Gilbert Keith Chesterton. El pozo sin fondo

En un oasis o verde isla de los mares de arena, rojos y amarillos, que se extienden más allá de Europa en dirección a Oriente, se puede hallar un contraste un tanto fantástico, que no es menos típico de un lugar como aquél porque los tratados internacionales hayan hecho de él un puesto avanzado de la ocupación británica. El sitio es famoso entre los arqueólogos por algo que no es precisamente un monumento, sino un simple agujero en el suelo. Pero es un agujero redondo como el de un pozo, y probablemente perteneció a unas grandes obras de irrigación de fecha remota y discutida, tal vez lo más antiguo de aquel antiguo país. Hay una orla verde de palmas y chumberas alrededor de la negra boca del pozo; pero nada queda de la mampostería exterior, salvo dos piedras voluminosas y maltratadas que se levantan como jambas de un portal que a ningún sitio conduce y en las cuales algunos de los arqueólogos más idealistas, en ciertos momentos del amanecer o de puesta de sol, se figuran descubrir borrosas líneas de figuras o facciones de una monstruosidad más que babilónica; mientras que arqueólogos más racionalistas, en las horas más racionales de la plena luz, no ven nada más que dos rocas informes. Se puede haber observado, sin embargo, que no todos los ingleses son arqueólogos. Muchos de los reunidos en aquel lugar por razones militares y oficiales tenían otras aficiones que la arqueología. Y es un hecho positivo que los ingleses consiguieron hacer en este desierto
oriental, con arena y cuatro hierbas verdes, un pequeño terreno de golf que tenía un cómodo club en un extremo y, en el otro, este monumento primitivo. No hacían servir este arcaico abismo como bunker, porque por tradición era insondable y hasta, para todo efecto práctico, insondado. Cualquier proyectil deportivo que fuera a parar allí podía considerarse literalmente como una bala perdida. Pero a menudo se paseaban a su alrededor, en sus momentos de descanso, conversando o fumando cigarrillos, y uno de ellos acababa de ir allí desde el club para encontrar a otro que miraba un tanto pensativo
al interior del pozo.

Ambos ingleses llevaban ropas ligeras y cascos blancos y pugarees; pero aquí terminaba casi enteramente el parecido. Y ambos, simultáneamente, dijeron la misma palabra; pero la dijeron en dos tonos completamente distintos.

—¿Ha oído usted la noticia? —preguntó el hombre que venía del club—. ¡Es espléndido!

—Es espléndido —respondió el que se hallaba junto al pozo.

Pero el primero pronunció la palabra como podía hacerlo un joven hablando de una mujer; y el segundo como podía hacerlo un viejo hablando del tiempo; no sin sinceridad, pero, indudablemente, sin fervor.

Y, en esto, el tono de los dos hombres era suficientemente característico de ellos. El primero, un cierto capitán Boyle, era de un estilo amuchachado y decidido, moreno y con una especie de fuego natural en el rostro que no pertenecía a la atmósfera del Oriente, sino más bien al ardor y a las ambiciones del Occidente. El otro era un hombre de más edad y, ciertamente, un residente más antiguo: un oficial civil llamado Horne Fisher; y sus párpados caídos y su caído bigote rubio expresaban toda la paradoja del inglés en Oriente. Tenía demasiado calor para ser otra cosa que frío.

Ninguno de ellos creyó necesario mencionar qué era lo que denominaban espléndido. Hubiera sido, en efecto, una conversación superflua sobre algo que todo el mundo conocía. La notable victoria sobre una amenazadora coalición de turcos y árabes, obtenida por tropas al mando de Lord Hastings, el veterano de tantas victorias notables, no sólo era conocida de esta pequeña guarnición tan cercana al campo de batalla, sino que los periódicos la habían divulgado ya por todo el Imperio.

—Ninguna otra nación del mundo podía haber hecho una cosa así —exclamó el capitán Boyle con entusiasmo.

Horne Fisher seguía mirando al pozo silenciosamente; un momento después respondió:

—Tenemos, ciertamente, el arte de deshacer errores. En esto es en lo que se engañaron los pobres prusianos. Ellos sólo saben cometer errores y adherirse a ellos. Hay realmente cierto talento en deshacer errores.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Boyle—. ¿Qué error?

—Todo el mundo sabe que esto fue morder más de lo que se podía mascar —respondió Horne Fisher. Era una peculiaridad de Fisher la de que siempre dijera que todo el mundo sabía cosas que sólo a una persona entre un millón era permitido conocer—. Y fue, ciertamente, una gran suerte que Travers llegara tan a punto. Es curioso lo a menudo que la cosa acertada la hace el segundo jefe hasta cuando el primero es un gran hombre, como Colborne en Waterloo.

—Esto debería añadir toda una provincia al Imperio —observó el otro.

—Bien; supongo que los Zimmern habían insistido que se llegara hasta el canal —observó Fisher pensativo—, aunque todo el mundo sabe que hoy día el anexionar provincias no siempre resulta un negocio.

El capitán Boyle frunció las cejas ligeramente desconcertado. No teniendo la menor idea de haber oído hablar de los Zimmern en toda su vida, sólo pudo responder impasible:

—Bien; uno no puede ser un pequeño engländer.

Horne Fisher sonrió con una sonrisa agradable.

—Aquí todos somos pequeños engläners —dijo—. Todos quisiéramos hallarnos de vuelta en la pequeña Inglaterra.

—Me parece que no sé de qué está usted hablando —dijo el joven, un poco receloso—. Se creería que usted no admira a Hastings. . . ni a nada.

—Lo admiro infinitamente —respondió Fisher—. Es, con mucho, el más capacitado para este puesto; comprende a los musulmanes y puede hacer de ellos lo que quiere. Por esta razón yo no soy partidario de excitar contra él la animosidad de Travers sólo por lo ocurrido en este asunto.

—Verdaderamente, no comprendo adonde va usted a parar —dijo el otro con franqueza.

—Tal vez no valga la pena comprenderlo —repuso Fisher con despego—; y, por otra parte, no necesitamos hablar de política. ¿Conoce usted la leyenda árabe, acerca de este pozo?

—Temo no estar muy versado en leyendas árabes —dijo Boyle algo picado.

—Es una lástima —repuso Fisher—, especialmente desde el punto de vista de usted. El mismo Lord Hastings es una leyenda árabe. Tal vez sea esto lo verdaderamente importante en él. Si su reputación se desvaneciera, esto nos debilitaría en toda el Asia y el África. Bien; la historia acerca de este agujero en el suelo, que llega hasta nadie sabe dónde, siempre me ha fascinado un poco. Es mahometana por la forma; pero no me extrañaría que fuese más antigua que Mahoma. Se refiere a un llamado sultán Aladino; no nuestro amigo de la lámpara, por supuesto, pero un poco parecido a él en lo de tener que ver con genios y gigantes y cosas por el estilo. Dicen que ordenó a los gigantes que le construyeran una especie de pagoda que se elevara y se elevara hasta por encima de las estrellas. Lo más alto posible, como decía la gente que construía la torre de Babel. Pero los que erigieron la torre de Babel eran gente modesta y casera, una especie de ratoncillos, si se les compara con el viejo Aladino. Sólo querían una torre que llegara al cielo, una pura bagatela. El quería una torre que pasara del cielo, que se elevara por encima de él y continuara creciendo siempre. Y Alá lo abatió con un rayo, que penetró en la tierra, abriendo un agujero cada vez más profundo, hasta que hizo un pozo que no tiene, como la torre no debía tener, remate. Y, por aquella torre invertida de tinieblas, el alma del orgulloso sultán está cayendo sin cesar.

—¡Qué estrafalario es usted! —dijo Boyle—. Habla como si uno pudiera creer estas fábulas.

—Tal vez crea en la moraleja y no en la fábula —respondió Fisher—. Ahí viene Lady Hastings; creo que la conoce usted.

El club del campo de golf servía, naturalmente, para muchas otras cosas a más del golf. Era el único centro de reunión de la guarnición, aparte de las oficinas estrictamente militares; tenía una sala de billar y un bar, y hasta una excelente biblioteca técnica para los oficiales que fueran lo bastante depravados para tomar en serio su profesión. Entre éstos se contaba el general en persona, cuya cabeza plateada y cuyo rostro moreno, como el de un águila de bronce, se encontraban a menudo inclinados sobre los mapas e infolios de la biblioteca. El gran Lord Hastings creía en la ciencia y en el estudio, como en otros austeros ideales de vida, y había dado sobre este punto muchos consejos paternales al joven Boyle, cuyas visitas a aquel lugar eran un poco más intermitentes. De una de estas rachas de estudio acababa de salir el joven por una puerta de cristales de la biblioteca que daba al campo de golf. Pero, por encima de todo, el club estaba dispuesto para satisfacer las necesidades sociales de las damas, tanto por lo menos como las de los caballeros; y Lady Hastings lo mismo podía representar su papel de reina en aquellas reuniones que en su propio salón. Estaba eminentemente dotada para desempeñar este papel y, como decían algunos, eminentemente inclinada a ello. Era mucho más joven que su marido; una dama atractiva y, a veces, peligrosamente atractiva; y Mr. Horne Fisher la contempló con expresión algo burlona, mientras se alejaba majestuosamente con el joven militar. Después, su mirada melancólica se desvió hacia la verde y espinosa vegetación que rodeaba el pozo; vegetación de aquella curiosa forma de cactos en que una hoja gruesa nace directamente de otra sin tallo ni pecíolo. Esto daba a su espíritu imaginativo la siniestra impresión de una proliferación ciega, sin forma ni objeto. Una flor o un arbusto de Occidente crece hasta dar la flor, que es su corona y contenido. Pero esto era como si unas manos salieran de otras manos o unos pies salieran de otros pies, en una pesadilla.

—Siempre añadiendo una provincia al Imperio —dijo con una sonrisa; y agregó más tristemente—: Pero no sé, después de todo, si he tenido razón.

Una voz fuerte y cordial interrumpió sus meditaciones; y él levantó la vista y sonrió al ver el rostro de un antiguo amigo. La voz resultaba más cordial que el rostro, que, a primera vista, era decididamente hosco. Era una cara típica de leguleyo con mandíbulas y cejas hirsutas; y pertenecía a un personaje eminentemente legal, aunque entonces se hallara agregado en una calidad semimilitar a la Policía de aquel salvaje distrito. Cuthbert Grayne era acaso más un criminólogo que un jurisconsultor o un policía; pero en aquellos medios semisalvajes había acertado a convertirse en una combinación práctica de las tres cosas. Contaba en su haber el descubrimiento de toda una serie de extraños crímenes orientales; pero, como pocas personas entendían en esta rama del saber o sentían afición por ella, su vida intelectual resultaba algo solitaria. Entre las pocas excepciones contaba a Horne Fisher, quien tenía una curiosa facilidad para hablar de casi todo con casi todo el mundo.

—¿Está usted estudiando botánica o arqueología? —preguntó Grayne—. Nunca sabré dónde termina su interés, Fisher. Yo diría que lo que usted no sabe no vale la pena de ser sabido.

—Se equivoca usted —respondió Fisher con una sequedad y hasta una acritud muy desusadas en él—. Es lo que sé lo que no merece la pena de ser conocido. Todo el lado peor de las cosas; todas las razones secretas y los móviles corrompidos y el soborno y el chantaje que llaman política. No puedo estar tan orgulloso de haber bajado a esta sentina que vaya a jactarme de ello con los muchachos de la calle.

—¿Qué significa esto? ¿Qué le pasa a usted? —preguntó su amigo—. Nunca lo había visto tomar así las cosas.

—Estoy avergonzado de mí mismo —respondió Fisher—. Acabo de echar un jarro de agua fría sobre los entusiasmos de un muchacho.

—Esa explicación me parece insuficiente —observó el criminólogo.

—Claro está que el entusiasmo era una pura mentecatez periodística —continuó Fisher—; pero yo debería saber que a esa edad las ilusiones pueden ser ideales. Y siempre valen más que la realidad. Y hay una responsabilidad muy grande en desviar a un joven de la rutina del ideal más idiota.

—Y ¿cuál puede ser?

—Lo expone uno a empujar con una nueva energía en una dirección mucho peor —respondió Fisher—. Una dirección sin objeto, un abismo sin fondo, como el pozo sin fondo.

Fisher no volvió a ver a su amigo hasta quince días después, cuando se encontraba en el jardín detrás del club, en el lado opuesto al campo de golf. Era un jardín fuertemente coloreado y perfumado de plantas semitropicales a la luz de un ocaso en el desierto. Otros dos hombres estaban con él, siendo el tercero el ahora célebre segundo jefe, conocido de todos como Tom Travers, un hombre moreno y flaco que parecía más viejo de lo que era realmente, con un surco en la frente y un algo saturnino en la forma misma de su negro bigote. Acababa de servirles el café el árabe que ahora oficiaba temporalmente como camarero del club, aunque ya era una figura familiar y hasta famosa como antiguo criado del general. Se llamaba Said y era notable entre otros semitas por esa monstruosa longitud de su cara amarilla y esa altura de su estrecha frente que se da a veces entre ellos, y producía una impresión irracional de algo siniestro, a pesar de su agradable sonrisa.

—Nunca me ha parecido tener confianza en este individuo —dijo Grayne cuando el hombre se hubo marchado—. Es muy injusto, ya lo sé, porque, indudablemente, es muy adicto a Hastings y le salvó la vida, según dicen. Pero los árabes muchas veces son así: leales a un solo hombre. No puedo evitar el pensar que sería capaz de desollar a cualquier otra persona, y hasta de hacerlo a traición.

—Bien —dijo Travers con una sonrisa un poco agria—; mientras no haga daño a Hastings, al mundo no le importaría gran cosa.

Hubo un silencio un tanto embarazoso, lleno de recuerdos de la gran batalla, y, entonces, Horne Fisher dijo lentamente:

—Los periódicos no son el mundo, Tom. No se apure usted por lo que dicen. En el mundo de usted todos conocen la verdad.

—Me parece que vale más que no hablemos del general ahora —observó Grayne—, porque acaba de salir del club.

—No viene hacia aquí —dijo Fisher—; no hace más que acompañar a su mujer al automóvil.

Efectivamente, mientras hablaban, la dama apareció a la puerta del club, seguida de su marido, quien entonces se le adelantó rápidamente para abrir el portillo del jardín. Mientras lo hacía, ella se volvió y dijo unas palabras a un hombre solitario sentado en una silla de bambú a la sombra del portal, el único hombre que quedaba en el desierto club, aparte de los tres que estaban en el jardín. Fisher escudriñó un momento en la sombra y vio que se trataba del capitán Boyle.

Un instante después, con cierta sorpresa por parte de los del grupo, el general reapareció y, volviendo a subir los escalones, dijo a su vez una o dos palabras a Boyle. Entonces hizo un signo a Said, quien acudió corriendo con dos tazas de café, y los dos hombres entraron otra vez en el club llevando cada uno una taza en la mano.

Inmediatamente, un destello de luz blanca en la creciente oscuridad mostró que se habían encendido las luces eléctricas en la biblioteca.

—Café e investigación científica —dijo Travers torvamente— . Todos los lujos del saber y de la teoría. Bien; he de irme, porque yo también tengo mi trabajo.

Y se levantó un tanto demasiado rígido, saludó a sus compañeros y desapareció en la oscuridad.

—Yo sólo deseo que Boyle se limite a la investigación científica —dijo Horne Fisher—. No estoy muy tranquilo acerca de él. Pero hablemos de otra cosa.

Hablaron de otra cosa mucho más tiempo de lo que probablemente se imaginaban, hasta que llegó la noche tropical y una espléndida luna plateó todo el paisaje; pero, antes de que fuera lo bastante clara para que permitiera ver los objetos, Fisher había observado ya que las luces de la biblioteca se apagaban de pronto. Estuvo esperando que los dos hombres salieran por la puerta que daba al jardín, mas no vio a nadie.

—Habrán ido a dar un paseo por el campo de golf —dijo.

—Es muy posible —respondió Grayne—. Va a hacer una noche magnífica.

Acababa de decir esto cuando oyeron una voz que los llamaba desde la sombra proyectada por el club, y se sorprendieron al percibir a Travers, que corría hacia ellos gritando:

—Necesito la ayuda de ustedes. Ha ocurrido algo muy grave en el campo de golf.

Al instante se hallaron todos corriendo a.través del fumador y de la biblioteca del club en medio de una completa oscuridad material y mental. Pero Horne Fisher, a pesar de su afectación de indiferencia, era persona de una curiosa y casi sobrenatural sensibilidad para las atmósferas, y ya había sentido la presencia de algo más que un accidente. Tropezó con un mueble de la biblioteca y casi se estremeció al choque; porque la cosa se movió como él no se había imaginado que pudiera moverse un mueble. Pareció moverse como algo vivo que cediera y, no obstante, devolviera el golpe. Un momento después Grayne encendía las luces, y Fisher pudo ver que lo ocurrido era únicamente que había tropezado con una estantería giratoria, la cual, al oscilar, había vuelto a chocar con él; pero el sobresalto experimentado le reveló su propia subconciencia de algo misterioso y monstruoso. Había varias de estas estanterías giratorias esparcidas por la biblioteca; sobre una de ellas se veían dos tazas de café y sobre otra, un gran libro abierto. Era la obra de Budge sobre jeroglíficos egipcios, con láminas en color de extraños pájaros y dioses: y, en el mismo momento de pasar corriendo, Fisher sintió que había algo extraño en el hecho de que fuera este libro y no un tratado de ciencia militar el que se hallara abierto en aquel sitio y en aquella ocasión. Hasta percibió el hueco en el bien ordenado estante de donde había sido sacado, y le dio la impresión de algo horrible, como un boquete en la dentadura de un rostro siniestro.

Una carrera los llevó en pocos minutos al otro extremo del campo, delante del pozo sin fondo; y a pocas yardas de éste, iluminado por un claro de luna tan fuerte como la luz del día, vieron lo que habían ido a ver.

El gran Lord Hastings yacía de cara al suelo, en una postura extraña y violenta, con un codo erecto sobre su cuerpo, el brazo doblado y su mano grande y huesuda asiendo la espesa hierba. Pocos pasos más allá, estaba Boyle, casi igualmente inmóvil, pero puesto a gatas y contemplando fijamente el cadáver. Podía no haber sido únicamente obra de la sorpresa o del azar; había algo torpe y siniestro en la postura cuadrúpeda y en el rostro abstraído. Era como si la razón lo hubiera abandonado. Detrás de él sólo se veía el brillante cielo azul, y el principio del desierto, aparte de las dos grandes piedras rotas de enfrente del pozo. Y era a esta luz y en esta atmósfera como los hombres podían imaginar que veían en ellas caras enormes y espantosas que los estaban mirando.

Horne Fisher se inclinó, tocó la fuerte mano que todavía se agarraba a la hierba y la halló fría como una piedra.

Hubo un silencio angustioso; y luego Travers observó secamente:

—Esto es de su incumbencia, Grayne; usted se encargará de interrogar al capitán Boyle. Yo no entiendo nada de lo que dice.

Boyle se había rehecho y se había levantado; pero su semblante continuaba ofreciendo un terrible aspecto que lo hacía parecer una máscara nueva o la cara de otro hombre.

—Estaba mirando el pozo —dijo— y, al volverme, vi que se había caído.

Grayne tenía una expresión extremadamente sombría.

—Como dice usted, esto es cosa mía —indicó—; ante todo, he de pedirles que me ayuden a llevar al general a la biblioteca y que me dejen examinar las cosas a fondo.

Una vez depositado el cadáver en la biblioteca, Grayne se volvió a Fisher y dijo con una voz que había recobrado su naturalidad y su confianza:

—Voy a encerrarme y a hacer primero un reconocimiento completo. Cuento con usted para mantener el contacto con los demás y someter a Boyle a un interrogatorio preliminar. Yo le hablaré más tarde. Y telefonee usted a la comandancia para que manden un policía; hágalo venir en seguida aquí y que aguarde hasta que yo lo llame.

Sin decir más, el gran investigador criminal entró en la biblioteca iluminada, cerrando la puerta tras de sí; y Fisher, sin replicar, se volvió y se puso a hablar sosegadamente con Travers.

—Es curioso —dijo— que esto haya ocurrido precisamente delante de aquel sitio.

—Sería realmente curioso —respondió Travers—, si el sitio hubiera tenido en esta ocasión algún papel en ello.

—Me parece —dijo— que el papel que no ha tenido es más curioso todavía.

Y con estas palabras, aparentemente sin sentido, se volvió al agitado Boyle y, agarrándolo del brazo, se puso a hacerle pasear a la luz de la luna, hablando en voz baja.

Había ya despuntado el día cuando Cuthbert Grayne apagó las luces de la biblioteca y salió al campo de golf. Fisher se paseaba solo, con aire indolente; pero el mensajero policía que había mandado llamar permanecía cuadrado a cierta distancia.

—He mandado a Boyle con Travers —observó Fisher con indiferencia—; él lo vigilará y, de todos modos, vale más que duerma.

—¿Le ha sacado usted algo? —preguntó Grayne—. ¿Le dijo lo que estaban haciendo él y Hastings?

—Sí —respondió—; me hizo un relato bastante claro de todo. Dijo que, después de que Lady Hastings se hubo marchado en el automóvil, el general lo invitó a tomar café con él en la biblioteca para examinar un punto de arqueología local. Boyle empezaba a buscar el libro de Budge en una de las estanterías giratorias cuando el general lo encontró en una de las adosadas a la pared. Después de mirar algunas láminas, salieron, al parecer un poco precipitadamente, al campo de golf y se encaminaron al pozo; y, mientras Boyle miraba dentro de él, oyó detrás de sí un baque, y, al volverse, encontró al general como lo hallamos nosotros. Se puso de rodillas para examinar el cadáver, y entonces se sintió paralizado por una especie de terror y no pudo acercarse a él ni tocarlo. Pero yo no le doy importancia a esto: a las personas afectadas por la conmoción de una sorpresa se las encuentra a veces en las posturas más raras.

Grayne esbozó una torva sonrisa de atención, y dijo, tras un breve silencio:

—Bien; no le ha dicho a usted demasiadas mentiras. Realmente, es una relación estimablemente clara y coherente de lo ocurrido, que sólo deja fuera todo lo importante.

—¿Ha descubierto usted algo ahí dentro? —preguntó Fisher.

—Lo he descubierto todo —respondió seriamente Grayne.

Fisher guardó un silencio un tanto sombrío, mientras el otro proseguía su explicación en un tono reposado y firme.

—Tenía usted razón, Fisher, al decir que el joven estaba en peligro de lanzarse a un abismo. Tuviera o no tuviera que ver con ello, como usted se imagina, el menoscabo que usted causó al concepto que él tenía del general, lo cierto es que desde hace algún tiempo no se ha estado portando bien con él. Es un asunto desagradable, y no quiero extenderme en explicaciones; pero está bien claro que la mujer del general tampoco se portaba bien con su marido. Yo no sé hasta qué punto llegó la cosa, pero en todo caso llegó hasta el punto de obrar a escondidas; porque cuando Lady Hastings habló con Boyle fue para decirle que había ocultado una nota en el libro de Budge en la biblioteca. El general lo oyó, o de algún modo se enteró de ello, y se fue directamente al libro y encontró el papel. Lo puso ante Boyle y, naturalmente, tuvieron una escena. Y Boyle se encontró ante otra cosa también; se encontró ante una pavorosa alternativa, en la cual la vida del hombre significaba la ruina, y su muerte significaba el triunfo y hasta la felicidad.

—Bien —observó Fisher al cabo—. No lo censuro por no haberle contado a usted la parte de la mujer en esta historia. Pero ¿cómo se ha enterado usted de lo de la carta?

—La hallé sobre el cadáver del general —respondió Grayne—; pero he encontrado algo peor que esto. El cadáver había adquirido la rigidez peculiar de ciertos venenos asiáticos. Entonces examiné las tazas de café, y entiendo lo bastante en cuestión de química para reconocer la presenecia del veneno en el poso de una de ellas. Ahora bien: el general se fue directamente a la librería, dejando su taza de café sobre la estantería que había en medio de la habitación. Mientras estaba vuelto de espaldas y Boyle fingía buscar en la estantería, éste se quedó solo con las dos tazas. El veneno tarda diez minutos en obrar; y un paseo de diez minutos podía llevarlos al pozo sin fondo.

—Sí —observó Horne Fisher—. Y, ¿qué me dice usted del pozo sin fondo?

—¿Qué tiene que ver el pozo sin fondo con esto? —preguntó su amigo.

—No tiene nada que ver —respondió Fisher—. Eso es lo que yo encuentro absolutamenete desconcertante e increíble.

—Y, ¿por qué razón había de tener algo que ver con el asunto ese agujero en el suelo?

—Es un agujero en la argumentación de usted —dijo Fisher—. Pero ahora no quiero insistir en ello. Por cierto que hay otra cosa que debería decirle a usted. Le indiqué que había puesto a Boyle bajo la custodia de Travers. No le engañaría si dijera que puse a Travers bajo la custodia de Boyle.

—¿No quería usted decir que sospecha de Travers? —exclamó el otro.

—Estaba mucho más airado contra el general de lo que pudiera estar Boyle —observó Horne Fisher con curiosa indiferencia.

—Usted no dice lo que piensa —exclamó Grayne—. Le he dicho que encontré veneno en una de las tazas de café.

—Por supuesto, siempre hay que contar con Said —añadió Fisher—, ya sea por odio o a sueldo de otro. Convinimos en que era capaz de casi todo.

—Y convinimos en que era incapaz de hacer daño a su amo —replicó Grayne.

—Bien, bien —dijo Fisher amablemente—, me atrevo a decir que usted tiene razón, pero me gustaría dar un vistazo a la biblioteca y a las tazas de café.

Pasaron adentro, mientras Grayne se volvía al policía que estaba aguardando y le tendía una nota para que la telegrafiaran desde la comandancia. El hombre saludó y se fue precipitadamente; y Grayne, siguiendo a su amigo, entró en la biblioteca y lo encontró al lado de la estantería de en medio de la estancia sobre la cual se hallaban situadas las tazas vacías.

—Aquí es donde Boyle buscó el libro de Budge, o fingió buscarlo, según usted —dijo.

Mientras hablaba, Fisher se puso en cuclillas, para mirar los libros de la estantería giratoria; porque todo el mueble no era mucho más alto que una mesa corriente. Un momento después se enderezaba de un salto, como si lo hubieran picado.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó.

Pocas personas habían visto, si es que lo había visto alguna, a Horne Fisher conducirse como se condujo entonces. Lanzó una mirada a la puerta, vio que la ventana abierta estaba más cerca, la salvó de un salto, como si fuera una valla y echó a correr tras el policía que se perdía de vista. Grayne, que se quedó mirándolo, vio pronto reaparecer su figura alta y desmadejada que había recobrado toda su flojedad e indolencia habituales. Iba abanicándose despacio, con una hoja de papel: el telegrama que tan violentamente había interceptado.

—Afortunadamente detuve esto —observó—. Hemos de mantener secreto este asunto. Hastings tiene que haber muerto de apoplejía o de síncope.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó el otro investigador.

—Lo que pasa —dijo Fisher— es que dentro de unos días nos hallaremos en una agradable alternativa: la de ahorcar a un inocente o mandar al infierno el Imperio británico.

—¿Quiere esto significar —preguntó Grayne— que este infernal crimen ha de quedar sin castigo?

Fisher lo miró fijamente.

—Ya está castigado —dijo.

Y después de un breve momento de silencio continuó:

—Usted ha reconstruido el crimen con admirable habilidad, amigo mío, y casi todo lo que ha dicho usted es verdad. Dos hombres con dos tazas de café entraron en la biblioteca y pusieron las tazas sobre la estantería, y fueron juntos hasta el pozo, y uno de ellos era un asesino y había vertido veneno en la copa del otro. Pero esto no fue hecho mientras Boyle estaba buscando en la estantería giratoria. El buscó en ella el libro de Budge, que contenía la nota; pero me imagino que Hastings ya lo había trasladado a los estantes de la pared. Formaba parte de aquel horrendo juego el que fuera él quien lo encontrara primero. Ahora bien, ¿qué hace un hombre para buscar en una estantería giratoria? Generalmente no anda dando saltos a su alrededor acurrucado en la actitud de una rana. Le da sencillamente un impulso y el mueble gira sobre sí mismo.

Miraba ceñudamente al suelo mientras hablaba, y había bajo sus pesados párpados una luz que no se veía allí con frecuencia. El misticismo que yacía sepultado bajo todo el cinismo de su experiencia estaba despierto y se movía en lo profundo de su alma. Su voz tomaba giros e inflexiones tales como si fueran dos hombres los que estaban hablando.

—Esto es lo que Boyle hizo; tocó apenas el mueble y éste giró con la misma facilidad con que gira la Tierra; porque la mano que lo hizo girar no fue la suya. Dios, que hace girar la rueda de todas las estrellas, tocó aquella rueda y le hizo dar media vuelta a fin de que su terrible justicia se cumpliera.

—Empiezo a tener —dijo Grayne— una vaga y horrible idea de lo que usted quiere decir.

—Es muy sencillo —dijo Fisher—; cuando Boyle se levantó de su postura agachada, había ocurrido algo de que él no se había dado cuenta, de que su enemigo no se había dado cuenta, de que no se había dado cuenta nadie. Las dos tazas de café habían cambiado exactamente de lugar.

La cara pétrea de Grayne pareció haber soportado un choque en silencio; ni una de sus líneas se alteró, pero al hablar, su voz salió inesperadamente débil.

—Comprendo lo que quiere decir —dijo—, y, como ha dicho usted, cuanto menos se hable de ello mejor. No fue el amante quien trató de desembarazarse del marido, sino al revés. Y una historia como ésta sobre un hombre como éste nos arruinaría aquí. ¿Tuvo usted alguna presunción de ello al principio?

—El pozo sin fondo, como le dije —respondió Fisher—. Eso fue lo que me intrigó desde el principio. No porque tuviera algo que ver con ello. Porque no tenía nada que ver con ello.

Permaneció un momento callado, como meditando por dónde empezaría, y después continuó:

—Cuando un asesino sabe que su enemigo estará muerto al cabo de diez minutos y lo lleva al borde de un abismo insondable es que se propone echar allí su cadáver. ¿Qué otra cosa cabría? Un tonto de nacimiento tendría el sentido de hacerlo; y Boyle no es un tonto de nacimiento. Bien, ¿por qué no lo hizo Boyle? Cuanto más pensaba en ello, más sospechaba que había habido algún error en el crimen, por decirlo así. Alguien había llevado a alguien allí para echarlo dentro; y, no obstante, no lo había echado. Yo tenía una idea impresa y horrenda de alguna sustitución o inversión de papeles; entonces me bajé a hacer girar la estantería por casualidad, y al instante lo vi todo, porque vi las dos tazas girar otra vez, como lunas en el cielo.

Después de una pausa, Cuthbert Grayne dijo:

—¿Y qué diremos a los periódicos?

—Mi amigo Harold March llega hoy de El Cairo —repuso Fisher—. Es un periodista hábil y brillante. Pero, a pesar de esto, es un hombre de honor; de manera que no debe usted decirle la verdad.

Media hora después, Fisher volvía a pasear de un lado a otro, delante del club, con el capitán Boyle, este último ahora con un aire muy abrumado y aturdido, tal vez el de un hombre más triste y avisado.

—Y respecto a mí, ¿qué? —decía—. ¿Estoy justificado? ¿No se me va a justificar?

—Creo y espero —respondió Fisher— que no se va a justificar. No debe haber sospecha alguna contra él y, por consiguiente, tampoco ninguna contra usted. Cualquiera sospecha contra él, por no decir cualquier historia contra él, nos echaría por el suelo desde Malta a Mandalay. El era un héroe a la vez que un santo terror para los musulmanes. De hecho, casi podría usted llamarlo un héroe musulmán al servicio de Inglaterra. Por supuesto, él se entendía bien con ellos a causa de su pequeña dosis de sangre oriental; le venía de su madre, la bailarina de Damasco; todo el mundo lo sabe.

—¡Oh! —repitió maquinalmente Boyle, mirándolo con unos ojos muy abiertos—. ¡Todos lo saben!

—Yo diría que había un rasgo de ella en sus celos y en su feroz venganza —continuó Fisher—. Pero, a pesar de esto, el crimen nos arruinaría entre los árabes, con mayor motivo por cuanto fue algo como un crimen contra la hospitalidad. Ha sido odioso para usted y es bastante terrible para mí. Pero hay algunas cosas que no se pueden hacer, y, mientras yo viva, ésta es una de ellas.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Boyle, mirándolo con curiosidad—. ¿Por qué usted, precisamente, ha de mostrarse tan apasionado en esto?

—Supongo —dijo el otro— que es porque soy un pequeño engländer.

—Nunca he podido entender qué quería usted significar con eso —respondió Boyle.

—¿Piensa usted que Inglaterra es tan pequeña —dijo Fisher, con calor en su fría voz—, que no puede detener un hombre a través de unos pocos miles de millas? Usted me quiso dar una lección de patriotismo teórico, mi joven amigo, pero ahora se trata, para usted y para mí, de patriotismo práctico, y sin mentiras para ayudarlo. Usted hablaba como si todo marchara bien para nosotros en el mundo entero, en un crescendo triunfal que culminaba en Hastings. Yo le dije que todo había ido mal aquí para nosotros, excepto Hastings. Su nombre era el único que nos quedaba como conjuro; y éste no debe perderse también. ¡No, por Dios! Ya es bastante malo que una banda de infernales judíos nos haya plantado aquí, donde no hay ningún interés británico que servir y sí todo un infierno desencadenado contra nosotros, sólo porque el Narigudo Zimmern ha prestado dinero a la mitad del ministerio. Ya es bastante malo que un viejo prestamista de Bagdad nos haga librar sus batallas; no podemos luchar con la mano derecha cortada. Nuestro único tanto era Hastings y su victoria, que en realidad era la victoria de otro. Tom Travers tiene que sufrir, y usted también.

Después, tras un silencio, señaló al pozo sin fondo y dijo en un tono más tranquilo:

—Ya le dije que no creía en la filosofía de la Torre de Aladino. No creo en el Imperio que cree tocar el cielo; no creo en la Union Jack subiendo eternamente como la Torre. Pero, si usted cree que voy a dejar que la Union Jack se hunda eternamente como el pozo sin fondo, en la derrota y en la irrisión entre las befas de los judíos que nos han chupado los huesos. . . Yo no haré esto, se lo digo categóricamente: no, aunque el Canciller sufra el chantaje de veinte millones con sus periódicos indecentes; no, aunque el Primer Ministro se case con veinte judías yanquis; no, aunque Woodville y Carstairs tengan acciones en veinte minas trucadas. Si la cosa está realmente tambaleándose, no debemos ser nosotros, ¡Dios nos valga!, los que le demos el empujón.

Boyle lo estaba mirando con un azoramiento que casi era miedo y que tenía hasta un algo de repugnancia.

—Parece haber algo espantoso —dijo— en las cosas que sabe usted.

—Sí —respondió Horne Fisher—, y no es que esté muy complacido con mi pequeño caudal de conocimientos y reflexiones. Pero, como éste ha contribuido en parte a evitar que a usted lo ahorcaran, no veo por qué tiene que quejarse de él.

Y, como si se avergonzara de su exaltación, volvió la espalda al joven y se alejó hacia el pozo sin fondo.

Gilbert Keith Chesterton nació el 29 de mayo de 1874 en Kensington, London, Inglaterra y falleció el 14 de junio de 1936 en Beaconsfield, Buckinghamshire, Inglaterra.

Obras más importantes: The Napoleon of Notting Hill (1904), Heretics (1905), Charles Dickens: A Critical Study (1906), The Man Who Was Thursday (1908), Orthodoxy (1908), The Ballad Of The White Horse (1911), Manalive (1912), Father Brown short stories, Eugenics and Other Evils (1922), Saint Francis of Assisi (1923), The Everlasting Man (1925), Saint Thomas Aquinas (1933).

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