Maximiliano Tomas / Más libros y escritores, pero cada vez menos lectores

(Publicado en La Nación, 14.6.2012)

Ayer fue el día del escritor y, aunque no mandé ningún saludo, me acordé de algunos muertos ilustres recientes y de algunos amigos que, cada tanto, publican libros buenísimos que no lee casi nadie. Después leí los diarios y se me dio por pensar (que es lo peor que uno puede hacer cuando tiene un poco de tiempo libre) en libros, en la industria editorial, en fin, en eso que llamamos literatura y tampoco le importa a casi nadie. Y recordé entonces una broma que devino en mito (y ya lo sabía aquel médico austríaco obsesionado con los sueños, el sexo y la cocaína: detrás de cada broma hay escondida una buena dosis de verdad).

Esta leyenda dice que es mentira que en la Argentina de antes se leyera más, y que los lectores son siempre los mismos y se van renovando: más o menos unas diez mil personas que son las responsables de que la industria literaria (editores, escritores, correctores, docentes, críticos, talleristas, periodistas culturales) no desaparezca de una vez y para siempre. Nadie sabe de dónde salió ese número tan arbitrario, aunque lo mismo daría que fuera el doble o la mitad. La sensación, al menos en Buenos Aires, es la misma: todos andan con un libro bajo el brazo (o en el disco rígido, es una forma de decir), todo el mundo cree que debe escribir y publicar lo que sea que haya escrito. En fin, que pareciera que cada vez hay más escritores y menos lectores. Algo así es lo que dijo en una entrevista Juan José Becerra, que anda por España promocionando su última novela, La interpretación de un libro : “La literatura ya no es un fenómeno de masas; la proporción que la industria del libro se permite para la literatura es mínima; la actualidad del discurso literario es buena en aspectos formales pero la comunidad que espera algo de ese mundo cada vez es más pequeña…En realidad, hoy ya hay más literatura que lectores”. La literatura, termina Becerra, “es como una religión marginal: se vive con intensidad pero cada vez afecta a menos gente de manera íntima”.

Un artículo de febrero de este año lo desmiente y le da la razón al mismo tiempo. Porque si bien la literatura no es ya un fenómeno de masas, se publican cada vez más libros, al menos en la Argentina. En 2011 se editaron 100 millones de ejemplares (33 por ciento más que en 2010) y unos 26.800 títulos diferentes. De todos esos libros, al menos la tercera parte fue englobada por la Cámara Argentina del Libro dentro del rubro literatura. ¿Quiénes son los lectores de todos esos libros? ¿Los hay? ¿Qué porcentaje de los libros literarios que se editan se ponen efectivamente en circulación, es decir, se venden y son leídos?

Habría que hacer, algún día, una clasificación de los lectores de literatura (no de los de bestsellers, autoayuda, libros de actualidad o coyuntura, que son los que con sus compras sostienen a la industria editoral) en categorías. ¿Cuántos tipos de lectores existirán? El lector profesional, por ejemplo: editores, críticos, periodistas, informantes. El lector de temporada o lector golondrina: aquel que lee uno o dos libros al año, en la playa o en las montañas, en vacaciones o durante el tiempo libre. El lector obligado, es decir, el estudiante de letras, literatura y ramos afines. El lector resistente: el que a pesar de los precios de los libros, por una cuestión de dignidad, devoción, pasión, prestigio o curiosidad todavía compra novedades y atiende las sugerencias de los suplementos culturales. El lector groupie, interesado en convertirse en escritor: el que va a charlas, conferencias, presentaciones de libros y firmas de ejemplares para espiar cómo es ese mundo al que más tarde o más temprano buscará integrarse. Sumándolos a todos, ¿llegaríamos a los diez mil?

La literatura, decíamos, no le importa a casi nadie (¿pero cuántas personas están interesadas en la astronomía, la física cuántica, el arte contemporáneo, la música clásica, la fotografía documental?). También tienen razón los que aseguran que, como todas las artes que se sustraen a la lógica de la funcionalidad, no sirve para nada (lo que es lo mismo que decir que sirve para cualquier cosa: aprender a pensar, combatir el insomnio, entretenerse, olvidarse de algo o de alguien, alimentar charlas de sobremesa, enfermarse de bovarismo, ser más o menos miserable, la lista es larga). Pero si hay algo seguro es que, a pesar de que haya cada vez menos lectores, nos sobrevivirá. Porque aunque suene paradójico, la literatura existe haya o no lectores (y es por eso que las reglas del mercado no tienen, en el fondo, ninguna importancia). Mientras tanto, seguiremos recordando las obras de unos pocos muertos ilustres recientes y esperando esos libros buenísimos que algunos amigos publican cada tanto, y casi nadie lee.

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