Gervasio Puig. El pelo en la lengua

LA REPÚBLICA

CAPÍTULO PRIMERO

“Lectoto o lecteta: mi desasimiento de tu
aprobamierda te hará leerme a todo vapor”
A. Pizarnik

Dos nativos de la República conversaban cómodamente tendidos sobre la hierba de los verdes valles. Así pasaban el tiempo, aunque esto fuese ilusorio.

-Acá se está bien –dicen que dijo Coprolio a su viejo amigo Baltasar.

-Seee… -admitió este otro.

Las nubes no bostezaban.

-Me pregunto a qué altura nos encontramos.

-Como a 15.000 pieses (sic), 18 manos y 13 dedos, creo yo.

-Sea más exacto, Baltasar. Quiero experimentar el vértigo desde la mesurada distancia.

El tipo señaló con su dedo al firmamento y esbozó una curiosa teoría:

-Mire, Coprolio ¿ve Vd. aquella lejana nube, allá abajo?

-¿La que tiene forma de hígado de rinoceronte?

-No, imbécil. La otra, la que se asemeja a la vagina de su difunta esposa.

Coprolio fijó la vista.

-Oh… sí, la ubico. ¿Qué pasa con esa nube?

-Pues creo, a juzgar por la coloración tornasolada de los respectivos pliegues, que nos separa una distancia exacta de 11.327 suspiros de rana.

-¿De rana feliz o rana muerta?

-Imbécil. Vd. bien sabe que todas las ranas son felices.

-Lo sé, lo sé; sólo era un chiste. –dijo Coprolio con una sonrisa de oreja a ceja. Pero hay cosas con las que no se jode, y Batlaras las conocía de pe a pa, pues era un gran conocedor de los límites morales de la palabra.

-Pero, ¿a quién se le ocurre formular chistes con la felicidad de los anfibios? Modérese, jovencito, o me veré obligado a sopapearle la trucha. ¡Qué es lo que pasa con Vd.!

Baltaras tenía serias razones para sentirse ofendido. Miraba a Coprolio con bronca, y aún sabiéndose hombre de códigos, lo mataría por hacer con los anfibios un chiste de mal gusto. El incómodo hecho merecía una inmediata retractación, desde luego. No era para menos: era el honor de los anfibios lo que estaba en juego. Como es lógico, al comprobar el enfado de su amigo, Coprolio sintió vergüenza. Luego aflicción. Luego culpa y remordimiento, luego ganas de mear, y más tarde arrepentimiento. A pesar de ser de Libra, sus sobacos transpiraban.

-Sepa disculpar mi impertinencia –dijo entonces en tono conciliatorio-. Es que evocar la muerte de mi esposa me arrastra al terreno del chiste anfibio. ¿Sabía Vd. que mi esposa murió ahogada…?

-Sí, sí… ya lo sé: “murió ahogada en su propia orina”. Vaya novedad. ¿Pero es que Vd. no se cansa de repetir siempre la misma anécdota?

-Es que… me causa mucha grecia.

-¿Cómo es eso?

-Así, mire…-dijo Coprolio, y el ojo de su culo parpadeó dos o tres veces hasta llorar una delicada estatuilla, una pieza perfecta con la forma inconfundible de un genuino Aristóteles de mierda.

-Sorprendente –admitió Balsarta mientras rascaba su ingle, manifestando de esta manera su capacidad de asombro.

-Veo que rasca su ingle -señaló Coprolio-. Déjese de adulaciones y… oh, pero mire quién se acerca, ¿que no es Hanz aquél que su sombra trae?

Hanz, patas arriba, eclipsaba ahora con su prominente cabeza el bello paisaje de nubes; y así quedaba, el muy molesto, rompiendo con la armonía del hermoso y vistoso cuadro.

-Despeje el panorama, mameluco pertrecho -le espetó Bsaltara-. ¿Que no se da cuenta que ocupamos nuestro tiempo en la contemplación de aquellas lejanas nubes?

Hanz giró 957º sobre su propio eje, masticó el prepucio de un pariente no tan lejano, enroscó su prensil cola y luego dijo, no sin mover el vientre, guiñar un ojo y llamar un taxi:

-Mis estimados papelípedos: me chupa bien un huevo la puta contemplación –y muy en lo cierto estaba nuestro amigo, pues, como el lector verá, Contemplación La Tetuda era el nombre de su desagraciada amante, la reina de los Valles Lóricos.

-¿Me han escuchado? Me chupa un huevo, señores –repitió el joven Hanz desde la ventanilla del vehículo, antes de indicar el destino al chofer.

-Pues entonces váyase de una buena vez a la Concha de la Lora, señor -sugirió cortésmente Coprolio, y hacia allí partió el respetable Hanz, puesto que en ese mismo lugar, cercano al caudaloso Río Seminal, moraba su amante, la reina de la Corona Castólica.

Un pedo sonó en la montaña.

-Qué me dice, Don Coprolio… -averiguó Balratas.

-Le digo empréstito, parásito y prosapia –le dijo-. Y le digo más: le diré Heráclito, Parménides y Empédocles.

-Uy, le dio grecia.

-Se equivoca: me dio esdrújula –corrigió el muy hijo de puta sonriendo como un idiota.

-¡Le dio esdrújula presocrática! –exclamó el otro-. Tendría que hacerse ver por algún Dr. en Filosofía y Letras…

-Vd. lo ha dicho, pero no perdamos tiempo con elucubraciones patosintácticas. Óigame, ¿por qué es que aquella bandada de buitres amarillos vuela panza arriba?

Un inesperado silencio puso en alerta a Coprolio.

-Sospecho que por costumbre –opinó entonces Balsarta, y un sudor helado le recorrió la espalda. Coprolio, naturalmente, sospechó de su respuesta.

-¿Está Vd. seguro?

-Segurísimo, Coprolio. Por qué le mentiría. ¿Acaso desconfía de mi palabra?

Las respuestas de su amigo no eran del todo convincentes.

-¡Vd. me engaña con patrañas de lagañas! –acusó Coprañia.

-¿De lagañas? ¡Calamnias!

-¡Si, señor!, así como lo escucha. Vd. esconde un secreto con respecto a ciertos horribles buitres. ¡Confiese!

-Coprolio: es Vd. un perfecto imbécil.

-Agradezco su cumplido, pero ya todo el mundo sabe que la perfección es un imposible.

Por otra parte, creo que intenta evadir mis acusaciones huyendo por la tangente y refugiándose tras la hipotenusa. ¡Confiese, canalla!

-¡No sé nada de buitres! se lo juro por la salud de mi rata lampiña.

-Ya deje de mentir. ¡Qué sabe, carajo!… –gritó el insistente Coprolio a dos centímetros del rostro de su amigo.

Sin poder resistir a los embates del interrogatorio, Balatras rompió en llanto. Se quebró en 12 pedazos y al fin admitió lo siguiente:

-¡Está bien, lo confieso! Su esposa no murió de muerte úrica… ¡Yo la maté!

-No siga con evasivas, caballero. ¡Qué sabe de los buitres amarillos!

Blastara intentó serenarse. Ninguna respuesta parecía conformar a Coprolio, que lo vigilaba atentamente y no dejaba pasar detalles. Respiró profundo y secó sus lágrimas. Indudablemente, algo sabía.

-¡Qué sabe entonces!

-Ni más ni menos que Vd –dijo entonces, ya más calmo, pero moqueando un poco todavía-, se lo juro, ya no me interrogue. Sé que es una familia de avechuchos volátiles, que se desplazan por los aires en forma de B larga, que engendran huevos cuadrados y que suelen cagar en blanco y negro. Lo que sabe todo el mundo. Qué más quiere que le diga…

Coprolio no se quedó en el molde. Aun lo miraba con cierto dejo de desconfianza.

-¿Eso es todo?

-Eso es todo, amigo mío.

El inquisidor no le quitaba la vista de encima, no se dejaría engañar así como así. En el aire se respiraba un leve tufillo a intrigas. Algo le decía que el sospechoso escondía un secreto. Ese sudor en la frente, ese temblequeo de piernas, esa vehemencia con que arrancaban las uñas con sus dientes, ese mirar furtivo, cada gesto en su rostro, todo aquello, sumado a la respiración frenética del sospechoso, evidenciaba algún oscuro y resguardado secreto que exigía ser develado. Sería cuestión de sonsacarle la confesión a fuerza de otras pocas preguntas, era la oportunidad para acceder a la verdad, la oportunidad de poner fin al misterio. Así y todo, no sé muy bien por qué, el idiota decidió sin más abandonar el interrogatorio.

-Está bien, lo dejaré tranquilo por ahora. Pero recuerde: lo estaré vigilando bien de cerca.

El acusado suspiró aliviado, quitó de encima el rostro de Coprolio, quien efectivamente lo tenía vigilado bien de cerca, se puso en pie y echó a correr a toda velocidad en dirección a ninguna parte. Parecía perturbado, como si lo persiguiese un fantasma. Corría sin voltear atrás, sorteando obstáculos con la agilidad de quien escapa a la muerte. Coprolio lo vio alejarse; su conducta le resultaba en alto grado llamativa. Sin lugar a dudas, algún secreto escondía.

-Ya averiguaré de que se trata –se dijo entonces.

Cuando Blataras se perdió en el horizonte, Coprolio confirmó sus sospechas. Miró hacia arriba, en el piso, y descubrió algo que lo dejó perplejo, que lo dejó boquiabierto y le paralizó la entrepierna para el resto de su vida. Encontró –vaya disgusto- tres plumas amarillas, tres plumas de ave que cagan en blanco y negro. ¡Plumas de buitre, señores!

-¡Plumas de buitre! –exclamó Coprolio, como si leyese todo lo que vengo narrando.

Ante el inesperado descubrimiento, otro grito de sorpresa se ahogó en su garganta. Balatsar le había mentido. Lo había engañado, y lo más probable era que sepa algo sobre los buitres, algo que lo comprometía y que ocultaba celosamente. “Esto no puede quedar así”, pensó Coprolio, e inmediatamente tomó una decisión. Haría lo correcto, lo que tendría que haber hecho desde la primera sospecha, lo que todo hombre de bien debe hacer frente a estos casos.

Lo denunciaría ya mismo ante las Autoridades.

-Corre cuanto quieras –susurró con malicia el imbécil-, de todos modos te encontrarán.

Corre, traidor…

Y el traidor, como si escuchara aquel inaudible consejo, corría a toda prisa en búsqueda de una guarida.

(El presente libro ha sido editado bajo el auspicio de Grupo Editorial Independiente y CAIN (Cooperativa de Artistas Independientes). Disponible en Videoclub Bocaccio, Biblioteca Púbica Rivadavia, librerías de Trenque Lauquen y de La Plata. Agradecemos a todos aquellos quienes hicieron posible este atentado a la Literatura.)

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