PePe Pelayo. Cuentos de Ada

EL ROMANCE

Primer intento

Ya llegó la música. Cary está lindísima. ¡Qué manera de gustarme! ¡Tengo que bailar con ella! ¡Es más, hasta puedo preguntarle si quiere ser algo más que mi amiga! Pusieron un tema suave. Es mi oportunidad…

Mi único problema es que he comido ensalada con mucha cebolla. ¿Qué debo hacer? Tengo dos posibilidades:

  • Me arriesgo a sacarla a bailar así.
  • me olvido del asunto.

Pero, ¿y si yo le gusto?… Sí, me arriesgo. ¡Debo apurarme y sacarla a bailar rápido! ¡Sí! Aunque, no… no sé. Las decisiones hay que analizarlas muy bien. Si me acerco y la invito a bailar, tengo dos posibilidades:

  • Baila conmigo.
  • no baila conmigo.

Si no baila conmigo, está todo claro: no le gusto. Pero si acepta, tengo dos posibilidades:

  • Que bailando le haga la pregunta de si quiere ser algo más que mi amiga.
  • que bailando no le haga la pregunta.

Si bailando no le hago la pregunta, está todo claro: soy un imbécil cobarde por no tener valor. Pero si le hago la pregunta, tengo dos posibilidades:

  • Que me diga que sí.
  • que me diga que no.

Si me dice que no, está todo claro: no le gusto. Pero si me dice que sí, tengo dos posibilidades:

  • Que me deje bailar muy cerquita de ella.
  • que no me deje bailar muy cerquita de ella.

Si no me deja bailar muy cerquita de ella, está todo claro: no le gusto tanto. Pero si me deja bailar muy cerquita de ella, tengo dos posibilidades:

  • Que se dé cuenta de mi aliento a cebolla y no siga bailando.
  • que se de cuenta de mi aliento a cebolla y siga bailando.

Si se da cuenta de mi aliento a cebolla y no sigue bailando, está todo claro: no le gusto tanto. Pero si se da cuenta de mi aliento a cebolla y sigue bailando, tengo dos posibilidades:

  • Que ella también haya comido cebolla y no me huela.
  • que ella no haya comido cebolla, pero le gusten los malos olores.

Si a ella le gustan los malos olores, está todo claro: no me gusta y no sigo bailando. Pero si ella también comió cebolla, eso significa que comparte mis gustos. Por lo que vamos a ser algo más que amigos y muy felices. Por lo tanto, ¡ya lo decidí! ¡La voy a sacar a bailar! ¿Cómo? ¡El Pocho se me adelantó y la sacó! Ahora no tengo ninguna posibilidad…


Segundo intento

Me sentía feliz. En la nota que le envié a Cary pude resumir mis sentimientos sin caer en los extremos. Pero me costó mucho trabajo, es verdad. A veces, al redactarla, ponía cosas como: «desde el día que te conocí comprendí que lo eres todo para mí, bla, bla, bla…». Y rompía el papel. Aquello parecía una declaración de esas que salen en las aburridas películas de amor que ven mis padres. En otras, me iba hacia el otro extremo: «Oye, Cary, tienes que enamorarte de mí, ¿entiendes? Y bla, bla, bla…». Hacía mil pedazos la hoja. Un poco más, y le decía que si no se enamoraba de mí, la iba a castigar. Pero, al final, logré redactarla con mucho tacto; sencilla y bonita. ¡Hasta la rocié con unas gotas de perfume! Fue una buena solución la de la nota. Frente a frente me costaba mucho decirle lo que sentía.

Ahora, sólo tenía que esperar la respuesta. Entonces, me senté a comer mis dulces en el banco del parque, por donde debía pasar Cary.

Comencé a prepararme para el encuentro. Cerré los ojos, mientras me la imaginaba a ella corriendo hacia mí con el pelo suelto y cara de felicidad…

Siempre me embelesaba de esa manera al pensar en nuestra relación. Por eso di un salto de sorpresa cuando me gritó al oído.

–¡Oye, bruto! ¿Quién te crees que soy yo?

–¡Cary! No entiendo…

–¡Escúchame, Ada! ¿Cuándo te he prestado alguna rodillera sucia? ¿Cuándo tú me has dado una pelota de fútbol!

–¡¿Cómo?!

–Y te digo más: ¡no permito que te dirijas a mí en ese lenguaje! ¿Por qué razón me enviaste esto, Adalberto?

–Déjame ver esa nota… ¡Ay, mi madre! ¡Es el papelito que le mandé a Pocho! ¡Disculpa, Cary, esto no era para ti! ¡La que te escribí…! ¡Ay, mi madre! ¡Me voy antes de que el Pocho la lea!… ¡Chao!

Último intento

–¿Aló?

–¿Aló? ¿Estará Cary?

–¿Estará dónde?

–No, sólo pregunto si ella está.

–¿Si está dónde?

–Ahí, en su casa.

–Ah, sí. Está aquí en su casa.

–¿Y podría hablar con ella?

–Supongo que sí. Si los dos saben hablar no veo por qué no…

–Por favor, me refiero a que si podría hablar con ella en este momento.

–En este momento no lo creo, porque estamos hablando usted y yo. Si ella hablara ahora también, no nos entenderíamos. Por otro lado, no tengo interés ahora en hablar con ella. Yo lo hago casi todo el día.

–Perdón, pero ¿con quién hablo?

–Con la madre, de la madre, de la madre de Cary.

–Con la madre… ¡Usted es la bisabuela de Cary!

–Así es.

–Mucho gusto. Yo soy Adalberto. ¿Podría hablar con su bisnieta, por favor? Claro, después que terminemos de hablar usted y yo.

–Sí, como no. Enseguida… Aquí está. Hasta luego.

–Chao.

–¿Aló?

–¿Aló? ¿Cary?

–Sí.

–Cary, soy Ada.

–¿Soyada? No conozco a nadie con ese nombre.

–No, Cary. Te habla Ada. Adalberto.

–¡Hola, Ada!

–Hola, Cary.

–¿Para qué me llamas?

–¿Recuerdas que te dije ayer que tenía que conversar una cosa contigo?

–Sí.

–Bueno pues… deseo decírtelo ahora.

–Dime entonces.

–Cary… Yo he intentado varias veces decirte esto… Pero no es fácil. No quiero que me malinterpretes. Mira… no sé… ¡Ya! ¡Sea lo que sea! ¡Yo quiero que tú y yo seamos algo más que amigos!

–A ver si entiendo: ¿tú quieres ser superamigo mío?

–No, algo más.

–¿Hiperamigo?

–No, más que eso.

–¿Un megamigo?

–¡Más que un superhipermegamigo tuyo!

–¿Un hermano entonces? Pero Ada, eso tendrías que hablarlo con mis padres a ver si te quieren adoptar. Si no, lo veo imposible.

–Cary, me refiero a que quiero ser…

–¿Aló? ¿Con quién hablo?

–¿Cómo? ¡No, señora! ¡Está equivocada! Parece que la línea se cruzó.

–¡Yo no me he cruzado con nadie! ¿Con quién hablo, por favor?

–¡Abuelita, estás hablando con Ada, un amigo mío! Disculpa Adalberto, es mi abuela otra vez. ¡Abuela corta por allá!

–¡Ah, eres tú hija mía! Disculpen…

–¡Qué increíble! No le hagas caso, Ada. Ella a veces se pone… ¿Qué me estabas diciendo?

–Te decía que por lo que he sentido últimamente, yo quisiera que tú y yo…

–¿Aló? ¿Con quién desea hablar?

–¡Abuela, ya te dije que estoy hablando! ¡Cuelga, por favor!

–Pero si yo sólo quería…

–¡Oye, Ada! Yo soy la que voy a colgar. Así no se puede hablar. Termina de decirme esto mañana. ¿Está bien? Chao.

–No, Cary, espera…

–¡Cary, hija mía! ¿Eres tú? ¿Aló, quién habla?

–¡Señora! ¡Por favor! ¡Estuve a punto…!

–¿De qué, mi niño?

–¿Cómo?

–¿Que estuviste a punto de qué? Ay, hijo, puedes decírmelo a mí, yo puedo ser tu bisabuela también…

–Gracias, señora. Disculpe, pero no… Buenas tardes…

PePe Pelayo nació en Matanzas, Cuba en 1952. Desde hace 13 años reside en Chile. Es Ingeniero Civil, actor, comediante, guionista, director escénico y especialista en humor.

Obras para niños: Lucía Moñitos, corazón de melón, Pepito y sus libruras (2004), El chupacabras de Pirque (2003), Cuentos de Ada (2003), Pepito, el señor de los chistes (2002), El secreto de la cueva negra, Ni un pelo de tonto, Pepito. Chistes para niños no. 5, Ada, madrina y otros seres, El enigma del huevo verde, Trinos de colores, Draguito y el dragon, El cuento de la ñ, En las garras de los mataperros, La maldición del nariztocrata.

Obras para adultos: Risas post mortem (2003), Cuentogotas III” Selección de cuento breve contemporáneo (2003), El cartero en llamas dos veces (2004).