Jeffrey Eugenides. Las vírgenes suicidas

—Toda la sabiduría termina en paradoja —dijo el señor Buell, justo antes de dejarlo al final de nuestra última entrevista, y entonces nos dimos cuenta de que lo que intentaba decirnos era que nos olvidásemos de las chicas, que las dejásemos en manos de Dios.

Sabíamos que Cecilia se había quitado la vida porque era un ser inadaptado, porque sentía la llamada del más allá, y sabíamos que sus hermanas, una vez abandonadas, también habían sentido que ella las llamaba desde el lugar donde se encontrase. Pero, pese a haber llegado a estas conclusiones, actualmente sentimos un nudo en la garganta porque nos damos cuenta de que son a la vez verdad y mentira. Se han escrito tantas cosas sobre las hermanas Lisbon en los periódicos, se ha rumoreado tanto sobre ellas por encima de la cerca trasera de la casa o se han relatado tantas versiones de los hechos en los consultorios de los psiquiatras a lo largo de los años, que estamos seguros de que no hay explicación suficiente. El señor Eugene, que nos dijo que los científicos estaban a punto de descubrir los «genes malos» que causan el cáncer, la depresión y otras enfermedades, habló de la esperanza de que muy pronto «se pudiese encontrar el gen causante del suicidio». En esto discrepaba del señor Hedlie, que no veía los suicidios como una respuesta a nuestro momento histórico.

—¡Y una mierda! —exclamó—. ¿De qué tienen que preocuparse ahora los jóvenes? Si quieren problemas que vayan a Bangladesh.

—Se trataba de una combinación de muchos factores —dijo el doctor Hornicker en su último informe, escrito sin propósito médico, sólo porque no podía sacarse a las hermanas Lisbon de la cabeza—. Para la mayoría de las personas el suicidio viene a ser como la ruleta rusa. Hay una sola bala en el tambor. En el caso de las hermanas Lisbon, el arma estaba totalmente cargada. Una bala por presión familiar. Una bala por predisposición genética. Una bala por malestar histórico. Una bala por un impulso inevitable. Las otras dos balas son imposibles de nombrar, pero esto no quiere decir que las cámaras estuvieran vacías.

Sin embargo, esto es como querer apresar el viento. La esencia de los suicidios no era la tristeza ni el misterio, sino simplemente el egoísmo. Las hermanas Lisbon quisieron hacerse cargo de decisiones que conviene dejar en manos de Dios. Se convirtieron en criaturas demasiado poderosas para vivir con nosotros, demasiado ególatras, demasiado visionarias, demasiado ciegas. Lo que persistía detrás de ellas no era la vida, que supera siempre a la muerte natural, sino la lista más trivial de hechos mundanos que pueda imaginarse: el tictac de un reloj de pared, las sombras de una habitación a mediodía y la atrocidad de un ser humano que sólo piensa en sí mismo. Su cerebro se hizo opaco a todo y sólo fulguró en puntos precisos de dolor, daños personales, sueños perdidos. Todos amábamos a alguna, pero iba empequeñeciéndose en un inmenso témpano de hielo, que se encogía hasta convertirse en un punto negro y agitaba unos brazos diminutos sin que oyéramos su voz. Después ya fue la cuerda alrededor de la viga, la píldora somnífera en la palma de la mano con una larga línea de la vida, la ventana abierta de par en par, el horno de gas, lo que fuera. Nos hacían partícipes de su locura, porque no podíamos hacer otra cosa que seguir sus pasos, repensar sus pensamientos, comprobar que ninguno confluía en nosotros. No nos cabía en la cabeza aquel vacío que podía sentir un ser capaz de segarse las venas de las muñecas, aquel vacío y aquella calma tan grandes. Teníamos que embadurnarnos la boca con sus últimas huellas, las marcas de barro en el suelo, las maletas apartadas de un puntapié, teníamos que respirar una y otra vez el aire de las habitaciones donde se habían matado. A fin de cuentas, daba igual la edad que tuviesen, el que fueran tan jóvenes, lo único que importaba era que las habíamos amado y que no nos habían oído cuando las llamábamos, que seguían sin oírnos ahora, aquí arriba, en la casa del árbol, con nuestro escaso cabello y nuestra barriga, llamándolas para que salgan de aquellas habitaciones donde se habían quedado solas para siempre, solas en su suicidio, más profundo que la muerte, y en las que ya nunca encontraremos las piezas que podrían servir para volver a unirlas.

(Fragmento de la novela Las vírgenes suicidas, The Virgin Suicides, 1993)

Jeffrey Eugenides nació el 8 de marzo de 1960.

Cuando se publicó la traducción al español de Las vírgenes suicidas, leí una muy fervorosa crítica de Rodrigo Fresán en el diario Página/12. Pero lo que me había atraído desde un primer momento había sido el tema del suicidio, y la historia de las cinco hermanas adolescentes Lipton. Y la lectura de esta joya tan especialmente narrada me confirmó mi admiración hacia Eugenides, ya que además, fue su primera novela. En 2002 apareció Middlesex, con una muy buena crítica.

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4 comentarios en “Jeffrey Eugenides. Las vírgenes suicidas

  1. Muchas veces quise explicarme a mí misma el porqué del suicidio y siempre caigo en lo mismo. Me asusta , un poco , acordar con parte de este texto, especialmente con el doctor Hornicker, en el fragmento que dice: “Sin embargo, esto es como querer apresar el viento. La esencia de los suicidios no era la tristeza ni el misterio, sino simplemente el egoísmo. Las hermanas Lisbon quisieron hacerse cargo de decisiones que conviene dejar en manos de Dios. Se convirtieron en criaturas demasiado poderosas para vivir con nosotros, demasiado ególatras, demasiado visionarias, demasiado ciegas. Lo que persistía detrás de ellas no era la vida, que supera siempre a la muerte natural, sino la lista más trivial de hechos mundanos que pueda imaginarse: el tictac de un reloj de pared, las sombras de una habitación a mediodía y la atrocidad de un ser humano que sólo piensa en sí mismo. Su cerebro se hizo opaco a todo y sólo fulguró en puntos precisos de dolor, daños personales, sueños perdidos.”
    Muchas veces, una piensa que hay salidas fáciles, que sería como hacer borrón y cuenta nueva, que nos liberaríamos de pesos y angustias, pero casi de inmediato surge el dolor ajeno, de los seres que nos aman, de los pesares que causaría tal viaje, de las culpas que uno traspasaría a seres inocentes… Y así todo se desvanece gracias a Dios. Como dice el texto, no podemos igualarnos a Dios y tomar sus riendas, no es así. No hace falta la tristeza solamente, hay más cosas, como el egoísno, que llevan a tal determinación.
    En la vida siempre hay un lugar en donde uno puede ser feliz, sólo hay que buscarlo, encontrarlo y suspirar.
    Bueno, también es muy significativo la analogía con las balas.
    Qué buen fragmento.

  2. Si bien la tematica y y el marco en que se desarrola la historia me parecen excelentes creo que el desarrollo que el escritor le da resulta totalmente mediocre. El libro me llamo poderosamente la atencion cuando trabajaba en una libreria y me puse a leerlo pero fui descubriendo una evasion de critica al problema principal: La religiosidad sexualmente represiva. Si el ibro queria hacer una buena historia tenía que haberse enfocado en este sentido no estar dandole vueltas al asunto con una poesia rebuscada que sonaba aburrida y artificial. Eugenides parece que no quiso comprometerse con una critica dura a la religiosidad fundamentalista suerña de USA. Por esa falta de agallas su novela, que pudo haber resultado genial, como las de Howard Fast o Charles Bukowski, se convirtio en una mediocridad.

    1. Hola, coincido con vos en que lo de la religiosidad o de la presión ejercida por los familiares es un pretexto. Me interesó la imposibilidad de conocer a las personas, sean las hermanas Lisbon o a quien sea. ¿Qué sabemos de alguien? ¿Qué queremos saber? ¿Hasta dónde nos es permitido? Las Lisbon excedían la realidad de su familia represora. La multitud de personas, vecinos, compañeros que sabían de ellas no pueden comprender nada, sólo dar pinceladas, esbozos de las vidas de las chicas. Y quizás a nadie les interesaban, salvo en aquello que les convenía, como tener sexo con alguna de ellas. ¿Estaban pidiendo auxilio? ¿Veían a los demás desde muy lejos, excediendo la superficial realidad de la gente? ¿Por qué se suicidaron? ¿Y por qué deberían no haberlo hecho?

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