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Friedrich Nietzsche

¡Incrédulos y ateos, evidentemente! Pero sin esa amargura y pasión de los desarraigados que convierten la incredulidad en una creencia, un fin, un martirio muchas veces: hemos devenido duros y fríos al comprender que el mundo no contiene nada divino e incluso nada según criterio racional, misericordioso, humano. Sabemos que el mundo donde vivimos es inmoral, no-divino, inhumano. Lo hemos interpretado durante demasiado tiempo en el sentido de nuestra veneración. El mundo no responde al valor que nosotros habíamos creído: y la última consoladora tela de araña que Schopenhauer hiló ha sido rota por nosotros, el sentido de la historia entera es precisamente que descubra su falta de sentido y se harte de sí misma. Este estar-cansado-de-la-existencia, esta voluntad de no-querer-más, la destrucción de la propia voluntad, del propio interés, del sujeto (como expresión de esa voluntad invertida), esto y ninguna otra cosa es lo que Schopenhauer quería ver honrado con los más altos honores: lo llamó moral (…).
Ahora bien: ¿realmente seríamos pesimistas confrontados al espectáculo de un mundo inmoral? No, pues no creemos en la moral. Creemos que misericordia, derecho, compasión, legalidad son simplemente sobreestimados, que su contrario ha sido calumniado, que en ambos -por la exageración y la calumnia-, que en toda la disposición del ideal y del criterio morales yace un terrible peligro para el hombre. No olvidemos tampoco el fruto positivo: el refinamiento de la interpretación, de la vivisección moral; el remordimiento de conciencia ha elevado hasta el punto más alto la falsedad del hombre y la ha hecho más aguda.

(De El nihilismo: Escritos póstumos)

Friedrich Nietzsche

EL LOCO. ¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: “¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!” Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿0 se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? – así gritaban y reían alborozadamente. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. “¿Que a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos su asesino. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia delante, hacia atrás, hacia los lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No viene de continuo la noche y cada vez mas noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción divina? ¡También los dioses se pudren! ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo se ha desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? ¿Qué ritos expiatorios, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros? ¿No tendremos que volvernos nosotros mismos dioses para parecer dignos de ella? Nunca hubo un acto tan grande y quien nazca después de nosotros formará parte, por mor de ese acto, de una historia mas elevada que todas las historias que hubo nunca hasta ahora” Aquí, el loco se calló y volvió a mirar a su auditorio: también ellos callaban y lo miraban perplejos. Finalmente, arrojó su farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos y se apagó. “Vengo demasiado pronto -dijo entonces- todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las mas lejanas estrellas y, sin embargo son ellos los que lo han cometido.” Todavía se cuenta que el loco entró aquel mismo día en varias iglesias y entonó en ellas su Requiem aeternam deo. Una vez conducido al exterior e interpelado contestó siempre esta única frase: “¿Pues, qué son ahora ya estas iglesias, mas que las tumbas y panteones de Dios?”.

Abelardo Castillo. Nietzsche y yo

“No confío en esos autores a los que se les nota que se han propuesto escribir un libro”, decía Nietzsche. Yo tampoco. “Desde hoy –decía– solo leeré a aquellos cuyas ideas se hayan convertido, inopinadamente, en un libro.” Creo que yo también.

Friedrich Nietzsche

La verdadera filosofía -tal como yo la entiendo y la vivo- es la existencia voluntaria en medio de los hielos y las cumbres ingentes; la ansiosa investigación de cuanto hay de extraño y problemático en la vida, de cuanto refuta y ataca la moral.

(De Ecce Homo, 1888)

Friedrich Nietzsche. De las tres transformaciones

Os hablaré de las tres transformaciones del espíritu: de cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.
Muchas pesadas cargas soporta el espíritu fuerte, sufrido y reverente. Su fuerza requiere esas cargas, y las más pesadas.
¿Qué es pesado?, pregunta el espíritu sufrido, y se arrodilla como el camello ansioso de recibir su carga.
¿Qué es lo más pesado, héroes -pregunta el espíritu sufrido- para que yo lo cargue y goce de mi fuerza?.
¿No es acaso esto: rebajarnos para mortificar nuestro orgullo? ¿Exhibir nuestra locura para burlarnos de nuestra sabiduría?
¿O bien esto: abandonar nuestra causa en el momento del triunfo? ¿Escalar altas cumbres para tentar al tentador?.
¿O es sustentarse con las bellotas y la hierba del conocimiento y hacer que el alma pase hambre por amor a la verdad?
¿O acaso estar enfermo y despedir a los que vienen a consolarnos, y hacernos amigos de los sordos que nunca oyen lo que uno quiere?
¿O es zambullirse en aguas turbias, cuando son las de la verdad, y no evitar allí ranas frías ni los calientes sapos?
¿O amar a los que nos desprecian y tender la mano al fantasma que quiere asustarnos?
El espíritu sufrido asume todas estas pesadas cargas; y así como el camello va cargado al desierto, así se interna él en su desierto.
Pero en el yermo más solitario se cumple la segunda transformación: el espíritu se torna aquí león; quiere conquistar la libertad y ser señor en su propio desierto.
Busca aquí su último señor: quiere ser enemigo de él y de su último dios y luchar por la victoria con el gran dragón.
¿Cuál es el gran dragón que el espíritu no quiere ya llamar señor ni dios?
«Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice: «Yo quiero».
«Tú debes» le acecha en el camino. Es un animal cubierto de refulgentes escamas de oro, en cada una de las cuales brilla en doradas letras «Tú debes».
Valores milenarios refulgen en esas escamas, y el más poderoso de todos los dragones habla así: «En mí reluce todo el valor de las cosas».
«Todos los valores han sido ya creados, y yo soy todos los valores creados. De cierto no habrá más ‘Yo quiero’». Así habló el dragón.
Hermanos, ¿por qué se necesita el león en el espíritu? ¿Por qué no basta la bestia de carga, sufrida y reverente?
Crear nuevos valores no es algo que pueda hacer el león; mas conquistar la libertad para las nuevas creaciones, eso sí puede hacerlo el poder del león.
Para crear la libertad y un santo No aún ante el deber, para eso, hermanos, hace falta el león.
Arrogarse el derecho de crear nuevos valores es la más terrible conquista para un espíritu sufrido y reverente. De cierto, eso es para él una verdadera rapiña y propio de un animal rapaz.
En un tiempo veneró el «Tú debes» como lo más sagrado; ahora tiene que ver ilusión y arbitrariedad aún en lo más santo, para conquistar la libertad a expensas de su amor. Para esa rapacidad hace falta el león.
Pero decidme, hermanos, ¿qué puede hacer el niño que no haya podido el león? ¿Por qué el fiero león debe transformarse aún en niño?
Inocencia es el niño y es olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se gira por sí sola, un primer movimiento, un santo decir Sí.
Así es, hermanos míos, para el juego de la creación hace falta un santo decir Sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el que perdió el mundo quiere conquistar su mundo.
Os he hablado de las tres transformaciones del espíritu: de cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.
Así hablaba Zaratustra. A la sazón vivía en la ciudad que llaman “La Vaca de Muchos Colores”.

(De Así hablaba Zaratustra, primera parte, escrita en 1883)
Traducción de Percy Lemos

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