El relato reemplaza a la historia

(Editorial publicado en diario La Nación, 1.12.2011)

Al periodismo militante de los medios oficiales y a la matemática militante del Indec se suma la militancia historiográfica

la nómina de institutos nacionales destinados a estudiar a figuras del pasado argentino, entre otras las de José de San Martín, Manuel Belgrano, Guillermo Brown y Juan Manuel de Rosas, se sumará, por decreto presidencial del 21 del mes pasado, el grandilocuentemente denominado Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Su objeto, según los considerandos que suscribe la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, será “investigar y difundir la vida y la obra de personalidades y circunstancias destacadas de nuestra historia que no han recibido el reconocimiento adecuado”; de los que “defendieron el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios, y que, en pro de sus intereses, han pretendido oscurecerlos y relegarlos de la memoria colectiva del pueblo argentino”.

Luego se menciona a esos personajes, entre los que figura en primer término San Martín, quien no habría “recibido el reconocimiento adecuado” pese a que hasta el último de los argentinos lo reconoce con justicia como el Libertador de su pueblo y de América del Sur, además de Güemes, Artigas, Estanislao López, “Chacho” Peñaloza, Felipe Varela, Facundo Quiroga, Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen y Juan y Eva Perón. Ya en la enumeración los aspirantes a revisar la historia comienzan con un error, incluyendo al argentino Manuel Ugarte en el artículo destinado a los latinoamericanos nacidos fuera del país.

Lo cierto es que tanto el patrono del instituto como el resto de esos personajes, y muchísimos otros que no se señalan, han merecido serios estudios de notables cultores de un revisionismo al cual se invoca como movimiento en pleno vigor, cuando ya forma parte -al menos en el modo en que está descripto en el decreto- de una etapa lejanamente superada en la historia de la historiografía. También han sido abordados por otros investigadores rigurosos, que en vez de adherir a la visión parcializada y panfletista que se quiere imponer por decreto han profundizado con indudable profesionalismo acerca del papel de aquellos hombres y mujeres a lo largo de los procesos en que intervinieron.

A ningún historiador serio se le ocurriría hoy repartir condenas como las que constantemente se leen por parte de ciertos diletantes con falsa patente de investigadores sobre determinados argentinos que dieron lo mejor de sí por el bien de su patria, como Mitre, Sarmiento, Roca y otros tantos demonizados por la actual visión oficial.

Cualquier persona seria, fuera cual fuese su formación cultural, sabe o intuye que los personajes del ayer remoto o más reciente deben ser estudiados en su propio contexto, en vez de ser utilizados para sostener una actitud agresiva y maniquea, que es más grave cuando se instrumenta desde el Estado.

La propia iniciativa de crear un instituto historiográfico dedicado al culto de tales o cuales héroes es una exhibición de primitivismo intelectual. Desde hace ya muchas décadas existe un consenso acerca de que el saber histórico pretende la explicación de procesos colectivos en sus distintas dimensiones y no el culto a figuras supuestamente excepcionales que determinaron con su clarividencia el curso de la vida de sus contemporáneos.

No debería sorprender, sin embargo, el extravío. Quienes decretaron la existencia de esta nueva entidad miran el pasado con la misma lente con la que examinan el presente: la de la exaltación casi infantil de figuras prodigiosas gracias a las cuales se desenvuelve la existencia nacional.

El presente contamina también el pasado en el apasionamiento sectario. La Presidenta, cuyo elevado cargo debería constituirla en prenda de unión para los argentinos, se empeña en remover despojos del pasado en pos de amoldar lo que fue a las conveniencias dialécticas del presente. Al periodismo militante de los medios oficiales y paraoficiales y a la matemática militante del Indec se les debe agregar ahora la historiografía militante. No son más inofensivos que una medicina o una ingeniería militantes. La deformación del pasado ha estado en la base de muchas tragedias humanas, sobre todo las que se desencadenaron por las miserias del nacionalismo, tan familiares a la visión revisionista.

Llama la atención que se promueva un nuevo organismo en lugar de recurrirse al Conicet, donde trabajan historiadores de verdad, o a la Academia Nacional de la Historia, que según sus estatutos debe asesorar a los poderes públicos. La explicación tal vez resida en que lo que se busca desde el Poder Ejecutivo Nacional es falsear los hechos del pasado para servir al discurso oficial. Todo indica que se pretende generar, mediante un producto “enlatado”, una historia sesgada y falsa que a la postre no servirá ni al propio gobierno, pues la ciudadanía sabe, en definitiva, cuándo se la quiere engañar.

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