María Negroni. Jan Švankmajer, coleccionista de sombras

(Publicado en ADNCultura, 28.1.2011)

Con sus películas de animación, nunca exhibidas comercialmente en la Argentina, este director checo influyó en muchos colegas más jóvenes que él, entre ellos Tim Burton y Terry Gilliam

Oriundo de Praga (1934), incansable guionista, dramaturgo, artista y director de cine, Jan Švankmajer es, sobre todo, el inventor de las “marionetas táctiles”, es decir, de esos seres propensos a exhibir lo tragicómico de la sumisión, que se mueven y metamorfosean sin pausa en sus stop-motion films. Es también el artífice de un inmenso mundo en miniatura cuya realidad no es ni profana ni sagrada sino mágica, y por eso, hay que seguirlo como a un chamán, entrar en sus visiones por las rendijas (como podría entrarse en un cuento de hadas o en un relato de horror) renunciando a cualquier sostén.

Algo de enciclopedia barroca o de ménagerie surrealista contamina siempre sus planos. Hay folletos, mapas anatómicos, probetas, textos de física, catálogos, fórmulas herméticas y listas de precios (y sus respectivas parodias): una suerte de fantasmagoría concreta que es, a la vez, un atlas del mundo de sus visiones y un Orbis Pictus personal con su fauna, su flora, su arquitectura, sus ciencias naturales, su etnología y sus máquinas misteriosas.

Su estética, como se ve, es hondamente díscola y antirrealista: empieza, como Lichtenberg, recomendando los sueños y acaba postulando el arte como escudo contra lo maléfico del mundo. “Cada vez que me siento amenazado -escribió- construyo mis propios golems contra los pogromos de la realidad.” También: “Me declaro en contra de la división del trabajo en materia de arte. Busco la universalidad de la expresión. Para mí, lo que cuenta es el grado de imaginación de una obra (su poesía), no el instrumento que el artista elija para expresarse”.

De este modo y no de otro, Švankmajer se alinea con los artistas totales, es decir, los inclasificables, los virulentos o insumisos, los que, a los rótulos, oponen la intemperie, convencidos, sin duda, de que los textos desarraigados, las incertezas de la razón y los tropiezos de la ceguera son preferibles a la comodidad de los nichos.

Los hermanos Quay han captado, en un brevísimo film-homenaje a su maestro –The Cabinet of Jan Švankmajer– algo doblemente sutil: que la aliada más fiel (y menos inocente) del “animador de Praga” es siempre la infancia; y que ésta es el hilo de Ariadna para navegar su Enciclopedia, tan nítida como sobresaltada.

No es otra la operación de este artista: en un cuarto saturado de estantes con doble fondo, bibliotecas, instrumentos de medición y cajones mágicos, un chico ejercita, en medio del aparente caos, el placer riesgoso de aprender. ¿Hace falta agregar que el impulso que subyace a la actividad del niño es el mismo que nos llevará de adultos, a menudo en vano, a buscar en el arte un posible sentido de la existencia?

El mundo de Švankmajer, por lo demás, es concentrado y un poco claustrofóbico. Todo ocurre dentro de la cultura; mejor dicho, de las ruinas de la cultura. No hay aquí lugar para el lirismo. Más bien, prevalecen el glamour y cierta ironía morbosa, mezclados a un desacato pensado como mecha para encender la subversión.

“Si no empezamos otra vez a jugar y a contar cuentos de hadas e historias de fantasmas -advirtió en una entrevista- no habrá nada que hacer. Me he pasado la vida desarrollando mi infancia.” Esta última frase, que calca con sorpresivo candor, el dictum paradójico de Bruno Schulz “madurar hacia la infancia”, lo resume todo. Postula, sin modestia y sin arrogancia, que sólo en la renuncia a todo parecido con el mundo, es posible prescindir de lo circunstancial y concentrarse en la verdad astillada, ambigua y marginal que constituye, tal vez, nuestro destino más lúcido.

Entre sus films más famosos, cuyas fuentes ostensibles incluyen a Arcimboldo, Lewis Carroll, Edgar Allan Poe, el marqués de Sade y la novela gótica, cabe mencionar: La casa-tumbaHistoria NaturaeEl osarioDon JuanEl coleccionista de sombrasEl castillo de OtrantoLa caída de la casa UsherLa lección Fausto,  Jabberwock, Lunacy y una versión de Alicia en el País de las Maravillas que no tiene parangón y que se inicia con una advertencia cuyo tono, un poco severo, no habría disgustado al diácono de Oxford: “Ahora debes cerrar los ojos; de lo contrario, no verás nada”.

La consigna rige también para aquellos films menos cautivos del cono de sombras. No hay distracción posible para esta estética. Tanto en J. S. Bach: Fantasía en G menor (1965) como en  Dimensiones de un diálogo (censurado, en su momento, por el régimen prosoviético) o en el film de agitación política La muerte del estalinismo en Bohemia, el puñado de obsesiones visuales y su vínculo con un lenguaje táctil siguen intactos. También intactas las orgías de continua destrucción y creación que invaden las escenas y amplifican, si cabe, con su clima febril de cataclismos, la condición efímera del mundo y la realidad degradada de la marioneta humana.

Sucesiva e inversamente considerado un discípulo de Breton, un manierista fantástico-cortesano y hasta un artista francamente anacrónico, fascinado por los delirios de Rudolf II de Bohemia, lo cierto es que Švankmajer no tuvo acceso a las audiencias de Occidente hasta bien entrada la década del 80, y eso sólo porque empezaron a mencionarlo algunos de sus discípulos con más llegada comercial (Tim Burton y Terry Gilliam, por ejemplo). Su padre fue decorador de vidrieras y su madre, modista. En 1960 fundó el Teatro de Máscaras y poco después, el Teatro de la Linterna Mágica de Praga, incorporándose al grupo surrealista de la ex Checoslovaquia. Se lo ha comparado, quizá no injustamente, a Kafka y su último film, Surviving Life: Theory & Practice (2010), se estrenó en el Festival de Venezia.

En una carta pública que su mujer, la pintora Eva Švankmajerova, le escribió hace años, puede leerse esta frase: “Tu deber como artista es quedarte como estás, asustado”.

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