Pepe Eliaschev / Buenos

(Publicado en Perfil, 4.12.2011)

Los medios y los políticos, ésos son los enemigos. Responsables de “una demagogia vindicativa” capaz de confundir a las masas y engañar al pueblo, conspiran para desacreditar a los pobres jueces, honorables magistrados a quienes preten-den impugnar para que prevalezcan funestos intereses. Han cambiado los tiempos; ya no son el imperialismo ni la oligarquía los enemigos a vencer. Por el contrario, el obstáculo radica en quiénes son responsables de la “construcción mediática de la realidad”, según pregona Raúl Eugenio Zaffaroni, el sacerdote de ese Ministerio de la Felicidad de facto que se viene delineando con fuerza.

Al participar en Mar del Plata de un seminario internacional de políticas sociales titulado “Retos de la política social bajo el enfoque de derechos”, Zaffaroni se lamentó de que “algunos” políticos pidan “absurdamente” juicios políticos a los jueces. Pensaría en el pobre Oyarbide, estigmatizado por la perversión mediática. El juez Zaffaroni asegura que esos oportunistas amenazan a los jueces al pedirles juicio político. ¿Peste nacional o resultado de cuestiones domésticas surgidas del devenir de la Argentina? No señor: para Zaffaroni “esto es importado de Estados Unidos”. Barrunta este ministro de la Corte que “la propaganda de hacer responsables a los jueces de todo hecho violento que suceda (…) contribuyó a crear un Estado autoritario”.

Por lo demás, nos va bastante bien, o al menos mucho mejor de lo que sugieren o muestran los malévolos “medios”, aun cuando Zaffaroni no desagrega en su arenga anti-medios a aquellos, numerosísimos, que integran la cada vez más grande cadena del multimedios estatal, gubernamental y privado, armada por el Gobierno. No trepida Zaffaroni (“no creo [sic] que haya una violencia desmedida”) y tras la catarata de asesinatos espeluznantes de las últimas semanas, asegura con parsimonia que “no hay ninguna explosión de muertos”. ¿Tiene una visión más estricta respecto de la implantación del narcotráfico en la Argentina? De ninguna manera: “Tampoco creo (sic) que haya un importante tráfico de droga ni que tampoco haya aumentado”.

Zaffaroni no es un emergente aislado o extravagante. Se coloca como pensador del modo en boga, es la “indecación” de la realidad. Para el Indec no hay inflación, o la que hay es menos de la mitad de lo que pregona la “construcción mediática de la realidad”. Niego, luego existo. Nunca antes tuvo tanto éxito en este país la estrategia de no pestañear al mentir u omitir. Es una manera curiosa de pararse ante los hechos: “los medios” agigantan un problema que no es nada grave. El costado propagandístico de esta campaña corre por cuenta de las oficinas publicitarias del Ministerio de la Felicidad, que ha tapizado Buenos Aires con un estrambótico cartel cuya consigna es “Argentina, un país de buena gente”. (Por cierto, ¿cuáles serían, según el Gobierno, los países de “mala” gente?).

El catecismo oficial es inequívoco: para potenciar la autoestima nacional, corresponde devaluar el porte de los problemas y exhibirlos con una quita muy importante, un poco al estilo del canje de la deuda de años atrás. En esta inteligencia, gente preparada, como Zaffaroni, considera que en muchos casos la verdad es reaccionaria. Es el viejo sueño de los totalitarismos, configurar una verdad pública edulcorada y tersa. Criaturas despedazadas y mujeres aniquiladas serían el cruel producto de la irresponsabilidad periodística, de allí la convicción de Zaffaroni. Criminales son los medios, culpables de engañar a un pueblo, enajenándolo. Arcaísmo imbatible, es una mirada que atrasa por lo menos treinta años. Se apoya en la noción elitista de que los medios le comen la cabeza a la gente y que si dijeran “la verdad”, todo discurriría por caminos más placenteros.

Por eso, lo que se impone es acusar a quienes cuentan lo que sucede, una virtual estigmatización de las malas noticias. En la excelsa visión oficial, al ser un país de “buena gente”, lo que aparece en los medios sería un recorte malvado de la realidad, parte de una siniestra campaña de descrédito. Ese “somos un país de buena gente” adoptado ahora por el Gobierno me hace pensar inevitablemente en aquel truculento “somos derechos y humanos” pregonado por la dictadura a fines de los años setenta. En condiciones visiblemente diferentes, este mecanismo de autoindulgencia suprema aspira a limpiar la conciencia nacional y fecundar la prolífica tradición del complejo de superioridad de los argentinos.

Todo sintoniza y articula: no hay muchos muertos, los crímenes no son tantos, no hay tanta droga, somos buena gente. La verdad ha quedado estacionada en un solo campo y le han puesto cepo a sus ruedas: cuestionarla o al menos tematizarla implica convertirse en “enemigo del pueblo”. La verdad oficial es la felicidad. La felicidad se lubrica desde los recursos infinitos del Estado. Interpelar el catecismo zombi de un país al que “los medios” quieren destrozar es, así, una batalla más de la “guerra cultural”. En esa perspectiva, Zaffaroni legisla que lo malo no existe, pero si se le demuestra que hay mucha y variada maldad en el mundo, en la vida y también en la Argentina, el juez murmurará que “no es para tanto”. Mecanismo pintoresco, si no fuera tan nefasto, tiende a consolidar un cinismo profundo e instala un nihilismo desdeñoso y sobrador. El mismo pueblo que puede elegir por abrumadora mayoría a este gobierno, es sensible a los malévolos mandobles del poder mediático, que “construye” realidades dentro de las pobres cabezas de las masas, incultas e inermes.

No habrá este 10 de diciembre un Ministerio de la Felicidad con un titular jurando ante la Presidenta, pero sobran los intelectuales y cuadros militantes convencidos de que, exista o no formalmente esa dependencia, es labor del Estado y necesidad del “modelo” la propaganda destinada a enamorarnos de nuestra belleza interior y a creer que nada demasiado problemático sucede entre nosotros.

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Un comentario en “Pepe Eliaschev / Buenos

  1. la campaña no dice “de” dice “con” y no es la misma cosa. Con admite que hay de la otra. El argumento de Eliaschev parte de un engaño, de una tergiversación. No es para nada sorprendente, lo que si lo es es que sea tan burda.

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