Esteban Peicovich. No cualquiera es japonés

(Publicado en Perfil, 17.3.2011)

Radiografía del país menos argentino del mundo

Son pequeños. Duermen poco. Comen pescado crudo. Tienen pasta de héroes. Trabajan como hormigas. Consumen como cucarachas. Copian como espejos. Ríen como demonios. Mastican 1800 ideogramas. Pueblan islas que juntas “entran” en Buenos Aires. Son Kawabata. Son Kurosawa. Son Mishima. Son “los japo”.

Los nacidos para vivir en la geografía más invivible del planeta. País volcán. País desierto. Cero humus. Poco verde. Agua escasa. 130 millones de originarios que se acostumbraron a vivir cruzando sin pértiga arriba y red abajo el malhumor del planeta. Los únicos terrícolas en sufrir dos bombazos atómicos (1945) y sostenerse y progresar en todos los campos, pese a mini sismos cotidianos, terremoto semanal, maremoto mensual y escasez de alimentos naturales.

En suma, el país más alejado de la mano de Dios. El país menos argentino del mundo. Tierra del crisantemo, de la seda, de la porcelana, de la fragilidad. Y de la tragedia.

Lo primera impresión de Japón remite a una fortaleza. Rutas, vehículos, columnas, barcos, puentes, edificios, recuerdan solidez germana, higiene escandinava, pulcritud suiza. Choferes corteses, policías trilingues, camareros solícitos, peatones solidarios, empleados prontos.

El nipón pertenece a otra galaxia social. Para un japonés nada mejor que otro japonés. Vive y habla en plural. Casi no emplea el pronombre “yo” y su “nosotros” promueve fusiones que nuestra umbilical cultura “del Sol Poniente” desconoce.

Si en reunión de tres personas dos destacan, éstas atenuarán su participación a fin de no abrumar al tercero. También evitarán la discusión inútil. Un monótono “claro, claro” o un continuo “jai, jai, jai” (si, si, si) dan la impresión de que el diálogo se estanca, pero no. Suelen acudir a lo ambiguo para dar tiempo a comprender(se) y comprender al interlocutor. No aceptan distinción absoluta entre un “Jai” (sí) y un “ie” (no). Para ellos, en cada “sí” hay un pedacito de “no” y viceversa.

Por lo demás, nacen sin sentido de pecado original, viven en compañía de tantos dioses como personas, plantas y animales hay, y ejercitando una solidaridad que conmueve. Pensarán en el barbijo que evite el contagio antes que en la gripe que padecen. Suspenderán los vuelos nocturnos en el aeropuerto internacional de Narita para que el ruido no perturbe a los durmientes próximos. Acotarán autopista de 60 kilómetros con muros de cemento y goma de 7 metros de altura para que la vibración del tránsito no llegue a las villas cercanas. Educarán a los niños a servirse y portar paraguas amarillos al cruzar las avenidas, codificando así un peligro más y reduciendo esa posibilidad. Y señalarán en Braille ciertas franjas peatonales para dar a los ciegos la máxima asistencia posible.

Visité Tokio en la década del 80. Quedé asombrado y aún me dura. No podría vivir en Japón más de un mes (y me gustaría vivir bien en mi país al menos un día). Si en la URSS me sentí un erizo, y en la India un fakir, allí fui un extraterrestre. Me resfrié y usé barbijo por respeto. Dije “domo arigató” (muchas gracias) millones de veces y eso los alegró millones de veces. Comí pescado crudo, me hundí en sus santuarios, no conocí a ninguna geisha menor de 75 años y anduve con el corazón en la boca la vez que un temblor hizo chillar de miedo a las empleadas de una farmacia viendo caer los frascos de las estanterías.

Viví “temblorcitos” en el hotel y uno algo más filoso a punto de regresar, cuando ya hecho el checking dilapidaba últimos yens en kimonos para regalo. Esta vez fueron las nínfulas del free shop las que soltaron grititos mientras el bolso con mi Nikon y mi Olimpia de escribir se iba tres metros hacia el sur y mi cuerpo desgravitado patinaba hacia el norte. Si no tuve miedo fue porque en minutos más estaría volando a tierra firme. Ya en el airé recordé esas esquinas de Tokio donde entre tumbas mínimas los adultos leen y los chicos revolotean uniendo vida y muerte en el mismo acorde.

También me pregunté cómo podía ser Japón la joya del mundo de ese tiempo y nosotros el más bruto diamante jamás tallado hasta entonces. La pregunta continúa.

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