En cementerio

Platón afirmaba que “el tiempo es la imagen móvil de la eternidad”. Recordé esa definición a raíz de que en los últimos días tuve que ir a un cementerio. Y simultáneamente el problema del tiempo se ubicó junto a la siguiente cuestión: ¿qué es un cementerio?

En 2007 en Argentina murieron 315.852 personas. En la ciudad de Buenos Aires hay tres cementerios públicos. El primer cementerio fue el de Recoleta inaugurado en 1822, y los primeros entierros fueron los “del párvulo liberto Juan Benito y el de María Dolores Maciel”, tal como consta en la página web del gobierno de Buenos Aires. Allí también se informa que el de Flores fue inaugurado oficialmente en 1867 y Elena Bergallo de 3 años de edad fue la primera inhumada. El de Chacarita fue inaugurado en 1871 y el primer inhumado fue Manuel Rodríguez, un albañil. Hay visitas guiadas en los tres.

El filósofo danés Sören Kierkegaard pensó y escribió páginas extraordinarias acerca de la angustia, la desesperación y la fe. “Kierkegaard” en danés significa “cementerio”.

Padre falleció en 2000 y según los registros del lugar donde está sepultado, ya transcurrieron más de los ocho años que se estima es el tiempo adecuado como para que su cuerpo se desintegre y lo único que quede sean sus huesos, esto es: “los restos”. De ahí la expresión “levantar los restos” que designa al acto mediante el cual un señor empleado del cementerio se encargará de tomar los huesos del otrora Padre y preguntarle a los familiares (vivos) qué quieren hacer con ellos, si (a) quemarlos o (b) no quemarlos y depositarlos en un nicho. ¿Ser o no ser? (era obvio que en algún párrafo iba a citar la pregunta hamletiana).

Madre había decidido no cremarlo en Su Momento. Hoy acompañamos su decisión (b) de colocarlo en un nicho.

Mi última visita a un cementerio fue hace casi diez años cuando sepultaron a Padre. No creo que algo haya cambiado desde entonces, más allá de que ese día hacía calor (después de todo era verano) y hoy es un día soleado y fresco (después de todo es invierno). Seguramente el intendente del partido (la acción transcurre en algún lugar del Gran Buenos Aires) sigue siendo el mismo que entonces o a lo sumo su hijo está gobernando hoy.

Mis anteriores incursiones fueron a propósito de formar parte del séquito que acompañó a familiares lejanos a su última morada terrenal, otra un paseo voluntario al cementerio de Recoleta (en privilegiada zona de Buenos Aires, sitio donde “reposan” los restos de las familias más aristocráticas del país más algún cantor popular) siguiendo los pasos de una pulposa señorita, y más atrás en el tiempo, siendo niño, la excursión a que era transportado por Abuela y Madre para “visitar” a lo que quedaba de Abuelo. No mucho más.

Cumpliendo lo solicitado por el personal del cementerio, junto con Madre y Hermana llegamos 7:30 AM al lugar. Una vez que le comunicamos la decisión (b) y de asignarnos el nicho correspondiente, se nos dijo que teníamos que comprar una “urna” para colocar los huesos. Dicha operación la llevamos a cabo en uno de los comercios estratégicamente ubicados frente al cementerio. La urna en cuestión es una versión reducida del féretro, de unos 50 centímetros de largo. Nos ofrecieron dos modelos.

Entregamos la urna y nos trasladamos al lugar donde yacía Padre distante unos cien metros de la Administración. Madre no participó del evento. El evento era estar presente en el momento en que un sepulturero desenterrase a Padre.

¿Qué idea de la muerte hay en un cementerio? Otras culturas tienen otra relación con los muertos. En muchos lugares de Argentina sobreviven distintos cultos a la Muerte: me resulta muy interesante e intrigante saber lo que sucede en otros países, qué hace la gente con sus muertos. Me hacía esa pregunta mientras transitaba por las callecitas del cementerio observando las tumbas.

Vi tumbas de muchos diseños. Tumbas modestas y tumbas olvidadas. Tumbas inmaculadas y tumbas casi anónimas. Tumbas con dedicatoria. Y tumbas pintadas con los colores del equipo de fútbol favorito del muerto, donde está grabado incluso el escudo de ese club (alguien podría hacer alguna asociación con el hecho de que los jugadores vivos de ese club son unos muertos también, teniendo en cuenta los desempeños dentro de un campo de juego, pero no abundaré en ello).

También vi detalles personalizados del difunto: hace unas décadas además del nombre y apellido se colocaba un retrato del occiso enmarcado en metal. Hoy ese retrato ha dejado de ser en blanco y negro o sepia, y es a cuatro colores, con un fondo celeste, y con un retoque en blanco que rodea la cabeza para darle un efecto de santidad, gracias a San Photoshop, creo. Una variante más modesta es una foto del muerto impresa en papel a color en impresora hogareña y cubierta por plástico transparente adhesivo para protegerla de los avatares del clima.

Además de las clásicas flores de plástico, el ingenio popular ha hecho posible que varias tumbas luzcan adornos de jardín. Sí, consisten en unas flores también de plástico giratorias bastante grandes que se mueven gracias al viento circulante. Vienen en colores flúo.

Una vez llegados al lugar de los hechos, el empleado comenzó el desentierro. Como no tenía nada que hacer salvo observarlo, me senté en una tumba. Hermana hizo lo mismo. Un detalle interesante era que Padre al nacer me pusiera como primer nombre el mismo que él tuvo de segundo; o sea que la placa indicadora ostentaba mi nombre y apellido también. Vincent Van Gogh tuvo un hermano que murió a los pocos meses y a quien habían dado el nombre que también él tuvo. Cuando visitó su tumba le produjo una sensación especial.

Transcurrían las paladas de tierra y a partir de cierto momento el empleado también se ocupaba de fragmentos del cajón y de ciertas cosas pequeñas que separaba cuidadosamente con sus manos enfundadas en guantes. En ese momento yo también ya estaba asomado al agujero rectangular donde yacía Padre. “¿Qué es eso que separa?”, pregunté. Eran las falanges de las manos paternas, que según el hombre, “no van dentro de la mortaja, sino afuera”.

Llegado ya a cierta profundidad, nos dijo: “no está listo, porque veo salir cucarachas”. Eso indicaba que los huesos no estaban limpios del todo, y que iba a ser necesario esperar un tiempo más para que se termine de consumir la grasa que aún estaba pegada. Su explicación era que si bien ya hacía diez años de la muerte, como el terreno allí era muy húmedo no se consumía en tiempo y forma. Que iba a esperar al capataz para que dé su veredicto, que tendría que llenar nuevamente de tierra el lugar y que a los seis meses tendríamos que regresar y hacer la operación otra vez y ver cómo estaba Padre.

Mientras intentaba ver algo más, sonó mi celular y dije a alguien dónde estaba y qué estaba haciendo. Me respondió que seguramente me dirían que Padre no estaba en condiciones de que levanten sus restos: “eso se lo dicen a todos para que les des una propina y lo levanten igual”. Tal cual. Al rato se acercó el hombre: “si ustedes quieren, y esto queda entre nosotros, nadie se entera, lo levantamos igual, lo llevamos, lo limpiamos y ustedes hacen lo que quieran hacer, así no tienen que volver cada seis meses”. Sin mención de propina. Consultamos a Madre y aceptó el ofrecimiento.

También nos enteramos que cierto sector o pabellón de nichos era peligroso no porque los muertos resucitan allí, sino porque “te roban”. Como está contra una pared que divide a muertos de vivos, resulta que del lado vivo hay una villa de emergencia o asentamiento. Pero no necesariamente es por eso que te roban sino porque hay dos puertas de acceso a través de las cuales es fácil escapar con lo hurtado a los familares que depositan su ofrenda a los difuntos.

Media hora más tarde acompañábamos al hombre hacia un nuevo destino (el de Padre): un nicho. Varios pasillos mediante y al colocar la urna en su lugar, el hombre observó: “acá hay lugar para tres más, así que no compren otro nicho porque hay lugar”. Agradecidos por el sabio consejo nos retiramos silenciosamente, para no incomodar.

Mientras desandaba las callecitas, el sol aún brillaba.

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3 Comments

  1. Conmovedor, Ricardo. Por suerte mis padres aún están en forma, pero no son pocas las veces en las que me he imaginado tener la obligación de ir a un cementerio a cumplir con lo que tan bien has narrado. Mi padre me contó hace muchos años su experiencia con su padre, mi abuelo. Se parece mucho a lo que cuentas. No lo olvidé durante años.
    Un abrazo.

  2. Muy sentido. Cuando uno por cuestiones de la vida tiene que acercarse a los cementerios, se remueven muchas cosas, historia, vivencias…
    Es como decís, el ver reflejado tu nombre en las placas resulta fuerte, yo me vi en una placa antiquísima, con foto y todo.
    Comparto el ritual de tu infancia, los domingos antes del atardecer,antes de las 18:00 hs., haciendo la recorrida por los familiares que descansan aún allí.
    Pero en los últimos tres años, he ido a otro, uno de estos privados, donde las sensaciones son distintas, quizás, no sé, es más campestre y con eso una idea de libertad y serenidad más reales. Me ocurre que mientras dura el viaje de ida a este cementerio siento que voy a encontrarme con la persona que voy a visitar, entro, compro las flores y al tomar conciencia y enfrentarme con la tumba, vuelvo de pronto a la realidad y bajo mis ansiedades.
    En mi retina, guardo también las visitas a mi hermanita.
    ¡Cuántas historias se guardan silenciociosas en los cementerios!
    Un abrazo grande y ánimo.

  3. Esa mezcla de sarcasmo ,hironia y realidad mezcladas ,conmueven en tu relato.
    Nuestra cultura y su relación con los muertos a mi me impacto desde chiquita cuando visitaba los cementerios,(ese ritual dominguero al que hacías referencia ),o los tantos entierros a los que asistí desde temprana edad.
    Un uno de esos tantos paseos mi mama me dijo:”acordate que en el nicho de tìa queda un lugar,lo puedo compartir llegado el momento”.
    Cuantas sensaciones y sentimientos extraños tenemos con relación a la muerte,a sus ritos y costumbres.
    Creo que solo cada uno en su yo mas intimo sabe que sentimiento se aloja en lo mas profundo del alma .
    Tan difícil que muchas veces no se encuentran palabras.
    Fijáte todo lo que cabe en ella:
    Muerte,robos,exhumación ,reubicación……y el sol aun brillaba.
    Muchos recuerdos y conexiones raras me genero tu texto con la vida y la muerte….todo muy cercano.
    Besos

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