The Kyoto Connection, música

The Kyoto Connection es un proyecto de música gratuita de Facundo Arena. Buena música electrónica con influencias orientales. En su sitio cuentan que han tenido más de 50.000 descargas de sus discos a nivel mundial.

The Kyoto Connection es Facundo Arena (teclados), Laura Lang (voces), Jesica Rubino (violín, voces), y Rodrigo Trado (batería).

Su sitio desde donde se pueden descargar gratis todas sus músicas es thekyotoconnection.com

Discografía: The First Voyage (2006), The Second Voyage (2008), Out of Japan (EP), No Headphones Required (2010), Father/Son (2011).

Alice in Chains / Rain When I Die (Va a llover cuando yo muera)

¿Ella está dispuesta a conocer mi frustración?
Lo que está deslizándose dentro, castración lenta
Soy un enigma tan fuerte, vos no podés quebrarme
Ella vino aquí para tratar, para tratar de tomarme

¿Dijo mi nombre?
Pienso que va a llover
Cuando yo muera

¿Fue algo que dije, que se llevó a cabo en mi contra?
No hay vida en el camino, escalando lentamente
Atrapada en hielo ella mira fijamente, mira fijamente la nada
Puedo ayudarla pero no lo haré, ahora ella me odia

¿Dijo mi nombre?
Pienso que va a llover
Oh, cuando yo muera

Ella no me dejará esconder
No quiere que yo llore

Me mantendrá sobre el pasto, tratando de conectarme a tierra
Lentamente perdona mi mentira, mintiendo para salvarme
Ella podría amarme otra vez, o me odiará
Probablemente no, sé por qué, no puedo explicarme

¿Dijo mi nombre?
Pienso que va a llover
Cuando yo muera

(De Dirt, 1992, traducción propia)

Is she ready to know my frustration? / What she slippin’ inside, slow castration / I’m a riddle so strong, you can’t break me / Did she come here to try, try to take me // Did she call my name? / I think it’s gonna rain / When I die // Was it something I said, held against me? / Ain’t no life on the run, slowly climbing / Caught in ice so she stares, stares at nothing / I can help her but won’t, now she hates me // Did she call my name? / I think it’s gonna rain / Oh, when I die // She won’t let me hide / She don’t want me to cry // Will she keep on the ground, trying to ground me / Slowly forgive my lie, lying to save me / Could she love me again, or will she hate me / Prob’ly not, I know why, can’t explain me // Did she call my name? / I think it’s gonna rain / Oh, when I die

Los integrantes originales eran Layne Staley (voz, muerto por sobredosis en 2002), Mike Starr (bajo, dejó la banda en 1993, falleció en 2011), Sean Kinney (batería), Jerry Cantrell (guitarra).

Discografía: Facelift (1990), Dirt (1992), Alice in Chains (1995). Luego la banda volvió a reunirse ya con otros miembros y grabó Black Gives Way to Blue (2009).

Mario Carretero, Karina Solcoff, Daniel Valdez / La conformidad

(De Mario Carretero, Karina Solcoff, Daniel Valdez. Psicología, Aique Grupo Editor, Buenos Aires, 1ª edición, 1ª reimpresión, 2004, pp. 169-173)

La conformidad consiste en la modificación de una posición ya asumida por el sujeto en una dirección aceptada por otro o por un grupo. En este proceso, el sujeto ya tiene un juicio o norma establecido y lo modifica, adaptándolo a los juicios de otro (generalmente, un grupo) como consecuencia de la presión real o simbólica ejercida por éste.

Asch y el estudio de la conformidad

Solomon Asch es un psicólogo social iniciador de los trabajos experimentales sobre conformidad. En la década de 1950 estudió la influencia de la presión grupal en la modificación de juicios establecidos. Para ello realizó, entre otros, el siguiente estudio.

Se le propone al participante una prueba sobre percepción visual. El participante ignora que, en realidad, se trata de un estudio sobre conformidad. Otros ocho sujetos, cómplices del investigador, participan de la prueba simulando ser también sujetos experimentales.

Se muestra a los participantes dieciocho pares de tarjetas similares a las de la figura de la página siguiente.

Ellos deben responder cuál de las tres líneas de la tarjeta de la derecha es igual a la de la tarjeta de la izquierda. Los turnos se organizan de manera tal que el sujeto experimental siempre es el último o el penúltimo en responder. Cada participante va respondiendo en voz alta a su turno. De manera deliberada, la tarea es fácil y la respuesta es obvia.

Ante las primeras presentaciones de los pares de tarjetas, las respuestas de los cómplices son correctas. Pero, hacia la tercera presentación aproximadamente, el sujeto que responde primero (un cómplice del experimentador) emite una respuesta evidentemente errónea. También lo hace el segundo sujeto, el tercero (también cómplices) y así sucesivamente.

Se evalúan los juicios del sujeto experimental cuando los ocho cómplices del experimentador emiten respuestas incorrectas en doce de los dieciocho ítems.

La conformidad en el laboratorio: cuestiones importantes

El estudio de Asch mostró un alto porcentaje de conformidad en las respuestas de los participantes: aproximadamente, un tercio de las personas daban respuestas incorrectas a pesar de que sabían la respuesta adecuada. Los participantes daban respuestas conformes a las emitidas por los ocho cómplices en la tercera parte de los ejercicios cuando éstos mostraban unanimidad en la respuesta incorrecta. Uno de cada tres participantes se conformaron, es decir, modificaron su respuesta como consecuencia de la presión que ejercieron las respuestas del grupo sobre su propia convicción.

Para estar en sintonía con el resto del grupo, el sujeto modifica su respuesta aunque la considere correcta.. Como puede observarse, la tarea es tan sencilla y la respuesta tan obvia que deja en evidencia la conformidad de los sujetos. Si se tratara de un problema más ambiguo, posiblemente el acuerdo en las respuestas incorrectas podría atribuirse a la dificultad de la respuesta. Ahora bien, si eso ocurre en situaciones cuya respuesta es tan clara, ¿qué ocurre cuando los problemas son menos claros, menos obvios, más difíciles?

La conformidad en la vida real: cuestiones importantes

Los problemas que las personas enfrentan en la vida cotidiana son mucho más complejos que el planteado en el experimento original de Asch. Diferentes trabajos continuaron en esa dirección introduciendo variaciones. Esos primeros trabajos fueron realizados en el contexto de la posguerra, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). La preocupación de muchos científicos, consecuentes con ese momento histórico, se dirigía al estudio de los fenómenos sociales y a las formas que adopta la presión social sobre el comportamiento, los valores y las creencias de los individuos.

Si la finalidad de Asch era, en su momento, mostrar cómo los sujetos actúan de manera autónoma y son capaces de defender sus puntos de vista, sus valores y sus convicciones, su investigación reveló que no siempre es así. Muchos estudios posteriores confirmaron estos resultados.

De los estudios se puede inferir que, si bien la cantidad de participantes incrementa la influencia ejercida, existe otro factor importante: la unanimidad. Es decir que si los participantes están de acuerdo, el consenso entre ellos -más que la cantidad- es lo que determina la conformidad. Por ejemplo, si la persona percibe que otro sujeto se opone a la mayoría, es probable que esta persona no actúe conforme a la mayoría que si encuentra una opinión adoptada por todo el grupo en forma unánime. La conformidad se incrementa de acuerdo con la dificultad de la tarea, y también cuando los participantes consideran que existe una respuesta objetivamente correcta. Al contrario, cuando lo que se pide es una opinión o una preferencia, la conformidad disminuye. El psicólogo estadounidense Richard Crutchfield se apoyó en el experimento de Asch para estudiar la conformidad. Sin utilizar cómplices, analizó situaciones en las que los participantes no tenían contacto cara a cara. Pudo observar que la conformidad disminuye en las comunicaciones indirectas y anónimas, porque en ellas la presión sobre los sujetos es menor.

Influencia pública e influencia privada

Algunas justificaciones que dieron los sujetos después de participar de la experiencia de Asch fueron los siguientes:

* No querían “arruinar” el experimento dando una respuesta diferente de la de los demás.

* Querían agradar al experimentador, dando una buena imagen y cumpliendo con sus expectativas.

* Algunos dudaban de su percepción adecuada, creyendo que, tal vez, desde su posición se veía distinto o su vista podía estar cansada.

* Querían ser iguales a los demás, no querían parecer “distintos”, “inferiores” o “que los tomaran por tontos”.

En algunos casos, los sujetos dudaron realmente de la respuesta, en otros admitían que había una diferencia entre las respuestas que dieron en público y lo que realmente creían en privado. En general, en los trabajos sobre conformidad se pueden observar cuatro grandes patrones de influencia:

1. Interiorización. El sujeto realiza un cambio tanto en el plano público como en el privado (“Creía que Z pero creo que X, como dicen todos”).

2. Complacencia. El cambio se produce en el plano público pero no en el privado (“Dije X como dijeron todos, pero pienso Z”).

3. Conversión. El sujeto realiza un cambio en el plano privado y no se manifiesta en el plano público (“Manifiesto Z pero pienso X como todos”).

4. Independencia. No se produce un cambio en ninguno de los dos planos (“Pienso Z y digo Z a pesar de lo que dicen todos”).

¿Por qué nos conformamos?

En algunas circunstancias, las personas tienden a adoptar una posición conformista. Existen determinadas condiciones que facilitan la conformidad, y que se agrupan en dos grandes tipos:

* Conformidad normativa. La necesidad de ser aceptado o aprobado por los otros está en la base de la conformaidad normativa. La búsqueda de confirmación o aprobación social indica una preocuación por causar una buena impresión en los otros y evitar su rechazo. En ese caso, se identifica a los otros como fuentes de recompensa, castigo, aceptación o rechazo.

* Conformidad informativa. La necesidad de estar en lo cierto, de no equivocarse constituye la base de la conformidad informativa. La búsqueda de certeza señala una preocupación por las fuentes de información que pueden reducir la incertidumbre. Así, los otros son percibidos como modelos de comparación que ayudan a resolver el conflicto frente a una situación de ambigüedad o incertidumbre.

Ambos tipos de influencia, normativa e informativa, pueden presentarse de manera conjunta o complementaria. En definitiva, manifiestan una misma condición la dependencia respecto del juicio de los otros. Por ejemplo, muchas veces las personas necesitan estar en lo correcto para cumplir con las expectativas de su grupo y no ser rechazados. En ese caso, ambas necesidades confluyen para dar como resultado una conducta o actitud conformista.

La conformidad no es en sí misma una conducta negativa o positiva, ya que depende de las circunstancias de que se trate. Es importante acordar con las normas sociales que regulan las actividades de las personas en una sociedad, por ejemplo, hacer una fila para entrar a un cine o respetar las luces del semáforo para avanzar en concordancia con lo que hacen los otros transeúntes. Esto hace que las conductas propias y ajenas no resulten imprevisibles y caóticas. Para ello, es necesario conformarse a las normas grupales. También nos brinda seguridad saber que los otros se manejan de igual manera y respetan los acuerdos para conducirse en una sociedad.

Sylvina Walger / De ‘Los Beverly ricos’ a Elliot Ness

(Publicado en Perfil, 23.10.2011)

Uno vino del norte cálido, la pareja en cambio se largó desde el frío aunque sin el suspenso de John Le Carré. El del norte llegó dispuesto no sólo a llenarse los bolsillos sino a pasarla muy pero muy bien. Y salvo algunos tristes tropiezos, lo logró. Hablamos de Carlos Menem.

La pareja llegó con las características del hielo. Frialdad y una supercuidada intimidad. También vinieron a llenarse los bolsillos y desdeñaron el hedonismo. Pero no se quedaron ahí, los imbuía un espíritu fundacional. La Argentina volvería a existir en el relato que divulgarían Néstor y Cristina.

Hasta ahora, a menos que Néstor resucite, se puede decir que van saliendo victoriosos. El relato que construyeron, basado en una prodigiosa cantidad de mentiras, conquistó el alma de nuestra juventud. Los que somos más viejos sabemos que todo pasa, hasta las dictaduras fascistas que nos pretenden imponer. Y que los entusiastas jóvenes de hoy renegarán mañana de semejante “construcción del relato”. Sólo que en vez de hacerlo desde un simpático chalecito en el Conurbano, negarán la historia desde un departamento sin gracia del gélido Puerto Madero.

Es imposible imaginar dos cosas más diferentes que la cultura que rodeó a Carlos Menem, de la que cultivaron los Kirchner. Es un equivalente de la distancia que va del “cabarute” a Horacio González.

La década menemista se caracterizó –entre otras menudencias– por la exhibición ostentosa y trasnochada de símbolos de estatus. Los dos primeros años K remitían a una película de los años 40. Puro blanco y negro, incluido el gabinete (gris a morir) y los mejores amigos. En esos primeros años todavía se podía afirmar que los argentinos, siempre exagerados, habían pasado de Los Beverly ricos a Elliot Ness.

Hay un punto, sin embargo, en el que la actual presidenta y el ex presidente coinciden. Su amor por las joyas. El presupuesto de Cristina para alhajas la ha llevado a figurar en la lista de los diez presidentes más ostentosos del mundo. Más conocidos como los reyes del “bling”. Expresión que utilizan los franceses para describir a los amantes de las joyas y de las grandes marcas. Nicolas Sarkozy es conocido en su patria como “president bling bling”. El diario Le Figaro anunció el nacimiento de su hija Dalia como “llegó la bebé Bling”.

Cristina, que ganó su lugar con toda justeza, fue seleccionada por el periódico laborista The Guardian. Para el prestigioso medio, la presidenta argentina es una de las diez líderes más “fashion y superproducidas del planeta”.

La cultura que manejan los K es una cultura de prólogo de ensayo que suele combinarse con una equivocada interpretación de Jauretche (al que siempre conviene tener a mano, pero sabiéndolo usar). La cultura K es el reflejo de lo que ellos son, una impostura.

Ni fueron montoneros, ni hicieron plata como honestos comerciantes, ni tampoco leyeron nada más allá del prólogo. Son gente a la que “los capitalinos” (como llaman a los porteños en el sur) no les cierran del todo y a los chilenos, si pudieran, los comerían a la parrilla.

Primitivos intelectualmente, nacionalistas hasta la exasperación, absolutistas a lo Napoleón (no bonapartistas), desprecian profundamente la democracia y sus reglas. La cultura K ha encontrado su horma en el politólogo Ernesto Laclau que justifica la reelección eterna y la existencia de un partido único (claro que él después se vuelve a Inglaterra con la filósofa belga que tiene al lado, los mamarrachos quedan para nosotros).

Laclau tiene un programa en el canal Encuentro donde entrevista a intelectuales, si es posible violentos. Allí estaba hace dos sábados el profesor Toni Negri, de mediocre intelecto pero todo un hombre de acción. El que dude que vaya a un libro de historia y se entere de que “il profesore” puso una bomba en 1978 en la estación Bolonia, en la hora pico. Ahorro la mención de muertos y heridos. Ese canal, como todo lo demás, lo financia el Estado.

¿Qué es lo que captura de ellos (porque empezaron juntos) a intelectuales más formados con sólidos currículos (no confundir con 6,7,8 donde, salvo Nora Veiras, cuesta imaginarse que hayan terminado el colegio)? Posiblemente sea el hecho de saber que estos personajes que hoy son dueños del poder tienen una inmensa fragilidad intelectual y que es fácil venderles pescado. Por parte de los poderosos, hay conciencia de que los intelectuales pueden suplirles algo que a ellos les falta: el barniz cultural.

La cultura del menemismo, de la pizza con champán, las “trolas”, los divorcios, las amantes, era un fresco absolutamente genuino. Con los que vinieron del hielo y su corte de admiradores jamás sabremos si están diciendo la verdad o están mintiendo. Son como el Indec.

*

Sylvina Walger es socióloga y periodista.

Libros: Cristina (de legisladora combativa a presidenta fashion) (2010), Los paraísos argentinos (Pinamar, Punta del Este, Miami) (1997), Pizza con champán (Crónica de la fiesta menemista) (1994), Una mujer (Biografía no autorizada de Susana Giménez) (1991, con Claudia Acuña), Tv Guía Negra (Una época de la televisión en la Argentina en otra época) (1974, con Carlos Ulanovsky),

Ai no korîda (El imperio de los sentidos)

Ai no korida (1976) es una historia basada en hechos que sucedieron en Japón en la década de 1930.

*

Sada Abe es una ex prostituta que comienza a trabajar como personal de servicio en un hotel. El dueño del lugar es Kichizo Ishida, que está casado con la jefa de los servicios. Kichizo gusta de los excesos y lleva una vida sexualmente muy activa. No transcurre mucho tiempo para que se transformen en amantes. Su atracción mutua les hace dejar de lado todo ocultamiento y cuidado para llevar a cabo sus relaciones. La intensísima atracción sexual y obsesión que siente Sada por Kichizo los lleva a atravesar todos los límites.

* *

Un film sobre el amor, el deseo y la muerte, incómodo, sofocante, sórdido, exasperante, que muestra la sinrazón de los protagonistas en la búsqueda por poseerse y de intentar que nadie más pueda gozar de ambos. Además de adentrarnos en dos personalidades especiales, y siempre que se trata de relaciones de poder, podríamos hacer una transposición a los vínculos que se establecen entre, por una parte, los ciudadanos de un país (la gran mayoría de la población) que tiene, digamos, un régimen democrático para elegir a sus representantes y, por otra, los que detentan el poder. Necesidad, utilización, dependencia, obediencia, sumisión… ¿qué es una relación? ¿hasta dónde llega el deseo mutuo? ¿puede terminar como terminan Sada y Kichizo? ¿placer o venganza?

Los treinta y cinco años pasados desde su estreno no han hecho disminuir todos los méritos cinematográficos de la película entre los cuales está la música y las actuaciones excluyentes de Tatsuya Fuji (Kichizo Ishida) y Eiko Matsuda (Sada Abe).

Su exhibición en Argentina fue prohibida por la última dictadura militar. La dirigió Nagisa Oshima, nacido el 31 de marzo de 1932 en Kyoto, Japón.

Filmografía: Ai to kibo no machi (1959), Seishun zankoku monogatari (Historias crueles de juventud, 1960), Taiyo no hakaba (1960), Nihon no yoru to kiri (1960), Shiiku (1961), Amakusa Shiro Tokisada (1962), Etsuraku (1965), Hakuchu no torima (1966), Ninja bugeicho (1967), Nihon shunkako (1967), Muri shinju: Nihon no natsu (1967), Koshikei (1968), Kaettekita yopparai (1968), Shinjuku dorobo nikki (Diario de un ladrón de Shinjuku, 1968), Shônen (1969), Tokyo senso sengo hiwa (Murió después de la guerra, 1970), Gishiki (1971), Natsu no imoto (1972), The Battle of Tsushima (1975, documental), Ai no korida (El imperio de los sentidos, 1976), Ai no borei (El imperio de la pasión, 1978), Furyo / Senjo no / Merry Christmas Mr. Lawrence (Feliz Navidad, Mr. Lawrence, 1983), Makkusu, mon amuru (Max, mi amor, 1986), Kyoto, My Mother’s Place (1991), Gohatto (Tabú, 1999).

Eliseo Verón / Desaliento

(Publicado en Perfil, 9.10.2011)

La llamada “actualidad” es una noción vaga y de fronteras inciertas, pero que sin embargo aparece inevitablemente mencionada en cualquier discusión sobre los medios o sobre el periodismo. Desde el punto de vista de la producción, se trata de un paquete de noticias configurado de distintos modos en los distintos medios. Cada receptor descompone a su manera el paquete por el que tiene una preferencia, y sus neuronas recomponen lo que será para él, a lo largo de los días y las semanas, la actualidad. Esa recomposición tiene una serie de características, y la que me interesa aquí admite una metáfora meteorológica: en la cabeza del lector, la actualidad tiene una dimensión afectiva que podríamos calificar de “clima”. Bueno, ocurre que el clima de mi actualidad se está volviendo francamente desagradable y creo que justifica una alerta.

En primer lugar, una ausencia notable, enorme: exactamente a dos semanas de las elecciones, no hay campaña electoral. La Presidenta habla lo menos posible, y si entendí bien, el candidato a vicepresidente está haciendo una gira musical. Cuando empezaron los pequeños spots radiales o televisivos de los distintos candidatos me sentí aliviado, porque había llegado a preguntarme –pensando: “Estoy cada vez más distraído, debe ser la edad”– si acaso la elección no había sido suspendida sin que yo me enterara. Los candidatos de la oposición se han vuelto invisibles, y en las últimas semanas no ha habido prácticamente ningún título principal de tapa de los diarios sobre la campaña propiamente dicha: nunca visto en una elección presidencial en democracia. Esta elección no le interesa ni a Tinelli. El kirchnerismo va a lograr una impecable victoria, al precio de vaciar de sentido el campo político argentino: no se ha producido ni una sola discusión de fondo sobre ninguno de los problemas fundamentales que nuestro país deberá afrontar en el futuro. Todo esto es un poco desalentador y afecta el clima.

En segundo lugar se combinaron, de una manera desafortunada, noticias sobre dos crecimientos. Por un lado, el notable crecimiento de los shopping centers: ¡en los próximos dos años van a inaugurarse 21 nuevos shoppings en el GBA y en el interior!. Más vale tarde que nunca: la destrucción del comercio de proximidad se producirá también en el Conurbano bonaerense y en muchas ciudades del interior. Yo ya les dije, hay que tener paciencia, la modernidad termina llegando a todas partes. La noticia estuvo acompañada, en varios medios, por un discurso vago sobre una “nueva clase media”. Claro, en mi clima, este elemento se relaciona inmediatamente con el anterior: consumamos, consumamos, porque la política ya no le interesa a nadie. El otro crecimiento es el de las villas, que le gana al de los shoppings: en cinco años, se han instalado en el GBA noventa nuevos asentamientos precarios (La Nación del miércoles 5 de octubre). Según Clarín de ese mismo día, en el Conurbano hay un total de 864 villas miserias.

Como si todo esto fuera poco, en esta misma semana se hicieron públicos los resultados de la encuesta que la DAIA le encomendó al Instituto Gino Germani de la UBA, sobre las actitudes hacia la comunidad judía en la Argentina. Se podrá pensar que ya lo sabíamos, pero el tener nuevas evidencias que nos lo recuerdan, hace muy mal: vivimos en un país fuertemente racista y antisemita. El 30% prefiere no tener vecinos judíos y el 45% no contraería matrimonio con una pareja judía.

Vacío político, consumismo exacerbado, creciente fractura social, racismo: se me concederá que el diagnóstico es más bien deprimente, y que la lógica que conecta a esos componentes entre sí, inquietante. Para colmo –aunque no tenga nada que ver– murió Steve Jobs, el único gran empresario de la industria informática que siempre pensó que sus clientes no eran estúpidos. (Sí, en cada uno de nosotros la actualidad es un híbrido de trayectos mentales que genera una suerte de sensación térmica).

En fin, la lectura de la última columna de Paul Krugman en New York Times, reproducida por iEco de Clarín el domingo pasado y titulada “El viaje de la eurozona hacia la muerte”, no es algo que pueda levantarle el ánimo a nadie. Por supuesto que el viaje que ha emprendido la Argentina en este año electoral no es un viaje hacia la muerte. Pero no sé qué va a pasar cuando ir de compras al shopping ya no nos baste para esconder la obstinada indiferencia a pensar políticamente el futuro de nuestros hijos.

Charlotte Brontë, poemas

PASIÓN

Algunos han ganado un placer salvaje,
Por arriesgarse a un dolor más salvaje,
Podría yo esta noche ganar tu amor
Y sufrir mañana el peligro de la muerte.

Podría ganar la lucha de la batalla,
Una cierta mirada de tu ojo.
¡Cómo este corazón marchito ardería,
La lucha fuerte por intentarlo!

Bienvenidas las noches de sueños rotos,
Y los días de fría matanza.
¿Podría yo considerar que llorarías
Al oír mis peligros relatados?

Dime si con errantes peregrinos
Deambulo lejos de todo,
¿Vagas tú por aquellos paisajes distantes
Sin extraviar tu espíritu?

Salvaje, largamente, una trompeta suena lejos,
Déjame, déjame ir,
Donde el Sheik y el Británico se encuentran en guerra,
Sobre el flujo del Sutlej indio.

La sangre ha teñido las olas del Sutlej
Con manchas escarlatas, lo sé;
Los límites del Indus se cubren de tumbas,
¡Sin embargo, ordéname ir!

Aunque el rango y lo alto el holocausto
De las naciones, sube al cielo,
Con placer me sumaría a las huestes muertas,
Si la orden me fuese dada.

La fuerza de la pasión debería templar mi brazo,
Su ardor agita mi vida,
Hasta la fuerza humana para ese encanto terrible
Debería sucumbir y caer en alarma salvaje,
Como árboles en lucha contra la tempestad.

Si yo, excitada por la guerra, buscase tu amor
¿Te atreverías a estar a mi lado?
¿Te atreverías, entonces, a reprobar mi pasión,
Por desprecio, y orgullo enloquecedor?

No, mi voluntad sometería el control
De tu voluntad, tan alta y libre,
Y el amor domaría ese alma altiva.
Si, el amor más tierno para mí.

Leeré mi triunfo en tus ojos,
Contemplando, y probando el cambio;
Luego dejaré, indiferente, mi noble premio
Una vez más en manos al alcance.

Moriría cuando toda la espuma se alce,
El vino brillante resplandezca alto;
Sin esperar hasta que en la exhausta copa
Lo aburrido de la vida haga sólo mentiras.

Entonces el Amor será coronado con dulce recompensa,
Bendecida la esperanza con gran plenitud,
¡Desearía montar el corcel, desenvainar la espada,
Y perecer en la embestida!

PASSION

Some have won a wild delight,
By daring wilder sorrow;
Could I gain thy love to-night,
I’d hazard death to-morrow.

Could the battle-struggle earn
One kind glance from thine eye,
How this withering heart would burn,
The heady fight to try !

Welcome nights of broken sleep,
And days of carnage cold,
Could I deem that thou wouldst weep
To hear my perils told.

Tell me, if with wandering bands
I roam full far away,
Wilt thou, to those distant lands,
In spirit ever stray ?

Wild, long, a trumpet sounds afar;
Bid me­bid me go
Where Seik and Briton meet in war,
On Indian Sutlej’s flow.

Blood has dyed the Sutlej’s waves
With scarlet stain, I know;
Indus’ borders yawn with graves,
Yet, command me go !

Though rank and high the holocaust
Of nations, steams to heaven,
Glad I’d join the death-doomed host,
Were but the mandate given.

Passion’s strength should nerve my arm,
Its ardour stir my life,
Till human force to that dread charm
Should yield and sink in wild alarm,
Like trees to tempest-strife.

If, hot from war, I seek thy love,
Darest thou turn aside ?
Darest thou, then, my fire reprove,
By scorn, and maddening pride ?

No­my will shall yet control
Thy will, so high and free,
And love shall tame that haughty soul­
Yes­tenderest love for me.

I’ll read my triumph in thine eyes,
Behold, and prove the change;
Then leave, perchance, my noble prize,
Once more in arms to range.

I’d die when all the foam is up,
The bright wine sparkling high;
Nor wait till in the exhausted cup
Life’s dull dregs only lie.

Then Love thus crowned with sweet reward,
Hope blest with fulness large,
I’d mount the saddle, draw the sword,
And perish in the charge !

LAMENTO

Hace mucho deseaba dejar
”La casa donde nací”;
Hace mucho acostumbraba sufrir,
Mi hogar parecía tan abandonado,
En otros años, sus habitaciones silenciosas,
Estaban llenas de acechantes temores;
Ahora, su memoria regresa
Sobrecargada con tiernas lágrimas.

La vida y el matrimonio que he conocido,
Cosas que en un tiempo fueron brillantes,
Ahora, ¡cómo está flotando absolutamente
Cada rayo de luz!
En medio del mar desconocido de la vida
Ninguna isla bendita he encontrado;
Finalmente, a través de toda su lucha de ola salvaje
Mi pena es convocada al hogar.

¡Adiós, oscura y empinada profundidad!
¡Adiós, tierra extraña!
¡Abre, en la extensión sin nubes,
Tu glorioso reino de antaño!
Sin embargo, cuando logré pasar a salvo
Aquel irritante, cansado principio,
Una voz amada, entre temblores y rugidos,
Pudo convocarme nuevamente.

A pesar del brillo del alma de una rosa matutina
Sobre el Paraíso para mí,
¡William! Incluso desde el descanso del Cielo
¡He vuelto, convocada por ti!
Esta tormenta que surge no retendrá
Mi alma, exaltándola.
Todo mi cielo una vez estuvo en tu pecho,
¡Y sólo allí será mío otra vez!

REGRET

Long ago I wished to leave
“The house where I was born; “
Long ago I used to grieve,
My home seemed so forlorn.
In other years, its silent rooms
Were filled with haunting fears;
Now, their very memory comes
O’ercharged with tender tears.

Life and marriage I have known,
Things once deemed so bright;
Now, how utterly is flown
Every ray of light !
‘Mid the unknown sea of life
I no blest isle have found;
At last, through all its wild wave’s strife,
My bark is homeward bound.

Farewell, dark and rolling deep !
Farewell, foreign shore !
Open, in unclouded sweep,
Thou glorious realm before !
Yet, though I had safely pass’d
That weary, vexed main,
One loved voice, through surge and blast,
Could call me back again.

Though the soul’s bright morning rose
O’er Paradise for me,
William ! even from Heaven’s repose
I’d turn, invoked by thee !
Storm nor surge should e’er arrest
My soul, exulting then:
All my heaven was once thy breast,
Would it were mine again !

VIDA

La vida, creo, no es un sueño
Tan oscuro como dicen los sabios;
A menudo un poco de lluvia de la mañana
Anuncia un día agradable.
A veces hay nubes de tristeza,
Pero son transitorias todas;
Si la lluvia hará florecer las rosas,
Oh ¿por qué lamentar su caída?

Rápidamente, alegremente,
Horas soleadas de la vida revolotean,
Agradecidamente, alegremente,
¡Disfrútalas mientras vuelan!

¿Qué importa si la Muerte a veces nos sigue
Y nos llama nuestra Mejor?
¿Qué importa si el dolor parece ganar,
O hace de la esperanza, una influencia pesada?
Sin embargo, la esperanza es nuevamente primavera elástica,
Inconquistada, aunque ella terminó;
Todavía flotantes son sus alas de oro,
Todavía fuertes para que nos sostengan también.
Valientemente, sin miedo,
Soportan el día de la prueba,
Para que gloriosamente, victoriosamente,
¡Puedan con valentía dominar la desesperación!

LIFE

Life, believe, is not a dream
So dark as sages say;
Oft a little morning rain
Foretells a pleasant day.
Sometimes there are clouds of gloom,
But these are transient all;
If the shower will make the roses bloom,
O why lament its fall ?

Rapidly, merrily,
Life’s sunny hours flit by,
Gratefully, cheerily,
Enjoy them as they fly !

What though Death at times steps in
And calls our Best away ?
What though sorrow seems to win,
O’er hope, a heavy sway ?
Yet hope again elastic springs,
Unconquered, though she fell;
Still buoyant are her golden wings,
Still strong to bear us well.
Manfully, fearlessly,
The day of trial bear,
For gloriously, victoriously,
Can courage quell despair !

(Traducciones propias)

* * *

Charlotte Brontë nació el 21 de abril de 1816 en Thornton, Yorkshire, Inglaterra y falleció el 31 de marzo de 1855 en Haworth, Yorkshire, Inglaterra.

Obras: Poems (Poemas, 1846, escrito junto con sus hermanas Emily y Anne, y firmado con los seudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell), Jane Eyre (1847, novela), Shirley (1849, novela), Villete (1853, novela), Professor (1857, publicación póstuma, El Profesor, su primera novela), Emma (1860, publicación póstuma, manuscrito inconcluso de veinte páginas).

Leonora Carrington / La dama oval

Una dama muy alta y muy delgada se hallaba de pie delante de su ventana. La ventana era también muy alta y muy delgada. El rostro de aquella dama era pálido y triste. Permanecía inmóvil y nada se movía cerca de la ventana, excepto una pluma de faisán que llevaba prendida en sus cabellos. Aquella temblorosa pluma atraía mi mirada. ¡Se remecía tanto en aquella ventana donde nada se movía! Era la séptima vez que yo pasaba por delante de la mencionada ventana. La dama triste no se habla movido y, a pesar del frío que hacia aquella tarde, me detuve. Tal vez los muebles eran tan altos y delgados como ella junto a su ventana, y tal vez el gato (si es que había uno) respondía también a tales elegantes proporciones. Yo deseaba saber, era presa de curiosidad y de un irresistible deseo de entrar en la casa simplemente para cerciorarme. Antes de caer en la cuenta de lo que hacía, me hallaba en la entrada. La puerta se cerró sin ruido detrás de mi, y por primera vez en mi vida me hallé en una verdadera mansión aristocrática. Era sobrecogedor. Primero, el silencio era tan distinguido que apenas me atrevía a respirar; luego, los muebles y los objetos de adorno eran de una elegancia suma. Cada silla era por lo menos dos veces más alta que las sillas corrientes y mucho más angosta. Para aquellos aristócratas, hasta los platos eran ovales y no redondos como los que usa todo el mundo. En el salón donde se hallaba la Dama Triste el fuego brillaba en la chimenea y había una mesa llena de tazas y pastelillos. Cerca de las llamas, una tetera esperaba tranquilamente que su contenido fuese bebido.

Vista de espaldas, la Dama parecía aún más alta: tenia, a lo menos, tres metros de altura. El problema era éste: ¿cómo dirigirle la palabra? ¿Decirle que hacia un tiempo de perros? Demasiado trivial. ¿Hablar de poesía? ¿De qué poesía?

- Señora,¿le gusta a usted la poesía?

- No. Detesto la poesía -me contestó con una voz de fastidio, sin volverse hacia mi.

- Beba una taza de té; esto la tranquilizará.

- No bebo, no como. Lo hago para protestar contra mi padre, ese cochino.

Tras un cuarto de hora de silencio, ella se volvió y quedé sorprendida al advertir su juventud. Debía tener unos dieciséis años.

- Es usted muy alta para su edad, señorita. Cuando yo tenía dieciséis años, mi estatura era la mitad de la suya.

- ¡Me importa un cuerno! De todos modos, sírvame un poco de té, pero no lo diga a nadie. Tal vez tome uno de esos pastelillos, pero recuerde sobre todo que no debe decir nada.

Comió con un voraz apetito. Antes de engullir el vigésimo pastelillo, me dijo:

- Aunque me muera de hambre, él no ganará nunca. Desde aquí veo el cortejo fúnebre con sus cuatro gordos y relucientes caballos…, marchando lentamente, y mi pequeño ataúd blanco en medio de una nieve de rosas rojas. Y la gente llorando, llorando…

Tras una corta pausa, continuó, sollozando:

- ¡Aquí está el pequeño cadáver de la bella Lucrecia! Y, una vez muerta, ¿sabe usted?, no hay nada que hacer. Tengo deseos de matarme de hambre, sólo para jeringarlo. ¡Qué cerdo!

Dichas las anteriores palabras, salió lentamente de la estancia. La seguí.

Al llegar al tercer piso, entramos en una inmensa habitación destinada a los niños, donde, esparcidos por todas partes, se velan centenares de juguetes descompuestos y rotos. Lucrecia se acercó a un caballo de madera inmovilizado en actitud de galope, a pesar de su edad, que debla frisar en los cien años.

Tártaro es mi preferido -dijo ella, acariciando el belfo del caballo-. Detesta a mi padre.

Tártaro se meció graciosamente sobre su balancín mientras yo me preguntaba cómo podía moverse solo. Lucrecia lo contempló, pensativa y unidas las manos.

- Irá muy lejos de esta manera -dijo-. Y cuando regrese, me contará algo interesante.

Al mirar hacia fuera, advertí que nevaba. Hacia mucho frío pero Lucrecia no se daba cuenta de ello. Un ruidito en la ventana llamó su atención.

- Es Mathilde -dijo-. Hubiera tenido que dejar abierta la ventana. Por otra parte, una se ahoga aquí.

Tras eso, rompió los cristales y la nieve entró junto con una urraca que, volando, dio tres vueltas por la habitación.

Mathilde habla como nosotros; hace diez años le partí la lengua en dos. iQué hermosa criatura!

- ¡Hermosa criatura! -graznó Mathilde, con voz de bruja-. ¡Hermooosa crrrriaturrrrra!

Mathilde se posó en la cabeza de Tártaro, que continuaba balanceándose dulcemente, cubierto de nieve.

- ¿Has venido para jugar con nosotros? -preguntó Lucrecia-. Estoy contenta, porque me aburro mucho aquí. ¿Y si imagináramos que todos nos hemos convertido en caballos? Yo voy a transformarme en caballo con nieve; esto será más verosímil. Tú, Mathilde, también eres un caballo.

- ¡Caballo! ¡Caballo! ¡Caballo! -graznó Mathilde, bailando histéricamente sobre la cabeza de Tártaro.

Lucrecia se arrojó a la nieve, que ya tenía mucho espesor, y se enroscó dentro de ella, gritando:

- ¡Todos somos caballos!

Cuando se levantó el efecto era extraordinario. Si yo no hubiese sabido que era Lucrecia, hubiera jurado que se trataba de un verdadero caballo. Era tan bello, de una blancura tan cegadora, con sus cuatro finos remos como agujas y una crin que caía en torno a su larga cara como si fuese agua. Reía, alegre, bailando locamente en la nieve.

- ¡Galopa, galopa, Tártaro! Pero yo seré más veloz que tú.

Tártaro no cambiaba de velocidad, pero sus ojos centelleaban. Sólo se velan sus ojos, porque estaba cubierto de nieve.

Mathilde chillaba y se golpeaba la cabeza contra los muros. Yo bailaba una especie de polka para que el frío no se apoderase de mi cuerpo.

De pronto, advertí que la puerta estaba abierta y que en el umbral se encontraba una vieja. Estaba allí seguramente desde hacia mucho rato, sin que yo hubiese reparado en ella. La vieja miraba a Lucrecia con ojos fijos y perversos. De repente, temblando de furor, gritó:

- ¡Deteneos! ¿Qué es eso? ¡Vaya, señoritas! Lucrecia, ¿no sabe usted que este juego está estrictamente prohibido por su padre? ¡Ridículo juego! Ya no es usted una chiquilla.

Lucrecia bailaba moviendo peligrosamente sus cuatro piernas cerca de la vieja, al tiempo que lanzaba penetrantes carcajadas.

- ¡Deténgase, Lucrecia!

La voz de Lucrecia era cada vez más aguda, se desternillaba de risa.

- Bueno -dijo la vieja-. ¿No me obedece usted, señorita? Bueno. Entonces, lo lamentará. Voy a conducirla ante su padre.

Tenía una mano oculta detrás de su espalda, pero con una rapidez insólita en una persona tan anciana, saltó sobre Lucrecia y le puso el freno en la boca. Lucrecia se lanzó al aire, relinchando de rabia, pero la vieja no se apeó. Seguidamente, nos agarró a mi por los cabellos y a Mathilde por la cabeza, y los cuatro nos vimos lanzados a una furiosa danza. En el corredor, Lucrecia empezó a cocear y rompió cuadros, sillas y jarrones de porcelana. La vieja estaba pegada a la espalda de Lucrecia como un molusco a la roca. Yo estaba llena de heridas; creí muerta a Mathilde: colgaba lamentablemente de la mano de la vieja como un trapo.

En medio de una verdadera orgía de ruidos, llegamos al comedor. Sentado al extremo de una larga mesa, un anciano caballero, más semejante a una forma geométrica que a otra cosa, terminaba de comer. Bruscamente, una calma absoluta se estableció en la habitación. Lucrecia miró a su padre con los ojos hinchados.

- Entonces, ¿vuelves a las andadas? -dijo el viejo, cascando una nuez-. La señorita de la Rochefroide ha hecho bien en traerte aquí. Hace exactamente tres años y tres días que te prohibí jugar a los caballos. Es la séptima vez que te amonesto, y seguramente estás enterada de que el número siete es el ultimo en nuestra familia. Me veo obligado, mi querida Lucrecia, a castigarte muy severamente.

La muchacha, bajo su forma de caballo, no se movió, pero las ventanas de su nariz palpitaron.

- Lo que voy a hacer es sólo por tu bien, pequeña -dijo el anciano, en voz muy baja. Y continuó-: Eres demasiado grande para jugar con TártaroTártaro es para los niños. Por lo tanto, voy a quemarlo yo mismo hasta que no quede nada de él.

Lucrecia lanzó un grito terrible y cayó de rodillas.

- ¡Eso no! ¡Papá, eso no!

El anciano sonrió con gran dulzura y cascó otra nuez.

- Es la séptima vez, pequeña.

Lágrimas manaron de los grandes ojos de caballo de Lucrecia y cruzaron como dos riachuelos sus. mejillas de nieve. La muchacha iba cobrando una blancura tan resplandeciente que era luz.

- ¡Piedad, papá, piedad! ¡No quemes a Tártaro!

Su voz aguda se hacia cada vez más delgada. Lucrecia estuvo pronto arrodillada en un lago de agua. Yo era presa de un miedo terrible de verla fundirse.

- Señorita de la Rochefroide, haga salir a la señorita Lucrecia -dijo el padre; y la vieja sacó de allí a la pobre criatura, mudada en un ser flaco y tembloroso.

Creo que él no había advertido mi presencia. Me oculté detrás de la puerta y oí al viejo subir a la habitación de los niños. A poco, me tapaba los oídos con las manos: unos espantosos relinchos se oían arriba, como si una bestia sufriese inauditas torturas…

(Traducción de Agustí Bartra)

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Leonora Carrington nació en Lancashire, Inglaterra el 6 de abril de 1917 y falleció en Ciudad de México el 25 de mayo de 2011. Fue escritora y pintora.

Obra escrita: La Maison de la Peur (1938, La casa del miedo), Une chemise de nuit de flanelle (1951, Una camisa de dormir de franela), El mundo mágico de los mayas (1964), La dame ovale (1939, La Dama Oval: Historias surrealistas), The Hearing Trumpet (1976, La trompeta acústica), The Stone Door (1977, La puerta de piedra), The Seventh Horse and Other Tales (1988, El séptimo caballo y otros cuentos), Conejos blancos, En bas (1940, autobiografía), La invención del mole (1960).

Jorge Lanata / La construcción de un mito

(Publicado en diario Libre, 20.10.2011)

¿Es posible construir un mito? Y, en ese caso, ¿se construyen los mitos desde abajo hacia arriba o al revés? ¿Son el fruto de la invasión imprevista de la memoria colectiva, o de una estrategia de comunicación cuidadosamente planificada desde los escritorios del poder?

Aún no se cumple un año de la prematura muerte de Néstor Kirchner: aunque una ley nacional lo prohíbe expresamente, el ex presidente permitió que durante su mandato una calle, un barrio y un gasoducto fueran bautizados con su nombre. A ocho días de su fallecimiento, el senador por San Juan César Gioja propuso designar Presidente Kirchner a la Ruta Nacional 40, que une Santa Cruz con La Quiaca.

El gobernador Urtubey, de Salta, hizo lo propio con una autopista local; los concejales tucumanos bautizaron Kirchner a la Avenida Roca; el gobernador jujeño Barrionuevo lo homenajeó llamando Kirchner a la terminal de ómnibus; en Santa Cruz se bautizó Kirchner a una de las calles céntricas más importantes de Río Gallegos (existe, desde entonces, la esquina de Kirchner y San Martín); en Caleta Olivia se llama Kirchner la Avenida Costanera; en Concordia cambió de nombre la calle Defensa; en Ushuaia se inauguró la Plaza de Integración Latinoamericana Néstor Kirchner, y en el Chaco la Escuela secundaria Número 102 Néstor Kirchner; el Concejo Municipal de Rosario propuso designar Paseo Presidente Kirchner al sector peatonal vecino al auditorio del Parque España, y en Santa Fe se hizo lo propio con una calle de la costanera.

En Villa María, Córdoba, se bautizó Presidente Kirchner al Aeropuerto Regional; en Avellaneda a la Calle 2, al Estadio Olímpico Municipal de Palpalá y a la calle Peñaloza del barrio Canal de Beagle. Néstor Kirchner se llamó al Torneo Clausura 2011; Jornadas Nacionales Néstor Kirchner a las organizadas por el Ministerio de Educación para intraescuelas; Beca Presidente Kirchner a la que promueve la formación de líderes jóvenes de América del Sur y a las Jornadas Nacionales Juveniles, y al Instituto para la Nueva Argentina de Mar del Plata; Becaria Néstor Kirchner se llamó a la estudiante argentina becada en Nueva York, y a Néstor Kirchner fue dedicado el candombe Nunca menos.

En el último spot electoral de Cristina, bajo el título La fuerza de él, se lo muestra a Néstor Kirchner como si, vivo, fuera a competir en las elecciones del domingo.

Jorge Lanata / En Argentina todo da lo mismo

(Publicado en diario Libre, 19.10.2011)

Todo da lo mismo, ese ha sido el mayor éxito de la batalla cultural del Gobierno: distorsionar el “relato” al punto de que todo dé lo mismo. Un gobernador filomenemista, cavallista y duhaldista tardío es ahora “Él”, huésped de un mausoleo de próxima inauguración similar a la pirámide de Keops.

Propaganda. Ricardo Jaime, Julio De Vido, Felisa Miceli, Sergio Schoklender y Guillermo Moreno son blancas palomitas del campo popular, acosadas por operaciones monopólicas de la prensa. Quien se aparte una línea del trazo oficial es denostado por el aparato de propaganda conformado, en general, por kirchneristas tardíos, camporistas recién nacidos o lúmpenes en procura de un sueldito. Los enoja que se diga que apoyan al Gobierno por plata: siempre da la casualidad de que trabajan en Radio Nacional, Canal 7 o empresas “mixtas” de privados de dudoso origen (Gvirtz, Szpolski, Sokolowicz, Electroingeniería).

Para decirlo de otro modo: empleos en los que el dinero del pueblo vuelve al pueblo. La historia no es nueva: no son los primeros vendedores de humo que saben transformar la prensa oficial en fortunas privadas. Les pasó a las dictaduras de Onganía, Lanusse y Videla con Timerman y Grondona; le pasó a Alfonsín con El ciudadano, a Menem con el CEI, a De la Rúa con el Grupo Sushi. Yo mismo vi a Diego Gvirtz, en Día D, denunciar censura contra Carlos Ávila y luego trabajar con América, fustigando después a los K desde Canal 13 y a Canal 13 desde Canal 7, todo sin que jamás se le moviera un pelo (que no tiene).

La misma versatilidad de Szpolski para saltar del quebrado Banco Patricios a los brazos de “el Coti” Nosiglia y desde allí a los de Néstor. Pero, como dijimos, todo da lo mismo; cualquiera habla y acusa desde ningún lugar, porque el pasado no existe, y si existe, fue borrado convenientemente. Los propietarios de la memoria resultaron, paradoja, los más olvidadizos. Como lo hacen por dinero, sobreactúan: nadie llora más que Andrea del Boca en el velorio de Él, nadie defiende más los derechos humanos que los que consiguen su subsidio para su peliculita, su miniserie, su bolo. Cuando el aparato de propaganda tira una piedra desde la multitud, el que debe responder es aquel al que le pegó la piedra: el culpable de haber puesto la cabeza. ¿Desde dónde hablan los que acusan? Desde la infinita pureza ideológica que les da el poder: desde la impunidad total. Y, también, desde la ignorancia y la juventud de su audiencia, que muchas veces reacciona a favor de un discurso que parece contestatario aunque en verdad no lo sea.

Siempre me pregunto si vale la pena contestar. Mantengo conmigo mismo esa pelea desde hace años: ¿contestar? ¿A quién? ¿Para decirle qué? Esta vez, esa sensación del comienzo me hizo dudar: en Argentina todo da lo mismo. ¿Es realmente así? ¿Puede ser que cualquiera diga cualquier cosa? ¿Desde dónde hablan los que tiran la piedra?

Barragán. En un artículo publicado ayer por la página Diario Registrado (sostenida por fondos públicos), el libretista Carlos Barragán escribe Cómo usar al pobre Lanata. Allí afirma que el lugar que me depararon los medios gráficos es una pobre columnita de pocos caracteres en un diario que parece darle asco por lo popular. Le molesta, además, que yo haya calificado como “gusano” a uno de sus compañeros en 6,7,8: Orlando Barone.

Ver tanta seguridad en Barragán me hizo dudar de mí mismo, y preguntarme, a la vez, por la trayectoria de mi acusador: ¿quién era este empleado estatal que me destrataba con tanta soberbia? Por lo que pude averiguar, Barragán vive de varios empleos, todos de dinero público: es “panelista” de 6,7,8, colabora en Tinta Roja de Radio Nacional, es columnista de la revista oficial Miradas al Sur y del diario paraestatal El Argentino. Según él mismo ha dicho en entrevistas, fue “remisero, kiosquero y buscavidas”, y trabajó durante casi una década como libretista de radio en el Grupo Clarín. Hablando de la Corpo, el miércoles 17 de mayo de 2006, entrevistado por Silvina Lamazares en Clarín, Barragán no mencionó una palabra de los nietos ni de Papel Prensa, sino que suspiró: “La vida me compensó de una manera increíble”. Otro hito de su carrera profesional fue haber escrito una canción titulada Soy la mierda oficialista. ¿Y yo? ¿Yo, pobre de mí, como escribió Barragán?

Trayectoria. Lo que sigue es antipático pero, quizá, necesario en un país donde parece que todo da lo mismo: –En principio quería comentarle a Barragán que mi pobreza no alcanza, en este momento, solo al diario LIBRE; también escribo en el diario Perfil (donde, por ejemplo, entre otras notas denuncié que la ministra Miceli escondía en el baño una bolsa con dinero irregular), dirijo y escribo una miniserie para Infinito/Turner de veinte capítulos titulada 26 personas para salvar al mundo, que se estrenará en noviembre en 18 países y formó parte de la tertulia de La ventana en la Cadena Ser. El año pasado conduje por Infinito/CNN la miniserie BRIC, que ganó el Premio ACE de la Asociación de Críticos de Nueva York y el Pantalla de Cristal en México. BRIC estuvo ternada para el Martín Fierro 2010, al igual que Después de Todo para los premios de APTRA del 2009. Con producción de Patagonik dirigí el documental Deuda: quién le debe a quién, presentado en los festivales de Montevideo, Santiago de Chile, La Habana, Huelva y México y nominado como Mejor Guión y Mejor Documental 2004 para los premios Cóndor de Plata de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina. Filmé otros documentales: La grieta y Malvinas tan lejos, tan cerca para Editorial Perfil, y La ruta del Che en Bolivia para The History Channel. Entre otros reconocimientos locales, obtuve: 1994: Fundación Huésped y Broadcasting; 1996: Martín Fierro radio, televisión y labor periodística y Broadcasting; 1997: Konex por dirección periodística en la década, Martín Fierro por televisión, labor periodística, Broadcasting, Fund TV y TEA como uno de los Diez Periodistas de la Década; 1999: Martín Fierro por televisión y conductor, premio Rodolfo Walsh de la UNLP; 2000: Martín Fierro por programa periodístico y conducción; 2001: ídem año anterior; 2002: Martín Fierro conducción y Broadcasting; 2003: premio Clarín programa periodístico; 2004: Martín Fierro labor periodística, Ciudadano Ilustre de Mar del Plata; 2005: Martín Fierro en radio, Huésped de Honor de Córdoba; 2007: Konex a mejor labor televisiva en la década, Huésped Ilustre de Quito.

Dictadura. Afirma Barragán que fundé Página/12 (es así, a los 26 años) y “fundí Crítica” (no es así, me retiré del diario un año antes de su cierre). También fundé Veintiuno, Página/30, Ego, El Porteño Cooperativa, y escribí, entre novelas, cuentos, ensayos y unos 11 ó 12 libros. Nada de esto, claro, me exime de poder equivocarme. En la dictadura militar fui mozo de bar, chocolatinero, oficinista y no trabajé ni recibí prebendas, créditos ni subsidios de gobierno alguno. Le agradezco a Barragán el apelativo “pobrecito”, ya que quizás no me conocía hasta hoy pero, como verá, no me lo merezco. Me hago cargo de cada palabra que digo, y no creo que todo dé lo mismo. Me pregunto, entonces, desde dónde habla él.

Y sí, quise decir que Barone es un gusano. Porque reconozco.

Hadewijch (Entre la fe y la pasión)

Bruno Dumont nació en 1958 en Bailleul, Francia. Dirigió las películas Flandres (2006), Twentynine Palms (2003), L’humanité (1999) y La vie de Jésus (1997). Su última obra es Hors Satan (2011). En Argentina Hadewijch (2009) fue presentada en el BAFICI 2010 (Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires) con el título de Entre la fe y la pasión. Dumont también escribió el guión.

*

Hadewijch es un drama acerca de lo que está viviendo la joven veinteañera Céline, hija de un matrimonio en una muy buena situación económica. Pero a Céline lo que la atormenta y la martiriza es su relación con Dios. Está enamorada de Dios y siente su ausencia. Céline anhela una unión absoluta con Él, mientras que por casualidad, se relaciona con jóvenes creyentes musulmanes de las afueras de París que le acercan otro planteo sobre su tarea en este mundo.

* *

Hadewijch de Amberes (también conocida como Hadewijch de Brabante o Hadewijch de Antwerp) vivió en el siglo XIII y perteneció a la comunidad de las Beguinas, ubicándose en Bélgica, Holanda, Alemania y el norte de Francia. Si bien no tomaban los votos, eran mujeres cuyas vidas transcurrían muy simplemente y también ayudaban a los pobres. Hacían votos de castidad anuales. Es autora de Visiones, Cartas y Mengeldichten.

Todas las cosas

Todas las cosas
son demasiado pequeñas
para sostenerme,
soy tan vasta.

En el infinito
alcanzo
lo No Creado.

Lo he
tocado,
se me deshace
más amplio que lo amplio.

Todo lo demás
es demasiado estrecho.

Tú lo sabes bien,
tú que también estás ahí.

(Traducción propia del texto en inglés en www.poetry-chaikhana.com)

* * *

Es un film ascético, muy interesante por las preguntas que podemos plantearnos a partir de los hechos que muestra. ¿Es posible una unión con Dios que no conlleve al martirio o al sacrificio? ¿Cuál es el dolor que perturba a Céline? Las respuestas que busca ¿están en el mundo exterior al de un convento o en la abstención del mundo cotidiano? La “verdadera” fe ¿es sólo sufrimiento? ¿Creer es sufrir? ¿Qué estamos dispuestos a hacer para lograr una unión extrema con Dios? Julie Sokolowski le otorga a Céline los matices justos y precisos para transmitir su drama interior.

* * * *

Actúan Julie Sokolowski (Céline, Hadewijch), Yassine Salime (Yassine Chikh), Karl Sarafidis (Nassir Chikh), David Dewaele (David).

A los 100 años, terminó una maratón

Soy corredor amateur. Toda mi admiración por la motivación y voluntad de Fauja Singh.

(Publicado en perfil.com, 18.10.2011)

Fauja Singh, un británico de origen indio al que apodan “Tornado con turbante”, corrió 42 kilómetros en Toronto. Es el más viejo en hacerlo

Un británico de origen indio apodado “Tornado con turbante” se convirtió en la primera persona de más de 100 años en finalizar una maratón (42 kilómetros). Fauja Singh, un ciudadano británico nacido en la India en abril de 1911, corrió con su larga barba y turbante la maratón Scotiabank Toronto Waterfront en 8 horas, completando la carrera seis horas después que el ganador keniata Kenneth Mungara, que cruzó la meta en dos horas y nueve minutos.

Singh, que habla solamente punjabi, terminó en el lugar número 3.849, acompañado de un puñado de seguidores y de su entrenador, aunque sin duda merece un espacio en los anales del deporte. Fauja es el deportista más viejo en completar esta disciplina, una hazaña que todavía debe ser ratificada por el Libro Guinness de los Récords.

“Está rebosante de alegría, logró la meta de toda una vida”, declaró su entrenador e intérprete, Harmandar Singh.

El centenario maratonista, comenzó a correr hace 20 años, luego de la muerte de su mujer, y esta fue su octava maratón. Ahora, sueña con llevar el estandarte olímpico durante la inauguración de los Juegos de Londres-2012.

Fuente: AFP

Luis Diego Fernández / Nirvana: anarquía y libertarismo. Los jóvenes viejos

(Nota publicada en Perfil, 16.10.2011)

Hace veinte años, poco después de que aparecieran los primeros libros de John Zerzan, Michel Onfray y Slavoj Zižek, se editaba “Nevermind”, el mejor disco de Nirvana, banda que encabezó la última revolución de la cultura rock. Kurt Cobain, su líder, conjugó el desencanto adolescente con la bilis de un anciano sabio, y con su música llevó un poco de la vieja y buena anarquía a un campo minado por el mercado.

El 24 de septiembre de 1991 –hace veinte años– se lanzó Nevermind, el segundo disco de Nirvana, la banda liderada por Kurt Cobain. Una de las tantas cosas que logró en su breve lapso en escena –menos de cinco años– fue la de llevar su música de corazón punk por fuera de los límites restrictivos de la escena grunge de Seattle, haciendo uso de una dinámica que producía canciones ruidosas y calmadas con un hálito pop y melodioso. En gran medida, Nevermind fue la obra responsable de dar a conocer el rock alternativo al gran público, desbancando al propio Michael Jackson del número uno en todos los charts. Nirvana, en varios sentidos, encarnó de modo consciente –pero sobre todo subyacente– un pensamiento y un estilo de vida deudor de ciertas filas de la contracultura norteamericana de larga data, y a la vez, representativo en lo grunge de ciertas filosofías contemporáneas.

Basta leer los diarios de Kurt Cobain para esgrimir y ver ciertas huellas filosofales que, como señala su biógrafo Charles R. Cross en el bellísimo Heavier than Heaven, permiten delimitar quién era este individuo que conjugaba el humor y el desencanto adolescente con la bilis de un anciano sabio. Esa belleza cruel y angélica del rostro de Cobain era expresión de la música de Nirvana y de la filosofía subterránea. “En mi espíritu soy gay, podría ser homosexual, pero Courtney Love me atrae más que cualquier otra persona en la tierra”, dijo. No lo era, pero tampoco hay territorio para la boutade: Cobain ponía de manifiesto ciertas capilaridades del pensamiento grunge –que son evidentes en su biografía: iba contra lo falocéntrico, lo machista y el estereotipo del rock. La portada del disco quizá sea el emblema más claro en ese sentido; un bebé en busca de un dólar: nacer ya implica negociar. No hay escape.

Depositario de cierta androginia en medio de un enclave agreste de leñadores en el noroeste norteamericano, en el estado de Washington, el espíritu green y ácrata del grunge revela un libertarismo evidente: hoy Krist Novoselic, bajista de la banda, es un líder político libertario, cuya intención es ser candidato a gobernador. En su libro On Grunge and Government, sostiene un ideario claramente libertarista, en pro de todas las libertades individuales y de la no intervención del Estado en la distribución musical y del material pornográfico.

Es interesante dar cuenta de la sincronía: al mismo tiempo que irrumpía Nirvana, comenzaban a editarse los primeros libros de filósofos como John Zerzan (Elements of Refusal, 1988), Michel Onfray (El vientre de los filósofos, 1989) o Slavoj Zižek (Sublime Object of Ideology, 1989). Todos pensadores que, con sus marcadas diferencias, abarcan cierto ideario anarquizante. Algunas ideas comunes y presentes en el grunge consisten en cierta reivindicación del primitivismo, el ambientalismo, el ocio y la no acción directa. Lo anarco de la llamada Generación X es posible de ser leído como una continuidad contracultural que deviene a principios del 2000 en lo que se llamó hipsters de los barrios bohemios de Nueva York y San Francisco, algo bien retratado por Mark Grief en ¿Qué fue lo hipster? (2011) y antes por James L. Brooks en BoBo’s en el paraíso (2000).

Nacidos durante la década del 70, los componentes de la llamada Generación X fueron efectos de una infancia marcada por el consumismo conservador de los años 80, la caída del Muro de Berlín y la llegada de Internet. Precisamente, el atributo de la apatía que suele asestársele al pensamiento y la visión de mundo que emerge de allí proviene de vislumbrar un futuro no muy amigable y de focalizar todo en el presente. A diferencia de la generación de los baby boomers que construyeron esa esperanza de cambio, la Generación X sólo pudo constituir su pensamiento contracultural afirmando su individualidad y resistiendo en el marco de cierta bohemia más o menos burguesa, que apela al ocio y la autogestión indie como formas de subversión de los valores productivos y rentables preconizados por el mercado. Nirvana, y particularmente Kurt Cobain, expresan esta indocilidad que, paradójicamente, termina siendo central y mainstream. Algo de esa marca que señala Charles Cross impregna la filosofía grunge: parecen ser viejos en cuerpos de adolescentes. Cultores del radicalismo libertario de filósofos como Henry David Thoreau y de músicos como Neil Young, prosiguen la estela de la llamada “América profunda”, whitmaniana.

El trágico fin de Kurt Cobain es una de las claves para comprender el signo de esta idea: la imposibilidad de negociar y aceptar su rol de estrella lo lleva al suicidio –dando cuenta de su personalidad atormentada producto de una infancia disfuncional y caótica. Quizá la filosofía grunge, hoy levemente vista en lo hipster pero ya más integrada en un circuito de consumo, sea estéticamente comprendida a partir de la expresión que cierta prensa usaba para definir la música de Nirvana: “Más dura que el cielo”. Sintomática y bella: no se puede doblar y debe romperse. El rock se fue en ese momento, con Kurt: un ser ético.

David Lodge / El hombre que no quería levantarse

Su mujer siempre era la primera en levantarse. Apenas sonaba el despertador, ella retiraba las mantas, ponia los pies en el suelo y se colocaba la bata. Su autodisciplina lo llenaba de mala conciencia y admiración.

-No te quedes en la cama -le decía ella-. Ya tengo listo el desayuno y se te va a enfriar.

Él no respondía, fingiendo dormir. Apenas ella salía de la habitación, él se deslizaba hasta el hueco que había dejado su mujer en la cama, bien caliente, y se estiraba voluptuosamente. Este deslizamiento de un lugar a otro de la cama era el instante de máxima sensualidad del día. Pero todo se veía estropeado en seguida por la idea que podía hacerse de lo que debía enfrentar a continuación.

Abría un ojo. Todavía era de noche, pero los reflejos de la calle proyectaban en la habitación una luz azulada. Para calcular la temperatura, soplaba y sentía su aliento. Podía comprobar si una de las cortinas había quedado abierta por la escarcha que se formaba en el interior de la ventana. A medida que avanzaba la mañana, el hielo se iba derritiendo y el agua rutilante chorreaba hasta atacar la pintura del bastidor. Luego, se infiltraba bajo la hendidura y se congelaba de nuevo, bloqueando la ventana y haciendo sonar la madera.

Él cerraba los ojos para ocultar la penosa visión de la casa en vías de putrefacción, de desintegrarse en torno a él. Desde luego, no podía borrar de su espíritu todo lo que ya se había visto degradado en la vivienda, para comenzar, en su propio dormitorio: la larga fisura que zigzagueaba en el techo, estirándose como si fuese una mueca desde la puerta hasta la lámpara que colgaba; la rasgadura del lino cerca de la cómoda, la puerta del armario que bostezaba entreabierta desde que se rompió la cerradura, las ampollas que le crecieron al empapelado allí donde pasó la humedad de la pared, de forma tal que daba la impresión que ésta respiraba suavemente cada vez que se abría y cerraba la puerta… No, no podía borrar nada de esto de su espíritu mientras se quedaba acurrucado bajo las sábanas, con los ojos cerrados. Así resultaba menos abrumador, como si todo dejara de concernirle personalmente.

Sólo cuando renunciaba a la cálida protección del lecho, titubeaba bajo el peso combinado el asco que le provocaba su entorno y la desesperación por poder mejorar de manera apreciable, algún día, su situación. Naturalmente, no contaba más que con su cuarto. Cuando recorría la casa, la evidencia de su lamentable estado le saltaba a los ojos desde todos los rincones: los grifos de los baños que pierden, la rampa rota de la escalera, el vidrio partido de la entrada, la alfombra gastada del comedor, cada día un poco más raída que el anterior. Y el frío, ese frío… Corrientes gélidas de aire polar que soplan por los ojos de las cerraduras sacuden la boca del buzón, hacen volar las cortinas.

Sólo allí, en su cama, se sentía cálidamente protegido. Ni siquiera el domicilio más lujoso, provisto idealmente de calefacción central, cristales dobles en las ventanas y el aislamiento más hermético, podía ofrecerle un calor y un bienestar mayor que el que gozaba en ese instante.

Su mujer atizaba ruidosamente la parrilla del hogar en el comedor: transmitidos por las tuberías, los sonidos metálicos resonaban en toda la casa. Era la señal que indicaba que el desayuno estaba listo. De la habitación de enfrente, Paul y Margaret, sus dos niños, divertidos con el frío y la penumbra siniestra, indiferentes a la incomodidad como sólo se puede serlo a su edad, salieron en tromba al palier y descendieron martillando las escaleras. La rampa rota emitió crujidos amenazadores. La puerta del comedor se abrió, luego rechinó. Se escuchó llegar desde la cocina un escándalo de cubiertos y utensilios. Él se colocó las sábanas y colchas por encima de la cabeza para protegerse los oídos sin dejar descubrir la nariz o la boca, ni siquiera para respirar. Ya no quería seguir escuchando esos ruidos, llamados brutales de un mundo brutal.

No quería mirar más allá del problema inmediato, levantarse, enfrentar todas las fastidiosas molestias que el acto implicaba, como lavarse, afeitarse, vestirse y alimentarse, no veia ante sí ninguna perspectiva inspiradora; sólo el largo trayecto a pie hasta la parada del autobús, pasando por una larga hilera de casa idénticas a la suya, la cola interminable, luego el caos de una lenta progresión a lo largo de calles embotelladas, para pasar ocho horas en una oficina exigua que, como todo en él, se veía plena de cosas rotas, manchadas, secas, sucias, estropeadas, descompuestas. Cosas que le reclamaban tan enérgicamente como el interior de su casa: éste es tu premio, puedes permitirte todo el dolor que quieras, jamás vas a mejorar nada, incluso puedes sentirte feliz si logras impedir deteriorarte más rápidamente. Intentó armarse de coraje antes de levantarse diciéndose que todavía, comparado con muchos otros, le quedaba una posibilidad. Así se vio forzado a soñar con enfermos y moribundos, con miserables, con aquellos torturados por la angustia. Pero este llamado de la triste condición humana no hacía más que reforzar su apatía. Saber que otros eran capaces de soportar semejantes fardos con una resignación sonriente no le causaba ningún efecto estimulante. ¿qué esperanza podía tener de igualar aquella resistencia si sus frustraciones actuales alcanzaban con vaciarle el alma de toda alegría? ¿Qué consuelo podía extraer del hecho que su amarga existencia no era más que una frágil certeza que recubría el infinito abismo al cual corría peligro de caer a cada momento?

En realidad, no sentía ningún amor por la vida. Esa idea lo estremeció, al punto de hundirlo en una suerte de exquisita desesperación. No me gusta la vida. No hay nada en ella que me procure algo de satisfacción… Salvo una cosa: esto, estar acostado. Y el hecho de saber que debo levantarme me estropea ese placer. En consecuencia, ¿por qué no renunciar simplemente a levantarme? Porque es preciso que te levantes. Tienes un empleo. Tienes una familia que mantener. Tu mujer ya está levantada. Tus hijos ya están levantados. Ellos cumplen con su deber. Ahora te toca cumplir con el tuyo. Sí, claro, pero para ellos es fácil. A ellos todavía les gusta la vida. A mí no. Lo único que me gusta es esto: quedarme en la cama.

Desde su escondite, escuchó la voz de su mujer:

-¡George!

Era un llamado neutro, despojado de toda inflexión, ritual, que no esperaba respuesta alguna.

No obstante, sin responder, rodó al otro lado de la cama y estiró las piernas. En el fondo del lecho, los dedos del pie se contrajeron al contacto con una bolsa de agua caliente cuyo contenido se había congelado durante la noche. Se ovilló en posición fetal y sumergió por completo la cabeza bajo las mantas. Allí dentro hacía mucho calor y estaba oscuro, era como una cueva, cálida y oscura. Inhaló el tufo con delicia y, cuando el oxígeno comenzó a faltar peligrosamente, intentó abrir bajo las sábanas ingeniosos conductos que permitiesen el paso del aire, aunque no de la luz.

Escuchó de nuevo, muy vagamente a su mujer gritar “¡George!”. esta vez, el grito sonó más seco e imperativo. Era la señal que indicaba que la familia ya había devorado los cereales y el tocino ya estaba cocido. La tensión entre su deseo por quedarse en la cama y la urgencia por levantarse comenzaba a subir. Sus miembros se abrazaron en un nudo más apretado y se hundió más profundamente en el colchón a la espera del tercer llamado.

-¡George!

Esto significaba que ya estaba demasiado retrasado como para tomar el desayuno, cuando mucho podría, con un poco de suerte, encontrar la forma de zamparse un poco de té antes de partir corriendo para perder el autobús.

Durante un rato que le pareció excesivamente largo, contuvo la respiración. Luego, de improviso, se calmó y estiró las piernas. Habia tomado una decisión. No se levantaría. El secreto radicaba en no pensar en las consecuencias. Tenía que concentrarse simplemente en el hecho de quedarse en la cama. En el placer que encontraba en ese asunto: el calor, la comodidad… Después de todo, aún contaba con su libre albedrío. Claro, usaría ese argumento. Me voy a quedar en la cama.

Debió de adormecerse por un momento. De pronto se dio cuenta de la presencia de su mujer en la habitación.

-Son las ocho y cuarto. El desayuno ya está frío… George… ¿No te levantas…? ¿George?

Él pudo detectar cierto espanto en la voz. Las sábanas y colchas fueron extraídas bruscamente para revelar su rostro. Volvió a tomarlas y las puso sobre sí algo contrariado porque todo su ingenioso sistema de conductos de aireación había sido destruido.

-¿George, estás enfermo?

Se sintió tentado de decir sí, estoy enfermo. Entonces, su mujer habría salido de la habitación en puntas de pie y les habría ordenado a los niños hacer silencio porque su padre estaba sufriendo. Un poco más tarde volvería a la habitación para encender la estufa y traería en una bandeja algún plato apetecible. Pero esa opción, se dijo, habría sido cobarde y el engaño sólo le hubiese regalado un día de tregua antes de tener que regresar a la vida que detestaba. No, rumiaba para sí un plan más heroico, de mayor alcance…

-No, no estoy enfermo -respondió desde su refugio.

-Entonces levántate, vas a llegar tarde al trabajo.

No respondió y su mujer volvió a salir del cuarto. La escuchó golpear con irritación los objetos del baño y gritarles a los niños para que terminaran su aseo de una vez. La descarga del agua se agotó y luego volvió a llenarse ruidosamente, las tuberías se enfrentaban gorgoteantes, mientras los niños se empujaban entre risas y lloriqueos. Fuera, en la calle, los pasos resonaban sobre la acera, en tanto los autos tosían, negándose a arrancar en el aire frío de la mañana; luego de algunas detonaciones, por fin se alejaban. Él permanecía inmóvil en el fondo de la cama, concentrado en su proyecto. Gradualmente, llegó a desechar de su conciencia la percepción de todos estos sonidos. Había escogido la opción mística.

*

El primer día fue el más duro. Al considerar que solamente se hallaba afectado por un golpe de culposa haraganería, su mujer se negó a darle nada que comer, esperando de esa forma obligarlo a levantarse. Pero el ayuno apenas si lo inquietó y permaneció en la cama todo el día, con excepción de furtivas incursiones al baño, procurando no dejarse ver. Por la noche, cuando su mujer fue a acostarse, la sintió enojada y llena de rencor. Ella se quejó por no haber podido hacer la cama del modo conveniente y se estiró hasta quedar completamente rígida en un extremo del colchón, lo más lejos posible de él. Al mismo tiempo, se sentía desconcertada y hasta con algo de culpa porque su marido no había comido nada. En un tono casi suplicante expresó la esperanza de que a la mañana siguiente él ya se hubiese cansado de estas chiquilinadas.

Sin embargo, a la mañana siguiente el operativo resultó mucho más sencillo. Apenas terminó de sonar el despertador, volvió a dormirse, sin rastros de mala conciencia ni de angustia. Era divino. Simplemente, se dio vuelta y se durmió sabiendo que ya no se levantaría. Más tarde, su mujer le trajo el desayuno y, sin decir palabra, dejó la bandeja sobre el suelo, al lado de la cama. Los niños llegaron hasta la puerta del dormitorio y se quedaron allí, viéndolo comer. Él les dirigió una sonrisa tranquilizadora.

Por la tarde tuvo la visita del médico, a quien la mujer había llamado. El doctor entró al cuarto con un aire triunfal.

-Bueno, vamos a ver… ¿Qué nos está pasando, Mr. Baker?

-Absolutamente nada, doctor -respondió él condulzura.

El médico lo auscultó rápidamente.

-No veo razón alguna para que usted no pueda levantarse, Mr. Baker.

-No, en efecto, que yo sepa, no hay ninguna. Salvo que no quiero.

A la mañana siguiente, quien apareció fue el pastor. Éste le imploró para que piense en sus responsabilidades tanto conyugales como paternales. Había momentos, no sabía demasiado bien cuándo, cuando se sentía sobrepasado por el esfuerzo que implicaba comportarse adecuadamente, abastecer a los suyos, etc. En tales momentos, la tentación por dejarse ir resultaba casi irresistible… Pero era lo opuesto al verdadero espíritu del cristianismo. “No digas que la actividad no trae sus frutos…”

-¿Y los monjes contemplativos? -replicaba él-, ¿Y los eremitas, los solitarios, esos que se instalan en lo alto de una colina?

Ah, pero ese tipo de manifestación religiosa, si bien  pudo haber tenido alguna eficacia en su época, no se correspondía con las formas de espiritualidad moderna. Por otra parte, él no podía pretender haber sufrido una suerte de ascesis o penitencia bajo la manera particular de este retiro del mundo que parecía poner en práctica.

-Esto no es un lecho de rosas, sabe -dijo el pastor.

Lo que siguió parecía confirmarlo. Hacia el séptimo día, comenzaron a aparecerle unas extrañas costras. Después de dos semanas, se encontraba demasiado débil como para ir al baño sin alguien que lo sostuviera. Al cabo de un mes ya no podía abandonar la cama y hubo que contratar a una enfermera para velar por sus necesidades físicas. No sabía demasiado de dónde provenía el dinero para retribuirle por sus servicios o para pagar el alquiler y asegurar las necesidades de su familia. Pero comprobó que, simplemente absteniéndose de inquietarse por estos problemas, ellos habían encontrado una solución. En este punto, su mujer ya no mostraba resentimientos hacia él. En verdad, tenía más bien la impresión de que ella lo respetaba más de lo que nunca había hecho.

Aparentemente, estaba en vías de convertirse en una celebridad local, incluso nacional. Un día, introdujeron en su cuarto una cámara de televisión y, adosado a su almohada, la mano de su mujer en la suya, él contó su historia a millones de telespectadores: cómo una fría mañana de pronto se dio cuenta que ya no amaba la vida, que su único placer consistía en estar acostado y cómo tomó la decisión lógica de permanecer en la cama hasta el final de sus días, los cuales seguramente estaban contados, pero a pesar de ello saboreaba plenamente cada minuto.

Como consecuencia de la emisión, el escuálido cartero que de tanto en tanto golpeaba el buzón debió de acostumbrarse a dejar toneladas de misivas. Su vista comenzaba a debilitarse y, en procura de ayuda par ala lectura y respuesta de las cartas, recurrió a voluntarios de la parroquia. La mayor parte de a correspondencia insistía en que debía darle otra oportunidad a su vida, y no fueron pocos quienes le enviaron algo de dinero o le ofrecían un empleo lucrativo.  Él declinaba las ofertas con educación y aceptaba el dinero en nombre de su mujer. (Ella utilizó una parte del mismo para renovar la casa; él encontró entretenido observar a los pintores treparse por las paredes del dormitorio. Cuando enyesaron el techo, se cubrió la cabeza con un periódico.)

Las cartas de aliento y felicitación no eran numerosas, pero eran las más importantes a sus ojos. Por ejemplo: “Te deseo mucha suerte, viejo. Yo haría lo mismo si tuviese las agallas suficientes.! “Lo admiro profundamente -decía otra escrita en papel membretado de una célebre universidad- por la manera en que usted declara el carácter intolerable del mundo moderno y el derecho inalienable del individuo de elegir darle la espalda; usted es un verdadero santo existencialista”.

Muchas veces el significado de estos mensajes se le escapaba un poco, pero de todos modos le producían un gran placer. Nunca, en realidad, se había sentido tan feliz ni tan colmado como en el presente.

Y en el presente, más que nunca, pensaba que lo mejor que podía ocurrírsele era morirse. A pesar de todos los cuidados que se le prodigaban, sentía que los últimos restos de su vitalidad comenzaban a desertar lentamente. Aspiraba a ingresar en la eternidad. Creía haber resuelto no solamente el problema de la vida sino también el de la muerte. Por momentos, el techo por encima de su cabeza le servía como pantalla, donde se reflejaba una visión semejante a las pintadas antaño en las bóvedas de las capillas: creía ver ángeles y santos que lo miraban desde lo alto de un paraíso nublado, y le hacían señales para reunirse con ellos. Tenía la impresión que su cuerpo ya no pesaba nada, y que sólo aquello que lo recubría le impedía elevarse. ¡La levitación! O incluso… ¡la apoteosis! Se debatía con las sábanas y mantas, pero ya no tenía fuerza alguna en los miembros. Luego, al cabo de un esfuerzo supremo, pudo apartar todo ese paquete que lo aplastaba y lo tiró al pie de la cama.

Esperó, pero nada ocurrió. El frío comenzó a ganarle. Intentó volver a cubrirse con las mantas, pero el esfuerzo puesto en librarse de ellas lo había agotado. Tiritaba. Afuera, la noche caía. “¡Enfermera!”, llamó débilmente. No tuvo respuesta. Llamó entonces a su mujer: “¡Margaret!” Nada. La casa permanecía en silencio. Vio su aliento en el aire frío. Levantó la vista al techo, pero ninguna cabeza de santo o de ángel posó sus ojos en él: sólo podía distinguir la fisura estirándose, como un gesto, desde la puerta hasta la lámpara. De repente, comprendió de qué estaba hecha su eternidad.

-¡Margaret, enfermera! -gritó con una voz deshilachada- ¡Me quiero levantar, vengan a ayudarme!

Pero nadie vino.

(Traducción de Christian Kupchik)

* * *

David John Lodge nació el 28 de enero de 1935 en Brockley, Londres, Inglaterra.

Obras: Ficción: The Picturegoers (1960), Ginger You’re Barmy (1962), The British Museum Is Falling Down (1965), Out of the Shelter (1970), Changing Places: A Tale of Two Campuses (1975), How Far Can You Go? (1980), Small World: An Academic Romance (1984), Nice Work (1988), Paradise News (1991), Therapy (1995), The Man Who Wouldn’t Get Up: And Other Stories (1998), Home Truths (1999, nouvelle), Thinks… (2001), Author, Author (2004), Deaf Sentence (2008), A Man of Parts (H. G. Wells) (2011)

No ficción: Language of Fiction (1966), The Novelist at the Crossroads (1971), The Modes of Modern Writing (1977), Working with Structualism (1981), Write On (1986), After Bakhtin (1990), The Art of Fiction (1992), Modern Criticism and Theory: A Reader (1992), The Practice of Writing (1997), Consciousness and the Novel (2003), The Year of Henry James: The Story of a Novel (2006)

Teatro: The Writing Game (1990), Home Truths (1999).

Mónica Cruppi / Lo que consumimos todo el día

(Publicado en diario La Nación, 30.9.2011)

El conflicto es multicausal. La violencia que vivimos día tras día en el nivel escolar es la misma que la sociedad consume todo el día y durante las 24 horas.

La escuela no es un lugar aislado y la agresión con la que los niños conviven en la casa, en la calle y en la televisión se traslada a la escuela. Sería imposible que las aulas quedaran al margen de esta situación.

Tampoco es un problema social aislado y dentro del ámbito local. La escalada de violencia en este escenario educativo tiene réplicas en todo el mundo y las noticias sobre el tema son repetidas diariamente por los medios de comunicación.

El fenómeno es global. En la actualidad se recurre a los golpes, los insultos y los agravios amparándose en la defensa de los derechos individuales. Caen las instituciones, caen los valores morales, caen la función paterna y la autoridad. Y la violencia está en plena escalada.

En la Argentina la escuela dejó de tener el papel principal de institución educativa. Allí ya no sólo se enseña y se aprende. Hoy las escuelas se articulan como guarderías, hogares de contención y amparo para los chicos.

Cuando el conflicto llega a la escuela es necesario dirigir la mirada hacia otro lugar: como en cualquier orden de la vida, todo comienza en casa, donde el niño nace y se construye socialmente como persona. La nueva generación de padres está desorientada, agotada en sus funciones y carente de recursos. El límite que es bueno y necesario imponer en la crianza se confunde con el reto, el grito y el castigo sin argumento, y la falta de autoridad de los padres se convierte en el autoritarismo de sus hijos.

En la etapa de crecimiento, la imitación es uno de los bastiones del aprendizaje. Copiar lo que se ve, imitar lo que se tiene al lado, reproducir lo que miro a mi alrededor. Y en esos actos cotidianos está la violencia, que se encarniza en las mentes más débiles y fértiles, como la de los niños y los adolescentes.

Otra causa del fenómeno que aqueja a la comunidad educativa y que juega un papel protagónico dentro del análisis es el quiebre de la cultura del trabajo, entendido como un camino de esfuerzo continuo.

He visto en más de una situación cómo un alumno no admite el aplazo académico y la desaprobación. Y he visto en más de una oportunidad el reclamo de los padres detrás del enojo inicial del alumno, que valida la soberbia de su hijo desautorizando la acción del maestro. Los padres vs. los maestros, así muchas veces está planteada la relación.

Urge un tratamiento interdisciplinario para encarar el conflicto. Volver al diálogo y a la reflexión es imperante. Recuperar la palabra perdida para desterrar la violencia encarnizada.

* * *

La autora es miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

Kokuhaku (Confesiones)

Tetsuya Nakashima nació en 1969 en Fukuoka, Japón, y además de Kokuhaku (2010) dirigió Flarella (2010), Pako to mahô no ehon (2008), Kiraware Matsuko no isshô (2006), X’smap: Tora to raion to gonin no otoko (película para televisión, 2004), Shimotsuma monogatari (2004), Shiritsu tantei Hama Maiku (serie de televisión, 2002), Yonimo kimyô na monogatari: Aki no tokubetsu hen (película para televisión, segmento “Mama shin hatsubai!”, 2001), Beautiful Sunday (1998), Natsu jikan no otonatachi (1997), y Bakayarô!: Watashi okkote masu (segmento 2, 1988).

*

Es el 25 de marzo, final del primer trimestre de 1º año B en una escuela secundaria. La profesora Yuko Moriguchi anuncia a las alumnas y alumnos que este será su último mes al frente del inquieto curso. Y les cuenta una historia: que pensaba casarse con el padre de su futura hija Manami, pero cuando estaba embarazada, a él (Masayoshi Sakuranomiya, otro docente y muy apreciado por los alumnos) le detectaron que estaba infectado con el HIV, que contrajo trabajando en el extranjero. Decidió tener a su hija pero no se casaron ni pudieron compartir la crianza de la niña porque pensaron que si la gente se enteraba que era hija de alguien infectado con el virus la iban a discriminar toda la vida.

Manami tenía seis años. La señora Takenaka la cuidaba mientras Yuko trabajaba, excepto un día a la semana que la niña esperaba en la enfermería del colegio a que su madre terminara la reunión semanal de docentes.

Pero el 13 de febrero encontraron a Manami muerta flotando en la piscina. La policía dijo que se había resbalado y caído accidentalmente. Pero Yuko nunca creyó esa versión.

Hoy, luego de investigar pacientemente por su cuenta y frente a las alumnas y alumnos, Yuko les dice que sabe perfectamente quiénes mataron a su hija: son dos alumnos de ese curso.

*

Con este casi monólogo de la profesora que ocupa los veinte primeros minutos de la película, se pone en marcha una historia exasperante, inquietante, visualmente impactante e impecable, y cuya trama policial se ve enriquecida con certeros toques de terror y de locura, en torno a una venganza. Los testimonios de los principales personajes son las confesiones del título.

El director logra mostrar la excitación y, en este caso, las perturbaciones de unos chicos de trece años, sus miedos, fantasías y elucubraciones respecto a la vida y la muerte, la agresión y la violencia, y a ser reconocidos afectivamente por sus padres. Para ello apela a unos recursos visuales magníficos con un argumento que sobresalta y no deja de sobresaltar hasta el final.

Actúan Takako Matsu (la profesora Yuko Moriguchi), Yoshino Kimura (Yuko Shimomura, la madre de Naoki), Masaki Okada (Yoshiteru Terada), Yukito Nishii (Shuya Watanabe), Kaoru Fujiwara (Naoki Shimomura), Ai Hashimoto (Mizuki Kitahara), Hirofumi Arai (el padre de Shuya), Makiya Yamaguchi (Masayoshi Sakuranomiya).

En familie (Una familia)

Pernille Fischer Christensen (1969, Dinamarca) dirigió y coescribió En familie (2010), luego de haber realizado Dansen (2008) y En soap (2006), y los cortos Habibti min elskede (2002), Indien (1999) y Pigen som var søster (1997).

Rikard Rheinwald es un jovial hombre mayor, dueño de una fábrica de pan, tercera generación de exquisitos panaderos y que ostentan el honor de ser los proveedores de la Corte Real de Dinamarca.  De su primer matrimonio han nacido Ditte y Chrisser, y con Sanne, su actual pareja, ha tenido a Line y al pequeño Werner. Ditte está al frente de una galería de arte, y vive con su novio Peter, que es artista plástico.

Los análisis médicos de Rikard son muy alentadores ya que le informan que el tumor que tenía ha desaparecido. Simultáneamente Ditte recibe el ofrecimiento laboral de trasladarse a Estados Unidos y continuar con su actividad como galerista pero en un puesto de mayor jerarquía que el actual y Peter se entusiasma con la noticia. Pero luego de un análisis casero, Ditte se entera que está embarazada.

Otro suceso en la vida de Rikard dará pie a que los lazos familiares, los mandatos, las expectativas y sueños se vean puestos a prueba. No todo será igual a partir de ahora.

Partiendo de este planteo la directora muestra de forma magistral lo difícil que puede ser que ciertos miembros de la familia tengan que tomar decisiones que en mayor o menor medida afectan al resto. ¿Qué se privilegia, la familia o el destino individual? Si bien tiene toques melodramáticos, la película es un drama profundo y conmovedor.

Actúan Jesper Christensen (estupendo como Rikard Rheinwald), Lene Maria Christensen (Ditte Rheinwald), Johan Philip Asbæk (Peter), Anne Louise Hassing (Sanne Rheinwald), Line Kruse (Chrisser Rheinwald), Coco Hjardemaal (Line Rheinwald) y Gustav Fischer Kjærulff (Werner Rheinwald).

Howard Phillips Lovecraft / Aire frío

William Blake. Behemot y Leviatán

Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué tiemblo
más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y repelido cuando el
escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día otoñal. Están aquellos que dicen
que reacciono al frío como otros lo hacen al mal olor, y soy el último en negar esta
impresión. Lo que haré está relacionado con el más horrible hecho con que nunca me
encontré, y dejo a tu juicio si ésta es o no una explicación congruente de mi
peculiaridad.

Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la oscuridad, el
silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media tarde, en el estrépito de la
metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar albergue con una patrona prosaica y
dos hombres fornidos a mi lado. En la primavera de 1923 había adquirido un almacén
de trabajo lúgubre e desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo incapaz de
pagar un alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva desde una pensión
barata a otra en busca de una habitación que me permitiera combinar las cualidades de
una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy razonable precio. Pronto entendí
que sólo tenía una elección entre varias, pero después de un tiempo encontré una casa en
la Calle Decimocuarta Oeste que me asqueaba mucho menos que las demás que había
probado.

El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a finales de
los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que manchaba y mancillaba el
esplendor descendiendo de altos niveles de opulento buen gusto. En las habitaciones,
grandes y altas, y decoradas con un papel imposible y ridículamente adornadas con
cornisas de escayola, se consumía un deprimente moho y un asomo de oscuro arte
culinario; pero los suelos estaban limpios, la lencería tolerablemente bien, y el agua
caliente no demasiado frecuentemente fría o desconectada, así que llegué a considerarlo,
al menos, un sitio soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de
nuevo. La casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me
molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada en mi
habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos eran tan
silenciosos y poco comunicativos como uno pudiera desear, siendo mayoritariamente
hispanos de grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de los coches en la calle de
debajo resultaban una seria molestia.

Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño. Un
anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de que había
estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo. Mirando alrededor, vi
que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la mojadura procedía de una
esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener el asunto en su origen, corrí al
sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que el problema sería rápidamente
solucionado.

El Doctor Muñoz, lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de mí, tiene
arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse – cada vez está
más enfermo – pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su enfermedad – todo el
día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en calor. Se hace sus propias
faenas – su pequeña habitación está llena de botellas y máquinas, y no ejerce como médico. Pero una vez fue bueno – mi padre en Barcelona oyó hablar de él – y tan sólo le
curó el brazo al fontanero que se hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al tejado,
y mi hijo Esteban le trae comida y ropa limpia, y medicinas y productos químicos.
¡Dios mío, el amoniaco que usa para mantenerse frío!

La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi
habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había manchado y
abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre mí. Nunca había
oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un mecanismo a gasolina;
puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me pregunté por un momento cuál
podría ser la extraña aflicción de este hombre, y si su obstinado rechazo a una ayuda
externa no era el resultado de una excentricidad más bien infundada. Hay, reflexioné
trivialmente, un infinito patetismo en la situación de una persona eminente venida a
menos en este mundo.

Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que súbitamente
me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación escribiendo. Lo médicos me
habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía que no había tiempo que perder; así,
recordando que la casera me había dicho sobre la ayuda del operario lesionado, me
arrastré escaleras arriba y llamé débilmente a la puerta encima de la mía. Mi golpe fue
contestado en un inglés correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando
mi nombre y profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta
contigua a la que yo había llamado.

Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más calurosos del
presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en un gran aposento el
cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este nido de mugre y de aspecto
raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su función diurna de sofá, y los muebles de
caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros, y librerías repletas revelaban el estudio
de un gentilhombre más que un dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la
habitación sobre la mía – la “pequeña habitación” de botellas y máquinas que la Sra.
Herrero había mencionado – era simplemente el laboratorio del doctor; y de esta manera,
su dormitorio permanecía en la espaciosa habitación contigua, cuya cómoda alcoba y
gran baño adyacente le permitían camuflar el tocador y los evidentemente útiles
aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre de edad, cultura y distinción.
La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía un atavío
formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque sin expresión altiva,
estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos anticuados espejuelos protegían su
ojos oscuros y penetrantes, una nariz aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía
por otra parte Celta. Un abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales
visitas al peluquero, estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato
completo denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior.

A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío, sentí una
repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su pálido semblante
y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para este sentimiento, incluso
estas cosas habrían sido excusables considerando la conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que me alienaba; de tal modo el frío era
anormal en un día tan caluroso, y lo anormal siempre despierta la aversión,
desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita habilidad
del médico que de inmediato se manifestó, a pesar del frío y el estado tembloroso de sus
manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una mirada, y las atendió con
destreza magistral; al mismo tiempo que me reconfortaba con una voz de fina
modulación, si bien curiosamente cavernosa y hueca que era el más amargo enemigo del
alma, y había hundido su fortuna y perdido todos sus amigos en una vida consagrada a
extravagantes experimentos para su desconcierto y extirpación. Algo de fanático
benevolente parecía residir en él, y divagaba apenas mientras sondeaba mi pecho y
mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del pequeño laboratorio.

Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de buena cuna, una novedad
excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un inusual discurso como si
recuerdos de días mejores surgieran de él.

Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como
respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis pensamientos
de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo su consuelo cuidadoso
sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y la sabiduría hacen fuerte a un
órgano para vivir, podía a través de una mejora científica de esas cualidades, una clase
de brío nervioso a pesar de los daños más graves, defectos, incluso la falta de energía en
órganos específicos. Podía algún día, dijo medio en broma, enseñarme a vivir – o al
menos a poseer algún tipo de existencia consciente – ¡sin tener corazón en absoluto!. Por
su parte, estaba afligido con unas enfermedades complicadas que requerían una muy
acertada conducta que incluía un frío constante. Cualquier subida de la temperatura
señalada podría, si se prolongaba, afectarle fatalmente; y la frialdad de su habitación -
alrededor de 55 ó 56 grados Fahrenheit – era mantenida por un sistema de absorción de
amoníaco frío, y el motor de gasolina de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi
habitación.

Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío lugar como
discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le pagaba con frecuentes
visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones secretas y los más o menos
terribles resultados, y temblaba un poco cuando examinaba los singulares y
curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes. Finalmente fui, puedo añadir, curado
del todo de mi afección por sus hábiles servicios. Parecía no desdeñar los conjuros de
los medievalistas, dado que creía que esas fórmulas enigmáticas contenían raros
estímulos psicológicos que, concebiblemente, podían tener efectos sobre la esencia de
un sistema nervioso del cuál partían los pulsos orgánicos. Había conocido por su
influencia al anciano Dr. Torres de Valencia, quién había compartido sus primeros
experimentos y le había orientado a través de las grandes afecciones de dieciocho años
atrás, de dónde procedían sus desarreglos presentes. No hacía mucho el venerable
practicante había salvado a su colega de sucumbir al hosco enemigo contra el que había
luchado. Quizás la tensión había sido demasiado grande; el Dr. Muñoz lo hacía
susurrando claro, aunque no con detalle – que los métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque envolvía escenas y procesos no bienvenidos por los
galenos ancianos y conservadores.

Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta pero
inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había insinuado. El
aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era hueca y poco clara, su
movimiento muscular tenía menos coordinación, y su mente y determinación menos
elástica y ambiciosa. A pesar de este triste cambio no parecía ignorante, y poco a poco
su expresión y conversación emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil
repulsión que originalmente había sentido.

Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas y el
incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón sepultado en
el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda de aire frío, y con mi
ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación y modificó la bomba y la
alimentación de su máquina refrigerante hasta poder mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en 28 grados; el baño y el laboratorio, por
supuesto, eran los menos fríos, a fin de que el agua no se congelase, y ese proceso
químico no lo podría impedir. El vecino de al lado se quejaba del aire gélido de la
puerta contigua, así que le ayudé a acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el
problema. Una especie de creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía
poseerle. Hablaba incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas
tales como entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.

Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de eso, en
mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños que le rodeaban,
y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender sus necesidades diarias,
embutido en un abrigo amplio que me compré especialmente para tal fin. Asimismo
hice muchas de sus compras, y me quedé boquiabierto de confusión ante algunos de los
productos químicos que pidió de farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios.
Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de su
apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el aroma en su
habitación era peor – a pesar de las especias y el incienso, y los acres productos
químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en tomar sin ayuda. Percibí que
debía estar relacionado con su dolencia, y me estremecía cuando reflexioné sobre que
dolencia podía ser. La Sra. Herrero se apartaba cuando se encontraba con él, y me lo
dejaba sin reservas a mí; incluso no autorizaba a su hijo Esteban a continuar haciendo
los recados para él. Cuándo sugería otros médicos, el paciente se encolerizaba de tal
manera que parecía no atreverse a alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos de
una emoción violenta, aún cuando su determinación y fuerza motriz aumentaban más
que decrecía, y rehusaba ser confinado en su cama. La dejadez de los primeros días de
su enfermedad dio paso a un brioso retorno a su objetivo, así que parecía arrojar un reto
al demonio de la muerte como si le agarrase un antiguo enemigo. El hábito del
almuerzo, curiosamente siempre de etiqueta, lo abandonó virtualmente; y sólo un poder
mental parecía preservarlo de un derrumbamiento total.

Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza, los cuáles
sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después de su muerte,
transmitió a ciertas personas que nombró – en su mayor parte de las Indias Orientales,
incluyendo a un celebrado médico francés que en estos momentos supongo muerto, y
sobre el cuál se había murmurado las cosas más inconcebibles. Por casualidad, quemé
todos esos escritos sin entregar y cerrados. Su aspecto y voz llegaron a ser
absolutamente aterradores, y su presencia apenas soportable. Un día de septiembre con
un solo vistazo, indujo un ataque epiléptico a un hombre que había venido a reparar su
lámpara eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál recetó eficazmente mientras se
mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño que parezca, había pasado por los
horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido ningún temor.

Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa
brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se rompió,
de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación refrigerante de amoníaco. El
Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé desesperadamente para reparar el
daño mientras mi patrón maldecía en tono inánime, rechinando cavernosamente más
allá de cualquier descripción. Mis esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron el
daño; y cuando hube traído un mecánico de un garaje nocturno cercano, nos enteramos
de que nada se podría hacer hasta la mañana siguiente, cuando se obtuviese un nuevo
pistón. El moribundo ermitaño estaba furioso y alarmado, hinchado hasta proporciones
grotescas, parecía que se iba a hacer pedazos lo que quedaba de su endeble constitución,
y de vez en cuando un espasmo le causaba chasquidos de las manos a los ojos y corría
al baño. Buscaba a tientas el camino con la cara vendada ajustadamente, y nunca vi sus
ojos de nuevo.

La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la mañana el
doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el hielo que pudiese
obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía de mis viajes, a veces
desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada del baño, dentro podía oír un
chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la orden de “¡Más, más!”. Lentamente
rompió un caluroso día, y las tiendas abrieron una a una. Pedí a Esteban que me ayudase
a traer el hielo mientras yo conseguía el pistón de la bomba, o conseguía el pistón
mientras yo continuaba con el hielo; pero aleccionado por su madre, se negó totalmente.
Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de la Octava
Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una pequeña tienda donde le
presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de encontrar un pistón de bomba y
contratar a un operario competente para instalarlo. La tarea parecía interminable, y me
enfurecía tanto o más violentamente que el ermitaño cuando vi pasar las horas en un
suspiro, dando vueltas a vanas llamadas telefónicas, y en búsquedas frenéticas de sitio
en sitio, aquí y allá en metro y en coche. Sobre el mediodía encontré una casa de
suministros adecuada en el centro, y a la 1:30, aproximadamente, llegué a mi albergue
con la parafernalia necesaria y dos mecánicos robustos e inteligentes. Había hecho todo
lo que había podido, y esperaba llegar a tiempo.

Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una agitación
completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a un hombre rezar en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los inquilinos juraban sobre las cuentas
de sus rosarios como percibieron el olor de debajo de la puerta cerrada del doctor. El
vago que había contratado, parece, había escapado chillando y enloquecido no mucho
después de su segunda entrega de hielo; quizás como resultado de una excesiva
curiosidad. No podía, naturalmente, haber cerrado la puerta tras de sí; a pesar de eso,
ahora estaba cerrada, probablemente desde dentro. No había ruido dentro a excepción de
algún tipo de innombrable, lento y abundante goteo.

En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que un
temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró una forma de
dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre. Previamente habíamos
abierto las puertas de todas las habitaciones de ese pasillo, y abrimos todas las ventanas
al máximo. Ahora, con las narices protegidas por pañuelos, invadimos temerosamente la
odiada habitación del sur que resplandecía con el caluroso sol de primera hora de la
tarde.

Una especie de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño a la
puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un terrorífico
charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y cegata, sobre un trozo
de papel embadurnado como si fuera con garras que hubieran trazado las últimas
palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al sofá y desaparecía.

Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir. Pero lo que
temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y manchado antes de
sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo tanto terror, a mí, a la patrona
y a los dos mecánicos que huyeron frenéticamente de ese lugar infernal a la comisaría
de policía más cercana. Las palabras nauseabundas parecían casi increíbles en ese
soleado día, con el traqueteo de coches y camiones ascendiendo clamorosamente por la
abarrotada Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en ese momento las creía.
Tanto las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas acerca de las cuáles es
mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor del amoníaco, y que
aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria corriente de aire frío.
El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo – el hombre echó
un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos no pueden durar.
Imagino que sabes – lo que dije sobre la voluntad y los nervios y lo de conservar el
cuerpo después de que los órganos dejasen de funcionar. Era una buena teoría, pero no
podría mantenerla indefinidamente. Había un deterioro gradual que no había previsto.
El Dr. Torres lo sabía, pero la conmoción lo mató. No pudo soportar lo que tenía que
hacer – tenía que meterme en un lugar extraño y oscuro, cuando prestase atención a mi
carta y consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos no volvieron a funcionar de
nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera -conservación- pues como se puede ver,
fallecí hace dieciocho años.

* * *

Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island, Estados Unidos y falleció el 15 de marzo de 1937 en la misma ciudad. Es uno de los más extraordinarios narradores del horror literario.

Cuentos, novelas, poemas: A través de las puertas de la llave de plata (con E. Hoffmann Price, 1933), Aire frío (1926), Arthur Jermyn (1920), Astrophobos, Autobiografía, Azathoth (1922)Celephaïs (1920)Cenizas (con C. M. Eddy, Jr.,1923), Cosmos en colapso (con R. H. Barlow,1935), Dagón (1917), Del más allá (1920), Dos botellas negras (con Wilfred Blanch Talman, 1926), Él (1925), El alquimista (1908), El árbol (1920), El árbol en la colina (con Duane W. Rimel, 1934), El buque misterioso (1902), El caos reptante (con Winifred V. Jackson, 1920), El caso de Charles Dexter Ward (1927), El ceremonial (1923), El clérigo malvado (1933), El color que cayó del cielo (1927), El desafío del más allá (con C. L. Moore; A. Merritt; Robert E. Howard y Frank Belknap Long, 1935), El descendiente (1925), El devorador de fantasmas (con C. M. Eddy, Jr., 1923), El diario de Alonzo Typer (con William Lumley, 1935), El extraño (1921), El grabado en la casa (1920), El hombre de piedra (con Hazel Heald, 1932), El horror de Dunwich (1928), El horror en la Playa Martin (con Sonia H. Greene, 1922), El horror de Red Hook (1925), El horror en el cementerio (con Hazel Heald, 1933), El horror en el museo (con Hazel Heald, 1932), El horror oculto (1922), El horror sobrenatural en la literatura, El lazo de Medusa (con Zealia Bishop, 1930), El Libro (1933), El Libro Negro De Alsophocus (con Martín S. Warnes), El misterio del cementerio (1898), El modelo Pickman (1926), El morador de las tinieblas o El que acecha en la oscuridad (1935), El pantano de la luna (1921), El pescador del Cabo del Halcón (con August Derleth), El sabueso (1922), El superviviente (con August Derleth), El que susurra en la oscuridad o El susurrador de la oscuridad (1930), El templo (1920), El túmulo (con Zealia Bishop, 1930), El verdugo eléctrico (con Adolphe de Castro, 1929), El viejo Bugs (1919), El viejo terrible (1920), En la cripta (1925), En la noche de los tiempos, La Sombra Fuera del Tiempo o El abismo en el tiempo (1934), En las montañas de la locura (1931), En los muros de Eryx (con Kenneth Sterling, 1936), Encerrado con los faraones (con Harry Houdini, 1924), Ex Oblivione (1921), Hasta en los mares (con R. H. Barlow, 1935), Herbert West: Reanimador (1922), De la oscuridad, El demonio de la peste, Seis disparos a la luz de la luna, El grito del muerto, El horror de las sombras, Las legiones de la tumba, Hipnos (1922), Historia del Necronomicón (1927), Hongos de Yuggoth Poemas de horror cósmico, Hongos de Yuggoth Poemas de la naturaleza, Hongos de Yuggoth, Poemas metafísicos, Hongos de Yuggoth Poemas oníricos, Ibid (1928), La antigua raza (1927), La batalla que dio fin al siglo (con R. H. Barlow, 1934), La bestia en la cueva (1905), La botellita de cristal (1897), La búsqueda de Iranon (1921), La búsqueda en sueños de la ignota Kadath (1927), La casa evitada (1924), La casa maldita, La calle (1920), La ciénaga-luna, La ciudad sin nombre (1921), La cosa en el umbral (1933), La cueva secreta (1897), La declaración de Randolph Carter (1919), La dulce Ermengarde (1917), La exhumación (con Duane W. Rimel, 1935), La extraña casa elevada entre la niebla (1926), La habitación cerrada (con August Derleth), La Hermandad Negra (con August Derleth), La Hoya de las Brujas (con August Derleth), La lámpara de Alhazred (con August Derleth), La llamada de Cthulhu (1926), La llave de plata (1926), La maldición de Yig (con Zealia Bishop, 1928), La maldición que cayó sobre Sarnath (1919), La muerte alada (con Hazel Heald, 1933), La música de Erich Zann (1921), La nave blanca (1919), La noche del óceano (con R. H. Barlow, 1936), La poesía y los dioses (con Anna Helen Crofts, 1920), La pradera verde (con Winifred V. Jackson, 1918), La sombra fuera del espacio (con August Derleth), La sombra sobre Innsmouth (1931), La trampa (con Henry S. Whitehead, 1931), La tumba (1917), La transición de Juan Romero (1919), La última prueba (con Adolphe de Castro, 1927), La ventana en la buhardilla (con August Derleth), Las ratas en las paredes (1923), Lo innombrable (1923), Lo que trae la luna (1922), Los amados muertos (con C. M. Eddy, Jr., 1923), Los gatos de Ulthar (1920), Los otros dioses (1921), Los sueños en la casa de la bruja (1932), Más allá de los eones (con Hazel Heald, 1933), Más allá del muro del sueño (1919), Memoria (1919), Nyarlathotep (1920), Polaris (1918), Reliquia de un mundo olvidado (con Hazel Heald), Robert Ervin Howard: Un recuerdo, Sordo, mudo y ciego (con C. M. Eddy Jr., 1924), Una semblanza del Doctor Johnson (1917).

María Teresa Andruetto, poesías

Edward Hopper. A Woman in the Sun (1961)

Desnuda en la tienda

                                       No era coqueta
                                       Era fuerte.
June Jordan

Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de color subido. Y fuimos
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba Tula.
Te queda rico, dijo, te queda de novela.
Nos metimos las dos en esa caja,
entrábamos apenas.

Como no había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.

Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón
como una piedra, fuerte y fatal
como una piedra.

Víspera

Se va la tarde. Decís, a este sitio
vendremos: escribirás, sembraré,
pasaremos los días de viejos.
Sobre la casa que nace, cruzó
una torcaza. Más allá hay un halcón
y unas loras. La luz moja la falda
del Mogote, aviva los manchones
amarillos. Todo es hermoso, digo,
y sin embargo, hay una nota
de tristeza sobre talas y espinillos.
Será porque es invierno, decís,
será porque es domingo.

(De KODAK, Pavese/Kodak, Colección Pez Náufrago. Ediciones del Dock, 2008)

Autorretrato ante el caballete

a Alejandro Schmidt 

El pincel sirve para salvar
las cosas del caos. 
Shitao

1.

Esto es lo que queda
de un hombre que se muere:
un pincel y la mano agrietada
que sostiene el pardo, el rojo,
el amarillo… la mano que va,
que se desvela, desde el charco
de luz hacia la tela.

2.

Lenta la pincelada oscura,
el hijo del molinero
tantea con ojos ciegos
la espesura
hasta dar con la luz.

3.

Este rostro ya estaba
debajo de la tela, estaba y carcomía
con su podredumbre el retrato del joven
con gorguera. Bajo las arrugas y los ojos
desteñidos están los ojos arrogantes
de otro tiempo, pero ni el otro ni éste
son grandes, a todos los ha herido
esta luz: ya nada es menos,
hasta lo más miserable
tiene su destello.

4.

No es la pieza oscura donde pinta,
ni la pobreza que trajo la desnuda forma.
ni la luz que cae sobre la gorra,
ni el pelo desprolijo, ni la barba,
tampoco el cuerpo vencido,
ni el olor rancio del encierro.
Son los ojos que no encuentran
a Saskia, a Hendrickje, al bienamado Tito;
los ojos que se han vuelto
hacia un lugar de nada,
hacia el vacío.

5.

Otros buscarán la nota pura,
la imagen que persiste, la tersura,
como buscan sus ojos en la tela

(es la mirada lo que abruma,
lo que desvela)

6.

También yo persigo
una palabra oscura en los retratos de Saskia,
en la ternura de Hendrickje, en la viva
luz de Tito, y el aire de bondad,
la carnadura de un hombre
que se deshizo.

(De BeatrizEdiciones Argos, 2006)

* * *

María Teresa Andruetto nació el 26 de enero de 1954 en Arroyo Cabral, Córdoba, Argentina.

Obras: Tama (1992), Stefano (1998), Veladuras (2005), La mujer en cuestión (2009), Lengua madre (2010), Todo movimiento es cacería (cuentos, 2002), Palabras al rescoldo (poemas, 1993), Pavese y otros poemas (poemas, 1998), Kodak (poemas, 2001), Beatriz (poemas, 2005), Pavese/Kodak (poemas, 2008), Sueño americano (poemas, 2009), Tendedero (poemas, 2009), Enero (teatro, 2005) y numerosos libros para niños y jóvenes, entre otros El anillo encantado (1993), Huellas en la arena (1998), La mujer vampiro (2000), Benjamino (2003), Trenes (2007), El país de Juan (2003), Campeón (2009), El árbol de lilas (2006), Agua cero (2007) y El incendio (2008). Reunió su experiencia en talleres de escritura en dos libros realizados en colaboración, La escritura en el taller (2008) y El taller de escritura en la escuela (2010) y sus reflexiones en Hacia una literatura sin adjetivos (2009).

Mónica Beltrán / La escritura cursiva se extingue y hay debate por su efecto en el pensamiento

(Publicado en Perfil, 2.10.2011)

DEJAR DE USARLA PODRIA TRAER ENVEJECIMIENTO PREMATURO CEREBRAL

Cada vez menos estudiantes de todos los niveles de los establecimientos argentinos pueden escribir correctamente –y hacerse entender– a mano, con letra cursiva. A diferencia de cuando la caligrafía era una materia obligatoria, hoy la computadora y el celular aparecen como los principales enemigos de una tarea que amenaza con convertirse en anacrónica. Los expertos dudan si la pérdida de la cursiva traería o no consecuencias en la organización de estructuras mentales.

Escribir a mano, con birome o lapicera, está en desuso y pocos entienden que mantener ese hábito tenga alguna utilidad. Sin embargo, hay especialistas que aseguran que perder la costumbre de escribir a mano puede traer consecuencias en el pensamiento y hasta acelerar el envejecimiento cerebral. Como en todo, hay caminos alternativos, términos medios que es necesario transitar.

“Profe, me olvidé cómo se escribe. Estoy tan acostumbrada al celular y la computadora que no me salen las letras”, le dijo una estudiante de quinto año de Psicología de la Universidad del Salvador a su profesora, Laura Waisman, docente de la cátedra de Orientación Vocacional. La docente, que se lo contó a PERFIL, confiesa que no lo podía creer.

Pero toda la responsabilidad no es de las nuevas tecnologías. Si así fuera, la cosa tendería a agravarse con la incorporación de las netbooks en las escuelas secundarias de todo el país y en las primarias, en el caso de la Ciudad de Buenos Aires. El problema principal es que los chicos no entienden la utilidad de seguir escribiendo a mano y que los maestros no siempre registran este asunto como un problema más del aprendizaje.

“El problema de la caligrafía en mi escuela es de mucho tiempo. Antes de que llegaran las computadoras a las escuelas, ya muchos chicos tenían grafías casi indescifrables, para decir verdad no tengo certezas sobre los motivos pero siempre me rondó por la cabeza la idea de que en la escuela pocas veces la escritura tiene una función verdadera, nunca se escribe con una verdadera intención comunicativa”, opina la profesora Adriana Bargallo, profesora de Prácticas del Lenguaje en la Escuela Secundaria Básica Nº 49 de Moreno.

“Siempre les digo a mis alumnos que, si bien estamos rodeados de tecnologías, la escritura a mano está más ligada al mundo interno de las personas, al casero, al íntimo, al de los sentimientos más profundos, y que no tienen que perderse eso”, dice la docente a PERFIL.

El síntoma está extendido en las escuelas. Un informe de la Unesco de junio último advirtió que siete de cada diez alumnos argentinos presentaron escritos que resultan indescifrables en un estudio de habilidades de los estudiantes de América latina y el Caribe. Pero, además, reconoce que el fenómeno no es sólo en este país sino en toda la región. Y en Italia, la Sociedad de Pediatría acaba de alertar que la caligrafía está en vías de extinción debido al uso cada vez más extendido de los teclados.

“El uso de la mano tiene una parte muy grande de representación cortical, así como lo visual tiene su parte. Cada parte del cuerpo da órdenes al cerebro. Si cada vez se usa menos la escritura manual, hay riesgo de que el cerebro funcione distinto. La escritura permite la organización de estructuras a nivel cerebral que hacen memorizar las palabras, la sintaxis; una cantidad de datos que luego van a ser elaborados para estructurar el pensamiento”, explica el neurólogo infantil León Benasayag.

La pregunta,pese al temor que provoca, resulta insoslayable: ¿los jóvenes de hoy, entonces, tendrán cerebros envejecidos prematuramente?

El especialista, que es profesor de Neurología en la UBA y fellow de la Royal Society of Medicine de Londres, deja abierto el problema: “Si se tiene en cuenta que a las personas, para mantenerse jóvenes, se les recomienda que hagan crucigramas, ejercicios manuales, palabras cruzadas y que ejerciten sus manos y sus funciones intelectuales, podría pensarse en que sí habría jóvenes con cerebros cada vez más viejos. Pero como no se ha investigado lo suficiente sobre los cambios que producirán las nuevas funciones que se van desarrollando con la tecnología, hoy no es posible dar una respuesta única”.

Para la psicopedagoga Gabriela Dueñas, pensar que la falta de uso de la mano puede repercutir en el pensamiento es exagerado: “¿Por qué no pensar que con el Blackberry, por ejemplo, se usan los pulgares que antes casi no los movíamos y que, tal vez, esto ponga en marcha nuevas zonas cerebrales?”, se pregunta. La especialista, que trabaja en el Instituto Lasalle de Florida, advierte que los cambios siempre “provocan una revolución” en el mundo educativo y “ante la incertidumbre, muchos tienden a cerrarse a lo desconocido”.

Para Dueñas, todavía hay temas que la escuela debe resolver sobre el uso de la palabra escrita, como el caso de los chicos que llegan al consultorio porque “el aprendizaje de la cursiva” sigue siendo uno de los principales obstáculos de los chicos a la hora de aprender. “Nos consultan por disgrafías, dislexias y, cuando se evalúa, el resultado es que el problema tiene que ver con la mayor familiaridad que los chicos tienen con la letra de imprenta por los medios audiovisuales”. No estaría mal –sugiere– que la escuela revise si es necesario poner tanto acento en la cursiva, que podría convertirse en poco tiempo en “un elemento más que se enseñe como un bien cultural histórico, como ocurre con los números romanos”.

Arvo Pärt / Cantus in memoriam Benjamin Britten

Cantus in Memoriam Benjamin Britten (1977) es un canon breve en La menor para orquesta de cuerdas y campana.

Benjamin Britten nació en Lowestoft, Suffolk, Inglaterra el 22 de noviembre de 1913 y falleció el 4 de diciembre de 1976.

Arvo Pärt nació el 11 de septiembre de 1935 en Estonia.

Discografía seleccionada:

Tabula Rasa (1984), Arbos (1987), Passio (1988), Miserere (1991), Te Deum (1993), Litany (1996), Beatus (1997), De ProfundisKanon Pokajanen (1998), Sanctuary (1998), I Am The True Vine (1999), Alina (1999), Orchestral Works (2000),
Te Deum (2000), Orient & Occident (2002), Summa (2002), Passio (2003), Triodion (2003), Pro & Contra (2004), Summa (2004), Arvo Pärt: A Portrait (2005), Da Pacem (2006), Triodion • Ode VII • I Am The True Vine • Dopo La Vittoria (2006), In Principio (2009), Symphony No. 4 (2010).

Francis Picabia / El cielo

París brilla a la luna
desde lo alto del cielo.
Los tranvías pasan
como la muerte.
La muerte es un caminito
para todo el mundo.
La muerte es una estatua.

Las mejores familias
tienen la edad de la razón
me gusta más el cacao
de los mendigos
que no se resignan
por miedo a morir,
ya que las iglesias no son más vírgenes.

Usad siempre la puerta lateral
para subir al cielo.
Felizmente el cielo para mí
está al fin del mundo.
Dios vive en una caja fuerte
de la que los pobres nunca tendrán la llave.

(De Thalassa dans le desert)

* * *

Francis-Marie Martinez de Picabia nació el 22 de enero de 1879 en Paris y falleció el 30 de noviembre de 1953 en Paris. Fue poeta y pintor.

Obra escrita: Cinquante-deux miroirs, Barcelone, octobre 1917, Poèmes et dessins de la Fille née sans mère, Lausanne, Imprimeries réunies, avril 1918, L’Ilot de Beau-Séjour dans le Canton de Nudité, Lausanne, juin 1918, L’Athlète des Pompes funèbres, Bégnins, décembre 1918, Râteliers platoniques, Lausanne, décembre 1918, Poésie ron-ron, Lausanne, février 1919, Pensées sans langage, Paris, Figuière, avril 1919, Unique Eunuque Paris, Au Sans Pareil, Coll. «Dada», février 1920. Rééd. Paris, Allia, 1992, Jésus-Christ Rastaquouère, Paris, Au Sans Pareil, «Dada», automne 1920. Rééd. Paris, Allia, 1996, Caravansérail [1924]. Ed. Luc-Henri Mercié. Paris, Belfond, 1975, Choix de poèmes par Henri Parisot, Paris, Guy Lévis-Mano, 1947, Lettres à Christine, édition établie par Jean Sireuil. Présentation, chronologie et bibliographie par Marc Dachy. Paris, Champ Libre, 1988, Ecrits, deux volumes. Ed. Olivier Revault d’Allonnes et Dominique Bouissou. Paris, Belfond, 1975 et 1978, Ecrits critiques, préf. Bernard Noël. Ed. Carole Boulbès. Paris, Mémoire du Livre, 2005.

Alain Gagnol y Jean-Loup Felicioli / El egoista

Además de esta maravilla cruel y amarga, Alain Gagnol (1967, Roanne, Loire, Francia) y Jean Loup Felicioli crearon en 1999 la serie de diez cortos de animación titulada Les tragedies minuscules (Las tragedias minúsculas), que también se ocupan de las relaciones humanas y quizás algunas cosas más.

Los títulos que conforman esa serie son:
La dispute
Un couteau dans les fourchettes
Ça aurait dû être moi
Je lui ai demandé ce qu’il avait fait pendant toutes ces années
Il est arrivé quand on parlait de lui
Je l’ai vue devant chez moi
Le canapé
Si tu savais ce que j’en pense
Un coin d’ombre
Il faut savoir attendre le bon moment

Mori Ponsowy. Violencia en las escuelas

(Publicado en el diario La Nación, 20.11.2007)

Los casos de violencia adolescente y juvenil en los centros de enseñanza han dejado de ser hechos aislados para convertirse en un fenómeno creciente y mundial: ocurre en la Argentina, en EE.UU., en Finlandia, en España. No tenemos tiempo para reponernos de una noticia, cuando ya la próxima nos deja sin aliento. En Corrientes, el 30 de septiembre, un chico de 12 años asesinó a cuchillazos a un compañero de clase. Según dijo a la policía, tenía pensado matar a dos más. El 10 de octubre, en una escuela de Ohio, un chico de 14 disparó a mansalva en un pasillo del colegio al que asistía. En una escuela del sur de Finlandia, el 7 de noviembre, un joven de 18 años mató a siete estudiantes y después se suicidó. Tres meses antes, alumnos de la Escuela Provincial EET N° 468, de Rosario, habían destruido un aula para luego subir el video a YouTube, para hacer ostentación de su vandalismo. En abril, en la Universidad Politécnica de Virginia, un estudiante mató a 32 personas y se suicidó, no sin antes enviar un video a un canal de televisión en el que justificaba sus actos y demostraba que había planeado la masacre con meses de anticipación.

Caricatura: Alfredo Sabat

Es verdad que siempre ha habido jóvenes y adolescentes violentos. También es verdad que la adolescencia es época de rebeldía y rechazo de las normas heredadas. Sin embargo, lo novedoso de todos estos casos es la saña, la sangre fría, la premeditación con que los chicos realizaron sus crímenes. No se trata, como hasta hace unos años, de peleas callejeras, trifulcas entre pandillas, puñetazos a la nariz del otro. Se trata de chicos armados que matan para vengarse. Se trata de chicos que eligen la escuela -y no el baldío de la esquina- como el mejor lugar para dar rienda suelta a su odio. Se trata, también, de una violencia sin ideología: no son chicos que luchan contra dictaduras o que piden más libertad. Son, simplemente, chicos que deciden agredir a otros de su misma edad.

¿Por qué en las escuelas? ¿Por qué a los propios compañeros? ¿Por qué estos crímenes perpetrados no para robar ni para obtener un beneficio material, sino sólo para dañar a otros que son pares? La respuesta fácil es achacar los crímenes a cierto tipo de locura o enfermedad individual; decir que esos chicos “tienen problemas”, que vienen de familias destrozadas, que son raros y solitarios. La respuesta fácil es no darnos cuenta de que la noticia nos toca y de que, querámoslo o no, los mayores también tenemos algo que ver.

“Las faltas de los niños, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes son faltas de los padres, de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios”, escribió Victor Hugo en el siglo XIX. Estoy convencida de que en el XXI, las faltas de los adolescentes son faltas de todos nosotros no sólo como padres, sino también como miembros de la sociedad que hemos creado para cobijarlos.

Los adolescentes de hoy son hijos de padres que ahora rondamos los cuarenta. Nuestra generación se rebeló contra todo tipo de tiranías, desde las familiares hasta las políticas. Nuestra bandera fue siempre la libertad y así educamos a nuestros niños: convencidos de que la igualdad y la libertad son los valores supremos. Por eso, a diferencia de cómo fuimos criados, al convertirnos en padres preferimos razonar con los chicos antes que castigarlos, velar por su felicidad antes que por su integridad moral, y dejarlos elegir antes que sentirnos tiranos.

Es frecuente escuchar a padres de adolescentes protestar acerca del tiempo que sus hijos pasan frente a la televisión, la computadora o la play-station . Más frecuente aún es que nos quejemos del horario de sus fiestas, la edad a la que empiezan a consumir alcohol, su desinterés hacia el estudio o el trabajo, la facilidad con que pueden adquirir drogas. Nos quejamos, pero, por lo general, nos quedamos de brazos cruzados y seguimos nuestras vidas dejando que ellos sigan con las suyas.

“K-pos”, dice en Internet uno de los comentarios del video que los chicos que destrozaron el aula en aquella escuela de Rosario subieron a YouTube. “¡Qué grandes!”, dice otro. Esto no es más que una muestra de los valores de muchos adolescentes. En cambio, los comentarios de los adultos suenan como éste: “Eramos bebes de pecho, comparados con estos cretinos. Pero el mundo es así y nuestros muchachitos, hombres del futuro, así se van educando. Por suerte, cuando ellos tengan cuarenta años, yo ya estaré muerto”. En resumen: los jóvenes valoran a quien destruye y los adultos nos escandalizamos, como si no tuviéramos nada que ver en la formación de esos valores.

Urge que nos preguntemos si nuestra inocencia es verdadera. Al fin y al cabo, somos los adultos quienes dimos forma a la sociedad en la que viven los adolescentes. Y también somos nosotros los que nos cruzamos de brazos ante los horarios, los modos, el vocabulario, la desidia y los excesos de nuestros hijos. Como si ellos fueran más fuertes que nosotros, protestamos y tiramos la toalla, todo en una misma movida.

¿A qué obedece nuestra pasividad? En primer lugar, creo que tenemos miedo de convertirnos precisamente en los tiranos que siempre juramos no ser. En segundo lugar, también tenemos miedo de criar niños inadaptados si rechazamos con demasiado fervor las costumbres del grupo al que ellos pertenecen. A estos dos motivos hay que agregar otros más difíciles de asumir. Nosotros mismos estamos cansados y aturdidos: cansados de nuestras carreras en pos del éxito profesional y aturdidos por la velocidad de los cambios, la competencia atroz, el exceso de información, la precariedad de las certezas, la facilidad con que podemos ganar o perderlo todo en un instante. En el fondo, si nos quedamos de brazos cruzados ante muchas de las actitudes de nuestros adolescentes, no es porque nos parezca que nada de lo que hagamos o digamos podrá hacerles cambiar de rumbo, sino porque estamos convencidos de que lo que no va a cambiar de rumbo es la sociedad y la cultura a la que pertenecen.

Cruzarse de brazos o echar la culpa a otros no es honorable, sino fácil. Lo difícil es asumirnos como coautores del presente. ¿Qué juegos dejamos jugar a nuestros niños en sus consolas de video? ¿Qué programas les dejamos ver? ¿Cuánto hablamos con ellos? ¿Cuánto tiempo nos tomamos en escucharlos? ¿Qué medios de entretenimiento alternativo les proponemos?

Nuestra época exalta el poder, no la bondad o la inteligencia. Y nosotros, aunque no estamos de acuerdo, nos callamos ante nuestros hijos y los dejamos hacer. Vivimos vidas divididas. Como si tuviéramos varias personalidades a la vez, nos preocupamos por el medio ambiente, pero no hacemos nada por preservarlo; nos quejamos del exceso de violencia de la televisión, pero no dejamos de mirarla; nos desvelamos por nuestros hijos, pero cuando regresan del colegio no estamos en casa o estamos demasiado ocupados en otro tema.

Hasta hace dos décadas, la familia y la escuela eran las encargadas de transmitir los valores de la sociedad; hoy, los transmite el mercado. La escuela apenas imparte conocimiento y los adultos estamos tan empeñados en ganar la carrera del éxito, tan confundidos con nuestras propias contradicciones, que olvidamos que ser padres es mucho más que comprar alimentos y el último modelo de MP3. No somos inocentes. Evitando la tiranía, nos hicimos cómodos. Evitando alienar a nuestros hijos del grupo, nos plegamos a un montón con el que no estamos de acuerdo. Queriendo darles lo mejor, nos agotamos trabajando. Atendiendo a la libertad, en lugar de cobijarlos los hemos lanzado a la intemperie.

“Para educar a un niño se necesita la aldea entera”, dice un proverbio africano. Los adolescentes están enojados y creo que es porque los hemos dejado solos, sin valores, sin recursos emocionales con que hacer frente a la agresividad de los medios, de la publicidad, de la calle. Con sus excesos de alcohol, con su promiscuidad sexual, con su apatía o su violencia, los chicos nos están pidiendo que los cuidemos un poco más.

La infancia es la infancia y la adolescencia todavía no es la adultez. Amar a un adolescente no es dejarlo partir. Es darle las herramientas necesarias para poder partir cuando sea tiempo.

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Mori Ponsowy nació en Argentina. Es poeta, novelista y periodista.

Obras: Abundancia (novela, 2010), No somos perfectas (entrevistas a mujeres, 2006), Enemigos afuera (poesía, 2000), Los colores de Inmaculada (2000).

Es cofundadora de la revista literaria La mujer de mi vida.