Diego Muzzio. El señor Kamasawy y la música misteriosa


El señor Kamasawy era un viejo cascarrabias que vivía solo en un enorme caserón de tres pisos. Nunca se había casado, así que no tenía hijos ni nietos. Toda su vida se había dedicado exclusivamente al trabajo. El señor Kamasawy era luthier. Un luthier es una persona que construye y repara instrumentos musicales. En la casa del señor Kamasawy había todo tipo de instrumentos: pianos, violines, guitarras, timbales, flautas, oboes, chelos, violonchelos, trompetas, saxofones, entre otros. Los instrumentos estaban desparramados por todas partes, llenos de polvo y casi inservibles: el señor Kamasawy se había jubilado tiempo atrás y ya no trabajaba. Y como no trabajaba, se aburría soberanamente.
Dos veces por día, el señor Kamasawy salía a caminar por el barrio. Y en esos paseos se peleaba con todo el mundo. No soportaba los ruidos, y era tan cascarrabias que, cuando salía a pasear, insultaba a los automovilistas que hacían sonar sus bocinas, a las ambulancias que pasaban con la sirena encendida, al vendedor de diarios que gritaba las noticias del día, al verdulero que charlaba con alguna vecina con su vozarrón ronco, a los chicos que jugaban al fútbol en la vereda, a los perros que ladraban…
Los días de lluvia, cuando el mal tiempo le impedía salir de su enorme caserón destartalado, el señor Kamasawy agarraba alguno de los instrumentos que estaban tirados por allí e intentaba repararlo. Pero había perdido completamente la paciencia y pronto abandonaba el instrumento en cualquier parte. La casa del señor Kamasawy era tan vieja y estaba tan descuidada, que apenas caía un chaparrón el lugar se llenaba de goteras. El señor Kamasawy tenía que poner cacerolas por todos lados para que la casa no se inundara. Y el sonido de las gotas cayendo dentro de los recipientes, “clinc, clinc, clinc”, lo ponía furioso.
Fue una noche de tormenta, precisamente, cuando el señor Kamasawy escuchó por primera ver la música misteriosa. La lluvia caía a raudales y los truenos retumbaban como explosiones. En el interior de la casa no dejaba de oírse el “clinc, clinc, clinc” de las gotas cayendo sin cesar en las cacerolas, y el señor Kamasawy estaba de un humor de mil demonios: caminaba de un lado a otro insultando y agitando sus puños hacia el cielo…
Entonces, entre todo ese ruido, el señor Kamasawy creyó escuchar una melodía lejana, muy suave, que seguramente el viento empujaba hasta su casa. Prestó atención. Sin duda, se trataba de un piano. Pero los ruidos de la tormenta tapaban constantemente la hermosa melodía. Decepcionado, el señor Kamasawy se fue a dormir. Se acostó, se tapó los oídos con algodón para no escuchar las goteras ni los truenos, y se quedó profundamente dormido.
A la mañana siguiente ya no llovía. El señor Kamasawy recordó la melodía que había escuchado la noche anterior. Era una melodía tan hermosa, que creyó que la había soñado. Se sacó cl algodón de las orejas y se dedicó a vaciar las cacerolas llenas de agua desparramadas por toda la casa.
Después, el señor Kamasawy salió para dar su paseo matutino. Corno siempre, se peleó con medio mundo. Regresó a su casa, almorzó y durmió la siesta. Lo despertaron los gritos de los chicos que jugaban al fútbol en la vereda. Enojadísmo, salió a la calle con un enorme palo y los chicos se fueron corriendo. Volvió a entrar en su casa, tomó una taza de té y comió dos rebanadas de pan con manteca. Luego volvió a salir para dar la segunda caminata del día.
En la calle, volvió a pelearse con un montón de gente, sobre todo automovilistas que hacían sonar sus bocinas, porque, como los vecinos del barrio ya no lo soportaban, cuando lo veían aparecer hablaban en voz bajita, y el diariero dejaba de gritar las noticias del día, y el verdulero dejaba de charlar con las vecinas, y los chicos dejaban de jugar al fútbol, y los perros, de ladrar. Alrededor de la casa del señor Kamasawy reinaba, así, el más profundo silencio. Ni los pájaros cantaban, por miedo a despertar la ira del viejo.
Pero aquella noche, el señor Kamasawy volvió a escuchar la música misteriosa. Esta vez sin los ruidos de la tormenta. pudo oírla muy claramente. “Sí, sí, sí”, se decía el señor Kamasawy, “es un piano, sin duda”. Y caminaba de un lado a otro del living, deteniéndose de vez en cuando a escuchar, emocionado, la maravillosa melodía.
El señor Kamasawy intentó descubrir de dónde provenía la música y se acercó a la ventana. Quizás tenía un vecino virtuoso, un genio ignorado. Salió de la casa, dispuesto a descubrir al responsable, pero se dio cuenta de que, a medida que se alejaba, la música dejaba de oírse. Volvió sobre sus pasos y se encaminó en dirección contraria: lo mismo. Entró nuevamente en su casa. Ahora sí, la música volvía a escucharse clara, aunque distante. Parecía provenir de arriba.
El señor Kamasawy subió las escaleras hasta el segundo piso y advirtió que allí la música se oía más claramente que en la planta baja. Entonces, subió al tercer piso, y la música se escuchaba allí todavía mejor. Se sentó en la escalera y se quedó escuchando por horas. Cuando comenzaba a amanecer, la música cesó.

Los días pasaron. Todas las noches, el señor Kamasawy oía la música misteriosa. Se sentaba en el tercer piso y escuchaba hasta el amanecer melodías maravillosas.
Una de esas noches, el señor Kamasawy recordó que allí arriba, justo sobre su cabeza. había un altillo, un cuartito al cual no entraba desde hacía años. Y mientras la música continuaba sonando, el señor Kamasawy buscó una escalera y subió hasta alcanzar la entrada del altillo. Empujó la tapa. encendió la linterna que tenía en la mano y se asomó.
Lo que vio era la cosa más fantástica que se ha encontrado en muchos años… Allí, en el altillo polvoriento, entre montones de cosas en desuso, había una enorme araña de color rojo, amarillo y azul. Y la araña tocaba en un pianito de juguete, un instrumento pequeño que había pertenecido al señor Kamasawy.
Quizás se puede suponer que la araña, al ver luz de la linterna y, detrás, la fea cara del señor Kamasawy, se asustó; pero no fue así. La araña, muy tranquila, siguió tocando su melodía en el pianito de juguete. Aquel pianito tan viejo no estaba demasiado afinado, ni sonaba tan bien como un piano de verdad. Sin embargo, alrededor de la araña concertista había otras arañas escuchando atentamente.
El señor Kamasawy no salía de su asombro. Estaba tan confundido, que despacito, sin hacer ruido, cerró la tapa del altillo y volvió a sentarse en la escalera. La música continuó hasta el amanecer, y cada pieza que la araña tocaba era más hermosa que la anterior.
Todo aquel día, el señor Kamasawy estuvo pensando y pensando. Cuando salió a dar su paseo matutino, iba tan concentrado que se olvidó del sonido de las bocinas y de los gritos de la gente y de todos los ruidos que llenaban la calle. Los vecinos lo miraban pasar silencioso, con el ceño fruncido, y se preguntaban qué le estaría pasando a aquel cascarrabias que, contra su costumbre, no insultaba a nadie.
Esa misma tarde, sin perder tiempo, el señor Kamasawy puso manos a la obra. Construyó un verdadero piano, pero chiquito, y lo afinó muy bien. A la tardecita, subió al altillo y dejó allí el nuevo instrumento. Esa noche, se escuchó nuevamente la música, pero esta vez sonaba muchísimo mejor, más afinada, más clara y más fuerte.
Unas semanas después, el señor Kamasawy decidió hacer un experimento… Fabricó un pequeño violonchelo y lo dejó en el altillo. Cuando el Sol se ocultó y la Luna asomó sus cachetes redondos y blancos entre las nubes, se escuchó la melodía del piano y, casi enseguida, las primeras notas del violonchelo acompañándolo. Al parecer, aquellas arañas que vivían en el altillo tenían un talento especial para la música.
Así, día tras día, el señor Kamasawy fue dejando en el altillo nuevos instrumentos que él mismo, como buen luthier, construía y afinaba. Muy pronto, las arañas formaron una orquesta, en la cual había violines, chelos, guitarras, un arpa, timbales y el piano. Y el señor Kamasawy ya no escuchaba sentado en la escalera, sino que subía al altillo y, acurrucado en un rincón, miraba a las arañas tocar sus instrumentos.

Hay un célebre dicho que afirma que la música calma a las fieras. Eso fue lo que sucedió justamente con el señor Kamasawy; porque desde que las arañas comenzaron a ejecutar aquella música maravillosa, el carácter del viejo fue cambiando poco a poco. Los vecinos estaban muy sorprendidos: el señor Kamasawy ya no los insultaba cuando recorría el barrio en sus paseos. Ahora, por el contrario, el señor Kamasawy saludaba a todos con una inclinación de cabeza, y ya no les gritaba a los automovilistas que hacían sonar las bocinas, ni echaba a los chicos que jugaban al fútbol en su vereda.
El señor Kamasawy había cambiado tanto gracias a la música de las arañas, que un día se despertó muy preocupado, pensando que él era el único que podía disfrutar de aquellas melodías maravillosas. Entonces, se le ocurrió una idea: instalaría micrófonos en el altillo. De ese modo, podría amplificar la música y todo el barrio la escucharía.
Esa misma noche puso en práctica su idea. Cuando la Luna apareció en el cielo, de la casa del señor Kamasawy comenzó a brotar la música ejecutada por las arañas. La música flotó en el aire nocturno y pronto llegó a todas las casas del barrio. Los vecinos, casi hipnotizados por la belleza de la melodía, dejaron lo que estaban haciendo y empezaron a juntarse en la puerta de la casa del señor Kamasawy. Llegaban de todos lados y se sentaban a escuchar en la vereda. Era una multitud, cientos de personas en completo silencio, disfrutando de aquella música celestial.
Desde aquel día memorable, la vida del señor Kamasawy cambió completamente. Ahora es un hombre famoso y sus vecinos lo quieren con locura. El señor Kamasawy y su orquesta de arañas dan conciertos en todo el mundo. En este momento se hallan de gira por Europa, pero cuando están acá se puede ir a escuchar la música que por las noches sale del altillo. El señor Kamasawy vive en el barrio de Belgrano. Si se le pregunta a algún vecino del lugar, casi seguro que, con una sonrisa, indicará la calle a la que hay que dirigirse.

(De La asombrosa sombra del pez limón, 2005)

Diego Muzzio nació en Buenos Aires en 1969. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, le gusta la música, es poeta, también escribe ensayos y cuentos. En 1991 publicó su primer libro de poemas, El hueso del Ojo. En 1996 ganó el 1º  Premio del Fondo Nacional de las Artes por su libro Sheol Sheol, publicado en 1997. En el 2000 ganó el premio Sor Juana Inés de la Cruz que otorga la Embajada de México en Costa Rica por su libro Gabatha. Y también en el 2000, una mención del Fondo Nacional de las Artes por su libro de cuentos Mockba. Algunas de sus obras inéditas son: La alegría Perfecta, Tratado sobre la Ejecución de Animales, Nox y Junto a los muros de Jericó. Es autor de Hieronymus Bosch (Segundo Premio
de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, 2004).

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