Juan Rodolfo Wilcock

Pintura de Vlada Mirkovic

LA ESTATUA

El viento frío ha despoblado las calles; en la noche, los jardines oscuros parecen ásperos refugios para cualquiera que tenga algo que esconder, el cuerpo o la conciencia. Brasco ve un portón abierto; entra en un jardín de adelfas, con palmeras y árboles de troncos altos. Entre las palmeras divisa una estatua gris; es una mujer gigantesca, sentada, la cabeza semiescondida entre las ramas de un castaño de la India. Atraído por el calor que irradia la estatua, Brasco se trepa y se sienta en las rodillas de la mujer. Su vestido es un verdadero vestido de tela, los miembros de la estatua son blandos y difunden un olor que Brasco cree reconocer; finalmente comprende que es el olor familiar de su madre. Conmovido, como solía hacer de niño, busca el regazo tibio y se acurruca; con la mano izquierda se aferra a la tela y bajo los dedos vuelve a encontrar el vientre blando, palpitante de vida generosa. Así anidado, Brasco ya no siente el viento frío que sacude las palmeras; con la cabeza apoyada en ese vientre, delicadamente movido por una respiración regular, se siente perdonado. La dulzura del perdón lo hace llorar, un llanto en el que se disuelven años de desesperación, de humillación y de soledad. Habiendo olvidado todo, protegido, poco a poco, llorando, se duerme. Pero apenas se ha dormido sueña, y en el sueño vuelve a su pobre habitación de alquiler; resignado, come la cena fría que le han dejado en la mesa, después se acuesta en una camita estrecha, como uno que se acostara en su tumba.

IK-MEN-HA-KAF

Sus ojos de esmalte miran fijamente el misterio del más allá como si fuese un ratón, y puede ser que lo sea. Vivió hace tres, mil años; se llamaba lk-men-ha-kaf, que significa, algo así como el relámpago o el rayo; pero en aquellos tiempos, como ahora, nadie usaba el nombre entero para dirigirse a un gato o pedirle un favor, de manera que lo llamaban lk, o más a menudo lk-ik, que es el relámpago abreviado. Vivía en Abido, en una casa de techos bajos, pero de todas formas el techo le parecía demasiado alto, inútil derroche para un laberinto tan simple, tan elemental, del cual después de dos o tres vueltas ya conocía todas las entradas y todas las salidas. lk-ik había sido traído por Tebe a la edad de tres meses, y los primeros días en realidad no conseguía distinguir las entradas de las salidas, tenía que detenerse en el umbral para estudiar los recorridos más apropiados; hasta que llegó a la conclusión de que las entradas y las salidas coincidían, y que se trataba de una distinción puramente académica. Desde aquel día transcurrió muchas horas afuera, a veces se iba hasta el Nilo y volvía con un pescado podrido, alta la cabeza para no arrastrarlo por la arena y el barro. Una noche, desde la costa, vio pasar un barco luminoso que llevaba encima una gran vaca, que entre sus cuernos tenía una luna; vio que era muy brillante, pero el hecho entraba en el orden, extraño para él, de las cosas del río, y no le dio importancia. A pesar de aquel techo tan ridículamente distante del piso, aceptó esa casa como suya; pero durante muchos años, en realidad hasta su muerte, debió compartirla con un número variable de seres humanos, que a lo mejor eran siempre los mismos, o parecían los mismos. Los que lo conocían lo llamaban lk-ik, los que no lo conocían lo llamaban Mjw, o sea Miau, que es la palabra egipcia para designar al gato; algunos decían que era blanco con manchas negras, otros que era negro con manchas blancas. Usaran el nombre que usaran para llamarlo, lk no iba nunca. Murió, como suele decirse, heroicamente, de un absceso en la cola provocado por la mordida de otro gato; mucho antes de morir perdió el conocimiento, y hasta entonces pensaban que se trataba de un mal pasajero, y podía ser que lo fuera. Se había refugiado en la entrada de un sepulcro roto; sus servidores lo encontraron y lo hicieron embalsamar.
El embalsamador, como se usaba en aquellos años, lo unió con vendas a un cuerpecito de hombre, con los dos pies o, mejor, con su único pie o pedestal de arcilla; ésta era la costumbre en Abido, doblemente desaprobada en Tebas: porque los gatos no tienen un pie o dos sino cuatro patas, que son envueltas con el cuerpo, y porque en el cementerio de los gatos las momias nunca reposan de pie sino acostadas, como todos los mortales. Las largas y delicadas tiras de lino que envuelven su cadáver, de colores no demasiado vivaces, apropiados para un gato anciano, aparecen entrecruzadas según el más elegante diseño geométrico para gatos; alrededor del cuello la venda se enrosca en un apretado collar dejando libre la cabeza impecable. El rostro es relleno, la nariz subrayada por un gesto sabio, las orejas derechas y atentas, la mirada está lista para el salto de milenios. En una chapa de plomo, su nombre en escritura demótica: “lk-men-ha-kaf-Mjw”.

EL VAGABUNDO

Löfli alquiló un vagabundo para las noches tempestuosas. Cuando la lluvia arrecia contra los vidrios y el viento silba bajo las puertas y sacude las chapas sueltas del garaje, Löfli se pone las pantuflas rojas y verdes de lana, se sienta beatamente en un sillón delante del fuego de alegres troncos apilados en forma de pirámide, toma un libro cualquiera sobre las raras costumbres de los indios de las islas Trobriand y a la luz aterciopelada de una lámpara troncocónica, fija con los ojos apenas entreabiertos las llamas atareadas en devorar la madera de la que se nutren; en el tranquilo cuarto no se oye otro ruido que el ronquido del perro Persimol, un pastor alemán que ronca aunque esté despierto, como una ballena de grandeza mediana. Para engañar la espera, Löfli imagina con los ojos de la mente una procesión de ratones con yelmitos medievales, obligados a atravesar por motivos que no están claros el hogar de la chimenea, de derecha a izquierda; uno después de otro los ratones saltan sobre el fuego y Löfli los cuenta. De pronto, en la noche intransitable, el vagabundo llega; se acerca a la ventana y golpea ligeramente el vidrio con el dedo; después se queda mirando hacia adentro.
Löfli levanta la mirada y observa el rostro barbudo y pálido que lo mira, su marco de cabellos grises mojados por la lluvia bajo un periódico de izquierda. Todo el sufrimiento del mundo gotea de ese rostro mofletudo, cuidadosamente poceado; largas noches sin techo, con olor a pantalones mojados, a cigarrillos lentamente masticados; el hambre, la falta de documentos, la contemplación furtiva de televisores ajenos, ecos lejanos de botellas sucias después de nacimientos sin control, las plagas, las heridas, las descargas eléctricas infligidas en los institutos de asistencia pública, las mordidas de los párrocos, la prepotencia de los sindicatos, la lenta extinción de la cabra alpina, el aumento inexorable de los precios al consumidor, la violencia de las aduanas, el humorismo de la justicia, el entero horror de la existencia exuda de esos ojos implorantes. ¿Es llanto o lluvia esas gotas que corren por las mejillas del mendigo errante? Löfli suspira conmovido, piensa en la inmensa miseria del mundo y vuelve a la lectura que todavía no ha comenzado. El vagabundo se da vuelta y en la noche inclemente se aleja, hacia un destino seguramente atroz, dejando en el vidrio la impronta mojada de sus manos. Por estas apariciones recibe a fin de mes un pequeño salario.

EL ÁTOMO

Fritty habla, habla y habla. A veces se acuerda de hacer alguna pregunta, porque sabe que si no se hacen preguntas a intervalos regulares el interlocutor se duerme o bien se va. Pero cuando el otro, halagado, comienza a responder a la pregunta, ella, de pronto, vuelve a hablar y la respuesta se pierde como la cola de un ratón que desaparece detrás de un mueble. En el espacio la cosa está organizada así: Fritty ocupa el centro de un cuadrado ideal de interlocutores; tiene uno delante, uno a la derecha, uno a la izquierda y otro detrás. Ella lleva un leotardo de jersey negro y en el cuello distintos collares de metal dorado que completan sus gestos de diva intelectual. Por más que sus interlocutores se muestren estáticos, Fritty los considera electrones de un delicado átomo del que ella misma es el núcleo; con sus discursos los aleja o atrae en igual medida, y no pudiendo inducirlos a girar en su campo de fuerza, gira ella misma, con imprevistos disparos, tendientes a arrancar reflejos adorables a sus cabellos rubios. Tiene una hermosa dentadura de incisivos y caninos falsos, pero seleccionados y mal puestos, sobresalientes, largos y de un candor para nada natural, como si fuesen de mármol, o peor, de travertino. Los otros dientes son suyos y parecen palitos tirados desde lejos y clavados por azar, en cualquier posición, en su linda boquita de momia. A través de este surtido de dientes habla y habla.
Sus discursos son tan vulgares que los interlocutores piensan: “No, tanta vulgaridad no es posible, aquí dentro se encierra sin duda un destello de inteligencia, más que un destello, quizá, una mente superior que quiere disfrazarse de idiota”. Vana ilusión: Fritty es más estúpida de lo que parece. Interrumpiendo sus preguntas, parecidas a pequeños picos de energía que se dispersan sin ulteriores efectos, su discurso consiste casi exclusivamente en halagos y menosprecios. Estas fuerzas contrapuestas están tan bien equilibradas que Fritty y sus interlocutores pueden atravesar una verdadera multitud, por ejemplo, la inauguración de la muestra de Arte en Decadencia, o la avant-première de un film sobre el Polo Norte, o una manifestación en la plaza por la abolición del carbón, sin sufrir deformaciones ni disminuir la cohesión del sistema. Pero al final llega la hora de la separación, hay que saludar y decirse adiós; nada más la entretiene, los interlocutores se van, cada uno por su lado, y Fritty, desesperada, sube corriendo a su cuarto, se mira al espejo y llora, con todas sus valencias a flor de piel, como un núcleo que ha perdido sus electrones.

(De El estereoscopio de los solitarios, 1972, publicado originalmente en italiano. Estas historias aparecieron en el suplemento Cultura del diario La Nación, 29.3.1998, a propósito de la edición en español del libro de Wilcock)

Juan Rodolfo Wilcock nació en Buenos Aires el 17 de abril de 1919 y falleció el 16 de marzo de 1978 en Lubriano, Italia, país donde se radicó en la década del ’50.

Obras: Libro de poemas y canciones (1940), Ensayos de poesía lírica (1945), Persecución de las musas menores (1945), Paseo sentimental (1946), Los hermosos días (1946), Sexto (1953), Los traidores (en colaboración con Silvina Ocampo, 1956), Hechos inquietantes (1960), La sinagoga de los iconoclastas (1972), El estereoscopio de los solitarios (1972), Los dos indios alegres (1973), El templo etrusco (1973), El caos (1974), El ingeniero (1975), Frau Teleprocu (en colaboración con Francesco Fantasia, 1976), El libro de los monstruos (1978), Poemas (1980, edición póstuma), Le nozze di Hitler e Maria Antonietta nell’ inferno (en colaboración con Francesco Fantasia, 1985, edición póstuma).

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