Ronald David Laing. Alienación normal con respecto a la experiencia

La importancia de Freud en nuestra época se debe, en gran parte, a la profundidad de su teoría, y, en considerable medida, a su demostración de que la persona común es un fragmento marchito, disecado, de lo que puede ser una persona.
Como adultos, olvidamos la mayor parte de nuestra niñez, no sólo su contenido, sino también su sabor; como hombres de mundo, apenas si conocemos la existencia del mundo interior – apenas si recordamos nuestros sueños, y cuando lo hacemos, sacamos muy poco en limpio de ellos. En lo que a nuestros cuerpos se refiere, retenemos sólo las sensaciones propioceptivas necesarias para coordinar nuestros movimientos y satisfacer los requisitos mínimos de la supervivencia biosocial –las señales de fatiga y hambre, de necesidad sexual, defecación o sueño-. Más allá de ello, poco o nada conocemos. Nuestra capacidad para pensar –salvo cuando está al servicio de lo que estamos peligrosamente errados en suponer como de nuestro propio interés y de acuerdo con nuestro sentido común- es lastimosamente limitada: incluso nuestra capacidad para ver, oír, tocar, gustar y oler se halla tan envuelta en velos de mistificación que todos requieren una intensa disciplina de des-aprendizaje antes de que puedan comenzar a experimentar el mundo nuevamente, con inocencia, verdad y amor.
Y a diferencia de la creencia o fe en un reino espiritual de demonios, espíritus, poderes, dominios, principados, serafines y querubines, la experiencia inmediata de ese mundo sobrenatural es aún más remota. A medida que los reinos de la experiencia se alienan más de nosotros, necesitamos una amplitud intelectual cada vez mayor hasta para concebir su existencia.
Muchos no saben, ni siquiera creen, que todas las noches nos introducimos en zonas de la realidad donde olvidamos nuestra vigilia con la misma regularidad con que al despertar olvidamos nuestros sueños. No todos los psicólogos conocen la fantasía como una modalidad de la experiencia (1), ni, por así decir, el entrelazamiento contrapuntual de los diversos modos experienciales. Muchos de los que reconocen la fantasía creen que ella es el límite de la experiencia en circunstancias “normales”. Más allá hay sólo zonas “patológicas” de alucinaciones, espejismos fantasmagóricos, ilusiones.
Este estado de cosas representa una devastación de nuestra experiencia poco menos que rayana en lo increíble; sólo hay palabrerío vacuo sobre madurez, amor, alegría, paz.
Esto es al mismo tiempo una consecuencia y una nueva ocasión para el divorcio entre lo que resta de nuestra experiencia y nuestro comportamiento.
Lo que denominamos “normal” es un producto de represiones, negaciones, escisiones, proyecciones, introyecciones y otras formas de acción destructora sobre la experiencia. Está radicalmente extrañado de la estructura del ser.
Cuanto más se examina esto, más absurdo es continuar condescripciones generalizadas de “mecanismos” que se supone son específicamente esquizoides, esquizofrénicos, histéricos.
Hay formas de alienación relativamente diferentes de las formas de alienación estadísticamente “normales”. En virtud del hecho de que actúa más o menos como los demás, se considera que la persona “normalmente” alienada es cuerda. A las otras formas de alienación que no concuerdan con el estado de alienación predominante, la mayoría “normal” las rotula de “locura”.
La condición de alienado, dormido, inconsciente, loco, es la condición del hombre normal.
La sociedad tiene un elevado concepto del hombre normal; educa a los niños para que se pierdan y vuelvan absurdos y, de este modo, sean normales.
En los últimos cincuenta años, las personas normales mataron alrededor de 100.000.000 de sus congéneres normales.
Nuestro comportamiento es una función de nuestra experiencia; procedemos según como vemos las cosas.
Si se destruye nuestra experiencia, nuestro comportamiento será destructor.
Si se destruye nuestra experiencia, nos perdemos a nosotros mismos.
¿Cuánto comportamiento humano, se trate de interacciones entre personas o entre grupos, es inteligible en términos de experiencia humana? O bien nuestra conducta interhumana es ininteligible, en cuanto somos simplemente vehículos pasivos de procesos inhumanos cuyos fines son ignotos en la medida en que actualmente se hallan fuera de nuestro control, o bien nuestro comportamiento mutuo es una función de nuestra propia experiencia y nuestras propias intenciones, por muy alienados que estemos en ellos. En este último caso, debemos responsabilizarnos definitivamente de los que hacemos con aquellos de los que estamos hechos.
Si lo consideramos como una fase inesencial de un proceso fundamentalmente inhumano, no hallaremos en el comportamiento nada inteligible. Se nos ha hablado de los hombres como si fueran animales, máquinas, complejos bioquímicos con ciertas modalidades propias. Pero aún hay enormes dificultades para lograr comprender humanamente al hombre en términos humanos.
La gente siempre estuvo sometida –según creía o experimentaba- a poderes astrales o fuerzas divinas, o a fuerzas que ahora estallan en la sociedad misma, que (tal como las estrellas en cierta época) parecen determinar el destino humano.
No obstante, el hombre siempre se sintió abrumado no sólo por su sentido de subordinación al destino y al azar, a necesidades o contingencias externas, sino también por interpretar que sus propios pensamientos y sentimientos son, en sus intersticios más reducidos, el producto, la resultante de procesos que el individuo sobrelleva pasivamente.
Una persona puede alienarse a sí misma, mistificándose y mistificando a los demás. También puede que se vea sustraída a sí misma por obra de los otros.
Si se nos despoja de la experiencia, se nos despoja de nuestros actos; y si, por así decir, nos sacan nuestros actos de entre las manos, como si fueran juguetes de un niño, se nos priva de nuestra humanidad. No se nos puede engañar. El hombre puede destruir y, efectivamente destruye la humanidad de otros hombres y la condición de posibilidad de esa acción es que somos interdependientes. No somos mónadas que contienen en sí todos sus elementos carentes de efecto la una sobre la otra, a excepción de nuestros reflejos. Por el contrario, para bien o para mal somos influidos y modificados por otros hombres, y a la vez actuamos sobre terceros, afectándolos de diversas formas. Cada uno de nosotros es el otro para los otros. El hombre es un paciente-agente, agente-paciente, que interexperimenta e interactúa con su prójimo.
Es absolutamente cierto que, a menos que podamos regular nuestro comportamiento en forma mucho más satisfactoria que en la actualidad, nos exterminemos nosotros mismos. Pero procedemos según experimentamos el mundo, y este principio se mantiene incluso cuando, más que revelar, la acción oculta nuestra experiencia.
Ni siquiera somos capaces de pensar apropiadamente sobre una conducta que está al borde del aniquilamiento. Pero pensamos menos de lo que sabemos; sabemos menos de lo que amamos; y amamos muchísimo menos de lo que existe. Y precisamente, en esta medida, somos tanto menos de lo que somos.
No obstante, a falta de otra cosa, cada vez que nace una nueva criatura existe una posibilidad de indulto. Cada niño es un nuevo ser, un profeta en potencia, un nuevo príncipe espiritual, un nuevo chispazo de luz, arrojado a la oscuridad exterior. ¿Quiénes somos nosotros para decidir qué es y qué no es lo irremediable?

(1) Véase R.D. laing: The Self and Others, Londres, tavistock Publications, 1961, Chicago, Quadrangle Press, 1962, en especial Parte I.

(En Experiencia y alienación en la vida contemporánea, The Politics of Experience and The Bird of Paradise, 1967) Traducción de Inés Hülze

Ronald David Laing nació el 7 de octubre de 1927 en Glasgow, Escocia y falleció el 23 de agosto de 1989. Fue un médico psiquiatra y autor de importantísimas contribuciones al estudio de las enfermedades mentales y a la práctica psicoterapéutica especialmente a raíz de su trabajo en la clínica Tavistock de Londres y luego llevando a cabo su proyecto psiquiátrico en el Kingsey Hall.
Obras: The Divided Self: An Existential Study in Sanity and Madness (1960), Sanity, Madness and the Family (1964, junto a A. Esterson), Reason and Violence: A Decade of Sartre’s Philosophy (1964, junto a David Cooper), Interpersonal Perception: A Theory and a Method of Research (1966, junto a H. Phillipson y A.R. Lee), The Politics of Experience and the Bird of Paradise (1967), Self and Others (1969), Knots (1970), The Politics of the Family and Other Essays (1972), Do You Love Me? An Entertainment in Conversation and Verse (1976), Sonnets (1976), The Facts of Life (1976), Conversations with Adam and Natasha (1977), Esquizofrenia y presión social (1981, edición a cargo de Laing y M. Schatzman), The Voice of Experience: Experience, Science and Psychiatry (1982), Wisdom, Madness and Folly: The Making of a Psychiatrist 1927-1957 (1985). En 1995 se publicó Mad to be Normal: Conversations with R.D. Laing (a cargo de B. Mullan)

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