Cuentos breves para leer en el colectivo

Excelente volumen de cuentos publicado en 2004 que bien podría titularse Cuentos crueles y de humor negro, ya que las historias transcurren en atmósferas oscuras y con altas dosis de sordidez, tragedia y absurdo, aptas para ser leídas más bien por la noche y antes de dormir…

Todos los autores que están son algunos de los máximos exponentes de la literatura. Se podrán agregar a otros, pero los aquí incluidos sin dudas pertenecen al grupo de los cuentistas que deben leerse alguna vez.

La antología es de escritores nacidos en el siglo XIX (la excepción es Leopardi que nació en 1798) y de lengua no española, pero otro de los méritos del libro es la muy buena traducción de Luz Freire.

La selección y el prólogo estuvieron a cargo de Maximiliano Tomas y se incluyen noticias biográficas acerca de los autores.

Cuentos incluidos:

Ryunosuke Akutagawa. Rashomon
Leónidas Andreiev La nada
Guillaume Apollinaire El bergantín holandés
Ambrose Bierce Aceite de perro
Anton Chejov Las damas
Kate Chopin El hijo de Désireé
Francis Bret Harte El hombre de Solano
O. Henry El policía y el himno
Franz Kafka Un viejo manuscrito
Giacomo Leopardi Diálogo entre un vendedor de almanaques y un transeúnte
Jack London La ley de la vida
Katherine Mansfield La mosca
Guy de Maupassant Pierrot
Herman Melville El vendedor de pararrayos
Edgar Allan Poe Hop-Frog
Saki Sredni Vashtar
Robert Louis Stevenson La piedra de la verdad
Mark Twain El cuento californiano
Auguste Villiers de L’Isle Adam La tortura de la esperanza
Oscar Wilde El ruiseñor y la rosa

Guy de Maupassant. El miedo

Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo, que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque, golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de luna burbujeando.

Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista vuelta hacia la lejana África, a donde nos dirigíamos. De pronto el comandante, que fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.

—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco carbonero inglés que nos había visto.

Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez: —Usted dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en la palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene miedo ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es otra cosa.

El comandante prosiguió, riéndose: —¡Caray! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.

Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta : —¡Permítame explicarme! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso horror.

«Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día, hace unos diez años. Lo experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.

«Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parecían mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin arrepentimientos.

«Pero el miedo no es eso.

«Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale nada; se resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde se puede conocer el pánico, se ignora el miedo.

«Pues bien, esto es lo que me ocurrió en esa tierra de África:

«Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes, totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero mis grandes aún, y estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.

«Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.

«En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.

«Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: “La muerte está sobre nosotros.” Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.

«Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a doscientas leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.

«Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra ocasión…

El comandante interrumpió al narrador: —Perdone, señor, pero ¿aquel tambor? ¿Qué era?

El viajero contestó: —No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.

«Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde.

«Sigo con mi segunda emoción.

«Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi paso ligero y mi ropa pesada.

«Teníamos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada ya no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.

«A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: “¡Qué tiempo tan triste!” Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.

«La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor. Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una voz sofocada, preguntó: “¿Quién es?” Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un cuadro inolvidable.

«Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos mujeres arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.

«Nos presentamos. El viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó que se preparara mi habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo bruscamente: —Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El año pasado volvió para buscarme. Le espero otra vez esta noche. —Y añadió con un tono que me hizo sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.

«Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche, y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí tranquilizarles a casi todos.

«Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas.

«Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto todo un desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de grandes relámpagos.

«Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida: —¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Le oigo!

«Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarles otra vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza, tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de punta. El guarda, lívido, gritó: —¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo maté.— Y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.

«A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba espantoso.

«Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como preso de angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el miedo a qué? ¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto.

«Permanecíamos inmóviles, lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso, aguzando el oído, el corazón latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volvía locos! Entonces el campesino que me había guiado, se abalanzó sobre él, en una especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una puerta que daba a un pequeño patio, echó al animal afuera.

«Éste se calló en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio aún más terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pasó junto a la puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante; no volvimos a oír nada más durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvió, siempre rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo haría un niño con la uña; y de pronto una cabeza apareció contra el cristal de la mirilla, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido salió de su boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso.

«Entonces un estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando la gran mesa que sujetaron con el aparador.

«Y les juro que al oír el estrépito del disparo que no me esperaba tuve tal angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me sentí desfallecer y a punto de morir de miedo.

«Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una palabra, crispados en un enloquecimiento inefable.

«No nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un sobradillo, un fino rayo de día.

«Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico destrozado por una bala.

«Había salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada.

El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió: —Aquella noche no corrí ningún peligro, pero preferiría volver a empezar todas las horas en las que me enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto único del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.

(23 de octubre de 1882)

(Traducción de Margarita Pérez)

Henry René Albert Guy de Maupassant nació en el Castillo de Miromesnil, cerca de Dieppe, Normandía, Francia el 5 de agosto de 1850 y murió el 6 de julio de 1893 (a los 42 años) en el manicomio de Auteuil, París, donde había sido internado luego de cuatro intentos de suicidio y de dieciocho meses de inconsciencia casi total.

Es uno de los más extraordinarios escritores de cuentos de todos los tiempos.

Obras: Novelas: Una vida (1883), Bel-Ami (1885), Mont-Oriol (1887), Pierre y Jean (1888), Fuerte como la muerte (1889), Nuestro corazón (1890).

Poesía: Des Vers (1880), Soleil de Roses.

Escribió cerca de 300 cuentos entre los cuales están La mano disecada (1875), Sobre el agua (1876), El padre de Simón (1879), Bola de Sebo (1880), En una noche de primavera (1881), La casa Tellier (1881), ¿Loco? (1882), Recuerdo (1882), Magnetismo (1882), La loca (1882), Cuento de Navidad (1882), Un hijo (1882), El miedo (1882), Mademoiselle Fifí (1882), Confesiones de una mujer (1882), Una viuda (1882), Un drama verdadero (1882), Un parricida (1882), Aparición (1883), A las aguas (1883), El huérfano (1883), Dos amigos (1883), San Antonio (1883), La aventura de Walter Schnaffs (1883), Claro de luna (1883), Denis (1883), La confesión (1883), ¿Él? (1883), Châli (1884), La vendetta (1883), El viejo Milon (1883), Tombuctú (1883), El collar (1884), El borracho (1884), Abandonado (1884), La dote (1884), Miss Harriet (1884), ¡Mozo, un bock! (1884), La pequeña Roque (1885), Loco (1885), El buque abandonado (1886), El ermitaño (1886), Toine (1886), El Horla (1886), Moiron (1887), El junco de madame Husson (1888), La mano izquierda (1889), La belleza inútil (1890), El campo de los olivos (1890), Musotte (1890), Idilio, El barrilito, El burro, Las joyas, La herrumbre, ¿Fue un sueño?, La dormilona, Lo horrible, El puerco de Morín, La muerte, Un día de campo, El idilio, La tía Sauvage, Los pescadores de caña, Aguas del río, ¿Quién sabe?, La cabellera, La madre de los monstruos.

Algunos de mis escritores preferidos: modos de vivir, modos de crear, maneras de morir

Edgar Allan Poe nace en 1809 y muere en 1849 a los 40 años. Luego de haberse reencontrado con Sarah Royster, un amor de juventud en la ciudad de Richmond, se concerta la fecha de la boda para el 17 de octubre de ese año. Luego se pierde el rastro de Poe. El día 3 es encontrado en las calles de Baltimore en estado de delirio, muy angustiado. El 7 muere en el Washington College Hospital sin haber podido decir cómo había llegado a ese estado. Sufría de alcoholismo. En 1835, a los 26 años, se había casado con una prima, Virginia Clemm, de 13 años.

Guy de Maupassant nace en 1850. Intentó cortarse la garganta el 1 de enero de 1892 y luego de pasar dieciocho meses en una casi total inconsciencia muere al año siguiente a los 42 años en el hospicio de Auteuil.

Franz Kafka nace en 1883. Sufría de una tuberculosis que había sido diagnosticada en 1917 cuando tenía 34 años, al terminar su relación con Felice Bauer, su primer amor, a quien seguirían Milena y Dora Diamant. Muere en 1924 a los 40 años a causa de una tuberculosis de laringe.

Howard Phillips Lovecraft nace en 1890 y muere en 1937 a los 46 años de cancer intestinal. Sufría de nefritis crónica.

Horacio Quiroga nació en 1878. A los dos meses de edad muere su padre en un accidente de caza, luego de que se le disparara la escopeta. Sus hermanas Pastora y Prudencia mueren de fiebre tifoidea. Cuando tenía 19 años y delante suyo se suicida su padrastro luego de sufrir parálisis cerebral. En 1902 mata accidentalmente de un disparo a su amigo Federico Ferrando. En 1909 (a sus 31 años) se casa con una alumna suya, Ana María Cirés, 12 años menor que Quiroga. Seis años después ella se suicida con veneno muriendo luego de una agonía de ocho días. Su segunda esposa María Elena Bravo (30 años menor) lo abandona en medio de la selva luego de seis años de matrimonio, llevándose a Pitoca, la hija de ambos. Quiroga se suicida en 1937 a los 58 años por ingestión de cianuro luego de haberle sido diagnosticado cancer gástrico. Su hija Eglé se suicida un año después de la muerte de su padre. Su hijo Darío Quiroga se mata en 1952. Su hija Pitoca se suicida en 1988.