Mori Ponsowy. Violencia en las escuelas

(Publicado en el diario La Nación, 20.11.2007)

Los casos de violencia adolescente y juvenil en los centros de enseñanza han dejado de ser hechos aislados para convertirse en un fenómeno creciente y mundial: ocurre en la Argentina, en EE.UU., en Finlandia, en España. No tenemos tiempo para reponernos de una noticia, cuando ya la próxima nos deja sin aliento. En Corrientes, el 30 de septiembre, un chico de 12 años asesinó a cuchillazos a un compañero de clase. Según dijo a la policía, tenía pensado matar a dos más. El 10 de octubre, en una escuela de Ohio, un chico de 14 disparó a mansalva en un pasillo del colegio al que asistía. En una escuela del sur de Finlandia, el 7 de noviembre, un joven de 18 años mató a siete estudiantes y después se suicidó. Tres meses antes, alumnos de la Escuela Provincial EET N° 468, de Rosario, habían destruido un aula para luego subir el video a YouTube, para hacer ostentación de su vandalismo. En abril, en la Universidad Politécnica de Virginia, un estudiante mató a 32 personas y se suicidó, no sin antes enviar un video a un canal de televisión en el que justificaba sus actos y demostraba que había planeado la masacre con meses de anticipación.

Caricatura: Alfredo Sabat

Es verdad que siempre ha habido jóvenes y adolescentes violentos. También es verdad que la adolescencia es época de rebeldía y rechazo de las normas heredadas. Sin embargo, lo novedoso de todos estos casos es la saña, la sangre fría, la premeditación con que los chicos realizaron sus crímenes. No se trata, como hasta hace unos años, de peleas callejeras, trifulcas entre pandillas, puñetazos a la nariz del otro. Se trata de chicos armados que matan para vengarse. Se trata de chicos que eligen la escuela -y no el baldío de la esquina- como el mejor lugar para dar rienda suelta a su odio. Se trata, también, de una violencia sin ideología: no son chicos que luchan contra dictaduras o que piden más libertad. Son, simplemente, chicos que deciden agredir a otros de su misma edad.

¿Por qué en las escuelas? ¿Por qué a los propios compañeros? ¿Por qué estos crímenes perpetrados no para robar ni para obtener un beneficio material, sino sólo para dañar a otros que son pares? La respuesta fácil es achacar los crímenes a cierto tipo de locura o enfermedad individual; decir que esos chicos “tienen problemas”, que vienen de familias destrozadas, que son raros y solitarios. La respuesta fácil es no darnos cuenta de que la noticia nos toca y de que, querámoslo o no, los mayores también tenemos algo que ver.

“Las faltas de los niños, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes son faltas de los padres, de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios”, escribió Victor Hugo en el siglo XIX. Estoy convencida de que en el XXI, las faltas de los adolescentes son faltas de todos nosotros no sólo como padres, sino también como miembros de la sociedad que hemos creado para cobijarlos.

Los adolescentes de hoy son hijos de padres que ahora rondamos los cuarenta. Nuestra generación se rebeló contra todo tipo de tiranías, desde las familiares hasta las políticas. Nuestra bandera fue siempre la libertad y así educamos a nuestros niños: convencidos de que la igualdad y la libertad son los valores supremos. Por eso, a diferencia de cómo fuimos criados, al convertirnos en padres preferimos razonar con los chicos antes que castigarlos, velar por su felicidad antes que por su integridad moral, y dejarlos elegir antes que sentirnos tiranos.

Es frecuente escuchar a padres de adolescentes protestar acerca del tiempo que sus hijos pasan frente a la televisión, la computadora o la play-station . Más frecuente aún es que nos quejemos del horario de sus fiestas, la edad a la que empiezan a consumir alcohol, su desinterés hacia el estudio o el trabajo, la facilidad con que pueden adquirir drogas. Nos quejamos, pero, por lo general, nos quedamos de brazos cruzados y seguimos nuestras vidas dejando que ellos sigan con las suyas.

“K-pos”, dice en Internet uno de los comentarios del video que los chicos que destrozaron el aula en aquella escuela de Rosario subieron a YouTube. “¡Qué grandes!”, dice otro. Esto no es más que una muestra de los valores de muchos adolescentes. En cambio, los comentarios de los adultos suenan como éste: “Eramos bebes de pecho, comparados con estos cretinos. Pero el mundo es así y nuestros muchachitos, hombres del futuro, así se van educando. Por suerte, cuando ellos tengan cuarenta años, yo ya estaré muerto”. En resumen: los jóvenes valoran a quien destruye y los adultos nos escandalizamos, como si no tuviéramos nada que ver en la formación de esos valores.

Urge que nos preguntemos si nuestra inocencia es verdadera. Al fin y al cabo, somos los adultos quienes dimos forma a la sociedad en la que viven los adolescentes. Y también somos nosotros los que nos cruzamos de brazos ante los horarios, los modos, el vocabulario, la desidia y los excesos de nuestros hijos. Como si ellos fueran más fuertes que nosotros, protestamos y tiramos la toalla, todo en una misma movida.

¿A qué obedece nuestra pasividad? En primer lugar, creo que tenemos miedo de convertirnos precisamente en los tiranos que siempre juramos no ser. En segundo lugar, también tenemos miedo de criar niños inadaptados si rechazamos con demasiado fervor las costumbres del grupo al que ellos pertenecen. A estos dos motivos hay que agregar otros más difíciles de asumir. Nosotros mismos estamos cansados y aturdidos: cansados de nuestras carreras en pos del éxito profesional y aturdidos por la velocidad de los cambios, la competencia atroz, el exceso de información, la precariedad de las certezas, la facilidad con que podemos ganar o perderlo todo en un instante. En el fondo, si nos quedamos de brazos cruzados ante muchas de las actitudes de nuestros adolescentes, no es porque nos parezca que nada de lo que hagamos o digamos podrá hacerles cambiar de rumbo, sino porque estamos convencidos de que lo que no va a cambiar de rumbo es la sociedad y la cultura a la que pertenecen.

Cruzarse de brazos o echar la culpa a otros no es honorable, sino fácil. Lo difícil es asumirnos como coautores del presente. ¿Qué juegos dejamos jugar a nuestros niños en sus consolas de video? ¿Qué programas les dejamos ver? ¿Cuánto hablamos con ellos? ¿Cuánto tiempo nos tomamos en escucharlos? ¿Qué medios de entretenimiento alternativo les proponemos?

Nuestra época exalta el poder, no la bondad o la inteligencia. Y nosotros, aunque no estamos de acuerdo, nos callamos ante nuestros hijos y los dejamos hacer. Vivimos vidas divididas. Como si tuviéramos varias personalidades a la vez, nos preocupamos por el medio ambiente, pero no hacemos nada por preservarlo; nos quejamos del exceso de violencia de la televisión, pero no dejamos de mirarla; nos desvelamos por nuestros hijos, pero cuando regresan del colegio no estamos en casa o estamos demasiado ocupados en otro tema.

Hasta hace dos décadas, la familia y la escuela eran las encargadas de transmitir los valores de la sociedad; hoy, los transmite el mercado. La escuela apenas imparte conocimiento y los adultos estamos tan empeñados en ganar la carrera del éxito, tan confundidos con nuestras propias contradicciones, que olvidamos que ser padres es mucho más que comprar alimentos y el último modelo de MP3. No somos inocentes. Evitando la tiranía, nos hicimos cómodos. Evitando alienar a nuestros hijos del grupo, nos plegamos a un montón con el que no estamos de acuerdo. Queriendo darles lo mejor, nos agotamos trabajando. Atendiendo a la libertad, en lugar de cobijarlos los hemos lanzado a la intemperie.

“Para educar a un niño se necesita la aldea entera”, dice un proverbio africano. Los adolescentes están enojados y creo que es porque los hemos dejado solos, sin valores, sin recursos emocionales con que hacer frente a la agresividad de los medios, de la publicidad, de la calle. Con sus excesos de alcohol, con su promiscuidad sexual, con su apatía o su violencia, los chicos nos están pidiendo que los cuidemos un poco más.

La infancia es la infancia y la adolescencia todavía no es la adultez. Amar a un adolescente no es dejarlo partir. Es darle las herramientas necesarias para poder partir cuando sea tiempo.

* * *

Mori Ponsowy nació en Argentina. Es poeta, novelista y periodista.

Obras: Abundancia (novela, 2010), No somos perfectas (entrevistas a mujeres, 2006), Enemigos afuera (poesía, 2000), Los colores de Inmaculada (2000).

Es cofundadora de la revista literaria La mujer de mi vida.

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