La Justicia bastarda (fragmentos del libro “Ausencia perpetua” de Diana Cohen Agrest)

Publicado en Perfil, 12.5.2013, perfil.com

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Ausencia perpetua es una reflexión elaborada por la autora desde la pérdida más irreparable, la de un hijo -Ezequiel, asesinado en un robo- sobre el llamado “garantoabolicionismo”, cuyo discurso, denuncia, oculta la ausencia de castigo a los delitos más graves. Una interpelación a promesas redentoras de un poder que, con controvertidos instrumentos jurídicos, profundiza una mísera realidad de pobreza y marginalidad.

A contramano de los objetivos esenciales a una sociedad bien organizada, en la Argentina que nos duele los mecanismos punitivos fueron progresivamente desarticulados. ¿Cuál es la estrategia falaz y fallida de la que se sirve el garantoabolicionismo? Por empezar, una vez que las garantías constitucionales son declamadas como si hubiesen sido acuñadas por este ideario (mientras que, como se sabe y se dijo, en verdad rigen en todo genuino Estado de derecho), su sentido primario sufre un desplazamiento discursivo cuando parte de la premisa de que la ejecución de las penas “resulta incompatible con la ideología de los derechos humanos” (Zaffaroni).
Reteniendo en el tiempo el modelo del Estado punitivo del régimen dictatorial, el ideario garantoabolicionista invoca los derechos humanos como un paraguas crítico con el que enfrentar todo presunto abuso de poder –injustificado en un Estado de derecho– que se atreva a violar las garantías constitucionales. Y dado que ese modelo punitivo persiste abusivamente en los espacios intramuros, en el afán de proteger los derechos de los “prisionizados” se procura eliminar la ejecución de la pena en lugar de procurar el mejoramiento del sistema carcelario.
La propuesta local no hace sino plasmar en la realidad el modelo teórico abolicionista promovido, entre otros, por el criminólogo y sociólogo noruego Nils Christie, quien en 1977 publicó un artículo pionero en la deslegitimación de la pena, “Los conflictos como pertenencia”, en cuyas páginas sostuvo que “nuestra compleja sociedad industrializada no es una sociedad con demasiados conflictos internos, sino una con muy pocos” . Mientras que Christie concluye que en la Noruega de casi cuatro décadas atrás “ hay demasiadas normas para pocos delitos”, decía entonces, en la Argentina de hoy –escenario donde se ha puesto en práctica su teoría de laboratorio– hay demasiadas normas para demasiados delitos. Pero esta ecuación directamente proporcional poco importa, porque dichas normas son sistemáticamente burladas mediante el recurso de las chicanas procesales funcionales al delincuente. Por añadidura, como ya señalaba Carlos Nino, “este criterio cuantitativo no sirve por la sencilla razón de que hay sociedades satisfactoriamente ordenadas en las que están regulados muchos menos comportamientos que en otras, rígidamente reglamentaristas, sin que por ello las primeras sean más anónimas que las segundas (generalmente ocurre lo contrario)” .
Christie fue precedido en la década del 60 del siglo pasado por los abordajes terapéuticos de los delincuentes emprendidos por la criminóloga Barbara Wootton y por el psiquiatra Karl Menninger, quien denunciaba una presunta debilidad conceptual de la noción de justicia. Menninger creía que “la palabra justicia es una palabra subjetiva y emocional” que no sirve para nada, y menos aún para determinar conductas reales, pues “su concepto es tan bajo, tan distorsionado en sus aplicaciones, tan hipócrita y normalmente tan irrelevante para la solución del problema del crimen, que resulta en su exacto opuesto – la injusticia, la injusticia para todos–” . Pese a que esta denuncia, como señalamos, atraviesa la historia de Occidente y remonta incluso al Trasímaco expuesto por Platón, Menninger parece no darse cuenta de la índole de su inferencia, porque si somos capaces de reconocer lo injusto, dicho reconocimiento es posible en comparación con cierto parámetro de justicia. Por añadidura, si tal como Menninger declara, la noción de justicia es inútil para guiarnos en nuestras decisiones morales y su consecuencia es la injusticia, entonces somos capaces de reconocer la injusticia en el sentido al que alude, pues podemos reconocer un castigo inmerecido. Pero si podemos reconocer cuándo un individuo recibe un castigo inmerecido, ¿no deberíamos también ser capaces de reconocer cuándo sí lo merece? Es claro que Menninger reconoce la injusticia, aun cuando, a su juicio, la justicia sea un concepto inútil.
El filósofo Michel Foucault es otro de los precursores del abolicionismo, en cuanto afirmó que el poder no está garantizado por el discurso formulado en las leyes, sino por el poder disciplinario que se expresa en todas las técnicas de control y en el enderezamiento de las conductas. En su obra Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, publicada en 1975, describe este poder disciplinario como el reproductor de locos y delincuentes neutralizados mediante su confinamiento en instituciones de encierro. Sobre esta postura se basan los abolicionistas al proponer medios alternativos al castigo, tales como los abordajes psicoterapéuticos o rehabilitadores orientados a la socialización. Pero con esos fines salvíficos, olvidan que no se trata de eliminar las cárceles sino de mejorar las condiciones de vida de los reos, quienes responden con su condena por crímenes a veces gravísimos. Además, y éste no es un señalamiento para nada menor, si bien Foucault emprendió una deslumbrante arqueología de los saberes disciplinarios, su programa fue pensado y desarrollado en un plano teórico, y sus textos no pretendían ser una guía para la implementación de nuevas prácticas sino interpretaciones genealógicas de las configuraciones institucionales inauguradas en la modernidad.
En el movimiento abolicionista, por naturaleza heterogéneo, pueden distinguirse tres propuestas: en primer lugar, el abolicionismo institucional –cuyo principal representante es Thomas Mathiesen–, que se orienta a la eliminación de la institución carcelaria, evitando las medidas alternativas a la prisión cuando éstas podrían transformarse en instituciones semejantes a las carcelarias. En segundo lugar, la propuesta del derecho penal mínimo, representado, entre otros, por el jurista italiano contemporáneo Luigi Ferrajoli, quien defiende la restricción de la criminalización a su mínima expresión. Y por último, el abolicionismo penal radical, liderado por el holandés Louk Hulsman, quien propone la supresión total del sistema. Hulsman confiesa que su teoría surge de un episodio traumático que sufrió en 1944, cuando los alemanes ocuparon Holanda y fue arrestado. Por su experiencia carcelaria durante el Holocausto, aspira a abolir la prisión. Pero parece olvidar que el confinamiento sufrido en calidad de víctima inocente no tiene analogía con el sistema penal impuesto al delincuente en calidad de ofensor. Y si retomamos el núcleo vivencial e histórico de Hulsman, la Holanda totalitaria ocupada por los nazis no es asimilable al Estado de derecho del que gozamos hoy. Un dato para nada menor es que el desarrollo del abolicionismo tuvo lugar en particular en países escandinavos y en Holanda, lo que llevó a críticas al movimiento en tanto, se afirma, surge en sociedades idílicas, de pocos habitantes con mucho bienestar y cultura, muy distantes de las condiciones que se dan en Latinoamérica. Sólo descontextualizando el núcleo conceptual de una teoría extrapolada de países que nada tienen que ver con la idiosincrasia local es posible sostener que “el derecho penal mínimo es una propuesta que debe ser apoyada por todos los que deslegitiman el sistema penal, pero no como meta insuperable, sino como paso o tránsito hacia el abolicionismo, por lejano que hoy parezca (Zaffaroni)”.
Pero además, cuando debe ofrecernos las instancias de solución a la criminalidad, el abolicionismo propone medidas ineficaces o sólo aplicables a los actores de faltas menores, a los que el sistema penal vigente no suele imponer, en la gran mayoría de los sistemas democráticos, pena alguna. Sólo en este contexto delictivo de menor gravedad se entiende que el modelo abolicionista intente eliminar la noción de delito para pasar a considerarlo como un “conflicto” o una “situación problemática”. Sin embargo, la acuñación local del garantoabolicionismo aplica dichas medidas a delitos dolosos de sangre. Y desde la terminología misma, si se trata de resolver un “conflicto” de esa envergadura, la búsqueda de una presunta solución no se corresponde con la gravedad de los hechos. De allí a la impunidad legitimada desde el Estado, apenas media un paso.
El garantoabolicionismo acusa al modelo punitivo de no ser un modelo de solución de conflictos sino de decisión vertical del poder mientras que el reparador es horizontal. En su crítica a los sistemas penales punitivos, los abolicionistas se valen de la noción de “confiscación del conflicto”, acuñada por Foucault, aludiendo con dicha expresión a que toda vez que se califica una conducta de criminal, la ley “se apropia” del “conflicto” de los directamente afectados por el crimen. Y en lugar de ayudar a resolver su “conflicto”, la ley traslada el “problema” (otro eufemismo más) al contexto profesionalizado del sistema de justicia penal, en cuyo marco ni la víctima ni el victimario poseen un rol activo: la respuesta social al crimen, alegan, no debería ser el castigo sino un proceso de mediación o reparación conciliada entre las “partes”, devolviéndoles el manejo de su propio “conflicto”. Ofreciendo la oportunidad de reapropiarse del conflicto que les fue “sustraído” a las partes por el Estado, “para los abolicionistas, el delito debe dejar de ser tal, para pasar a ser una ‘situación problemática’, en la cual la víctima pueda tener otro rol y el mediador se parezca sólo ligeramente a las funciones del juez actual” (Elbert). Así pues, con la destitución del sistema penal, las formas participativas precontractuales deben recuperar su estado protagónico a través de una Justicia restaurativa que resuelva los conflictos en instancias o mecanismos informales, mientras el aparato de control social que es la Justicia debe desaparecer, orientando sus actividades hacia la dirección reparadora del derecho civil.
Es obvio que una teoría semejante puede funcionar en disputas contravencionales, pero no más. Porque una cosa es mediar cuando existe un conflicto vecinal por ruidos molestos y otra cuando involucra un homicidio, escenario en el que ya no se dirime un conflicto privado entre individuos. Me contaron en Colombia que un buen día la empleada doméstica de quien me narró esta historia recibió un llamado desde la cárcel. Del otro lado de la línea se escuchó la voz de un miembro de las FARC que había asesinado al hermano de la mujer diez años atrás, y le pedía que asistiera a una audiencia de reconciliación con el fin de que el condenado pudiera gozar del beneficio de acortamiento de la pena. La mujer, tal vez por ignorancia o por temor a las represalias, asistió a la audiencia: allí tuvo que escuchar los vejámenes y torturas a los que había sido sometido su hermano antes de morir; entre otras aberraciones, que le arrancaron los ojos mientras estaba vivo.
La Justicia restaurativa o restitutiva procura la reparación concreta del daño consumado a través de una relación transaccional entre el ofensor y la víctima. Pese a la encendida defensa de la misma, esta propuesta que aspira a una restauración de cierto estado original (como si el delito no se hubiese cometido), a la eliminación del acontecimiento, es un ideal utópico que desconoce el elemental impulso que, desde el inicio de los tiempos y en todas las sociedades humanas, exigió la imposición de Justicia (…)
Otra objeción de los abolicionistas –defendida en el marco de cierto relativismo moral– critica la noción de crimen porque presupone una “imposición” de valores a quienes los comparten. Pero desde el momento en que los abolicionistas insisten en cómo el Estado debería responder a los conflictos –imponiendo una serie alternativa de valores (que podrían a su vez ser objeto de críticas semejantes a las que los abolicionistas dirigen al sistema penal)–, el abolicionismo parecería autorrefutarse: cometen la falacia de “imponer” sus propios valores al igual que aquellos que critican con tanto ahínco.
(…) Generaciones atrás, sociólogos, criminólogos y penalistas criticaron los efectos intimidatorios y despersonalizantes de las penas de privación de la libertad, calificando la pena de prisión de inhumana. Se cuestionó incluso la existencia misma del sistema penal (abolicionismo institucional) o, cuando menos, se abogó por un derecho penal mínimo, cuyo objetivo era limitar el poder punitivo del Estado. En su origen, el garantismo se presentó como una alternativa al abolicionismo penal que, según mencionábamos, sostiene que el castigo legal es injustificable y debería ser eliminado.
Con una visión sesgada de los derechos humanos, hoy el mal llamado “garantismo” parte de la victimización del delincuente atribuida a una condición social estructural afectada por la desigualdad, la marginación, la pobreza y la falta de educación resultantes de un sistema sociopolítico inequitativo. Invocando estas condiciones estructurales, las políticas penales –bajo el paraguas de los derechos humanos, y amparadas en el ideal irrealizable de la rehabilitación y reinserción de los criminales– han minimizado el modelo punitivo y se han orientado hacia una meta tan irreprochable como sólo es imaginable en un mundo utópico. ¿Cuál fue el costo de ese ideal? ¿Cuáles fueron sus consecuencias en el mundo real? En respuesta a la sociedad que reclama justicia y a las innumerables víctimas inocentes que ofrendaron su vida, se afianza progresivamente la disfuncionalidad judicial del Estado –resultante en parte por su afán de lucro, su complicidad con otras agencias públicas y sus intereses corporativos– produciendo una realidad que golpea, con sus efectos devastadores, la vida cotidiana de los ciudadanos.
Partiendo de la premisa de que los delitos son el producto del sistema penal, con ellas se nos ha sumido en un círculo perverso de marginalidad-delito-ausencia de debida sanción-marginalidad. Se trata entonces de eliminar ese círculo vicioso. Y en lugar de avalar la liberación y la consecuente reincidencia de los delincuentes mediante el recurso de medidas alternativas y sanciones sustitutivas –como son la libertad condicional, las excarcelaciones, las pulseras electrónicas o la condonación de penas por buena conducta o pagos de fianzas– se debe contar con la presencia de un Estado que imponga la ley con equidad. Este ideario desconoce que con el delito se lesionó a la comunidad política –el Estado o los ciudadanos–. Es más, los delitos lesionan a la humanidad en su conjunto: “Quien mata a un solo ser humano es como si matara a toda la humanidad”, dice el Talmud. Si llega un herido de bala a una sala de guardia de un hospital, el profesional debe hacer la denuncia ante la autoridad. Y esa obligación profesional se explica porque el crimen se ha perpetrado contra toda la comunidad: no sólo porque nos identificamos con la víctima como ciudadanos y prójimos, sino porque el victimario lesionó los valores que regulan la vida en sociedad. (…).
Ezequiel fue una pieza sacrificial, asesinado por un delincuente reincidente que lo mató a mansalva. Pero Ezequiel fue una víctima inocente más entre tantas otras anónimas o sin voz. En defensa de la sociedad, esta suerte de experimento social debe ser revisado, pues se funda en un novedoso ideario tan loable como, según la historia reciente nos muestra, irrealizable.

Luego de que la Cámara Federal de Casación Penal ordenase la reducción de la pena para el confeso asesino del estudiante de cine Ezequiel Agrest, en el 2011, la madre de la víctima, la filósofa Diana Cohen Agrest, estuvo en el programa y cuestionó la decisión de la Justicia. tn.com.ar

Melina Furman / Enseñar ya no sólo es transmitir información

(Publicado en La Nación, 21.4.2013, lanacion.com.ar)

A primera vista, aprender hoy no se parece demasiado a lo que significaba aprender hace medio siglo, o incluso hace una década. La tecnología claramente impacta, y mucho, en las posibilidades que tenemos de acceder a lo que otros tienen para contarnos y mostrarnos y en la cantidad de estímulos que recibimos a diario. Pero, ¿existen realmente nuevas maneras de aprender?

Saber algo nuevo implica poner en diálogo lo que ya conocemos con un pedazo de mundo que nos es en principio ajeno, incorporándolo a nuestros esquemas mentales y, en ese proceso, transformándonos a nosotros mismos. Para que ese proceso suceda ncesitamos a un “otro”, más experto, que nos ayude a movernos de donde estamos y llegar un poco más lejos. Hasta aquí, nada muy distinto de lo que describían hace varias décadas los padres de la psicología del aprendizaje Jean Piaget y Lev Vigotsky en sus teorías clásicas sobre la construcción de conocimiento.

Sin embargo, si bien el proceso mismo de aprender sigue siendo fundamentalmente el mismo, en los últimos tiempos el contexto en el que aprendemos ha cambiado profundamente. La cantidad y diversidad de “otros” con la que nos encontramos cotidianamente ha expandido tremendamente. Ya no se trata de aprender solamente de la mano de docentes, padres o autores de libros. Accedemos en un parpadeo a una cantidad gigantesca de información y contenidos que, hasta hace muy poco, difícilmente se hubieran cruzado en nuestros horizontes. Aprendemos sabiendo que no hace falta recordar toda la información que se nos presenta, porque podemos recobrarla muy sencillamente si la necesitamos de nuevo. Formamos parte de conversaciones globales con gente que posiblemente nunca conoceremos personalmente.

Las consecuencias de estas nuevas posibilidades impactan, sin dudas, en cómo chicos y grandes nos embarcamos en el camino de aprender, y también en qué tipos de aprendizajes valoramos como sociedad. Por eso, aunque las bases del aprendizaje sigan siendo las mismas, es fundamental que los modos de enseñanza tengan en cuenta que los contextos ya no lo son. La buena enseñanza, por ende, implica ir mucho más allá de brindar información. Requiere enseñar a dar sentido al caudal de información que recibimos y desarrollar herramientas de pensamiento crítico y creativo que nos permitan participar en la sociedad de manera plena.

No sabemos cómo será el mundo en el futuro próximo. Pero sí sabemos que en muchos sentidos será distinto al de hoy. La buena enseñanza, hoy, implica sentar las bases para (y el deseo de) seguir aprendiendo toda la vida.

Nora Bär / Nuevas tecnologías: cómo están cambiando la forma de aprender

(Publicado en La Nación, 21.4.2013, lanacion.com.ar)

Hace más de 2200 años, el matemático, astrónomo y geógrafo griego Eratóstenes logró calcular las dimensiones de la Tierra con un mínimo error. Para llegar a su resultado se basó en la longitud de la sombra proyectada por una vara el mismo día y a la misma hora en dos ciudades diferentes.

Sin calculadora ni iPad, la mayoría de los “gigantes” que nos precedieron, desde Newton hasta Copérnico o Einstein, no necesitaron mucho más que lápiz y papel para realizar aportes monumentales al conocimiento humano. De allí que muchos se pregunten ahora con inquietud cómo está cambiando nuestra forma de aprende r -y hasta el funcionamiento de nuestros circuitos cerebrales- la ubicuidad de las pantallas portátiles e Internet.

Uno de los que avivaron el fuego de la controversia fue el escritor norteamericano Nicholas Carr. En su libro Superficiales. Qué está haciendo Internet con nuestras mentes, plantea que las nuevas tecnologías conspiran contra nuestra capacidad de concentración, reflexión y contemplación. En otras palabras, que están imprimiendo un cambio mayúsculo en nuestra forma de leer y de pensar, y deteriorando nuestros procesos de razonamiento.

“El tema exige dos niveles de análisis -dice el doctor Ezequiel Gleichgerrcht, investigador en neurociencias de la Fundación del Instituto de Neurología Cognitiva y profesor de la Universidad Favaloro-. Por un lado, el evolutivo, para determinar si el cerebro que nos permitía aprender antes es el mismo que el que nos permitirá aprender con esta revolución tecnológica. Resulta muy fácil pensar que nuestro cerebro cambia porque tenemos nuevas necesidades y que esas necesidades se transforman en deseos tan fuertes que pueden incluso transmitirse a nuestros hijos, así como las jirafas supuestamente deseaban tanto alcanzar las hojas altas de los árboles que generación tras generación iban alargando su cuello. Esto no ocurre: los cambios grandes son azarosos y sobreviven los que mejor se adaptan al ambiente. Cuando como sociedad desarrollamos sistemas de escritura y, por ende, la necesidad de aprender a leer y escribir, aquellos cerebros que tenían más capacidad para adaptarse a esas demandas sobrevivieron y es por eso que encontramos en diversos estudios evidencia de que el cerebro lectoescritor tiene algunas diferencias importantes con el de civilizaciones que no tenían ese sistema de comunicación. Por ejemplo, la introducción de la escritura ya no requería tanta memoria y de hecho se ven diferencias en el hipocampo, un área del cerebro fundamental para la consolidación de nuevos recuerdos.”

Para el científico, otro nivel de análisis es el de la adaptación “ontogénica”: es decir, la de un individuo a lo largo de su propia vida.

Y como ilustración ofrece un ejemplo experimental. En un estudio de 2009, un equipo de la Universidad de California en Los Ángeles estudió con resonancia magnética funcional a un grupo de personas de entre 55 y 76 años que eran “vírgenes” en el aspecto tecnológico mientras completaban tareas de búsqueda en Internet y leían en una computadora, y los compararon con dos grupos de coetáneos con muy poca y mucha experiencia en Internet.

ACTIVACIÓN CEREBRAL

Los autores demostraron que todos tenían una activación cerebral similar al leer un texto simple, pero cuando se les pedía buscar en Internet, los experimentados tenían una activación mucho más global e intensa de circuitos frontales, occipitales y temporales, específicamente en áreas ligadas con la toma de decisiones, la motivación, la visión y la memoria.

“Claramente -subraya Gleichgerrcht, director del nuevo Instituto de Neurociencias de la Educación de la Fundación Ineco-, el cerebro de estas personas era estructuralmente similar, pero los que tenían experiencia habían encontrado nuevas formas de activación para afrontar el desafío de las nuevas tecnologías.”

Experimentos realizados en todo el mundo muestran, sin embargo, que no basta la introducción de computadoras per se para instalar cambios en el aprendizaje. “En muchos de ellos se utilizan juegos para estimular capacidades cognitivas, pero arrojan un éxito moderado -explica el doctor Mariano Sigman, investigador del Conicet y profesor visitante de la Universidad Di Tella-. No existe un casco mágico para aprender sin esfuerzo.”

Investigadores del grupo de Sigman, como Andrea Goldin y colegas del Laboratorio de Neurociencia Integrativa de la Universidad de Buenos Aires, entrenaron a chicos de escuelas primarias con juegos de computadora que estimulan la memoria, la capacidad de mantener la atención durante un tiempo prolongado en un mismo problema y la planificación, tres ladrillos básicos del razonamiento humano.

“Incluso con programas de apenas diez minutos diarios durante diez días vimos cambios, pequeños, pero significativos -destaca Sigman-. Las mejoras se traducían en mejoras en otras pruebas de razonamiento y hasta en las notas escolares.”

El doctor Antonio Battro, psicólogo e integrante de la Academia Pontificia de Ciencias, es muy entusiasta. Como pionero e impulsor de la introducción de las computadoras en la escuela, sostiene que Piaget no llegó a imaginar que, por el mero hecho de aprender a programar, los niños podrían acceder a las operaciones formales muchos años antes de lo predicho por su teoría de los estadios cognitivos.

Con respecto a si los dispositivos digitales estarían conspirando en contra de la capacidad de atención de grandes y chicos, Battro explica que, de acuerdo con los trabajos de Michael Posner y su escuela, se han identificado circuitos neurales que mantienen el estado de alerta, otros que orientan hacia determinados estímulos sensoriales y finalmente aquellos que son capaces de resolver conflictos, llamados ejecutivos. “La combinación de estas tres redes de control es la que modula la atención durante todo el crecimiento -detalla-. El tema crítico es cómo se pasa del control de padres y maestros al autocontrol de cada individuo.”

Según explica Battro, el cerebro humano puede atender varias cosas al mismo tiempo, pero siempre dentro de un sistema dinámico. “La capacidad de concentración depende de múltiples factores biológicos, emocionales, cognitivos, familiares, sociales y culturales -subraya-. Los medios electrónicos exigen tomar decisiones con rapidez; la «opción clic» es fundamental y decisiva para navegar en la Red. Pero saltar de un tema a otro puede tanto estimular la sana curiosidad y la genuina creatividad como esterilizar una búsqueda o un aprendizaje. La pedagogía en la era digital debe profundizar en estas nuevas oportunidades y desafíos que son inéditos en la historia de la educación.”

Hay quienes, sin embargo, incluso tomando la presencia de las computadoras y sucedáneos en el medio ambiente infantil como un hecho positivo advierten que no hay que bajar la guardia.

RED ADICTIVA

“El cerebro humano funciona bastante bien en ciertas escalas temporales -explica Sigman-, por eso las escenas de las películas duran siempre más o menos lo mismo (unos 10 segundos). Pero a veces uno entra en ciclos que van mucho más rápido, como los comedores compulsivos. Hay algo en Internet que se asemeja a eso: es adictiva. Entrena y reemplaza al sistema de recompensa en las cosas más primarias. Y al entrar en ese ritmo uno entra en un circuito que no necesariamente funciona bien para la adquisición y consolidación de conocimiento. Son temas que se están empezando a estudiar.”

Más adelante, el físico y neurocientífico advierte: “Lo que dice Carr tiene cierto sustento y es razonable. Uno con la computadora «terceriza» cosas que antes hacía por sí mismo. Por ejemplo, los cálculos mentales. Ahora directamente los delegamos en las máquinas, aunque sabemos que no es bueno, porque el cálculo no sólo sirve para calcular, sino que es un modelo de razonamiento. A veces, uno estudia algo en el colegio y diez años después lo olvida, pero no importa: lo importante no es el ejercicio en sí, sino el desarrollo de dominios cognitivos. Hay que tomarlas con cierto cuidado”.

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Editora de la sección Ciencia/Salud de LA NACION, Nora Bär se incorporó en 1990 a la Redacción del diario, aunque comenzó como colaboradora en 1980, siempre en su especialidad, el periodismo científico. Nació en Buenos Aires en 1951, fue maestra, estudió la carrera de Letras y de traductorado del francés en la Universidad de Buenos Aires y tiene cuatro hijos. Pertenece a la International Science Writers Association y es columnista de varios programas radiales. En 1997 obtuvo el diploma al mérito en divulgación científica otorgado por la Fundación Konex. En 2002, se incorporó a la Academia Nacional de Periodismo. nbar@lanacion.com.ar

Luciana Vázquez / Abraham: “Éste es un gobierno de estafas ideológicas”

(Publicado en La Nación, 13.3.2013, lanacion.com.ar)

En una entrevista con LA NACION, el filósofo sostiene que se estimula una cultura que “tiene algo de fraude”; analiza la educación, con definiciones agudas

Le molesta, y mucho, el lugar común que propone a la educación como un mecanismo de ascenso social. “La gente que dice que el pobre supera su condición económica con educación en general es gente rica”, sentencia el filósofo Tomás Abraham. No se deja tentar ni un segundo por el juvenilismo militante que corta calles y toma escuelas: “Que haya política es muy importante, pero la política no es sacar un banco a la calle”, precisa. Reivindica sin vueltas la educación como estudio, y el estudio como un trabajo tan duro como inspirador.

Abraham ataca de nuevo con la filosofía que practica como nadie: la que no necesita de la cita de autoridad ni de las reflexiones celestiales para llegar hasta la médula de una realidad bien local. Como suele hacer, sin pelos en la lengua, desanda lo que denomina “estafas ideológicas” orquestadas del poder. Pero también deschava con la misma verba salvaje las coartadas que se monta la sociedad argentina. Esta vez, la interpelación alcanza a la educación, a los docentes, los alumnos y sus padres.

-Usted viene insistiendo con que en la Argentina se da una estafa educativa.

-Éste es un gobierno de estafas ideológicas, se dice una cosa y se piensa otra. Por supuesto, la estafa necesita una serie de redes de la sociedad civil para que tenga consenso.

-¿Y en qué sentido es una estafa educativa?

-Porque al Gobierno no le importa nada la educación, sólo le importa el poder. Se estimula una cultura que tiene algo de fraude. Inauguran el Polo Científico o crean un ministerio o Tecnópolis pero lo que les importa realmente es el flash. No hay una vocación profunda de hablar de la educación o mejor dicho, del estudio. Yo hablo del estudio, no de la educación.

-¿Por qué hace esa distinción?

-Puede haber otras cosas que tengan que ver con educación. A mí lo que me interesa es el estudiar, que es investigar y aprender. La educación gira alrededor de eso. A eso no se le da importancia. Se habla de ocupar colegios, de vueltas olímpicas, de que los chicos tienen derechos, de los padres que defienden a los hijos, se habla de los pobres, de los que no pueden, de incluir. Toda verborragia que nada tiene que ver con el estudiar.

-¿Qué tendría que ver con el estudiar?

-Aprender, conocer el mundo en el que vivís. Un hombre es un ser vivo de adquisición primero para sobrevivir, después para controlar las pulsiones y ser funcional a un universo que te exige reglas. Y después está el aprender para crear y, para eso, tenés que conocer, aprender biología, matemática, lengua que tienen que ver con el mundo.

-Hay todo un discurso sobre la educación que pone el eje en la contención antes que en los conocimientos. ¿Qué le parece a usted esa vertiente?

-Ese psicologismo analfabetiza. Por supuesto que hoy en día el maestro es capaz de comprender a un chico distraído y su única opción no es castigarlo. Y eso está bien. Pero otra cosa es esta especie de masturbación emotiva en donde el maestro disculpa la falta de preparación del alumno, su falta de interés en aprender, en conocer mundo. Que haya gabinete psicológico, pero el núcleo de la escuela es otro.

-En cierta forma hay un olvido de ese núcleo.

-Una escuela no es la casa. Tampoco es una plaza ni una pista de skate. Una escuela es el lugar del estudio, es decir donde maestros y alumnos conocen el mundo. No pienso tanto en la primaria que todavía tiene algo de matricial y materno. Hablo de esa otra etapa, cuando el ser humano ya está con potencialidad de pensar por sí mismo. El adolescente responde con su opinión. Es rebelde, es reactivo. Tiene energías de conquista. A veces esa energía se malgasta.

-¿Malgastarla es tomar escuelas, por ejemplo?

-Malgastarla es que tomar una escuela sea lo más importante del año. Si querés, tomá la escuela: a lo mejor te tocó un rector de cuarta. Pero lo más importante del año no es tomar la escuela.

-¿Qué sería lo más importante del año?

-Esa clase del profesor de biología que le dio vuelta la cabeza. Eso es, el profesor y las clases que despiertan vocaciones.

-Pero lo que ofrece la escuela a veces no es muy tentador…

-Todo eso es responsabilidad de maestros, padres y alumnos. El profesor no te lo ofrece. Pero cuando te lo ofrece, te importa muy poco. Por eso es estafa completa. En esa estafa viven todos bien. La educación pasa a ser en realidad una solución para que todos los mediocres sean felices: los profesores hacen paro los jueves hasta el martes porque hay un fin de semana largo pago, por supuesto, y son felices. (Alberto) Sileoni es feliz porque saca un libro con frases de Cristina. Los alumnos son felices porque no tienen nada que hacer y disfrutan del no laburar. Pero eso además es una estafa porque la idea de trabajo no gusta. Y estudiar es trabajar y si tu trabajo es aprender, trabajar es lindo. No puede ser que no te guste ninguna materia y la culpa la tenga el sistema educativo o los profesores. Es toda una mentira que les permite a todos ser felices. Porque está claro que vas a una secundaria y no hay una huelga de hambre de los estudiantes reclamando porque no aprenden nada.

-Es cierto, no recuerdo tomas de colegios porque no se aprende.

-También es cierto que los apasionados por aprender siempre fueron minoría. Pero acá hay un estándar que se organiza de arriba para abajo, por eso es una estafa. Y después hay una especie de complicidad de la que todos sacan un beneficio, entonces pobrecitos los pobres que no están incluidos, pobrecito el maestro rural.

-La caridad educativa. ¿Qué piensa de los cuestionamientos en torno a la meritocracia, que ya no se ve como máquina infalible de un ascenso social justo?

-Claro, porque se parte de niveles distintos. A la palabra “mérito” le ponés “cracia” y arruinaste el mérito. La sociedad tiene que estimular. No puede dejar sola a la gente y que no importe si hace las cosas bien o mal. Pero no se trata de decir miren, acá está Periquito, sacó un diez y ustedes son unos burros. Estimular no es humillar. Es todo lo contrario, abrirle el camino al que se interesa y reconocerlo.

-¿Qué tipo de reconocimiento sería?

-Le pongo un diez.

-¿El diez es para el que resolvió toda la prueba de matemática o para el chico que empezó sin saber nada pero finalmente pudo resolver tres ejercicios porque su crecimiento de conocimiento fue enorme?

-La profesión del profesor, cuando tiene un aula, es una relación clínica, singular. Cada chico es un mundo aparte. No hay una matriz ni un método. Los que buscan métodos son los pedagogos. Al que resolvió todo le ponés diez. Y al pibe que tenía dificultades y de cinco resuelve tres, también y lo felicitás delante de todos. El origen de cada pibe siempre va a ser diferente. Pero ya sabemos, un pibe de la villa no tiene un problema educativo.

-Tiene problemas muchos más serios.

-Tiene problemas vitales. Es un abandonado. Tiene un problema de vacunas, de alimentos, de un padre que no está, de una madre que vuelve a las doce de la noche. El problema educativo es de la clase media. Ahí están los brutos; no están en las villas. Lo que pasa es que los pedagogos, de la clase media, hablan de la villa para no hablar del embrutecimiento de la clase media.

-¿Pero educarse garantiza al menos a un chico marginado un mejor futuro que el presente del que parte?

-La educación es fundamental, pero no es garantía de nada. La gente que dice que el pobre supera su condición económica con educación, en general es gente rica. Ahora bien, indudablemente aprender cosas te permite pensar y elegir, pero no por eso vas a ser rico. No hay cosa más emotiva que un pibe pobre que va a un colegio y que es estudioso y la mamá trabaja horas extras para que el chico estudie. ¿Hay algo más emotivo que eso? Eso a mí me saca lágrimas. Sarmiento era eso, un pibe pobre de San Juan que sueña con Washington. en San Juan, una toldería con un cura y un milico y ahí aparece este Dominguito con que quiero estudiar, quiero aprender. A gente así hay que darle y exigirle, no compadecerla. Eso de poner la educación como ascenso social me molesta mucho. Yo veo la educación como un explorador que descubre mundos. El aprender tiene un premio en sí mismo.

-Después, quizás, acarrea otros efectos pero en principio, vale por sí misma.

-Siempre hay añadidura. Como si hubiera que explicarle a alguien que hacer el amor te va a relajar, te va a hacer más productivo. No. Hacer el amor es lindo en sí. Aprender es como hacer el amor: es lindo por sí mismo.

-¿Qué tiene que tener ese ambiente de aprendizaje?

-El aprendizaje también es un ritual: no podés estar con el celular. Tiene que haber alegría, el profesor tiene que tener entusiasmo por lo que hace. Ningún ministro de Educación le va a dar el entusiasmo. El aprender también necesita trabajo, es decir, esfuerzo. El trabajo da pena. Es un cierto dolor. Posterga la satisfacción. ¿Pero no es la vida eso?

-¿El aprender debería también aislarse de los “ruidos” de la militancia?

-Yo no lo veo así. La militancia está muy bien. La universidad, por ejemplo, tiene que ser porosa a todo. No veo ninguna incompatibilidad entre el ruido y la concentración. Que haya política es muy importante, pero la política no es sacar un banco a la calle.

-Pero se confunden mucho.

-Yo tuve seis meses de estudiante en la UBA pero con militancia. La militancia es buena: te hacía estudiar. Es cierto que cuando hay organizaciones anárquicas, es muy difícil que haya ambiente de estudio. Pero pasa porque lo que les interesa no es el estudio sino melonear a la gente. Pero ese problema no se soluciona sin política y suprimiendo la militancia. Se soluciona teniendo a Gastón Burucúa como profesor, a Beatriz Sarlo, a David Viña, es decir, que los estudiantes hagan política pero que tengan a los mejores profesores. Los buenos profesores te concentran. No necesitás el silencio de la apoliticidad.

-Un director de escuela privada me comentaba que cuando los alumnos reclaman, deben presentar cuatro propuestas de solución.

-Esto exige que los alumnos se sientan representados por la institución y que acepten un acuerdo básico acerca del modo en que funciona. Esto se da en las instituciones privadas pero no en las del Estado, donde no hay identificación ni con las autoridades ni con el mero hecho de estar allí. Ahí se disputa el poder y no el funcionamiento. Por eso parece absurdo en esas condiciones proponer soluciones de mejoría, es reforzar el statu quo que se combate.

-Pero así seguimos atrapados en la identificación entre compromiso militante y toma del colegio.

-Pero eso pasa porque nadie quiere estudiar. Si vos tomás un colegio, no estudiás. No hay nadie que diga no lo tomemos porque me pierdo la clase el profesor de biología. Ocupás un colegio para que haya una situación irresoluble que obliga a prestarte atención porque se supone que nunca nadie te prestó atención. Mentira. Porque empiezan por el extremo: no es que pidieron diez audiencias y no te las dieron. Ocupan colegios para conseguir la primera. También puede ser, para ser bueno, que de arriba para abajo no les expliquen los cambios o se los expliquen muy mal. Pero lo de la toma del colegio tiene mucho placer, mucha adrenalina. Salís en tele. Te llaman de las radios. Vas ahí y sos un personaje como la chilena (Camila Vallejo). Es el modelo. De repente aparece tu familia. Aparece el padre en contra del rector y lo vio el hermano, el empleado, el jefe, y le dicen “che, te vi ayer en tele, estuviste muy bien, estuviste bárbaro.” La adrenalina tendría que estar puesta en el estudio. En cambio, esa adrenalina donde se unen maestros, alumnos y padres es la adrenalina de salir por tele.

-¿Cómo ve los sistemas de medición y evaluación de resultados educativos?

-No me parece ni bien ni mal. Son ideas burocráticas. Lo mío es la mística. Estos sistemas son nuevos sistemas policiales: la gente se cuida y hace bien porque la vigilan. Ojo del amo engorda el ganado. No digo que esté mal, no digo que el amo no tenga que estar y que el ganado tenga que estar solo. Si sistemas como esos ayudan a que la gente no se tire a chanta, háganlo, pero para mí el tema pasa por otro lado. Pasa por las ganas de estudiar. Como no soy Jean Jacques Rousseau y no creo que esas ganas van a salir espontáneamente, creo que se necesitan políticas, pero la política tiene que juntarse con la mística. Que los discursos hablen de lo lindo que es aprender, del afán del estudio, de cómo un Premio Nobel de Física se hizo a sí mismo.

-Usted la pasó mal en la primaria con su tartamudez y en secundaria, por la disciplina férrea del ILSE.

-Sí, a veces sí.

-Pero sigue creyendo en la escuela.

-No creo en la escuela. Es como creer en el semáforo: el semáforo tiene que estar sino los coches chocan.

-Digámoslo así: cree que la escuela es una institución necesaria.

-Por ahora, para aprender la gente se reúne en lugares públicos llamados escuela. Es un lugar de aprendizaje y puede ser un lugar vital y abierto.

-¿Eso implica eliminar los pupitres, el profesor y transformar ese escenario de autoridad?

-No. Yo no soy hippie. El maestro es alguien que se respeta. Sabe algunas cosa que yo no sé, biología por ejemplo. A lo mejor yo sé más de fútbol. Pero no voy a respetarlo porque sabe más sino porque es el maestro. En cambio, él no me tiene que respetar a mí. El está para ayudarme. Me tiene que querer aunque no como me quiere mi papá. Yo al maestro le tengo que importar. Pero no me tiene que respetar.

-Desde este presente tan “contenedor”, nociones como esa pueden interpretarse como autoritarias.

-Si vos le importás a alguien, el otro no es un déspota. El déspota está para perjudicarte. Lo único que le importa al déspota es él mismo. Yo hablo de lo contrario: al maestro le importás vos. Yo estoy hablando de amor.

Fernanda Sandez / Avisos para una mujer que no existe

(Publicado en La Nación, 25.1.2013, lanacion.com.ar)

Anónimas luchadoras contra el sarro y las manchas de grasa. Mujeres que hablan con Míster Limpísimo, un superhéroe en maillot que lo puede todo contra la suciedad, pero que aun así escapa corriendo de esa cocina infecta. Milicianas de un insólito ejército en pro de un esqueleto más fuerte, de no arrugar, de lo que fuere. La publicidad, convengamos, nunca ha tenido musa justamente porque de arte tiene poco y nada. No hay Terpsícore ni Melpómene dispuestas a patrocinar piezas en las que se muestra a la mitad de la humanidad preocupada solamente por la blancura de los sanitarios, el fin de las liendres o (ya en un exceso creativo) bailando con un cantante salido del interior de un bolsón de polvo para lavar la ropa.

Por eso, si algo sorprende de la publicidad destinada a mujeres no es tanto su adscripción militante al rosa y a la estupidez como su desconocimiento de un dato básico: hoy, en el mundo, las mujeres (como anticipaba el comercial del yogur pro osamenta indestructible) ya son multitud. Según un informe de la consultora Deloitte, definen el 80 % de las decisiones de compra a nivel mundial y en 2014 controlarán 28 mil millones del gasto total. Tom Peters (el economista de Stanford devenido “gurú de gurúes” del mercadeo) anticipó el fenómeno hace años y dedicó un capítulo entero de su libro Re-imagina!- La excelencia en los negocios en una era disruptiva a analizar la creciente influencia femenina en la economía. “El mañana pertenece a las mujeres”, decía, y no era feminismo de saldo. Hoy, ese pronóstico ya es número. Las mujeres son el 65% de las graduadas universitarias en los Emiratos Árabes Unidos, el 61% en Canadá, el 60% en Brasil, el 58% en los Estados Unidos e Inglaterra, el 57% en China y el 54% en México, por sólo nombrar algunos ejemplos. Deciden además 8 de cada 10 compras en los Estados Unidos y 7 de cada 10 compras en la Unión Europea. Gastan en promedio 8% más que los varones y tienden a recomendar sus marcas preferidas 27% más que ellos.

Sin embargo, es mirar el televisor y caer en el túnel del tiempo. Porque allí ellas no son ni la mayoría de las graduadas universitarias ni decisoras de compra ni nada. Son, sí, carne de estereotipo: las caprichosas y controladoras que espían el celular de sus novios en el comercial de cerveza, las eternas indecisas del aviso de toallas higiénicas que hasta propone un “traductor” para comprenderlas, las que se juntan en una plaza a soltar globos violetas para celebrar el fin de la constipación. Así, entre la caricatura y el prejuicio, emerge de la pantalla una mujer peor que patética: irreal. Pero no porque se angustie hasta el ataque cardíaco en presencia de un mantel manchado o se perfume para que un desconocido de repente le regale flores, sino porque de este lado de la pantalla las mujeres sostienen hogares y gastan en muchas más cosas que en detergentes o pomadas contra la celulitis. “Han dejado de ser nicho para volverse audiencia”, se consigna en el informe El dividendo de género: estrategias de negocios para invertir en las mujeres. Pero, evidentemente, eso es algo que el marketing y la publicidad prefieren ignorar. Como ignoran también lo mucho que nos divertimos las reales viendo -y destrozando juntas, al grito de “¿Y no viste la propaganda esa de.?”- esos avisos con propuestas tan ridículas como “el diario íntimo de esos días”, el Desafío X y el Movimiento Z. Puede que no sea casual. Puede que, a fin de cuentas, a la publicidad que atrasa le convenga ignorar el feroz humor femenino, ese que destruye en las redes sociales cada uno de sus comerciales y se ríe, en un mismo gesto, del aviso, primero, y del producto que promociona, después.

Lástima que a veces de la risa a la mueca espantada hay un solo paso. Sobre todo porque quizá lo que comienza en chanza (nadie puede tomar demasiado en serio un comercial en donde dos madres jóvenes hablan de pañales como si discutieran el Consenso de Washington) termina dando paso a algo mucho más oscuro.

Porque en ese comercial de cerveza, “entregar a tu hermana” es una prueba de “darlo todo por un amigo”.

Porque en este otro aviso de un banco la esposa gasta descontroladamente en ropa el dinero que (a juzgar por la mirada reprobatoria del marido) ella no generó.

Porque en ese de una bebida alcohólica las mujeres sólo sirven para dos cosas: “despertar fantasías” y “romper corazones”.

Tanto es así que, tiempo atrás, el Observatorio de la Discriminación en Radio y Televisión debió intervenir para que un comercial de esos que sólo pueden salir de un cerebro misógino no terminara haciendo escuela en horario central. En los dos casos se trató de comerciales de cerveza; en los dos casos las mujeres (que, sepan también los creativos publicitarios, contribuyen a esos 33 litros por persona por año que se consumen en el país) aparecen retratadas ya como una “linda” de escote rotundo, ya como una “fea” con nariz reloj de sol, ya como una horda de histéricas a caballo. Pero con o sin sanción, lo cierto es que el 90% de los avisos que nos bombardean a diario presentan a la mujer como un mamarracho psíquicamente inestable y básicamente insolvente. Son las que en “esos días” parten ramos de flores en las cabezas de sus novios, las que eternamente chocan autos eternamente ajenos, las que salen con megáfonos a recitar frases de sobre de azúcar por los vagones del tren. Es fácil avergonzarse de ser hija de Eva mirando esos avisos. Es inevitable comenzar a sentir que hay en ellas algo extraño. Imperfecto. “Anormal.” Porque si sistemáticamente son más tontas, más siniestras y más superficiales, son también un poco menos humanas. De ahí en más, lo que quiera que se haga con ellas parece un poco menos grave. Y hasta puede que “divertido”.

De acuerdo: ya no vemos en la tevé de aire y en horario central a una mujer pidiendo “Bajame la caña” (como en el comercial de Legui) ni “Dame otra piña” (como en el comercial de la Piña Colada American Club). Pero las cosas tampoco han cambiado tanto. Apenas se ha tomado nota (corrección: algunos han tomado nota) de que hay temas como la violencia sexista con los que ya no hay chiste que funcione. Medio millar de muertas en 18 meses no es algo que dé mucha gracia que digamos.

Por lo demás, lo único realmente anormal en toda esta historia no somos las mujeres, sino la ceguera. La imposibilidad -de los empresarios, primero; de los “creativos”, después- de ver cuánto y cómo ha cambiado el mundo en estos últimos años. No se trata entonces de pedirles algo parecido a la conciencia o a la sensibilidad. Se trata, sí, de sugerirles hacer lo que sí saben: revisar los números. Apagar el televisor y los prejuicios, y escuchar lo que ya sopla en el viento.

“En la medida en que se incrementa el poder adquisitivo de las mujeres, éstas representarán una oportunidad de crecimiento para las compañías”, se lee en el informe de Deloitte. ” Sin embargo, las organizaciones necesitan entender las diferencias de las mujeres a fin de capitalizar ese crecimiento. La designación de mujeres y hombres en puestos de toma de decisiones brinda a las empresas la perspectiva que necesitan para aumentar las ventas e impulsar el crecimiento.”

Es eso o seguir como hasta ahora: hablándoles a consumidoras que sienten que cada aviso les dice “Comprá, estúpida”. Es eso o saber que -en breve-hasta Míster Limpísimo tendrá que salir a buscar trabajo.

Diana Cohen Agrest (2010) Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana)

Es el libro más reciente de Diana Cohen Agrest, donde se ocupa de trece cuestiones de nuestra vida de todos los días. Temas que en distinta medida se hacen presentes explícita o implícitamente para condicionar, influir en nuestra existencia.

Esas cosas tales como el manejo del tiempo (y la expectativa por optimizarlo), la felicidad (¿a qué llamamos felicidad?), el aburrimiento, la pereza (el ocio, la fiaca como recursos que van en contra del funcionamiento del mundo), el autoengaño (la mentira, la mala fe, el amor o su ilusión), la envidia (la sana o enferma envidia, los celos, el resentimiento, la indignación, la vergüenza, la admiración), el miedo (¿qué produce miedo?, el temor), el morbo (la seducción de lo repulsivo, la obscenidad, el asco), la vergüenza, el perdón (¿cuáles son las condiciones de posibilidad para que el perdón tenga lugar?), el envejecimiento, el morir y la inmortalidad.

Cohen Agrest se expresa con suma erudición y una magnífica claridad. La exposición de cada asunto es óptima y la bibliografía de cada capítulo prácticamente nos invita a ir más allá, provocando el deseo de más lecturas y aproximaciones.

*

Del capítulo “Morir (La posibilidad de todas las posibilidades)”:

¿Cómo vivir entonces con la certeza de un acontecimiento marcado por su inevitabilidad esencial? Si no hay nada que se pueda hacer con el hecho de que me voy a morir, si la muerte es nuestro destino último, rebelarnos ante ella es como enfurecernos porque dos más dos son cuatro o porque la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a dos rectos. ¿Acaso nuestra ira puede incidir en algo en esas verdades matemáticas de que dos más dos son cuatro o que la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a dos rectos? tal vez, aceptar finalmente su inevitabilidad, su necesidad, reduzca en algo el dolor de la muerte.

Pero hay otra lectura posible. Es cierto que una vida vivida hasta la vejez es más valiosa que una vida truncada en la juventud. No obstante, tomar conciencia de que la vida es un bien precioso, tan frágil como efímero, puede servirnos de impulso para conferirle un sentido valioso. Decíamos que somos seres orientados al futuro, seres abiertos al futuro. ¿Cuál de los varios porvenires que están abiertos para mí probablemente me ofrezca una vida digna de ser vivida?

Esa respuesta, una vez más, es absolutamente personal e intransferible. Pero vale la pena buscarla, como se ha buscado, desde que el hombre es hombre, cierto consuelo frente a la irreversibilidad del morir.

*

Del capítulo “La inmortalidad (Entre el anhelo de lo eterno y el alivio de lo efímero)”:

Si nos volvemos, por última vez, a las páginas devastadoras de La muerte de Iván Illich, advertimos que Tolstoi retrata allí el monólogo interior de quien, incapaz de aceptar su agonía, se transforma en un desertor de la dictadura de la lógica. Recorriendo los laberintos de su memoria, Iván recuerda el clásico silogismo aristotélico, repitiéndoselo a sí mismo en un estado de total incredulidad:

Todos los hombres son mortales.
Sócrates es hombre.
Por lo tanto, Sócrates es mortal.

-¿Qué tiene que ver eso conmigo? -clama Iván en un arranque de ira, resistiéndose a admitir la validez del razonamiento-. ¿Acaso ese silogismo no puede ocultar alguna especie de falla lógica? -se interroga una y otra vez-. Al fin y al cabo, que todos los hombres sean mortales poco o nada parece tener que ver conmigo, que sólo puedo vivenciarme como siendo.

Confrontándose con la lógica de la vida, el pensador existencialista Jean Améry reconoce que la lógica de la muerte se sostiene en un nihil, en una nada que es la negación de toda lógica que, por su naturaleza misma, se asienta en el ser. La lógica de la muerte, vacía de realidad, es pura negación, imposibilidad de pensamiento y de ser. De allí su imposibilidad de ser representada.

Pese a la irrepresentabilidad de la muerte, se intentó franquear la inexorabilidad de ese límite a través de una vía sustituta: la inmortalidad. kant proclamó que es imposible conocerla, y mucho menos proporcionar prueba alguna a favor de la inmortalidad. La lógica no alcanza a probarla. Y ni siquiera podemos afirmar su posibilidad. Pese a este límite radical, podemos afirmar con certidumbre moral que somos inmortales. Esa certeza hunde sus raíces en la moralidad: puesto que no podemos sustraernos a la fuerza del deber (ya que, aun transgrediéndolo o rehusándonos a obedecerlo, lo reconocemos como mandato), la ley moral exige su cumplimiento más perfecto que se consumaría plenamente en el ideal de la santidad. Ese ideal es un modelo de perfección moral al que los seres humanos deberían aspirar. Sin embargo, no puede ser alcanzado en el tiempo limitado de una vida humana. Por ser finitos, los seres humanos son incapaces de alcanzar ese ideal de santidad en las condiciones de este mundo. Dado que la perfección moral sólo puede ser lograda en un progreso al infinito, entonces dicho progreso sólo es posible “si suponemos una existencia y personalidad duradera”, esto es, concluye Kant, una alma inmortal. La inmortalidad sostenida en la posibilidad de la perfección es entonces un postulado necesario para la moralidad.

(…)

Tal vez la vida, per se, carezca de significación. Queremos continuar viviendo porque nos duelen deseos todavía no realizados, y esos deseos son una promesa venturosa que sólo el futuro nos puede conceder. Es entonces el ser humano, como ser deseante, quien le confiere al tiempo vital su sentido existencial. Y sin deseos, no contamos con ninguna razón valedera para ver en la muerte una desventura. Más aún cuando intuimos que, a modo de amenaza latente, nuestra vida podría prolongarse indefinidamente de manera insoportable.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Diana Cohen Agrest / En el país del crimen sin castigo

(Publicado en La Nación, lanacion.com.ar, 31.10.2012)

En Crimen y castigo, el gran Dostoievski penetró en las profundidades más inabordables del alma humana, en ese territorio abismal en donde se incrusta el ancestral sentimiento de culpabilidad. En sus páginas, Raskolnikov comienza siendo un antihéroe que, tras matar a una vecina para hacerse de un dinero, logra sortear el castigo de la ley positiva, termina por encarnar una conciencia moral que se torna un flagelo personal que emerge de su lucha interior frente al mal cometido.

No se trata de una cuestión epocal, pues una de las prohibiciones sobre las que se construyó la civilización es el homicidio. Frente al impulso de destrucción, disponemos de apenas dos armas: la angustia de culpabilidad y el temor al castigo. Esas armas fueron neutralizadas en la Argentina que nos duele. Un Raskolnikov que se entrega voluntariamente a la justicia es poco creíble cuando el delincuente es tenido por una víctima condicionada por factores psicosociológicos que lo exoneran de la culpa, en un sistema penal que favorece la evanescencia de la angustia de culpabilidad y la exoneración de la pena por cumplir gracias a la cual puede continuar delinquiendo.

Pero lo que nos duele no es literatura. La deslegitimación del sistema penal es alentada por el ministro de la corte Eugenio Raúl Zaffaroni, cuyas ideas fueron acogidas acríticamente por sus discípulos, jueces, fiscales y docentes universitarios que no perciben los riesgos de llevar al terreno operativo postulados que si bien pueden ser la fuente de interesantes debates teóricos, no deberían ser puestos en práctica, tal como lo prueba el incremento del delito de los últimos años.

La doctrina vigente defiende un abolicionismo disfrazado de derecho penal mínimo, orientado a proteger a los perseguidos por un Estado-Leviatán, una especie de monstruo animado por una compulsión a castigar discrecionalmente a sus víctimas, seleccionadas entre los más vulnerables, entre los pobres y los marginales que sobreviven condicionados por fuerzas estructurales que los sobrepasan, tales como “la frustración escolar de la persona”, Zaffaroni dixit. En este escenario compasivo, no parece advertirse que tal como observa el investigador mexicano Alejandro Tomasini, “esos factores socioculturales son nociones extrajurídicas que señalan los condicionamientos de un sujeto y hasta las causas que pueden ser el caldo de cultivo del delito, pero no son las razones motivacionales que llevan a delinquir, que es el objeto de la juridicidad”.

Quienes “caen presos”, añade el magistrado, caen por “tontos” y “torpes”. Y en una sociedad injusta es injusto castigarlos cuando no se castigan los grandes negociados (ejercidos en complicidad con las autoridades políticas y, de más está decirlo, judiciales). Se impone entonces una lógica impunitiva “igualitaria” que en lugar de buscar sancionar a todo aquel que transgrede la norma, se lo exonera: como no se castiga al poderoso, tampoco debe castigarse al “tonto” y “torpe”.

Ya el jurista Carlos Nino señalaba veinte años atrás que la victimización desconoce la capacidad de elección del delincuente. Y al descalificarlo, hace de él “un objeto de manipulación con fines benéficos”, omitiéndose que los factores socioculturales invocados afectan de forma semejante tanto al delincuente como al que no lo es.

Este ideario niega, además, la eficacia preventiva del castigo y aduce que el endurecimiento de la pena “no sirve para nada” porque el delincuente no circula con el Código Penal en la mochila como si se tratara de una guía turística para consultar para saber de antemano cuál de los delitos es sancionado más gravosamente o cuál puede gozar de mayores beneficios de excarcelación. Pese a esta caricaturización del delincuente, es innegable que éste hace un balance del costo-beneficio, pues le inquieta la debilidad o fortaleza del sistema de investigación criminal que determina la aplicación de la norma o los medios que se emplean para hacerla efectiva. Si en lugar de confiar en chicanas procesales que le reducirán o hasta lo exonerarán de la sanción, el delincuente tuviera la certeza de que la pena fijada se cumplirá sin una sarta de “beneficios” tan legales como riesgosos para la sociedad, se acabaría el negocio en un sistema penal cimentado en la connivencia y la complicidad entre delincuentes y numerosos policías, abogados y jueces. Un negocio que empieza a facturar apenas es capturado: si la pena perpetua fuera perpetua (como lo es la pena de quienes lloran a las víctimas) o de ser menor, fuera de efectivo cumplimiento y no se negociara, se acabaría con gran parte de la corrupción del sistema.

Cuando es denunciada, la defensa corporativista obstaculiza todo intento de enjuiciar a magistrados cómplices, como Axel López (uno más entre otros ya exonerados como Sal Lari o Carlos Flores), a quien el Consejo de la Magistratura exculpó porque “no había hecho nada malo” cuando benefició con salidas transitorias a un violador que reincidió. Es el mismo juez que le concedió libertad condicional al cuádruple violador, devenido remisero, quien usó ese “beneficio” para matar a Tatiana Kolodziez. ”Beneficios” que, pese a ser optativos, son concedidos con prodigalidad asesina por jueces indirectamente asesinos.

Con su complicidad, el Estado insiste en su experimento social que se vale de este ideario como de un instrumento homicida tan legal como ilegítimo: un informe de la OEA concluye que encabezamos el ranking de robos en el continente. Y el Ministerio de Salud de la Nación denuncia que el segmento “muertes de causa externa de intención no determinada” encubre las tasas reales de muertes violentas. Con su silencio, el Estado es -por omisión- un ejecutor indirecto de los crímenes.

Hay dos vías no excluyentes para combatir el delito: una se construye a partir de políticas sociales autosustentables basadas en una escolarización de calidad, en la formación de los jóvenes en escuelas técnicas y de oficios, y en la creación de fuentes genuinas de trabajo. Pero como es lenta y aporta escaso rédito político a corto plazo, la oportunidad de implementarla se perdió en los últimos años con la ejecución de políticas asistencialistas que no contribuyeron a disminuir la delincuencia.

La segunda vía es la sanción penal, inaplicable mientras sólo se invoquen las garantías constitucionales a favor del reo y se alegue que aplicar las penas o tipificar conductas es un error inútil que en poco tiempo terminará por colapsar el sistema, pasándose por alto que si la cadena sancionatoria es vulnerable, no se deben imponer sanciones más laxas, sino hacer que sus eslabones se encarnen en una fuerza policial, un poder judicial y un servicio penitenciario más eficientes y menos corruptos.

Con el beneplácito de un Gobierno que se ufana de la defensa de las garantías que afectan de forma desigual a los “vatayones militantes” y barras bravas que a los que viven en el marco de la ley, los agentes públicos que nos representan -los poderes ejecutivo, legislativo y judicial- carecen de la voluntad política de penalizar el delito. Si el Gobierno fuera tan igualitario en el ámbito penal como se proclama en todas las demás áreas de su incumbencia, si le importara que una vida arrancada por la absurda violencia sea consentida y alentada por su complicidad y por su silencio garante de la impunidad, si los derechos humanos no fueran privativos de los que delinquen y si se tomara conciencia de que, cuando un inocente es asesinado, poco tienen que ver la izquierda o la derecha o las dictaduras o las democracias o el gobierno o la oposición; si en lugar de llorar sólo a los muertos de la dictadura se llorara también a los muertos silenciados por la democracia, que no le sirven al relato, si pudiera todo ese dolor hacerse carne en cada uno de los argentinos que aspiramos a una nación pacificada y previsible, habríamos dado el primer paso en un itinerario guiado por la cordura, por la verdad y por la justicia. Ese itinerario que, si aspiramos a sobrevivir como un Estado de Derecho, debemos comenzar a recorrer.

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Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Fernanda Sandez / Una sociedad que no cuida a sus hijos

(Publicado en La Nación, 23.10.2012)

Hay, en la foto, dos bebes: uno, de plástico; otro, de verdad. Aunque de no mirar con la debida atención los dos podrían ser lo mismo. La foto fue tomada en la guardería La Hormiguita Viajera, de Comodoro Rivadavia, un lugar no habilitado como tal y donde el personal -se supo luego- maltrataba a los chicos con golpes, tirones de pelo, ataduras y mordazas. La foto fue la que detonó todo y muestra lo que parecen ser dos muñecos, uno desnudo y otro vestido. Uno acostado, mirando la nada, y otro, el de verdad, sentado y amordazado. Mirando, también, la nada.

A veces una imagen cuenta un mundo. Y si la niña del Napalm (esa que escapaba desnuda de su aldea en llamas) contó la Guerra de Vietnam mejor que cualquier informe periodístico, los dos bebes de la foto dicen sobre la relación que tenemos con nuestros niños más de lo que estamos dispuestos a soportar. Porque adoramos creer que los mimamos “en exceso”. Que ellos, “nuestros” chicos, tienen más de lo que podrían desear. Sin embargo, cada tanto una noticia como ésta raja al medio el decorado y expone las bambalinas de esta sociedad supuestamente paidocéntrica en la que nos gusta pensar que vivimos. Esa en donde los niños son los primeros y los únicos privilegiados.

Algo es real: nunca la niñez (cierta niñez, de ciertos sectores sociales y en ciertos países del mundo) ha sido tan celebrada como hoy, con derechos y hasta día propios.

Algo también es real: nunca tuvimos menos tiempo -ni menos energía- para gastar con ellos. A nuestro rescate vienen entonces las versiones 3.0 de la niñera electrónica: las consolas de juego, las tabletas, los sitios de Internet en donde nuestros hijos tienen amigos pingüinos y amigos dragones, y aprenden a divertirse sin molestar demasiado. Aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta, una de las razones del brutal éxito de los dispositivos de entretenimiento es nuestro inconfesable deseo de volver a ser nulíparos por un rato.

Pero, acabada la diversión, llega la hora de pagar por ella. Y la sociedad moderna se ha encargado también de proveernos de “soluciones” que nos permitan ser -además de profesionales eficientes- también padres eficaces. Capaces incluso de compactar ese primer tiempo de nido y de contacto con un recién nacido a su mínima expresión, para volver cuanto antes a la faena. Niñeras, “señoras”, guarderías y jardines maternales forman hoy parte del abanico de ayudas de la maternidad prorrateada, para la que resulta más natural -más aceptable- volver a marcar tarjeta al mes y medio de haber dado a luz que permanecer empollando. Nuestra común condición de engranajes dentro del sistema productivo así lo exige, y lo aceptamos. Todo será cuestión entonces de cerrar los ojos y dejar al bebe de un mes y medio en un dormitorio con veinte cunas más. O de remolcar -a todo puchero y pataleta- a un nene de apenas un año hasta el jardín Los Patitos Felices. Después, a confiar. A pedir que en el país de Cromagnon, del desastre del ferrocarril Sarmiento y de los controles ausentes la guardería de nuestros hijos sea la excepción. En definitiva, a cruzar los dedos. A hacer de la maternidad un peligroso acto de fe.

En la Argentina existen un Observatorio de Femicidios y un Observatorio del Encierro, pero no un Observatorio del Maltrato Infantil en jardines y guarderías. De existir algo como eso, sabríamos que el bebe amordazado es apenas el último de una serie de casos similares. Sólo nos queda, pues, pedir que el jardín de nuestros hijos no sea el de Chubut, pero tampoco el de Laferrère al que se denunció por “tormentos” en marzo de este año, ni ese de Berazategui en donde el profesor de música jugaba a la “escondida sucia” con nenes de cinco años, ni ese otro de San Pedro en donde una nena contó haber sido “colgada de los pies” por su seño, ni tampoco aquel de La Plata en donde en la orina de tres chicos se detectaron tranquilizantes.

Lo dicho: se impone un acto de fe.

“Peor era antes”, comenta alguien. “A los chicos los tenían todo el día fajados y no se podían mover.” Es verdad, pero cada época tiene sus espantos particulares, y ésta no es la excepción. Porque alcanza con abrir un poco los ojos para notar cómo -detrás de la exaltación de la infancia y la entronización del pelotero- subyace un nivel de desamparo atroz.

“Les tuve que explicar a unos padres que no pueden dejar al nene doce horas acá”, se queja la directora de un jardín maternal.

“La mujer que cuidaba antes a mis nietos les decía que se bañaran solitos. Pero que después la cola y todo eso se lo lavaba ella”, cuenta, todavía espantada, Martha, la abuela de tres nenes abusados por la mujer que los cuidaba en su casa.

“Les pedimos a los papis que por favor revisen las mochis de sus nenes antes de traerlos al jardín”, rezaba la nota. Días antes, alguien había olvidado accidentalmente sus antidepresivos en la mochila de El Hombre Araña de su hijo de salita de cuatro.

Raros tiempos: decimos querer a niños a los que no dudamos en dejar por horas al cuidado de extraños. A niños de los que algunos padres se despiden con un beso a la madrugada y recién vuelven a ver a la noche, ya dormidos. Entre medio de esos dos besos, los chicos pasan de la papilla a la comida, de la cuna a la sillita. Aprenden a caminar, a jugar. A hablar. Se hacen amigos. Y entienden que, para compartir con sus padres todos esos descubrimientos, habrá que esperar con suerte al final del día. Con menos suerte, al fin de semana.

Raros tiempos, en especial para las mujeres. Porque con la misma insistencia con la que el mandato social las presiona para que sean madres, primero, y para que sean “buenas madres”, después, también se les exige no abandonar sus vocaciones. Pero -y ésta quizá sea la parte más enloquecedora del asunto- todo a su alrededor está armado para la disyunción. Para que renuncie a su profesión y se dedique a sus hijos o para que se vuelque de lleno a su carrera y abjure de la maternidad. O para que, como la mayoría de nosotras, se trepe a la cuerda floja que media entre una y otra cosa y pague en salud mental y física el precio del equilibrio. ¿Y los padres? Bien, gracias. A ellos la sociedad ni siquiera les hace este tipo de planteos.

En países como Suecia o Noruega -a los que suele citarse como ejemplo de desarrollo social y avances en materia de derechos- el nacimiento y la crianza son tema de Estado, y por eso existen políticas específicas para proteger a la nueva familia. Hay licencias maternales y parentales de casi de dos años en un país, de un año entero en el otro. En la Argentina todo es mucho más veloz: habrá que volverse mamá -y pasarle la posta del cuidado a alguien más- en sólo noventa días.

En efecto, a excepción de algunas legislaciones provinciales (como la de Corrientes) y sólo para algunas trabajadoras (las estatales), la maternidad es tratada como un tema estrictamente “personal”. Y como tal se resuelve. Podríamos llenar libros enteros narrando los malabares a los que deben recurrir las madres -ni qué decir de las madres solas, de sectores populares o las dos cosas al mismo tiempo- para poder trabajar. De lo que lamentablemente se conoce bastante menos es cómo, en qué medida afecta a un chico -pequeño y no tanto- esa distancia emocional y física. Ese forzoso vacío de mamá en los momentos fundacionales, justo cuando la idea es estar a upa y al sol, no a oscuras y precintado.

Los niños nos instalan en la lógica del parpadeo: en un abrir y cerrar de ojos, ya son otros. Por eso, quizá ya sea hora de entender -como ya lo han entendido en otros países- que el tiempo de la llegada y el aterrizaje en el mundo es fugaz y decisivo. Embarazo, parto y crianza: la clase de cosas que no caben en una planilla Excell. Pero también la clase de experiencias que nos enfrentan con nuestras propias limitaciones y desnudan nuestra propia pequeñez y egoísmo. De todo eso nos hablan cada bebe y niño maltratado “en exceso”. Como la chica del Napalm, los chicos de nadie nos gritan sin palabras la verdad detrás de tanto peluche y tanta consola. Molestan por lo que delatan: que la mordaza no está en sus bocas, sino en nuestros oídos. En nuestros instintos, nuestras intuiciones, nuestro corazón. En todo eso que vendamos colectivamente para poder seguir creyendo que vamos por el camino correcto.

* * *

Fernanda Sandez nació en Lomas de Zamora, Buenos Aires, en 1967. Es periodista.

Escribe en su perfil de Linkedin (ar.linkedin.com):

Escribo desde que tengo memoria y me pagan por hacerlo desde hace veinte años. Colaboré, escribí y edité en varias revistas y diarios. Entre ellos, Veintitrés, Noticias, Living, Para Ti, El Gourmet, Grande Reportagem (Portugal), Gatopardo (Colombia), Noticias Aliadas (Perú), Servicio Especial de la Mujer (Costa Rica) y los diarios Perfil, Miradas al Sur, Z y Crítica de la Argentina. En la mayoría de ellos aún sigo trabajando. Desarrollé, lancé y dirigí por un año la revista Nueva Estética. Como redactora publicitaria, colaboré con JWT Argentina y con Young & Rubbicam, tanto en el área creativa como en la de planeamiento estratégico, para clientes como Lux y Coca Cola, entre otros. Edité por dos años todos los contenidos de el Círculo Clight y durante este año desarrollé acciones en la Web para Sancor. Actualmente estoy impulsando mi propia agencia de comunicación boutique.

Gisela Nicosia / La mitad de los chicos que van a la primaria no lee libros ni historietas

(Publicado en Perfil, 25.8.2012)

Datos del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA prenden el alerta. Consejos para fomentar el hábito desde pequeños.

Niños tecno. El informe revela que 62,9% de los menores de entre 5 y 12 años pasa al menos dos horas diarias frente a la pantalla.

“Había una vez… chicos que no leen” A pesar de que especialistas y estudios de todo el mundo señalan que el acto de leer estimula la inteligencia, la imaginación y la creatividad, casi la mitad de los niños argentinos en edad escolar no lee libros. Según el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, realizado por la Universidad Católica Argentina (UCA) en aglomerados urbanos de más de 50 mil habitantes, el 48,1% de los chicos de entre 5 y 12 años no lee textos impresos – esto incluye libros, historietas, comics, etc–. En el caso de los adolescentes, la cifra asciende a 53,3%.

La problemática de la falta de hábito de la lectura es un tema de análisis constante por los especialistas. Ianina Tuñón, investigadora responsable de la supervisación de este informe señala que “la propensión a no leer textos impresos en el caso de los chicos en edad de educación primaria se ha mantenido estable entre 2007 y 2011, mientras que en los adolescentes se observa un incremento de 7,2 puntos porcentuales”.

Tuñón explica que “durante los primeros años de vida de los niños, las estrategias de cuidado y los estímulos que desarrollen los hogares en el campo emocional, social e intelectual son particularmente importantes en el desarrollo del lenguaje, el pensamiento simbólico y el desarrollo psicomotor”.

María Cecilia Cunha Ferré, pedagoga social de la Universidad del Salvador, coincide y apunta que “el desarrollo de la lectura motiva la imaginación, esto es fundamental para desarrollar la creatividad y generar diferentes alternativas para adaptarnos y afrontar las dificultades de la vida. La cantidad de nuevos recursos electrónicos no los posibilita de la misma manera y también modifica el vínculo entre los niños y los adultos”. Con respecto al cambio entre padres e hijos el psicólogo Jorge Tarditi señala que “los chicos tienen acceso a muchos más recursos disponibles, como la televisión, la computadora, internet, los videojuegos, para armar las ficciones que antes encontraban casi exclusivamente en libros de cuentos o en los relatos de los mayores;  y esto parece detener una posibilidad de lazo intergeneracional”.

Para formar un lector primero hay que formar un oyente. El estudio de la UCA  también muestra que a 3 de cada 10 chicos en los primeros años de vida no se les suele contar cuentos ni narrar historias orales y casi el 37% no cuenta con libros infantiles en su hogar.

Milena (10) y Valentina (5) eligen sus propios libros. Su mamá Bettina Di Giorgio, que además es docente, asegura que se les inculcó de pequeñas el hábito de leer. “Al nacer Milena una prima me regaló un libro que le leían de chica. Me gusta que mis hijas vayan conmigo a comprarse libros de historias fantásticas y princesas, que son sus preferidos. Tengo muchos alumnos que no tienen estimulo para leer”, confiesa.

Para la socióloga Claudia Messing “el niño se refleja en el acto del padre como una imagen en un espejo. Puede suceder que el chico no tenga la paciencia para escuchar un cuento porque está más habituado a la rapidez de la imagen, de la tecnología”, señala.

María Zysman, psicopedagoga especializada en los vínculos infantiles, añade que otro factor que no ayuda a la motivación de la lectura en los más pequeños es que “la vida de los padres con agendas sobrecargadas hace más compleja la situación para encontrar un momento de lectura compartido”. Esto también se refleja en las estadísticas del informe que muestra que los niños de entre 5 y 12 años que pasan más de dos horas diarias frente a una pantalla alcanza un 62,1% y en los adolescentes la cifra sube hasta 69,2%. En comparación con años anteriores aumentó 10,9 puntos porcentuales la proporción que se expone a pantallas y algo similar sucede con internet y las redes sociales.

Violencia de género / Dramático pedido de ayuda de una mujer golpeada y acosada

(Publicado en La Nación, 3.10.2012)

Vive en Merlo y subió un video a Internet en el que denuncia que su ex pareja agredió a toda su familia

Desesperada ante la falta de respuestas por parte de la justicia, una mujer víctima del acoso de su ex pareja realizó un desesperado pedido de ayuda en internet.

Se trata de Zulma, una mujer que vive en Merlo y trabaja en Ituzaingó como mesera en un bar y que tiene un hijo de tres años. Tras una serie de maltratos por parte de su ex pareja, decidió separarse, pero lejos de encontrar tranquilidad la situación sólo empeoró.

El hombre, al que la mujer identifica como Richard “Tato” Pintos, comenzó a asediarla a ella y a su familia. “Me golpeó, me fracturó un dedo, me encerró muchas veces, y cuando al fin pude abandonarlo, golpeó a mi papá, lesionó a mi mamá y llegó a secuestrarme con mi hijo”, relata la mujer en el video.

“Persigue a toda mi familia y lo más terrible es que trata de llevarse a mi hijo del jardín. El no es el padre”, explica la mujer, quien denuncia además la falta de reacción de las autoridades. Según Zulma, la fiscalía de Morón donde radicó la denuncia tardó una semana en notificar la restricción perimetral y desde el 911 le dicen que no tienen disponibilidad de patrulleros. “Vivo a 15 cuadras de mi agresor”, señala.

DESESPERADO PEDIDO DE AYUDA

Sobre el final del video, la mujer realiza, entre lágrimas, un pedido de ayuda a toda la comunidad. “Hago este video para pedir socorro a toda la sociedad. Mi bebé y mi familia pueden morir. Yo también estoy en peligro. Tengo miedo, mucho miedo. Por favor, ayúdenme, se los ruego”.

Por su parte, la abogada de la denunciante, Raquel Hermida, explicó en diálogo con América 24 que “Zulma es una madre soltera que conoció a este hombre, se puso de novia y este señor al principio era muy dulce. Entablaron una relación de convivencia y él, a los efectos de poder engañarla, empezó a dejarla encerrada en su casa”.

Hermida remarcó que la situación empeoró a partir de la separación. “Este hombre se vuelve aun más loco a partir de que ella lo abandona”, sostuvo, al tiempo que aclaró que la justicia tiene en sus manos el poder de acción. “La causa tiene un número y está en la fiscalía de Morón”, aclaró la abogada.

Diana Cohen Agrest / El escudo protector de la minoría de edad

(Publicado en La Nación, 2.10.2012)

En respuesta a una denuncia formulada ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, un tribunal de casación penal reconoció que, en el marco de la ley argentina vigente, el Estado habría violado un artículo de la Convención de los Derechos del Niño cuando impuso penas de prisión perpetua a quienes eran menores cuando cometieron los delitos por los que fueron juzgados: uno de ellos había sido condenado por dos homicidios; otro, por cinco, y el tercero, por dos.

Ese controvertido reconocimiento erosiona todavía más la armonía normativa, pues la inconstitucionalidad de la pena perpetua para los menores debería tener como contrapartida su cumplimiento efectivo por los adultos: en lugar de legislarse la reducción de la pena que habilita la salida anticipada a su cumplimiento total y que hace de la prisión un costo mínimo por pagar para continuar delinquiendo, la pena debería ser como en otros países donde no es un eufemismo y la perpetua es “perpetua”.

La denuncia ante la Corte revela entonces una incongruencia más de nuestro sistema jurídico. Pues se reclama la inconstitucionalidad de la sanción cuando, en la Argentina, la prisión perpetua no implica reclusión a perpetuidad. Se comete la falacia de invalidar una sentencia por la presunta existencia de la pena perpetua, que no es sino una ficción jurídica.

Se cedió a esa resolución desfavorable que impuso al Estado argentino rever la sentencia, con el fin de no exponerlo a la acusación de “irresponsabilidad institucional ante la comunidad mundial”. ¿Cuál fue su costo jurídico? Pese a que el fallo que penó con perpetua a los en ese entonces menores era cosa juzgada, se arguyó que el código procesal penal por el que se los había juzgado incumplía las normas internacionales. Se alegó que el tiempo transcurrido en prisión excedió largamente el tiempo máximo disponible a aplicar según las convenciones, se calificaron en grado de tentativa los delitos por los que fueron acusados y se disminuyó consecuentemente la pena.

Lo cierto es que, valiéndose de un beneficio optativo para rever un caso que era cosa juzgada, una vez más el Estado y la ley argentinos fueron fagocitados por los tratados internacionales hoy perversamente invocados. No sólo ellos. Porque ¿quién defiende los derechos lesionados de aquellos que hoy ni siquiera tienen voz para reclamar, porque fueron salvajemente asesinados por quienes son amparados por tratados internacionales con cuya firma la Argentina cedió sus derechos soberanos?

¿Acaso la Corte Interamericana de Derechos Humanos contempla las consecuencias irreversibles de los gravísimos delitos cometidos por los menores condenados? ¿Qué queda de la ley 26.061, de protección integral de los derechos de niños, niñas y adolescentes cuando las estadísticas prueban que la franja etaria más castigada por el delito son los adolescentes varones de entre 15 y 24 años? De los involucrados en homicidios (entre agresores y damnificados), sólo en la provincia de Buenos Aires se registraron en el primer semestre de 2012 ciento veintiséis jóvenes, y en 2011, otros trescientos veintinueve. ¿Acaso no son tan vulnerables, tan jóvenes y tan pobres las víctimas como los victimarios, en el mejor de los casos, instruidos y usados por adultos instigadores que se escudan en los beneficios legales de la minoría de edad y, en el peor, cuando la droga y las condiciones socioambientales son promovidas por un Estado ausente? De contarse con una voluntad política atenta a los derechos de las víctimas, ¿no debería implementarse una política penitenciaria juvenil compatible con el marco constitucional que ofrezca una respuesta a la situación de los menores de edad que cometen delitos, respetuosa de sus derechos y eficiente en términos de necesidades sociales?

Si la reducción de la edad penal se encuentra obturada por los compromisos internacionales, si la Convención sobre los Derechos del Niño debe ser interpretada de acuerdo con el principio de no regresividad que determina que, una vez que se fijan estándares de reconocimiento de derechos, no se puede retroceder, entonces la ciudadanía debe exigir una interpretación de los tratados internacionales que no lesione los mismos bienes que debería proteger, ni más ni menos que la vida de las víctimas inocentes.

El 8 de julio un joven estudiante secundario, Nicolás Castillo, se encaminaba hacia la estación ferroviaria de Moreno tras compartir la tarde con su papá en una casa del barrio. Pero en el camino sobrevino la tragedia: fue interceptado por un grupo de jóvenes que lo amenazaron con un arma blanca y, por hacerse de un teléfono y un par de zapatillas, lo tiraron al piso y lo apuñalaron dos veces en el pecho. Nicolás intentó reincorporarse y caminó unos metros, pero se desplomó. La Justicia dictó la prisión preventiva de un ex convicto de 28 años, acusado del crimen del joven. También tres adolescentes fueron detenidos, uno de 17 años alojado en un instituto de menores y otros dos, de 16 y 15, que permanecen a disposición del fuero penal de menores. En concordancia con un ideario falaz, lo más probable es que la impunidad institucionalizada los libere en poco tiempo.

En un programa radial, una de las juezas del tribunal de casación sostuvo que “se necesitan dos generaciones. políticas de Estado que nos van a dar una sociedad distinta”. Aun cuando compartiéramos románticamente ese ideal utópico, ¿acaso no se advierte que partiendo de una hipótesis sociológica se está sometiendo, como conejillos de Indias, a dos generaciones de argentinos sacrificados en aras de un ideal no verificado e inverificable, por lo demás difícilmente compartido por una sociedad donde todavía rige el principio de realidad?

En pos de una presunta rehabilitación -estadísticamente insignificante-, se ignora que con cada fallo que otorga la libertad a un reincidente, se firma en el mismo gesto la sentencia de muerte de un sinnúmero de inocentes. Y arrasando con los datos de la realidad, se toma por verdadera la presunción de la rehabilitación del delincuente que termina siendo una ficción jurídica. Pues al negarse a reconocer que un altísimo porcentaje vuelve a delinquir, se le confiere a la rehabilitación una realidad jurídica que, aunque violenta los hechos, es la base sobre la que se asienta la liberación anticipada de los homicidas, amparados en sus derechos y garantías. Los mismos derechos y garantías que los victimarios negaron a sus víctimas.

Porque lo que no es ficción, y no hay Convención de los Derechos del Niño ni Corte Interamericana de Derechos Humanos que los proteja, es la ausencia de Nicolás y de tantos otros muertos ignorados por la ley. Ni tampoco es una ficción el dolor de quienes, día a día, conviven con esa ausencia legislada e ignorada por la justicia impunitiva.

“Nos preguntamos qué hace nuestro hijo en un cementerio, un chico sano, con tantos sueños”, reflexiona el papá de Nicolás. “Yo ya tengo una parte de mi ser que no está”, murmura, sin consuelo, la mamá. ¿Cómo explicarles que los magistrados sentados detrás de un estrado, preocupados “por la irresponsabilidad institucional ante la comunidad mundial”, sólo saben del dolor de los victimarios, pero desconocen a quienes fueron silenciados por quienes ellos defienden? La máxima de que no se puede legislar desde el dolor, en la Argentina que nos duele, debería ser reescrita: no se puede legislar desde el dolor de las víctimas. Sólo desde el dolor de los victimarios.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Angeles Castro / Dime dónde vives y te diré tu estado civil

(Publicado en La Nación, 29.9.2012)

Caracterizadas por barrios hasta hace unos años más bajos y sin el ritmo frenético de la ciudad, las comunas 12 (Villa Pueyrredón, Villa Urquiza, Coghlan y Saavedra), 11 (Villa Devoto, Villa del Parque, Villa Santa Rita y Villa General Mitre) y 13 (Núñez, Belgrano y Colegiales), en ese orden, son los distritos con mayor radicación de gente casada. En cambio, hay más residentes solteros en las comunas 2 (Recoleta) y 14 (Palermo), donde se concentra la oferta recreativa de la Capital.

Paralelamente, Recoleta también posee la menor proporción de hombres y mujeres que conviven sin contraer matrimonio, mientras que son más habituales los hogares legalmente constituidos.

Los datos provienen de la Encuesta Anual de Hogares (EAH), que realiza la Dirección General de Estadística y Censos porteña. Una suerte de demostración del “dime en que barrio vives y te diré cuál es tu estado civil”.

Del sondeo de 2011, también surge que la comuna más céntrica -la 1 (Retiro, San Nicolás, Monserrat, San Telmo, Constitución y Puerto Madero)- agrupa proporcionalmente la mayor cantidad de población separada o divorciada.

Este segmento, por el contrario, tiene su menor arraigo en la comuna 9 (Parque Avellaneda, Mataderos y Liniers).

Las uniones de pareja, sin ningún trámite que los oficialice de por medio, parecen ser más comunes en toda la zona que, a los fines de la medición, se considera sur: la mencionada comuna 1, junto con la 4 (La Boca, Barracas, Parque Patricios y Pompeya) y la 8 (Villa Soldati, Villa Lugano y Villa Riachuelo).

Según la EAH, el 33,7% de los porteños mayores de 14 años están casados; el 31% es soltero; el 16% convive con su pareja; un 11,9% está separado o divorciado, y un 7,4% enviudó.

Pero su distribución geográfica en la Capital no es uniforme.

“Las diferencias guardan relación con los grupos de edad dominantes en las comunas, así como con los comportamientos nupciales de la población y el tipo de hogar en el que viven”, explicó Victoria Mazzeo, investigadora del Instituto Gino Germani de la UBA y jefa del Departamento de Análisis Demográfico de la Dirección General de Estadística y Censos porteña.

EN EL SUR

La especialista recordó que en las comunas 4 y 8 vive población más joven y de menos recursos, que inician más tempranamente la vida conyugal y la concretan en vínculos más inestables, por lo que se multiplican la cohabitación y luego las separaciones y los divorcios.

En la comuna 1, en tanto, el 47% de los hogares son unipersonales. Por eso, no extraña que la mayor preponderancia de separados y divorciados (18%) y tampoco que una alta cantidad de solteros (32,7%) vivan allí. Los casados, por el contrario, se encuentran en menor proporción que en ninguna otra comuna.

El primero es el caso de Roberto Austin, de 69 años, que mientras residía con su mujer lo hacía en Recoleta, pero tras el divorcio, se mudó solo a Retiro. “Estoy sobre Libertador, con gran oferta de transporte y servicios, y cerca de mi actual novia, que también vive sola en el mismo barrio”, detalló a LA NACION.

Respecto de las comunas 11, 12 y 13, donde los casados son el 40,9, el 43,8 y el 39%, respectivamente, Mazzeo destacó que, en esos distritos, los hogares nucleares (núcleo conyugal más sus hijos) tienen un alto peso, con una presencia de entre el 49 y el 56% del total de las familias.

Si bien todavía no tienen hijos, con su reciente mudanza Pedro y Lorena siguen esa tendencia. “Convivíamos en Caballito [comuna 6] como novios, pero cuando nos casamos, nos vinimos para Núñez. En la decisión, influyó la mayor cercanía con nuestros lugares de trabajo, pero también la posibilidad de formar una familia en un departamento más grande”, dijo Pedro a LA NACION.

En efecto, los operadores inmobiliarios conocen las diferentes exigencias del público según el barrio, impulsadas por su estado civil.

“Desde el boom de la construcción de 2003, de cada diez edificios, dos son de departamentos de sólo uno y dos ambientes, destinados a la primera vivienda de jóvenes solteros o de divorciados. Se da mucho en Palermo y en barrios lindantes con el subte. En esas zonas, hay pocas propiedades grandes”, indicó Diego Migliorisi, socio gerente de Migliorisi Propiedades.

En cambio, agregó, hay mayor oferta de viviendas para familias en los distritos de la zona norte: Belgrano, Núñez, Saavedra, Villa Urquiza y Villa Pueyrredón, o sea, las comunas 12 y 13.

RECOLETA, PARA SOLTEROS

Casi el 40% de sus habitantes no está casado

  • SOLTEROS 
    Promedio en la ciudad: 31%
    Mayor proporción: 
    Comuna 2 (Recoleta): 39,9%
    Comuna 14 (Palermo): 36,8%
    Menor proporción: 
    Comuna 15 (Chacarita, Villa Crespo, La Paternal, Villa Ortúzar y Agronomía): 26,7%
  • EN PAREJA 
    Promedio en la ciudad: 16%
    Mayor proporción: 
    Comuna 1 y 4 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, Constitución): 22%
    Comuna 8 (Villa Soldati, Villa Lugano, Villa Riachuelo): 21,2%
    Menor proporción: 
    Comuna 2 (Recoleta): 8,9%
  • CASADOS 
    Promedio en la ciudad: 33,7%
    Mayor proporción: 
    Comuna 12 (Saavedra, Coghlan, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón): 43,8%
    Comuna 11 (Villa Devoto, Villa del Parque, Villa Santa Rita, Villa Gral. Mitre): 40,9%
    Comuna 13 (Núñez, Belgrano y Colegiales): 39,8%
    Menor proporción: 
    Comuna 1 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, Monserrat, San Telmo, Constitución: 17,3%
  • SEPARADOS O DIVORCIADOS
    Promedio en la ciudad: 11,9%
    Mayor proporción: 
    Comuna 1 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, Monserrat, San Telmo, Constitución): 18%
    Menor proporción: 
    Comuna 9 (Parque Avellaneda, Liniers, Mataderos): 7,8%
  • VIUDOS
    Promedio en la ciudad: 7,4%
    Mayor proporción: 
    Comuna 1 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, Monserrat, San Telmo, Constitución): 9,9%
    Menor proporción: 
    Comuna 15 (Villa Ortúzar, Chacarita, Agronomía, Parque Chas, Paternal, Villa Crespo): 5,4%

Francisco Huisman / Reflexiones de un procrastinador serial

(Publicado en revista Brandoconexionbrando.com)

Esta es la historia de alguien que quiso ser cronista de viajes, narrador de aventuras, poeta de la experiencia y que postergó todo por actualizar su estado en Facebook, jugar a la viborita en el celular, abrir y cerrar la heladera cada tres minutos y esas cosas. Génesis y consecuencias de un mal tan difícil de pronunciar como de evitar: la procrastinación

Esta es una nota y, al mismo tiempo, una paradoja. Un día cualquiera pensé: debería escribir acerca de eso que me impide que haga otras cosas, entre ellas, escribir. La propuse. Aceptaron. Y ahí yace la paradoja. Si la están leyendo, pude terminarla. Si no, bueno, significa que quedé bastante mal con una editora -y amiga- y que continúo en esta vorágine desenfrenada de posponer cosas.

Retrocedamos un poco. Durante años, quise ser periodista y escribir crónicas en primera persona, con dedos como martillos sobre el teclado de mi computadora. Quise viajar y escribir sobre esos viajes; quise aventurarme en los límites y escribir sobre esos márgenes y sus marginales, esos pobres y esas fronteras. Quise escribir, presionado por factores ajenos: narcotráfico y narcotraficantes, una isla desierta, el frente de batalla, la falta de energía eléctrica, una gota de sudor que cae sobre el bloc de notas, un mono aullador que trepa mis espaldas. Quise, también, escribir mi experiencia haciendo diferentes cosas, la mayoría osadas, arriesgadas, intrépidas, y basta ya de adjetivos: no harían falta, la escritura sería puro presente, pura adrenalina y vértigo a lo bonzo. Una mezcla precisa y explosiva entre Julio Bazán, Indiana Jones y Nelson Castro.

Pero nunca hice nada de todo esto, porque estuve ocupado haciendo otras cosas: jugué a la viborita en el teléfono celular, actualicé una vez y después otra el estado de mi cuenta en Facebook y leí comentarios jocosos y cínicos en Twitter. Abrí diarios online y puse F5 hasta gastar la tecla esperando una catástrofe mundial, la muerte de algún contemporáneo, un gol de Independiente. Cociné y comí y lavé los platos. Después hice té, lo tomé y lavé la taza. Después comí una mandarina. Después pasé el trapo a la mesa. Después ordené mi ropa y actualicé el estado de Facebook: “Ordené la ropa”. Y puse un me gusta y otro me gusta. Y jugué al Angry Birds y al Bejeweled, y me sentí mal por eso y apagué la computadora. Acomodé los muebles de mi cuarto, regué las plantas, puse la radio, y decí que no tengo cable, que, si no, sería todo un continuum de chimentos-documentales-con-animalitos-y-los-videos-más-locos-del-mundo. Barrí -oh, barrer- y más tarde prendí la computadora otra vez. Y todo volvió a empezar.

Por todo esto, un día alguien me dijo que era un pajero. Y tuvo razón. Pero otra persona me dijo que eso, el constante aplazar y dejar para después lo que tenía que hacer ahora, era procrastinar, y que no era tan divertido como sonaba. Y ahí entendí todo: treinta años vividos, como podría haber dicho Arlt, con la prepotencia de la procrastinación.

Dejar para mañana

Para Google existen 320 mil resultados del verbo “procrastinar”. Y la Real Academia Española, aquella institución que dice qué palabras sí y cuáles no -y, sobre todo, cuáles no-, trae la definición de esta palabra, que suena tan rara, tan foránea, tan quebrada y rota de tantas erres en lugares equivocados. Del latín procrastinare: ‘diferir’, ‘aplazar’. Wikipedia arranca con una definición más orientada hacia la cuestión psicológica y alrededores: “Se trata de un trastorno del comportamiento que tiene su raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad (estrés). Este puede ser psicológico, físico o intelectual. El término se aplica comúnmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. El acto que se pospone puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquietante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido, es decir, estresante, por lo cual se autojustifica posponerlo a un futuro sine die idealizado, en que lo importante es supeditado a lo urgente”.

Word corrige procrastinación: pero el word corrige word, y a partir de allí todo es duda e incertidumbre.

Un consejo no se le niega a nadie

Uno de los primeros resultados que saltan a la vista en Google ante la búsqueda es el sitio www.procrastinacion.org, una página que lleva por subtítulo “el arte de la postergación” y que administra el español Ignacio Lirio desde 2009. Ignacio tiene 37 años y es un “pequeño empresario del sector editorial”. Vía mail, me cuenta que se interesó en el tema en 2003, mientras vivía en Estados Unidos y escuchó por primera vez esa palabra en inglés: procrastination. “Al desconocer la palabra -escribe-, busqué su definición, indagué sobre qué quería decir y tiré del hilo. A partir de ahí, descubrí un mundo con vida propia que estaba latente en nuestras sociedades actuales”.

Como todos, o casi todos, Ignacio procrastinó: “La sufrí, la sufro y, probablemente, la sufriré toda la vida. Pero el tema no es verse afectado o no por ella, ya que, en mayor o menor grado, todos nosotros la padecemos. Es como tener una enfermedad crónica, como ser asmático o celíaco. La clave consiste en no permitir que la procrastinación trunque o frustre, de manera severa, nuestro proyecto de vida”. Ajá. No suena tan complicado.

Ignacio afirma que, a pesar de que se escribió mucho sobre el tema, no existe un manual que sirva para dejar de procrastinar y que, a menos que tengamos una experiencia vital traumática, es muy difícil que se modifique este hábito. Gauchito, termina con una serie de consejos: “Por ejemplo, podemos tener hábitos de vida más saludables, empezando por algo fundamental como es hacer ejercicio al aire libre o llevar una dieta equilibrada. Después, es importante no verbalizar demasiado nuestros proyectos inacabados o recién iniciados: nuestro cerebro nos engañará y los imaginará acabados ya y, por lo tanto, postergará su implementación. Por otro lado, es bueno no trabajar a solas, ya que vivimos rodeados de todo tipo de distracciones que activan el proceso de evitar la realidad y, si no tenemos a nadie que nos acompañe (no hace falta que nos vigile o controle), podemos caer en una espiral de procrastinación”.

Hábitos de vida más saludables, ejercicio al aire libre, dieta equilibrada, no verbalizar, no trabajar a solas.Jajaja.

En terapia

La licenciada Any Krieger, miembro didacta de la Asociación de Psicoanalistas de Argentina, explica que la procrastinación es un término que se utiliza, sí, en el psicoanálisis. Y que es un término que delata un conflicto neurótico, y que es mucho más frecuente en el hombre que en la mujer. “Porque el hombre tiene una relación con el tiempo muy diferente de la que tiene la mujer. La relación del obsesivo con el tiempo es muy compleja, muy difícil, más imaginaria que real, en la que predomina, en el inconsciente, la idea de que la muerte no existe. El neurótico obsesivo, en general, duda justamente para no decidir nunca nada, porque cuando toma una decisión se angustia, porque allí se encuentra con la idea de la muerte”. Es la segunda vez que Krieger dice la palabra “muerte”: se escucha una fritura en el teléfono y me distraigo un segundo. “Este mecanismo, que sucede a diario -sigue-, es neurótico, porque lo que hace es que siempre esté parado en un mismo sitio, es decir que, en esa relación que tiene con el tiempo, la duda que se le interpone consigue que no avance”.

Estamos en dos ciudades diferentes, pero bajo el mismo frío. Krieger entra en el subte, la comunicación se entrecorta. Alcanzo a escuchar: “Obviamente que el psicólogo tiene que trabajar estas cuestiones con el paciente, para ayudarlo a que pueda encontrarse con la ejecución y la concreción de su deseo. En definitiva, todo esto ayuda a mortificar su deseo”. Después, el silencio.

Yo procrastino, tú procrastinas, él hace

Uno se da cuenta de que no hace nada de lo que debería hacer cuando mira en retrospectiva. Y, para eso, nada mejor que escribir un diario, y leerlo más tarde.

Empezar a escribir un diario no es difícil: yo empecé 32 veces. El último fue el que más tiempo duró, pequeños párrafos cada día, a lo largo de tres semanas. Fue en 2009, y hace poco lo volví a leer sólo para descubrir lo que ya sabía: que todo lo que pasa ya pasó alguna vez, que la vida es una sucesión de cosas más o menos parecidas, más o menos interesantes, y que la lucha verdadera -cuando no trabajás en relación de dependencia, cuando trabajás desde tu casa- es la que llevás adelante contra vos mismo, contra ese músculo veloz que abre otras pestañas en el navegador, que decide agarrar un libro nuevo justo antes de empezar a hacer algo útil, que te obliga a mirar por la ventana e intentar adivinar los autos que pasan allá afuera por el ruido que hace su motor. Ahí pasó una camioneta F-100, ahí un Citroën.

Hay un diario que, en realidad, es una novela que explica bien esta sensación que exprime los nervios. Se llama La novela luminosa, y la escribió un uruguayo que procrastinaba llamado Mario Levrero.

El diario-novela cuenta el lapso entre que Levrero ganó la Beca Guggenheim y llevó adelante el proyecto por el que la ganó: terminar de escribir su novela luminosa. Pero cuenta, sobre todo, su pelea diaria contra sí mismo, contra el impulso de jugar a la computadora, de trasnochar; su permanente autoboicot amoroso: “Estaba sentado en el sillón, el de repantigarse, después de la cena-almuerzo, y empecé a percibir una necesidad imperiosa de venir hasta la computadora y jugar juegos. Me dije: ‘No debo hacerlo. ¿Por qué tengo que hacer esas cosas?’, y traté de resistir. Entonces de golpe lo entendí, y dije ‘La puta que lo parió’, en voz alta, y me levanté del sillón y me vine a la computadora y jugué al Pipe Dream y después al Golf”.

Enseguida te sentís hermano de sangre y decís: “Me pasa lo mismo que a este tipo, qué grande”. Pero este tipo, cuando escribió eso, tenía más de 65 años y ya había escrito más de veinte libros: lo que tenía que hacer ya lo había hecho, y ahora está bien que juegue en la computadora y pierda el tiempo en lo que quiera. Y ahí aparece una de las verdades del procrastinador: “el problema no es procrastinar, el problema son los que hacen”. Los otros, como siempre, como el infierno de Sartre.

No está escrito

En lugar de seguir con lo mío y arengado por la cita de Levrero, voy a la biblioteca y busco otros ejemplos de procrastinadores seriales en la literatura -es una buena manera de procrastinar, esa: leer-. Reviso libros y los hojeo rápido, buscando algo que me haga recordar. No encuentro ningún caso. Como si este hábito no tuviese mucha épica, como si fuera mejor hacerse los distraídos y contar otras cosas más heroicas, memorables e importantes, los escritores, sí, justo ellos: altos procrastinadores.

Sin un resultado satisfactorio, voy al baño a jugar al sudoku y, como siempre, saltan las ideas (espíritu de baño, que le digo): ¿Bartleby procrastinaba? No, simplemente prefería no hacer lo que le pedían. ¿Ignatius J. Reilly procrastinaba? No, era un vago consuetudinario regido por una moral medieval que pensaba que el resto del mundo -necios, ellos- conjuraba en su contra, pero hacía lo que tenía que hacer. ¿Ismael procrastinaba? No, pero prefirió ir a la caza de una ballena blanca y mortal antes que asumir su homosexualidad. ¿Don Quijote procrastinó? Probablemente, durante años, y recién cuando perdió la chaveta, empezó a hacer, pero nunca lo sabremos. ¿Y Odiseo? ¿Alguien se anima a afirmar que su mítico viaje no fue otra cosa más que aplazar sus responsabilidades con Penélope?

Tal vez, la procrastinación, invisible en el artefacto literario -o escondida, o camuflada-, sea la madre de las grandes obras de la literatura universal.

Y, también, de pequeñas aventuras personales y cotidianas.

Dónde, cuándo, cómo

Hace tres años que vivo en un lugar donde se hace más difícil procrastinar, pero igual me las arreglo. El Bolsón es una ciudad que todavía es un pueblo, con mucha vida al aire libre y trabajos que no dejan margen para la distracción. Si el productor de frambuesas procrastina en primavera, no va a tener frutas en verano. Si el artesano procrastina en invierno, no va a tener artesanías para vender en la temporada. Si el cervecero, el mecánico, el médico, el policía y el bombero forestal procrastinan, el mundo -la ciudad, el pueblo- se cae a pedazos, como en una fábula de cigarras y hormigas.

Y, mientras tanto, uno, en su casa, escribiendo estas cosas, dejando para el pasado lo que se podría hacer mañana, y con la cabeza llena de preguntas: ¿se procrastinaba antes de internet, antes de las redes sociales? Todo ese arsenal de refranes relacionados con el dejar las cosas para después, o madrugar y recibir ayuda divina, ¿tienen que ver con un miedo atávico ante el no hacer nada productivo que venimos arrastrando desde que el ser humano decidió caminar erguido? ¿Debemos ser castigados los procrastinadores? ¿Podremos dejar de hacerlo alguna vez? ¿Se puede disfrutar de este estado que combina ocio, vagancia y altas dosis de culpa? ¿Quién me devolverá las horas perdidas? ¿El tiempo procrastinado será negociado?

Fin

El sabor de terminar algo no se compara con el sabor artificial de dedicarse a hacer otras cosas en el camino. Pero, para eso, muchas veces hace falta ayuda, como los consejos de Ignacio, o algo más a largo plazo, como dice Any Krieger. También sirve, como hizo la editora -y amiga-, poner algunos límites. “Te aviso, hijo del rigor, la nota es para el 11″, escribió en un chat. Con eso, esta vez, alcanzó.

* * *

Francisco Huisman es Redactor freelancer. Fue cnductor en Radio Goga (El Bolsón, provincia de Río Negro), Editor en llegas a buenos aires y trabajó en el área Comunicación en Multicanal. Estudió Ciencias de la Comunicación (UBA).

Diana Kordon / Mas sobre Carta Abierta: Sobre silencios y encubrimientos

(Publicado en Perfil, 15.9.2012)

El último documento de Carta Abierta se pronuncia por la reforma de la Constitución y su subtexto, casi manifiesto, se suma a la campaña para habilitar la re-reelección de Cristina Fernández de Kirchner.

Más allá de esta cuestión, me produjo profundo asombro el tratamiento con el que se abordan algunos problemas que, dolorosamente, han  atravesado la escena social en el último período. La tragedia de Once y las violaciones  actuales de derechos  humanos son consideradas como hechos lamentables, desdichados, accidentes o vulnerabilidades de derechos que, además de ocurrir en diferentes metrópolis  del mundo, desde la usina mediática tratarían  de  atribuir a  una supuesta Culpa Estatal.

Este planteo implica un punto de inflexión de sus autores: en otros  momentos hubieran considerado estos hechos como inaceptables y los hubieran denunciado como expresión  concentrada de una política oficial  enfrentada a las necesidades de las  grandes mayorías. Incluso se hubiera constituido en un obstáculo ético.

Las imágenes del 22 de febrero en Once se inscribieron en la memoria  colectiva como producto de un entramado de corrupción e impunidad, que había sido largamente denunciado por los trabajadores del ferrocarril Sarmiento y cuyos responsables fundamentales eran la empresa TBA, es decir el grupo Cirigliano, y el Gobierno  nacional.

Por otra parte, la aplicación de medidas de ajuste que se descargan sobre los sectores más desposeídos para paliar la crisis económica, ha profundizado los síntomas de malestar de diferentes actores sociales, que ocupan la escena  pública en demanda de sus derechos. El Gobierno responde  crecientemente con represión. En los dos últimos  años se produjo un salto cualitativo en la criminalización de la  protesta: 21 asesinados en conflictos  sociales, más de 4000 procesados, la  sanción de la ley antiterrorista, represión directa de múltiples expresiones de lucha, son marca de esta situación.

El traslado de más de 60 detenidos, incluidos niños, a Campo de Mayo, en un operativo en la Panamericana, dirigido personalmente por el subsecretario de Seguridad, tiene un valor simbólico insoslayable. ¿Acaso se puede ignorar el efecto sobre la subjetividad colectiva, y no sólo sobre los afectados directos, de la utilización como prisión colectiva, aunque fuera por unas pocas horas, del que fuera  uno de los grandes centros clandestinos de detención?

La combinación de silencio y enmascaramiento de las responsabilidades del Gobierno en estas situaciones por parte de los integrantes de Carta  Abierta, se explica por el papel de este nucleamiento en la construcción de mecanismos de control social. Sobre la base de una épica discursiva, se trata de inducir socialmente a que resulten lógicos y naturales un cuerpo de  ideas, un sistema de creencias, e incluso un modo de accionar, por parte del conjunto: estamos ante un momento refundacional de la Argentina, un momento instituyente que debe corresponderse con cambios constitucionales.

En sintonía con la narrativa oficial, Carta Abierta sostiene que este gobierno marca una nueva etapa igualitaria y esperanzadora. Instala la idea de “la  diferencia”, la hendija, la fisura, que el kirchnerismo habría abierto en una dirección progresiva acorde a las necesidades del país y de las mayorías  populares. Da por hechos cambios económicos-sociales profundos, sin  diferenciar anhelos de realidades. Y cada uno de los signos que indican que persiste la dependencia y la expoliación de las grandes corporaciones, que el grupo económico ligado al kirchnerismo crece agigantadamente, que la  brecha de la desigualdad se profundiza, serían tareas pendientes. Con un discurso ambiguo, desde el cual se  exime de demostrar la veracidad de sus afirmaciones, Carta Abierta atribuye al Gobierno un programa que no es el que éste plantea y que sería el que supone aún no concretado por los  obstáculos externos que se le oponen. Este posicionamiento tiende a generar un efecto ilusorio de expectativa, y a  construir consenso social favorable hacia la acción del oficialismo. Pero, por sobre todo, a reducir el despliegue de un proceso cuestionador y de prácticas sociales contestatarias por parte de los movimientos populares.

Los intelectuales agrupados por su afinidad con el Gobierno nacional, se dirigen a todos aquellos que, por historia o por perspectivas de futuro, se identifican con la necesidad de producir transformaciones en el sentido de lo democrático, lo nacional y lo popular.

Plantean un modelo binario, especular, con sólo dos posiciones posibles: por un lado el Gobierno y Cristina F. de K. en el liderazgo de un proceso transformador respecto del universo neoliberal, y por el otro la oposición  dirigida por la corporación  mediática: “ellos o nosotros”.

Con esa premisa, utilizada como  enunciado de verdad incuestionable, tanto los movimientos sociales como sectores de la oposición que nada tienen que ver con la derecha, quedan  ubicados en un lugar de subordinación  respecto de la agenda de “la corporación”. Serían arietes de esa derecha.

Esta maniobra de polarización produce un efecto de intimidación que funciona como una verdadera inducción al silencio, paralizante, por la  descolocación subjetiva que produce la posibilidad de que la crítica puede  identificarse con modelos de la derecha convencional.

Frente a esta inducción, sostener la  capacidad de pensar y accionar con autonomía se nos presenta como necesidad ineludible.

* * *

Diana Kordon nació en Argentina y es Médica Psiquiatra. Es una de las investigadoras y pensadoras más importantes de nuestro país sobre los efectos psicológicos y sociales de la última dictadura militar, la represión y la desaparición de personas en Argentina. Desde 1982 sus obras son estudios fundamentales e indispensables.

Sur, dictadura y después (con Lucila Edelman y Darío Lagos)
Trabajando en y con grupos. Vínculo y herramienta (con Lucila Edelman)
Efectos psicosociales de la represión política (con Eduardo Pavlovsky y otros)
Comienzos de análisis / Comienzos de analista (con Estela Chab)
Efectos psicológicos de la represión política (con Lucila Edelman y otros, 1982)
Desaparecidos: Efectos psicológicos de la represión (1983)
Por-venires de la memoria. Efectos psicológicos multigeneracionales de la represión de la dictadura: hijos de desaparecidos (con Lucila Edelman, 2007)
La impunidad. Una perspectiva psicosocial y clínica (con Lucila Edelman, Darío Lagos y Daniel Kersner, 1995)
Paisajes del dolor, senderos de esperanza (con Lucila Edelman, 2002)
Efectos psicológicos y psicosociales de la represión política y la impunidad. De la dictadura a la actualidad (con Lucila Edelman, Darío Lagos y Daniel Kersner, 2005)
Efectos psicosociales de la represión política. Sus secuelas en Alemania, Argentina y Uruguay (con Sylvia Berman y Lucila Edelman, 1994)
Desarrollos sobre grupalidad. Una perspectiva psicoanalítica (con Lucila Edelman y otros)

Diana Cohen Agrest / El debate por el nuevo Código Civil: Reproducción asistida, el triunfo del lobby

(Publicado en La Nación, 14.9.2012)

Si una de las banderas de la reforma del Código Penal es que quedan apenas “escombros” de lo que alguna vez fue un cuerpo sistemático, podemos continuar con la metáfora: el anteproyecto de reforma del Código Civil y Comercial nace ya cascoteado, pues propone la aplicación de un doble y hasta de un triple rasero, incompatibles entre sí. No se trata aquí de dictaminar el valor o el disvalor intrínseco de las prácticas a legislar, sino de señalar algunas de las aristas éticas no contempladas. Y, en particular, de denunciar asimetrías irreconciliables aunque mancomunadas por una presunta ampliación del derecho de familia, impulsada por un oportunismo político avalado por los lobbies y las corporaciones cuyos intereses se juegan en las innovaciones propuestas.

1. Asimetría en la determinación del “comienzo de existencia de la persona humana”. Mientras en las fecundaciones naturales la existencia “se inicia con la concepción en el seno materno”, cuando se recurre a las técnicas de reproducción asistida la existencia se inicia, en cambio, con “la implantación del embrión en la mujer”. Estos dos criterios, aunque conceptualmente incompatibles, habilitan la coexistencia jurídica de la prohibición vigente de la interrupción del embarazo (salvo las excepciones de riesgo de vida materna o violación) y de las prácticas existentes de los centros reproductivos.

2.Asimetría sociocultural. Desconociendo el proclamado modelo de inclusión social y redistribución de la riqueza, se profundizan las desigualdades cuando no se contemplan mecanismos de protección de un colectivo vulnerable integrado por las donantes de óvulos y las mujeres gestantes, sujetas a formas indirectas de coerción que, por lo general, erosionan su autonomía. En la mayoría de los casos, la presión económica hace de la compensación una forma de mercantilización de la maternidad, oculta tras una retórica que publicita como donación altruista lo que no es sino un negocio para los centros de reproducción: mientras que la compensación por viáticos a la donante de óvulos es de entre 500 y 3000 pesos, en otros países, por ejemplo en los Estados Unidos, se paga entre cinco y diez mil dólares, y se han llegado a ofrecer hasta cien mil dólares por el mismo servicio.

Afectando la capacidad de consentir y con el objetivo de reclutar donantes, las propuestas suelen minimizar los riesgos del procedimiento a causa del retaceo de la información. Esa capacidad puede ponerse en duda, cuando dichas mujeres parecen subestimar la diseminación de hijos genéticos que nunca conocerán. Desde un punto de vista macrosocial, parece desconocerse que se seleccionarán aquellas mujeres con rasgos físicos semejantes a los de sus futuros padres sociales, promoviendo una política eugenésica indirecta al privilegiar el nacimiento de determinados fenotipos en desmedro de la diversidad genética.

3. Asimetría intrageneracional en el derecho a la verdad entre los nacidos naturales, los nacidos por técnicas reproductivas y los hijos adoptivos. Mientras que en los nacimientos naturales el criterio de determinación de la filiación es la “verdad biológica”, en los nacimientos por fecundación artificial se privilegia la “voluntad procreacional” fundada en el deseo de ser padres sociales, sacrificándose la verdad biológica en cuanto los nacidos estarán sujetos a la regla del anonimato de los donantes. Este doble criterio implica que mientras para los nacidos naturales “se admiten toda clase de pruebas, incluidas las genéticas”, para probar la filiación (Art. 579), los hijos nacidos mediante técnicas de reproducción humana asistida no podrán reclamar vínculo filial a quienes aportaron el material genético sin voluntad procreacional, y sólo podrán conocer la identidad del donante “por razones debidamente fundadas” y por vía judicial. Este requisito es incongruente con la confección de la historia clínica: mientras lo primero que el médico averigua son los antecedentes familiares del paciente, los hijos nacidos por técnicas reproductivas sólo tendrán acceso a la “información relativa a datos médicos del donante” exclusivamente cuando haya “riesgo para la salud” (Art. 564) -puede aparecer recién a los 20 o 30 años de vida- y en el centro de salud interviniente (que para ese entonces puede ya haber desaparecido). Esta asimetría se explica porque si se reconoce el vínculo de filiación con el padre genético (aun cuando no se reconozcan derechos sucesorios), la oferta de donantes será nula: abrir el registro de donantes de gametos pondría en peligro el abastecimiento de los bancos (una vez más, los derechos sojuzgados por las leyes del mercado). Por añadidura, el anonimato inaugura el riesgo de consanguinidad: en la Argentina, aun cuando cada clínica de reproducción asistida guarde el registro con la información de sus donantes, los mismos pueden ser donantes en otras clínicas.

En acuerdo con la Convención sobre los Derechos del Niño, el anteproyecto contempla “el respeto por el derecho a la identidad” de los niños adoptivos, quienes pueden “acceder cuando lo requieran al expediente judicial y administrativo en el que se tramitó la adopción”, y gozan de un explícito “derecho a conocer los orígenes” (Art. 595). Sin embargo, violando el principio de igualdad ante la ley, se omite mencionar el derecho a la identidad en la regulación de los nacidos de donantes.

También se omite mencionar el “interés superior del niño” cuando no se evalúan los efectos traumáticos en el niño engendrado de esperma obtenido post mórtem, práctica contemplada en el anteproyecto. Y no hay analogía válida: una muerte imprevisible durante el embarazo no es homologable a una voluntad procreacional que no tiene reparos en gestar un hijo deliberadamente huérfano y valiéndose de una intervención siniestra.

4. Asimetría histórica en el derecho a la verdad. Mientras que en el reconocimiento del derecho a la identidad y a conocer la filiación celebramos cada chico restituido a su familia de origen por las Abuelas de Plaza de Mayo, los niños nacidos de donantes, en cambio, no gozarán naturalmente del acceso a la información sobre sus orígenes. Y lejos de intentar banalizar la expresión, lo cierto es que serán hijos de desaparecidos, para peor, voluntariamente. Y legitimados por un Estado democrático. ¿En qué se funda dicha asimetría cuando la experiencia internacional muestra que, tal como lo viven los hijos adoptivos, los nacidos de donantes desean conocer su origen, que de otro modo persistirá inaccesible a la elaboración simbólica? El deseo de conocer de dónde venimos es tan legítimo como independiente del estatuto que la ley haya impuesto al derecho de conocer la filiación.

Una vez sentadas estas asimetrías, ¿qué queda de la tan proclamada “armonía jurídica” y de la organicidad lógica de la normativa, cuando el anteproyecto comete una flagrante disociación de la identidad genética, gestacional y social a costa de su coherencia? Pero semejante arbitrariedad conceptual, habilitada por un forzamiento pragmático, no parece ser la respuesta a una necesidad de acompañar las innovaciones biotecnológicas con la ley. En El futuro de la naturaleza humana, el filósofo alemán Jürgen Habermas aspira a asentar la legalidad jurídico-política en la ética. Observa entonces que la reflexión filosófica debe cuestionar el reino de los hechos consumados y retroactivamente aceptados por el derecho; debe denunciar el apuro de los operadores que no resisten las presiones de la economía de mercado implicadas en la competencia neoliberal globalizada y debe alertar sobre el abandono de una sociedad igualitaria y justa.

Estos imperativos retratan las falencias del anteproyecto, que tras el modelo de la inclusión enmascara aquí, como en tantas otras políticas, una matriz neoliberal que borra con una mano lo escrito con la otra, desarticulando los mecanismos que garantizarían un ejercicio igualitario de los derechos. Su pragmatismo remeda la máxima de Groucho Marx que, por trillada, ya es un síntoma: “Estos son mis principios. Si no te gustan (o no te convienen, podríamos añadir como condición ad hoc), tengo otros”.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Ariel Torres / Un abrazo vale más que mil horas de chat

(Publicado en La Nación, 8.9.2012)

Subo al auto, lo pongo en marcha, el estéreo se enciende y el smartphone se pone en red con la radio mediante Bluetooth; empieza a sonar el mismo disco que cinco minutos antes estaba oyendo en el diario. Digo oyendo porque, en la Redacción, mi atención flota entre al menos cuatro mensajeros (Skype, Messenger, Google Talk y el Office Communicator), dos superpobladas cuentas de mail, varias decenas de pestañas de Firefox y mi querido Twitter. Esto, además del trabajo, desde luego.

Llegado al barrio, antes incluso de que el auto entre al garaje, el smartphone se pone en red con el Wi-Fi de la casa. Me doy cuenta porque caen varios mails en cascada y más mensajes de Whatsapp. Home wireless home .

Mientras desensillo, el teléfono descarga unas 10 actualizaciones para las aplicaciones instaladas. Obvio, llega más correo. Y el aparatito me avisa de que a varias personas les gustó una foto que tomé al llegar a casa y que subí a mi cuenta de Instagram ( instantorres ).

Antes de la comida, y tras despachar algo de asesoría sobre compra de ultrabooks y cámaras y resolver un problema con la PC de un amigo, he conseguido, ignoro cómo, aplacar la fiebre comunicativa. Pero la tele está demasiado aburrida, así que aprieto un botón en el control remoto y las 42 pulgadas de la pantalla se llenan con Twitter. Mucho mejor.

Así que no sería justo, me atrevo a decir que resultaría hilarante acusarme de ludita, de enemigo de la tecnología. Todo lo contrario.

Pero no alcanza.

Lejos es lejos esta noche

He oído y hasta intervenido, vanamente, en mil debates acerca de si la tecnología ayuda a acortar las distancias cuando tus seres queridos están en el extranjero.

La respuesta es que sí, cómo no. El chat y la videoconferencia hacen que las separaciones sean más llevaderas. Súmele el mail. Whatsapp y Nimbuzz. Los SMS. Facebook, Google Plus, Twitter. Foursquare. Caramba, comparado con lo que vivió mi abuelo Manuel cuando emigró de su Galicia natal a la incomprensible Buenos Aires, es el paraíso. Un siglo atrás ni teléfono había.

Es cierto. Pero una separación sigue siendo una separación, por mucha electrónica que pongamos en medio. Porque no somos avatares evanescentes. Porque el cuerpo es el lenguaje del alma. Porque es desesperante, de ninguna manera un alivio, que la persona que amás se vaya volviendo cada día un poco más bidimensional en la pantalla.

Está bien chatear, es una enorme ayuda, no me quejo, pero no es suficiente. Porque las máquinas sólo pueden mostrar una proyección que se parece a la de la memoria, y el único amor que se recuerda es el amor perdido.

Hasta la antigua llamada de voz es preferible, mire. Porque las imágenes no tienen peso, porque el espacio sigue vacío, porque es abrumador que alguien esté ahí y al mismo tiempo no esté. Porque desde Tántalo para acá no hay nada más inalcanzable que aquello que sólo se puede observar.

Cuando la separación traspasa el aceptable límite del par de semanas, el cuerpo abandona el silencio y dice: “Necesito un abrazo”.

No lo dice. Lo brama.

Esa necesidad no se cura con nada. Excepto con un abrazo. No es hablar. No es verse. El abrazo es la instancia más profunda de la presencia humana, la más ciega, la más salvaje y última, la que trasciende incluso los instintos, y cuyo lenguaje es el único que el alma comprende.

Nuestras mentes (y hasta el cambiante corazón) intercambian palabras. Esculpen gestos, diseñan miradas. Está muy bien. Pero las almas hablan por medio del abrazo, ése es su discurso. No hay emoticón que valga. No hay chat que te devuelva esa experiencia que está más allá de toda posible elocución. Que es inefable. Y es inefable porque, tal vez, arrastra consigo algo del misterioso abrazo de nueve meses del que provenimos.

El abrazo es pura anagnórisis, es decir, reconocimiento. Y es infalible. Los desafío. Es imposible equivocarse. La vista se engaña, los perfumes faltan a la verdad, pero los abrazos son certeros. Siempre.

Créame, no habrá 3D que valga. No habrá holograma suficiente. Quizá llegue el día en que podamos conectarnos a una suerte de Matrix que nos permita reunirnos con nuestros seres queridos en un abrazo virtual sin que la conciencia note diferencia alguna.

Pero el alma la notará.

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Ariel Torres nació el 21 de octubre de 1960 en Buenos Aires. Se desempeña desde 1994 como columnista y editor del suplemento de Informática del diario La Nación. Algunas de sus notas fueron publicadas bajo el seudónimo de Eduardo Dahl. Publicó el libro Bit Bang. Viaje al interior de la revolución digital (2009).

Axel Rivas / Huellas de la desintegración social

(Publicado en La Nación, 2.9.2012)

El pasaje de la escuela pública a la privada fue una constante entre 2003 y 2009. La mayor causa es el surco de las desigualdades. Entre 1975 y 2003 la Argentina aumentó las brechas de ingresos como ningún otro país de América latina. Al mismo tiempo creció -mucho más en democracia- el acceso a la escuela. La consecuencia fue una intensa segregación del sistema educativo. Los sectores medios huyeron a la escuela privada, esquivando a los pobres que entraban en la pública.

El crecimiento económico desde 2003 hizo que muchas familias tengan recursos y opten por la escuela privada, como parte de ese patrón de separación entre sectores sociales. La escuela pública perdió (salvo en ciertas localidades) su eje de integración social. Cada escuela se aisló en un imaginario social, reduccionista, segregatorio, endogámico. Tal como ocurrió con la sociedad: cada uno protegiéndose de los demás, perdiendo los lazos comunes, buscando la distinción, la “salvación”.

El declive de la escuela pública fue parte de este proceso, que se expresó tanto en el magro salario docente de los años 80 y 90 como en el desánimo por tener que contener a los derrotados de un modelo de exclusión social. La degradación del eje pedagógico hizo de la escuela pública un espacio cada vez más evitado por aquellos que tenían recursos materiales o simbólicos para refugiarse en las privadas, que también se hicieron más heterogéneas socialmente.

Esta búsqueda de distinción no estuvo basada en la calidad educativa. Incluso las pruebas PISA demuestran que, controlando las variables externas a las escuelas, las públicas y privadas tienen los mismos resultados en la Argentina. Lo que llevó a la elección de las privadas fue más la necesidad de unirse en colectivos de pertenencia social compartida.

El ausentismo y los paros docentes -que sugestivamente se realizan en las escuelas públicas pero no en las privadas, pese a que ambas se benefician de las mejoras salariales- también dejaron su huella como causa del pasaje. Esto incluso comienza a ser debatido seriamente en la actualidad.

La buena noticia para quienes pensamos en la escuela pública como un bastión a recuperar es que el pasaje se frenó en 2010. El impacto de Conectar Igualdad y un incipiente rescate de las políticas pedagógicas -en el currículum, la capacitación, la supervisión y la evaluación- comienzan a sentirse en las escuelas.

La mejora de la inversión educativa y de los salarios docentes cimentaron estas condiciones. Pero no basta con estas fuerzas para recomponer lo desarticulado. Es imperioso volcar las prioridades en las capacidades docentes para fortalecer la escuela pública. Y dar las necesarias batallas por la distribución de la riqueza, verdadera base de un sistema educativo más justo.

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Axel Rivas (en www.tedxriodelaplata.org)

Es un defensor de la educación pública como vehículo de justicia social y desde hace 15 años trabaja para reducir las inmensas desigualdades educativas en América Latina y en el federalismo argentino. Desde 2002 es Director del Programa de Educación de CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento), una organización sin fines de lucro dedicada a mejorar el funcionamiento del Estado.

Está a punto de doctorarse en Ciencias Sociales en la Universidad de Buenos Aires (UBA), luego de pasar un año en el Instituto de Educación de la Universidad de Londres. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación de la UBA y Máster en Ciencias Sociales y Educación de FLACSO-Argentina.

Es profesor de materias de política educativa en las Universidades de San Andrés, Di Tella, FLACSO, Alberto Hurtado de Chile y Pedagógica de la Provincia de Buenos Aires y desde hace más de 10 años es docente de Sociología de la Educación en la UBA.

Publicó seis libros y decenas de artículos sobre política comparada de la educación. Ganó el Concurso Anual de la Academia Nacional de Educación 2009, entre otros premios por su trayectoria en la investigación educativa.

Coordinó diversas iniciativas de investigación, monitoreo y asistencia técnica para la mejora educativa en la mayoría de las provincias argentinas. Una muestra de su trabajo cotidiano puede verse en el blog Nexos, que resume un proyecto de más de cinco años para transformar la política educativa en pos de la justicia distributiva: http://nexos.cippec.org

Raquel San Martín / Fuga a la escuela privada en la era K

(Publicado en La Nación, 2.9.2012)

El discurso oficial de recuperación de la educación pública se ve cuestionado por las cifras: de todos los alumnos que se incorporaron a la educación privada desde 1994, el 60% lo hizo en el período kirchnerista. Por qué, pese al abultado presupuesto, los padres cambian guardapolvos por uniformes para sus hijos

De escalera al futuro a espacio de supervivencia, de escenario de la diversidad social a un lugar donde todos se parecen, la escuela pública en la Argentina sufrió en la última década el deterioro del que es más difícil salir: la percepción negativa -o, al menos, preocupada- de buena parte de la sociedad, que en números crecientes busca refugio en la educación privada para sus hijos.

En efecto, aunque se suele adjudicar al neoliberalismo menemista la destrucción de la escuela pública, y a la era kirchnerista la recuperación de la educación estatal, el fenómeno de los alumnos que migran a la educación privada se aceleró durante los años de gobierno K. De los 850.000 nuevos alumnos incorporados a la educación privada entre 1994 y 2010 en el país, el 60% pasó después de 2003. Según muestra un trabajo de Mariano Narodowski -ex ministro de Educación porteño- y Mauro Moschetti, ambos investigadores de la Universidad Torcuato Di Tella, sobre la base de datos oficiales, entre 2003 y 2010, tiempo de gobiernos kirchneristas, aumento presupuestario para educación, entrega de netbooks y mejoras en la infraestructura escolar, esta “fuga” a las escuelas privadas se triplicó con respecto a los años 90: pasó del 7% que había mostrado entre 1994 y 1999 al 20,7% entre 2003 y 2010.

Este tránsito a las escuelas privadas -particularmente por parte de familias de clase media baja, que prefieren pagar una cuota accesible en escuelas parroquiales o privadas más económicas en lugar de mandar a sus hijos a la escuela pública de sus barrios- pone en evidencia un debate nunca profundizado: por qué el aumento de recursos para educación dispuesto desde 2003 y las leyes educativas modernizadoras de este gobierno no han logrado impactar en la vida de las escuelas ni reducir las desigualdades educativas.

Al cambiar el guardapolvo por el uniforme, los padres no buscan tanto que sus hijos aprendan mejor matemática o inglés, sino que lo hagan en días de clase que no se interrumpan por paros o ausencias docentes, con disciplina y mayor atención a cada chico, en instalaciones con gas y sin problemas. Significa, en otras palabras, escapar de una escuela pública que se percibe sin orden ni demasiado control, más insegura, que en los contextos más pobres deja entrar la violencia y la amenaza de la droga, y que no asegura el aprendizaje. Que la escuela pública aparezca hoy como centro de disputas entre adoctrinamiento político o participación, entre parodia o libre expresión, no hace mucho para cambiar esas percepciones.

“Durante un tiempo, los que se pudieron ir de la escuela estatal se fueron; ahora, es cada vez menos una opción para ingresar en el sistema”, apunta a La Nacion Gustavo Iaies, director del Centro de Estudios en Políticas Públicas (CEPP) y aporta una cifra: en 2003, el 22,5% de los chicos empezaba primer grado en una escuela privada; el año pasado, lo hizo el 38,9%. “La educación es más que entregar computadoras y dar inglés. Es saber que todos los días alguien recibe a los chicos, que tienen clases, que las escuelas funcionan. En los sectores más pobres, las escuelas privadas tienen un nivel de orden que las familias necesitan”, dice.

La mirada tiene su parte de injusticia, claro: ni todas las escuelas públicas responden a este retrato, ni todas las privadas garantizan lo contrario. Pero la existencia de esta idea, que está instalada, es una señal de alarma: el lazo de lealtad que unía a la clase media y la escuela pública está roto, y por la peor de las razones: la desconfianza.

Según datos del Ministerio de Educación, en 2003, el 74,9% de los alumnos asistía a escuelas públicas; en 2006, lo hacía el 73,2%, y en 2010, el número se había reducido al 72%. Si se mira sólo la matrícula de las escuelas primarias, el descenso es más abrupto: del 79,4% en 2003 pasó al 78,6% en 2006 y al 75,1% en 2010.

Las escuelas privadas más demandadas son las que tienen cuotas más reducidas, en zonas de clase media y media baja, en el conurbano. No son pocas: aunque las casi 11.600 escuelas privadas del país tienen un abanico de cuotas que va desde 20 a 5000 pesos por mes, casi el 40% de ellas cobra menos de 500 pesos.

Palabra de los padres

La idea se confirma en las escuelas. En el Sagrado Corazón, en el centro de San Martín -de jardín a secundaria- no dejan de llegar alumnos de escuelas públicas. “Es gente que con esfuerzo prefiere mandar a sus hijos a un privado para que tengan continuidad de clases y apuestan a la educación como lo único que pueden dejarles”, señala Mónica Pérez, directora del nivel primario, donde asisten 412 alumnos que pagan unos 270 pesos por mes.

Lo mismo sucede en el Colegio Sarmiento, de Ramos Mejía, un secundario de dimensiones pequeñas y cuota accesible (400 pesos), donde en los últimos tres años han recibido incluso grupos de estudiantes de escuelas públicas de la zona. “La cuota es de las menos caras, pero a la vez los padres vienen buscando una mejor educación en términos generales, que incluya disciplina, un trato más personalizado, días de clase que se cumplen”, apunta el director, Sergio Laurenza.

En Mataderos, el Colegio Evangélico Nueva Chicago recibe a muchos padres que, al cambiar allí a sus hijos, “mencionan el ambiente y la violencia en las escuelas estatales, y dicen que buscan una mirada más atenta del docente. Otros notan, en conversaciones con familiares y amigos, que hay diferencias en el aprendizaje de sus hijos”, explica Aimy González, la directora de la escuela, con 270 alumnos -algunos del conurbano, otros de Ciudad Oculta, dice- y una cuota de 590 pesos. “Somos la única escuela con este régimen en la zona. Son 8 horas en la escuela y eso es muy valorado”, afirma.

También piensan en ampliaciones en el colegio San Martín de Porres, cercano a un barrio muy humilde en San Martín. Abarca desde jardín maternal a secundaria, e incluye primario y secundario de adultos. La cuota cuesta 70 pesos por mes. “Cada nivel se fue abriendo para responder a una necesidad del barrio. No creo que nos elijan en desmedro de las estatales. Estamos todas a disposición. Aquí llegan, a veces, cuando no hay vacantes en las estatales más cercanas, aunque es cierto que nos reconocen porque trabajamos bien desde lo pedagógico y seguimos de cerca a los alumnos”, apunta la directora del primario, Graciela Ibieta.

No es fácil ampliarse. Para las escuelas privadas -un universo heterogéneo y algo opaco para los padres que deben tomar decisiones-, hacer frente a la demanda creciente no es fácil. “Hay zonas en la que ya no puede crecer la oferta. En Capital o Gran Buenos Aires, poner una escuela privada nueva, a los valores de terrenos, es prácticamente imposible. Sí se puede ampliar un edificio, pero es prohibitivo comprar terrenos”, apunta Andrés Sirotzky, director de la consultora Redes, que trabaja con colegios privados.

Esta sensación de orden se contrapone a la incertidumbre que generan muchas escuelas públicas. “En estos años la plata se fue en salarios, libros y edificios, pero hay un problema de clima escolar”, apunta Iaies. Se refiere, por ejemplo, a la dificultad de que en las escuelas públicas se generen equipos de trabajo estables en el tiempo. El Observatorio de la Educación Básica, integrado por el CEPP y la UBA, realizó una encuesta en directivos y docentes de 550 escuelas de todo el país. Mientras que en las primarias estatales el 50% de los directores tiene 5 años o menos de antigüedad, en el sector privado el 51% cuenta 16 años o más en el cargo, y mientras el 62% de los docentes estatales están en su cargo hace 5 años o menos, está en esa situación el 42% de los privados.

La calidad educativa en las escuelas públicas, al parecer, ya no es un producto del sistema, sino el logro institucional de algunos colegios, por propio impulso. Y la mayoría de los mejores no están en las zonas más desfavorecidas. Así, en la Argentina desigual la situación se da vuelta: si para un sector de la clase media, elegir una escuela pública -”una buena”, se suele aclarar-, puede ser un signo de progresismo que se remarca en público, para los que hacen esfuerzos para no caer del sistema, la escuela privada puede ser la diferencia entre “salvar” a un hijo o condenarlo al descenso social.

Hay quienes sostienen, sin embargo, que este pasaje de alumnos es, al revés, un efecto del crecimiento económico. “Lo que explica el crecimiento de la educación privada es la mejor capacidad de consumo de los sectores medios. Cuando el ingreso de los sectores medios y medios bajos mejora, eso se destina a alimentación y educación”, dice el senador oficialista Daniel Filmus, ex ministro de Educación. Si se creyera que la educación pública es buena, ¿no se la elegiría aún con capacidad de pago? “Cuando se elige una escuela privada porque se cree que allí hay mejor calidad educativa, hay una cuestión cultural que va a costar cambiar. Con las políticas de inversión, netbooks o infraestructura se trabaja para modificar eso.”

Algo parecido opinan en el gobierno porteño. En la ciudad de Buenos Aires, las cifras de matriculación en escuelas estatales muestran que, tras caer sostenidamente desde 2003 a 2008 -de 335.240 chicos a 312.192 para todos los niveles-, en ese año comenzó una recuperación. “Tiene que ver con la política de trabajo de más oferta en el nivel inicial, idioma inglés obligatorio, y el Plan Sarmiento de reparto de computadoras con un plan pedagógico que las acompaña. Esas políticas instalan en el imaginario de los papás que la escuela pública no está en inferioridad de condiciones”, dice Silvia Montoya, directora general de Evaluación de la calidad educativa del Ministerio de Educación porteño.

La distinción público-privado, sin embargo, también puede ser engañosa. “No sólo hay segregación dentro del sector privado, en función de las cuotas, sino dentro del sector público. Se ha vuelto natural que los supervisores sepan que en un distrito hay escuelas estatales buenas, otras donde van los repitentes, otras pobres. Eso, en un contexto de fragmentación social y sin políticas para contrarrestar las prácticas de selección que hay en escuelas públicas y privadas”, dice Cecilia Veleda, codirectora del Programa de Educación de Cippec y autora del libro La segregación educativa (La Crujía).

En el libro, recogió las representaciones de padres de clase media sobre la escuela en zonas del conurbano. “Encontré una abierta preferencia por el sector privado, pero con diferentes fundamentaciones. En la clase media baja, se cree que garantiza las condiciones básicas de escolarización, asegura buen trato y cuidado de los chicos, y los preserva del contacto con las familias más pauperizadas -dice-. En la clase media media, además, aparece una afinidad cultural con el resto de los padres. Y en la clase media alta, se habla de ‘calidad educativa’, que en general equivale a un buen nivel de inglés.”

Desconfiar del Estado

Al tratar de explicar por qué, en diez años, las políticas oficiales no parecen estar impactando en las percepciones sobre las aulas, se cita una crisis de confianza más general en la eficiencia del Estado, que pasó por los hospitales y la seguridad para desembocar en el último bastión de la Argentina de la movilidad social: la escuela. “La crisis de 2001 generó una gran fractura que rompió los lazos sociales y que no fue contrarrestada por el crecimiento económico, sobre todo en los contextos más complejos”, agrega Veleda. “A pesar de todas las políticas valiosas de estos años, la deuda de la calidad educativa sigue presente. Hacen falta políticas más incisivas, como mejorar el sistema de evaluación, los concursos de acceso a los cargos jerárquicos en las escuelas, la formación de docentes.”

Esta división en escuelas cada vez más iguales tiene consecuencias. “Si la educación pública no es un espacio clave para el encuentro entre sectores sociales, se reducen proporcionalmente las posibilidades de garantizar ciertos niveles de integración social”, advierte Veleda, y apunta otro efecto: “Los países con más diversidad social logran mejores resultados educativos. Los alumnos también aprenden del grupo. Cuando hay más homogeneidad social en un aula, los chicos más desfavorecidos se perjudican ampliamente.”

Según apunta el ex ministro de Educación Juan Llach, “aun dentro del sector estatal hay diferencias abismales entre escuelas. En la prueba PISA, la Argentina resultó ser el país -entre 67- en el que las diferencias de aprendizajes de los alumnos están más determinadas por las desigualdades entre escuelas. Hay una inexplicable resistencia de las autoridades educativas a dar real prioridad a las zonas que más lo necesitan”.

Mientras tanto, si usted, como muchos argentinos, cree que la educación en el país es mala, pero la que recibe su hijo es muy buena, piense otra vez. Creer que en la Argentina un chico se salva por ir a la escuela privada puede ser un error. Nadie se salva en un país fragmentado y con puentes rotos para cruzar a un lugar mejor.

EN CIFRAS

Menos guardapolvos

En los últimos diez años, descendió el porcentaje de chicos en las escuelas públicas, una disminución aún más pronunciada en el nivel primario. Más de un cuarto de los alumnos argentinos va a una escuela privada.

2003: 74, 9%
en 2006: 73,2%
2010: 72%

MAS UNIFORMES

Las cifras de crecimiento de la cantidad de alumnos en escuelas privadas muestran que durante los años de gobiernos kirchneristas la matrícula creció a una tasa tres veces mayor que en los años 90.

1994/1999: 7,3 %
1999/2001: 7%
2001/2003: 0,9%
2003/2010: 20, 7

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Raquel San Martín es Magíster en Periodismo y Sociedades de la Información (Universidad Autónoma de Barcelona),
Diplomada en Antropología social y Cultural por FLACSO, con una maestría en esa área actualmente en curso y Licenciada en Periodismo con Diploma de Honor (Universidad del Salvador). Es Profesora de la Licenciatura en Comunicación Periodística y Miembro del Consejo Asesor (Universidad Católica Argentina). Materias que dicta: Introducción al Periodismo y Redacción Periodística.

Investigación / Actividades profesionales y creativas:

  • En el campo profesional es, actualmente, tercera editora y redactora a cargo de temas universitarios y educativos en el diario La Nación, Sección Cultura, y responsable de suplementos especiales sobre educación.
  • Realiza reseñas bibliográficas sobre ensayos de ciencias sociales, arte, filosofía y antropología.
  • Tuvo a su cargo la redacción de notas y edición del suplemento Empleos, en el mismo diario, y realizó informes especiales y notas sobre temas de publicidad y marketing para la revista Mercado.
  • Coordinó la investigación periodística para el libro “Campo Santo” de Fernando Almirón (Editorial 21, abril 1999).

Publicaciones:

La idea del lector en los periodistas: ¿ciudadano, consumidor o fuente de demandas?. Colección Investigación ICOS N° 4, Educa, Buenos Aires, 2008.

Periodismo en los márgenes. Qué piensan los periodistas sobre su trabajo y sus lectores, en: Foro de Periodismo Argentino (comp.), Periodismo de calidad: debates y desafíos, La Crujía, Buenos Aires, 2007.

Periodistas argentinos critican su trabajo, en: Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación, Nro. 97, marzo 2007, CIESPAL, Quito, Ecuador.

La dimensión política del periodismo: una garantía para la democracia, en: Revista Question, Nro. 11, invierno 2006, Facultad de Periodismo y Comunicación Social, Universidad Nacional de La Plata.

Medios y universidad: la recuperación de la presencia pública, Ensayo en: Rol de la universidad en época de crisis (compilación de exposiciones de panelistas), Universidad Nacional de Tucumán, diciembre de 2002.

Ben X (2007)

Ben X (2007) es una película coproducida por Bélgica y Holanda. Está dirigida por Nic Balthazar y basada en su propio libro Nothing was all he said (Nada fue todo lo que él dijo).

El título de la película alude a la frase en holandés “(ik) ben niks”, que significa “(yo) no soy nada”.

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Ben es un adolescente distinto. Asiste a la escuela como cualquier otro chico, pero no se relaciona casi con ninguno de sus compañeros. Es muy callado también con su madre y su hermano. Pero Ben sufre de acoso escolar, bullying, es hostigado y ridiculizado, lo cual acentúa su ensimismamiento. Y no tiene manera de defenderse.

Su única comunicación es a través del Archlord, un MMORPG (Massively multiplayer online role-playing game, juego de video on line para múltiples jugadores con actuaciones de rol). Ha llegado a un nivel altísimo en ese juego y allí interactúa con Scarlite, una chica que es la única que ha llegado también a ese nivel.

Scarlite un día decide encontrarse con Ben en la estación del tren.

Ben percibe una realidad donde se mezclan visiones de lo que hace en el Archlord, lo que le dice su madre, sensaciones de miedo y sobresalto, ruidos, las agresiones de dos de sus compañeros y sus pensamientos.

La manera en que el director ha sabido llevar al lenguaje cinematográfico esta historia es fascinante, aunque suene raro decir “fascinante” de algo tan cruel como lo que vive Ben. (Un detalle: suceden cosas hasta diez segundos antes de terminar el film)

Esta fue la segunda vez que la vi. Y me sigue pareciendo excelente, subyugante, crítica, impactante.

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Actúan Greg Timmermans (Ben), Marijke Pinoy (la madre), Cesar De Sutter (Jonas), Bavo Smets (Ben a los 6 años), Laura Verlinden (Scarlite), Tom van Bragt (Ben a los 12 años), Rebecca Lenaerts (maestra), Maarten Claeyssens (Desmet), Titus De Voogdt (Bogaert), Pol Goossen (el padre).

Josefina Hagelstrom / La mitad de los alumnos de 15 años no entiende lo que lee

(Publicado en Perfil, 11.8.2012)

ARGENTINOS, ENTRE LOS PEORES DE LATINOAMÉRICA

La mitad de los alumnos de 15 años no entiende lo que lee

Así lo determina el último informe PISA. Expertos de México, Chile y Colombia explican cómo ellos lograron mejorar.

Para muchos, leer es un placer. Pero para otros, cuesta y mucho. En Argentina, la mitad de los chicos de quince años que asisten a la escuela no comprenden los textos. El dato se desprende del último informe PISA, donde el número alcanza el 52%. El mismo estudio dice que México, Colombia y Chile mejoraron sus resultados, mientras que Argentina se estancó.

Algunos docentes creen que hay una actitud pasiva de los alumnos frente al texto. “Leer implica la capacidad de lograr la representación mental de las palabras que no es posible si se lee con la cabeza en otro lado”, analiza Viviana Favero, docente de Historia. Para ella, otro problema es que los chicos “pretenden una comprensión instantánea de los temas y respuestas ya “masticadas” antes que sacar conclusiones”, agrega.

Según María Laura Oliva, de la Fundación Leer, hacer inferencias es algo propio de un lector experto, y para llegar a serlo hay que seguir ciertas “estrategias lectoras” como establecer objetivos de lectura, interactuar con el texto y anticiparse al escrito para encontrar aquello que está implícito.

Los especialistas coinciden en que el problema de la falta de lectura en los chicos se extiende a los adultos, que en muchos casos leen poco, o directamente no leen. Por eso, es importante fortalecer el vínculo con los textos en todas las materias, no solo en lengua.

Desde el Ministerio de Educación de la Nación apuestan a que las instituciones y los docentes promuevan esas lecturas. “La conversación sobre lo leído es clave para que los chicos comprendan”, asegura Marina Cortés, consultora del área de Lengua. La provincia de Buenos Aires, por su parte, tiene un programa, “Mi biblioteca personal”, que entrega dos libros de cuentos a alumnos de escuelas públicas y especiales.

En ese contexto, un grupo de especialistas debatirá en los próximos días en el marco del IV Foro por la Calidad Educativa organizado por la asociación Educar 2050. “Vamos a pensar cómo mejorar los rendimientos de los chicos”, dice su director Manuel Alvarez Trongé.

“La comprensión de lectura es una capacidad crucial para la vida, si comprendes lo que lees puedes seguir aprendiendo más allá de la escuela, forjando tu criterio y aprovechando las oportunidades para expresarte”, dice a PERFIL David Calderón, director ejecutivo de la organización educativa Mexicanos Primero. Para él, la alfabetización en países de la región ha tenido parámetros bajos, pero existe una conciencia por modificarlo. “En México, implementaron el Programa Nacional de Lectura, basado en el interés y el gozo por leer y se armaron bibliotecas de aula”, sostiene. También incentivaron la lectura libre dentro de la jornada escolar. Analizando el caso de Argentina, Calderón considera que los bajos rendimientos están ligados al “desánimo de los propios jóvenes a un esquema repetitivo y con poco aprecio por sus inquietudes”.

En Chile este año se realizó una campaña de fomento de lectura para que las familias lean con sus hijos, según explica Matías Reeves, director de Educación 2020. “Una de las claves es lograr una mayor cobertura escolar, porque si las familias tienen mayor nivel educativo, los resultados son positivos”, sostiene.

En la misma línea se muestra Cecilia María Vélez, ex ministra de Educación colombiana, quien explica que en su país la clave fue la comunicación con los docentes, para que cada uno pudiera “transformar las prácticas pedagógicas dentro de las instituciones”.

Artemio López / Adicciones: ocultamiento y banalización

(Publicado en Perfil, 2.6.2012)

Un muy interesante informe reciente de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar) reveló que el abuso de alcohol entre jóvenes de 13 a 17 se duplicó en la última década. Y que entre las mujeres la cifra es más alarmante: ahora se triplicó y ya casi alcanza el nivel de los varones.

Señala el matutino Clarín, basado en dicho informe, que “ los datos son oficiales y corresponden a la Quinta Encuesta Nacional a Estudiantes de Enseñanza Media que se hizo en 2011, un seguimiento que se realizó sobre una muestra representativa de alumnos de 13, 15 y 17 años de todo el país.

En total respondieron 90.450 estudiantes (entre ellos 13.840 de la Provincia y 3.560 de Capital) y el resultado más amplio delata que las sustancias de mayor consumo a esa edad son el alcohol y el tabaco. La primera es la sustancia psicoactiva de mayor consumo y la que presenta la edad de inicio más baja: en promedio empiezan a los 13.

Conocer qué es lo que efectivamente sucede es un primer gran paso comunitario, puesto que una de las cuestiones a resolver para encarar cualquier política pública de prevención de adicciones entre los jóvenes es detectar, analizar e informar sobre cuáles son las principales sustancias que introducen a los niños, adolescentes y jóvenes en el normalmente sin retorno camino de las adicciones.

En este sentido, la derecha política dura señala al paco como “amenaza mortal” para los chicos a fin de estigmatizar a los pobres e indigentes, consumidores de esa sustancia, omitiendo de paso que el principal inductor a las adicciones a partir de 2008 es el alcohol en general, y la cerveza en particular, como se muestra en el gráfico que acompaña esta columna, perteneciente a la excelente información estadística disponible en la Secretaría de Adicciones de Buenos Aires.

Sin embargo, de la cerveza nadie habla como gran inductora de adicciones juveniles. En los medios silenzio stampa, a lo sumo se indica el genérico “alcohol” como sustancia. ¿Por qué? Por la pauta de las cerveceras, el gran negocio que se mueve detrás de ellas, multimillonario en dólares que explícitamente impide hablar y, aun peor, asocia la cerveza a la diversión, el sexo exitoso, el rock and roll.

Lo mismo sucede, en otra escala comercial, con los que sin tener la más mínima idea de lo que significa en términos de problemática comunitaria juvenil el consumo de marihuana promueven su banalización bajo eslóganes discutibles, confundiendo gravemente la esfera personal (libre de toda libertad) y la social (impersonal y sujeta a controles y reglas estrictas, mejor muy estrictas).

Al respecto, observamos en el gráfico inicial que hasta el año 2008 estadísticamente la marihuana es la segunda sustancia –casi compartiendo el 33% de la población de adictos– en el inicio del camino a la adicción de nuestros jóvenes verdaderamente jóvenes que se encuentran bajo tratamiento en la Secretaría de Adicciones Bonaerense, o sea, una dependencia pública de gran despliegue territorial que garantiza la representatividad estadística de la muestra y, entonces, la incidencia de la sustancia, una megamuestra.

Sin embargo, no a nivel personal, que es una esfera en la que nadie debe ingresar y menos juzgar, sino como discurso producido y reproducido socialmente, se insiste en asociar el consumo de marihuana con una especie de gesto libertario, transgresor, tolerante de lo diverso y demás adjetivos, inscriptos en una “cultura cannábica” cuya vastedad se nos escapa por tratarse de un mar de vaguedades.

Estos exóticos emisores se comportan igual que las cerveceras, banalizando sustancias que socialmente, en escala de millones,  son muy complejas de administrar y para el aparato de Estado nacional, provincial y municipal realmente existente, tarea imposible.
*Director Consultora Equis.

Matilde Sánchez / Viaje a la isla de la demencia

(Publicado en Revista Ñ, 10.4.2012)

San Servolo, un histórico manicomio de la laguna veneciana, contiene casi 40 mil historias clínicas y es uno de los mayores archivos de psiquiatría del mundo. Son los retratos de la locura.

A pocas cuadras de San Marcos, si es que el laberinto admite otra medida que el tiempo invertido en orientarse, cuando la banquina aún no se pobló de turistas y amigos del arte, la Piazza San Zaccaria de Venecia es la más singular parada de transporte. Por un mar gris que confunde agua y arquitectura, la lancha lleva un cargo de estudiantes a la Universidad Internacional, en la muy próxima isla de San Servolo, donde por dos siglos y medio funcionó uno de los grandes manicomios italianos. Lo que me trajo aquí, a la periferia lacustre de la ciudad más estetizada del mundo, es el cotejo de imágenes de enfermos mentales, necesario para componer una “Internacional de los dementes”, en la que me empeño desde hace años, con el apoyo de la Fundación Civitella Ranieri en 2011. Del catastro original del hospicio se conservan unas pocas construcciones y la iglesia; en el nuevo edificio se guarda el archivo psiquiátrico.

Destierro del apestado, la enfermedad desconocida y más inquietante, semejanza y mímesis entre locos y cuerdos, sublevación social de los insanos: en el siglo XVIII la mayoría de los centros urbanos ya habían dispuesto la lejanía de los cementerios y manicomios. San Servolo conjugaba el régimen arcaico de la “nave de los locos”, en una tierra nunca del todo firme, con las tendencias científicas novedosas en su época: el enfermo podía restablecer su salud a través de la naturaleza y además, sus vistas reforzaban los beneficios de la hidroterapia, todo ello sin dejar de ser una isla. Y de pronto, el viaje se me presenta como estaciones de una peregrinación. Invocando el ensayo de Susan Sontag, esto es lo primero que pienso “ante el dolor de los demás”: si la ciencia ha sido la nueva religión del siglo XX, entonces las ruinas humanas de este archivo son sus mártires laicos. Otras invocaciones: la proximidad de la psiquiatría argentina con Cesare Lombroso, La simulación de la locura, de José Ingenieros, y en general, la figura del lunático, central en la literatura italiana (en el origen, Tasso y Ariosto; más cerca, Italo Calvino, Giuseppe Pontiggia y Ermanno Cavazzoni). También Marca de agua, el ensayo de Joseph Brodsky sobre Venecia.

Con sus casi 40 mil historias clínicas entre 1842 y 1978, San Servolo es un cementerio de papel, una biblioteca de intentos científicos eficaces en su hora –nada más poético que el lenguaje de las ciencias obsoletas, que deja al aire el esqueleto infantil de su optimismo. Y además, es un yacimiento de residuos fotográficos.

El registro burocrático del paciente es el primer peldaño de la tecnología hospitalaria. Como sostenía el sociólogo Erving Goffman, una sombra de papel acompañaba la vida en el asilo, a menudo transcurrida en reclusión hasta el final. San Servolo es el reservorio donde se conserva el pasado de la psiquiatría italiana, previo al gran cambio de paradigma que trajo la farmacopea psicoactiva, a comienzos de los años 50, y la desinstitucionalización impulsada por Giorgio Basaglia en 1978, en el asilo de Trieste. Son cientos de miles de folios, reliquias caligráficas de eminencias muertas, el rastro perdurable de los enfermos que reclaman al presente la moratoria impuesta a sus vidas. Pero también es una batería de historias –casi siempre un misterio de orden familiar, sus fotos, las joyas de sus nombres. Es tarde para saber qué les sucedió, ¿sirve de algo tantas décadas después? Si como apunta Sontag, la fotografía opera una alquimia y hace que todo “luzca mejor en una foto”, porque embellecer es una operación clásica de la cámara, estas fotos sirven a una pedagogía por la belleza.

Durante el siglo XIX, conforme las naciones europeas se reconfiguraban, cada Estado –mejor, cada lengua– buscó aportar a la psiquiatría, la disciplina médica más idiosincrática. El desafío de estos países era ordenar fenómenos de masas inéditos. Junto con el desempleo y la miseria, la sífilis y el alcoholismo –en una era de alcoholes baratos– arrojaban una marea de enfermos mentales. En rigor, en estos manicomios grandes como aldeas la mayoría no eran dementes funcionales, lo que desde hace más de un siglo se encuadra en la esquizofrenia, sino biológicos, enfermos de otros males que luego atacan el cerebro.

Manicomios de la laguna

Pocos estigmas como esta palabra: loquero. En el principio, hubo el morocomio-moros , loco en griego. San Servolo era la estación final de los “malatti di mente” del Veneto, donde recalaban incluso los desahuciados del Hospital de Incurables de Venecia, cerca de la Academia del Arte. Así, su historia está anudada a la fondamenta degli incurabili , donde se encontraba el Hospital Civil. Es revelador que tal sea el título que dio Brodsky a su relato sobre Venecia, publicado originalmente en Italia. El Hospital de Incurables era un centro para sifilíticos en fase de psicosis y otros infectados –los apestatti , los piagatti , o llagados, que el poeta ruso asocia con la melancolía extrema. La banquina de los Incurables, escribe, “evoca la peste, las epidemias que solían barrer la mitad de esta ciudad, un siglo tras otro, con la regularidad de un censor. El nombre conjura los casos desesperados de quienes, más que deambular, esperaban tumbados en las losas de piedra, literalmente al borde de la muerte y envueltos en sudarios, a que los montaran en un carro o, más exactamente, los embarcaran y llevaran lejos”.

Más allá de ese hospital de paredones morados, nuestra isla minúscula, a los cuatro vientos. En su día fue asentamiento de benedictinos, famosos por sus bibliotecas, su custodia de antiguos tratados farmacológicos y sus “huertos de simples”, con la botánica medicinal. Luego fue ocupado por un monasterio de la orden de San Leone. El Manicomio Central Masculino de San Servolo comenzó su vida en el siglo XVIII como hospital militar general y los primeros dementes fueron militares de origen patricio que pagaban pensión. Hasta fines de ese siglo, los pobres eran encerrados en una “stultifera navis”. La nave de los locos venecianos era conocida como la Fusta, un tipo de galeón, y estaba anclada frente al palacio del Dogo. En 1797, con la invasión napoleónica, la Fusta fue clausurada y sus 64 lunáticos, llevados a la otra isla.

En 1802, la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios (los Fatebenefratelli) asumió el manicomio por un largo período, junto a la gestión de la especiería , o laboratorio de drogas –el puerto de Venecia se abría a la medicina árabe. Hoy la farmacia integra el museo y conserva, en sus frascos de porcelana y cerámica, remedios muy preciados entonces, como la “piedra besoar”. Hasta 1873, cuando en la cercana San Clemente se abrió un asilo de mujeres, San Servolo también albergaba a enfermas.

A comienzos del siglo XX, centenares de pacientes salían curados gracias a una alimentación completa. San Servolo atendía a enfermos con los síntomas neurológicos propios de la pelagra, una desnutrición que priva al organismo de niacina y que atacaba a quienes subsistían a base de polenta de sorgo o maíz. Identificada en 1735, la pelagra se caracterizaba por las “tres d”, diarrea, dermatitis y demencia. Los enfermos literalmente se despellejaban –hay numerosas fotografías de ellos–, antes de que sobreviniera la depresión severa. En todo el Véneto existían decenas de pelagrarios. La región siguió teniendo una alta incidencia del mal cuando ya se había erradicado del resto de Italia.

Para acceder a ese pasado, hay que mirar en las historias clínicas los particulares oficios de estos enfermos crónicos y de quienes fueron “traicionados” y depositados en el asilo: campesinos, marineros, mimbreros, soldados. El archivo conserva las fichas de los ingresos a través de la policía, con una hoja de admisión en la Sala de Observación (de alienados) casi idéntica a la que se empleó en Argentina por décadas. Los boletines se atienen al orden del asilo. El archivo no se rige por la fecha de ingreso del enfermo sino por su desenlace en la institución, su salida o su muerte. La caligrafía del médico es extremadamente doctrinaria, con el nombre del enfermo en gótica y la historia en cursiva curricular.

Además de una biblioteca abierta a los sociólogos de la marginación, el archivo es un álbum fotográfico de excedentes humanos. Hablamos de unos 40 mil primeros planos de pacientes, convertidos en entidades subciviles por las reglas de los grandes manicomios. Por eso hay que soportar también la mirada que nos mira, su tiempo arcaico y a la vez perpetuo. Como dice el fotógrafo Raymond Depardon, quien filmó en San Servolo a fines de los 70, bajo el influjo de Michel Foucault: “Hay que ser un voyeur de la desdicha. Mira al fotógrafo, la desmitificación del héroe, el que vive sobre todo de los demás. Pero al psiquiatra también le gusta deambular por estos corredores del siglo XIX…”

¿Qué hay en el retrato?

Los internos de San Servolo eran retratados por un fotógrafo de Venecia que acudía a las casas con su caja fotográfica o los recibía en su estudio, y que más tarde prestó servicio en el hospicio. El encuadre no estaba sujeto al protocolo de Bertillon, como sí sucedía en el Hospicio de las Mercedes, el gran asilo que luego se convertiría en el Hospital José T. Borda. Se trata de retratos ovales desde el siglo XIX hasta los años de 1930, al aire libre o bien con un fondo neutro, en un largo banco. En la isla no se enmascara la inducción de la pose. Si el interno no levanta la cabeza, lo cual es un síntoma psiquiátrico, e impide revelar las facies (expresión) y la moral, entraban en el cuadro manos anónimas. Los brazos del enfermo suelen aparecer, con las manos relajadas sobre cada pierna. Algunos pacientes aparecen con chaleco de fuerza o con chaquetas que cumplen la misma función, de brazos cruzados. También hay fotos de perfil, para mostrar las orejas. Así, el fotógrafo pasa a ser el primer médico, como lo son hoy los analistas de imágenes. La fotografía fue usada en San Servolo hasta mediados de 1970. Cada historia clínica incluye un estudio de cráneo.

Su paciente más estudiado fue Matteo Lovat, un veneciano a quien Lombroso da por zapatero. Padeció “una monomanía religiosa” que lo llevó a la autocrucifixión, murió de marasmo poco después. En la vecina San Clemente murió Ida Dalser, la amante de Benito Mussolini, declarada insana. Desde Margot, la loca de Brueghel, hasta la iconografía de histéricas de Albert Londe, el retrato de la locura en la mujer difiere mucho. Como en el grueso de los manicomios occidentales, se las fotografía de cuerpo entero, al aire libre y casi siempre en movimiento. El encuadre no fija los estigmas de la crimonología sino la manifestación expresiva, casi teatral, de una demencia que se ligaba al aparato reproductor.

Tras la ley Basaglia de desmanicomialización, efectiva desde los años 90, el asilo de San Clemente fue desarmado; hoy es uno de los resorts más caros de Venecia. En una vitrina, el “Guante volumétrico de Mariano Patrizi” evoca toda la imaginación científica de la época. Precursor de la máquina de la verdad, registraba las variaciones del pulso y la reacción emocional a una pregunta: sintetiza hasta qué punto a comienzos del siglo XX la locura se definía por su relación con la verdad y, por lo tanto, vibraba tan cerca del delito.

Agradecemos al IRSESC, Instituto para la Investigacion y el Estudio de la Marginacion Social y Cultural, Italia.

A Dangerous Method (Un método peligroso)

A Dangerous Method (2011, coproducida entre el Reino Unido, Alemania, canadá y Suiza) es la última película estrenada del director canadiense David Cronenberg, luego de Promesas del este (2007).

El guión de Christopher Hampton está basado en el libro “A Most Dangerous Method”, de John Kerr y en la obra de teatro “The Talking Cure”, del propio Hampton.

* * *

La película recrea la relación entre Sabina Naftulovna Spielrein (1885-1942), psiquiatra y psicoanalista rusa de origen judío y el psicoanalista suizo Carl Gustav Jung (1875-1961) cuando ella es internada en el Hospital Mental Burghölzli (entre 1904 y 1905) y donde comienza a ser paciente de Jung. Su vínculo terapéutico se va haciendo cada vez más intenso ya que Sabina se va recuperando de los ataques que la condujeron a ser internada en ese lugar, y va tomando conciencia de cuál ha sido su historia de vida.
Son los momentos iniciales en la historia del Psicoanálisis, método que es rechazado por el ambiente científico de la época. Sigmund Freud y Jung comparten los mismos lineamientos metodológicos del Psicoanálisis, pero poco a poco se van distanciando.

* * *

Tanto por el tema y quizás por el hecho de que está basada en una obra de teatro, la película tiene un tono íntimo donde predomina la palabra. La ambientación de época es impecable. Pero no hay una tensión dramática muy sostenida y por momentos parece más una historia conocida dramatizada que un drama basado en hechos efectivamente concretados.

Actúan Keira Knightley (Sabina Spielrein), Viggo Mortensen (Sigmund Freud), Michael Fassbender (Carl Jung), Vincent Cassel (Otto Gross) y Sarah Gadon (Emma Jung) en los principales personajes.

Daniel Molina / Suicidarse a los 12 años

(Publicado en Perfil, 7.4.2012)

Un niño se ha suicidado: se llamaba Víctor Felleto. Tenía 12 años. Como muchos otros chicos de su edad, no encajaba en la manada, pero en su caso ese desencuentro fue fatal. Los otros chicos, los que imponen las normas del grupo no lo aceptaban porque era de otro mundo: no le gustaba el deporte y la violencia. Era hostigado habitualmente en las clases de gimnasia.

El hecho es típico: un chico excedido de peso o que no encaja físicamente en el ideal, que parece afeminado, demasiado suave para la guerra adolescente o demasiado raro para reconocerlo como un miembro del grupo, es hostigado permanentemente. Es la historia de cada escuela en todo el mundo.

Si la víctima no soporta el hostigamiento, estalla: por lo general, se suicida. O, al menos, lo intenta.

La mayoría de los suicidios adolescentes se corresponden con casos de hostigamiento entre pares.

A veces, raramente, la violencia introyectada convierte a la víctima en victimario y el hostigado responde a la violencia que recibe con una violencia mayor: es lo que sucedió en la masacre de la escuela Malvinas Argentinas de Carmen de Patagones, en septiembre de 2004, cuando un alumno asesinó a tres de sus compañeros e hirió gravemente a varios otros.

Los niños son la promesa de un futuro mejor: según lo que nosotros hagamos por ellos, el mundo será un lugar más hermoso (o no).

Sin embargo, los viejos saben que, a la larga, el mundo siempre está mejorando. El drama es que lo hace tan lentamente que nuestra ansiedad se desespera.

Hay que reconocer que el mundo está mejorando. Si observamos un proceso social a lo largo de décadas, vemos esos cambios positivos que se nos antojan de una lentitud propia del mundo vegetal.

Pero un niño se ha suicidado y todas las palabras del mundo no lograrán resucitarlo. Esta semana el mundo se ha detenido, no ha mejorado.

La familia trató de que la escuela interviniera y le permitiese dejar de asistir a las clases de gimnasia, donde el hostigamiento llegaba a límites feroces (había tenido que ser tratado en un hospital por las heridas que le provocaban).

La directora de la escuela respondió según la norma: gimnasia es una materia como todas y si no la aprobaba, perdería el año.

El niño siguió yendo a la escuela que no le daba ninguna alternativa y al volver de la última clase de educación física, perdió la vida.

Víctor Felleto tenía 12 años. Fue el abanderado del colegio. Tenía las mejores calificaciones. Amaba aprender, conocer el mundo. Escribo esto y se encoge el alma.

Ya no está. Tomó un arma y se disparó en la cabeza. ¿Qué habrá sentido en el instante en que puso el dedo en el gatillo? Un niño se ha suicidado y las normas escolares siguen allí, incapaces de dar una respuesta. Inflexibles.

¿Cuándo llegará el momento en que “las normas” asuman que los niños no son números en un aula sino personas?

Las normas no sirvieron para que él viviera. El mundo hoy es menos luminoso porque Víctor pidió ayuda y nadie supo qué hacer.

* * *

Daniel Molina nació el 28 de noviembre de 1953 en Argentina. Es Licenciado en Letras (Diploma de Honor) de la UBA. Escritor y crítico cultural. Investiga sobre arte, literatura, vida cotidiana y sociedad, con especial énfasis en las nuevas tendencias. Durante una década (1993-2003) integró el equipo de edición del suplemento cultural del diario Clarín. Publicó cientos de artículos sobre literatura, arte, cultura y sociedad en revistas y diarios, entre los que se destacan los diarios La Nación, Perfil, Clarín, El Cronista y Página/12. Fue editor cultural de las revistas El Porteño y Fin de Siglo, entre otras. Dicta cursos de literatura argentina y de arte contemporáneo, tanto en universidades argentinas como en el exterior. Dictó clases sobre literatura en universidades nacionales y fue invitado como conferenciante por universidades del país y del exterior. Fue Director de Cultura de la Universidad Nacional de General Sarmiento (1993-98). Desde 1986 dirige el Área Letras, Teoría y Cultura Web del Centro Cultural Rector Ricardo Rojas (UBA).

Biografía ampliada

Es escritor y crítico cultural. Investiga sobre arte, literatura, vida cotidiana y sociedad, con especial énfasis en las nuevas tendencias.

Estudios
1967-1971: Bachillerato en Letras, Colegio Nacional Nicolás Avellaneda (ciudad de Buenos Aires).
1972-1974: Arquitectura, Universidad de Buenos Aires. No completada.
1984-1990: Licenciatura en Letras, Universidad de Buenos Aires. Recibido con promedio general de 9 sobre 10, por lo que fue distinguido con el Diploma de Honor de la UBA.

Periodismo Cultural
1984-1986: Secretario de Redacción, revista El Porteño.
1987: Secretario de Redacción revista Crisis.
1987-1988: Secretario de Redacción revista Fin de Siglo.
1988-1990: crítico literario en el suplemento Primer Plano del diario Página/12.
1990-1992: crítico literario en el suplemento Libros del diario El Cronista.
1993-2003: editor en el suplemento cultural Cultura y Nación del diario Clarín.
2003-2005: crítico literario en suplemento Radar Libros del diario Página/12.
2003 hasta la actualidad: crítico de arte en suplemento Arte del diario La Nación.

Gestión Cultural
1986: coordinador del programa de difusión de literatura argentina en la Dirección del Libro, Secretaría de Cultura de la Nación.
1986 hasta la actualidad: Centro Cultural Ricardo Rojas, Universidad de Buenos Aires. Hasta 1989 fue director adjunto del área Letras. Desde esa fecha hasta la actualidad es el director general del área, que ha pasado a denominarse Letras y Teoría.
1989: Coordinador general del proyecto PNUD de asesoramiento a la Cancillería argentina. Fue allí, además, consultor sobre cultura y medios de comunicación en América latina.
1993-1998: Director de Cultura en la Universidad Nacional de General Sarmiento (creada en 1993, por ley nacional, y con sede en San Miguel, Buenos Aires).

Publicaciones
Ha publicado cientos de artículos críticos sobre arte, literatura, sociedad y vida cotidiana en los medios en los que trabajó y también en varios otros en los que colaboró de manera ocasional. También ha publicado algunos prólogos y capítulos de libros.
2000: prólogo a El alma del hombre bajo el socialismo, de Oscar Wilde, Libros del Rojas, Buenos Aires.
2005: prólogo a Sexualidades en disputa, de Daniel Balderston y José Quiroga, Libros del Rojas, Buenos Aires.
2006: “La muñequita negra”, relato que integra la antología Confesionario, compilada por Cecilia Szperling, Libros del Rojas, Buenos Aires.

Labor docente
Desde 1989 dicta regularmente varios cursos sobre arte y literatura en universidades públicas y privadas: la UBA (Centro Cultural Ricardo Rojas y facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias Sociales); la Universidad Di Tella, la Universidad Nacional del Noreste, la Universidad Nacional de Entre Ríos, la Universidad Nacional del Sur en Bahía Blanca y la Universidad Nacional de Mar del Plata. Ha dictado conferencias en varios encuentros culturales y congresos, tanto en la Argentina como en el Brasil.

(Fuente de los datos biográficos: www.fundacionkonex.com.ar)

Andrew Graham-Yooll / Suicidios y algo más

(Publicado en Perfil, 18.2.2012)

La apertura del programa de Ernesto Tenembaum en Radio Mitre me pareció graciosa: “Welcome to el quilombo in Argentina…” o similar (31 de enero). Pero el versito vino a cuento el lunes, 13 de febrero, cuando se suicidaron dos jóvenes en la región Colón, de Entre Ríos, uno de 25 años y otro de 20, el primero de un balazo y el otro ahorcado. Eran las más recientes tragedias en una seguidilla que se extiende en muchas ciudades del interior. ¿Qué nos pasa? Son demasiado frecuentes las muertes de personas muy jóvenes. Difícil es decir si estamos en un momento social en que la muerte de personas jóvenes hasta nos puede parecer normal. Los jóvenes, ¿ponen tan bajo precio a la vida, a sus vidas? El hecho que precipita esta temporada posmoderna de tragedia personal al por mayor, porque sí, fue cuando el 8 de abril de 1994 el músico norteamericano Kurt Cobain (1967) se voló la cabeza con un tiro de escopeta. Tuvo mucha publicidad. Cobain proclamaba en su música el vacío espiritual y el nihilismo, el sin valor de la vida. Había vendido 10 millones de copias de su disco No importa (en inglés el juego de palabras es más fuerte, Never mind, “Nunca mente”). Su éxito post mortem fue impresionante. Para nosotros, en “South América”, el suicidio de Cobain tenía su antecedente en la muerte del escritor colombiano (Luis) Andrés Caicedo (1951-1977), quien sostenía que la vida no tenía valor después de los 25 años y se tomó 60 pastillas. La escritora Diana Grains, de la revista Rolling Stone (Nueva York), publicó un ensayo en 1994 (el año de la muerte de Cobain) en el que aseguraba que antes de los años sesenta era infrecuente el suicidio juvenil. Para 1987, los suicidios de jóvenes estaban en segundo término después de las muertes en el tránsito. En los noventa cayeron a tercera posición porque los jóvenes se mataban entre ellos en igual o mayor número que los que se suicidaban. A partir de ahí se disparan las teorías: el abandono de los padres, la economía, la falta de oportunidades, la baja calidad de la educación, etc.
El “quilombo in Argentina” está instalado en nuestras cabezas y no le buscamos solución. Treinta y cinco años después de Caicedo y casi veinte desde Cobain, no han surgido ideas de cómo cerrar el quilombo.

* * *

Andrew Graham-Yooll nació el 5 de enero de 1944 en Buenos Aires, Argentina.

Libros publicados:

En inglés: Uruguay: a travel and literary companion (2008), Imperial Skirmishes. War and Gunboat Diplomacy in Latin America (2002), Goodbye Buenos Aires (1999, novela), A History of Argentina, 1876-1999 (1999), Committed Observer. Memoirs of a Journalist (1995), Point of Arribal. Observations Made on an Extended Visit (to Britain) (1992), After the Despots. Latin American Views and Interviews (1986), A State of Fear. Memories of Argentina’s Nightmare (1983), Small Wars You May Have Missed (in South América) (1983), The Forgotten Colony. A history of the English-Speaking Communities in Argentina (1981), Portrait of an Exile (1981), The Press in Argentina, 1973-1978 (1979).

En español: Buenos Aires, Otoño 1982 (2007), Tiempo de Tragedias y Esperanzas. Cronología histórica 1955-2005, de Perón a Kirchner (2006), Ocupación y reconquista, 1806-1807. A 200 años de las Invasiones Inglesas (2006), La colonia olvidada. Tres siglos de ingleses en la Argentina (2000), Agonía y muerte de Juan Domingo Perón (2000), Arthur Koestler, Periodismo y política (1999), Memoria del miedo (Retrato de un exilio) (1999), Pequeñas guerras británicas en América latina. Memoria Personal de Malvinas (1998), Rosas visto por los ingleses (1997), Goodbye Buenos Aires (1997), En blanco y negro. Represión, censura y olvido en Sudáfrica (1992), De Perón a Videla”. Argentina 1955-1976 (1989), Retrato de un exilio (1985), Pequeñas guerras británicas en América Latina (1985), Así vieron a Rosas los ingleses, 1829-1852 (1980), La independencia de Venezuela vista por The Times (1980), La censura en el mundo. Antología (1980), Arthur Koestler, del cero al infinito (1978), Lancelot Holland. Viaje al Plata en 1807 (1976), Day to day (1973, poesías), Se habla spanglés (1972, poesías), Tiempo de violencia. Argentina 1972-73 (1972).

Como compilador: The PEN (Salman) Rushdie File (1989).

Sol Amaya y Valeria Vera / Mujeres marcadas con fuego: crece la cifra de hombres que queman a sus parejas

(Publicado en La Nación, 3.4.2012)

Desde que se conoció el caso de Wanda Taddei, al menos 43 mujeres fueron incineradas por sus parejas o ex parejas; especialistas explican el significado de este ataque; la necesidad de una campaña de sensibilización

Sin previo aviso, pateó ferozmente la puerta y consiguió que le abrieran. Apenas la vio, la agarró y la golpeó varias veces contra la pared. Luego, la arrastró hasta la cocina y ahí, ante la mirada de su hija de seis años, la roció con alcohol y la prendió fuego. La escena duró segundos, pero Romina pelea desde entonces por su vida en el Hospital de Agudos Eva Perón de San Martín con un alto porcentaje del cuerpo quemado por su pareja.

La modalidad se repite como si se tratara de un ritual que aumenta en lugar de extinguirse. Al menos así lo refleja el grueso de los casos de violencia de género que se conocieron después de la extensa agonía de Wanda Taddei , la ex esposa del baterista de Callejeros, agredida en condiciones similares en febrero de 2010.

Lo de Wanda, aseguran quienes lidian a diario con situaciones de este tipo, sólo terminó por destapar la crueldad de una práctica cada vez más común en las discusiones de pareja, sobre todo, cuando recrudecen los problemas y se profundizan las crisis.

“Siempre hubo violencia, pero no en la magnitud que se ve ahora”, ratificó a LA NACION Ada Beatriz Rico, presidenta de La Casa del Encuentro, tras confirmar que hubo un incremento después del deceso de Taddei.

Según cifras que maneja la institución, en la Argentina, más de 200 mujeres son asesinadas por año. La mayoría son apuñaladas o baleadas, aunque el porcentaje de víctimas quemadas también es alto. Sin contar las denuncias registradas en 2012, unas 43 resultaron incineradas por sus parejas o ex parejas.

Para algunos especialistas esta suba en las estadísticas tiene una estrecha relación con la mediatización del tema (algo que también moviliza al círculo íntimo de la afectada) y la identificación que se origina por parte de un segmento de hombres, con infancias difíciles y miedos a quedarse solos o ser abandonados.

“Hay quienes se identifican con el que quemó a otra persona. Eso queda de algún modo reprimido en la memoria del sujeto al observar una circunstancia parecida a la suya que lo lleva a repetir la conducta. Encuentran en eso una especie de camino sugerido”, explicó a LA NACION Adrián Besuschio, médico psiquiatra, psicoanalista y legista.

UN SÍMBOLO DE PERTENENCIA

En ese panorama complejo, de control y posesión entre la víctima y el victimario, surgen interrogantes en torno a la preferencia del fuego sobre el resto de los elementos. ¿Adquiere algún significado especial? ¿Por qué su uso es casi una postal habitual?

Desde épocas ancestrales, el fuego se presentó como un elemento “purificador” o una manera de expiar la culpa y de transformar un objeto. “Algo que es quemado nunca vuelve a ser lo mismo. Queda un marca del que prendió el fuego en el cuerpo del otro, como castigo y como paso que tiene una persona sobre la vida de otra”, apuntó Besuschio al enfatizar que, en definitiva, se trata de dejar una marca, una huella en el más débil.

Bajo esa misma línea se mostró el psiquiatra Horacio Vonmaro, quien se refirió a la propiedad que el hombre siente tener sobre el cuerpo de la mujer; una creencia que lo lleva a disponer de él sin tapujos: “El uso del fuego y del alcohol tienen que ver con la concepción del cuerpo de la mujer como el cuerpo del pecado. Es un simbolismo muy fuerte. El castigo se expresa en quemar el cuerpo como expresión de todo: lo físico, la psiquis, el espíritu. Es una manera de ejercer el dominio absoluto sobre la mujer como una manifestación de posesión y apropiación”.

Por otro lado, actuar de esta manera rechaza enseguida la posibilidad de entablar un diálogo, porque la palabra en estas situaciones es derrocada, y prevalece “un acto escenográfico excesivo”. En palabras de la licenciada y terapeuta familiar Adriana Quattrone, pensar en la expresión quemar viva a una mujer responde al lenguaje sexista, “ya que la mujer es quemada justamente para que no viva, intentando que esa mujer no siga siendo la misma, que porte una marca que la distinga del resto”.

A estos planteos se agrega, también, “un mayor ensañamiento y la necesidad de hacerla sufrir más”, según los testimonios que recogen a diario en La Casa del Encuentro, además de asociar al fuego como un arma correctiva desde el punto de vista masculino.

LA DIFICULTAD DE ALEJARSE

El obstáculo más difícil de sortear para una mujer consciente de la situación de maltrato y que se decide a denunciar, es cómo llevar a cabo el alejamiento.

“Necesita superar sus miedos y tener acceso a una solvencia económica para mantenerse a ella misma y a sus hijos”, explica Quattrone.

En el mismo sentido se manifiesta Rico. “Nosotras alentamos la denuncia, pero tiene que ir acompañada de un plan de contingencia. Hay refugios y organizaciones para estas mujeres y sus hijos. En estos lugares debe ofrecerse no sólo una protección física, sino también una contención psicológica”.

Para esto, coinciden los especialistas, es fundamental llevar a cabo campañas de difusión, que permitan que las mujeres se informen, sepan cómo denunciar, conozcan los refugios a los que pueden tener acceso.

“Es responsabilidad de quienes ejercen políticas públicas el diseño de campañas de sensibilización y difusión continuas sobre los indicios de la violencia de género y doméstica, así como ofrecer tratamientos acordes y en cantidad suficientes”, destaca Quattrone.

Femicidio. El martes pasado, la Cámara de Diputados dio dictamen a un proyecto que busca introducir la figura del femicidio al código penal. El dictamen modifica el artículo 80 del Código Penal en su inciso 1 estipulando que se impondrá reclusión perpetua o prisión perpetua al que matare “a su ascendiente, descendiente, cónyuge, o a la persona con quien mantiene, haya mantenido, o haya infructuosamente pretendido iniciar una relación de pareja, sabiendo que lo son”.

UNA TERRIBLE CRONOLOGÍA

(Fuente: Archivo LA NACION y La Casa del Encuentro)

Marzo 2011: Una mujer de 33 años murió quemada en San Jorge , Santa Fe. Habría sido prendida fuego por su marido.

Marzo 2011: Una mujer embarazada fue rociada con acetona y prendida fuego. El acusado es su pareja.

Febrero 2011: Una mujer de 30 sufrió quemaduras del 50 por ciento de su cuerpo y murió en un hospital de Merlo. Sospechan de su pareja.

Febrero 2011: Una mujer de 42 años fue internada en terapia intensiva en San Justo tras ser quemada presuntamente por su pareja.

Enero 2011: murió una joven de 23 años que fue quemada presuntamente por su novio en Esteban Echeverría.

Agosto 2010: Murió Fátima Guadalupe Catán, de 24 años, con el 85 por ciento del cuerpo quemado, en La Plata. Estaría embarazada de pocas semanas. El principal sospechoso es su novio.

Agosto 2010: Murió Gladys Beatriz Pereira, de 31 años, en Misiones. Estuvo varios meses internada tras haber sido rociada con combustible y prendida fuego. La familia denunció a su pareja.

Julio 2010: Murió una mujer que tenía quemaduras en el 40 por ciento de su cuerpo en Palermo, Buenos Aires. La familia de la víctima denunció a su pareja, que le habría rociado alcohol y prendido fuego.

Julio 2010: Murió Alejandra Céspedes, de 27 años, en Buenos Aires. Tenía el 80 por ciento de su cuerpo quemado. La joven se habría prendido fuego durante una discusión con su pareja.

Mayo 2010: Murió con el 85 por ciento de su cuerpo quemado Betiana Chávez, de 21 años, en Neuquén. Su pareja, un hombre de 40 años, fue el primer sospechoso.

Mayo 2010: Fue encontrada muerta Lidia Valiente, de 35 años, en un descampado en Lanús. La habían incinerado. Días después fue detenido su pareja, de 42 años.

Abril 2010: Fue asesinada degollada y quemada Sabrina Cennamo, de 24 años, en Tigre. También degollaron a sus hijos de 6 meses y ocho años. Los tres cuerpos fueron encontrados en el patio de la casa de su ex pareja, que es el principal sospechoso.

Febrero 2010: Tal vez el caso más mediático es el de Wanda Taddei, que falleció a los 29 años con el 60 por ciento de su cuerpo quemado. Actualmente se lleva a cabo el juicio que tiene en el banquillo a su marido, Eduardo Vázquez, ex baterista de Callejeros.

Vivir en la calle, un drama que crece

(Editorial del diario La Nación, 3.4.2012)

Es menester buscar nuevas estrategias para rescatar a las personas que ocupan el espacio público y darles ayuda digna

Aunque desde el gobierno porteño se asegure que hay menos gente “en situación de calle” en la ciudad, la mera observación aporta otros datos bien distintos.

Evidentemente, hay más personas y, en algunos casos, familias que han hecho de las veredas y las plazas de Buenos Aires su “hogar”, corridos de su normalidad cotidiana por la falta de trabajo, la pobreza y la indigencia que han cambiado radicalmente sus vidas. Esto los ha llevado, en la mayoría de los casos, a ocupar aquellos lugares públicos que, aunque los obligan a vivir a la intemperie, también les posibilitan seguir juntos y sentir hasta una especie de sensación de libertad. Debajo de autopistas, en terminales de transporte, puertas de iglesias o bulevares, ésos son también otros de los sitios escogidos.

Se las puede ver contra las rejas de fuentes o distribuidas en los canteros, o en las recovas de calles como Leandro N. Alem. En la Plaza del Congreso hay en la actualidad cientos de personas -todos los días se agrega alguna-, sobre todo niños, mujeres y ancianos. Durante el día, se cobijan en carpas o en viviendas precarias de cartón, madera o lona, a la vista de cualquier transeúnte que pase por allí. Por las noches, cuando distintas organizaciones o particulares van a darles de comer, forman fila en distintos lugares. También reciben comida de los bares, hoteles o restaurantes de la zona; en ese sentido, son más privilegiados que los que tienen como domicilio los zaguanes o los portales de las casas y los edificios de departamentos.

Del censo realizado por el gobierno de la ciudad a fines de 2011, se contabilizaron 876 personas que duermen en la calle, un 32 por ciento menos que las contabilizadas anteriormente (1287, registradas el año anterior). De ellas, el 60 por ciento proviene de otras provincias, y su situación educativa es distinta, pero a todos los denigra vivir en situación de calle: algunos tienen el ciclo primario completo (29,6%); otros empezaron el secundario pero no lo terminaron (22,6%), y por fin un 28,5% tiene el primario incompleto.

Tal como informó este diario hace unas semanas, de las 876 personas instaladas en el espacio público porteño, 812 son adultos y 64 son niños (que viven en la calle con sus padres). La mayoría, el 50 por ciento, se concentra en las comunas 1 y 3 (los barrios de Constitución, San Telmo, Monserrat, San Nicolás, Retiro, Puerto Madero, Balvanera y San Cristóbal), y otro 27% se reparte en partes iguales entre las comunas 7, 15 y 4 (Flores y Parque Chacabuco; Chacarita, Villa Crespo, La Paternal, Villa Ortúzar, Agronomía y Parque Chas, y La Boca, Barracas, Parque Patricios y Nueva Pompeya).

El censo ya mencionado sólo cuenta a las personas que viven en la calle sin ninguna red social de contención. No incluye, por ejemplo, a los cartoneros, que trabajan en la Capital y suelen estar instalados en la ciudad durante la semana, pero que tienen su casa en la provincia. Por ello, la ONG Médicos del Mundo, que lleva sus propias estadísticas, viene reiterando que son más de 15.000 las personas que se encuentran en esta situación. Y recuerda también que entre ellas están creciendo las adicciones al alcohol, la marihuana, la cocaína y el paco.

Es evidente la necesidad de que, tanto por parte de las autoridades como de la sociedad en general, busquemos con urgencia nuevas estrategias para encarar este tema dramático, porque ni el plan de operadores sociales desarrollado por el gobierno porteño -son 373 profesionales que recorren la ciudad todos los días- ni la presencia de voluntarios de ONG han logrado paliar la situación de estos argentinos, que al resto de los conciudadanos debe llevarnos a movilizar nuestras conciencias en procura de que también tengan una vida digna. Mientras ello no ocurra, no existirá en nuestro país la perspectiva de un futuro más esperanzador.

Cómo criar hijos delincuentes

1. Dele a su hijo todo lo que pida. Pensará que tiene derecho a obtener todo lo que desea.

2. Ríase cuando su hijo diga malas palabras. Crecerá pensando que el irrespeto es divertido.

3. Jamás reprenda a su hijo por su mal comportamiento. Crecerá pensando que no existen reglas en la sociedad.

4. Recoja todo lo que su hijo desordene. Crecerá creyendo que otros deben hacerse cargo de sus responsabilidades.

5. Permítale ver cualquier programa en la televisión. Crecerá creyendo que no hay diferencias entres ser niño y ser adulto.

6. Dé a su hijo todo el dinero que pida. Crecerá oensando que obtener dinero es fácil y no dudará en robar para conseguirlo.

7. Póngase siempre de parte de él, contra vecinos, maestros y policías. Creerá que lo que él hace siempre está bien y son los otros los que están mal.

“Siguiendo estas instrucciones le garantizamos que su hijo será un delincuente y nosotros tendremos una celda lista para él.”

(Departamento de Policía de Houston, Texas)

A treinta años de la guerra de Malvinas

Próximos a las tres décadas de la guerra de las Malvinas, una reflexión fecunda exige pensarla en toda su singularidad. Único episodio bélico en el que la Argentina se involucró desde el siglo XIX, fue disparado a partir de una invasión decidida por la dictadura militar más cruenta de nuestra historia y acompañado por una sociedad imbuida del espíritu de las “guerras justas”. En la aventura se conjugaron mezquinas motivaciones políticas de corto plazo con convicciones territorialistas profundamente arraigadas en los argentinos, que aprendieron en la experiencia que sus imágenes del mundo y de la propia Argentina poco tenían que ver con la realidad.

La guerra de Malvinas debe ser condenada sin cortapisas. Como argentinos, desaprobamos que el 2 de abril haya sido declarado “Día del veterano y los caídos en la guerra en Malvinas” como si esa efeméride conmemorativa pudiera ocultar que, feriado mediante, es la causa Malvinas la que se está reivindicando, como si fuera una causa justa pero “en manos bastardas”. La elección del 2 de abril es, en verdad, un ejemplo claro de la ambigüedad oficial que en relación a la guerra mantuvo la democracia y que se agravó en los últimos años. Por un lado, no se deja de execrar a la dictadura pero, por otro, se instituye la recordación de esa guerra como parte de una justicia que implica aceptarla en nuestra historia como episodio positivo a ser rescatado más allá de lo que pretendían sus ejecutores.

Precisamente el 2 de abril, día de la invasión a las islas, fue el momento culminante de aquella tragedia, ya que lo demás se dio por añadidura. Ese movimiento ilegal en arreglo al derecho internacional y criminalmente irresponsable en términos del valor de la vida humana no permite hablar, estrictamente, de una derrota. Esa invasión fue celebrada por la Argentina. El nacionalismo territorial cristalizado en Malvinas se aunó con el deseo de un país entero de concretar un logro después de tantos golpes y tantos sinsabores, para organizar una fiesta de la que poquísimos se sustrajeron.

De derecha e izquierda, muchos sostienen hoy que al haberse regado el suelo del archipiélago con sangre de argentinos el cultivo de la causa Malvinas se hace obligatorio. Es, otra vez, el empleo del conocido mecanismo del mandato. En este caso, se trata de otra perla del nacionalismo territorial: al sacralizar la tierra regada con sangre perdemos la libertad de elegir, nos debemos a ella y no a nuestros valores y a nuestras preferencias, ya que es la tierra la que está cargada de valores.

También se atribuye a los soldados y oficiales que allí murieron una condición heroica. No se trata de negar que muchos de ellos hayan tenido, en lo personal, comportamientos heroicos (muchos fueron ejemplarmente solidarios con sus compañeros), pero sí de resistirse a que su memoria sea objeto de manipulación cuando han sido básicamente víctimas: la heroicidad supone una gesta, el triunfo o la derrota en una pugna fundada en valores que se comparten y en virtud de los cuales se sostiene nuestra comunidad política y ese no es el caso de esta penosa aventura militar. Nosotros – y estamos seguros que como nosotros muchísimos argentinos – no compartimos ni los motivos ni los valores que le dieron su terrible sentido.

Los caídos deben ser recordados, pero no del modo en que el oficialismo nos propone. La memoria de las víctimas – quienes cayeron en las islas, en aguas del Atlántico Sur  y, debido al escandaloso menosprecio al que fueron sometidos, en la dolorosa posguerra en el continente – debe ser preservada porque evoca una serie de tragedias que todavía recorren la Argentina como fantasmas: las violaciones de los derechos humanos, el doloroso extravío colectivo al que nos llevó la causa Malvinas, los peligros de unas fuerzas armadas poseídas por un espíritu de cruzada y los desastres que son consecuencia de acompañar procesos de concentración del poder.

La visión alternativa que proponemos es una disputa en el interior de nuestra sociedad nacional y versa sobre los valores en la que debe ser fundada. Elegir la posición que adoptaremos en la cuestión Malvinas –como problema a solucionar respetando principios constitucionales y compromisos internacionales en materia de derechos humanos, o como causa irredenta y absoluta ante la cual sacrificarlos– es elegir el país que queremos, la Argentina del futuro. Una Argentina cerrada y ensimismada en el victimismo y sus propias razones o una Argentina abierta al mundo y capaz de articular sus intereses y aspiraciones con las de todos los seres humanos, comenzando por los vecinos. La dolorosa tragedia provocada en 1982 por una dictadura sin escrúpulos y exaltada aún hoy por un nacionalismo retrógrado convoca nuestra responsabilidad y la de todos los argentinos.

Emilio de Ípola, Pepe Eliaschev, Rafael Filippelli, Roberto Gargarella, Fernando Iglesias, Santiago Kovadloff, Jorge Lanata, Gustavo Noriega, Marcos Novaro, José Miguel Onaindia, Vicente Palermo, Eduardo Antín (Quintín), Luis Alberto Romero, Daniel Sabsay, Beatriz Sarlo, Juan José Sebreli, Graciela Fernández Meijide, Jorge E. Torlasco, Marcos Aguinis, Carlos D. Malamud, José Emilio Burucúa, Liliana De Riz, Pablo Avelluto, Susana Belmartino, Rogelio Alaniz, Cristina Piña, Sylvina Walger, Federico Monjeau, Marcela Ternavasio, Luis Príamo, Patricio Coll, Ricardo López Göttig, Hugo Caligaris, Raúl Mandrini, Rodrigo Moreno, Emilio Perina, Héctor Ciapuscio, Hugo Vezzetti, Juan Villegas, Anahí Ballent, Edgardo Dobry, Marylin Contardi, Osvaldo Guariglia, Raúl Beceyro, Emilio Gibaja, Jorge Goldenberg, Rubén Perina.

(Adhiero a los conceptos vertidos en este texto. Ricardo Sosa)