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Sergio Sinay / La sociedad que devora a sus hijos

(Publicado en La Nación, 22.11.2011)

¿Cómo podría sobrevivir un grupo humano que no valorara y cuidara a sus niños y jóvenes?, se pregunta James Rachels (1941-2003) en su extraordinaria Introducción a la filosofía moral. No es casual que un interrogante así se plantee en dicha obra. El cuidado de los chicos y los jóvenes es una cuestión moral. Para cualquier grupo humano, desde una familia hasta un país en su conjunto, la valoración y el cuidado de ellos está vinculado a la continuidad de su historia, a la transmisión y honra de los valores esenciales de la vida y a la trascendencia. Rachels señala: “Si un grupo no cuida a sus jóvenes estos no sobrevivirán y los miembros más viejos del grupo no serán remplazados. Después de un tiempo el grupo se extinguiría”. Cualquier grupo que continúe existiendo debe cuidar a sus jóvenes, dice. Y concluye con énfasis: “Los niños a los que no se cuida deben ser la excepción, no la regla”.

La sociedad argentina ha dejado de valorar y cuidar a sus niños y jóvenes, más allá de palabras y declaraciones. Es un fenómeno creciente, masivo y, lo peor, tiende a naturalizarse. Cada semana una o más tragedias tienen a chicos y jóvenes como protagonistas y víctimas. Los nombres se suceden en una desquiciada sucesión. Psicópatas afectivamente desairados matan o maltratan a chicos. Jóvenes se matan alcoholizados en las rutas en cantidades que los medios no alcanzan a mensurar, pero que cuando se viaja por el país (lo hago semana a semana) se comprueba en cada ciudad o pueblo que llora a sus chicos. Las sobredosis de droga y los comas alcohólicos son pan de cada madrugada entre viernes y domingos, los médicos de guardia dan fe de ello con desaliento y ante oídos sordos. Los chicos y jóvenes son desvalorizados y descuidados de muchas maneras, todas costosas y dolorosas. Por padres que se despreocupan de ellos y creen que su función está cumplida con comprarles todo, enviarlos a colegios caros, darles “libertad” (es decir, desentenderse de poner límites a partir de valores), ser “amigos” (o sea, privarlos de una referencia adulta) o llenarles la agenda de actividades que los mantengan ocupados o entretenidos para que el ejercicio de la paternidad y la maternidad no sea cargoso. También son desvalorizados y descuidados por funcionarios educativos de diversos niveles que los convierten en estadísticas, en power points o en conejitos de Indias de experimentos documentos y discursos oportunistas, chicaneros, vacíos y populistas (no es con una notebook por alumno como se cuida a chicos reales, de carne y hueso, con necesidades verdaderas).

Los chicos y los jóvenes son descuidados cuando se los deja a merced de quienes ven en ellos sólo mercados o bocados. Industrias varias (alcohol, comida chatarra, artefactos de conexión, toda la industria de la noche y buena parte de la de diversión) afinan sus argumentos e instrumentos para atraerlos voraz y vampíricamente ante la ausencia de filtros y contención. Los chicos y los jóvenes son el objeto con los que los adultos de esta sociedad juegan al Gran Bonete. Lo hacen, sobre todo, a la hora de las tragedias, esa hora que cada vez se repite con más frecuencia. Todos culpan a todos. Padres a autoridades. Autoridades a padres. Todos a dealers y comerciantes. Muchos a la mala suerte. Nadie se hace cargo. Responsabilidad cero. Mientras tanto se siguen perdiendo vidas breves y futuros largos. Se suceden las tragedias evitables, las muertes que involucran a chicos y chicas, los abusos, el descuido. Todo eso se hace regla y no excepción. Como se hacen regla los tardíos lamentos paternos o las palabras huecas, irónicamente crueles, de gobernadores, intendentes u otros funcionarios que, como parte del oficio, aparecen y ponen cara de circunstancia a la hora de las tragedias.

Como Cronos, el titán griego hijo de Gaia, la tierra, y de Urano, el cielo, quien devoraba a sus hijos a medida que nacían por temor a ser destronado por ellos, la sociedad argentina (una parte significativa de ella, que incluye a representantes de todas las actividades y clases sociales) malogra serialmente la vida de sus hijos. Cuando algo ocurre una vez es un hecho. Cuando sucede nuevamente es una casualidad. Si se repite como hábito es una coincidencia significativa, según las llamaba Carl Jung. Las coincidencias significativas no obedecen al azar ni a la mala suerte. Tienen significados y correlaciones concretos y profundos. Quizás sea hora de preguntar seriamente qué les sucede a los adultos de esta sociedad. Qué los tiene tan distraídos respecto de sus responsabilidades. Cuál es la urgencia (de diversión, de acumulación económica o material, de arribar, de pertenecer, de figurar, de tener, de poder, de. ¿de qué?) que los tiene abducidos. Si es grave que, como miembro de una comunidad humana, cada uno se preocupe sólo de si a él le va bien, ciego a los otros o al devenir, lo es muchísimo más la despreocupación y la inacción ante sus hijos. Porque la gravedad del asunto hace que hoy debamos pensar en todos los chicos y jóvenes como en nuestros hijos, y no sólo en aquellos que hemos parido.

No son el precio del dólar, las tramoyas internas de un poder político ensoberbecido y narcisista, las patéticas piruetas de una oposición sin brújula y sin propósito, la desorientación patológica del técnico de la selección de fútbol y sus jugadores o el último juguete tecnológico (que será viejo antes de que parpadeemos) los que determinarán y mostrarán el sentido y el futuro de esta sociedad y de la vida de sus integrantes. Todo eso es coyuntura y lo coyuntural perece con los relojes y calendarios. Mientras el descuido imputable de chicos y jóvenes se acentúe, mientras carezcan de modelos y de presencia adulta nutricios que les permitan ante todo vivir y luego desarrollar sus potencialidades en un ámbito de amor y cuidado, el futuro será de pronóstico incierto y sombrío. Dicho todo esto, seguramente habrá quienes se apuntarán para matar al mensajero. Mientras tanto, ¿cómo se evitará la próxima tragedia?.

* * *

Sergio Sinay nació en Buenos Aires el 10 de agosto de 1947.

Obras: Che Guevara (para principiantes), Inolvidable (El libro del bolero y del amor), Gestalt (para principiantes), Hombres en la dulce espera (Hacia una paternidad creativa), El amor a los 40 (Los caminos hacia la plenitud amorosa en la mitad de la vida), Esta noche no querida (El fin de la guerra de los sexos y la aceptación de los valores masculinos), La masculinidad tóxica (Un paradigma que enferma a la sociedad y amenaza a las personas), El hombre divorciado (Descasarse y empezar de nuevo), Misterios masculinos que las mujeres no comprenden (Por qué los hombres hacen lo que hacen, dicen lo que dicen y piensan lo que piensan), Las condiciones del buen amor (Un camino hacia los encuentros posibles), Vivir de a dos (O el arte de armonizar las diferencias), Cuentos machos, Ser padre es cosa de hombres (Redescubriendo y celebrando la paternidad), Elogio de la responsabilidad, La sociedad de los hijos huérfanos (Cuando padres y madres abandonan sus responsabilidades y funciones), Conectados al vacío (La soledad colectiva en la sociedad virtual), La sociedad que no quiere crecer (Cuando los adultos se niegan a ser adultos), La vida plena (Vivir con valores, vivir con sentido), La felicidad como elección (La dicha posible más allá de las falsas ilusiones), Sanar la pareja (Cuando el amor repara lo que el desamor hiere).

www.sergiosinay.com

Sergio Sinay. Hombres en la dulce espera (El nacimiento del padre) [fragmento]

(Anticipo publicado en La Nación, 12.6.2011)

El último trabajo de Sergio Sinay, indaga en el surgimiento de una nueva paternidad. Aquí, uno de sus capítulos.

Paul Auster es uno de los más originales y talentosos narradores estadounidenses contemporáneos. Sus novelas son deslumbrantes por sus tramas, bellas por el uso que él hace de las palabras, estimulantes por sus reflexiones y conmovedoras por sus contenidos. Una de ellas, La invención de la soledad, gira en torno de las dos caras de la paternidad. La del hombre como hijo y la del hombre como padre. El protagonista de la historia va haciendo comprobaciones acerca de la figura paterna. Estas son algunas:

  • “Uno no deja de ansiar el amor de su padre, ni siquiera cuando es adulto.”
  • “Mi recuerdo más temprano: su ausencia. Durante los primeros años de mi vida, él se iba a trabajar por la mañana temprano, antes de que yo me despertara, y volvía a casa mucho después de que me acostara.”
  • “Por lo visto, buscaba a mi padre desde el comienzo, buscaba con ansiedad a alguien que se pareciera a él.”
  • “No es que yo sintiera que le disgustaba; sólo parecía distraído, incapaz de mirar en mi dirección. Y, por sobre todas las cosas, yo quería que notara mi presencia.”
  • “Mirándolo en retrospectiva parece algo de lo más trivial. Sin embargo, el hecho de que yo fuera incluido, de que mi padre me invitara por casualidad a compartir su aburrimiento con él, me llenó de dicha.”
  • “En lugar de enterrar a mi padre, estas palabras lo han mantenido vivo, tal vez mucho más que antes. No sólo lo veo como fue, sino como es, como será; y todos los días está aquí, invadiendo mis pensamientos, metiéndose en mí a hurtadillas y de improviso.”

Traigo esta cita literaria porque me parece una demostración palpable de cuánta información rica ofrece la buena literatura y porque la lectura de esta novela me produjo un asombro constante al encontrarme en ella con frases textuales que yo he oído de labios de hombres de carne y hueso, con los cuales he compartido vivencias y experiencias; en esos párrafos hallé además sensaciones e ideas que yo mismo experimenté.

Desde que un hombre se convierte en padre estará siempre presente en su hijo. Presente aun en ausencia. Desde que una criatura nace, el padre será una referencia constante. Lo será aun por omisión. En síntesis: con la gestación de nuestro hijo entramos en un espacio del cual no hay retorno. La vida, en su armonía infinita y no siempre notable a primera vista, nos da un largo período de adaptación, de preparación, de reflexión, de acercamiento a nuestro nuevo rol.

A lo largo de esos nueve meses podemos darnos por enterados de lo que nos está ocurriendo o podemos empezar a ejercitar nuestra capacidad de fuga y de ausencia. Como señala el personaje de Auster, nuestros hijos querrán que los observemos, que seamos capaces de compartir con ellos así sea nuestro aburrimiento, no dejarán de ansiar nuestro amor, desearán parecérsenos o necesitarán de alguien que se nos parezca. ¿Y nosotros? ¿Qué deseamos de ellos, qué necesitamos, con qué expectativas los aguardamos, qué estamos dispuestos a compartir, qué les exigiremos, los imaginamos parecidos a nosotros?

Ese paquetito de carne, que llora, chupa, duerme y hace constantemente pis y caca, es nuestro hijo. El gran desconocido. Con toda la ansiedad del caso, soñarlo era más fácil, resultaba más manejable que verlo. Quizás hemos practicado con nuestra compañera, en casa y en los cursos de puericultura, y hemos aprendido a cambiar pañales, dar masajes o mamaderas y sostener ese cuerpito. Y si lo hemos aprendido, ello nos proporcionará ahora una bienvenida dosis de tranquilidad y seguridad.

Pero la Gran Pregunta sigue abierta: ¿qué se hace con un hijo? ¿Cómo se hace? Si nos aferramos al salvavidas de los roles tradicionales (¿has oído hablar de los salvavidas de plomo?), las respuestas podrían ser éstas:

  • Lo dejamos en las manos exclusivas de la mamá y de las abuelas, que para eso son mujeres y saben.
  • Nos dedicamos con toda nuestra energía al trabajo “para que a la criatura no le falte nada”.
  • Pagamos el mejor pediatra para que él se haga cargo de nuestras dudas mediante una simple llamada telefónica.
  • Nos anotamos en cuanto viaje de negocios aparezca porque así estamos “asegurando el futuro”.

La cultura ha sido pródiga con los padres en cuanto a proporcionarnos excusas para la ausencia sin necesidad de llamarla temor, ansiedad, desconocimiento, angustia. Pero la Gran Pregunta está ahí, sólida como el peñón de Gibraltar: ¿qué se hace con el hijo que acaba de nacer?

Sabemos que la mamá pasará por un período de tristeza, extrañará su panza (era parte de su cuerpo, después de todo). Se sentirá abrumada por las demandas del bebé, no podrá recomponer fácilmente su propia imagen, sentirá por momentos deseos de ser ella una nena.

Sabemos (¿de veras lo sabemos?) que, en la medida en que se vaya habituando al bebé, ella se sentirá a veces extraña respecto de nosotros, o nos sentirá extraños respecto de ella. Necesitamos que alguien nos explique esto: no ha dejado de querernos ni el vínculo se ha deteriorado; es probable que ahora la relación sea más madura, pero desde aquí en más será diferente y pasará por una inevitable transición. También es necesario que nos preguntemos cómo andamos por casa, qué nos pasa a nosotros en el campo del afecto. No para juzgarnos y preocuparnos; sí para saber, para darnos cuenta.

De fugas y permanencias

¿Y mientras tanto qué ocurre con nuestra tristeza, con nuestros temores e incertidumbres? ¿O acaso nada cambia para el padre? Si repasamos el rito de la covada, podemos descubrir cuánta sabiduría encierra y sabremos advertir qué nos dice de los hombres en el momento de la parición, de nuestros propios síntomas físicos y necesidad de atención y resguardo.

Lo cierto es que en nuestra imaginación, en nuestros sueños y ensueños (incluso en nuestras pesadillas) veíamos a un hijo. Y ahora, frente a nuestros ojos, entre nuestros brazos, percibimos al hijo real. Digámoslo otra vez: un desconocido. ¿Por qué no habría de serlo? ¿No lo somos acaso para él? En ambos casos ésta es una verdad a medias. El es en varios aspectos distinto de cómo lo soñamos, pero es lo que soñamos: nuestro hijo. El no nos conoce pero nació de nosotros, es carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre.

¿Qué hacemos con nuestro hijo? En primer lugar, y de la mejor manera posible, no huirle, quedarnos a su lado con nuestras seguridades e inseguridades, con nuestras certezas y nuestros temores, con nuestras dudas y afirmaciones, con nuestras ganas y con nuestro pavor. Será el único camino para conocerlo y para que nos conozca. El único camino por el cual un padre real se encuentra con un hijo real.

Mi hijo Iván nació un día miércoles 1º de diciembre a las 16.40. En esa época yo trabajaba como redactor de una revista durante las tardes y en un diario durante las mañanas. El jueves, naturalmente, no trabajé porque me fue concedida licencia. Esta se extendió al viernes. El lunes en la mañana debía regresar a la Redacción; por una parte deseaba hacerlo (en primer lugar para hablar de mi hijo y exhibir mi luminosa y vibrante paternidad); por otro lado, con gusto me hubiera quedado en casa disfrutando y descubriendo a esa personita que estrenaba un cuarto en las puertas de cuyos placares yo había dibujado osos, monos, patos y ratones para que lo saludaran. Fui al diario, se me hizo cuesta arriba conectarme con los textos que debía escribir y, a medida que transcurría la mañana, lo que restaba del día empezaba a transformarse en un desierto interminable. Cuando llegó el mediodía, decidí que no iba a estar toda la jornada alejado de mi hijo recién nacido ni de mi hogar en plena transformación. Mientras yo trabajaba, amigos y familiares desfilaban por mi casa para conocer al recién llegado y felicitar a la mamá. De modo difuso empecé a percibir una sensación de injusticia. ¿Por qué yo, el padre, debía estar tan lejos? Al llegar la hora de viajar de la redacción del diario a la sede de la revista, una decisión se había afirmado en mí: no iría a mi trabajo de la tarde, sino a mi casa. Quería estar con mi bebé.

El martes hice lo mismo, sólo que ahora ya no tenía ni broncas ni dudas ni culpas. Lo sentía como un derecho. Cuando los directivos de la revista llamaron para averiguar qué pasaba conmigo, sentí que invadían un recinto sagrado. Luego de mi excusa -que hoy no recuerdo cuál fue- me exigieron que fuera a trabajar al día siguiente. Entonces sentí que eran desalmados, insensibles, indiferentes al milagro de la vida, etc., etc. El miércoles no fui a trabajar y el jueves me despidieron.

Me arrepiento de algunas cosas que hice como padre y de otras que no hice. Me arrepiento y también me perdono. Pero nunca me arrepentí de aquella actitud. No la pongo como ejemplo, no digo que ése sea necesariamente el modo de celebrar la propia paternidad. Pero sí creo que los padres merecemos que se nos respete y se nos otorgue el derecho a estar con nuestros hijos. Hay países (como Suecia en primer lugar, Dinamarca, Noruega, España) en los cuales las licencias por paternidad empiezan a ser extendidas. Hay otros (vivimos en uno de ellos) donde hablar de eso es aún una utopía. Pero yo creo que cada padre, a partir de su situación personal (hay muchos que no trabajan en relación de dependencia), debería encontrar la forma y el estilo de estar junto a su hijo recién nacido el mayor tiempo posible. Seguramente hoy yo puedo hacerlo mejor, con menos pelea, que en aquel momento. Sin embargo, lo que me interesa de esta vivencia personal es rescatar esa fuerza instintiva e intuitiva que me llevó a actuar según mi necesidad. Un instinto paterno.

Es importante fortalecer una vez más un concepto: con la gestación del hijo, nace el padre. La gestación empieza desde la concepción. Muchos hombres encuentran abundantes razones -a lo largo del embarazo- para trabajar más horas fuera de casa, para comprometerse en nuevos proyectos profesionales que les requerirán más atención, presencia y esfuerzo. Muchos otros viven aventuras extramatrimoniales en esas circunstancias (18 sobre 79, según una investigación de los terapeutas sexuales Masters y Johnson). Un buen porcentaje se vuelca con intensidad casi profesional a las actividades deportivas. Los hay que aumentan sensiblemente su consumo de alcohol, de tabaco o de psicofármacos. Los psicólogos suelen explicar esto diciendo que es una manera de actuar su “propio embarazo” (son todas cosas propias, en las que se sienten irreemplazables). No se trata de llevar a nadie a un pelotón de fusilamiento por estas causas. Estos hombres, aunque parezca, no hacen lo que quieren, sino que viven el embarazo como pueden. Quien arroje la primera piedra puede ser acusado de soberbio. Sí es recomendable tomar en cuenta estos síntomas, no negarse a verlos ni a hablar de ellos (con quien se pueda, como se pueda).

Poner algo más que la cara

A lo largo de este libro he insistido en la importancia de la presencia paterna en el embarazo y en el parto. Habría que recordar que ahí no termina, que la presencia continúa en la crianza. Sin embargo, presencia es algo más que poner la cara. Elisabeth Badinter lo recuerda en XY, la condición masculina: “No todos los niños criados sin padre tienen problemas, como tampoco todos los que viven con él tienen garantizado un desarrollo normal. Actualmente nadie sabe con certeza las causas del éxito o del fracaso. La presencia o ausencia paterna no bastan, por sí solas, para explicarlo”.

¿Entonces, qué? ¿Barremos con el codo lo escrito con la mano? Nada de eso. Se trata de tener en cuenta la calidad de la presencia para evitar que se transforme en un simple acto de fuerza o de autoritarismo. Estar presente es el único modo de poder aprender -desde la atención y el darse cuenta- el camino nuevo que transitamos. “A criar se aprende sobre la marcha”, señala Badinter y apunta que esto es válido tanto para el hombre como para la mujer. Es oportuna esta aclaración para desactivar el complejo masculino que nos hace sentir “inútiles” para estas cuestiones. Un complejo fortalecido por las actitudes de madres, suegras y consuegras (que tienden en esos momentos a reforzar la exclusión paterna) y también por la conducta de padres, suegros y consuegros (que suelen hacer de su “ignorancia” poco menos que una bandera de masculinidad).

En primer lugar tenderemos a criar del mismo modo en que vimos hacerlo o en que fuimos criados. Sólo nuestra propia vivencia nos podrá llevar a descubrir nuestro propio estilo, nuestra propia dirección, nuestras propias habilidades y posibilidades para criar. La investigación de Badinter -que ha cotejado trabajos de campo específicos- es iluminadora. “Los diversos estudios que se han hecho sobre la relación padre/bebé durante los primeros seis meses, lo dicen claramente: los padres ejercen la maternidad tan bien como las madres (.) El padre, al igual que la madre, puede llegar a establecer una verdadera relación simbiótica con su bebé en la medida en la que sepa despojarse de su masculinidad tradicional.” La investigadora Judith Kestenberg, en un artículo sobre el desarrollo de las actitudes paternales escrito en 1982, llega a una conclusión terminante: “El puro macho, el duro entre los duros, es esencialmente no apto para la paternidad”.

Hasta tal punto no lo es que nos ha dejado -después de varias generaciones- un vacío, un mal de ausencia, que procuramos sanar a través del aprendizaje y de la inauguración de nuestra propia, nueva paternidad.

Que los hombres tengamos capacidad para la “maternidad” no significa que madres y padres seamos intercambiables. Ambos somos necesarios, pero no indistintos. Creo útil advertir que la reivindicación de la presencia paterna no debe hacerse a costa o en contra de la madre. Michael Yogman, tras largos años de estudiar las primeras etapas en la vida del bebé, percibió que los juegos de los padres suelen ser más excitantes, más estimulantes, más vigorosos y también más perturbadores que los de las madres. Los padres tienden a los juegos táctiles, en tanto las madres se inclinan por los visuales. Estas y otras diferencias -que sólo se pueden registrar desde la presencia- son muy importantes para el bebé y para su propio aprendizaje de las diferencias. Los padres juegan de un modo distinto -sobre todo a partir del año- con sus hijos (más actividad física, exploración, independencia) que con sus hijas (prevalece la pasividad, la dulzura) y tocan más los órganos genitales de sus bebés varones que de las nenas. Las madres, a su vez, tienden a una conducta más pareja en todos estos aspectos.

Todo esto, y más, surge de los trabajos de quienes investigan los vínculos tempranos. Lo bueno de saberlo es que se cuenta con argumentos para desbaratar esa creencia según la cual el bebé siente, “naturalmente”, mayor apego por la madre. Eso ha servido para estimular, facilitar o incitar a la ausencia paterna. Sin embargo, la coartada no sirve más.

(Lanzado este mes por la editorial Hojas del Sur.)

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