Luis Diego Fernández / Nirvana: anarquía y libertarismo. Los jóvenes viejos

(Nota publicada en Perfil, 16.10.2011)

Hace veinte años, poco después de que aparecieran los primeros libros de John Zerzan, Michel Onfray y Slavoj Zižek, se editaba “Nevermind”, el mejor disco de Nirvana, banda que encabezó la última revolución de la cultura rock. Kurt Cobain, su líder, conjugó el desencanto adolescente con la bilis de un anciano sabio, y con su música llevó un poco de la vieja y buena anarquía a un campo minado por el mercado.

El 24 de septiembre de 1991 –hace veinte años– se lanzó Nevermind, el segundo disco de Nirvana, la banda liderada por Kurt Cobain. Una de las tantas cosas que logró en su breve lapso en escena –menos de cinco años– fue la de llevar su música de corazón punk por fuera de los límites restrictivos de la escena grunge de Seattle, haciendo uso de una dinámica que producía canciones ruidosas y calmadas con un hálito pop y melodioso. En gran medida, Nevermind fue la obra responsable de dar a conocer el rock alternativo al gran público, desbancando al propio Michael Jackson del número uno en todos los charts. Nirvana, en varios sentidos, encarnó de modo consciente –pero sobre todo subyacente– un pensamiento y un estilo de vida deudor de ciertas filas de la contracultura norteamericana de larga data, y a la vez, representativo en lo grunge de ciertas filosofías contemporáneas.

Basta leer los diarios de Kurt Cobain para esgrimir y ver ciertas huellas filosofales que, como señala su biógrafo Charles R. Cross en el bellísimo Heavier than Heaven, permiten delimitar quién era este individuo que conjugaba el humor y el desencanto adolescente con la bilis de un anciano sabio. Esa belleza cruel y angélica del rostro de Cobain era expresión de la música de Nirvana y de la filosofía subterránea. “En mi espíritu soy gay, podría ser homosexual, pero Courtney Love me atrae más que cualquier otra persona en la tierra”, dijo. No lo era, pero tampoco hay territorio para la boutade: Cobain ponía de manifiesto ciertas capilaridades del pensamiento grunge –que son evidentes en su biografía: iba contra lo falocéntrico, lo machista y el estereotipo del rock. La portada del disco quizá sea el emblema más claro en ese sentido; un bebé en busca de un dólar: nacer ya implica negociar. No hay escape.

Depositario de cierta androginia en medio de un enclave agreste de leñadores en el noroeste norteamericano, en el estado de Washington, el espíritu green y ácrata del grunge revela un libertarismo evidente: hoy Krist Novoselic, bajista de la banda, es un líder político libertario, cuya intención es ser candidato a gobernador. En su libro On Grunge and Government, sostiene un ideario claramente libertarista, en pro de todas las libertades individuales y de la no intervención del Estado en la distribución musical y del material pornográfico.

Es interesante dar cuenta de la sincronía: al mismo tiempo que irrumpía Nirvana, comenzaban a editarse los primeros libros de filósofos como John Zerzan (Elements of Refusal, 1988), Michel Onfray (El vientre de los filósofos, 1989) o Slavoj Zižek (Sublime Object of Ideology, 1989). Todos pensadores que, con sus marcadas diferencias, abarcan cierto ideario anarquizante. Algunas ideas comunes y presentes en el grunge consisten en cierta reivindicación del primitivismo, el ambientalismo, el ocio y la no acción directa. Lo anarco de la llamada Generación X es posible de ser leído como una continuidad contracultural que deviene a principios del 2000 en lo que se llamó hipsters de los barrios bohemios de Nueva York y San Francisco, algo bien retratado por Mark Grief en ¿Qué fue lo hipster? (2011) y antes por James L. Brooks en BoBo’s en el paraíso (2000).

Nacidos durante la década del 70, los componentes de la llamada Generación X fueron efectos de una infancia marcada por el consumismo conservador de los años 80, la caída del Muro de Berlín y la llegada de Internet. Precisamente, el atributo de la apatía que suele asestársele al pensamiento y la visión de mundo que emerge de allí proviene de vislumbrar un futuro no muy amigable y de focalizar todo en el presente. A diferencia de la generación de los baby boomers que construyeron esa esperanza de cambio, la Generación X sólo pudo constituir su pensamiento contracultural afirmando su individualidad y resistiendo en el marco de cierta bohemia más o menos burguesa, que apela al ocio y la autogestión indie como formas de subversión de los valores productivos y rentables preconizados por el mercado. Nirvana, y particularmente Kurt Cobain, expresan esta indocilidad que, paradójicamente, termina siendo central y mainstream. Algo de esa marca que señala Charles Cross impregna la filosofía grunge: parecen ser viejos en cuerpos de adolescentes. Cultores del radicalismo libertario de filósofos como Henry David Thoreau y de músicos como Neil Young, prosiguen la estela de la llamada “América profunda”, whitmaniana.

El trágico fin de Kurt Cobain es una de las claves para comprender el signo de esta idea: la imposibilidad de negociar y aceptar su rol de estrella lo lleva al suicidio –dando cuenta de su personalidad atormentada producto de una infancia disfuncional y caótica. Quizá la filosofía grunge, hoy levemente vista en lo hipster pero ya más integrada en un circuito de consumo, sea estéticamente comprendida a partir de la expresión que cierta prensa usaba para definir la música de Nirvana: “Más dura que el cielo”. Sintomática y bella: no se puede doblar y debe romperse. El rock se fue en ese momento, con Kurt: un ser ético.

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