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Manuel Ruano. Según las reglas

A VECES EL MAR HACE SU SOMBRA

A veces, cuando me palpo la piel y reconozco;
porque establezco mi estado de alma y siento,
algo,
/ como si volviera realmente de una ciega claridad,
adonde queda,
/ suspendida en el aire la más extraña locura.
Adonde queda el nacimiento de mi voz,
/ la prehistórica sensación de voz,
que arranca mi manera de decir,
/ y siento,
como una danza tenaz, imaginaria.
Porque mi voz viene desde un hilo tenue donde,
desde un extremo,
/ un caos se acentúa indiferente.
O como si un desprendimiento de varios mundos se oyera.
Y desde el otro extremo, un lastimado corazón desfalleciente.

A veces, espero a que nadie pueda descubrir,
ninguno de mis himnos,
/ mis banderas ocultas.
O el salitre impenetrable de una aturdida y sórdida soledad.
Adonde hubiera una tímida esperanza.
Para volver a despertar el alma.
Para darle mayor sonoridad, algo crujiente, de alma.
A veces me recojo como el mar y suelo
sentirme así, como el mar, cuando está calmo y reposado.
/ Y vuelvo.
Porque voy hasta el fondo de mi cauce y vuelvo
como una niebla impenetrable;
para que nunca nadie se atreva a sacarme
de ese profundo sopor en que me encuentro.
Alerta de mí y prisionero.
Porque algo resbala en torno y va cayendo.
Para que nadie se atreva a respirar hondo;
para que nadie se sienta dueño del silencio.

A veces, cuando me palpo la piel y reconozco,
que la voz se ha vuelto algo agrio, incomprensible,
que habla en otro idioma que no entiendo;
tal vez para que nadie nunca, nunca nadie,
hable de esto que me pasa.

Para que nadie, nadie, nadie.

CONTAMINACIÓN

Contaminada está mi piel,
y no de caricias ni de tibias tempestades.
El aire es un refugio de pálidas reminiscencias.
Los diarios, como es costumbre,
corroen la flor hasta sus primeros incendios,
y aquí dice: “un cuartel de aves ha convertido
un instante en una calamidad”.

Contaminados están mis ojos
que repiten de atrás hacia adelante,
lo que el viento no llevó,
/ lo que perdura,
pero digamos, que el cielo tiene ahora
árboles de carne.

Contaminado está el corazón,
le han electrificado por dentro,
torturado siniestramente; le han puesto
electrodos en la sangre;
/ le han detonado bombas
y está aturdido por continuas sacudidas.
Está atolondrado, reloco; le han abierto
un orificio incalculable por donde se ve el sol.
/ Le han dejado mudo,
intransitable.

Me han contaminado los ojos, el corazón, el aire.

EL JARDÍN DE LOS ESCORPIONES

Si te comienzas a ir, si es que comienzas, anda,
no te detengas jamás. Toma tu saco y tus estrellas,
tu Guía de Viajes y anda; no empieces nunca por quedarte.
Pero si algún día te decides regresar, si te decides
y regresas, debes erguirte sobre los escorpiones y la lepra.
Porque si te decides a pelear, si te decides
a vivir tu guerra: ¡Sígueme! ¡Limpia tus dos manos!
¡No permanezcas fuera! O por silencio. O por la sangre.
Y después que vengan. Como viene la muerte a buscar a sus culpables.
Debes dirigirte imperturbable a tus jardines. Abrir los nidos
por donde la sombra almacena sus huevos negros.
Por donde comienzan a nacer sus venas.
En la tibieza desprendida de tus alas.
/ Si te decides regresar, si es que regresas, ven,
no te detengas. Cerraremos la noche y su gran boca.
Y después que vengan.Y revienten los frutos maduros.
He aquí tu arma.Algo duro, que duela. Que pueda
reventar como a los frutos. He aquí el viento. Olo que queda.
/ Si es que aquí regresas,ya sea por silencio
o por la sangre o por los escorpiones y la lepra.

(De Según las reglas, Losada, Buenos Aires, 1972)

Manuel Ruano nació en Buenos Aires, Argentina, el 15 de Enero de 1947.
Su sitio es http://blogs.clarin.com/el-liroforo-blogs-clarin-com/

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