Robert Hans van Gulik. El laúd y la grulla en la tradición china

(Artículo publicado en la revista El Correo. Una ventana abierta al mundo, UNESCO, Año XXXIX, Abril 1986, pp. 18-20. Las hermosas ilustraciones que acompañan el artículo pueden verse aquí)

La grulla es entre los chinos uno de los símbolos tradicionales de longevidad. Se dice de ella, como de la tortuga, que puede vivir más de mil años. La “edad de la grulla” es una metáfora que se emplea frecuentemente para significar una edad avanzada.

A la grulla negra se le atribuye en particular una vida fabulosamente larga. En el Gu-jing-zhu (“Enciclopedia del pasado y del presente”) de Cui Biao (del periodo Jin) se lee: “Cuando una grulla llega a la edad de mil años se vuelve de un color azul oscuro; pasados otros mil años es negra.” Y desde tiempos remotos se ha asociado particularmente este tipo de grulla con la música. El Rui-ying-tu-ji (atribuido a Sun rou chi, del periodo Liang) dice: “Una grulla negra aparecerá cuando haya un soberano que comprenda la música. En los viejos tiempos, cuando Huangdi tocaba música en la montaña Kunlun para que bailaran todos los Espíritus, volaban a su derecha 16 grullas negras.”

Dieciséis grullas negras figuran también en un cuento del gran historiador Sima qian: “Camino de Jin, el duque Ling de la dinastía Wei (534-493 a.C.) se detuvo a orillas del río Bu. En mitad de la noche oyó el sonido de un laúd. Al preguntarles a los miembros de su séquito éstos respondieron respetuosamente que ninguno de ellos lo había oído. Entonces el duque llamó al maestro Huan y le dijo: ‘He oído tocar un laúd pero mi gente afirma no haber oído nada. Ha debido de ser pues un espíritu o un fantasma. Quiero que me anotes esta melodía.’ El maestro Huan asintió y, habiéndose sentado en la posición correcta con el laúd frente a él, escuchó y anotó la melodía. A la mañana siguiente dijo al duque: ‘He transcrito la melodía pero no la sé aún. Os ruego que me concedáis una noche más para aprenderla por completo.’ El duque accedió y así pasó otra noche. A la mañana siguiente el maestro le informó que ya conocía bien la melodía. Luego abandonaron el lugar y continuaron su camino a Jin donde fueron recibidos por el duque Ping, quien les ofreció un banquete en una terraza. Cuando todos se hallaban bajo los efectos del vino, el duque Ling dijo: ‘En el camino hasta aquí escuché una nueva melodía; permitidme hacérosla oír.’ Habiendo accedido a ello su anfitrión, el duque Ling hizo que el maestro Huan se sentara junto al maestro Kuang, colocara el laúd ante él y tocara. Pero antes de llegar a la mitad de la melodía, el maestro Huang puso su mano sobre las cuerdas (para amortiguar el sonido) y dijo: ‘Esta es la música de un estado condenado a la ruina; no hay que oírla.’ El duque Ping preguntó: ‘¿Cuál es el origen de esta melodía?’, a lo que el maestro Huang respondió: ‘Fue compuesta por el maestro Yan para complacer al tirano Zhou. Cuando el rey Wu venció a Zhou, el maestro Yan huyó hacia el este y se arrojó al río Bu. Ha debido de ser pues en sus orillas donde se oyó esa melodía, pero el primero que la oiga verá dividirse su estado.’ El duque Ping dijo: ‘Tengo un gran amor a la música y quiero oír esa melodía hasta el final.’ El maestro Huan la tocó entera y el duque Ping preguntó: ‘¿No hay melodías más funestas que ésta?’. El maestro Huang dijo: ‘Sí, las hay’. ‘¿Puedes tocarlas para mí?’. El maestro respondió: ‘La virtud y el honor de mi señor no son suficientes para ello. No puedo tocarlas para vos.’ Pero el duque insistió: ‘Tengo un gran amor a la música; quiero escucharlas.’ Entonces el maestro Huang no tuvo más remedio que obedecer. Cuando hubo tocado una melodía, dieciséis grullas pardas se posaron en la puerta del palacio. Cuando tocó la segunda, las grullas estiraron el cuello y gritaron, extendieron las alas y comenzaron a bailar. En un arrebato de alegría el duque Ping se levantó de su asiento y bebió a la salud del maestro Huang. Cuando volvió a su sitio preguntó: ‘¿No hay otras melodías más funestas aun?’. Dijo el maestro: ‘Sí, son aquellas que en tiempos remotos Huangdi tocó para convocar una reunión de fantasmas y de espíritus. Pero la virtud y el honor de mi señor no son suficientes para permitirle escuchar esa música. Y si la escucháis, pereceréis.’ Dijo el duque Ping: ‘Yo estoy ya cargado de años y tengo un gran amor a la música. Quiero oír esas melodías’. Entonces el maestro Huang no tuvo más remedio que tomar el laúd y tañerlo. Cuando hubo tocado la primera melodía, unas nubes blancas se levantaron en el noroeste, y cuando tocó la segunda, una ráfaga de viento desencadenado como un torrente hizo volar las tejas del tejado. Todos los presentes huyeron y el duque Ping, lleno de espanto, se tiró al suelo cerca de la entrada de la sala. Poco después Jin fue azotada por una sequía que asoló la tierra durante tres años sucesivos.”

Este cuento, de carácter eminentemente arcaico (cabe señalar que en el texto original en lugar de la palabra “dieciséis” encontramos la expresión “dos veces ocho”), no sólo constituye un buen ejemplo de la asociación que solía hacerse entre la grulla negra y la música del laúd sino que además ilustra magníficamente las cualidades sobrecogedoras que los chinos atribuían antiguamente a dicha música. Y algo de la atmósfera amenazadora de este cuento antiguo se conserva en algunas historias fantásticas ulteriores relacionadas con el laúd.

Sin embargo sólo ocasionalmente puede encontrarse en ellas un eco del antiguo carácter mágico de la asociación entre el laúd y la grulla. Posteriormente, la tradición literaria ha reemplazado esas creencias antiguas por consideraciones de carácter puramente estético. Así, cuando el letrado toca el laúd en su pabellón, dos grullas pasearán elegante y pausadamente por su jardín. Sus graciosos movimientos le inspirarán el ritmo de la digitación y su súbito gruir orientará los pensamientos del ejecutante hacia cuestiones ultraterrenas. Porque incluso la voz de la grulla tiene un significado especial, pues suele creerse que entra en el Cielo: “La grulla grita en las ciénagas, su voz se oye en el cielo y la grulla hembra concibe cuando oye la voz del macho”.

Suele atribuirse a la grulla una marcada predilección por la música del laúd. En el Qing-lian-fang-qin-ya (“El laúd escuchado en la barca cubierta de orquídeas verdes”) se cuenta que “Lin Bu se complacía profundamente tocando el laúd; cada vez que lo hacía, sus dos grullas se ponían a bailar”. Y en la misma obra se lee que “Ye Mengde amaba el laúd a tal punto que podía tocar el día entero sin parar, mezclándose los sonidos del instrumento con los de un arroyo. Ye regresó después al monte Lu y cantó acompañándose con el laúd. En cierta ocasión vio de pronto dos grullas que jugueteaban y bailaban en su jardín. Ye amaestró a ambas aves que se ponían a bailar cada vez que él tocaba”.

Algunas melodías para laúd exaltan las virtudes de la grulla. Un tratado contiene una que describe a dos de esas aves en el jardín del letrado; su título es “Canción de una pareja de grullas escuchando los murmullos de un arroyo”. Otra, titulada “Grullas bailando en el cielo”, exalta su vuelo. En el Tian-wen-ge-qin-pu-ji-cheng, hay una titulada “Un par de grullas bañándose en un arroyo”, precedida de una presentación que no deja de ser interesante. Reza así: “A fines de la primavera fui a visitar a un amigo en la provincia de Sichuán. Un par de grullas bailaban en un arroyo límpido. Me asombraron sus plumas blancas como la nieve y la parte superior de su cabeza de un color rojo bermellón. Se contoneaban de arriba abajo y se salpicaban con agua mientras bailaban. Luego desplegaron sus alas y remontaron el vuelo hacia el cielo y su armonioso gruir en la bóveda azul me hizo preguntarme si no eran Inmortales. Tomé entonces mi laúd y compuse esta melodía”.

El Shen-qi-bi-pu (“Album del misterio y de lo extraño”), de la dinastía Ming, contiene una canción titulada “Grullas gritando en las ciénagas”. El texto de presentación dice: “La grulla es un animal sagrado. Su voz es extraordinariamente clara; puede escucharse a más de veinticuatro li de distancia (unos 10 km. NDLR.). El propósito de esta melodía es comparar los sonidos del laúd con los gritos de la grulla. Yo tenía dos en el bosquecillo de bambú que rodea mi salón de música. A veces las veía bailar juntas a la sombra, otras elevar el vuelo y gruir al unísono. Pero siempre esperan el momento apropiado: no bailan a menos que haya una brisa fresca que agite sus plumas y no gritan a menos que puedan ver la Vía Láctea como si vieran a los dioses. Mas si el tiempo no es propicio no cantan ni bailan. Para celebrar las virtudes de esas aves compuse esta melodía”.

Diversos libros contienen instrucciones para criar grullas y distinguir a las mejor dotadas. En el Xiang-ha-jing (“El libro de las grullas”), obra que, aunque de dudosa autenticidad, parece bastante antigua, se describen las cualidades y los signos distintivos de las mejores especies. Los tratados de la dinastía Ming, en particular, abundan en preceptos sobre la cría y el amaestramiento de grullas y sobre la manera de enseñarles a bailar: por ejemplo, batiendo palmas. En un artículo sobre la cría de grullas, Chen Fu yao (nacido en 1612) afirma que con el fémur de la grulla pueden fabricarse excelentes flautas de un nítido sonido que se armoniza con el del órgano de boca.

Nada mejor, para concluir, que citar la siguiente observación sobre la grulla: “Cuando uno vive en una casa de campo al fondo de un bosque ¿cómo podría pasar un solo día sin la compañía de este amigo refinado que nos hace olvidar las cosas terrenales?”.

ROBERT HANS VAN GULIK (1910-1967), escritor y diplomático neerlandés, fue un eminente orientalista particularmente versado en historia de China. Fino conocedor de la lengua de este país, destacó además como excelente calígrafo. Entre sus obras de erudito cabe citar Sexual Life in Ancient China y The Lore of Chinese Lute (La tradición del laúd chino) de donde está tomado el texto publicado en estas páginas. Van Gulik es también autor de una célebre serie de novelas policíacas cuya acción se sitúa en el siglo Vil y que tienen como protagonista principal al juez Ti.

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