Susana “Pirí” Lugones. La tanga

Yo no pulseo con mujeres, dijo, y para levantár­selo había que hacerlo incurrir. Si llegaba a la cama seguro que querría pulsear. Pulseó, de hecho y al rato, ahí mismo, en la reunión. Hay que rodearlos, hacer el juego de convencerlos, el método, como siem­pre. Sólo las grandes pasiones, el hombre de mi vida escapan a los métodos y los cálculos.

Pero la noche venia fácil y ninguno de ellos que­ría perdérsela. Ninguno de ustedes. Ni de nosotras. Éramos tres mujeres esa noche, una punta de mu­jeres y otra abrió el fuego y se llevó a mi hombre y era tanto lío de mujeres que podríamos habernos acostado todos juntos, pero yo hubiera rajado, y vos, y otros se hubieran achicado aunque la noche venia fácil y cada cual –parecía- iba a conseguir lo que esperaba. Pero sólo yo lo conseguí.

Jugamos a la verdad. Jugar a la verdad es pro­ponerse altos ideales. Es pensemos que yo miento y los demás son buenos. O pensemos que sólo digo la verdad aunque los demás mientan, y no sirve para nada. Fuiste cruel y Elsa tuvo que decir, como dice en sus artículos, en las mesas redondas, que sos el más grande escritor americano. Elsa cierra los ojos y manotea como si estuviera en el agua para decirlo. Derrama el vaso de whisky en los cocteles, atropella el micrófono de las mesas redondas, se quema con el cigarrillo y dice creo que Eliseo. Es un acto de fe. La rubiecita que había venido con vos, la única nueva entre nosotros, tuvo que confesar que no era virgen. Y te lo agradeció. No sirvió para nada, aunque te sirvió para decirme que yo era tan linda. Porque me lo creí -no sé por qué- ahí me asusté, Eliseo. Me olvidé que eras un técnico de la seducción, un ofi­cialista del lance.

Por eso, mientras la vuelta seguía, me tiré en esa cama y claro, Eliseo vino y me besa y me tira del pelo, más me tira que me besa. Está apelando a un recurso, no tiene ganas de besarme. Pero cuando consigo darle bronca, cuando le digo Ah machazo, entonces me besa de veras. Aunque a lo mejor no, no le di bronca sino que se creyó lo de machazo. Después su mano me re­corre y yo le digo un hombre es igual a otro hombre, una mano da lo mismo que otra mano, pero se lo digo porque todo mi cuerpo está pensando en la mano de mi hombre -entre qué camas, entre qué piernas­- y porque esta mano de Eliseo no me da ni frío ni calor y entonces la mano, el brazo, el hombre está pulseando, venciendo, diciendo no sos más fuerte que yo pero a ratos te amo. Y esas dos mujeres, Elsa y la rubiecita, están sentadas ahí y te aman, Eliseo, y nos miran y nos miran y sonríen. Pero es demasiado into­lerable y me levanto de la cama y alguien me alcanza un whisky y Eliseo se sentó entre el grupo y puso la botella al lado del asiento y bebió varias veces y dice cosas serias y discute y Elsa pestañea y llena los huecos de tus argumentos que son torpes. Y quiero que sean más torpes, porque yo me he propuesto algo y la única que va a conseguirlo soy yo, aunque la no­che les parezca a ustedes que venía fácil.

Entonces Eliseo quiere tranquilizar a esas dos mujeres suyas y refuerza una frase diciendo cuando estábamos conversando con vos allá, señalándome a mi y señalando la cama y yo digo, aunque todos lo sa­ben, porque nadie dejó de vernos, no conversábamos, franeleábamos y bien que me gustó. Ahora todos que­rríamos llorar, los unos por los otros, pero eso no se puede y Aguirre se levanta del sillón, se estira las puntas del chaleco, carraspea y nos propone llevarnos a casa. Te llevo primero, me dice, aunque eso no tran­quiliza a nadie porque cuando me vaya comienzan las explicaciones. Pero salimos y subimos a la camioneta de Aguirre. Para llevar primero a Julio hasta Avellaneda, que se ha sentado entre Aguirre y yo, y tam­bién en la cabina está la chica de Julio que no sé cómo se llama. Los cigarrillos se han terminado como pasa siempre a las tres de la mañana. Tengo ganas de co­ger y de fumar, digo. Y no sé de cual de las dos cosas tengo mas ganas, digo, y ellos se ríen como locos y Julio aprovecha para arrimarme su muslo caliente y refregarlo contra mi pierna, mientras Eliseo, que va parado en la parte de atrás de la camioneta con Elsa y la rubiecita, curiosea su cabeza dentro de la cabina, a riesgo de tumbarse porque vamos rápido ahora entre calles oscuras y dice ¿qué dice? Como todos se ríen todavía y ¡cómo podés ser tan bruta!, Eliseo me agarra de los pelos y me besa mordiendo mientras el viento nos seca la saliva de estos besos interminables y Eliseo hace equilibrios desde afuera, sostenido de caerse con esa mano que se agarra de mi pecho, tan inestable en esa camioneta que corre de madrugada por Avellaneda entre los gritos aislados de algunos cafés y unos pocos vigilantes desinteresa­dos que no saben que la noche venia fácil ni imaginan este fin de fiesta de una reunión de intelectuales.

Atrás Elsa por el rectángulo de vidrio de la cabina sonríe y ahora Eliseo no se va a caer porque la otra mano, la que no está en mi pecho, acaricia la nuca de la rubiecita y Elsa sonríe, sonríe como si fuera a decir que está perfecto así y sólo se incomoda, pero ape­nas, cuando propongo seguir este camino a Mar del Plata y llegar mañana, mientras siga el viento y los besos de Eliseo y la noche no termine nunca. Pero Julio se bajó y hay que llevar a su chica y Eliseo salta al suelo y sube a la cabina, pero hay que partir de nuevo y Aguirre compró cigarrillos para todos y Eli­seo salta a la camioneta, arriba, y rebota contra el piso y se lastima un labio que ahora sangra y ya no me besa más el resto del camino hasta que Aguirre nos deja en medio de la vereda, en Corrientes, y se va con la chica de Julio, diciendo llevate estas minas Eli­seo. Y en el taxi estas minas no hablamos hasta que Eliseo se baja para acompañar a la puerta a Elsa y qué le dirá, pobre Elsa, que no sabe, que no va a poder dormir sin saber si la rubiecita o yo, la rubie­cita que ahora se llama Marina.

¿Y quién ahora, Eliseo, cuando subís al asiento de atrás, en el medio, en el lugar que te hace Marina, tan sumisa, entre nosotras dos? ¿Quién, Eliseo, ella o yo?

Pero es ella cuando das mi dirección al chofer y me dejan en casa y les digo chau.

Y es de mañana, ahora, cuando me llamaste por teléfono y yo tenía un sueño bárbaro para decirte que bueno, que subieras, porque sólo yo, pensé, iba a conseguir lo que me proponía de esa noche. Y me volví a vestir con un suéter y unos pantalones y estiré la cama antes que llegaras sonriendo tan blandamente, tan blandamente como te quedaste dormido, y aquí te tengo, mi trofeo, lo que yo esperaba de esta noche que venia fácil, pero distinto.

Susana “Pirí” Lugones nació el 30 de abril de 1925 en Buenos Aires. Graduada como maestra ejerció la docencia. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Fue editora, escritora y traductora. Estuvo vinculada al periodismo, la literatura y a la política de su época. Trabajó en Mucho Gusto, en la agencia de noticias Prensa Latina, en la editoriales de Jorge Álvarez, Abril, en las revistas Atlántida, Che y en el diario Noticias entre otros. El 20 de diciembre de 1977, a los cincuenta y dos años fue secuestrada integrando la lista de 93 periodistas desaparecidos en la última dictadura militar. Se estima que fue asesinada el 17 de febrero de 1978.

2 Comments

  1. piri,ayer, 26 de octubre de 2011 las basuras que te pusieron encima sus manos llenas de sangre encima de tu bello cuerpo, los que te quisieron quebrar con horribles torturas y no llegaron ni a rasguñar tu espíritu, esos… están detrás de las rejas, a perpetua y yo leo tu historia, y me conecto con vos piri, hasta la victoria compañera, LOMJE!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s