René Char, poeta

FIDELIDAD

Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa hacia dónde en el tiempo dividido. Ya no es mi amor, todos pueden hablarle. Ella no recuerda ya; ¿quién en verdad la amó?

Busca su igual en el ruego de las miradas. El espacio que recorre es mi fidelidad. Dibuja la esperanza y suavemente la despide. Es decisiva sin que tenga que ver en ello.

Yo vivo en su profundidad como un despojo feliz. Sin que lo sepa, mi soledad es su tesoro. En el gran meridiano donde se inscribe su vuelo, mi libertad lo excava.

Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa hacia dónde en el tiempo dividido. Ya no es mi amor, todos pueden hablarle. Ella no recuerda ya: ¿quién en verdad la amó y la ilumina desde lejos para que no se caiga?

(Fureur et Mystère, 1948)

FASTOS

El verano cantaba sobre su roca preferida; el verano cantaba aparte de nosotros que éramos silencio, simpatía libertad triste, mar más aún que el mar cuya larga pala azul se entretenía a nuestros pies.

El verano cantaba y tu corazón nadaba lejos de él. Yo besaba tu coraje, comprendía tu confusión. Camino por el absoluto de las olas hacia esos altos picos de espuma donde cruzan virtudes mortales para las manos que llevan nuestras casas. No éramos crédulos. Estábamos rodeados.

Los años pasaron. Las tormentas murieron. El mundo se fue. Me dolía sentir que tu corazón justamente no me divisaba ya. Te amaba. En mi ausencia de rostro y mi vacío de felicidad. Te amaba, transformándome en todo, fiel a ti.

(Fureur et Mystère, 1948)

A LA SALUD DE LA SERPIENTE
I

Canto el calor con rostro de recién nacido, el calor desesperado.

II

Le toca al pan que parte el hombre ser la belleza del alba.

III

El que confíe en el girasol no meditará dentro de la casa. Todos los pensamientos del amor serán sus pensamientos.

IV

En el giro de la golondrina una tempestad se informa, un jardín se prepara.

V

Habrá siempre una gota de agua para durar más que el sol sin que el ascendiente del sol sea afectado.

VI

Produce aquello que el conocimiento quiere mantener en secreto, el conocimiento con sus cien pasadizos.

VII

Aquello que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni consideraciones ni paciencia.

VIII

¿Cuánto durará esta falta del hombre, agonizante en el centro de la creación porque la creación lo ha despedido?

IX

Cada casa era una estación. Así se repetía la ciudad. Todos los habitantes juntos sólo conocían el invierno, a pesar de sus cuerpos caldeados, a pesar del día que no se alejaba.

X

Eres en tu esencia constantemente poeta, constantemente estás en el cenit de tu amor, constantemente ávido de verdad y de justicia. Sin duda es un mal necesario que no puedas serlo asiduamente en tu conciencia.

XI

Harás del alma que no existe un hombre mejor que ella.

XII

Mira la imagen temeraria en que se sumerge tu país, ese placer que te ha escapado por mucho tiempo.

XIII

Numerosos son aquellos que esperan que el escollo los subleve, que la punta los atraviese, para definirse.

XIV

Agradece a aquel que no se preocupa de tu remordimiento. Eres su igual.

XV

Las lágrimas desprecian a su confidente.

XVI

Queda una profundidad mensurable allí donde la arena subyuga al destino.

XVII

Amor mío, poco importa que yo haya nacido: tú te vuelves visible en el lugar donde desaparezco.

XVIII

Poder ir, sin engañar al pájaro desde el corazón del árbol hasta el éxtasis del fruto.

XIX

Lo que te recibe a través del placer no es sino la gratitud mercenaria del recuerdo. La presencia que elegiste no libera de adiós.

XX

No te inclines sino para amar. Si mueres, amas todavía.

XXI

Las tinieblas que te infundes están regidas por la lujuria de tu ascendiente solar.

XXII

No hagas caso de aquellos a cuyos ojos el hombre pasa por ser nada más que una etapa del color sobre la espalda atormentada de la tierra. Que ellos devanen su largo memorial. La tinta del atizador y el rubor de la nube son sólo uno.

XXIII

No es digno del poeta engañar al cordero, investir su lana.

XXIV

Si habitamos un relámpago, es el corazón de la eternidad.

XXV

Ojos que, creyendo inventar el día, habéis despertado el viento, ¿qué puedo por vosotros? Yo soy el olvido.

XXVI

La poesía es de todas las aguas claras la que menos se demora en los reflejos de sus puentes.
Poesía, la vida futura en el interior del hombre recalificado.

XXVII

Una rosa para que llueva. Al término de innumerables años, éste es tu deseo.

(Le Poème pulvérisé, 1947)

LIED DE LA HIGUERA

Tanto heló que las ramas lechosas
Trabaron a la sierra, se rompieron en las manos.
La primavera no vio verdecer a las airosas.

La higuera demandó al señor de lo yacente
El arbusto de una fe nueva.
Pero la oropéndola su profeta,
En la aurora cálida de su retorno,
Al posarse sobre el desastre,
Murió no de hambre, sino de amor.

(Le Nu perdu, 1971)

ANTONIN ARTAUD

No tengo voz para elogiarte, hermano mío.
Si me inclinara sobre tu cuerpo que la claridad va a dispersar,
Tu risa me rechazaría.
El corazón entre nosotros, durante lo que se llama impropiamente una tormenta,
Da en tierra varias veces,
Mata, cava e incendia,
Luego renace más tarde en la dulzura del hongo.
No necesitas un muro de palabras para exaltar tu verdad,
Ni las volutas del mar para ungir tu profundidad,
Ni de esta mano febriciente que nos rodea la muñeca,
Y suavemente nos conduce a derribar un bosque
En donde el hacha son nuestras entrañas.
Está bien. Vuelve al volcán.
Y nosotros,
Que lloremos, asumamos tu relevo o preguntemos: “¿Quién es Artaud?” a esa espiga de dinamita de la que ningún grano se separa,
Para nosotros, nada habrá cambiado,
Nada, sino esta quimera viviente del infierno que se despide de nuestra angustia.

(París, 8 de marzo de 1948)

(Les Matinaux, 1950)

YO HABITO UN DOLOR
No dejes el cuidado de gobernar tu corazón a esas ternuras parientas del otoño del que reciben su plácido andar y su afable agonía. El ojo es precoz para plegarse. El sufrimiento conoce pocas palabras. Prefiere acostarte sin cargas: soñarás con el mañana y tu lecho será liviano para ti. Soñarás que tu casa ya no tiene vidrios. Sientes impaciencia por unirte al viento, al viento que recorre un año en una noche. Otros cantarán la incorporación melodiosa, las carnes que sólo personifican la brujería del reloj de arena. Condenarás la gratitud que se repite. Más tarde, te identificarán con algún gigante disgregado, señor de lo imposible.
Sin embargo.
Sólo has conseguido aumentar el peso de tu noche. Has vuelto a la pesca en las
murallas, a la canícula sin verano. Estás furioso contra tu amor en el centro de un acuerdo que enloquece. Sueña con la casa perfecta que nunca verás elevarse. ¿Para cuándo la cosecha del abismo? Pero has reventado los ojos del león. Crees ver pasar a la belleza por encima de las lavandas negras…
¿Qué es lo que ha izado, una vez más aún, un poco más arriba, sin convencerte?
No hay sitio puro.
(Le poème pulvérisé, 1947)

Traducciones de Raúl Gustavo Aguirre

* * *

René Char nació en L’Isle-sur-Sorgue, Vaucluse, Francia el 14 de junio de 1907 y falleció en París el 19 de febrero de 1988-

Obras: Arsenal (1929), Ralentir Travaux (1930, en colaboración con André Breton y Paul Éluard), Artine (1930), Le Marteau sans maître (1934), Seuls demeurent (1945), Le Poème pulvérisé (1945), Feuillets d’Hypnos (1946), Fureur et Mystère (1948), Le Soleil des eaux (1949), Les Matinaux (1950), L’Art bref suivi de Premières alluvions (1950), À une sérénité crispée (1951), Lettera Amorosa (1952), Recherche de la base et du sommet (1955), La Parole en archipel (1962), Dans la pluie giboyeuse (1968), Le Nu perdu (1971), Aromates chasseurs (1976), Chants de la Balandrane (1977), Fenêtres dormantes et porte sur le toit (1979), Les Voisinages de Van Gogh (1985), Éloge d’une soupçonnée (1988).

Obras diversas: La Postérité du soleil (fotografías de Henriette Grindat. En colaboración con Albert Camus, 1965), Trousseau du moulin premier (2009).

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