Anorexia al extremo (y me pregunto)

¿Qué somos los seres humanos?
¿Qué podemos llegar a ser?
¿Por qué?
Podemos esgrimir una, dos o cien causas.Esta persona es como lo muestra este video.
¿Qué busca esta chica?
¿Qué quiere llegar a ser?
¿Cuántas cosas está dispuesta a hacer para llegar a desaparecer?
¿O para llegar a que la vean? ¿desapareciendo?
¿Por qué ella ha llegado a considerarse un fantasma, alguien transparente?
¿Qué dice y qué no?
¿Qué sucedió con las personas adultas que la criaron?
¿Qué le hicieron y qué no le hicieron para llegar a estar como está?
¿Qué le pidieron que haga y ella no hizo?
Alguien la ultrajó, otro la ultrajó nuevamente. Dos acontecimientos que no condicionan los trastornos de la alimentación, ya que otras personas sufrieron vejaciones pero no han llegado a ser anoréxicas.
Pero Aimeé las sufrió y, quizás (porque son todas conjeturas) eso le hizo querer morir lentamente, pausadamente, día tras día.
Se come el mundo para devolverle lo que se comió en forma de vómito. Porque el mundo, lo que ella consideraba su mundo, la violó.
Te devuelvo lo que me hiciste.
Me como al mundo.
Como, me estoy comiendo a mí misma día tras día, bocado tras bocado.
Y como porque tengo algo que comer.
La contrapartida de esto son los seres humanos que se mueren de hambre. O los campos de concentración y de detención forzada de personas en cualquier lugar donde los hubo. Situaciones ambas que son aberrantes. Repito: son aberrantes, no humanas.
Anorexia y bulimia: enfermedades de la abundancia, del consumo, del tener.
¿Cuál es la enfermedad de “ser”? ¿O lo que le sucede a esta chica es estar enferma por no poder ser algo distinto a lo que es? ¿un poco de ser humano? ¿un despojo? ¿lo que somos en realidad? ¿existirá la anorexia o la bulimia en los demás animales?

La elección de qué tipo de vida quiere vivir Aimeé nos interroga a todos. Como personas y como responsables de lo que hacemos en cada acto de nuestras vidas.
Porque somos responsables de lo que hacemos con nosotros mismos pero también de lo que hacemos con los demás. Pero es posible otra vida. Debe ser posible otra vida. Nuestro derecho humano es que otra vida mejor sea posible. Y que también lo sepan nuestros gobernantes.

Ser o estar

un pie que recorre el camino
devora el mundo

un pie dentro de un cuerpo
en
el lugar dentro de una sombra
en
el minuto dentro del espacio
en
la calle que asfixia

no es sólo un amor el absurdo
que anuncia la nada
el vacío inútil
amor provoca nada
mundo provoca nada
la constelación planetaria
la gente que se mueve
y
la gente que no se mueve

no es sólo la coincidencia en los ejes
no estoy hablando de álgebra
hablo de mi mundo

Unos

sonidos
evocan acontecimientos
actos deshechos
indecisiones.
Miro a un hombre desheredado
que ajeno a su sombra
recién venido al mundo de los rostros inmunes
sorprende la realidad.
Camina
va
marca
señala.
Los pájaros vuelven
dejan el tiempo.
Cuando el hombre observa por la ventana
sólo ve el cielo
que inunda el vacío.

En cementerio

Platón afirmaba que “el tiempo es la imagen móvil de la eternidad”. Recordé esa definición a raíz de que en los últimos días tuve que ir a un cementerio. Y simultáneamente el problema del tiempo se ubicó junto a la siguiente cuestión: ¿qué es un cementerio?

En 2007 en Argentina murieron 315.852 personas. En la ciudad de Buenos Aires hay tres cementerios públicos. El primer cementerio fue el de Recoleta inaugurado en 1822, y los primeros entierros fueron los ”del párvulo liberto Juan Benito y el de María Dolores Maciel”, tal como consta en la página web del gobierno de Buenos Aires. Allí también se informa que el de Flores fue inaugurado oficialmente en 1867 y Elena Bergallo de 3 años de edad fue la primera inhumada. El de Chacarita fue inaugurado en 1871 y el primer inhumado fue Manuel Rodríguez, un albañil. Hay visitas guiadas en los tres.

El filósofo danés Sören Kierkegaard pensó y escribió páginas extraordinarias acerca de la angustia, la desesperación y la fe. “Kierkegaard” en danés significa “cementerio”.

Padre falleció en 2000 y según los registros del lugar donde está sepultado, ya transcurrieron más de los ocho años que se estima es el tiempo adecuado como para que su cuerpo se desintegre y lo único que quede sean sus huesos, esto es: “los restos”. De ahí la expresión “levantar los restos” que designa al acto mediante el cual un señor empleado del cementerio se encargará de tomar los huesos del otrora Padre y preguntarle a los familiares (vivos) qué quieren hacer con ellos, si (a) quemarlos o (b) no quemarlos y depositarlos en un nicho. ¿Ser o no ser? (era obvio que en algún párrafo iba a citar la pregunta hamletiana).

Madre había decidido no cremarlo en Su Momento. Hoy acompañamos su decisión (b) de colocarlo en un nicho.

Mi última visita a un cementerio fue hace casi diez años cuando sepultaron a Padre. No creo que algo haya cambiado desde entonces, más allá de que ese día hacía calor (después de todo era verano) y hoy es un día soleado y fresco (después de todo es invierno). Seguramente el intendente del partido (la acción transcurre en algún lugar del Gran Buenos Aires) sigue siendo el mismo que entonces o a lo sumo su hijo está gobernando hoy.

Mis anteriores incursiones fueron a propósito de formar parte del séquito que acompañó a familiares lejanos a su última morada terrenal, otra un paseo voluntario al cementerio de Recoleta (en privilegiada zona de Buenos Aires, sitio donde “reposan” los restos de las familias más aristocráticas del país más algún cantor popular) siguiendo los pasos de una pulposa señorita, y más atrás en el tiempo, siendo niño, la excursión a que era transportado por Abuela y Madre para “visitar” a lo que quedaba de Abuelo. No mucho más.

Cumpliendo lo solicitado por el personal del cementerio, junto con Madre y Hermana llegamos 7:30 AM al lugar. Una vez que le comunicamos la decisión (b) y de asignarnos el nicho correspondiente, se nos dijo que teníamos que comprar una “urna” para colocar los huesos. Dicha operación la llevamos a cabo en uno de los comercios estratégicamente ubicados frente al cementerio. La urna en cuestión es una versión reducida del féretro, de unos 50 centímetros de largo. Nos ofrecieron dos modelos.

Entregamos la urna y nos trasladamos al lugar donde yacía Padre distante unos cien metros de la Administración. Madre no participó del evento. El evento era estar presente en el momento en que un sepulturero desenterrase a Padre.

¿Qué idea de la muerte hay en un cementerio? Otras culturas tienen otra relación con los muertos. En muchos lugares de Argentina sobreviven distintos cultos a la Muerte: me resulta muy interesante e intrigante saber lo que sucede en otros países, qué hace la gente con sus muertos. Me hacía esa pregunta mientras transitaba por las callecitas del cementerio observando las tumbas.

Vi tumbas de muchos diseños. Tumbas modestas y tumbas olvidadas. Tumbas inmaculadas y tumbas casi anónimas. Tumbas con dedicatoria. Y tumbas pintadas con los colores del equipo de fútbol favorito del muerto, donde está grabado incluso el escudo de ese club (alguien podría hacer alguna asociación con el hecho de que los jugadores vivos de ese club son unos muertos también, teniendo en cuenta los desempeños dentro de un campo de juego, pero no abundaré en ello).

También vi detalles personalizados del difunto: hace unas décadas además del nombre y apellido se colocaba un retrato del occiso enmarcado en metal. Hoy ese retrato ha dejado de ser en blanco y negro o sepia, y es a cuatro colores, con un fondo celeste, y con un retoque en blanco que rodea la cabeza para darle un efecto de santidad, gracias a San Photoshop, creo. Una variante más modesta es una foto del muerto impresa en papel a color en impresora hogareña y cubierta por plástico transparente adhesivo para protegerla de los avatares del clima.

Además de las clásicas flores de plástico, el ingenio popular ha hecho posible que varias tumbas luzcan adornos de jardín. Sí, consisten en unas flores también de plástico giratorias bastante grandes que se mueven gracias al viento circulante. Vienen en colores flúo.

Una vez llegados al lugar de los hechos, el empleado comenzó el desentierro. Como no tenía nada que hacer salvo observarlo, me senté en una tumba. Hermana hizo lo mismo. Un detalle interesante era que Padre al nacer me pusiera como primer nombre el mismo que él tuvo de segundo; o sea que la placa indicadora ostentaba mi nombre y apellido también. Vincent Van Gogh tuvo un hermano que murió a los pocos meses y a quien habían dado el nombre que también él tuvo. Cuando visitó su tumba le produjo una sensación especial.

Transcurrían las paladas de tierra y a partir de cierto momento el empleado también se ocupaba de fragmentos del cajón y de ciertas cosas pequeñas que separaba cuidadosamente con sus manos enfundadas en guantes. En ese momento yo también ya estaba asomado al agujero rectangular donde yacía Padre. “¿Qué es eso que separa?”, pregunté. Eran las falanges de las manos paternas, que según el hombre, “no van dentro de la mortaja, sino afuera”.

Llegado ya a cierta profundidad, nos dijo: “no está listo, porque veo salir cucarachas”. Eso indicaba que los huesos no estaban limpios del todo, y que iba a ser necesario esperar un tiempo más para que se termine de consumir la grasa que aún estaba pegada. Su explicación era que si bien ya hacía diez años de la muerte, como el terreno allí era muy húmedo no se consumía en tiempo y forma. Que iba a esperar al capataz para que dé su veredicto, que tendría que llenar nuevamente de tierra el lugar y que a los seis meses tendríamos que regresar y hacer la operación otra vez y ver cómo estaba Padre.

Mientras intentaba ver algo más, sonó mi celular y dije a alguien dónde estaba y qué estaba haciendo. Me respondió que seguramente me dirían que Padre no estaba en condiciones de que levanten sus restos: “eso se lo dicen a todos para que les des una propina y lo levanten igual”. Tal cual. Al rato se acercó el hombre: “si ustedes quieren, y esto queda entre nosotros, nadie se entera, lo levantamos igual, lo llevamos, lo limpiamos y ustedes hacen lo que quieran hacer, así no tienen que volver cada seis meses”. Sin mención de propina. Consultamos a Madre y aceptó el ofrecimiento.

También nos enteramos que cierto sector o pabellón de nichos era peligroso no porque los muertos resucitan allí, sino porque “te roban”. Como está contra una pared que divide a muertos de vivos, resulta que del lado vivo hay una villa de emergencia o asentamiento. Pero no necesariamente es por eso que te roban sino porque hay dos puertas de acceso a través de las cuales es fácil escapar con lo hurtado a los familares que depositan su ofrenda a los difuntos.

Media hora más tarde acompañábamos al hombre hacia un nuevo destino (el de Padre): un nicho. Varios pasillos mediante y al colocar la urna en su lugar, el hombre observó: “acá hay lugar para tres más, así que no compren otro nicho porque hay lugar”. Agradecidos por el sabio consejo nos retiramos silenciosamente, para no incomodar.

Mientras desandaba las callecitas, el sol aún brillaba.

En una noche de verano

La felicidad absoluta no existe.
Vivimos porque la felicidad absoluta no existe.
Pese a ello.
Diariamente nos atrevemos a buscarla.
Vivir es la demostración de que la felicidad absoluta no existe.

El sentido último de la vida no existe.
Vivimos porque el sentido último de la vida no existe.
Pese a ello.
Diariamente nos atrevemos a buscarlo.
Vivir es la demostración de que el sentido último de la vida no existe.

Lo absoluto no existe.
Vivimos porque lo absoluto no existe.
Pese a ello.
Si lo absoluto existiera ¿viviríamos?
¿Lo absoluto toleraría que existamos?
Vivir es la demostración de que lo absoluto no existe.

Lo que opino sobre la conducta homosexual

Considero que respecto a la homosexualidad hay tantas opiniones y prejuicios como los referidos a la cuestión del aborto y a la del suicidio. Y donde se entrecruza lo moral, lo legal, lo social, lo religioso y lo filosófico.

En mi práctica clínica no abundan las personas que manifiesten tener problemas de identidad sexual. En el último año, por ejemplo, sólo atendí a dos pacientes en quienes su orientación sexual marcaba su estilo de vida, pero con muy diferentes matices: un varón de 40 años homosexual que hace más de diez años convive con su pareja homosexual y cuyos problemas estaban relacionados con su trabajo y las relaciones interpersonales en la empresa (no por su elección sexual), y una mujer de 24 que habiendo tenido muchas relaciones heterosexuales y definirse como tal, en un solo momento de la terapia me refirió que compartía fantasías lésbicas con su mejor amiga, en las que ambas eran las protagonistas, cosa que la divertía. Pero nada más.

Una pregunta que podría surgir para evaluar si una conducta es o no patológica o enfermiza es: ¿qué es lo normal? Pregunta cuya respuesta es equívoca ya que dependerá de la cultura de que se trate y de la clasificación que se utilice.

Pero hay un detalle más. La teoría que Freud elaboró y que siguió variados derroteros siempre se basó en casos que por alguna razón eran considerados patológicos o enfermizos, o al menos, personas que padecían algo. Y mucho más tardíamente arriesga una definición de salud, no de normalidad. Inclusive esto, el que se parta de lo patológico, ha sido una de las críticas a su pensamiento.

Según James McCary (definición que comparto): “el comportamiento sexual puede considerarse aceptable para la sociedad si se cumplen tres condiciones:

1)      que no sea dañino para ninguno de los participantes,

2)      que lo lleven a cabo personas adultas, responsables y conscientes y,

3)      que se manifieste lejos de la vista de observadores indeseables.”[1]

El conocido DSM-IV (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales IV) originario de EEUU (y que aquí suelen utilizarlo algunas prepagas para codificar las patologías psíquicas), delimita el grupo de los “Trastornos sexuales y de la identidad sexual”. Allí incluyen trastornos del deseo y de la excitación sexual, orgásmicos, por dolor y debidos a enfermedad médica. Otro apartado es el de las parafilias (pará = al margen de, filia = amor), prácticas sexuales donde la fuente de placer no tiene que ver primariamente con la cópula sino con alguna otra actividad o fuente: exhibicionismo, fetichismo, frotteurismo, pedofilia, masoquismo, sadismo, fetichismo transvestista y voyeurismo. Y finalmente el apartado de los trastornos de la identidad sexual.

Respecto a la homosexualidad, no se ha comprobado fehacientemente ninguna teoría: la influencia hereditaria, del hogar y de la familia, y las razones biológicas inciden en la predisposición a la totalidad de las perturbaciones que afectan a los seres humanos, no especialmente a la conducta sexual.

En todas las culturas y en todos los tiempos ha habido personas que tuvieron y tienen conductas “distintas” y algunos pueblos las condenaron y otros las aceptaron, dejando en su camino algunos miles de cadáveres. Pensemos en el nazismo.

Mi posición es que la conducta homosexual es un tipo de orientación sexual. ¿Qué es un hombre o qué es una mujer? ¿Los rasgos biológicos o la conducta que muestra? ¿Se nace o se llega a serlo?

 

[1] Citado en Gindin, León. La nueva sexualidad del varón, Buenos Aires, Paidós, 1987, p. 239.

Cronos ígneos grafos

Estoy muerto

Y si no fuera el tiempo de los sabuesos
donde sonaban los instrumentos de la noche
hubieran sido ciertos lugares prohibidos
los manjares
dulces despertares
objetos desesperados.

El sueño era el oasis de los locos
vuelven envueltos en una serpiente
vendrán desde los árboles
que protegen el espacio sagrado.

Soy una sombra partida en un millón
opuesta al eterno velo:
la comisura del espacio perfecto
la adivinación por los indicios
los perros asustados.

Voy a imaginar maravillas
vuelo
en leve eclipse en el extinguido temblor
hago equilibrio
por las grietas.

Un falso paroxismo
el sol será una aguja
estupefacto
y nocturno.

RICARDO SOSA

Boy A

boy a

Película de 2007 del Reino Unido, dirigida por John Crowley.  No fué estrenada comercialmente en los cines de Argentina, pero puede conseguirse en DVD buscando y buscando.

El personaje principal es un adolescente de 18 años, quien vuelve a su vida cotidiana. En principio no se sabe si estuvo en una clínica psiquiátrica, en prisión o en un instituto de menores, detalle que le otorga más interés a la película, así como no es posible saber en principio si su estado mental está equilibrado. El planteo inicial incluye a un adulto que parecería ser su tutor,  psiquiatra o policía.

Algo sucedió en el pasado de Jack, y no precisamente algo superficial o banal, tal que le cambió su vida para siempre.

Drama psicológico y suspenso en exactas dosis, sobre la amistad y el amor, pero que aborda un aspecto crucial de la realidad de muchos jóvenes y adultos: la posibilidad de rehacer la vida en permanente lucha con sus fantasmas y con la sociedad.

Con Andrew Garfield (Jack), Peter Mullan (Terry), Siobhan Finneran (Kelly) y Alfie Owen (Eric).

Ricardo Sosa

Reseña bibliográfica

Iona Heath, Ayudar a morir (Con un prefacio y doce tesis de John Berger), Buenos Aires, Katz Editores, 2008, 126 pp, 11 x 17 cm. Título del original en inglés: Matters of Life and Death. Key Writings, 2007, traducción de Joaquín Ibarburu, ISBN 978-987-1283-84-2.

La preocupación por la muerte ha estado siempre presente en el hombre. Podríamos afirmar que todas las manifestaciones de la filosofía, el arte y la cultura se inspiran en el malestar que el fin de la vida provoca en el ser humano. Esta obra es una profunda y sensible invitación a pensar la consideración que los vivos tenemos respecto a los que están próximos a morir.

Su autora, Iona Heath, nació en Inglaterra, es Médica generalista y trabajó en Camden, uno de los suburbios más pobres de Londres, y ha condensado su experiencia clínica en varios ensayos donde se interroga sobre la práctica de la Medicina.

En breves e intensos capítulos la autora se nutre de citas de filósofos, ensayistas, novelistas, dramaturgos y poetas, tales como Hans-Georg Gadamer, John Berger, Isaiah Berlin, Giambattista Vico, M.M. Bajtin, Susan Sontag, Samuel Beckett, Ingmar Bergman, Roberto Juarroz, Jorge Luis Borges, W.G. Sebald, Saul Bellow, Philip Larkin, Thomas Browne, entre muchos otros, así como de profesionales de la salud, para pensar lo que debería ser una “buena muerte”.

Sostiene que, en la actualidad, en el mundo occidental, el desarrollo de la Medicina ha conducido a que los médicos -las personas más próximas al moribundo y a la muerte-, tomen distancia del paciente, preocupándose más por prolongar su vida que en la calidad de su existencia, dejando de considerar el sufrimiento del que está muriendo.

Heath afirma que, en nuestra época, las sociedades occidentales tratan de hacer todo lo posible por negar la enfermedad y la muerte. Todo tipo de dispositivos tecnológicos, sumados a dietas, ejercicios y fármacos, están puestos al servicio del bienestar físico y al de prolongar la vida. Meta que es asumida como un verdadero desafío por la ciencia que, en general, se percibe como omnipotente. Pero la muerte irrumpe y perturba el devenir cotidiano como una fatalidad.

“Si apartamos la vista de la muerte, también socavamos el placer de la vida. Cuanta menos conciencia tenemos de la muerte, menos vivimos” (p. 34). Pensar la muerte conduce -o debería conducir- inexorablemente a pensar en la vida y lo que hacemos con ella. Porque la muerte es tanto una certeza, como algo inevitable.

Incluso este rechazo de la muerte ha hecho que se continúe estigmatizando el suicidio, considerándolo una enfermedad y no –como sostiene la autora- un derecho humano: el derecho a terminar voluntariamente con la vida propia.

Fundándose en estos postulados, Heath nos recuerda que hay muchos modos de morir. Pero que lo esencial, sea cual fuere la manera, es que la muerte próxima, inminente, nos permite construir y reconstruir el relato de nuestra vida, otorgándole coherencia, dignidad, significado y sentido, acciones todas en que la presencia del médico o de otro profesional sanitario, es insoslayable.

“Morir es parte de la vida, no de la muerte: hay que vivir la muerte” (p. 50). Los adelantos farmacológicos han logrado, en gran medida, atenuar el dolor y el sufrimiento concomitante de aquellos que los padecen, pero quizás los médicos hayan confundido el hecho de aliviar el dolor con el de impedir la posibilidad de que el paciente acceda a la experiencia existencial, personal e intransferible de su propia muerte.

La muerte no siempre está exenta de sufrimiento. La autora juzga como un grave error que hoy “la medicina (…) en cierto modo, devalúa como algo obsoleto e innecesario el viejo esfuerzo humano de hacer frente al dolor y sufrir con entereza y estoicismo” (p. 57). Y que cabe a los médicos una tarea particular: la de tratar de que, en el momento final, el tiempo propio del morir del cuerpo del paciente y el de la mente estén en la máxima armonía.

La idea de la vida concebida como una preparación para la muerte evoca otra de sus ideas, según la cual la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos es atemporal y tan permeable que posibilita un diálogo enriquecedor fuera del tiempo, ya que la memoria y la imaginación permiten conservar a los muertos.

Entre las recomendaciones que Heath brinda a los médicos que asisten a los moribundos, remarca el hecho de tener los ojos abiertos “para ver la humanidad y dignidad de nuestros pacientes” (p. 90), disponer de palabras para el diálogo, tener contacto físico con ellos y paciencia para esperar. Todo esto en función de poder establecer un mayor compromiso con la vida del otro.

Y a propósito de lo verbal, postula la importancia especial que tiene la poesía para la Medicina, ya que hay cosas que sólo el poeta puede ver y que puede traducir en palabras, trascendiendo lo individual de la vida humana, proyectándose hacia la eternidad.

El libro finaliza con “Doce tesis sobre la economía de los muertos” del crítico, dramaturgo, ensayista, novelista y cuentista John Berger (Inglaterra, 1952). Allí, siguiendo con la línea de pensamiento de Heath, enuncia ideas y preguntas acerca de la relación entre vivos y muertos.

Por los problemas abordados y el enfoque elegido, esta obra pone en discusión un tema relativizado y ocultado por una gran parte del pensamiento contemporáneo: el buen morir y el derecho a una buena muerte.

Su lectura es recomendable especialmente para todos aquellos profesionales de la salud que de una manera u otra están en contacto con la enfermedad, el dolor y la muerte: Heath hace un llamado a humanizar la práctica médica cotidiana a través de una obra profunda, escrita en un lenguaje claro dirigida a provocar la reflexión del lector.

Música intencional

04

Las manos se escudan detrás del silencio.
Brumosas y carcomidas por el espanto
la carne es de tiempo.
Los latidos de mi cerebro anulan mi paciencia
porque el silencio ya no es
y es mas que nada.

Ya ves que nunca le sonreí al olvido:
la carne me circunda.

Ahora la materia ígnea de mi voz
se ha llamado a silencio.

Nuevos crepúsculos
evidencian mas que un ocaso.

Pero las serpientes
presienten que la noche
ha parido un grito.

Personas

El hombre
camina alrededor de la plaza
de noche
ante la mirada aburrida de otros hombres
una vez
y otra
y las luces de mercurio
se van apagando.

Detrás del pequeño cristal antiguo y roto
la pequeña
rompe su silencio de años
corre
busca
encuentra un pequeño papel
y dibuja unas letras
que le crean la realidad
o el mundo
a secas.

La anciana
en su habitación brillante
esconde un libro
un crucifijo
una foto
balbucea varios pensamientos
pero como diálogos interminables
con tres o cuatro difuntos:
la piel se agita
los huesos tiemblan
y el corazón.