Reseña bibliográfica

Iona Heath, Ayudar a morir (Con un prefacio y doce tesis de John Berger), Buenos Aires, Katz Editores, 2008, 126 pp, 11 x 17 cm. Título del original en inglés: Matters of Life and Death. Key Writings, 2007, traducción de Joaquín Ibarburu, ISBN 978-987-1283-84-2.

La preocupación por la muerte ha estado siempre presente en el hombre. Podríamos afirmar que todas las manifestaciones de la filosofía, el arte y la cultura se inspiran en el malestar que el fin de la vida provoca en el ser humano. Esta obra es una profunda y sensible invitación a pensar la consideración que los vivos tenemos respecto a los que están próximos a morir.

Su autora, Iona Heath, nació en Inglaterra, es Médica generalista y trabajó en Camden, uno de los suburbios más pobres de Londres, y ha condensado su experiencia clínica en varios ensayos donde se interroga sobre la práctica de la Medicina.

En breves e intensos capítulos la autora se nutre de citas de filósofos, ensayistas, novelistas, dramaturgos y poetas, tales como Hans-Georg Gadamer, John Berger, Isaiah Berlin, Giambattista Vico, M.M. Bajtin, Susan Sontag, Samuel Beckett, Ingmar Bergman, Roberto Juarroz, Jorge Luis Borges, W.G. Sebald, Saul Bellow, Philip Larkin, Thomas Browne, entre muchos otros, así como de profesionales de la salud, para pensar lo que debería ser una “buena muerte”.

Sostiene que, en la actualidad, en el mundo occidental, el desarrollo de la Medicina ha conducido a que los médicos -las personas más próximas al moribundo y a la muerte-, tomen distancia del paciente, preocupándose más por prolongar su vida que en la calidad de su existencia, dejando de considerar el sufrimiento del que está muriendo.

Heath afirma que, en nuestra época, las sociedades occidentales tratan de hacer todo lo posible por negar la enfermedad y la muerte. Todo tipo de dispositivos tecnológicos, sumados a dietas, ejercicios y fármacos, están puestos al servicio del bienestar físico y al de prolongar la vida. Meta que es asumida como un verdadero desafío por la ciencia que, en general, se percibe como omnipotente. Pero la muerte irrumpe y perturba el devenir cotidiano como una fatalidad.

“Si apartamos la vista de la muerte, también socavamos el placer de la vida. Cuanta menos conciencia tenemos de la muerte, menos vivimos” (p. 34). Pensar la muerte conduce -o debería conducir- inexorablemente a pensar en la vida y lo que hacemos con ella. Porque la muerte es tanto una certeza, como algo inevitable.

Incluso este rechazo de la muerte ha hecho que se continúe estigmatizando el suicidio, considerándolo una enfermedad y no –como sostiene la autora- un derecho humano: el derecho a terminar voluntariamente con la vida propia.

Fundándose en estos postulados, Heath nos recuerda que hay muchos modos de morir. Pero que lo esencial, sea cual fuere la manera, es que la muerte próxima, inminente, nos permite construir y reconstruir el relato de nuestra vida, otorgándole coherencia, dignidad, significado y sentido, acciones todas en que la presencia del médico o de otro profesional sanitario, es insoslayable.

“Morir es parte de la vida, no de la muerte: hay que vivir la muerte” (p. 50). Los adelantos farmacológicos han logrado, en gran medida, atenuar el dolor y el sufrimiento concomitante de aquellos que los padecen, pero quizás los médicos hayan confundido el hecho de aliviar el dolor con el de impedir la posibilidad de que el paciente acceda a la experiencia existencial, personal e intransferible de su propia muerte.

La muerte no siempre está exenta de sufrimiento. La autora juzga como un grave error que hoy “la medicina (…) en cierto modo, devalúa como algo obsoleto e innecesario el viejo esfuerzo humano de hacer frente al dolor y sufrir con entereza y estoicismo” (p. 57). Y que cabe a los médicos una tarea particular: la de tratar de que, en el momento final, el tiempo propio del morir del cuerpo del paciente y el de la mente estén en la máxima armonía.

La idea de la vida concebida como una preparación para la muerte evoca otra de sus ideas, según la cual la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos es atemporal y tan permeable que posibilita un diálogo enriquecedor fuera del tiempo, ya que la memoria y la imaginación permiten conservar a los muertos.

Entre las recomendaciones que Heath brinda a los médicos que asisten a los moribundos, remarca el hecho de tener los ojos abiertos “para ver la humanidad y dignidad de nuestros pacientes” (p. 90), disponer de palabras para el diálogo, tener contacto físico con ellos y paciencia para esperar. Todo esto en función de poder establecer un mayor compromiso con la vida del otro.

Y a propósito de lo verbal, postula la importancia especial que tiene la poesía para la Medicina, ya que hay cosas que sólo el poeta puede ver y que puede traducir en palabras, trascendiendo lo individual de la vida humana, proyectándose hacia la eternidad.

El libro finaliza con “Doce tesis sobre la economía de los muertos” del crítico, dramaturgo, ensayista, novelista y cuentista John Berger (Inglaterra, 1952). Allí, siguiendo con la línea de pensamiento de Heath, enuncia ideas y preguntas acerca de la relación entre vivos y muertos.

Por los problemas abordados y el enfoque elegido, esta obra pone en discusión un tema relativizado y ocultado por una gran parte del pensamiento contemporáneo: el buen morir y el derecho a una buena muerte.

Su lectura es recomendable especialmente para todos aquellos profesionales de la salud que de una manera u otra están en contacto con la enfermedad, el dolor y la muerte: Heath hace un llamado a humanizar la práctica médica cotidiana a través de una obra profunda, escrita en un lenguaje claro dirigida a provocar la reflexión del lector.

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