William Saroyan. El temerario joven del trapecio
(Publicado en el diario Página/12, 1.2.1996. Pude comprobar que en el sitio web del diario sólo se puede acceder a los números desde marzo de 1998.)
I – Sueño
Horizontalmente despierto entre anchuras universales, practicando risas y alegría, sátira, el fin de todo de Roma y también de Babilonia apretados los dientes, recuerdo, mucho calor volcánico, las calles de París, las llanuras de Jericó y él deslizándose como reptil en abstracción, una galería de acuarelas, el mar y los peces con ojos, sinfonía, una mesa en un rincón de la Torre Eiffel, jazz en la ópera, despertador y el zapateo del juicio final, conversación con un árbol, el río Nilo, un Cadillac en dirección a Kansas, cl rugir de Dostoievski y el sol oscuro.
Esta tierra, el rostro de uno que vivió, la forma sin peso, llorando sobre la nieve, música blanda, la flor aumentada a dos veces el tamaño del universo, negras nubes, la pantera enjaulada mirando fijamente, espacio inmortal, el señor Elliot cociendo pan con las mangas arrolladas, Flaubert y Guy de Maupassant, una rima sin palabras, de inmediato significado, Finlandia, matemáticas muy pulidas y relucientes como una cebolla para los dientes, Jerusalén, el sendero de la paradoja.
El canto profundo del hombre, el débil susurro de alguien invisible pero vagamente conocido, un huracán en el trigal, una partida de ajedrez, comido el rey, y la reina, Karl Franz, el negro Titanic, Chaplin llorando, Stalin, Hitler, multitud de judíos, mañana es lunes, no se baila en las calles.
Un fugaz movimiento de la vida: ha terminado; de nuevo la tierra vuelve a la realidad.
II – Despierto
Viviendo, vestido y afeitado, haciéndose muecas en el espejo. “Poco atrayente”, dice. “¿Dónde está mi corbata?” (Sólo tiene una). Café y un cielo gris. La niebla del océano Pacífico, el tronar de un tranvía que pasa, gente camino de la ciudad, una vez más, el día, prosa y alegría. Descendió las escaleras con rapidez y echó a andar por la calle, pensando de repente: “Solo en sueños nos es dado conocer que vivimos. Solamente allí, en esa muerte con vida nos encontramos con la lejana tierra, Dios y los santos, los nombres de nuestros padres, la sustancia de momentos remotos; es allí donde los siglos se funden en momentos, donde lo vasto se vuelve insignificante, átomo tangible de la eternidad”.
Entró en el nuevo día tan alerta como era posible, haciendo sonar ruidosamente los tacones, observando con sus ojos la verdad superficial de calles y edificios, la trivial verdad de la realidad. Su imaginación cantaba desesperadamente. Hiende los aires con la mayor facilidad, el joven temerario del trapecio: luego rió con toda su alma. Era en realidad una mañana espléndida: gris, fría y desalentadora, una mañana para estar interiormente animado.
-¡Ah, Edgar Guest –dijo- cuánto ansío tu música!
En la cuneta encontró una moneda que resultó ser un penique de 1923. La colocó en la palma de la mano y la sometió a un examen minucioso, recordando la fecha y con el pensamiento en Lincoln, cuyo perfil se veía estampado en la moneda. No había casi nada que un hombre pudiese adquirir con un penique. “Me compraré un automóvil -pensó-. O me vestiré como un dandy, iré a los buenos hoteles para comer y beber, volviendo luego a la tranquilidad. O me pesaré introduciendo la moneda en la ranura de una balanza pública”.
Era bueno ser pobre y comunista… pero era terrible sentir hambre. ¡Qué apetito y que ansia de buena comida! Estómagos vacíos. Recordó su gran necesidad de alimentarse. Todas sus comidas consistían en pan con café, y cigarrillos; y ya no tenía más pan. El café sin pan no serviría jamás honestamente de comida, y en el parque no había hierbas que pudieran cocerse como las espinacas.
¡Si se supiera la verdad!… Estaba medio muerto de hambre y, sin embargo, tenía que leer un sin fin de libros antes de morir. Se acordó del joven italiano en un hospital de Brooklyn, un empleadito enfermo, llamado Mollica, que una vez dijo, desesperado:
-Quisiera ver California antes de morir.
Y él pensó ansiosamente: “Por lo menos debo leer una vez más Hamlet. O quizás Huckleberry Finn”.
Fue entonces cuando se despabiló por completo: ante la idea de morir. Este estado de vigilia era ahora como una especie de “shock” sostenido. “Un joven podía perecer de manera poco ostentosa”, pensaba: y ya estaba casi muerto de hambre. El agua y la prosa eran finas, llenaban mucho espacio inorgánico, pero eran inadecuadas. Si al menos hubiera algún trabajo que hacer a cambio de dinero, alguna labor trivial en nombre del comercio. Si le permitieran sentarse todo el día ante un pupitre y hacer sumas, restas, y multiplicar y dividir, quizás no muriese. Compraría alimentos, de todas clases: cosas delicadas de Noruega, Italia, Francia: toda especie de pescado, carne de vaca, cordero, queso, uvas, higos, peras, manzanas, melones que adoraría después de haber satisfecho su apetito. Colocaría un racimo de uvas coloradas en un plato junto a dos higos negros, una pera amarilla grande y una manzana verde. Aspiraría durante horas el aroma de un melón partido. Compraría grandes panes franceses morenos, verduras de todas clases, carne; compraría vida.
Desde una colina observó la ciudad majestuosa hacia el este, grandes torres llenas de gente como él. Inmediatamente alejó su imaginación de todo eso, casi definitivamente seguro de que nunca conseguiría ser admitido, casi cierto de haberse aventurado por el camino equivocado o, acaso, en el siglo inadecuado: él, un hombre de veintidós años, tendría que permanecer eternamente afuera. Este pensamiento no le apenaba. Se dijo a sí mismo que alguna vez tendría que escribir una solicitud de permiso para vivir. Aceptó el pensamiento de la muerte sin compadecerse de sí mismo ni del hombre, en la creencia de que aún dormiría, al menos, otra noche. Tenía pagado el alquiler por un día más; existía aún otro mañana. Y tras esa noche podría ir a reunirse con otros hombres sin hogar. Inclusive visitar el Ejército dc Salvación, ganar a Dios y a Jesús (que no aman mi alma), ser salvado, comer y dormir. Pero él sabía que no. Su vida era suya. No deseaba destruir este hecho. Cualquier otra alternativa era mejor.
A través del aire, en el trapecio, repetía su imaginación. Divertido, terriblemente cómico. Un trapecio hacia Dios, o hacia nada, un trapecio volante hacia alguna especie de eternidad: rogaba ansiosamente que se le concediera fuerza para hacer ese vuelo con gracia.
-Tengo un centavo –dijo-. Es una moneda norteamericana. Por la tarde la puliré hasta que brille como el sol y estudiaré su inscripción.
Ya caminaba por la ciudad misma, entre los hombres vivos. Había uno o dos sitios adonde ir. Vióse reflejado en las lunas de los escaparates de los comercios y su aspecto lo desalentó. No parecía tan fuerte como presumía, sino que había, en efecto, algo inseguro en todo su cuerpo: en el cuello, en los hombros, en los brazos, en el tronco y las rodillas. “Eso no servirá de nada”. se dijo. Y haciendo un esfuerzo reunió todas sus partes dispuestas y se volvió tensa y artificialmente erecto y sólido.
Pasó ante innumerables restaurantes con magnífica disciplina, rehusando mirar al interior. Al fin llegó a un edificio en el cual penetró. Un ascensor lo condujo hasta el séptimo piso, cuyo vestíbulo atravesó para introducirse en las oficinas de una agencia de colocaciones. Ya se hallaban allí dos docenas de jóvenes; esperó en un rincón que le llegara el turno de ser interrogado. Obtenido al fin este gran privilegio, fue sometido a una serie de preguntas por una señorita de cincuenta años, escasa de inteligencia.
-Bien; dígame qué sabe hacer.
Permaneció confuso antes de responder pacientemente.
-Sé escribir.
-Quiere decir que tiene buena letra, ¿verdad? –dijo la solterona.
–Bueno, sí –contestó él–. Pero quiero decir que sé escribir.
-¿Escribir qué? –preguntó aquella señorita, casi enojada.
-Prosa -respondió él, sencillamente.
Hubo una pausa, al final de la cual dijo la dama:
-¿,Sabe manejar la máquina?
-Por supuesto.
-Muy bien –habló ella–. Deje su dirección y nos pondremos en contacto con usted. Esta mañana no tenemos nada.
En otra agencia sucedió algo semejante, salvo que fue indagado por un joven presumido que parecía un cerdo. De las agencias fue a los grandes almacenes, donde hubo que soportar mucha pomposidad, alguna humillación de parte suya y, finalmente, la advertencia de que no había trabajo. No se sintió disgustado y, cosa rara, ni siquiera se percató de hallarse personalmente envuelto en todas esas tonterías. Era un joven que necesitaba dinero para continuar siéndolo y no había medio de obtenerlo sino trabajando. Y no había trabajo. Era simplemente un problema abstracto, cuya solución intentaba por última vez. Ahora se alegraba de que el asunto hubiese llegado a su término.
Comenzó a distinguir con claridad el curso de su vida. Excepto en algunos momentos, había sido en gran parte sincera, pero ahora determinó que hubiera en ella tan poca imprecisión como fuera posible.
Desfilaron innumerables almacenes y restaurantes en su camino hacia la Y.M.C.A., donde, provisto de papel y tinta, comenzó a redactar su solicitud. Trabajó durante una hora en este documento, al cabo de la cual, a causa del aire viciado del lugar, y del hambre, se sintió desfallecer. Parecióle estar nadando y alejándose de sí mismo con grandes brazadas, por lo que abandonó apresuradamente el edificio. En el Civic Center Park, frente a la Biblioteca Pública, bebió agua: después, se sintió más animado. Un viejo hallábase de pie en el centro del boulevard de ladrillos, rodeado de gaviotas, pichones y petirrojos, a los que daba grandes puñados de migajas, con gesto gallardo, tomándolas de una bolsa de papel.
Si sintió vagamente impulsado a pedirle al viejo una parte de las migajas, pero ni siquiera dejó que tal pensamiento adquiriese forma. Durante una hora estuvo en la biblioteca leyendo a Proust. Luego, al sentirse desfallecer de nuevo, apresuróse a salir para beber más agua en la fuente del parque, antes de emprender la larga caminata en demanda de su alojamiento.
-Iré a dormir un poco más –dijo-, no hay otra cosa que hacer.
Ya conocía entonces su estado, de fatiga y debilidad para engañarse a sí mismo sobre si se encontraba bien, y sin embargo su mente se hallaba viva y despierta. Como si constituyese una entidad aparte, persistía en articular bromas impertinentes acerca de su verdadero malestar físico. Llegó a su alojamiento en las primeras horas de la tarde, y preparó inmediatamente el café en una cocinita de gas. No había leche en el jarro, ni nada de la media libra de azúcar que comprara la semana anterior. Sentado en el lecho, sonriendo, bebió una taza dcl líquido negro y caliente.
Había hurtado hojas de papel de la Y.M.C.A. y esperaba poner fin a su documento, pero ahora le desagradaba incluso la idea de escribir. No había nada que decir. Comenzó a pulir el penique encontrado por la mañana y esta ocupación absurda le produjo gran placer. Ninguna moneda norteamericana reluce tanto como el penique. ¡Cuántos necesitaría para seguir viviendo? ¿No había algo más que pudiese vender? Examinó su habitación vacía, de la cual había desaparecido el reloj, así corno los libros. Todos libros excelentes: nueve de ellos vendidos a ochenta y cinco centavos. Sintióse enfermo y avergonzado de haberse separado de ellos. Había vendido su mejor traje por dos dólares, pero eso no importaba. Era distinto. Se sintió indignado al comprobar esa falta de respeto por los hombres de letras.
Dejó el penique reluciente sobre la mesa, y se puso a contemplarlo con el gozo del tacaño. “Que linda sonrisa”, se dijo. Sin leerla se dedicó a mirar la inscripción: E Pluribus Onum One Cent United States of America, y dando vuelta la moneda vio a Lincoln y las palabras In Gold We Trust Liberty, 1923.
-¡Qué hermoso es! -dijo.
Se sinti6 aletargado; una enfermedad mortal lo invadía, un sentimiento de náuseas y de desintegración. Confuso, permaneció de pie junto al lecho, pensando que no había más que hacer sino dormir. Ya se sentía dando grandes zancadas a través de la fluidez de la tierra, alejándose a nado hacia el principio. Cayó boca abajo sobre el lecho diciéndose: “Al menos debo darle la moneda a algún chiquillo. Un niño podría comprar muchas cosas con un penique”.
Y luego, rápidamente, con la gracia limpia del joven del trapecio, se separó de su cuerpo. Durante un momento eterno lo fue todo: ave, pez, roedor, reptil y hombre. Un océano de papel impreso ondulaba interminable y oscuramente ante él. La ciudad ardía. La multitud, apelotonada, era tumultuosa. La tierra desaparecía en círculos, y sabiendo lo que hacía, volvió su rostro perdido hacia el cielo vacío y se quedó inmóvil, sin soñar, perfecto.
William Saroyan nació en Fresno, California, EEUU el 31 de agosto de 1908 y murió el 18 de mayo de 1981 en la misma ciudad.
Obras: The Daring Young Man on the Flying Trapeze (1935), Inhale and Exhale (1936), Three Times Three (1936), Little Children (1937), The Trouble With Tigers (1938), Love Here Is My Hat (1938), The Summer of the Beautiful White Horse (1938), My Name Is Aram (1940), The Human Comedy (1943), The Adventures of Wesley Jackson (1946), Rock Wagram (1951), Tracy’s Tiger (1952), The Bicycle Rider in Beverly Hills (1952), The Laughing Matter (1953), Love (1955), Mama I Love You (1956), Papa You’re Crazy (1957), Here Comes, There Goes, You Know Who (1962), Gaston (1962), One Day in the Afternoon of the World (1964), The Man With The Heart in the Highlands and other stories (1968), Days of Life and Death and Escape to the Moon (1970), Places Where I’ve Done Time (1972) , Chance Meetings (1978), Obituaries (1979), Births (1983), My name is Saroyan (1983), Madness in the Family (1988), Boys and Girls Together (1995).
Teatro: The Time of Your Life (1939), My Heart’s in the Highlands (1939), Elmer and Lily (1939), Three plays (1940): My heart’s in the Highlands, The time of your life, Love’s old sweet song, The Agony of Little Nations (1940), Hello Out There (1941), Across the Board on Tomorrow Morning (1941), The Beautiful People (1941), Bad Men in the West (1942), Talking to You (1942), Coming Through the Rye (1942), Don’t Go Away Mad (1947), Jim Dandy (1947), The Slaughter of the Innocents (1952), The Oyster And The Pearl (1953), The Stolen Secret (1954), The Cave Dwellers (1958), Sam, The Highest Jumper Of Them All, or the London Comedy (1960), Hanging around the Wabash (1961), The Dogs, or the Paris Comedy (1969), Armenian (1971), Assassinations (1974), Tales from the Vienna Streets (1980), An Armenian Trilogy (1986), The Parsley Garden (1992)
Historias breves: “1,2,3,4,5,6,7,8″, “An Ornery Kind of Kid”, “The Filipino and the Drunkard”, “Gaston”, “The Hummingbird That Lived Through Winter”, “The Mourner”, “The Parsley Garden”, “Resurrection of a Life” (1935), “Seventy Thousand Assyrians” (1934), “The Shepherd’s Daughter”, “The summer of the beautiful white horse”, “Sweetheart Sweetheart Sweetheart”, “Third day after Christmas” (1926), “Five Ripe Pears” (1935), “Pomegranate Trees”.

