Luis Diego Fernández / Filosofía solar (Ocio, retiro y pensamiento)

(Publicado en Perfil, 5.2.2012)

Decía Marco Aurelio: “Concédete un retiro y recupérate”. La filosofía supo cavilar desde sus orígenes acerca de estos tiempos de calendario estival. Hay que vivir las vacaciones regidos por la moderación y el equilibrio en la sana distribución de los placeres. Y recuperarse.

No es muy atrevido, sino timorato, comenzar por etimologías, pero la filosofía las tiene como fontana o escaleta amiga, que alimenta, narra y ordena –valga esa dirección–su timón de ideas arremolinadas; ahora sí: la palabra vacaciones deriva de vacans, participio del verbo vacare en latín, esto es, estar libre, desocupado, vacante (igual que un puesto de trabajo). Se supone, y la suposición siempre permite observar una veracidad dudosa, que en ese tiempo “vacante” los individuos dispongan de sus horas con tanta libertad como autarquía. Claramente, ese estado ausente es condición de posibilidad de algo impensado o quizá pensado hacia otros lugares impropios. La filosofía no de modo mastodóntico –ni mucho menos académico– pensó estos tiempos de calendario estival o bien de ocio, de retiro, como solía llamárseles en el helenismo. Una buena forma de cavilar al inicio es de la mano de Epícteto, filósofo y esclavo liberto romano del siglo I –y pater estoico del emperador Marco Aurelio– que afirmaba: “Nada en exceso”. Esta sentencia tímida, lacónica y contundente revela la actitud ante el vivir de las vacaciones regido por la moderación y el equilibrio en la sana distribución de los placeres. El conocerse a uno mismo del que hablaban los griegos (gnothi seauton) siempre estuvo vinculado con la inquietud de sí (epimeleia heautou) en el tiempo de ocio y el retiro. Ambas nociones instaban a los hombres griegos libres a ocuparse de ellos mismos mediante acciones concretas, a través de ejercicios espirituales y físicos.

La inquietud de sí griega es objeto de reflexión de Michel Foucault en el curso del College de France de 1981-1982 y en los tomos finales de su Historia de la sexualidad (1984). El filósofo francés lo ve con nitidez: para los griegos era una condición indispensable ocuparse de uno mismo en el tiempo vacante con la intención de poder gobernar o ejercer algún tipo de poder sobre los demás. Estos ejercicios terapéuticos apuntaban a saciarse con uno sin esperar mucho de la vida. El cultivo de sí se torna una forma determinada de vivir relacionada con el ocio (otium). Séneca señala a Lucilio que el retiro se debía buscar interiormente y no por la mera movilidad hacia espacios que se suponen más pacíficos –costas, playas, montes, montañas, lagos o ríos: “¿De qué aprovecha buscar un retiro? ¡Cómo si más allá de los mares no nos acosaran los motivos de preocupación! ¿Qué descanso hay en la vida tan protegido y sublimado al que no atemorice con frecuencia el dolor? En cualquier rincón que te retires los males humanos te asaltarán a gritos”–. Esa exhortación severa del filósofo hispano –de Córdoba– convoca, entonces, a la utilidad del pensamiento en este período de remanso. Del mismo modo, para el emperador-filósofo Marco Aurelio los retiros playeros o montañeses no son sino una búsqueda de orden interior. De allí que califique de vulgares a quienes van tras el mero escape exterior cuando, en rigor, pueden hacerlo en el momento que lo deseen vía su meditación. En ese sentido, el emperador destaca la primacía del retiro interno en detrimento de la mera movilidad externa: nos quita la idea de que toda vacación es de por sí un viaje. Esa búsqueda o sentido del “retirarse” se dirige en procura de la tranquilidad del alma: relax, diríamos hoy. Lo que en un comienzo era una huida de los males o el estrés de las ocupaciones –precisamente, la negación del ocio: negotium–, debe tornarse una enseñanza para aprender a vivir en la tolerancia de los errores no buscados de nuestras familias, compañeros, amigos o parejas. Es claro: para el estoicismo romano –Epícteto, Séneca, Marco Aurelio– las vacaciones o el retiro tendrían una finalidad práctica, más allá del mero descanso improductivo o larvario. Las vacaciones funcionarían como un ensayo de “quince días” sobre un existir distinguido o estilizado: una posibilidad de viraje de una forma de vivir a otra.

Así como la Antigüedad piensa –expresión algo forzada, la época integral movilizada– el retiro vacacional como forma de ocio cultivado, etapa o posibilidad de reflexión interior y transformación del sí, la Modernidad lo ve más como una expresión de balances, recuperos o incluso de tiempo disponible para una mutación del self. Tres ejemplos: Montaigne, Schopenhauer y Nietzsche. El ensayismo montaigneano deja en claro que el siglo XVI pone una piedra fundacional en relación con el retiro desde otro ángulo: el yo. Renacentista, el pensador de Bourdeaux coloca su foco reconcentrado –cual vino de la región– en el sosiego personal: “Cuando últimamente me retiré a mi casa, resuelto, mientras pudiera, a no ocuparme más que en pasar en reposo y apartado lo poco que me quedará de vida, parecióme que no podía hacer a mi espíritu mayor favor que dejarlo divertirse, sólo en plena ociosidad, sosegándose y deteniéndose en sí mismo”. El tiempo de ocio, para el pensamiento moderno, es una predisposición hacia “otro lado”, o bien nos empuja hacia algo más que implica cierta voluntad.

Arthur Schopenhauer es una fija si hablamos de voluntad; los silogismos de la amargura del misántropo germano dejan claro que la fortaleza no será ya la mera inteligencia ociosa sino cierta aptitud para poder disfrutar del espacio vacante: “El simple ocio, es decir la inteligencia desocupada al servicio de la voluntad, no basta; para eso es preciso un excedente de fuerza positiva que nos haga aptos”. Aptitud y actitud, en este caso, van de la mano con cierta reticencia y forzamiento. Es Friedrich Nietzsche, como se torna habitual en materias epidérmicas y fisiológicas, quien pone las cosas en su lugar. ¿Qué cosas? Las ínfimas, las no pensadas ni pesadas, las no rasgadas por ese panzer que es el racionalismo metafísico alemán –Wolff, Leibniz, pero también Kant, Hegel–, tan indigesto como su gastronomía, del que despotrica cual Condottiere al mando de su infame ejército. En Ecce Homo: “Estas cosas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo– son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado importante”. Lo medular del pensamiento nietzscheano requiere pensar el espacio del retiro, el ocio y sus derivados –cocina, bebidas, tiempo libre, etc.– como una “toma de posición” filosófica: inversión de la metafísica, platonismo, nihilismo. Esto será lo importante, y ya. Lo involuntario es que el espacio vacacional no consiste, lejos de ello está, en anular o limpiar nuestras ideas, sino en generarlas. Una nietzscheana muscular: en la lírica de la canción Holiday, Madonna esboza algo de esta petición: “Took some time to celebrate/ Just one day out of life/ It would be, it would be so nice”. Un día “fuera de la vida”, expresión expulsora que nos quiere arrancar de lo estacional (estival) para llevarnos de modo temerario a lo “nuevo”. Efectivamente, las vacaciones son territorio de lo “novedoso”, como señalaba allá por 1983. No tanta celebración aunque la existe, sino reconversión o reinvención. Las vacaciones en la Modernidad, nuestros tiempos hoy, parecen verse como “energía” o “cargar pilas”, formas tangenciales de un upgrade.

Se puede traer al recorrido ensayado dos miradas locales: la primera, naturalmente, de Domingo Faustino Sarmiento, quien descubrió el Delta del Tigre cuando era director general de escuelas, lo llamó la “Venecia de América” y construyó su casa La Prócida –hoy museo– sobre el río que lleva su nombre. El pensamiento sarmientino inventa, literalmente, la idea de “vacaciones” en las pampas: un receso de la actividad política. Moderno, bon vivant, libertino y dandi, Sarmiento hizo caso omiso de sus tiempos vacacionales con tanta vehemencia como estética. El siglo XX trae una reflexión fuerte en clave freudomarxista a través del concepto de “ocio represivo” desarrollado por Juan José Sebreli a fines de los años 60 en su libro Mar del Plata, el ocio represivo. Derivado de la teoría de la “desublimación represiva” de Herbert Marcuse, la supuesta “liberación sexual” no es más que la sexualidad restringida al sexo genital. Así marca el razonamiento sebreliano en el capítulo XIII titulado “El mito de las vacaciones”: “La imperiosa necesidad de las vacaciones en las clases medias asalariadas y en la clase obrera de las sociedades industriales responde a una auténtica necesidad de liberación, lo cual no quiere decir de ningún modo que esas vacaciones sean en realidad una auténtica liberación”. Quizá las vacaciones en el mundo contemporáneo son tan fáciles de perder como de asignar, porque se ha borrado ese muro tan notorio entre tiempo laboral y tiempo de descanso. Todo simula y parece ser ambos de modo simultáneo, tecnología mediante. El trabajo, dijo Marx, es la “esencia” del hombre, algo que Foucault desmarcó con tino: si éste es la “esencia” es porque estamos obligados a trabajar y a descansar –las vacaciones–. No hay esencialismos sino construcciones de matrices y de conductas: necesidades contingentes y de poder. Tal vez valga la pena traer la idea que el filósofo italiano Giorgio Agamben ha pensado en torno a “potencia de no”, esto es, la posibilidad latente siempre de “no actualizar” lo que podríamos hacer, pero no. Las vacaciones pueden verse como una potencia que se actualiza en su negación: improductivo.

Josef Pieper, en El ocio y la vida intelectual (1962), señala que la proletarización implica, per se, un régimen temporal de trabajo y su consecuencia de ocio. Por lo tanto, tal división obliga a pensar, paradojalmente, el tiempo de ocupación. No es tan valedera esta escisión, este binarismo de tiempos. Bien decía Aristóteles: “El problema principal es saber con qué clase de actuación hay que llenar el ocio”. El decir “felices vacaciones” opaca lo que la seguidilla del discurrir deja ver con cierto pudor violento –no tan feliz–: en tiempos de retiro se piensa, se reconvierte y se toman decisiones, algunas de ellas vitales. Ese vitalismo estival, por caso, nos lleva a lo que los antiguos –el ocio cultivado, la inquietud de sí– y los modernos –el yo analizado, reinventado– mantuvieron con brío y temperancia. Lo contemporáneo, de siempre dificultoso asir –nos pide anacronismo y lejanía para verlo con intensidad, cita Nietzsche–, revela la desaparición de ambas épocas, o mejor, su combinación en una desnudez de nuestra animalidad vuelta a la palestra. El búho de Minerva, decía Hegel, levanta el vuelo al crepúsculo. Pero tal vez ese final sea “puras mentiras”, o un límite que se mueve y se pierde, cual rizoma desplegado, tal como la filósofa Avital Ronell –nietzscheana y femme fatale neoyorquina– marca en su brillante ensayo Stupidity (2003) –suerte de tratado de los límites de la razón: la falla o la ignorancia cuyas apologías y banderas se levantan en las vacaciones de modo deliberado quizá no sea ausencia de pensamiento sino, por el contrario, posibilidad de pensar lo que se pretende pura estupidez o mero idiotismo, sin finalidad de cultivo o escultura de sí–. Dispersión, diversión y superficie iluminada por el sol.

En agosto de 1953, Michel Foucault se va de vacaciones a Italia. Maurice Pinguet, amigo del filósofo, lo recuerda al sol, en la playa de Civitavecchia, zambullido en las páginas de Nietzsche. En efecto, Foucault leyó a Nietzsche durante sus vacaciones y su eclosión fue definitoria para virar su rumbo filosófico. El sol y las playas mediterráneas también bañan a Albert Camus, en su Argelia natal, pobre y proba. El amor existencial –no existencialista de Sartre, un burgués al fin– lo hizo constituir esa estancia como una suerte de vacación definitoria. Ergo: las vacaciones deliberadas o natales son marcas que producen giros radicales en nuestras vidas. Las vacaciones y el sol, la erótica que Michel Onfray dio en llamar “solar”, esto es, delicada, libertina, elegante y gentil, no contractual, versus el erotismo nocturno sádico. Lo solar es lo vacacional, el plexo del cuerpo libre y celebratorio. La supuesta “estupidez” de las vacaciones nos pone frente a lo que acontecerá de modo precoz, y vemos, no es tal, es, puede serlo, suma sabiduría y reinvención existencial. La filosofía siempre llega tarde, piensa desfasada, al final del calendario –o el principio–: como las vacaciones.

Citas citables

El problema principal es saber con qué clase de actuación hay que llenar el ocio. (Aristóteles, Política, Siglo IV a.C.)

¿De qué aprovecha buscar un retiro? ¡Cómo si más allá de los mares no nos acosaran los motivos de preocupación! ¿Qué descanso hay en la vida tan protegido y sublimado al que no atemorice con frecuencia el dolor? En cualquier rincón que te retires, los males humanos te asaltarán a gritos. (Séneca, Epístola 82 a Lucilio. Siglo I)

Se buscan retiros en el campo, en la costa y en el monte. Tú también sueles anhelar tales retiros. Pero todo eso es de lo más vulgar, porque puedes, en el momento que te apetezca, retirarte en ti mismo. En ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma; sobre todo aquel que posee en su interior tales bienes, que si se inclina hacia ellos, de inmediato consigue una tranquilidad total. Y denomino tranquilidad única y exclusivamente al buen orden. Concédete, pues, sin pausa, este retiro y recupérate. (Marco Aurelio, Meditaciones, Siglo I)

Cuando últimamente me retiré a mi casa, resuelto, mientras pudiera, a no ocuparme más que en pasar en reposo y apartado lo poco que me quedará de vida, parecióme que no podía hacer a mi espíritu mayor favor que dejarlo divertirse, sólo en plena ociosidad, sosegándose y deteniéndose en sí mismo. (Michel de Montaigne, Ensayos, 1589)

El simple ocio, es decir la inteligencia desocupada al servicio de la voluntad, no basta; para eso es preciso un excedente de fuerza positiva que nos haga aptos. (Arthur Schopenhauer, Arte del buen vivir, 1851)

Estas cosas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo– son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado importante. (Friedrich Nietzsche, Ecce Homo, 1888)

Si ser proletario no significa otra cosa en el fondo sino la vinculación al proceso laboral, el punto capital de su superación, es decir, de una verdadera “desproletarización”, consistiría en que al hombre que trabaja se le depare un ámbito de actuación que tenga sentido y que no sea “trabajo”; con otras palabras: que se le dé acceso al verdadero ocio. (Josef Pieper, El ocio y la vida intelectual, 1962)

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