Pablo Mendelevich. La prepotencia del nuevo pensamiento único

(Publicado en el diario La Nación, 2.5.2010)

Escraches a periodistas, señalamientos desde el atril presidencial, acusaciones anónimas y hasta un “juicio público” en la Plaza de Mayo: en una semana de inusitada violencia discursiva, la estrategia del kirchnerismo y sus aliados para acallar las voces críticas pareció transitar una peligrosa frontera

Un tenue déjà vu estremece por estos días a quienes tienen edad suficiente como para recordar el alma de los años setenta, esa cultura política de la verdad oficial impuesta desde el poder: la intolerancia hostil hacia los que no aplauden.

Alguien solapado acaba de acusar a una decena de periodistas de ser cómplices de apropiación de bebés colgando carteles con reminiscencias del Lejano Oeste. Desde las penumbras del discurso oficialista surgen patotas en la Feria del Libro contra quienes escriben cosas que irritan al Gobierno. Aliados viscerales de los Kirchner organizan juicios éticos” en la plaza pública. No hay bombas ni balas ni muertos ni heridos como en los setenta. Tampoco conmoción nacional ni anarquía ni Triple A. Pero se multiplican las voces que advierten que la recreación de la mentalidad descalificatoria que hace tres décadas y media convirtió la vida política en muerte sistemática no va a traer nada bueno, por más que se trate (por ahora) de violencia descafeinada, sin balas. Comparada con el precedente, prepotencia simbólica. Quién sabe, una variante inestable.

Paradojas sobran. Voces del gobierno repudian el nuevo escrachismo y a la vez lo justifican. Critican el anonimato de los afiches contra los periodistas del Grupo Clarín (lo hizo Néstor Kirchner) y de inmediato sugieren que esos afiches los mandó a imprimir el propio grupo (Aníbal Fernández). Estrategia que renueva el viejo recurso de contraatacar al denunciante con el cargo de haberse victimizado y que registra antecedentes memorables, como cuando los militares de la dictadura dijeron que la foto del rostro sangrante del periodista Manfred Schönfeld, del diario La Prensa, que mostraba sus dientes partidos, era producto de una trompada autoinfligida con una manopla.

Podría pensarse, para restar dramatismo, que los ataques a periodistas son hechos aislados. Pero el problema de los hechos aislados es cuando aparecen todos juntos. El contexto zurce: desde su génesis, el gobierno entrevió a la prensa como un enemigo. Kirchner reiteró el lunes pasado en la CGT lo mismo que sostienen Chávez en Venezuela y Correa en Ecuador, que los medios privados son la oposición. Igual reservó cartuchos, como siempre, para los opositores formales. “Hay que tener memoria para no volver a tener dirigentes que vuelvan a pedir perdón, como aquellos que gobernaban la Argentina en 2001”, dijo Kirchner (se ve que el ministro de Agricultura, Julián Domínguez, no lo escuchó porque calificó de “disparate la división entre el Gobierno y los productores; pido perdón si nos hemos equivocado”).

Desde 2003, en incontables entregas, ambos Kirchner dijeron que los periodistas eran esquizofrénicos, histéricos, les reclamaron humildad, les pidieron autocrítica y maltrataron a los cronistas que se atrevían a formular preguntas referidas a la inflación o al patrimonio matrimonial. En este rubro, el del zarandeo a los críticos, se alcanzó una primera cumbre cuando Cristina Kirchner -corrían las primeras conflagraciones con el campo- le informó a la población que el eximio caricaturista Hermenegildo Sábat, de Clarín, al dibujarla a ella con una curita en la boca era el portador de un mensaje “cuasimafioso”.

Pronunciamientos

La propensión al pensamiento único llevó a intelectuales oficialistas a descalificar a intelectuales críticos casi con el mismo esmero usado por Kirchner para el menoscabo de políticos opositores y periodistas no disciplinados. Al menos la Comisión de Libertad de Expresión de la Cámara de Diputados logró decir no, este jueves, a las recientes agresiones, pero el pronunciamiento en contra del “juicio” de Bonafini tampoco contó allí con el apoyo kirchnerista.

El Club Político Argentino, agrupación que cuenta con intelectuales como Guillermo O´Donnell, Graciela Fernández Meijide, María Matilde Ollier, Guillermo Rozenwurcel, Juan Gabriel Tokatlian y Vicente Palermo, entre otros, emitió un comunicado esta semana en el que dice: “Los escraches han constituido y constituyen una práctica completamente reñida con la política democrática y demasiado próxima a la violencia como para mantenerse indiferentes ante ellos. Tienen un grado de agresión, de identificación y de degradación de la víctima como enemigo que los hace netamente autoritarios”. Agrega que “es llamativo cómo un sector que se considera a sí mismo progresista lo emplea o lo avala, haciendo patente un comportamiento tanto infantil como peligroso. A todo esto le decimos no. Rotundamente”.

En sintonía con este reclamo, ya en 2008 Vicente Palermo había marcado diferencias con Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, uno de los popes del grupo Carta Abierta, a propósito de un debate sobre la sustracción de la política. “La identificación que te das el lujo de hacer, entre lo político y el modo en que te gusta o creés necesario que lo político sea -le escribió Palermo en una carta pública-, se hace patente en la presentación final de tu dilema: hay que elegir, ensuciándose las manos, entre Kirchner que ataca a la oposición tildándola de nueva Unión Democrática, y ese lenguaje despojado, sustraído, robado de historicidad. En otras palabras, para vos, la elección es entre un Kirchner que, ya sabés (decís), ´no supo sustraer el voluntarismo, el populismo, la mitología, el chicanerismo, el laclauísmo, el significantevacioísmo, el avivatoísmo´, y la nada. ¿Por qué no elegir entre ir a quemar iglesias o defender el matrimonio religioso y la educación católica en las escuelas? ¿O entre Chávez y los golpistas? Tu dilema corre por tu cuenta; lo dolorosamente llamativo es que hagas como que no ves que mi posición, que podrá ser equivocada, es tan densamente política como la tuya. Tan llena de pasión y compromiso.” De algún modo, el escrache es una dramatización de la descalificación.

El senador oficialista Daniel Filmus, quien el miércoles, junto con Miguel Pichetto, condenó los sucesos de la Feria del Libro y el afiche anónimo (no así el “juicio” organizado por Hebe de Bonafini en Plaza de Mayo), sólo justifica el escrache cuando es motivado por delitos de lesa humanidad. Filmus sostiene que todos los hechos denunciados en los últimos días fueron ajenos al Gobierno, el cual siempre ha defendido -repite con insistencia el ex ministro de Educación- la libertad de prensa.

-¿Pero el gobierno no controla a sus partidarios? -le pregunta LA NACION- Porque la patota que atacó la presentación del libro sobre el Indec, por ejemplo, estaba en línea con el pensamiento oficial.

-Las fuerzas políticas tienen una enorme diversidad. Que alguien se proclame oficialista, no sé si para disfrazarse o porque realmente lo es, no significa que el Gobierno lo controle.

La historia pesa. También pesa la última historia acumulada. Ni siquiera habrían sido iguales las reacciones, cabe imaginar, si las Madres de Plaza de Mayo hubieran dicho veinte o veinticinco años atrás que querían arremeter contra periodistas marcados como cómplices de la dictadura, entonces fresca.

“Cuando se incluyen denuncias o condenas de fuerte carga ideológica y emocional -dice Guillermo O´Donnell, una de las máximas autoridades académicas en Ciencia Política-, se corre el riesgo de romper el huevo de la serpiente; cuando se sueltan elementos que viven de y para la violencia, llega un momento que ya no se pueden controlar, ni siquiera por poderosos sectores, o gobiernos, que en su momento los alentaron. Hay varios ejemplos históricos de que este fue un primer paso hacia terribles violencias. Debemos todos, aunque enfrentados en muchas cuestiones, empeñarnos en parar este grave peligro”.

Joaquín Morales Solá es aún más contundente: “Esto está en condiciones de terminar mal, incluso con una muerte. El gobierno tal vez no lo va a hacer, pero están esos grupos de imbéciles de los que habla Pichetto, o incluso de enemigos del Gobierno, porque en este momento cualquier cosa que le pase a un periodista se lo van a adjudicar al Gobierno. Están jugando con fuego”.

Luis Majul, otro consultado para esta nota, es pesimista respecto de la reversión del fenómeno. “A mí me entristece lo que está pasando. Tenía la ilusión de que el propio Kirchner, al ver que esto está creciendo, les pediría a sus militantes que no agredieran a los periodistas, especialmente a los que no piensan como ellos. Eso hubiera puesto tranquilidad y sentido común. Pero no lo pueden hacer. ¿Por qué? Porque por acción u omisión, detrás de los escarches está Kirchner”.

Periodistas y medios, a veces anudados sin distinción, fueron culpados en los últimos siete años de estar al servicio de intereses concentrados, de ser desestabilizadores o de ambas cosas. Hay que recordar cómo la etiquetación mafiosa volvió a colarse en la atmósfera de esporádicas ruedas de prensa (sazonadas con militantes), en las cuales, para inmovilizar a los interrogadores no obsecuentes, Kirchner disparaba un contraataque tomado de las películas sobre guerras de familias sicilianas: “¿A vos quién te manda?”. Sólo que aquí no se trataba de desenmascarar al peón de un gangster sino de humillar a un periodista profesional que creía estar haciendo su trabajo.

Por su concepción de que el dinero lo rige todo, Kirchner quizás está más familiarizado con un modelo comarcal de periodista-empleado que con el de quien reproduce comportamientos profesionales ajustados a una deontología universal. Es lo que demuestra cuando sobre periodistas habla en público, algo en él mucho más común que hablar con periodistas en público.

Al margen de que conformen un cuerpo profesional tan venal, corrupto y en definitiva imperfecto como cualquier otro, la mayoría de los periodistas es -por oficio- constitutivamente indomable. Cuanto menos, refractaria a las presiones del poder. Y parece serlo frente a la coerción para alinearse en un bando u otro según la escenografía kirchnerista.

Un bando es el de quienes creen en las bondades de la ley de Servicios Audiovisuales, quienes piensan que la concentración mediática impide el desarrollo nacional, los que odian con fervor al Grupo Clarín desde que el Gobierno lo colocó -de la noche a la mañana- a la cabeza de los enemigos públicos. El otro está formado por el resto del mundo, al que como señal identitaria se le endosa desde el poder, sutil o groseramente, una complicidad con Videla. Polarización falaz que debutó cuando se desparramó la idea de que no se podía convivir ni un segundo más con una ley de Radiodifusión de la dictadura, sin que se explicara por qué la vida de los bancos merece seguir ordenada por una ley de Martínez de Hoz y la cantidad distrital de diputados, por una ley de Bignone.

“Todo blanco y negro, amigos y enemigos, una polarización indeseable como mecanismo de convivencia”, dice la politóloga Ana María Mustapic, no en particular sobre los periodistas sino, en general, respecto de escraches y parodias de juicio. “El Ejecutivo fija modelos y me parece importante que defina su posición. En realidad, me gustaría que dijera que esto está mal. Me hace acordar a los setenta y creo que hay que ponerle freno.”

Podrá decir la Presidenta que ella ya se pronunció esta semana. “La Patria somos todos -dijo en uno de sus discursos cotidianos-; cada vez que hubo desunión, nos fue mal.” Hubiera sido una de tantas generalidades de su prolífica oratoria si no fuera porque le siguió un argumento bien interesante -aunque remanido- sobre los porqués del kirchnerismo: “Muchas veces hay que enfrentar intereses poderosos y hay que hacerlo por todos los que confiaron en nosotros”. En ese marco, el de la epopeya contra intereses poderosos y la satisfacción de los propios votantes, anida la guerra antimediática, que parece ser el caldo de cultivo del escrachismo en ciernes. Con medias verdades, anacronismos, presunciones, facturas tardías y condenas selectivas se arma una verdad demoníaca. Y esa verdad se integra a la constelación mayor de enemigos nominados con palabras compuestas -el poder agromediático, lugar que antes de la sinarquía internacional ocupaba la reacción oligarco-clerical-, cuya derrota definitiva, se sugiere, traerá la liberación. Pero ahora hay una meta pedestre que es más modesta, porque las patotas bibliográficas y antiperiodistas prometen liberar el camino de quienes interponen críticas.

TEXTUALES

Guillermo O´Donnell
“Cuando se incluyen denuncias o condenas de fuerte carga ideológica y emocional se corre el riesgo de romper el huevo de la serpiente”

Joaquín Morales Solá
“Esto está en condiciones de terminar mal, incluso con una muerte. Están esos grupos de imbéciles de los que habla Pichetto, o incluso de enemigos del Gobierno”

Daniel Filmus
“Las fuerzas políticas tienen una enorme diversidad. Que alguien se proclame oficialista, no sé si para disfrazarse o porque realmente lo es, no significa que el gobierno lo controle”

Luis Majul
“Tenía la ilusión de que Kirchner, al ver que esto está creciendo, les pediría a sus militantes que no agredieran a los periodistas. Eso hubiera puesto tranquilidad”

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1 Comment

  1. Y nadie dice ni se escandaliza con el ataque a los noteros de 6,7,8. Parece que algunos distinguen distintos tipos de periodismo. El comentario me suena a como cargado de mucha ideología y no precisamente de la orientación oficial. Esto me parece bien pero hay que decir o hacer notar desde qué lugar se habla. Sino todo es hipocresía.

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