Lucila Román. Añoranza del jazmín

El informe final diagnostica que soy violento, sobre todo con mi cuerpo, y que no logro establecer relaciones que se encarrilen hacia parámetros normales. Sin embargo, yo tengo otra versión. Me encerraron por exceso de lucidez. El tiempo transcurrió mientras aprendía a conectarme con los demás, y si durante ese proceso algo en el interior se resintió, es asunto que ellos han determinado por mí. En realidad, no entienden mi ventaja de verlo todo. Y en este mundo de ciegos, poseer la capacidad de atravesar las almas como si fueran de cristal, es razón más que suficiente para acabar aquí. Por ahora, me tienen aquietado, me perciben estable, aseguran que estoy en camino de contener mis emociones. ¿Pero acaso éste soy yo? Cada momento es inducido, hasta mi propio cansancio. Trato, aún así, de cumplir con una pequeña rutina diaria. Escribo, lloro, me aburro, duermo. El agobio es el mismo: añoro un pasado que se me escurre, debo admitirlo, y sé, razonablemente sé, que en este sitio no podré atraparlo. Pero mentiría si dijese que me han tratado mal. Mi habitación es agradable. Las ventanas las dejan abiertas, la brisa que me llega es cálida. A nadie le cuento que por las noches la luna viene a visitarme. Tampoco ella me ha podido contestar cuándo sucedió el quiebre. Tuve a mi lado una mujer que me amó. Eso es seguro, aunque por el momento no pueda retener sus gestos. Quizás los proteja de mi tendencia destructiva, como la han precisado tantas veces. Desde entonces, me basta esperar el aroma a jazmines que algún viento nocturno me acerque para volver nítida su piel. Porque con certeza sé que aquella fragancia pertenece a su cuerpo. Un consuelo tibio me abraza y ya no hay tormentos por no recordar sus ojos. Los días se eternizan en esta casa. Vivo una especie de presente continuo. Acabé convertido en pasajero de un no lugar. Estoy en tránsito. Hoy es ayer, y mañana. Si lo deseo, hoy también son mis tiempos de estudiante. Mis eufóricas y visionarias noches largas en que leía de Augé y Deleuze y sus percepciones del mundo. Vuelvo a cada pequeño detalle. Los veo, los palpo, los huelo. Eso sí recuerdo. Los libros, los debates inútiles sobre la posmodernidad, los mates, las agrupaciones políticas, las marchas reivindicatorias. El dorado mal gusto noventista. La mirada del Che multiplicada por mil que nos espoleaba desde cada ángulo, mientras los años se nos iban en definir los tiempos que corrían. El desorden generalizado reinaba por aquella época y yo me desplazaba cómodo por los pasillos del caos. Ahora este presente avanza de a ratos mientras me iluminan destellos que le esquivan a mi propia desmemoria, y me aferro como puedo a ellos, sabiendo que son la punta del iceberg. Anoche tuve una visión en sueños. Desperté oliendo el perfume de mi mujer jazmín. la buscaba entre una multitud reunida en una plaza de alguna ciudad de Italia. De repente esa plaza se volvió solitaria y prolija, como suspendida en el aire. El sol reinaba en un cielo sin nubes mientras el paisaje medieval tomaba la apariencia de una gran piscina. Todo lo tapaba el agua y yo caía en la cuenta de que sería inútil su búsqueda. La ciudad entera se sumergía. Los olores, los sonidos de esa población libre de modernidad, yo moviéndome por aquellos lugares intuidos, su presencia al acecho en cualquier parte. Todo era real. Tanto, que supe que conocía a esa mujer desde épocas en que me vestía con trajes majestuosos. Me desperté empapado en sudor y con un cansancio tal que dudé, por un instante, de la condición humana que me ata a un cuerpo responsable de mi olfato y de mi tacto, que me limita a unos cuantos órganos, tejidos y huesos destinados a trasladarme en tiempo y espacio. El familiar aroma a jazmín que flotaba en los ambientes de mi sueño promovió esa duda. Nada volverá a ser lo mismo que antes. Lo sé. Sensaciones vagas recorren mi cuerpo. Tanto me amaba y yo no supe cuidarla. Fue el espejo perfecto y ahora que no está, que no la tengo a mi lado, es cuando más fuerte se refleja mi imagen en la suya, aún difusa, reproduciéndola hasta el hartazgo. Sin una sola que posea la fuerza necesaria para abrirse paso entre las otras. Así arribo a este dolor que justifica mi andar de fantasma, que va de una época a otra en cuestiones de segundos. Por eso, en algún momento, dejaron de interesarme los días de la semana, la hora exacta y fecha presente y todos esos términos innecesarios que las personas consideran vitales. Mi mujer jazmín. Me paso temporadas enteras buscándola en otros paisajes, sin prestar atención al aquí y ahora. Algunas veces regreso golpeado. Ellos, entonces se desesperan, mientras yo sigo tan lúcido como siempre, sólo que transformado en viajero.

(Publicado en revista Salamandra, Nº 9)
http://salamandraliteraria.com.ar/index.html

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