Jorge Lanata / La construcción de un mito

(Publicado en diario Libre, 20.10.2011)

¿Es posible construir un mito? Y, en ese caso, ¿se construyen los mitos desde abajo hacia arriba o al revés? ¿Son el fruto de la invasión imprevista de la memoria colectiva, o de una estrategia de comunicación cuidadosamente planificada desde los escritorios del poder?

Aún no se cumple un año de la prematura muerte de Néstor Kirchner: aunque una ley nacional lo prohíbe expresamente, el ex presidente permitió que durante su mandato una calle, un barrio y un gasoducto fueran bautizados con su nombre. A ocho días de su fallecimiento, el senador por San Juan César Gioja propuso designar Presidente Kirchner a la Ruta Nacional 40, que une Santa Cruz con La Quiaca.

El gobernador Urtubey, de Salta, hizo lo propio con una autopista local; los concejales tucumanos bautizaron Kirchner a la Avenida Roca; el gobernador jujeño Barrionuevo lo homenajeó llamando Kirchner a la terminal de ómnibus; en Santa Cruz se bautizó Kirchner a una de las calles céntricas más importantes de Río Gallegos (existe, desde entonces, la esquina de Kirchner y San Martín); en Caleta Olivia se llama Kirchner la Avenida Costanera; en Concordia cambió de nombre la calle Defensa; en Ushuaia se inauguró la Plaza de Integración Latinoamericana Néstor Kirchner, y en el Chaco la Escuela secundaria Número 102 Néstor Kirchner; el Concejo Municipal de Rosario propuso designar Paseo Presidente Kirchner al sector peatonal vecino al auditorio del Parque España, y en Santa Fe se hizo lo propio con una calle de la costanera.

En Villa María, Córdoba, se bautizó Presidente Kirchner al Aeropuerto Regional; en Avellaneda a la Calle 2, al Estadio Olímpico Municipal de Palpalá y a la calle Peñaloza del barrio Canal de Beagle. Néstor Kirchner se llamó al Torneo Clausura 2011; Jornadas Nacionales Néstor Kirchner a las organizadas por el Ministerio de Educación para intraescuelas; Beca Presidente Kirchner a la que promueve la formación de líderes jóvenes de América del Sur y a las Jornadas Nacionales Juveniles, y al Instituto para la Nueva Argentina de Mar del Plata; Becaria Néstor Kirchner se llamó a la estudiante argentina becada en Nueva York, y a Néstor Kirchner fue dedicado el candombe Nunca menos.

En el último spot electoral de Cristina, bajo el título La fuerza de él, se lo muestra a Néstor Kirchner como si, vivo, fuera a competir en las elecciones del domingo.

Jorge Lanata / En Argentina todo da lo mismo

(Publicado en diario Libre, 19.10.2011)

Todo da lo mismo, ese ha sido el mayor éxito de la batalla cultural del Gobierno: distorsionar el “relato” al punto de que todo dé lo mismo. Un gobernador filomenemista, cavallista y duhaldista tardío es ahora “Él”, huésped de un mausoleo de próxima inauguración similar a la pirámide de Keops.

Propaganda. Ricardo Jaime, Julio De Vido, Felisa Miceli, Sergio Schoklender y Guillermo Moreno son blancas palomitas del campo popular, acosadas por operaciones monopólicas de la prensa. Quien se aparte una línea del trazo oficial es denostado por el aparato de propaganda conformado, en general, por kirchneristas tardíos, camporistas recién nacidos o lúmpenes en procura de un sueldito. Los enoja que se diga que apoyan al Gobierno por plata: siempre da la casualidad de que trabajan en Radio Nacional, Canal 7 o empresas “mixtas” de privados de dudoso origen (Gvirtz, Szpolski, Sokolowicz, Electroingeniería).

Para decirlo de otro modo: empleos en los que el dinero del pueblo vuelve al pueblo. La historia no es nueva: no son los primeros vendedores de humo que saben transformar la prensa oficial en fortunas privadas. Les pasó a las dictaduras de Onganía, Lanusse y Videla con Timerman y Grondona; le pasó a Alfonsín con El ciudadano, a Menem con el CEI, a De la Rúa con el Grupo Sushi. Yo mismo vi a Diego Gvirtz, en Día D, denunciar censura contra Carlos Ávila y luego trabajar con América, fustigando después a los K desde Canal 13 y a Canal 13 desde Canal 7, todo sin que jamás se le moviera un pelo (que no tiene).

La misma versatilidad de Szpolski para saltar del quebrado Banco Patricios a los brazos de “el Coti” Nosiglia y desde allí a los de Néstor. Pero, como dijimos, todo da lo mismo; cualquiera habla y acusa desde ningún lugar, porque el pasado no existe, y si existe, fue borrado convenientemente. Los propietarios de la memoria resultaron, paradoja, los más olvidadizos. Como lo hacen por dinero, sobreactúan: nadie llora más que Andrea del Boca en el velorio de Él, nadie defiende más los derechos humanos que los que consiguen su subsidio para su peliculita, su miniserie, su bolo. Cuando el aparato de propaganda tira una piedra desde la multitud, el que debe responder es aquel al que le pegó la piedra: el culpable de haber puesto la cabeza. ¿Desde dónde hablan los que acusan? Desde la infinita pureza ideológica que les da el poder: desde la impunidad total. Y, también, desde la ignorancia y la juventud de su audiencia, que muchas veces reacciona a favor de un discurso que parece contestatario aunque en verdad no lo sea.

Siempre me pregunto si vale la pena contestar. Mantengo conmigo mismo esa pelea desde hace años: ¿contestar? ¿A quién? ¿Para decirle qué? Esta vez, esa sensación del comienzo me hizo dudar: en Argentina todo da lo mismo. ¿Es realmente así? ¿Puede ser que cualquiera diga cualquier cosa? ¿Desde dónde hablan los que tiran la piedra?

Barragán. En un artículo publicado ayer por la página Diario Registrado (sostenida por fondos públicos), el libretista Carlos Barragán escribe Cómo usar al pobre Lanata. Allí afirma que el lugar que me depararon los medios gráficos es una pobre columnita de pocos caracteres en un diario que parece darle asco por lo popular. Le molesta, además, que yo haya calificado como “gusano” a uno de sus compañeros en 6,7,8: Orlando Barone.

Ver tanta seguridad en Barragán me hizo dudar de mí mismo, y preguntarme, a la vez, por la trayectoria de mi acusador: ¿quién era este empleado estatal que me destrataba con tanta soberbia? Por lo que pude averiguar, Barragán vive de varios empleos, todos de dinero público: es “panelista” de 6,7,8, colabora en Tinta Roja de Radio Nacional, es columnista de la revista oficial Miradas al Sur y del diario paraestatal El Argentino. Según él mismo ha dicho en entrevistas, fue “remisero, kiosquero y buscavidas”, y trabajó durante casi una década como libretista de radio en el Grupo Clarín. Hablando de la Corpo, el miércoles 17 de mayo de 2006, entrevistado por Silvina Lamazares en Clarín, Barragán no mencionó una palabra de los nietos ni de Papel Prensa, sino que suspiró: “La vida me compensó de una manera increíble”. Otro hito de su carrera profesional fue haber escrito una canción titulada Soy la mierda oficialista. ¿Y yo? ¿Yo, pobre de mí, como escribió Barragán?

Trayectoria. Lo que sigue es antipático pero, quizá, necesario en un país donde parece que todo da lo mismo: –En principio quería comentarle a Barragán que mi pobreza no alcanza, en este momento, solo al diario LIBRE; también escribo en el diario Perfil (donde, por ejemplo, entre otras notas denuncié que la ministra Miceli escondía en el baño una bolsa con dinero irregular), dirijo y escribo una miniserie para Infinito/Turner de veinte capítulos titulada 26 personas para salvar al mundo, que se estrenará en noviembre en 18 países y formó parte de la tertulia de La ventana en la Cadena Ser. El año pasado conduje por Infinito/CNN la miniserie BRIC, que ganó el Premio ACE de la Asociación de Críticos de Nueva York y el Pantalla de Cristal en México. BRIC estuvo ternada para el Martín Fierro 2010, al igual que Después de Todo para los premios de APTRA del 2009. Con producción de Patagonik dirigí el documental Deuda: quién le debe a quién, presentado en los festivales de Montevideo, Santiago de Chile, La Habana, Huelva y México y nominado como Mejor Guión y Mejor Documental 2004 para los premios Cóndor de Plata de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina. Filmé otros documentales: La grieta y Malvinas tan lejos, tan cerca para Editorial Perfil, y La ruta del Che en Bolivia para The History Channel. Entre otros reconocimientos locales, obtuve: 1994: Fundación Huésped y Broadcasting; 1996: Martín Fierro radio, televisión y labor periodística y Broadcasting; 1997: Konex por dirección periodística en la década, Martín Fierro por televisión, labor periodística, Broadcasting, Fund TV y TEA como uno de los Diez Periodistas de la Década; 1999: Martín Fierro por televisión y conductor, premio Rodolfo Walsh de la UNLP; 2000: Martín Fierro por programa periodístico y conducción; 2001: ídem año anterior; 2002: Martín Fierro conducción y Broadcasting; 2003: premio Clarín programa periodístico; 2004: Martín Fierro labor periodística, Ciudadano Ilustre de Mar del Plata; 2005: Martín Fierro en radio, Huésped de Honor de Córdoba; 2007: Konex a mejor labor televisiva en la década, Huésped Ilustre de Quito.

Dictadura. Afirma Barragán que fundé Página/12 (es así, a los 26 años) y “fundí Crítica” (no es así, me retiré del diario un año antes de su cierre). También fundé Veintiuno, Página/30, Ego, El Porteño Cooperativa, y escribí, entre novelas, cuentos, ensayos y unos 11 ó 12 libros. Nada de esto, claro, me exime de poder equivocarme. En la dictadura militar fui mozo de bar, chocolatinero, oficinista y no trabajé ni recibí prebendas, créditos ni subsidios de gobierno alguno. Le agradezco a Barragán el apelativo “pobrecito”, ya que quizás no me conocía hasta hoy pero, como verá, no me lo merezco. Me hago cargo de cada palabra que digo, y no creo que todo dé lo mismo. Me pregunto, entonces, desde dónde habla él.

Y sí, quise decir que Barone es un gusano. Porque reconozco.

Hadewijch (Entre la fe y la pasión)

Bruno Dumont nació en 1958 en Bailleul, Francia. Dirigió las películas Flandres (2006), Twentynine Palms (2003), L’humanité (1999) y La vie de Jésus (1997). Su última obra es Hors Satan (2011). En Argentina Hadewijch (2009) fue presentada en el BAFICI 2010 (Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires) con el título de Entre la fe y la pasión. Dumont también escribió el guión.

*

Hadewijch es un drama acerca de lo que está viviendo la joven veinteañera Céline, hija de un matrimonio en una muy buena situación económica. Pero a Céline lo que la atormenta y la martiriza es su relación con Dios. Está enamorada de Dios y siente su ausencia. Céline anhela una unión absoluta con Él, mientras que por casualidad, se relaciona con jóvenes creyentes musulmanes de las afueras de París que le acercan otro planteo sobre su tarea en este mundo.

* *

Hadewijch de Amberes (también conocida como Hadewijch de Brabante o Hadewijch de Antwerp) vivió en el siglo XIII y perteneció a la comunidad de las Beguinas, ubicándose en Bélgica, Holanda, Alemania y el norte de Francia. Si bien no tomaban los votos, eran mujeres cuyas vidas transcurrían muy simplemente y también ayudaban a los pobres. Hacían votos de castidad anuales. Es autora de Visiones, Cartas y Mengeldichten.

Todas las cosas

Todas las cosas
son demasiado pequeñas
para sostenerme,
soy tan vasta.

En el infinito
alcanzo
lo No Creado.

Lo he
tocado,
se me deshace
más amplio que lo amplio.

Todo lo demás
es demasiado estrecho.

Tú lo sabes bien,
tú que también estás ahí.

(Traducción propia del texto en inglés en www.poetry-chaikhana.com)

* * *

Es un film ascético, muy interesante por las preguntas que podemos plantearnos a partir de los hechos que muestra. ¿Es posible una unión con Dios que no conlleve al martirio o al sacrificio? ¿Cuál es el dolor que perturba a Céline? Las respuestas que busca ¿están en el mundo exterior al de un convento o en la abstención del mundo cotidiano? La “verdadera” fe ¿es sólo sufrimiento? ¿Creer es sufrir? ¿Qué estamos dispuestos a hacer para lograr una unión extrema con Dios? Julie Sokolowski le otorga a Céline los matices justos y precisos para transmitir su drama interior.

* * * *

Actúan Julie Sokolowski (Céline, Hadewijch), Yassine Salime (Yassine Chikh), Karl Sarafidis (Nassir Chikh), David Dewaele (David).

A los 100 años, terminó una maratón

Soy corredor amateur. Toda mi admiración por la motivación y voluntad de Fauja Singh.

(Publicado en perfil.com, 18.10.2011)

Fauja Singh, un británico de origen indio al que apodan “Tornado con turbante”, corrió 42 kilómetros en Toronto. Es el más viejo en hacerlo

Un británico de origen indio apodado “Tornado con turbante” se convirtió en la primera persona de más de 100 años en finalizar una maratón (42 kilómetros). Fauja Singh, un ciudadano británico nacido en la India en abril de 1911, corrió con su larga barba y turbante la maratón Scotiabank Toronto Waterfront en 8 horas, completando la carrera seis horas después que el ganador keniata Kenneth Mungara, que cruzó la meta en dos horas y nueve minutos.

Singh, que habla solamente punjabi, terminó en el lugar número 3.849, acompañado de un puñado de seguidores y de su entrenador, aunque sin duda merece un espacio en los anales del deporte. Fauja es el deportista más viejo en completar esta disciplina, una hazaña que todavía debe ser ratificada por el Libro Guinness de los Récords.

“Está rebosante de alegría, logró la meta de toda una vida”, declaró su entrenador e intérprete, Harmandar Singh.

El centenario maratonista, comenzó a correr hace 20 años, luego de la muerte de su mujer, y esta fue su octava maratón. Ahora, sueña con llevar el estandarte olímpico durante la inauguración de los Juegos de Londres-2012.

Fuente: AFP

Luis Diego Fernández / Nirvana: anarquía y libertarismo. Los jóvenes viejos

(Nota publicada en Perfil, 16.10.2011)

Hace veinte años, poco después de que aparecieran los primeros libros de John Zerzan, Michel Onfray y Slavoj Zižek, se editaba “Nevermind”, el mejor disco de Nirvana, banda que encabezó la última revolución de la cultura rock. Kurt Cobain, su líder, conjugó el desencanto adolescente con la bilis de un anciano sabio, y con su música llevó un poco de la vieja y buena anarquía a un campo minado por el mercado.

El 24 de septiembre de 1991 –hace veinte años– se lanzó Nevermind, el segundo disco de Nirvana, la banda liderada por Kurt Cobain. Una de las tantas cosas que logró en su breve lapso en escena –menos de cinco años– fue la de llevar su música de corazón punk por fuera de los límites restrictivos de la escena grunge de Seattle, haciendo uso de una dinámica que producía canciones ruidosas y calmadas con un hálito pop y melodioso. En gran medida, Nevermind fue la obra responsable de dar a conocer el rock alternativo al gran público, desbancando al propio Michael Jackson del número uno en todos los charts. Nirvana, en varios sentidos, encarnó de modo consciente –pero sobre todo subyacente– un pensamiento y un estilo de vida deudor de ciertas filas de la contracultura norteamericana de larga data, y a la vez, representativo en lo grunge de ciertas filosofías contemporáneas.

Basta leer los diarios de Kurt Cobain para esgrimir y ver ciertas huellas filosofales que, como señala su biógrafo Charles R. Cross en el bellísimo Heavier than Heaven, permiten delimitar quién era este individuo que conjugaba el humor y el desencanto adolescente con la bilis de un anciano sabio. Esa belleza cruel y angélica del rostro de Cobain era expresión de la música de Nirvana y de la filosofía subterránea. “En mi espíritu soy gay, podría ser homosexual, pero Courtney Love me atrae más que cualquier otra persona en la tierra”, dijo. No lo era, pero tampoco hay territorio para la boutade: Cobain ponía de manifiesto ciertas capilaridades del pensamiento grunge –que son evidentes en su biografía: iba contra lo falocéntrico, lo machista y el estereotipo del rock. La portada del disco quizá sea el emblema más claro en ese sentido; un bebé en busca de un dólar: nacer ya implica negociar. No hay escape.

Depositario de cierta androginia en medio de un enclave agreste de leñadores en el noroeste norteamericano, en el estado de Washington, el espíritu green y ácrata del grunge revela un libertarismo evidente: hoy Krist Novoselic, bajista de la banda, es un líder político libertario, cuya intención es ser candidato a gobernador. En su libro On Grunge and Government, sostiene un ideario claramente libertarista, en pro de todas las libertades individuales y de la no intervención del Estado en la distribución musical y del material pornográfico.

Es interesante dar cuenta de la sincronía: al mismo tiempo que irrumpía Nirvana, comenzaban a editarse los primeros libros de filósofos como John Zerzan (Elements of Refusal, 1988), Michel Onfray (El vientre de los filósofos, 1989) o Slavoj Zižek (Sublime Object of Ideology, 1989). Todos pensadores que, con sus marcadas diferencias, abarcan cierto ideario anarquizante. Algunas ideas comunes y presentes en el grunge consisten en cierta reivindicación del primitivismo, el ambientalismo, el ocio y la no acción directa. Lo anarco de la llamada Generación X es posible de ser leído como una continuidad contracultural que deviene a principios del 2000 en lo que se llamó hipsters de los barrios bohemios de Nueva York y San Francisco, algo bien retratado por Mark Grief en ¿Qué fue lo hipster? (2011) y antes por James L. Brooks en BoBo’s en el paraíso (2000).

Nacidos durante la década del 70, los componentes de la llamada Generación X fueron efectos de una infancia marcada por el consumismo conservador de los años 80, la caída del Muro de Berlín y la llegada de Internet. Precisamente, el atributo de la apatía que suele asestársele al pensamiento y la visión de mundo que emerge de allí proviene de vislumbrar un futuro no muy amigable y de focalizar todo en el presente. A diferencia de la generación de los baby boomers que construyeron esa esperanza de cambio, la Generación X sólo pudo constituir su pensamiento contracultural afirmando su individualidad y resistiendo en el marco de cierta bohemia más o menos burguesa, que apela al ocio y la autogestión indie como formas de subversión de los valores productivos y rentables preconizados por el mercado. Nirvana, y particularmente Kurt Cobain, expresan esta indocilidad que, paradójicamente, termina siendo central y mainstream. Algo de esa marca que señala Charles Cross impregna la filosofía grunge: parecen ser viejos en cuerpos de adolescentes. Cultores del radicalismo libertario de filósofos como Henry David Thoreau y de músicos como Neil Young, prosiguen la estela de la llamada “América profunda”, whitmaniana.

El trágico fin de Kurt Cobain es una de las claves para comprender el signo de esta idea: la imposibilidad de negociar y aceptar su rol de estrella lo lleva al suicidio –dando cuenta de su personalidad atormentada producto de una infancia disfuncional y caótica. Quizá la filosofía grunge, hoy levemente vista en lo hipster pero ya más integrada en un circuito de consumo, sea estéticamente comprendida a partir de la expresión que cierta prensa usaba para definir la música de Nirvana: “Más dura que el cielo”. Sintomática y bella: no se puede doblar y debe romperse. El rock se fue en ese momento, con Kurt: un ser ético.

David Lodge / El hombre que no quería levantarse

Su mujer siempre era la primera en levantarse. Apenas sonaba el despertador, ella retiraba las mantas, ponia los pies en el suelo y se colocaba la bata. Su autodisciplina lo llenaba de mala conciencia y admiración.

-No te quedes en la cama -le decía ella-. Ya tengo listo el desayuno y se te va a enfriar.

Él no respondía, fingiendo dormir. Apenas ella salía de la habitación, él se deslizaba hasta el hueco que había dejado su mujer en la cama, bien caliente, y se estiraba voluptuosamente. Este deslizamiento de un lugar a otro de la cama era el instante de máxima sensualidad del día. Pero todo se veía estropeado en seguida por la idea que podía hacerse de lo que debía enfrentar a continuación.

Abría un ojo. Todavía era de noche, pero los reflejos de la calle proyectaban en la habitación una luz azulada. Para calcular la temperatura, soplaba y sentía su aliento. Podía comprobar si una de las cortinas había quedado abierta por la escarcha que se formaba en el interior de la ventana. A medida que avanzaba la mañana, el hielo se iba derritiendo y el agua rutilante chorreaba hasta atacar la pintura del bastidor. Luego, se infiltraba bajo la hendidura y se congelaba de nuevo, bloqueando la ventana y haciendo sonar la madera.

Él cerraba los ojos para ocultar la penosa visión de la casa en vías de putrefacción, de desintegrarse en torno a él. Desde luego, no podía borrar de su espíritu todo lo que ya se había visto degradado en la vivienda, para comenzar, en su propio dormitorio: la larga fisura que zigzagueaba en el techo, estirándose como si fuese una mueca desde la puerta hasta la lámpara que colgaba; la rasgadura del lino cerca de la cómoda, la puerta del armario que bostezaba entreabierta desde que se rompió la cerradura, las ampollas que le crecieron al empapelado allí donde pasó la humedad de la pared, de forma tal que daba la impresión que ésta respiraba suavemente cada vez que se abría y cerraba la puerta… No, no podía borrar nada de esto de su espíritu mientras se quedaba acurrucado bajo las sábanas, con los ojos cerrados. Así resultaba menos abrumador, como si todo dejara de concernirle personalmente.

Sólo cuando renunciaba a la cálida protección del lecho, titubeaba bajo el peso combinado el asco que le provocaba su entorno y la desesperación por poder mejorar de manera apreciable, algún día, su situación. Naturalmente, no contaba más que con su cuarto. Cuando recorría la casa, la evidencia de su lamentable estado le saltaba a los ojos desde todos los rincones: los grifos de los baños que pierden, la rampa rota de la escalera, el vidrio partido de la entrada, la alfombra gastada del comedor, cada día un poco más raída que el anterior. Y el frío, ese frío… Corrientes gélidas de aire polar que soplan por los ojos de las cerraduras sacuden la boca del buzón, hacen volar las cortinas.

Sólo allí, en su cama, se sentía cálidamente protegido. Ni siquiera el domicilio más lujoso, provisto idealmente de calefacción central, cristales dobles en las ventanas y el aislamiento más hermético, podía ofrecerle un calor y un bienestar mayor que el que gozaba en ese instante.

Su mujer atizaba ruidosamente la parrilla del hogar en el comedor: transmitidos por las tuberías, los sonidos metálicos resonaban en toda la casa. Era la señal que indicaba que el desayuno estaba listo. De la habitación de enfrente, Paul y Margaret, sus dos niños, divertidos con el frío y la penumbra siniestra, indiferentes a la incomodidad como sólo se puede serlo a su edad, salieron en tromba al palier y descendieron martillando las escaleras. La rampa rota emitió crujidos amenazadores. La puerta del comedor se abrió, luego rechinó. Se escuchó llegar desde la cocina un escándalo de cubiertos y utensilios. Él se colocó las sábanas y colchas por encima de la cabeza para protegerse los oídos sin dejar descubrir la nariz o la boca, ni siquiera para respirar. Ya no quería seguir escuchando esos ruidos, llamados brutales de un mundo brutal.

No quería mirar más allá del problema inmediato, levantarse, enfrentar todas las fastidiosas molestias que el acto implicaba, como lavarse, afeitarse, vestirse y alimentarse, no veia ante sí ninguna perspectiva inspiradora; sólo el largo trayecto a pie hasta la parada del autobús, pasando por una larga hilera de casa idénticas a la suya, la cola interminable, luego el caos de una lenta progresión a lo largo de calles embotelladas, para pasar ocho horas en una oficina exigua que, como todo en él, se veía plena de cosas rotas, manchadas, secas, sucias, estropeadas, descompuestas. Cosas que le reclamaban tan enérgicamente como el interior de su casa: éste es tu premio, puedes permitirte todo el dolor que quieras, jamás vas a mejorar nada, incluso puedes sentirte feliz si logras impedir deteriorarte más rápidamente. Intentó armarse de coraje antes de levantarse diciéndose que todavía, comparado con muchos otros, le quedaba una posibilidad. Así se vio forzado a soñar con enfermos y moribundos, con miserables, con aquellos torturados por la angustia. Pero este llamado de la triste condición humana no hacía más que reforzar su apatía. Saber que otros eran capaces de soportar semejantes fardos con una resignación sonriente no le causaba ningún efecto estimulante. ¿qué esperanza podía tener de igualar aquella resistencia si sus frustraciones actuales alcanzaban con vaciarle el alma de toda alegría? ¿Qué consuelo podía extraer del hecho que su amarga existencia no era más que una frágil certeza que recubría el infinito abismo al cual corría peligro de caer a cada momento?

En realidad, no sentía ningún amor por la vida. Esa idea lo estremeció, al punto de hundirlo en una suerte de exquisita desesperación. No me gusta la vida. No hay nada en ella que me procure algo de satisfacción… Salvo una cosa: esto, estar acostado. Y el hecho de saber que debo levantarme me estropea ese placer. En consecuencia, ¿por qué no renunciar simplemente a levantarme? Porque es preciso que te levantes. Tienes un empleo. Tienes una familia que mantener. Tu mujer ya está levantada. Tus hijos ya están levantados. Ellos cumplen con su deber. Ahora te toca cumplir con el tuyo. Sí, claro, pero para ellos es fácil. A ellos todavía les gusta la vida. A mí no. Lo único que me gusta es esto: quedarme en la cama.

Desde su escondite, escuchó la voz de su mujer:

-¡George!

Era un llamado neutro, despojado de toda inflexión, ritual, que no esperaba respuesta alguna.

No obstante, sin responder, rodó al otro lado de la cama y estiró las piernas. En el fondo del lecho, los dedos del pie se contrajeron al contacto con una bolsa de agua caliente cuyo contenido se había congelado durante la noche. Se ovilló en posición fetal y sumergió por completo la cabeza bajo las mantas. Allí dentro hacía mucho calor y estaba oscuro, era como una cueva, cálida y oscura. Inhaló el tufo con delicia y, cuando el oxígeno comenzó a faltar peligrosamente, intentó abrir bajo las sábanas ingeniosos conductos que permitiesen el paso del aire, aunque no de la luz.

Escuchó de nuevo, muy vagamente a su mujer gritar “¡George!”. esta vez, el grito sonó más seco e imperativo. Era la señal que indicaba que la familia ya había devorado los cereales y el tocino ya estaba cocido. La tensión entre su deseo por quedarse en la cama y la urgencia por levantarse comenzaba a subir. Sus miembros se abrazaron en un nudo más apretado y se hundió más profundamente en el colchón a la espera del tercer llamado.

-¡George!

Esto significaba que ya estaba demasiado retrasado como para tomar el desayuno, cuando mucho podría, con un poco de suerte, encontrar la forma de zamparse un poco de té antes de partir corriendo para perder el autobús.

Durante un rato que le pareció excesivamente largo, contuvo la respiración. Luego, de improviso, se calmó y estiró las piernas. Habia tomado una decisión. No se levantaría. El secreto radicaba en no pensar en las consecuencias. Tenía que concentrarse simplemente en el hecho de quedarse en la cama. En el placer que encontraba en ese asunto: el calor, la comodidad… Después de todo, aún contaba con su libre albedrío. Claro, usaría ese argumento. Me voy a quedar en la cama.

Debió de adormecerse por un momento. De pronto se dio cuenta de la presencia de su mujer en la habitación.

-Son las ocho y cuarto. El desayuno ya está frío… George… ¿No te levantas…? ¿George?

Él pudo detectar cierto espanto en la voz. Las sábanas y colchas fueron extraídas bruscamente para revelar su rostro. Volvió a tomarlas y las puso sobre sí algo contrariado porque todo su ingenioso sistema de conductos de aireación había sido destruido.

-¿George, estás enfermo?

Se sintió tentado de decir sí, estoy enfermo. Entonces, su mujer habría salido de la habitación en puntas de pie y les habría ordenado a los niños hacer silencio porque su padre estaba sufriendo. Un poco más tarde volvería a la habitación para encender la estufa y traería en una bandeja algún plato apetecible. Pero esa opción, se dijo, habría sido cobarde y el engaño sólo le hubiese regalado un día de tregua antes de tener que regresar a la vida que detestaba. No, rumiaba para sí un plan más heroico, de mayor alcance…

-No, no estoy enfermo -respondió desde su refugio.

-Entonces levántate, vas a llegar tarde al trabajo.

No respondió y su mujer volvió a salir del cuarto. La escuchó golpear con irritación los objetos del baño y gritarles a los niños para que terminaran su aseo de una vez. La descarga del agua se agotó y luego volvió a llenarse ruidosamente, las tuberías se enfrentaban gorgoteantes, mientras los niños se empujaban entre risas y lloriqueos. Fuera, en la calle, los pasos resonaban sobre la acera, en tanto los autos tosían, negándose a arrancar en el aire frío de la mañana; luego de algunas detonaciones, por fin se alejaban. Él permanecía inmóvil en el fondo de la cama, concentrado en su proyecto. Gradualmente, llegó a desechar de su conciencia la percepción de todos estos sonidos. Había escogido la opción mística.

*

El primer día fue el más duro. Al considerar que solamente se hallaba afectado por un golpe de culposa haraganería, su mujer se negó a darle nada que comer, esperando de esa forma obligarlo a levantarse. Pero el ayuno apenas si lo inquietó y permaneció en la cama todo el día, con excepción de furtivas incursiones al baño, procurando no dejarse ver. Por la noche, cuando su mujer fue a acostarse, la sintió enojada y llena de rencor. Ella se quejó por no haber podido hacer la cama del modo conveniente y se estiró hasta quedar completamente rígida en un extremo del colchón, lo más lejos posible de él. Al mismo tiempo, se sentía desconcertada y hasta con algo de culpa porque su marido no había comido nada. En un tono casi suplicante expresó la esperanza de que a la mañana siguiente él ya se hubiese cansado de estas chiquilinadas.

Sin embargo, a la mañana siguiente el operativo resultó mucho más sencillo. Apenas terminó de sonar el despertador, volvió a dormirse, sin rastros de mala conciencia ni de angustia. Era divino. Simplemente, se dio vuelta y se durmió sabiendo que ya no se levantaría. Más tarde, su mujer le trajo el desayuno y, sin decir palabra, dejó la bandeja sobre el suelo, al lado de la cama. Los niños llegaron hasta la puerta del dormitorio y se quedaron allí, viéndolo comer. Él les dirigió una sonrisa tranquilizadora.

Por la tarde tuvo la visita del médico, a quien la mujer había llamado. El doctor entró al cuarto con un aire triunfal.

-Bueno, vamos a ver… ¿Qué nos está pasando, Mr. Baker?

-Absolutamente nada, doctor -respondió él condulzura.

El médico lo auscultó rápidamente.

-No veo razón alguna para que usted no pueda levantarse, Mr. Baker.

-No, en efecto, que yo sepa, no hay ninguna. Salvo que no quiero.

A la mañana siguiente, quien apareció fue el pastor. Éste le imploró para que piense en sus responsabilidades tanto conyugales como paternales. Había momentos, no sabía demasiado bien cuándo, cuando se sentía sobrepasado por el esfuerzo que implicaba comportarse adecuadamente, abastecer a los suyos, etc. En tales momentos, la tentación por dejarse ir resultaba casi irresistible… Pero era lo opuesto al verdadero espíritu del cristianismo. “No digas que la actividad no trae sus frutos…”

-¿Y los monjes contemplativos? -replicaba él-, ¿Y los eremitas, los solitarios, esos que se instalan en lo alto de una colina?

Ah, pero ese tipo de manifestación religiosa, si bien  pudo haber tenido alguna eficacia en su época, no se correspondía con las formas de espiritualidad moderna. Por otra parte, él no podía pretender haber sufrido una suerte de ascesis o penitencia bajo la manera particular de este retiro del mundo que parecía poner en práctica.

-Esto no es un lecho de rosas, sabe -dijo el pastor.

Lo que siguió parecía confirmarlo. Hacia el séptimo día, comenzaron a aparecerle unas extrañas costras. Después de dos semanas, se encontraba demasiado débil como para ir al baño sin alguien que lo sostuviera. Al cabo de un mes ya no podía abandonar la cama y hubo que contratar a una enfermera para velar por sus necesidades físicas. No sabía demasiado de dónde provenía el dinero para retribuirle por sus servicios o para pagar el alquiler y asegurar las necesidades de su familia. Pero comprobó que, simplemente absteniéndose de inquietarse por estos problemas, ellos habían encontrado una solución. En este punto, su mujer ya no mostraba resentimientos hacia él. En verdad, tenía más bien la impresión de que ella lo respetaba más de lo que nunca había hecho.

Aparentemente, estaba en vías de convertirse en una celebridad local, incluso nacional. Un día, introdujeron en su cuarto una cámara de televisión y, adosado a su almohada, la mano de su mujer en la suya, él contó su historia a millones de telespectadores: cómo una fría mañana de pronto se dio cuenta que ya no amaba la vida, que su único placer consistía en estar acostado y cómo tomó la decisión lógica de permanecer en la cama hasta el final de sus días, los cuales seguramente estaban contados, pero a pesar de ello saboreaba plenamente cada minuto.

Como consecuencia de la emisión, el escuálido cartero que de tanto en tanto golpeaba el buzón debió de acostumbrarse a dejar toneladas de misivas. Su vista comenzaba a debilitarse y, en procura de ayuda par ala lectura y respuesta de las cartas, recurrió a voluntarios de la parroquia. La mayor parte de a correspondencia insistía en que debía darle otra oportunidad a su vida, y no fueron pocos quienes le enviaron algo de dinero o le ofrecían un empleo lucrativo.  Él declinaba las ofertas con educación y aceptaba el dinero en nombre de su mujer. (Ella utilizó una parte del mismo para renovar la casa; él encontró entretenido observar a los pintores treparse por las paredes del dormitorio. Cuando enyesaron el techo, se cubrió la cabeza con un periódico.)

Las cartas de aliento y felicitación no eran numerosas, pero eran las más importantes a sus ojos. Por ejemplo: “Te deseo mucha suerte, viejo. Yo haría lo mismo si tuviese las agallas suficientes.! “Lo admiro profundamente -decía otra escrita en papel membretado de una célebre universidad- por la manera en que usted declara el carácter intolerable del mundo moderno y el derecho inalienable del individuo de elegir darle la espalda; usted es un verdadero santo existencialista”.

Muchas veces el significado de estos mensajes se le escapaba un poco, pero de todos modos le producían un gran placer. Nunca, en realidad, se había sentido tan feliz ni tan colmado como en el presente.

Y en el presente, más que nunca, pensaba que lo mejor que podía ocurrírsele era morirse. A pesar de todos los cuidados que se le prodigaban, sentía que los últimos restos de su vitalidad comenzaban a desertar lentamente. Aspiraba a ingresar en la eternidad. Creía haber resuelto no solamente el problema de la vida sino también el de la muerte. Por momentos, el techo por encima de su cabeza le servía como pantalla, donde se reflejaba una visión semejante a las pintadas antaño en las bóvedas de las capillas: creía ver ángeles y santos que lo miraban desde lo alto de un paraíso nublado, y le hacían señales para reunirse con ellos. Tenía la impresión que su cuerpo ya no pesaba nada, y que sólo aquello que lo recubría le impedía elevarse. ¡La levitación! O incluso… ¡la apoteosis! Se debatía con las sábanas y mantas, pero ya no tenía fuerza alguna en los miembros. Luego, al cabo de un esfuerzo supremo, pudo apartar todo ese paquete que lo aplastaba y lo tiró al pie de la cama.

Esperó, pero nada ocurrió. El frío comenzó a ganarle. Intentó volver a cubrirse con las mantas, pero el esfuerzo puesto en librarse de ellas lo había agotado. Tiritaba. Afuera, la noche caía. “¡Enfermera!”, llamó débilmente. No tuvo respuesta. Llamó entonces a su mujer: “¡Margaret!” Nada. La casa permanecía en silencio. Vio su aliento en el aire frío. Levantó la vista al techo, pero ninguna cabeza de santo o de ángel posó sus ojos en él: sólo podía distinguir la fisura estirándose, como un gesto, desde la puerta hasta la lámpara. De repente, comprendió de qué estaba hecha su eternidad.

-¡Margaret, enfermera! -gritó con una voz deshilachada- ¡Me quiero levantar, vengan a ayudarme!

Pero nadie vino.

(Traducción de Christian Kupchik)

* * *

David John Lodge nació el 28 de enero de 1935 en Brockley, Londres, Inglaterra.

Obras: Ficción: The Picturegoers (1960), Ginger You’re Barmy (1962), The British Museum Is Falling Down (1965), Out of the Shelter (1970), Changing Places: A Tale of Two Campuses (1975), How Far Can You Go? (1980), Small World: An Academic Romance (1984), Nice Work (1988), Paradise News (1991), Therapy (1995), The Man Who Wouldn’t Get Up: And Other Stories (1998), Home Truths (1999, nouvelle), Thinks… (2001), Author, Author (2004), Deaf Sentence (2008), A Man of Parts (H. G. Wells) (2011)

No ficción: Language of Fiction (1966), The Novelist at the Crossroads (1971), The Modes of Modern Writing (1977), Working with Structualism (1981), Write On (1986), After Bakhtin (1990), The Art of Fiction (1992), Modern Criticism and Theory: A Reader (1992), The Practice of Writing (1997), Consciousness and the Novel (2003), The Year of Henry James: The Story of a Novel (2006)

Teatro: The Writing Game (1990), Home Truths (1999).

Mónica Cruppi / Lo que consumimos todo el día

(Publicado en diario La Nación, 30.9.2011)

El conflicto es multicausal. La violencia que vivimos día tras día en el nivel escolar es la misma que la sociedad consume todo el día y durante las 24 horas.

La escuela no es un lugar aislado y la agresión con la que los niños conviven en la casa, en la calle y en la televisión se traslada a la escuela. Sería imposible que las aulas quedaran al margen de esta situación.

Tampoco es un problema social aislado y dentro del ámbito local. La escalada de violencia en este escenario educativo tiene réplicas en todo el mundo y las noticias sobre el tema son repetidas diariamente por los medios de comunicación.

El fenómeno es global. En la actualidad se recurre a los golpes, los insultos y los agravios amparándose en la defensa de los derechos individuales. Caen las instituciones, caen los valores morales, caen la función paterna y la autoridad. Y la violencia está en plena escalada.

En la Argentina la escuela dejó de tener el papel principal de institución educativa. Allí ya no sólo se enseña y se aprende. Hoy las escuelas se articulan como guarderías, hogares de contención y amparo para los chicos.

Cuando el conflicto llega a la escuela es necesario dirigir la mirada hacia otro lugar: como en cualquier orden de la vida, todo comienza en casa, donde el niño nace y se construye socialmente como persona. La nueva generación de padres está desorientada, agotada en sus funciones y carente de recursos. El límite que es bueno y necesario imponer en la crianza se confunde con el reto, el grito y el castigo sin argumento, y la falta de autoridad de los padres se convierte en el autoritarismo de sus hijos.

En la etapa de crecimiento, la imitación es uno de los bastiones del aprendizaje. Copiar lo que se ve, imitar lo que se tiene al lado, reproducir lo que miro a mi alrededor. Y en esos actos cotidianos está la violencia, que se encarniza en las mentes más débiles y fértiles, como la de los niños y los adolescentes.

Otra causa del fenómeno que aqueja a la comunidad educativa y que juega un papel protagónico dentro del análisis es el quiebre de la cultura del trabajo, entendido como un camino de esfuerzo continuo.

He visto en más de una situación cómo un alumno no admite el aplazo académico y la desaprobación. Y he visto en más de una oportunidad el reclamo de los padres detrás del enojo inicial del alumno, que valida la soberbia de su hijo desautorizando la acción del maestro. Los padres vs. los maestros, así muchas veces está planteada la relación.

Urge un tratamiento interdisciplinario para encarar el conflicto. Volver al diálogo y a la reflexión es imperante. Recuperar la palabra perdida para desterrar la violencia encarnizada.

* * *

La autora es miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

Kokuhaku (Confesiones)

Tetsuya Nakashima nació en 1969 en Fukuoka, Japón, y además de Kokuhaku (2010) dirigió Flarella (2010), Pako to mahô no ehon (2008), Kiraware Matsuko no isshô (2006), X’smap: Tora to raion to gonin no otoko (película para televisión, 2004), Shimotsuma monogatari (2004), Shiritsu tantei Hama Maiku (serie de televisión, 2002), Yonimo kimyô na monogatari: Aki no tokubetsu hen (película para televisión, segmento “Mama shin hatsubai!”, 2001), Beautiful Sunday (1998), Natsu jikan no otonatachi (1997), y Bakayarô!: Watashi okkote masu (segmento 2, 1988).

*

Es el 25 de marzo, final del primer trimestre de 1º año B en una escuela secundaria. La profesora Yuko Moriguchi anuncia a las alumnas y alumnos que este será su último mes al frente del inquieto curso. Y les cuenta una historia: que pensaba casarse con el padre de su futura hija Manami, pero cuando estaba embarazada, a él (Masayoshi Sakuranomiya, otro docente y muy apreciado por los alumnos) le detectaron que estaba infectado con el HIV, que contrajo trabajando en el extranjero. Decidió tener a su hija pero no se casaron ni pudieron compartir la crianza de la niña porque pensaron que si la gente se enteraba que era hija de alguien infectado con el virus la iban a discriminar toda la vida.

Manami tenía seis años. La señora Takenaka la cuidaba mientras Yuko trabajaba, excepto un día a la semana que la niña esperaba en la enfermería del colegio a que su madre terminara la reunión semanal de docentes.

Pero el 13 de febrero encontraron a Manami muerta flotando en la piscina. La policía dijo que se había resbalado y caído accidentalmente. Pero Yuko nunca creyó esa versión.

Hoy, luego de investigar pacientemente por su cuenta y frente a las alumnas y alumnos, Yuko les dice que sabe perfectamente quiénes mataron a su hija: son dos alumnos de ese curso.

*

Con este casi monólogo de la profesora que ocupa los veinte primeros minutos de la película, se pone en marcha una historia exasperante, inquietante, visualmente impactante e impecable, y cuya trama policial se ve enriquecida con certeros toques de terror y de locura, en torno a una venganza. Los testimonios de los principales personajes son las confesiones del título.

El director logra mostrar la excitación y, en este caso, las perturbaciones de unos chicos de trece años, sus miedos, fantasías y elucubraciones respecto a la vida y la muerte, la agresión y la violencia, y a ser reconocidos afectivamente por sus padres. Para ello apela a unos recursos visuales magníficos con un argumento que sobresalta y no deja de sobresaltar hasta el final.

Actúan Takako Matsu (la profesora Yuko Moriguchi), Yoshino Kimura (Yuko Shimomura, la madre de Naoki), Masaki Okada (Yoshiteru Terada), Yukito Nishii (Shuya Watanabe), Kaoru Fujiwara (Naoki Shimomura), Ai Hashimoto (Mizuki Kitahara), Hirofumi Arai (el padre de Shuya), Makiya Yamaguchi (Masayoshi Sakuranomiya).

En familie (Una familia)

Pernille Fischer Christensen (1969, Dinamarca) dirigió y coescribió En familie (2010), luego de haber realizado Dansen (2008) y En soap (2006), y los cortos Habibti min elskede (2002), Indien (1999) y Pigen som var søster (1997).

Rikard Rheinwald es un jovial hombre mayor, dueño de una fábrica de pan, tercera generación de exquisitos panaderos y que ostentan el honor de ser los proveedores de la Corte Real de Dinamarca.  De su primer matrimonio han nacido Ditte y Chrisser, y con Sanne, su actual pareja, ha tenido a Line y al pequeño Werner. Ditte está al frente de una galería de arte, y vive con su novio Peter, que es artista plástico.

Los análisis médicos de Rikard son muy alentadores ya que le informan que el tumor que tenía ha desaparecido. Simultáneamente Ditte recibe el ofrecimiento laboral de trasladarse a Estados Unidos y continuar con su actividad como galerista pero en un puesto de mayor jerarquía que el actual y Peter se entusiasma con la noticia. Pero luego de un análisis casero, Ditte se entera que está embarazada.

Otro suceso en la vida de Rikard dará pie a que los lazos familiares, los mandatos, las expectativas y sueños se vean puestos a prueba. No todo será igual a partir de ahora.

Partiendo de este planteo la directora muestra de forma magistral lo difícil que puede ser que ciertos miembros de la familia tengan que tomar decisiones que en mayor o menor medida afectan al resto. ¿Qué se privilegia, la familia o el destino individual? Si bien tiene toques melodramáticos, la película es un drama profundo y conmovedor.

Actúan Jesper Christensen (estupendo como Rikard Rheinwald), Lene Maria Christensen (Ditte Rheinwald), Johan Philip Asbæk (Peter), Anne Louise Hassing (Sanne Rheinwald), Line Kruse (Chrisser Rheinwald), Coco Hjardemaal (Line Rheinwald) y Gustav Fischer Kjærulff (Werner Rheinwald).

Howard Phillips Lovecraft / Aire frío

William Blake. Behemot y Leviatán

Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué tiemblo
más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y repelido cuando el
escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día otoñal. Están aquellos que dicen
que reacciono al frío como otros lo hacen al mal olor, y soy el último en negar esta
impresión. Lo que haré está relacionado con el más horrible hecho con que nunca me
encontré, y dejo a tu juicio si ésta es o no una explicación congruente de mi
peculiaridad.

Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la oscuridad, el
silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media tarde, en el estrépito de la
metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar albergue con una patrona prosaica y
dos hombres fornidos a mi lado. En la primavera de 1923 había adquirido un almacén
de trabajo lúgubre e desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo incapaz de
pagar un alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva desde una pensión
barata a otra en busca de una habitación que me permitiera combinar las cualidades de
una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy razonable precio. Pronto entendí
que sólo tenía una elección entre varias, pero después de un tiempo encontré una casa en
la Calle Decimocuarta Oeste que me asqueaba mucho menos que las demás que había
probado.

El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a finales de
los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que manchaba y mancillaba el
esplendor descendiendo de altos niveles de opulento buen gusto. En las habitaciones,
grandes y altas, y decoradas con un papel imposible y ridículamente adornadas con
cornisas de escayola, se consumía un deprimente moho y un asomo de oscuro arte
culinario; pero los suelos estaban limpios, la lencería tolerablemente bien, y el agua
caliente no demasiado frecuentemente fría o desconectada, así que llegué a considerarlo,
al menos, un sitio soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de
nuevo. La casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me
molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada en mi
habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos eran tan
silenciosos y poco comunicativos como uno pudiera desear, siendo mayoritariamente
hispanos de grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de los coches en la calle de
debajo resultaban una seria molestia.

Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño. Un
anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de que había
estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo. Mirando alrededor, vi
que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la mojadura procedía de una
esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener el asunto en su origen, corrí al
sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que el problema sería rápidamente
solucionado.

El Doctor Muñoz, lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de mí, tiene
arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse – cada vez está
más enfermo – pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su enfermedad – todo el
día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en calor. Se hace sus propias
faenas – su pequeña habitación está llena de botellas y máquinas, y no ejerce como médico. Pero una vez fue bueno – mi padre en Barcelona oyó hablar de él – y tan sólo le
curó el brazo al fontanero que se hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al tejado,
y mi hijo Esteban le trae comida y ropa limpia, y medicinas y productos químicos.
¡Dios mío, el amoniaco que usa para mantenerse frío!

La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi
habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había manchado y
abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre mí. Nunca había
oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un mecanismo a gasolina;
puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me pregunté por un momento cuál
podría ser la extraña aflicción de este hombre, y si su obstinado rechazo a una ayuda
externa no era el resultado de una excentricidad más bien infundada. Hay, reflexioné
trivialmente, un infinito patetismo en la situación de una persona eminente venida a
menos en este mundo.

Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que súbitamente
me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación escribiendo. Lo médicos me
habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía que no había tiempo que perder; así,
recordando que la casera me había dicho sobre la ayuda del operario lesionado, me
arrastré escaleras arriba y llamé débilmente a la puerta encima de la mía. Mi golpe fue
contestado en un inglés correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando
mi nombre y profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta
contigua a la que yo había llamado.

Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más calurosos del
presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en un gran aposento el
cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este nido de mugre y de aspecto
raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su función diurna de sofá, y los muebles de
caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros, y librerías repletas revelaban el estudio
de un gentilhombre más que un dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la
habitación sobre la mía – la “pequeña habitación” de botellas y máquinas que la Sra.
Herrero había mencionado – era simplemente el laboratorio del doctor; y de esta manera,
su dormitorio permanecía en la espaciosa habitación contigua, cuya cómoda alcoba y
gran baño adyacente le permitían camuflar el tocador y los evidentemente útiles
aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre de edad, cultura y distinción.
La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía un atavío
formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque sin expresión altiva,
estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos anticuados espejuelos protegían su
ojos oscuros y penetrantes, una nariz aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía
por otra parte Celta. Un abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales
visitas al peluquero, estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato
completo denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior.

A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío, sentí una
repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su pálido semblante
y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para este sentimiento, incluso
estas cosas habrían sido excusables considerando la conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que me alienaba; de tal modo el frío era
anormal en un día tan caluroso, y lo anormal siempre despierta la aversión,
desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita habilidad
del médico que de inmediato se manifestó, a pesar del frío y el estado tembloroso de sus
manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una mirada, y las atendió con
destreza magistral; al mismo tiempo que me reconfortaba con una voz de fina
modulación, si bien curiosamente cavernosa y hueca que era el más amargo enemigo del
alma, y había hundido su fortuna y perdido todos sus amigos en una vida consagrada a
extravagantes experimentos para su desconcierto y extirpación. Algo de fanático
benevolente parecía residir en él, y divagaba apenas mientras sondeaba mi pecho y
mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del pequeño laboratorio.

Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de buena cuna, una novedad
excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un inusual discurso como si
recuerdos de días mejores surgieran de él.

Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como
respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis pensamientos
de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo su consuelo cuidadoso
sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y la sabiduría hacen fuerte a un
órgano para vivir, podía a través de una mejora científica de esas cualidades, una clase
de brío nervioso a pesar de los daños más graves, defectos, incluso la falta de energía en
órganos específicos. Podía algún día, dijo medio en broma, enseñarme a vivir – o al
menos a poseer algún tipo de existencia consciente – ¡sin tener corazón en absoluto!. Por
su parte, estaba afligido con unas enfermedades complicadas que requerían una muy
acertada conducta que incluía un frío constante. Cualquier subida de la temperatura
señalada podría, si se prolongaba, afectarle fatalmente; y la frialdad de su habitación -
alrededor de 55 ó 56 grados Fahrenheit – era mantenida por un sistema de absorción de
amoníaco frío, y el motor de gasolina de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi
habitación.

Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío lugar como
discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le pagaba con frecuentes
visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones secretas y los más o menos
terribles resultados, y temblaba un poco cuando examinaba los singulares y
curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes. Finalmente fui, puedo añadir, curado
del todo de mi afección por sus hábiles servicios. Parecía no desdeñar los conjuros de
los medievalistas, dado que creía que esas fórmulas enigmáticas contenían raros
estímulos psicológicos que, concebiblemente, podían tener efectos sobre la esencia de
un sistema nervioso del cuál partían los pulsos orgánicos. Había conocido por su
influencia al anciano Dr. Torres de Valencia, quién había compartido sus primeros
experimentos y le había orientado a través de las grandes afecciones de dieciocho años
atrás, de dónde procedían sus desarreglos presentes. No hacía mucho el venerable
practicante había salvado a su colega de sucumbir al hosco enemigo contra el que había
luchado. Quizás la tensión había sido demasiado grande; el Dr. Muñoz lo hacía
susurrando claro, aunque no con detalle – que los métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque envolvía escenas y procesos no bienvenidos por los
galenos ancianos y conservadores.

Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta pero
inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había insinuado. El
aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era hueca y poco clara, su
movimiento muscular tenía menos coordinación, y su mente y determinación menos
elástica y ambiciosa. A pesar de este triste cambio no parecía ignorante, y poco a poco
su expresión y conversación emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil
repulsión que originalmente había sentido.

Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas y el
incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón sepultado en
el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda de aire frío, y con mi
ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación y modificó la bomba y la
alimentación de su máquina refrigerante hasta poder mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en 28 grados; el baño y el laboratorio, por
supuesto, eran los menos fríos, a fin de que el agua no se congelase, y ese proceso
químico no lo podría impedir. El vecino de al lado se quejaba del aire gélido de la
puerta contigua, así que le ayudé a acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el
problema. Una especie de creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía
poseerle. Hablaba incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas
tales como entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.

Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de eso, en
mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños que le rodeaban,
y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender sus necesidades diarias,
embutido en un abrigo amplio que me compré especialmente para tal fin. Asimismo
hice muchas de sus compras, y me quedé boquiabierto de confusión ante algunos de los
productos químicos que pidió de farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios.
Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de su
apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el aroma en su
habitación era peor – a pesar de las especias y el incienso, y los acres productos
químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en tomar sin ayuda. Percibí que
debía estar relacionado con su dolencia, y me estremecía cuando reflexioné sobre que
dolencia podía ser. La Sra. Herrero se apartaba cuando se encontraba con él, y me lo
dejaba sin reservas a mí; incluso no autorizaba a su hijo Esteban a continuar haciendo
los recados para él. Cuándo sugería otros médicos, el paciente se encolerizaba de tal
manera que parecía no atreverse a alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos de
una emoción violenta, aún cuando su determinación y fuerza motriz aumentaban más
que decrecía, y rehusaba ser confinado en su cama. La dejadez de los primeros días de
su enfermedad dio paso a un brioso retorno a su objetivo, así que parecía arrojar un reto
al demonio de la muerte como si le agarrase un antiguo enemigo. El hábito del
almuerzo, curiosamente siempre de etiqueta, lo abandonó virtualmente; y sólo un poder
mental parecía preservarlo de un derrumbamiento total.

Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza, los cuáles
sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después de su muerte,
transmitió a ciertas personas que nombró – en su mayor parte de las Indias Orientales,
incluyendo a un celebrado médico francés que en estos momentos supongo muerto, y
sobre el cuál se había murmurado las cosas más inconcebibles. Por casualidad, quemé
todos esos escritos sin entregar y cerrados. Su aspecto y voz llegaron a ser
absolutamente aterradores, y su presencia apenas soportable. Un día de septiembre con
un solo vistazo, indujo un ataque epiléptico a un hombre que había venido a reparar su
lámpara eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál recetó eficazmente mientras se
mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño que parezca, había pasado por los
horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido ningún temor.

Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa
brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se rompió,
de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación refrigerante de amoníaco. El
Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé desesperadamente para reparar el
daño mientras mi patrón maldecía en tono inánime, rechinando cavernosamente más
allá de cualquier descripción. Mis esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron el
daño; y cuando hube traído un mecánico de un garaje nocturno cercano, nos enteramos
de que nada se podría hacer hasta la mañana siguiente, cuando se obtuviese un nuevo
pistón. El moribundo ermitaño estaba furioso y alarmado, hinchado hasta proporciones
grotescas, parecía que se iba a hacer pedazos lo que quedaba de su endeble constitución,
y de vez en cuando un espasmo le causaba chasquidos de las manos a los ojos y corría
al baño. Buscaba a tientas el camino con la cara vendada ajustadamente, y nunca vi sus
ojos de nuevo.

La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la mañana el
doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el hielo que pudiese
obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía de mis viajes, a veces
desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada del baño, dentro podía oír un
chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la orden de “¡Más, más!”. Lentamente
rompió un caluroso día, y las tiendas abrieron una a una. Pedí a Esteban que me ayudase
a traer el hielo mientras yo conseguía el pistón de la bomba, o conseguía el pistón
mientras yo continuaba con el hielo; pero aleccionado por su madre, se negó totalmente.
Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de la Octava
Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una pequeña tienda donde le
presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de encontrar un pistón de bomba y
contratar a un operario competente para instalarlo. La tarea parecía interminable, y me
enfurecía tanto o más violentamente que el ermitaño cuando vi pasar las horas en un
suspiro, dando vueltas a vanas llamadas telefónicas, y en búsquedas frenéticas de sitio
en sitio, aquí y allá en metro y en coche. Sobre el mediodía encontré una casa de
suministros adecuada en el centro, y a la 1:30, aproximadamente, llegué a mi albergue
con la parafernalia necesaria y dos mecánicos robustos e inteligentes. Había hecho todo
lo que había podido, y esperaba llegar a tiempo.

Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una agitación
completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a un hombre rezar en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los inquilinos juraban sobre las cuentas
de sus rosarios como percibieron el olor de debajo de la puerta cerrada del doctor. El
vago que había contratado, parece, había escapado chillando y enloquecido no mucho
después de su segunda entrega de hielo; quizás como resultado de una excesiva
curiosidad. No podía, naturalmente, haber cerrado la puerta tras de sí; a pesar de eso,
ahora estaba cerrada, probablemente desde dentro. No había ruido dentro a excepción de
algún tipo de innombrable, lento y abundante goteo.

En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que un
temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró una forma de
dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre. Previamente habíamos
abierto las puertas de todas las habitaciones de ese pasillo, y abrimos todas las ventanas
al máximo. Ahora, con las narices protegidas por pañuelos, invadimos temerosamente la
odiada habitación del sur que resplandecía con el caluroso sol de primera hora de la
tarde.

Una especie de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño a la
puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un terrorífico
charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y cegata, sobre un trozo
de papel embadurnado como si fuera con garras que hubieran trazado las últimas
palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al sofá y desaparecía.

Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir. Pero lo que
temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y manchado antes de
sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo tanto terror, a mí, a la patrona
y a los dos mecánicos que huyeron frenéticamente de ese lugar infernal a la comisaría
de policía más cercana. Las palabras nauseabundas parecían casi increíbles en ese
soleado día, con el traqueteo de coches y camiones ascendiendo clamorosamente por la
abarrotada Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en ese momento las creía.
Tanto las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas acerca de las cuáles es
mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor del amoníaco, y que
aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria corriente de aire frío.
El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo – el hombre echó
un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos no pueden durar.
Imagino que sabes – lo que dije sobre la voluntad y los nervios y lo de conservar el
cuerpo después de que los órganos dejasen de funcionar. Era una buena teoría, pero no
podría mantenerla indefinidamente. Había un deterioro gradual que no había previsto.
El Dr. Torres lo sabía, pero la conmoción lo mató. No pudo soportar lo que tenía que
hacer – tenía que meterme en un lugar extraño y oscuro, cuando prestase atención a mi
carta y consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos no volvieron a funcionar de
nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera -conservación- pues como se puede ver,
fallecí hace dieciocho años.

* * *

Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island, Estados Unidos y falleció el 15 de marzo de 1937 en la misma ciudad. Es uno de los más extraordinarios narradores del horror literario.

Cuentos, novelas, poemas: A través de las puertas de la llave de plata (con E. Hoffmann Price, 1933), Aire frío (1926), Arthur Jermyn (1920), Astrophobos, Autobiografía, Azathoth (1922)Celephaïs (1920)Cenizas (con C. M. Eddy, Jr.,1923), Cosmos en colapso (con R. H. Barlow,1935), Dagón (1917), Del más allá (1920), Dos botellas negras (con Wilfred Blanch Talman, 1926), Él (1925), El alquimista (1908), El árbol (1920), El árbol en la colina (con Duane W. Rimel, 1934), El buque misterioso (1902), El caos reptante (con Winifred V. Jackson, 1920), El caso de Charles Dexter Ward (1927), El ceremonial (1923), El clérigo malvado (1933), El color que cayó del cielo (1927), El desafío del más allá (con C. L. Moore; A. Merritt; Robert E. Howard y Frank Belknap Long, 1935), El descendiente (1925), El devorador de fantasmas (con C. M. Eddy, Jr., 1923), El diario de Alonzo Typer (con William Lumley, 1935), El extraño (1921), El grabado en la casa (1920), El hombre de piedra (con Hazel Heald, 1932), El horror de Dunwich (1928), El horror en la Playa Martin (con Sonia H. Greene, 1922), El horror de Red Hook (1925), El horror en el cementerio (con Hazel Heald, 1933), El horror en el museo (con Hazel Heald, 1932), El horror oculto (1922), El horror sobrenatural en la literatura, El lazo de Medusa (con Zealia Bishop, 1930), El Libro (1933), El Libro Negro De Alsophocus (con Martín S. Warnes), El misterio del cementerio (1898), El modelo Pickman (1926), El morador de las tinieblas o El que acecha en la oscuridad (1935), El pantano de la luna (1921), El pescador del Cabo del Halcón (con August Derleth), El sabueso (1922), El superviviente (con August Derleth), El que susurra en la oscuridad o El susurrador de la oscuridad (1930), El templo (1920), El túmulo (con Zealia Bishop, 1930), El verdugo eléctrico (con Adolphe de Castro, 1929), El viejo Bugs (1919), El viejo terrible (1920), En la cripta (1925), En la noche de los tiempos, La Sombra Fuera del Tiempo o El abismo en el tiempo (1934), En las montañas de la locura (1931), En los muros de Eryx (con Kenneth Sterling, 1936), Encerrado con los faraones (con Harry Houdini, 1924), Ex Oblivione (1921), Hasta en los mares (con R. H. Barlow, 1935), Herbert West: Reanimador (1922), De la oscuridad, El demonio de la peste, Seis disparos a la luz de la luna, El grito del muerto, El horror de las sombras, Las legiones de la tumba, Hipnos (1922), Historia del Necronomicón (1927), Hongos de Yuggoth Poemas de horror cósmico, Hongos de Yuggoth Poemas de la naturaleza, Hongos de Yuggoth, Poemas metafísicos, Hongos de Yuggoth Poemas oníricos, Ibid (1928), La antigua raza (1927), La batalla que dio fin al siglo (con R. H. Barlow, 1934), La bestia en la cueva (1905), La botellita de cristal (1897), La búsqueda de Iranon (1921), La búsqueda en sueños de la ignota Kadath (1927), La casa evitada (1924), La casa maldita, La calle (1920), La ciénaga-luna, La ciudad sin nombre (1921), La cosa en el umbral (1933), La cueva secreta (1897), La declaración de Randolph Carter (1919), La dulce Ermengarde (1917), La exhumación (con Duane W. Rimel, 1935), La extraña casa elevada entre la niebla (1926), La habitación cerrada (con August Derleth), La Hermandad Negra (con August Derleth), La Hoya de las Brujas (con August Derleth), La lámpara de Alhazred (con August Derleth), La llamada de Cthulhu (1926), La llave de plata (1926), La maldición de Yig (con Zealia Bishop, 1928), La maldición que cayó sobre Sarnath (1919), La muerte alada (con Hazel Heald, 1933), La música de Erich Zann (1921), La nave blanca (1919), La noche del óceano (con R. H. Barlow, 1936), La poesía y los dioses (con Anna Helen Crofts, 1920), La pradera verde (con Winifred V. Jackson, 1918), La sombra fuera del espacio (con August Derleth), La sombra sobre Innsmouth (1931), La trampa (con Henry S. Whitehead, 1931), La tumba (1917), La transición de Juan Romero (1919), La última prueba (con Adolphe de Castro, 1927), La ventana en la buhardilla (con August Derleth), Las ratas en las paredes (1923), Lo innombrable (1923), Lo que trae la luna (1922), Los amados muertos (con C. M. Eddy, Jr., 1923), Los gatos de Ulthar (1920), Los otros dioses (1921), Los sueños en la casa de la bruja (1932), Más allá de los eones (con Hazel Heald, 1933), Más allá del muro del sueño (1919), Memoria (1919), Nyarlathotep (1920), Polaris (1918), Reliquia de un mundo olvidado (con Hazel Heald), Robert Ervin Howard: Un recuerdo, Sordo, mudo y ciego (con C. M. Eddy Jr., 1924), Una semblanza del Doctor Johnson (1917).

María Teresa Andruetto, poesías

Edward Hopper. A Woman in the Sun (1961)

Desnuda en la tienda

                                       No era coqueta
                                       Era fuerte.
June Jordan

Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de color subido. Y fuimos
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba Tula.
Te queda rico, dijo, te queda de novela.
Nos metimos las dos en esa caja,
entrábamos apenas.

Como no había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.

Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón
como una piedra, fuerte y fatal
como una piedra.

Víspera

Se va la tarde. Decís, a este sitio
vendremos: escribirás, sembraré,
pasaremos los días de viejos.
Sobre la casa que nace, cruzó
una torcaza. Más allá hay un halcón
y unas loras. La luz moja la falda
del Mogote, aviva los manchones
amarillos. Todo es hermoso, digo,
y sin embargo, hay una nota
de tristeza sobre talas y espinillos.
Será porque es invierno, decís,
será porque es domingo.

(De KODAK, Pavese/Kodak, Colección Pez Náufrago. Ediciones del Dock, 2008)

Autorretrato ante el caballete

a Alejandro Schmidt 

El pincel sirve para salvar
las cosas del caos. 
Shitao

1.

Esto es lo que queda
de un hombre que se muere:
un pincel y la mano agrietada
que sostiene el pardo, el rojo,
el amarillo… la mano que va,
que se desvela, desde el charco
de luz hacia la tela.

2.

Lenta la pincelada oscura,
el hijo del molinero
tantea con ojos ciegos
la espesura
hasta dar con la luz.

3.

Este rostro ya estaba
debajo de la tela, estaba y carcomía
con su podredumbre el retrato del joven
con gorguera. Bajo las arrugas y los ojos
desteñidos están los ojos arrogantes
de otro tiempo, pero ni el otro ni éste
son grandes, a todos los ha herido
esta luz: ya nada es menos,
hasta lo más miserable
tiene su destello.

4.

No es la pieza oscura donde pinta,
ni la pobreza que trajo la desnuda forma.
ni la luz que cae sobre la gorra,
ni el pelo desprolijo, ni la barba,
tampoco el cuerpo vencido,
ni el olor rancio del encierro.
Son los ojos que no encuentran
a Saskia, a Hendrickje, al bienamado Tito;
los ojos que se han vuelto
hacia un lugar de nada,
hacia el vacío.

5.

Otros buscarán la nota pura,
la imagen que persiste, la tersura,
como buscan sus ojos en la tela

(es la mirada lo que abruma,
lo que desvela)

6.

También yo persigo
una palabra oscura en los retratos de Saskia,
en la ternura de Hendrickje, en la viva
luz de Tito, y el aire de bondad,
la carnadura de un hombre
que se deshizo.

(De BeatrizEdiciones Argos, 2006)

* * *

María Teresa Andruetto nació el 26 de enero de 1954 en Arroyo Cabral, Córdoba, Argentina.

Obras: Tama (1992), Stefano (1998), Veladuras (2005), La mujer en cuestión (2009), Lengua madre (2010), Todo movimiento es cacería (cuentos, 2002), Palabras al rescoldo (poemas, 1993), Pavese y otros poemas (poemas, 1998), Kodak (poemas, 2001), Beatriz (poemas, 2005), Pavese/Kodak (poemas, 2008), Sueño americano (poemas, 2009), Tendedero (poemas, 2009), Enero (teatro, 2005) y numerosos libros para niños y jóvenes, entre otros El anillo encantado (1993), Huellas en la arena (1998), La mujer vampiro (2000), Benjamino (2003), Trenes (2007), El país de Juan (2003), Campeón (2009), El árbol de lilas (2006), Agua cero (2007) y El incendio (2008). Reunió su experiencia en talleres de escritura en dos libros realizados en colaboración, La escritura en el taller (2008) y El taller de escritura en la escuela (2010) y sus reflexiones en Hacia una literatura sin adjetivos (2009).

Mónica Beltrán / La escritura cursiva se extingue y hay debate por su efecto en el pensamiento

(Publicado en Perfil, 2.10.2011)

DEJAR DE USARLA PODRIA TRAER ENVEJECIMIENTO PREMATURO CEREBRAL

Cada vez menos estudiantes de todos los niveles de los establecimientos argentinos pueden escribir correctamente –y hacerse entender– a mano, con letra cursiva. A diferencia de cuando la caligrafía era una materia obligatoria, hoy la computadora y el celular aparecen como los principales enemigos de una tarea que amenaza con convertirse en anacrónica. Los expertos dudan si la pérdida de la cursiva traería o no consecuencias en la organización de estructuras mentales.

Escribir a mano, con birome o lapicera, está en desuso y pocos entienden que mantener ese hábito tenga alguna utilidad. Sin embargo, hay especialistas que aseguran que perder la costumbre de escribir a mano puede traer consecuencias en el pensamiento y hasta acelerar el envejecimiento cerebral. Como en todo, hay caminos alternativos, términos medios que es necesario transitar.

“Profe, me olvidé cómo se escribe. Estoy tan acostumbrada al celular y la computadora que no me salen las letras”, le dijo una estudiante de quinto año de Psicología de la Universidad del Salvador a su profesora, Laura Waisman, docente de la cátedra de Orientación Vocacional. La docente, que se lo contó a PERFIL, confiesa que no lo podía creer.

Pero toda la responsabilidad no es de las nuevas tecnologías. Si así fuera, la cosa tendería a agravarse con la incorporación de las netbooks en las escuelas secundarias de todo el país y en las primarias, en el caso de la Ciudad de Buenos Aires. El problema principal es que los chicos no entienden la utilidad de seguir escribiendo a mano y que los maestros no siempre registran este asunto como un problema más del aprendizaje.

“El problema de la caligrafía en mi escuela es de mucho tiempo. Antes de que llegaran las computadoras a las escuelas, ya muchos chicos tenían grafías casi indescifrables, para decir verdad no tengo certezas sobre los motivos pero siempre me rondó por la cabeza la idea de que en la escuela pocas veces la escritura tiene una función verdadera, nunca se escribe con una verdadera intención comunicativa”, opina la profesora Adriana Bargallo, profesora de Prácticas del Lenguaje en la Escuela Secundaria Básica Nº 49 de Moreno.

“Siempre les digo a mis alumnos que, si bien estamos rodeados de tecnologías, la escritura a mano está más ligada al mundo interno de las personas, al casero, al íntimo, al de los sentimientos más profundos, y que no tienen que perderse eso”, dice la docente a PERFIL.

El síntoma está extendido en las escuelas. Un informe de la Unesco de junio último advirtió que siete de cada diez alumnos argentinos presentaron escritos que resultan indescifrables en un estudio de habilidades de los estudiantes de América latina y el Caribe. Pero, además, reconoce que el fenómeno no es sólo en este país sino en toda la región. Y en Italia, la Sociedad de Pediatría acaba de alertar que la caligrafía está en vías de extinción debido al uso cada vez más extendido de los teclados.

“El uso de la mano tiene una parte muy grande de representación cortical, así como lo visual tiene su parte. Cada parte del cuerpo da órdenes al cerebro. Si cada vez se usa menos la escritura manual, hay riesgo de que el cerebro funcione distinto. La escritura permite la organización de estructuras a nivel cerebral que hacen memorizar las palabras, la sintaxis; una cantidad de datos que luego van a ser elaborados para estructurar el pensamiento”, explica el neurólogo infantil León Benasayag.

La pregunta,pese al temor que provoca, resulta insoslayable: ¿los jóvenes de hoy, entonces, tendrán cerebros envejecidos prematuramente?

El especialista, que es profesor de Neurología en la UBA y fellow de la Royal Society of Medicine de Londres, deja abierto el problema: “Si se tiene en cuenta que a las personas, para mantenerse jóvenes, se les recomienda que hagan crucigramas, ejercicios manuales, palabras cruzadas y que ejerciten sus manos y sus funciones intelectuales, podría pensarse en que sí habría jóvenes con cerebros cada vez más viejos. Pero como no se ha investigado lo suficiente sobre los cambios que producirán las nuevas funciones que se van desarrollando con la tecnología, hoy no es posible dar una respuesta única”.

Para la psicopedagoga Gabriela Dueñas, pensar que la falta de uso de la mano puede repercutir en el pensamiento es exagerado: “¿Por qué no pensar que con el Blackberry, por ejemplo, se usan los pulgares que antes casi no los movíamos y que, tal vez, esto ponga en marcha nuevas zonas cerebrales?”, se pregunta. La especialista, que trabaja en el Instituto Lasalle de Florida, advierte que los cambios siempre “provocan una revolución” en el mundo educativo y “ante la incertidumbre, muchos tienden a cerrarse a lo desconocido”.

Para Dueñas, todavía hay temas que la escuela debe resolver sobre el uso de la palabra escrita, como el caso de los chicos que llegan al consultorio porque “el aprendizaje de la cursiva” sigue siendo uno de los principales obstáculos de los chicos a la hora de aprender. “Nos consultan por disgrafías, dislexias y, cuando se evalúa, el resultado es que el problema tiene que ver con la mayor familiaridad que los chicos tienen con la letra de imprenta por los medios audiovisuales”. No estaría mal –sugiere– que la escuela revise si es necesario poner tanto acento en la cursiva, que podría convertirse en poco tiempo en “un elemento más que se enseñe como un bien cultural histórico, como ocurre con los números romanos”.

Arvo Pärt / Cantus in memoriam Benjamin Britten

Cantus in Memoriam Benjamin Britten (1977) es un canon breve en La menor para orquesta de cuerdas y campana.

Benjamin Britten nació en Lowestoft, Suffolk, Inglaterra el 22 de noviembre de 1913 y falleció el 4 de diciembre de 1976.

Arvo Pärt nació el 11 de septiembre de 1935 en Estonia.

Discografía seleccionada:

Tabula Rasa (1984), Arbos (1987), Passio (1988), Miserere (1991), Te Deum (1993), Litany (1996), Beatus (1997), De ProfundisKanon Pokajanen (1998), Sanctuary (1998), I Am The True Vine (1999), Alina (1999), Orchestral Works (2000),
Te Deum (2000), Orient & Occident (2002), Summa (2002), Passio (2003), Triodion (2003), Pro & Contra (2004), Summa (2004), Arvo Pärt: A Portrait (2005), Da Pacem (2006), Triodion • Ode VII • I Am The True Vine • Dopo La Vittoria (2006), In Principio (2009), Symphony No. 4 (2010).

Francis Picabia / El cielo

París brilla a la luna
desde lo alto del cielo.
Los tranvías pasan
como la muerte.
La muerte es un caminito
para todo el mundo.
La muerte es una estatua.

Las mejores familias
tienen la edad de la razón
me gusta más el cacao
de los mendigos
que no se resignan
por miedo a morir,
ya que las iglesias no son más vírgenes.

Usad siempre la puerta lateral
para subir al cielo.
Felizmente el cielo para mí
está al fin del mundo.
Dios vive en una caja fuerte
de la que los pobres nunca tendrán la llave.

(De Thalassa dans le desert)

* * *

Francis-Marie Martinez de Picabia nació el 22 de enero de 1879 en Paris y falleció el 30 de noviembre de 1953 en Paris. Fue poeta y pintor.

Obra escrita: Cinquante-deux miroirs, Barcelone, octobre 1917, Poèmes et dessins de la Fille née sans mère, Lausanne, Imprimeries réunies, avril 1918, L’Ilot de Beau-Séjour dans le Canton de Nudité, Lausanne, juin 1918, L’Athlète des Pompes funèbres, Bégnins, décembre 1918, Râteliers platoniques, Lausanne, décembre 1918, Poésie ron-ron, Lausanne, février 1919, Pensées sans langage, Paris, Figuière, avril 1919, Unique Eunuque Paris, Au Sans Pareil, Coll. «Dada», février 1920. Rééd. Paris, Allia, 1992, Jésus-Christ Rastaquouère, Paris, Au Sans Pareil, «Dada», automne 1920. Rééd. Paris, Allia, 1996, Caravansérail [1924]. Ed. Luc-Henri Mercié. Paris, Belfond, 1975, Choix de poèmes par Henri Parisot, Paris, Guy Lévis-Mano, 1947, Lettres à Christine, édition établie par Jean Sireuil. Présentation, chronologie et bibliographie par Marc Dachy. Paris, Champ Libre, 1988, Ecrits, deux volumes. Ed. Olivier Revault d’Allonnes et Dominique Bouissou. Paris, Belfond, 1975 et 1978, Ecrits critiques, préf. Bernard Noël. Ed. Carole Boulbès. Paris, Mémoire du Livre, 2005.

Alain Gagnol y Jean-Loup Felicioli / El egoista

Además de esta maravilla cruel y amarga, Alain Gagnol (1967, Roanne, Loire, Francia) y Jean Loup Felicioli crearon en 1999 la serie de diez cortos de animación titulada Les tragedies minuscules (Las tragedias minúsculas), que también se ocupan de las relaciones humanas y quizás algunas cosas más.

Los títulos que conforman esa serie son:
La dispute
Un couteau dans les fourchettes
Ça aurait dû être moi
Je lui ai demandé ce qu’il avait fait pendant toutes ces années
Il est arrivé quand on parlait de lui
Je l’ai vue devant chez moi
Le canapé
Si tu savais ce que j’en pense
Un coin d’ombre
Il faut savoir attendre le bon moment

Mori Ponsowy. Violencia en las escuelas

(Publicado en el diario La Nación, 20.11.2007)

Los casos de violencia adolescente y juvenil en los centros de enseñanza han dejado de ser hechos aislados para convertirse en un fenómeno creciente y mundial: ocurre en la Argentina, en EE.UU., en Finlandia, en España. No tenemos tiempo para reponernos de una noticia, cuando ya la próxima nos deja sin aliento. En Corrientes, el 30 de septiembre, un chico de 12 años asesinó a cuchillazos a un compañero de clase. Según dijo a la policía, tenía pensado matar a dos más. El 10 de octubre, en una escuela de Ohio, un chico de 14 disparó a mansalva en un pasillo del colegio al que asistía. En una escuela del sur de Finlandia, el 7 de noviembre, un joven de 18 años mató a siete estudiantes y después se suicidó. Tres meses antes, alumnos de la Escuela Provincial EET N° 468, de Rosario, habían destruido un aula para luego subir el video a YouTube, para hacer ostentación de su vandalismo. En abril, en la Universidad Politécnica de Virginia, un estudiante mató a 32 personas y se suicidó, no sin antes enviar un video a un canal de televisión en el que justificaba sus actos y demostraba que había planeado la masacre con meses de anticipación.

Caricatura: Alfredo Sabat

Es verdad que siempre ha habido jóvenes y adolescentes violentos. También es verdad que la adolescencia es época de rebeldía y rechazo de las normas heredadas. Sin embargo, lo novedoso de todos estos casos es la saña, la sangre fría, la premeditación con que los chicos realizaron sus crímenes. No se trata, como hasta hace unos años, de peleas callejeras, trifulcas entre pandillas, puñetazos a la nariz del otro. Se trata de chicos armados que matan para vengarse. Se trata de chicos que eligen la escuela -y no el baldío de la esquina- como el mejor lugar para dar rienda suelta a su odio. Se trata, también, de una violencia sin ideología: no son chicos que luchan contra dictaduras o que piden más libertad. Son, simplemente, chicos que deciden agredir a otros de su misma edad.

¿Por qué en las escuelas? ¿Por qué a los propios compañeros? ¿Por qué estos crímenes perpetrados no para robar ni para obtener un beneficio material, sino sólo para dañar a otros que son pares? La respuesta fácil es achacar los crímenes a cierto tipo de locura o enfermedad individual; decir que esos chicos “tienen problemas”, que vienen de familias destrozadas, que son raros y solitarios. La respuesta fácil es no darnos cuenta de que la noticia nos toca y de que, querámoslo o no, los mayores también tenemos algo que ver.

“Las faltas de los niños, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes son faltas de los padres, de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios”, escribió Victor Hugo en el siglo XIX. Estoy convencida de que en el XXI, las faltas de los adolescentes son faltas de todos nosotros no sólo como padres, sino también como miembros de la sociedad que hemos creado para cobijarlos.

Los adolescentes de hoy son hijos de padres que ahora rondamos los cuarenta. Nuestra generación se rebeló contra todo tipo de tiranías, desde las familiares hasta las políticas. Nuestra bandera fue siempre la libertad y así educamos a nuestros niños: convencidos de que la igualdad y la libertad son los valores supremos. Por eso, a diferencia de cómo fuimos criados, al convertirnos en padres preferimos razonar con los chicos antes que castigarlos, velar por su felicidad antes que por su integridad moral, y dejarlos elegir antes que sentirnos tiranos.

Es frecuente escuchar a padres de adolescentes protestar acerca del tiempo que sus hijos pasan frente a la televisión, la computadora o la play-station . Más frecuente aún es que nos quejemos del horario de sus fiestas, la edad a la que empiezan a consumir alcohol, su desinterés hacia el estudio o el trabajo, la facilidad con que pueden adquirir drogas. Nos quejamos, pero, por lo general, nos quedamos de brazos cruzados y seguimos nuestras vidas dejando que ellos sigan con las suyas.

“K-pos”, dice en Internet uno de los comentarios del video que los chicos que destrozaron el aula en aquella escuela de Rosario subieron a YouTube. “¡Qué grandes!”, dice otro. Esto no es más que una muestra de los valores de muchos adolescentes. En cambio, los comentarios de los adultos suenan como éste: “Eramos bebes de pecho, comparados con estos cretinos. Pero el mundo es así y nuestros muchachitos, hombres del futuro, así se van educando. Por suerte, cuando ellos tengan cuarenta años, yo ya estaré muerto”. En resumen: los jóvenes valoran a quien destruye y los adultos nos escandalizamos, como si no tuviéramos nada que ver en la formación de esos valores.

Urge que nos preguntemos si nuestra inocencia es verdadera. Al fin y al cabo, somos los adultos quienes dimos forma a la sociedad en la que viven los adolescentes. Y también somos nosotros los que nos cruzamos de brazos ante los horarios, los modos, el vocabulario, la desidia y los excesos de nuestros hijos. Como si ellos fueran más fuertes que nosotros, protestamos y tiramos la toalla, todo en una misma movida.

¿A qué obedece nuestra pasividad? En primer lugar, creo que tenemos miedo de convertirnos precisamente en los tiranos que siempre juramos no ser. En segundo lugar, también tenemos miedo de criar niños inadaptados si rechazamos con demasiado fervor las costumbres del grupo al que ellos pertenecen. A estos dos motivos hay que agregar otros más difíciles de asumir. Nosotros mismos estamos cansados y aturdidos: cansados de nuestras carreras en pos del éxito profesional y aturdidos por la velocidad de los cambios, la competencia atroz, el exceso de información, la precariedad de las certezas, la facilidad con que podemos ganar o perderlo todo en un instante. En el fondo, si nos quedamos de brazos cruzados ante muchas de las actitudes de nuestros adolescentes, no es porque nos parezca que nada de lo que hagamos o digamos podrá hacerles cambiar de rumbo, sino porque estamos convencidos de que lo que no va a cambiar de rumbo es la sociedad y la cultura a la que pertenecen.

Cruzarse de brazos o echar la culpa a otros no es honorable, sino fácil. Lo difícil es asumirnos como coautores del presente. ¿Qué juegos dejamos jugar a nuestros niños en sus consolas de video? ¿Qué programas les dejamos ver? ¿Cuánto hablamos con ellos? ¿Cuánto tiempo nos tomamos en escucharlos? ¿Qué medios de entretenimiento alternativo les proponemos?

Nuestra época exalta el poder, no la bondad o la inteligencia. Y nosotros, aunque no estamos de acuerdo, nos callamos ante nuestros hijos y los dejamos hacer. Vivimos vidas divididas. Como si tuviéramos varias personalidades a la vez, nos preocupamos por el medio ambiente, pero no hacemos nada por preservarlo; nos quejamos del exceso de violencia de la televisión, pero no dejamos de mirarla; nos desvelamos por nuestros hijos, pero cuando regresan del colegio no estamos en casa o estamos demasiado ocupados en otro tema.

Hasta hace dos décadas, la familia y la escuela eran las encargadas de transmitir los valores de la sociedad; hoy, los transmite el mercado. La escuela apenas imparte conocimiento y los adultos estamos tan empeñados en ganar la carrera del éxito, tan confundidos con nuestras propias contradicciones, que olvidamos que ser padres es mucho más que comprar alimentos y el último modelo de MP3. No somos inocentes. Evitando la tiranía, nos hicimos cómodos. Evitando alienar a nuestros hijos del grupo, nos plegamos a un montón con el que no estamos de acuerdo. Queriendo darles lo mejor, nos agotamos trabajando. Atendiendo a la libertad, en lugar de cobijarlos los hemos lanzado a la intemperie.

“Para educar a un niño se necesita la aldea entera”, dice un proverbio africano. Los adolescentes están enojados y creo que es porque los hemos dejado solos, sin valores, sin recursos emocionales con que hacer frente a la agresividad de los medios, de la publicidad, de la calle. Con sus excesos de alcohol, con su promiscuidad sexual, con su apatía o su violencia, los chicos nos están pidiendo que los cuidemos un poco más.

La infancia es la infancia y la adolescencia todavía no es la adultez. Amar a un adolescente no es dejarlo partir. Es darle las herramientas necesarias para poder partir cuando sea tiempo.

* * *

Mori Ponsowy nació en Argentina. Es poeta, novelista y periodista.

Obras: Abundancia (novela, 2010), No somos perfectas (entrevistas a mujeres, 2006), Enemigos afuera (poesía, 2000), Los colores de Inmaculada (2000).

Es cofundadora de la revista literaria La mujer de mi vida.

De helaasheid der dingen (La vitalidad de los afectos)

De helaasheid der dingen es una coproducción entre Bélgica y Holanda de 2009. Fue dirigida y coescrita por Felix Van Groeningen, que tiene en su haber los largometrajes Dagen zonder lief (2007) y Steve + Sky (2004).

Gunther es el miembro más joven de la familia Strobbe. En la misma casa convive con su padre, tres tíos y una abuela, en un barrio muy modesto. Su padre y tíos son bebedores, jugadores y no trabajan. La abuela trata de que, al menos, se alimenten. La adolescencia de Gunther está transcurriendo en este micromundo de excesos y marginalidad, e intenta continuar asistiendo al colegio. La repentina visita de una asistente social para relevar si el muchacho está creciendo en un hogar sano hace que las cosas empeoren.

Con los años Gunther se ha dedicado a la escritura aunque aún no ha podido lograr que le publiquen algo, pero ahora como adulto, recuerda esos años pasados y sobre todo está tratando de resolver ciertas situaciones muy importantes.

La película narra de manera excelente todo lo que sucede en la casa y en la vida del joven Gunther, hechos dramáticos, patéticos y graciosos. Es una amarga realidad, pero los vínculos que enlazan a esa familia parecen siempre indestructibles.

Actúan Kenneth Vanbaeden (Gunther cuando era pequeño), Valentijn Dhaenens (Gunther), Koen De Graeve (Celle), Wouter Hendrickx (Petrol), Johan Heldenbergh (Breejen), Bert Haelvoet (Koen), Gilda De Bal (Meetje), Natali Broods (Rosie), Pauline Grossen (Sylvie), Sofie Palmers (la novia de Gunther).

Luis Gregorich / A 500 años de la publicación de Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam. Un intelectual para imitar

(Publicado en La Nación, 9.9.2011)

¿Como definir, hoy, a un intelectual? Después de interminables discusiones, pasando por Julien Benda, Antonio Gramsci, Walter Benjamin y Pierre Bourdieu, ¿cómo diferenciarlo de los meros “técnicos del saber” (según la expresión de Jean-Paul Sartre) y de los celosos guardianes de las tradiciones? ¿Hay intelectuales conservadores e intelectuales progresistas? Aunque él mismo erró el camino varias veces, hay que volver a Sartre cuando postula casi obviamente, para el intelectual, una permanente actitud crítica y autocrítica, un rechazo a convertirse en lenguaraz de grandes y pequeños poderes, la interrogación acerca del sentido político y social de su tarea, y la búsqueda incesante de lo universal: lo universal concreto, el hombre que se está haciendo, la libertad.

Si estas aproximaciones son medianamente correctas, y les agregamos una función irrenunciable de fermento e impugnación, entonces hay buenos motivos para considerar a Erasmo de Rotterdam (1466-1536) el primer intelectual moderno, iniciador de una serie que forman, entre otros, Montaigne, Swift, Lessing, Diderot, Tolstoi y Roland Barthes. Hace cinco siglos, en 1511, se publicó Elogio de la locura, sátira escrita en latín que constituye el más difundido y traducido trabajo de Erasmo. Vale la pena rescatar a su autor, a su vida y obra, para encontrar destellos de sorprendente actualidad.

Los tiempos de Erasmo eran, así como lo son los nuestros, tiempos de cambio. La cultura del Renacimiento y el movimiento humanista erosionaron los cimientos de la Europa medieval, fuertemente jerarquizada bajo el manto del Papado. Los humanistas italianos, españoles, ingleses no se dedicaron solamente a traducir a los clásicos griegos y latinos; también postularon un ordenamiento antropocéntrico, con el hombre que empezaba a ser medida de todas las cosas. Hoy, con la confrontación de globales y antiglobales, de corporaciones y multitudes, el conflicto se organiza en torno a redes de comunicación e información, creando una (equívoca) sensación de cercanía.

Hijo natural de un canónigo holandés, Erasmo pasa sus primeros años con su madre y su hermana, en su ciudad natal, Rotterdam; después, estudia en diversos colegios religiosos, cuyos monjes y profesores le provocan (según lo contará después en su correspondencia) profundo disgusto por su estrechez, concupiscencia e ignorancia, casi como podría ocurrir, 500 años más tarde, en una película de Pedro Almodóvar.

Pese a todo, alcanza una buena formación como latinista, sobre todo después de su ordenación como sacerdote en el convento agustino de Steyn. No hay que olvidar que la vida de Erasmo prácticamente coincide con la etapa inicial de la imprenta de tipos móviles, inventada por Gutenberg a mediados del siglo XV; es decir, con la enorme revolución cultural que ello implica. Pronto sus primeros trabajos publicados, polémicos y mordaces, le ganan prestigio erudito; sus Adagia se convertirán en uno de los grandes éxitos de venta de la época, y los seguirá ampliando y reeditando durante toda su vida. Se trata de una colección en latín de antiguos proverbios, refranes y frases hechas (4000 en la última reedición), aún hoy de uso cotidiano. Son aplicables a nosotros: basta citar “en el país de los ciegos el tuerto es rey”, “tener ojos en la nuca”, “derramar lágrimas de cocodrilo” y “poner el carro delante del caballo”. Otras obras, como los Colloquia y el Enchiridion, afianzan su renombre.

A partir de su fama recibe tantas ofertas como veladas amenazas. Su existencia se parecerá a una road-movie , yendo de una ciudad a otra, en los desvencijados transportes de la época, ya sea para dar unos cursos o para escapar de algún obispo o censor intolerante. De Steyn pasa a París, de allí cruza a Londres, donde se hace amigo de Tomás Moro y conoce al príncipe real que será, más tarde, Enrique VIII; vuelve a París y a Steyn; de nuevo París, y Lovaina, y Londres, y otra vez París. Cruza los Alpes para ir a Italia: recala sucesivamente en Turín, Florencia y Venecia; en esta última trabajará en la imprenta de Aldo Manucio, corrigiendo pruebas y manuscritos. Por tercera vez viaja a Londres; allí, en casa de Tomás Moro, a quien todavía no le han cortado la cabeza, escribirá Elogio de la locura, dedicado a su amigo inglés. Más tarde, Basilea, ya en plena ebullición de la Reforma y mientras el erasmismo hace pie en la España de Carlos V; y Bruselas, y de nuevo Basilea, donde estaban sus editores, y Friburgo, y otra vez Basilea, en la que muere, gotoso y casi inmovilizado.

La relación de Erasmo con la Reforma -y con Martín Lutero- es un compendio de su postura teológica y, si se quiere, política. Ha sido uno de los precursores e ideólogos del movimiento reformista, y ha condenado duramente al aparato de poder eclesiástico, el lujo y la ostentación de los prelados, la mala administración del rito, y la venta de indulgencias y todas las demás formas de simonía. Pero no está dispuesto a abandonar la Iglesia de Roma. En contra del concepto de Lutero acerca de la absoluta dependencia y predestinación del hombre, Erasmo escribe De Libero Arbitrio; Lutero le responde, con furiosa invectiva, en De Servo Arbitrio. Erasmo se lo reprocha en una carta: “No mencionaré lo que usted me debe, ni la moneda en que me ha pagado. Lo que me angustia es que con ese genio suyo, tan arrogante, imprudente y rebelde, está despedazando el globo en ruinosas discordias, exponiendo a hombres buenos y a amantes de las letras al ataque de ciertos fanáticos fariseos y, en suma, remitiendo al caos, como si anhelara impedir ese final feliz que yo siempre he procurado”. ¿Moderación después de la tempestad? Lo cierto es que la búsqueda de equilibrio no despierta confianza en ninguno de los dos bandos. Erasmo sigue siendo odiado, tanto por Lutero como por Ignacio de Loyola, y recibe la condena del Concilio de Trento.

Elogio de la locura, incluso para los que no podemos apreciarlo en su impecable latín original y lo frecuentamos en una traducción, resiste bien la relectura. El libro, una sátira influida por el escritor griego Luciano de Samosata, presenta a la Locura, stultitia en latín (quizá sería más justo hablar de la Necedad o de la Estupidez), como la diosa suprema de los humanos, que hace su autoelogio frente a una asamblea que reúne a todas las razas, edades y profesiones. Afirma: “Sin mí, el mundo no podría existir ni un momento. Porque, todo lo que se hace entre mortales, ¿no está lleno de locura? ¿No está ejecutado por locos y para locos?”

Ninguna institución respetable, ningún mito o ícono de la época quedan a salvo de esta inflexible artillería. Resulta fácil saltar al siglo XXI, y a nuestras preciosas ridículas, cuando la Locura se refiere al lenguaje y a su desafortunado uso: “Porque en esta ocasión quieren imitar a los retóricos de nuestros días, que se creen pequeños dioses cuando, como las sanguijuelas, se sirven de su lengua y consideran como algo maravilloso mezclar, sin pies ni cabeza, en un discurso latino algunas palabras griegas para darle un sentido enigmático. Los que los entienden se alegran de encontrar ocasión de complacerse en la propia erudición; la admiración que despiertan en los demás es tanto mayor cuanto más incomprensibles se hacen”.

También la satírica y generalizada condena de las costumbres que la Locura asume como propia alcanza a la vida eclesiástica, a la creencia en los milagros, al culto idolátrico de los santos. Las filosofías de la Antigüedad, por entonces en boga, tampoco resultan indemnes: “Séneca, estoico integral, decía que el sabio debe estar por completo exento de pasiones. Un sabio así no sería un hombre sino una especie de dios o, más aún, un ser imaginario que no ha existido ni existirá; para hablar más claramente, un ídolo estúpido. Que los estoicos gocen lo que quieran con su sabio imaginario”. Esta reivindicación del hombre concreto, apoyado en su libertad, se sostiene en todo el texto, hasta el final en que la Locura o Necedad o Estupidez, diosa suprema, se despide de la gente que la escucha, no sin antes haber pedido disculpas por su exceso de locuacidad. No por nada, si nos atenemos a la larga influencia ejercida por esta obra y su autor, Stefan Zweig pudo definir a Elogio… como “uno de los libelos de mayor eficacia que se hayan escrito jamás”.

Debemos corregir ligeramente la identificación de Erasmo con el perfil de nuestro intelectual sartreano. Asumió, sí, el compromiso de ser fiel a su tiempo, denunciando su desorden moral y político; estuvo en permanente movimiento, sin enclaustrarse en viejos dogmas, ni en aquellos en que él mismo había creído; fue lo que hoy llamaríamos un convencido cosmopolita, un pensador global, y ése resultó ser uno de los motivos que terminó distanciándolo de la Reforma, para él particularista y excluyente. No fue un filósofo profesional, ni un teólogo especializado: opinó de muchas cosas, con claro juicio, ironía y, a veces, malignidad. Pero lo que le da un matiz diferente, interesante por lo raro (y necesario) en nuestro tiempo, es un oxímoron: era un rebelde moderado, un crítico áspero y a la vez comprensivo. Al mismo tiempo que postulaba cambios y transformaciones, predicaba el sentido de la tolerancia, y no simpatizaba con la anarquía y la destrucción. Eso le otorga una actualidad sin vencimiento a la vista.

* * *

Luis Gregorich nació el 3 de agosto de 1938 en Argentina. Es escritor y periodista. Dirigió colecciones de libros como Capítulo Universal y Narradores de Hoy (Centro Editor de América Latina, 1968-73), el suplemento cultural del diario La Opinión (1975-79) y el semanario Argumento Político (1983-84). Fue editorialista de Clarín y columnista de la revista Humor. Actualmente colabora con La Nación. Se desempeñó como Subsecretario de Cultura de la Nación en 1988. Entre sus libros de ensayos figuran Tierra de nadie (1981), Literatura y homosexualidad (1988), Escritores del futuro (1995) y La excentricidad de Borges y Perón (2007). Su versión de Hamlet de Shakespeare fue protagonizada por Alfredo Alcón (1980). Escribió el guión del film La República perdida (1983). Recibió el Premio de Traducción del Fondo Nacional de las Artes (1966), el Primer Premio Nacional de Crítica Literaria de Editorial Sudamericana (1976) y el Premio Homenaje al Periodismo (1983). Fue Vicepresidente de la SADE y de la Fundación El Libro. Integra el Consejo de Presidencia de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

Pepe Eliaschev / Pánico

(Publicado en Perfil, 25.9.2011)

A la hora de escribir esto, hay una temperatura de unos 13 grados en las calles de Buenos Aires, pero presumo que muchos sienten como si estuviera nevando y un viento gélido les hiriera la piel. Hace frío afuera y lo peor es que ellos sospechan que el rigor glacial puede aumentar en pleno verano. Ese terror a que la intemperie se convierta en una tundra helada circula y se expande en la política, en los medios, en las empresas, en los ámbitos educacionales. Miedo, sí, pánico creciente a que los resultados del 14 de agosto y los que se presumen para el 23 de octubre prologuen un largo y cruel ostracismo.

Ante la posibilidad de una soledad despiadada, muchos se aprestan a buscar cobijo. Vida hay una sola y encima es corta, murmuran, así que carpe diem, por cuatro-días-locos-que-vamos-a-vivir, no nos privemos. El terror ante la hipótesis de un frío que elimine conchabos, anule negocios, reduzca oportunidades y triture expectativas de quedarse “adentro” es hoy un factor espiritual predominante en el escenario nacional.

El contexto internacional es abominable y la silueta de una inclemente recesión en las mayores economías ha dejado de ser un vaporoso fantasma. Se vislumbra un horizonte oscuro, agravado por la ausencia de expectativas superadoras. En las crisis de hasta hace 25 años, era concebible conjeturar las supuestas ventajas de un modelo alternativo, encarnado en el bloque soviético y en variadas experiencias de tipo socialista o de rigurosa planificación estatal con gobiernos ejercidos por trabajadores. Nada de eso sobrevuela hoy. En ese contexto, en la Argentina se exagera todo lo malo de afuera y se exalta de manera voluntarista la recuperación que arrancó aquí en 2002, tras el mayor colapso de nuestra historia.

¿Cómo no comparar el clima de consumo y optimismo que se vive en este país con la taciturna y deprimente imagen de Europa y los Estados Unidos, empantanados en una chatura económica angustiante? Medios periodísticos, a los que no se podría acusar de estar bajo control del Gobierno, publican fotos de la miseria tomadas en las calles de Atenas, Lisboa, Roma o Nueva York. Motorizada por una certeza que desde la Argentina se acentúa aún más como caricatura agravada de la crisis, la sociedad local se siente preservada y bendecida y no dudan en atribuírselo a los logros oficiales.

Cuando no se quiere ver, no hay ojos ni miradas que alcancen. Vieja verdad psicoanalítica: una negación que proviene de la profunda subjetividad puede ser indestructible. Nada ni nadie la puede perforar. En esto pensaba la noche del lunes pasado, cuando salí de la entrega de los premios PERFIL en la Manzana de las Luces, un lugar que no deja de conmoverme nunca, a la vuelta del Colegio, al lado del Querandí, a metros de San Ignacio, rincones y espacios en los que se desenvolvió mi adolescencia. En la esquina de Bolívar y Alsina, a metros del edificio donde funcionaba El Cronista Comercial, mi último trabajo antes de partir al exilio en 1974, un grupo de seres humanos que desde lejos parecían oscuras sombras estaban consagrados al trabajo. Ya al llegar a la esquina, las “sombras” dejaron de serlo. Eran tres chicos que no tenían más de 10 años, abocados a romper bolsas de basura, entresacar objetos para ellos valiosos y cargarlos sobre unos inverosímiles carromatos. Esa esquina no es cualquier esquina: caminando por Bolívar menos de cien metros se abre la Plaza de Mayo, en una de cuyas puntas se alza la cada vez más cercada e invulnerable Casa Rosada. La Plaza de Mayo, por otro lado, ya dejó de ser una plaza. Dividida en dos por un vallado policial hace muchos años y cubierta de tiendas y acampes, es un territorio partido, desabrido y penoso.

No se quiere ver nada de esto. Vale la pena darse una vuelta cualquier noche de domingo a jueves por las inmediaciones del paso a nivel en el cruce de la avenida Corrientes y Dorrego. Sería un buen sitio para que Carta Abierta convocara a una de sus asambleas, en lugar de citarse en el suntuoso y protegido islote de la Biblioteca Nacional. Allí, a lo largo de 200 metros, después de las 22 y hasta la madrugada, se congregan infinidad de carros cartoneros, uno al lado del otro. En la penumbra de la noche, parecen una fantasmagoría medieval o una de esas imágenes con que solemos asociar las novelas de Charles Dickens, en el Londres salvaje y brutal de mediados del siglo XIX. Junto a esos carros, contingentes de pobres aguardan descargar lo que han cartoneado. No se los ve, son invisibles, inexistentes. Vaya el lector de esta columna y véalos. Recorra los alrededores de la Plaza de Mayo y haga su propio semblanteo.

El problema es que no se quiere ver. Prevalece un miedo pestilente: miedo a perder, a ser marginado y penalizado. Dice el sociólogo Carlos Altamirano: “Los políticos o los columnistas (sic) que dicen que con el kirchnerismo vivimos en el peor de los mundos van contra el sentido común de la personas en la Argentina”. Un pegajoso jarabe recorre cavidades y mucosas de la sociedad argentina: hay que cuidarse, no cuestionar los modos ni los objetivos de este poder. Los ejecutivos de las empresas rezan oraciones para que el modelo no se “profundice” y entretanto silencian, omiten, amordazan. Confiesa el dirigente de la industria textil Pedro Bergaglio: “Me siento halagado cuando me dicen oficialista”.

En los medios, no faltan quienes se esfuerzan por diferenciarse o, al menos, posicionarse como equidistantes. Saben que “afuera” hace frío y manotean las frazadas del poder. Lo mismo que muchos políticos. Si bien el caso de Felipe Solá es ya una caricatura de la genuflexión, no es el único que le mueve la cola al statu quo. Compiten numerosos burócratas del sistema educacional y copetudos jerarcas de la corporación judicial. Hay una especie de silencio en la Argentina de 2011, un mutismo que huele a agua estancada, una fuerte apuesta a callarse la boca ante la amenaza de ese temido invierno, unas ganas de abrigarse.

* * *

José Ricardo “Pepe” Eliaschev nació el 31 de mayo de 1945 en Buenos Aires. Es periodista.

Libros: El largo olvido (1966), USA, Reagan, los años Ochenta (1980), A las 6 de la tarde (1994), El futuro presidente (1995), Esto que queda (1996), Sobrevivir en Buenos Aires (1966), La intemperie (1995), Lista Negra (2006), Me lo tenía merecido (2009).

Otto Dix, pinturas

Autorretrato como soldado (Selbstbildnis als Soldat, 1914)

El vendedor de fósforos (1921)

El salón I (1921)

Retrato del Dr. Heinrich Stadelmann (1922)

Retrato de la periodista Sylvia von Harden (1926)

Tropas de tormenta avanzando bajo un ataque de gas (Sturmtruppe geht unter Gas vor, 1924)

Calavera (Schädel, 1924)

Hombres muertos antes de la posición cerca de Tahure (Tote vor der Stellung bei Tahure) de La guerra (Der Krieg, 1924)

Wilhelm Heinrich Otto Dix nació el 2 de diciembre de 1891 en Untermhaus (Gera), Alemania y falleció el 25 de julio de 1969 en Singen, Alemania.

Claudio Corsalini / Un abogado creó un sitio web para denunciar a los pungas del subte

(Publicado en Perfil, 28.8.2011)

ESTA ON LINE DESDE EL MARTES Y YA RECIBIO 300 MIL VISITAS

La página advierte cuáles son las estaciones más peligrosas y cuenta con fotos de los delincuentes tomadas por testigos o por las propias víctimas con el teléfono celular.

Cansado de ver cómo los “pungas” robaban a diario a los pasajeros que habitualmente viajaban en la línea de subte que tomaba para dirigirse a su trabajo en el microcentro, Gustavo –un abogado que por motivos de seguridad reserva su identidad y se hace llamar así– decidió crear una página web donde se identifica a quienes hicieron del “arrebato” y del “descuido”su forma y estilo de vida.

Pungas en Subte de Buenos Aires (www.peesba.com.ar) es el nombre de la página que fue colgada apenas este martes en Internet y de inmediato recibió el apoyo de víctimas que, además, estaban dispuestas a colaborar con su cruzada antirrobo y a contar sus experiencias vividas en los coches de las líneas A, B, C y D, sobre todo en horas pico y cuando se producen amontonamientos de pasajeros.

El sitio, que según su creador el viernes recibió más de 300 mil visitas, tiene cuentas en Facebook y en Twitter. Este abogado explica que armó la página junto a un grupo de colegas psicólogos y especialistas en informática con el objetivo de “escrachar” a los arrebatadores con fotos tomadas con celulares, pero también para advertir a las personas que viajan diariamente en este medio de transporte sobre cómo actúan los delincuentes bajo tierra. En este sentido, Gustavo cuenta que las víctimas preferidas de los pungas son las personas mayores, las mujeres y los turistas.

En la web también se detalla cuáles son los tramos más peligrosos de las principales líneas y las estaciones donde suelen juntarse los pungas para armar su raid delictivo.

En este sentido, el abogado señala que “El Nudo”, tramo de las líneas B, C,y D que pasa por debajo del Obelisco, es la zona más caliente del problema. “Si bien las fuerzas de seguridad tienen bien identificados a los ladrones, para detenerlos tienen que agarrarlos en el momento justo del robo. Y eso es casi imposible. Ellos trabajan únicamente en los coches”, explica el abogado.

Sobre este punto, aclara que ante la imposibilidad de atraparlos in fraganti, la Policía sólo puede identificarlos y echarlos de la estación. “Pero esto no sirve de nada, salen por una puerta de la estación y entran por la otra”, opina con resignación el letrado.

De todas maneras, con los datos aportados por la brigada que trabaja precisamente en El Nudo, Gustavo armó un listado con más de cincuenta perfiles de delincuentes que trabajan diariamente en los subtes porteños. “La mayoría de ellos son chilenos y peruanos, aunque también figuran algunos argentinos. Recorriendo sus perfiles descubrí también que actúan tanto en su país de origen, como acá y en Europa, más precisamente en Milán. Y lo peor de todo es que ufanan de mostrar sus delitos en las redes sociales”, revela el creador de la página web.

Otro de los servicios que brinda la página son los formularios que deben presentar ante las autoridades policiales. “Cuando una persona es víctima de estos delincuentes o ve que están robando, muchas veces no sabe qué hacer. Por eso le ofrecemos la posibilidad de asesorarlos para que presenten la denuncia en la Cámara del Crimen. Es la única forma que se puede terminar con este flagelo”, asegura.

LADRONES BAJO TIERRA

  • El sitio www.peesba.com.ar pretende terminar con los robos en los medios de transporte públicos, sobre todo en los subtes.
  • En la página se detallan los principales tramos donde más actúan los delincuentes. Entre ellos se destacan las estaciones que van desde Catedral a Palermo en la línea D, de Florida a Carlos Gardel en la B, de Independencia a Diagonal Norte en la C, y de Plaza de Mayo a Primera Junta en la A.
  • En la línea B actúa la “banda de los gordos”, que aprovecha el amontonamiento para tomar billeteras y celulares de los más desprevenidos.
  • Los horarios con más robos son de 9 a 11 y de 17 a 19.

Fernanda Sandez / Explotación sexual infantil. Víctimas del peor delito

(Publicado en La Nación, 25.9.2011)

Según Unicef, dos millones de niños y adolescentes son explotados en la millonaria industria del comercio sexual en todo el mundo. En Buenos Aires, se habla de al menos 6000 víctimas. Por qué no hay estadísticas. Cómo funciona la omertá que, muchas veces, une en un pacto de silencio a madres, policías y funcionarios

Foto: Telam

Ahí están. Sólo es cuestión de fijarse. Por ahí andan, solos o en grupo, y casi siempre mezclados con adultos. Nenes y nenas. Tienen ocho, once, doce, trece años. A veces más, a veces menos. ¿Son menores? Sí, claro. Esa es la idea: que sean menores, menorísimos, tan menores como se pueda. Hace cuatro meses, con su característica elegancia verbal, Aníbal Fernández se refirió en Radio Nacional al apetito por los “genitales jóvenes, genitales sanos”.

Suena a zoncera siniestra, pero, aun sin haber sido probados, casos como los de Fernanda Aguirre, Sofía Herrera o María Cash hacen que sus palabras cobren otro peso, sobre todo porque rozan varias de las cuestiones que se juegan en la explotación sexual de niños y adolescentes: la juventud, que es también la fragilidad (física, social, económica), cierto guiño social a la erotización de la infancia (“¡Pero si es una nena!”, decía Francella, y estallaban las risas), y el poder detrás de cada transacción. El caso Candela -una de cuyas líneas de investigación, la trata, aún no ha sido descartada- volvió a poner el tema sobre el tapete, en una sociedad que se recrea con la erotización de la infancia y en donde niñas y jóvenes se desvanecen en el aire.

Aunque repulsiva, la idea de chiquilines trocando sexo por dinero no es nueva. Lo que sin dudas es novedoso es el alcance y hasta la celebración del sexo prepúber.

La antes llamada “prostitución infantil” cambia de nombre (hoy se habla de Explotación Sexual Comercial Infantil, o ESCI), pero no de mañas. Crece a la vista de todos. A la sombra de todos, amparada por una sociedad prostituyente que no sabe, no mira, no ve a sus niños, niñas y adolescentes rotos. La actual multiplicación de opciones de sexo con menores, que va desde “servicios” sexuales y pornografía hasta viajes “pedófilo-friendly”, parecería darle la razón. Pero además está lo otro. El dinero en juego. Según Unicef, a nivel mundial, “un número estimado en 2 millones de niños son explotados sexualmente en la multimillonaria industria del comercio sexual”.

Para las organizaciones que trabajan en contacto con esta realidad (la fuente más confiable, en definitiva, tratándose de un negocio por definición secreto), la situación a nivel nacional es más que alarmante. Sobre todo porque se calcula que por cada víctima “visible”, hay al menos dos más en las sombras. Según Fernando Mao, titular de la Red Nacional Alto al Tráfico, la Trata y la Explotación Sexual Comercial de niños, niñas y adolescentes (RATT), actualmente “sólo en la ciudad de Buenos Aires hay al menos 6000 víctimas de este delito. Pero además existe trata de niñas y adolescentes en la Triple Frontera, con fines de explotación sexual en el turismo. La mayoría proviene de sectores vulnerables de las provincias del Norte, pasa a provincias en las que están los ‘centros de ablandamiento’ y de ahí va a Córdoba, a la ciudad de Buenos Aires y, en la temporada estival, es vendida a prostíbulos en la costa atlántica”.

Estadísticas no hay, no. Pero sí “casos”. Nora es uno de esos “casos”. Tiene 19 años, una hija de cuatro y algo así como un presente ausente. Hoy nadie -ni siquiera esta cronista- sabe donde está. La razón: se escapó del prostíbulo en el que la explotaron por más de cinco años, en la zona de Constitución, y eso es algo que las redes no perdonan. Sobre todo porque luego de evadirse contó algunas cosas de las que se sabe poco y nada. Por caso, que en el lugar en donde la retenían funcionaba una guardería con los hijos de las cautivas. Niños que, a partir de los cinco años, eran filmados y fotografiados para pornografía infantil.

Hay, también, algunos informes. Entre ellos, La niñez prostituida, de Silvia Chejter, una de las pocas investigaciones de alcance nacional sobre el tema. “La presencia de niños, niñas y adolescentes en circuitos de oferta sexual -escribió Chejter- no puede calificarse ni de aislada ni de poco significativa, sino de habitual. En todas las ciudades en las que se realizó el trabajo de campo, se ha constatado la presencia de niñas y niños prostituidos, directamente a través de entrevistas con ellos mismos, informantes clave, o a través de la existencia de casos judiciales”.

Están pues en la calle, pero también ocultos en sitios de encierro donde los precios (y los “juegos”) son otros. Están en saunas, privados, y clubes, así como también en insospechables casas “de familia” en donde son explotados por “pequeñas mafias familiares o “de barrio”, asegura Laura Musa, Asesora General Tutelar de Menores de la ciudad. Y no, no necesariamente las víctimas son “niños de la calle”, como manda el estereotipo. Muchas veces son menores de clase media baja, media y aun alta atrapados por este “negocio” al que las nuevas tecnologías le han dado un envión formidable.

Asia en el Riachuelo

El camión para, sube a una nena, vuelve al rato. El auto para, sube un chico, vuelve al rato. Y vuelta a comenzar, hasta que se acaben las nenas, los chicos, los camiones o los autos. Es decir, nunca. De un tiempo a esta parte (y con esa manía de “georeferenciar” lo que en realidad está en todos lados), muchos analistas hablan de La Boca, Soldati y Pompeya como “zonas calientes” de la explotación sexual. “En realidad, este fenómeno se da en cualquier lugar donde haya pobreza, familias desintegradas, problemas habitacionales y chicos sin escolaridad por falta de vacantes. Son muchos los derechos vulnerados cuando se da la explotación”, comenta Musa, quien desde el organismo a su cargo realiza una campaña llamada “El silencio es la voz de la explotación sexual infantil”, destinada a docentes, personal médico y todos aquellos que puedan alertar sobre situaciones de explotación sexual. ¿La ironía? Que el sueño de una “comunidad alerta” a menudo se estrella contra una realidad inmóvil. “Acá hay dos problemas graves: uno con la policía y otro con la fiscalía”, precisa Musa. “Porque vos denunciás pero después la fiscalía no encuentra nada. Y otro nudo problemático en La Boca es la policía. Hace poco, una vecina denunció la posible explotación de dos nenas. Recurrimos a la policía. Armó un operativo enorme y en un horario erróneo. No encontró nada y cerró la causa. A los vecinos les quedó claro que, si denunciás, la policía viene y hace un desastre”.

O ni siquiera, pero sí hace la vista gorda y los oídos sordos. No son los únicos, no. Esta cronista intentó en vano contactarse con el responsable de la División Delitos contra Menores, de la Policía Federal. Fueron varios llamados y mails, en busca de una opinión y de estadísticas. “Estadísticas no hay”, respondieron. En la Brigada Niñ@s, un móvil que acude ante una denuncia y depende del programa Víctimas contra las Violencias, tampoco hubo respuestas, números, ni voces.

Misiones, tierra roja y sol de soplete. Allí vive la periodista Lisa Barrios, quien investiga el tema en la zona desde hace años y alguna vez escuchó un rumor sobre la explotación sexual de niñas aborígenes. “Llegamos hasta San Ignacio siguiendo el caso de una chiquita que se había escapado de un prostíbulo”, cuenta en diálogo con La Nacion. “Y ahí nos enteramos de lo otro. Yo llamé al juez y le pedí intervención en la comunidad. Eso alertó a la banda y nunca pudimos grabarlos con las cámaras, pero que la explotación sexual existe, existe. No es que esto sea parte de un “paquete turístico”, sino que por la misma vulnerabilidad de las chicas, pasa lo que pasa”, asegura.

Un informe de Unicef de hace seis años, llamado Situación de la Niñez y de la Adolescencia en la Triple Frontera, señala que la explotación sexual “es la actividad de mayor riesgo para niños, niñas y adolescentes, y los estudios diagnósticos de la OIT identificaron cuatro modalidades de explotación sexual en Puerto Iguazú: redes de reclutamiento para prostíbulos, servicios calificados en hoteles, niños y niñas que trabajan en la calle explotados sexualmente y centros de atracción de niños, niñas y adolescentes, como estacionamientos de camiones, bares, confiterías y discotecas. En la Argentina, el programa ‘Luz de Infancia’ ya ha recibido más de 100 denuncias, 50% de ellas de explotación sexual comercial de niños y adolescentes”. Marcelina Antúnez es una señora redonda y sonriente, que encabezó Luz de Infancia por siete años. Fue, también, una señora amenazada. “Me cansé de tener que cambiar de celular. Me llamaban a cualquier hora”, recuerda. Es que su tarea incomodó a más de uno. Ya no. “Hace un año no nos renovaron el contrato. El intendente alegó falta de fondos”, dice. Pero no se rinde. Su última quijotada: el Proyecto Retazos, a través del cual 25 víctimas de trata confeccionan manteles y sábanas al tiempo que reciben escolaridad, asistencia y contención. Su orgullo: “haber sacado a tres niñas de 11, 14 y 16 años de un prostíbulo de Pablo Podestá. Eran de Iguazú y fueron llevadas hasta ahí por su propia madre. Fueron condenados la madre y el reclutador”, dice. Y sonríe.

En Suecia, muy lejos del agobio misionero, está la sede de Save The Children, una ONG según la cual “el llamado turismo sexual es practicado por millones de personas, generalmente provenientes del mundo desarrollado, que viajan a países acosados por la miseria donde encuentran fácilmente a sus víctimas”. De los 600 millones de viajeros que se desplazan cada año desde la corbata hacia las bermudas, un 20 % son turistas sexuales, de los cuales un 10% admite tener tendencias pedófilas? y concretarlas. Hablamos aquí de gente que viaja (sí, también a la Argentina) para tener sexo con menores, no importa si en el contexto de un tour de pesca a la Patagonia o “mechado” en un paseo de compras con fondo de Obelisco. Los operadores de calle de la ciudad lo saben de sobra: hay quienes contactan a chicos y chicas para que (a cambio de un par de zapatillas o un MP4) acepten “hacer cosas” con señores que hablan raro.

Lo raro. Lo prohibido. La idea de “lo exótico” mudada del paisaje al sexo. Así, en términos de “exotismo”, es como Sara Torres lee el marcado apetito por los genitales jóvenes que tanto intriga al ministro Fernández. “Pese a que la esclavitud sexual es un delito inhumano, parecería ser que, si rinde plata, está bien. Y el sexo con chicos es ‘exótico’. Lo curioso es que por un lado se dice ‘Con los chicos no’, pero la explotación en sí, como es el mejor negocio, sigue viva. Marcar el límite de edad es el mejor modo que se ha encontrado para mantener la industria”, analiza. Y recuerda, como muestra, un triste botón: “En la Asociación de Turismo no hubo manera de que se pusiera en los hoteles el cartelito ‘Hotel libre de explotación sexual infantil’. La iniciativa no prosperó”, se indigna. Pero no es la única, tal vez porque el grueso de los mal llamados “clientes” no son visitantes sino paisanos. “Es principalmente la demanda local, y no la extranjera, la que propicia la explotación sexual de la infancia”, afirma un documento de Unicef. La “demanda”: padres de familia, “señores de bien”, empleados sin llegadas tarde. Ese, aquel, este otro. Los desconocidos de siempre.

Complicidad policial

Andrea Ventura es abogada, está a cargo de la Oficina de Derechos de la Infancia (ODI) en La Boca y también se encrespa frente a lo que ve a diario: ineficiencia y complicidad policial, incapacidad judicial para investigar, primero, y condenar a los prostituyentes, después. “Lo central es que esto es un delito, porque antes de los 18 años el consentimiento no existe. Pero tenés que estar justo en el momento. Demostrar, por ejemplo, que un adulto está por tener relaciones con una menor. Pero, ¿cómo lo hacés, si acá a las nenas las lleva de la mano la mamá? Por eso también este delito tiene muy bajos índices de condena. Está naturalizado”, dice con amargura. Y recuerda un caso: hace dos años, un vecino se animó a denunciar a la mamá de cuatro nenas y un nenito. “Nos contó que la madre se llevaba a las chicas de noche abajo del puente, y que además había un desfiladero de hombres entrando a la habitación. Eran nenas de 8 a 16 años. Esto es muy frecuente, y acá en La Boca existen redes de trata y de pedofilia. Hay madres captadas por las redes que, por cuestiones socioeconómicas, terminan entregando a sus hijas”, explica. Lo que no se explica es por qué, en sólo cuatro meses, las chicas fueron regresadas a su hogar. “La explotación sexual no se pudo probar porque estas cosas ocurren puertas adentro”, agrega Ventura. Y si hay algo que los clientes de esta clase de “servicios” dan por descontado, y agradecen, es la discreción. La omertá. “El hombre mata callando”, dice Eduardo Galeano. Los niños rotos saben que no miente.

“LA INFANCIA TIENE PRECIO”

“¿Cuál es el precio de la inocencia?”. Con esa pregunta en mente, el periodista Mauri König, de la Gazeta do Povo en Curitiba, Brasil, comenzó a investigar la explotación sexual de chicos en la frontera sur de su país. Pero después de haber logrado liberar a una nena de 12 años y hasta ganado un premio por su trabajo, decidió invertir la totalidad de ese dinero en financiar un recorrido aún más vasto. Se lanzó entonces, junto al fotógrafo Albari Rosa, a recorrer también la frontera oeste y algo del norte.

El resultado fue un viaje en auto, avión y barco, de 28.000 kilómetros de largo y muchos más de profundidad hacia el fondo más impresentable de la condición humana. El resultado fue, también, un libro, Infancia al límite, otro premio y tristeza a perpetuidad en los ojos de Mauri, el hombre que parece haberlo visto todo. “Es difícil no terminar shockeado cuando ves a una madre cambiando la virginidad de su hija de once años por un par de zapatos”, revela a La Nacion. “O cuando ves a otra madre en Guajará Mirim, en la frontera de Brasil con Bolivia, haciendo entrar a sus dos hijas de 9 y 11 años a un asilo para que tengan sexo con los ancianos a cambio de dinero. Al cabo de ese viaje, llegué a una triste conclusión: la infancia tiene precio, y así lo prueba la explotación de niños en prostitución. Pero es un crimen que no se combate. Todo ocurre en un submundo clandestino y peligroso, dominado por proxenetas, traficantes, políticos y policías corruptos.

CHICA CON ACTITUD, SE BUSCA

Con la llegada de Internet y la proliferación de las redes sociales, hoy la frontera del riesgo se mudó adentro de casa y a menudo se camufla de oferta de trabajo como modelo, bailarina o “promotora” para captar a chicas -casi siempre muy chicas- y, aun así, hambrientas de fama. De hecho, hoy los avisos solicitando “chicas sin experiencia pero con actitud” se reproducen en la red y generan respuestas como éstas: “Hola, tengo 14 pero parezco de 17″, “Hola, soy B, tengo 12 años pero muchos me dan 14″ o “Soy Antonella, tengo quince, me encantaría ser modelo y. ¡Tengo actitud!”. Alguna adjunta una foto, haciendo “hociquito” a la cámara en cada toma.

Así comienza, a veces, todo lo demás, porque la red de redes hace ya tiempo que se ha convertido en una verdadera Disneylandia para los pedófilos.

El 30 de agosto, a una semana de la desaparición de Candela Sol Rodríguez, este diario informaba de la detención de Alberto Enzo Luque. Desde su página de Facebook, Luque habría solicitado nenes y nenas para hacer “desnudos artísticos”. Se habló entonces de un “fake”, algo así como un perfil inventado para perjudicar a Luque. Algunos días más tarde circuló por la Web un supuesto mensaje de la madre de Candela a Luque (la captura de pantalla aún está colgada en el blog Glitters): “Hola, polaco, ¿cómo estás?”, escribe alguien que se identifica como Carola Labrador. “Te escribo porque vi un aviso en tu facebook de fotos artísticas de nenes y nenas. ¿Me podrás decir bien cómo es? Yo tengo una nena de 10 años (casi 11, muy linda) y estoy con problemas de plata, así que quiero saber bien…” Hoy, la cuenta de Facebook de Alberto Enzo Luque está cerrada al público y sólo admite mensajes por correo electrónico. De los “desnudos artísticos” ya no queda nada.

SENSUALIDAD PRECOZ

“Sos muy sexy bailando este reggaeton”, diagnosticaba Carmen Barbieri, jurado de “Bailando Kids”, el programa emitido por El Trece hace apenas dos años que convocó a chicos de entre 7 y 13 años. “Se vio que hubo perreo, se vio sensualidad”, dijo a su turno Laura Fidalgo.

Los especialistas dicen que hay un guiño social a la erotización de la infancia. “La comunicación genera conductas y dice que son aceptables. El abuso de niños hoy está naturalizado en los medios, y por eso yo fui una de las que denunció a ‘Bailando Kids’ ante el Inadi”, dice Sara Torres, directora regional de la Coalición Contra la Trata de Mujeres y Niñas.

Guillaume Apollinaire / La desaparición de Honoré Subrac

A pesar de las minuciosas investigaciones, la policía no ha llegado a dilucidar el misterio de la desaparición de Honoré Subrac.

Había sido amigo mío, y como yo conocía la verdad acerca de su caso, me sentí obligado a informar a la justicia sobre lo que había ocurrido. El juez ante el cual presté declaración empleó conmigo, después de haber escuchado mi relato, un tono de cortesía tan espantado, que no me cupo la menor duda de que me tomaba por loco. Se lo dije, y entonces él se puso aún más amable. Luego, levantándose de su silla, me condujo hasta la puerta, y vi que su escribano estaba de pie, con los puños apretados, dispuesto a saltar sobre mí si me daba un ataque de furia.

No insistí. El caso de Honoré Subrac era, en efecto, tan extraño, que la verdad parecía increíble. Se sabía, por las noticias aparecidas en los diarios, que Subrac pasaba por ser un individuo original. Tanto en invierno como en verano solo vestía una hopalanda y se calzaba únicamente con pantuflas. Era muy rico, y como su manera de vestir me sorprendía, le pregunté un día cuál era su motivo. 

―Es para desvestirme con mayor rapidez en caso de necesidad-, me respondió. Por otra parte, es fácil acostumbrarse a salir con poca ropa y se puede prescindir muy bien de ropa interior, medias y sombrero. Vivo así desde los veinticinco años y nunca me enfermé.

Estas palabras, lejos de aclararme las cosas, agudizaron mi curiosidad.

-¿Por qué -pensé- Honoré Subrac tendrá necesidad de desvestirse tan rápido?

E imaginé toda clase de suposiciones…

*

Una noche, al volver a casa ―sería ser la una y cuarto―, oí pronunciar mi nombre en voz baja. Me pareció que la voz salía de la pared que había rozado. Me detuve, desagradablemente sorprendido.

―¿No hay nadie en la calle? Soy yo, Honoré Subrac.

―Pero ¿dónde está usted?-, exclamé mirando a todas partes sin lograr darme una idea del lugar donde mi amigo pudiera estar escondido.

Descubrí entonces su famosa hopalanda tirada en la vereda y al lado sus no menos famosas pantuflas. 

―He aquí un caso -pensé-, en que Honoré Subrac se ha visto obligado a desvestirse en un abrir y cerrar de ojos. Por fin voy a conocer un lindo misterio.

Y le dije en voz alta:

―La calle está desierta, mi querido amigo, puede usted aparecer.

De golpe, Honoré Subrac, se desprendió en cierta manera de la pared, en la que hasta entonces no había notado su presencia. Estaba completamente desnudo y, antes que nada, se apoderó de su hopalanda, se la puso y la abotonó lo más pronto que pudo. En seguida se calzó las pantuflas y me habló resuletamente mientras me acompañaba hasta mi casa.

―¡Usted se ha asombrado! -me dijo-, pero ahora comprenderá la razón por la cual me visto tan extravagante.

“Pero sin embargo no ha comprendido cómo pude escapar por completo a sus miradas. Es muy simple: sólo se trata de un fenómeno de mimetismo… La naturaleza es una buena madre.

“Ha distribuido entre aquellos de sus hijos amenazados por peligros y que son demasiado débiles para defenderse, el don de confundirse con lo que los rodea… Pero usted ya conoce todo eso. Sabe que las mariposas se parecen a las flores, que ciertos insectos son semejantes a hojas, que el camaleón puede tomar el color que mejor lo disimule, que la liebre polar se ha vuelto blanca como las comarcas glaciares en las que, medrosa como la de nuestros campos, escapa sin ser vista.

“Es así como esos débiles animales huyen de sus enemigos, por medio de un artificio instintivo que modifica su aspecto.

“Y yo, perseguido sin cesar por un enemigo, yo, que soy miedoso e incapaz de defenderme en una pelea, me parezco a esos animales: me confundo a voluntad y por terror con el medio ambiente.

“Hace ya años que ejercité por primera vez esta facultad instintiva. Tenía veinticinco años y, en general, las mujeres me encontraban agradable y apuesto. Una de ellas, que era casada, me mostró tanta amistad que me sentí incapaz de resistir. ¡Fatales relaciones…! Una noche estaba con mi amante. Su supuesto marido había salido de viaje por varios días. Estábamos desnudos como divinidades, cuando la puerta se abrió de pronto y apareció el marido empuñando un revólver. Sentí un terror inexpresable y, cobarde como era y como lo soy aún, sentí un único deseo: desaparecer. Me adosé a la pared y anhelé confundirme con ella. Y el hecho imprevisto se produjo de repente. Tomé el color del empapelado y mis miembros se aplanaron en un estiramiento voluntario e inconcebible; me pareció que formaba parte de la pared y que, en adelante, nadie me vería. Era verdad. El marido me buscaba para matarme. Me había visto y era imposible que yo hubiese escapado. Se puso como loco, y volviendo su ira contra su mujer, la mató salvajemente, disparándole seis tiros en la cabeza. Se fue en seguida, llorando desesperadamente. Cuando hubo salido, mi cuerpo recuperó instintivamente su forma y su color naturales. Me vestí y logré salir de ahí antes de que nadie llegase… Desde entonces he conservado esa afortunada facultad que se parece al mimetismo. El marido, no habiendo podido matarme entonces, consagró su vida al logro de esa tarea. Durante años me persiguió por el mundo entero y yo pensé haberlo burlado viniendo a vivir a París. Pero unos minutos antes de que usted pasase volví a verlo. El terror me hizo castañetear los dientes. Apenas tuve tiempo para desvestirme y confundirme con el muro. Pasó cerca de mí, observando con curiosidad la hopalanda y las pantuflas abandonadas en la vereda. Ya ve usted que no me faltan motivos para vestirme tan escasamente.  No podría ejercer mi facultad mimética si estuviese vestido como todo el mundo. No podría desvestirme tan rápidamente para escapar de mi verdugo, y lo más importante es que esté desnudo, para que mis ropas, aplastadas contra el muro, no tornen inútil mi desaparición defensiva.

Felicité a Honoré Subrac por esa facultad de la que ahora tenía pruebas y que envidiaba…

*

Durante los días siguientes sólo pensé en esto, y me sorprendía a mí mismo, a cada instante, esforzándome por lograr voluntariamente la modificación de mi forma y color. Intenté transformarme en ómnibus, en Torre Eiffel, en académico, en ganador de la lotería. Mis esfuerzos fueron vanos. No lo lograba. Mi voluntad no era lo bastante fuerte y, además me faltaba ese santo terror, ese formidable peligro que había despertado los instintos de Honoré Subrac…

*

Hacía tiempo que no lo veía, cuando un día llegó enloquecido:

―Ese hombre, mi enemigo -me dijo-, me acecha por todas partes. Pude escaparle tres veces gracias a mi facultad, pero tengo miedo, tengo miedo, mi querido amigo.

Observé que había adelgazado, pero me cuidé de decírselo.

―No le queda a usted más que un camino -le dije-. Para escapar de un enemigo tan encarnizado como él, usted debe irse. Ocúltese en una aldea. Deje sus asuntos a mi cuidado y vaya a la estación más próxima.

Me estrechó la mano, diciéndome:

―Acompáñeme usted, se lo ruego, ¡tengo miedo!

*

Ya en la calle, caminamos en silencio. Honoré Subrac volvía continuamente la cabeza, presa de la inquietud. De pronto lanzó un grito y echó a correr, al tiempo que se quitaba la hopalanda y las pantuflas. Vi que un hombre venía corriendo detrás de nosotros. Empuñaba un revólver, apuntando a Honoré Subrac. Este acababa de llegar al paredón de un cuartel, desapareciendo como por encanto.

El hombre del revólver se detuvo estupefacto, lanzó una exclamación de rabia y, como para vengarse del muro que parecía haberle arrebatado la víctima, descargó su revólver en el lugar donde Honoré Subrac había desaparecido. Después se alejó a la carrera.

La gente se aglomeró en el lugar y agentes de policía vinieron a dispersarla. Entonces llamé a mi amigo, pero no me respondió.

Palpé el muro: todavía estaba tibio. Y observé que de las seis balas disparadas, tres habían penetrado a la altura del corazón de un hombre, en tanto que las demás habían hecho saltar el revoque algo más arriba, allí donde me pareció distinguir vagamente el contorno de un rostro.

(De El Heresiarca y Cía., 1910)

(Traducción de Juan Esteban Fassio)

* * *

Guillaume Apollinaire (su verdadero nombre es Wilhelm Albert Włodzimierz Apolinary de Wąż-Kostrowicki) nació el 26 de agosto de 1880 en Roma, Italia y falleció el 9 noviembre de 1918 en Paris, Francia.

Obras:

Poésie

Le Bestiaire ou cortège d’Orphée (illustré de gravures par Raoul Dufy, Deplanche, 1911. Cet ouvrage a également été illustré de lithographies en couleurs par Jean Picart Le Doux, Les Bibliophiles de France, 1962), Alcools (recueil de poèmes composés entre 1898 et 1913, Mercure de France, 1913), Vitam impendere amori (illustré par André Rouveyre, Mercure de France, 1917), Calligrammes, poèmes de la paix et de la guerre 1913-1916 (Caligramas, Mercure de France, 1918), AquarellisteIl y a… (recueil posthume, Messein, 1925), Ombre de mon amour (poèmes adressés à Louise de Coligny-Châtillon, Cailler, 1947), Poèmes secrets à Madeleine (édition pirate, 1949), Le Guetteur mélancolique (poèmes inédits, Gallimard, 1952), Poèmes à Lou (Cailler, recueils de poèmes pour Louise de Coligny-Châtillon, 1915), Soldes (poèmes inédits, Fata Morgana, 1985), Et moi aussi je suis peintre (album d’idéogrammes lyriques coloriés, resté à l’état d’épreuve. Les idéogrammes seront insérés dans le recueil Calligrammes, Le temps qu’il fait, 2006)

Romans et contes

Mirely ou le Petit Trou pas cher (roman érotique écrit sous pseudonyme pour un libraire de la rue Saint-Roch à Paris, 1900), Que faire? (roman-feuilleton paru dans le journal Le Matin, signé Esnard, auquel G.A. sert de nègre), Les Onze Mille Verges ou les amours d’un hospodar (Las once mil vergas, publié sous couverture muette, 1907), L’Enchanteur pourrissant (illustré de gravures d’André Derain, Kahnweiler, 1909), L’Hérésiarque et Cie (El Heresiarca y Cía., contes, Stock, 1910), Les Exploits d’un jeune Don Juan (roman érotique, publié sous couverture muette, 1911. Le roman a été adapté au cinéma en 1987 par Gianfranco Mingozzi sous le même titre), La Rome des Borgia (qui est en fait de la main de Dalize, Bibliothèque des Curieux, 1914), La Fin de Babylone – L’Histoire romanesque 1/3 (Bibliothèque des Curieux, 1914), Les Trois Don Juan – L’Histoire romanesque 2/3 (Bibliothèque de Curieux, 1915), Le Poète assassiné (contes, L’Édition, Bibliothèque de Curieux, 1916), La Femme assise (inachevé, édition posthume, Gallimard, 1920), Les Épingles (contes, 1928)

Ouvrages critiques et chroniques

La Phalange nouvelle (conférence, 1909), L’Œuvre du Marquis de Sade (pages choisies, introduction, essai bibliographique et notes, Paris, Bibliothèque des Curieux, 1909, première anthologie publiée en France sur le marquis de Sade), L’Œuvre poétique de Charles Baudelaire (introduction et notes à l’édition des Maîtres de l’amour, Collection des Classiques Galants, 1924 Paris), Les Poèmes de l’année (conférence, 1909), Les Poètes d’aujourd’hui (conférence, 1909), Le Théâtre italien (encyclopédie littéraire illustrée, 1910), Pages d’histoire, chronique des grands siècles de France (chronique historique, 1912), La Peinture moderne (1913), Méditations esthétiques. Les Peintres cubistes (1913), L’Antitradition futuriste (manifeste synthèse, 1913), Le Flâneur des deux rives (chroniques, Éditions de la Sirène, 1918), Les Diables amoureux (recueil des travaux pour les Maîtres de l’Amour et le Coffret du bibliophile, Gallimard, 1964)

Références:

Œuvres en prose complètes (Tomes II et III, Gallimard, “Bibliothèque de la Pléiade”, 1991 et 1993), Petites merveilles du quotidien (textes retrouvés, Fata Morgana, 1979), Petites flâneries d’art (textes retrouvés, Fata Morgana, 1980)

Théâtre et cinéma

Les Mamelles de Tirésias (Las tetas de Tiresias, drame surréaliste en deux actes et un prologue, 1917), La Bréhatine (scénario de cinéma écrit en collaboration avec André Billy, 1917), Couleurs du temps (1918, réédition 1949), Casanova (comédie parodique, 1952), Les Exploits d’un jeune Don Juan (L’Iniziazione) (adaptation cinématographique de Gianfranco Mingozzi, production franco-italienne, 1987)

Correspondance

Lettres à sa marraine 1915–1918 (1948), Tendre comme le souvenir (lettres à Madeleine Pagès, 1952), Lettres à Lou (édition de Michel Décaudin, Gallimard, 1969), Lettres à Madeleine. Tendre comme le souvenir (édition revue et augmentée par Laurence Campa, Gallimard, 2005), Correspondance avec les artistes (Gallimard, 2009)

Journal

Journal intime (1898-1918) (édition de Michel Décaudin, fac-similé d’un cahier inédit d’Apollinaire, 1991)