Fernando Rodriguez / Menores en riesgo / Informe anual de la UCA. Les falta comida a tres de cada diez niños

(Publicado en La Nación, 9.9.2011)

Son los del estrato social más bajo; el conurbano bonaerense es el más castigado; consecuencias de la malnutrición y falta de vivienda

Tres de cada diez chicos de estrato social muy bajo no suelen tener lo suficiente para comer. Más de un millón de niños, niñas y adolescentes de zonas urbanas de la Argentina viven en hogares donde se debió restringir el consumo alimentario por problemas económicos e, incluso, se padeció hambre.

Son ésas las más dolorosas conclusiones del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia (BDSI), que cada año realiza la Universidad Católica Argentina (UCA) a partir del relevamiento del estado de la población de los principales aglomerados urbanos.

En términos generales, la situación es más crítica cuanto más grande es la ciudad en estudio. En la mayoría de los ítems analizados (alimentación, salud, medio ambiente, infraestructura hogareña y del barrio) la situación de los chicos en el Gran Buenos Aires es peor que el promedio. Detrás se sitúan las afueras de las ciudades de Córdoba, Tucumán y Mendoza.

Se centró en entrevistas realizadas en 5706 hogares de 951 barrios de 18 aglomerados urbanos; alcanzó a 6384 menores de entre 0 y 17 años de la Capital, el conurbano, las áreas metropolitanas de Rosario, Córdoba, San Miguel de Tucumán y Tafí Viejo, Mendoza, Mar del Plata, Salta, Paraná, Resistencia, San Juan, el nodo Neuquén-Plottier-Cipolletti, Zárate, La Rioja, Goya, San Rafael, Comodoro Rivadavia y Ushuaia y Río Grande.

“Son conocidos los efectos de una inadecuada alimentación en el potencial desarrollo de la niñez en los procesos de crianza, socialización y educación. La falta de una nutrición adecuada expone al niño a una mayor vulnerabilidad ante las enfermedades, puede limitar su desarrollo cognitivo y su capacidad de aprendizaje”, se recuerda en el informe, en el cual se destacan los esfuerzos del Estado para paliar la malnutrición y desnutrición y los problemas de vivienda; no obstante, señala el informe que los déficits en esas cuestiones “son todavía muy elevados”.

Del relevamiento surge que el 43,8% de los menores de la Argentina urbana se alimentan bien en calidad y cantidad. Y una proporción similar (41,9%) pertenece a “hogares que accedían a la alimentación de sus miembros en cantidades suficientes” pero sin poder satisfacerla “con el tipo de alimentos deseados en términos de calidad”.

El resto está en el estado más crítico: el 14,4% de los niños de áreas urbanas del país se encuentra “frecuentemente en situación de no tener suficientes alimentos”. Ni cantidad ni calidad.

El BDSI tomó como base estadística el censo de 2001. Si se toma en cuenta el crecimiento poblacional del 10% detectado en el censo 2010, la proyección eleva a unos 6.500.000 la cifra de mujeres y varones de entre 0 y 17 años. Así, suman al menos 936.000 los chicos en situación alimentaria crítica.

Desigualdades

Resalta el BDSI que “las desigualdades se advierten en términos de la estratificación social y la condición sociorresidencial”. Por cada vez que un chico que vive en una urbanización formal de nivel medio o bajo respondió “con frecuencia no tenemos suficiente que comer” lo hicieron 20 residentes en urbanizaciones informales, es decir, villas y asentamientos precarios. La relación fue de siete a uno entre niños de estrato social muy bajo y estrato medio, y de tres con los de estrato social bajo.

“Mientras el 88,6% de la niñez y adolescencia del estrato social medio alto (25% superior) cubría sus necesidades alimentarias en cantidad y calidad, sólo el 27,5% se encontraba en igual situación en el estrato muy bajo (25% inferior). A medida que desciende el estrato social, aumenta la probabilidad de vulnerabilidad a la satisfacción de necesidades alimentarias. Tanto que el 29,2% [de los chicos] en el estrato muy bajo no solía tener suficiente comida para satisfacer las necesidades alimentarias.”

El 19,2% de los chicos experimentó “inseguridad alimentaria”, tal como se define la incertidumbre en la obtención del pan de cada día. De ellos, el 10% vive una situación severa.

El 23,8% de los chicos acceden a algún tipo de alimentación gratuita; el 23,8%, en escuelas (copas de leche, refrigerio, merienda; se destacó el impacto en la escolarización de la Asignación Universal por Hijo), y el 2,8%, en comedores no escolares (parroquiales, municipales, comunitarios y privados sin fines de lucro).

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El papel clave de los comedores
Por Fernando Massa

Media hora antes de que la sopa y el arroz con pollo estuvieran listos, ya había chicos y mujeres sentados a la mesa. Y en sólo una hora, en el comedor Padre Daniel de la Sierra de la villa 21-24 de Barracas, se sirvieron 300 raciones de comida.

De la mano del crecimiento poblacional en los asentamientos de la ciudad, la demanda en los comedores sociales aumenta día a día. En este comedor de Barracas afirman que hoy en la ciudad nadie muere de hambre, justamente por la proliferación de estos centros comunitarios.

“En los barrios pobres el mayor problema es el de la obesidad en los chicos por mala nutrición, algo que produce enfermedades como la diabetes o la hipertensión. El tema es que lo más barato que hay en el mercado son todos los derivados de la harina, las papas, el arroz, los enlatados. Y en los comedores también se recibe eso”, dijo a LA NACION Nilce Samudio, colaboradora desde hace siete años y representante legal del comedor de Barracas.

Emiliana Florentín, una de las fundadoras del comedor Padre de la Sierra, se quejó de que la comida ya no es suficiente. “Queremos darles porciones como corresponde, como recomienda la nutricionista”, dijo.

Rosalvina Baldeón es quien suele llevarse más porciones para repartir a su familia: siete a sus nietos y dos a sus hijas. Y a veces, para hacer rendir más la comida, pide que se la den sin cocinar y así después ella le agrega arroz o alguna verdura. Tanto ella como sus hijos trabajan, pero asegura que ni eso es suficiente.

“El sueldo no alcanza. Es verdad que acá no pagamos la luz ni el agua, pero igualmente hacemos malabares para subsistir y el comedor es una ayuda grande”, dijo.

* * *

El calcio y las proteínas no pueden faltar en la dieta
Según los especialistas, son nutrientes críticos
Por Laura Reina

Completa, variada y equilibrada. Así debería ser la dieta de todos, pero especialmente la de los niños que están en pleno proceso de crecimiento y desarrollo físico e intelectual.

Según los especialistas consultados por LA NACION, un niño debe consumir por lo menos 2000 calorías diarias. Pero no sirve contar sólo las calorías, sino que hay que ver de dónde provienen y el aporte nutricional que tienen.

“Hay dos cosas esenciales que no deben faltar en un niño: el calcio para el desarrollo óseo, que lo aportan los lácteos, y las proteínas, que se incorporan mediante la carne”, dijo a LA NACION la doctora Débora Setton, pediatra especializada en nutrición, que integra el Comité Nacional de Nutrición de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).

La doctora Irina Kovalskys, docente de la carrera de Nutrición y obesidad de la Universidad Favaloro y coordinadora del comité de nutrición de ILSI Argentina, agregó: “Lo ideal sería acceder a una dieta variada, pero hay algunos nutrientes «críticos» que no deben faltar para garantizar la salud y el crecimiento. Entre ellos se incluyen las proteínas de alto valor biológico, el hierro y el calcio. El aporte de hierro ha mejorado desde la ley de fortificación de harinas, pero son nutrientes que provienen tradicionalmente de carnes, pescado, huevos y lácteos”.

Kovalskys detalló lo que debería ser el menú diario ideal de un chico ya en edad escolar. “Hay que aportar energía suficiente, es decir, calorías, a través de panes, papas, harinas, cereales y una dosis pequeña de azúcares simples. Las proteínas y el hierro los aportan las carnes (vacuna, de pollo o pescado), por lo que se debe comer una porción diaria. Además, hay que incorporar cinco porciones de frutas y vegetales que aportan vitaminas, minerales y fibra. Y, por supuesto, se deben consumir lácteos para cubrir el calcio y el resto de las proteínas. También es recomendable una dosis pequeña de aceite crudo para incorporar ácidos grasos esenciales.”

Dentro de las 2000 calorías que un niño en edad escolar necesita, Setton estimó que el 50% proviene de hidratos de carbono y cereales; el 15% de proteínas y el 35% de grasas y azúcares. “Hay que controlar que la calidad de la grasa sea buena, es decir que no sea grasa trans”, agregó.

Otro punto importante es el tamaño de las porciones. Para Kovalskys, tanto el exceso como la falta se deben corregir.

“Dar porciones adecuadas en la infancia implica respetar las señales de hambre y no sobrealimentar. En los niños más inapetentes debemos asegurarnos una buena nutrición dentro de porciones pequeñas, priorizando la calidad de la alimentación”, dijo la especialista.

Otro punto para tener en cuenta es la cantidad de comidas que se deben cumplir: “Lo ideal es hacer cuatro comidas y alguna colación para que no estén picoteando todo el día. Y las comidas es aconsejable hacerlas en la mesa y con un adulto, ya que está probado que esto mejora la calidad nutricional”, concluyó Setton.

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Opiniones
El primer año marca la suerte de un chico
Por Abel Albino
(El autor es pediatra, y fundador y presidente de la Cooperadora de la Nutrición Infantil)

El cerebro es el órgano que más rápido crece. Cuando el niño nace, el cerebro pesa del 1 al 2% de su peso corporal, alrededor de 35 a 70 gramos (seis monedas de un peso para arriba). A los 14 meses, cuando camina, 900 g (150 monedas), el 80% del peso definitivo; ya en el adulto llega a 1200 g (200 monedas). Por lo tanto, el crecimiento gigantesco lo hace en el primer año de vida. El cráneo crece 12 cm en el primer año, pero solamente 2 en el segundo.

¡Lo hecho hecho está! Nunca más tendrá esta posibilidad. Si queremos trabajar sobre un cerebro, hay que hacerlo en el primer año, el que marca la suerte del individuo, de esa nación. Después de esta primavera, viene el verano, el otoño y el invierno. No más primaveras.

La desnutrición es el resultado final del subdesarrollo, genera debilidad mental: pobre cableado neurológico. Ese niño estará condenado de por vida, no tendrá posibilidades de aprender y pobres posibilidades laborales. El daño es individual y social.

Ahora bien, este vertiginoso crecimiento no sólo depende de una buena alimentación, sino de la buena estimulación afectiva que el niño reciba, papel principal de la familia, la única escuela de humanidad que existe.

En este punto es donde la metodología de Conin se convierte en referente para la prevención y recuperación de la desnutrición infantil, ya que realizamos un abordaje integral e interdisciplinario de la problemática social que da origen a la extrema pobreza: involucramos a la madre como primer agente sanitario y artífice principal de la recuperación de su hijo.

Gracias al aporte de organizaciones del campo, hemos replicado 35 centros de prevención en el país y 4 en el extranjero, conformando una red que atiende a más de 2500 niños y alrededor 1500 madres por mes, con bajo costo y un notable impacto social.

Si queremos una gran nación, debemos dignificar a los argentinos y a sus hogares a través de cinco acciones que deberían ser políticas de Estado que se mantengan duraderas:

1) estimular y alimentar el cerebro del niño adecuadamente en el primer año de vida; 2) educar y estimular ese cerebro. La educación es una semilla maravillosa, pero como toda semilla necesita un sustrato donde sembrarse; 3) cloacas; 4) agua corriente y agua caliente, y 5) luz eléctrica.

Si hacemos estas cinco cosas seremos una potencia en 30 años y el desarrollo será una consecuencia. Debemos terminar con la eterna guerra del hombre contra el hombre e iniciar todos juntos, como hermanos que somos, la única guerra que vale la pena, la única en la que todos ganamos, la guerra del hombre contra el hambre.

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Opiniones
Alimento más contención más educación
Por Jorge A. Colombo y Sebastián Lipina
(Los autores, médicos, integran la Unidad de Neurobiología Aplicada del Conicet)

De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el concepto de salud implica bienestar físico y mental y no la mera ausencia de enfermedad. En comunidades con marcadas inequidades sociales este concepto se vincula más con un objetivo que con una realidad.

En la medida en que ello constituye un derecho humano y, además, sea la base del desarrollo de una comunidad, la voluntad política de lograr esa meta no debiera estar supeditada a ningún condicionante.

Como política de Estado a nivel infantil, esta posición se define en pocas palabras: “Alimento más contención más educación”. En consecuencia, no es posible abordar la seguridad alimentaria sin incluir a sus determinantes sociales, entre los cuales se encuentran los niveles de inclusión social y de pobreza de la población.

De verificarse inseguridad alimentaria, ésta no suele presentarse aislada, sino con otros tipos de carencias que colectivamente condicionan las posibilidades de desarrollo.

Por ello, el impacto de la desnutrición y la malnutrición sobre la salud física y mental es función de la edad, de la interacción de privaciones de distintos tipos de nutrientes y de las condiciones ambientales físicas y emocionales.

A nivel del procesamiento cognitivo, las carencias proteicas se han asociado más a desempeños bajos en tareas de procesamiento visuomotor, memoria visual y velocidad de procesamiento; la carencia de hierro se suele asociar con mayor especificidad a procesamientos de motricidad espontánea, memoria espacial y aprendizaje, y la de zinc, a dificultades en la formación de conceptos y razonamiento abstracto.

En síntesis, el abordaje del problema de la inseguridad alimentaria infantil -políticas públicas o intervenciones focalizadas- debería considerar la diversidad de impactos específicos de la carencia de diferentes nutrientes, y la integración de estos déficits con carencias en otras áreas del desarrollo y los procesos de aprendizaje escolar.

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