super grammaticos: ‘César, no [estás] sobre los gramáticos’. Se cuenta que el emperador Tiberio empleó en cierta ocasión una palabra no latina. El lingüista Ateio Capitón se lo hizo notar, a lo que el regio personaje contestó «Desde ahora pasará a serlo», por lo que el filólogo replicó con la frase citada. Ver también Ego sum rex romanus et súper grammáticam.

Canes timidi vehementius latrant: ‘Los perros más cobardes son los que más ladran’, ‘perro ladrador poco mordedor’.

Caret initio et fine: ‘No tiene principio ni fin’,‘no tiene ni pies ni cabeza’.

Carpe diem: ‘disfruta el día’, vive el momento.

Carpe noctem: ‘disfruta la noche’.

Castigat ridendo mores: ‘corrige riendo las costumbres’. Se refiere a la sátira y a la comedia, empleadas en no pocas ocasiones para denunciar los vicios de la sociedad. Esta frase fue adoptada como eslogan por dos teatros parisinos.

Casus belli: ‘caso bélico’, motivo de guerra.

Caveant consules ne qüid detrimenti respública capiat: ‘que los cónsules tengan cuidado, para que la república no sufra ningún daño’. Comienzo del llamado senatus consultum últimum, invitando a nombrar a un dictador en caso de peligro para el Estado.

Cave ne cadas: ‘cuida de no caer’ o ‘cuidado, no caigas’. Frase que le era repetida a los generales victoriosos de Roma en el triumphus (desfile triunfal) por el mismo esclavo que sostenía la corona de laureles sobre su cabeza. Se utiliza para que no olvidemos lo efímero del triunfo y no caigamos en la arrogancia, la soberbia y otros defectos productos del momento y mantengamos los pies en el suelo.

Cedant arma togae: ‘que las armas cedan a la toga’. Palabras que Cicerón escribió en alabanza de su propio consulado. Se usa para afirmar la preeminencia del poder civil sobre el militar.

Ceteris paribus: ‘el resto constante’. Método de análisis que consiste en mantener todas las variables constantes, excepto aquella que pretende analizarse.

Cogitationis poena nemo patitu: ‘con el pensamiento no se delinque’

Cogito ergo sum: ‘pienso, por lo tanto soy’ («Pienso, luego existo»). Principio básico del pensamiento cartesiano.

Cogitationis poena nemo patitur: ‘el pensamiendo no delinque’.

Conditio sine qua non ‘condición sin la cual no es posible, condición inexcusable’, se emplea para referirse a algo que no es posible sin una condición determinada, porque es aquella sin la cual no se hará una cosa o se tendrá por no hecha. Debe pronunciase: sinekuanón y no: sinekuánon.

Consensus facit nuptias: ‘el consenso hace las nupcias’. Principio de derecho por el cuál la base fundamental del matrimonio es la voluntad libre y conjunta de las dos personas que deciden contraerlo.

Constantia fundamentum est omnium virtutum: ‘La constancia es el fundamento de todas las virtudes’.

Consumatum est: ‘todo está acabado’. Traducción al latín de las últimas palabras de Jesús de Nazaret en la cruz. Se emplean estas palabras a propósito de un desastre, de un gran dolor, etc.

Conticuere omnes, intentique ora tenebant: ‘callaron todos, y miraban atentamente’. Así comienza el segundo libro de la Eneida, y se usa para indicar una gran expectación.

Corruptio optimi péssima: ‘la corrupción de los mejores es la peor de todas’

Corruptissima re publica plurimae leges: ‘la república más corrupta es la que tiene más leyes’.

Credo quia absurdum: ‘creo porque es absurdo’. Atribuido a Tertuliano, padre de la Iglesia, sobre la existencia de Dios.

Cui prodest? / Cui bono?: ‘¿a quién beneficia?’

Cuius est solum, eius est usque ad caelum et usque ad inferos: El dueño del suelo lo es también del cielo que está encima, y del subsuelo que está debajo.

Cum finis est licitus, etiam media sunt licita: ‘cuando el fin es lícito, también lo son los medios’. Frase de un manual de moral escrito en 1650 por el jesuita Busenbaum.

Cum fovet fortuna, cave, namque rota rotunda: ‘cuando la fortuna te favorece, ten cuidado, porque la rueda gira’.

Cum lupus addiscit psalmos desiderat agnos: ‘cuando el lobo aprende salmos, echa de menos a los corderos’.

Cum Romae fueritis, Romano vivite more: ‘si vais a Roma, vivid según la costumbre romana’. Allí donde fueres, haz lo que vieres.

Cum tacent, clamant: ‘cuando callan, gritan’. Palabras de Cicerón dirigidas a su enemigo Catilina, queriendo resaltar el valor expresivo del silencio.

Currículum vítae: ‘carrera de la vida’. Documento en el que figura la experiencia profesional, así como los estudios de una persona.

(De Wikipedia)

Samuel Beckett (1952) En attendant Godot [Waiting for Godot] (Esperando a Godot)

Samuel Beckett escribió Esperando a Godot originalmente en francés y luego él mismo hizo la traducción al inglés como Waiting for Godot. Es una de las obras teatrales y literarias más importantes de todas las épocas, sobre todo del llamado “teatro del absurdo”.

En principio dos personajes, Estragón y Vladimiro, en un “camino en un descampado, con árbol. Atardecer”, al parecer vagabundos, que se reencuentran. Están esperando a Godot, quien les dijo que tenían que esperar “delante del árbol”. Luego aparecerán Pozzo quien trae a Lucky con una soga atada al cuello. Un muchacho intervendrá para traerles alguna novedad de Godot.

¿Para qué esperan a Godot? ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene esperar? ¿Por qué Pozzo somete a un trato inhumano a Lucky?

Todo transcurre en torno a estas preguntas cuyas respuestas el espectador o lector podrá interpretar, pero cuya absurdidad quizás no sea tal ya que simplemente nosotros somos los que ignoramos. Quizás los personajes sepan de qué se trata este drama. Quizás todo sea absurdo porque la vida es absurda, tanto como preguntarnos por la vida.

* * *

VLADIMIRO.- No perdamos el tiempo en discusiones inútiles. (Pausa. Con vehemencia.) Hagamos algo, ahora que se presenta la ocasión. No siempre nos necesitan. La verdad es que no se nos necesita. Otros lo harían igual que nosotros, si no mejor. La llamada que acabamos de escuchar va dirigida a toda la Humanidad. Pero en este lugar, en ese momento, nosotros somos la Humanidad, queramos o no. Aprovechemos la Ocasión antes de que sea demasiado tarde. Representemos dignamente por una vez a esa ralea de que la desgracia nos ha hecho formar parte. ¿Qué te parece?

ESTRAGÓN.- No te escuchaba.

VLADIMIRO.- Bien es verdad que quedándonos de brazos cruzados, pesando el pro y el contra, también hacemos honor a nuestra condición. El tigre se precipita en auxilio de sus congéneres sin pensarlo. O se refugia en lo más espeso de la selva. Pero la cuestión no es esta. «¿Qué hacemos aquí.?», es lo que tenemos que preguntarnos. Tenemos la suerte de saberlo. Si; en medio de esta inmensa confusión, una sola cosa está clara: esperamos que venga Godot.

ESTRAGÓN.- Es verdad.

VLADIMIRO.- O que caiga la noche. (Pausa.) Tenemos una cita, y se acabó. No somos santos; pero hemos acudido a la cita. ¿Cuántos pueden decir lo mismo?

ESTRAGÓN.- Infinidad de gente.

VLADIMIRO.- ¿Tú crees?

ESTRAGÓN.- No sé.

VLADIMIRO.- Es posible.

POZZO.- ¡Socorro!

VLADIMIRO.- Lo que es cierto es que el tiempo, en estas condiciones, pasa despacio y nos lleva a llenarlo con triquiñuelas que, ¿cómo diría?, a primera vista pueden parecer razonables, pero a las que estamos acostumbrados. Me dirás que es para impedir que nuestra razón se nuble. De acuerdo. Pero he aquí lo que me pregunto a veces: ¿no anda errante ya en la continua noche de los grandes abismos? ¿Sigues mi razonamiento?

ESTRAGÓN.- Todos nacemos locos. Algunos siguen siéndolo.

POZZO.- ¡Socorro! ¡Les daré dinero!

ESTRAGÓN.- ¿Cuánto?

POZZO.- Dos duros.

ESTRAGÓN.- Es poco.

VLADIMIRO.- Yo no llegaría hasta eso.

ESTRAGÓN.- ¿Te parece bastante?

VLADIMIRO.- No; quiero decir hasta afirmar que cuando vine al mundo ya estaba mal de la cabeza. Pero la cuestión no es esa.

POZZO.- Cinco.

VLADIMIRO.- Estamos esperando. Nos aburrimos. (Levanta la mano.) No, no me contradigas; nos aburrimos como ostras, qué duda cabe. Bueno. Se nos presenta una diversión, ¿y qué hacemos? La dejamos que se pudra. Venga; manos a la obra. (Avanza hacia POZZO, se detiene.) Dentro de un instante todo se disipará. Estaremos otra vez solos, en medio de las soledades. (Piensa.)

(Del Acto II)

Beckett

Samuel Barclay Beckett nació el 13 de abril de 1906 en Foxrock, Dublin, Irlanda y falleció el 22 de diciembre de 1989 en Paris, Francia. En 1969 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura.

Obras dramáticas: 
Teatro:
Human Wishes (c. 1936; publicada en 1984)
Eleutheria (1940s; publicada en 1995)
En attendant Godot [1952; Waiting for Godot (1953), Esperando a Godot]
Act Without Words I (1956)
Act Without Words II (1956)
Endgame (1957, Final de partida)
Krapp’s Last Tape (La derniére bande, 1958, La última cinta)
Rough for Theatre I (fines de los ’50)
Rough for Theatre II (fines de los ’50)
Happy Days (Oh les beaux jours, 1961, Los días felices)
Play (1963)
Come and Go (1965)
Breath (1969)
Not I (1972)
That Time (1975)
Footfalls (1975)
Neither (1977) (Una “opera”, música de Morton Feldman)
A Piece of Monologue (1980)
Rockaby (1981)
Ohio Impromptu (1981)
Catastrophe (1982)
What Where (1983)

Radio:
All That Fall (1957)
From an Abandoned Work (1957)
Embers (1959)
Rough for Radio I (1961)
Rough for Radio II (1961)
Words and Music (1961)
Cascando (1962)

Television:
Eh Joe with Jack MacGowran (1965)
Beginning To End with Jack MacGowran (1965)
Ghost Trio (1975)
… but the clouds … (1976)
Quad I + II (1981)
Nacht und Träume (1982)
Beckett Directs Beckett (1988/92) The San Quentin Drama Workshop

Cine:
Film (1965)

Colecciones de prosas y obras más extensas: 
Novelas:
Dream of Fair to Middling Women (1932; publicada en 1992)
Murphy (1938)
Watt (1945; publicada en 1953)
Mercier and Camier (1946; publicada en 1974)
Molloy (1951)
Malone Dies (1951, Malone muere)
The Unnamable (1953, El innombrable)
How It Is (1961, Cómo es)

Novellas:
The Expelled (1946)
The Calmative (1946)
The End (1946)
The Lost Ones (1971)
Company (1980, Compañía)
Ill Seen Ill Said (1981)
Worstward Ho (1983)
As the Story was Told (1990)

Historias:
More Pricks Than Kicks (1934)
First Love (1945, Primer amor)
Stories and Texts for Nothing (1954)
Fizzles (1976)
Stirrings Still (1988)

No ficción:
Dante…Bruno. Vico..Joyce (1929)
Proust (1931)
Three Dialogues (con Georges Duthuit y Jacques Putnam) (1949)
Disjecta (1929–1967)
L’Image (1959)

Libros de poesía:
Whoroscope (1930)
Echo’s Bones and other Precipitates (1935)
Collected Poems in English (1961)
Collected Poems in English and French (1977)
What is the Word (1989)
Selected Poems 1930–1989 (2009)

Colección de traducciones y obras grandes:
Anna Livia Plurabelle (traducción francesa de James Joyce hecha por Beckett y otros) (1931)
Negro: an Anthology (Nancy Cunard, editor) (1934)
Anthology of Mexican Poems (Octavio Paz, editor) (1958)
The Old Tune (Robert Pinget) (1963)
What Is Surrealism?: Selected Essays (André Breton) (varias obras breves en la colección)

Marco Denevi / Cuento de horror

La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) , resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:

-Thaddeus, voy a matarte.

-Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.

-¿Cuándo he bromeado yo?

-Nunca, es verdad.

-¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?

-¿Y cómo me matarás? -siguió riendo Thaddeus Smithson.

-Todavía no lo sé. Quizás poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.

El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.

* * *

Marco Denevi nació el 12 de mayo de 1922 en Sáenz Peña, Provincia de Buenos Aires, Argentina y falleció el 12 de diciembre de 1998.

Novelas:
Rosaura a las diez (1955)
Un pequeño café (1966)
Parque de diversiones (1970)
Los asesinos de los días de fiesta (1972)
Salón de lectura ( cuentos, poesía, teatro y ejercicios de literatura menor, 1974)
Los locos y los cuerdos (1975)
Obras completas (1985. Con los años, se le fueron agregando tomos, hasta completar seis: el primero no tiene título especial; tomo 2: Cuentos, volumen 1; tomo 3: Cuentos, volumen 2; tomo 4: Falsificaciones; tomo 5: Cartas peligrosas y otros cuentos; tomo 6: Teatro)
Robotobor (novela corta infantil, con ilustraciones de Antonio Berni, 1980)
Manuel de Historia (1985)
Enciclopedia de una familia argentina (1986)
Música de amor perdido (1990)
Nuestra Señora de la noche (1997)
Una familia argentina (1998)

Libros de relatos:
Ceremonia secreta (escrito en 1960, este relato daría nombre después a una recopilación, prologada por Alberto Manguel, 1996)
Falsificaciones (microrrelatos, 1966)
El emperador de la China y otros cuentos (1970)
Hierba del cielo (1973. Contiene nueve cuentos: Charlie; Efímera, peligro amarillo; Viaje a Puerto Aventura; Gaspar de la Noche; Michel; Decadencia y caída; Carta a Gianfranco; He aquí a la sierva de los señores; y Hierba del cielo)
Furmila, la hermosa (cuento infantil, 1986)
El jardín de las delicias (Mitos eróticos) (1992)
El amor es un pájaro rebelde (1993)
Noche de duelo, casa del muerto (1994)

Teatro:
Los expedientes (1957)
El emperador de la China (1959)
El cuarto de la noche (1962)
Los perezosos (1970)
El segundo círculo o El infierno de la sexualidad sin amor (1970)
Un globo amarillo (1970)
Fatalidad de los amantes (1974)

Ensayos:
La República de Trapalanda (1989)

Tomás Abraham / La importancia de ser lector

(Publicado en Perfil, 23.9.2012, perfil.com)

En este texto leído en la reciente Feria del Libro de Corrientes, donde fue nombrado ciudadano ilustre, el filósofo analiza el “humanismo de las letras”. Lamenta que hoy exista una “lectura militante”, que combina soberbia con estupidez, y advierte que una democracia plena sólo es posible con una población con ganas de estudiar y de leer.

Pertenezco a una generación para la que la lectura era un símbolo de prestigio cultural y de respeto individual. Recordemos que el presidente Arturo Frondizi se jactaba de leer un libro día por medio, y que sus hermanos tenían la talla intelectual de Silvio Frondizi y del académico Risieri Frondizi.

Quien leía transmitía sin duda un tipo de autoridad basada en alguna leyenda indescifrable, parecía el guardián de un arcano secreto que imponía silencio a su alrededor y lograba el reconocimiento de haber ascendido a un sitio envidiable por lo codiciado.

Se decía que una persona era leída –un modo pasivo de definir a quien se presentaba como depositario de un recurso importante– y cuando se elogiaba a un joven se comentaba que leía. Tener un libro en la mano, más aún cuando esa mano era la de una persona joven, no dejaba de ser una señal de un ser especial. Hasta tal punto que en épocas de dictadura, como por ejemplo aquella tan preocupada por los efectos perniciosos que la cultura podía tener en la sociedad como fue la del general Onganía, leer, tener barba y estudiar Filosofía eran certificados de peligrosidad y de sospecha permanente.

Por supuesto que no todo el mundo pretendía entrar a una librería o a una biblioteca cuando la vida o el ocio así se lo permitían, no era un horizonte de atracción masiva, pero sí una meta y una ambición elitista y selectiva que ponderaba algunas virtudes, se hacía eco de determinadas necesidades y soñaba con supuestas glorias.

La virtud consistía en tener acceso al conocimiento, y el conocimiento era un valor destacable. Quien más sabía más podía y más era. Saber, poder y ser. Por otra parte, la necesidad se fundamentaba en la constatación de que las autoridades legítimas nos mentían y que trataban de domesticarnos. Los padres, los pastores religiosos, los profesores, los militares, los abogados, los médicos, la policía, los representantes de la investidura que componía el entramado reticular de los discursos del poder, engañaban, y la salida liberadora consistía en la apropiación del saber para desmitificar esas palabras astutas, en apariencia terminantes, que nos dejaban, a nosotros, a aquellos jóvenes, sin palabras.

Por último, la gloria soñada era inocente, ingenua, aunque pudo con el paso del tiempo convertirse en un elemento delicado por su grado de inflamabilidad, porque de ser un faro que guía a una humanidad de naúfragos de acuerdo a la idea de genio que legó el romanticismo, el hombre de las letras se hace depositario de una verdad por la que exige entregar la vida, no sólo la suya sino la de todos, adeptos y disidentes.

Cuando hablamos de modernidad y cuando pronunciamos la palabra ilustración no hacemos más que referirnos a este compuesto de ideales que luchó por hacerse un lugar en un cosmos ordenado en base a una jerarquía trascendente, invisible, y sólo ella verdadera, representada por castas que aunaban el símbolo mítico-religioso y el poder militar. Este orden indestructible por dos milenios, desde la cultura antigua hasta las habilidades de la escolástica medieval, se fisurará en tres pedazos que provocan la gran dispersión que sella el final de los tiempos eternos de aquel Dios.

Cristóbal Colón y los grandes navegantes, Lutero y las sectas puritanas, Galileo Galilei con el ingreso del nuevo ojo mecánico que acerca a los sentidos lo que antes era sólo imaginable, producen esa grieta llamada modernidad cuyas sucesivas transformaciones no dejarán por eso de evocar ese primer gesto que modifica de raíz la concepción del tiempo y del espacio que se tenía de lo que se conocía por civilización.

El mundo ensanchado y vuelto sobre sí, el Cristo dividido y la Luna auscultada hacen mella en el Uno de la Verdad, y la multiplicidad infinita no tendrá otro cancerbero que la aventura del conocimiento.

Conocemos la leyenda del Fausto, que desde Christopher Marlowe a Goethe nos habla de la insaciabilidad de quien aspira al saber y de quien no quiere morir, ambos conjugados en el amor absoluto por la mujer ideal.

Fue fundacional de una civilización el mito de Prometeo, que cuenta la historia de la humanidad como resultado del acto de un traidor a la causa divina que roba el fuego y se lo da a esa especie de seres inferiores llamados hombres para que cuezan el barro, cocinen la carne animal y templen el metal.

Estos dos personajes de la literatura de todos los tiempos nos dicen que quien aspira al conocimiento es un transgresor. Los mitos mesopotámicos lo ilustran. Quien quiere saber peca de soberbia, se iguala a los dioses y sucumbe por su desmesura. La tragedia griega lo narra en Edipo como en Antígona.

Para saber es necesario tener coraje, no es un gesto gratuito ni una iniciativa ligera de tomar. Sócrates pertenecía a un mundo –el primero en la historia de la humanidad– en el que los hombres de una sociedad que se autodefinía como “política” se arrogan el derecho de darse a sí mismos sus propias leyes. Fue la primera separación entre el cielo y la tierra, entre el eje vertical de los sistemas palatinos y la circularidad de la palabra pública ejercida en las asambleas.

Emmanuel Kant, en su texto ¿Qué es la Ilustración?, anuncia a fines del siglo XVIII, hace poco más de doscientos años, que ha llegado la época en que la humanidad debe tener el coraje de saber, y que para tenerlo es necesario que se despoje de las tutelas en las que depositaba esa tarea.

El filósofo alemán afirma que la madurez es una actitud que se consigue por un gesto liberador de la custodia de los que se dicen autorizados por el saber: médicos, pastores, hasta llegar a mencionar los libros como almohadones para el reposo de quien pide que otros piensen por él. Pero no se trata de despreciar el conocimiento sino de usarlo luego de un trabajo personal, de un desafío a las certezas inducidas y a las verdades sagradas que imponen la obediencia debida y la lealtad a los mandamaces encumbrados en el poder.

La gramática cuestionada. ¿Se acuerdan de la palabra “autodidacta”? Educarse a sí mismo. Este propósito no implica desprecio alguno hacia los maestros –todo lo contrario– sino el hecho de que el estudio es un trabajo personal ineludible bajo la conducción sutil de un maestro.

Lo que el docente transmite no es tanto un cúmulo de conocimientos clasificados y una nomenclatura de sostén para expresarse con propiedad, sino su modo de aprender, que incluye sus equivocaciones. La enseñanza es el puente que se construye entre aprendices y estudiosos de generaciones sucesivas, en el que se instruye a aceptar el error de quien ensaya y experimenta incansablemente.

Hoy se dice que la era de la gramática ha fenecido. Se sostiene que los modos de acceso al conocimiento ya no necesitan del lenguaje verbal ni de sus expresiones escritas. Nos anuncian un cambio civilizatorio. Bienvenido sea, si tal presagio tiene contenido. El temor al cambio y la conservación de lo adquirido no siempre resguardan valores imperecederos. Todas las culturas tienen fecha de vencimiento.

Uno de los más interesantes filósofos de hoy, Peter Sloterdijk, dice que el humanismo de las letras ya no es el ideal comunicacional de nuestros días. Nos pide que dejemos de lamentarnos por esa pérdida. Escribir o leer no son actos naturales. No por eso llama al analfabetismo sino a una nueva concepción del saber con sus novedosas herramientas.

Lo que el filósofo alemán parece evocar es una nueva revolución galileana como aquella que descabezó las artes liberales de su trono humanista mediante la sustitución de la retórica, la gramática y la lógica de su sitial escolástico por la nueva verdad de la ciencia físico-matemática inscripta en las leyes naturales.

La novedad del día ya no reside en la conformación de un mundo estructurado según el paradigma clásico del siglo XVII, la mathesis universalis, es decir una clasificación del orden de los seres desde lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande de acuerdo a sus diferencias y semejanzas, esa idea de que el todo podía ser visible y calculable para la mente humana con el fin de la transformación de la naturaleza para la felicidad en esta tierra, sino en la revolución de las ciencias biológicas, que ya no hablan del mundo sino de la vida.

Para Sloterdijk hay un nuevo lenguaje que se inaugura a contracorriente del humanismo de las letras y de las artes y que dará cuenta de lo que llama Parque Humano.

De todos modos, no nos hagamos tantas ilusiones o, mejor dicho, podemos hacérnoslas por algún tiempo más. Mientras la ética, la política, la economía, no sean calculables y los intentos por elevar su perfil epistemológico para hacerlas disciplinas “duras” padezcan un fracaso tras otro –sabemos lo que valen las predicciones y los predicadores en nuestro mundo en crisis–, el discurso verbal o escrito de acuerdo a la arcaica sintaxis seguirán siendo vigentes, y los “relatos”, necesarios, al menos para engañar a la gente.

Recordemos que para los fundadores de la filosofía, como Platón, la escritura desnaturalizaba el conocimiento. Poner a disposición de cualquiera un saber delicado, conocimientos que requieren de parte del receptor virtudes comprobadas, se vuelve una apuesta arriesgada si el texto circula en el espacio público en manos anónimas para fines desconocidos.

Platón era muy cauto en cuestiones de democracia. Pero una vez que el mundo de la antigüedad se abre y deja de ser aquella polis griega en donde los asuntos políticos se dirimían de un modo directo en el ágora y en las asambleas, una vez que la figura del sabio pierde lo que Nietzsche llamaba su majestad sacerdotal que hacía de la Voz la emisión oracular de una verdad sólo mostrada de sesgo por el temor que producía, una vez que la ciudad griega se hace metrópolis y los espacios de confluencia se diagraman de acuerdo a dimensiones imperiales, puntos alejados, sin contacto directo, entonces el texto se hace epístola, carta para aproximar a los lejanos, preceptivas para acercar a maestros y discípulos. El escrito es un envío de amistad, una señal de aproximación, un llamado a la escucha que se hace lectura.

Leer, entonces, es recibir un mensaje de un amigo. Esta concepción del texto es una remisión muy antigua sobre el escenario en el que nace la filosofía, palabra que en su composición reúne el saber con la amistad, el amor con el maestro.

Leer no es lo mismo que estudiar. 
Pero no se trata sólo de una forma de la afección. Un texto no es un abrazo. Tampoco es una forma de estar conectado. Un texto se compone. Es lo primero que me enseñaron en la facultad, cuando ingresé creyendo que un libro era una caja que al abrirla contenía un mensaje como si fuera una mariposa que se libera con la lectura.

Leer no es lo mismo que estudiar. Estudiar es leer de otro modo. Tiene etapas. Se estudia –me refiero al campo de las humanidades, aquel en el que el alfabeto aún tiene sus prerrogativas, al menos hasta que la ingeniería genética, la farmacología y la biología avanzada no se apliquen al comportamiento y constituyan la primera ciencia social digna de ese nombre– con un lápiz, se escribe el texto que leemos, anotamos en los márgenes, subrayamos, destacamos las principales líneas de fuerza y las apartamos en hojas o fichas de lectura, organizamos los temas, prestamos atención a las fuentes bibliográficas del autor y a quienes señala como sus maestros, ponemos en una balanza sus preferencias como sus rechazos, sus remisiones a determinadas tradiciones, en qué y en quién se legitima, contra quién piensa y escribe.

En una palabra: conversamos con el autor. La palabra conversación es parte de la historia que relata las vicisitudes del arte interpretativo, que se conoce como hermenéutica, lo que no significa deponer arma alguna ni una permisibilidad blanda, ni la tolerancia como aceptación de la alteridad o del diferente.

Este modo de interacción necesita de la libertad del lector que, una vez respetada la distancia que todo texto impone para poder leerlo, distancia que mitiga el apuro por volcar sobre él nuestras ansiedades, no usarlo de espejo de nuestros deseos, evitar reducirlo para conformar nuestras certezas, por no decir nuestros prejuicios, una vez hecho el trabajo de lectura, discutimos el texto, nos involucramos en él, vemos despertar en nuestra mente imágenes de pensamiento que nos descubren mundos nuevos, hacemos de la lectura y de nuestro vínculo con el autor un desafío, un hilo cinchado por tensores.

Palabras conocidas de la tradición como debate, disputa, polémica, controversia, diálogo, son manifestaciones variadas del ejercicio de la lectura.

Por eso la lectura requiere humildad, lo que no quiere decir modestia ni falta de atrevimiento, sino perseverancia, constancia, el día a día del trabajo que se mejora a sí mismo por su dedicación activa.

Leer es una tecnología muy antigua, poco tiene que ver con lo que se dice y festeja con las nuevas tecnologías. Hay quienes tienen una concepción algo frívola de las nuevas tecnologías. Creen que lo principal es estar conectados, como si fuéramos aparatos domésticos que funcionan a corriente continua. La lectura es una labor solitaria. Se practica en el silencio. Requiere concentración. Estamos solos pero en nada aislados. Nos habla otro. Muchas veces nos habla un grande, un hombre superior, pero no en el sentido de que es un santo, ni un héroe, ni un hombre de algún poder, sino un ser de extrema sensibilidad que nos permite despegar nuestras propias ideas, construirlas, percibir el mundo con otros ojos.

Leer es una actividad antihipnótica sin conectividad. No se necesita del libro para llevarla a cabo, las pantallas también lo hacen, pero el libro nos ofrece la sensualidad del tacto, la rugosidad de la materia, el sabor terrestre de la manualidad, y la compañía mágica de un silencio sólido que no calla.

El tiempo de la lectura es un tiempo lento. La lectura en diagonal es para constipados que sólo quieren descargar cuanto antes su necia voluntad de creer que hay un final, o para incontinentes que no logran disfrutar la pausa que impone el placer del texto. No se hojea ni se solapean las páginas, salvo que se usen los libros para tareas de promoción personal y prestigios de sobremesa. Por eso hay que desconfiar de la mediocridad oculta en todo tipo de facilismos que nos hablan de la importancia de la creatividad, de la belleza de la espontaneidad, de la autenticidad del sentimiento, de las intensidades emotivas y de otras formas de la pereza. Pensar es un trabajo, y es tan necesario como respirar y para no ser un muerto viviente, como parece desearlo nuestro ministro de Educación nacional.

Cuando un responsable de la educación quiere ser partícipe del jolgorio de ocupaciones de colegios y del reclamo de derechos que identifica con supuestos compromisos sociales, lo que en verdad programa es una juventud entregada e ignorante.

Estudiar es un trabajo, quizás uno de los más maravillosos que se hayan inventado. Tiene que ver con uno de los rasgos que hacen de la especie humana un fenómeno vital interesante: la curiosidad.

Estudiar es una responsabilidad, porque insume recursos de alto costo social que se pagan con el esfuerzo colectivo. El estudiante hace uso de los mismos de un modo gratuito en la escuela pública. Por lo tanto, su deber es principal respecto de un derecho que ya ejerce.

Estudiar es un placer. Hoy en día la tecnología le abre a la adolescencia el universo del conocimiento de un modo tal que puede multiplicar sus energías en el aprendizaje de los misterios de la vida y de las complejidades del mundo como mi generación jamás pudo haberlo sospechado.

Imaginemos clases de Historia, Geografía, Biología o Física con el arsenal digital y la enciclopedia audiovisual que ofrece la web. Sin embargo, mientras el ministro de Educación hace demagogia impune, la deserción escolar en la escuela media llega en nuestro país al cuarenta por ciento. Es una garantía para la pobreza, el atraso y el abandono de futuras generaciones.

Debemos reinstalar la idea de que estudiar es un oficio. El sociólogo norteamericano Richard Sennett ha dedicado sus últimos libros para comprender la idea que subyace en la labor artesanal. La antigua idea de “oficio” por la cual hacer las cosas bien nos hace bien, nos permite respetarnos a nosotros mismos. La idea de oficio bien hecho vinculada a la de respeto por uno mismo es la nueva y vieja pedagogía.

Leer sin anteojeras. Decir sin fronteras no quiere decir sin idiomas, sin estilos, sin tradiciones, sino sin anteojeras. Hoy la palabra militancia es la justificación de una actitud fanática, y de una combinación letal para la inteligencia: soberbia con estupidez.

La ideología –si se quiere conservar esa idea de ser depositario de un sistema de representaciones al que se adhiere– se basa en convicciones mínimas que por lo general no se difunden por altavoz. Tiene que ver con los valores y se muestra en los actos.

Se ha difundido la idea de que todo el mundo aplica su ideología a lo que fuere, que todo es política, que la información y el periodismo son formas de la propaganda, que es lícito mentir si sirve a la causa, que todo vale por el modelo, y una estética de saldo en la adopción de la lamentable pose sobradora que siempre nos ha caracterizado, hoy nuevamente de moda, ante el aplauso de grupos cortesanos.

Se nos educa en el fascismo, que no es un régimen político, sino una cultura política.

Querer colaborar con la transformación del país para que no haya bolsones de miseria y un infradesarrollo humano en salud, educación y vivienda, lograr la plena expansión de las fuerzas productivas mediante la creación de tecnología que permita al país competir en el mercado mundial y ofrecer fuentes de trabajo bien remuneradas, hacerlo sin provocar conflictos internos paralizantes, guerras internas sangrantes, ciclos de avance y retroceso que desgastan a las generaciones y desaniman a las mayorías, construir un país en el que la distribución del poder por vías institucionales no permita que aspirantes a la tiranía se eternicen en el Ejecutivo con manejo de dineros e intimidación propios de sistemas policiales, hacer todo eso requiere de una población con ganas de estudiar, de trabajar, de formarse, de leer.

No hemos construido un sistema político en veintiocho años de democracia, es nuestra principal falencia, es lo que permite nuevas aventuras populistas y mecanismos que desde el Estado coartan libertades. El populismo se define por la acumulación de riquezas para quienes manejan el Estado, la impunidad para estos manejos por la corrupción del Poder Judicial, la compra de voluntades o la extorsión de las personas, y una masa de pobres asistidos y trabajadores precarizados, que sólo tienen por horizonte la perpetuación del asistencialismo que aseguran de un modo plebiscitario el poder de los jerarcas.

Sin embargo, construir una democracia política no es tarea sencilla en un país en el que el poder concentrado de la riqueza ejerce su peso político en la toma de decisiones gubernamentales.

El argumento a favor del populismo sostiene que en un país que tiene poderes corporativos fuertes y un Estado débil, un gobierno para sobrevivir no puede hacer otra cosa que acumular riquezas, lo que llamamos caja, y asociarse con sectores del capitalismo vernáculo.

Cuando esta necesidad no pudo colmarse, los gobiernos cayeron o fueron expulsados, cuando el abastecimiento en divisas fue una realidad, como en la década del 90 con lo obtenido por las privatizaciones y las remesas de la deuda externa, o en la actualidad, con el superávit comercial por la explosión de los precios de las materias primas, los gobiernos ejercen hegemonía política.

Por un lado, entonces, riesgo de ingobernabilidad; por el otro, opresión despótica. Este es uno de nuestros dilemas más urgentes que nos compelen a pensar una salida emancipadora y constructiva.

Y de pensar se trata para que la acción no se sostenga en sueños de salvación con las correspondientes pesadillas. Pensar es multiplicar, buscar obstáculos, no huir de los dilemas, tener el coraje de decidir. Cuando así se lo hace, cuando se piensa con libertad, las fronteras, las aduanas, los inspectores, todo eso se evapora, como sucede con todo lo que se disuelve en el aire cuando un libro nos conquista.

* * *

Tomás Abraham es un filósofo y escritor argentino nacido en Timisoara, Rumania, en 1947.

ObrasPensadores bajos (1987), Los senderos de Foucault (1989), Foucault y la ética (1989), La guerra del amor (1992), Historias de la Argentina deseada (1994), Batallas éticas (1995), El último oficio de Nietzsche (1996), La aldea local (1997), Vidas filosóficas (1999), La empresa de vivir (2000), Pensamiento rápido (2001), Tensiones filosóficas (2001), Pensadores bajos (2002), El último Foucault (2003), Fricciones (2004), La máquina Deleuze (2006), El presente absoluto (2007), Historia de una biblioteca (2010), Rorty, el amigo americano (2010), La lechuza y el caracol. Contrarrelato político (2012) y Platón en el callejón (2012).

tomasabraham.com.ar

Max Schulman / El amor es una falacia

Yo era frío y lógico. Agudo -calculador, perspicaz, certero y astuto- todo eso era yo. Mi cerebro era tan poderoso como un dínamo, tan preciso como las balanzas de un químico, tan penetrante como el bisturí de un médico. Y -¡piensen en esto!- solo tenía 18 años.

No sucede a menudo que alguien tan joven tenga un intelecto tan gigantesco. Tomen, por ejemplo, a Petey Bellows, mi compañero de cuarto en la universidad. La misma edad, el mismo origen social, pero tonto como un buey. Un tipo bastante agradable, pero sin nada en la cabeza. Del tipo emocional. Inestable. Impresionable. Y lo peor de todo, esclavo de la moda. Opino que las modas son la verdadera negación de la razón. Ser barrido y arrastrado por cada nueva locura que llega, rendirse a la idiotez sólo porque todos los demás lo hacen -esto, para mí, es la cima de la irracionalidad. Sin embargo, no lo era para Petey.

Una tarde encontré a Petey tirado en su cama con una expresión tal de desesperación en su cara, que inmediatamente diagnostiqué apendicitis. “No te muevas”, le dije. “No tomes ningún laxante. Llamaré un médico”.

“Mapache”, murmuró con voz ronca.

“¿Mapache?” pregunté, deteniéndome en mi carrera.

“Quiero un abrigo de mapache”, se lamentó Petey.

Me di cuenta de que su problema no era físico, sino mental. “¿Por qué quieres un abrigo de mapache?”

“Debí haberlo sabido”, gritó, golpeándose las sienes. “Debí haber sabido que volverían cuando el Charleston volvió. Como un estúpido gasté todo mi dinero en textos de estudio y ahora no puedo comprarme un abrigo de mapache.”

“¿Quieres decir”, dije incrédulamente, “que la gente realmente está usando abrigos de mapache de nuevo?”.

“Todos los grandes hombres del campus los están usando. ¿Dónde has estado?”

“En la biblioteca”, dije, nombrando un lugar no frecuentado por los grandes hombres del campus.

Petey saltó de la cama y se paseó por el cuarto. “Tengo que tener un abrigo de mapache”, dijo apasionadamente. “¡Tengo que tenerlo!”.

“¿Por qué, Petey? Míralo desde una perspectiva racional. Los abrigos de mapache son insalubres. Echan pelos. Huelen mal. Pesan demasiado. Son desagradables de ver. Son…”

“Tu no entiendes”, me interrumpió con impaciencia. “Es lo que hay que hacer. ¿No quieres estar en onda?”

“No”, respondí con toda verdad.

“Bueno, yo sí”, declaró. “Daría cualquier cosa por un abrigo de mapache. ¡Cualquier cosa!”.

Mi cerebro, ese instrumento de precisión, comenzó a funcionar a toda máquina. “¿Cualquier cosa?”, pregunté mirándolo escrutadoramente.

“Cualquier cosa”, respondió en tonos vibrantes.

Golpeé mi barbilla pensativamente. Sucedía que yo sabía cómo poner mis manos sobre un abrigo de mapache. Mi padre había tenido uno en su época de estudiante. Ahora estaba en un baúl en el altillo de mi casa. También sucedía que Petey tenía algo que yo quería. No lo tenía exactamente, pero tenía los primeros derechos sobre eso. Me refiero a su chica, Polly Espy.

Por mucho tiempo yo había ambicionado a Polly Espy. Permítanme enfatizar que mi deseo por esta joven no era de naturaleza emocional. Ella era, por cierto, una chica que me excitaba las emociones, pero yo no era alguien que fuera a dejar que mi corazón gobernara mi cabeza. Quería a Polly por una razón enteramente cerebral, calculada astutamente.

Yo era un estudiante de primer año de leyes. En pocos años saldría a practicar la abogacía. Era bien consciente de contar con el tipo adecuado de esposa para promover la carrera de un abogado. Los abogados exitosos que yo había observado estaban, casi sin excepción, casados con mujeres hermosas, gráciles e inteligentes. Con una sola omisión, Polly llenaba estas características perfectamente.

Era hermosa. Aún no tenía las proporciones de una modelo, pero yo estaba seguro de que el tiempo supliría la falta. Ella ya tenía todos los elementos necesarios.

Era grácil. Por grácil quiero decir llena de gracia. Tenía una distinción al caminar, una libertad de movimiento, un equilibrio, que claramente indicaba la mejor educación. En la mesa sus modales eran exquisitos. La había visto en el Kozy Kampuis Korner comiendo la especialidad de la casa -un sándwich que consistía en trozos de carne asada, salsa, nueces picadas y un cucharón de chucrut- sin ni siquiera humedecerse los dedos.

Inteligente no era. De hecho, se orientaba en la dirección opuesta. Pero yo creía que bajo mi guía ella se despertaría. En todo caso, valía la pena hacer un intento. Después de todo, es más fácil hacer inteligente a una hermosa niña tonta que hacer hermosa a una inteligente niña fea.

“Petey”, le dije, “¿estás enamorado de Polly Espy?”.

“Pienso que es una chica perspicaz”, contestó, “pero no sé si llamarlo amor. ¿Por qué?”.

“¿Tienes”, le pregunté, “algún tipo de arreglo formal con ella? Me refiero a sí estás noviando con ella o algo por el estilo.”

“No. Nos vemos bastante, pero ambos tenemos otras citas. ¿Por qué?”

“¿Existe”, pregunté, “algún otro hombre por el cual ella siente algún cariño en particular?”

“No que yo sepa. ¿Por qué?”.

Asentí con satisfacción. “En otras palabras, si tú estuvieras fuera del cuadro, el campo estaría libre. ¿No es así?”

“Supongo que sí. ¿Qué estas tramando?”

“Nada, nada”, dije inocentemente, y saqué mi valija del ropero.

“¿Dónde vas?” preguntó Petey.

“A casa por el fin de semana”. Puse unas pocas cosas dentro de la valija.

“Escucha”, me dijo, tomándome del brazo con entusiasmo, “mientras estás en tu casa, ¿no podrías conseguir algo de dinero de tu viejo, podrías, y prestármela para que yo pueda comprarme un abrigo de mapache?”

“Puedo hacer algo mejor que eso”, dije haciéndole un misterioso guiño y cerré mi valija y me fuí.

*

“¡Mira!” le dije a Petey cuando volví el lunes en la mañana. Abrí de golpe la valija dejando ver el grande, peludo y deportivo objeto que mi padre había usado en su Stutz Bearcat en 1925.

“¡Santo Toledo!”, dijo Petey reverentemente. Hundió sus manos en el abrigo de mapache y luego hundió su cara. “¡Santo Toledo!” repitió quince o veinte veces.

“¿Te gustaría?”, le pregunté.

“¡Oh sí!” gritó, apretando la grasienta piel contra su cuerpo. Luego una mirada prudente apareció en sus ojos: “¿qué quieres a cambio?”

“A tu chica”, dije sin escatimar palabras.

“¿Polly?” dijo en un horrorizado suspiro. “¿Quieres a Polly?”

“Así es”.

Lanzó el abrigo lejos. “¡Jamás!”, dijo resueltamente.

Yo me encogí de hombros. “Okey, si no quieres estar en la onda, es asunto tuyo.”

Me senté en una silla y me hice el que leía un libro, pero con el rabillo del ojo me mantuve vigilante observando a Petey. Era un hombre destrozado. Primero miró el abrigo, con la expresión de un hambriento ante la vitrina de una pastelería. Después se dio vuelta y levantó la barbilla resueltamente. Luego, volvió a mirar el abrigo, aún con mayor deseo reflejado en su rostro. Luego se dio vuelta, pero no con tanta resolución esta vez. Finalmente, ya no dio vuelta la cara; se quedó mirando fijamente el abrigo, enloquecido por el deseo.

“No es que yo estuviera enamorado de Polly”, dijo con voz ronca. “O que estuviera noviando con ella, o algo por el estilo”

“Es cierto” murmuré.

“¿Qué es Polly para mí o yo para ella?”.

“Nada”, respondí.

“Ha sido solo una relación casual –sólo unas pocas risas, eso es todo”

“Pruébate el abrigo”, dije.

Aceptó. El abrigo sobresalía por arriba de sus orejas y caía hasta abajo, hasta la punta de sus zapatos. Se veía como una montaña de mapaches muertos. “Me queda estupendo”, dijo feliz.

Me levanté de mi silla. “¿Es un trato?”, pregunté, extendiéndole la mano.

Tragó saliva. “Es un trato”, dijo, apretando mi mano.

*

Tuve mi primera cita con Polly la tarde siguiente. Fue una especie de examen. Yo quería averiguar cuánto tendría que trabajar para lograr que su mente llegara al nivel que yo requería. Primero la llevé a comer. “Fue una comida deli”, dijo cuando salimos del restaurante. Después la llevé al cine. “Fue una película sensa”, dijo al salir del teatro. Y luego la llevé a su casa. “Lo pasé super”, dijo al despedirse.

Volví a mi cuarto con el corazón apesadumbrado. Había subestimado gravemente la magnitud de mi tarea. La falta de información de esta niña era espeluznante. Tampoco bastaría simplemente con proporcionarle información. Primero, había que enseñarle a pensar. Este parecía un proyecto de no pequeñas dimensiones, y al principio estuve tentado en devolvérsela a Petey. Pero luego empecé a pensar en sus abundantes encantos físicos y en el modo como entraba a una habitación y la manera en que manejaba el cuchillo y el tenedor, y decidí hacer un esfuerzo.

Procedí en esto, como en todas las cosas, sistemáticamente. Le di un curso de lógica. Sucedía que yo, como estudiante de leyes, había tomado un curso de lógica, por lo que tenía los datos en la punta de mis dedos. “Poll”, le dije, cuando la pase a buscar en nuestra siguiente cita, “esta noche iremos a caminar hasta el parque Knoll y conversaremos”.

“¡Oh, fantás!”, dijo. Una cosa debo decir de esta niña: es difícil encontrar otra tan fácil de agradar.

Nos fuimos al parque Knoll, el lugar de citas del campus, y nos sentamos bajo un añoso roble. Ella me miró expectante. “¿De qué vamos a conversar?”, dijo.

“De lógica”.

Lo pensó por un momento y decidió que le agradaba. “¡Sensa!”, dijo.

“La lógica”, dije yo, aclarando mi garganta, “es la ciencia del pensamiento. Antes que podamos pensar correctamente, debemos aprender primero a reconocer las falacias más comunes de la lógica. Nos ocuparemos de ellas esta noche”.

“¡Bravo!” gritó, aplaudiendo con anticipado placer.

Yo sentí encogérseme el corazón, pero continúe valientemente. “Primero examinemos la falacia denominada Dicto Simpliciter”.

“¡Claro que sí!” rogó Polly batiendo sus pestañas con entusiasmo

“Dicto Simpliciter es un argumento basado en una generalización no limitada. Por ejemplo: el ejercicio es bueno. Por lo tanto, todos deberían hacer ejercicio.”

“Estoy de acuerdo”, dijo Polly con entusiasmo. “Me refiero a que el ejercicio es maravilloso. Quiero decir que mantiene el cuerpo en forma y todo

“Polly”, le dije amablemente, “el argumento es una falacia. El ejercicio es bueno es una generalización no limitada. Por ejemplo, si sufres de una enfermedad del corazón, el ejercicio es malo para ti, no bueno. A muchas personas sus médicos les ordenan no hacer ejercicios. Es necesario limitar la generalización. Debes decir que el ejercicio es generalmente bueno o que el ejercicio es bueno para mucha gente. De lo contrario, estarás cometiendo Dicto Simpliciter. ¿Te das cuenta?

“No”, confesó. “Pero es súper. ¡Haz más! ¡Haz más!”

“Seria mejor si dejaras de tironearme de la manga”, dije y cuando desistió continué: “A continuación, tomemos la falacia llamada Generalización Apresurada. Escucha atentamente: tú no sabes hablar francés. Por lo tanto, debo concluir que nadie en la universidad de Minessota sabe hablar francés.”

“¿De veras?” dijo Polly, incrédula. “¿Nadie?”.

Oculté mi desesperación. “Polly, es una falacia. La generalización se alcanza demasiado apresuradamente. Hay demasiadas pocas instancias para apoyar tal conclusión.”

“¿Conoces más falacias?”, pregunto ansiosamente. “Esto es más entretenido que ir a bailar”.

Luché contra una ola de desesperación. No estaba llegando a ninguna parte con esta niña, absolutamente a ninguna parte. Sin embargo, si hay alguien persistente, ese soy yo. Así que continué. “Ahora viene Post Hoc. Escucha esto: “no llevemos a Bill a nuestro picnic. Cada vez que salimos con él, llueve.”

“Conozco a alguien así”, exclamó. “Es una chica de mi pueblo -Eula Becker se llama. Nunca falla. Cada vez que la llevamos a un picnic-”.

“Polly”, la interrumpí cortante, “es una falacia. Eula Becker no es causa de que llueva. No tiene ninguna relación con la lluvia. Si le hechas la culpa a Eula Becker, eres culpable de Post Hoc.”

“No lo volveré a hacer más”, prometió afectada. “¿Estás enojado conmigo?”

Suspiré. “No, Polly, no estoy enojado”.

“Entonces, cuéntame más falacias”

“Bueno” dije. “veamos Premisas Contradictorias”.

“Sí, veámoslas”, dijo guiñando sus ojos con placer.

Yo fruncí el entrecejo, pero seguí adelante. “Aquí tienes un ejemplo de Premisas Contradictorias: si Dios puede hacerlo todo, ¿puede hacer una piedra tan pesada que Él mismo no fuera capaz de levantarla?”

“Por supuesto que sí”, respondió.

“Pero si Él puede hacerlo todo, Él puede levantar la piedra” dije.

“Si”, dijo pensativa. “Bueno, entonces supongo que Él no puede hacer la piedra”

“Pero Él puede hacerlo todo”, le recordé.

Se rascó su preciosa y vacía cabeza. “Estoy tan confundida” admitió.

“Por supuesto que lo estás. Porque cuando las premisas de un argumento son contradictorias entre sí, entonces no puede haber argumento. Si existe una fuerza irresistible, entonces no puede existir un objeto inamovible. Si existe un objeto inamovible, entonces no puede existir una fuerza irresistible. ¿Entiendes?”

“Cuéntame más de este tema tan agudo”, dijo ansiosamente.

Consulté mi reloj. “Pienso que basta por esta noche. Te llevaré a casa ahora y tú repasas todas las cosas que aprendiste. Tendremos otra sesión mañana por la noche.”

La fui a dejar a los dormitorios de las niñas, donde me aseguró que había tenido una noche perfectamente sensa y me fui malhumorado a mi cuarto. Petey estaba roncando en su cama con el abrigo de mapache arrollado a sus pies como una gran bestia peluda. Por un momento consideré la posibilidad de despertarlo y decirle que podía tener a su chica de vuelta. Me parecía evidente que mi proyecto estaba fatalmente destinado al fracaso. La chica simplemente tenía una cabeza a prueba de lógica.

Pero después lo reconsideré. Ya había perdido una noche. Podría perder otra. ¿Quién sabe? A lo mejor, en alguna parte, en el extinto cráter de su cabeza algunas pocas brasas aun ardían en silencio. Tal vez, de alguna manera, yo podía hacerles salir llamas. Admito que no era un prospecto forjado con esperanza, pero decidí hacer un último intento.

*

Sentados bajo el roble, la noche siguiente, le dije: “nuestra primera falacia de esta noche se llama Ad Misericordiam”

Ella tembló de gusto.

“Escucha atentamente” dije. “Un hombre solicita un trabajo. Cuando el jefe le pregunta cuáles son sus méritos, contesta que tiene esposa y seis hijos en casa, que la esposa es inválida sin remedio, los niños no tienen qué comer, ni qué ropa ponerse, ni zapatos en sus pies, que no hay camas en la casa, ni carbón en la despensa y el invierno está llegando”.

Una lágrima rodó por cada una de las rosadas mejillas de Polly. “¡Oh! Esto es terrible, terrible”, gimoteó.

“Si, es terrible” acepté, pero no es un argumento. El hombre nunca respondió la pregunta del jefe sobre sus méritos. En vez de eso, apeló a la piedad del jefe. Cometió la falacia Ad Misericordiam. ¿Comprendes?”.

“¿Tienes un pañuelo?”, dijo entre sollozos.

Yo le alargué un pañuelo y traté de evitar gritar mientras ella se enjuagaba los ojos. “Ahora”, dije en un tono cuidadosamente calculado, “discutiremos la Falsa Analogía”. He aquí un ejemplo: a los estudiantes se les debería permitir consultar sus textos de estudio durante los exámenes. Después de todo, los cirujanos tienen rayos X para guiarlos durante una operación, los abogados tienen escritos para guiarlos durante un juicio y los carpinteros tienen planos para guiarlos cuando construyen una casa. Entonces, ¿por qué los estudiantes no pueden mirar sus textos durante los exámenes?”.

“¡Aquí, ahora!” dijo con entusiasmo, “es la idea más sensa que he escuchado en años.”

“Polly”, le dije exhausto, “el argumento está completamente mal. Los doctores, los abogados y los carpinteros no están dando exámenes para probar cuanto han aprendido, pero los estudiantes, sí. Las situaciones son completamente diferentes y no puedes establecer una analogía entre ellas.”

“De todos modos, creo que es una buena idea” dijo Polly.

“Tonterías” murmuré. Pero continué avanzando. “Ahora examinaremos la Hipótesis Contraria a los Hechos.”

“Suena exquisita” respondió Polly.

“Escucha: si Madame Curie no hubiera dejado por casualidad una placa fotográfica en un cajón junto a un trozo de pecblenda, el mundo actual no conocería el radio.”

“Verdad, verdad”, dijo Polly asintiendo con la cabeza. “¿Viste la película? Oh, me fascinó. Ese Walter Pidgeon es un sueño. Quiero decir que me trastorna.”

“Si te puedes olvidar del señor Pidgeon por un momento”, dije con frialdad, “me gustaría hacerte notar que esa afirmación es una falacia. Tal vez Madame Curie habría descubierto el radio en una fecha posterior. Tal vez otra persona lo habría descubierto. Un montón de cosas podrían haber pasado, tal vez. No puedes empezar con una hipótesis que no es verdadera y luego deducir alguna conclusión que sea sostenible a partir de ella.”

“Deberían hacer más películas con Walter Pigdeon” dijo Polly. “Ya casi no lo puedo ver más.”

Una oportunidad más, decidí. Pero sería la última. Hay un límite para la resistencia humana. “La próxima falacia se llama Envenenar el Pozo”.

“¡Qué amor!” gorjeó.

“Dos hombres están participando en un debate. El primero se levanta y dice: ‘mi oponente es un conocido mentiroso. Ustedes no pueden creer una sola palabra de lo que va a decir’… Ahora Polly, piensa. Piensa bien. ¿Qué está mal?”.

La observé con atención mientras su linda frente se arrugaba en un esfuerzo de concentración. De pronto, un leve resplandor de inteligencia -el primero que yo veía- se asomó a sus ojos. “¡No es justo!”, exclamó con indignación. “No es justo en lo más mínimo. ¿Qué oportunidad tiene el segundo hombre si el primero lo llama mentiroso antes de que empiece a hablar?”.

“¡Correcto!” grité, exultante. “Ciento por ciento correcto. No es justo. El primer hombre ha envenenado el pozo antes que cualquier persona pudiera beber de él. Ha imposibilitado la defensa de su oponente antes que haya podido siquiera empezar. Polly, estoy orgulloso de ti.”

“Mm” murmuró, enrojeciendo de placer.

“Ya ves, querida, que estas cosas no son tan difíciles. Todo lo que tienes que hacer es concentrarte. Pensar-examinar-evaluar. Veamos, revisemos todo lo que hemos aprendido.”

“Estoy lista”, dijo ella, haciendo un grácil movimiento en el aire con su mano invitándome a disparar.

Fortalecido al constatar que Polly no era totalmente estúpida, empecé un largo y paciente repaso de todo lo que le había enseñado. Una y otra y otra vez le cité las instancias, le indique las faltas, martillando sin descanso. Era como cavar un túnel. Al principio, todo era trabajo, sudor y oscuridad. No tenía idea de cuando alcanzaría la luz, o siquiera si la alcanzaría. Pero yo persistía. Machacaba, arañaba, raspaba y finalmente fui recompensado. Vi una grieta de luz que luego se hizo más grande y el sol se derramó por ella haciendo brillar todo.

Cinco agotadoras noches tomó este trabajo, pero valió la pena. Había logrado convertir a Polly en una persona lógica, le había enseñado a pensar. Mi trabajo había terminado. Por fin ella era digna de mí. Ahora ella era una esposa adecuada para mí, la anfitriona adecuada para mis muchas mansiones, la perfecta madre para mis acaudalados hijos.

No se debe pensar que yo no sentía amor por esta niña. Muy por el contrario. Tal como Pigmalion amaba a la mujer perfecta que había modelado, así amaba yo a la mía. Había llegado el momento de cambiar nuestra relación de académica a romántica.

“Polly”, le dije la próxima vez que nos sentamos bajo nuestro roble, “esta noche no vamos a hablar de falacias.”

“¡Qué pena!” dijo ella, desilusionada.

“Querida”, le dije, obsequiándole mi mejor sonrisa, “ya hemos pasado juntos cinco noches. Nos hemos llevado espléndidamente bien. Es evidente que estamos hechos el uno para el otro.”

“Generalización Apresurada”, exclamó ella. “¿Cómo puedes afirmar que estamos hechos el uno para el otro sobre la base de solo cinco citas?”

Reí para mis adentros con placer. La querida niña había aprendido bien su lección. “Querida”, dije, acariciando su mano con pequeños golpecitos tolerantes, “cinco citas es mas que suficiente. Después de todo, no es necesario comerse la torta entera para saber que está buena.”

“Falsa Analogía”, respondió Polly prontamente. “Yo no soy una torta, soy una niña.”

Sonreí para mis adentros con un poco menos de placer. La querida niña había aprendido su lección tal vez demasiado bien. Entonces decidí cambiar la táctica. Obviamente el mejor abordaje era una simple, firme y directa declaración de amor. Me detuve un momento mientras mi potente cerebro elegía las palabras adecuadas. Entonces comencé:

“Polly, te amo. Tu representas todo el mundo para mí, y la luna y las estrellas y todas las constelaciones del espacio exterior. Por favor, querida mía, di que aceptarás ser mi novia. Si no lo haces, mi vida carecerá de sentido. Languideceré, me rehusaré a comer y vagaré por la faz de la tierra como un viejo casco de barco tambaleante y con ojos vacíos.”

Listo, pensé, cruzando mis brazos. Esto debería lograrlo.

“Ad Misericordiam” dijo Polly.

Rechiné los dientes. Yo no era Pigmaleon, sino Frankestein. Había creado un monstruo y este me tenía agarrado del cuello. Desesperadamente luché contra la ola de pánico que me inundaba; a toda costa tenía que mantener la calma.

“Bien Polly”, dije, esforzándome por sonreír, “realmente aprendiste tus falacias”

“¡Por supuesto que sí!” dijo con un vigoroso movimiento de cabeza.

“¿Y quién te las enseñó, Polly?”

“Tú fuiste.”

“Correcto. Por lo tanto, me debes algo, ¿no es cierto, querida? Si yo no hubiera aparecido, tú nunca habrías aprendido nada acerca de las falacias.”

“Hipótesis Contraria a los Hechos”, replicó Polly al instante.

Sacudí con violencia el sudor de mi frente. “Polly” gruñí, “no debes tomar estas cosas tan literalmente. Quiero decir que esto es solo materia de clases y tú sabes que las cosas que se aprenden en la escuela no tienen nada que ver con la vida.”

“Dicto Simpliciter”, dijo ella, levantando burlonamente su dedo hacia mí.

Esa fue la gota que rebalsó el vaso. “¿Serás mi novia o no?.”

“No lo seré”, respondió.

“¿Por qué no?”, pregunté.

“Porque esta tarde le prometí a Petey Bellow que sería la novia de él.”

Caí hacia atrás abrumado por la infamia de Petey. Después que me prometió, que hizo un trato conmigo, que me dio la mano. “¡Que rata!”, chillé pateando el pasto. “No puedes irte con él, Polly. Es un mentiroso. Un tramposo. Es una rata.”

“Envenenar el Pozo” dijo Polly, “y deja de gritar. Creo que gritar debe ser una falacia también.”

Con un enorme esfuerzo de voluntad modulé mi voz: “Muy bien”, dije. “Eres una persona lógica. Miremos las cosas lógicamente. ¿Cómo pudiste escoger a Petey Bellow en lugar de escogerme a mí? Mírame: soy un estudiante brillante, un gran intelectual, un hombre con el futuro asegurado. Mira a Petey: una cabeza confusa, un atado de nervios, un tipo que nunca sabrá donde obtendrá su próxima comida. ¿Podrías darme una razón lógica por la cual deberías convertirte en la novia de Petey Bellow?”

“Por supuesto que puedo” dijo Polly. “Tiene un abrigo de mapache.”

(Traducción propia)

* * *

Max Shulman nació el 14 de marzo de 1919 en EEUU y falleció el 28 de agosto de 1988.

Barefoot Boy With Cheek (1943)
The Feather Merchants (1944)
The Zebra Derby (1946)
Max Shulman’s Large Economy Size (1948, incluye Barefoot Boy with Cheek, The Feather Merchants, The Zebra Derby)
Sleep Till Noon (1950)
The Many Loves of Dobie Gillis (1951)
Max Shulman’s Guided Tour of Campus Humor (1955)
Rally Round the Flag, Boys! (1956)
I Was a Teenage Dwarf (1959)
Anyone Got a Match? (1964)
Potatoes Are Cheaper (1971)

J.D. Salinger (1951) The catcher in the rye (El guardián entre el centeno)

The catcher in the rye (1951) es la única novela que escribió Salinger. Han habido dos maneras de traducir el título al español. Según consta en Wikipedia (es.wikipedia.org):

La primera traducción al castellano de la obra, realizada en 1961 por Compañía General Fabril Editora en la colección Anaquel de Buenos Aires, fue titulada El cazador oculto. Posteriormente una traducción española de 1978 tituló la obra como El guardián entre el centeno. Ese título viene siendo criticado por escritores no españoles desde hace tiempo. Rodolfo Rabanal explicó en 2001:

El guardián entre el centeno es estrictamente literal porque responde a las cinco palabras del título en inglés, pero esa literalidad no beneficia el sentido, más bien lo oscurece. El guardián es el jugador que en el béisbol corre para atrapar la pelota; si ese jugador se encuentra, de manera figurada, en un campo casi idéntico a un trigal, estará evidentemente oculto y fuera del alcance del bateador. En suma, «cazaría» la pelota desde una guarida y se comportaría como un cazador oculto. Ésa es la idea que inspiró el título de Salinger, sólo que en inglés, y en los Estados Unidos, bastaba con la literalidad para establecer la metáfora. Pero en la versión en español era preciso imaginar el propósito de Salinger y dar exactamente la idea que el autor buscaba. Luego se impuso esta nueva versión y el guardián en el centeno ya no suena a nada.

De todas maneras, Salinger desautorizó cualquier otra traducción al castellano, con lo que el primer título, que fue la única versión en español durante décadas, nunca más pudo usarse.

*

La novela es la historia de Holden Caulfield, un muchacho de 16 años a quien acaban de expulsar del colegio secundario Pencey, ubicado en Agerstown, Pennsylvania, EEUU. Holden narra los momentos inmediatamente posteriores a la notificación de su expulsión, la relación con su compañero de habitación en el colegio y con otros de sus amigos y el camino que emprende de regreso a Nueva York, donde viven sus padres y su hermana Phoebe, la menor de los cuatro hermanos. Ellos nada saben de su nueva situación.

Pero Holden demora su vuelta a la casa paterna y en Nueva York visita algún bar, algún hotel, bebe, tiene encuentros con personas especiales en la noche neoyorquina y trata de encontrarse con amigas que viven allí.

La narración de Holden es la de un joven que tiene una percepción especial de la realidad, ya que es bastante lector. Y en sus descripciones y valoraciones utiliza un lenguaje vulgar, propio del adolescente que es, lo que provocó una conmoción en el ambiente literario de la época. Y las repercusiones no se limitaron a la década del ’50 sino que se extendieron muchos años después ya que su lectura no ha estado aconsejada por las autoridades escolares.

La traducción de Carmen Criado (en la edición de Alianza Editorial) está realizada a un español de España, esto es, plagada de expresiones propias del lenguaje corriente ibérico, lo que no ayuda a disfrutar plenamente de su lectura.

Una obra excelente, imprescindible.

* * *

El tema Catcher in the rye, del grupo Guns N’Roses forma parte de su album Chinese Democracy (2008).

* * *

Jerome David Salinger nació el 1 de enero de 1919 en New York, EEUU y falleció el 27 de enero de 2010 en Cornish, New Hampshire, EEUU.

Obras:

The Catcher in the Rye (novela, 1951, El cazador oculto / El guardián entre el centeno)

Nine Stories (1953, Nueve cuentos) “A Perfect Day for Bananafish” (1948, Un día perfecto para el pez banana), “Uncle Wiggily in Connecticut” (1948, El tío Wiggily en Connecticut), “Just Before the War with the Eskimos” (1948, Justo antes de la guerra con los esquimales), “The Laughing Man” (1949, El hombre que ríe), “Down at the Dinghy” (1949, En el chinchorro), “For Esmé – with Love and Squalor” (1950, Para Esmé, con amor y sordidez), “Pretty Mouth and Green My Eyes” (1951, Linda boquita y verdes mis ojos), “Teddy” (1953, Teddy), “The Daumier-Smith’s Blue Period” (1952, El período azul de Daumier-Smith).

Franny and Zooey (1961, Franny y Zooey) “Franny” (1955), “Zooey” (1957).

Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour: An Introduction (1963, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción) “Raise High the Roof-Beam, Carpenters” (1955), “Seymour: An Introduction” (1959).

Relatos publicados en antologías:

“Go See Eddie” (1940, republicado en Fiction: Form & Experience, 1969)
“The Hang of It” (1941, republicado en The Kit Book for Soldiers, Sailors and Marines, 1943)
“The Long Debut of Lois Taggett” (1942, republicado en Stories: The Fiction of the Forties, 1949)
“A Boy in France” (1945, republicado en Post Stories 1942–45, 1946 y en el número de Julio/Agosto 2010 de la revista del Saturday Evening Post)
“This Sandwich Has No Mayonnaise” (1945, republicado en The Armchair Esquire, 1959)
“Slight Rebellion off Madison” (1946, republicado en Wonderful Town: New York Stories from The New Yorker, 2000)
“A Girl I Knew” (1948, republicado en Best American Short Stories 1949, 1949)

Relatos no publicados en antologías:

“The Young Folks” (1940)
“The Heart of a Broken Story” (1941)
“Personal Notes of an Infantryman” (1942)
“The Varioni Brothers” (1943)
“Both Parties Concerned” (1944)
“Soft-Boiled Sergeant” (1944)
“Last Day of the Last Furlough” (1944)
“Once a Week Won’t Kill You” (1944)
“Elaine” (1945)
“The Stranger” (1945)
“I’m Crazy” (1945)
“A Young Girl in 1941 with No Waist at All” (1947)
“The Inverted Forest” (1947)
“Blue Melody” (1948)
“Hapworth 16, 1924″ (1965)

Relatos no publicados:

“Mrs. Hincher” (1942)
“The Last and Best of the Peter Pans” (1942)
“The Children’s Echelon” (1944)
“Two Lonely Men” (1944)
“The Magic Foxhole” (1944)
“Birthday Boy” (1946)
“The Ocean Full of Bowling Balls” (1947)

Maximiliano Tomas / Una lista no se le niega a nadie: la seducción de un arte menor

(Publicado en La Nación, 16.8.2012)

Están por todos lados, y durante mucho tiempo pensé que mi debilidad por ellas era algo que había que ocultar. Pero cada vez que abría los ojos me encontraba con una nueva lista que no podía dejar de leer, en mi biblioteca (1001 libros que hay que leer antes de morir, Películas clave de la historia del cine, Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, Los graffittis de Mayo del 68, Las armas de la conquista de América latina) o en Internet (las de las revistas Billboard, Time, Science o el Village Voice). Hasta que con el tiempo descubrí que era una pasión más bien común y extendida entre autores que admiraba, lo que me sirvió de elegante coartada: Charles Dickens, Walter Benjamin, Georges Perec (son imperdibles las de La vida. Instrucciones de uso), Roland Barthes, Jorge Luis Borges (el maravilloso listado al mismo tiempo infinito e incompleto de El Aleph) y Susan Sontag son sólo algunos de los nombres que se dedicaron a consumir y elaborar todo tipo de listas, ya sea para sus cuentos y novelas como en diarios, ensayos o cuadernos. El semiólogo y novelista italiano Umberto Eco, otro confeso admirador de este género menor, recibió en 2009 un encargo del Museo del Louvre para organizar una muestra y una serie de conferencias, y lo hizo en base a algunos de sus listados favoritos. Más tarde publicó un libro que se llama precisamente El vértigo de las listas.

Eco menciona allí las diferencias entre las listas “prácticas” y las “poéticas”. En el primer grupo estarían las del supermercado, la de tragos en un buen bar, la de los invitados a una fiesta (que no dejan de tener su atractivo para los fanáticos). Las “poéticas” estarían relacionadas con la idea de armar un registro parcial de “aquello que escapa a la capacidad de control y de denominación”, como ocurre con el catálogo de las naves de Homero presente en la Ilíada o el listado de objetos que contiene el cajón de la cocina de Leopold Bloom en el Ulises de Joyce. “La lista está en el origen de la cultura. Es parte de la historia del arte y de la literatura”, dice Eco, y agrega: “¿Para qué queremos la cultura? Para hacer más comprensible el infinito. ¿Y cómo nos enfrentamos a lo infinito? ¿Cómo se puede intentar comprender lo incomprensible? A través de las listas, a través de catálogos, a través de colecciones en los museos y a través de enciclopedias y diccionarios. Hay cierto encanto en enumerar con cuántas mujeres se acostó Don Giovanni: fueron 2.063, al menos según el libretista de Mozart, Lorenzo da Ponte“.

Cada uno tendrá sus preferencias: hay quienes disfrutan de las listas de los mejores restaurantes, de las cosas que hay que evitar en una primera cita o de las más grandes películas de todos los tiempos. Yo le agregaría a las categorías de Eco una tercera, que tiene que ver con los listados que elabora el propio mercado: listas que, según quién las interprete, pueden callar o decir mucho sobre un tema. Por ejemplo, las de libros. Publishers Weekly elaboró, de manera completamente arbitraria (como debe ser, claro, para que la polémica esté asegurada), un listado de los libros “más difíciles de leer”. Forbes confeccionó la de los autores que más dinero ganaron en 2011, y el único escritor verdadero que aparece allí es Stephen King (el año que viene figurará al tope E.L. James, que firmó Cincuenta sombras de Grey y se dice que factura alrededor de un millón y medio de dólares por día por las ventas del libro). Y The Guardian publicó el listado de los cien libros más vendidos en la historia del Reino Unido. Los primeros diez lugares se lo reparten apenas tres autores: James, Dan Brown y J.K. Rowling. El primer escritor relacionado con los círculos literarios aparece en el puesto 33, y es Ian Mc Ewan con Expiación (muy probablemente empujado por la adaptación al cine de la novela).

¿Qué dicen estas listas sobre la industria editorial en inglés, sobre los lectores anglosajones, sobre la literatura? Depende cómo se las mire. Para empezar, que a grandes trazos el del libro es un negocio como cualquier otro, sostenido por la venta de los bestsellers. Que la mayoría de los escritores de literatura no viven de la venta de sus libros. Que lo que más buscan los compradores en las librerías es una extensión de lo que consumen a través de las revistas, la radio, el cine y la televisión: es decir, entretenimiento. Que la gente tiene, en general, un pésimo gusto para elegir libros. Y que la literatura que perdurará cuando esto que llamamos vida termine por agotarse poco tiene que ver con los grandes negocios editoriales: circula por otros canales, depende de otros tiempos de maduración, llega a otros lectores. Lo que, si se lo piensa bien, no tiene nada de malo.

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De su blog tomashotel.com.ar:

Maximiliano Tomas nació en Buenos Aires en noviembre de 1975.

Estudió Periodismo en TEA (1997) –donde es profesor desde 2005–, cursó una Licenciatura en Historia en la Universidad del Salvador (USAL, 1998-2003) y un Máster en Periodismo en la Universidad de Barcelona/Columbia (2008-2009).

Fue editor de Perfil Libros entre 2000 y 2003.

Sus crónicas periodísticas, entrevistas, investigaciones y reportajes aparecieron en medios de la Argentina, Bolivia, Colombia, México, España y Suiza.

Editó los libros Cuentos breves para leer en el colectivo 1 y 2 (Norma, 2004 y 2006; Belacqva 2007 y 2008); La joven guardia. Nueva narrativa argentina(Norma, 2005; Belacqva, 2009); y La Argentina crónica. Historias reales de un país al límite (Planeta, 2007).

Publicó cuentos en diversas revistas y antologías.

Recibió una beca de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que dirige Gabriel García Márquez.

En diciembre de 2005 creó el suplemento de Cultura del diario Perfil (Buenos Aires, Argentina), que dirigió durante seis años, hasta fines del 2011.

Actualmente es columnista del diario La Nación, de lanacion.com y de la revista de libros Quid, dicta talleres literarios en Buenos Aires y Tucumán, y da clases de periodismo narrativo.

Luis Diego Fernández / Poética libertaria. La experiencia inagotable

(Publicado en Perfil, 1.7.2012)

Los beatniks fueron el primer movimiento cultural surgido enteramente en los Estados Unidos. Una nueva reedición de La generación beat, de Bruce Cook, permite volver sobre la vida y la obra de estos filósofos del desenfado.

‘America, I’ve given you all and now I’m nothing’. 
Allen Ginsberg

Los llamados escritores beats no fueron, como se dice a veces con pretensión y rapidez, de modo impropio, los padres de los hippies; tal vez, en rigor, éstos fueron efectos colaterales de lo que allí se cocinó, y que ellos capitalizaron. Si los primeros eran urbanos, jazzeros, negros wannabe, alcohólicos, finos, lúmpenes, feroces y sexualmente voraces, los segundos se abrieron al suburbio y lo comunal que el beat nunca se permitió por su individualismo búdico y acerado: su pétrea consistencia, la supuesta violencia y carga explícita erótica que les asestaban y se adosaba a sus textos, como el inspirador y emocional poema Aullido. La historia de este germen tiene un arranque impávido: Jack Kerouac conoce a Allen Ginsberg y William Burroughs en 1944 en Nueva York, y esa fecha iniciática, como todo azar, marca ese reborde literario. En 1969 Kerouac muere en Florida, víctima del alcoholismo. Año del festival de Woodstock: la paradoja, siempre lógica, da cuenta de una muerte y un nacimiento simultáneo. Adiós a los beatniks, bienvenido el hippismo.

La generación beat (reeditado ahora por Ariel), primera crónica editada sobre el tema en 1971 por Bruce Cook, no es un libro menor, pero tampoco es un texto significativo en su aporte en el plano de las ideas. Otros grandes analistas de la estética y ética beatnik, como Fernanda Pivano o Emanuele Bevilacqua, son más agudos y conceptuales en este aspecto, sin olvidar la propia maestría del viejo ojo obsceno y libertario de Henry Miller, que atisbó como pocos ese devenir. Pero el libro de Cook no sólo tiene el mérito de haber pensado al calor reciente (sólo dos años después de la muerte de Kerouac, santo patrono) sino cierta capacidad para desplegar un improvisado (qué mejor) arsenal sociológico, filosófico y medular de lo que subyace en este sentido. Cook observa a los beatniks como quienes realmente conservaron y resignificaron el legado de la gran tradición literaria norteamericana. Como todo vanguardista, lo hicieron sin saberlo, sin programa, sin darse cuenta, al margen y reescribiendo el pasado con desenfado.

Para Cook resulta claro: los beatniks se oponían al canon literario de su época que los despreciaba, ninguneaba y tildaba de anti-intelectuales; acusación hilarante, tal vez pocos escritores más hiperintelectuales y sistemáticos que Kerouac o Ginsberg, ni mencionar a Burroughs (un caldero hard boiled). El asunto es brutal: los beats se oponían tanto al elitismo académico del denominado New Criticism de los principales campus como al populismo de la Partisan Review (políticamente, marxistas). Estando equidistantes de la academia sectaria y el marxismo populista (dentro de ciertos límites), los beatniks golpeaban (y eran golpeados): el beat del ritmo, la calle y el puñetazo. Filósofos del martillo, su rebeldía implicaba un evidente talento para sobrevivir que luego se tornó en un claro requisito de cierta sabiduría de la que hoy gozan los viejos aún vivos como Lawrence Ferlinghetti (creador de la librería y editorial icónica City Lights) o Gary Snyder (conferencista zen). Ridiculizados, copiados y descalificados, lo cierto es que, como marca Cook, los beatniks buscaron deliberadamente esa antipatía de los círculos del poder literario y universitario. El deseo por hablar con honestidad y franqueza (pero amables), a la vez que su mordacidad hacia el conformismo social, llevaba en sí una crítica inapelable a los valores suburbanos y corporativos del american way of life que les vendieron luego de salir victoriosos de una guerra,  y como potencia. Los beatniks eran, tal como señaló Norman Mailer (el único intelectual prestigioso en bancar su aventura en el momento), los “negros” de la literatura. Algo propiciado y requerido: ser negros, lo contracultural.

Si el grito beatnik sólo se hubiese establecido como un mero ladrido, poco estaría diciendo hoy día. Esa actitud de perro cínico se apoyaba en la tradición norteamericana de la protesta. Palabra poco analizada, lejos de ser pasiva, protesta es “hablar a favor”. Y los beatniks hablaron a favor del derecho a sentirse diferentes. Esa tradición de la protesta, del individuo contra la comunidad normalizadora se ajusta a un linaje (quizá, el linaje) de la literatura y la filosofía de los Estados Unidos. Resulta claro: Allen Ginsberg se pensó Walt Whitman (poeta, místico, homosexual y panteísta), Gary Snyder se imaginó Henry David Thoreau (anarquista, ecologista y zen), y el propio Jack Kerouac no quiso sino verse a sí mismo como una cruza de Mark Twain y Jack London: el camino y lo salvaje, lo viril desbocado como expresión del deseo. El padre del trascendentalismo norteamericano, el pensador Ralph Waldo Emerson, colocó bajo todos ellos un manto de sapiencia que no sólo conllevó a una serendipia (ese accidente fortuito) sino a un programa conspicuo. Podemos sumar otros referentes sólidos en el camino: el poeta William Carlos Williams y Herman Melville no se quedarían afuera.

Partir de la propia experiencia vital para escribir es el comienzo de todo lo beatnik. Escribir sólo desde la experiencia, nada de remisiones librescas ni saltos de puntos y comas o mera sustancia bibliográfica. Alguna vez Michel Foucault dijo que todos su libros venían de una experiencia (con radicalidad evidente), lo mismo podemos hacer brotar de textos como Aullido de Allen Ginsberg, En el camino de Jack Kerouac o El almuerzo desnudo de William Burroughs. Experiencia no sólo contada sino buscada. Después de todo, como le dice Kerouac a Cook, “éramos sólo un puñado de hombres buscando experiencias sexuales”. Simple y ausente de retórica, un beatnik buscaba experiencias de índole sexual, pero no sólo genital. Esa literatura libidinal impregna todo: la carretera, el alcohol, la marihuana, la benzedrina, las mujeres negras, los yonquis, las barbas, la meditación zen, los solos musicales, el orgasmo y la velocidad escrituraria.

No dejan de ser soprendente las descripciones de Bruce Cook de las metrópolis –Nueva York y San Francisco– como epicentros del deseo. Barrios como el East Village y North Beach, espacios conquistados como Venice Beach en Los Angeles y, a posteriori, enclaves como Haight Ashbury en San Francisco (barrio primero delincuencial y luego hippie). ¿Por qué San Francisco monopoliza? Quizá porque fue la única ciudad de los Estados Unidos no colonizada por el puritanismo del Oeste y lo caballero y mórbido del Sur (de Faulkner, por ejemplo). Frisco Bay fue un territorio emergido de la mano de buscadores oro, prostitutas, marinos desclasados por anormales (gays), tahúres, magos, tramposos y malandras. Ese espacio de libertad se constituyó como el sector más natural para asentar el viejo anarquismo pacificista que los beatniks propugnaban. Un hedonismo libertario radical que no era ni comunismo ni socialismo. Kerouac mismo era políticamente un conservador (franco-católico) que llegó a afirmar que votaría por Dwight D. Eisenhower. El beat no fue “apolítico” sino anarquista individualista (hoy llamaríamos libertario). Esa resistencia pasiva y sabia emanaba de una coolness que se mostraba como espacio de fuerza insólita e insolencia con sustancia. Fue el propio Norman Mailer con The White Negro (1957) quien testimonió lo que dio en llamar “hipster”: existencialistas urbanos, levemente sartreanos, filósofos bajos, del deseo y la calle, que tomaban como referentes a toxicómanos como Herbert Huncke, ícono y secuaz de Bill Burroughs en el Lower East Side, de profesión yonqui.

Habrá que decirlo: los beatniks fueron el primer movimiento literario (a duras penas lo fue) surgido enteramente en los Estados Unidos de América. Sus precuelas (el trascendentalismo del XIX, de Emerson y Thoreau) fueron deudores de alquimias europeas y asiáticas. Los beatniks encarnaron la voz de protesta desde el interior de la nación vencedora de la Segunda Guerra Mundial. Algo prototípico de los Estados Unidos: siempre las voces más duras y feroces emergen desde su riñón, no del exterior: desde Malcom X a Noam Chomsky, de Thoreau a Unabomber. Los críticos más furibundos de los valores de la pulcritud, puritanismo y trabajo, salen de las entrañas de esta máquina (algo que también vio con lucidez Jean Francois Revel). Esa voz de la disidencia, este clamor libertario, pareciera ser siempre un anticuerpo que el propio país emana como forma de extirpar o abrirse paso hacia otra fuga, no prevista. La evasión al control y la codificación del deseo que señala Gilles Deleuze en El Antiedipo.

La filosofía beatnik, podemos insinuar desde el testimonio de Bruce Cook, tenía una mirada enmarcada en la rebeldía pero anclada en la tradición de la protesta individual contra el elitismo, a la vez que el populismo literario le daba a la experiencia, el deseo y el cuerpo un punto inaugural, manifestaba un anarquismo pacificista, inducía a ir contra la moral productiva, y echaba raíces en reescribir la tradición más fuerte de los Estados Unidos. Pocos escritores más representativos de lo norteamericano que Kerouac, Ginsberg, Burroughs, Snyder, Corso, Cassady, Di Prima o su abuelo espiritual, Norman Mailer. Y no dejemos de lado esa novela anticipatoria como Go de John Clellon Holmes (1952). Todos escritores que colocan su principio en lo fisiológico del pensamiento y el trance físico: ni razón ni racionalidad, pero tampoco inconsciente. Esas fuentes son transparentes:  Nietzsche, el freudomarxismo –Reich y Marcuse–, y el budismo zen –su recepción en Estados Unidos a través de DT Suzuki y la Black Mountain College de Nueva York. Algo que luego continuaría en eventos como Mayo del ’68.

La filosofía que subyace en los beatniks, como algo lógico de su política del rebelde, consiste en decir no, en su espíritu de oposición a la “mecanización”, sea ésta marxista, capitalista o psicoanalítica. El beat rechaza el modo de vida estandarizado y propone un modelo alternativo que se basa en ampliar los límites de la percepción y en la crítica de la economía del ahorro y el ideal ascético. El beat valora más que nada la libertad individual, nada se coloca por encima de ella. El deseo de vivir en libertad, con velocidad y sin ser manipulado. El lirismo y la voluntad exagerada de creer en algo o en sí mismo, hacen del beat un enemigo del cinismo, la mentira y el resentimiento –el pop es cínico y el punk es resentido. Su violencia evidenciada a veces es producto de la fuerza vital, del golpe como celebración o el exceso en los placeres como forma de afirmación radical de la existencia. El latido de la búsqueda del beat, los lleva a cierta sabiduría fisiológica: zen. El budismo parte de la inmanencia, de los sentidos, del deseo, de la piel y la percepción. No hay culpa ni pecado, en todo caso hay dolor, que debemos extirpar siendo estrictamente precisos con el deseo necesario. La poética beatnik no es dadaísmo –no buscan destruir superestructuras–, ni expresionismo –no buscan criticar la inmoralidad política–, ni surrealismo –no pretenden destruir la supremacía del consciente por el inconsciente–, ni tampoco existencialismo –no pretenden ir contra la norma a favor de un imperativo categórico. Los beatniks tienen tres enemigos claros: Freud, Marx y Einstein. Van contra la normalización del inconsciente del psicoanálisis, contra la mecanización productiva y colectivista del marxismo y contra la bomba atómica einsteiniana. Será el cuerpo y no el intelecto el territorio desde el cual “hablan”, y “escriben”: la vida es la fuente de inspiración. La experiencia es todo. Vida es cuerpo: carne, sangre y semen. Los beatniks hacen un himno a la intensidad de la vida y el hedonismo: las experiencias sexuales diversas y la experimentalidad de la existencia; pero vida como realidad física. Jack Kerouac escribe con excitación, con prisa, como un orgasmo. La prosa beatnik –de Kerouac en particular– se sustenta en una realidad biológica. Es claro: la prosa beat va contra la representación racionalista, por ello el fluir.

Quizá, como ha señalado Ginsberg, los beatniks le dieron todo a Norteamérica y no recibieron nada a cambio. Tal vez no. Su semilla caló hondo. Si bien el principio filosofal de lo beat aparece, sus acólitos preservan y perseveran en mantener ciertos nombres en alto. Si los años 70 vieron emerger al hippismo como vida alternativa, los 80 trajeron la revolución conservadora, los pensadores neo-conservadores, el sida y el fin del sueño. El pop ocupó su espacio, el cinismo se estableció en el centro de la escena, y otras figuras, Warhol por caso, lograron sintetizar ese tiempo pero le dieron generosidad. Nada parecería más descabellado y, tal vez, necesario hoy que lo beat o su analogía pictórica encarnada en Jackson Pollock: el maestro del expresionismo abstracto, macho, mujeriego, amante de putas, semental, jazzero, alcohólico y pendenciero junto al gay afeminado, casi virginial, amante de divas de plástico y carteles de neón de Warhol. Sí: el pop fue la reversión de lo beatnik de cuajo: su canto de cisne. El pop, y el cinismo marketinero que le siguió, nos quitó (¿por siempre?) la pulsión libertaria y contracultural de los beatniks, los místicos zen de California y el jazz titánico de heroinómanos  –aunque Andy los cobijó en la Factory, incluso a sus herederos, como Lou Reed, hijo bastardo de Bill Burroughs. El desarrollo nos puede llevar hasta Patti Smith, lo ciberpunk y la forma que tomó hoy cierto ideario beat. Pero no hay que pensar ese territorio como lo más fiel (aunque Lady Gaga trafique con lucidez, sin que muchos se den cuenta, ideas idénticas). Para el beat todo venía del cuerpo como piedra angular. Una visión beat correcta consiste en volver a ese principio fisiológico, ni virtual ni hiperreal, sólo cuerpo, carne, orgasmo y libertad. Esa vuelta a la anomalía, ser fieles con lo infiel, para su mandato es un legado más noble, y existe y se ve, ya no con extremos buscados de modo desfasado (allí estaban rodeados y ahogados) como en los años 50 y 60, sino a través de cierta sabiduría epicúrea, serenidad celebrada, de un mantenerse al margen pero participar del ágora y reivindicar ese espacio de autarquía, desde un individualismo comunitario. El golpe sigue siendo tan intransigente como perceptible. El último Allen Ginsberg, antes de morir en 1997, fue eso: un viejo sabio, venerado, dulce, amable y respetado como la voz de América. Nada quedaba ya de su violencia espasmódica de joven. El, que se pensó Walt Whitman, lo fue. Justicia poética.

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Del orgasmo al dripping

Los beatniks tienen tres grandes fuentes intelectuales de las cuales se embeben:  el llamado freudo-marxismo, con autores como Wilhelm Reich y Herbert Marcuse –que planteaba que la represión del instinto sexual funda toda neurosis, algo que exponen en sus libros La función del orgasmo y Eros y civilización, ambos citados copiosamente por Kerouac y Ginsberg–,  el jazz, en tanto lenguaje musical como libre fluir de la mente: improvisación espontánea y el tomar aliento entre cada frase, pero también el slang, dialecto negro y la jerga del gueto, y, por último, el anarquismo político, pero no como movimiento, sino como mero individualismo libertario, como expresión de la subjetividad personal.

Para los beatniks la vida comienza de modo hostil y extraña: el presente liberado de lo espacio-temporal y evidenciado en la escritura y el pensamiento beat tiene cuatro disparadores: 1) el orgasmo (sexo), 2) la meditación (el zen), 3) la improvisación pasional (el jazz), 4) los paraísos artificiales (alcohol y drogas). El beat busca producir una realidad en el instante de la liberación: el momento de la escritura adviene de allí. Es una escritura con fundamentos fisiológicos, con el orgasmo como motor. En algún sentido, símil a los dandis del siglo XIX: Baudelaire también hacía un culto de los paraísos artificiales –opio, hachís, vino–, y, al igual que Kerouac, tenía una amante negra, como Mardou Fox, presente en Los subterráneos. Resulta claro: la escritura automatizada de Keroauc o el cut-up de Burroughs es lo mismo que el dripping de Jackson Pollock en el expresionismo abstracto o los iconmensurables solos de saxo de John Coltrane o Charlie Parker.

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Perdidos y golpeados

Hay que ubicar temporalmente lo que se llamó “generación beat” –que, en rigor, nunca existió como movimiento orgánico con un manifiesto, así como las vanguardias históricas de principios de siglo XX–: esto es, en la segunda posguerra (1945-1960). La década del 50 fue el momento dorado del ideario beat. A diferencia de la llamada Lost Generation –de los años 20, la primera posguerra–, con figuras como Francis Scott Fitzgerald, los beats se desmarcan radicalmente de su desidia e indolencia. Los perdidos estaban mucho más matrizados por la locura, el desamparo y el psicoanálisis. Los escritores de la primera posguerra no creían ni querían creer en nada; los beatniks tenían sólo avidez de creer y apostar.

Es posible dividir a los intelectuales beatniks en dos bandos: los beats calientes –de la East Coast, que escuchaban hot jazz– y los beats fríos –de la West Coast, que escuchaban cool jazz–, estos últimos a veces similares a los que se dieron en llamar new dadá: vestidos completamente de negro. Algunos que se podrían ubicar dentro de ellos como primos y filosóficamente en el mismo lugar son artistas como John Cage, Merce Cunningham o Robert Rauschenberg. Los beats californianos estaban atravesados más por esa atmósfera  lírica que luego terminó por impregnar a toda la sensibilidad del movimiento, pero no hay que olvidar que el humo, el metal y el polvo de Nueva York está en los orígenes de todo.

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Luis Diego Fernández nació en Buenos Aires en 1976.

- Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires), especializado en filosofía contemporánea y estética. Ensayista.

- Ha dictado seminarios y conferencias en Universidades y en Instituciones: Posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, Universidad ESEADE, Centro Cultural de España en Buenos Aires, Colegio de Abogados de Necochea, Fundación Internacional Jorge Luis Borges, Escuela Argentina de Sommeliers, Centro de Estudios Contemporáneos y en el Campus Virtual de la Asociación de Pensamiento Penal, con el aval de la Universidad Nacional del Comahue. Desde hace 5 años dicta cursos privados en librerías y espacios culturales.

- Es autor del ensayo Furia & Clase (Paradoxia, 2009). Ideó, editó, prologó y coordinó laAntología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2012).

- Trabajó durante 10 años continuos en editoriales líderes de la industria editorial argentina e hispanoamericana (Yenny/El Ateneo, Gedisa y Random House Mondadori), de la cual tiene un amplio conocimiento.

- Colabora desde hace 8 años con los siguientes medios: Revista Ñ de Clarín, Diario Perfil, Revista El ojo mocho, Revista Brando, Revista Gata Flora, Revista Menú, Guía Cultural La Celeste (Uruguay), Revista virtual Cibertronic de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

- En 2010 fundó y dirige EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos y charlas.

- Es creador de la Cata de Ideas, un evento que tiene la finalidad de acercar la filosofía a un público mayor.

(De ar.linkedin.com/in/luisdiegofernandez)

Su blog es ldflounge.blogspot.com.ar

Luis Diego Fernández / Herbert Spencer. El germen ácrata de Borges

(Publicado en Perfil, 2.9.2012)

Se publica en el país El hombre contra el Estado, del filósofo británico Herbert Spencer, un libro prácticamente inhallable en castellano, medular en la concepción anarquista de Jorge Luis Borges. Para el escritor argentino, el Estado opera como una suerte de entelequia que disciplina y obliga a mentir. Según su visión, el político es quien mejor viste el disfraz hipócrita.

Positivista cientifico. De formación autodidacta, Spencer está considerado como uno de los fieles promotores del darwinismo social en Inglaterra.

Quizá la palabra clave sea escepticismo. Cito: “Mis convicciones en materia política son harto conocidas; me he afiliado al Partido Conservador, lo cual es una forma de escepticismo, y nadie me ha tildado de comunista, de nacionalista, de antisemita, de partidario de Hormiga Negra o de Rosas. Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos. No he disimulado nunca mis opiniones, ni siquiera en los años arduos, pero no he permitido que interfieran en mi obra literaria”, escribe Jorge Luis Borges en el prólogo de El informe de Brodie (1970). Interrogar por el pensamiento político borgeano no es laberíntico ni una empresa condenada al dejo irónico, ni mucho menos requiere menospreciar o minimizar su peso en su obra ficcional o poética (donde hay notorias huellas de una auténtica filosofía política). La clave es lo escéptico que señala el propio Borges. Esa no creencia, hoy más que nunca, va a contrapelo. Tal vez Borges escribió en momentos donde muchos creían (de un lado o del otro) en políticas transformadoras y movimientistas; Borges, no. Pero la pregunta de Borges iba más allá de las decisiones políticas y, desde luego, de la mera práctica política coyuntural a la que consideraba un ejercicio de la mentira y la corrupción sistemática, así lo dice desde diferentes intervenciones públicas, por caso, en las conversaciones con Roberto Alifano tituladas El humor de Borges: “La profesión de los políticos es mentir. El caso de un rey es distinto; un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no; un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias”. Otra alusión, en sus diálogos con Ernesto Sabato (compilados por Orlando Barone): “No. En primer lugar (los políticos) no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad. Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga. En el caso de un discurso político, los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa”. Un diagnóstico claro, el de Borges: el político, en rigor, es un sometido, un esclavo, la interfaz de una mecánica de la hipocresía, la doble moral y el resentimiento (categoría nuclear en Martínez Estrada).

Según la lectura borgeana, el poder, y específicamente el Estado, opera como una suerte de entelequia y elefante normativo que disciplina y obliga, por obliteración u omisión, a mentir y a la cortesía fingida, al acto enmascarador y el disfraz deliberado. En este sentido, aquí se pone en evidencia la fibra anarquista borgeana. La cuestión de la “vida falsa” es algo prototípico de la protesta de todo discurso anarquista, sea éste por izquierda y comunitarista (Bakunin, Proudhon) o por derecha e individualista (Thoreau, Martínez Estrada, Onfray). La crítica política borgeana descansa en lo falaz, de allí la mirada pirrónica, la sonrisa que opera como demolición y desarma el entramado. La risa de Borges frente al poder estatal es la de Demócrito o el pedido imperativo de Diógenes a Alejandro Magno: “Córrete porque me tapas el sol”. Algo de esta pulsión libertaria encontrará Borges, de modo inevitable, en el texto del filósofo inglés Herbert Spencer que se reedita (vía la editorial libertaria Innisfree), cuyo título es El hombre contra el Estado –publicado en 1884.

Es usual reconocer la autodefinición borgeana como “anarquista spenceriano”. Lo cierto es que la lectura de ese texto fue un golpe y una dirección, pero su padre, Jorge Guillermo Borges, no sólo le transfirió la ceguera sino el anarquismo de Herbert Spencer. Para ser estrictos, la filosofía spenceriana esgrimida en El hombre contra el Estado parte de un precepto muy claro y sencillo: nadie debe ser forzado a cooperar con otros individuos bajo ninguna circunstancia; toda forma de cooperación debe ser voluntaria –sentando las bases del principio de no agresión. Toda intervención del Estado sobre el individuo común, a los ojos de Spencer, era considerada inmoral. La única coerción aceptada, en este sentido, reposaba en la obligación de hacer cumplir los contratos entre pares iguales. Formado por cuatro ensayos, El hombre contra el Estado se constituye en la piedra basal del liberalismo británico y el antecedente más potente del anarcocapitalismo norteamericano del siglo XX. Algunos críticos han visto en Spencer cierto darwinismo social al desmantelar toda pretensión de imponer la solidaridad “a punta de pistola”. Quizá la aniquilación más fuerte por parte de Spencer reposa en la victimización de todo colectivismo a fin de otorgar mayor grado de acción al individuo y el emprendimiento.

La genética ácrata hace que el propio Borges expanda su visión en materia política en las entrevistas con Vicente Zito Lema o en la célebre, televisada innumerables veces (1980), con Joaquín Soler Serrano, donde señala: “Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los Estados”. La definición merece ser explicitada, máxime en su coyuntura. El discurso libertario de Borges era pacifista (lejano, desde luego, de incendiarios como Errico Malatesta o Severino di Giovanni), allí puede entrar la figura de “anarquista de derecha” (¿habría otra expresión posible en 1980? ¿Y hoy?). En estos tiempos, es posible arriesgar que esa posición borgeana encuentre opciones en el discurso del liberalismo libertario del siglo XX, recreado a través de pensadores como Friedrich A. von Hayek, Ludwig von Mises o Robert Nozick, en el anarcocapitalismo de Murray Rothbard, o quizá mediante la expresión contracultural del posanarquismo de Michel Onfray (que no está en contra de la propiedad privada y aboga por espacios de microrresistencia).

Borges comprendía perfectamente la cuestión semántica sobre el anarquismo, vale decir, ausencia de arché (fundamento, en griego), y cuya búsqueda muy lejos está del desorden o el caos. En ese sentido, al emplear esa categoría política, el escritor expresaba su rechazo a la autoridad y a ser gobernado. Un anarquista, en los hechos, es alguien que se gobierna a sí mismo y que se niega a servir, así ya lo vemos en la raíz de El discurso sobre la servidumbre voluntaria, de Etienne de la Boétie, texto del siglo XVI, piedra inaugural del libertarismo. Un anarquista es alguien extremadamente responsable, sistemático y riguroso consigo mismo: la ausencia de patrón, dominador, amo y dios lo pone como un individuo solar, piedra angular del mundo, que se da su propia forma, un cristal que debe transmutar esas figuras dentro de sí. Y esto en Borges resulta una afirmación de evidencia palmaria. Lo cual no quita que su pensamiento haya pasado por ciertos clivajes en materia política: desde la composición de aquellos poemas que integrarían un libro nunca editado, titulado Los salmos rojos, donde se da cuenta de una época bolchevique, de un comunismo pacifista, leído en clave de hermandad universal, de cuño whitmaniano.

Sin embargo, este humanismo que inspiró a Borges desaparece hacia 1920, tal como dice una carta a Maurice Abramowicz, fechada el 12 de enero de 1920: “Soy de tu opinión en lo concerniente al bolcheviquismo. Es una sucia chusma de arribistas que arribarán y harán de la vida una vileza moral mediocre y monótona”. Del mismo modo, también se puede detectar un breve destello “yrigoyenista” en sus poemas de El cuaderno San Martín (1929), donde ejerce un fraseo más criollista (típico del caudillo radical) como puerta para luego partir hacia la dimensión universalista. Finalmente, se afirmará su posición anarquista, y su afiliación, ya citada, al Partido Conservador como gesto de desencanto de la política partidaria, democrática y representativa.

La pregunta por la política borgeana debería ser realizada, tal vez, y hoy más que nunca, por resultar a contracorriente y extemporánea; una cifra más que necesaria de volver a ser pensada con rigor y seriedad. A veces desechada con rapidez excesiva, lo cual revela cierta pereza intelectual para problematizar algo por fuera de la superficie. Esta cuestión implica, además, una pregunta a posteriori en relación con la noción de libre albedrío, para lo cual es más que destacable el artículo del economista Martín Krause –titulado “La filosofía política de Jorge Luis Borges”–, donde se analiza en detalle este tema. Borges, que era escéptico en materia política y agnóstico en términos religiosos, también era un maestro de la sospecha con respecto al libre albedrío. De todos modos, si bien dudaba, lo cierto es que aquello no implicaba caer en el determinismo. Su postura podría expresarse de la siguiente forma: el hombre no tiene entidad por fuera de las relaciones causa-efecto; está determinado, pero le resulta imposible conocer las causas de tal determinación. Este argumento es una constante en el universo ficcional borgeano, particularmente en cuentos como El sur o El jardín de senderos que se bifurcan. El destino cifrado, la determinación evidente, opaca siempre el causante de las acciones finales, de la muerte, de la valentía o la cobardía. El agnosticismo en esta materia le da coherencia a la tesis: quizá Dios sí exista, pero nunca lo sabremos.

El spencerismo de Borges (que también lo fue de Sarmiento, así lo testimonia el libro de su lecho de muerte en el Paraguay) se permite ver, de nuevo, en este diálogo con Osvaldo Ferrari: “Para mí, el Estado es el enemigo común ahora; yo querría –eso lo he dicho muchas veces– un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero quizá sea preciso esperar no sé si algunos decenios o algunos siglos –lo cual históricamente no es nada–, aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética y, además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir”. En la afirmación borgeana se ponen en juego dos valores anarquistas irrenunciables: conducta y conocimiento. Pocos movimientos menos antiintelectuales y prointelectuales que el libertario: política del libro, la biblioteca y el estudio que colocaba la ignorancia de los pueblos como un enemigo igual de rapaz que el Estado. Todo anarquismo señala lo mismo: no hay cambio posible sin erradicación de la ignorancia, verdadero factor causante de la dependencia. Este es el problema, entonces, que también señala Borges; por ende, la biblioteca como solución; la educación, la formación personal y sin fin. Materia siempre bien comprendida por todos los grandes pensadores libertarios argentinos, como Martínez Estrada o Juan José Sebreli, ejemplos descomunales del autodidactismo.

La filosofía política pone a Borges a contracorriente, y cumple el rol del aguafiestas, de quien señala el muerto en el placar y aviva a los dormidos de la inocencia perdida: un Estado engordado o bulímico y la inmensa mayoría que espera aun salvar sus ropas a partir de su teta. Pero el anarquismo borgeano revela algo más hondo y complejo que no todos vieron, o no quieren mostrar por ignorancia o conveniencia, así lo dice en Evaristo Carriego: “El argentino hallaría su símbolo en el gaucho y no en el militar, porque el valor cifrado en aquél por las tradiciones orales no está al servicio de una causa y es puro. El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano”. Este individualismo argentino que marca Borges, y va de suyo con el gaucho y el malevo como modelos de rebeldía, dice más bien algo del problema de la articulación de lo colectivo y del populismo que de la ciudadanía: la opción de la filosofía política borgeana tiene hilachas a ser repensadas e incrustadas con la contundencia de una marca con antecedentes. Si la política argentina del siglo XIX se escribió desde la figura del libro y los presidentes intelectuales, Lugones representó esa imposibilidad en el siglo XX al intentar revivir un sarmientismo imposible. Borges, y también Martínez Estrada, alcanzaron a ver que esa empresa estaba condenada al fracaso: “Alpargatas, sí; libros, no”. El intelectual se aleja de lo público y construye su fortaleza, su jardín epicúreo, su mito personal. En esta amalgama que se solidificó durante años, podemos detectar esquirlas del anarquismo borgeano como una forma de resistencia, que aparece con más virulencia en momentos en que el Estado adquiere dimensiones desaforadas y peligrosas. Espacio que hoy está vacante. Casillero del intelectual privado: aguijón que no por pequeño es débil, si no recordemos que El Aleph se encontraba en una casa de la calle Garay.

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Contra lo utópico: de Borges a Foucault

Las palabras y las cosas (1966), como señala Michel Foucault en la primera línea: “Nació de un texto de Borges”. Ese texto es El idioma analítico de John Wilkins (Otras Inquisiciones, 1960). Lo que Foucault vio en Borges fue su clasificación en la Enciclopedia china de un bestiario fabuloso, con categorías antinormativas tales como: animales embalsamados, animales dibujados por pincel de camello, etc. Lo que Foucault descubre ahí es el germen del concepto de “episteme” a partir de la pregunta: ¿qué es imposible pensar? y por lo tanto, ¿qué es posible pensar? Frente a la visión utópica, Foucault descubre en la heterotopía borgeana un espacio de categorías que inquietan, rompen los lugares comunes y la sintaxis esperable. En este aspecto, es completamente lógica esta filiación que Foucault encuentra en Borges: ninguno fue un pensador utópico, más bien su cara opuesta. Frente a la utopía (el no lugar político), lo que el filósofo francés encuentra en la heterotopía borgeana es el cruce y la resistencia a la norma, clave de su filosofía.

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Cosmopolitismo

Jorge Luis Borges publicó diez libros de ensayo (considerando en este género también su último texto editado titulado Atlas, en coautoría con María Kodama, de 1985), en los que, en gran medida, queda evidenciada su reflexión respecto de la lengua (español rioplatense), y el movimiento hacia la figura y rol del escritor argentino con la tradición occidental –viendo allí una decisión no sólo estética sino claramente política–, la consideración de la filosofía como un género literario más (su preferencia por los pensadores ingleses y alemanes, o Spinoza), y también sus expresiones, que constituyen su verdadera filosofía política libertaria. Es posible arriesgar que la estética y política de Borges permearon de cosmopolitismo lo local, rasgo porteño por antonomasia.

En El idioma de los argentinos (1928), el autor señala ya esta tensión entre el español del criollismo impostado y sainetero, y por otro lado el español castizo. En la operación borgeana, el argentino es una lengua que reclama toda la tradición occidental para sí desde la periferia, evadiendo un argentinismo ex profeso; cito: “La argentinidad debería ser mucho más que una supresión o que un espectáculo. Debería ser una vocación”.

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Luis Diego Fernández nació en Buenos Aires en 1976.

- Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires), especializado en filosofía contemporánea y estética. Ensayista.

- Ha dictado seminarios y conferencias en Universidades y en Instituciones: Posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, Universidad ESEADE, Centro Cultural de España en Buenos Aires, Colegio de Abogados de Necochea, Fundación Internacional Jorge Luis Borges, Escuela Argentina de Sommeliers, Centro de Estudios Contemporáneos y en el Campus Virtual de la Asociación de Pensamiento Penal, con el aval de la Universidad Nacional del Comahue. Desde hace 5 años dicta cursos privados en librerías y espacios culturales.

- Es autor del ensayo Furia & Clase (Paradoxia, 2009). Ideó, editó, prologó y coordinó la Antología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2012).

- Trabajó durante 10 años continuos en editoriales líderes de la industria editorial argentina e hispanoamericana (Yenny/El Ateneo, Gedisa y Random House Mondadori), de la cual tiene un amplio conocimiento.

- Colabora desde hace 8 años con los siguientes medios: Revista Ñ de Clarín, Diario Perfil, Revista El ojo mocho, Revista Brando, Revista Gata Flora, Revista Menú, Guía Cultural La Celeste (Uruguay), Revista virtual Cibertronic de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

- En 2010 fundó y dirige EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos y charlas.

- Es creador de la Cata de Ideas, un evento que tiene la finalidad de acercar la filosofía a un público mayor.

(De ar.linkedin.com/in/luisdiegofernandez)

Su blog es ldflounge.blogspot.com.ar

Philip K. Dick / The preserving machine (1953) La máquina preservadora

Y pensó también que de estas importantes cosas bellas, la que más rápidamente se olvidaría sería la música.
Ciertamente que la música es lo más perecedero, frágil y delicado; y puede ser rápidamente destruida.
Labyrinth se preocupaba mucho. Amaba la música y no podía acostumbrarse a que un día no existieran Brahms ni Mozart, que no se pudiera disfrutar de la música de cámara, suave y refinada, que hace pensar en las pelucas, en los arcos frotados con resma, en las velas que se derretían en la semioscuridad.
El mundo sería seco y lamentable sin la música. Árido e inaguantable. De esta forma comenzó a concebir la idea de la Máquina Preservadora.
Una noche, sentado cómodamente en su butaca escuchando el suave sonido de su tocadiscos, se le presentó una extraña visión. Vio, con los ojos de la mente, la última copia de un trío de Schubert, estropeada y casi ilegible, abandonada en un lugar oscuro, probablemente un museo.
Un bombardero sobrevolaba. Las bombas caían, convirtiendo al edificio en ruinas, derrumbando las paredes, que se desmoronaban, dejando sólo escombros. En el desastre, la última copia desaparecía perdida entre las ruinas, para pudrirse y desaparecer.
Y luego, siempre en la imaginación de Doc Labyrinth, observó cómo la partitura surgía de entre las ruinas como lo haría un animal enterrado, con garras y dientes aguzados, con furiosa energía.
-¡Ah, si la música pudiera tener esa facultad, el instinto de supervivencia de ciertos insectos y otros animales! ¡Cómo cambiarían las cosas si la música se pudiera transformar en seres vivos, animales con garras y dientes! Entonces podría sobrevivir.
Si sólo se pudiera inventar una Máquina, una Máquina que procesara las partituras musicales, convirtiéndolas en cosas vivas.
Pero Doc Labyrinth no era mecánico. Logró unos pocos bosquejos aproximativos que envió a varios laboratorios de investigación. La mayoría estaban demasiado atareados con los contratos para el ejército, por supuesto. Pero al fin logró algo de lo que deseaba. Una pequeña universidad del Medio Oeste quedó encantada con sus planes e inmediatamente comenzaron a trabajar en la construcción de la Máquina.

Las semanas pasaron. Al fin Labyrinth recibió una postal de la universidad. La Máquina estaba saliendo bien. La habían probado haciendo procesar dos canciones populares. ¿Cuáles fueron los resultados? Surgieron dos pequeños animales, del tamaño de ratones, que corrieron por el laboratorio hasta que el gato se los comió. Pero la Máquina había trabajado a la perfección.
Se la enviaron poco después, cuidadosamente embalada en un armazón de madera, sujeta con alambres y con un seguro que cubría todos los riesgos.
Estaba muy nervioso cuando comenzó a trabajar, quitándole las tablillas. Muchas ideas debieron de haber pasado por su mente cuando ajustó los controles y se preparó para la primera transformación. Había seleccionado una partitura maravillosa para comenzar, la del Quinteto en sol menor, de Mozart.
Durante un rato estuvo hojeándola, absorto en sus pensamientos. Luego se dirigió a la Máquina y la echó dentro.
Pasó el tiempo. Labyrinth se mantuvo parado muy cerca, esperando nervioso y aprensivo, sin saber qué seria lo que hallaría al abrir el compartimiento. Estaba realizando una gran labor, según su idea, al preservar la música de los grandes compositores para la eternidad. ¿Cómo sería gratificado? ¿Qué hallaría? ¿Qué forma adoptaría esto antes de que todo hubiera pasado?
Muchas preguntas no tenían aún respuesta. Mientras meditaba, la luz roja de la Máquina centelleaba. El proceso había concluido, la transformación se había efectuado. Abrió la portezuela.
-¡Dios mío! -fue su exclamación- Esto es verdaderamente extraño!
De la máquina salió un pájaro, no un animal. El pájaro mozart era pequeño, bello y esbelto, con el magnífico plumaje de un pavo real. Voló un poco alrededor del cuarto y se volvió hacia él, curiosamente amistoso. Temblando, Labyrinth se inclinó, extendiendo la mano. El pájaro mozart se acercó. Entonces, súbitamente, remontó el vuelo.
-Sorprendente -murmuró. Llamó dulcemente al pájaro, esperando pacientemente hasta que revoloteó hasta él. Labyrinth lo acarició durante un largo rato.
¿Cómo sería el resto? No podía adivinarlo. Cuidadosamente levantó al pájaro mozart y lo colocó en una caja.
Al día siguiente se sorprendió aún más al ver salir al escarabajo beethoven, serio y digno. Era el escarabajo que había visto trepar por la manta, concienzudo y reservado, ocupado en sus cosas.
Después vino el animal schubert. Era un animalito tontuelo y adolescente, que iba de uno a otro lado, manso y juguetón.
Labyrinth interrumpió su trabajo para dedicarse a pensar.
¿Cuáles eran los factores de la supervivencia? ¿Eran las plumas mejores que las garras y los dientes? Labyrinth estaba sumamente asombrado. Había esperado obtener un ejército de criaturas recias y peleadoras, equipadas con garras y duros carapachos, listas a morder y patear. ¿Las cosas le estaban saliendo bien? Y, sin embargo, ¿quién podía decir que era lo mejor para la supervivencia? Los dinosaurios habían sido poderosos, pero ninguno estaba vivo.
De todas formas, la Máquina se había construido. Era demasiado tarde para plantearse otros problemas.
Labyrinth prosiguió dándole a la Máquina la música de muchos compositores, uno tras otro, hasta que los bosques que se hallaban cerca de su casa se llenaron de criaturas que se arrastraban y balaban, gritando y haciendo todo tipo de ruidos.
Muchas rarezas fueron saliendo, criaturas todas que lo asombraron y llenaron de estupefacción. El insecto brahms tenía muchas patas que salían en todas direcciones; era un miriápodo grande y de forma aplanada. Bajo y achatado, estaba cubierto de una pelambre uniforme. Al insecto brahms le gustaba andar solo, y prontamente se alejó de su vista, preocupándose por eludir al animal Wagner, que había salido unos instantes antes.
Este era grande, y tenía muchos colores profundos. Parecía tener un humor de mil diablos, y Labyrinth se atemorizó un poco, tal como les sucedió a los insectos bach. Estos eran animalitos redondos, una gran cantidad de ellos, que se obtuvieron al procesar los cuarenta y ocho preludios y fugas. También estaba el pájaro stravinsky, compuesto por curiosos fragmentos, y muchos otros.
Los dejó sueltos, para que se acercaran a los bosques, y allí se fueron. saltando, brincando y rodando. Pero un extraño presentimiento de fracaso le atenazaba. Cada una de estas extrañas criaturas le maravillaba más y más. Parecía no tener ningún control sobre los resultados. Todo esto estaba fuera de su dominio, sujeto a alguna extraña e invisible ley que se había enseñoreado sutilmente de la situación, y esto le preocupaba sobremanera. Las criaturas mutaban a raíz de la acción de una extraña fuerza impersonal, fuerza que Labyrinth no podía ver ni comprender. Y que le daba mucho miedo.

Labyrinth dejó de hablar. Esperé un rato, pero no parecía tener deseos de continuar. Me volví a mirarlo. Me estaba contemplando en una forma extraña y melancólica.
-Realmente no sé mucho más. No he vuelto a ir allí desde hace mucho tiempo. Tengo miedo de ver lo que sucede en el bosque. Sé que está pasando algo, pero…
-¿Por qué no vamos juntos a ver qué pasa?
Sonrió aliviado.
-¿Realmente piensas así? Imaginé que tal vez lo sugerirías, puesto que todo me está comenzando a resultar demasiado duro de afrontar -echó a un lado la manta, sacudiéndose-. Vamos, entonces.
Bordeamos la casa, y seguimos un estrecho sendero que nos llevó hacia el bosque. Tenía un aspecto salvaje y caótico, con malezas demasiado crecidas y una vegetación que no había recibido cuidados en largo tiempo.
Labyrinth fue hacia adelante, apartando las ramas, saltando y retorciéndose para abrirse camino.
-¡Qué lugar! -comenté.
Seguimos andando durante un rato bastante largo. El bosque estaba oscuro y húmedo; ahora era casi la hora del crepúsculo y sobre nosotros caía una fina niebla que se desprendía de las hojas situadas sobre nuestras cabezas.
-Nadie viene aquí -El doctor se quedó súbitamente de pie, mirando a su alrededor-. Tal vez sea mejor que vayamos a buscar mi escopeta. No quiero que suceda nada irreparable.
-Pareces estar muy seguro de que las cosas han escapado a tu control -me llegué hasta donde estaba y nos quedamos parados hombro con hombro-. Tal vez las cosas no estén tan mal como piensas.
Labyrinth miró alrededor. Movió la hojarasca con su pie.
-Están cerca de nosotros, por todos lados. Observándonos. ¿No lo sientes?
Asentí, en forma casi casual.
-¿Qué es esto?
Levanté un extraño montículo, del cual se desprendían restos de hongos. Lo dejé caer y lo aparté con el pie. Quedó en el suelo, un montoncito informe y difícil de distinguir, casi enterrado en la tierra blanda.
-Pero, ¿qué es? -pregunté nuevamente. Labyrinth se quedó mirándolo, con una expresión tensa en el rostro.
Comenzó a golpearlo suavemente con el pie. Me sentí súbitamente incómodo.
-¿Qué es, por amor de Dios? -dije-. ¿Sabes tú?
Labyrinth volvió lentamente los ojos hacia mí.
-Es el animal schubert -murmuró-. O mejor dicho, lo fue. Ya no queda mucho de él.
El animalito, que una vez había saltado y brincado como un cachorrillo, tontuelo y juguetón, yacía en el suelo. Me incliné y aparté unas ramas y hojas que se adherían a él.
No cabía duda de que estaba muerto. La boca estaba abierta, y el cuerpo había sido totalmente desgarrado. Las hormigas y las sabandijas lo habían atacado sañudamente. Comenzaba a oler mal.
-Pero ¿qué pasó? -dijo Labyrinth. Movió tristemente la cabeza-. ¿Quién pudo hacerlo?
Durante un momento quedamos en silencio. Luego vimos moverse un arbusto y pudimos distinguir una forma. Debía de haber estado allí todo este tiempo, observándonos.
La criatura era inmensa, delgada y muy larga, con ojos intensos y brillantes. Me pareció bastante semejante al coyote, pero mucho más pesado. Su pelambre era manchada y espesa. El hocico se mantenía húmedo y anhelante mientras nos miraba en silencio, estudiándonos como si le sorprendiera enormemente que nos halláramos allí.
-El animal wagner -dijo Labyrinth-. Pero está muy cambiado. Casi no lo reconozco.
La criatura olfateó el aire. Súbitamente volvió hacia las sombras y un momento después se había ido.
Nos quedamos absortos durante un rato, sin decir nada.
Finalmente Labyrinth se estremeció.
-Así que esto es lo que sucedió -dijo-. Casi no puedo creerlo. Pero… ¿por qué, por qué?
-Adaptación -le dije-. Cuando echas de tu casa a un perro o a un gato doméstico, se vuelve salvaje.
-Sí -contestó-. Un perro vuelve a ser lobo. Para mantenerse vivo. La ley de la jungla. Debí haberlo supuesto. Sucede siempre.
Miró hacia abajo, hacia el lamentable cadáver en el suelo. Luego alrededor, hacia los silenciosos matorrales. Adaptación. O tal vez algo peor. Una idea se estaba formando en mi mente, pero nada dije.
-Me gustaría ver más. Echar una ojeada a los otros. Busquemos.
Estuvo de acuerdo. Comenzamos a investigar la posible existencia de animales a nuestros alrededor, apartando ramas y hojas.
Hallé y empuñé una rama, pero Labyrinth se puso de rodillas, palpando y observando el suelo desde bien cerca.
-Aun los niños se transforman en animales -le comenté-. ¿Recuerdas los casos de los niños lobos de la India? Nadie podía creer que alguna vez fueron normales.
Labyrinth asintió calladamente. Se sentía muy triste, y no era difícil darse cuenta de por qué.
Se había equivocado, su idea original había sido errada, y ahora se hallaba frente a las consecuencias de su error. La música podía transformarse en animales vivos, pero había olvidado la lección del Paraíso Terrenal.
Una vez que algo tomaba vida comenzaba a tener una existencia independiente, dejando de ser una propiedad de su creador y moldeándose y dirigiéndose tal como lo desea.
Dios, observando el desarrollo del hombre, debe de haber sentido la misma tristeza, y la misma humillación, tal como Labyrinth, ver que sus criaturas se modificaban y cambiaban para enfrentarse a las necesidades de sobrevivir.
El hecho de que sus animales musicales podrían defenderse ya no quería decir nada para él, puesto que la razón por la cual las había creado, impedir que las cosas bellas se brutalizaran, estaba sucediendo ahora en ellas mismas.
Labyrinth me miró, con ojos llenos de tristeza. Había asegurado su supervivencia, pero al hacerlo había destrozado el significado o los valores de tal acción. Traté de sonreírle para alentarlo, pero retiró la mirada.
-No te preocupes demasiado -le dije-. No fue un cambio demasiado grande el que experimentó el animal Wagner. Siempre fue un poco así, brusco y temperamental, ¿verdad? ¿No sentía cierta atracción por la violencia?
Me interrumpí bruscamente. Labyrinth había dado un salto, retirando apresuradamente su mano del suelo. Se apretó la muñeca, gimiendo de dolor.
-¿Qué te pasa? -me apresuré a preguntarle mientras me acercaba. Temblando, me mostró su mano pequeña-. Pero ¿qué te sucede?
Le tomé la mano. Por el dorso se extendían unas marcas rojas, como tajos, que se hinchaban bajo mis ojos. Había sido mordido o aguijoneado por un animal. Miré hacia abajo, pateando el césped.
Algo se movió. Vi correr hacia los arbustos a un animalito redondo y dorado, cubierto de espinas.
-Atrápalo -dijo mi amigo. ¡Pronto!
Lo perseguí, con mi pañuelo en ristre, tratando de eludir las espinas. La esfera rodaba frenética, procurando esquivar mi maniobra, pero finalmente lo atrapé con el pañuelo.
Labyrinth se quedó mirando la forma en que se retorcía atrapado. Me puse de pie.
-Casi no puedo creerlo. Va a ser mejor que regresemos a casa.
-¿Qué es? -le pregunté.
-Uno de los insectos bach. Pero está tan cambiado que casi no puedo reconocerlo…
Nos dirigimos otra vez hacia la casa, retomando nuestro camino por el sendero, a tientas en la oscuridad. Yo abría el paso, echando a un lado las ramas. Labyrinth me seguía, silencioso y triste, frotándose la mano dolorida.
Entramos al patio y subimos la escalera del fondo hacia el porche. Labyrinth abrió la puerta y pasamos a la cocina. Encendió la luz y se dirigió hacia el fregadero, para lavarse la mano.
Tomé una jarra vacía del aparador, y dejé caer dentro al insecto bach. La esfera dorada rodaba de uno a otro lado cuando le ajusté la tapa. Me senté a la mesa. Ninguno de los dos decía palabra alguna, mientras Labyrinth seguía en el fregadero, dejando correr agua sobre su mano herida…
Yo, mientras tanto, seguía mirando a la esfera dorada, en sus infructuosos intentos por escapar.
-Y bien -dije finalmente.
-No hay la menor duda -Labyrinth se acercó y se sentó a mi lado-. Ha sufrido una metamorfosis. Antes no tenía espinas ponzoñosas, ¿sabes? Menos mal que tuve cuidado cuando me decidí a desempeñar el papel de Noé.
-¿Qué quieres decir?
-Tuve buen cuidado de que fueran híbridos… No se podrán reproducir. No habrá una segunda generación. Cuando estos ejemplares mueran, todo se habrá acabado.
-Debo decirte que me alegro que hayas tenido eso en cuenta.
-Me pregunto -murmuró Labyrinth- cómo sonará ahora, tal cual está.
-¿Cómo dices?
-La esfera. El insecto bach. Esa es la verdadera prueba, ¿no es así? Puedo volverlo a meter en la Máquina. Así veremos. ¿Quieres averiguar qué sucederá?
-Lo que tú digas -le contesté-. Después de todo, es tu experimento. Pero no te ilusiones demasiado.
Levantó la jarra cuidadosamente y nos dirigimos escaleras abajo, en dirección al sótano. Divisé una inmensa columna de metal opaco, que se levantaba en una esquina, cerca del lavadero. Una extraña sensación me recorrió. Era la Máquina Preservadora.
-Así que ésta es -dije.
-Sí, ésta es -Labyrinth manipuló los controles y estuvo ocupado con ellos durante un largo rato. Luego, tomando la jarra, la dio la vuelta y, abriendo la tapa, dejó caer al insecto dentro de la Máquina. Labyrinth cerró la portezuela.
-Ahora veremos -dijo. Accionó los controles y la Máquina comenzó a andar. Labyrinth se cruzó de brazos, y nos dispusimos a esperar. Fuera se hizo de noche cerrada, sin una pizca de luz. Finalmente se encendió un indicador de color rojo que se hallaba en el tablero de la Máquina.
Mi amigo giró la llave hacia la posición de desconexión, y nos quedamos en silencio. Ninguno de los dos deseábamos abrir la Máquina.
-Bien -dije finalmente-. ¿Quién va a abrir y a mirar?
Labyrinth se estremeció. Metió la mano en una ranura y sus dedos extrajeron un papel con notas.
-Este es el resultado. Podemos ir arriba y tocarlo.
Nos dirigimos al cuarto de música. Labyrinth se sentó frente al piano de cola y yo le pasé la hoja. La abrió y la estudió durante un minuto, con una cara inexpresiva. Luego comenzó a tocar.
Escuché la música. Era espantosa. Nunca había oído nada igual. Era distorsionada y diabólica, sin ningún sentido o significado, excepto, tal vez, una rara familiaridad que jamás debió haber estado presente en algo así.
Sólo con gran esfuerzo era posible imaginar que alguna vez había sido una fuga de Bach, parte de una serie de composiciones magníficamente ordenadas y respetables.
-Esto es lo decisivo -dijo Labyrinth. Se puso de pie, tomo la hoja de música y la rompió en mil pedazos.
Cuando nos dirigíamos hacia el lugar donde había dejado mi automóvil, le dije:
-Tal vez la lucha por la supervivencia sea una fuerza mayor que cualquier ética humana. Hace que nuestras preciosas reglas morales y nuestros modales parezcan algo fuera de lugar.
Labyrinth estuvo de acuerdo.
-Tal vez nada pueda hacerse para salvar tales costumbres y tales reglas morales.
-Sólo el tiempo puede ser capaz de responder a esa pregunta -le contesté-. Tal vez este método falló, pero otros pueden tener éxito. Es posible que algo que no podemos predecir o prever en estos momentos pueda surgir algún día.
Le di las buenas noches y subí a mi automóvil. Estaba completamente oscuro; la noche había descendido sobre nosotros.
Encendí los faros y comencé a recorrer la carretera conduciendo en plena oscuridad. No había otros vehículos a la vista. Estaba solo y sentía mucho frío. En una curva disminuí la marcha, para cambiar de velocidad.
Algo se movió cerca de la base de un sicomoro enorme, en plena oscuridad. Traté de determinar qué era.
En la parte inferior de un árbol, un escarabajo muy grande estaba construyendo algo, poniendo un poco de barro cada vez, para dar forma a una extraña estructura. Me quedé observando al animal durante un largo rato, asombrado y curioso, hasta que finalmente notó mi presencia y dejó de trabajar. Se dio la vuelta rápidamente, entró en su pequeño edificio, haciendo sonar la puerta al cerrarla firmemente tras él.
Me alejé rápidamente.

(De la colección de cuentos La máquina preservadora, 1969. Incluye los cuentos La máquina preservadora, Juego de guerra, Si no existiera Benny Cemoli, Roog, Veterano de guerra, Cargo de suplente máximo, Aquí yace el wub, Podemos recordarlo todo por usted)

* * *

Philip K. Dick (Philip Kindred Dick) nació el 16 de diciembre de 1928 en Chicago, Illinois, EEUU y falleció el 2 de marzo de 1982 en Santa Ana, California, EEUU. Es uno de los mejores escritores de ciencia ficción.

Obras:
Novelas:
1950 Gather Yourselves Together
1952 Voices from the Street
1953 Vulcan’s Hammer
1953 Dr. Futurity
1953 The Cosmic Puppets (Muñecos cósmicos)
1954 Solar Lottery (Lotería solar)
1954 Mary and the Giant
1954 The World Jones Made
1955 Eye in the Sky (Un ojo en el cielo)
1955 The Man Who Japed (Planetas morales)
1956 A Time for George Stavros (manuscrito perdido)
1956 Pilgrim on the Hill (manuscrito perdido)
1956 The Broken Bubble
1957 Puttering About in a Small Land
1958 Nicholas and the Higs (manuscrito perdido)
1958 Time Out of Joint (Tiempo desarticulado)
1958 In Milton Lumky Territory
1959 Confessions of a Crap Artist (Confesiones de un artista de mierda)
1960 The Man Whose Teeth Were All Exactly Alike
1960 Humpty Dumpty in Oakland
1961 The Man in the High Castle (El hombre en el castillo)
1962 We Can Build You (Podemos construirte)
1962 Martian Time-Slip (Tiempo de Marte)
1963 Dr. Bloodmoney, or How We Got Along After the Bomb (El Doctor Bloodmoney)
1963 The Game-Players of Titan (Los jugadores de Titán)
1963 The Simulacra (Los simulacros)
1963 The Crack in Space
1963 Now Wait for Last Year
1964 Clans of the Alphane Moon (Los clanes de la luna Alfana)
1964 The Three Stigmata of Palmer Eldritch (Los tres estigmas de Palmer Eldritch)
1964 The Zap Gun (La pistola de rayos)
1964 The Penultimate Truth (La penúltima verdad)
1964 Deus Irae (con Roger Zelazny)
1964 The Unteleported Man
1965 The Ganymede Takeover (con Ray Nelson)
1965 Counter-Clock World (El mundo contrarreloj)
1966 Do Androids Dream of Electric Sheep? (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?)
1966 Nick and the Glimmung (para niños)
1966 Ubik
1968 Galactic Pot-Healer (Gestarescala)
1968 A Maze of Death (Laberinto de muerte)
1969 Our Friends from Frolix 8 (Nuestros amigos de Frolis 8)
1970 Flow My Tears, The Policeman Said (Fluyen mis lágrimas, dijo el policía)
1973 A Scanner Darkly (Una mirada a la oscuridad)
1976 Radio Free Albemuth (Radio libre Albemuth)
1978 VALIS (SIVAINVI)
1980 The Divine Invasion (La invasión divina)
1981 The Transmigration of Timothy Archer (la transmigración de Timothy Archer)
1982 The Owl in Daylight

Cuentos:
1952
“Beyond Lies the Wub” (Aquí yace el wub)
“The Gun”
“The Little Movement”
“The Skull”
“The Variable Man”

1953
“The Builder”
“Colony”
“The Commuter”
“The Cookie Lady”
“The Cosmic Poachers”
“The Defenders”
“Expendable”
“The Eyes Have It”
“The Great C” (adapted into the novel Deus Irae)
“The Hanging Stranger”
“The Impossible Planet”
“Impostor”
“The Indefatigable Frog”
“The Infinites”
“The King of the Elves”
“Martians Come in Clouds”
“Mr. Spaceship”
“Out in the Garden”
“Paycheck”
“Piper in the Woods”
“Planet for Transients”
“The Preserving Machine”
“Project: Earth”
“Roog”
“Second Variety”
“Some Kinds of Life”
“Tony and the Beetles”
“The Trouble with Bubbles”
“The World She Wanted”

1954
“Adjustment Team”
“Beyond the Door”
“Breakfast at Twilight”
“The Crawlers”
“The Crystal Crypt”
“Exhibit Piece”
“The Father-thing”
“The Golden Man”
“James P. Crow”
“Jon’s World”
“The Last of the Masters” (aka “Protection Agency”)
“Meddler”
“Of Withered Apples”
“A Present for Pat”
“Prize Ship”
“Progeny”
“Prominent Author”
“Sales Pitch”
“Shell Game”
“The Short Happy Life of the Brown Oxford”
“Small Town”
“Souvenir”
“Strange Eden”
“Survey Team”
“Time Pawn”
“The Turning Wheel”
“Upon the Dull Earth”
“A World of Talent”

1955
“Autofac”
“Captive Market”
“The Chromium Fence”
“Foster, You’re Dead!”
“The Hood Maker”
“Human Is”
“The Mold of Yancy”
“Nanny”
“Psi-man Heal My Child!”
“Service Call”
“A Surface Raid”
“Vulcan’s Hammer”
“War Veteran”

1956
“A Glass of Darkness”
“The Minority Report”
“Pay for the Printer”
“To Serve the Master”

1957
“Misadjustment”
“The Unreconstructed M”

1958
“Null-O”

1959
“Explorers We”
“Fair Game”
“Recall Mechanism”
“War Game”

1963
“All We Marsmen”
“The Days of Perky Pat”
“If There Were No Benny Cemoli”
“Stand-by”
“What’ll We Do With Ragland Park?”

1964
“Cantata 140″
“A Game of Unchance”
“The Little Black Box”
“Novelty Act”
“Oh, to be a Blobel!”
“Orpheus with Clay Feet”
“Precious Artifact”
“The Unteleported Man”
“The War with the Fnools”
“Waterspider”
“What the Dead Men Say”

1965
“Project Plowshare”
“Retreat Syndrome”

1966
“Holy Quarrel”
“We Can Remember It for You Wholesale”
“Your Appointment Will Be Yesterday”

1967
“Faith of Our Fathers”
“Return Match”

1968
“Not By Its Cover”
“The Story to End All Stories for Harlan Ellison’s Anthology ”Dangerous Visions””

1969
“A. Lincoln, Simulacrum”
“The Electric Ant”

1972
“Cadbury, the Beaver Who Lacked”

1974
“The Different Stages of Love”
“The Pre-persons”
“A Little Something For Us Tempunauts”

1979
“The Exit Door Leads In”

1980
“I Hope I Shall Arrive Soon” (Originally titled “Frozen Journey”.)
“Rautavaara’s Case”
“Chains of Air, Web of Aether”

1981
“The Alien Mind”

1984
“Strange Memories Of Death”

1987
“The Day Mr. Computer Fell Out of Its Tree”
“The Eye of The Sibyl”
“Fawn, Look Back”
“Stability”

1988
“Goodbye, Vincent”

2010
“Menace React” (fragmento)

Gonzalo Garcés / Crónica de un iniciado, revisitada (entrevista a Abelardo Castillo)

(Entrevista de Gonzalo Garcés a Abelardo Castillo a propósito de los veinte años de Crónica de un iniciado, publicada en el blog Pasajeros en trance, de Gonzalo Garcés y Agostina Dattilo, garcesgonzalo.blogspot.com.ar)

A Abelardo Castillo le tocó en suerte una de las experiencias más asombrosas de la literatura. Llevó consigo durante treinta años el borrador de una novela. El libro crecía con él y no acababa nunca y llevaba un título que llegó a ser legendario antes de publicarse: Crónica de un Iniciado. Hace ahora justo veinte años, el libro se publicó. Lo que no impidió que Castillo lo siguiera modificando con cada reedición. En estos días en que se han reeditado en un solo volumen los Cuentos completos de Castillo, descubrimos además que muchos de esos cuentos están ligados temáticamente a sus novelas: las completan. En realidad, apenas hemos empezado a entender la generosa fuente de ideas que representa la “experiencia Crónica de un Iniciado”, los caminos que abre para la literatura de pasado mañana.
La historia misma de su escritura es un hecho literario. Castillo la empezó en los sesenta como un cuento; al final de la década había terminado un borrador que no lo contentaba. Con el tiempo, estar escribiendo Crónica de un Iniciado se convirtió en una forma de vida. Para cuando la terminó, la novela había cambiado junto con su autor. Pero si el autor cambiaba de acuerdo con los azares de la vida, ¿quién era responsable por los cambios en el libro? ¿Tenía éste realmente un autor? Lo productivo de esta pregunta se entiende mejor si recordamos el argumento del libro. Esteban Espósito, joven y soberbio, llega a Córdoba. Ahí conoce al poeta Santiago, que se le parece como un doble avejentado. Conoce a Bastián, que lo odia. Conoce al doctor Cantilo, un tilingo que entiende sin embargo algunas cosas cruciales de la vida, y se acuesta con su mujer. Conoce, sobre todo, a Graciela. Se enamora y tiene que vivir ese amor en sólo tres dias, porque después debe regresar a Buenos Aires. Lo que en realidad ha venido a hacer Espósito a Córdoba es dejar de ser un joven. Y en ese trance le sale al cruce el Diablo. Entre otras cosas. Crónica de un Iniciado es la más reciente versión del pacto fáustico y la primera que se adapta a la doxa, la irreligiosidad, los conocimientos científicos de nuestra época. Ahora bien, a lo largo de las muchas páginas de la novela, quien escribe va cambiando y cambia también su visión de la historia que cuenta. Graciela no se ve igual al principio y al final del libro; la naturaleza del Mal cambia a medida que el autor, precisamente por escribir este libro, cambia. Crónica de un Iniciado es (entre otras cosas) una novela cuántica: como en el principio de incertidumbre, el acto de observar altera el objeto observado.
Con eso alcanzaría para que leer Crónica de un Iniciado sea algo urgente. Arriesgo una razón o dos más. Es una novela a la que el destino, por así decirlo, sacó de su territorio natural. Publicada en la época en la que fue concebida, en los sesenta, junto a Sobre héroes y tumbas, Rayuela o Cien años de soledad, la de Castillo habría sido leída como otro de esos monstruos que entonces se llamaban novela total. Publicada en los noventa, fue admirada quizá por lo que no era: un monumento a un tiempo más noble, un reproche contra la frivolidad ambiente. Ahora corre un fantasma por la literatura argentina, el fantasma de la realidad. La teatral Buenos Aires, en la ficción, viene siendo desplazada por el prosaico conurbano o la provincia. Al artificio de las grandes tramas a lo Cortázar o Piglia suceden las narraciones sin dirección, la crónica de pequeños sucesos, los esbozos autobiográficos. Esto es lo que hay, vendría a ser la consigna. Y bien, ahora venimos a descubrir que de eso, de la necesidad de blanquear lo que se es realmente, trata también Crónica. Sólo que con una voluntad de ir hasta el fondo que casi intimida. Castillo no hace las cosas a medias. La conversación que sigue debería dar una idea de esta historia extraña y de esta aun más extraña actualidad.

¿Es verdad que Crónica de un Iniciado empezó como un cuento?

Sí. En la época en que yo no había publicado todavía mis cuentos hice un viaje a Córdoba. Tengo anotada en mi diario la fecha de octubre, en un hotel; ahí escribí la primera página de Crónica, que siempre fue la misma. Era un cuento que se llamaba “Graciela”. Un muchacho de veintisiete años, casi un hombre, se enamora de una mujer. Todo tenía que ocurrir de manera muy acelerada; él tenía que vivir la historia del enamoramiento y la conquista, todo en un día. Pero yo no sabía por qué.
¿En qué momento Esteban Espósito se convirtió en el personaje que conocemos?
Bueno, Espósito se parece a mí. Pero hay una distancia muy grande respecto de las cosas que yo pìenso o hago. Cuando la novela tomó forma, el personaje inicial se dividió en tres: Santiago, Bastián y Esteban. Esos tres, mezclados y con una dosis de buena voluntad, se parecen bastante a Castillo.
¿Y el Diablo?
A medida que avanzaba sentí que eso no era un cuento. Que tenían que pasar más cosas. Entonces empezó a aparecer al tema de lo demoníaco. En realidad, todo lo que me ocurría iba a parar a esa novela. Recuerdo que iba caminando un dia por avenida Nueve de Julio y había una galería donde unos monos y patos muy raros y en algún sentido perversos bailaban al compás de la musica si vos ponias una moneda. Se me ocurrió la idea de alguien que va poniendo monedas en esas máquinas, hace una especie de gran concierto final, que es su propio requiem, y después se mata. Era un cuento casi escrito, pero entonces sentí que no, que era la muerte de Santiago. La novela empezó a ser un agujero negro que se tragaba todas mis ideas.
En la novela, el Diablo le plantea a Esteban con claridad el trueque que le ofrece: darse al mal y con eso hacer un libro…
Siempre pensé escribir algo sobre el pacto con el Diablo. Había leído todos los Faustos que se conocen: el de Spies, la versión de Saint Yves, el Fausto de Marlowe, el de Goethe, el de Thomas Mann. En el Fausto clásico, Fausto pacta con Mefistófeles por el conocimiento; en el de Goethe, por la juventud; y en el de Mann, el premio —o el castigo— es la obra de Adrian Leverkühn. Pero en un sentido de excelsitud que el diablo le promete. Mi pacto no es por la sabiduría, que siempre entendí como un problema menor de lo fáustico: es sólo retomar el viejo problema bíblico del árbol de la sabiduría. “Coméreis de este árbol, seréis como dioses.” Pero a partir de ese momento el alma está perdida. Eso ya está muy bien tratado en la Biblia. Pactar por la juventud no podía interesarme, porque yo era joven. Recuerdo que Sabato me decía: “Usted no va a poder escribir este libro.” En realidad, en algo acertó Sabato: tardé mucho tiempo en terminarlo .Pero el pacto no es por la conquista de una mujer ni es la juventud. Se pacta por una obra, pero no por lagrandeza de esa obra. El diablo le dice a Esteban, con toda claridad, que no le gritóNon serviam! a Dios para conchabarse de amanuense suyo; le garantiza que va a escribir el libro, pero que sea bueno o malo ya es cosa de él. Y además, le dice algo que yo sentí —pero lo sentí antes de la novela, como parte de estas ideas que me daban vueltas—: que es un pacto para nada. No hay castigo ni hay premio. Es como si ya estuviera sellado antes de la voluntad de ellos.
Sin embargo, se le pide algo a Esteban: que reconozca la existencia del Diablo.
Exacto. El pacto, en realidad, es nada más que la toma de conciencia. Se le pide a Estaban que tome conciencia de lo que es. De que debe dedicarse a la literatura, por decirlo así, y cambiar su vida por la literatura. En el fondo del pacto de Esteban está la famosa premisa de Nietzsche: llegar a ser lo que se es. Nietzsche no dice “llegar a ser algo superior.” No, hay algo que se es. Pero la condición esencial de esa trayectoria es reconocerlo. Da la impresión de que esto fuera una paradoja; pero no es tan fácil llegar a ser lo que uno es. Porque hay que aceptarlo con todas las contradicciones que ese llegar-a-ser tiene. Esteban debe aceptar que no va a poder amar, que no tiene casi sentimientos humanos normales y que todo lo que toca de alguna manera está en peligro. Es muy ambiguo el pacto, muy descorazonante. Se dice, palabra por palabra: “Es todo contra nada.”
Todos los Faustos anteriores incluyen algún tipo de más allá. El suyo es el primer Fausto de la tradición que es radicalmente ajeno a cualquier idea de trascendencia.
Lo dice el propio demonio en el libro: dejemos aparte la cuestión de Dios. Existe el Mal, de eso estamos seguros. Esteban estaría muy cómodo si existieran el Diablo y Dios; entonces bastaría con ser ateo para abolir al Diablo. No, no, no: el problema es mucho más serio. Exista Dios o no, el Mal existe. Ni siquiera hay castigo; incluso el Diablo de mi novela le reprocha a Thomas Mann el haber recaído en la vieja idea de las parrillas y los gritos y el frío helado. Lo perdona diciendo que era un clásico: no tenía más remedio que aceptar los cánones. Pero no hay parrillas: hay esto que tenemos acá y ahora. Y el infierno ya existe. Está dentro de Esteban; es Esteban. Es lo que los orientales llamarían el karma. Un karma que termina con la muerte, pero que mientras vivas se lleva, ¿no?, con bastante patetismo y dolor.
Los años que le esperan a Esteban, dice el Diablo, no son buenos; se refiere a sus años de alcoholismo. ¿En qué momento usted empieza a incluir el alcohol como una parte de la historia?
Yo ya bebía en el sesenta y uno o sesenta y dos sin darme cuenta. La vinculación con el alcoholismo, no quisiera exagerar mucho, pero creo que viene demoníaca en serio; porque cuando yo escribí Israfel, en 1959, no tomaba una gota de alcohol; por qué, entonces, elijo la historia de un alcohólico. En el primer cuento mío que sobrevive, El candelabro de plata, ese tipo, aunque lo disimule, es una especie de alcohólico. Pero yo no tomaba para nada. La entrada del alcohol en mi vida real fue antes de empezar la novela y la salida del alcohol fue después de terminarla.
En 1970 usted tenía una versión terminada de este libro. ¿Por qué no lo publicó?
Porque me parecía que faltaba algo siempre. Y lo que faltaba era mi edad, y poder agregar cierto tipo de cosas. Por ejemplo, para mí es esencial el diálogo entre Esteban y el doctor Cantilo. Espósito descubre, junto conmigo, que Cantilo sabe perfectamente que él se acuesta con su mujer. Su modo de contenerla era darle cierta libertad. Y lo único que quiere saber el pobre Cantilo es si los dibujos de su mujer son buenos .Lo obliga decir a Esteban que no le gustan, que son mediocres. Y Cantilo le dice que él ya lo sabía. Pero que no se lo diga. Porque Espósito es capaz hasta de decírselo a ella. Vale decir que Cantilo comprendía todo. Y Esteban siente que este tipo, en esa escena, en la oscuridad, ha crecido. Y piensa, absurdamente: Debe ser porque estamos haciendo pis en un árbol que es de él.
Usted habla de las canalladas que es capaz de hacer Esteban. Pero lo cierto es que en Crónica no se muestran mucho. Quizá el lector puede completar el cuadro al leer acerca de canalladas que aparecen en algunos de sus cuentos, como “Hernán”…
Sí, o “Noche para el negro Griffiths”, o “Crear una pequeña flor es trabajo de siglos”. Esteban los contiene a todos ellos. Yo realmente viví con este libro; en realidad, el libro se escribió a sí mismo. De hecho, se dice en las últimas páginas que ya no sabe quién es el autor. Empieza en primera persona, se va deslizando hacia una primera persona muy ambigua, y termina en tercera. ¿Quién escribe entonces? Es como si Crónica fuera un libro que escribí, literalmente, sobremí mismo. Encima de mí mismo, quiero decir: sobre mi cuerpo. La teoría que yo tengo sobre la correción, que no es mía, o por lo menos no sólo mía, porque la instala Valéry en la literatura, es que corregir un texto es una modificación espiritual de uno mismo.
¿Cómo se vive después de terminar un libro así?
Al principio, con bastante angustia. Al punto que yo sentí que no iba a poder escribir nunca más nada. Me había pasado recomendando a la gente joven que nunca terminara un libro sin tener otra cosa empezada, pero cuando terminé Crónica no tenía nada más. Además, yo siempre sentí que esto de la gran obra era una pavada; que uno escribe lo que puede y que, como decía Huxley, da tanto trabajo escribir un libro bueno como uno malo. Y sin embargo, yo sentía que nunca iba a poder escribir de nuevo algo como eso. Lo pude superar escribiendo un cuento policial, que es “La cuestón de la dama en el Max Lange”. Y después leí una frase de Sartre que me terminó de consolar. Le preguntaron si sentía que, a los setenta años, ya lo había dicho todo. Y Sartre contestó que sí, pero que cuando un escritor no tiene nada que decir es cuando puede volver a decirlo todo. Yo pensé: ésta es la verdad. Cuando empezamos a escribir, en realidad no tenemos nada que decir; escribir es casi una cosa que se siente en el cuerpo. Llega un momento en el que estás en la posición exacta en la que escribiste tu primer cuento o tu primer poema: no tenés nada que decir, pero tenés ganas de escribir. Si podés recuperar eso, tal vez te pase como a Thomas Mann, que escribió el Doktor Faustus a los setenta años, o como Tolstoi que escribe Resurrección alrededor de los setenta.
Uno siente que el aliento, la ambición, el talante de Crónica tienen un aire de familia con eso que en los sesenta se llamó la novela total. ¿En algún momento sintió que su novela estaba hecha para otra época?
No sé si lo sentí. Lo que sé es que mientras la escribía quería que no perteneciera a esa época.Tal vez eso perjudicó a la novela: tal vez decidiéndome a terminarla en los setenta habría tenido una difusión distinta. Pero yo siempre le tuve terror al Boom, porque me parecía algo superficial. Hoy pienso que muchas novelas escritas durante el Boom, y que fueron fundamentales, si se publicaran hoy no pasaría en absoluto lo que pasó. Eso me hace acordar algo que anoté en mi diario (lee): “Segunda edición de Crónica: la novela, al menos en términos argentinos, fue un éxito. Críticas, entrevistas, etcétera. ¿Tendré ánimos ahora para volver a escribir algo que me comprometa entero, quiero decir algo que sienta necesario para mí? No me importan el éxito ni el reconocimiento, pero esto ya lo sabía desde Israfel. Lo único que de veras me importa es sentir que estoy haciendo algo donde yo mismo me pongo en cuestión.”
En realidad, Crónica es una novela para hoy.
Es una novela milenarista. Lo que primaba era la idea del fin del mundo. En octubre del sesenta y dos estuvieron por entrar en guerra Estados Unidos y Rusia, lo cual era sencillamente el fin del mundo. Se vivía todo provisoriamente. No lo teniamos en cuenta ni eramos conscientes de eso; pero escribir, un libro, salir con una mujer, sacar una revista literaria, era tal vez la última cosa que uno iba a hacer. Había una alegría malsana. No era “Bailando por un sueño”; era “Bailando para nada”. Y en la novela yo quería poner esa sensación: todo va a ir a parar a la nada. A lo mejor no hoy, pero mañana, y da exactamene lo mismo. ¿Qué diferencia hay entre la semana que viene y diez millones de años? Sin embargo, hay algo en la novela que no se dice; son unas palabras que le dice el Diablo a Esteban al oído. Y Esteban entonces abre los ojos desmedidamente. Yo no sé bien qué le contó. Pero lo sospecho. Sospecho que le dijo: el arte tiene sentido. No me atreví a ponerlo, primero porque quería dejar que cada uno le pusiera su propio sentido, y después porque me parecía casi demasiado trivial. ¿Qué sentido tiene el arte en un mundo que va a desaparecer? Bueno, el sentido que le damos y nos damos a nosotros mismos. Empezamos siempre de nuevo, desde cero. Tal vez eso dice esta novela.
Nota: Este texto fue publicado el viernes 31 de agosto en la revista Ñ, con el título “Los pactos con el mal”. El texto necesitaba correcciones que no permitió la urgencia por cerrar la edición. Ésta es la versión corregida por mí y por Castillo.
* * *

Gonzalo Garcés nació en Buenos Aires en 1974.

Obras: Novelas: Diciembre (1997), Los impacientes (2000), El futuro (2003) y El miedo (2012).

* * *

Abelardo Castillo nació en San Pedro, provincia de Buenos Aires, Argentina el 27 de marzo de 1935.

Novelas: La casa de ceniza (1968), El que tiene sed (1985), Crónica de un iniciado (1991), El evangelio según Van Hutten (1999).

Libros de cuentos: Las otras puertas (1961), Cuentos crueles (1966), Las panteras y el templo (1976), El cruce del Aqueronte (1982), Las maquinarias de la noche (1992), El espejo que tiembla (2005).

Obras de teatro: El otro Judas (1961), Israfel (1964), Tres dramas (incluye El otro Judas, A partir de las 7 y Sobre las piedras de Jericó) (1968), Teatro completo (incluye El otro Judas, A partir de las 7, Israfel, Sobre las piedras de Jericó, El señor Brecht en el Salón Dorado, Salomé) (1995).

Ensayos: Discusión crítica a “La ‘crisis’ del marxismo”, Las palabras y los días, Ser escritor, Desconsideraciones.

William Shakespeare / Twelfth Night, or What you will (1601) Noche de Epifanía, o Lo que queráis

La comedia Twelfth Night (or What you will) fue escrita por William Shakespeare entre 1600 y 1601. El título hace alusión a Twelfth Day, el 6 de enero, día de Reyes, festividad de la Epifanía.

El conde Orsino, duque de Iliria, está enamorado de Olivia, una doncella virtuosa cuyo padre murió hace nueve meses. Pero Olivia también está de duelo por otro fallecimiento más reciente, el de su querido hermano. Por lo tanto ha decidido enclaustrarse durante siete años y llevar un velo sobre su rostro.

Viola, una dama, se salvó de un naufragio junto a algunos miembros de su séquito y desconoce si un hermano suyo que viajaba con ella ha sobrevivido. A consecuencia de haber sobrevivido llegó a los dominios del conde Orsino, de quien había oído que tiene un carácter noble y está soltero. Interesada por llegar al conde y conquistar su corazón, primero considera entrar al servicio de Olivia pero de incógnito. Desestima esa posibilidad y luego decide servir a Orsino disfrazada de hombre, como eunuco, bajo el nombre de Cesario.

María, doncella de Olivia, elabora un plan para hacer circular falsas cartas de amor donde Olivia escribe que está enamorada de Malvolio, intendente de Olivia, para entusiasmarlo de amor.

Sir Tobías (tío de Olivia) y Sir Andrés Aguecheek son amigos y compañeros de juerga.

Pero Olivia está fascinada con Cesario (Viola) y le declara su amor sin saber que es una mujer. Sir Andrés (entusiasmado de amor por Olivia) es testigo oculto de esta declaración. Se lo comenta a Sir Tobías y éste le sugiere que desafíe a Cesario a batirse a duelo con la excusa de una falsa ofensa.

A todo esto, Sebastián, el hermano de Viola también se ha salvado del naufragio pero piensa que su hermana ha muerto. Y llega a los dominios de Orsino junto con Antonio, capitán de navío.

* * *

ORSINO: Si la música es el alimento del amor, tocad siempre, saciadme de ella, para que mi apetito, sufriendo un empacho, pueda enfermar, y así morir. ¡Repetid ese trozo! Tiene una lánguida cadencia. ¡Oh! Vibra en mis oídos como el suave susurro que sopla sobre un bancal de violetas, arrebatando y, a la vez, dando perfume. ¡Basta! No más. Eso no es ya tan melodioso como lo de antes. ¡Oh espíritu del amor! ¡Qué vivacidad y qué frescor hay en ti! Tu capacidad, no obstante, es inmensa como el océano, donde nada cae, sea cual fuere su valor y su talla, sin que entre en disminución y pierda precio en un minuto. Tan fecunda en formas cambiantes es la fantasía, no más que elevación imaginaria.

(Acto I, escena 1)

BUFÓN: Los locos se parecen a los maridos como las sardinas a los arenques; solo que los maridos son más gruesos.

(Acto III, escena 1)

VIOLA: La locura que se manifiesta por palabras sensatas es ingeniosa, mientras que los sensatos, si se vuelven locos, pierden para siempre su cordura.

(Acto III, escena 1)

* * *

William Shakespeare fue bautizado el 26 de abril de 1564 (se desconoce su fecha de nacimiento) en Stratford-upon-Avon, Warwickshire, Inglaterra y falleció el 23 de abril de 1616 también en Stratford-upon-Avon.

Obras (de en.wikipedia.org) (en muchos casos los años de escritura son aproximados):

Obras de teatro:

Las obras están aquí según el orden que se les dió en el First Folio de 1623. Las que están señaladas con un asterisco (*) son conocidas habitualmente como los “romances” (según el término original inglés). Las señaladas con dos asteriscos (**) a veces son denominadas como “problem plays” (obras de problemas).

Comedias:

The Tempest * (1610-1611) (La tempestad)
The Two Gentlemen of Verona (1598-1591) (Los dos hidalgos de Verona)
The Merry Wives of Windsor (1597-1598) (Las alegres casadas de Windsor)
Measure for Measure ** (1603-1604) (Medida por medida)
The Comedy of Errors (1592-1594) (La comedia de las equivocaciones)
Much Ado About Nothing (1598-1599) (Mucho ruido y pocas nueces)
Love’s Labour’s Lost (1594-1595) (Trabajos de amor perdidos)
A Midsummer Night’s Dream (1595) (Sueño de una noche de verano)
The Merchant of Venice ** (1596) (El mercader de Venecia)
As You Like It (1599-1600) (A vuestro gusto)
The Taming of the Shrew (1590-1591) (La doma de la bravía)
All’s Well That Ends Well ** (1601-1608) (A buen fin no hay mal principio)
Twelfth Night (1600-1601) (Noche de Epifanía)
The Winter’s Tale * (1609-1610) (El cuento de invierno)
Pericles, Prince of Tyre * (1607) (no incluída en el First Folio) (Pericles, Príncipe de Tiro)
The Two Noble Kinsmen (1613-1614) * (no incluída en el First Folio) (Los dos nobles caballeros)

Historias:

King John (1596) (La vida y muerte del Rey Juan)
Richard II (1595) (Ricardo II)
Henry IV, Part 1 (1596-1597) (Enrique IV, primera parte)
Henry IV, Part 2 (1597-1599) (Enrique IV, segunda parte)
Henry V (1599) (Enrique V)
Henry VI, Part 1 (1588-1592) (Enrique VI, primera parte)
Henry VI, Part 2 (1590-1591) (Enrique VI, segunda parte)
Henry VI, Part 3 (1590-1591) (Enrique VI, tercera parte)
Richard III (1592-1593) (Ricardo III)
Henry VIII (1613) (La famosa historia de la vida del Rey Enrique VIII)

Tragedias:

Troilus and Cressida ** (1602) (Troilo y Crésida)
Coriolanus (1608) (Coriolano)
Titus Andronicus (1591-1592) (Tito Andrónico)
Romeo and Juliet (1595-1596) (Romeo y Julieta)
Timon of Athens (1605-1606) (Timón de Atenas)
Julius Caesar (1599) (Julio César)
Macbeth (1603-1606) (La tragedia de Macbeth)
Hamlet (1599-1601) (Hamlet, Príncipe de Dinamarca)
King Lear (1603-1606) (El Rey Lear)
Othello (1603-1604) (Otelo, el moro de Venecia)
Antony and Cleopatra (1601-1608) (Antonio y Cleopatra)
Cymbeline * (1610-1611) (Cimbelino)

También escribió 154 sonetos y los poemas narrativos Venus and Adonis (Venus y Adonis), The Rape of Lucrece (La violación de Lucrecia), A Lover’s Complaint (Querellas de un amante), The Phoenix and the Turtle (El fénix y la tórtola; “turtle” no es la tortuga sino que es la tórtola, “turtledove”) y The Passionate Pilgrim (El peregrino apasionado).

Examen final

(Traducción del artículo Ultimate test, en komplexify.com)

En honor al final del semestre, le presento el siguiente examen para hacer en clase. Me han dicho que usted puede encontrar esto en “The Big Book of Humor New American” de William Novak.

INSTRUCCIONES
Lea cada uno de los siguientes quince problemas atentamente. Responda todas las partes de cada problema.
Límite de tiempo: 4 horas. Comience inmediatamente.

1. HISTORIA
Describa la historia del papado desde sus orígenes hasta la actualidad, centrándose especialmente, pero no exclusivamente, en su impacto social, político, económico, religioso y filosófico en Europa, Asia, América y África.
Sea breve, conciso y específico.

2. MEDICINA
Se le ha provisto de una navaja de afeitar, un pedazo de gasa y una botella de whisky. Extraiga su apéndice.
No suture hasta que su trabajo haya sido inspeccionada. Usted tiene 15 minutos.

3. HABLAR EN PÚBLICO
2500 aborígenes locos de motines están atacando el aula. Cálmelos. Usted puede utilizar cualquier idioma antiguo excepto latín o griego.

4. BIOLOGÍA
Cree vida. Estime las diferencias en la cultura humana subsiguiente si esta forma de vida se habría desarrollado 50 millones de años antes, con especial atención a su probable efecto en el sistema parlamentario inglés. Ponga a prueba su tesis.

5. MÚSICA
Escriba un concierto de piano. Orquéstelo y ejecútelo con flauta y tambor. Encontrará un piano debajo de su escritorio.

6. PSICOLOGÍA
En base a su conocimiento de sus obras, evalúe la estabilidad emocional, el grado de ajuste y las frustraciones reprimidas de cada uno de los siguientes: Alejandro de Afrodisia, Ramsés II, Gregorio de Nicea, y Hammurabi.
Apoye su evaluación con citas de la obra de cada uno de los hombres, haciendo referencias apropiadas. No es necesario traducir.

7. SOCIOLOGÍA
Estime los problemas sociológicos que pueden acompañar al fin del mundo. Construya y experimente para probar su teoría.

8. INGENIERÍA
Las piezas desmontadas de un rifle de alta potencia se han colocado en su escritorio. Usted también encontrará el manual de instrucciones, impreso en Swahili. En diez minutos un hambriento tigre de Bengala será admitido en la habitación. Tome cualquier acción que considere apropiada. Esté preparado para justificar su decisión.

9. ECONOMÍA
Desarrolle un plan realista para la refinanciación de la deuda nacional. Trace los posibles efectos de su plan en las siguientes áreas: el cubismo, la controversia donatista y la teoría ondulatoria de la luz. Describa un método para la prevención de estos efectos. Critique este método desde todos los puntos de vista posibles. Señale las deficiencias en su punto de vista, como se demuestra en su respuesta a la última pregunta.

10. CIENCIAS POLÍTICAS
Hay un teléfono rojo en el escritorio a su lado. Comience la III Guerra Mundial. Informe ampliamente sobre sus efectos socio-políticos, si tuviera alguno.

11. EPISTEMOLOGÍA
Tome una posición a favor o en contra de la verdad. Demuestre la validez de su posición.

12. FÍSICA
Cree un pequeño agujero negro que gira rápidamente. Investigue e informe sobre sus efectos en las propiedades opto-eléctricas del Seaborgium (elemento Nº 106). Limpie su experimento después de que haya terminado.

13. FILOSOFÍA
Trace el desarrollo del pensamiento humano y estime su importancia.
Compare con el desarrollo de cualquier otro tipo de pensamiento.

14. ASTRONOMÍA
Defina el universo. De tres ejemplos.

15. CONOCIMIENTO GENERAL
Describa en detalle. Sea objetivo y específico.

Julien Green / Cristina

La carretera de Fort-Hope sigue, poco más o menos, una línea negra de los arrecifes de los que está separada por unas fajas negras de tierra llanas y desnudas. Un cielo nuboso pesa sobre este triste paisaje que no destaca el brillo de ninguna vegetación, si no es, a trechos, el verde indeciso de una hierba pobre. Se advierte a lo lejos una larga mancha espejeante y gris: es el mar.

Teníamos la costumbre de pasar en verano en una casa construida sobre un promontorio, bastante retirada de la carretera. En América, donde la antigüedad es tan reciente, era considerada como muy antigua y veíase, en efecto, en medio de una viga de la fachada, una inscripción atestiguando que había sido construida en 1640, en la época en que los peregrinos establecían a machetazos el reino de Dios en estas regiones bárbaras. Fuertemente asentada en una de las rocas oponía el frenesí de los vientos, que soplaban desde alta mar, sólidas paredes de piedra lisa y un peñón rudimentario que hacía pensar en la proa de un navío. Sobre un tragaluz leíanse estas palabras, grabadas en la materia más dura que existía en el mundo, el sílex de Rhode Island: Confía sólo en Dios.

No hay aspecto de la vieja casa puritana del cual mi memoria no haya grabado una imagen precisa, mueble del cual mi mano no encontrase en seguida las mismas alegrías de otros tiempos y los mismos terrores, siguiendo los largos pasillos de techos bajos y leyendo encima de las puertas, que un brazo infantil apenas mueve, los preceptos en letras góticas, entresacados del libro de los Salmos.

Recuerdo que todas las piezas parecían estar vacías, tan espaciosas eran, y que la voz en ellas tenía un sonido que estaba ausente en la ciudad, en la casa que habitábamos en Boston. ¿Era un eco? Parecía golpear las paredes y se tenía la impresión de que alguien al lado repetía el final de las frases. Al principio esto me entretenía y se lo hice observar a mi madre, que me aconsejó que no me preocupase, pero tuve ocasión de observar que ella también hablaba aquí menos de lo que acostumbraba y en voz baja.

El verano en que cumplí trece años fue señalado por un acontecimiento bastante extraño y tan penoso que nunca he podido llegar a aclarar todo su misterio, pues me parece que debía contener aún más tristeza de lo que había creído. ¿No es preferible, algunas veces, dejar tranquila la verdad? Y si esta prudencia no es muy arrogante, en casos como el que va a verse es ciertamente más conveniente que un temerario espíritu de investigación. Tenía, pues, trece años cuando mi madre me anunció, una mañana de agosto, la llegada de mi tía Judith. Se trataba de una persona algo enigmática y a la que no veíamos casi nunca porque vivía muy lejos de nosotros, en Washington. Sabía que había sido muy desgraciada y que, por razones que no me explicaron, no había podido casarse. No la quería. Su mirada un poco fija me hacía bajar los ojos y tenía una expresión malhumorada que me disgustaba. Sus rasgos eran regulares como los de mi madre, pero más duros, y una singular mueca displicente levantaba las comisuras de su boca en una semisonrisa llena de amargura.

Algunos días después, al bajar al salón, encontré a mi tía charlando con mi madre. No había venido sola: una niña de mi edad, poco más o menos, permanecía a su lado, pero de espaldas a la luz, de manera que en el primer momento no distinguí su rostro. Mi tía pareció contrariada al verme y, volviendo bruscamente la cabeza hacia mi madre, le dijo muy de prisa algunas palabras que no pude entender; luego, tocó el hombro de la chiquilla, que dio un paso hacia mí y me saludó con una reverencia. “Cristina –dijo-. Se llama Juan. Juan, da la mano de Cristina; ahora abraza a tu tía”.

Al acercarme a Cristina tuve que contenerme para no lanzar un grito de admiración. La belleza, hasta en la edad que yo entonces tenía, me había emocionado siempre con los más fuertes sentimientos, de lo que resulta una especie de combate interior, que me hace pasar, en el mismo instante, de la alegría al deseo, y de éste al desespero. Así es que deseo, y temo a la vez descubrir esta belleza que me atormenta y me arrebata que yo busco, pero con dolorosa inquietud y con el deseo secreto de no encontrarla. La de Cristina me transportó. A contraluz, sus ojos, que la sombra alrededor de los párpados agrandaba, parecían negros. La boca acusaba sobre la piel mate y pura unos contornos dibujados con fuerza. Una inmensa aureola de cabellos rubios parecía recoger en sus profundidades toda la luz que entraba por la ventana y prestaba a la frente y a las mejillas un tono casi sobrenatural. Contemplé en silencio a esta niña de la que estaba dispuesto a creer que era una aparición, si no hubiera tenido en mi mano la mano que me había tendido. Mis miradas no le había hecho bajar los ojos; parecía, en verdad, no verme, sino fijarse obstinadamente en alguien o en algo detrás de mí, hasta el punto que me hizo volverme de pronto. La voz de mi madre me hizo tornar en mí y abracé a mi tía, que se retiró seguida de Cristina.

Todavía hoy me es difícil creer en la verdad de lo que voy a describir. Y sin embargo, mi memoria es fiel y no invento nada. Ya no volví a ver más a Cristina; a lo sumo, la vi dos o tres veces, pero de la manera más imperfecta. A la hora de comer, mi tía bajó sin ella, sin ella comimos y pasó la tarde sin que ella viniera al salón. Al anochecer, mi madre me hizo llamar para decirme que me acostaría, no en el primer piso, como lo había hecho hasta entonces, sino en el segundo y lejos, por consiguiente, de las habitaciones de los invitados, que les habían sido asignadas a mi tía y a Cristina. No puedo decir lo que pasó por mí. ¡De buena gana hubiera creído que todo era una ilusión y que esta niña que pensaba haber visto no existía! Pues de otro modo, era bien cruel saber que ella respiraba en la misma casa que yo y que estaba privado de verla. Rogué a mi madre que me dijera por qué Cristina no había bajado a comer, pero tomó en el acto una expresión seria y me contestó que no me importaba saberlo y que no debía volver a hablar de Cristina a nadie. Esta extraña orden me confundió y me pregunté un instante si mi madre o yo habíamos perdido el seso. Di vueltas en mi cabeza a las palabras que había pronunciado, mas sin acertar al explicármelo de otro modo que por un malicioso deseo de atormentarme. En la cena, mi madre y mi tía pusiéronse a hablar en francés, lengua que ambas sabían muy bien, pero de la que yo no entendía palabra. Me di cuenta, sin embargo, de que se hablaba de Cristina, pues su nombre era pronunciado con bastante frecuencia en su conversación. Por fin, cediendo a mi impaciencia, pregunté bruscamente qué le había pasado a la niña que no bajaba ni a comer ni cenar. La respuesta me llegó bajo la forma de una bofetada de mi madre, que me recordó de este modo todas las instrucciones que me había dado. Mi tía había fruncido las cejas de una manera que la volvió horrible ante mis ojos. Me callé.

¿Quién era, pues, esta pequeña? Si hubiera sido menos joven y más observador habría notado, sin duda, lo que había de particular en sus rasgos. Esta mirada fija, ¿no la conocía ya? ¿Y no había visto a nadie aquel gesto indefinible que parecía una sonrisa y no lo era. Pero pensaba en otra cosa muy distinta que estudiar el rostro de mi tía y era demasiado inocente para descubrir ninguna relación entre esta mujer que me parecía monstruosa y Cristina.

Describiré rápidamente las dos semanas que siguieron, para llegar a lo más curioso de esta historia. El lector se imaginará fácilmente todo el tedio de mi soledad antes tranquila, ahora insoportable y mi pena al sentirme separado de un ser por el cual estaba seguro que hubiera sacrificado mi vida gustosamente. Varias veces vagando alrededor de la casa, me vino la idea de llamar la atención de Cristina haciéndola asomarse a la ventana, pero tan pronto como había hecho el gesto de lanzar piedrecitas contra sus cristales, cuando una voz severa me llamaba al salón: una estrecha vigilancia se ejercía sobre mí y mi plan fracasaba siempre.

Estaba cambiado: me había vuelto triste y nada me daba gusto. Ni siquiera podía leer o comprender algo que necesitase una atención sostenida. No tenía más que un pensamiento: volver a ver a Cristina. Me las arreglaba para encontrarme en las escaleras al paso de mi madre, de mi tía o de Dinah la doncella, cuando cualquiera de ellas le subía a Cristina la comida o la cena. Naturalmente, se me había prohibido seguirlas, pero sentía un melancólico placer en escuchar el sonido de esos pasos que iban hasta ella.

Este inocente manejo disgustó a mi tía que imaginaba en mí, al parecer, intenciones que yo mismo no me conocía. Una tarde me contó una terrorífica historia  sobre la parte de la casa que ella ocupaba con Cristina. Me confió que había visto pasar a alguien muy cerca de ella, en el pasillo que conducía a su cuarto. ¿Era un hombre, una mujer? Mi tía no supo decirlo, pero de lo que estaba segura es de que había sentido una respiración caliente sobre su rostro. Y me miró intensamente, para medir el efecto de sus palabras. Debí palidecer bajo su mirada. Era fácil aterrarme con relatos de este género, y éste me había parecido horrible, porque mi tía había calculado bien su efecto, pues había dicho estrictamente lo necesario. Así, lejos de pensar en ir a la habitación de Cristina, titubeé, desde este momento, en aventurarme por la escalera, después de la caída de la tarde.

Desde la llegada de mi tía, mi madre había tomado la costumbre de enviarme a Fort-Hope cada tarde con el pretexto de hacerme comprar un periódico, pero en realidad estoy seguro de que era para alejarme de la casa a la hora que Cristina debía salir a dar un paseo.

Las cosas siguieron así dos largas semanas. Perdí los colores y unas sombras violetas comenzaron a cercarme los párpados. Mi madre me miraba atentamente cuando iba a verla por la mañana y algunas veces, cogiéndome por la muñeca con un gesto brusco, me decía con voz que temblaba un poco: “¡Miserable niño!”. Pero esta cólera y esta tristeza no me conmovían. Sólo me preocupaba Cristina.

Las vacaciones llegaban a su fin y había perdido toda esperanza de verla nunca más, cuando un acontecimiento, con el que no contaba dio un giro inesperado a esta aventura, a la vez que un fin súbito. Una tarde, a principios de setiembre, se desencadenó una tormenta después de un día de calor agobiante. Las primera gotas de lluvia resonaban contra los vidrios; cuando me dirigía a mi habitación, oí, subiendo del primer piso al segundo, un ruido particular, que no puedo comparar a nada sino a un redoble de tambor. Las historias de mi tía me vinieron a la memoria y comencé a subir con precipitación, cuando un grito me detuvo. No era la voz de mi madre ni la de mi tía, sino una voz penetrante y tan alta de tono tan extraño que hacía pensar en la llamada de un animal. Me sobrecogió una especie de vértigo y me apoyé en la pared. Por nada del mundo hubiera retrocedido un paso, pero como me era igualmente imposible avanzar, permanecía allí, estúpido de terror. Al cabo de un instante el ruido dobló su violencia y entonces comprendí que era alguien. Cristina, sin duda alguna, que, por razones que no adivinaba, golpeaba alguna puerta con sus puños. Por fin recobré bastante ánimo, no ara inquirir de qué se trataba y prestar socorro a Cristina, sino simplemente para salvarme a todo correr. Al llegar a mi cuarto, como creía seguir oyendo el redoble y el grito de poco antes, me arrodillé y, tapándome las orejas, empecé a rezar en voz alta.

Al día siguiente por la mañana, en el salón encontré a mi tía llorando, sentada al lado de mi madre, que le hablaba, teniéndola cogida por las manos. Ambas parecían presas de una violenta emoción y no se fijaron en mí. No dejé de aprovecharme de esta favorable circunstancia, para descubrir, por fin, algo sobre el estado de Cristina, pues no podía tratarse más que de ella, y solapadamente me senté un poco detrás de las dos mujeres. Me enteré así, al cabo de unos minutos, de que la tormenta de anoche anterior había afectado a la niña de manera muy seria. Llena de miedo a los primeros ruidos de los truenos, había llamado tratando de salir de su cuarto y se había desmayado. “No debía haberla traído nunca aquí –prorrumpió mi tía, y añadió sin transición, con un acento que no puedo imitar y como si esas palabras la mataran-: Ha tratado de decirme algo.”

Dos horas más tarde estaba en mi habitación, cuando entró mi madre con su capelina de viaje, y con un largo chal de Paisley. Nunca le había visto un aspecto tan grave. “Juan –me dijo-, la niña que has visto el día de la llegada de tu tía, Cristina, no se encuentra bien y estamos intranquilas. Escúchame. Esta tarde, las dos nos vamos a Providence para traer un médico. Cristina se quedará y Dinah se encargará de su cuidado. ¿Quieres prometerme que no te acercarás al cuarto de Cristina en nuestra ausencia?” Se lo prometí. “Esto es muy serio, pero tengo confianza en ti –prosiguió mi madre mirándome con expresión de duda-. ¿Podrías jurarme sobre la Biblia que no subirás al primer piso para nada?” Le hice un signo afirmativo con la cabeza. Mi madre y mi tía partieron algunos minutos después de la comida.

Mi primer movimiento fue subir en el acto a la habitación de Cristina, pero vacilé tras un segundo de reflexión, a causa de un escrúpulo de conciencia. En fin, pudo más la tentación. Subí, pues, luego de haberme asegurado de que Dinah, que una hora antes había llevado la comida a Cristina, ya estaba de regreso en la cocina.

Cuando alcancé el corredor encantado, o que pasaba por tal, mi corazón empezó a palpitar con violencia. era un largo corredor con varios recodos y muy oscuro. Una inscripción bíblica, que en este momento adquiría un sentido particular en mi espíritu, adornaba la entrada: “Cuando camine por el valle de la Sombra de la Muerte no temeré ningún mal”. Este versículo, que releí maquinalmente, me recordó que había dado mi palabra de no hacer lo que hacía en este instante, pero como, sin embargo, no había llegado a jurar sobre la Biblia, mi conciencia quedó más tranquilizada.

Apenas había avanzado algunos pasos ya debí dominar mi imaginación, para no abandonarme al miedo y retroceder. El pensamiento de que acaso iba a ver de nuevo a la niña, a tocar su mano otra vez, me contuvo. Me había puesto a andar en puntillas, conteniendo la respiración, horrorizado de la longitud de este corredor, que no acababa nunca, y como andaba a oscuras, al cabo de un momento tropecé con la puerta de la habitación de Cristina. En mi turbación no me atreví a llamar y traté de abrir la puerta, pero vi que estaba cerrada con llave. Oí a Cristina andar por el cuarto. Por el ruido que había hecho deduje que se había dirigido a la puerta. Aguardé esperando que abriría, pero noté que había dejado de moverse.

Toqué en la puerta, despacio al principio, y después cada vez más fuerte, pero en vano. Llamé a Cristina diciéndole que era el sobrino de tía Judith, que me habían dado un recado y que tenía que abrirme. Por fin, renunciando a obtener contestación, me arrodillé ante la puerta y miré por el ojo de la cerradura. Cristina estaba de pie a algunos pasos de la puerta, hacia donde miraba atentamente. Una larga camisa de noche le cubría hasta los pies, de los que sólo asomaban los dedos desnudos. Sus cabellos sueltos se extendían alrededor de su cabeza como una melena. Noté que tenía rojas las mejillas. Sus ojos de un azul ardiente en la luz que hería su rostro tenían la mirada inmóvil que yo no había olvidado y tuve la absurda impresión de que, a través de la madera de la puerta, me veía y me observaba. Me pareció más guapa aún de lo que había creído y estaba desesperado viéndola tan cerca de mí y sin poder arrojarme a sus pies. Vencido, al fin, por una emoción largo tiempo contenida, prorrumpí en lágrimas de pronto y golpeándome la cabeza contra la puerta, me dejé llevar por la desesperación.

Al cabo de algún tiempo se me ocurrió una idea que me devolvió el ánimo y que juzgaba ingeniosa, porque no reflexioné lo que podía tener de imprudente. Le deslicé por bajo la puerta un trozo de papel en el que había grabado en grandes letras:

“Cristina, ábreme. Te amo”.

Por el ojo de la cerradura vi a Cristina precipitarse sobre el billete, al que empezó a dar vueltas con expresión de gran curiosidad, pero sin que, al parecer, comprendiese lo que había escrito. De repente lo dejó caer y se dirigió hacia una parte de la habitación en que mi mirada no podía alcanzarla. En mi enloquecimiento la llamé con todas mis fuerzas y casi sin saber lo que decía, le prometí un regalo si consentía en abrirme. Estas palabras, que había pronunciado, sin darme cuenta, hicieron nacer en mí la idea de un nuevo proyecto.

Subí a mi cuarto a toda prisa y escarbé en mis cajones para encontrar algo con que pudiera obsequiarla, pero nada tenía. Me precipité entonces a la habitación de mi madre, sin encontrar, a pesar de registrarle todas las cómodas, nada que me pareciera digno de Cristina. Por fin descubrí, arrimada a la pared y detrás de un muelle, la maleta que mi tía había traído consigo. Sin duda la creían poco segura en la misma pieza de una niña curiosa. La cuestión es que la encontré abierta y no tuve más que levantar la tapa para hundir mis manos febriles. Después de haber buscado algún tiempo, descubrí un cofrecillo de piel de foca, cuidadosamente disimulado bajo la ropa. ¡Lo recuerdo como si lo estuviera viendo! Estaba forrado por dentro de muaré y contenía unas cintas de color y algunas sortijas, una de las cuales me llamó la atención enseguida. Era un anillo de oro muy delgado, con un pequeño zafiro montado. Había pasado por esta sortija in rollo de carta semejante a un dedo de papel que yo quité deshaciéndolo.

Volví enseguida al cuarto de Cristina y la llamé de nuevo, pero sin otro resultado que hacerla venir cerca de la puerta, como la primera vez. De bruces deslicé la sortija por debajo de la puerta, diciendo: “Cristina, mira tu regalo. Ábreme.” Y golpeé con la palma de la mano la parte baja de la puerta, para hacer que Cristina se diera cuenta, pero vi que ya se había apoderado de la sortija. Durante un momento la tuvo en la palma de su mano examinándola, luego trató de ponérsela en el pulgar, pero el anillo le estaba apretado y se detenía un poco junto a la uña. Golpeó con el pie y quiso hacerla entrar a la fuerza. Le grité: “No, en ese dedo, no” Pero o no lo oyó o no comprendió. De repente, agitó la mano; la sortija había pasado. la admiró unos minutos y luego quiso quitársela. Tiró con todas sus fuerzas, pero en vano, la sortija resistía. De rabia, Cristina la mordió. Por fin, tras un momento de esfuerzos desesperados, se arrojó en la cama dando gritos de cólera. Huí.

Cuando mi madre y mi tía regresaron tres horas más tarde acompañadas de un médico de Providence, yo estaba en mi habitación, presa de un terror sin nombre. No osé bajar a cenar, y a la caída de la tarde me dormí.

Hacia las cinco de la mañana un ruido de ruedas me despertó haciéndome asomar por la ventana y vi avanzar un coche de dos caballos a nuestra puerta. Todo cuanto pasó enseguida me pareció como una pesadilla. Vi como la doncella ayudaba al cochero a cargar la maleta de mi tía en lo alto del carruaje: luego apareció mi tía apoyada en el brazo de mi madre. Se abrazaron varias veces. Un hombre las seguía (supongo que sería el médico de Providence que pasaría la noche en casa) conduciendo de la mano a Cristina. La niña llevaba una gran capelina que le ocultaba el rostro. En el pulgar de su mano derecha brillaba el anillo que no había podido quitarse.

Ni mi madre, ni mi tía, a la que volví a ver, sola, pocos meses después, me dijeron una palabra de todo este asunto, que creí, verdaderamente, haber soñado. ¿Se me creerá? Llegué a olvidarlo. Es un corazón muy extraño el nuestro.

Mi tía no vino al verano siguiente, pero días antes de Navidad, teniendo que pasar por Boston, nos hizo una visita de una hora. Mi madre y yo estábamos en el salón. Yo miraba por la ventana a los obreros de las brigadas de limpieza que arrojaban paletadas de arena sobre la escarcha cuando apareció mi tía. Permaneció un instante en el umbral de la puerta quitándose los guantes con un gesto mecánico: luego, sin decir una palabra, se echó sollozando en los brazos de mi madre. En su mano desguantada brillaba el pequeño zafiro. En la calle las paletadas de arena caían sobre el asfalto con un ruido lúgubre.

* * *

Julien Hartridge Green nació el 6 de septiembre de 1900 en París, Francia y falleció el 13 de agosto de 1998 en París, Francia.

Obras:
Pamphlet contre les catholiques de France (1924)
Mount Cinère (1926)
Suite anglaise (1927)
Le voyageur sur la terre (1927)
Adrienne Mesurat (1927)
Un puritain homme de lettres (1928)
Léviathan (1929)
L’autre sommeil (1930)
Épaves (1932)
Le visionnaire (1934)
Minuit (1936)
Journals I, II, III (1938–46)
Varouna (1940)
Memories of Happy Days (1942)
Si j’étais vous… (1947)
Moïra (1950)
Sud (1953)
L’ennemi (1954)
La malfaiteur (1956)
L’ombre (1956)
Le bel aujour-d’hui (1958)
Chaque homme dans sa nuit (1960)
Partir avant le jour (1963)
Mille chemins ouverts (1964)
Terre lointaine (1966)
Les années faciles (1970)
L’autre (1971)
Qui sommes-nous (1972)
Ce qui reste du jour (1972)
Jeunesse (1974)
La liberté (1974)
Memories of Evil Days (1976)
La Nuit des fantômes (1976)
Le Mauvais lieu (1977)
Ce qu’il faut d’amour à l’homme (1978)
Dans la gueule du temps (1979)
Paris (1984)
Les Pays lointains (1987)
Les Étoiles du sud (1989)
Dixie (1994)

Gonzalo Moure Trenor / Lili, Libertad

Lili, Libertad (1996, 108 págs) es la historia de la niña Libertad, a quien llaman Lili. Vive con su madre en una ciudad nueva en la que no conocen a casi nadie. Allí han llegado luego de la separación de sus padres y porque su madre aceptó un ofrecimiento de trabajo en un instituto de Formación Profesional, luego de varios años de haber abandonado la profesión.

Luego de estar en un colegio donde la habían aceptado provisoriamente, ahora Lili cambió a otro donde aún no tiene amigos.

Se acerca Carnaval y el maestro don Mauricio les dice a los alumnos que el lunes deben venir todos disfrazados. Pero Lili no se disfraza, aunque sí lo hace el martes. El motivo de su negativa a obedecer al maestro tiene que ver con cuestiones personales y que hacen a su identidad y a su reconocerse como persona, tanto frente a su madre y abuela como a sus compañeros. Y así comienza otra historia.

Es un relato excelente y profundo en su aparente simplicidad. El derecho a ser, el derecho a ser como uno es frente a los otros y la manera en que los otros nos ven, son cuestiones que Lili va a descubrir y, sin proponérselo, a hacer descubrir a los demás.

De Gonzalo Moure Trenor ya había podido apreciar sus valores literarios y su análisis sensible del mundo infantil en su novela El síndrome de Mozart (2003) donde narra la historia de una niña que toca el violín y se encuentra con alguien que le hace replantear sus dudas por la ejecución de la música y ante la vida en general.

* * *

Gonzalo Moure Trenor nació en Valencia, España en 1951.

Obras:

Geranium, Madrid, Alfaguara, 1991, Alianza Editorial, 2004 (Lista de honor del IBBY)
¡A la mierda la bicicleta! Madrid, Alfaguara, 1993. Premio Jaén. SM (Gran Angular, 2007)
El alimento de los dioses, Madrid, Bruño, 1994 (Lista de honor del IBBY)
Lili, Libertad, Madrid, SM, 1996. Premio El Barco de Vapor 1995
Nacho Chichones, Madrid, SM, 1997
Tomi en las nubes, Madrid, Tutor, 1998
Un loto en la nieve, Barcelona, Ediciones del Bronce, 1998
El beso del Sáhara, Madrid, Alfaguara, 1998, SM (Gran Angular) 2008
El bostezo del puma, Madrid, Alfaguara, 1999. Premio Jaén
Los caballos de mi tío, Madrid, Anaya, 1999
El oso que leía niños, Madrid, SM, 2000
El vencejo que quiso tocar el suelo, León, Everest, Pájaros de cuento, 2000
Yo, que maté de melancolía al pirata Francis Drake, Madrid, Senderos de la historia, Anaya, 2001. Alianza Editorial, 2005, Premio de la Crítica de Asturias
Maíto Panduro, Madrid, Edelvives, 2001, Premio Ala Delta, finalista Premio Nacional de Literatura.
Palabras de Caramelo, Madrid, Anaya, 2002
La rara amistad del tío Jonás, Album, una historia gráfica de Alicia Cañas con texto de G.M. Madrid, SM, El Barco de Vapor, 2002
Daños colaterales (El ojo vago y el general). Libro colectivo contra la guerra, en Lengua de Trapo).
El movimiento continuo. Salvat-Bruño, 2002, SM el Barco de Vapor, 2007
El síndrome de Mozart, Gran Angular, SM, 2003. Premio Gran Angular.
Los gigantes de la luna. Edelvives- Ala Delta, 2003
Ladrón de poesías (Con varios autores, dentro del libro Cuentos azules, SM, El Barco de Vapor, 2003)
Un libro vivo (Con varios autores, dentro del libro 100 sopas, Anaya, 2004)
La Zancada del Deyar (Viaje a la Tierra de los Hombres del Libro en el Sáhara Occidental), El Cobre ediciones, 2004
Fuga del horizonte (Institución Alnfons el Magnànim, Valencia, 2004) Disponible en red gratuitamente.
El mejor amigo del perro. Ilustraciones de Pablo Amargo. Los Piratas de SM, 2006
El Bosque de hoja caduca, Anaya-El Corte Inglés, III Premio de Literatura Infantil Ámbito Cultural. 2006
El Remoto Decimal, SM, Gran Angular, Los Libros de Gonzalo, 2007
La Noche del Risón Anaya (Leer y pensar) y Ed. Xerais, 2007
Soy un caballo, ilustraciones de Esperanza León, Kalandraka 2007
Tuva Edelvives, Alandar, 2007
Los chupadores de ojos. Textos literarios y contextos escolares (Graó, 2008) Autores: Carlos Lomas, Bernardo Atxaga, Gustavo Bombin, Agustín Fernández Paz, Guadalupe Jover, Luis Landero, Víctor Moreno, Gonzalo Moure, Berta Piñán, Juan Mata, Manuel Rivas
A Porta de Mayo, con Tina Blanco, Ediciois Xerais, 2008
Cama y Cuento, ilustraciones de Lucía Serrano, Madrid, Anaya 2010
El hombre que entraba por la ventana (Un fado vagabundo), ilustraciones de Gabriel Pacheco, SM, 2010
Esta, la vida, (Escrito a cuatro manos con Mónica Rodríguez), Edelvives, colección Alandar, 2012

www.gonzalomouretrenor.es

Thomas Bernhard / Corrección

Corrección (Korrektur, 1975, 336 páginas en la edición de Alianza) es una historia acerca de la llegada del narrador de la novela (que no sabemos quién es pero que estuvo internado tres meses a causa de una neumonía grave) a la buhardilla del taxidermista Höller y de su familia, luego del suicidio de Roithamer, amigo de ambos.

Roithamer estuvo en ese lugar durante seis años, abocado a la tarea de diseñar y hacer construir una casa, el Cono, obra destinada a ser la residencia de su hermana en el bosque de Kobernauss.

La casa de los Höller está situada en el valle del río Aurach, “en medio del estruendo”, en el lugar más peligroso del río, en la garganta.

Y en ese lugar el narrador encontrará los apuntes, bocetos y anotaciones de Roithamer. Será entonces la historia de dos obsesiones: la de Roithamer, de llevar a cabo una obra especial haciendo evocaciones de toda su vida, y al mismo tiempo la del narrador que revisa la vida de su amigo y trata de comprender el sentido de todo eso.

La novela es a su vez el intento por transmitir ese constante acto por llegar a algo que parece escaparse continuamente. Un texto sin párrafos y sin diálogos. Un permanente fluir, avanzando pero retrocediendo y reiterando cosas, para aclarar lo que siempre se escurre.

* * *

Thomas Bernhard nació el 9 de febrero de 1931 en Heerlen, Holanda y falleció el 12 de febrero de 1989 en Gmunden, Austria. Era hijo ilegítimo de Herta Fabjan (Bernhard Herta, 1904-1950) y el carpintero Alois Zuckerstätter (1905-1940). Al año siguiente, su madre regresó a Austria, donde Bernhard pasó gran parte de su infancia con sus abuelos maternos en Viena y en Seekirchen am Wallersee, al norte de Salzburgo. El posterior matrimonio de su madre en 1936 ocasionó que se trasladen a Traunstein, en Baviera. El padre natural de Bernhard murió en Berlín de envenenamiento por gas. Thomas no lo conoció.

Obras: (de Wikipedia en español http://es.wikipedia.org)

Hambre grande, inconcebible (relato) (1954)
El porquero (relato) (1956)
Así en la Tierra como en el Infierno (poesía) (1957)
La montaña (teatro) (1957)
Köpfe (libreto de ópera de cámara con música de Gerhard Lampersberg) (1957)
Die Rosen der Einöde (libreto para cinco piezas, música de Lampersberg) (1957)
In hora mortis (poesía) (1958)
Bajo el hierro de la luna (poesía) (1958)
Acontecimientos (microrrelatos) (1959)
En las alturas (capítulo de novela inacabada) (1959)
Ave Virgilio (poesía) (1959-60)
Los locos. Los reclusos (poesía) (1962)
Amras (novela corta) (1963)
Helada (novela) (1963)
El italiano. Fragmento (guion para un film de Ferry Radax) (1963)
El crimen del hijo de un comerciante de Innsbruck (relato) (1965)
Un joven escritor (relato) (1965)
Víctor Seminecio (relato) (1966)
Trastorno (novela) (1966)
La gorra (relato) (1967)
En la linde de los árboles (relato) (1967)
Ungenach (novela corta) (1968)
La calera (novela) (1970)
Una fiesta para Boris (teatro) (1970)
Andar (relato) (1971)
Midland en Stilfs (relato) (1971)
El ignorante y el demente (teatro) (1972)
La fuerza de la costumbre (teatro) (1973)
La partida de caza (teatro) (1973)
Corrección (novela) (1975)
El presidente (teatro) (1975)
El origen (autobiografía I) (1975)
Los famosos (teatro) (1975)
El sótano (autobiografía II) (1976)
Minetti (teatro) (1976)
Immanuel Kant (teatro) (1978)
El aliento (autobiografía III) (1978)
(novela) (1978)
7 dramolette: Un muerto, El mes de María, Partido, Absolución, Helados, Comida alemana y Todo o nada (teatro) (1978-81)
Ante la jubilación (teatro) (1979)
El reformador del mundo (teatro) (1979)
Los comebarato (novela) (1980)
La paz reina en las cumbres (teatro) (1981)
En la meta (teatro) (1981)
El frío (autobiografía IV) (1981)
Goethe se mmmuere (relato) (1982)
Un niño (autobiografía V) (1982)
Hormigón (novela) (1982)
El sobrino de Wittgenstein (1982)
El malogrado (novela) (1983)
Las apariencias engañan (teatro) (1983)
El hombre de teatro (teatro) (1984)
Tala (novela) (1984)
Ritter, Dene, Voss (teatro) (1984)
Maestros antiguos (novela) (1985)
Simplemente complicado (teatro) (1986)
Extinción (novela) (1986)
3 dramolette: Claus Peymann deja Bochum y se va a Viena de director del Burgtheater, Claus Peymann se compra unos pantalones y luego nos vamos a comer, Claus Peymann y Hermann Beil en la Sulzwiese (teatro) (1986-87)
Elisabeth II (teatro) (1987)
La plaza de los héroes (teatro) (1988)

Percy Bysshe Shelley, poeta

A UNA ALONDRA

¡Salve, gozoso espíritu!
Jamás tú fuiste pájaro,
tú que derramas desde el mismo Cielo,
tal vez desde sus cercanías,
tu lleno corazón
en cantos incontables de un arte universal.

Cada vez más lejana
de la tierra te elevas
como nube de fuego(1);
y el hondo azul traspasas con tus alas
y cantando te elevas siempre
y siempre cantas elevándote.

En la dorada luz del sol poniente
la nube está brillando y tú flotas
y navegas igual que una alegría
inapresable cuya carrera ha comenzado.

Se derrite también alrededor
de tu vuelo la pálida púrpura vespertina;
lo mismo que una estrella en la ancha luz del sol
invisible eres, mas yo siempre escucho
la invisible delicia de tu canto;

Aguda como flecha
de esa esfera de plata cuya lámpara
intensa palidece(2) en la limpia blancura
de los amaneceres y sin apenas verla
sentimos que está allí.

Toda la tierra y todo el aire
en tu voz suenan como cuando en noche
despejada la luna vierte
desde una solitaria nube
sus destellos de luz y el Cielo se desborda.

No sabemos qué eres.
¿Quién podría contigo compararse?
No mana el arco iris
tan espléndidas gotas cual la lluvia
de melodía que derrama tu presencia.

Eres como un poeta
escondido en la luz del pensamiento
que canta espontáneos himnos
hasta que esté forjado el mundo
para simpatizar con esperanzas
y miedos que desoye.

Lo mismo que doncella de alta cuna
que en una torre de palacio
calma su corazón
lleno de amor, en clandestina hora
con música tan dulce como
el amor que sale de su pecho.

Igual que una luciérnaga dorada
en valle de rocío
que esparce generosa
sus colores etéreos
en medio de las flores y la yerba
que a la vista ocultan.

Lo mismo que una rosa rodeada
de su sépalo verde
cuyos pétalos roban el viento cálido
en tanto su perfume desmaya con dulzura
el robador aquel de alas graves.

Sonido de la lluvia en primavera
sobre la yerba titilante
y flores despertadas por la lluvia,
todo lo que fue siempre
alegre claro y fresco
es superado por tu música.

Muéstranos, Espíritu o Pájaro
qué dulces pensamientos son los tuyos.
Nunca he oído elogio
del vino o del amor
que desee un diluvio de rapto tan divino.

Coro del Himeneo
o canto de victoria no serían
en comparación con tu canto sino
un hueco cacareo,
algo en lo que sentimos una oscura carencia.

¿Qué son las fuentes comparadas
con tu canto? ¿Qué son los campos,
las montañas, las olas?
¿Qué las formas del cielo o de la tierra?
¿Qué amor hay como el tuyo?
¿Qué ausencia del dolor?

Con tu clara y sutil
alegría no cabe el desaliento;
la sombra del hastío
jamás se te acercó.
Tú amas, pero nunca conociste
la melancolía del amor saciado.

desvelada o dormida
tú de la muerte debes conocer
cosas más verdaderas y profundas
que las soñadas por nosotros los mortales
pues si no ¿cómo correrían
tus notas en tan diáfana corriente?(3)

Miramos el pasado y el futuro
y anhelamos lo que no existe:
nuestra más auténtica risa
está mezclada con algún dolor,
las más dulces canciones son aquellas
que dicen el más triste pensamiento.

Incluso si pudiéramos
desconocer el odio y el orgullo y el miedo,
si fuéramos cosas nacidas
para no derramar nunca una lágrima,
no sé cómo pudiéramos
acercarnos a tu alegría.

Más allá de cualquier medida
de tono delicioso;
mejor que todas las riquezas
que se halan en los libros
es tu gracia para el poeta
¡oh, tú, despreciadora de este mundo!

Enséñame siquiera la mitad del júbilo
que debe tu cerebro conocer,
brotará una armoniosa
locura(4) de mis labios
que el mundo escuchará
como yo escucho ahora.

Notas del traductor:
(Fechado en junio de 1820. El que Shelley sitúe a una alondra cantando en el cielo en representación de un poder espiritual que puede extender su influencia por el mundo es reminiscencia de Platón -”Fedro” 246, 249- en donde el alma es vista como creciéndole alas y elevándose con ellas. Se dice que Shelley tradujo esta obra de Platón pero que la traducción se ha perdido.)
(1) El poeta quiere expresar con esta imagen que la alondra vuela hacia arriba para acabar desapareciendo (cf. “inapresable”, verso 16); ésta es también la idea central de la que arrancan la serie de comparaciones que ocupan las estrofas VIII, IX, X y XI; la alondra canta en el aire demasiado alta para ser vista.
(2) “(…) lámpara intensa palidece (…)”; T.S. Eliot cita estas palabras para ilustrar la confusión de Shelley al escribir, sin darse cuenta de que Shelley está describiendo -y acertadamente- a Venus, no a la Luna, a la que se refiere en la siguiente estrofa.
(3) El canto de la alondra fluye feliz porque la muerte no es para ella un misterio y por lo tanto no significa terror.
(4) “Locura” es igual a “inspiración poética” (cf. “Ion” de Platón).

A…

Me dan miedo tus besos, dulce virgen,
mas tú no tienes que temer los míos;
mi alma está demasiado profundamente llena
sin tregua para recibir la tuya.

Me dan miedo tu aire, tu acento, tu ademán,
mas tú no tienes que temer los míos;
cándido es el fervor del alma
con que te adoro.

(Fechado originalmente en 1820. Escrito probablemente para Sophia Stracey.)

Edición preparada por Lorenzo Peraile.

 

* * *

Percy Bysshe Shelley nació en Field Place, no lejos de Horsham, en el condado de Sussex, el día 4 de agosto de 1792 y murió ahogado a la edad de veintinueve años al naufragar a causa de una tormenta su pequeño navío “Don Juan” frente al golfo de La Spezia, cerca de Nápoles, el 8 de julio de 1822.

Principales obras:
(1810) The Wandering Jew (published 1877)
(1810) Zastrozzi
(1810) Original Poetry by Victor and Cazire
(1810) Posthumous Fragments of Margaret Nicholson: Being Poems Found Amongst the Papers of That Noted Female Who Attempted the Life of the King in 1786
(1811) St. Irvyne; or, The Rosicrucian
(1811) The Necessity of Atheism
(1812) The Devil’s Walk: A Ballad
(1813) Queen Mab: A Philosophical Poem
(1814) A Refutation of Deism: In a Dialogue
(1815) Alastor, or The Spirit of Solitude
(1815) Wolfstein; or, The Mysterious Bandit (chapbook)
(1816) The Daemon of the World
(1816) Mont Blanc
(1817) Hymn to Intellectual Beauty (text)
(1817) Laon and Cythna; or, The Revolution of the Golden City: A Vision of the Nineteenth Century
(1817) The Revolt of Islam, A Poem, in Twelve Cantos
(1817) History of a Six Weeks’ Tour through a part of France, Switzerland, Germany, and Holland (with Mary Shelley)
(1818) Ozymandias (text)
(1818) The Banquet (or The Symposium) by Plato, translation from Greek into English
(1818) Frankenstein; or, The Modern Prometheus (Preface)
(1818) Rosalind and Helen: A Modern Eclogue
(1818) Lines Written Among the Euganean Hills, October 1818
(1819) The Cenci, A Tragedy, in Five Acts
(1819) Ode to the West Wind (text)
(1819) The Masque of Anarchy
(1819) Men of England
(1819) England in 1819
(1819) A Philosophical View of Reform (published in 1920)
(1819) Julian and Maddalo: A Conversation
(1820) Peter Bell the Third (published in 1839)
(1820) Prometheus Unbound, A Lyrical Drama, in Four Acts
(1820) To a Skylark
(1820) The Cloud
(1820) Oedipus Tyrannus; Or, Swellfoot The Tyrant: A Tragedy in Two Acts
(1820) The Witch of Atlas (published in 1824)
(1821) Adonaïs
(1821) Hellas, A Lyrical Drama
(1821) Ion by Plato, translation from Greek into English
(1821) A Defence of Poetry (first published in 1840)
(1821) Epipsychidion
(1822) The Triumph of Life (unfinished, published in 1824)

Hugo Vera Miranda, poeta

MIS MUJERES

casi todas son locas fatídicas inteligentes
y a su vez con cierto vuelo poético a ras del suelo,
algunas vienen de muy lejos
y otras de a la vuelta de casa,
algunas vienen con brahms, una botella de vino
y una opinión divertida sobre cualquier asunto
sin importancia, otras vienen con buñuel
un pañuelo de seda y sumamente medicadas,
sobrevuelan mi cuarto histeriqueando naderías,
revisan mis libros echando el culito para atrás,
me hablan de un tío muerto en combate
de la polémica reverdy-huidobro
de cómo preparar el pollo relleno
o del caso de la mujer que el marido
la mató porque ella no quiso suicidarse.

me cuentan de sus viejos amores
de lo mal o bien que lo pasaron
de que fueron engañadas, vilipendiadas
y pasadas a llevar por el macho dominante,
después cogen conmigo, se enamoran
se ponen tiernas, me compran una camisa
me mienten diciéndome que soy el mejor poeta de la cuadra,
me comparan con dos nobel y tres cervantes,
o con cualquier otro palurdo en ciernes,
para ellas soy el amante exquisito, el hombre de sus vidas
y seguramente seré el padre de sus hijos.

después de un tiempo corto o largo de éxtasis
después de navegar sobre nubes de algodón
después de mucho sexosexosexo
de botellas y botellas de cerveza
vino, vodka naranja y gin tonic
me abandonan, me dejan por un poeta mejor,
por un artista de circo o por un español llamado paco,
me dejan acusándome de ser un macho dominante
de que fueron engañadas, vilipendiadas y pasadas a llevar.

¡dios salve a mis mujeres!
yo no salvé a ninguna.

EN TU HONOR QUEMO CASCARITAS DE NARANJA

¿Has encontrado al poeta que buscabas entre la lluvia
disfrazada de gotas para que los ángeles no te reconocieran?

¿Cerraste los ojos frente al mar para tocar la cara fría de
los náufragos que un día supiste amar allá en Arcadia?

¿Incineraste misivas de amor para condenar al viento a la
insoportable incapacidad de esparcir tantos cadáveres?

¿Hiciste silencio ante la verdad que dejaba entrever tu
propia noche de luciérnagas incautas, atrapadas por la
malla inexorable de la constelación austral?

¿Apretaste la arena con tus manos frente al alba
preguntándote dónde se iban aquellas barcas hinchadas
de sirenas y marineros enloquecidamente errantes?

¿Buscaste en pleno corazón de los bosques -hervidero de
plumas y sinfonías al sol- el paso del cometa que te llevara
a la vida y nuevamente te devolviera el aliento?

¡Tanta solemnidad toda para ella tanta!

En tu honor quemo cascaritas de naranjas cuando el
crepúsculo es favorable: tomo vino cual monje irreverente
y pienso en Rimbaud maldiciendo los revólveres definitivos

En tu honor… si es que de tanto vivir nos queda algo
te escribo este poema que lleva la marca de la bestia
y en tu honor el de haber sido escrito en tiempo de nunca
en situación de haber enterrado los relojes.

YA TODO VA PASANDO

ya todo va pasando lenta pero definitivamente
todo va pasando la pena el dolor la angustia
van pasando esos temblores del cuerpo y del alma
mis borracheras los cigarrillos el dolor de muelas
va pasando el amor es la única quimera es aquello
inaccesible que jamás comprenderemos
lo que nos hace vivir cerca del arco iris
aquello por lo cual podemos ser víctimas o verdugos
aquello que el hombre nunca entenderá
y cuando digo hombre digo también mujer
pero quiero darte una buena noticia
ya todo va pasando como los días
como el tren el ferrari el camello
ya todo va pasando y ahora sólo recuerdo tus ojos
tu llanto y esa hermosa sonrisa cuando venía a casa
o sea te recuerdo bien íntegra maravillosa
te mereces un siete una mañana de terciopelo
una entrada a la ópera te mereces un lugar en el paraíso
y sobretodo un lugar en mi corazón
pero nunca olvides que todo va pasando
y que esto ya pasó.

CAMBIO DE GIRO

HOY ES UN GRAN DÍA un día perfecto
un día glorioso azul cálido luminoso
un día de gorriones y violines,
acabo de enterarme que mi padre no es mi padre
que mi madre es mi abuela que mi hermana es mi tía
y que las putas se van al cielo,
hoy es un gran día, me dicen que debo abandonar
la casa, que estafé a mi abuelo
que siempre fui un vagoinútilbuenoparanada,
que mi poesía me arrastrará al infierno
que abandoné todas las carreras
y que un día no saludé a las nubes;
me acusan de esto, de lo otro y lo de más allá,
me acusan de haber matado al sol
de haber instigado a marilyn con los barbitúricos
y de propiciar la muerte del ché;
y aquí estoy, balanceándome en la cornisa,
con un par de libros y calzoncillos en la maleta,
como dijo el poeta gregory corso:
-entusiasmado con mi nueva vida-.

A DÓNDE IR

a dónde ir cuando todos vienen en sentido contrario
cuando el horóscopo indica que no debes viajar
cuando el otoño golpea sus ramas sobre tu corazón
cuando el tedio se instala a vivir contigo y sólo
pides un poco de clemencia al viento de la desidia
cuando el gigante olvido te aprisiona las sienes.

a quién acudir en caso de emergencia sin llamar al 911
cuando tu barca se hunde y tú con ella a la deriva
a qué aferrarse cuando todos los violines callaron
y sólo se escucha la llegada de un nuevo huracán
que te arrancará de cuajo tu último sueño.
seguramente entonces debiéramos ser como el
intrépido torero cuyo valor lo otorga el miedo
y arremetemos contra los arreboles del crepúsculo
inmolándonos con la coraza armada del poema.

(De El tigre de la memoria, Santiago de Chile, 2005)

MI DERROTA

Mi derrota no es al estilo de un poema de Khalil Gibran. No es poética ni sublime. Uno más al cual no se le tira un cordel desde la costa. Esperar. Ni siquiera preguntan cómo estoy. Temen la respuesta. Tampoco les importa mucho. Nada. Él se lo buscó. Murió como vivió. En definitiva era un buen tipo. Merece el nombre de una calle. Qué mejor. El nombre de una puta calle. Hay que estar bien. Ser feliz. Olvidar. No saber. El destinatario del abismo. Apenas me queda el insomnio. Apenas el espanto. Mi padre decía que podría ser el presidente de este inmundo país. Le fallé. Le he fallado a toda la caterva de maestros somnolientos. Mi cerebro se agota. Inmóvil contemplo pasar el cortejo de la dicha. Un mar anochecido se apoltrona a mi costado. Todo el mundo quiere leer cosas bonitas. Y yo acá. Destemplando los dientes. Disidente de toda ideología. En la más dura. La más triste. Dialogando con el infierno. Alumbrándome con una cerilla apagada. Viendo pasar el corso festivo. El azul no fue lo mío. En definitiva. No fui lo suficientemente violento. Tampoco fui susurro. Fui un ángel caído en mitad de tu desdicha. Solo viento que entra por la ventanilla de un tren. Y fue suficiente. Lo suficientemente sólido para no ser rescatado del olvido. Es hora del naufragio. Que mi barca se hunda hasta alcanzar al Sol.

(Del blog Inmaculada decepción, 12.6.2012)

* * *

Hugo Vera Miranda nació en 1951 en Puerto Natales, Chile. Publicó El tigre de la memoria (2005) y en la web edita el blog Inmaculada decepción inmaculadadecepcion.blogspot.com.ar

Baldomero Fernández Moreno, poeta

Soneto de tus vísceras

Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu tráquea elegante y anillada.

Canto a tu masa intestinal rosada,
al bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.

Canto al tuétano dulce de tus huesos,
a la linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que exhalas.

Quiero gastar tus vísceras a besos,
vivir dentro de ti con mis sentidos…
Yo soy un sapo negro con dos alas.

1922
(De Versos de Negrita)

Soneto

Esto que escribo ahora es el postrero
son de mi pobre lira fatigada,
la mano de escribir está cansada
y el corazón me dice que me muero.

Canto de cisne moribundo, quiero
te ilumine como una llamarada
y te deje por siempre señalada
a la contemplación del mundo entero.

Ahora a vivir lo poco que nos queda,
yo cada vez más hierro y tú más seda,
trazo tu nombre una vez más, Dalmira.

Y ya que al lado mío estás callando
inclina sobre mi hombro el cuello blando,
baja los ojos lentamente y mira.

1929
(De Versos de Negrita)

Tormenta

Jamás he visto más revuelto el cielo,
más lóbrego, más bajo, más vibrado
de rápido relámpago azufrado,
víbora sobre torvo terciopelo.

Nunca cargué tamaño desconsuelo
ni nunca me sentí tan amargado;
aquí estoy solo, triste, hosco, callado,
erizado de furia y de recelo.

Qué envidia os tengo, árboles frondosos,
céspedes de la plaza polvorosos,
senderitos de guijas y de arenas…

Faltan para llover unos instantes
y mientras todos dormiréis brillantes
yo me iré sucio, al hombro con mis penas.

A una mujer que me evocaba el mar

Estás hecha, mujer, para evocada
contra el nocturno ébano bruñido:
eres como un jazmín humedecido,
eres como una valva nacarada.

Incitante frescor de agua salada
engólfase en tu nuca, estremecido;
tienes los ojos de un color perdido
tu boca como el mar es ondulada

y un alga de oro finge tu melena.
Yo soy ése que está sobre la arena.
tú eres así como una mar tendida,

me salpicas de azul de vez en cuando
e indiferente huyes y jugando…
Y así pasan los años y la vida.

1929

Poeta

El poeta entra en la calle de un salto: el sombrero gacho y el perramus al viento. Son como las seis de la tarde. Echa una ojeada circular por el café, buscando una mesa pegada a alguno de los ventanales, porque es indudable que tiene algo que escribir. Camina entre los islotes de madera sin encontrar lo que desea. Las mesas que dan a la calle están todas ocupadas. Se instala en una que está debajo de un foco. En un sillón vecino ha arrojado el sombrero y el abrigo. El mozo se ha aproximado. Ha pedido, exactamente, té, con leche fría, un sandwich con jamón tostado y dos hojas de block. La merienda es el pretexto. Lo que necesita es escribir, terminar, poner en claro dos o tres poemas que lleva en el bolsillo hace días, llenos de tachaduras y de palabras superpuestas. De un bolsillo ha sacado las gafas de carey y se las ha colocado, del otro la estilográfica negra y dorada. De todos los cachivaches que el mozo trae, se queda con los más indispensables , que va distribuyendo hacia la izquierda de la mesa. A la derecha ha extendido las dos hojas de papel doblado y los borradores.
Ahora toma alternativamente el té y escribe. Todo debe ir bien, puesto que la pluma corre por el papel con facilidad. Mejor dicho, no corre. Se ve que el poeta se regodea dibujando su letra. Son versos alejandrinos. Procura que las líneas salgan del mismo tamaño y estira o acorta las palabras según las necesidades. Ha dejado la estilográfica sobre la mesa, mientras el sandwich en la mano izquierda muestra al aire la media luna de un inmenso bocado. El poeta está con el ceño contraído. Un poco nervioso, como en vilo, pero, en fin, antes de concluir el té ha terminado dos poemas simétricos, iguales, dos estrofitas de cuatro versos en una de las hojas. La ha doblado cuidadosamente y ha vacilado antes de depositarla en alguna parte, no se ensucie. Al fin la deja con toda delicadeza en la hendidura que le ofrece el sombrero próximo. Ha estado a punto de caerse al suelo, pero ahí está, abriéndose un poco como las alas de una mariposa.
Ahora la emprende con la otra hoja, le falta un tercer poema. El poeta sonríe satisfecho, lo ha terminado inesperadamente. Espera que se seque la hoja y una vez seca la ha partido por la mitad. Ha tomado la del sombrero y ha hecho lo mismo. Tres poemas iguales en tres hojitas iguales. Las coloca, uno encima del otro y los nivela dándoles golpecitos contra la mesa lustrada, como si fuera un naipe. Apenas le faltan algunos toques ornamentales. Les ha puesto un uno, un dos y un tres en números romanos. Ahora sí, los dobla definitivamente y se los mete en el bolsillo del saco con gran cuidado. La media hojita de papel que quedó en blanco no hay para qué desperdiciarla, se la guarda también en el bolsillo del saco. Se abotona de arriba abajo, se palpa el bolsillo y el pecho para asegurarse que están ahí los poemas, llama al mozo y le da una excelente propina. Él ha colaborado también en la obra del poeta transeúnte, ha sido el testigo más directo de aquel triple esfuerzo.
El escritor se levanta, aún está pálido y agitado, se ha puesto el perramus y el sombrero y se ha deslizado a lo largo del mostrador, pero su palidez destaca en los anteojos que se ha olvidado de quitar. Los anteojos son solo para leer y escribir. El poeta busca vagamente algo. La emoción ha apretado sus capilares y ha producido abundantes efectos, como es natural. El poeta busca, ansiosa y disimuladamente, una puertecilla que diga Caballeros.

(De Guía caprichosa de Buenos Aires)

* * *

Baldomero Eugenio Otto Fernández Moreno nació el 15 de noviembre 1886 en Buenos Aires, Argentina y falleció el 7 de junio de 1950 en Buenos Aires.

Obras: Intermedio provinciano (1916), Ciudad (1917), Por el amor y por ella (1918), Campo argentino (1919), Versos de Negrita (1920), Nuevos poemas (1921), Canto de amor, de luz y de agua (1922), Mil novecientos veintidós (1922), El hogar en el campo y en la ciudad (1923), Aldea española (1925), Los hijos (1926), Décimas (1928), Último cofre de Negrita (1929), Sonetos (1929), Cuadernos de verano (1931), Dos poemas (1935), Seguidillas (1936), Romances (1936), Continuación (1938), Penumbra (1937-1939), Yo médico, yo catedrático (1941), Buenos Aires: ciudad, pueblo, campo (1941), Tres poemas de amor (1941), Viaje del Tucumán (1941), Sonetos cristianos (1942), San José de Flores (1943), La mariposa y la viga (1947), Libro de Marcela (1945-1950). Póstumos: Vida (1957), Guía caprichosa de Buenos Aires (1965), Figuras del polvo y de la garúa, Quiosco, Un hilo de araña y otros hilos.