El perfil del alumno de la UBA

(Editorial publicado en La Nación, 17.5.2012)

Es necesario atender con eficacia y evitando la cronicidad el aumento notorio de la edad del estudiantado universitario

Nuestro tiempo se distingue por la aceleración y el vértigo de los cambios. En ese proceso, muchos sucesos nos sorprenden. Entre ellos, están los datos cuantificables que revelan innovaciones en las ideas y criterios del hacer de las generaciones. Esta reflexión se vincula con una reciente información relativa al estudiantado actual de la UBA, provista por la Coordinación Censal. Por ella conocemos una realidad que se venía insinuando y que ahora se muestra claramente: en nuestra mayor casa de estudios superiores, con más de 300.000 alumnos inscriptos: durante la última década, la cantidad de alumnos menores de 20 años se ha reducido en un 36 por ciento, en tanto que el número de los mayores de 30 ha crecido un 60%. En consecuencia, hoy el 25% de los estudiantes universitarios tiene esta edad o más.

Resulta llamativa, en verdad, esa alteración de los cuadros que tradicionalmente se tenían por válidos en cuanto a las edades típicas de la formación profesional superior.

En general, los planes de vida de tantas generaciones anteriores eslabonaban el inicio de las carreras universitarias a continuación del final de la escuela media; era como unir el término de la adolescencia con el comienzo de la juventud. Esa práctica conducía a iniciar el ejercicio profesional -y también la creación de la propia familia- un poco antes de los 25 años.

Surge entonces una pregunta a todas luces lógica: ¿por qué se perfila hoy un cambio tan significativo en la vida de los jóvenes?

Antes de proponer respuestas, es menester señalar que faltan otros datos actualizados para dar satisfacción plena al interrogante; no obstante, es válido hacerlo en función de lo que se conoce.

Entre los componentes de la sociedad estudiantil de hoy se viene destacando la concurrencia mayoritaria de mujeres. Asimismo, ya desde hace décadas, se observaba el aumento de alumnas casadas y con hijos que ingresaban en la facultad cuando su prole no exigía tanto su presencia.

Esa decisión se ha multiplicado para el género femenino y también para los varones, pues ha crecido el número de casados o unidos que empiezan o reanudan una carrera cuando la atención de sus hogares les da margen para poder hacerlo.

De acuerdo con lo informado por la secretaria de Asuntos Académicos de la UBA, Catalina Nosiglia, esa realidad estudiantil se advierte en Europa y particularmente en España, en donde se vienen analizando las nuevas dificultades que se plantean para la integración de alumnos de distintas edades y responsabilidades personales.

Otra causa muy influyente es el trabajo. A cerca del 60% de los estudiantes que trabajan la obligación laboral les consume 35 horas por semana. Eso los obliga a alargar el tiempo de su formación o postergar el comienzo de sus carreras.

También es necesario señalar la diferente situación entre los que concurren a universidades privadas, que son pagas, y quienes asisten a la UBA.

Las condiciones de las primeras mueven a los estudiantes a completar más temprano sus carreras, según se observa en la Torcuato Di Tella, la UCA, la Universidad de Belgrano y la de San Andrés, entre otras casas de altos estudios. En algunas, incluso, se establece una cierta cantidad de años para lograr el objetivo, es decir, el alumno no podrá eternizarse.

Precisamente, el síndrome del alumno crónico es uno de los graves problemas que afrontan especialmente las universidades públicas. Esa situación resta las más de las veces al estudiante la posibilidad de aggiornar las capacidades que va adquiriendo en lapsos tan prolongados con la actualidad en cada momento de su vida, una inadaptación no exenta de peligros a la hora de obtener el título. Y a ello hay que agregar a los alumnos que politizan sus carreras usando las facultades como centros de poder desde donde alcanzar lugares de peso en la política extrauniversitaria.

En tanto, y como un aspecto positivo, no habría que descartar que la difusión e influencia del concepto de “educación permanente”, promovido a partir de la segunda mitad del pasado siglo, haya abierto la visión de que la enseñanza puede iniciarse, retomarse o perfeccionarse a cualquier edad, incluso hasta en la tercera.

En suma, confluyen razones diversas en el curso de una dinámica realidad en la cual el mayor promedio de vida humana, las demandas alternadas entre la familia y el trabajo, la continua apertura de nuevos destinos profesionales y la distinta conciencia de los años adultos movilizan otras decisiones.

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