Enrique Krauze / Decálogo del populismo

(Publicado en La Nación, 1.11.2012, lanacion.com.ar)

Más que su perfil ideológico, que podría ser tanto de derecha como de izquierda, lo que caracteriza al fenómeno político que hoy tensa la escena latinoamericana es su ejercicio del poder y su desconfianza en las instituciones

El populismo en Iberoamérica ha adoptado una desconcertante amalgama de posturas ideológicas. Izquierdas y derechas podrían reivindicar para sí la paternidad del populismo, todas al conjuro de la palabra mágica “pueblo”. Populista quintaesencial fue el general Juan Domingo Perón, quien había atestiguado directamente el ascenso del fascismo italiano y admiraba a Mussolini al grado de querer “erigirle un monumento en cada esquina”. Populista posmoderno es el comandante Hugo Chávez, quien venera a Castro hasta buscar convertir a Venezuela en una colonia experimental del “nuevo socialismo”. Los extremos se tocan, son cara y cruz de un mismo fenómeno político cuya caracterización, por tanto, no debe intentarse por la vía de su contenido ideológico sino de su funcionamiento. Propongo diez rasgos específicos.

1) El populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo. “La entrega al carisma del profeta, del caudillo en la guerra o del gran demagogo -recuerda Max Weber- no ocurre porque lo mande la costumbre o la norma legal, sino porque los hombres creen en él. Y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, «vive para su obra». Pero es a su persona y a sus cualidades a las que se entrega el discipulado, el séquito, el partido.”

2) El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma. El populista se siente el intérprete supremo de la verdad general y también la agencia de noticias del pueblo. Habla con el público de manera constante, atiza sus pasiones, “alumbra el camino” y hace todo ello sin limitaciones ni intermediarios. Weber apunta que el caudillaje político surge primero en las ciudades-estado del Mediterráneo en la figura del “demagogo”. Aristóteles (Política, V) sostiene que la demagogia es la causa principal de “las revoluciones en las democracias” y advierte una convergencia entre el poder militar y el poder de la retórica que parece una prefiguración de Perón y Chávez: “En los tiempos antiguos, cuando el demagogo era también general, la democracia se transformaba en tiranía; la mayoría de los antiguos tiranos fueron demagogos”. Más tarde se desarrolló la habilidad retórica y llegó la hora de los demagogos puros: “Ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar”. Hace veinticinco siglos esa distorsión de la verdad pública (tan lejana de la democracia como la sofística de la filosofía) se desplegaba en el Ágora real; en el siglo XX lo hace en el Ágora virtual de las ondas sonoras y visuales: de Mussolini (y de Goebbels) Perón aprendió la importancia política de la radio, que Evita y él utilizarían para hipnotizar a las masas. Chávez, por su parte, ha superado a su mentor Castro en utilizar hasta el paroxismo la oratoria televisiva.

3) El populismo fabrica la verdad. Los populistas llevan hasta sus últimas consecuencias el proverbio latino “Vox populi, Vox dei”. Pero como Dios no se manifiesta todos los días y el pueblo no tiene una sola voz, el gobierno “popular” interpreta la voz del pueblo, eleva esa versión al rango de verdad oficial y sueña con decretar la verdad única. Como es natural, los populistas abominan de la libertad de expresión. Confunden la crítica con la enemistad militante, por eso buscan desprestigiarla, controlarla, acallarla. En la Argentina peronista, los diarios oficiales y nacionalistas -incluido un órgano nazi- contaban con generosas franquicias, pero la prensa libre estuvo a un paso de desaparecer. La situación venezolana, con la “ley mordaza” pendiendo como una espada sobre la libertad de expresión, apunta en el mismo sentido; terminará aplastándola.

4) El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos. No tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas. El erario es su patrimonio privado, que puede utilizar para enriquecerse o para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, o para ambas cosas, sin tomar en cuenta los costos. El populista tiene un concepto mágico de la economía: para él, todo gasto es inversión. La ignorancia o incomprensión de los gobiernos populistas en materia económica se ha traducido en desastres descomunales de los que los países tardan decenios en recobrarse.

5) El populista reparte directamente la riqueza, lo cual no es criticable en sí mismo (sobre todo en países pobres, donde hay argumentos sumamente serios para repartir en efectivo una parte del ingreso, al margen de las costosas burocracias estatales y previniendo efectos inflacionarios), pero el populista no reparte gratis: focaliza su ayuda, la cobra en obediencia. “¡Ustedes tienen el deber de pedir!”, exclamaba Evita a sus beneficiarios. Se creó así una idea ficticia de la realidad económica y se entronizó una mentalidad becaria. Y al final ¿quién pagaba la cuenta? No la propia Evita sino las reservas acumuladas en décadas, los propios obreros con sus donaciones “voluntarias” y, sobre todo, la posteridad endeudada, devorada por la inflación. En cuanto a Venezuela (cuyo caudillo parte y reparte los beneficios del petróleo), hasta las estadísticas oficiales admiten que la pobreza se ha incrementado, pero la improductividad del asistencialismo (tal como Chávez lo practica) sólo se sentirá en el futuro, cuando los precios se desplomen o el régimen lleve hasta sus últimas consecuencias su designio dictatorial.

6) El populista alienta el odio de clases. “Las revoluciones en las democracias -explica Aristóteles, citando “multitud de casos”- son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos.” El contenido de esa “intemperancia” fue el odio contra los ricos; “unas veces por su política de delaciones [...] y otras atacándolos como clase, [los demagogos] concitan contra ellos al pueblo”. Los populistas latinoamericanos corresponden a la definición clásica, con un matiz: hostigan a “los ricos” (a quienes acusan a menudo de ser “antinacionales”), pero atraen a los “empresarios patrióticos” que apoyan al régimen. El populista no busca por fuerza abolir el mercado: supedita a sus agentes y los manipula a su favor.

7) El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales. El populismo apela, organiza, enardece a las masas. La plaza pública es un teatro donde aparece “Su Majestad El Pueblo” para demostrar su fuerza y escuchar las invectivas contra “los malos” de adentro y afuera. “El pueblo”, claro, no es la suma de voluntades individuales expresadas en un voto y representadas por un parlamento; ni siquiera la encarnación de la “voluntad general” de Rousseau, sino una masa selectiva y vociferante que caracterizó otro clásico (Marx, no Carlos sino Groucho): “El poder para los que gritan «¡el poder para el pueblo!»”.

8) El populismo fustiga por sistema al “enemigo exterior”. Inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica, necesitado de señalar chivos expiatorios para los fracasos, el régimen populista (más nacionalista que patriota) requiere desviar la atención interna hacia el adversario de afuera. La Argentina peronista reavivó las viejas (y explicables) pasiones antiestadounidenses que hervían en Iberoamérica desde la Guerra del 98, pero Castro convirtió esa pasión en la esencia de su régimen: un triste régimen definido por lo que odia, no por lo que ama, aspira o logra. Por su parte, Chávez ha llevado la retórica antiestadounidense a expresiones de bajeza que aun Castro consideraría (tal vez) de mal gusto. Al mismo tiempo hace representar en las calles de Caracas simulacros de defensa contra una invasión que sólo existe en su imaginación, pero que un sector importante de la población venezolana (adversa, en general, al modelo cubano) termina por creer.

9) El populismo desprecia el orden legal. Hay en la cultura política iberoamericana un apego atávico a la “ley natural” y una desconfianza de las leyes hechas por el hombre. Por eso, una vez en el poder (como Chávez), el caudillo tiende a apoderarse del Congreso e inducir la “justicia directa” (“popular”, “bolivariana”), remedo de una “Fuenteovejuna” que, para los efectos prácticos, es la justicia que el propio líder decreta. Hoy por hoy, el Congreso y la Judicatura son un apéndice de Chávez, igual que en la Argentina lo eran de Perón y Evita, quienes suprimieron la inmunidad parlamentaria y depuraron, a su conveniencia, el Poder Judicial.

10) El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal. El populismo abomina de los límites a su poder, los considera aristocráticos, oligárquicos, contrarios a la “voluntad popular”. En el límite de su carrera, Evita buscó la candidatura a la vicepresidencia de la República. Perón se negó a apoyarla. No por casualidad, en sus aciagos tiempos de actriz radiofónica, había representado a Catalina la Grande. En cuanto a Chávez, ha declarado que su horizonte mínimo es el año 2020.

¿Por qué renace una y otra vez en Iberoamérica la mala yerba del populismo? Las razones son diversas y complejas, pero apunto dos. En primer lugar, porque sus raíces se hunden en una noción muy antigua de “soberanía popular” que los neoescolásticos del siglo XVI y XVII propagaron en los dominios españoles, y que tuvo una influencia decisiva en las guerras de independencia desde Buenos Aires hasta México. El populismo tiene, por añadidura, una naturaleza perversamente “moderada” o “provisional”: no termina por ser plenamente dictatorial ni totalitario; por eso alimenta sin cesar la engañosa ilusión de un futuro mejor, enmascara los desastres que provoca, posterga el examen objetivo de sus actos, doblega la crítica, adultera la verdad, adormece, corrompe y degrada el espíritu público.

Desde los griegos hasta el siglo XXI, pasando por el aterrador siglo XX, la lección es clara: el inevitable efecto de la demagogia es “subvertir la democracia”.

* * *

Enrique Krauze Kleinbort nació en Ciudad de México el 16 de septiembre de 1947. Ensayista y editor mexicano, director de la Editorial Clío, director de la revista cultural Letras Libres y miembro del consejo de administración de Televisa.

Libros:

  • Caudillos culturales en la Revolución Mexicana (1976)
  • Historia de la Revolución Mexicana: la reconstrucción económica. 1924-1928 (1977)
  • Daniel Cosío Villegas: una biografía intelectual (1980)
  • Caras de la historia (1983)
  • Por una democracia sin adjetivos (1986)
  • Biografía del poder: I. “Porfirio Díaz. Místico de la autoridad”; II. “Francisco I. Madero. Místico de la libertad”; III. “Emiliano Zapata. El amor a la tierra”; IV. “Francisco Villa. Entre el ángel y el fierro”; V. “Venustiano Carranza. Puente entre siglos”; VI. “Álvaro Obregón. El vértigo de la victoria”; VII. “Plutarco Elías Calles. Reformar desde el origen”; VIII. “Lázaro Cárdenas. General misionero” (1987)
  • Personas e ideas (1989)
  • América Latina: el otro milagro (1991) 
  • Textos heréticos (1992)
  • Siglo de caudillos: Biografía Política de México (1810-1910) (1994)
  • Tiempo contado (1996)
  • Mexico: Biography of Power: A History of Modern Mexico, 1810-1996 (1997)
  • La presidencia imperial (1997)
  • La Historia cuenta (1998)
  • Mexicanos eminentes (1999)
  • Tarea política (2000)
  • Travesía liberal (2003)
  • La presencia del pasado (2005)
  • Para salir de Babel (2006)
  • Retratos personales (2007)
  • El poder y el delirio (2008)
  • De héroes y mitos (2010)
  • Redeemers: Ideas and power in Latin America (2011)
  • Redentores: Ideas y poder en América Latina (2011)

Diana Cohen Agrest / En el país del crimen sin castigo

(Publicado en La Nación, lanacion.com.ar, 31.10.2012)

En Crimen y castigo, el gran Dostoievski penetró en las profundidades más inabordables del alma humana, en ese territorio abismal en donde se incrusta el ancestral sentimiento de culpabilidad. En sus páginas, Raskolnikov comienza siendo un antihéroe que, tras matar a una vecina para hacerse de un dinero, logra sortear el castigo de la ley positiva, termina por encarnar una conciencia moral que se torna un flagelo personal que emerge de su lucha interior frente al mal cometido.

No se trata de una cuestión epocal, pues una de las prohibiciones sobre las que se construyó la civilización es el homicidio. Frente al impulso de destrucción, disponemos de apenas dos armas: la angustia de culpabilidad y el temor al castigo. Esas armas fueron neutralizadas en la Argentina que nos duele. Un Raskolnikov que se entrega voluntariamente a la justicia es poco creíble cuando el delincuente es tenido por una víctima condicionada por factores psicosociológicos que lo exoneran de la culpa, en un sistema penal que favorece la evanescencia de la angustia de culpabilidad y la exoneración de la pena por cumplir gracias a la cual puede continuar delinquiendo.

Pero lo que nos duele no es literatura. La deslegitimación del sistema penal es alentada por el ministro de la corte Eugenio Raúl Zaffaroni, cuyas ideas fueron acogidas acríticamente por sus discípulos, jueces, fiscales y docentes universitarios que no perciben los riesgos de llevar al terreno operativo postulados que si bien pueden ser la fuente de interesantes debates teóricos, no deberían ser puestos en práctica, tal como lo prueba el incremento del delito de los últimos años.

La doctrina vigente defiende un abolicionismo disfrazado de derecho penal mínimo, orientado a proteger a los perseguidos por un Estado-Leviatán, una especie de monstruo animado por una compulsión a castigar discrecionalmente a sus víctimas, seleccionadas entre los más vulnerables, entre los pobres y los marginales que sobreviven condicionados por fuerzas estructurales que los sobrepasan, tales como “la frustración escolar de la persona”, Zaffaroni dixit. En este escenario compasivo, no parece advertirse que tal como observa el investigador mexicano Alejandro Tomasini, “esos factores socioculturales son nociones extrajurídicas que señalan los condicionamientos de un sujeto y hasta las causas que pueden ser el caldo de cultivo del delito, pero no son las razones motivacionales que llevan a delinquir, que es el objeto de la juridicidad”.

Quienes “caen presos”, añade el magistrado, caen por “tontos” y “torpes”. Y en una sociedad injusta es injusto castigarlos cuando no se castigan los grandes negociados (ejercidos en complicidad con las autoridades políticas y, de más está decirlo, judiciales). Se impone entonces una lógica impunitiva “igualitaria” que en lugar de buscar sancionar a todo aquel que transgrede la norma, se lo exonera: como no se castiga al poderoso, tampoco debe castigarse al “tonto” y “torpe”.

Ya el jurista Carlos Nino señalaba veinte años atrás que la victimización desconoce la capacidad de elección del delincuente. Y al descalificarlo, hace de él “un objeto de manipulación con fines benéficos”, omitiéndose que los factores socioculturales invocados afectan de forma semejante tanto al delincuente como al que no lo es.

Este ideario niega, además, la eficacia preventiva del castigo y aduce que el endurecimiento de la pena “no sirve para nada” porque el delincuente no circula con el Código Penal en la mochila como si se tratara de una guía turística para consultar para saber de antemano cuál de los delitos es sancionado más gravosamente o cuál puede gozar de mayores beneficios de excarcelación. Pese a esta caricaturización del delincuente, es innegable que éste hace un balance del costo-beneficio, pues le inquieta la debilidad o fortaleza del sistema de investigación criminal que determina la aplicación de la norma o los medios que se emplean para hacerla efectiva. Si en lugar de confiar en chicanas procesales que le reducirán o hasta lo exonerarán de la sanción, el delincuente tuviera la certeza de que la pena fijada se cumplirá sin una sarta de “beneficios” tan legales como riesgosos para la sociedad, se acabaría el negocio en un sistema penal cimentado en la connivencia y la complicidad entre delincuentes y numerosos policías, abogados y jueces. Un negocio que empieza a facturar apenas es capturado: si la pena perpetua fuera perpetua (como lo es la pena de quienes lloran a las víctimas) o de ser menor, fuera de efectivo cumplimiento y no se negociara, se acabaría con gran parte de la corrupción del sistema.

Cuando es denunciada, la defensa corporativista obstaculiza todo intento de enjuiciar a magistrados cómplices, como Axel López (uno más entre otros ya exonerados como Sal Lari o Carlos Flores), a quien el Consejo de la Magistratura exculpó porque “no había hecho nada malo” cuando benefició con salidas transitorias a un violador que reincidió. Es el mismo juez que le concedió libertad condicional al cuádruple violador, devenido remisero, quien usó ese “beneficio” para matar a Tatiana Kolodziez. “Beneficios” que, pese a ser optativos, son concedidos con prodigalidad asesina por jueces indirectamente asesinos.

Con su complicidad, el Estado insiste en su experimento social que se vale de este ideario como de un instrumento homicida tan legal como ilegítimo: un informe de la OEA concluye que encabezamos el ranking de robos en el continente. Y el Ministerio de Salud de la Nación denuncia que el segmento “muertes de causa externa de intención no determinada” encubre las tasas reales de muertes violentas. Con su silencio, el Estado es -por omisión- un ejecutor indirecto de los crímenes.

Hay dos vías no excluyentes para combatir el delito: una se construye a partir de políticas sociales autosustentables basadas en una escolarización de calidad, en la formación de los jóvenes en escuelas técnicas y de oficios, y en la creación de fuentes genuinas de trabajo. Pero como es lenta y aporta escaso rédito político a corto plazo, la oportunidad de implementarla se perdió en los últimos años con la ejecución de políticas asistencialistas que no contribuyeron a disminuir la delincuencia.

La segunda vía es la sanción penal, inaplicable mientras sólo se invoquen las garantías constitucionales a favor del reo y se alegue que aplicar las penas o tipificar conductas es un error inútil que en poco tiempo terminará por colapsar el sistema, pasándose por alto que si la cadena sancionatoria es vulnerable, no se deben imponer sanciones más laxas, sino hacer que sus eslabones se encarnen en una fuerza policial, un poder judicial y un servicio penitenciario más eficientes y menos corruptos.

Con el beneplácito de un Gobierno que se ufana de la defensa de las garantías que afectan de forma desigual a los “vatayones militantes” y barras bravas que a los que viven en el marco de la ley, los agentes públicos que nos representan -los poderes ejecutivo, legislativo y judicial- carecen de la voluntad política de penalizar el delito. Si el Gobierno fuera tan igualitario en el ámbito penal como se proclama en todas las demás áreas de su incumbencia, si le importara que una vida arrancada por la absurda violencia sea consentida y alentada por su complicidad y por su silencio garante de la impunidad, si los derechos humanos no fueran privativos de los que delinquen y si se tomara conciencia de que, cuando un inocente es asesinado, poco tienen que ver la izquierda o la derecha o las dictaduras o las democracias o el gobierno o la oposición; si en lugar de llorar sólo a los muertos de la dictadura se llorara también a los muertos silenciados por la democracia, que no le sirven al relato, si pudiera todo ese dolor hacerse carne en cada uno de los argentinos que aspiramos a una nación pacificada y previsible, habríamos dado el primer paso en un itinerario guiado por la cordura, por la verdad y por la justicia. Ese itinerario que, si aspiramos a sobrevivir como un Estado de Derecho, debemos comenzar a recorrer.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Pobreza e indigencia, otra mentira del Indec

(Editorial publicado en La Nación, 30.10.2012, lanacion.com.ar)

Las falaces estadísticas oficiales ocultan la existencia de casi seis millones de personas pobres en la Argentina

Conocer el número de personas bajo la línea de pobreza no es un mero dato estadístico: es una necesidad vital en un país serio, con planes serios de crecimiento y de asistencia a sus ciudadanos.

Lamentablemente, en la Argentina la ya institucionalizada manipulación de los datos estadísticos oficiales por medio del Indec hace que ese conocimiento sea falaz, pues se oculta la existencia de casi seis millones de personas pobres.

La subestimación del valor de los productos utilizados para elaborar los índices de inflación es una de las causas que derivan en una realidad que deja afuera a semejante número de ciudadanos.

Según el Indec, una familia de cuatro integrantes ya no es pobre cuando gana mensualmente poco menos de 1600 pesos. Y un hogar pobre no llega a ser indigente cuando el ingreso supera los 700 pesos, es decir, cuando sus cuatro integrantes pueden alimentarse con poco menos de 24 pesos diarios.

De esos datos, el Gobierno saca como conclusión que en el país es pobre el 6,5 por ciento de la población, e indigente, el 1,7 por ciento. Traducidos esos porcentajes en cantidad de pobladores, se está hablando de unos 2.900.000 personas.

Según la encuesta de la deuda social de la Universidad Católica Argentina (UCA), para el cuarto trimestre de 2011, la pobreza llegaba al 21,9% y la indigencia, al 7,8%, es decir, unos 9.800.000 ciudadanos, entre pobres e indigentes.

La razón de tan grandes diferencias no es otra que la fuerte manipulación que hace el organismo oficial de la evolución de los precios. Mientras que para el Indec, el costo de vida apenas crece a un dígito, todos los estudios privados, provenientes de consultoras e institutos económicos, dan cuenta de una inflación aproximadamente 2,5 veces mayor.

Y la consecuencia no sólo pasa por las dificultades para hacer un adecuado diagnóstico social, que permita poner en marcha eficaces políticas de desarrollo humano, sino también para generar un escenario previsible para quienes apuesten a realizar inversiones productivas en la Argentina.

La medición realizada por el Indec a fines del mes pasado contiene otros datos tan llamativos como sospechosos. En un contexto de aumentos de salarios, subsidios y jubilaciones por encima de la canasta básica que se calcula oficialmente, entre otras variables, la pobreza y la indigencia deberían haber bajado. Sin embargo, esa medición del Gobierno da cuenta de un estancamiento de tales índices respecto del segundo semestre de 2011.

Según el Indec, el mantenimiento de los porcentajes de pobreza e indigencia se logra merced a variaciones por demás dispares y, en algunos casos, hasta disparatadas.

Mientras se consigna que en la ciudad de Buenos Aires y en el conurbano la pobreza tuvo un avance del 2,3 al 4% y del 6,9 al 8,6%, respectivamente, cayó considerablemente, del 14,2 al 7,5% en la ciudad de Resistencia; del 8 al 4,1% en Jujuy, y del 7,2 al 5,7% en la ciudad de Tucumán. Es decir, hay muchos menos pobres en las provincias históricamente más golpeadas por la pobreza, donde, por lo visto, según el Indec, ya casi no quedan indigentes. Se trata, además del Chaco, de Santiago del Estero, Jujuy, Salta, La Rioja, Misiones y Corrientes, con índices de indigencia inferiores al 2 por ciento.

No hay una explicación coherente acerca de por qué a la Capital y a la provincia de Buenos Aires les va peor en términos de pobreza.

Como se sabe, cada vez son más las provincias que han dejado de difundir sus índices de inflación, dejando librada a la Nación esa tarea. Se trata, especialmente, de distritos alineados políticamente con el gobierno nacional, donde mostrar diferencias con el poder central podría costarles caro en términos políticos, pero fundamentalmente económicos .

Ya lo dijo la subsecretaria de Defensa del Consumidor, María Lucila Colombo, cuando sacó de circulación las mediciones de una asociación de consumidores privada, amén de haber inhabilitado a otra: “Las mediciones privadas que valen son las que coinciden con las del Indec”.

Coherente con sus falsas mediciones, el organismo oficial de estadísticas no puede menos que ajustar al dibujado índice de inflación el resto de las variables. Si no, se vería en la obligación de reconocer que hay atraso cambiario, que crece el freno en las economías regionales, en la industria y en el empleo; que la canasta básica está muy por encima de lo que se informa y que, salvo casos excepcionales, el comercio no logra mantener sus ventas. Se trata, sin dudas, de cuestiones de impensadas consecuencias para la salud del “relato” oficial.

Remedios Varo, pintora

María de los Remedios Alicia Rodriga Varo y Uranga nació el 16 de diciembre de 1908 en Anglès, Gerona, España y falleció el 8 de octubre de 1963 en Ciudad de México.

John Osborne / Recordando con ira (en el Teatro San Martín, Complejo Teatral de Buenos Aires)

Recordando con ira (1956, también traducida como Mirando hacia atrás con ira) es la obra más conocida del dramaturgo inglés John Osborne. En traducción y adaptación de Mauricio Kartun y con la dirección de Monica Viñao se la está representando en el Teatro San Martín.

Jimmy Porter (Esteban Meloni) es cínico, inteligente, sarcástico. Vive con Alison, su mujer desde hace cuatro años (Romina Gaetani). Y su amigo Cliff (Guillermo Arengo) siempre está con ellos ya que vive en otro departamento de la misma casa victoriana. La visión de Jimmy acerca del mundo y de las personas (sobre todo de Alison) es bastante escéptica e irascible, incluso las maltrata y se burla de todos. Tiene un puesto de venta de chocolatines y tienen carencias económicas, si bien ella es de una familia acomodada. Es una habitación de un hogar más bien modesto. La explosión de los rencores está latente. Jimmy viaja a Londres para ver a la madre de Hugh, un amigo, que está grave, a punto de morir. Helena Charles (Andrea Bonelli), amiga de Alison y actriz, está trabajando en la compañía del teatro Hippodrome y temporalmente recibe alojamiento en el departamento, quedándose junto a su amiga mientras Jimmy está ausente. Algo le sucede a Alison, íntimamente relacionado con Jimmy. Y al regreso de su viaje, las cosas habrán cambiado.

*

Cuatro excelentes actuaciones: personajes comunes y corrientes interpretados de manera ejemplar, apoyados por una traducción que vuelca el texto de manera fluida a nuestro hablar cotidiano. Se luce Esteban Melloni porque la obra gira en torno a él, pero tanto Romina Gaetani como Guillermo Arengo y la bella Andrea Bonelli están a la altura de las circunstancias, dándoles vida a cada uno de sus personajes.

La obra plantea una interesante tensión entre los personajes sustentada en los comentarios mordaces de Jimmy sobre la vida en general y sobre cada uno de ellos en particular. Pero una vez planteada la historia, la parte media de Recordando con ira no sostiene esa intriga, transcurriendo entre disputas verbales. No hay muchos elementos nuevos en su desarrollo salvo hacia el final cuando algo sucede entre Alison y Jimmy, y entre él y Helena.

(Respecto al texto original, han introducido una variante que es haber suprimido -en el Acto II, Escena II-, al personaje del Coronel, padre de Alison.)

*

John James Osborne nació el 12 de diciembre de 1929 en Fulham, Londres, Inglaterra y falleció el 24 de diciembre de 1994 en Clun, Shropshire, Inglaterra.

Obras:
The Devil Inside (1950)
The Great Bear (1951)
Personal Enemy (1955)
Look Back in Anger (Recordando con ira, 1956)
The Entertainer (1957)
Epitaph for George Dillon (1958)
The World Of Paul Slickey (1959)
A Subject Of Scandal And Concern (para TV, 1960)
Luther (1961)
Plays for England (1962)
The Blood of the Bambergs (1962)
Under Plain Cover (1962)
Tom Jones (guión, 1963)
Inadmissible Evidence (1964)
A Patriot for Me (1965)
A Bond Honoured Theatre (1966, adaptación en un acto de La fianza satisfecha, de Lope de Vega)
The Hotel In Amsterdam (1968)
Time Present (1968)
The Charge of the Light Brigade (guión, 1968)
The Right Prospectus (para TV, 1970)
West Of Suez (1971)
A Sense Of Detachment (1972)
The Gift Of Friendship (para TV, 1972)
Hedda Gabler (1972, adaptación de la obra de Ibsen)
A Place Calling Itself Rome (1973, adaptación de Coriolano, de Shakespeare)
Ms, Or Jill And Jack (para TV, 1974)
The End Of Me Old Cigar (1975)
The Picture Of Dorian Gray (1975, adaptación de la obra de Oscar Wilde)
Almost A Vision (para TV, 1976)
Watch It Come Down (1976)
Try A Little Tenderness (1978)
Very Like A Whale (para TV, 1980)
You’re Not Watching Me, Mummy (para TV, 1980)
A Better Class of Person (para TV, 1985)
God Rot Tunbridge Wells (para TV, 1985)
The Father (1989, adaptación de la obra de Strindberg)
Déjàvu (1992)

Libros:
A Better Class of Person (1981, volumen I de su autobiografía)
Almost a Gentleman (1991, volumen II de su autobiografía)

*

Todos los jueves funciones con Servicio de Audiodescripción para personas ciegas.

Sala Casacuberta, Teatro San Martín, Av. Corrientes 1530

Jorge Fontevecchia / Metafísica K

(Publicado en Perfil, 2.9.2012)

Los ecos del texto de Carta Abierta Nº 12 resuenan una semana después. Contiene dos proposiciones trascendentales. Que “todo gobierno de raíz popular hoy está en riesgo” por “las acciones desestabilizadoras que son un acecho permanente”. Y que si el kirchnerismo no gobierna en el período 2015-2019, todo lo que en el país ha mejorado será “liquidado por agentes de la repetición” y “conjurado por las fuerzas del conservadurismo”.

Ambas ideas están articuladas sobre la convicción de que lo diferente es malo. En este caso, lo diferente al proyecto nacional y popular. Si las nociones de pueblo y patria sólo están representadas por el kirchnerismo, es lógico que se pida que nadie más conduzca al país salvo los que son genuinamente argentinos.

Algo no cierra cuando se supone que sólo una parte del país quiere y puede hacer el bien. A diferencia de las anteúltimas versiones de Carta Abierta que fueron más pluralistas, esta vez hubo un exceso de metafísica. Monopolizar el bien implica creer en el mal, una idea en sí misma peligrosa.

El concepto del mal siempre sirvió para deshumanizar al otro y justificar su exclusión simbólica o real. Un hombre puede matar a una víbora sin sentir culpa porque es algo malo, un ser de otro orden. El mal sirve para justificar las categorías: burgués, de derecha, judío, comunista o cualquier otra clase. Es más fácil castigar a una categoría o a una clase que a personas.

La idea del mal también le confiere a lo podrido, a lo defectuoso y hasta a la estupidez una envergadura excesiva. La obsesión que el kirchnerismo tiene con Macri, por ejemplo, no sólo lo hiere sino también lo engrandece. Al darle a la sombra la estatura de la luz se fortifica la oscuridad, diría un místico.

El bien frente al mal es un atavismo religioso: la primera vez que la muerte aparece en el mundo fue por un asesinato, había dos hombres y uno se convirtió en asesino cuando Caín mató a Abel, instalando allí la idea de cincuenta por ciento de posibilidades y la polaridad maniquea.

La malignidad tiene en cada era distintas atribuciones, el mal es recodificado asignándosele nuevas formas.

La diferencia entre el mal y lo malo, sustantivo y adjetivo, no es tan clara y en muchas lenguas ni se los diferencia. El mal sería algo objetivo; lo malo, algo subjetivo. Al condensarlos se reifica algo cuya definición depende de circunstancias psicológicas, sociales e históricas. El mal absoluto es de naturaleza metafísica. Un ser y no un valor. Fue Leibniz quien habló de los tres males: el moral, el físico y el metafísico.

La algofilia es el amor al mal. Es una palabra rara porque encierra en sí misma una contradicción: encontrar complacencia en el mal permitiría obtener de él un bien. La misma contradicción del término se encuentra en la noción de que todos los otros, que en este caso serían los que son kirchneristas, desean (o acarrearían) el mal y no el bien para el país. Una perspectiva más benigna para los malos es la socrática, donde el mal es la ignorancia y por ello es involuntario. Así planteado el kirchnerismo estaría integrado por los guardianes del conocimiento, y el resto del arco político carecería de él.

Aquí el problema se desplaza de la metafísica a la epistemología: los kirchneristas serían los únicos que tendrían el conocimiento necesario, los únicos que sabrían. También resulta poco razonable este planteo y hasta un poco ofensivo, pero es un párrafo de la última Carta Abierta el que se refiere explícitamente al tema: “Es necesario afirmar, continuar, debatir la lógica y hasta diríamos la epistemología que hagan imposible ese retroceso del país respecto del avance formidable de estos últimos años”.

La historia está poblada de “suerte epistémica” o “verdades accidentales”, donde la justificación de una creencia no estaba correctamente conectada con los fundamentos que la hacían verdadera. No importa cuánto subamos los estándares de justificación, siempre habrá posibilidad de error y siempre seremos falibles.

Y quizás el recorrido de la metafísica a la epistemología desemboque en la ética. La ética sería la capacidad para distinguir el mal. La ética, como creía Lévinas, es la ética del otro, la ética de la diferencia y en contra del depotismo de lo mismo, incapaz de registrar a los otros. En Ensayo sobre la consciencia del mal, Alan Badiou escribió: “El primado ético de lo otro sobre la mismo exige que la experiencia de la alteridad esté ontológicamente garantida como experiencia de una distancia”, “no hay respeto para aquél cuya diferencia consiste precisamente en no respetar las diferencias”. Mas adelante propone recusar toda validez a la noción de mal y reenviarla en bloque a su evidente origen religioso. Y concluye: “Todo aquello que apunte a una potencia total de las verdades, arruina lo que soporta estas verdades”.

“La diferencia” es justamente el título que lleva la Carta Abierta Nº 12 donde, paradójicamente, se percibe una falla en la ética de la diferencia, la de reconocer al otro que es diferente, lo que Lévinas llamaba ese “Otro absoluto”.

Caer en una poética absolutizada es un retroceso. Sólo atribuible ante el pavor de un eventual desfondamiento de la física kirchnerista, donde la metafísica sea su refugio.

* * *

Jorge Fontevecchia nació el 15 de julio de 1955 en Buenos Aires.

Según consta en Wikipedia (es.wikipedia.org): Fundó su editorial en 1975, tras lo cual tuvo que abandonar las dos carreras universitarias que había comenzado, Derecho y Ciencias Económicas. Ese año lanzó un revista de deportes.
En 1976, junto a su padre, fundó Editorial Perfil, que edita numerosas publicaciones entre las que se cuentan las revistas Caras, Weekend y Noticias, de la cual Fontevecchia fue director.
En 1998, lanzó el diario Perfil pero debió cerrar a mediados de ese año debido a las bajas ventas y a la asfixia publicitaria que su dueño denunció como parte de un complot del Grupo Clarín.
En 2005 el periódico fue relanzado, aunque en principio sólo se publicó los domingos. Al poco tiempo agregaron los sábados. Es una publicación bisemanal.
Fue galardonado con el Premio Konex 1997: Dirección Periodística. Premio Konex de Platino, y el Premio Konex 2007: Dirección Periodística. Diploma al Mérito.

(En 1977, Fontevecchia creó la revista La Semana. De esa redacción salía cuando fue secuestrado la noche del 5 de enero de 1979.)

Fernanda Sandez / Una sociedad que no cuida a sus hijos

(Publicado en La Nación, 23.10.2012)

Hay, en la foto, dos bebes: uno, de plástico; otro, de verdad. Aunque de no mirar con la debida atención los dos podrían ser lo mismo. La foto fue tomada en la guardería La Hormiguita Viajera, de Comodoro Rivadavia, un lugar no habilitado como tal y donde el personal -se supo luego- maltrataba a los chicos con golpes, tirones de pelo, ataduras y mordazas. La foto fue la que detonó todo y muestra lo que parecen ser dos muñecos, uno desnudo y otro vestido. Uno acostado, mirando la nada, y otro, el de verdad, sentado y amordazado. Mirando, también, la nada.

A veces una imagen cuenta un mundo. Y si la niña del Napalm (esa que escapaba desnuda de su aldea en llamas) contó la Guerra de Vietnam mejor que cualquier informe periodístico, los dos bebes de la foto dicen sobre la relación que tenemos con nuestros niños más de lo que estamos dispuestos a soportar. Porque adoramos creer que los mimamos “en exceso”. Que ellos, “nuestros” chicos, tienen más de lo que podrían desear. Sin embargo, cada tanto una noticia como ésta raja al medio el decorado y expone las bambalinas de esta sociedad supuestamente paidocéntrica en la que nos gusta pensar que vivimos. Esa en donde los niños son los primeros y los únicos privilegiados.

Algo es real: nunca la niñez (cierta niñez, de ciertos sectores sociales y en ciertos países del mundo) ha sido tan celebrada como hoy, con derechos y hasta día propios.

Algo también es real: nunca tuvimos menos tiempo -ni menos energía- para gastar con ellos. A nuestro rescate vienen entonces las versiones 3.0 de la niñera electrónica: las consolas de juego, las tabletas, los sitios de Internet en donde nuestros hijos tienen amigos pingüinos y amigos dragones, y aprenden a divertirse sin molestar demasiado. Aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta, una de las razones del brutal éxito de los dispositivos de entretenimiento es nuestro inconfesable deseo de volver a ser nulíparos por un rato.

Pero, acabada la diversión, llega la hora de pagar por ella. Y la sociedad moderna se ha encargado también de proveernos de “soluciones” que nos permitan ser -además de profesionales eficientes- también padres eficaces. Capaces incluso de compactar ese primer tiempo de nido y de contacto con un recién nacido a su mínima expresión, para volver cuanto antes a la faena. Niñeras, “señoras”, guarderías y jardines maternales forman hoy parte del abanico de ayudas de la maternidad prorrateada, para la que resulta más natural -más aceptable- volver a marcar tarjeta al mes y medio de haber dado a luz que permanecer empollando. Nuestra común condición de engranajes dentro del sistema productivo así lo exige, y lo aceptamos. Todo será cuestión entonces de cerrar los ojos y dejar al bebe de un mes y medio en un dormitorio con veinte cunas más. O de remolcar -a todo puchero y pataleta- a un nene de apenas un año hasta el jardín Los Patitos Felices. Después, a confiar. A pedir que en el país de Cromagnon, del desastre del ferrocarril Sarmiento y de los controles ausentes la guardería de nuestros hijos sea la excepción. En definitiva, a cruzar los dedos. A hacer de la maternidad un peligroso acto de fe.

En la Argentina existen un Observatorio de Femicidios y un Observatorio del Encierro, pero no un Observatorio del Maltrato Infantil en jardines y guarderías. De existir algo como eso, sabríamos que el bebe amordazado es apenas el último de una serie de casos similares. Sólo nos queda, pues, pedir que el jardín de nuestros hijos no sea el de Chubut, pero tampoco el de Laferrère al que se denunció por “tormentos” en marzo de este año, ni ese de Berazategui en donde el profesor de música jugaba a la “escondida sucia” con nenes de cinco años, ni ese otro de San Pedro en donde una nena contó haber sido “colgada de los pies” por su seño, ni tampoco aquel de La Plata en donde en la orina de tres chicos se detectaron tranquilizantes.

Lo dicho: se impone un acto de fe.

“Peor era antes”, comenta alguien. “A los chicos los tenían todo el día fajados y no se podían mover.” Es verdad, pero cada época tiene sus espantos particulares, y ésta no es la excepción. Porque alcanza con abrir un poco los ojos para notar cómo -detrás de la exaltación de la infancia y la entronización del pelotero- subyace un nivel de desamparo atroz.

“Les tuve que explicar a unos padres que no pueden dejar al nene doce horas acá”, se queja la directora de un jardín maternal.

“La mujer que cuidaba antes a mis nietos les decía que se bañaran solitos. Pero que después la cola y todo eso se lo lavaba ella”, cuenta, todavía espantada, Martha, la abuela de tres nenes abusados por la mujer que los cuidaba en su casa.

“Les pedimos a los papis que por favor revisen las mochis de sus nenes antes de traerlos al jardín”, rezaba la nota. Días antes, alguien había olvidado accidentalmente sus antidepresivos en la mochila de El Hombre Araña de su hijo de salita de cuatro.

Raros tiempos: decimos querer a niños a los que no dudamos en dejar por horas al cuidado de extraños. A niños de los que algunos padres se despiden con un beso a la madrugada y recién vuelven a ver a la noche, ya dormidos. Entre medio de esos dos besos, los chicos pasan de la papilla a la comida, de la cuna a la sillita. Aprenden a caminar, a jugar. A hablar. Se hacen amigos. Y entienden que, para compartir con sus padres todos esos descubrimientos, habrá que esperar con suerte al final del día. Con menos suerte, al fin de semana.

Raros tiempos, en especial para las mujeres. Porque con la misma insistencia con la que el mandato social las presiona para que sean madres, primero, y para que sean “buenas madres”, después, también se les exige no abandonar sus vocaciones. Pero -y ésta quizá sea la parte más enloquecedora del asunto- todo a su alrededor está armado para la disyunción. Para que renuncie a su profesión y se dedique a sus hijos o para que se vuelque de lleno a su carrera y abjure de la maternidad. O para que, como la mayoría de nosotras, se trepe a la cuerda floja que media entre una y otra cosa y pague en salud mental y física el precio del equilibrio. ¿Y los padres? Bien, gracias. A ellos la sociedad ni siquiera les hace este tipo de planteos.

En países como Suecia o Noruega -a los que suele citarse como ejemplo de desarrollo social y avances en materia de derechos- el nacimiento y la crianza son tema de Estado, y por eso existen políticas específicas para proteger a la nueva familia. Hay licencias maternales y parentales de casi de dos años en un país, de un año entero en el otro. En la Argentina todo es mucho más veloz: habrá que volverse mamá -y pasarle la posta del cuidado a alguien más- en sólo noventa días.

En efecto, a excepción de algunas legislaciones provinciales (como la de Corrientes) y sólo para algunas trabajadoras (las estatales), la maternidad es tratada como un tema estrictamente “personal”. Y como tal se resuelve. Podríamos llenar libros enteros narrando los malabares a los que deben recurrir las madres -ni qué decir de las madres solas, de sectores populares o las dos cosas al mismo tiempo- para poder trabajar. De lo que lamentablemente se conoce bastante menos es cómo, en qué medida afecta a un chico -pequeño y no tanto- esa distancia emocional y física. Ese forzoso vacío de mamá en los momentos fundacionales, justo cuando la idea es estar a upa y al sol, no a oscuras y precintado.

Los niños nos instalan en la lógica del parpadeo: en un abrir y cerrar de ojos, ya son otros. Por eso, quizá ya sea hora de entender -como ya lo han entendido en otros países- que el tiempo de la llegada y el aterrizaje en el mundo es fugaz y decisivo. Embarazo, parto y crianza: la clase de cosas que no caben en una planilla Excell. Pero también la clase de experiencias que nos enfrentan con nuestras propias limitaciones y desnudan nuestra propia pequeñez y egoísmo. De todo eso nos hablan cada bebe y niño maltratado “en exceso”. Como la chica del Napalm, los chicos de nadie nos gritan sin palabras la verdad detrás de tanto peluche y tanta consola. Molestan por lo que delatan: que la mordaza no está en sus bocas, sino en nuestros oídos. En nuestros instintos, nuestras intuiciones, nuestro corazón. En todo eso que vendamos colectivamente para poder seguir creyendo que vamos por el camino correcto.

* * *

Fernanda Sandez nació en Lomas de Zamora, Buenos Aires, en 1967. Es periodista.

Escribe en su perfil de Linkedin (ar.linkedin.com):

Escribo desde que tengo memoria y me pagan por hacerlo desde hace veinte años. Colaboré, escribí y edité en varias revistas y diarios. Entre ellos, Veintitrés, Noticias, Living, Para Ti, El Gourmet, Grande Reportagem (Portugal), Gatopardo (Colombia), Noticias Aliadas (Perú), Servicio Especial de la Mujer (Costa Rica) y los diarios Perfil, Miradas al Sur, Z y Crítica de la Argentina. En la mayoría de ellos aún sigo trabajando. Desarrollé, lancé y dirigí por un año la revista Nueva Estética. Como redactora publicitaria, colaboré con JWT Argentina y con Young & Rubbicam, tanto en el área creativa como en la de planeamiento estratégico, para clientes como Lux y Coca Cola, entre otros. Edité por dos años todos los contenidos de el Círculo Clight y durante este año desarrollé acciones en la Web para Sancor. Actualmente estoy impulsando mi propia agencia de comunicación boutique.

William Shakespeare / Macbeth (en el Teatro San Martín, Complejo Teatral de Buenos Aires)

La tragedia de Macbeth (The tragedy of Macbeth) fue escrita por William Shakespeare alrededor de 1606.

Macbeth ha tenido un importante desempeño en la lucha contra el intento de invasión a Escocia de noruegos e irlandeses. Como recompensa Duncan, el rey le dará a Macbeth el título de Thane (Barón) de Cawdor. En el trayecto de regreso del campo de batalla, tres brujas saludan a Macbeth primero como Thane de Glamis, luego como Thane de Cawdor y finalmente le vaticinan que será rey. Le escribe a su esposa una carta en la que le dice del vaticinio de las brujas y una vez en el castillo Lady Macbeth lo incita a asesinar al rey para que ese vaticinio se cumpla de una vez.

La ambición hará el resto.

La versión de Macbeth que dirigió Javier Daulte me sedujo por su puesta en escena aunque otras cuestiones y detalles supongo que han sido decididas a su gusto por el director, como debe suceder. No me gustaron, pero no discuto su elección.

A favor: la ambientación de la historia en la época contemporánea, no en la época en que sucedieron los hechos. Macbeth fue rey de los escoceses entre 1040 y 1057. En la obra de Daulte hay personal de seguridad armado con ametralladoras y fusiles y agentes con traje, corbata y anteojos negros. La escenografía es acorde con la situación, hay estructuras metálicas, escalinatas y pasillos sugiriendo una estructura más grande aún que lo que ocupan los personajes, todo muy laberíntico. Otro acierto es la ambientación musical, si bien no hay casi melodías, la música incidental y los efectos sonoros son excelentes, así como las caracterizaciones de las tres brujas y de Hécate. Muy divertido Martín Pugliese en el personaje del Portero, en una suerte de transición hacia la mitad de la obra.

Opinable: el volumen excesivo de la voz de casi todos los actores, siempre gritando sus parlamentos. Por momentos me fue trabajoso poder concentrarme en la historia que se desarrollaba. La dicción me resultó molesta; no tanto el voceo sino un decir muy coloquial, casi canchero. Alberto Ajaka (Macbeth) no me transmitió la ambición y locura del personaje, pero Mónica Antonópulos (Lady Macbeth) fue un poco más apropiada aunque siempre al borde del grito y la sobreactuación, así como Luciano Cáceres (Macduff).

El producto final es bueno (y Shakespeare siempre es necesario…) por una puesta en escena distinta y por el esfuerzo de todo el equipo que puso en marcha una obra semejante, pero quizás el acotado aplauso final reflejó la sensación de que podría haber habido algo más sobre el escenario.

La traducción de la obra estuvo a cargo de Daniel Zamorano.

Elenco (por orden de aparición):

Bruja 1 Leticia Mazur
Bruja 2 / Dama Débora Zanolli
Bruja 3 Margarita Molfino
Duncan, rey de Escocia / Médico Alberto Suárez
Malcom, hijo mayor de Duncan, heredero del trono Joaquín Berthold
Donalbain, hijo menor de Duncan William Prociuk
Sargento / Asesino 2 / Menteithnoble escocés Ezequiel Rodríguez
Lennox, noble escocés 
Fabio Aste
Ross, noble escocés 
Leonardo Saggese
Macbeth, Thane de Glamis y primo del rey (luego Thane de Cawdor y futuro rey de Escocia) 
Alberto Ajaka
Banquo, amigo de Macbeth y general en el ejército de Duncan 
Agustín Rittano
Angusnoble escocés 
Federico Buso
Lady Macbeth, esposa de Macbeth 
Mónica Antonópulos
Seyton 
Marcelo Pozzi
Fleance, hijo de Banquo / Joven Siward 
Emiliano Dionisi
Portero 
Martín Pugliese
Macduff, Thane de Fife 
Luciano Cáceres
Asesino 1 
Julián Calviño
Asesino 3 / Caithnessnoble escocés 
Francisco Pesqueira
Hécate / Lady Macduff 
Julieta Vallina
Muchacho 
Valentino Alonso
Siward, conde de Northumberland, general de las fuerzas inglesas 
Javier Niklison

Coordinación de producción: Mariana Mitre, Mariana Toledo
Asistencia de dirección: Rubén Pinta
Apuntadora: Tanya Barbieri
Asistencia de vestuario: Mariana Seropian
Asistencia de escenografía: José Escobar
Asistencia artística: Andrea Garrote
Coreografía: Carlos Casella
Música: Diego Vainer
Iluminación: Gonzalo Córdova
Vestuario: Mariana Polski
Escenografía: Alicia Leloutre

Elles (2011) Ellas

Malgorzata Szumowska nació en Kraków, Malopolskie, Polonia, en 1973. Había dirigido los largometrajes Szczesliwy czlowiek (2000), Ono (2004) y 33 sceny z zycia (2008) además de cortos y un par de episodios en películas colectivas, antes de Elles (2011), coproducción entre Francia, Polonia y Alemania.

La historia está centrada en Anne (Juliette Binoche), esposa y madre de un adolescente, y periodista de la revista Elle, para la que está llevando a cabo una investigación acerca de las estudiantes parisinas que se prostituyen para financiar sus estudios y gastos cotidianos.
Anne pasa tiempo en su casa cocinando para la llegada de su marido Patrick (Louis-Do de Lencquesaing), haciendo lo que puede con su hijo y dedicándole horas a su trabajo. La relación con Patrick ni con su hijo es buena. Es una vida rutinaria e infeliz.
A partir de las entrevistas que les hace a Alicja (Joanna Kulig) y Charlotte (Anais Demoustier), dos muchachas que se prostituyen, algo parece empezar a cambiar en su vida. ¿Qué descubre Anne en esas chicas? ¿Cuáles de sus maneras de vivir son más “normales” que las otras?

Si la película se ocupa sobre todo de Anne, la excelente y sutil actuación de Juliette Binoche resalta y embellece a ese personaje y al film. Es que cada gesto de su labor lo hace con suma naturalidad, tanto la mujer que vive en un departamento que parece más pequeño aún por lo que ocurre allí, como la mujer que en su trabajo de periodista trata de mantener distancia con las entrevistadas y no involucrarse en sus historias.
Los trabajos de Joanna Kulig y Anais Demoustier son óptimos complementos al despliegue por momentos ascético de la Binoche.
Un detalle es la acertada elección de dos obras musicales clásicas exquisitas como el segundo movimiento de la Sinfonía Nº 7 de Ludwig van Beethoven y Gloria in excelsis Deo (del Gloria, RV 589) de Antonio Vivaldi.

Luisa Corradini / Jacques Rancière, el dinamitador de muros

(Publicado en adnculturalanacion.com.ar, 5.10.2012)

Formado en el marxismo, el filósofo francés, que pronto visitará el país, explica su idea de la emancipación en el campo de la política, del saber y de la estética, y hace una reflexión crítica sobre el populismo y la democracia en América Latina

Más que como filósofo, Jacques Rancière podría ser definido como dinamitador de muros. De esos muros que, desde Platón, separan a los hombres entre los que saben y los que ignoran, los que dirigen y los que obedecen, los que dan lecciones y los que escuchan. En pocas palabras, Jacques Rancière es un empecinado emancipador.

Hace casi cuatro décadas que ese hombre sereno y tímido, que nació en Argel en 1940, polémico pensador y dueño de una notable agudeza intelectual, se destaca en la escena filosófica contemporánea. Durante casi 40 años y a lo largo de más de 30 libros repite que -ya sea en el terreno político, estético o educativo- “los incapaces son capaces”. Y que sólo basta “desplazar la mirada” para descubrir sus capacidades y sus competencias. Todos los hombres pueden filosofar, pensar y dar nacimiento a otros mundos posibles. La política comienza incluso cuando “la igualdad de cualquiera se inscribe en la libertad del pueblo”, escribió en La Mésentente(1995).

Confrontado a la filosofía desde su juventud a través de la literatura, representante de la juventud marxista formada en el estructuralismo, el psicoanálisis y la antropología, Rancière se alejó de esa corriente después de Mayo del 68 para dedicarse a estudiar la historia del pensamiento obrero del siglo XIX. Desde que rompió con el marxismo científico -que practicó cuando era alumno de Louis Althusser en la célebre Ecole Normale Supérieure (ENS) de París-, se dedicó a borrar las tradicionales jerarquías de su disciplina. Al insistir en la igualdad intelectual de los ciudadanos ante el poder y el saber, su objetivo es dinamitar las bases del dogma del filósofo-rey o del intelectual que pretende practicar la verdad ante la sociedad en nombre de la ciencia todopoderosa.

Mientras espera el momento de viajar a Buenos Aires, donde dará un ciclo de conferencias en la Universidad Nacional de San Martín entre el 15 y el 20 de octubre y recibirá el título de Doctor Honoris Causa, Jacques Rancière recibió a adn cultura en su casa del distrito IX de París.

Profesor emérito de política y de estética en la Universidad de París VIII y en la European Graduate School, con sede en Suiza, el filósofo reconoce la importancia de su paso por la cátedra de Althusser. “En el althusserismo había una apertura, una integración de las invenciones realizadas en otros terrenos como la etnología, la historia o el psicoanálisis y, al mismo tiempo, una fe ciega en la necesidad de la ciencia para hacer avanzar la práctica e iluminar a la gente que -decíamos- vivía en la ilusión. Althusser había escrito un texto muy violento contra el movimiento estudiantil para explicar que esos jóvenes activistas no sabían nada de ciencia y nadaban en la ideología: sólo la ciencia divulgada por los maestros de la filosofía y los dirigentes comunistas podía armar las masas frente a la burguesía. Yo me había amoldado a ese discurso ventajoso que nos hacía aparecer como representantes de la verdad ante los estudiantes desorientados. Pero Mayo de 68 fue un brutal despertar: ese discurso científico de la pretendida liberación me pareció el del orden dominante”, relata.

En resumen -confiesa- para la visión marxista de la ideología, los dominados y los explotados están sometidos a la ignorancia por falta de conocimiento, por ignorancia de su situación dentro del sistema. Pero, al mismo tiempo, supone que su situación dentro del sistema produce necesariamente el desconocimiento de esa situación. Vale decir: son dominados porque son ignorantes y son ignorantes porque están dominados. “Esa visión progresista me pareció una repetición de la teoría platónica de la caverna: una forma de poner a cada uno en su lugar y entregar el poder a los que saben. Sin embargo, desde que comencé a trabajar en la historia del pensamiento obrero, se me hizo evidente que nunca fue necesario explicar a un trabajador lo que era la plusvalía o la explotación. Para ellos, el problema no era tomar conciencia de la explotación sino, por el contrario, poder ignorarla, poder deshacerse de la identidad que esa situación les otorgaba y ser capaces de pensarse viviendo en un mundo sin explotación”, explica. Eso es, para Rancière, lo que quiere decir la palabra emancipación.

Sensible a las desigualdades sociales, desde entonces denuncia la dominación, fustiga la usurpación del saber de los maestros ante los ignorantes (por ejemplo, en El maestro ignorante , sobre el cual adn cultura lo entrevistó en abril de 2008) y practica una crítica de la democracia, que es una fuerza activa originada no en el consenso sino en el disenso, es decir, en la redistribución de sitios e identidades que permitan a los desposeídos transformarse en habitantes de un espacio común. En ese proceso de emancipación, el filósofo sitúa la articulación entre política y estética. Desde entonces, su interés por el arte y la estética es inseparable de la política y de un zócalo marxista. Sin embargo, contra aquellos que ven en ella una denegación social o una instrumentación abusiva de las obras, la estética es para él un régimen de pensamiento liberador dentro del cual son cuestionadas las jerarquías establecidas: comprensión y sensibilidad, imagen y palabra, abstracción y representación, arte y vida.

-Dentro de su sistema de pensamiento, ¿qué es la política? ¿Qué la distingue de esa categoría provisoria que usted llama policía?

-La policía es la organización de la sociedad en un todo divisible en partes. Cada una de ellas corresponde a sitios, funciones, competencias y maneras de ser bien definidas. Es la concepción del gobierno como la gestión de ese equilibrio por parte de aquellos que están calificados para hacerlo. Podría tratarse de la antigua división de la sociedad en sacerdotes, guerreros y trabajadores, pero también de la encuesta moderna, que nos indica qué grupo social y qué segmento de edad comparten una opinión. En el mundo moderno, esta práctica asume la característica del consenso que, en vez del acuerdo entre individuos, es más bien una forma de fijar los límites de una posibilidad. Por el contrario, la política supone que los datos son siempre cuestionables, que la comunidad supera siempre toda clasificación de sectores e intereses sociales y que ningún grupo posee la calificación necesaria para gobernar. La política se identifica con la parte de los que no tienen parte. Esto no quiere decir con la parte de los excluidos, sino con la igual capacidad de todos.

-Usted afirma también que política y democracia están íntimamente ligadas?

-Toda una tradición identifica la política con la ciencia y el ejercicio del poder. Existe una infinidad de formas de poder: en la empresa, la escuela, la religión o la familia. Pero ese poder no es verdaderamente político pues hay una distribución estatutaria de las posiciones. En la democracia, el poder político se otorga naturalmente como un poder donde las posiciones no están predefinidas, como un poder ejercido en nombre de aquellos que no lo ejercen. Aristóteles decía que el ciudadano es aquel que participa en el hecho de dirigir y ser dirigido. No hay política cuando el poder pertenece a los descendientes de los supuestos fundadores de la nación o a los monarcas de derecho divino. La política para mí comienza con la democracia porque la democracia es el poder de aquellos que no tienen título particular para ejercer el poder. Es el reconocimiento del poder de cualquiera.

-¿Por eso usted ha dicho que “la democracia es un escándalo” ( El odio a la democracia , 2006)?

-El escándalo democrático ya aparecía en Platón. Para un ateniense bien nacido, era inadmisible la idea de que cualquiera tuviera capacidad para gobernar. Pero la democracia aparece también como un escándalo teórico a través de la figura del gobierno de la casualidad, de la ausencia de legitimidad del poder. Para quienes piensan así, la democracia es como un gigantesco burdel donde todo el mundo hace lo que quiere.

-¿Y por qué esa detestación de la democracia resurge justo ahora?

-El derrumbe soviético fue decisivo. Mientras se podía identificar al enemigo totalitario, era posible alimentar una visión consensual de la democracia como unidad de un sistema constitucional, de libre mercado y valores de libertad individual. Las oligarquías estatistas y financieras podían identificar su poder con la gestión de esa unidad. Tras el derrumbe del bloque soviético, surgió rápidamente la contradicción entre las exigencias de un poder oligárquico mundializado y la idea del poder de cualquiera. Pero, al mismo tiempo, muchos críticos marxistas se reciclaron en críticos de la democracia. Así, autores venidos del marxismo se transformaron en críticos del mercado, la sociedad de consumo y el espectáculo. Esos nuevos teóricos representan al individuo democrático como un consumista insaciable.

-En ese contexto, ¿cuál es la función de la filosofía?

-Estoy totalmente en contra de la idea de que el objetivo de la filosofía sería establecer los fundamentos del saber. Para mí, es mucho más una actividad de deconstrucción, de desclasificación. La filosofía debe cuestionar la pretensión del discurso de las ciencias humanas de delimitar su territorio y sus métodos, y de separar su discurso del de sus propios objetos. Las ciencias humanas y la filosofía están constituidas por descripciones, argumentaciones, imágenes que dependen de la lengua y el pensamiento de todos. Para mí, la palabra de los obreros, los pobres, los marginados siempre fue un sistema de pensamiento como cualquier otro.

-¿ Y cuál es el papel de los intelectuales?

-Desde Mayo del 68, los intelectuales se transformaron en “especialistas de los síntomas”. En médicos que hacen diagnósticos, que deploran y juegan al oráculo pero no curan. Se los interroga, se los cita, pero se les pide que no propongan ningún remedio. En Francia, en particular, sirven para decir que la sociedad está enferma. Y repetirlo hasta el cansancio mediante lugares comunes a través de los cuales las elites declaran la enfermedad de sus contemporáneos.

-Efectivamente, la palabra de moda es “crisis”. Todos los “diagnósticos” lo confirman. ¿Habría que entender por el contrario que no hay crisis?

-No me gusta el discurso sobre la crisis. No sólo se ha transformado en un concepto global (las democracias están en crisis, el arte está en crisis, etc.) sino que interpreta toda situación en forma clínica. Cuando se habla de “una crisis de los suburbios”, se designa “un grupo con problemas”, un objeto de temor y de estudio para una medicina intelectual y social. No hay crisis de la democracia sino déficit democrático, no es lo mismo. Es necesario salir de ese tipo de explicación y poner en valor las nuevas formas de convivencia que aparecen en esos terrenos.

-Frente a esa situación, ¿cuál es el rol del filósofo contemporáneo?

-El filósofo debería evitar hacer diagnósticos. La filosofía es una actividad que desplaza las competencias y las fronteras: que cuestiona el saber de los gobernantes, de los sociólogos, de los periodistas e intenta atravesar terrenos cercados. El filósofo no debería darse aires de experto. Porque esas supuestas “competencias” son una forma de rechazar a aquellos que serán calificados de “incompetentes”, cuando el filósofo busque justamente poner en evidencia la capacidad de pensar de cada uno. El objetivo de un filósofo es salir de esa vieja tradición intelectual que consiste en explicar a “aquellos que no comprenden”, en vez de valorizar las capacidades intelectuales que pertenecen a todos.

-Uno de los temas que desarrollará en su paso por Buenos Aires será la relación entre política, estética y arte. ¿Podemos hablar de esa relación?

-La estética no es una disciplina sino una forma de pensamiento del arte que nació en la Revolución Francesa y opera a su manera un cuestionamiento del orden jerárquico. Esto concierne antes que nada el objetivo de una obra: antes de 1789, la obra de arte estaba destinada a ilustrar la fe religiosa, a celebrar las hazañas de los monarcas o a decorar residencias aristocráticas. Hoy, esas obras están destinadas a cualquiera, a todos.

-En uno de sus últimos ensayos, El espectador emancipado , usted afirma que la idea de la capacidad crítica del arte, así como su capacidad de movilización, prácticamente ha desaparecido. ¿Cuál es la explicación?

-Hubo una época en que el arte vehiculizaba claramente un mensaje político y la crítica trataba de develar ese mensaje en las obras. Por ejemplo, era la época de Bertolt Brecht, cuyo teatro denunciaba explícitamente las contradicciones sociales y el poder del capital. O entre los años 1960 y 1970, cuando se desarrolló la denuncia de la sociedad del espectáculo, con Guy Debord. Entonces se creía que mostrando ciertas imágenes del poder -como una montaña de mercadería o starlettesexhibiéndose en las playas de Cannes- se haría nacer en el espectador una conciencia del sistema de dominación reinante y la aspiración de combatirlo. Es esa tradición del arte crítico la que está en vías de desaparición desde hace 25 o 30 años.

-En otras palabras, ya no basta mostrar lo que uno denuncia para hacer salir la gente a la calle?

-La verdad es que eso nunca bastó. En los siglos XVII y XVIII se creía que mostrando el vicio y la virtud en el teatro se incitaría a los hombres a evitar el mal y apegarse al bien. Sin embargo, desde el siglo XVIII Rousseau demostró que no era así: difícil imaginar que la gente se aleja del mal después de ver una representación. Poco a poco quedó demostrado que no había ningún efecto directo entre la intención del artista y la forma de recibir del espectador. La obra no moviliza a menos que uno esté ya convencido. De lo contrario, se tiene la impresión de estar ante una imagen de propaganda. La verdad es que, en la actualidad, las imágenes críticas están omnipresentes en la sociedad. Pero no revelan nada: todos son conscientes de que vivimos en una sociedad hiperconsumista.

-¿Entonces ha desaparecido la posibilidad de todo arte crítico?

-No, a condición de derrumbar los estereotipos y cambiar la distribución de roles. En una frase muy provocadora, Jean-Luc Godard afirmó que la epopeya estaba reservada a los israelíes y el documental, a los palestinos. Lo que quiso decir es que la ficción es un lujo, y que lo único que queda a los pobres es mostrar su realidad, su miseria. Algunos artistas lo consiguen. El portugués Pedro Costa, por ejemplo, filma a los inmigrantes y los drogadictos en los suburbios de Lisboa, permitiéndoles construir una palabra a la altura de sus destinos.

-Ya que hablamos de imagen, usted rechaza el discurso actual, según el cual el hombre contemporáneo está sumergido en un océano de imágenes, con frecuencia demasiado violentas y hasta intolerables?

-Cuando miro televisión, veo gente que habla y muy pocas imágenes de la realidad. Veo un desfile de expertos, gente que viene a decirnos qué hay que pensar de esas pocas imágenes que vemos. ¿Qué dicen esos expertos? “Hay demasiadas imágenes intolerables. Les vamos a mostrar unas pocas y, sobre todo, se las vamos a explicar. Porque la desgracia de las víctimas es que ellas no comprenden muy bien lo que les sucede. Y la desgracia de ustedes, telespectadores, es que tampoco comprenden. Por suerte, estamos nosotros.”

-Es verdad que, con frecuencia, la violencia de las imágenes lleva a los productores de televisión a pensar que más vale hablar que mostrar.

-En resumen: la ventaja de la palabra es que pone distancia con el hecho descarnado. Creo, por el contrario, que en materia de horror, la imagen y la palabra deberían estar en el mismo plano. Si uno quiere evocar el exterminio de los judíos europeos -se recurra a imágenes filmadas por los Sonderkommandos en Birkenau o a un relato de los guardias de ese campo de concentración- el resultado será el mismo: una representación del horror. La palabra no es más moral que la imagen. También “hace ver” a su manera.

-Ya se trate de América Latina o de Europa, cada vez con más frecuencia se utiliza la palabra populismo. Se usa para calificar la forma de gobernar de Hugo Chávez en Venezuela, la xenofobia antiislámica de Marine Le Pen, la denuncia de las elites durante la campaña presidencial francesa por parte de Jean-Luc Mélenchon? ¿Qué contiene el populismo que choca tanto a las democracias occidentales?

-Es raro, en efecto, el día en que alguien no denuncie algún riesgo de populismo en alguna parte del mundo. Pero no es nada fácil entender lo que se quiere designar a través de esa palabra. La noción de populismo evoca una imagen del pueblo elaborada a fines de siglo XIX por pensadores como Hippolyte Taine, Gustave Le Bon, aterrados por la Comuna de París y el crecimiento del movimiento obrero: una imagen de masas de ignorantes impresionados por los sonoros discursos de líderes carismáticos y conducidos a la violencia extrema por la circulación de rumores descontrolados y miedos contagiosos. Pero el concepto de populismo fue completamente reinventado durante los últimos 20 años.

-Desde la desaparición del comunismo?

-Desde que Occidente dejó de enfrentarse con el enemigo comunista, socialista, totalitario o como se lo quiera llamar. Cuando se planteó la cuestión de cómo sería la democracia a partir de entonces, nuestros gobiernos y todo el sistema mediático-político que gravita en torno se esforzaron en crear un concepto global en el cual incluir todas las formas de resistencia o de rechazo a la lógica de confiscación del pueblo por parte de las oligarquías. Se comenzó entonces a llamar populismo a cosas tan disímiles como la reivindicación de que el pueblo tenga la posibilidad de opinar o -como en el caso de Francia- que se oponga a la entrada de inmigrantes al país. El objetivo final es la estigmatización de toda reivindicación de poder por parte del pueblo.

-¿Pero no cree que en América Latina el populismo tiene una raíz más antigua y otras manifestaciones?

-Sí, en efecto. En América Latina hay una tradición de identificación reforzada entre el pueblo y su líder que define, en realidad, el populismo histórico. Se trata de una suerte de lazo directo, entre el pueblo y su jefe, que cortocircuita todas las formas de representación colectiva. En esos casos, el líder es la encarnación del pueblo. En el caso de Argentina es evidente que hay dos cosas que se mezclan: esa especie de encarnación tan cara al pueblo representada por Cristina Kirchner y políticas de Estado que se oponen a la lógica neoliberal.

-¿Hay que entender entonces que usted aprueba las manifestaciones populistas en América Latina?

-Por un lado, estoy resueltamente a favor de que se desmonte el concepto de populismo tal como funciona actualmente en nuestras sociedades. Pero eso no quiere decir, sin embargo, que validaría el entusiasmo que manifiestan muchos por los gobernantes sudamericanos. Cuando veo que Hugo Chávez quiere ser presidente por tercera vez, me digo que está lejos de ser un demócrata. Un demócrata es aquel que crea las condiciones para que alguien lo suceda cuanto antes. Para que no haya precisamente necesidad de un jefe, de una encarnación suprema de la nación.

CONFERENCIAS Y DEBATES CON RANCIÈRE

LA EMANCIPACIÓN INTELECTUAL HOY

  • Lunes 15 - Discurso de Jacques Rancière.
    Lugar y hora . Unsam (Campus Miguelete, 25 de Mayo y Francia, San Martín), a las 18.

EL PORVENIR DE LAS UNIVERSIDADES

  • Martes 16 - Coloquio con invitados de la universidad.
    Lugar y hora . Unsam, de 11 a 13.

LA DEMOCRACIA HOY

  • Martes 16 - Conferencia pública.
    Lugar y hora . Unsam, de 18 a 20.

LA SUBVERSIÓN ESTÉTICA

  • Miércoles 17 - Conferencia pública.
    Lugar y hora . Unsam, de 18 a 20.

EMANCIPACIÓN Y DEMOCRACIA EN EL ENTRECRUCE DE LA POLÍTICA Y LA ESTÉTICA

  • Jueves 18 - Coloquio con el Círculo de Estudios Jacques Rancière, de la Unsam.
    Lugar y hora . Unsam, de 11.30 a 13.30.

LA NOCHE DE LOS PROLETARIOS

  • Jueves 18- Conversación pública con la editorial Tinta Limón.
    Lugar y hora . Cazona de Flores (Morón 2453, Buenos Aires), a las 17.

EL TIEMPO DE LA POLÍTICA

  • Viernes 19 - Clase magistral.
    Lugar y hora . Teatro Municipal La Comedia (Mitre y Ctda. Ricardone, Rosario), de 17 a 19.

POLÍTICA DE LA FICCIÓN

  • Sábado 20 - Conferencia pública.
    Lugar y hora . Espacio Cultural Universitario (San Martín y Córdoba, Rosario), de 11 a 13.

Informes. unsam.edu.ar

DIXIT

  • “Estoy totalmente en contra de la idea de que el objetivo de la filosofía sería establecer los fundamentos de un saber. Para mí, es mucho más una actividad de deconstrucción, de desclasificación”
  • “Cuando veo que Hugo Chávez quiere ser presidente por tercera vez, me digo que está lejos de ser un demócrata”
  • “No me gusta el discurso sobre la crisis: interpreta toda situación en forma clínica”
  • “La ventaja de la palabra es que pone distancia con ?el hecho descarnado. En materia de horror, la ?imagen y la palabra deberían estar en el mismo plano”
  • “En América Latina hay ?una tradición de identificación reforzada entre el pueblo y su líder”
  • “Un demócrata es aquel ?que crea las condiciones para que alguien lo ?suceda cuanto antes”

EL ESPECTADOR EMANCIPADO
Jacques Rancière 
Manantial
Un análisis de la relación entre el espectador y el creador de la obra de arte, que pone en cuestión la supuesta pasividad del público receptor y rescata, en cambio, el poder de acción selectiva e interpretativa de su mirada

EL MAESTRO IGNORANTE
Jacques Rancière 
Libros del Zorzal
Basado en las ideas revolucionarias del pedagogo francés Joseph Jacotot, que en el siglo XIX afirmaba: “Quien enseña sin emancipar embrutece”, Rancière hace una crítica del sistema educativo moderno

J.D. Salinger (1951) The catcher in the rye (El guardián entre el centeno)

The catcher in the rye (1951) es la única novela que escribió Salinger. Han habido dos maneras de traducir el título al español. Según consta en Wikipedia (es.wikipedia.org):

La primera traducción al castellano de la obra, realizada en 1961 por Compañía General Fabril Editora en la colección Anaquel de Buenos Aires, fue titulada El cazador oculto. Posteriormente una traducción española de 1978 tituló la obra como El guardián entre el centeno. Ese título viene siendo criticado por escritores no españoles desde hace tiempo. Rodolfo Rabanal explicó en 2001:

El guardián entre el centeno es estrictamente literal porque responde a las cinco palabras del título en inglés, pero esa literalidad no beneficia el sentido, más bien lo oscurece. El guardián es el jugador que en el béisbol corre para atrapar la pelota; si ese jugador se encuentra, de manera figurada, en un campo casi idéntico a un trigal, estará evidentemente oculto y fuera del alcance del bateador. En suma, «cazaría» la pelota desde una guarida y se comportaría como un cazador oculto. Ésa es la idea que inspiró el título de Salinger, sólo que en inglés, y en los Estados Unidos, bastaba con la literalidad para establecer la metáfora. Pero en la versión en español era preciso imaginar el propósito de Salinger y dar exactamente la idea que el autor buscaba. Luego se impuso esta nueva versión y el guardián en el centeno ya no suena a nada.

De todas maneras, Salinger desautorizó cualquier otra traducción al castellano, con lo que el primer título, que fue la única versión en español durante décadas, nunca más pudo usarse.

*

La novela es la historia de Holden Caulfield, un muchacho de 16 años a quien acaban de expulsar del colegio secundario Pencey, ubicado en Agerstown, Pennsylvania, EEUU. Holden narra los momentos inmediatamente posteriores a la notificación de su expulsión, la relación con su compañero de habitación en el colegio y con otros de sus amigos y el camino que emprende de regreso a Nueva York, donde viven sus padres y su hermana Phoebe, la menor de los cuatro hermanos. Ellos nada saben de su nueva situación.

Pero Holden demora su vuelta a la casa paterna y en Nueva York visita algún bar, algún hotel, bebe, tiene encuentros con personas especiales en la noche neoyorquina y trata de encontrarse con amigas que viven allí.

La narración de Holden es la de un joven que tiene una percepción especial de la realidad, ya que es bastante lector. Y en sus descripciones y valoraciones utiliza un lenguaje vulgar, propio del adolescente que es, lo que provocó una conmoción en el ambiente literario de la época. Y las repercusiones no se limitaron a la década del ’50 sino que se extendieron muchos años después ya que su lectura no ha estado aconsejada por las autoridades escolares.

La traducción de Carmen Criado (en la edición de Alianza Editorial) está realizada a un español de España, esto es, plagada de expresiones propias del lenguaje corriente ibérico, lo que no ayuda a disfrutar plenamente de su lectura.

Una obra excelente, imprescindible.

* * *

El tema Catcher in the rye, del grupo Guns N’Roses forma parte de su album Chinese Democracy (2008).

* * *

Jerome David Salinger nació el 1 de enero de 1919 en New York, EEUU y falleció el 27 de enero de 2010 en Cornish, New Hampshire, EEUU.

Obras:

The Catcher in the Rye (novela, 1951, El cazador oculto / El guardián entre el centeno)

Nine Stories (1953, Nueve cuentos) “A Perfect Day for Bananafish” (1948, Un día perfecto para el pez banana), “Uncle Wiggily in Connecticut” (1948, El tío Wiggily en Connecticut), “Just Before the War with the Eskimos” (1948, Justo antes de la guerra con los esquimales), “The Laughing Man” (1949, El hombre que ríe), “Down at the Dinghy” (1949, En el chinchorro), “For Esmé – with Love and Squalor” (1950, Para Esmé, con amor y sordidez), “Pretty Mouth and Green My Eyes” (1951, Linda boquita y verdes mis ojos), “Teddy” (1953, Teddy), “The Daumier-Smith’s Blue Period” (1952, El período azul de Daumier-Smith).

Franny and Zooey (1961, Franny y Zooey) “Franny” (1955), “Zooey” (1957).

Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour: An Introduction (1963, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción) “Raise High the Roof-Beam, Carpenters” (1955), “Seymour: An Introduction” (1959).

Relatos publicados en antologías:

“Go See Eddie” (1940, republicado en Fiction: Form & Experience, 1969)
“The Hang of It” (1941, republicado en The Kit Book for Soldiers, Sailors and Marines, 1943)
“The Long Debut of Lois Taggett” (1942, republicado en Stories: The Fiction of the Forties, 1949)
“A Boy in France” (1945, republicado en Post Stories 1942–45, 1946 y en el número de Julio/Agosto 2010 de la revista del Saturday Evening Post)
“This Sandwich Has No Mayonnaise” (1945, republicado en The Armchair Esquire, 1959)
“Slight Rebellion off Madison” (1946, republicado en Wonderful Town: New York Stories from The New Yorker, 2000)
“A Girl I Knew” (1948, republicado en Best American Short Stories 1949, 1949)

Relatos no publicados en antologías:

“The Young Folks” (1940)
“The Heart of a Broken Story” (1941)
“Personal Notes of an Infantryman” (1942)
“The Varioni Brothers” (1943)
“Both Parties Concerned” (1944)
“Soft-Boiled Sergeant” (1944)
“Last Day of the Last Furlough” (1944)
“Once a Week Won’t Kill You” (1944)
“Elaine” (1945)
“The Stranger” (1945)
“I’m Crazy” (1945)
“A Young Girl in 1941 with No Waist at All” (1947)
“The Inverted Forest” (1947)
“Blue Melody” (1948)
“Hapworth 16, 1924″ (1965)

Relatos no publicados:

“Mrs. Hincher” (1942)
“The Last and Best of the Peter Pans” (1942)
“The Children’s Echelon” (1944)
“Two Lonely Men” (1944)
“The Magic Foxhole” (1944)
“Birthday Boy” (1946)
“The Ocean Full of Bowling Balls” (1947)

Maximiliano Tomas / Una lista no se le niega a nadie: la seducción de un arte menor

(Publicado en La Nación, 16.8.2012)

Están por todos lados, y durante mucho tiempo pensé que mi debilidad por ellas era algo que había que ocultar. Pero cada vez que abría los ojos me encontraba con una nueva lista que no podía dejar de leer, en mi biblioteca (1001 libros que hay que leer antes de morir, Películas clave de la historia del cine, Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, Los graffittis de Mayo del 68, Las armas de la conquista de América latina) o en Internet (las de las revistas Billboard, Time, Science o el Village Voice). Hasta que con el tiempo descubrí que era una pasión más bien común y extendida entre autores que admiraba, lo que me sirvió de elegante coartada: Charles Dickens, Walter Benjamin, Georges Perec (son imperdibles las de La vida. Instrucciones de uso), Roland Barthes, Jorge Luis Borges (el maravilloso listado al mismo tiempo infinito e incompleto de El Aleph) y Susan Sontag son sólo algunos de los nombres que se dedicaron a consumir y elaborar todo tipo de listas, ya sea para sus cuentos y novelas como en diarios, ensayos o cuadernos. El semiólogo y novelista italiano Umberto Eco, otro confeso admirador de este género menor, recibió en 2009 un encargo del Museo del Louvre para organizar una muestra y una serie de conferencias, y lo hizo en base a algunos de sus listados favoritos. Más tarde publicó un libro que se llama precisamente El vértigo de las listas.

Eco menciona allí las diferencias entre las listas “prácticas” y las “poéticas”. En el primer grupo estarían las del supermercado, la de tragos en un buen bar, la de los invitados a una fiesta (que no dejan de tener su atractivo para los fanáticos). Las “poéticas” estarían relacionadas con la idea de armar un registro parcial de “aquello que escapa a la capacidad de control y de denominación”, como ocurre con el catálogo de las naves de Homero presente en la Ilíada o el listado de objetos que contiene el cajón de la cocina de Leopold Bloom en el Ulises de Joyce. “La lista está en el origen de la cultura. Es parte de la historia del arte y de la literatura”, dice Eco, y agrega: “¿Para qué queremos la cultura? Para hacer más comprensible el infinito. ¿Y cómo nos enfrentamos a lo infinito? ¿Cómo se puede intentar comprender lo incomprensible? A través de las listas, a través de catálogos, a través de colecciones en los museos y a través de enciclopedias y diccionarios. Hay cierto encanto en enumerar con cuántas mujeres se acostó Don Giovanni: fueron 2.063, al menos según el libretista de Mozart, Lorenzo da Ponte“.

Cada uno tendrá sus preferencias: hay quienes disfrutan de las listas de los mejores restaurantes, de las cosas que hay que evitar en una primera cita o de las más grandes películas de todos los tiempos. Yo le agregaría a las categorías de Eco una tercera, que tiene que ver con los listados que elabora el propio mercado: listas que, según quién las interprete, pueden callar o decir mucho sobre un tema. Por ejemplo, las de libros. Publishers Weekly elaboró, de manera completamente arbitraria (como debe ser, claro, para que la polémica esté asegurada), un listado de los libros “más difíciles de leer”. Forbes confeccionó la de los autores que más dinero ganaron en 2011, y el único escritor verdadero que aparece allí es Stephen King (el año que viene figurará al tope E.L. James, que firmó Cincuenta sombras de Grey y se dice que factura alrededor de un millón y medio de dólares por día por las ventas del libro). Y The Guardian publicó el listado de los cien libros más vendidos en la historia del Reino Unido. Los primeros diez lugares se lo reparten apenas tres autores: James, Dan Brown y J.K. Rowling. El primer escritor relacionado con los círculos literarios aparece en el puesto 33, y es Ian Mc Ewan con Expiación (muy probablemente empujado por la adaptación al cine de la novela).

¿Qué dicen estas listas sobre la industria editorial en inglés, sobre los lectores anglosajones, sobre la literatura? Depende cómo se las mire. Para empezar, que a grandes trazos el del libro es un negocio como cualquier otro, sostenido por la venta de los bestsellers. Que la mayoría de los escritores de literatura no viven de la venta de sus libros. Que lo que más buscan los compradores en las librerías es una extensión de lo que consumen a través de las revistas, la radio, el cine y la televisión: es decir, entretenimiento. Que la gente tiene, en general, un pésimo gusto para elegir libros. Y que la literatura que perdurará cuando esto que llamamos vida termine por agotarse poco tiene que ver con los grandes negocios editoriales: circula por otros canales, depende de otros tiempos de maduración, llega a otros lectores. Lo que, si se lo piensa bien, no tiene nada de malo.

* * *

De su blog tomashotel.com.ar:

Maximiliano Tomas nació en Buenos Aires en noviembre de 1975.

Estudió Periodismo en TEA (1997) –donde es profesor desde 2005–, cursó una Licenciatura en Historia en la Universidad del Salvador (USAL, 1998-2003) y un Máster en Periodismo en la Universidad de Barcelona/Columbia (2008-2009).

Fue editor de Perfil Libros entre 2000 y 2003.

Sus crónicas periodísticas, entrevistas, investigaciones y reportajes aparecieron en medios de la Argentina, Bolivia, Colombia, México, España y Suiza.

Editó los libros Cuentos breves para leer en el colectivo 1 y 2 (Norma, 2004 y 2006; Belacqva 2007 y 2008); La joven guardia. Nueva narrativa argentina(Norma, 2005; Belacqva, 2009); y La Argentina crónica. Historias reales de un país al límite (Planeta, 2007).

Publicó cuentos en diversas revistas y antologías.

Recibió una beca de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que dirige Gabriel García Márquez.

En diciembre de 2005 creó el suplemento de Cultura del diario Perfil (Buenos Aires, Argentina), que dirigió durante seis años, hasta fines del 2011.

Actualmente es columnista del diario La Nación, de lanacion.com y de la revista de libros Quid, dicta talleres literarios en Buenos Aires y Tucumán, y da clases de periodismo narrativo.

bastadedemoler.org

Basta de Demoler es una Organización No Gubernamental del sector civil, sin fines de lucro, establecida formalmente en abril del 2007 por un grupo de vecinos de la ciudad de Buenos Aires unidos con el objeto de defender el patrimonio urbanístico de la ciudad.

Comenzó convocando a los ciudadanos a manifestarse públicamente en contra de las demoliciones de los edificios de valor arquitectónico e histórico; luego emprendió diversas estrategias en defensa del patrimonio y extendió su accionar a los parques, calles y veredas históricas, mobiliario urbano; es decir, todo aquello que forma parte del patrimonio tangible.

bastadedemoler.org

Luis Diego Fernández / Poética libertaria. La experiencia inagotable

(Publicado en Perfil, 1.7.2012)

Los beatniks fueron el primer movimiento cultural surgido enteramente en los Estados Unidos. Una nueva reedición de La generación beat, de Bruce Cook, permite volver sobre la vida y la obra de estos filósofos del desenfado.

‘America, I’ve given you all and now I’m nothing’. 
Allen Ginsberg

Los llamados escritores beats no fueron, como se dice a veces con pretensión y rapidez, de modo impropio, los padres de los hippies; tal vez, en rigor, éstos fueron efectos colaterales de lo que allí se cocinó, y que ellos capitalizaron. Si los primeros eran urbanos, jazzeros, negros wannabe, alcohólicos, finos, lúmpenes, feroces y sexualmente voraces, los segundos se abrieron al suburbio y lo comunal que el beat nunca se permitió por su individualismo búdico y acerado: su pétrea consistencia, la supuesta violencia y carga explícita erótica que les asestaban y se adosaba a sus textos, como el inspirador y emocional poema Aullido. La historia de este germen tiene un arranque impávido: Jack Kerouac conoce a Allen Ginsberg y William Burroughs en 1944 en Nueva York, y esa fecha iniciática, como todo azar, marca ese reborde literario. En 1969 Kerouac muere en Florida, víctima del alcoholismo. Año del festival de Woodstock: la paradoja, siempre lógica, da cuenta de una muerte y un nacimiento simultáneo. Adiós a los beatniks, bienvenido el hippismo.

La generación beat (reeditado ahora por Ariel), primera crónica editada sobre el tema en 1971 por Bruce Cook, no es un libro menor, pero tampoco es un texto significativo en su aporte en el plano de las ideas. Otros grandes analistas de la estética y ética beatnik, como Fernanda Pivano o Emanuele Bevilacqua, son más agudos y conceptuales en este aspecto, sin olvidar la propia maestría del viejo ojo obsceno y libertario de Henry Miller, que atisbó como pocos ese devenir. Pero el libro de Cook no sólo tiene el mérito de haber pensado al calor reciente (sólo dos años después de la muerte de Kerouac, santo patrono) sino cierta capacidad para desplegar un improvisado (qué mejor) arsenal sociológico, filosófico y medular de lo que subyace en este sentido. Cook observa a los beatniks como quienes realmente conservaron y resignificaron el legado de la gran tradición literaria norteamericana. Como todo vanguardista, lo hicieron sin saberlo, sin programa, sin darse cuenta, al margen y reescribiendo el pasado con desenfado.

Para Cook resulta claro: los beatniks se oponían al canon literario de su época que los despreciaba, ninguneaba y tildaba de anti-intelectuales; acusación hilarante, tal vez pocos escritores más hiperintelectuales y sistemáticos que Kerouac o Ginsberg, ni mencionar a Burroughs (un caldero hard boiled). El asunto es brutal: los beats se oponían tanto al elitismo académico del denominado New Criticism de los principales campus como al populismo de la Partisan Review (políticamente, marxistas). Estando equidistantes de la academia sectaria y el marxismo populista (dentro de ciertos límites), los beatniks golpeaban (y eran golpeados): el beat del ritmo, la calle y el puñetazo. Filósofos del martillo, su rebeldía implicaba un evidente talento para sobrevivir que luego se tornó en un claro requisito de cierta sabiduría de la que hoy gozan los viejos aún vivos como Lawrence Ferlinghetti (creador de la librería y editorial icónica City Lights) o Gary Snyder (conferencista zen). Ridiculizados, copiados y descalificados, lo cierto es que, como marca Cook, los beatniks buscaron deliberadamente esa antipatía de los círculos del poder literario y universitario. El deseo por hablar con honestidad y franqueza (pero amables), a la vez que su mordacidad hacia el conformismo social, llevaba en sí una crítica inapelable a los valores suburbanos y corporativos del american way of life que les vendieron luego de salir victoriosos de una guerra,  y como potencia. Los beatniks eran, tal como señaló Norman Mailer (el único intelectual prestigioso en bancar su aventura en el momento), los “negros” de la literatura. Algo propiciado y requerido: ser negros, lo contracultural.

Si el grito beatnik sólo se hubiese establecido como un mero ladrido, poco estaría diciendo hoy día. Esa actitud de perro cínico se apoyaba en la tradición norteamericana de la protesta. Palabra poco analizada, lejos de ser pasiva, protesta es “hablar a favor”. Y los beatniks hablaron a favor del derecho a sentirse diferentes. Esa tradición de la protesta, del individuo contra la comunidad normalizadora se ajusta a un linaje (quizá, el linaje) de la literatura y la filosofía de los Estados Unidos. Resulta claro: Allen Ginsberg se pensó Walt Whitman (poeta, místico, homosexual y panteísta), Gary Snyder se imaginó Henry David Thoreau (anarquista, ecologista y zen), y el propio Jack Kerouac no quiso sino verse a sí mismo como una cruza de Mark Twain y Jack London: el camino y lo salvaje, lo viril desbocado como expresión del deseo. El padre del trascendentalismo norteamericano, el pensador Ralph Waldo Emerson, colocó bajo todos ellos un manto de sapiencia que no sólo conllevó a una serendipia (ese accidente fortuito) sino a un programa conspicuo. Podemos sumar otros referentes sólidos en el camino: el poeta William Carlos Williams y Herman Melville no se quedarían afuera.

Partir de la propia experiencia vital para escribir es el comienzo de todo lo beatnik. Escribir sólo desde la experiencia, nada de remisiones librescas ni saltos de puntos y comas o mera sustancia bibliográfica. Alguna vez Michel Foucault dijo que todos su libros venían de una experiencia (con radicalidad evidente), lo mismo podemos hacer brotar de textos como Aullido de Allen Ginsberg, En el camino de Jack Kerouac o El almuerzo desnudo de William Burroughs. Experiencia no sólo contada sino buscada. Después de todo, como le dice Kerouac a Cook, “éramos sólo un puñado de hombres buscando experiencias sexuales”. Simple y ausente de retórica, un beatnik buscaba experiencias de índole sexual, pero no sólo genital. Esa literatura libidinal impregna todo: la carretera, el alcohol, la marihuana, la benzedrina, las mujeres negras, los yonquis, las barbas, la meditación zen, los solos musicales, el orgasmo y la velocidad escrituraria.

No dejan de ser soprendente las descripciones de Bruce Cook de las metrópolis –Nueva York y San Francisco– como epicentros del deseo. Barrios como el East Village y North Beach, espacios conquistados como Venice Beach en Los Angeles y, a posteriori, enclaves como Haight Ashbury en San Francisco (barrio primero delincuencial y luego hippie). ¿Por qué San Francisco monopoliza? Quizá porque fue la única ciudad de los Estados Unidos no colonizada por el puritanismo del Oeste y lo caballero y mórbido del Sur (de Faulkner, por ejemplo). Frisco Bay fue un territorio emergido de la mano de buscadores oro, prostitutas, marinos desclasados por anormales (gays), tahúres, magos, tramposos y malandras. Ese espacio de libertad se constituyó como el sector más natural para asentar el viejo anarquismo pacificista que los beatniks propugnaban. Un hedonismo libertario radical que no era ni comunismo ni socialismo. Kerouac mismo era políticamente un conservador (franco-católico) que llegó a afirmar que votaría por Dwight D. Eisenhower. El beat no fue “apolítico” sino anarquista individualista (hoy llamaríamos libertario). Esa resistencia pasiva y sabia emanaba de una coolness que se mostraba como espacio de fuerza insólita e insolencia con sustancia. Fue el propio Norman Mailer con The White Negro (1957) quien testimonió lo que dio en llamar “hipster”: existencialistas urbanos, levemente sartreanos, filósofos bajos, del deseo y la calle, que tomaban como referentes a toxicómanos como Herbert Huncke, ícono y secuaz de Bill Burroughs en el Lower East Side, de profesión yonqui.

Habrá que decirlo: los beatniks fueron el primer movimiento literario (a duras penas lo fue) surgido enteramente en los Estados Unidos de América. Sus precuelas (el trascendentalismo del XIX, de Emerson y Thoreau) fueron deudores de alquimias europeas y asiáticas. Los beatniks encarnaron la voz de protesta desde el interior de la nación vencedora de la Segunda Guerra Mundial. Algo prototípico de los Estados Unidos: siempre las voces más duras y feroces emergen desde su riñón, no del exterior: desde Malcom X a Noam Chomsky, de Thoreau a Unabomber. Los críticos más furibundos de los valores de la pulcritud, puritanismo y trabajo, salen de las entrañas de esta máquina (algo que también vio con lucidez Jean Francois Revel). Esa voz de la disidencia, este clamor libertario, pareciera ser siempre un anticuerpo que el propio país emana como forma de extirpar o abrirse paso hacia otra fuga, no prevista. La evasión al control y la codificación del deseo que señala Gilles Deleuze en El Antiedipo.

La filosofía beatnik, podemos insinuar desde el testimonio de Bruce Cook, tenía una mirada enmarcada en la rebeldía pero anclada en la tradición de la protesta individual contra el elitismo, a la vez que el populismo literario le daba a la experiencia, el deseo y el cuerpo un punto inaugural, manifestaba un anarquismo pacificista, inducía a ir contra la moral productiva, y echaba raíces en reescribir la tradición más fuerte de los Estados Unidos. Pocos escritores más representativos de lo norteamericano que Kerouac, Ginsberg, Burroughs, Snyder, Corso, Cassady, Di Prima o su abuelo espiritual, Norman Mailer. Y no dejemos de lado esa novela anticipatoria como Go de John Clellon Holmes (1952). Todos escritores que colocan su principio en lo fisiológico del pensamiento y el trance físico: ni razón ni racionalidad, pero tampoco inconsciente. Esas fuentes son transparentes:  Nietzsche, el freudomarxismo –Reich y Marcuse–, y el budismo zen –su recepción en Estados Unidos a través de DT Suzuki y la Black Mountain College de Nueva York. Algo que luego continuaría en eventos como Mayo del ’68.

La filosofía que subyace en los beatniks, como algo lógico de su política del rebelde, consiste en decir no, en su espíritu de oposición a la “mecanización”, sea ésta marxista, capitalista o psicoanalítica. El beat rechaza el modo de vida estandarizado y propone un modelo alternativo que se basa en ampliar los límites de la percepción y en la crítica de la economía del ahorro y el ideal ascético. El beat valora más que nada la libertad individual, nada se coloca por encima de ella. El deseo de vivir en libertad, con velocidad y sin ser manipulado. El lirismo y la voluntad exagerada de creer en algo o en sí mismo, hacen del beat un enemigo del cinismo, la mentira y el resentimiento –el pop es cínico y el punk es resentido. Su violencia evidenciada a veces es producto de la fuerza vital, del golpe como celebración o el exceso en los placeres como forma de afirmación radical de la existencia. El latido de la búsqueda del beat, los lleva a cierta sabiduría fisiológica: zen. El budismo parte de la inmanencia, de los sentidos, del deseo, de la piel y la percepción. No hay culpa ni pecado, en todo caso hay dolor, que debemos extirpar siendo estrictamente precisos con el deseo necesario. La poética beatnik no es dadaísmo –no buscan destruir superestructuras–, ni expresionismo –no buscan criticar la inmoralidad política–, ni surrealismo –no pretenden destruir la supremacía del consciente por el inconsciente–, ni tampoco existencialismo –no pretenden ir contra la norma a favor de un imperativo categórico. Los beatniks tienen tres enemigos claros: Freud, Marx y Einstein. Van contra la normalización del inconsciente del psicoanálisis, contra la mecanización productiva y colectivista del marxismo y contra la bomba atómica einsteiniana. Será el cuerpo y no el intelecto el territorio desde el cual “hablan”, y “escriben”: la vida es la fuente de inspiración. La experiencia es todo. Vida es cuerpo: carne, sangre y semen. Los beatniks hacen un himno a la intensidad de la vida y el hedonismo: las experiencias sexuales diversas y la experimentalidad de la existencia; pero vida como realidad física. Jack Kerouac escribe con excitación, con prisa, como un orgasmo. La prosa beatnik –de Kerouac en particular– se sustenta en una realidad biológica. Es claro: la prosa beat va contra la representación racionalista, por ello el fluir.

Quizá, como ha señalado Ginsberg, los beatniks le dieron todo a Norteamérica y no recibieron nada a cambio. Tal vez no. Su semilla caló hondo. Si bien el principio filosofal de lo beat aparece, sus acólitos preservan y perseveran en mantener ciertos nombres en alto. Si los años 70 vieron emerger al hippismo como vida alternativa, los 80 trajeron la revolución conservadora, los pensadores neo-conservadores, el sida y el fin del sueño. El pop ocupó su espacio, el cinismo se estableció en el centro de la escena, y otras figuras, Warhol por caso, lograron sintetizar ese tiempo pero le dieron generosidad. Nada parecería más descabellado y, tal vez, necesario hoy que lo beat o su analogía pictórica encarnada en Jackson Pollock: el maestro del expresionismo abstracto, macho, mujeriego, amante de putas, semental, jazzero, alcohólico y pendenciero junto al gay afeminado, casi virginial, amante de divas de plástico y carteles de neón de Warhol. Sí: el pop fue la reversión de lo beatnik de cuajo: su canto de cisne. El pop, y el cinismo marketinero que le siguió, nos quitó (¿por siempre?) la pulsión libertaria y contracultural de los beatniks, los místicos zen de California y el jazz titánico de heroinómanos  –aunque Andy los cobijó en la Factory, incluso a sus herederos, como Lou Reed, hijo bastardo de Bill Burroughs. El desarrollo nos puede llevar hasta Patti Smith, lo ciberpunk y la forma que tomó hoy cierto ideario beat. Pero no hay que pensar ese territorio como lo más fiel (aunque Lady Gaga trafique con lucidez, sin que muchos se den cuenta, ideas idénticas). Para el beat todo venía del cuerpo como piedra angular. Una visión beat correcta consiste en volver a ese principio fisiológico, ni virtual ni hiperreal, sólo cuerpo, carne, orgasmo y libertad. Esa vuelta a la anomalía, ser fieles con lo infiel, para su mandato es un legado más noble, y existe y se ve, ya no con extremos buscados de modo desfasado (allí estaban rodeados y ahogados) como en los años 50 y 60, sino a través de cierta sabiduría epicúrea, serenidad celebrada, de un mantenerse al margen pero participar del ágora y reivindicar ese espacio de autarquía, desde un individualismo comunitario. El golpe sigue siendo tan intransigente como perceptible. El último Allen Ginsberg, antes de morir en 1997, fue eso: un viejo sabio, venerado, dulce, amable y respetado como la voz de América. Nada quedaba ya de su violencia espasmódica de joven. El, que se pensó Walt Whitman, lo fue. Justicia poética.

*

Del orgasmo al dripping

Los beatniks tienen tres grandes fuentes intelectuales de las cuales se embeben:  el llamado freudo-marxismo, con autores como Wilhelm Reich y Herbert Marcuse –que planteaba que la represión del instinto sexual funda toda neurosis, algo que exponen en sus libros La función del orgasmo y Eros y civilización, ambos citados copiosamente por Kerouac y Ginsberg–,  el jazz, en tanto lenguaje musical como libre fluir de la mente: improvisación espontánea y el tomar aliento entre cada frase, pero también el slang, dialecto negro y la jerga del gueto, y, por último, el anarquismo político, pero no como movimiento, sino como mero individualismo libertario, como expresión de la subjetividad personal.

Para los beatniks la vida comienza de modo hostil y extraña: el presente liberado de lo espacio-temporal y evidenciado en la escritura y el pensamiento beat tiene cuatro disparadores: 1) el orgasmo (sexo), 2) la meditación (el zen), 3) la improvisación pasional (el jazz), 4) los paraísos artificiales (alcohol y drogas). El beat busca producir una realidad en el instante de la liberación: el momento de la escritura adviene de allí. Es una escritura con fundamentos fisiológicos, con el orgasmo como motor. En algún sentido, símil a los dandis del siglo XIX: Baudelaire también hacía un culto de los paraísos artificiales –opio, hachís, vino–, y, al igual que Kerouac, tenía una amante negra, como Mardou Fox, presente en Los subterráneos. Resulta claro: la escritura automatizada de Keroauc o el cut-up de Burroughs es lo mismo que el dripping de Jackson Pollock en el expresionismo abstracto o los iconmensurables solos de saxo de John Coltrane o Charlie Parker.

*

Perdidos y golpeados

Hay que ubicar temporalmente lo que se llamó “generación beat” –que, en rigor, nunca existió como movimiento orgánico con un manifiesto, así como las vanguardias históricas de principios de siglo XX–: esto es, en la segunda posguerra (1945-1960). La década del 50 fue el momento dorado del ideario beat. A diferencia de la llamada Lost Generation –de los años 20, la primera posguerra–, con figuras como Francis Scott Fitzgerald, los beats se desmarcan radicalmente de su desidia e indolencia. Los perdidos estaban mucho más matrizados por la locura, el desamparo y el psicoanálisis. Los escritores de la primera posguerra no creían ni querían creer en nada; los beatniks tenían sólo avidez de creer y apostar.

Es posible dividir a los intelectuales beatniks en dos bandos: los beats calientes –de la East Coast, que escuchaban hot jazz– y los beats fríos –de la West Coast, que escuchaban cool jazz–, estos últimos a veces similares a los que se dieron en llamar new dadá: vestidos completamente de negro. Algunos que se podrían ubicar dentro de ellos como primos y filosóficamente en el mismo lugar son artistas como John Cage, Merce Cunningham o Robert Rauschenberg. Los beats californianos estaban atravesados más por esa atmósfera  lírica que luego terminó por impregnar a toda la sensibilidad del movimiento, pero no hay que olvidar que el humo, el metal y el polvo de Nueva York está en los orígenes de todo.

* * *

Luis Diego Fernández nació en Buenos Aires en 1976.

- Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires), especializado en filosofía contemporánea y estética. Ensayista.

- Ha dictado seminarios y conferencias en Universidades y en Instituciones: Posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, Universidad ESEADE, Centro Cultural de España en Buenos Aires, Colegio de Abogados de Necochea, Fundación Internacional Jorge Luis Borges, Escuela Argentina de Sommeliers, Centro de Estudios Contemporáneos y en el Campus Virtual de la Asociación de Pensamiento Penal, con el aval de la Universidad Nacional del Comahue. Desde hace 5 años dicta cursos privados en librerías y espacios culturales.

- Es autor del ensayo Furia & Clase (Paradoxia, 2009). Ideó, editó, prologó y coordinó laAntología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2012).

- Trabajó durante 10 años continuos en editoriales líderes de la industria editorial argentina e hispanoamericana (Yenny/El Ateneo, Gedisa y Random House Mondadori), de la cual tiene un amplio conocimiento.

- Colabora desde hace 8 años con los siguientes medios: Revista Ñ de Clarín, Diario Perfil, Revista El ojo mocho, Revista Brando, Revista Gata Flora, Revista Menú, Guía Cultural La Celeste (Uruguay), Revista virtual Cibertronic de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

- En 2010 fundó y dirige EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos y charlas.

- Es creador de la Cata de Ideas, un evento que tiene la finalidad de acercar la filosofía a un público mayor.

(De ar.linkedin.com/in/luisdiegofernandez)

Su blog es ldflounge.blogspot.com.ar

Luis Diego Fernández / Herbert Spencer. El germen ácrata de Borges

(Publicado en Perfil, 2.9.2012)

Se publica en el país El hombre contra el Estado, del filósofo británico Herbert Spencer, un libro prácticamente inhallable en castellano, medular en la concepción anarquista de Jorge Luis Borges. Para el escritor argentino, el Estado opera como una suerte de entelequia que disciplina y obliga a mentir. Según su visión, el político es quien mejor viste el disfraz hipócrita.

Positivista cientifico. De formación autodidacta, Spencer está considerado como uno de los fieles promotores del darwinismo social en Inglaterra.

Quizá la palabra clave sea escepticismo. Cito: “Mis convicciones en materia política son harto conocidas; me he afiliado al Partido Conservador, lo cual es una forma de escepticismo, y nadie me ha tildado de comunista, de nacionalista, de antisemita, de partidario de Hormiga Negra o de Rosas. Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos. No he disimulado nunca mis opiniones, ni siquiera en los años arduos, pero no he permitido que interfieran en mi obra literaria”, escribe Jorge Luis Borges en el prólogo de El informe de Brodie (1970). Interrogar por el pensamiento político borgeano no es laberíntico ni una empresa condenada al dejo irónico, ni mucho menos requiere menospreciar o minimizar su peso en su obra ficcional o poética (donde hay notorias huellas de una auténtica filosofía política). La clave es lo escéptico que señala el propio Borges. Esa no creencia, hoy más que nunca, va a contrapelo. Tal vez Borges escribió en momentos donde muchos creían (de un lado o del otro) en políticas transformadoras y movimientistas; Borges, no. Pero la pregunta de Borges iba más allá de las decisiones políticas y, desde luego, de la mera práctica política coyuntural a la que consideraba un ejercicio de la mentira y la corrupción sistemática, así lo dice desde diferentes intervenciones públicas, por caso, en las conversaciones con Roberto Alifano tituladas El humor de Borges: “La profesión de los políticos es mentir. El caso de un rey es distinto; un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no; un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias”. Otra alusión, en sus diálogos con Ernesto Sabato (compilados por Orlando Barone): “No. En primer lugar (los políticos) no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad. Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga. En el caso de un discurso político, los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa”. Un diagnóstico claro, el de Borges: el político, en rigor, es un sometido, un esclavo, la interfaz de una mecánica de la hipocresía, la doble moral y el resentimiento (categoría nuclear en Martínez Estrada).

Según la lectura borgeana, el poder, y específicamente el Estado, opera como una suerte de entelequia y elefante normativo que disciplina y obliga, por obliteración u omisión, a mentir y a la cortesía fingida, al acto enmascarador y el disfraz deliberado. En este sentido, aquí se pone en evidencia la fibra anarquista borgeana. La cuestión de la “vida falsa” es algo prototípico de la protesta de todo discurso anarquista, sea éste por izquierda y comunitarista (Bakunin, Proudhon) o por derecha e individualista (Thoreau, Martínez Estrada, Onfray). La crítica política borgeana descansa en lo falaz, de allí la mirada pirrónica, la sonrisa que opera como demolición y desarma el entramado. La risa de Borges frente al poder estatal es la de Demócrito o el pedido imperativo de Diógenes a Alejandro Magno: “Córrete porque me tapas el sol”. Algo de esta pulsión libertaria encontrará Borges, de modo inevitable, en el texto del filósofo inglés Herbert Spencer que se reedita (vía la editorial libertaria Innisfree), cuyo título es El hombre contra el Estado –publicado en 1884.

Es usual reconocer la autodefinición borgeana como “anarquista spenceriano”. Lo cierto es que la lectura de ese texto fue un golpe y una dirección, pero su padre, Jorge Guillermo Borges, no sólo le transfirió la ceguera sino el anarquismo de Herbert Spencer. Para ser estrictos, la filosofía spenceriana esgrimida en El hombre contra el Estado parte de un precepto muy claro y sencillo: nadie debe ser forzado a cooperar con otros individuos bajo ninguna circunstancia; toda forma de cooperación debe ser voluntaria –sentando las bases del principio de no agresión. Toda intervención del Estado sobre el individuo común, a los ojos de Spencer, era considerada inmoral. La única coerción aceptada, en este sentido, reposaba en la obligación de hacer cumplir los contratos entre pares iguales. Formado por cuatro ensayos, El hombre contra el Estado se constituye en la piedra basal del liberalismo británico y el antecedente más potente del anarcocapitalismo norteamericano del siglo XX. Algunos críticos han visto en Spencer cierto darwinismo social al desmantelar toda pretensión de imponer la solidaridad “a punta de pistola”. Quizá la aniquilación más fuerte por parte de Spencer reposa en la victimización de todo colectivismo a fin de otorgar mayor grado de acción al individuo y el emprendimiento.

La genética ácrata hace que el propio Borges expanda su visión en materia política en las entrevistas con Vicente Zito Lema o en la célebre, televisada innumerables veces (1980), con Joaquín Soler Serrano, donde señala: “Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los Estados”. La definición merece ser explicitada, máxime en su coyuntura. El discurso libertario de Borges era pacifista (lejano, desde luego, de incendiarios como Errico Malatesta o Severino di Giovanni), allí puede entrar la figura de “anarquista de derecha” (¿habría otra expresión posible en 1980? ¿Y hoy?). En estos tiempos, es posible arriesgar que esa posición borgeana encuentre opciones en el discurso del liberalismo libertario del siglo XX, recreado a través de pensadores como Friedrich A. von Hayek, Ludwig von Mises o Robert Nozick, en el anarcocapitalismo de Murray Rothbard, o quizá mediante la expresión contracultural del posanarquismo de Michel Onfray (que no está en contra de la propiedad privada y aboga por espacios de microrresistencia).

Borges comprendía perfectamente la cuestión semántica sobre el anarquismo, vale decir, ausencia de arché (fundamento, en griego), y cuya búsqueda muy lejos está del desorden o el caos. En ese sentido, al emplear esa categoría política, el escritor expresaba su rechazo a la autoridad y a ser gobernado. Un anarquista, en los hechos, es alguien que se gobierna a sí mismo y que se niega a servir, así ya lo vemos en la raíz de El discurso sobre la servidumbre voluntaria, de Etienne de la Boétie, texto del siglo XVI, piedra inaugural del libertarismo. Un anarquista es alguien extremadamente responsable, sistemático y riguroso consigo mismo: la ausencia de patrón, dominador, amo y dios lo pone como un individuo solar, piedra angular del mundo, que se da su propia forma, un cristal que debe transmutar esas figuras dentro de sí. Y esto en Borges resulta una afirmación de evidencia palmaria. Lo cual no quita que su pensamiento haya pasado por ciertos clivajes en materia política: desde la composición de aquellos poemas que integrarían un libro nunca editado, titulado Los salmos rojos, donde se da cuenta de una época bolchevique, de un comunismo pacifista, leído en clave de hermandad universal, de cuño whitmaniano.

Sin embargo, este humanismo que inspiró a Borges desaparece hacia 1920, tal como dice una carta a Maurice Abramowicz, fechada el 12 de enero de 1920: “Soy de tu opinión en lo concerniente al bolcheviquismo. Es una sucia chusma de arribistas que arribarán y harán de la vida una vileza moral mediocre y monótona”. Del mismo modo, también se puede detectar un breve destello “yrigoyenista” en sus poemas de El cuaderno San Martín (1929), donde ejerce un fraseo más criollista (típico del caudillo radical) como puerta para luego partir hacia la dimensión universalista. Finalmente, se afirmará su posición anarquista, y su afiliación, ya citada, al Partido Conservador como gesto de desencanto de la política partidaria, democrática y representativa.

La pregunta por la política borgeana debería ser realizada, tal vez, y hoy más que nunca, por resultar a contracorriente y extemporánea; una cifra más que necesaria de volver a ser pensada con rigor y seriedad. A veces desechada con rapidez excesiva, lo cual revela cierta pereza intelectual para problematizar algo por fuera de la superficie. Esta cuestión implica, además, una pregunta a posteriori en relación con la noción de libre albedrío, para lo cual es más que destacable el artículo del economista Martín Krause –titulado “La filosofía política de Jorge Luis Borges”–, donde se analiza en detalle este tema. Borges, que era escéptico en materia política y agnóstico en términos religiosos, también era un maestro de la sospecha con respecto al libre albedrío. De todos modos, si bien dudaba, lo cierto es que aquello no implicaba caer en el determinismo. Su postura podría expresarse de la siguiente forma: el hombre no tiene entidad por fuera de las relaciones causa-efecto; está determinado, pero le resulta imposible conocer las causas de tal determinación. Este argumento es una constante en el universo ficcional borgeano, particularmente en cuentos como El sur o El jardín de senderos que se bifurcan. El destino cifrado, la determinación evidente, opaca siempre el causante de las acciones finales, de la muerte, de la valentía o la cobardía. El agnosticismo en esta materia le da coherencia a la tesis: quizá Dios sí exista, pero nunca lo sabremos.

El spencerismo de Borges (que también lo fue de Sarmiento, así lo testimonia el libro de su lecho de muerte en el Paraguay) se permite ver, de nuevo, en este diálogo con Osvaldo Ferrari: “Para mí, el Estado es el enemigo común ahora; yo querría –eso lo he dicho muchas veces– un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero quizá sea preciso esperar no sé si algunos decenios o algunos siglos –lo cual históricamente no es nada–, aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética y, además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir”. En la afirmación borgeana se ponen en juego dos valores anarquistas irrenunciables: conducta y conocimiento. Pocos movimientos menos antiintelectuales y prointelectuales que el libertario: política del libro, la biblioteca y el estudio que colocaba la ignorancia de los pueblos como un enemigo igual de rapaz que el Estado. Todo anarquismo señala lo mismo: no hay cambio posible sin erradicación de la ignorancia, verdadero factor causante de la dependencia. Este es el problema, entonces, que también señala Borges; por ende, la biblioteca como solución; la educación, la formación personal y sin fin. Materia siempre bien comprendida por todos los grandes pensadores libertarios argentinos, como Martínez Estrada o Juan José Sebreli, ejemplos descomunales del autodidactismo.

La filosofía política pone a Borges a contracorriente, y cumple el rol del aguafiestas, de quien señala el muerto en el placar y aviva a los dormidos de la inocencia perdida: un Estado engordado o bulímico y la inmensa mayoría que espera aun salvar sus ropas a partir de su teta. Pero el anarquismo borgeano revela algo más hondo y complejo que no todos vieron, o no quieren mostrar por ignorancia o conveniencia, así lo dice en Evaristo Carriego: “El argentino hallaría su símbolo en el gaucho y no en el militar, porque el valor cifrado en aquél por las tradiciones orales no está al servicio de una causa y es puro. El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano”. Este individualismo argentino que marca Borges, y va de suyo con el gaucho y el malevo como modelos de rebeldía, dice más bien algo del problema de la articulación de lo colectivo y del populismo que de la ciudadanía: la opción de la filosofía política borgeana tiene hilachas a ser repensadas e incrustadas con la contundencia de una marca con antecedentes. Si la política argentina del siglo XIX se escribió desde la figura del libro y los presidentes intelectuales, Lugones representó esa imposibilidad en el siglo XX al intentar revivir un sarmientismo imposible. Borges, y también Martínez Estrada, alcanzaron a ver que esa empresa estaba condenada al fracaso: “Alpargatas, sí; libros, no”. El intelectual se aleja de lo público y construye su fortaleza, su jardín epicúreo, su mito personal. En esta amalgama que se solidificó durante años, podemos detectar esquirlas del anarquismo borgeano como una forma de resistencia, que aparece con más virulencia en momentos en que el Estado adquiere dimensiones desaforadas y peligrosas. Espacio que hoy está vacante. Casillero del intelectual privado: aguijón que no por pequeño es débil, si no recordemos que El Aleph se encontraba en una casa de la calle Garay.

*

Contra lo utópico: de Borges a Foucault

Las palabras y las cosas (1966), como señala Michel Foucault en la primera línea: “Nació de un texto de Borges”. Ese texto es El idioma analítico de John Wilkins (Otras Inquisiciones, 1960). Lo que Foucault vio en Borges fue su clasificación en la Enciclopedia china de un bestiario fabuloso, con categorías antinormativas tales como: animales embalsamados, animales dibujados por pincel de camello, etc. Lo que Foucault descubre ahí es el germen del concepto de “episteme” a partir de la pregunta: ¿qué es imposible pensar? y por lo tanto, ¿qué es posible pensar? Frente a la visión utópica, Foucault descubre en la heterotopía borgeana un espacio de categorías que inquietan, rompen los lugares comunes y la sintaxis esperable. En este aspecto, es completamente lógica esta filiación que Foucault encuentra en Borges: ninguno fue un pensador utópico, más bien su cara opuesta. Frente a la utopía (el no lugar político), lo que el filósofo francés encuentra en la heterotopía borgeana es el cruce y la resistencia a la norma, clave de su filosofía.

*

Cosmopolitismo

Jorge Luis Borges publicó diez libros de ensayo (considerando en este género también su último texto editado titulado Atlas, en coautoría con María Kodama, de 1985), en los que, en gran medida, queda evidenciada su reflexión respecto de la lengua (español rioplatense), y el movimiento hacia la figura y rol del escritor argentino con la tradición occidental –viendo allí una decisión no sólo estética sino claramente política–, la consideración de la filosofía como un género literario más (su preferencia por los pensadores ingleses y alemanes, o Spinoza), y también sus expresiones, que constituyen su verdadera filosofía política libertaria. Es posible arriesgar que la estética y política de Borges permearon de cosmopolitismo lo local, rasgo porteño por antonomasia.

En El idioma de los argentinos (1928), el autor señala ya esta tensión entre el español del criollismo impostado y sainetero, y por otro lado el español castizo. En la operación borgeana, el argentino es una lengua que reclama toda la tradición occidental para sí desde la periferia, evadiendo un argentinismo ex profeso; cito: “La argentinidad debería ser mucho más que una supresión o que un espectáculo. Debería ser una vocación”.

* * *

Luis Diego Fernández nació en Buenos Aires en 1976.

- Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires), especializado en filosofía contemporánea y estética. Ensayista.

- Ha dictado seminarios y conferencias en Universidades y en Instituciones: Posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, Universidad ESEADE, Centro Cultural de España en Buenos Aires, Colegio de Abogados de Necochea, Fundación Internacional Jorge Luis Borges, Escuela Argentina de Sommeliers, Centro de Estudios Contemporáneos y en el Campus Virtual de la Asociación de Pensamiento Penal, con el aval de la Universidad Nacional del Comahue. Desde hace 5 años dicta cursos privados en librerías y espacios culturales.

- Es autor del ensayo Furia & Clase (Paradoxia, 2009). Ideó, editó, prologó y coordinó la Antología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2012).

- Trabajó durante 10 años continuos en editoriales líderes de la industria editorial argentina e hispanoamericana (Yenny/El Ateneo, Gedisa y Random House Mondadori), de la cual tiene un amplio conocimiento.

- Colabora desde hace 8 años con los siguientes medios: Revista Ñ de Clarín, Diario Perfil, Revista El ojo mocho, Revista Brando, Revista Gata Flora, Revista Menú, Guía Cultural La Celeste (Uruguay), Revista virtual Cibertronic de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

- En 2010 fundó y dirige EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos y charlas.

- Es creador de la Cata de Ideas, un evento que tiene la finalidad de acercar la filosofía a un público mayor.

(De ar.linkedin.com/in/luisdiegofernandez)

Su blog es ldflounge.blogspot.com.ar

Gisela Nicosia / La mitad de los chicos que van a la primaria no lee libros ni historietas

(Publicado en Perfil, 25.8.2012)

Datos del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA prenden el alerta. Consejos para fomentar el hábito desde pequeños.

Niños tecno. El informe revela que 62,9% de los menores de entre 5 y 12 años pasa al menos dos horas diarias frente a la pantalla.

“Había una vez… chicos que no leen” A pesar de que especialistas y estudios de todo el mundo señalan que el acto de leer estimula la inteligencia, la imaginación y la creatividad, casi la mitad de los niños argentinos en edad escolar no lee libros. Según el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, realizado por la Universidad Católica Argentina (UCA) en aglomerados urbanos de más de 50 mil habitantes, el 48,1% de los chicos de entre 5 y 12 años no lee textos impresos – esto incluye libros, historietas, comics, etc–. En el caso de los adolescentes, la cifra asciende a 53,3%.

La problemática de la falta de hábito de la lectura es un tema de análisis constante por los especialistas. Ianina Tuñón, investigadora responsable de la supervisación de este informe señala que “la propensión a no leer textos impresos en el caso de los chicos en edad de educación primaria se ha mantenido estable entre 2007 y 2011, mientras que en los adolescentes se observa un incremento de 7,2 puntos porcentuales”.

Tuñón explica que “durante los primeros años de vida de los niños, las estrategias de cuidado y los estímulos que desarrollen los hogares en el campo emocional, social e intelectual son particularmente importantes en el desarrollo del lenguaje, el pensamiento simbólico y el desarrollo psicomotor”.

María Cecilia Cunha Ferré, pedagoga social de la Universidad del Salvador, coincide y apunta que “el desarrollo de la lectura motiva la imaginación, esto es fundamental para desarrollar la creatividad y generar diferentes alternativas para adaptarnos y afrontar las dificultades de la vida. La cantidad de nuevos recursos electrónicos no los posibilita de la misma manera y también modifica el vínculo entre los niños y los adultos”. Con respecto al cambio entre padres e hijos el psicólogo Jorge Tarditi señala que “los chicos tienen acceso a muchos más recursos disponibles, como la televisión, la computadora, internet, los videojuegos, para armar las ficciones que antes encontraban casi exclusivamente en libros de cuentos o en los relatos de los mayores;  y esto parece detener una posibilidad de lazo intergeneracional”.

Para formar un lector primero hay que formar un oyente. El estudio de la UCA  también muestra que a 3 de cada 10 chicos en los primeros años de vida no se les suele contar cuentos ni narrar historias orales y casi el 37% no cuenta con libros infantiles en su hogar.

Milena (10) y Valentina (5) eligen sus propios libros. Su mamá Bettina Di Giorgio, que además es docente, asegura que se les inculcó de pequeñas el hábito de leer. “Al nacer Milena una prima me regaló un libro que le leían de chica. Me gusta que mis hijas vayan conmigo a comprarse libros de historias fantásticas y princesas, que son sus preferidos. Tengo muchos alumnos que no tienen estimulo para leer”, confiesa.

Para la socióloga Claudia Messing “el niño se refleja en el acto del padre como una imagen en un espejo. Puede suceder que el chico no tenga la paciencia para escuchar un cuento porque está más habituado a la rapidez de la imagen, de la tecnología”, señala.

María Zysman, psicopedagoga especializada en los vínculos infantiles, añade que otro factor que no ayuda a la motivación de la lectura en los más pequeños es que “la vida de los padres con agendas sobrecargadas hace más compleja la situación para encontrar un momento de lectura compartido”. Esto también se refleja en las estadísticas del informe que muestra que los niños de entre 5 y 12 años que pasan más de dos horas diarias frente a una pantalla alcanza un 62,1% y en los adolescentes la cifra sube hasta 69,2%. En comparación con años anteriores aumentó 10,9 puntos porcentuales la proporción que se expone a pantallas y algo similar sucede con internet y las redes sociales.

Medianeras (2011)

Medianeras (2011) es el primer largometraje de Gustavo Taretto (1965, Buenos Aires).

Es la historia de Martín y Mariana. Martín (Javier Drolas) ha vivido más tiempo encerrado en su departamento que deambulando por el mundo “real”. Su trabajo ha colaborado mucho para que eso suceda ya que diseña páginas web y además sus intentos de tener una pareja han fracasado. Pero sus fobias lo han mantenido a buen resguardo del contacto persona a persona con la gente. cada vez que sale, aunque sea a pasear al perro, lo hace provisto de todos los elementos necesarios por si sufre una crisis.
Mariana (Pilar López de Ayala) es arquitecta y también vive sola. Y sus intentos por formar una pareja estable tampoco han tenido éxito, aunque no es fóbica.
¿Podrán encontrarse en la gran ciudad?

Una comedia apacible, una historia que a través de la voz de sus protagonistas ironiza acerca de los vínculos y de la dificultad por tenerlos, sobre todo en una ciudad de tres millones de habitantes, donde el diseño arquitectónico azaroso colabora para la existencia de las distintas psicopatologías en la vida cotidiana.
Muy bien contada, interesa al espectador por la intriga aunque lo mejor es cómo quedan plasmados los pequeños detalles de las vidas de Mariana y Martín. La fotografía es excelente. Las actuaciones son creíbles y sin las exageraciones que suelen darse en el cine argentino.

medianeras.com

Eric Marrian, fotógrafo

www.marrian.fr

Eric Marrian nació en 1959. Estudió Arquitectura.

Luego de dudar en convertirse en fotógrafo profesional después de sus estudios, finalmente decidió parar completamente con la fotografía y, luego de una pausa de quince años, a comienzos de los 2000 retornó a su primer amor.

Omar Genovese / Pequeñas delicias sobre los niños

(Publicado en Perfil, 29.9.2012)

Los relatos para niños son “la avanzada del miedo para disciplinar al sujeto”.  Ahora que La Cámpora va a las escuelas, ¿qué ocurriría si la política colegial infanto-juvenil kirchnerista tuviera continuidad en el tiempo y tras veinte años en el poder lograra una población sensible a las manifestaciones opositoras, capaz de reaccionar de manera orgánica?

Pensar en la infancia, en los recuerdos difusos de la propia, o en las evocaciones de nuestros coetáneos, resulta fatigoso. Hay algo que queda fuera de foco, un olvido involuntario cuyo origen puede radicar en el más profundo pánico social, inervado en las microconductas niñales (el término es de Gombrowicz, quien medrara con pasión mezquina en estas pampas bárbaras), y que tienen su coronación testimonial en la crueldad desaforada que Osvaldo Lamborghini anticipó, como estigma, en su relato El niño proletario.

La infancia no es fácil, y escribir esto no adquiere categoría de novedad o gran verdad filosófica. Pero científicos y filósofos comparten el mismo padecimiento: todos comienzan en la patética confrontación con el universo del hombre que constituye la realidad. Nadie ha quedado a salvo. Ni los primeros sapiens ni el último marginado de 9 años que acaricia la culata de una pistola 9 mm. Digamos que el sufrimiento del niño es anterior a toda reflexión, un acto de intimidad irrenunciable, una talla dolorosa a pesar de cualquier intento de fuga. La infancia impide libertad de movimiento, de escape, pero si lo logra, el pequeño actor está completamente indefenso, a merced de la lujuria, codicia y crueldad de pares y mayores. Explotación, abuso y muerte, destinos probables de un niño cualquiera, o no tanto, veamos.

Me encantan las teorías, por ejemplo, ese gesto que tienen hacia el conocimiento, la forma de articulación del lenguaje al que recurren para demostrar su validez. Todo un esfuerzo de la mente y la habilidad intelectual. Por ejemplo, hay una interesante: los relatos para infantes son la avanzada del miedo para civilizar al sujeto. Y cuando me refiero al “relato para infantes”, es a todo tipo de narración, oral, pública, fantasiosa, recibida como tábula rasa, y que deposita el sedimento indeleble en la memoria. Su acumulación estará siempre disponible a nivel de verdades incuestionables, huella irrefutable, capaz de moldear la conducta individual ante determinados eventos. Pero siempre con el objeto de constituir el panal: aplacar toda rebeldía. Los sapiens obedecen a una conducta de agregación social, que explican muchísimas otras teorías, dando por cierta la ascendencia genética en la manada para establecer la clase homínida triunfante: la antropología genética propone que el canibalismo sobre sus contemporáneos (homínidos similares, no iguales) hizo posible la prevalencia de “nuestra especie”. Detengámonos un instante, ¿nuestro sistema digestivo ha experimentado como alimento histórico la carne de sus casi iguales? ¿Nuestros genes se transmitieron gracias al consumo y transformación energética cuasi caníbal? ¿Cómo cocinaría la madre-Eva sapiens a sus párvulos? ¿O serviría el alimento crudo, cortando directamente del ejemplar aún con vida? Terror. Tal vez, pero también estamos ante la introducción costumbrista de la violencia física y cosificación del otro, o eso otro que se parece, pero que ante el hambre (y el utilitarismo derivado del poder físico), se convierte en objeto de consumo imprescindible. Pero esto es producto de mi imaginación, triste y desilusionada imaginación. Los humanos demuestran ser mucho más ingeniosos, de ahí el uso indiscriminado de eufemismos. No sea cosa que lo mencionado detenga al predador oculto en la denominada “pulsión de vida”, aunque es dudoso que una palabra tenga efecto disuasorio, más cuando hay más hambre, y qué tipo de hambre…

Es notable la escena con que el coronel Kurtz en Apocalypse Now de Coppola ilustra el horror: luego de la vacunación masiva entre los niños de la aldea, retirados los marines que obraron humanitariamente, los rebeldes cortaron a machetazos aquellos bracitos pinchados. Una montaña de bracitos pequeños como muestra. ¿Quién envenenó a los niños? ¿La “civilización” conquistadora o la ignorancia de sus contemporáneos en la miseria? Ambas. La descripción no deja a salvo ninguna moral bélica o pacificista, ninguna razón rebelde o imperial. Como es habitual, la población civil sigue siendo la mayor proveedora de víctimas. Pero volvamos al estado primigenio que, seguramente, apasiona a los antropólogos con una pregunta: ¿cuál fue el primer mito humano? El primero, vale decir, el que se instaló en las agrupaciones o células sociales del homínido carnívoro cuasi caníbal, en pleno desarrollo de las iniciales formas del lenguaje. Tal mito, ¿no sería el derivado de tomar un cuerpo para convertirse en el mejor predador? El animismo como primera manifestación fantástica: incorporar a la víctima, adquirir su fuerza y destreza, y así constituir el ser más fuerte para sobrevivir. Alimento real e imaginario. ¿Habrá sido ése? ¿O el mito era la sombra en la noche como primera manifestación de una divinidad de crueldad sorpresiva, con tanta maldad como la del mismo hombre, y que aprovecha el envés del sueño para vengar la culpa de su actividad diurna? Misterio, que antecede a todo horror: suspenso que remite a las fábulas. Por caso, los hermanos Grimm, más por afán nacionalista y filológico que por pensamientos sentimentales hacia la infancia, recopilaron relatos con niños como protagonistas (y para niños como público involuntario). Más allá de la oscuridad medieval, o de los relatos tribales que perduraron en la tradición oral, el centro de Europa demuestra que dichos testimonios son más una summa de la intimidación que una llama de educación libre y prodigiosa. Anterior a la dupla germana, oponiéndose a la opresión educativa religiosa, se manifiesta Erasmo de Rotterdam al publicar, en 1528, De pueris statim ac liberaliter instituendis (Sobre la enseñanza firme pero amable de los niños), pues la crueldad del educador no contemplaba ni un ápice de afecto, ni cristiano ni de ninguna otra índole. Aquí otra reflexión: las interpretaciones históricas de Engels sobre la formación de las primeras economías humanas se aproximan por la arista del abandono del nomadismo, la apropiación de la tierra, el pastoreo y la llegada de la labranza. Suponer que los hijos no eran más que una fuerza renovada para la supervivencia del grupo en sus tareas alimenticias no implica que “la infancia” fuera ajena al trabajo a destajo, el abuso y hasta que estuviera sumida en el desprecio ante la debilidad. De allí que la noción de fuerza laboral se encuentre tan arraigada en el ejemplar hijo y no así en las hijas que, por caso en China, sufren el desprecio milenario de una tradición esclavista capaz de eliminar al inútil por lastre inadecuado. Dirá un zoólogo: cuestiones prácticas de supervivencia.

Siguiendo la digresión, y sin pedir disculpas, es atinente citar una publicación del escritor irlandés Jonathan Swift ante la explotación y miseria: Una modesta proposición (A Modest Proposal), que lleva por subtítulo “Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público” (1729). La moraleja satírica del escrito es sencilla: como los pobres no pueden mantener a sus hijos, que los vendan como alimento. Ganado social, o solución de serpiente devorándose la propia cola. Y a media agua, más allá de la explotación de niños en las minas de carbón en la industrialización inglesa, con la contemporánea militarización de la infancia estamos ante el bestialismo absoluto en la pérdida de identidad, con la desaparición de la infancia y el derecho a la educación.

Hijos de nadie, hijos de menesterosos huérfanos absolutos, abandonados a la indiferencia de los atardeceres en la ciudad que produce su basura sin pasión. En Buenos Aires, cuando la noche cae, los carritos tirados por humanos llevan la carga niñal sobre los cartones prolijamente doblados como botín. Sombras sin miradas, espectros opacos que el paseante ignora, son nuestra segunda camada de desaparecidos. Estructurales, por debajo de la línea de pobreza, “sin entidad”, en situación de calle, mudos de toda jerga lógica, piltrafa última ambulante.

Quiero pensar –es mi derecho, al menos hasta que un puñal por la espalda sea el preámbulo de mi final como indigestión para alguna tribu inquieta– que existe un escritor narrando la solución final ideada por cierta secta de caníbales conformada por los hijos privilegiados de nuestra clase política dominante. Un juego de poder más allá de la acumulación de riqueza de dudoso origen y la prebenda. Un negocio gourmet para elegidos y entendidos. Puede que semejante discípulo de Alberto Laiseca (por qué no, el conde literario ha dado muestras de un conocimiento pleno del terror y difundiendo su saber entre varios alumnos con vocación literaria) esté pensando en quién será el personaje líder, cuáles las problemáticas, o incluso, en qué derivará el apasionamiento por la carne infantil. Pero dejemos de lado el turismo culinario y volvamos sobre la siniestralidad de la infancia: qué ocurre cuando lo infantil utiliza el manto de los adultos replicando la sumisión y el ejercicio del poder, y toma venganza con la muerte de un otro simbólico a nivel totémico. Me refiero a un film, extraño (me retracto, lo extraño es que se haya filmado semejante trama), dirigido por el austríaco Michael Haneke, y titulado La cinta blanca. Una historia alemana para niños (2009). En sí, el film expone el origen del odio nazi en el corazón mismo de la Selva Negra. Los aspectos formales y estéticos los dejo a su disfrute, prefiero centrarme en esa furia que se acumula en un grupo de niños, como la caldera a vapor al borde de su resistencia física. Represión, envidia, ambición, rasgos imitativos que van más allá del “odio de clase” formal detectado por el marxismo. O que superan las interpretaciones psicoanalíticas y sociológicas: la conducta humana grupal (y ni siquiera me refiero a las masas de las grandes épicas revolucionarias, a la vez represivas) puede llegar a replicar gestos agresivos ancestrales, sin motivación alguna. Tampoco el concepto de locura pasajera, tan adecuado para el castigo judicial, viene al caso. La escena cruel del homicidio de un niño a manos de otros, Haneke la resuelve con un despojamiento causal que remite a la más elemental explicación: por capricho, porque surgieron las ganas irreprimibles. Una pulsión espontánea y descontrolada. Explosión que no requiere justificativo, y es la que genera desconfianza por el destino entre cualquier contemporáneo.

Llegado hasta aquí pregunto, ¿qué ocurriría si la política doctrinaria colegial infanto-juvenil K tuviera continuidad en el tiempo y, al cabo de unos veinte años en el poder, lograra una población sensible a las manifestaciones opositoras, siendo capaz de reaccionar de manera orgánica? ¿Necesitarían pensar para actuar? ¿Estaríamos ante una posible venganza histórico-genética encarnada en una limpieza etaria hacia arriba, al mejor estilo de los estudiantes-hormiga durante la Revolución Cultural de Mao, que fueron capaces de tomar la vida de sus maestros sin culpa ni castigo alguno? La perspectiva es un tanto sombría. Siguiendo la línea de Swift, alcanza con analizar cuáles son las fuentes de alimento en la estructura económica argentina actual. Instalada la industria agrícola en la explotación de semillas transgénicas, ocupados los campos de manera progresiva y exponencial, la cría de ganado se ve desplazada del negocio impositivo del estado.

También, hace meses (y pueden ser años), la pesca de altura está paralizada. Las secuelas de tal trastocamiento en la dieta puede llegar a un punto crítico (por qué no, las crisis son recurrentes en la historia humana), y por el hambre, y por el ansia de reafirmación del ser infanto-juvenil enfervorizado por un proyecto nacional y popular, y por el desplazamiento del deseo de felicidad hacia la posesión compulsiva de un bien sin esfuerzo, y por miles de razones que son probables, con todas esas motivaciones haciendo eclosión, la reacción del conjunto puede derivar en una canibalización de familiares, allegados directos e indirectos, y de todos aquellos que superen la mayoría de edad. Sería una solución al desempleo, a la delgadez económica de los recursos para el pago de pensiones y jubilaciones, tanto como para eliminar los costosos tratamientos de las enfermedades de la tercera edad o de largo proceso destructivo. Y ni hablar de la reducción del carísimo sistema educativo, pues alcanzaría con cubrir la escolarización elemental. Otro aspecto es la amplia disponibilidad de propiedades que pondrá fin a un sistema tan oneroso como es la construcción de viviendas sociales. Una situación inédita y regeneradora, con vistas a un futuro lleno de esperanzas.

Además, hay ventajas históricas de repercusión mundial. Argentina sería el país con la población más joven del planeta, y en su ápice de progresismo político-partidario, no existirían motivos reales para ejercer la xenofobia: ¿quién se atrevería a poner un pie en nuestra tierra? De ocurrir, será una verdadera independencia territorial de la patria. ¿Qué mejor vida sin enemigos a la vista? La consumación de un territorio de paz, no sé si de amor…

* * *

Omar Genovese es escritor, diseñador y especialista en marketing político. Su novela Marfil, breviario de un cineasta puede leerse en marfilbreviario.wordpress.com. Publicó Norep, el lado escuro de Perón en La Comuna Ediciones (2010). Desde 2006 matiene su blog Phantom Circus-El Fantasma (witzky.org/genovese) y es, también, editor del blog colectivo Nación Apache (nacionapache.com.ar). Publica crítica literaria en el suplemento Cultura del Diario Perfil y colabora con otros medios periodísticos como Crisis Revista

Whore (1991) Prostituta

El director inglés Ken Russell (1927–2011) dirigió Whore (1991), historia contada por Liz (Theresa Russell) a la manera de un documental sobre su vida. Situado en el presente y acompañándola por la calle, Liz rememora su pasado, cuenta y muestra lo que hace y reflexiona acerca de lo que los hombres quieren hacer y hacen con ella a cambio de dinero. Pero también está lo que le sucede ahora. Y nada es fácil ni bueno porque siempre está la violencia explícita de una actividad degradante. Si bien hay deliberados momentos teatrales o exagerados el director no ahorra escenas ni palabras para referirse al mundo de Liz, actuada por la hermosa Theresa Russell que “es” la película, desplegando todo su talento frente a la cámara.

Prostituta es la contracara absoluta de otras películas como Mujer bonita (estrenada un año antes), donde la prostitución es un cuento de hadas y encima con final feliz.

Largometrajes dirigidos por Ken Russell: The Fall of the Louse of Usher: A Gothic Tale for the 21st Century (2011), Prostituta (1991), El arco iris (1989), La guarida del gusano blanco (1988), Salomé, el precio de la pasión (1988), Gothic (1986), La pasión de China Blue (1984), Estados alterados (1980), Valentino (1977), Lisztomania (1975), Tommy (1975, con el grupo The Who, Elton John, Tina Turner. En Argentina se le cortó la escena donde una estatua de Marilyn Monroe es adorada en una iglesia en la que Eric Clapton es el predicador), La sombra en el pasado (1974), El Mesías salvaje (1972), El novio (1971), Los demonios (1971, basada en el libro de Dostoievski), La pasión de vivir (1970), Mujeres enamoradas (1969) y Un cerebro de un millón de dólares (1967).

Violencia de género / Dramático pedido de ayuda de una mujer golpeada y acosada

(Publicado en La Nación, 3.10.2012)

Vive en Merlo y subió un video a Internet en el que denuncia que su ex pareja agredió a toda su familia

Desesperada ante la falta de respuestas por parte de la justicia, una mujer víctima del acoso de su ex pareja realizó un desesperado pedido de ayuda en internet.

Se trata de Zulma, una mujer que vive en Merlo y trabaja en Ituzaingó como mesera en un bar y que tiene un hijo de tres años. Tras una serie de maltratos por parte de su ex pareja, decidió separarse, pero lejos de encontrar tranquilidad la situación sólo empeoró.

El hombre, al que la mujer identifica como Richard “Tato” Pintos, comenzó a asediarla a ella y a su familia. “Me golpeó, me fracturó un dedo, me encerró muchas veces, y cuando al fin pude abandonarlo, golpeó a mi papá, lesionó a mi mamá y llegó a secuestrarme con mi hijo”, relata la mujer en el video.

“Persigue a toda mi familia y lo más terrible es que trata de llevarse a mi hijo del jardín. El no es el padre”, explica la mujer, quien denuncia además la falta de reacción de las autoridades. Según Zulma, la fiscalía de Morón donde radicó la denuncia tardó una semana en notificar la restricción perimetral y desde el 911 le dicen que no tienen disponibilidad de patrulleros. “Vivo a 15 cuadras de mi agresor”, señala.

DESESPERADO PEDIDO DE AYUDA

Sobre el final del video, la mujer realiza, entre lágrimas, un pedido de ayuda a toda la comunidad. “Hago este video para pedir socorro a toda la sociedad. Mi bebé y mi familia pueden morir. Yo también estoy en peligro. Tengo miedo, mucho miedo. Por favor, ayúdenme, se los ruego”.

Por su parte, la abogada de la denunciante, Raquel Hermida, explicó en diálogo con América 24 que “Zulma es una madre soltera que conoció a este hombre, se puso de novia y este señor al principio era muy dulce. Entablaron una relación de convivencia y él, a los efectos de poder engañarla, empezó a dejarla encerrada en su casa”.

Hermida remarcó que la situación empeoró a partir de la separación. “Este hombre se vuelve aun más loco a partir de que ella lo abandona”, sostuvo, al tiempo que aclaró que la justicia tiene en sus manos el poder de acción. “La causa tiene un número y está en la fiscalía de Morón”, aclaró la abogada.

Georg Friedrich Händel / Se pietá de mi non senti (Magdalena Kožená, mezzo-soprano)

Georg Friedrich Händel nació en Halle, Alemania el 23 de Febrero de 1685 y murió en Londres el 14 de Abril de 1759 y es uno de los más grandes compositores del Barroco y de la música de todos los tiempos.

La lista de obras de Händel está aquí.

* * *

Magdalena Kožená nació el 26 de mayo de 1973 en República Checa y es una cantante mezzo-soprano.

Discografía:

Love and Longing (2012), Gustav Mahler (2010), Lettere Amorose (2010), Bohuslav Martinů: Juliette (2009), Antonio Vivaldi: Arias (2009), Songs My Mother Taught Me (2008), Händel: Ah! mio cor/Arias (2007), Mozart: Arias (2006), Enchantment (2006), Wolfgang Amadeus Mozart: La clemenza di Tito (2006), Christoph Willibald Gluck: Paride ed Elena (2005), Lamento (2005), Songs (2004), French Arias (2003), G.F. Händel: Giulio Cesare (2003), Johann Sebastian Bach (2003), Le belle immagini (2002), G.F. Händel: Messiah (2001), Johann Sebastian Bach: Cantatas (2000), G.F. Händel: Italian Cantatas (2000), Johann Sebastian Bach: Cantatas (2000), Love Songs (2000), Jean-Philippe Rameau: Dardanus (2000), G.F. Händel (1999), Johann Sebastian Bach: Arias (1999), Christoph Willibald Gluck: Armide (1999), Jakub Jan Ryba: Pastorales / Czech Christmas Mass (1998), Marc-Antoine Charpentier (1997), Johann Sebastian Bach: Arias (1997).

Su página web es www.kozena.cz

Diana Cohen Agrest / El escudo protector de la minoría de edad

(Publicado en La Nación, 2.10.2012)

En respuesta a una denuncia formulada ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, un tribunal de casación penal reconoció que, en el marco de la ley argentina vigente, el Estado habría violado un artículo de la Convención de los Derechos del Niño cuando impuso penas de prisión perpetua a quienes eran menores cuando cometieron los delitos por los que fueron juzgados: uno de ellos había sido condenado por dos homicidios; otro, por cinco, y el tercero, por dos.

Ese controvertido reconocimiento erosiona todavía más la armonía normativa, pues la inconstitucionalidad de la pena perpetua para los menores debería tener como contrapartida su cumplimiento efectivo por los adultos: en lugar de legislarse la reducción de la pena que habilita la salida anticipada a su cumplimiento total y que hace de la prisión un costo mínimo por pagar para continuar delinquiendo, la pena debería ser como en otros países donde no es un eufemismo y la perpetua es “perpetua”.

La denuncia ante la Corte revela entonces una incongruencia más de nuestro sistema jurídico. Pues se reclama la inconstitucionalidad de la sanción cuando, en la Argentina, la prisión perpetua no implica reclusión a perpetuidad. Se comete la falacia de invalidar una sentencia por la presunta existencia de la pena perpetua, que no es sino una ficción jurídica.

Se cedió a esa resolución desfavorable que impuso al Estado argentino rever la sentencia, con el fin de no exponerlo a la acusación de “irresponsabilidad institucional ante la comunidad mundial”. ¿Cuál fue su costo jurídico? Pese a que el fallo que penó con perpetua a los en ese entonces menores era cosa juzgada, se arguyó que el código procesal penal por el que se los había juzgado incumplía las normas internacionales. Se alegó que el tiempo transcurrido en prisión excedió largamente el tiempo máximo disponible a aplicar según las convenciones, se calificaron en grado de tentativa los delitos por los que fueron acusados y se disminuyó consecuentemente la pena.

Lo cierto es que, valiéndose de un beneficio optativo para rever un caso que era cosa juzgada, una vez más el Estado y la ley argentinos fueron fagocitados por los tratados internacionales hoy perversamente invocados. No sólo ellos. Porque ¿quién defiende los derechos lesionados de aquellos que hoy ni siquiera tienen voz para reclamar, porque fueron salvajemente asesinados por quienes son amparados por tratados internacionales con cuya firma la Argentina cedió sus derechos soberanos?

¿Acaso la Corte Interamericana de Derechos Humanos contempla las consecuencias irreversibles de los gravísimos delitos cometidos por los menores condenados? ¿Qué queda de la ley 26.061, de protección integral de los derechos de niños, niñas y adolescentes cuando las estadísticas prueban que la franja etaria más castigada por el delito son los adolescentes varones de entre 15 y 24 años? De los involucrados en homicidios (entre agresores y damnificados), sólo en la provincia de Buenos Aires se registraron en el primer semestre de 2012 ciento veintiséis jóvenes, y en 2011, otros trescientos veintinueve. ¿Acaso no son tan vulnerables, tan jóvenes y tan pobres las víctimas como los victimarios, en el mejor de los casos, instruidos y usados por adultos instigadores que se escudan en los beneficios legales de la minoría de edad y, en el peor, cuando la droga y las condiciones socioambientales son promovidas por un Estado ausente? De contarse con una voluntad política atenta a los derechos de las víctimas, ¿no debería implementarse una política penitenciaria juvenil compatible con el marco constitucional que ofrezca una respuesta a la situación de los menores de edad que cometen delitos, respetuosa de sus derechos y eficiente en términos de necesidades sociales?

Si la reducción de la edad penal se encuentra obturada por los compromisos internacionales, si la Convención sobre los Derechos del Niño debe ser interpretada de acuerdo con el principio de no regresividad que determina que, una vez que se fijan estándares de reconocimiento de derechos, no se puede retroceder, entonces la ciudadanía debe exigir una interpretación de los tratados internacionales que no lesione los mismos bienes que debería proteger, ni más ni menos que la vida de las víctimas inocentes.

El 8 de julio un joven estudiante secundario, Nicolás Castillo, se encaminaba hacia la estación ferroviaria de Moreno tras compartir la tarde con su papá en una casa del barrio. Pero en el camino sobrevino la tragedia: fue interceptado por un grupo de jóvenes que lo amenazaron con un arma blanca y, por hacerse de un teléfono y un par de zapatillas, lo tiraron al piso y lo apuñalaron dos veces en el pecho. Nicolás intentó reincorporarse y caminó unos metros, pero se desplomó. La Justicia dictó la prisión preventiva de un ex convicto de 28 años, acusado del crimen del joven. También tres adolescentes fueron detenidos, uno de 17 años alojado en un instituto de menores y otros dos, de 16 y 15, que permanecen a disposición del fuero penal de menores. En concordancia con un ideario falaz, lo más probable es que la impunidad institucionalizada los libere en poco tiempo.

En un programa radial, una de las juezas del tribunal de casación sostuvo que “se necesitan dos generaciones. políticas de Estado que nos van a dar una sociedad distinta”. Aun cuando compartiéramos románticamente ese ideal utópico, ¿acaso no se advierte que partiendo de una hipótesis sociológica se está sometiendo, como conejillos de Indias, a dos generaciones de argentinos sacrificados en aras de un ideal no verificado e inverificable, por lo demás difícilmente compartido por una sociedad donde todavía rige el principio de realidad?

En pos de una presunta rehabilitación -estadísticamente insignificante-, se ignora que con cada fallo que otorga la libertad a un reincidente, se firma en el mismo gesto la sentencia de muerte de un sinnúmero de inocentes. Y arrasando con los datos de la realidad, se toma por verdadera la presunción de la rehabilitación del delincuente que termina siendo una ficción jurídica. Pues al negarse a reconocer que un altísimo porcentaje vuelve a delinquir, se le confiere a la rehabilitación una realidad jurídica que, aunque violenta los hechos, es la base sobre la que se asienta la liberación anticipada de los homicidas, amparados en sus derechos y garantías. Los mismos derechos y garantías que los victimarios negaron a sus víctimas.

Porque lo que no es ficción, y no hay Convención de los Derechos del Niño ni Corte Interamericana de Derechos Humanos que los proteja, es la ausencia de Nicolás y de tantos otros muertos ignorados por la ley. Ni tampoco es una ficción el dolor de quienes, día a día, conviven con esa ausencia legislada e ignorada por la justicia impunitiva.

“Nos preguntamos qué hace nuestro hijo en un cementerio, un chico sano, con tantos sueños”, reflexiona el papá de Nicolás. “Yo ya tengo una parte de mi ser que no está”, murmura, sin consuelo, la mamá. ¿Cómo explicarles que los magistrados sentados detrás de un estrado, preocupados “por la irresponsabilidad institucional ante la comunidad mundial”, sólo saben del dolor de los victimarios, pero desconocen a quienes fueron silenciados por quienes ellos defienden? La máxima de que no se puede legislar desde el dolor, en la Argentina que nos duele, debería ser reescrita: no se puede legislar desde el dolor de las víctimas. Sólo desde el dolor de los victimarios.

* * *

Diana Cohen Agrest nació en Buenos Aires, Argentina y es filósofa. Es Doctora en Filosofía con una tesis sobre el tema “Las paradojas planteadas por el suicidio en la filosofía de Baruch Spinoza: ¿Imposibilidad lógica o realidad fáctica?” y obtuvo un Postdoctorado en la Monash University de Australia. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y ha publicado numerosos artículos, en particular sobre cuestiones relacionadas con la Ética y la Bioética.

Es autora de los ensayos El suicidio: deseo imposible (O la paradoja de la muerte voluntaria en Baruj Spinoza) (2003), Temas de Bioética para inquietos morales (2004), Inteligencia ética para la vida cotidiana (2006), Por mano propia (Estudio sobre las prácticas suicidas) (2007), ¿Qué piensan los que no piensan como yo? (2008) y Ni bestias ni dioses (Trece ensayos sobre la fragilidad humana) (2010).

En 2000 realizó la primera traducción del francés al castellano de Introducción a “El origen de la geometría” de Husserl, de Jacques Derrida.

Estanislao Bachrach / Mente ágil, cuerpo sano

(Publicado en Perfil, 30.9.2012)

En Agilmente (Sudamericana), el doctor en Biología Molecular por la UBA Estanislao Bachrach analiza cómo el cerebro humano aprende hasta el último día de nuestras vidas y cómo podemos modificar la forma y la estructura de nuestro cerebro para hacerlo más ágil. ¿Cómo lograrlo? Al igual que con el cuerpo, usando técnicas y haciendo ejercicios para mantenerlo en forma y poder ampliar nuestra capacidad de memoria.

Sin duda, nuestro cerebro es el sistema más complejo de todo el universo. Gracias a los increíbles avances tecnológicos en el estudio de la mente, se cree que la neurociencia representará en el siglo XXI lo que representó la microbiología en el XX, la química en el XIX o la física en el XVIII. Si bien en los últimos diez años hemos aprendido sobre el cerebro más que en toda la historia de la humanidad, todavía queda mucho por resolver.

¿Cómo se produce nuestra individualidad como seres humanos, nuestros talentos, nuestra personalidad? Cada intención, cada sueño y cada comportamiento comienzan en el cerebro, que está diseñado para resolver problemas relacionados con la supervivencia en un mundo inestable y en constante cambio y movimiento. Esto lo realiza simplemente como estrategia de pura supervivencia para que podamos pasar nuestros genes a la generación siguiente. Para vencer los infortunios del medio ambiente a lo largo de la historia del planeta y hoy pertenecer al pequeñísimo grupo de especies privilegiadas que sobrevivió, podríamos decir que esto pudo suceder por dos alternativas: ser más fuertes o inteligentes que los demás. Es decir, agregamos músculos al esqueleto o neuronas al cerebro. Nosotros hicimos lo último. Y esas neuronas que se fueron agregando en el córtex prefrontal –la última parte que se formó del cerebro actual– nos permitieron la separación de nuestros primos hermanos los gorilas.

La investigadora Judy DeLoache identificó lo que se conoce como la habilidad, muy humana, para razonar simbólicamente y la llamó “teoría de la representación dual”, que es nuestra habilidad para atribuir características y significados a cosas que en realidad no los tienen. Es decir, nos podemos inventar cosas donde no las hay, somos humanos porque podemos fantasear. Cuando con mi hija jugamos a que los palitos de madera que encontramos bajo los árboles son aviones que aterrizan en la vereda, estamos siendo muy humanos. El poder de combinar símbolos nos da la capacidad del lenguaje, de la escritura, del arte, de la matemática. Podemos combinar puntos y garabatos para convertirlos en música o poesía, podemos combinar círculos y cuadrados para convertirlos en pinturas cubistas o geometría. Nuestra habilidad para el razonamiento simbólico o la representación dual no la traemos de la panza de mamá. Nos lleva casi los primeros tres años de vida ser completamente funcionales en este tipo de razonamiento. Por lo tanto, antes de esa edad no somos muy diferentes de los monos. Por ejemplo, si una nena de treinta meses juega con una casita de muñecas y pone un perro de plástico debajo de la camita de la muñeca, y se le dice que al lado hay un cuarto igual pero de tamaño real donde se encuentra escondido un perro, ella no tiene idea de dónde buscar cuando llega a esa habitación.

A los treinta y seis meses, correría directo a buscar debajo de la cama grande. Gracias a este lenguaje simbólico podemos extraer un montón de información y conocimiento sin tener que pasar cada vez por la experiencia directa, a veces dura, de la realidad. Si me caigo en un pantano y logro sobrevivir y pongo un cartel que diga “cuidado pantano” o el dibujito de un pantano con una manito que sale de la superficie, nadie más caerá en esa trampa. Suena lógico que una vez que desarrollamos esta herramienta del cerebro la hayamos conservado. En definitiva, seguimos en el planeta porque somos más inteligentes que los demás seres vivos, y nuestra humanidad se debe en gran parte a la capacidad cerebral de fantasear.

Si bien ya no hay dudas acerca de nuestro potencial creativo, como todo proceso de aprendizaje, lleva su tiempo, su evolución. La práctica deliberada y continua de las técnicas que ofrezco en este libro te permitirá hacer más conexiones neuronales que estimularán la creación de pensamientos nuevos y diferentes en tu cerebro.

Los primeros protomamíferos –ancestros comunes a todos los mamíferos– datan de unos 180 a 200 millones de años atrás. Treinta millones de años más tarde aparecen las primeras aves. Ambos tuvieron los mismos desafíos que reptiles y peces: ambientes difíciles y predadores hambrientos.

Sin embargo, en proporción a su cuerpo, los mamíferos y las aves desarrollaron cerebros más grandes. Una diferencia importante consiste en que ni los reptiles ni los peces cuidan a sus crías, algunos hasta se las comen, y típicamente llevan una vida de solteros. Por el contrario, los mamíferos y las aves criamos a los pequeños y, en muchos casos, tenemos pareja, algunos para siempre. Dicho en términos de neurociencia, seleccionar una buena pareja, compartir la comida y mantener a los nuestros con vida requiere un proceso neuronal más importante; es decir, una ardilla o un loro son más vivos, en términos científicos, que una lagartija o un salmón. Planean, comunican, cooperan y negocian mejor. Estas últimas son las habilidades que las parejas de humanos descubren como esenciales cuando son padres, sobre todo si quieren seguir juntos. El salto siguiente en la evolución del cerebro fue la aparición de los primates, hace 80 millones de años. Monos y simios se caracterizan por su gran sociabilidad y llegan a pasar una sexta parte del día ocupados en limpiar y mimar a los suyos. Cuanto más éxito social obtienen, más descendencia dejan, y cuanto más complicadas se mantienen sus relaciones sociales, más complejos son sus cerebros.

Hoy por hoy, la mejor evidencia para conocer cuándo nos convertimos en humanos es la fabricación de herramientas. Si viajáramos por nuestra historia, podríamos decir que hace unos 2,6 millones de años nos dedicábamos a garabatear en las rocas y romperlas.

Hacíamos hachas de piedra del tamaño de la palma de la mano. Desde ese momento hasta hoy, el cerebro ha triplicado su tamaño. Un millón de años más tarde, seguíamos con las mismas hachas de piedra, pero entonces empezábamos a hacerlas puntiagudas golpeándolas contra otras piedras. Nuestro primer ancestro directo, el famoso Homo sapiens, apareció alrededor de 100 mil años atrás, y entonces se desarrollaba el córtex prefrontal. Luego algo increíble sucedió: 40 mil años atrás comenzábamos a pintar rocas, esculpir y fabricar joyas. Nadie sabe por qué el cambio fue tan rápido y abrupto pero la mayoría de los científicos le echa la culpa a la presión natural que el clima tan cambiante impulsó en la supervivencia de las especies.
Se cree que unos dos mil individuos conformaban nuestra tribu de primeros ancestros en Africa oriental.

Cien mil años más tarde somos más de siete mil millones. La teoría que explica cómo crecimos tanto, dadas las circunstancias antes mencionadas, refiere que no tratamos de vencer al clima sino de adaptarnos a la variación. No nos importó la constancia del hábitat porque ésta no era una opción. En lugar de aprender a sobrevivir en uno o dos nichos, como la mayoría de las especies, conquistamos toda la Tierra. Aquellos que no pudieran resolver los problemas del ambiente o aprender con rapidez de los errores no vivirían lo suficiente para pasar sus genes, y aquellos que no cooperaran con otros miembros del clan no vivirían por mucho tiempo y quizá no lograran dejar sus genes en la descendencia.

El efecto final de esta evolución es que no nos volvimos más fuertes sino ¡más inteligentes! Y eso sucedió gracias a los cambios en nuestro cerebro.

Durante cien mil generaciones, desde que inventamos las hachas de piedra, aquellos genes que fomentaban las habilidades para relacionarse y la tendencia a cooperar fueron haciéndose fuertes entre los humanos.

Hoy vemos esos resultados en el altruismo, la generosidad, la preocupación por la reputación, la justicia, el lenguaje, la moral y la religión. Esto ocurrió gracias a la interacción de dos poderosas características del cerebro. Por un lado, una base de datos donde guardamos conocimiento, como un disco rígido, y, por el otro, la habilidad de improvisar con esa información.

Recuerdo que cuando era adolescente tomé clases de saxo y, muy rápidamente, quería estar componiendo e improvisando temas de bossa nova al mejor estilo Stan Getz. Ignoraba que necesitaba incorporar no sólo la teoría de la música, memorizar escalas y notas, sino también una comprensión profunda de ese estilo musical. Tenía que llenar mi disco rígido con datos e información para poder componer. Asimismo, para componer y mejorar mis canciones, era necesario improvisar sobre esa base de datos: usar mi creatividad.

Los músicos de jazz estudian durante años para lograr dominar las reglas, sólo para poder romperlas lo más rápido posible. Esta habilidad de poder improvisar y ser creativo usando nuestro conocimiento fue la que nos permitió sobrevivir frente a condiciones de vida tan cambiantes. Hoy más que nunca debemos utilizar estas capacidades muy humanas para hacer una diferencia en la sociedad, el trabajo, la educación y, de esta manera, tener una vida mejor.

Leaving Las Vegas (1995) Adiós a Las Vegas

Mike Figgis dirigió treinta films entre películas y series para televisión, documentales, cortometrajes y largometrajes tales como The Co(te)lette Film (2010), Love Live Long (2008), La casa (Cold Creek Manor) (2003), Después de una noche (1997) y Lunes tormentoso (1988), el primero de ellos. Pero a primera vista ninguna de esas producciones logró la trascendencia de Leaving Las Vegas (1995) la que le permitió a Nicolas Cage ganar su único Oscar a mejor actor en 1996. Junto con su trabajo en Señor de la guerra posiblemente hayan sido las mejores actuaciones de su carrera.

Basada en la novela autobiográfica de John O’Brien (1960–1994) y en el guión del propio Figgis, Adiós a Las Vegas es la historia de Ben Sanderson (Nicolas Cage), alcohólico, quien es despedido de su trabajo como guionista en uno de los estudios más importantes de Hollywood y que decide desprenderse de todas sus pertenencias e ir a Las Vegas para beber hasta morir. Una vez allí conoce a Sera (Elisabeth Shue), una prostituta que se vincula sentimentalmente con él. Deciden vivir juntos pero ambos seguirán dedicándose a lo único que pueden hacer, la prostitución y el alcohol.

Repito que la actuación de Nicolas Cage es excepcional como es excepcional el protagónico de la hermosa Elisabeth Shue, nominada al Oscar por este papel (lo ganó Susan Sarandon por la conmovedora Dead Man Walking). Ambos intentan sostenerse mutuamente pero todo es un ir y venir entre momentos de alegría, la violencia y el dolor porque Ben no puede soportar no beber y su impotencia sexual, y todas las aberrantes situaciones a las que Sera es sometida en su actividad. Una historia sórdida en una ciudad que parece resplandecer por las luces de neon, pero que da lugar a estos dos seres que tratan de sobrevivir como pueden a su presente.

Algunos de los temas de la banda de sonido son versiones de clásicos del soul cantados por Sting.

Angeles Castro / Dime dónde vives y te diré tu estado civil

(Publicado en La Nación, 29.9.2012)

Caracterizadas por barrios hasta hace unos años más bajos y sin el ritmo frenético de la ciudad, las comunas 12 (Villa Pueyrredón, Villa Urquiza, Coghlan y Saavedra), 11 (Villa Devoto, Villa del Parque, Villa Santa Rita y Villa General Mitre) y 13 (Núñez, Belgrano y Colegiales), en ese orden, son los distritos con mayor radicación de gente casada. En cambio, hay más residentes solteros en las comunas 2 (Recoleta) y 14 (Palermo), donde se concentra la oferta recreativa de la Capital.

Paralelamente, Recoleta también posee la menor proporción de hombres y mujeres que conviven sin contraer matrimonio, mientras que son más habituales los hogares legalmente constituidos.

Los datos provienen de la Encuesta Anual de Hogares (EAH), que realiza la Dirección General de Estadística y Censos porteña. Una suerte de demostración del “dime en que barrio vives y te diré cuál es tu estado civil”.

Del sondeo de 2011, también surge que la comuna más céntrica -la 1 (Retiro, San Nicolás, Monserrat, San Telmo, Constitución y Puerto Madero)- agrupa proporcionalmente la mayor cantidad de población separada o divorciada.

Este segmento, por el contrario, tiene su menor arraigo en la comuna 9 (Parque Avellaneda, Mataderos y Liniers).

Las uniones de pareja, sin ningún trámite que los oficialice de por medio, parecen ser más comunes en toda la zona que, a los fines de la medición, se considera sur: la mencionada comuna 1, junto con la 4 (La Boca, Barracas, Parque Patricios y Pompeya) y la 8 (Villa Soldati, Villa Lugano y Villa Riachuelo).

Según la EAH, el 33,7% de los porteños mayores de 14 años están casados; el 31% es soltero; el 16% convive con su pareja; un 11,9% está separado o divorciado, y un 7,4% enviudó.

Pero su distribución geográfica en la Capital no es uniforme.

“Las diferencias guardan relación con los grupos de edad dominantes en las comunas, así como con los comportamientos nupciales de la población y el tipo de hogar en el que viven”, explicó Victoria Mazzeo, investigadora del Instituto Gino Germani de la UBA y jefa del Departamento de Análisis Demográfico de la Dirección General de Estadística y Censos porteña.

EN EL SUR

La especialista recordó que en las comunas 4 y 8 vive población más joven y de menos recursos, que inician más tempranamente la vida conyugal y la concretan en vínculos más inestables, por lo que se multiplican la cohabitación y luego las separaciones y los divorcios.

En la comuna 1, en tanto, el 47% de los hogares son unipersonales. Por eso, no extraña que la mayor preponderancia de separados y divorciados (18%) y tampoco que una alta cantidad de solteros (32,7%) vivan allí. Los casados, por el contrario, se encuentran en menor proporción que en ninguna otra comuna.

El primero es el caso de Roberto Austin, de 69 años, que mientras residía con su mujer lo hacía en Recoleta, pero tras el divorcio, se mudó solo a Retiro. “Estoy sobre Libertador, con gran oferta de transporte y servicios, y cerca de mi actual novia, que también vive sola en el mismo barrio”, detalló a LA NACION.

Respecto de las comunas 11, 12 y 13, donde los casados son el 40,9, el 43,8 y el 39%, respectivamente, Mazzeo destacó que, en esos distritos, los hogares nucleares (núcleo conyugal más sus hijos) tienen un alto peso, con una presencia de entre el 49 y el 56% del total de las familias.

Si bien todavía no tienen hijos, con su reciente mudanza Pedro y Lorena siguen esa tendencia. “Convivíamos en Caballito [comuna 6] como novios, pero cuando nos casamos, nos vinimos para Núñez. En la decisión, influyó la mayor cercanía con nuestros lugares de trabajo, pero también la posibilidad de formar una familia en un departamento más grande”, dijo Pedro a LA NACION.

En efecto, los operadores inmobiliarios conocen las diferentes exigencias del público según el barrio, impulsadas por su estado civil.

“Desde el boom de la construcción de 2003, de cada diez edificios, dos son de departamentos de sólo uno y dos ambientes, destinados a la primera vivienda de jóvenes solteros o de divorciados. Se da mucho en Palermo y en barrios lindantes con el subte. En esas zonas, hay pocas propiedades grandes”, indicó Diego Migliorisi, socio gerente de Migliorisi Propiedades.

En cambio, agregó, hay mayor oferta de viviendas para familias en los distritos de la zona norte: Belgrano, Núñez, Saavedra, Villa Urquiza y Villa Pueyrredón, o sea, las comunas 12 y 13.

RECOLETA, PARA SOLTEROS

Casi el 40% de sus habitantes no está casado

  • SOLTEROS 
    Promedio en la ciudad: 31%
    Mayor proporción: 
    Comuna 2 (Recoleta): 39,9%
    Comuna 14 (Palermo): 36,8%
    Menor proporción: 
    Comuna 15 (Chacarita, Villa Crespo, La Paternal, Villa Ortúzar y Agronomía): 26,7%
  • EN PAREJA 
    Promedio en la ciudad: 16%
    Mayor proporción: 
    Comuna 1 y 4 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, Constitución): 22%
    Comuna 8 (Villa Soldati, Villa Lugano, Villa Riachuelo): 21,2%
    Menor proporción: 
    Comuna 2 (Recoleta): 8,9%
  • CASADOS 
    Promedio en la ciudad: 33,7%
    Mayor proporción: 
    Comuna 12 (Saavedra, Coghlan, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón): 43,8%
    Comuna 11 (Villa Devoto, Villa del Parque, Villa Santa Rita, Villa Gral. Mitre): 40,9%
    Comuna 13 (Núñez, Belgrano y Colegiales): 39,8%
    Menor proporción: 
    Comuna 1 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, Monserrat, San Telmo, Constitución: 17,3%
  • SEPARADOS O DIVORCIADOS
    Promedio en la ciudad: 11,9%
    Mayor proporción: 
    Comuna 1 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, Monserrat, San Telmo, Constitución): 18%
    Menor proporción: 
    Comuna 9 (Parque Avellaneda, Liniers, Mataderos): 7,8%
  • VIUDOS
    Promedio en la ciudad: 7,4%
    Mayor proporción: 
    Comuna 1 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, Monserrat, San Telmo, Constitución): 9,9%
    Menor proporción: 
    Comuna 15 (Villa Ortúzar, Chacarita, Agronomía, Parque Chas, Paternal, Villa Crespo): 5,4%

Francisco Huisman / Reflexiones de un procrastinador serial

(Publicado en revista Brandoconexionbrando.com)

Esta es la historia de alguien que quiso ser cronista de viajes, narrador de aventuras, poeta de la experiencia y que postergó todo por actualizar su estado en Facebook, jugar a la viborita en el celular, abrir y cerrar la heladera cada tres minutos y esas cosas. Génesis y consecuencias de un mal tan difícil de pronunciar como de evitar: la procrastinación

Esta es una nota y, al mismo tiempo, una paradoja. Un día cualquiera pensé: debería escribir acerca de eso que me impide que haga otras cosas, entre ellas, escribir. La propuse. Aceptaron. Y ahí yace la paradoja. Si la están leyendo, pude terminarla. Si no, bueno, significa que quedé bastante mal con una editora -y amiga- y que continúo en esta vorágine desenfrenada de posponer cosas.

Retrocedamos un poco. Durante años, quise ser periodista y escribir crónicas en primera persona, con dedos como martillos sobre el teclado de mi computadora. Quise viajar y escribir sobre esos viajes; quise aventurarme en los límites y escribir sobre esos márgenes y sus marginales, esos pobres y esas fronteras. Quise escribir, presionado por factores ajenos: narcotráfico y narcotraficantes, una isla desierta, el frente de batalla, la falta de energía eléctrica, una gota de sudor que cae sobre el bloc de notas, un mono aullador que trepa mis espaldas. Quise, también, escribir mi experiencia haciendo diferentes cosas, la mayoría osadas, arriesgadas, intrépidas, y basta ya de adjetivos: no harían falta, la escritura sería puro presente, pura adrenalina y vértigo a lo bonzo. Una mezcla precisa y explosiva entre Julio Bazán, Indiana Jones y Nelson Castro.

Pero nunca hice nada de todo esto, porque estuve ocupado haciendo otras cosas: jugué a la viborita en el teléfono celular, actualicé una vez y después otra el estado de mi cuenta en Facebook y leí comentarios jocosos y cínicos en Twitter. Abrí diarios online y puse F5 hasta gastar la tecla esperando una catástrofe mundial, la muerte de algún contemporáneo, un gol de Independiente. Cociné y comí y lavé los platos. Después hice té, lo tomé y lavé la taza. Después comí una mandarina. Después pasé el trapo a la mesa. Después ordené mi ropa y actualicé el estado de Facebook: “Ordené la ropa”. Y puse un me gusta y otro me gusta. Y jugué al Angry Birds y al Bejeweled, y me sentí mal por eso y apagué la computadora. Acomodé los muebles de mi cuarto, regué las plantas, puse la radio, y decí que no tengo cable, que, si no, sería todo un continuum de chimentos-documentales-con-animalitos-y-los-videos-más-locos-del-mundo. Barrí -oh, barrer- y más tarde prendí la computadora otra vez. Y todo volvió a empezar.

Por todo esto, un día alguien me dijo que era un pajero. Y tuvo razón. Pero otra persona me dijo que eso, el constante aplazar y dejar para después lo que tenía que hacer ahora, era procrastinar, y que no era tan divertido como sonaba. Y ahí entendí todo: treinta años vividos, como podría haber dicho Arlt, con la prepotencia de la procrastinación.

Dejar para mañana

Para Google existen 320 mil resultados del verbo “procrastinar”. Y la Real Academia Española, aquella institución que dice qué palabras sí y cuáles no -y, sobre todo, cuáles no-, trae la definición de esta palabra, que suena tan rara, tan foránea, tan quebrada y rota de tantas erres en lugares equivocados. Del latín procrastinare: ‘diferir’, ‘aplazar’. Wikipedia arranca con una definición más orientada hacia la cuestión psicológica y alrededores: “Se trata de un trastorno del comportamiento que tiene su raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad (estrés). Este puede ser psicológico, físico o intelectual. El término se aplica comúnmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. El acto que se pospone puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquietante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido, es decir, estresante, por lo cual se autojustifica posponerlo a un futuro sine die idealizado, en que lo importante es supeditado a lo urgente”.

Word corrige procrastinación: pero el word corrige word, y a partir de allí todo es duda e incertidumbre.

Un consejo no se le niega a nadie

Uno de los primeros resultados que saltan a la vista en Google ante la búsqueda es el sitio www.procrastinacion.org, una página que lleva por subtítulo “el arte de la postergación” y que administra el español Ignacio Lirio desde 2009. Ignacio tiene 37 años y es un “pequeño empresario del sector editorial”. Vía mail, me cuenta que se interesó en el tema en 2003, mientras vivía en Estados Unidos y escuchó por primera vez esa palabra en inglés: procrastination. “Al desconocer la palabra -escribe-, busqué su definición, indagué sobre qué quería decir y tiré del hilo. A partir de ahí, descubrí un mundo con vida propia que estaba latente en nuestras sociedades actuales”.

Como todos, o casi todos, Ignacio procrastinó: “La sufrí, la sufro y, probablemente, la sufriré toda la vida. Pero el tema no es verse afectado o no por ella, ya que, en mayor o menor grado, todos nosotros la padecemos. Es como tener una enfermedad crónica, como ser asmático o celíaco. La clave consiste en no permitir que la procrastinación trunque o frustre, de manera severa, nuestro proyecto de vida”. Ajá. No suena tan complicado.

Ignacio afirma que, a pesar de que se escribió mucho sobre el tema, no existe un manual que sirva para dejar de procrastinar y que, a menos que tengamos una experiencia vital traumática, es muy difícil que se modifique este hábito. Gauchito, termina con una serie de consejos: “Por ejemplo, podemos tener hábitos de vida más saludables, empezando por algo fundamental como es hacer ejercicio al aire libre o llevar una dieta equilibrada. Después, es importante no verbalizar demasiado nuestros proyectos inacabados o recién iniciados: nuestro cerebro nos engañará y los imaginará acabados ya y, por lo tanto, postergará su implementación. Por otro lado, es bueno no trabajar a solas, ya que vivimos rodeados de todo tipo de distracciones que activan el proceso de evitar la realidad y, si no tenemos a nadie que nos acompañe (no hace falta que nos vigile o controle), podemos caer en una espiral de procrastinación”.

Hábitos de vida más saludables, ejercicio al aire libre, dieta equilibrada, no verbalizar, no trabajar a solas.Jajaja.

En terapia

La licenciada Any Krieger, miembro didacta de la Asociación de Psicoanalistas de Argentina, explica que la procrastinación es un término que se utiliza, sí, en el psicoanálisis. Y que es un término que delata un conflicto neurótico, y que es mucho más frecuente en el hombre que en la mujer. “Porque el hombre tiene una relación con el tiempo muy diferente de la que tiene la mujer. La relación del obsesivo con el tiempo es muy compleja, muy difícil, más imaginaria que real, en la que predomina, en el inconsciente, la idea de que la muerte no existe. El neurótico obsesivo, en general, duda justamente para no decidir nunca nada, porque cuando toma una decisión se angustia, porque allí se encuentra con la idea de la muerte”. Es la segunda vez que Krieger dice la palabra “muerte”: se escucha una fritura en el teléfono y me distraigo un segundo. “Este mecanismo, que sucede a diario -sigue-, es neurótico, porque lo que hace es que siempre esté parado en un mismo sitio, es decir que, en esa relación que tiene con el tiempo, la duda que se le interpone consigue que no avance”.

Estamos en dos ciudades diferentes, pero bajo el mismo frío. Krieger entra en el subte, la comunicación se entrecorta. Alcanzo a escuchar: “Obviamente que el psicólogo tiene que trabajar estas cuestiones con el paciente, para ayudarlo a que pueda encontrarse con la ejecución y la concreción de su deseo. En definitiva, todo esto ayuda a mortificar su deseo”. Después, el silencio.

Yo procrastino, tú procrastinas, él hace

Uno se da cuenta de que no hace nada de lo que debería hacer cuando mira en retrospectiva. Y, para eso, nada mejor que escribir un diario, y leerlo más tarde.

Empezar a escribir un diario no es difícil: yo empecé 32 veces. El último fue el que más tiempo duró, pequeños párrafos cada día, a lo largo de tres semanas. Fue en 2009, y hace poco lo volví a leer sólo para descubrir lo que ya sabía: que todo lo que pasa ya pasó alguna vez, que la vida es una sucesión de cosas más o menos parecidas, más o menos interesantes, y que la lucha verdadera -cuando no trabajás en relación de dependencia, cuando trabajás desde tu casa- es la que llevás adelante contra vos mismo, contra ese músculo veloz que abre otras pestañas en el navegador, que decide agarrar un libro nuevo justo antes de empezar a hacer algo útil, que te obliga a mirar por la ventana e intentar adivinar los autos que pasan allá afuera por el ruido que hace su motor. Ahí pasó una camioneta F-100, ahí un Citroën.

Hay un diario que, en realidad, es una novela que explica bien esta sensación que exprime los nervios. Se llama La novela luminosa, y la escribió un uruguayo que procrastinaba llamado Mario Levrero.

El diario-novela cuenta el lapso entre que Levrero ganó la Beca Guggenheim y llevó adelante el proyecto por el que la ganó: terminar de escribir su novela luminosa. Pero cuenta, sobre todo, su pelea diaria contra sí mismo, contra el impulso de jugar a la computadora, de trasnochar; su permanente autoboicot amoroso: “Estaba sentado en el sillón, el de repantigarse, después de la cena-almuerzo, y empecé a percibir una necesidad imperiosa de venir hasta la computadora y jugar juegos. Me dije: ‘No debo hacerlo. ¿Por qué tengo que hacer esas cosas?’, y traté de resistir. Entonces de golpe lo entendí, y dije ‘La puta que lo parió’, en voz alta, y me levanté del sillón y me vine a la computadora y jugué al Pipe Dream y después al Golf”.

Enseguida te sentís hermano de sangre y decís: “Me pasa lo mismo que a este tipo, qué grande”. Pero este tipo, cuando escribió eso, tenía más de 65 años y ya había escrito más de veinte libros: lo que tenía que hacer ya lo había hecho, y ahora está bien que juegue en la computadora y pierda el tiempo en lo que quiera. Y ahí aparece una de las verdades del procrastinador: “el problema no es procrastinar, el problema son los que hacen”. Los otros, como siempre, como el infierno de Sartre.

No está escrito

En lugar de seguir con lo mío y arengado por la cita de Levrero, voy a la biblioteca y busco otros ejemplos de procrastinadores seriales en la literatura -es una buena manera de procrastinar, esa: leer-. Reviso libros y los hojeo rápido, buscando algo que me haga recordar. No encuentro ningún caso. Como si este hábito no tuviese mucha épica, como si fuera mejor hacerse los distraídos y contar otras cosas más heroicas, memorables e importantes, los escritores, sí, justo ellos: altos procrastinadores.

Sin un resultado satisfactorio, voy al baño a jugar al sudoku y, como siempre, saltan las ideas (espíritu de baño, que le digo): ¿Bartleby procrastinaba? No, simplemente prefería no hacer lo que le pedían. ¿Ignatius J. Reilly procrastinaba? No, era un vago consuetudinario regido por una moral medieval que pensaba que el resto del mundo -necios, ellos- conjuraba en su contra, pero hacía lo que tenía que hacer. ¿Ismael procrastinaba? No, pero prefirió ir a la caza de una ballena blanca y mortal antes que asumir su homosexualidad. ¿Don Quijote procrastinó? Probablemente, durante años, y recién cuando perdió la chaveta, empezó a hacer, pero nunca lo sabremos. ¿Y Odiseo? ¿Alguien se anima a afirmar que su mítico viaje no fue otra cosa más que aplazar sus responsabilidades con Penélope?

Tal vez, la procrastinación, invisible en el artefacto literario -o escondida, o camuflada-, sea la madre de las grandes obras de la literatura universal.

Y, también, de pequeñas aventuras personales y cotidianas.

Dónde, cuándo, cómo

Hace tres años que vivo en un lugar donde se hace más difícil procrastinar, pero igual me las arreglo. El Bolsón es una ciudad que todavía es un pueblo, con mucha vida al aire libre y trabajos que no dejan margen para la distracción. Si el productor de frambuesas procrastina en primavera, no va a tener frutas en verano. Si el artesano procrastina en invierno, no va a tener artesanías para vender en la temporada. Si el cervecero, el mecánico, el médico, el policía y el bombero forestal procrastinan, el mundo -la ciudad, el pueblo- se cae a pedazos, como en una fábula de cigarras y hormigas.

Y, mientras tanto, uno, en su casa, escribiendo estas cosas, dejando para el pasado lo que se podría hacer mañana, y con la cabeza llena de preguntas: ¿se procrastinaba antes de internet, antes de las redes sociales? Todo ese arsenal de refranes relacionados con el dejar las cosas para después, o madrugar y recibir ayuda divina, ¿tienen que ver con un miedo atávico ante el no hacer nada productivo que venimos arrastrando desde que el ser humano decidió caminar erguido? ¿Debemos ser castigados los procrastinadores? ¿Podremos dejar de hacerlo alguna vez? ¿Se puede disfrutar de este estado que combina ocio, vagancia y altas dosis de culpa? ¿Quién me devolverá las horas perdidas? ¿El tiempo procrastinado será negociado?

Fin

El sabor de terminar algo no se compara con el sabor artificial de dedicarse a hacer otras cosas en el camino. Pero, para eso, muchas veces hace falta ayuda, como los consejos de Ignacio, o algo más a largo plazo, como dice Any Krieger. También sirve, como hizo la editora -y amiga-, poner algunos límites. “Te aviso, hijo del rigor, la nota es para el 11″, escribió en un chat. Con eso, esta vez, alcanzó.

* * *

Francisco Huisman es Redactor freelancer. Fue cnductor en Radio Goga (El Bolsón, provincia de Río Negro), Editor en llegas a buenos aires y trabajó en el área Comunicación en Multicanal. Estudió Ciencias de la Comunicación (UBA).

L’enfant (2005) El niño

Sofía acaba de salir del hospital donde dio a luz a Jimmy, el hijo que tuvo con Bruno. Ambos sin trabajo, Bruno vive de pedir limosna a los automovilistas que se detienen en los semáforos y de los pequeños robos que les hace cometer a dos menores.

Bruno está al margen del sistema, es inquieto, nervioso, miente, siempre se está yendo. Y siempre está pidiendo dinero prestado. Un día mientras Sofía aguarda en la fila para hacer un trámite, Bruno lleva a pasear a Jimmy en su cochecito. Y horas después se vuelve a encontrar con ella con el cochecito pero sin su hijo. ¿Qué sucedió?

* * *

Otra obra estupenda de los hermanos Dardenne. Muy pocos personajes, Bruno, Sofía, Jimmy, les bastan a los escritores y directores para situar un drama por momentos asfixiante y estremecedor donde hay niños en el centro de la escena. Y donde queda expuesta la incapacidad o la imposibilidad de los adultos jóvenes, como en este caso, para equilibrar la vida del grupo familiar.

Los hermanos Jean-Pierre Dardenne (Bélgica, 1951) y Luc Dardenne (Bélgica, 1954) escribieron y dirigieron El niño de la bicicleta (2011, ya reseñada en este blog), El silencio de Lorna (2008, ya reseñada en este blog), Chacun son cinéma ou Ce petit coup au coeur quand la lumière s’éteint et que le film commence (segmento “Dans l’Obscurité”, 2007), El niño (2005), El hijo (2002, ya reseñada en este blog), Rosetta (1999, ya reseñada en este blog), La promesa (1996), Je pense à vous (1992), Falsch (1987) y Leçons d’une université volante (1982).