León Rozitchner
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Porque este absoluto irreductible que cada uno es para sí mismo, es igualmente relativo: no podría plantearme ni siquiera la pregunta si la historia no me hubiera producido como un sujeto que la sociedad particularizó y cualificó como humano, sujeto pensante en su corporeidad separada. Somos de punta a punta también relativos a la historia, es decir, al conjunto de las relaciones sociales que hicieron que cada uno de nosotros pudiera, en su propio cuerpo, enunciarse como siendo alguien: uno mismo, con su nombre y apellido. Pero las relaciones sociales, así recuperadas, no son todas buenas ni acogedoras, como bien sabemos. Somos relativamente absolutos, y absolutamente relativos al mismo tiempo. Con cada una de ellas ganamos y perdemos algo. Y esta situación no se resuelve dándole al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios: al darle lo que tengo de relativo, relativo a los otros, es también lo que tengo de absoluto lo que entrego.
Este poder de la subjetividad –la capacidad de plantearse esta pregunta que nos descubre relativos por una parte a la cultura y a la historia, pero por otra parte como un absoluto carnal, donde se prolonga el flujo de la vida- es un resultado histórico que fue creando, en las luchas sociales y en el desarrollo de las formas productivas (no solamente económicas , pero abriéndose desde la materialidad que ellas generan) esta creación de un poder que encuentra en la corporeidad humana, en la materialidad histórica de mi existencia como sujeto humano.
Y todos los sistemas de dominio actual, contradictoriamente, están dirigidos a encubrir este poder por medio del terror y la amenaza, a succionarle al hombre esta implicación subjetiva en la creación humana de la verdad social. Impedirles que alcancen a crear entre sí relaciones de mutuo y efectivo reconocimiento como absolutos-relativos. Porque –repetimos- el otro es, en su propia experiencia y en su vida, un ser “absoluto” tanto como yo lo soy para mí mismo, una excepcionalidad que nada explica pero que se justifica por su propia existencia. Eso que se llama el “reconocimiento” del hombre por el hombre podría expresarse, en una ética materialista, más allá de la ficción de la igualdad jurídica , de esta manera: que la satisfacción de mi necesidad, de mis ganas de vida, de mi deseo como dicen ahora y decíamos antes, no debe significar la negación de la necesidad, de las ganas, del deseo y la vida del otro.
Si descubrimos que los excepcional está en uno, que uno es la expresión y existencia más acabada de lo inexplicable, que es un “milagro” que cada uno sea un relativo-absoluto. hay otra forma de ir al encuentro de los males que agobian a los hombres. Tras el “Pienso, luego existo” de Descartes está la existencia que el pensamiento descubre: yo, que pienso, existo por el acto de pensar que me permite pensar que existo. Era ya una conquista. ¿Pero cómo explicar que haya un existente que sea yo mismo, que desde la nada ha llegado a ser para poder pensar? Ese acto de pensar no me revela ese hecho único de mi existencia , que mantiene un interrogante básico que el pensar de Descartes no responde, que está detrás del suyo: ¿por qué hay alguien que soy yo, yo que pienso, y no la nada? Porque el “yo pienso” se asienta en un previo “yo siento” : un cuerpo vivo que siente lo inexplicable del privilegio de su existencia, de emerger desde la nada siendo alguien.
Y este misterio cuya clave desconozco, y que surge del sentir de mi cuerpo irreductible, nadie puede conocerla entre los hombres que piensan, pues nadie puede ir más allá de ese interrogante sin respuesta: el misterio de mi propia existencia. Nadie puede conformarse con una respuesta que no haya partido de la misma experiencia de la que yo he partido. Si sabe algo más, es porque no sabe nada realmente de sí mismo: no ha llegado hasta ese misterio cuya vivencia eludida han delegado, para no angustiarse, en el Dios del Consuelo.
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(de Retorno a lo arcaico, artículo originalmente publicado en 1993, e incluido en la recopilación El terror y la gracia, 2003)
León Rozitchner nació en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, en 1924.
Obras: Persona y comunidad (1963), Moral burguesa y revolución (1964), Ser judío (1967), Freud y los límites del individualismo burgués (1972), Freud y el problema del poder (1982), Las Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia (1985), Entre la sangre y el tiempo (Lo inconsciente y la política) (1985), Las desventuras del sujeto político (1996), La cosa y la cruz (1997), El terror y la gracia (antología de textos publicados en diversos medios, 2003).
Inéditos: Simón Rodriguez: el triunfo de un fracaso ejemplar, Hegel psíquico.
En colaboración: Science et Culture (volumen colectivo, 1973), Represión y reconstrucción de una cultura: el caso argentino (1988), El concepto de América en la crítica cultural (1992), Rebeldes y domesticados: los intelectuales frente al poder (1992), Anacronismo, socialismo o futuro (1993), El trabajo y la política en la Argentina de fin de siglo (1999), La democracia sospechada, Política y estrategias de la subjetividad.

