Ema Wolf. Mi mapa cerebral

En mi mapa cerebral se distinguen con claridad cuatro hemisferios, divididos transversalmente por la línea de la Marsopa (la temperatura allí es altísima) y longitudinalmente por algo que de lejos parece un tabique de telgopor pero en realidad es un pelo encarnado. Lo atraviesan a lo ancho unas cuantas cintas celestes, onduladas muy monas, que, de no ser isobaras o algo así es probable que sean los lazos que se usan para mantenerlo enrollado.
Arriba de todo, pero del lado de afuera a la intemperie, está la mollera, deshabitada, que en mi geografía equivale al casquete polar.
Los hemisferios no son simétricos ni regulares ni equivalentes, ni siquiera parecidos, y no están ni remotamente relacionados entre sí: en el lugar donde deberían estar 1as fibras comunicantes del cuerpo calloso hay un océano inconmensurable que nadie atravesó jamás, con excepción de algunos cetáceos y cardúmenes de sardinas y peces voladores. Está claro que, en estas condiciones, mal puede un hemisferio pasarle información a otro. (Casi con seguridad, entre el derecho y el izquierdo, hubo, en épocas remotas, un continente -bastante grande considerando el espacio de agua que queda en el medio- que se habría hundido de manera lamentable a causa de una fisura en la corteza. De él no queda mas que una isla de materia gris, boyante, envuelta en brumas, casi siempre invisible, llamada Isla de los Propósitos.)
En cada hemisferio las distintas regiones se identifican por sus colores —rojos, verdes, lilas y por las líneas que las separan, que parecen puntadas largas hechas con máquina de coser.
Al noreste están localizados el equilibrio, el olfato y el movimiento de las orejas, que en mí es voluntario. En estas zonas la densidad de las neuronas, desgraciadamente, es tan baja que no pueden funcionar sino de a una por vez. Para que una zona se active, las pobrecitas tienen que correr en tropel hacia allá, tomarse de las manos y hacer fuerza todas juntas al mismo tiempo. Aún así, a veces no consiguen mover nada.
Enfrente, al oeste, se extiende un territorio inmenso, rico en glucosa, atravesado de norte a sur por una cadena de montanas blandas en cuyo pico más alto se extraviaron varios escaladores. Esas montañas, coloreadas de marrón, obvio, son el fruto de plegamientos precámbricos. Están para permitir el movimiento de los codos, la rodilla derecha, los párpados, el entrecejo, las falanges, y para asentir con la cabeza. De las alturas desciende un río sin afluentes donde está alojada la determinación: el río avanza, impetuoso y rugiente, a través de mesetas y cañones, se descuelga en cataratas de vértigo arrastrando sedimentos, minerales, rocas, latas de conserva, muebles y salmones empeñados en nadar contra la corriente, pero no desemboca en el océano sino que termina de repente en un charquito pedorro.
A un lado de la cadena esta ubicada el habla, en una llanura donde se cultivan solamente papas. Al otro lado, el entendimiento. De él hay poco que decir: comparte su territorio con el movimiento de la rodilla izquierda, unidos como siameses por un pedúnculo cerebeloso. Al parecer, esa convivencia, demasiado brutal para su sensibilidad, lo perturbó de manera definitiva.
Observemos la zona de la memoria. Es lisa. Los manchones plateados corresponden a otras tantas lagunas. Allí nadan patos de goma que se inflan y desinflan todo el tiempo. Si por cualquier motive, alguno pierde el aire de golpe sale disparado hacia arriba y desaparece en la atmósfera. Excepto por la abundancia de lagunas, es lo más parecido al paisaje de la Patagonia: sobre la superficie erosionada ruedan, como ruleros, erráticas matas de pasto zamarreadas por vientos de todos los cuadrantes.
La memoria limita al sur con la zona de los movimientos reflejos —incluida la tos— y al norte con una estrecha península de color maíz donde se producen las ideas. Su proximidad con la línea de la Marsopa hace que el calor sea tremendo. Las ideas surgen a pequeños borbotones, como los cráteres que forma la polenta en la olla. En esta misma península se han hecho trabajos de cateo buscando el inconsciente, hasta ahora sin resultado.
El cerebelo propiamente dicho está ocupado íntegramente por la masticaci6n. Ahí no ocurre ninguna otra cosa. Es azul flúo.
El hemisferio sudoriental, enfrente, es el más animado. Caótico, multicolor, con escenarios siempre cambiantes. Allí se alternan, pegoteadas y superpuestas, la tundra y los bosques de castaños, los géiseres y la jungla, alegres prados surcados de arroyos en cuyas márgenes florecen bulbos y médulas, y desiertos de arena atravesados apenas por el acueducto de Silvio, que es angosto, fangoso y no alcanza a mojar nada. Hay también fiordos, canales enrollados, yacimientos de azufre, y un archipiélago con muchas isletas de origen volcánico, las dos mayores unidas al continente por dos puentes de titanio, flamantes, de diseño espectacular: el de Varolio y el de la Noria. En las islas el suministro de oxígeno es irregular (Obstrucción Espasmódica de Tubos) pero suficiente para alimentar a todas las neuronas, que tampoco aquí se puede decir que sobren porque muchas emigran durante el invierno, no se sabe adónde.
En este mismo territorio sudoriental están localizados, cada uno con su color, la coordinación, el sueño, e1 funcionamiento de la hipófisis, el sexo, el hipotálamo nupcial do Dinamarca, las ondulaciones del pelo, el crecimiento de las uñas, los otros cuatro sentidos, la ineptitud musical, la respiración, la inteligencia, el apetito, el sentido de la orientación, la cautela, los ademanes medidos, los husos horarios, etc. No se entiende por qué habiendo espacio de sobra en otros hemisferios, mi naturaleza acumuló tantas cosas en este.
Debo decir que las funciones están cruzadas: los hemisferios derechos mueven lo que está a la derecha, los izquierdos lo que está a la izquierda, los de arriba lo que esta arriba. como debe ser, nada de porquerías. Esto, y el hecho de que cada hemisferio se mantenga independiente de los otros, hace que la confusión no sea mayor. Del mismo modo, la materia gris (ya la mencioné más arriba) está ocupada por animales de piel gris y la materia blanca por animales de piel blanca.
No olvidar que estamos hablando de lugares desde los cuales se emiten órdenes a las distintas partes del cuerpo, y que si bien algunas veces se olvidan de emitirlas y otras veces las partes se comportan como sordas, se puede decir que el conjunto, mal que mal, funciona.
En fin, es lo que hay.

Muchas gracias a Toscanelli, mi mono cartógrafo, sin el cual todo esto no hubiera sido posible.

(De Libro de los prodigios, 2003)

Ema Wolf nació en Carapachay, Argentina en 1948 y es una de las más importantes escritoras de literatura para niños y jóvenes.  Personalmente creo que es una escritora maravillosa y lo de que sea para niños y adolescentes, una excusa para jugar libremente con la imaginación. La de ella y la del lector.

Obras: Barbanegra y los buñuelos, Pedro, el juntador de mamuts, Walter Ramírez y el ratón nipón, Cuentos y cantos, La sonada aventura de Ben Malasangüe, Cuento chino y otros cuentos no tan chinos, El náufrago de Coco Hueco, Los imposibles, Maruja, La aldovranda en el mercado, Pelos y pulgas, La galleta marinera, La gran inmigración, Hay que enseñarle a tejer al gato, Perafán de Palos, Fámili, A filmar canguros míos, Historias a Fernández, ¡Qué animales!, ¡Silencio, niños!, Pollos de campo, Nabuco, etc., La nave de los brujos, Filotea.

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