Manuel J. Castilla, poesía

EL GOZANTE

Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante.
El que bajo las nubes se queda silencioso.
Pienso: si alguno me tocara las manos
se iría enloquecido de eternidad,
húmedo de astros lilas, relucientes.
Estoy solo de espaldas transformándome.
En este mismo instante un saurio me envejece y soy leña
y miro por los ojos de las alas de las mariposas
un ocaso vinoso y transparente.
En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho.
De mi nacen los gérmenes de todas las semillas y los riego con rocío.
Sé que en este momento, dentro de mí,
nace el viento como un enardecido río de uñas y de agua.
Dentro del monte yazgo preñado de quietudes furiosas.
A veces un lapacho me corona con flores blancas
y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo de la tierra.
De cara al infinito
siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo.
Si se me antoja, digo, si esperase un momento,
puedo dejar que encima de mis ingles
amamante la luna sus colmillos pequeños.
Zorros la cola como cortaderas,
gualacates rocosos,
corzuelas con sus ángeles temblando a su costado,
garzas meditabundas
yararás despielándose,
acatancas rodando la bosta de su mundo,
todo eso está en mis ojos que ven mi propia triste
nada y mi alegría.
Después, si ya estoy muerto,
échenme arena y agua. Así regreso.

LA POMEÑA

Eulogia Tapia en La Poma
al aire da su ternura
si pasa sobre la arena
y va pisando la luna.

El trigo que va cortando
madura por su cintura,
mirando flores de alfalfa
sus ojos negros se azulan.

El sauce de tu casa
está llorando
porque te roban, Eulogia
carnavaleando.

La cara se le enharina,
la sombra se le enarena
cantando y desencantando
se le entreveran las penas.

Viene en un caballo blanco
la caja en su mano tiembla
y cuando se hunde en la noche
en una dalia morena.

ESTA TIERRA ES HERMOSA

Esta tierra es hermosa.
Crece sobre mis ojos como una abierta claridad asombrada.
La nombro con las cosas que voy amando y que me duelen;
Montañas pensativas, lunas que se alzan sobre el chaco
Como una boca de horno de pan recién prendido,
Yuchanes de leyenda
En donde duermen indios y ríos esplendentes,
Gauchos envueltos en una gruesa cáscara de silencio
Y bejucos volcando su azulina inocencia.
Todo eso quiero.
Y hablo de contrapuntos encrespados
Y de lo que ellos para virilmente sangrientos
Cuando el vino en la muerte es un adiós morado.

Esta tierra es hermosa.
Déjenme que la alabe desbordado,
Que la vaya cavando
De canto en canto turbio
Y en semilla y semilla demorado.
Ocurre que me pasa que la pienso despacio
Y que empieza a dolerme casi como un recuerdo,
Y sin embargo, triste, la festejo.
Mato los colibríes que la elogian
Como quien apagara los pétalos del aire.
Hondeo como un niño ángeles y campanas
Y cuando así, dolido, la desnudo,
Cuando así la lastimo,
Me crece, ay, una lágrima en la que apenas si me reconozco.

Digo que me le entrego.
Digo que sin saber la voy amando,
Y digo que me vaya perdonando
Y en un perdón y en otro que le pido
Digo que alegremente voy sangrando.

POEMA QUE MANUEL J. CASTILLA ESCRIBIÓ TRAS EL ASESINATO DE ALBERTO BURNICHON, EDITOR

Vengan, arrimensé, vean lo que han hecho.
Antes que se lo lleven mirenló de perfil en este charco.
Ya le va ahogando el agua poco a poco el cabello
y la alta frente noble.
Los pastos pequeños afloran entre el agua sangrienta
y le tocan el rostro levemente.
Su corazón sin nadie está aguachento con una bala adentro.
¿Miraron ya?
¿Era de mañana, de tarde, de noche que ustedes lo mataron?
¿Se acuerdan cuándo era?
(Los alquilones sólo miran la hora del dinero.)
No, no se vayan, oigan esto:
El hombre que ustedes han matado amaba la poesía.
Cuando ustedes aún no habían nacido
los pies de ese señor iban por todos los pueblos de Argentina
dejando en cada uno la voz de los poetas.
Esos versos llevaban
sus ganas de justicia y de mostrar belleza.
Ustedes han cobrado dinero por matarlo
y él jamás cobró nada porque ustedes aprendieran a leer.
Fíjense:
hacía libros de poemas que regalaba a los obreros.
Tenía como ustedes, hijos, mujer y un techo
que también le han derrumbado
y libros de aprender a ser gente.
Todo eso han destruido, ¿se dan cuenta?
¿Y ahora?
Ustedes, pobres matadores,
perdonados por él, ya reposados
piensan conmigo: ¿Qué haremos con el muerto?
Yo lo recobro ahora, húmedo en yuyarales.
Mi mano le despeina como a un nido dormido.
Miro su portafolios abierto en donde caben todas las sorpresas del mundo,
fotos de sus amigos pintores y escultores
saliendo entre las pruebas de algún libro de versos.
Lo miro apareciendo en cualquier parte en cuanto lo han nombrado.
Se iba quedando siempre que se iba.
Por eso estaba con nosotros, ausente.
Nos quería en silencio.
A Wernicke, a Galán, a Lino Spilimbergo y a Alonso.
Luis Víctor Outes, Bustos,
le arrodillaban el corazón
cuando Rolando Valladares triste, andaba en las vidalas.
Se echaba en la amistad como un vino en las copas
y había que beberlo
hasta la última luz del alba y la alegría.
Va cielo arriba, en Córdoba, solito.
Nosotros, aquí en Salta, lo pensamos.
Y ahora, matadores alquilados:
¿qué hacemos con el muerto?

Salta, 16 de abril de 1976

QUÉ LINDO CUANDO ME MUERA

Qué lindo cuando me muera y vengan mis amigos a mirarme los ojos.
Estaré ya lejano, llenas de un sueño quieto mis pupilas.
Tal vez dentro de esa agua
vayan viendo las cosas que yo he visto y amado:
un lapacho amarillo y otro lapacho blanco
donde miré la tarde endulceserse silenciosa
y a la nieve pensando su copo más hermoso.

Tal vez me miren viendo como nace la flor de la semilla,
su fiesta sola y olvidada;
puede ser que me encuentren solos los cementerios de las cumbres en la Poma,
oyendo cómo suena, reseco en siemprevivas, el olvido en el viento
entre rosas celestes de papel inocente.

Quizás también, junto a mis apagados ademanes,
beban la chicha cuajada en ojos muertos
por donde miran tristes los maíces de América
y por donde mi canto se calienta
y me sale al camino
igual que una bandera colorada y de fiesta en Bolivia.

Quizás dentro los cielos hueros de mis pupilas
hallen una corzuela muriéndose en los montes
como un agua apagada por su propia hermosura
y encuentren unos ciegos cantando, entraña tras entraña,
muertos que se les quedan colgados de sus rezos
igual que una guirnalda de violetas heladas.

Acaso un día, carnavaleando airosos con el vino
llenos de sol y harina y coplas y caballos,
topen un ramo verde de albahaca marchitado
y piensen que yo alegre me coronaba de laureles.

Puede ser que mirándome se vayan por los chacos
y entre arena y arena y más arena se descuelgue la luna
con una garza adentro entre los bobadales del Bermejo.

Quizás entre guitarras las madres amantísimas
sientan las serenatas desvelarlas;
quizás con las palomas del amor se alejen sus mensajes en papeles celestes
deshaciendo en el aire sus huesos delicados.

Quizás todo eso ocurra
cuando junto a mis ojos, grises por el olvido,
estén conmigo dulcemente muertos.

* * *

Manuel J. Castilla nació en la casa ferroviaria de la Estación de Cerrillos, provincia de Salta, Argentina, el 14 de agosto de 1918 y falleció el 19 de julio de 1980 en Salta.

Obras: Poesía: Agua de lluvia (1941), Luna muerta (1944), La niebla y el árbol (1946), Copajira (1949), La tierra de uno (1951), Norte adentro (1954), El cielo lejos (1959), Bajo las lentas nubes (1963), Amantes bajo la lluvia (1963), Posesión entre pájaros (1966), Andenes al ocaso (1967), Tres veranos (1970), El verde vuelve (1970), Cantos del gozante (1972), Coplas de Salta (1972), Triste de la lluvia (1977), Cuatro carnavales (1979).

Prosa: De solo estar (1957).

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