Jorge Lanata. Se supo: fue Caperucita quien se comió a la abuela. Detalles del salvaje canibalismo

Caperucita Roja del bosque fue el cuento más corto de Charles Perrault. La primera versión se publicó en Francia en 1697, pero se cree que surgió en la Edad Media, fruto de la tradición oral (Perrault, devolvé la guita). Sin embargo, como siempre sucede cuando un libro se lleva al cine, a Perrault le cambiaron el final: en la historia original, tanto la pequeña Caperucita como su abuela son devoradas por el lobo.

Los amigos de Charles Dickens comenzaron a mirarlo con desconfianza cuando confesó que Caperucita Roja fue su primer amor, y que había soñado casarse con ella. Pero el autor de Cuento de Navidad no se olvidó de criticar la crueldad que su colega Perrault puso en el final: era demasiado eso de que triunfara el lobo. La crítica de Dickens fue compartida por varios escritores de la época, y ellos mismos se encargaron de darle a Caperucita un final más soft, aunque selectivo: salvaban a la niña pero el lobo se lastraba a la abuela.

En 1821, los hermanos Grimm editaron su propia versión de la historia, salvando a ambas. En el último tramo del cuento, el lobo se comía a las dos y se echaba a dormir. Los ronquidos del animal llamaron la atención de un cazador que decidió entrar en la casa y abrir el estómago del lobo con un par de tijeras (y después dicen que Indiana Jones es un bolazo…). De la panza del lobo salió saludando Caperucita:

–¡Qué miedo! –dijo– ¡Estaba tan oscuro adentro del lobo! (no sé qué le habrá visto Dickens…).

Luego salió la abuela, que no hizo comentarios. Las chicas y el cazador buscan después varias piedras con las que llenan el estómago del lobo… ¡que seguía durmiendo! Finalmente, al escuchar la explosión de Nagasaki, el lobo despierta y trata de escapar, pero cae muerto por el peso de las piedras. El cazador aprovecha y se hace de la piel del lobo. Todos festejan y se sientan a la mesa a comer la torta y beber el vino que Caperucita traía en su canasta. En un ejemplo de monólogo interior anterior a Faulkner, Caperucita piensa, en el último párrafo: “Mientras viva, nunca voy a abandonar el sendero y correr hacia el bosque si mi madre me dice que no lo haga”.

A lo largo del tiempo, la historia de Caperucita siguió variando: a veces era rescatada por cazadores y otras por leñadores. En una versión inglesa del siglo XIX, cuando Caperucita va a ser atacada por el lobo, un cazador le dispara en la cabeza (al lobo) y rescata a la niña. “Un aullido y un gemido, una patada y un quejido, y el feroz villano estaba muerto”, dice. En otra versión, Caperucita, en medio del famoso diálogo de qué grandes ojos tienes, le pide al lobo permiso para ir al baño y se da a la fuga.

En una versión shakespeareana de 1834, todos los protagonistas mueren, pero los vecinos del pueblo llegan a la casa y matan al lobo.

En una edición de 1856, el lobo estaba a punto de morder la yugular de la niña cuando una avispa lo pica en el hocico. Los aullidos de dolor del lobo alertan a un cazador que le dispara una flecha en la oreja, matándolo.

En versiones más edípicas, es el padre de Caperucita quien la rescata, a veces solo y otras con la ayuda de un perro o de leñadores. En 1916 se avanza sobre la retórica de la moraleja: “Y entonces –dice– aprendemos que, como el lobo malvado, hay seres malignos que nunca entrarán en razones y que no podrán ser persuadidos de hacer lo correcto. Por eso debemos tener policías y prisiones”. En la misma versión –que bien pudo haber sido escrita por Vucetich–, los leñadores le regalan a Caperucita la piel del lobo, para que imite a María Julia.

Una de las versiones más sangrientas de Caperucita fue la publicada en Austria en 1867, en la que no hay lobo sino un ogro que también mata a la abuelita, pero se esmera mucho más que el lobo: el ogro reemplaza el cordón que asegura el pasador de la puerta por los intestinos de la abuela. Y luego, amados niños, se lastra a la jovaina entera, a excepción de los dientes, la mandíbula y un litrito de sangre que lleva hasta el aparador de la cocina. El cuento sigue así, cuando Caperucita golpea la puerta y nota que estaba tirando de algo demasiado blando:

–¡Abuela, esto es tan blando! –dice la perspicaz Caperuza.

–¡Empuja y cállate! –dice el ogro mientras hojea a Paulo Freire–. ¡Son los intestinos de tu abuela!

Caperucita Roja, se supo, era sorda. Abrió la puerta, entró y dijo:

–¡Abuela, tengo hambre!

El ogro le sugirió:

–Ve al aparador de la cocina, todavía queda un poco de arroz.

Caperucita también era ciega:

–Abuela –le dijo mientras sacaba los dientes–, ¡estas cosas son muy duras!

–¡Come y cállate! –le dijo el participativo ogro–. Son los dientes de tu abuela.

–¿Qué dijiste?

–¡Come y cállate!

Caperucita, además, era idiota: un rato más tarde dijo:

–Abuela, todavía tengo hambre.

–Vuelve al aparador, allí vas a encontrar dos trozos de carne cortada.

Fue al aparador y tomó las mandíbulas:

–¡Abuelita, esto es muy rojo!

–¡Come y cállate! ¡Son las mandíbulas de tu abuela!

-¿Qué dijiste?

-¡Come y cállate!

Un rato más tarde, la subnormal de Caperucita dijo:

–¡Abuelita, tengo sed!

–Mira en el aparador –dijo el ogro–. Allí debe haber un poco de vino…

–Abuelita, ¡este vino es muy rojo!

–¡Bebe y cállate! ¡Es la sangre de tu abuela!

–¿Qué dijiste?

–¡Bebe y cállate!

Después de este diálogo aleccionador, el autor austríaco retoma la historia clásica de “qué ojos tan grandes”, etc., etc., hasta que, afortunadamente, el ogro se come a esa enana infecta.

(Fuentes: Teresa Marx; The Blue Fairy Book, Andrew Lang; Kinder und Hausmargen (Berlín, 1812), Jacob and Wilhelm Grimm; Marchen und Sagen aus Walschtirol: ein Beitrag zur Deustschensagenkunde, Christian Schneller Innsbruck: Verlag der Wagner’shen Universitats-Buchhandlung, 1867; Tales of Times Past with Morals, Charles Perrault, London, J. Pote and R. Montagu, 1792, trans. Robert Samber; Little Red Riding Hood, Reilly & Lee Co., 1908; Red Riding Hood and Cindirella, de Wolfe, Fiske and Company, 1890; The Blue Beard Picture Book, London, G. Routledge, 1875?; All about Little Red Riding Hood, John B. Gruelle, New York, Cupples and Leon, 1916; Little Red Riding Hood, Father Tuck’s Little Folk Serier, London, Raphael Tuck & Sons, Ltd, 1890?; Little Red Riding Hood, London?, William Weeks, 1834; Red Riding Hood; New York, McLoughin Bros., 1888; Extraordinary Origins of Every Day Things, Charles Panati.)

Este texto está incluido en la Enciclopedia universal del verso (Mitos, mentiras escolares, supersticiones y otras yerbas que aceptamos sin cuestionar). Fue publicada en 1999 en 25 fascículos que acompañaban a la revista XXI, dirigida por Jorge Lanata.

Fundador del diario Página/12 (que impuso una nueva manera de hacer periodismo en la Argentina), de la revista Página/30, XXI, de los programas de radio Rompecabezas y Hora 25, y del programa de televisión Día D. Autor de los libros El nuevo periodismo (1987, recopilación de textos de varios autores), La guerra de las piedras (1988), Polaroids (1990, cuentos), Historia de Teller (1990, novela), Cortinas de humo (1994, ensayo, con la colaboración de Joe Goldman), Vuelta de página (1997, artículos varios), Argentinos (I yII) (2003, 2004, esnayo) y ADN, mapa genético de los defectos argentinos (2004, ensayo).

A mi criterio el mejor periodista argentino de los últimos cincuenta años (nació en Mar del Plata el 12 de septiembre de 1960).

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